Efectos Secundarios

Debían haber tirado a Azrael del avión, sin paracaídas. El que encuentren el cuerpo en el avión les puede traer problemas.
¿La idea es como lo haces sin que nadie se de cuenta? Se me pasó la idea por la cabeza. Incluso dejar un mensaje amenazante para cuando lo encontraran los enemigos, jejeje. Pero tirar un cadáver desde un avión lleno de militares y personal del gobierno, sin que se den cuenta lo vi un pelín exagerado.

Un abrazote!
 
Capítulo 42. Molibdeno - Correr o (Mo)rir

El Molibdeno (Mo) ocupa el cuadragésimo segundo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del molibdeno con la máxima de "Correr o morir”, obtenemos el retrato de una resistencia agónica y sobrehumana. El molibdeno es el metal de la tenacidad térmica: un elemento diseñado para no fundirse bajo la presión del roce ni el fuego del castigo, recordándonos que cuando la vida se vuelve una huida perpetua, solo los que poseen un núcleo de acero reforzado logran seguir dando un paso más antes del colapso.

Correr o Morir según el Molibdeno: La Tenacidad del Fugitivo

1. El Umbral del Punto de Fusión (Resistencia al Límite)

El molibdeno tiene uno de los puntos de fusión más altos de todos los elementos (2623 °C). Se utiliza en motores y naves espaciales porque es capaz de mantener su forma cuando el calor destruiría cualquier otro metal. "Correr o morir" es la física del calor extremo. El fugitivo es aquel cuyo espíritu tiene un punto de fusión inalcanzable para el sistema. Aunque los pies ardan y los pulmones estallen, su estructura interna no se liquida. Es la decisión de "caminar o reventar": el cuerpo puede estar al rojo vivo por el esfuerzo de la huida, pero el eje central permanece sólido, impidiendo que la fatiga se convierta en rendición.

2. El Lubricante de la Desesperación (Disulfuro de Molibdeno)
Uno de los usos más críticos del molibdeno es como lubricante sólido (moly-sulfide). Reduce la fricción en condiciones de presión extrema donde los aceites convencionales se evaporan. En la huida, la esperanza es el lubricante. El molibdeno representa esa capacidad de deslizarse por las grietas de la ley cuando todo parece cerrado. Es el ingenio del que corre: encontrar la forma de reducir la fricción con un mundo que intenta detenerte a cada paso. Es la "grasa" del superviviente que permite que los engranajes del movimiento sigan girando incluso cuando ya no queda una gota de humedad en el alma.

3. El Acero que no se Ablanda (Herramientas de Alta Velocidad)
Añadir molibdeno al acero permite crear herramientas que cortan a velocidades increíbles sin perder el temple. Se le llama "acero rápido”. La huida del fugitivo es una carrera de alta velocidad contra el tiempo y el destino. El molibdeno es el elemento que te permite mantener el "filo" mientras corres. No es una huida ciega y blanda, es una huida cortante y decidida. La urgencia del "correr" templa tu voluntad, convirtiéndote en una herramienta de precisión que atraviesa los obstáculos del camino sin perder la agudeza del instinto.

4. El Cofactor de la Vida (Nitrogenasa)
El molibdeno es el único metal de transición de la segunda serie esencial para los seres vivos, formando el núcleo de enzimas que permiten fijar el nitrógeno y procesar toxinas. Correr es un proceso metabólico. El molibdeno en nuestras células es el que permite que el cuerpo siga procesando la energía necesaria para el siguiente kilómetro. Entendemos que la supervivencia es una cuestión de catálisis: necesitas ese pequeño rastro de metal en tu interior para transformar el aire del miedo en el combustible de la zancada. Si el molibdeno falla, la vida se detiene; si el paso se detiene, la muerte te alcanza.

5. El Guerrero de la Corrosión (Inoxidabilidad bajo Tensión)
Este metal protege al acero contra la corrosión por picadura en ambientes salinos y ácidos, los más hostiles de la tierra. El fugitivo vive en un ambiente ácido: el odio social, la persecución y el hambre. El molibdeno es la coraza que impide que esa acritud del entorno perfore tu dignidad. “Correr o Morir" significa que no puedes permitir que la amargura de la huida oxide tu voluntad de ser libre. La resistencia no es solo física, es química: mantener la superficie limpia de rencor para poder seguir corriendo con ligereza.

Conclusión: La máxima "correr o morir", vista a través del molibdeno, es la geometría del esfuerzo absoluto. Es el reconocimiento de que la libertad se paga con una temperatura interna que solo los materiales más nobles pueden soportar. Ser un superviviente bajo el símbolo del molibdeno significa entender que el movimiento es la única forma de no ser consumido por el fuego del sistema, y que cada paso adelante es una victoria de la estructura sobre la entropía.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Eran las diez y veinte y tres minutos de la mañana cuando llegaron a Perú. No habían aterrizado en el Grupo Aéreo N.º 8 de la zona militar del aeropuerto de Lima, tal y como había planificado el padre de Nico. Y aquella fue la segunda señal de que el enemigo era más poderoso de lo que habían imaginado.

La ciudad se despertaba lentamente bajo un cielo gris, mientras ellos se quitaban los cinturones de seguridad - tanto física como metafóricamente - con el peso de las indicaciones de los Sorrentino aún resonando en los oídos. La bodega de carga se abrió despacio y Carol sintió cómo el aire de la pista le golpeaba con la fuerza de un puñetazo: húmedo, cargado de gasolina y neblina, mezclado con la distancia fría de lo que los esperaba.
  • Jammuncenne… - murmuró Vincenzo, y sin mirar atrás comenzó a andar.
Todos lo siguieron, exactamente como él había indicado: rápido, pero sin correr. Se movían en bloque, hombro con hombro, protegiéndose mutuamente. Las miradas fijas, esquivando personas, carros de equipaje y las luces intermitentes de los vehículos de seguridad que llegaban desde la pista de aterrizaje. El motor del avión todavía rugía con furia, como si no quisiera dejarlos ir en silencio, como si quisiera delatarlos. Pero salieron, lo consiguieron, por una puerta lateral, evitando la zona de recepción en pista. Las botas golpearon el asfalto mojado, cada pisada un potencial aviso para cualquiera que los vigilara.
  • ¡Eh! - gritó el más alto -. ¿Qué hacen ahí?
Dos guardias de rampa aparecieron al instante, linterna en mano, fusil sobre el pecho. Sus pasos eran livianos y sorprendentemente calmados en comparación a lo que ellos sentían en sus pechos. Antonio no dudó ni un instante. Avanzó con paso seguro y respondió con naturalidad, su español marcado por ese inconfundible acento napolitano, tan melodioso.
  • Statte tranquillo, ragazzi - sonrió mostrando la tarjeta identificativa -. Solo estamos revisando la bodega, el equipaje… todo bien.
  • ¿Y su compañero? - preguntó el más bajo con suspicacia -. ¿Qué le ha pasado? ¿Se encuentra bien?
Gabi y Laia, que sujetaban a Nico aún inconsciente, palidecieron de golpe. Y Gustavo, siempre atento, reaccionó de inmediato, colocándose delante de ellos, su corpulencia como escudo humano.
  • Todo bien, compañero - sonrió con naturalidad -. Es solo que no sabe chupar… Le da miedo volar y pensó que unos traguitos serían la solución. Pero ya ves… se loqueó un poco.
Los guardias intercambiaron una mirada rápida y una sonrisa, levantaron las cejas y, con un gesto de mano, los dejaron pasar. Gabi exhaló por lo bajo, pero no se movió. Esperó a que los militares se alejaran y Antonio diera la señal. Sin perder tiempo, con un gesto rápido de mano que indicaba retirada, todos avanzaron. No corrieron, pero subieron el ritmo: pasos medidos, controlados, pero urgentes.
  • ¿Desde cuándo hablas peruano? - preguntó Fani, acelerando el paso.
  • Calla y sigue, guapa… - endureció el rostro Gustavo - Luego te lo cuento.
  • Menuda caja de sorpresas estás hecho, grandullón.
Atravesaron la segunda pista de aterrizaje sin detenerse, pies hacia adelante, cabezas hacia atrás. Solo quedaba una más, una última pista antes de dejar el riesgo atrás. Una más para fundirse con la ciudad y desaparecer. Pero el destino - maldito sea - volvió a interponerse, como si disfrutara recordándoles que sus vidas nunca serían sencillas.
  • Nos siguen - dijo Raquel de repente, la respiración entrecortada.
Vicenzo volteó la cabeza y su premonición se hizo realidad. Dos hombres, sin fusiles visibles. No eran militares, ni llevaban identificación. Vestían de negro. Siempre lo hacían. El color funesto del final.
  • ¿Songo lloro? - preguntó Antonio, nervioso.
  • 'E cuerve… ¡bastarde, figlie ’e bucchina! - gruñó Vincenzo entre dientes.
  • ¿Quiénes son? - preguntó Sofi, alarmada.
  • ¿Ve ricurdate ca aggio ditto ’e nun currere?… ¡Acabóse! ¡Mo’ currite! ¡JAMMO! ¡CORRED!
Correr o morir. La opción correcta era mas que evidente. Así que lo hicieron, como si no hubiera un mañana, como atletas en un estadio repleto, compitiendo por su país en las olimpiadas. Laia ayudó a Gabi a colocar a Nico sobre sus espaldas, corriendo tras él, empujándolo, sin apartar la mirada de los perseguidores. Los hombres de negro también comenzaron a correr, una mano bajo la americanas, no hacía falta ser un licenciado para saber lo que había debajo.
  • ¡Be careful! - gritó Lena, señalando con el dedo.
Un avión se acercaba, encarando la pista para despegar. Vincenzo al frente abrió los brazos, frenando el avance del grupo. Las enormes ruedas delanteras pasaron a escasos centímetros de sus pies. Antonio en la retaguardia abrió fuego; las balas apagadas por el silenciador. No eran disparos directos, no querían matar, pues dejar cadáveres en un aeropuerto estatal habría sido el peor error posible. No obstante consiguió su propósito, los perseguidores se tiraron al suelo, protegiéndose, otorgándoles tiempo.
  • ¡Jammo, Jammo! - gritó Antonio haciendo aspavientos con las manos.
Pasaron corriendo por debajo del avión en movimiento, el motor rugiendo sobre ellos. Y en aquella carrera a toda velocidad llegaron, al fin, a la zona de vallas perimetrales, que separaban las pistas de los terrenos de mantenimiento. El ruido de la ciudad resonaba en la distancia, tímido, entre sombras de hangares y depósitos de combustible. Dos disparos retumbaron detrás; todos se tiraron al suelo, sobresaltados. Nico cayó rodando, aún dormido, tranquilo. No había tiempo que perder.
  • ¡Cuerpo 'nterra! ¡Al suelo todos! - gritó Antonio devolviendo el fuego - ¡Y nun levantéis 'a capa!
Vicenzo sacó unas tenazas de su bolsa de mano, las hojas metálicas reluciendo bajo la luz fría de la mañana. Con cortes precisos abrió un hueco suficiente para que todos pasaran. Uno a uno, como sombras furtivas, se deslizaron por el agujero. La neblina los abrazaba mientras corrían hacia los alrededores: tierra baldía, hangares abandonados, camiones estacionados y contenedores oxidados. Cada sonido los hacía sobresaltar: el zumbido de un motor, un ladrido lejano, el crujido de la grava bajo los pies.

Finalmente llegaron a un pequeño cerro que bordeaba la pista, un punto alto desde donde podían ver el aeropuerto como una maqueta. Se detuvieron, jadeando, agazapados detrás de arbustos bajos y escombros. Los dos hombres de negro seguían su rastro, buscando movimientos, pero ellos ya no estaban a la vista.
  • Antò, guàrdate attuorno si vènene - escupió Vicenzo con el ceño fruncido -, e fance sapé subbeto si vide quaccheccosa.
  • Va bbuono… - respondió Antonio, alejándose unos metros para asegurarse de que no los seguían.
  • ¡Espera, voy contigo!
Gustavo salió tras él, sin opción a réplica.
  • ¿Todos bien? - preguntó Vincenzo, respirando con la boca abierta, la mirada aún tensa sobre la pista.
  • Sí… creo - respondió Gabi observándolos a todos, mientras su corazón intentaba calmarse y la adrenalina aún vibraba en sus brazos y piernas.
Se agazaparon allí, nerviosos, recuperando el aliento, observando cómo la ciudad empezaba a despertar: coches avanzando lentamente por la avenida cercana, personas haciendo sus quehaceres diarios sin mayor preocupación. En cambio para ellos, todo era peligro. Todo podía ser muerte. Eran solo once figuras pequeñas en medio del gigante aeropuerto de Lima. Un ejército diminuto de partisanos, obligados otra vez a desaparecer en las montañas.

Sofi apretó los puños. La sensación de la fuga, de estar entre la vida y la muerte, recorría cada fibra de su cuerpo. Pero había algo más: no solo la certeza de que, por ahora, habían superado el primer obstáculo. Algo más profundo. Sus sentidos estaban drásticamente aumentados, era como si todo lo que la rodeaba tuviera una claridad que nunca antes había experimentado. Pensó en la “Azulita” recorriendo sus enlaces neuronales, pero enseguida supo que no era eso. Entendió que su cuerpo estaba reaccionando al ponerlo al límite. Había entrado en un estado de pura supervivencia, y esa parte adormecida por la rutina y la comodidad, había desaparecido al instante. Lo supo como una verdad absoluta: estaba lista. Para aprender, para seguir, para luchar y proteger a los suyos. Giró la cabeza, y vio la ciudad más allá. Estaba ahí, desconocida y despierta, esperando, y ella tendría que aprender a moverse por sus calles, antes de que “los cuervos” los encontraran de nuevo.
  • Shit… - musitó Lena llevándose la mano al costado derecho del vientre.
El rojo oscuro empezó a filtrarse entre sus dedos. Carol corrió hacia ella al instante.
  • ¡Le han dado! ¡Le han dado! - gritó horrorizada.
El grupo entero se volcó sobre ellas. Manos en los hombros. Miradas que preguntaban lo que nadie quería escuchar. El aire, ya cargado de humedad y gasolina, se volvió irrespirable. Ninguno tenía conocimientos médicos reales. Y los de Vicenzo eran poco más que remiendos de guerra donde curar era sobrevivir unas horas más. La única que podía salvar a la doctora… era la doctora.

Lena alzó la vista, pálida pero consciente.
  • ¿Quién tiene el pulso más firme? - sonrió, intentando restarle gravedad, como si hablara de coser un botón - Necesito un voluntario.
El silencio fue inmediato. Nadie se atrevió. Nadie excepto Fani. Se abrió paso con los codos, como si estuviera disputando un rebote en la zona, empujando el miedo a un lado.
  • ¡Dime lo que tengo que hacer y lo haré!
Lena le sostuvo la mirada. No buscaba compasión, buscaba precisión.
  • Bien… - respiró hondo -. Creo que no es profunda, no debería serlo. Si lo fuera, no estaría hablando contigo.
Eso no tranquilizó a nadie. Se tumbó levantándose la camiseta, protegidas por la pendiente y los matorrales.
  • Necesito luz - pidió Fani recordando la operación en el baño del avión.
Sofi encendió la linterna, las manos firmes. Lena apartó la mano del costado. La bala había entrado de lado, rasgando carne, no perforando en línea recta. Sangraba mucho, pero la sangre era limpia. No burbujeaba. No era negra.
  • Vale… escúchame bien - le dijo a Fani -. No está dentro. Ha atravesado en superficial. Tienes que limpiar, comprobar que no haya fragmentos… y cerrar.
  • ¿Cerrar cómo? - preguntó Fani, mirándola a los ojos.
Lena alzó una ceja.
  • Como puedas…
Gabi le pasó una pequeña navaja multiusos. Raquel abrió el estuche metálico de primeros auxilios, preparando todo lo necesario. Vicenzo, sin decir nada, le tendió una petaca.
  • Grappa. No es lo mejor… ma funciona.
Lena asintió, sin perder la sonrisa.
  • Desinfecta la hoja - ordenó con calma - Mucho… no me seas tacaña.
Fani lo hizo. Sus manos ya no temblaban. Algo en su interior se había activado: esa zona fría donde el miedo se convierte en tarea.
  • Ahora limpia la herida con gasas. Presiona… sin miedo.
Fani obedeció. Lena apretó los dientes pero no gritó. El mundo se redujo a respiraciones sincronizadas. A instrucciones cortas.
  • ¿Ves algo brillante?
  • No… solo carne abierta.
  • Bien. Eso es buena señal. Vale… ahora escucha con atención.
Lena tomó aire, despacio.
  • Voy a perder más sangre si no cerramos. Necesito puntos improvisados. Hilo fino. Aguja.
Carol rebuscó en el botiquín. Gabi le acercó el mechero. Fani sostuvo la aguja sobre la llama. La desinfectó con la grappa.
  • No lo pienses - susurró Lena -. Entra y sal. Entra y sal. Como si cosieras tela gruesa. No dudes aunque me haga daño. Y dame un trago de esa petaca.
La primera punción fue la peor. Fani sintió la resistencia de la piel. El calor. El pulso latiendo debajo. La doctora dio un par de tragos rápidos.
  • Eso es… - murmuró Lena, con la voz más débil -. Más firme. No me tengas miedo.
Punto a punto, el hilo fue atravesando la carne. La sangre mezclándose con el sudor. El olor metálico flotando en el aire. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el roce del hilo tensándose y el tintineo de la Grappa dentro de la petaca cuando Lena le daba un trago. Cuando terminó el último punto, Fani cortó el hilo y presionó con una gasa limpia.
  • El vendaje firme, pero no tanto - rió Lena - Que necesito seguir respirando.
Vicenzo miró el vendaje, evaluó en silencio, y asintió.
  • Brava, ragazza - le dijo con respeto auténtico -. Tienes mano de chirurgo.
Unos metros más allá, entre el cerro que los protegía y la pista que todavía rugía a lo lejos, Antonio se detuvo en seco y alzó la mano. Un gesto corto. Seco y silencioso. Gustavo entendió al instante. Se deslizó hacia el margen contrario del camino de tierra y se ocultó tras el tronco torcido de un árbol castigado por el viento salino. Antonio desapareció al otro lado, fundido con la maleza. El madrileño asomó apenas un ojo, los vio subir. Los hombres de negro avanzaban con paso firme, rastreando. Ya no ocultaban las armas bajo la americana. Ahora las llevaban visibles, empuñadas con ambas manos, apuntando al suelo, pero listas para alzarse en una fracción de segundo. No caminaban como policías. No caminaban como militares. Caminaban como cazadores.
  • ¡Sssst! - chistó Antonio desde el otro lado.
Gustavo giró la cabeza lo justo para verlo. El napolitano comenzó a comunicarse con gestos rápidos. Dos dedos señalando los ojos. Luego el camino. Después un movimiento envolvente con la mano. Gustavo no entendió la coreografía exacta, pero sí la intención: Emboscada. Antonio hizo un último gesto: levantó dos dedos, luego bajó uno. Con ese mismo dedo lo pasó por su propio cuello… y negó con la cabeza: Al menos uno debía sobrevivir. Después de que Gustavo asintiera en silencio, descendió agachado unos metros, buscando ángulo, sin dejarse ver. El madrileño inspiró hondo. Sacudió los hombros como quien se prepara para entrar en el ring. Sus nudillos crujieron.
  • ¿Shefet shee? - preguntó el de la izquierda.
  • El-aswat jaye bi hal-ittijah… la fo’ - respondió el otro, sin dejar de observar el suelo.
Los hombres de negro ya estaban cerca. Seguían las huellas. Veintidós marcas profundas sobre la tierra suelta. Veintidós pies que habían corrido con el corazón en la garganta. Antonio se quedó inmóvil cuando los tuvo a escasos metros. Reconoció el idioma aunque no comprendiera cada palabra. Aquel acento no era peruano. Ni español. Ni italiano. “Sirios”, pensó. “Mercenarios”. Y eso era peor que cualquier uniforme oficial. Porque un mercenario no responde a una bandera. Responde al dinero. Y el dinero no tiene patria, ni remordimientos. Los sirios llevaban años exportando guerra. Algunos habían aprendido en ciudades pulverizadas por bombas, en calles donde los niños jugaban entre escombros y francotiradores. Habían crecido entre explosiones, emboscadas reales, fuego cruzado de verdad. Para ellos, aquello no era una persecución en un aeropuerto extranjero. Era rutina.

Sabían leer terreno. Sabían interpretar pisadas. Sabían cuándo una huida se convierte en trampa. No dudaban. No gritaban. No se enfadaban. Solo ejecutaban. Y lo más peligroso de todo: no tenían nada que perder. Uno de ellos se agachó, tocó la tierra con los dedos y los frotó. Miró hacia el cerro. Antonio contuvo la respiración. El viento arrastró el olor a queroseno desde la pista. Un segundo. Dos. El sirio levantó la cabeza lentamente. Demasiado silencio. Demasiado fácil. Y el napolitano lo supo en ese instante: hombres así no caían en trampas simples. Si iban a tenderles una emboscada, tendría que ser perfecta. Porque contra soldados puedes improvisar. Contra mercenarios de guerra… solo sobrevives si golpeas primero.

Los dejó pasar. Antonio no se movió. Ni un músculo. Ni un parpadeo. Dejó que los sirios avanzaran con esa cadencia medida de hombres entrenados para no cometer errores. Pasaron frente a su posición. Uno. Dos pasos más. Tres. Justo cuando estaban a punto de alcanzar el árbol tras el que se ocultaba Gustavo, salió al camino en silencio. Una rodilla al suelo. El arma ya arriba. Y un silbido corto, limpio, cortando el aire como una cuchilla.

Los dos mercenarios se giraron al instante. Reflejos de guerra. Brazos tensos. Armas alzándose.

Demasiado tarde. El de la izquierda cayó fulminado. Un disparo seco, preciso, entre sien y sien. Ni siquiera llegó a comprenderlo. Su cuerpo se desplomó como un saco vacío, la cabeza rebotando contra la tierra con un golpe sordo. El segundo apenas tuvo tiempo de empezar a presionar el gatillo. Un rugido rompió el silencio. Gustavo salió de su escondite gritando, convertido en pura inercia y furia. No parecía un hombre: parecía un toro de Miura desbocado. Lo arrolló como un tren de mercancías sin frenos. El impacto fue brutal. Costillas contra hombro. Rabia. Caos. “Aficionado”, pensó Antonio con una media sonrisa. “Pero efectivo, sin duda…”

El sirio cayó de espaldas, aún aferrando el arma, pero el aire se le escapó de los pulmones cuando los más de cien kilos de Gustavo le aplastaron el pecho. El napolitano ya estaba en movimiento. Una patada seca y el arma salió despedida, girando por el polvo, rebotando contra una piedra antes de detenerse varios metros más allá. El mercenario intentó incorporarse, pero Gustavo le clavó el antebrazo en la garganta. Sus ojos buscaban oxígeno. Y entonces sintió el frío. El cañón entrando en su boca. Metal contra dientes. Antonio se inclinó sobre él. Una sonrisa feroz, sin alegría, apenas una mueca de advertencia.
  • ‘Na sulo parola, ’nu sulo grido… y faje ’a fine ’e dduormere cu ’e pisce… ¿capicci?
“Una sola palabra, un solo grito… y acabarás durmiendo con los peces.” Probablemente el mercenario solo entendió lo último. “Capicci.” Pero fue suficiente. Asintió. Los ojos abiertos de par en par. La frente empapada en sudor. El pecho subiendo con dificultad bajo el peso de aquel tonel de carne y huesos. Por primera vez desde que había empezado la cacería… el cazador no era él.
  • ¿Qué ha sido eso? - preguntó Sofi, alzando la cabeza, el corazón otra vez desbocado.
  • Un disparo - aseguró Gabi a su lado, afinando el oído como un perro.
  • No os mováis… e state all’erta - ordenó Vincenzo.
Su voz no fue alta, pero sí definitiva. Avanzó unos pasos y se colocó estratégicamente tras un palet medio consumido de sacos de cemento húmedo. Se arrodilló. Apoyó los antebrazos. El arma firme. Un ojo cerrado. El otro fijo en la mirilla, sin pestañear. El mundo reducido a una línea recta de tierra y amenaza. El silencio se tensó como un cable de acero. Fueron apenas segundos, pero parecieron una eternidad. Entonces llegaron. Dos silbidos cortos desde la distancia. Secos. Medidos.

Vincenzo alzó apenas la cabeza. La tensión abandonó sus hombros en un gesto mínimo. Respondió del mismo modo. Misma frecuencia. Mismo tono. Código antiguo. Lenguaje de guerra. Y entonces los vieron. Antonio apareció primero, avanzando con paso rápido pero controlado. Gustavo detrás, respirando fuerte, con la camiseta manchada de polvo y sudor. Pero no venían solos. Entre los dos arrastraban a un hombre vestido de negro. Las manos atadas a la espalda con su propio cinturón. La boca ensangrentada. La mirada llena de rabia… y miedo.

Los ojos del grupo se clavaron en él al mismo tiempo. El aire se volvió más pesado. Ya no era solo una huida. Ya no era solo escapar. Ahora tenían algo más. Un enemigo vivo. Un rehén. Lo arrastraron hasta el interior de uno de los almacenes abandonados. La estructura olía a óxido, polvo viejo y combustible seco. El eco de sus pasos retumbaba contra las paredes metálicas como si el propio edificio supiera que lo que iba a ocurrir no sería limpio. Vincenzo agarró una silla desvencijada y la situó en el centro del espacio.
  • ¡Assèttalo!
Antonio lo obligó a arrodillarse primero, con un golpe seco detrás de la rodilla y el sirio cayó de bruces. Luego lo levantaron entre los dos y lo estamparon contra la silla. Las patas chirriaron contra el cemento. Le ataron las muñecas al respaldo, con rapidez. El resto del grupo observaba en silencio desde atrás. Sofi con los brazos cruzados sobre el pecho, sin apartar la mirada. Raquel rígida, sintiendo algo incómodo creciendo en el estómago. Fani con la mandíbula apretada, rabiosa. Gustavo respirando aún acelerado, pero ahora en silencio.

Vicenzo se puso frente al prisionero, crujiéndose los nudillos.
  • ¡¿Chi t'ha mannato?! - preguntó secamente.
Silencio.
  • ¡Parla subbeto! - ordenó Antonio, la pistola sobre la sien.
El sirio los miró a ambos con una mezcla de desprecio y desafío. Sangre seca en la comisura de los labios. Ojos oscuros, firmes. No era un rehén cualquiera. Era un hombre acostumbrado a eso. Vincenzo se acercó por detrás. Le sujetó el pelo y tiró hacia atrás, dejando el cuello expuesto.
  • ¿Cuántos sois? - preguntó esta vez en español, lento, pronunciando cada palabra.
Nada. Solo silencio. Antonio suspiró, entre sus muchas cualidades, no estaba ser paciente. El primer puñetazo fue limpio, directo al pómulo. El sonido del impacto retumbó en el almacén. La cabeza del sirio giró, pero volvió al centro despacio, como si se negara a concederles siquiera el gesto del dolor. El segundo fue al estómago, la silla se tambaleó peligrosamente. El tercero no fue un puñetazo. Fue un codazo brutal. Antonio giró el torso y descargó el hueso del codo contra la boca del mercenario. Se escuchó el crujido seco de dientes partiéndose. Dos piezas blancas saltaron al suelo, rodando sobre el cemento manchado.

El sirio escupió. La sangre espesa cayó entre sus muslos. Respiró hondo por la nariz. Levantó la vista. Alzó el mentón, desafiante. Y sonrió. Una sonrisa rota, roja de sangre. Escupió otra vez, esta vez hacia un lado, y habló por primera vez
  • Kilab… antum kilab… - rió.
“Perros… sois perros”. Nadie entendió las palabras, pero todos comprendieron el tono. Antonio le agarró la mandíbula con fuerza, presionando donde ya no había dientes.
  • ¡Parla, figlio 'e bucchina! ¿Quanta site?
El sirio volvió a sonreír, como un loco desquiciado. Miró uno por uno a los presentes. No con miedo, sino con desprecio. Dijo algo más en árabe, más largo esta vez, la voz ronca pero irónicamente divertida.
  • Satamutuna jami’an huna… lan takhruju ahya’…
Los Sorrentino se miraron, sin decirse nada. Entendiendo que aquel desgraciado no iba a darles nada, fuera por las buenas o por las malas.
  • Moriréis todos… - repitió el mercenario, incapaz de contener una risa rota, burbujeante entre sangre -. No saldréis vivos. El jefe os dará caza…
La carcajada fue peor que cualquier amenaza. El silencio se volvió denso, casi sólido. Carol se aferró a Lena, que se mantenía en pie pasando un brazo por su hombro, pálida pero firme. Laia y Gabi, sosteniendo a Nico entre ambos, sintieron al mismo tiempo cómo algo se quebraba por dentro: esa frontera frágil entre víctima y verdugo empezaba a desdibujarse. Ya no era una línea clara. Era una mancha. Los demás observaban al hombre atado a la silla. Entendían que era un enemigo, un asesino. Mandado a Lima para darles caza. Aquel bastardo comprendía que iba a morir, que no había salida y aun así… no soltaba una sola palabra. Ni una súplica. Ni una negociación. Ni una traición. No era orgullo lo que sintieron. Nadie siente orgullo por su enemigo. Fue otra cosa. Una sensación pesada, incómoda. Un reconocimiento sombrío. Como si estuvieran frente a alguien que, al menos en eso - en la lealtad a su causa -, era inquebrantable.

Antonio retrocedió un paso. Vincenzo lo miró en silencio. No había rabia en su rostro. Había urgencia. Cálculo. Tiempo agotándose. El sirio no iba a hablar. No por dolor. No por miedo. Ni siquiera por orgullo. Era un soldado. Y los soldados, cuando creen en algo - aunque sea en el dinero- , saben morir sin abrir la boca. El mayor de los Sorrentino se limpió la sangre del antebrazo con la camiseta. Su mente corría más rápido que sus pulsaciones, buscando una grieta, una solución. El grupo intercambió miradas. Nadie dijo nada. Pero todos pensaban lo mismo: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Y entonces ocurrió. Antes de que nadie pudiera proponer algo. Antes de que los Sorrentino cruzaran esa frontera napolitana que olía a sótano húmedo y a métodos de la Camorra, eficaces y sin retorno. Sofi empezó a andar. No hubo anuncio. No hubo advertencia. Caminó como una figura que emerge de la sombra sin pertenecer del todo a este mundo. Serena. Vertical. Inquebrantable. No parecía una chica asustada. No parecía una fugitiva. Parecía una sentencia. Había algo en su rostro que estaba más allá del bien y del mal. Como si la balanza moral ya no pesara sobre ella. Como si hubiese comprendido que, en ese nuevo mundo, la justicia no era una virtud sino una herramienta. La suya.

Fue esa la primera vez…
La primera en que se mostró al mundo tal y como era…
La “Santa Muerte” avanzando entre mortales.

Se detuvo al lado de Vincenzo y sin pedir permiso, sin tan siquiera mirarlo; le sacó la pistola de la espalda, encajada en el cinturón. El gesto fue limpio. Natural. La sostuvo como si siempre hubiera sabido como hacerlo. Quitó el seguro, ni siquiera sabía que debía hacerlo, pero lo hizo. Sus dedos se movieron con precisión instintiva, como empujados por otro ser, por uno oscuro, antiguo y tenebroso.

No dijo nada. No dudó. No pensó. Apuntó a la cabeza del mercenario. Y apretó el gatillo. El disparo retumbó en el hangar. A bocajarro. El cráneo se abrió hacia atrás. Los sesos salpicaron el cemento. La silla cayó de lado con un golpe seco. El cuerpo dejó de ser amenaza. Dejó de ser enemigo. Dejó de ser nada.

Sofi permaneció inmóvil, solo dos segundos. Contemplando su obra como quien observa un cuadro en un museo. Pero sin emoción visible. Sin triunfo. Sin arrepentimiento. Luego bajó el arma y la colocó con calma en la parte baja de su espalda, donde siempre debió haber estado.

Vincenzo la miraba con los ojos muy abiertos.
  • ¿Pecché l’haje fatto?
Acababa de matar al único que podía darles información. Necesitaban saber cuántos eran. Cuán grande era el enemigo. Cuánto sabían. Hasta dónde llegaban sus redes. Iba a morir, sí. Pero antes debía hablar.

Sofi no lo miró. Simplemente se acercó al cadáver, se agachó y le levantó el brazo. El reloj en su muñeca tenía el cristal roto, ensangrentado. Pero seguía funcionando. Y no era un reloj cualquiera. Ella lo sostuvo en alto para que todos lo vieran.
  • Geolocalizador - dijo con una calma que erizaba la piel -. No iba a hablar, solo estaba ganando tiempo…
Se puso en pie, con una seguridad que imponía respeto.
  • Hay que irse de aquí. Ahora.
Correr o morir. Otra vez. Pero ya no era una opción. Era una premonición demasiado clara de lo que iban a ser sus vidas a partir de ahora. No habría pausas. No habría treguas. No para quienes habían dejado de ser personas y se habían convertido en presas. Pero, al mismo tiempo, algo había cambiado en aquel disparo. En aquel gesto seco y frío de Sofi. Alguien tenía que ser el primero en cruzar la línea. Tarde o temprano iba a ocurrir. Alguien debía demostrar que no todo era huida, que no todo era resistencia pasiva. Que sobrevivir también exigía ensuciarse las manos. Y fue ella. Fue Sofi quien, sin discursos ni temblores, les enseñó lo que significaba de verdad estar en guerra. Ese acto radical, irreversible y sin vuelta atrás; les mostró que, tarde o temprano, todos apretarían un gatillo. Que la sangre no era una posibilidad remota, sino una estación inevitable del trayecto. Sofi no los arrastró. Solo les señaló el sendero.

Se pusieron en marcha sin perder más tiempo. Entre Gabi y Laia colocaron el cuerpo inconsciente de Nico en una carretilla abandonada que encontraron tirada por el suelo. Las ruedas chirriaron al moverse, protestando como si tampoco quisieran formar parte de aquello. Al instante mochilas al hombro, revisión rápida de heridas, un par de respiraciones profundas, músculos entumecidos sacudiéndose el cansancio; y todos estuvieron preparados para seguir corriendo.

Los Sorrentino abrieron la puerta metálica que daba acceso al exterior. Se asomaron primero. Miradas rápidas. Ángulos cubiertos. Señal afirmativa. Y salieron al trote. Gabi empujaba la carretilla con los brazos tensos, los nudillos blancos. No apartaba la vista de Sofi, que avanzaba en cabeza junto a los napolitanos. Caminaba recta. Sin mirar atrás. Como si arrebatar una vida humana no hubiera sido más que un trámite.
  • Ya la llevo yo, chaval - dijo Gustavo, agarrando la carretilla con firmeza.
  • Puedo yo, no te preocupes.
  • Ve con ella, vamos…
Gabi lo miró en silencio, sin dejar de avanzar. Dudó apenas un segundo.
  • Venga… ve a ver cómo está - insistió Gustavo mientras se apoderaba del peso.
Gabi soltó las asas. Tardó unos instantes en dar el paso. Sus piernas parecían no obedecerle del todo. Volvió a mirar a Sofi. Caminaba con la misma silueta de siempre. Pero no era la misma. Se preguntó, con un nudo apretándole el pecho, si aquella chica que avanzaba delante de él seguía siendo la mujer que conocía… o si acababa de convertirse en alguien completamente distinto. Y comprendió, mientras aceleraba el paso para alcanzarla, que quizá todos lo habían hecho.
  • Oye… - dijo Gabi al alcanzarla, con la respiración entrecortada -. ¿Estás…?
  • Estoy bien - respondió ella, seca, sin dejarle terminar -. Alguien tenía que hacerlo.
  • ¿Pero…?
Sofi se giró apenas y le agarró la muñeca. Fuerte. Más de lo normal. No era un gesto cariñoso. Era firme. Definitivo.
  • Escucha, cariño. Solo vi el reloj, entendí lo que estaba pasando y actué. Ya está. No hay más.
  • Mi vida… - Gabi la miró a los ojos, no la reconocía - Acabas… acabas de matar a un…
  • Me he cargado al hijo de puta que intentó matarnos a nosotros - cortó ella con dureza -. ¡Gabi, despierta de una puta vez! Ya no estamos en casa. Ya no podemos ser los de antes. Así que acéptalo. Ahora, nuestra vida es esta: o matas o te matan.
Las palabras no fueron un grito. Fueron una sentencia. Gabi se quedó clavado en el sitio. Literalmente. El mundo siguió moviéndose a su alrededor mientras él permanecía inmóvil, como si alguien hubiera pausado su cuerpo pero no el tiempo. Los demás lo adelantaron. Carol, ayudando a Lena a caminar, pasó junto a él. Lo miró un segundo. Triste. Comprensiva. Pero no dijo nada. No había tiempo para consolar a nadie.
  • ¡Vamos, pichafloja!
Fani apareció por detrás y le agarró del brazo, tirando de él con brusquedad. Gabi apenas reaccionó. Se dejó arrastrar unos pasos hasta que volvió a caminar por sí mismo. Entonces la vio. Fani estaba sonriendo. No era una sonrisa cruel. Era casi divertida.
  • ¿De qué coño te ríes? - gruñó él, todavía aturdido.
Ella negó con la cabeza.
  • Para ser tú el que decía que de verdad la conoce… pareces demasiado sorprendido.
Gabi frunció el ceño.
  • Se acaba de cargar a un tipo, joder... ¿Como cojones quieres que reaccione?
Fani soltó una pequeña carcajada nasal mientras esquivaban unas piedras en la bajada del cerro.
  • Tú no estabas en el colegio con nosotras…
Y su tono cambió. Se volvió más íntimo.
  • Yo era gordita, ¿vale? De esas niñas a las que todos señalan. ¡Todos!. Me llamaban ballena, croqueta, tonel… lo que se les ocurriera. Me escondían la mochila. Me tiraban el bocadillo al suelo. Me encerraron en el baño más veces de las que puedo contar.
Gabi la miró de reojo, sorprendido.
  • ¿Croqueta, en serio? - preguntó esbozando una sonrisa.
  • ¡Cállate gilipollas! - exclamó ella empujándolo - Que estoy abriéndote mi corazón…
Gabi la miró sin poder evitar reír, intentando recordar en que momento Fani había empezado a caerle bien.
  • Llegaba a casa llorando todos los días - continuó ella -. Asustada. Humillada. Esos cabrones me hicieron mil y una perrerías. Cosas que hasta día de hoy sigo arrastrando… Incluso llegué a pensar en…
Su sonrisa se esfumó de su rostro de repente. Gabi hizo exactamente lo mismo. Bajaron el último tramo del terraplén, la carretera estaba cerca, arterias de asfalto moviendo coches como glóbulos rojos.
  • Lo siento, yo… - Gabi intentó disculparse - No sabía que tú…
  • No importa - contestó ella mirando al frente - El pasado, pasado está. Además, todo cambió el día que Sofi apareció en mi vida y decidió que estaba harta.
Fani sonrió otra vez, pero esta vez con orgullo.
  • La muy idiota se plantó delante del grupito de chicas mayores que me hacían la vida imposible. Le sacaban cuatro cabezas, ¿sabes? Eran siete contra una. Pero no se acojinó… se plantó delante de ellas y les dijo que si querían meterse con alguien, que se metieran con ella.
Gabi sintió un nudo en el estómago.
  • Le dieron una paliza brutal. De esas que dejan marca. Pero no se detuvo. Ni lloró. Ni retrocedió. Les siguió plantando cara, y alguna de esas cerdas se llevó un buen moretón… Pero no se detuvo ahí, que va. Al día siguiente volvió a presentarse delante de ellas.
Fani lo miró directamente.
  • Siempre estaba metida en peleas. Con todo el mundo. Le daba igual el sexo, el tamaño o la edad de los abusones. Si veía una injusticia… entraba a trapo. Como una loca suicida.
Gabi no respondió. Solo escuchaba. Recordó el enfrentamiento de días atrás con Ricardo. La manera en que Sofi se había plantado. La firmeza con la que sostenía la mirada. La ausencia de miedo.
  • No se cuantas veces le partieron la cara… demasiadas, eso seguro. Pero no paró. No hasta que nos dejaron en paz… Lo que quiero decir es que Sofi siempre ha sido eso - concluyó Fani, encogiéndose de hombros -. Es protectora por naturaleza.
Un silencio breve se instaló entre ellos mientras seguían avanzando hacia la carretera.
  • Y no ha cambiado, sigue siendo la misma zumbada peleándose contra todo Dios - añadió Fani con cariño -. Solo ha entendido que ahora el patio del colegio es un poco más grande. Y que los matones no pegan, te quieren muerto…
Gabi levantó la vista. Sofi seguía caminando unos metros por delante, recta, decidida, con el arma en la espalda y el peso del grupo sobre los hombros. Quizá no se había convertido en alguien distinto. Quizá simplemente estaba siendo, por primera vez, exactamente quien siempre había sido.

Como el Molibdeno, siendo el lubricante en la fricción del camino y el metal que prefiere arder antes que fundirse en la huida eterna. Esta historia continuará…
 
Alguien tenía que hacerlo y menos mal que Sofi se dió cuenta de la trampa y mató a ese mercenario.
Me encanta como Fani creo que poco a poco va a ver a Gabi con otros ojos seguro. Ya son una familia.
Y expectante estoy a cuando despierte Bico, porque va a ser el cerebro del grupo.
Para terminar, tenías razón, al final le estoy cogiendo mucho cariño a Gustavo y me da mucho pena lo que le pasó, porque es un buen tío que se sacrificó por los demás. Su leyenda seguirá viva siempre en sus corazones.
 
Alguien tenía que hacerlo y menos mal que Sofi se dió cuenta de la trampa y mató a ese mercenario.
Me encanta como Fani creo que poco a poco va a ver a Gabi con otros ojos seguro. Ya son una familia.
Y expectante estoy a cuando despierte Bico, porque va a ser el cerebro del grupo.
Para terminar, tenías razón, al final le estoy cogiendo mucho cariño a Gustavo y me da mucho pena lo que le pasó, porque es un buen tío que se sacrificó por los demás. Su leyenda seguirá viva siempre en sus corazones.
Pues si te soy sincero, mi intención al principio era utilizarlo como una especie de topo. Es decir, que estuviera dentro del grupo, pero su ambición por el poder de la "Azulita" lo empujara a traiciónarlos a todos. Lo que pasa que le pillasteis tanta manía que se me puso entre ceja y ceja llevaros la contraria, jajajaja.

Y me dije a mí mismo... lo voy a convertir en un puto héroe.
Por mis santos cojones! :ROFLMAO:

Y ahora, hasta yo, que le tenia manía... me pasa como a ti: Le he pillado un cariño terrible.
Y aunque ya le he puesto fecha de defunción, hasta que llegue ese día, Gustavo será un puto toro de miura, defensor del grupo.

Un abrazo enorme!
 
Yo siempre vi a Gustavo como el garbanzo negro del cocido, el que por su ambición iba a joderlo todo, pero después de su sacrificio he cambiado de opinión y le he empezado a ver con otros ojos.
Me ha sorprendido la decisión y seguridad de Sofi y la firmeza de Fani, otro que me caía como el culo y también está cambiando mi percepción sobre ella.
 
Capítulo 43. Tecnecio - Pos(Tc)ombustión

El Tecnecio (Tc) ocupa el cuadragésimo tercer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del tecnecio con el concepto de la postcombustión - entendida como ese estado espectral y radiactivo que habita en el alma tras haber ardido en una decisión imposible, donde ya no queda fuego, sino solo el rastro de lo que se consumió -, obtenemos el retrato de una existencia artificial y eterna. El tecnecio es el elemento de la anomalía: el primer metal creado por el hombre, un hueco en la tabla periódica que no debería existir en la Tierra, recordándonos que tras el gran incendio de una elección irreversible, lo que queda no es ceniza, sino una materia nueva que brilla con una luz que no es de este mundo.

La Postcombustión según el Tecnecio: El Brillo de la Decisión Irreversible

1. El Elemento que no Debería Estar (Inestabilidad Intrínseca)

El tecnecio es el elemento más ligero que no tiene isótopos estables. En la Tierra, todo el tecnecio original se desintegró hace eones; el que tenemos hoy es producto de la fisión nuclear o la síntesis humana. La postcombustión es el estado de quien ha sobrevivido a su propio fin. Tras una decisión imposible, el alma ya no es "natural". Has cruzado un umbral donde tu antigua forma se desintegró. Como el tecnecio, eres una criatura sintética de tu propia voluntad: un ser que habita un espacio que la lógica de la vida normal no reconoce, existiendo solo por la fuerza de haber sobrevivido al núcleo del desastre.

2. El Trazador del Interior (Gammagrafía Médica)
El isótopo Tecnecio-99m se inyecta en el cuerpo para iluminar órganos y procesos internos. Emite rayos gamma que permiten ver lo que está oculto en la profundidad de la carne. Después de arder, te vuelves transparente para ti mismo. La postcombustión te otorga una "visión de trazador": la capacidad de ver las conexiones reales de tu existencia que el fuego de la pasión ocultaba. Ya no sientes el calor de la duda, sino la fría claridad de la radiación. Eres el faro que ilumina tus propias sombras, revelando el mapa de una verdad que solo se hace visible cuando ya no queda nada que quemar.

3. La Presencia Estelar (Estrellas Gigantes Rojas)
Aunque en la Tierra es casi inexistente, el tecnecio se detecta en el espectro de ciertas estrellas gigantes rojas al final de sus vidas. Es la prueba de que en su interior está ocurriendo una nucleosíntesis desesperada. Hay decisiones que te convierten en una estrella agonizante. La presencia de "tecnecio" en tu mirada es la señal de que has pasado por el proceso de creación más violento. Entendemos que la postcombustión no es vacío, es la prueba de que en tu centro se forjó algo nuevo bajo una presión insoportable. Brillas con una luz roja y pesada, una señal para el universo de que has cumplido tu ciclo de fuego y ahora eres eterno en tu desintegración.

4. El Inhibidor de la Corrosión (Pertecnatos)
En pequeñas concentraciones, el ion pertecnato protege al acero de la oxidación con una eficacia casi mágica, incluso en condiciones de humedad extrema. Quien ha pasado por la postcombustión se vuelve inmune al mundo. Una vez que has tomado la decisión imposible y has ardido en ella, ya nada puede "oxidarte". El dolor menor, la envidia o el miedo cotidiano resbalan sobre tu nueva superficie radiactiva. La postcombustión es el blindaje definitivo: te has convertido en un inhibidor de la decadencia porque ya has pasado por el peor de los incendios.

5. El Tiempo de Vida Media (Desintegración Constante)
El tecnecio vive en una cuenta atrás constante. No puede dejar de emitir energía hasta transformarse en rutenio. Su existencia es una transición perpetua. Vivir en postcombustión es habitar el tiempo de descuento. Cada segundo después de "la decisión" es un regalo radiactivo. Sabes que tu forma actual es temporal, que te estás transformando en algo más estable y frío con cada latido. Es la paz de quien ya no lucha por durar, sino por emitir la mayor cantidad de luz posible mientras dure su "vida media”.

Conclusión: La postcombustión, vista a través del tecnecio, es la geometría del residuo luminoso. Es el reconocimiento de que las decisiones más duras nos despojan de nuestra naturaleza biológica para convertirnos en una materia técnica y pura. Ser tecnecio significa aceptar que somos el resultado de un incendio que no dejó cenizas, sino una radiación de lucidez que nos permite ver el interior de las cosas mientras esperamos, con nobleza, nuestra transmutación final.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¿Y ahora qué? - preguntó Sofi, agazapada tras el quitamiedos, con la mirada clavada en la carretera que bordeaba el aeropuerto.
El tráfico empezaba a espesarse. Camiones de reparto. Furgonetas viejas. Algún autobús madrugador cargado de obreros somnolientos.
  • ¡Cecè! Piglia chesto.
Antonio le pasó la pistola a su hermano, la que le había confiscado al mercenario abatido en la emboscada.
  • Fermarèmo ’nu camiòn a ffòrza - dijo Vincenzo mientras comprobaba el cargador, encajándolo con un golpe seco -, e fujerèmo ’o cchiù luntano… lo más lejos que podamos.
La idea flotó en el aire como algo inevitable. Sofi sacó su arma con un gesto firme.
  • Nada de muertos, ¿estamos?
Antonio alzó una ceja.
  • ¿Haje sintùto, frà? - soltó con una risa ladeada, propinándole un codazo a su hermano -. Calamity Jane se ha vuelto pacifista… ‘Mo es una santa.
Vincenzo sonrió apenas, negando con la cabeza mientras comprobaba que la mirilla no estuviera desviada.
  • Va bbuono, Sofía… nada de ammazzà inocentes. Si tú lo quieres, lo hacemos accussì. L’ùrdema cosa que quiero en esta vita es de enfrentarme a tte… puedes estar sicura.
No era una broma. Los Sorrentino ya no la miraban como antes. En realidad nadie lo hacía. Sofi había dejado claro que no era una chica cualquiera. Ahora la miraban con el respeto instintivo que se le tiene a alguien que ha cruzado una línea sin titubear. Habían visto el disparo. La ausencia de duda. La frialdad después. En su mundo, eso significaba algo. Para ellos, Sofi ya no era una protegida. Era una igual. Y en el código napolitano que llevaban tatuado en la sangre, eso se ganaba con hechos, no con palabras.

Esperaron agazapados tras el quitamiedos, con el cuerpo bajo y la mirada fija en la carretera como cazadores que conocen el ritmo de su presa. Los camiones pasaban uno tras otro, rugiendo sobre el asfalto hirviendo, levantando ráfagas de viento y polvo. Antonio los dejaba pasar sin impaciencia, observando cada detalle: el tipo de cabina, la altura del remolque, el número de pasajeros, si el conductor parecía nervioso o simplemente cansado. No buscaban el primero. Buscaban el adecuado.

Sofi, arrodillada, entendió entonces que aquello no era improvisación; era oficio. Los Sorrentino no corrían en busca de un vehículo. Elegían el adecuado. Y cuando lo vieron, los hermanos se entendieron en apenas una mirada. Era un camión de dos ejes, sin logotipos llamativos, cabina alta, remolque amplio y cerrado, sin copiloto visible. Perfecto.

Antonio fue el primero en moverse. Saltó el quitamiedos con agilidad, cayendo sobre el asfalto y se plantó en medio del carril derecho, arma en alto, inmóvil, como una señal de stop humana. El claxon estalló en un bramido furioso mientras el camión se abalanzaba hacia él a toda velocidad. Otro pitido. Y otro. Luego el chirrido brutal de los frenos, el olor espeso a goma quemada extendiéndose por el aire mientras las ruedas se bloqueaban y el remolque vibraba con violencia.

Una vez frenado en seco, el conductor asomó medio cuerpo por la ventanilla, rojo de ira, lanzando insultos sin entender qué demonios estaba pasando, pero cuando quiso procesarlo, Vincenzo ya estaba allí. Había cruzado la carretera como una sombra. Subió de un salto al estribo, abrió la puerta de la cabina con un tirón seco y apoyó la pistola en la sien del camionero con extrema serenidad. El cambio en la víctima fue inmediato. La furia se evaporó de golpe. Las manos se alzaron temblorosas. Sin discutir y sin heroicidades absurdas, el hombre se deslizó hacia el asiento central, dejando libre el volante.
  • ¡Jammo guagliù, ampressa, saglite subbeto!
Antonio les gritó mientras rodeaba el camión hacia la parte trasera, una orden breve y tajante. El grupo reaccionó al instante. Gustavo avanzó el primero cargando con Nico sobre los hombros como si el peso no existiera. Carol ayudaba a Lena, Gabi cubría retaguardia, Laia vigilaba los márgenes de la carretera con el corazón desbocado.

El mayor de los Sorrentino abrió las puertas traseras del remolque de un tirón y el interior oscuro apareció ante ellos como una boca abierta. Uno a uno fueron subiendo a la gabarra, ayudándose, empujando mochilas, acomodando a Nico con cuidado sobre el suelo metálico. Sofi fue la única que no se dirigió atrás. Rodeó el vehículo sin apresurarse, las dos manos firmes sobre la pistola, y subió a la cabina cerrando la puerta de un golpe seco que sonó como un sello definitivo. Se sentó en el asiento del copiloto sin pedir permiso, la espalda recta, la mirada clavada en el retrovisor lateral como si pudiera ver más allá del asfalto. Vincenzo la observó apenas un segundo antes de engranar la marcha. Escuchó la puerta trasera cerrándose de nuevo, luego dos golpes secos desde el interior del remolque. El camión rugió y volvió a moverse, pesado, obediente.

El conductor seguía pegado al asiento central, encogido sobre sí mismo, las manos alzadas a la altura del rostro como si así pudiera frenar una bala. Era un hombre mayor, la piel curtida por el sol y el polvo de carretera, bigote ralo salpicado de canas, ojeras profundas de quien duerme más en áreas de servicio que en su propia cama. Llevaba una camisa a cuadros, barata y sudada en el cuello. Sus manos eran grandes, ásperas, marcadas por años de cargar cajas, cambiar ruedas y apretar tornillos con herramientas prestadas. En el salpicadero, una estampita de la Virgen pegada con cinta aislante temblaba con cada vibración del motor.
  • Pucha, jefe… ¡no me haga nada, se lo suplico! - balbuceó con la voz rota, arrastrando las sílabas entre el miedo y la urgencia -. Miren, yo solo soy un humilde trabajador, solo manejo mi carro… No me lastimen, por favorcito.
Los ojos se le llenaron de lágrimas sin llegar a llorar, como si incluso eso fuera un lujo que no podía permitirse. Temblaba, pero intentaba mantenerse erguido, intentando no provocar, no enfadar, no existir más de lo necesario.
  • Tengo mi señora que me espera en la casa y mis chibolos todavía están de escuela, son chiquititos… - añadió, respirando a trompicones -. Llévatelo todo si quieres, el camión, la carga, mi celular… pero déjame vivito, jefe. Se lo pido por la virgencita, no me disparen, piensen en mi familia.
Sofi no apartó la vista del retrovisor. La carretera se extendía recta frente a ellos, indiferente. Vincenzo mantenía la mano izquierda en el volante y la derecha baja, firme, apoyada en el costado del conductor. El camión siguió avanzando. Y dentro de la cabina, el miedo de aquel pobre hombre llenaba el aire más que el olor a gasolina y sudor.
  • ¿Cómo se llama? - preguntó Sofi sin mirarlo, vigilando la carretera y el polvo que levantaban.
El hombre se giró apenas hacia ella, todavía con las manos en alto, los dedos temblándole.
  • Mi nombre es Víctor Manuel Quispe Huamán, señorita… pa’ servirle.
La voz le salió quebrada, humilde, como quien está acostumbrado a pedir permiso incluso para respirar. Sofi lo miró entonces por primera vez. El arma descansaba sobre su muslo, la mano apoyada encima con naturalidad, como si formara parte de su cuerpo. No había odio en su expresión, tampoco rabia. Solo una determinación fría, reciente, todavía asentándose dentro de ella. Le regaló una sonrisa leve. No era cálida, no podía serlo en aquella situación, pero tampoco era cruel. Fue una grieta mínima en la tensión.
  • Yo me llamo Sofía. Encantada, señor Quispe.
Y, para desconcierto absoluto del hombre, ella le tendió la mano. El camionero bajó la vista. Miró primero la mano extendida, luego la pistola, luego sus ojos. Parpadeó varias veces, como si intentara entender en qué clase de asalto se pedían presentaciones formales. Dudó pero finalmente bajó una de sus manos muy despacio y la estrechó.
  • El… el placer es mío, señorita - murmuró, intentando que no se le quebrara la voz -. Disculpe si estoy medio nervioso, pero usted comprenderá…
El apretón fue breve, firme. Sorprendentemente digno.
  • ¿Hacia dónde se dirigía, señor Quispe? - preguntó ella, soltándolo.
  • Voy pa’ Nazca, señorita. Tengo que descargar material de obra allá… fierros y cemento. Trabajo nomás, usted sabe… lo que salga.
  • ¿Nazca está dirección a Cusco?
  • Mmm… a mitad de camino más o menos. Después ya se agarra la otra ruta pa’ subir a la sierra - respondió, moviendo apenas la cabeza -. Es carretera larga, señorita… puro desierto por tramos.
Sofi asintió despacio, procesando la información. Volvió la mirada al retrovisor. Nada sospechoso detrás, por ahora.
  • Señor Quispe… - dijo con calma -. Siento las molestias que le hemos causado y lamento haberle asaltado de este modo.
El hombre abrió un poco más los ojos, desconcertado.
  • Pero me temo que le acompañaremos hasta Nazca.
  • Señorita, yo no quiero problemas… tengo mi brevete limpio, nunca me he metido en nada raro… yo solo trabajo, nomás…
  • No los tendrá - lo interrumpió Sofi, sin elevar la voz -. Le doy mi palabra.
Hubo algo en su tono que lo hizo callar. No era una amenaza. Era una promesa. Vicenzo apartó el arma de su costado, aunque no la guardó. El camión siguió avanzando por la carretera polvorienta, el motor vibrando bajo sus pies. Víctor Manuel bajó lentamente la otra mano y la apoyó en sus piernas, todavía rígido. Miró de reojo a la joven sentada a su lado, tan serena con un arma encima como si estuviera tomando un taxi. Y por primera vez desde que todo había empezado, dejó de suplicar. Porque entendió que aquellos desconocidos no querían hacerle daño. Pero también entendió que, si hacía falta, no les temblaría el pulso.

Mientras, el interior de la gabarra quedó sumido en una oscuridad densa, apenas rasgada por dos linternas que alguien había encendido y apoyado entre sacos de cemento y planchas de metal. El camión circulaba con un rugido grave, el traqueteo empezando a recorrerles el cuerpo como una corriente constante, vibrándoles en los huesos. El suelo temblaba bajo sus botas. Cada bache los hacía rebotar unos centímetros. El aire olía a polvo, a hierro y a sudor acumulado.

Gustavo se dejó caer contra un lateral, todavía con la adrenalina latiéndole en las sienes. Tenía la camiseta manchada de tierra y sudor, y una sonrisa que no terminaba de borrarse.
  • ¿Has visto su cara cuando le he entrado? - le dijo a Antonio, en voz baja pero excitada -. Te juro que pensaba que lo había aplastado.
Antonio se sentó a su lado, respirando hondo, más contenido pero igual de eléctrico por dentro.
  • Parecìve 'nu toro, frà - murmuró con media sonrisa -. Si nun 'o fernìve yo, lo terminas tú solo. Lo hiciste proprio buono..
Chocaron los puños, cómplices. En sus ojos no había crueldad, sino esa euforia sucia que deja sobrevivir por segundos a la muerte. Unos metros más allá, Carol había hecho sentar a Lena sobre una caja de madera. La linterna iluminaba el costado vendado, donde la sangre había traspasado ligeramente la tela.
  • No me mires así, que no me estoy muriendo - susurró Lena, apretando los dientes mientras Carol retiraba con cuidado la gasa.
  • Cállate - respondió Carol, concentrada - Y déjame ver como está.
Lena soltó una risa breve que terminó en un gesto de dolor. La herida no era limpia; el disparo había rozado, arrancando carne sin alojarse dentro. Aun así, cada movimiento era un latigazo.
  • Ha dejado de sangrar casi del todo - murmuró Carol, más para tranquilizarse a sí misma que a ella -. Estás hecha una guerrera…
Lena asintió. Sus ojos, pese al cansancio, seguían brillando con esa obstinación que la mantenía siempre en pie. En el lado opuesto, Fani y Gabi iban sentados uno junto al otro, las rodillas tocándose. No hablaban. El ruido del camión hacía innecesarias las palabras. Gabi miraba al suelo, las manos entrelazadas. Tenía la imagen del disparo clavada detrás de los párpados. La sangre. El cuerpo cayendo. La expresión en su cara. Fani lo observó de reojo, pero no dijo nada esta vez. Ya le había contado quién era Sofi. Ahora le tocaba a él reconciliar esa niña que se enfrentaba a medio colegio con la mujer que disparaba sin pestañear. Le dio un leve codazo, recordándole que no estaba solo. Él alzó la vista un segundo y asintió, agradecido, aunque no sonrió.

Cerca de la puerta, Raquel permanecía sola, sentada sobre su mochila, la espalda recta contra el metal frío. No participaba en ninguna conversación. No miraba a nadie. Tenía las manos apoyadas sobre los muslos, inmóviles. Sus ojos estaban abiertos, pero no veían a sus compañeros. Veían el aeropuerto, el cerro, el disparo a bocajarro, el cuerpo desplomándose. Veían la línea que habían cruzado y que ya no se podía desandar. Intentaba ordenar los hechos como si fueran apuntes de clase, pero se le deshacían entre los dedos. El mundo que conocía había desaparecido en cuestión de horas. Y lo que quedaba era esto: huir, esconderse, sobrevivir.

Un bache más fuerte sacudió el camión y alguien soltó una maldición en voz baja. Entonces Nico se movió. Primero un gemido casi imperceptible. Luego un gesto torpe con la mano. Laia, que lo sostenía entre sus brazos apoyada contra unos sacos, le pasó una mano por el cabello.
  • Eh… eh, tranquilo - susurró, apartándole el pelo de la frente.
Los párpados de Nico temblaron antes de abrirse del todo. Tardó unos segundos en enfocar. Miró el techo metálico, las sombras, las caras alrededor.
  • ¿Dónde…? - murmuró, con la voz seca.
  • En un camión. Estás bien. Más o menos - respondió con ternura.
Nico intentó incorporarse y se mareó al instante.
  • No, no te muevas - le ordenó Laia con suavidad firme -. Has estado horas bajo los efectos de los sedantes. Tómatelo con calma, ¿de acuerdo?
Él cerró los ojos un segundo, intentando reconstruir la memoria. El ruido del motor lo envolvía todo. Hizo un conteo rápido de todos los presentes.
  • ¿Y… Sofi? - preguntó finalmente.
Un breve silencio recorrió la gabarra. Fani y Gabi intercambiaron una mirada silenciosa. Lena dejó de sonreír. Raquel parpadeó, volviendo al presente.
  • Con Vincenzo - respondió Laia -. Está delante.
  • ¿Quien es Vicenzo? - preguntó Nico confundido - ¿Y quien es ese?
Nico señaló débilmente a Antonio, intentando entender dónde estaban, qué pasaba, una multitud de preguntas agolpándose en su mente, nuevamente despierta. Laia lo acercó a su cuerpo con delicadeza y poco a poco empezó a contarle todo lo que se había perdido. El camión siguió avanzando sin detenerse, sacudiéndolos a todos por igual, mezclando el cansancio con la tensión, el dolor con una extraña sensación de alivio al estar todavía vivos. Dentro de aquella caja metálica, entre polvo y sombras, ninguno sabía cuánto duraría aquella tregua. Pero por primera vez desde que habían aterrizado, se sentían mínimamente seguros. Y eso, aunque fuera débil, aunque fuera por unos solos kilómetros, ya era algo.

Dejaron atrás los márgenes polvorientos del aeropuerto y, poco a poco, se fue consumiendo el tráfico espeso de la periferia. Eran cerca de las doce de la mañana cuando tomaron la Carretera Panamericana Sur, esa arteria interminable que corta la costa del Perú como una cicatriz paralela al Pacífico. Lima se deshacía lentamente: bloques de cemento sin pintar, azoteas con varillas oxidadas apuntando al cielo, ropa tendida ondeando como banderas domésticas. Mototaxis vibrando en las esquinas. Puestos de fruta bajo toldos desteñidos. Perros flacos cruzando avenidas imposibles.
  • Estamos saliendo ya de Lima Metropolitana - murmuró Víctor Manuel, sin atreverse a subir demasiado la voz -. En un ratito pasamos por Villa El Salvador… pura chamba y esfuerzo ahí. Gente luchadora.
Sofía asintió sin mirarlo. Sus ojos iban más allá. Más lejos. El cielo estaba despejado, de un azul pálido que parecía lavado por el viento marino. A la derecha, en algunos tramos, se adivinaba el brillo del Pacífico; a la izquierda, el desierto comenzaba a imponerse sin pedir permiso. Arena. Tierra seca. Colinas desnudas como huesos gigantes. El camión avanzaba constante, sin detenerse. A esa velocidad, sin pausas, Nazca quedaba a unas seis o siete horas de carretera. Llegarían al atardecer si nada se torcía.

La ciudad terminó de diluirse cerca de Lurín. Los edificios dieron paso a espacios abiertos, a parcelas dispersas, a cerros color ocre que parecían respirar calor incluso en la distancia. Víctor Manuel carraspeó, señalando con el dedo.
  • Miren… más adelante está Pucusana. Bonito puerto, bien tranquilo. La gente viene a comer su cevichito los fines de semana. Si uno quiere paz, se va por ahí.
Vicenzo desvió la mirada hacia la franja azul que aparecía intermitente entre rocas. Pensó en la palabra “paz” como si perteneciera a otra vida. Una que ya no era suya. El desierto se volvió más crudo a medida que avanzaban. La Panamericana parecía una línea negra trazada con regla sobre un lienzo beige infinito. El viento levantaba remolinos de polvo que cruzaban la carretera como espectros ligeros. A la altura de Chilca, el paisaje cambió ligeramente. Pequeñas lagunas brillaban como espejos imposibles en medio de la aridez.
  • Ahí están las lagunas de Chilca, señorita - dijo Víctor Manuel, animándose un poco -. Dicen que son medicinales. La gente viene a bañarse para los dolores… pa’ los huesitos, pa’ el estrés.
Sofía observó las aguas quietas rodeadas de tierra agrietada. Pensó que ningún baño podía limpiar lo que llevaba dentro. El sol fue subiendo, implacable. El asfalto empezó a vibrar con esa ilusión óptica que deforma el horizonte. El camión seguía rugiendo con regularidad, como un animal pesado pero fiel. Más al sur, el terreno se volvió aún más desolado. Kilómetros y kilómetros de nada. Solo arena, montículos erosionados y el cielo.
  • Ahora entramos rumbo a Cerro Azul y luego a San Vicente de Cañete - explicó el camionero -. En Cañete hay valle, hay verde. Uva, algodón… antes era más fuerte la producción, pero todavía se mueve.
Y era cierto. Como si alguien hubiera pintado con otro pincel, el paisaje se tornó fértil de repente. Campos cultivados, hileras ordenadas de viñedos, canales de riego brillando al sol. Palmeras dispersas. Casas bajas con patios amplios. Sofía sintió un contraste violento. Vida creciendo en medio del desierto. Un recordatorio incómodo de que el mundo seguía su curso, ajeno a su guerra. Después de Cañete, el verde volvió a desaparecer. La costa peruana recuperó su rostro áspero y mineral. Pasaron cerca de Pisco, donde el viento parecía arrastrar historias viejas entre galpones y almacenes.
  • Aquí fue el terremoto fuerte del dos mil siete - dijo Víctor Manuel, bajando la voz -. Se cayó medio mundo. Pero la gente se levantó otra vez… así somos pues.
Sofía lo miró un instante. Esa frase se le quedó grabada: así somos, nos levantamos. Más adelante apareció Ica, con sus bodegas, su calor espeso y el desierto extendiéndose hacia el interior. Dunas inmensas se perfilaban en la distancia como olas petrificadas. El sol comenzaba a inclinarse cuando dejaron atrás Ica. El cielo se volvió más dorado, más denso. Las sombras de los cerros se alargaban sobre la arena.
  • Ya falta poquito - anunció Víctor Manuel, señalando la carretera que se perdía en línea recta -. En una horita estamos en Nazca. Tierra misteriosa esa… las líneas, los dibujos gigantes… nadie sabe bien cómo los hicieron.
Sofía apoyó la frente un segundo contra el cristal caliente. Pensó en las Líneas de Nazca, invisibles desde el suelo, solo comprensibles desde el cielo. Figuras trazadas para ser vistas por algo que no camina. Como ellos. Pequeños desde abajo. Invisibles a simple vista. Solo perceptibles desde cierta altura. El camión avanzaba hacia el sur mientras el desierto se teñía de naranja y cobre. Vicenzo no apartaba la vista del horizonte. Habían dejado Lima atrás hacía horas. Habían sobrevivido una vez más. Pero la carretera era larga. Y el desierto no ofrecía refugio.

El camión abandonó la Panamericana y se desvió por un acceso de tierra que crujía bajo las ruedas. A lo lejos, un surtidor solitario se recortaba contra el desierto como un decorado olvidado por el tiempo. Un letrero oxidado, medio caído, anunciaba combustible que quizá ya nadie vendía. Dos bombas antiguas, una caseta de cemento con ventanas polvorientas y una sombra mínima proyectada por un techo de calamina. Nazca no era ciudad allí. Era silencio.

El motor se apagó con un último traqueteo grave y, de pronto, el mundo quedó suspendido en un zumbido tenue, el del viento arrastrando arena fina sobre el asfalto resquebrajado. Antonio abrió la puerta trasera. La luz del atardecer entró como una cuchillada naranja en la gabarra oscura.
  • Jammo compagni. Pare ca simmo arrivati - murmuró.
Uno a uno fueron bajando. Cuando Nico puso los pies en el suelo, todavía sostenido entre Laia y Gabi, sintió que la cabeza le pesaba el doble que el cuerpo. El aire era seco, distinto al de Madrid. No olía a gasolina ni a humanidad encajada en poco espacio, sino a polvo caliente y metal oxidado. Parpadeó varias veces. Ante él, el desierto se extendía como una planicie infinita, ondulada apenas por cerros bajos, erosionados, de un marrón rojizo. El cielo era enorme. Demasiado grande. Sin edificios que lo recortaran, sin cables, sin ruido. Solo espacio. Sintió el vértigo recorrerle el cuerpo. No recordaba como había llegado allí, pero sabía que estaba lejos. Lejos de todo lo que conocía. Lejos de casa. Lejos incluso del capítulo anterior de su propia vida. Tragó saliva. El mundo parecía más honesto. Más brutal. Sofía bajó la última. Rodeó el camión sin prisa, como si cada paso estuviera medido. Se detuvo frente a la ventanilla del conductor y puso un pie sobre el estribo. Víctor Manuel la miraba con una mezcla de alivio y nerviosismo, las manos aún tensas sobre el volante. Ella intentó sonreír. Fue un gesto mínimo, casi una sombra de sonrisa. No tenía otra cosa que ofrecer.
  • Gracias, señor Quispe - dijo ofreciéndole de nuevo la mano - Y disculpe las molestias que le hayamos podido ocasionar.
El hombre negó con la cabeza, esta vez apretándola sin rastro de temblor.
  • No, señorita… gracias a ustedes por no hacerme daño. Yo entiendo que a veces la vida se pone bien fea, ¿no? - forzó una media risa -. Espéreme un ratito.
Se inclinó hacia la parte trasera del asiento y sacó una bolsa de tela.
  • Mi señora siempre me manda comidita pa’l camino - dijo, extendiéndola por la ventanilla -. Hay tamalitos, un poco de papa con ajicito, su quesito fresco… no es gran cosa, pero está hecho con cariño. Y agua también, mire, tengo unas botellitas que me sobran.
Se disculpó casi avergonzado.
  • Perdonen que no sea mucho, ah. Pero el viaje es largo y el desierto no perdona.
Hubo un silencio extraño. De esos que pesan. Vicenzo dio un paso al frente y tomó la bolsa y las botellas con un gesto firme.
  • Gracias - dijo seco, sin adornos.
Sofía sostuvo la mirada del camionero un segundo más.
  • Que tenga buen viaje, señor. Deseo que llegue a casa y se reúna de nuevo con su mujer y sus hijos.
Víctor Manuel asintió con los ojos brillantes.
  • Que Dios los acompañe, señorita. Y que encuentren lo que estén buscando.
El motor volvió a rugir, esta vez más ligero, como si el camión se hubiera quitado un peso invisible de encima. Dio media vuelta levantando una nube de polvo y regresó hacia la carretera, perdiéndose poco a poco en la línea oscura de la Panamericana. El ruido se fue apagando. Y se quedaron allí. Once figuras pequeñas en una gasolinera medio muerta, rodeadas por el desierto y un cielo que empezaba a teñirse de violeta. El viento movía la tela rasgada del cartel oxidado. En la distancia, ningún edificio, ningún coche, ningún testigo. Solo ellos. Y la certeza de que, a partir de ese momento, cada paso volvería a ser un desafío.

Se deslizaron detrás de la caseta de cemento como sombras cansadas, asegurándose de que desde la carretera no se distinguiera nada más que abandono. Improvisaron un campamento: mochilas como almohadas, chaquetas extendidas sobre el suelo frío, turnos de vigilancia susurrados al oído. Ni fuego, ni linternas innecesarias. Solo la respiración contenida de once fugitivos aprendiendo a convertirse en silencio. El desierto se abría ante ellos como un océano petrificado, un mar de arena que alguna vez - quizá - estuvo lleno de agua, de peces, de vida. Ahora… solo quedaba viento y memoria.

Sofía trepó a la azotea de la caseta sin comunicárselo a nadie. Se sentó en el borde, dejando caer las piernas al vacío, balanceándolas apenas. Desde allí podía ver la carretera como una cicatriz oscura atravesando la nada. Tal vez vigilaba. Tal vez huía. Tal vez simplemente necesitaba altura para no ahogarse. Escuchó los pasos detrás de ella. No se giró, supo quien era. No por el sonido, por el aroma. Ese perfume que siempre le recordaba al hogar, incluso en mitad del caos. Cerró los ojos un segundo. No quería hablar con nadie y menos con él. No quería romperse, no podía permitírselo, no ahora.

Gabi se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos. Cerca, pero sin invadirla. Miró al frente, al horizonte que se fundía con un cielo encendido en violetas y naranjas imposibles. Era una belleza inconmensurable, casi cruel. Como si el mundo se burlara de ellos regalándoles una postal perfecta el mismo día en que habían cruzado una línea que no tenía regreso. No dijo nada. Hay momentos en que las palabras sobran. Y otros en que, simplemente, estorban. Él lo sabía demasiado bien.

En silencio metió la mano en el bolsillo y sacó el paquete de tabaco. Al abrirlo, vio que casi todos los cigarrillos estaban rotos. Sonrió con tristeza. Rescató uno, el único entero, y se lo llevó a la boca. Lo encendió con calma, como si aquel gesto fuera un ritual antiguo, necesario para no desmoronarse. Dio una calada larga. El humo ascendió entre ambos, dibujando una frontera frágil. Y empezó a cantar. No fuerte. No buscando oídos ajenos. Era un murmullo, una plegaria rota.
  • Yo crecí en la calle, vivo de mi picardía…
Sofía no se movió. Su cuerpo seguía allí, suspendido en el borde. Su mente, en cambio, vagaba lejos. Quizá en el disparo. Quizá en la sangre. Quizá en la persona que había sido algún día.
  • Yo no dependo de nadie, tan solo del que está arriba… Y si he cambiado…
Gabi giró el rostro hacia ella. El humo flotando entre los dos como una niebla íntima.
  • …y te dolió, mala mía.
El viento se llevó la melodía lejos, el silencio se tragó su voz. La miró y la sintió a años luz. Tan cerca que podía rozar su rodilla. Tan lejos que parecía imposible acariciarla. Pero no se detuvo. Porque sabía que esa canción era su favorita. Y si dejaba de cantarla, la perdería en la oscuridad. Recordó cómo ella lo hacía siempre, a pleno pulmón en el coche, desentonando sin pudor, riendo después. Recordó su voz cuando salían a pasear por el monte, el eco entre los árboles. Recordó la Sofía que todavía existía, aunque ahora estuviera cubierta de polvo y pólvora. Dio otra calada, esta vez el humo le raspó la garganta. Los ojos le ardían en fuego.
  • Desde chamaquito me enseñaron a ser bravo, las cosas malas que hice quedaron en el pasado. Y si mañana muero… no quiero verlos llorando…
La voz le tembló, pero siguió, ahora más fuerte, más firme… más cerca.
  • ¡Que mi vida siempre fue lo que yo quise!. Que la gente fuerte es la que sonríe en los días grises…
Entonces ella se giró. No fue un movimiento brusco, fue lento. Como si regresar le costara demasiado. Sus miradas chocaron en mitad del crepúsculo. Gabi no apartó la suya. No lo haría jamás. Allí había estado, allí estaba y allí estaría siempre. Sin reproches. Sin discursos. Solo él. Solo su voz. Solo su presencia.
  • Que de los momentos que pasamos juntos… - terminó en un susurro - quiero que se queden con los que fueron felices…
El viento levantó arena fina alrededor de la caseta. Abajo, el grupo murmuraba en voz baja, ajeno a esa pequeña batalla suspendida sobre el desierto. Sofi lo sostuvo con la mirada. Sus ojos ya no eran los de la chica que había apretado el gatillo hacía unas horas. Eran los mismos de siempre. Más cansados. Más conscientes. Pero suyos. No pidió perdón. No lo necesitaba. No con él.

Gabi, sin invadirla, sin forzarla, deslizó su mano hasta rozar la de ella. No la agarró. Solo la dejó ahí, abierta, esperando. Como había hecho desde que empezó todo. Como haría siempre.
  • A mí no me lloren… - intentó cantar Sofi con la voz quebrada, apenas un hilo que el viento casi se lleva.
  • Si me llevan flores… - continuó Gabi, sosteniendo la melodía con cuidado, como quien sostiene algo frágil.
  • Tiren romo al suelo…
  • Y toquen mis canciones…
  • Porque la vida es así… es así…
La frase quedó suspendida entre ellos. “Se lleva a los mejores”, decía la canción. Pero ninguno de los dos tuvo el valor de pronunciarlo. No esa noche. No después de todo. Se miraron en silencio. Las manos ya unidas, los dedos entrelazados con una fuerza que no necesitaba palabras. Había miedo, sí. Un miedo real, tangible, pegado a la piel. Pero también había algo más firme que el terror: la certeza compartida. Esa que solo existe cuando no estás solo. Cuando alguien decide quedarse incluso después de verte romperte.
  • No siempre se lleva a los mejores, mi vida - murmuró Gabi, apoyando la frente contra la suya -. A veces… y solo a veces… la vida es justa. Y se lleva a los peores.
Sofi negó apenas, como si quisiera borrar lo ocurrido.
  • No quería… no quería hacerlo… Yo solo…
La frase se deshizo en un sollozo. Y entonces ocurrió. No el disparo. No la huida. No la sangre. Sino la caída. Las lágrimas brotaron sin permiso, violentas, temblorosas, como si hubieran estado conteniéndose todo el día. Su cuerpo, que horas antes había sido acero, ahora era agua. Se encogió sobre sí misma, pequeña, vulnerable, humana. Por primera vez desde que apretó el gatillo, comprendió el peso real de aquel gesto. No el necesario. No el estratégico. El humano.

Y se quebró.
  • Sé por que lo hiciste… No solo yo, mi amor… todos lo sabemos.
En el mismo instante en que ella cedió, él la rodeó con los brazos sin dudar. La atrajo contra su pecho, besándole la frente con una ternura que desarmaba cualquier sombra. La sostuvo como se sostiene a quien regresa derrotado de una guerra. Porque incluso el guerrero más feroz tiene su momento de caer. Incluso el que dispara sin temblar necesita, alguna vez, que le tiemblen las piernas. Y cuando eso sucede, cuando el acero se agrieta y la armadura pesa demasiado, otro guerrero debe estar allí. No para juzgarlo. No para recordarle lo que hizo. Sino para recordarle por qué lucha.

Gabi no le habló de culpa. No le habló de muerte. No le habló de lo que vendría. Solo la sostuvo.

Como si con ese abrazo pudiera devolverle el equilibrio. Como si pudiera decirle, sin palabras, que no estaba sola en la oscuridad. Que si ella caía, él sería suelo. Que si él caía, ella sería fuerza.

Sobre ellos, el cielo del desierto se llenaba de estrellas, indiferente y eterno. Abajo, el grupo dormía a medias, exhausto. Y allí, en lo alto de una caseta olvidada en mitad de la nada, dos guerreros aprendían que la verdadera batalla no siempre se libra contra el enemigo. A veces, se libra contra uno mismo. Y solo se sobrevive si alguien te recuerda, cuando ya no puedes verlo por ti mismo, que aún queda algo por lo que seguir luchando.
  • ¿Hay sitio para dos más?
Gabi y Sofi se giraron al unísono, aún abrazados, sin soltarse. Sobre el borde del tejado asomaron Fani y Carol, cargadas con agua y algo de comida envuelta en papel. Subieron con cuidado, midiendo los pasos en la oscuridad, hasta sentarse junto a ellos. Fani se dejó caer al lado de Sofi. Carol, más silenciosa, se colocó detrás y se puso en cuclillas, rodeando a su hermana con los brazos como si intentara blindarla del mundo.
  • ¿Cómo estás? - preguntó, secándole las lágrimas con el pulgar.
  • Ahora mejor…
  • Sabes que si necesitas hablar…
  • Lo sé - respondió Sofi, y esta vez la sonrisa fue pequeña, pero sincera.
Carol le besó la mejilla y se quedó abrazándola, firme, constante. No dijo nada más; no hacía falta. El calor de su cuerpo decía todo lo que las palabras no alcanzaban.
  • Ten, churri - intervino Fani, tendiéndole un trozo de tamal envuelto en servilleta -. No sé qué coño lleva esto, pero está buenísimo…
  • Gracias.
Sofi mordió sin ceremonia. El maíz caliente, la masa especiada, el relleno jugoso… algo tan simple y tan humano le devolvió una parte de sí misma. Comió en silencio, dejando que el murmullo lejano del desierto y la respiración de los suyos la arroparan sin preguntas ni juicios.

Gabi, comprendiendo que ese momento ya no le pertenecía, se levantó con calma.
  • ¿Ya te vas? - preguntó Fani, alzando la cabeza.
  • Voy a ver si consigo algo de tabaco…
Hizo una bola con la cajetilla aplastada y la lanzó al suelo con desgana. Después se inclinó y besó a Sofi en los labios, lento, breve. Le susurró algo al oído que solo ella escuchó. Carol aprovechó su ausencia para ocupar el espacio que había dejado y sentarse a su lado.
  • Está riquísimo - dijo Sofi con la boca llena.
  • Ya te lo dije - asintió Fani, pasándole un brazo por encima del hombro.
La dejaron comer tranquila. La noche se extendía sobre el desierto como una manta oscura, salpicada de estrellas. Abajo, el resto del grupo respiraba cansancio. Gabi descendió del tejado y recorrió el improvisado campamento. Se detuvo junto a Nico y Laia; él ya estaba despierto del todo y hablaba sin parar, disparando preguntas como si necesitara llenar el silencio con ruido. Gabi respondió a casi todas, inventando algunas medias verdades, protegiéndolo aún de la crudeza completa. Luego pasó por donde estaba Lena, tumbada mientras se revisaba de nuevo el vendaje. Le dedicó unas palabras suaves, una broma leve, comprobando que la fiebre no asomara. Raquel seguía aparte, sentada contra la pared de cemento, con la mirada perdida en un punto que nadie más veía. Gabi se sentó a su lado unos minutos. No obtuvo demasiadas respuestas, pero tampoco la esperaba. Más tarde habló con los Sorrentino. En voz baja, sobre rutas improvisadas y carreteras secundarias, poco a poco empezando a trazar el camino hacia Cusco. Pueblos intermedios. Posibles controles. Dónde conseguir otro vehículo. Dónde desaparecer.

Pero la mente puede soportar muchas cosas; menos las adicciones. La ansiedad comenzó a treparle por el pecho como un animal pequeño y nervioso. Le dolía la mandíbula de apretar los dientes. Sus dedos buscaban automáticamente un cigarro que ya no existía. El tabaco no era solo nicotina; era ritual, pausa, una excusa para pensar. Miró alrededor: nada. Solo arena, oscuridad, once fugitivos y un silencio enorme. Entonces pensó en algo: la caseta abandonada junto a la que se habían refugiado. Las ventanas estaban rotas, la puerta desencajada. Un lugar olvidado por todos. Quizás allí dentro hubiera algo. No solo tabaco. Cualquier cosa útil: ropa, una manta, latas, herramientas. Algo que les diera una mínima ventaja en aquel juego desigual.

Sin decir nada, se levantó. La gravilla crujió bajo sus botas mientras se acercaba a la puerta. La empujó con cuidado. El hierro oxidado se quejó en un chirrido seco. Y Gabi decidió entrar a investigar. Empujó la puerta con el hombro y esta cedió con un gemido áspero, levantando una nube de polvo que olía a gasolina vieja y a tiempo detenido. Dentro, la oscuridad no era total. La luna se colaba por los ventanales rotos y dibujaba rectángulos pálidos sobre el suelo de baldosas agrietadas. Cada paso levantaba una fina capa de arena que el desierto había ido depositando, paciente, durante años. Nazca no perdona el abandono; lo engulle.

El lugar había sido una pequeña estación de servicio de carretera. Se notaba en los restos del mostrador, en la estructura metálica de lo que alguna vez fueron estanterías con snacks y botellas. Ahora solo quedaban esqueletos oxidados y envoltorios descoloridos pegados al suelo como piel muerta. Un calendario de hacía más de una década seguía colgado en la pared, ladeado. La imagen, casi borrada por el sol, mostraba las Líneas de Nazca vistas desde el aire, como si el pasado insistiera en recordarle dónde estaban. El viento entraba por los cristales rotos y hacía vibrar el papel con un susurro fantasmal.

Gabi avanzó despacio. A la izquierda encontró lo que debió de ser una pequeña oficina. Un escritorio volcado. Cajones abiertos y saqueados. Facturas amarillentas con el logo de una distribuidora limeña. Una radio antigua sin cables. En el suelo, una gorra con el emblema de una petrolera ya desvanecido por el polvo. Abrió un armario metálico que crujió como si protestara por ser molestado. Dentro, un chaleco reflectante, rígido por la suciedad, y una caja de herramientas incompleta: un destornillador, una llave inglesa pequeña, tornillos sueltos. Pero nada de tabaco.

Siguió hacia la trastienda. Allí el olor cambiaba. Más humedad, más encierro. Bidones vacíos. Unas garrafas de plástico aplastadas. Una nevera industrial abierta, oxidada por dentro, como una boca sin dientes. En una esquina, varias cajas de cartón reblandecidas por la humedad costera. Se agachó y las abrió con impaciencia. En una encontró botellas de agua caducadas, pero aún selladas. En otra, paquetes de galletas endurecidas como piedras. Dudó un segundo pero las cogió. Podían servir… cualquier cosa podía servir ahora.

Rebuscó por todos lados, sin encontrar nada más que rescatar. Al salir de nuevo a la pequeña sala principal, decidió dar un último repaso y entonces lo vió. Tras el mostrador, medio escondido bajo una tabla caída, había un pequeño expositor metálico tumbado de lado. Lo arrastró hacia la luz. Estaba vacío casi por completo… casi. En el fondo, atrapado entre polvo y telarañas, descansaba un paquete aplastado de cigarrillos. Marca peruana: Inca Secret Blend. Descolorido. Probablemente viejo. Lo sostuvo entre los dedos como si fuera oro. Lo abrió con cuidado. Cuatro cigarrillos, cuatro supervivientes. Torcidos, pero enteros. Gabi dejó escapar el aire lentamente. No era solo la nicotina. Era la sensación absurda de haber ganado algo en medio de tanta pérdida.

Sacó uno con suma delicadeza y se lo llevó a la nariz. Aspiró despacio. El olor era rancio, húmedo, como papel viejo encerrado demasiado tiempo. Frunció el ceño. Era fumador, empedernido. Sabía perfectamente que aquello era veneno. Pero incluso el adicto tiene sus códigos absurdos: si puede elegir, no consume basura. Es una contradicción ridícula, casi cómica. Como si la calidad del veneno cambiara el resultado final. Como si hubiera una forma digna de destruirse. Gabi negó con la cabeza, maldiciendo su suerte.
  • Me cago en Dios…
La frustración le atravesó el pecho y lanzó la cajetilla contra el mostrador polvoriento. El golpe fue seco, hueco. Y entonces algo salió disparado de su interior, cayendo al suelo, deslizándose hasta sus pies con un roce leve. Parpadeó, y se agachó despacio. Era una pequeña bolsita de plástico, bien sellada, comprimida como un secreto guardado con cuidado. Dentro, hebras apretadas de color marrón rojizo, casi cobre oscuro bajo la luz mortecina de la luna. No era tabaco. No del todo. La sostuvo entre los dedos. Pesaba poco, pero lo suficiente. Rasgó el plástico con la uña y volvió a acercárselo a la nariz. Aspiró profundamente. El aroma era terroso, profundo, ligeramente dulzón. Algo cálido. Algo antiguo. No se parecía al hachís que había fumado en parques y azoteas, ni a la marihuana mal cultivada de su adolescencia. Era distinto. Más seco. Más… puro. Su cerebro intentó encajarlo en algún recuerdo, pero no encontró etiqueta. Y cuando la mente no reconoce, inventa.

Viajó atrás, sin quererlo. A su etapa canábica. A los bancos del barrio. A los paquetes de tabaco con “chinas” escondidas entre los cigarrillos. ¿Cuántas veces había hecho lo mismo? Incontables. El ritual era idéntico: esconder, disimular, guardar para después. El dueño de aquella cajetilla probablemente había hecho lo mismo. Un camionero aburrido. Un trabajador nocturno. Alguien que necesitaba suavizar el mundo de vez en cuando. Gabi observó las hebras con atención, intentando descifrar su naturaleza como si fuera un químico improvisado. Su mente, agotada, magullada por el día, empezó a cerrar ecuaciones sin pruebas. “Si está escondido en un paquete de tabaco… Si tiene este color… Si huele así… Es para fumar.” Y ese pensamiento, en ese instante, fue suficiente. No era lógica. Era necesidad disfrazada de conclusión.

El desierto afuera era inmenso. La noche, pesada. Su cabeza, un hervidero. Pensó en Sofi. Pensó en el disparo. Pensó en la palabra morir repitiéndose como un eco desde hacía horas y volvió a olerlo. Su mente, cansada y atormentada, decidió creer que aquello era exactamente lo que parecía. Que no había peligro nuevo escondido en esa bolsita. Que no podía haber más, no ese maldito día. Y durante unos segundos, se permitió aferrarse a esa mentira pequeña y conveniente. Con sumo cuidado, volvió a envolverla y se apoyó un segundo en el mostrador, mirando el interior desolado de la gasolinera. Pensó en el hombre que habría trabajado allí. En los camiones que pararían a repostar rumbo a Cusco o hacia la costa. En las conversaciones triviales sobre el clima y el precio del combustible. Una vida sencilla. Una vida normal. Y comprendió que eso era lo que más dolía. Saber que, en algún lugar, la vida seguía siendo sencilla para otros. Guardó los cigarrillos en el bolsillo, recogió las botellas de agua y el destornillador, y se dirigió hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, echó un último vistazo al interior. La luna iluminaba el polvo suspendido en el aire, como si fueran pequeñas constelaciones privadas. Luego volvió al desierto. Volvió con los suyos.

Como el Tecnecio, siendo el rastro artificial en las estrellas y la luz fría que ilumina el interior del alma tras el gran incendio. Esta historia continuará…
 
Ahora todos forman una bonita familia y ojalá sigan así durante muchos años, aunque Gustavo ya sabemos que no va a estar.
Siempre estará, y no solo cada 25 de Abril, pues mientras un solo rebelde del Centinela Azul siga en pie, Gustavo vivirá por siempre.
!Larga vida al Bestia!

Por cierto...
Siguiente capitulo viene paranoia de las guapas, avisado queda, jajajaja.

Un abrazo!
 
Capítulo 44. Rutenio - (Ru)nning Away

El Rutenio (Ru) ocupa el cuadragésimo cuarto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del rutenio con el concepto de huir de uno mismo - inspirado en la lírica de Bob Marley en la canción Running Away -, obtenemos el retrato de una persecución circular y metálica. El rutenio es el elemento de la ubicuidad persistente: un metal noble que se encuentra oculto en el platino, que resiste los ácidos más fuertes y que, por mucho que se procese, siempre mantiene su dureza intrínseca, recordándonos que no importa cuán lejos viajes, tu propia naturaleza es el reactor donde siempre terminas operando.

Huir de uno mismo según el Rutenio: El Laberinto del Núcleo

1. El Compañero Inevitable (Grupo del Platino)

El rutenio nunca se encuentra solo en la naturaleza; siempre aparece asociado al platino y al paladio, como una "impureza" noble que se niega a ser separada. Huir de uno mismo es la gran paradoja química. Puedes cambiar de país, de nombre o de piel (el platino brillante que muestras al mundo), pero el rutenio de tu esencia está mezclado en la aleación. Entendemos que "running away" es un intento de destilación imposible: puedes correr mil kilómetros, pero te llevas contigo el mismo elemento que intentas dejar atrás. Eres el polizón en tu propio barco.

2. La Resistencia a los Ácidos (Nobleza Inalterable)
Es uno de los metales más resistentes; ni siquiera el agua regia (capaz de disolver el oro) puede con él a temperaturas normales. Los intentos de "disolver" nuestra identidad a través del exceso, el olvido o la huida suelen fracasar ante el rutenio del carácter. Hay una parte de ti que es noble y dura, resistente a los "ácidos" de la vida que intentan borrar quién eres. Por mucho que corras para intentar ser "otro", esa resistencia interna te devuelve siempre a tu forma original. No puedes deshacerte de lo que está hecho para perdurar.

3. El Catalizador de la Transformación (Metátesis de Olefinas)
El rutenio es el corazón de los catalizadores de Grubbs, que permiten romper y reorganizar enlaces químicos de forma asombrosa. Marley canta sobre la inutilidad de huir, pero el rutenio ofrece una salida: la transformación interna. En lugar de correr hacia fuera, el rutenio te invita a usar tu energía para catalizar tu propio cambio. Si no puedes huir de ti mismo, debes reorganizar tus propios "enlaces". La huida se detiene cuando dejas de ser el fugitivo para convertirte en el laboratorio donde tu propia sombra se transmuta en algo nuevo.

4. La Dureza Frágil (Propiedades Mecánicas)
El rutenio es extremadamente duro, tanto que aumenta la resistencia de cualquier aleación, pero si se intenta forjar solo, se quiebra por su fragilidad cristalina. Huir de uno mismo nos vuelve rígidos y quebradizos. La tensión de estar constantemente escapando de tu propia sombra endurece el alma, pero le quita ductilidad. El rutenio nos enseña que la huida nos vuelve frágiles: nos volvemos una coraza fría que puede romperse ante el mínimo impacto de la realidad, porque hemos perdido la flexibilidad de aceptarnos.

5. El Brillo en la Punta de la Pluma (Puntas de Estilográfica)
Históricamente, el rutenio se ha usado en las puntas de las plumas estilográficas para que el roce con el papel no las desgaste. La huida de uno mismo suele escribirse en un diario que nunca termina. El rutenio es lo que permite que sigas escribiendo la misma historia una y otra vez sin que el "plumín" de tu vida se gaste. Es la persistencia del error o de la búsqueda. Marley nos dice que "debes haber hecho algo mal"; el rutenio es el testigo metálico que registra ese rastro, recordándote que la única página que importa es la que escribes cuando finalmente dejas de correr.

Conclusión: Huir de uno mismo, visto a través del rutenio, es la geometría del círculo cerrado. Es el reconocimiento de que nuestra identidad es un metal noble que no se disuelve con el movimiento geográfico. Ser rutenio significa aceptar que somos nuestro propio destino y que la verdadera paz no está en la velocidad de la huida, sino en la capacidad de ser el catalizador de nuestra propia aceptación, dejando de ser el rastro que escapa para ser el cristal que brilla en su propio centro.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


La noche cayó ceremoniosamente. Aquel atardecer largo de colores cálidos que suavizaron la transición, se fue apagando lentamente. El sol, poco a poco, se rindió y la luna reclamó lo que era suyo. El frío llegó con ella, al instante. Primero como una insinuación en la nuca. Luego como una mano entera metiéndose bajo la ropa.

Se agazaparon tras la caseta, pegados al muro de cemento que aún conservaba un leve resto del calor acumulado durante el día. No encendieron fuego. No podían. La oscuridad era su única aliada y también su mayor amenaza. Las chaquetas dejaron de ser prendas y se convirtieron en mantas improvisadas. Gustavo se quitó la suya para cubrir a Nico, todavía débil, y Laia lo rodeó por el otro lado, encajando el cuerpo entre el suyo y el cemento. Carol y Lena compartían una chaqueta, las dos dentro, respirándose el aliento para templarse. Fani apareció con unos plásticos sucios y agujereados que había encontrado junto a la gasolinera; olían a combustible y polvo, pero servían. Los extendieron sobre las espaldas, como alas rotas.

El viento comenzó a soplar desde el interior del desierto, largo y constante, como si viniera de otro siglo, de otra realidad. No era una ráfaga violenta, era mucho peor. Era persistente. Se colaba por los cuellos, por las mangas, por las costuras de la ropa; arrastrando arena fina que se metía en los ojos y crujía entre los dientes. Los cuerpos empezaron a juntarse sin pensarlo. Primero por cercanía y rápidamente por necesidad. Rodillas contra rodillas. Espaldas contra pechos. Hombros encajados como piezas de un rompecabezas humano que intentaba sobrevivir a la intemperie. Los dientes tiritaban en una sinfonía irregular. Alguien intentó reírse de ello, pero el sonido murió antes de nacer.

El cielo, en contraste, era obscenamente hermoso. Una cúpula limpia, atravesada por millones de estrellas. La Vía Láctea dibujaba una herida luminosa sobre la negrura absoluta. Parecía una promesa o quizás una burla más del destino. Gabi estaba sentado junto a Sofi, sin hablar. Estaban cerca, no necesitaban nada más. El frío los obligó a acercarse todavía más, hasta que el espacio entre ambos desapareció. Compartían el mismo plástico, la misma respiración, el mismo temblor involuntario. El desierto no tenía compasión. No distinguía entre culpables e inocentes, entre cazadores y presas. Solo bajaba la temperatura y esperaba pacientemente a comprobar quien era digno de él.

Antonio miró el reloj de su muñeca y bajó del tejado emitiendo un largo bostezo.
  • ¿A chi tocca mo’? - susurró frotándose la cara con la mano helada -. Necesito chiudere… aunque sea solo… medio minuto.
Sofi hizo el amago de levantarse. El cuerpo le pesaba, pero la voluntad seguía en pie.
  • Descansa, mi vida - murmuró Gabi, besándole la mejilla con suavidad -. Yo me ocupo.
  • No importa, estoy bien… Además tampoco puedo dormir.
  • Inténtalo al menos, ¿de acuerdo? Y si no puedes, me relevas a mí.
  • Está bien… pero llévate esto.
Le pasó una manta pequeña de lana, áspera y gastada en los bordes. Y luego le ofreció su arma.
  • Te quiero - dijo él sosteniendo el frio pedazo de hierro.
  • Y yo a ti, mi amor.
Mientras Antonio se dejó caer junto a su hermano como si le hubieran cortado los hilos, exhausto y helado. Gabi rebuscó en la mochila hasta encontrarlo. El viejo mp3, arañado y golpeado, casi ridículo en mitad de aquel paisaje primitivo. Lo había encontrado por casualidad al hacer el equipaje, escondido en un cajón que llevaba años sin abrir. Funcionaba con pilas. Nada digital, nada de redes, nada que fuera rastreable. Solo memoria encapsulada en plástico.

Subió al tejado de la caseta con cuidado, sintiendo el leve crujido del cemento bajo las botas. Se sentó en el borde, la manta sobre los hombros, cubriéndole también la cabeza; delante, el desierto se abría como un océano negro, inmóvil, infinito. Se colocó los cascos y pulsó el play.

“Mi hogar está siempre dónde yo estoy…”

La voz quebrada de Bob Marley le llegó como una caricia antigua. Y, sin darse cuenta, sonrió. Conocía aquella canción demasiado bien. Hubo un tiempo en que el reggae fue casi una religión para él; tradujo canciones enteras, letra por letra, desmenuzándolas, intentando comprender qué mensaje quería dejarle al mundo aquel hombre de voz cansada y mirada serena.

“Mi hogar está en mi cabeza, mi hogar es lo que yo pienso. O lo que intento profundizar en mi mente en el pensamiento que creo…”, decía el Jamaicano.

Recordaba ese fragmento hablado, esa especie de confesión espiritual arrastrada por la mística de la hierba. Bob hablaba con la lentitud de quien ha mirado hacia dentro y ha visto algo que los demás no alcanzan a ver. No era simple humo, no era simple colocón: era introspección, era refugio. Algo que quien jamás ha probado la verdad que aguarda tras la sagrada hierba, puede entender.

“Ese es mi hogar. Mi hogar no es un hogar material, o algo material que este ahí fuera. ¿Sabes? Mi hogar esta en mi cabeza.”

Cuando sonó el primer acorde, su cuerpo empezó a moverse. Reconoció el título al instante: Running Away. La música no llenó el silencio; lo atravesó por completo. Era una canción de otra vida, cuando los problemas tenían nombre y solución… o simplemente no existían. Al entrar en sus oídos arrastraba recuerdos de tardes de humo y pausa, ventanas abiertas, discusiones absurdas, risas interminables. Sofi cantando sin saberse la letra, inventando palabras. Los ojos rojos. Las pulsaciones lentas. La sensación de que el mundo podía esperar. La vida antes de romperse.

“Estás corriendo, corriendo y huyendo”

Gabi cerró los ojos un segundo. Solo uno.

“Estás corriendo, corriendo y huyendo… Estás corriendo, corriendo y huyendo… Estás corriendo, estas corriendo… Pero no puedes huir de ti mismo”

El viento seguía azotando el desierto, pero ahora era apenas un murmullo acompasado con la batería y el bajo de la canción. Abrió los ojos. Vigilante. Siempre vigilante.

“No puedes huir de ti mismo, no puedes huir de ti mismo, no puedes huir de ti mismo”

Desde lo alto del puesto de guardia pensó en las siluetas encogidas de los suyos, amontonadas contra el muro, fundidas en una sola sombra irregular. Diez latidos intentando sincronizarse contra la intemperie. Diez cuerpos buscando calor en mitad de la nada. A lo lejos, sobre la Panamericana, el rugido de un camión solitario atravesó la noche. Luces que corrían en línea recta, sin detenerse. Como decía la canción: Corriendo, huyendo… Como ellos.

Y, sin embargo, la letra le golpeó con una claridad casi cruel: puedes huir de ciudades, de enemigos, de balas… pero no de lo que llevas dentro. El hogar - si Marley tenía razón - viaja contigo. En tu cabeza. En tus recuerdos. En esa vida que respiraba a su lado, incluso cuando el desierto parecía vacío.

Running Away fue escrita tras el atentado que sufrió Bob Marley en Jamaica y su posterior exilio en Londres. A primera escucha parecía una canción sencilla, casi repetitiva. Pero su mensaje era directo y profundo: “no puedes huir de ti mismo.” Marley la escribió en un momento de fractura. Había tensiones políticas en su país, conflictos dentro de su entorno y divisiones incluso dentro del movimiento rastafari. Muchos, según él, estaban traicionando sus principios, viviendo con hipocresía, señalando a otros mientras evitaban mirarse por dentro. Marley no hablaba únicamente de escapar físicamente, sino de huir de la conciencia, de la culpa, de las decisiones tomadas. Puedes cambiar de país, de compañía… pero no puedes escapar del espejo. La canción también tenía un tono casi fraternal: no era un ataque furioso, era una advertencia. Como si dijera: “hermano, puedes correr todo lo que quieras, pero al final tendrás que enfrentarte a ti mismo.”

Gabi estaba literalmente huyendo. De sus enemigos. De un pasado inmediato. De un acto irreversible. Pero la canción le golpeaba porque entendía que el movimiento físico no resolvía el conflicto interior. Podía esconderse en el desierto de Nazca, podía cambiar de ruta, de identidad, de plan… pero no podía escapar de lo que había hecho ni de lo que sentía. Escuchando la canción, empezó a intuir lo mismo que el jamaicano: el verdadero enemigo no siempre está fuera. La noche, el frío, el desierto, los asesinos… todo eso era circunstancial. Lo que pesaba era lo que llevaba dentro. Por eso la canción no le consolaba del todo. No era una nana, era un espejo. Y en ese espejo aparecía la pregunta inevitable: “¿De qué estás huyendo realmente?” Y más importante aún: “¿qué vas a hacer cuando ya no puedas correr más?”

“Tu debes haber hecho algo malo. Tu debes haber hecho algo malo. ¿Por qué no puedes encontrar el lugar al que perteneces?”

El frío mordía sin piedad. La noche, espesa como petróleo, parecía tragarse el mundo entero. Pero la música insistía, golpeando suave en sus oídos, recordándole algo esencial: no estaban huyendo por cobardía. Estaban resistiendo por amor. Y eso lo cambiaba todo.

“Huyendo, huyendo, huyendo, huyendo, huyendo”

El reggae fue quien empujó su mano al bolsillo, quien lo empujó a fumar. Siempre había sido así. Otros seguirían buscando dinero, coches, mujeres, fama… Él, en aquel instante, solo deseaba el mejor cogollo de la rama, la niebla perfecta que apagara el ruido de fuera y solo dejara respirar la certeza de dentro. Sobre su cabeza, la Vía Láctea permanecía abierta como una herida luminosa: hermosa, infinita, eterna. Un universo indiferente a sus dilemas.

“Cada hombre piensa que su carga es la más pesada. Cada hombre piensa que su carga es la más pesada.”

Y allí, en mitad de Nazca, con los cascos apretándole los oídos y el arma apoyada junto a su muslo, Gabi entendió que vigilar no era solo mirar hacia la oscuridad exterior. Era sostener la memoria. Recordar quiénes habían sido antes de que todo se torciera. Para que, si sobrevivían, pudieran regresar a esa versión de sí mismos sin sentirse impostores.

“Pero quien lo siente lo sabe, señor. Pero quien lo siente lo sabe, señor. Pero quien lo siente lo sabe, señor”

Sacó un cigarrillo y lo sostuvo entre el pulgar y el índice. Lo vació con destreza; el tabaco reseco se lo llevó el viento en una nube pobre y triste. Luego abrió la bolsita y dejó caer las hebras marrones dentro, prensándolas con el pequeño tubo de plástico del mechero. Lo hizo con precisión casi ceremonial. Cuando terminó, contempló el resultado con una sonrisa leve. Habían pasado años desde el último, pero no había perdido el toque. Era como montar en bicicleta: el equilibrio se aprende una vez, y el cuerpo lo recuerda para siempre.

No sabía qué era exactamente aquella hierba. Ni qué efecto tendría sobre su conciencia. Pero no le importaba. Quería huir. Quería nublar la mente, desplazar el eje del mundo unos centímetros, elevarse por encima del miedo y del cansancio, fundirse con las estrellas y dejar de pensar, aunque fuera por unos minutos.

“Estás corriendo, corriendo y huyendo. Estás corriendo, corriendo y huyendo… Estás corriendo, corriendo y huyendo… Estás corriendo, estas corriendo… Pero no puedes huir de ti mismo…”

Se llevó el canuto a la boca y encendió el mechero. La llama tembló antes de besar la punta. El aroma dulzón descendió por su garganta, trepó por sus fosas nasales. Dio una calada lenta, reteniendo el humo como si fuera un secreto, y después lo dejó invadir sus pulmones.

“Pero no puedes huir de ti mismo…”, seguía cantando Bob.
“Ya lo veremos, amigo”, pensó Gabi entrecerrando los ojos. “Ya lo veremos…”

Exhaló con calma y, al hacerlo, no solo expulsó el humo por su boca: una parte invisible de su alma se deslizó con él, flotando hacia el cielo negro, buscando su sitio entre las estrellas antiguas. El humo no subió recto. Danzó. Se enroscó sobre su cabeza como una serpiente blanca y luego se deshizo en espirales suaves, como si alguien allá arriba lo estuviera aspirando con paciencia infinita. Gabi sintió que el aire cambiaba de textura. Ya no era frío. Era denso. Vivo. Como si respirara con él.

La primera oleada no fue un golpe, fue un abrazo. Un calor lento le recorrió el pecho, descendió por los brazos, se instaló en el estómago y desde allí comenzó a expandirse como un sol pequeño, privado y secreto. El desierto dejó de ser hostil. La noche dejó de ser amenaza. Todo empezó a latir al mismo compás. Un solo latido. El viento dejó de azotar, ahora susurraba. Decía cosas. Cosas antiguas. Cosas que no se entienden con palabras, solamente con el pecho abierto. Sintió que su cuerpo pesaba y, al mismo tiempo, que flotaba apenas unos centímetros por encima del tejado. Como si la gravedad hubiera decidido respetarlo por un rato. Como si Jah - ese nombre profético que Bob pronunciaba con reverencia - hubiera extendido una mano invisible para sostenerlo.

Sus pensamientos ya no corrían en línea recta. Se movían como olas suaves, sin aristas. Cada recuerdo se volvía más brillante, más nítido. Sofi riendo, hermosa y libre. El humo saliendo por la ventanilla del coche. Las tardes sin reloj. Todo estaba allí, intacto, suspendido en una eternidad pequeña. Comprendió algo sin saber explicarlo. Que el hogar no era un lugar. Que el hogar era el pulso compartido. Que mientras ellos respiraran juntos, no estaban perdidos. El arma apoyada a su lado dejó de ser un símbolo de muerte. Era solo metal. Un objeto sin intención propia. El miedo también se volvió más pequeño, como un niño malcriado que hace ruido para que le presten atención. Cerró los ojos otra vez. Esta vez más de un segundo.

La música ya no sonaba en sus oídos. Sonaba dentro de él. El bajo vibraba en su columna vertebral. La batería marcaba el paso de su sangre. Y la voz de Marley no era una voz ajena: era un eco interior, profundo, ancestral. “Mi hogar está en mi cabeza…”, pensó. “Mi hogar está donde yo decido permanecer.” Abrió los ojos despacio. Las estrellas parecían más cercanas, más vivas. El desierto ya no era vacío: era espacio sagrado. Arena que había visto civilizaciones levantarse y caer. Viento que había borrado nombres y dejado solo esencia.

“No digas eso, no digas eso porqué no estoy huyendo… Tengo que proteger mi vida. Yo no quiero vivir en conflicto. Es mejor vivir en el tejado de la casa, que vivir en una casa llena de confusión. Así que tomé mi decisión y me fui. Y ahora vienes a decirme que estoy huyendo. Pero no es verdad. Yo no estoy huyendo…”

Se llevó otra calada a la boca, más corta. Esta vez no buscaba escapar. Buscaba quedarse.

Porque tal vez Bob tenía razón. Tal vez no se puede huir de uno mismo. Pero quizás sí se puede reconciliar con lo que uno es ahora. El humo volvió a elevarse y por un instante, Gabi no era un fugitivo. No era un hombre armado. No era un amante roto ni un guerrero cansado. Era solo respiración. Era solo latido. Era solo presencia. Y en mitad de Nazca, bajo el cielo infinito, el universo entero no le pareció ajeno. Le pareció hogar.

La tercera calada fue más profunda. No buscó medirla. Aspiró como quien quiere llenar un vacío antiguo, como quien pretende tragarse el cielo entero y guardarlo en los pulmones. El humo descendió espeso, distinto. Más pesado. Más oscuro. Y entonces ocurrió. No fue un sonido. No fue una sombra. No fue el crujido del cemento ni un motor lejano en la Panamericana. Fue un giro. Un giro brusco en la realidad. El mundo no tembló, pero él lo sintió desplazarse apenas unos milímetros sobre su eje invisible. Como si alguien hubiese empujado la realidad con un dedo gigante y la hubiese recolocado mal. Una mínima desalineación. Imperceptible para cualquiera, pero no para él.

Se quedó inmóvil. No había nada moviéndose delante. Ninguna silueta. Ningún enemigo reptando por la arena. Sin embargo, la certeza era absoluta: algo había cambiado. No afuera. Adentro.

Alzó el canuto humeante frente a sus ojos. Las pupilas estaban completamente dilatadas, devorando la noche. Rojas. Vidriosas. Demasiado abiertas para ser normales. El humo parecía desplazarse más lento que antes, como si el tiempo hubiese sido sumergido en miel. Un mareo le recorrió la nuca. Luego la columna. Luego el estómago. No era el colocón cálido de antes. Era una caída. Una pérdida de equilibrio interior. El suelo seguía firme bajo su trasero, pero su percepción se inclinaba hacia un abismo que no tenía fondo ni dirección.

Lo supo al instante. La claridad llegó como un latigazo. “Acabo de hacer una estupidez. ¿A quién se le ocurre fumar algo que no sabe qué es? ¿En mitad del desierto? ¿Estando de guardia? ¿Con todos dependiendo de mi?” El corazón empezó a latir demasiado fuerte. Cada pulsación era un golpe contra las costillas. Se arrancó los cascos de las orejas como si le quemaran. La música se cortó de golpe, pero el eco seguía dentro, deformado. Tiró el cigarro lejos, viendo cómo la brasa describía una curva naranja en el aire antes de apagarse contra la arena.

Necesitaba volver. Volver al mundo real. Volver al instante anterior. Se puso en pie de un salto. Y entonces lo vio. Él estaba de pie sobre el tejado. Pero su cuerpo seguía sentado. Allí. Inmóvil. La manta sobre los hombros. El arma apoyada al lado. La cabeza ligeramente inclinada hacia delante. Los dedos aún curvados sosteniendo el cigarro. El aire desapareció de sus pulmones. Intentó moverse y se movió, pero no hubo peso en sus pasos. No hubo sonido. Miró sus propias manos y las vio translúcidas, atravesadas por la luz lejana de las estrellas. No del todo invisibles. No del todo sólidas. El mundo no había cambiado. Él se había salido.

Sintió el vértigo de quien asoma la cabeza al vacío y descubre que el vacío lo mira de vuelta. Quiso gritar, pero el sonido no salió. No tenía garganta. No tenía pecho. Abajo, a unos metros, las siluetas de los suyos seguían agrupadas contra el muro. Respirando. Vulnerables. Reales. Demasiado reales. Intentó dar un paso hacia su cuerpo y el espacio no respondió como debía. No había distancia clara. No había arriba ni abajo. Solo una sensación de desanclaje. Un pensamiento atravesó su conciencia como un cuchillo frío: “Te has ido demasiado lejos.”

El desierto ya no era sagrado. Era infinito. Y el infinito no tiene bordes a los que agarrarse. Miró de nuevo su cuerpo sentado. Quería entrar. Quería volver. Quería sentir el peso, el frío, el miedo incluso. Pero comprendió algo terrible. No sabía cómo hacerlo.
  • Mierda, mierda, mierda…
El viento cambió. No fue una brisa arbitraria. Fue una voluntad. Una ráfaga que llegó con intención, como si alguien - o algo - hubiera decidido soplar justo en ese instante. Gabi lo sintió en el alma antes que en la piel. El aire se volvió sólido, denso, casi consciente. Sus pies se separaron del techo de la gasolinera abandonada. No hubo salto. No hubo impulso. Simplemente dejó de estar sujeto al mundo. Intentó agarrarse al borde de cemento, a la antena oxidada, a cualquier cosa. Sus manos atravesaron la materia como si ya no perteneciera a ella. Intentó gritar, pero el grito se quedó atrás, pegado a su cuerpo sentado, al Gabi que seguía allí con los ojos cerrados y la manta sobre los hombros. Y entonces salió despedido.

El viento lo tomó como si tomara una hoja seca, sin violencia aparente, pero con una fuerza imposible de resistir. Lo arrastró más allá del tejado, más allá de la caseta, más allá de la carretera, más allá del pequeño círculo de calor donde dormían los suyos. El mundo empezó a girar: cielo, desierto, cielo otra vez. Estrellas convertidas en mensajes perfectamente alineados, mensajes convertidos en espirales. No podía hacer nada. No había brazos, no había peso, no había gravedad. Solo movimiento. Empezó a rezar - aunque no sabía a quién - para que dejara de soplar, desesperado. Y el viento obedeció. Pero demasiado tarde.

Cuando su alma volvió a tocar tierra, no estaba en ningún lugar reconocible. No había horizonte humano. Solo infinito. Un mar sin agua. Una llanura inmensa que se extendía hasta donde la mirada no alcanzaba, una planicie desnuda, silenciosa, antigua. Allí donde posaba sus ojos - si es que todavía eran ojos - solo había espacio, vacío, extensión.

La sensación fue de vacío absoluto, una soledad tan arrolladora que lo engulló por completo. Allí solo, en aquel páramo sin fin, se sintió profundamente insignificante. Y entonces las vio. Las líneas sobre el suelo. Demasiado rectas. Demasiado exactas. Cortando el desierto como cicatrices trazadas con regla divina. Kilómetros de surcos perfectos, figuras geométricas que no pertenecían al azar, trapecios gigantes, espirales imposibles, siluetas que solo podían comprenderse desde el cielo. Un mono petrificado en su danza eterna. Un colibrí detenido en pleno vuelo. Caminos que no llevaban a ninguna parte y, sin embargo, parecían conducirlo todo.

“Dios no construye líneas rectas…”, pensó - o creyó pensar - mientras andaba unos metros sobre aquel lienzo ancestral. El suelo no estaba decorado. Estaba escrito. Cada trazo parecía latir bajo la arena, como si aún guardara la vibración de quienes lo dibujaron hace siglos. El desierto no era vacío: era memoria. Era rito. Era invocación. Y Gabi, suspendido sobre las Líneas de Nazca, comprendió que no había sido arrastrado por el viento. Había sido llamado.

El tiempo dejó de existir, el día y la noche se sucedían sin pausa, a un ritmo vertiginoso. El frio y el calor compitiendo en un carrera a contrarreloj. Cada grano de arena absorbía siglos de sol y viento. El horizonte se extendía hasta fundirse con el cielo en una línea imposible de distinguir, y Gabi sintió que estaba suspendido entre la tierra y el infinito. Debajo de sus pies, el desierto se abría en un lienzo de ocre y rojizo, surcado por líneas que desafiaban toda lógica, figuras gigantescas que solo podían entenderse desde arriba, desde el aire de los dioses.

Había líneas que cruzaban kilómetros, rectas imposibles que ni siquiera la mente más entrenada podía seguir sin perderse. Cada trazo parecía cargado de intención, de un poder que no era humano, como si los antiguos chamanes que habían creado estas figuras hubieran querido dejar un mensaje para aquellos que algún día vagarían por ellas en busca de sentido. El viento movía la arena en finos remolinos, creando espejismos que hacían que las líneas parecieran vibrar, como latidos de un corazón secreto enterrado bajo el suelo. Gabi se agachó, tocó la tierra, y sintió su temperatura, su sequedad, su pulso antiguo. Cada grano parecía contar historias de sangre, de sacrificios, de miradas hacia el cielo, de rituales olvidados.

En ese bucle sin fin, el sol todavía no había alcanzado su punto máximo, pero la claridad del mediodía iluminaba cada línea con un brillo casi sobrenatural. Algunos surcos estaban marcados por piedras, otros solo eran surcos de arena endurecida, y todos juntos componían un mapa que desafiaba cualquier explicación racional. Desde allí, Gabi sintió una conexión extraña: no era solo un observador, sino un iniciado accidental, un alma que había llegado al lugar exacto que necesitaba para comprender la escala de lo imposible. El silencio lo envolvía, pero ya no era vacío: estaba lleno de resonancia, de algo que vibraba en su pecho y le hablaba en un lenguaje que no podía traducir, solo sentir. Cada línea, cada ángulo, cada figura parecía moverse bajo su mirada, recordándole que estaba solo, pero también protegido, como si la tierra lo acogiera y le dijera: “Aquí, aunque estés perdido, formas parte de algo más grande”.

Y mientras la brisa del desierto le golpeaba el rostro, Gabi comprendió que las líneas de Nazca no eran solo un mapa, ni un enigma arqueológico: eran un espejo de su propia vida, rectas imposibles entre la vastedad del caos, recordándole que, a veces, incluso en el vacío absoluto, existe un camino trazado, invisible pero real.
  • ¿Qué estás buscando?
La voz no sonó en el aire. Vibró en él. El mismo viento que lo atravesaba sin resistencia llevó aquellas palabras como si fueran polvo antiguo. No venían de un punto en concreto. No había dirección. No había eco. Podían estar naciendo en el horizonte… o en el centro exacto de su pecho. Gabi alzó la cabeza con brusquedad, girando sobre sí mismo en mitad de las líneas perfectas. Pero no vio a nadie.

Entonces el tiempo se detuvo. No fue una metáfora. El sol dejó de caer. El atardecer quedó suspendido en un equilibrio imposible, un ocaso eterno pintando el desierto con tonos de cobre y sangre. La luz se volvió líquida. El cielo ardía en silencio. Era tan bello que dolía. Y Gabi empezó a llorar.
  • ¿Por qué has venido, joven? Dime… ¿Qué buscas aquí?
La voz era más antigua que las líneas. Más antigua que la arena. No juzgaba. No amenazaba. Pero tampoco consolaba. Era la voz de quien no necesita imponer nada porque ya lo sabe todo.
  • ¿¡Quién eres?! - intentó gritar.
Su voz no salió de su garganta; salió de su vibración. Fue un pensamiento lanzado al infinito.
  • Responde a mi pregunta.
No había escapatoria. No había distracción. No había humo que lo protegiera. Allí no existía el cuerpo que miente, ni la lengua que adorna, ni la mente que racionaliza. No tenía cerebro. No tenía pulmones. No tenía máscara. Solo tenía aquello que no puede traicionarse, su alma. Y desde ahí respondió. Desnudo. Sin ironía. Sin orgullo. Sin excusas.
  • Yo… yo solo… busco respuestas.
El viento se aquietó apenas, como si escuchara.
  • ¿Respuestas a qué?
La pregunta no fue un desafío. Fue una puerta. Gabi sintió que algo se abría dentro de él, como una grieta en una presa demasiado tiempo contenida. No habló el fugitivo. No habló el amante herido. No habló el hombre asustado sobre un tejado. Habló el niño que alguna vez miró el cielo preguntándose por qué.
  • A la verdad… - dijo, casi temblando -. Busco la verdad.
El desierto pareció expandirse al oírlo. Las líneas brillaron con una intensidad leve, casi imperceptible, como si debajo de la arena circulara una energía invisible. El colibrí dejó de ser dibujo y se volvió símbolo. El mono dejó de ser figura y se volvió espejo.
  • ¿La verdad sobre el mundo… o la verdad sobre ti?
La pregunta atravesó cada rincón de su conciencia. Y en ese instante Gabi comprendió algo terrible y hermoso al mismo tiempo: la verdad que buscaba no estaba escrita en la arena, ni escondida en libros, ni en pensamientos salidos de la mente. Estaba en él. Y por primera vez desde que había empezado a correr, entendió que tal vez no había llegado allí para encontrar respuestas. Sino para dejar de huir de las preguntas.
  • No tiene sentido esa pregunta - contestó con seguridad.
  • ¿Por qué? - preguntó la voz de nuevo.
  • Porque ambos somos la misma cosa - Gabi dejó de temblar -. Yo soy el mundo… y el mundo soy yo.
  • Veo que lo entiendes, joven.
El horizonte respiró. No se movió el sol. No se movió el suelo firme. Fue la línea que separa el cielo de la tierra la que empezó a vibrar, como si algo estuviera atravesándola desde el otro lado. Primero fue una silueta baja: Cuatro patas. Pelaje erizado por el cobre del atardecer. Un coyote… pero no avanzaba como un animal que acecha. No había tensión en sus hombros ni hambre en sus ojos. Caminaba con la serenidad de quien no invade territorio ajeno porque no existe territorio ajeno. Sus patas se apoyaban en la arena con una suavidad reverente, como si no la pisara, sino que la honrara con cada paso. Aquella era su tierra. Y la tierra era él. Cada paso levantaba polvo dorado que no caía al suelo, sino que parecía quedarse suspendido, flotando como partículas de luz.

Gabi no retrocedió. No podía. Algo en su interior entendía que aquello no era amenaza. Era revelación. El coyote siguió avanzando. Y entonces comenzó el cambio. No fue brusco, ni violento. No hubo huesos quebrándose ni carne rasgándose. Fue un proceso lento, orgánico, como una estación transformándose en otra, en una eterna sucesión de tiempo. El reflejo del ocaso empezó a filtrarse en su pelaje. El cobre se volvió piel. El dorado se volvió carne. El lomo se estiró con naturalidad. Las patas delanteras se alargaron, los hombros se ensancharon. El hocico se retrajo como si el tiempo retrocediera sobre él, replegando su forma hasta convertirse en rostro humano. El pelo se convirtió en cabello gris oscuro, salpicado de luz. La cola se deshizo en el aire como la vida que encuentra su final. Las garras se redondearon hasta ser dedos largos, fuertes, callosos.

Cuando terminó la transformación, el desierto no había cambiado. Pero todo lo demás sí. Ante Gabi caminaba un hombre viejo. La piel tostada por años de sol, surcada por arrugas profundas que no eran arrugas: eran mapas. Jeroglíficos escritos por el viento. Cada línea de su rostro parecía contener historias que no cabrían ni en todas las bibliotecas del globo terráqueo.

Iba descalzo. Sus pies, anchos y firmes, tocaban la arena con la misma naturalidad con la que antes lo hacían las patas del coyote. No se hundían. No dejaban huella. Era como si la tierra lo sostuviera desde dentro. Vestía unos tejanos desgastados, de tela blanqueada por el tiempo, y sobre los hombros llevaba un poncho de colores vivos: rojos, turquesas, amarillos profundos. En él danzaban símbolos geométricos que parecían moverse si uno los miraba demasiado tiempo. Triángulos que respiraban. Líneas que se cruzaban como las propias de Nazca bajo sus pies. Bajo el poncho, una camisa blanca, arenosa, del mismo tono que el mundo que lo rodeaba. En la cabeza, un sombrero de ala corta, gastado en los bordes. En la cinta, una pluma oscura, inclinada hacia atrás como si aún recordara el vuelo.

En su mano derecha sostenía un bastón. No lo usaba por debilidad. Lo usaba como quien mide el pulso de la tierra en cada apoyo. Cada golpe suave contra la arena producía un sonido hueco, profundo, como un tambor lejano marcando el ritmo del universo. Caminaba lento. Pero no se detenía. No había prisa. No había pausa. Se movía al mismo compás que el mundo. Como si no avanzara él, sino que fuera el planeta quien girara bajo sus pies.

Gabi quedó paralizado. No por miedo. Por reconocimiento. Sintió que lo conocía, como quien se conoce a sí mismo. Sintió que ya lo había visto antes. En sueños. En historias que nadie le contó. En canciones que hablaban de hombres que eran animales y de animales que eran dioses. El anciano se detuvo a pocos pasos. Alzó la mirada. Sus ojos no eran viejos, eran inmensos. En ellos cabía el cielo entero. Y cuando habló, su voz ya no venía del viento. Venía de la tierra misma.
  • Has dejado de correr - dijo con suavidad -. Ahora puedes empezar a caminar.
  • ¿Hacía…? - Gabi sintió que su voz ya no era suya - ¿Caminar hacia dónde?
  • ¿Por qué preguntas lo que ya sabes? - sonrió el anciano.
  • Yo… yo no…
  • No caigas en tu propio engaño, joven. Tú conoces la respuesta. El saber consiste en aprender, y aprender es recordar…
El anciano alzó un dedo. Lo sostuvo frente a su frente. Un dedo calloso, curtido por el sol, por la arena, por años de trabajar la tierra. Lo acercó despacio, sin violencia aparente, hasta que la yema rozó la piel de Gabi.
  • Así que recuerda.
El contacto fue mínimo. La consecuencia, brutal. No fue un empujón humano. Fue como si un tren de mercancías invisible lo hubiera embestido de frente. Una fuerza descomunal lo atravesó, arrancándolo del suelo, de la forma, del nombre. Sintió la presión en el pecho, el estallido en el cráneo, el vértigo absoluto. Y salió despedido. Pero no hacia atrás. Hacia dentro. El desierto se deshizo en líneas. Las líneas en polvo. El polvo en luz. El horizonte se plegó como una hoja quemándose por los bordes. El tiempo empezó a retroceder. Vio las Líneas de Nazca borrarse bajo una tormenta que corría en sentido inverso. Vio los camiones desandar la carretera, las huellas deshacerse, el asfalto convertirse en grava, la grava en tierra.

Retrocedió siglos. Las ciudades se desarmaron como castillos de arena. Los edificios cayeron hacia arriba, rearmándose en andamios invisibles. Las luces eléctricas se apagaron y volvieron a ser fuego. El fuego se convirtió en chispa. La chispa en piedra. Vio imperios levantarse y caer en un parpadeo. Guerreros que aún no habían nacido, morir. Reinos que nunca escuchó pronunciar su nombre convertirse en polvo antes de ser fundados.

Retrocedió eras. Las pirámides se deshicieron en bloques. Los bloques en cantera. La cantera en montaña intacta. Las montañas se hundieron en océanos primitivos. Los océanos hirvieron y retrocedieron hasta ser vapor. La tierra misma comenzó a rejuvenecer. Los continentes se deslizaron como placas danzantes. Pangea volvió a cerrarse. Luego se fundió en una esfera roja, incandescente. El planeta giraba más rápido, más joven, más violento. La luna se alejaba en espiral inversa hasta volver a acercarse, a fusionarse, a separarse de nuevo.

Retrocedió eones. Los dinosaurios desaparecieron en una inhalación. Los bosques prehistóricos se comprimieron en carbón. El carbón en selva. La selva en océano. El océano en magma. La Tierra dejó de ser Tierra. Se convirtió en roca fundida, luego en materia dispersa, luego en polvo orbitando alrededor de un sol que también comenzaba a apagarse hacia atrás. El sol implosionó en silencio, replegando su fuego hacia dentro como si nunca hubiera ardido. Las estrellas comenzaron a apagarse una a una. Constelaciones que habían guiado navegantes se deshilacharon. Galaxias enteras se contrajeron, espirales gigantescas cerrándose como remolinos que regresan a su centro.

El universo entero empezó a comprimirse. Lo que antes se expandía ahora se replegaba. Las distancias desaparecieron. Las galaxias se acercaron, chocaron en sentido inverso, se fundieron en una sola masa luminosa. El espacio dejó de ser espacio. El tiempo dejó de ser tiempo. Gabi ya no tenía cuerpo. Ya no tenía ojos. Ya no tenía nombre. Era pura percepción arrastrada hacia el origen. Todo se volvió más pequeño. Más denso. Más intenso. La materia se comprimió hasta convertirse en un punto imposible. Una semilla infinitamente pesada. Un silencio absoluto que contenía cada grito que alguna vez sería pronunciado.

Y entonces… Nada.
No había estrellas.
No había oscuridad.
No había vacío.
No había “él”.

Ni siquiera conciencia.
Solo una ausencia total.

Una nada tan pura que ni siquiera merecía ese nombre. No era vacío. No era oscuridad. No era ausencia. Era anterior a todo eso. Suspendido - aunque incluso “suspendido” resultaba un concepto torpe, humano, insuficiente - comprendió que el lenguaje no tenía lugar allí. Las palabras eran herramientas de un mundo que todavía no había nacido.
  • ¿Qué ves ahora?
La voz no llegó desde un punto concreto. No atravesó el espacio. Simplemente estaba. Como si siempre hubiese estado esperando a que él pudiera oírla. Gabi sintió su presencia a su lado. No como compañía. Como certeza. Como si aquella figura hubiera caminado junto a él desde el primer latido del cosmos.
  • El fin…
No hubo juicio en los ojos del anciano. Tampoco aprobación. Solo paciencia. Una espera infinita, como la de la piedra que sabe que el río terminará por entenderla. Algo comenzó a vibrar en lo más hondo de Gabi, un recuerdo que no pertenecía a su memoria sino a su esencia.
  • Pero también… - susurró, y al hacerlo lo supo con una claridad que le atravesó como un rayo - el principio.
El anciano sonrió. No porque lo hubiera descubierto. Sino porque, al fin, lo había recordado. Y entonces apareció. No como una explosión. No como un estruendo. Primero fue un pulso. Un latido azul. Una luz diminuta, intensa, vibrando en medio de la no-realidad. Azul… pero no el azul del cielo. No el azul del mar. Un azul profundo, eléctrico, primordial. El azul del nacimiento de todo.

Creció. No hacia fuera, sino en todas direcciones a la vez. Lo envolvió todo. Lo atravesó todo. Lo fue todo. Gabi sintió que esa luz no iluminaba el universo. Lo estaba creando. Y en medio de aquel azul absoluto, comprendió algo aterrador y hermoso: No estaba mirando el origen de todo, se estaba mirando a sí mismo.
  • ¿Quién hizo esto? - preguntó Gabi, aunque ya no tenía garganta con la que formular la duda - ¿Y por qué lo hizo?
El anciano sonrió con un cariño antiguo, casi paternal. No respondió de inmediato. Extendió la mano hacia la luz azul, aquella matriz vibrante que latía como el corazón del universo, y entre sus dedos apareció algo pequeño, delicado, imposible. Un hongo luminoso. La “Azulita”. No era grande. Era joven. Su sombrero irradiaba un resplandor suave, casi respiraba. No parecía un micelio, ni un organismo vivo: parecía un fragmento de cielo arrancado y solidificado en carne.
  • Aún es pronto para que puedas responder a esas preguntas - dijo el anciano con serenidad -. Y la respuesta no es siempre la misma para todos. Es ambigua, aleatoria, caótica y aveces sin sentido. Hay verdades que no dependen de su esencia, sino de quien las observa.
Gabi no apartaba la mirada.
  • Yo quiero saber…
  • Lo sé, joven. Lo sé.
Le tendió la seta. Gabi la sostuvo con ambas manos. No como quien sostiene materia. Como quien sostiene una reliquia sagrada. Algo tan antiguo que la mente humana no está diseñada para comprenderlo. Sintió que aquella pequeña forma azul contenía selvas húmedas, chamanes olvidados, ceremonias bajo lunas imposibles, cantos que no habían sido traducidos jamás. Sintió que contenía memoria.
  • ¿Me ayudarás a comprender? - preguntó sin apartar la vista del azul todopoderoso.
  • Ven a verme y hablaremos…
  • Pero…
Se calló de golpe. No necesitaba preguntar dónde. Lo sabía. Siempre lo había sabido. No era un lugar en el mapa. No era una coordenada. Era un punto en su interior. Un umbral al que solo se accedía cruzando el miedo. El anciano asintió, satisfecho.
  • Eso es, joven. Ese es tu primer enemigo, y parece que ya lo has superado… Búscame donde siempre has sabido encontrarme. Yo te estaré esperando…
Apoyó una mano sobre su hombro. Y al hacerlo todo desapareció. No solo el anciano. No solo el azul. No solo el desierto eterno. Todo. La luz se contrajo como si jamás hubiera existido. El silencio se plegó. El universo dejó de vibrar. En un simple parpadeo, Gabi volvió de golpe. El peso. El frío. El viento. El tejado áspero bajo su cuerpo. Estaba sentado exactamente donde había estado. La manta sobre los hombros. La noche abierta sobre Nazca. La Vía Láctea intacta. El cigarro consumido colgaba entre sus dedos, casi hasta el filtro. La brasa agonizaba, roja y mínima. En sus oídos, la música seguía sonando. Ya no era Running Away. Otra canción había comenzado, sin que él supiera cuándo cambió. El bajo profundo vibraba en sus auriculares como si nada hubiera sucedido.

Su pecho subía y bajaba con normalidad. Su cuerpo estaba entero. No había viento sobrenatural. No había desierto cósmico. No había anciano. Solo él y el mundo. Gabi parpadeó una vez más, tocándose el rostro, el pecho, las piernas. Estaba dentro. Completamente dentro. Pero algo había cambiado. No fuera, sino otra vez, dentro. Miró sus manos. Le temblaban apenas. En la noche, a lo lejos, un camión atravesó la Panamericana como una línea roja en movimiento. La canción seguía sonando...

Y el mundo, aparentemente, no se había movido ni un milímetro.

Como el Rutenio, siendo el elemento que no se disuelve y el catalizador que espera que dejes de correr para empezar a transformar. Esta historia continuará…
 
Capítulo 45. Rodio - He (Rh)apsōidía tēs Mēdeias

El Rodio (Rh) ocupa el cuadragésimo quinto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del rodio con la Medea de Eurípides - entendida como la tragedia del amor absoluto que, al ser traicionado, transmuta la devoción en una monstruosidad divina y sanguinaria -, obtenemos el retrato de una resistencia letal. El rodio es el metal de la venganza noble: el elemento más raro y costoso del grupo del platino, cuya blancura espejada es capaz de resistir cualquier ataque, recordándonos que el corazón más puro, cuando es sometido al ácido de la traición, se convierte en el filo más duro y frío del universo.

Medea según el Rodio: La Alquimia del Rencor Espejado

1. La Pureza Inalcanzable (El Metal más Valioso)

El rodio es extremadamente escaso y su precio supera al del oro y al del platino. Es una aristocracia química que no tolera la mediocridad. Medea no es una mujer común; es una nieta del Sol, una maga de linaje divino que entregó su "valor infinito" a Jasón. Su tragedia nace de haber dado una materia de rodio a quien solo podía apreciar el vellocino de oro. Entendemos que el "amor-rodio" es peligroso por su propia exclusividad: cuando un alma de este calibre es traicionada, no se entristece, se revaloriza en su odio, convirtiendo su antigua entrega en un tesoro prohibido y letal.

2. El Baño de Brillo (Rodinado de Joyas)
El rodio se usa para recubrir el oro blanco y la plata, dándoles un brillo cegador y protegiéndolos del deslustre. Es la superficie perfecta que oculta lo que hay debajo. Medea entra en escena con la frialdad de una superficie rodinada. Su dolor no es una herida abierta y oxidada; es un brillo metálico, pulido y racional. Bajo esa máscara de "perfección blanca", Medea planea el infanticidio. El rodio nos enseña que el monstruo más temible no es el que ruge, sino el que brilla con una calma artificial, reflejando la hipocresía de los demás mientras prepara su estocada.

3. El Catalizador del Veneno (Control de Emisiones)
El uso principal del rodio es en los catalizadores para reducir los gases tóxicos. Tiene la capacidad de transformar los óxidos de nitrógeno en aire respirable, o viceversa, según la reacción. El amor es el catalizador de Medea. En su fase de esposa, transformaba el peligro en seguridad para Jasón; en su fase de verdugo, utiliza esa misma capacidad química para sintetizar el veneno que matará a la nueva novia. La tragedia de Eurípides es una reacción química reversible: el mismo elemento que purifica el hogar es el que, al cambiar la temperatura del alma, acelera la producción del veneno más letal.

4. La Inmunidad al Ácido (Nobleza Extrema)
El rodio es totalmente insoluble en ácidos, incluida el agua regia. No hay sustancia en la tierra que pueda corroer su estructura. El odio de Medea es de rodio porque es inalterable. Una vez que la traición ha tenido lugar, no hay súplica, ni lógica, ni llanto que pueda disolver su resolución. Ella ha dejado de ser humana (sujeta a la corrosión de la piedad) para ser un elemento noble. Matar a sus hijos es la prueba final de su "insolubilidad": prefiere destruirlo todo antes que permitir que un solo átomo de su ser sea humillado por el ácido de la burla ajena.

5. El Carro del Sol (Reflectividad Óptica)
El rodio tiene una de las reflectividades más altas, especialmente para la luz ultravioleta. Se usa en espejos de alta tecnología que miran directamente al sol. Al final de la obra, Medea huye en el carro alado de su abuelo Helio. Ella regresa a la fuente de luz de la que procede. El rodio es el material de ese carro: un espejo que devuelve el golpe del destino al mundo de los hombres. El monstruo ha completado su metamorfosis: ya no es una víctima que sufre, sino una superficie de rodio que vuela sobre la miseria humana, reflejando el vacío de un Jasón que lo ha perdido todo.

Conclusión: La tragedia de Medea, vista a través del rodio, es la geometría de la pureza herida. Es el reconocimiento de que el amor más brillante puede convertirse en la armadura más cruel si se le intenta tratar como un metal común. Ser Medea bajo el símbolo del rodio significa entender que hay naturalezas que no se doblan ni se oxidan, y que si intentas romper un diamante con un martillo de hierro, es el martillo el que terminará hecho pedazos ante el brillo frío de lo eterno.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¿Estás de coña, verdad? - dijo Fani, ladeando la sonrisa como quien espera el remate de un chiste malo.
Sofi no dijo nada, tan solo sonrió mientras se cambiaba los calcetines en silencio. Gabi ya le había contado su experiencia mística durante la madrugada. Y sinceramente, tenía tantas cosas en la cabeza que casi ni le prestó atención.
  • No, joder. Todo lo que os he dicho es cierto…
  • A ver, Gabi… - Lena se sostuvo la frente, agotada -. ¿Eres consciente de lo que acabas de contar no tiene sentido, verdad?
  • ¡No tiene ni pies ni cabeza…! - Gustavo se adelantó, señalándolo con el dedo -. ¡¿Te pones a darle al canuto con toda la que nos está cayendo?! ¡¿Eres idiota o qué?!
  • Gracias a eso ahora sabemos a quien debemos buscar - respondió Gabi, con una calma que irritaba más que cualquier grito.
  • ¡¿Tú te crees que vamos a hacerle caso a tu puto colocón?! ¡¿Te oyes cuando hablas?!
  • ¡No fue un colocón, joder! ¡Fue una revelación! Ya os lo he dicho…
  • ¡Despierta, chaval! ¡Estabas fumado! - Gustavo estaba fuera de sí - ¡¿Cómo se te ocurre colocarte mientras estás de guardia?! ¡¿No entiendes que nos están persiguiendo?! Te juro que… te juro que ahora mismo te cruzaba la cara de un guantazo.
  • ¡Hazlo! ¡Vamos! - escupió Gabi, dando un paso al frente.
  • No me tientes, chaval… No me tientes.
El amanecer apenas había despuntado. El frío se les metía bajo la ropa como una segunda piel. Tenían hambre. Habían dormido poco y mal. Los nervios eran un cable pelado chisporroteando en mitad del grupo. Gabi avanzó otro paso, dispuesto a encararlo. Gustavo tensó los hombros. El aire olía a pelea y sudor. Raquel se interpuso de golpe entre los dos, empujándolos con los brazos abiertos.
  • ¡Dejad de comportaros como críos! - gritó, con la voz quebrada -. ¡Ya tenemos suficientes problemas como para empezar a pelearnos entre nosotros!
Aún se empujaron un segundo más, miradas clavadas, respiraciones agitadas. Pero el temblor en la voz de Raquel fue como agua fría. Gustavo fue el primero en bajar los puños.
  • Lo siento, joder… - murmuró -. Perdonadme. He dormido fatal y estoy de mala hostia.
En ese momento regresaron Vincenzo y Antonio. Habían salido hacía rato a rastrear los alrededores, buscando algún vehículo que pudiera sacarlos de allí.
  • ¿Ma che ssò ’sti berte? - masculló el menor de los Sorrentino, irritado -. ¿Ve site asciute pazz’ o che? Se sente ’a n’ora ’e cammino… ¡accireteve!
  • ¿Qué está pasando? - preguntó el mayor, inquieto.
Raquel dejó caer los brazos y negó con la cabeza.
  • Nada. Está todo bien.
  • ¿Habéis encontrado algo? - intervino Sofi, práctica, cortando cualquier posibilidad de reabrir la discusión.
  • ’Nu polígono industrial - respondió Vincenzo -, justo cruzando la carretera. No hay movimiento. Y hay varios coches parcheggiati.
  • Les farrèmo ’o ponte… - añadió Antonio, seguro de sí mismo -. Yo saccio comm’ ’e se fa… y nos largarèmo de aquí subbeto.
  • Está bien - asintió Sofi -. Vamos, entonces. Recogedlo todo y olvidémonos de este maldito desierto.
Se pusieron en marcha casi al instante, en un silencio espeso. Pasos arrastrados, miradas clavadas en el suelo. Mientras recogían lo poco que tenían, el sol comenzaba a levantar una luz pálida sobre el asfalto agrietado. Entonces Lena se percató de algo, con la mochila ya cerrada.
  • ¿Where is Nico?
Carol, a su lado, alzó la vista bruscamente.
  • ¿Y Laia?
El silencio que siguió ya no era cansancio. Era otra cosa. Nico se había alejado lo justo. Ni demasiado lejos como para perder de vista la gasolinera, ni demasiado cerca como para oír cada palabra. Necesitaba un momento. Algo de intimidad en mitad de aquel paisaje que no ofrecía nada. Encontró unas rocas lo bastante grandes como para servir de parapeto. El viento golpeaba por ráfagas, levantando remolinos de polvo fino. Sacó un paquete de clínex de la mochila, lo dejó en el suelo y colocó una piedra encima para que no saliera volando. Miró por última vez hacia la estación abandonada, donde el grupo recogía en silencio. Después les dio la espalda. Se bajó los pantalones, los calzoncillos y se puso en cuclillas, apoyando el peso en los talones. Al instante sus intestinos rugieron, quejándose.
  • Putos sedantes de mierda… - masculló entre dientes.
Frente a él, el desierto se abría como una página en blanco interminable. Arena pálida, tierra reseca, montículos erosionados por siglos de viento. No había horizonte definido, solo una vibración lejana donde el cielo comenzaba a temblar sobre el suelo. Justo cuando empezó a hacer fuerza, un sonido le acarició los tímpanos y se quedó rígido. Era una voz femenina, cercana, cantando una hermosa canción. No era fuerte, ni clara del todo; el viento la fragmentaba, pero la melodía era dulce, con una nostalgia que parecía no pertenecer a ese lugar. Nico levantó la cabeza despacio, conteniendo la respiración. Y entonces la vio.

Unos metros más allá, en una pequeña explanada asfaltada que no había distinguido antes, había una pequeña zona de descanso típica de carretera. Dos mesas de madera envejecida con bancos a juego, marcadas por el sol y el tiempo. Un par de árboles de tronco torcido - quizá algarrobos o huarangos - ofrecían una sombra irregular, insuficiente pero agradecida. Entre ellos, una fuente metálica oxidada emergía de una base de cemento agrietado; el grifo goteaba con un hilo constante y tímido, formando un pequeño charco oscuro que contrastaba con el polvo del entorno.

Allí estaba Laia, completamente desnuda. De espaldas a él, bajo la sombra quebrada de los árboles, utilizaba el agua de la fuente para limpiarse. El chorro era débil, pero suficiente para arrastrar el sudor pegado a la piel, la arena adherida tras la noche en el desierto, el cansancio acumulado en cada músculo. Sus movimientos eran lentos, casi rituales, como si aquel gesto sencillo - agua sobre piel - fuera una forma de volver a ser persona después de tanta incertidumbre. Cantaba mientras se frotaba los brazos, luego la espalda, el culo, los muslos. Mientras, sin saberlo, los ojos de Nico perseguían cada uno de sus gestos, deseando ser sus manos, deseando acariciar su cuerpo. Luego se hizo un moño, se agachó lentamente, inclinando la cabeza hacia delante para dejar que el agua le recorriera la nuca y descendiera por su cuerpo, perdiéndose en la tierra seca. La melodía flotaba entre los árboles, chocaba con las mesas de madera y se deshacía en el viento. Nico no sabía qué le había sorprendido más: encontrarla como Dios la trajo al mundo en medio de aquel pequeño oasis… o descubrir que, incluso allí, en mitad de la nada, alguien podía seguir cantando.

Laia se puso en pie y se dio la vuelta. Se quedó un instante ahí, con los brazos abiertos y los ojos cerrados, dejando que el viento recorriera su cuerpo desnudo y húmedo. Nico, también desnudo de cintura para abajo, permanecía agazapado tras las rocas. Los ojos posados en sus dos pechos firmes, en sus pezones endurecidos por el frio matinal, en su entrepierna rasurada. Y sin poder evitarlo se puso erecto de golpe. Sus intestinos dejaron de quejarse, ahora toda la sangre se concentró en un solo punto.

“Hazlo Nico”, pensó para si mismo. “Sal y hazlo. O al menos inténtalo, nada te lo impide”. Lo pensó de verdad. Vencer el miedo irracional que le daban las mujeres, ponerse en pie y plantarse delante de ella. Ya habían tenido sexo antes, solo una vez, pero había sido detrás de una pantalla, viéndose pero no palpándose. No sabía como reaccionaría, no sabía si lo aceptaría. Pero Nico no pensó en el fracaso, ni en el posible rechazo, solo pensó en ella. Y se alzó. Los puños apretados, la poya erecta, el culo al aire. Un superhombre en pelotas.
  • ¿Nico? Pe… Pero… ¡¿Qué cojones estás haciendo?!
Raquel, que como todos los demás había salido en búsqueda de los dos compañeros desaparecidos, se encontró de repente con aquella escena de la que no daba crédito. Él oculto tras las rocas, cual mirón pervertido, el culo al aire, el paquete de clínex en el suelo. A lo lejos, Laia - aún desnuda - comenzaba a ponerse la ropa interior. Las piezas encajaron en su cabeza en cuestión de segundos. Lo había sorprendido en el peor momento posible.

Nico se giró al instante. Estaba pálido, casi translúcido.
  • ¡No es lo que parece! - gritó, intentando avanzar hacia ella -. ¡Raquel, yo no…!
No terminó la frase. Con los pantalones enredados en los tobillos, tropezó. Su cuerpo se precipitó hacia delante y, por puro reflejo, Raquel intentó sujetarlo. Ambos cayeron sobre la arena áspera. Ella quedó debajo; él, encima.
  • ¡Quítate, hostias! - espetó Raquel, roja hasta las orejas, el pulso disparado.
  • Lo siento, lo siento… - repetía Nico, igual de avergonzado, intentando incorporarse.
Y entonces ocurrió algo inesperado y "azulado". Cuando él trató de apartarse, ella lo detuvo. Ni siquiera supo por qué. Simplemente lo hizo. Lo agarró de la camiseta con ambas manos, lo sostuvo firme y lo miró a los ojos, desafiándolo, respirando agitadamente. Después lo atrajo hacia sí y lo besó con una intensidad brusca, casi violenta. Nico se quedó rígido, los ojos abiertos de par en par. Quiso hablar, explicarse, protestar quizá… pero no pudo. Sus labios quedaron sellados por los de ella, su lengua invadiendo cualquier palabra que intentara escapar.
  • ¡Laia, joder! - la voz de Gabi acercándose, irrumpió a pocos metros -. ¡¿Dónde te habías metido?!
  • ¿No lo ves?… Me estaba dando una ducha - respondió ella, sonriendo mientras se secaba el pelo con una toalla de mano -. ¿Pasa algo?
  • Nada… - Gabi bajó la mirada hacía sus pechos, inevitablemente -. Solo que hay que irse ya.
  • Está bien - sonrió ella levantándole la barbilla - Dame un segundo.
Terminó de vestirse, ajustándose los pantalones y la camiseta. Se sentó calzándose los zapatos y recogió sus cosas de encima de la mesa. Al pasar junto a Gabi - que se echaba agua en la cara -, frunció la nariz con gesto burlón.
  • No te vendría mal pegarte una, manco - rió -. Hueles a cuarto cerrado de adolescente pajillero.
  • ¡Vete a la mierda! - respondió él, riendo también, empapado.
  • Anda, vamos con tu novia antes de que decida cargarse a alguien más.
  • Veo que… te has levantado especialmente simpática esta mañana.
Empezaron a caminar de regreso a la gasolinera.
  • Una buena ducha fria a primera hora, en mitad de un desierto inmenso… - dijo con ironía -, te hace afrontar el día con mejores ánimos, créeme.
  • Lo que tu digas. Por cierto… ¿Sabes si era potable? - preguntó él - Nos vendría bien rellenar las botellas vacías.
  • Ni idea…
Iba a añadir algo más, pero se detuvo en seco.
  • ¿Qué pasa? - preguntó Gabi.
  • ¿Escuchas eso?
Él se inclinó ligeramente hacia ella, afinando el oído. Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
  • Son gemidos - murmuró.
  • Elemental, querido Watson - rió Laia -. ¿Pero de quién?
  • Vayamos a ver… - contestó saliendo disparado.
  • ¡¿Y las prisas de antes?! - gritó ella divertida.
  • Vamos, joder…
Aceleró el paso, guiado por la curiosidad de un gato. Laia lo siguió, frunciendo el ceño. Cuanto más se acercaban a las rocas, más nítidos se volvían los ruidos. Gabi llegó primero. Se asomó apenas por el borde de una piedra grande y, en el acto, se agachó bruscamente. Cuando Laia lo alcanzó, él la agarró de la muñeca y tiró de ella hacia abajo, obligándola a ponerse en cuclillas a su lado.
  • ¿Qué coño te pasa? - susurró ella, molesta - ¿Quienes son?
  • Calla… - contestó él, mordiéndose la risa, llevándose un dedo a los labios -. Es Nico…
  • ¿Nico?
  • Sí… con Raquel.
Laia parpadeó, incrédula. Durante un segundo pensó que era una broma, pero el sonido volvió a escucharse, más claro esta vez: la respiración entrecortada de él, un gemido sofocado de ella, el murmullo urgente de dos cuerpos que se buscan y se pierden en el mismo instante. Laia mantuvo el gesto neutro, casi divertido. Pero por dentro algo se tensó. Un pinchazo seco, inesperado. Sabía que Nico estaba enamorado de ella, se lo había confesado no muchos días atrás. Aunque, en realidad, lo había sabido siempre. Lo había visto en su forma de mirarla, en la manera en que se ofrecía a ayudarla, en esa lealtad silenciosa que no pedía nada a cambio. Y, sin embargo, ahí estaba. Jadeando con otra.

No tenían nada. Nunca lo habían tenido. Ni promesas, ni besos, ni palabras que los ataran. Y aunque ella empezara a verlo - poco a poco - con otros ojos. No podía afirmar que sentía lo mismo por él. Pero escuchar su voz quebrarse junto a la de Raquel le despertó un sentimiento extraño, incómodo. No era amor herido. Tampoco orgullo. Era algo más primitivo. Una punzada que le apretó el estómago, que le tensó la mandíbula.
  • Vámonos - susurró, más seca de lo que pretendía.
Gabi la miró, notando el cambio sutil en su expresión, pero sin decir nada. Enfrente, el desierto seguía inmenso y mudo, como si aquella pequeña traición no significara nada en comparación con su vastedad. Pero para Laia, en ese instante, lo significaba todo.

Regresaron junto a los demás, esta vez sin detenerse. El viento volvía a soplar con fuerza, levantando polvo fino que se pegaba a la piel húmeda. A lo lejos, el resto del grupo ya estaba en pie, mochilas ajustadas, rostros cansados, listos para abandonar aquella gasolinera perdida en mitad de la nada. Sofi fue la primera en verlos llegar.
  • ¿Dónde están Nico y Raquel? - preguntó, pasando la mirada de uno a otro.
Laia no se detuvo. Se arrodilló junto a su mochila, dobló la toalla con movimientos precisos, casi mecánicos, y guardó el neceser en silencio antes de responder.
  • Ahora vienen.
Lo dijo sin mirarla, con una neutralidad demasiado pulida. Demasiado limpia. Sofi alzó una ceja, desconcertada por el tono, por esa frialdad que no encajaba del todo. Gabi se acercó a ella y, inclinándose apenas, le murmuró lo ocurrido sin levantar la voz. Un par de frases, apenas un resumen. Sofi abrió los ojos un instante, sorprendida, y luego los cerró con resignación.
  • Solo nos faltaba eso… - musitó - problemas de faldas.
Gabi sonrió mientras se colocaba la mochila a la espalda. No pasó mucho tiempo hasta que Nico y Raquel hicieron acto de presencia, apareciendo por el lateral de la caseta. Caminaban separados, lo justo para fingir normalidad, pero no lo suficiente para que no se notara. Él evitaba cruzar miradas; ella mantenía el gesto firme, aunque tenía las mejillas aún encendidas. Sus pasos no estaban sincronizados, pero había algo en el aire entre los dos que delataba lo sucedido.

Laia los vio acercarse. Se puso la mochila a la espalda con un movimiento seco, ajustándose las correas como si se preparara para una batalla invisible.
  • ¡¿Vamos o no?! - dijo, sin dirigirse a nadie en concreto.
Vicenzo asintió.
  • ¡Andiamo!
Y sin más, dejaron atrás la gasolinera, el tejado, la fuente, las rocas y todo lo que había ocurrido en ese paraje abandonado y olvidado. El desierto los observó marcharse en silencio, tragándose sus secretos como si nunca hubieran existido.

Era temprano; el sol apenas comenzaba a blanquear el horizonte y la Panamericana respiraba con lentitud, casi vacía. Aun así, esperaron el momento exacto. Un camión lejano pasó como un trueno solitario y, cuando el asfalto quedó limpio, atravesaron rápidos, sin correr, pero sin titubear. Cruzaron la carretera en fila, sin hablar, midiendo cada paso. Nadie quería convertirse en una silueta sospechosa recortada contra el amanecer. Al llegar al otro lado, avanzaron por descampados cubiertos de grava y maleza seca. El polvo se levantaba bajo las botas, pegándose a la ropa, entrando en la garganta. Tal y como dijeron los Sorrentino, a lo lejos emergía la pequeña zona industrial: almacenes bajos de chapa ondulada, portones oxidados, rótulos medio caídos. Coches aparcados sin orden, algunos con las ruedas desinfladas, todos cubiertos por una fina película de arena.

Antonio no había exagerado. Se acercó al primer vehículo con naturalidad, como quien saluda a un viejo amigo. Gabi le tendió el tornavís que había encontrado en la caseta. El napolitano lo sostuvo entre los dedos, evaluó la cerradura un segundo y, sin más, forzó la puerta con un movimiento seco. El chasquido fue casi elegante. Se deslizó al interior, agachado, manos rápidas bajo el volante. Cables pelados, un cruce preciso, un chispazo y el motor respondió con una tos ronca. Era una ranchera antigua, larga, de pintura desvaída y cristales empañados por dentro. Olía a tela húmeda y gasolina vieja, pero el motor, aunque cansado, tenía pulso.

Sin perder tiempo, Antonio saltó fuera y repitió la operación en un segundo coche: un utilitario compacto, pequeño, abollado en el lateral, con los asientos manchados y el salpicadero agrietado por el sol. Menos de un minuto después, también rugía.
  • Listo - murmuró, con una media sonrisa torcida.
Se repartieron las plazas sin discutir. En el utilitario se acomodaron Vicenzo al volante, Lena a su lado, y detrás Carol, Fani y Gustavo, apretados pero decididos. Las puertas cerraron con golpes secos. En la ranchera, Antonio tomó el asiento del conductor. Sofi subió delante, junto a él. Gabi se acomodó en el otro asiento delantero, girándose un instante para comprobar que atrás estaban Nico, Laia y Raquel, sentados en la parte trasera descubierta, al aire libre, agarrados al marco metálico. El viento ya empezaba a levantarse, trayendo olor a tierra caliente. Antonio pisó el acelerador. El motor respondió con un bramido grave, levantando una nube de polvo. El utilitario se acercó y se colocó a su lado. Vicenzo bajó la ventanilla.
  • ¡¿Hacia dónde?! - preguntó el napolitano, serio.
Gabi sostuvo su mirada un segundo. No dudó.
  • ¡Seguidnos!
Antonio metió primera. Las ruedas crujieron sobre la grava. Los dos coches avanzaron casi al mismo tiempo, saliendo del polígono por una calle lateral, fundiéndose con la carretera sin mirar atrás. El primer día en Perú quedó detrás como un recuerdo áspero. Delante, solo asfalto y una dirección que, al menos para Gabi, ya estaba clara.

La carretera se abrió ante ellos como una cicatriz gris atravesando el desierto. Dejaron atrás Nazca y, poco a poco, el paisaje comenzó a mutar. Al principio todo era ocre y polvo, una planicie inmensa donde el horizonte parecía una línea dibujada con regla. El sol ya alto arrancaba destellos metálicos al asfalto y convertía las dunas en lomos de animales dormidos. A los lados aparecían cerros bajos, erosionados, con vetas rojizas y grises que contaban historias geológicas imposibles de fechar. De vez en cuando, un pequeño caserío de adobe surgía como un espejismo: paredes claras, techos de calamina, ropa tendida ondeando al viento seco. Luego, kilómetros y kilómetros de nada.

La carretera empezó a inclinarse suavemente. La llanura dio paso a curvas amplias que serpenteaban hacia el interior. El aire cambió sin que nadie lo dijera: menos salino, más frío, más alto. A lo lejos, las primeras montañas andinas se levantaban como gigantes silenciosos, azuladas por la distancia. No eran aún picos abruptos, sino colosos redondeados, pero ya imponían respeto. La tierra se tornaba más oscura, más pedregosa; aparecían arbustos duros, resistentes, aferrados a la pendiente como si se negaran a caer.

Desde la ranchera, el viento golpeaba libre en la parte trasera, sin piedad. Laia iba sentada contra el chasis metálico, la cabeza apoyada en la pared vibrante del vehículo. El traqueteo le recorría la nuca, pero no apartaba la mirada de Raquel. La observaba con una calma fingida, con esa quietud que esconde demasiadas cosas. El cabello aún húmedo se le movía en mechones rebeldes sobre la frente. Sus ojos no parpadeaban casi. Nico permanecía en silencio, las manos rodeando las rodillas, la vista perdida en el asfalto que quedaba atrás. Pensaba en lo ocurrido, en el impulso, en el sexo inesperado, en lo que había sentido y en lo que no sabía nombrar. El viento le golpeaba la cara, pero apenas lo notaba. Dentro de él había más ruido que fuera. Raquel sostenía un libro abierto entre las manos. Pasaba las páginas con cuidado, como si aquel gesto pudiera estabilizar el mundo. Intentaba leer, obligarse a seguir las líneas impresas, pero sus ojos volvían una y otra vez al mismo párrafo. No levantaba la vista. No miraba a Nico. No miraba a Laia. Se refugiaba en la tinta como un topo se esconde bajo tierra durante una tormenta.

El motor rugía constante. Las montañas crecían frente a ellos. Y la carretera, interminable, los empujaba hacia el corazón del país, donde el desierto empezaba a ceder y la altura reclamaba su lugar.
  • ¿Qué lees? - preguntó Nico de pronto, con una naturalidad forzada que no le salía del todo bien.
Raquel alzó la vista despacio. Sus mejillas todavía conservaban un leve rubor que no tenía nada que ver con el sol ni con el frío de la mañana. Cerró el libro con cuidado y, en lugar de mostrárselo directamente, se inclinó un poco hacia él, casi rozándole el hombro.
  • Medea - respondió con una media sonrisa tímida -. Una tragedia griega, escrita por Eurípides.
Evitaron mirarse directamente durante un segundo demasiado largo. El recuerdo aún estaba fresco, latiendo bajo la piel.
  • ¿Y de qué trata? - insistió Nico, rascándose la nuca, como si necesitara ocupar las manos.
Raquel bajó los ojos al libro, jugueteando con la esquina de la portada.
  • Narra la tragedia de Medea, una poderosa hechicera, sacerdotisa de Hécate y nieta del dios sol Helios. Es la historia de una mujer que lo deja todo por amor - empezó con suavidad -. Su tierra, su familia… incluso traiciona a los suyos para ayudar al hombre que ama. Se llama Jasón.
Hablaba despacio, pero su voz ya no era distante. Era cálida. Casi vulnerable.
  • Ella lo salva de una muerte segura, en la Cólquida, mientras él busca el Vellocino de Oro. Huye con él, construye una vida nueva a su lado. Y cuando por fin parece que todo puede asentarse… él la abandona para casarse con otra. Más joven. Más conveniente.
Nico frunció el ceño.
  • Menudo cabrón.
Raquel soltó una risa breve, nerviosa.
  • Sí… un cabrón en toda regla.
El viento levantó un mechón de su pelo y él, casi sin pensar, se lo apartó del rostro. El gesto fue torpe, pero ella no se apartó.
  • ¿Y qué hizo ella? - preguntó Nico en voz más baja.
  • Se rompe - Raquel respiró hondo -. Pero no como esperan los demás. No suplica ni se arrastra… Decide vengarse.
Bajó la mirada un instante antes de continuar.
  • Mata a la nueva esposa. Y… también a sus hijos.
Nico abrió los ojos de par en par.
  • ¿A sus propios hijos?
  • Sí - asintió ella, casi en un susurro -. Porque sabe que es la única forma de destruirlo por completo, aunque al hacerlo se destruya a si misma. Es una tragicomedia, una historia sobre el dolor cuando se convierte en algo insoportable. Sobre cómo el amor, si se traiciona, puede transformarse en furia.
Guardó silencio un momento, luego añadió con una sonrisa leve, más humana que trágica:
  • Pero lo más interesante de la obra es que Eurípides no la pinta como un monstruo sin más. La muestra humana, incluso consigue que empatices con ella. Con esa mujer que sufrió demasiado… Como si intentara decirnos que cualquiera, en ciertas circunstancias, podría cruzar una línea que jamás pensó cruzar.
Nico la observó con atención.
  • Yo no cruzaría, jamás, ninguna línea así - dijo casi sin pensar - Matar a tus propios hijos… eso es horrible.
Raquel se sonrojó de nuevo y bajó la vista.
  • Espero que no tengas que comprobarlo nunca. El amor es poderoso, Nico. Puede hacerte invencible, sí… pero también puede enloquecerte.
La ranchera dio un pequeño salto al pasar por un bache. Laia, apoyada contra el chasis, fingía seguir mirando el paisaje, aunque escuchaba cada palabra. Raquel volvió a abrir el libro, pero esta vez su hombro permaneció rozando el de Nico. No era distancia lo que había entre ellos ahora. Era una complicidad reciente, torpe, todavía frágil. Y el viento, en lugar de separar, parecía envolverlos a los dos mientras la carretera seguía ascendiendo hacia las montañas.
  • Escucha este párrafo - dijo Raquel, acercándose un poco más. Esta vez no hubo distancia incómoda entre sus cuerpos; su rodilla rozó la de Nico y ninguno se apartó -. Es mi favorito… Justo cuando ella confiesa su idea de venganza.
Se aclaró la garganta. El traqueteo del coche marcaba un ritmo casi solemne. Cuando empezó a recitar, su voz dejó de ser la de una chica cansada en la parte trasera de una ranchera polvorienta. Se volvió antigua. Densa. Trágica.
  • ¡Oh, mujeres corintias! Salgo de casa por que reproches no me hagáis; pues, mientras sé que muchos hombres, tanto en privado como en el trato externo, orgullosos realmente se vuelven, a otros hace pasar por indolentes su tranquilo vivir. Que no son siempre justos los ojos de la gente y hay quien, no conociendo bien la entraña del prójimo, le contempla con odio sin que haya habido ofensa.
Mientras hablaba, Raquel ya no veía el polvo del desierto ni las montañas al fondo. En su mente surgían columnas blancas, un patio de piedra bañado por la luz cruda del Mediterráneo. Se imaginaba a Medea erguida, con los cabellos oscuros cayéndole como una sombra sobre los hombros, rodeada por un coro de mujeres que la miraban con mezcla de compasión y temor.
  • Y, si debe el de fuera cumplir con la ciudad, no alabo al ciudadano que amargo y altanero con los demás, se muestra por su falla de tacto. Pero a mí este suceso que inesperado vino, me ha destrozado el ánimo; perdida estoy, no tengo ya a la vida afición; ¡quiero morir, amigas!. Porque mi esposo, el que era todo para mí, como sabe él muy bien, resulta ser el peor de los hombres.
Raquel pensaba en el juicio constante, en las miradas que pesan más que las cadenas. En lo fácil que es odiar sin comprender. Su propia voz se volvió más lenta, más íntima. Nico, en cambio, no veía Grecia. Veía a Raquel. Veía la tensión en su mandíbula cuando pronunciaba “me ha destrozado el ánimo”. Veía cómo apretaba el libro apenas un poco más fuerte al decir “quiero morir, amigas”.
  • De todas las criaturas que tienen mente y alma, no hay especie más mísera que la de las mujeres. Primero han de acopiar dinero con que compren un marido que en amo se torne de sus cuerpos, lo cual es ya la cosa más dolorosa que hay. Y en ello es capital el hecho de que sea buena o mala la compra, porque honroso el divorcio no es para las mujeres ni el rehuir al cónyuge.
Su voz descargaba sobre cada palabra toda su alma. Recitaba el poema con pasión, con dramatismo, haciendo pausas, acentuando los momentos clave. No leía, sentía cada estrofa salir de lo más profundo de su pecho.
  • Llega una, pues, a nuevas leyes y usos y debe trocarse en adivina, pues nada de soltera aprendió sobre cómo con su esposo portarse. Si, tras tantos esfuerzos, se aviene el hombre y no protesta contra el yugo, vida envidiable es ésta; pero, si tal no ocurre, morirse vale más. El varón, si se aburre de estar con la familia, en la calle al hastío de su humor pone fin; nosotras nadie más a quien mirar tenemos.
A Nico le cruzó un pensamiento incómodo: ¿cuánto dolor real hacía falta para que alguien hablara así? ¿Cuánta traición? El viento les golpeaba la cara, pero dentro de esas palabras había otro clima: uno cargado de tormenta.
  • Y dicen que vivimos en casa una existencia segura mientras ellos con la lanza combaten, mas sin razón: ¡Tres veces formar con el escudo preferiría yo antes que parir una sola!. Pero el mismo lenguaje no me cuadra que a ti: tienes esta ciudad, la casa de tus padres, los goces de la vida, trato con los amigos, y en cambio yo el ultraje padezco de mi esposo, que de mi tierra bárbara me raptó, abandonada, sin patria, madre, hermanos, parientes en los cuales pudiera echar el ancla frente a tal infortunio.
Raquel no lo recitaba con rabia, sino con una lucidez amarga. Imaginaba a Medea como una extranjera en tierra hostil, una mujer sola en una ciudad que no era suya, sostenida apenas por el orgullo y por un amor que ya se había podrido. Nico, mientras tanto, pensaba en lo que había dicho antes: cualquiera puede cruzar esa línea. La imaginaba a ella - a Raquel - no como Medea, no como monstruo, sino como alguien capaz de sentir demasiado hondo. Y eso, extrañamente, le parecía más poderoso que aterrador.
  • Mas, en fin, yo quisiera de ti obtener sólo esto, que, si un medio o manera yo encuentro de vengar el mal que mi marido me ha hecho, callada sepas estar. Pues la mujer es medrosa y no puede aprestarse a la lucha ni contemplar las armas, pero, cuando la ofenden en lo que toca al lecho, nada hay en todo el mundo más sanguinario que ella.
Raquel alzó apenas la mirada al pronunciar los últimos versos. Sus ojos se encontraron con los de Nico. No había amenaza en ellos. Solo una pregunta muda sobre el equilibrio frágil de las cosas. Nico sintió una punzada extraña, como si aquellas palabras antiguas lo estuvieran señalando a él, a todos. A la facilidad con la que algunos huyen. A la cobardía disfrazada de libertad.
  • Tres veces formar con el escudo preferiría yo antes que parir una sola - repitió Raquel - Me encanta ese fragmento. Es… es poderoso.
Nico imaginó el peso de la sangre, del dolor físico, del sacrificio. Imaginó a Medea desgarrada entre el amor y el orgullo. El coche pasó por una curva y el horizonte se inclinó un instante. Raquel cerró el libro despacio. Él seguía mirándola como si hubiera estado viendo una obra completa en lugar de escuchando unos simples versos. En su cabeza no quedaban columnas ni lanzas. Solo una certeza incómoda: el amor puede elevarte… o puede convertirte en algo horrible que jamás creíste posible. Y por un segundo, mientras el viento les azotaba el rostro y la carretera ascendía hacia las montañas, Nico sintió un respeto nuevo. No por Medea. Por ella. Por Raquel.
  • ¿Cómo acabó todo? - preguntó de repente Laia con curiosidad - ¿Lo hizo? ¿Mató a sus hijos?
Sus ojos reflejaban la luz del sol, y algo en su expresión hizo que Raquel frunciera levemente el ceño: había curiosidad, sí, pero también un brillo extraño, casi inquietante.
  • Sí… - comenzó Raquel, con voz calmada, intentando no dramatizar demasiado, aunque la historia se prestaba a ello -, Medea cumple lo que prometió. Después de todo lo que su esposo le había hecho… ella se venga. Y sí… su venganza es terrible, porque va directo al corazón de lo que más ama Jasón.
Laia la miraba fijamente, los labios cerrados y apretados, como si quisiera absorber cada palabra, y Raquel continuó.
  • Ella… ella mata a los hijos que tuvo con él. No porque quiera hacerles daño, sino porque son el vínculo con la traición, con la traición que Jasón cometió con ella. Es su manera de romper el mundo que lo ha abandonado, de mostrar que no queda nada de lo que ella perdió… ni perdón, ni esperanza.
Nico, que estaba cerca, escuchaba en silencio, y sintió un escalofrío. No podía apartar la vista de Raquel mientras hablaba; había algo hipnótico en cómo convertía cada palabra en un espejo del dolor y la fuerza de Medea.
  • ¿Y después? - preguntó de nuevo Laia.
  • Después de eso… - siguió Raquel -, se marcha. Deja la ciudad, deja todo atrás. Ya no hay reconciliación posible. Su mundo, el que había conocido, ha muerto junto a esa decisión. Y aun así, de algún modo, sobrevive. Porque lo que hace no es solo destruir… también es reclamar poder sobre su propia vida, aunque sea desde la oscuridad.
Laia asintió lentamente, y Raquel notó cómo su curiosidad se mezclaba con algo más profundo: un estremecimiento, un asombro que rozaba el respeto.
  • Eso… eso es… - susurró Laia.
  • Sí, lo sé… Es brutal - la cortó Raquel -. Pero también muestra que cuando te hieren de verdad, la fuerza para seguir no siempre viene del alma. A veces viene de mirar dentro de ti misma, abrazar la oscuridad y decidir que no vas a dejar que nadie escriba tu historia por ti.
Laia se quedó pensativa, mirando al paisaje que pasaba rápido alrededor, como si en ese instante empezara a comprender algo que no era solo de Medea, sino de ellas, de ellos, de todos. Luego bajó la mirada, tragando en seco mientras recordaba la escena que había dejado atrás: Nico con Raquel, rozando límites que ella no había previsto, algo que le había quemado el pecho con una mezcla de sorpresa y celos. La sensación era intensa, casi dolorosa, y su cuerpo se tensaba sin que pudiera evitarlo.

En aquel instante, la historia de Medea volvió a su mente con una claridad punzante. Comprendió, con un escalofrío, la fuerza de aquel dolor que no se podía ignorar, el hambre de justicia y la necesidad de proteger el propio orgullo. Medea no había podido tolerar la traición de Jasón; Laia, aunque en menor medida, sentía un eco de esa traición, un golpe directo a su corazón, a la confianza que había depositado en Nico.

No era que ella pensara en venganza, al menos no con semejante brutalidad, pero sí notó cómo un fuego interno se encendía. La rabia mezclada con la vergüenza y la confusión le recordaba que incluso el amor podía doler con intensidad, que incluso en la sorpresa y el miedo podía surgir la necesidad de poner límites y de comprender lo que uno realmente sentía. Mientras seguían en camino, Laia se abrazó un poco más a sí misma, con la mochila apretada contra el pecho, como si aquel gesto fuera un escudo. Sus ojos se posaban en Nico, que parecía absorto en su mundo, ajeno al torbellino que había dejado en ella. Y, sin palabras, comprendió que, al igual que Medea, había que enfrentarse al dolor con claridad: reconocerlo, sentirlo, y luego decidir qué camino tomar. La impotencia se mezclaba con la admiración por la fuerza que podía surgir de la vulnerabilidad. Era un sentimiento místico y humano a la vez, un recordatorio de que el amor y la traición podían coexistir, y que la madurez no estaba en borrar el dolor, sino en sostenerlo, transformarlo y seguir caminando.

Laia inspiró hondo, dejando que aquella mezcla de celos y comprensión la acompañara mientras la carretera se desvanecía tras ellos, lista para enfrentarse al viaje que les esperaba.
  • Yo hubiera hecho lo mismo - dijo sin apartar la vista del horizonte.
El viento le movía el pelo hacia atrás, y la carretera se deslizaba bajo ellos como una cinta interminable de polvo y asfalto.
  • ¿De verdad? - preguntó Nico, girándose hacia ella al instante.
Laia lo miró entonces. No fue una mirada dura ni acusadora, sino algo mucho más incómodo: limpia, profunda, imposible de esquivar.
  • La traición no es solo acostarse con otra persona - dijo despacio -. Es romper el lugar donde el otro se sentía a salvo. Cuando alguien te traiciona ahí… ya no es solo dolor. Es perder el suelo. Y cuando pierdes el suelo, entiendes por qué alguien puede volverse capaz de cualquier cosa.
Nico sintió cómo esas palabras le atravesaban el pecho. No hacía falta que dijera más. En ese instante lo comprendió todo: Laia sabía lo de Raquel. Lo había sabido desde el principio. Y estaba enfadada. No gritaba, no reclamaba, no pedía explicaciones… pero el silencio que había entre ellos era más elocuente que cualquier reproche. Y, contra toda lógica, una parte de él se sintió extrañamente feliz. Avergonzado por ello, pero feliz. Porque aquel enfado solo podía significar una cosa: a Laia le importaba. Sentía algo por él. Algo real. Pero esa misma certeza le encogió el estómago. La imagen de Medea, de la furia nacida del amor herido, se coló en su mente sin permiso. Pensó en lo que Raquel había leído, en la violencia que podía brotar cuando la traición tocaba el lecho, el núcleo más íntimo de todo. Miró a Laia de nuevo y, por primera vez, sintió miedo. No de ella, sino de lo que el dolor podía hacerle a alguien que sentía tan hondo.

Ella volvió la vista al frente, cerrando la conversación con un gesto mínimo, casi imperceptible. La carretera siguió extendiéndose ante ellos, y Nico entendió que, pasara lo que pasara después, nada volvería a ser exactamente igual.

Como el Rodio, siendo el brillo que oculta el puñal y el metal noble que prefiere ver el mundo arder antes que dejarse corroer por la traición. Esta historia continuará…
 
Es absurdo que Laia esté enfadada con lo que pasó entre Nico y Raquel porque no son absolutamente nada.
Pero esto confirma que está enamorada o empieza a estarlo de Nico, así que tendrá que dar el paso ella antes que lo haga Raquel.
 
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