Me quedé sola en el cuarto, de rodillas sobre la alfombra, intentando que el aire me llegara a los pulmones. Tenía la frente pegajosa por el sudor de la barriga de Alberto y el cuello de la camisa del uniforme con esa mancha húmeda y arrugada donde él se había limpiado. Me sentía patética, pero en mi cabeza, solo pensaba que aquello era el precio que tenía que pagar para que Javi entrara por la puerta.
Pero Javi no entró. Entró Juanra.
Cerró la puerta con una mano en el bolsillo, arrastrando los pies con una desgana que me hizo sentir todavía más pequeña. Se quedó mirándome desde arriba con una sonrisita de burla, de esas que te dicen que sabe perfectamente lo tonta que estás siendo. Él no me prometió nada de Javi; se notaba que le daba igual si venía o no. Para él, yo era simplemente una oportunidad que le habían puesto delante y que pensaba exprimir sin esforzarse lo más mínimo.
—Vaya pinta tienes—me soltó con una voz seca, sin ninguna emoción—. Quién te viera ahora y quién te ve en los pasillos, siempre tan estiradita e impoluta.
Se acercó y se plantó delante de mí, a pocos centímetros de mis gafas. No tenía la energía bruta de Alberto. Él simplemente se bajó el chándal y se quedó ahí quieto, esperando. Cuando se la sacó, me quedé bloqueada.
Estaba totalmente flácida. Era algo pequeño, blando y con un aspecto que no me esperaba. Yo nunca había visto una así, tan... muerta. Parecía un espárrago blanco, frío y sin vida. Me quedé mirándola tras mis cristales empañados, sin saber muy bien qué hacer, esperando que él tomara la iniciativa. Pero Juanra no movió ni un dedo.
—¿Qué pasa? ¿Te has quedado sin ideas o es que necesitas que te den una hoja de instrucciones? —se burló, mientras me agarraba del pelo, pero sin fuerza, solo para mantenerme ahí abajo—. Venga, muévete un poco, que no tengo todo el día.
Fue una sensación morbosísima y a la vez asquerosa. Tuve que ser yo la que se acercara, la que la agarrara con dos dedos y empezara a metérmela en la boca así, blanda. Era una textura extraña, como chupar algo que no quiere estar ahí. Me sentía ridícula esforzándome por poner duro a un tío que me repelía y que ni siquiera me miraba con ganas, sino con una curiosidad de científico loco, como si estuviera viendo cómo reacciona un bicho bajo un microscopio.
Me obligaba a trabajarla, a usar la lengua, a babearla entera para ver si reaccionaba. Notaba el sabor amargo y esa frialdad inicial que me daba arcadas, pero a la vez, el hecho de ser yo la que tenía que "despertar" eso en un tío tan feo y tan raro, mientras esperaba a Javi, me producía una electricidad que me recorría toda la espalda.
Juanra se limitaba a mirar desde arriba, soltando alguna risita de vez en cuando cuando veía que me atragantaba al intentar meter ese "espárrago" blando cada vez más profundo. Disfrutaba de mi desesperación, de ver cómo la niña bien de las gafas se dejaba la mandíbula intentando complacerle sin recibir nada a cambio.
Poco a poco, aquello empezó a cambiar de forma en mi boca, y fue entonces cuando la cosa se puso largo e interesante.
Notaba cómo, poco a poco, aquello que al principio era blando y frío empezaba a latir dentro de mi boca. Fue una sensación increíble. Sentir cómo se iba llenando de sangre, cómo ganaba temperatura y cómo se volvía rígido entre mis labios me dio un subidón que no me esperaba. De repente, ya no me sentía tan patética; sentía que tenía el control de algo, aunque fuera de la excitación de un tío tan feo como Juanra.
Esa electricidad de la que siempre os hablo me recorrió la columna. Me puse a trabajar con más ganas, moviendo la cabeza con más ritmo, disfrutando de ver cómo sus manos, que antes estaban muertas en sus bolsillos, ahora buscaban mi pelo para apretarme contra él.
Pero Juanra no era de los que se dejaban llevar sin más. Seguía con esa actitud de superioridad, de querer humillarme a cada paso.
—No te quedes solo ahí arriba —me soltó con un gruñido, dándome un tirón seco hacia atrás para que le mirara—. Baja un poco más, que parece que te da miedo hacer las cosas bien. Usa la lengua ahí abajo, que para eso te he traído.
Me quedé paralizada un segundo. Yo nunca había hecho eso; me parecía lo más guarro del mundo y me daba un reparo increíble. Pero él no me dio tiempo a pensarlo. Me empujó la cabeza hacia abajo, obligándome a bajar la vista hacia sus huevos.
Era una imagen que no se me va a olvidar: la piel fina, arrugada, con ese vello oscuro y sin cuidar, y un olor a sudor concentrado que me dio un golpe en la nariz. Me daba un asco tremendo, pero al mismo tiempo, el hecho de estar ahí, con mis gafas que servían de apoyo a su polla y mi boca a milímetros de algo tan íntimo y sucio, me ponía mucho.
Saqué la lengua con timidez y empecé a lamerle con cuidado. La textura era extrañísima. Juanra soltó un suspiro fuerte, echando la cabeza hacia atrás, y por primera vez sentí que le tenía donde quería.
—Eso es... así... —murmuraba él, perdiendo un poco esa frialdad de antes mientras comenzaba a pajearse—. Lame bien todo, que se note que te encanta.
Me obligaba a rodearlos con la lengua, a succionar con fuerza mientras él se retorcía un poco. Yo estaba allí, con las rodillas clavadas en la alfombra, babeando sus testículos como una posesa, sintiendo el sabor salado y fuerte de su piel. Me sentía la guarra más grande de Murcia, una niña de papá que se había perdido el respeto a sí misma en un chalet de lujo, y esa idea me hacía humedecerme por dentro más que cualquier beso romántico.
Juanra ya no se reía tanto. Estaba totalmente duro ahora, esa cosa fina y larga que os dije antes estaba apuntando al techo, y yo sabía que lo que venía ahora iba a ser mucho más bruto.
De repente, me agarró del pelo con una fuerza que no le creía capaz de tener. Me dio un tirón seco hacia atrás, obligándome a sacar la cara y a mirarle desde abajo. Intenté recolocarme las gafas con el hombro, pero no me dejó.
—Quieta ahí, no te muevas —me soltó con un hilo de voz, entre dientes.
No me dio tiempo ni a parpadear. Sentí los chorros calientes golpeándome directamente en la cara. Fue una sensación asquerosa y, a la vez, me dejó totalmente sin aire, sintiendo un cosquilleo en el estomago. El primer impacto me dio en la mejilla, pero el resto fue directo a mis cristales.
En un segundo, dejé de ver. Mis gafas de ver, esas que me hacían parecer una chica estudiosa, quedaron totalmente cubiertas por una capa espesa, blanca y caliente. Veía todo borroso, como a través de una niebla sucia, mientras sentía cómo el líquido me resbalaba por la frente, me entraba en un ojo y terminaba goteando por la montura hasta mi boca y barbilla.
Juanra soltó un suspiro largo, me soltó el pelo y se quedó mirándome mientras se subía el chándal. Se empezó a reír, una risa floja pero llena de maldad.
—Vaya cuadro, Sarita. Si te vieran tus amiguitas... —dijo mientras buscaba su móvil en el bolsillo—. Estás para que te hagan una foto y la pongan en una orla. Tienes la cara que te mereces por tonta.
Yo me quedé allí, paralizada, con los ojos escociéndome y sin ver nada por culpa de mis propias gafas manchadas. Había hecho todo aquello, me había tragado mi orgullo, mi asco y algo más con un tío que me repelía, y el resultado era este: estar de rodillas, ciega por el semen de un muerto de hambre, mientras Javi ni siquiera se había molestado en aparecer.
Lo más fuerte fue cuando Alberto abrió la puerta del cuarto y se asomó.
—¡Joder, Juanra, te has pasado! —dijo Alberto partiéndose de risa—. Mis padres están al llegar de la compra y mi madre no puede ver esto —dijo dándome un toque con el pie en mi pantorrilla, no muy fuerte, pero lo suficiente para que espabilara—. Venga, Sarita, coge tus cosas y aire, que no puede venir Javi al final.
Juanra se estaba terminando de abrochar el pantalón, mirándome con una superioridad que me hacía sentir como un bicho.
—Mírala, Alberto, si es que parece que le han tirado un bote de pegamento en la cara —se burló Juanra, señalando mis gafas—. Sarita, de verdad, con lo lista que eres y la carita de pared de gotelé que se te ha quedado. ¿A que ahora no te sientes tan superior al resto?
Alberto soltó una carcajada mientras me agarraba del brazo para levantarme.—Venga, Juanra, déjala, que la pobre no ve ni por dónde pisa. Menudo estreno te has llevado. Mañana en el insti nos cuentas si te ha gustado el "maquillaje" de mi colega.
Me empujaron por el pasillo. Yo iba a ciegas, con la mochila colgando de un hombro y las gafas puestas, aunque no servían de nada. Fue entonces cuando empecé a notar esa sensación que nunca olvidaré: el semen empezaba a secarse.
Es una sensación extrañísima. Notas cómo la piel se te va poniendo tirante, como si tuvieras una máscara de arcilla que se va endureciendo por segundos. Al principio está caliente, pero con el aire de la calle se vuelve frío y empieza a "acartonarse". Sentía los párpados pesados, como si se me fueran a quedar pegados, y en los cristales de las gafas el líquido se estaba transformando en unas manchas blanquecinas y opacas. Veía el mundo como a través de una niebla sucia.
Caminé hacia mi casa, que estaba a unos veinte minutos, evitando las calles principales. Cada vez que el sol me daba en la cara, la sensación de acartonamiento era total. Intenté restregarme un poco con la manga, pero era peor; cuanto más seco estaba, más me tiraba de la piel. Notaba cómo se deshacía en unas escamas blancas y secas, como si la piel se me estuviera pelando por una quemadura.
El olor era lo más persistente; una mezcla entre cloro y algo metálico que se me había quedado pegado a la nariz y que no se iba por mucho que respirara fuerte. Mis gafas estaban inservibles, así que tuve que guardarlas en el estuche y seguir andando a medio ver, con los ojos entrecerrados por el escozor.
Me crucé con un par de vecinos de mi urbanización, gente pija que me saludó con la mano. Yo agachaba la cabeza, muerta de miedo de que se fijaran en las marcas blancas que tenía en la mejilla o en el cuello de la camisa del uniforme, que estaba rígido y manchado donde Alberto se había limpiado. Me sentía la basura más grande de toda Murcia, una niña usada y echada de un chalet como si fuera un estorbo.
Pero al llegar a mi portal, antes de entrar, me pasé la mano por la cara y sentí esa costra seca... y me dio un vuelco el corazón. Odiaba a Alberto por mentirme, odiaba a Juanra por ser tan asqueroso y odiaba a Javi por no venir... pero llevar su marca seca en mi cara mientras caminaba por mi barrio de niña bien era la sensación más excitante que había sentido en mi vida.
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Si queréis preguntar algo sobre lo que ha pasado, podéis hacerlo supongo que publicar en foros funciona así, gracias por leer.