Efectos Secundarios

En todos los relatos uno tiene sus personajes favoritos, y aunque la historia entre Sofía y Gabi está muy bien, echo de menos un poco más de protagonismo y profundizar más en la bonita historia que creo que se va a desarrollar entre Nico y Laia, que últimamente han quedado muy en segundo plano.
En cualquier caso no quiero que suene mal, pero es que últimamente parecen demasiado protagonistas, aunque no digo que esté mal
Soy consciente y profundizaré eh! Lo que pasa que ahora estamos en el "arco" de Gabi y Sofi jajaja.
Tengo pendiente el de Laia y Nico, el de Lena y Carol y también el de Gustavo, que deberemos buscarle una pareja al pobre hombre, jajaja
 
Soy consciente y profundizaré eh! Lo que pasa que ahora estamos en el "arco" de Gabi y Sofi jajaja.
Tengo pendiente el de Laia y Nico, el de Lena y Carol y también el de Gustavo, que deberemos buscarle una pareja al pobre hombre, jajaja
Cuando has dicho lo de arco, me ha recordado a algún anime japones romántico que he visto y me gustó mucho.
 
Capítulo 53. Yodo - Toda buena historia neces(I)ta su villano

El Yodo (I) ocupar el quincuagésimo tercer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos el yodo con la figura del Villano, descubrimos que el antagonista no es una mancha de oscuridad, sino un elemento de una intensidad violeta necesaria para que la luz del héroe tenga sentido. El yodo es el villano perfecto: sutil, corrosivo, tóxico pero curativo, es decir necesario. Y siempre capaz de sublimarse ante nuestros ojos.

El Yodo y el Villano: La Química de la Oposición Necesaria


1. La Sublimación (El Villano que se Desvanece)
El yodo es famoso por pasar directamente de sólido a un gas violeta sin pasar por el estado líquido. Un buen villano nunca es predecible ni "pegajoso" como un drama común. Es un maestro de la sublimación. Cuando crees que lo tienes atrapado en su guarida (sólido), se convierte en un vapor etéreo y venenoso que llena toda la habitación. El villano, como el yodo, escapa de las fases normales de la moralidad; no fluye, simplemente trasciende y desaparece, dejando tras de sí un rastro de color púrpura real.

2. El Color de la Tiranía (Vapor Violeta)
Su nombre proviene del griego ioeides, que significa violeta. Históricamente, el púrpura ha sido el color del poder absoluto y de los emperadores. El villano no es gris. El villano tiene un estilo aristocrático. El yodo aporta esa estética del antagonista refinado que sabe que la oscuridad es aburrida, pero la elegancia púrpura es eterna. Es la belleza del peligro: un gas que es hermoso de ver pero que quema los pulmones si te acercas demasiado.

3. El Antiséptico (El Villano que "Cura")
El yodo se usa para desinfectar heridas (la famosa povidona yodada). Quema, mancha la piel de un naranja sucio, pero mata las bacterias. El gran villano siempre cree que es el héroe de su propia historia. Él es el "antiséptico" de un mundo que considera infectado. El villano yódico no destruye por placer, sino para "limpiar" la sociedad de lo que él considera debilidad o suciedad. Su método es doloroso y deja cicatrices, pero en su lógica retorcida, el mundo será más fuerte después de su paso.

4. La Glándula Tiroides (El Control Metabólico)
Sin yodo, la tiroides falla y el cuerpo entero colapsa. Regula el ritmo de la vida. El villano es el metabolismo de la trama. Sin él, el héroe no crece, el mundo se estanca y la historia muere de bocio. El villano es el elemento traza que obliga a la civilización a acelerar, a reaccionar, a estar alerta. Es la "hormona" del conflicto que mantiene el organismo del mundo funcionando a máxima potencia.

5. El Halógeno Reactivo (La Atracción por el Opuesto)
Como halógeno, al yodo le falta un electrón para ser feliz y lo busca desesperadamente en los demás. El villano está incompleto. Su maldad nace de un vacío electromagnético. Busca al héroe no para matarlo, sino para "reaccionar" con él. Batman necesita al Joker tanto como el sodio necesita al yodo para formar una sal estable. El villano es la mitad de una ecuación química que busca desesperadamente un vínculo, aunque ese vínculo signifique la destrucción de ambos.

Conclusión: El Yodo es el antagonista esencial. Es el elemento que mancha, que quema y que se evapora cuando intentas atraparlo. Nos enseña que el mal no es la ausencia de luz, sino una luz de un espectro diferente (violeta intenso) que nos obliga a desinfectar nuestras propias debilidades. El yodo nos recuerda que toda buena historia necesita un veneno que, en la dosis justa, sea la única medicina capaz de despertar al mundo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


En cualquier empresa, sea cual sea su cometido y su campo empresarial, siempre hay un suceso que indica que algo no va bien. Ese momento cuando el jefe deja su despacho en la cúspide y baja al terreno de juego, al lugar donde el resto de los mortales trabajan. Da igual si se trata de un almacén, unas oficinas relucientes o un solar en construcción; cuando el jefe aparece, todo el mundo lo sabe: van a rodar cabezas. Es un silencio pesado, un aire frío que recorre los pasillos y los rincones, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración.

Y esa misma sensación tensa, helada, fue la que recorrió la columna de curtidos e inexpresivos mercenarios cuando Jürgen apareció en el aeropuerto de Lima. No era el jefe supremo, no era el “Boss”. Pero Jürgen era hijo, heredero de la autoridad y del peso del apellido Müller. Su sola presencia allí dejaba claro que los problemas no se toleraban más. Que a partir de ese momento no habría más excusas, ni retrasos, ni dudas.

Los mercenarios lo observaron bajar del avión privado con esa mezcla de arrogancia calculada y disciplina heredada. Cada gesto medido, cada mirada afilada, cada paso resonando sobre el pavimento reflejaba la advertencia silenciosa: quien fallara, pagaría el precio. Nadie hablaba, pero todos lo sintieron. La tensión se apretó como una cuerda al cuello. No estaban todavía en la línea roja de desastre absoluto, pero sí en la antesala. Y eso bastaba. Porque en el mundo de los Müller, el miedo no se concede. Se impone. Y Jürgen lo sabía mejor que nadie. El hijo del “Boss” tenía la habilidad de mirar a los ojos y ver la verdad, y solo necesitaba una fracción de segundo para decidir quién sobreviviría en esa empresa y quién caería víctima de su propia incompetencia. Los mercenarios, curtidos en mil conflictos, sintieron el escalofrío. Y aunque se mantuvieran firmes, preparados, listos para cualquier cosa, ninguno pudo evitar que la certeza se instalara: la calma antes de la tormenta había llegado. Y esa tormenta la traía Jürgen.

Muchos os preguntaréis: ¿hasta dónde sabía realmente la empresa acerca de los poderes de la Mycena Neonfaucis? ¿Por qué semejante despliegue de recursos y tanta sangre fría para cazarnos? ¿De verdad era para recuperar unos simples estudios robados? La respuesta, sorprendentemente, era tan sencilla como cruel: la empresa no sabía nada del poder curativo del hongo, ni de sus posibles aplicaciones comerciales. No tenían ni idea de que aquello podría cambiar la industria farmacéutica, ni de que convertir la “Azulita” en cápsulas comestibles podía hacerlos, no millonarios, sino multimillonarios.

Para ellos, todo se reducía a un solo concepto: Propiedad. Un joven - y permitidme añadir - enamorado científico de Madrid había robado algo que les pertenecía, punto. No importaba si era un hongo milagroso o un simple frasco de pastillas para la tos. Lo único que importaba era que la afrenta existía. Alguien se había atrevido a tocar lo que ellos consideraban suyo, y eso era intolerable. Puede parecer una locura desde fuera: enviar mercenarios bien entrenados, dispuestos a matar por un simple robo. Pero no lo era. Desde su perspectiva corporativa, era racional. Cada segundo que Lena y yo permanecíamos libres era un riesgo: la información podía difundirse, podía llegar a otros laboratorios, podía alterar la línea de investigación de la empresa. Para Müller & Suter, eso equivalía a pérdidas millonarias y, sobre todo, significaba una amenaza a su autoridad.

Además, no habíamos robado cualquier cosa: habíamos sustraído un experimento, un conocimiento en el cual la empresa había invertido mucho dinero, para desarrollar y protegerlo con sumo celo. Y en el mundo de la ciencia corporativa - el de las grandes multinacionales farmacéuticas - un experimento robado no era un error, era un desafío directo. Y los desafíos se respondían con eficiencia absoluta. Sin preguntas, sin dudas. Así que sí: la violencia, la intimidación, los mercenarios desplegados en Lima, todo tenía sentido bajo la lógica despiadada de Müller & Suter. Para ellos, no se trataba de la “Azulita”, ni de salvar vidas, ni siquiera de ciencia. Se trataba de control. De demostrar que nadie, absolutamente nadie, podía atreverse a desafiar su poder.

Y para eso, estaban dispuestos a todo.

Bien, pues esa era una parte de la verdad. Ya que había otra. Porque siempre hay otra. Una más oscura. Una que no se deja ver a simple vista. Una que permanece agazapada en las sombras, allí donde unas manos frías e inhumanas, mueven los hilos de los demás sin que nadie llegue a verlas del todo.

Y creo que ha llegado el momento de hablaros de él; de presentaros al verdadero villano de esta historia. El hombre al que todos conocían, simplemente, como “Boss”. El señor Friedrich Müller.

El malnacido bastardo que puso precio a nuestras cabezas. El miserable que, con un mínimo gesto de su mano, nos empujó a convertirnos en fugitivos, en parias de un mundo que hasta entonces nos daba cobijo.

Pero para entender a hombres como Müller… hay que retroceder un poco en el tiempo. Porque al final, en muchas ocasiones, no es tan importante el nombre de un hombre como el apellido que arrastra. El linaje del que proviene. El árbol genealógico que crece detrás de él, con raíces hundidas en otras épocas y otras luchas.

¿Recordáis aquella canción de Víctor Jara? ¿La de Juan Sin Tierra? Yo sí porqué Gabi la cantaba constantemente. La letra decía algo así como…

“Mi padre fue peón de hacienda,
y yo un revolucionario,
mis hijos pusieron tiendas,
y mi nieto es funcionario.”

El significado de esos versos describe, de forma sublime, la evolución social y la pérdida del impulso revolucionario a través de cuatro generaciones. El abuelo representa el origen humilde y la explotación en el campo bajo un sistema casi feudal. El padre, revolucionario, simboliza la ruptura con ese sistema, la lucha armada y el deseo del cambio social radical. Los hijos, en cambio, pusieron tiendas, reflejando una transición hacia la clase media comercial. Y el nieto funcionario es la culminación del proceso de aburguesamiento. El descendiente del revolucionario ahora es parte del aparato del Estado - un burócrata -, lo que indica que el fuego rebelde se ha extinguido en favor de la comodidad y el orden establecido.

Es la idea de que las familias, como los árboles, también evolucionan. Cada generación es una rama nueva que crece a partir de la anterior, pero rara vez lo hace en la misma dirección. Lo que una vez fue miseria puede convertirse en rebeldía; la rebeldía, con los años, puede transformarse en negocio; y el negocio, con el paso del tiempo, termina muchas veces sentado cómodamente dentro del mismo sistema contra el que alguien de tu propia sangre, tiempo atrás, luchó.

Os cuento todo esto para que entendáis el proceso que puede sufrir un apellido, una familia, una estirpe. Cómo las generaciones cambian, se ablandan, olvidan las luchas que las precedieron o las transforman en algo completamente distinto.

Pero los Müller… los Müller no siguieron ese camino.
No se ablandaron, ni olvidaron, ni se transformaron…

Los Müller se perfeccionaron.

Si en la canción de Víctor Jara el fuego revolucionario se iba apagando con cada generación, en esta familia de bastardos ocurrió algo mucho más inquietante: no cambió absolutamente nada. El árbol genealógico de los Müller creció como crecen algunas plantas venenosas: recto, sombrío, alimentándose siempre del mismo suelo pútrido y oscuro.

El abuelo, Wilhelm Müller, fue un orgulloso oficial de las SS alemanas. Uno de esos hombres de uniforme negro y mirada altanera, que caminaron por Europa con la arrogancia de quien cree que la historia le pertenece. No fue uno de esos fanáticos que gritaron consignas con espuma en la boca y odio en el corazón. No… fue peor, mucho peor. Wilhelm era metódico, ordenado, un burócrata de la crueldad. Era de los que hablaban bajo, firmaban documentos con pulso firme y organizaban la muerte con una precisión casi administrativa. No necesitaba levantar la voz para mandar a cientos de inocentes a las cámaras de gas. Para él no eran personas, claro. Eran bestias, traidores, basura inmunda… Y cuando la guerra terminó y el Tercer Reich se derrumbó como un castillo de ceniza, Wilhelm no murió como un mártir, ni tan siquiera fue juzgado. Huyó como un cobarde y simplemente se evaporó. Quemó documentos, cambió de identidad, cruzó fronteras con maletines llenos de oro robado y la conciencia tan limpia como el filo de un cuchillo recién afilado. Se refugió en las sombras de la nueva Europa que estaba renaciendo de sus escombros.

Wilhelm Müller fue una hiena. No por torpeza, como suele pensarse, sino por su naturaleza oportunista y brutal. La hiena no lucha por ideales ni por territorio con nobleza: espera, observa y ataca cuando la presa ya está debilitada. Vive de la muerte de otros, se alimenta del caos de la guerra y no siente remordimiento alguno al hacerlo. Wilhelm fue exactamente eso: un carroñero del horror histórico, un hombre que prosperó en medio de la maquinaria de destrucción del nazismo.

Su hijo, Klaus Müller, nació en ese silencio espeso de las dinastías que han sobrevivido a un mundo que se hundió. Creció escuchando aquellas historias a medias, esas que nunca se cuentan del todo pero que los hijos terminan comprendiendo igual. Klaus aprendió pronto que el mundo había cambiado: las botas y los uniformes negros ya no eran la forma más eficiente de dominar a la gente. El dinero, en cambio, sí lo era. Klaus no dirigió campos de concentración, ni levantó esvásticas con orgullo feroz. Hizo algo mucho más eficaz: compró empresas en ruina, arruinó a competidores, quebró sindicatos, sobornó ministros y construyó una red de poder silenciosa que se extendía como una telaraña por media Europa. Donde su padre había usado el miedo, él utilizó algo más sofisticado: dependencia económica. Cuando Klaus Müller arruinaba una familia, lo hacía con contratos y fusiones empresariales. Cuando destruía una vida, lo hacía con una firma y un sello.

Klaus Müller fue una araña. Silenciosa. Paciente. Invisible para la mayoría hasta que ya es demasiado tarde. No atacaba de frente; tejía redes. Redes de empresas, de dinero, de favores y de deudas. Cuando alguien se daba cuenta de que estaba atrapado, la telaraña ya estaba cerrada. Y entonces la araña solo tenía que acercarse despacio y terminar el trabajo.

Luego llegó Friedrich Müller, el “Boss”. El hijo que llevó la herencia familiar a su forma más pura. El villano de esta historia. Friedrich creció entre despachos de madera oscura y conversaciones en voz baja donde se decidían destinos ajenos con la misma frialdad con la que otros eligen un vino para la cena. Friedrich ya no necesitó esconder nada. Había nacido dentro de un sistema que premiaba a los hombres como él. Frío, calculador, brillante para los negocios y completamente desprovisto de escrúpulos. Al terminar la universidad, Friedrich se juntó con un compañero suizo, de familia adinerada, y juntos fundaron Müller & Suter Biotech. Pero Suter, con otra compresión - bien distinta - de la ética y la moral empresarial, abandonó pronto el negocio, dejando en manos del alemán todo el poder. Bajo el mando de Friedrich, la empresa dejó de ser sumamente poderosa para convertirse en algo mucho más peligroso: una entidad que operaba en la frontera entre lo legal y lo intocable. Laboratorios que experimentaban en países donde nadie supervisaba, contratos de seguridad privada en estados donde la ley era una sugerencia, acuerdos con gobiernos que preferían no hacer demasiadas preguntas. Farmacéuticas, laboratorios, fondos de inversión, seguridad privada… Donde había dinero o poder, allí aparecía una filial, una participación, un contrato firmado con tinta ensangrentada. Friedrich no gritaba, no amenazaba. Simplemente ordenaba y las cosas ocurrían. Por eso todos lo llamaban “Boss”. No era un apodo cariñoso. Era una constatación.

Friedrich Müller es un tiburón blanco. El depredador perfecto. No necesita esconderse ni justificar su presencia. Se mueve con calma, con autoridad, sabiendo que todo a su alrededor es potencial presa. El tiburón no odia a sus víctimas ni se enfurece con ellas; simplemente hace lo que está diseñado para hacer. Matar con eficiencia absoluta. Friedrich funciona igual: frío, preciso, incapaz de sentir culpa porque, en su cabeza, solo está siguiendo la lógica del poder.

Y después estaba Jürgen Müller. El nieto. El heredero. La cuarta rama de aquel árbol podrido.

Jürgen es lo que ocurre cuando cuatro generaciones de poder sin escrúpulos se concentran en una sola persona. No tiene el peso histórico del abuelo ni la cautela paranoica del padre. Para él el mundo es un tablero de juego y las personas son piezas prescindibles. Creció viendo cómo se compraban políticos, cómo se destruían competidores, cómo desaparecían problemas. Y aprendió la lección más importante de todas: Que la moral es un lujo que solo pueden permitirse los débiles.

Jürgen Müller es una serpiente. Una serpiente joven, elegante, venenosa. No necesita la fuerza bruta del tiburón ni la paciencia infinita de la araña. Su arma es otra: el veneno. El veneno de la manipulación, del encanto calculado, de la traición que llega cuando nadie la espera. La serpiente no siempre ataca; a veces solo espera el momento exacto para clavar los colmillos.

Esos eran los Müller…
Cuatro generaciones de auténticos hijos de puta.

Wilhelm, el ingeniero de la muerte.
Klaus, el depredador financiero.
Friedrich, el emperador corporativo.
Y Jürgen, el legítimo sucesor al trono.

La hiena, que se alimentó del horror de la guerra.
La araña, que tejió redes de poder y dinero.
El tiburón, que gobierna el océano empresarial sin rival.
Y la serpiente, que heredará todo ese veneno.

Cuatro ramas de un mismo árbol que nunca se torció. Porque mientras otras familias cambian con los años… los Müller simplemente se volvieron más eficientes en su maldad. Cuatro animales distintos. Pero todos compartiendo la misma característica esencial: sobrevivieron y siguen haciéndolo, porque no sienten absolutamente nada por sus presas.

Así que, si me permitís adaptar la canción de Victor Jara a la versión familiar de los Müller…Vendría a sonar algo así:

“Mi padre fue un puto nazi,
y yo me hice millonario,
mi hijo levantó un imperio,
y mi nieto es un sicario.”

Ahora que conocéis el macabro fondo que rodeaba aquel maldito apellido, volvamos al presente. Volvamos a la pregunta que nos importa: ¿Hasta dónde sabía el “Boss”? Porque estaba claro que Friedrich Müller sabía algo que los demás no. Algo que ni siquiera sus propios ejecutivos de mayor confianza alcanzaban a comprender. Pues incluso para un hombre como él - un depredador corporativo sin rastro de ética ni escrúpulos - enviar a su propio hijo a Perú no era una decisión menor. No era una simple visita de supervisión. Era un movimiento serio y calculado. De esos que solo se hacen cuando lo que está en juego es demasiado importante para confiarlo a nadie más. Porque sí, Friedrich podía mandar mercenarios, podía comprar gobiernos. podía hacer desaparecer “problemas”. Pero mandar a Jürgen significaba algo distinto…

Significaba que allí, en algún punto perdido entre la selva, el aeropuerto de Lima y las montañas donde nosotros corríamos por nuestras vidas, estaba ocurriendo algo más grave que un simple robo empresarial. Algo que preocupaba incluso al “Boss”. Y creedme cuando os digo que muy pocas cosas en este mundo eran capaces de preocupar a un hombre como Friedrich Müller.

Pero, siento deciros que, para responder a esa pregunta, tendremos que hacer lo que toda buena historia termina haciendo tarde o temprano: volver al pasado. Pero no os preocupéis. Esta vez no tendremos que retroceder hasta la Alemania nazi ni a los fantasmas que dejaron las SS en la historia de Europa. No. Esta vez bastará con viajar trece años atrás. Justo allí… en Perú. Donde empezó realmente todo.

Friedrich Müller descubrió la “Azulita” por pura casualidad. O quizá no fue casualidad. Quizá fue simplemente una de esas ironías perversas del destino: que un hombre que dedicaba su vida a empeorar el mundo terminara tropezando con algo que podía hacerlo todavía peor.

Trece años atrás, Friedrich no estaba de viaje de negocios. Eso era lo que decía en casa, claro. Un congreso, una reunión con inversores, alguna negociación importante que requería su presencia al otro lado del mundo. Mentiras bien empaquetadas, dichas con la naturalidad de quien lleva décadas practicándolas. La realidad era bastante más vulgar. El “Boss” era un hombre con demasiadas cosas en la cabeza. Demasiadas empresas que controlar, demasiados políticos que comprar, demasiados enemigos que aplastar. Y debéis entender que incluso los villanos necesitan un descanso; y cuando Friedrich necesitaba desconectar de todo aquello, no buscaba tranquilidad ni paisajes. Buscaba compañía.

Pero no le servía cualquier compañía. Buscaba mujeres caras, discretas. De esas que sabían exactamente cuánto costaba cada sonrisa, cada gesto, cada hora. A Friedrich le gustaba eso: pagar por adelantado, sin compromisos, sin emociones, sin consecuencias. Era, en sus propias palabras, “turismo”. Un turismo de hoteles de lujo, condones usados y noches que no dejaban ningún recuerdo que valiera la pena conservar.

Aquella vez tocó Perú. ¿Y por qué Perú? Por ninguna razón en particular. Ese es el privilegio de los hombres obscenamente ricos: no necesitan justificar sus decisiones. Mientras otros comparamos precios de vuelos, pedimos días libres en el trabajo y calculamos durante meses si podemos permitirnos una semana lejos de casa, Friedrich simplemente “lo hacía”. Un día desayunaba en Zúrich. Al día siguiente estaba en Lima. Así funcionaba su mundo. No pensaba “¿a dónde quiero ir?” Ni siquiera “¿a dónde puedo permitirme ir?” Pensaba algo mucho más simple: “Hoy me apetece ir allí.” Y el mundo, obediente, se abría delante de él.

De modo que Friedrich Müller aterrizó en Lima acompañado por dos mujeres espectaculares, y localmente enamoradas de sus cuentas bancarias. Con un maletín de cuero italiano bajo la axila y la tranquilidad absoluta de quien cree que nada puede sorprenderle ya, llegó al aeropuerto. Pero Perú sí tenía una sorpresa esperándole. Una luz azul. Una pequeña anomalía de la naturaleza perdida en algún punto remoto de la cordillera, enterrada durante siglos sin que nadie supiera realmente lo que era. Y cuando Friedrich Müller la vio por primera vez, no pensó en ciencia. No pensó en belleza. No pensó en el misterio. Pensó en una sola cosa: Poder.

Pero vayamos paso a paso… Una de las mujeres que lo acompañaban se llamaba Valeria Kovács - quedaros con ese nombre, pues será importante en lo que os voy a contar -. No era su nombre real, por supuesto. Las mujeres de su oficio raramente utilizaban el que aparecía en sus documentos. Valeria era un nombre elegido con cuidado: fácil de pronunciar en cualquier idioma, elegante, ligeramente exótico. Húngara, según decía su ficha en la agencia. Alta, inteligente, con ese tipo de belleza que parecía diseñada para salones de hotel de cinco estrellas y restaurantes donde nadie pregunta por el precio de una botella de vino.

Pues se dio la casualidad que Valeria tenía una obsesión, y por supuesto, se lo hizo saber al hombre que había pagado por sus servicios. En realidad lo hizo durante todo el viaje, repitiendo lo mismo una y otra vez.
  • ¡Quiero ver Machu Picchu!
Lo dijo en el avión. Lo dijo durante la cena en Lima. Lo dijo mientras se recogió el pelo, se agachó de rodillas y le hizo una mamada al “Boss”. Incluso lo volvió a decir después mientras bebía champagne en la terraza del hotel con la naturalidad de quien sabe que, tarde o temprano, obtendrá lo que quiere.

Friedrich Müller la ignoró durante dos días enteros. No estaba allí para hacer turismo cultural. Estaba allí para follarse a ambas prostitutas cuando y donde le apeteciera. Pero Valeria era persistente, y él - en su infinita y cínica versión de la misericordia - terminó concediéndoselo. Total, ¿qué importaba?

Un helicóptero, un guía local bien pagado, algunos permisos comprados con discreción… y listo. Para hombres como él, incluso las maravillas del mundo eran solo otro servicio que contratar. Y fue precisamente ese día, en aquel desvío innecesario de los acontecimientos, cuando todo ocurrió. Ni mucho menos la encontró paseando por Machu Picchu, Friedrich no era como Gabi, tenía infinidad de poder, pero no ese poder - digamos - místico que Gabi poseía. Además, como ya os conté en capítulos anteriores, la “Azulita” vive lejos de los caminos.

Y debo aclarar algo importante aquí: la Mycena Neonfauncis no era un misterio para la humanidad. No era una criatura legendaria ni un micelio desconocido que nadie hubiera visto jamás. Existían fotografías, incluso artículos académicos. Existían algunos estudios incompletos realizados por universidades con presupuestos modestos.

Los micólogos sabían de su existencia desde hacía décadas. Una seta luminosa. Una anomalía fascinante para algunos investigadores por su extraño mecanismo de nutrición, diferente al de todos los hongos conocidos. Pero seguía siendo solo una seta. Y además, una seta condenadamente difícil de alcanzar. La “Azulita” crecía en lugares ocultos: profundas cuevas enterradas en regiones remotas, cavidades naturales a las que ni siquiera los espeleólogos más experimentados accedían con facilidad. Llegar hasta ella requería expediciones complejas, equipo especializado, semanas de trabajo, dinero invertido. Mucho dinero. Y ahí estaba el problema. Porque para el mundo científico, el coste nunca justificaba el beneficio. Y menos aún si no curaba enfermedades. Si no prometía nuevas tecnologías. Si no producía sustancias farmacológicas revolucionarias. Por esos motivos, lo que se sabía acerca de la inalcanzable Mycena Neonfaucis era poco o nada. Era simplemente un hongo curioso. Hermoso, incluso. Pero irrelevante. Así que nadie invertía demasiado tiempo ni demasiados recursos en perseguirlo. Hasta que, por una de esas casualidades absurdas que cambian la historia, un multimillonario degenerado decidió concederle a una prostituta de lujo su capricho turístico. Y en ese desvío absurdo del itinerario… Friedrich Müller encontró la “Azulita”.

Si hubiera que buscar un culpable en toda esta historia sería, sin duda, Wilfredo Mamani Corimanya. Pues él fue quien acercó el “poder azul” al “tiburón blanco”. Wilfredo era el guía que contrató Friedrich. Era un hombre de mediana edad, con la piel curtida por el sol y la sonrisa tranquila de quien conoce cada piedra de aquellos caminos, y justo en ese momento empezó a hablar, mientras caminaban por los senderos de Machu Picchu.
  • Este lugar - dijo señalando las terrazas que se extendían como escalones sobre la ladera - fue construido por los incas hace siglos, durante el reinado de Pachacútec. Se dice que Manco Cápac mismo habría enviado a sus descendientes a fundar estas ciudades como templos y centros de poder espiritual. Cada piedra, cada muro, está alineado con el sol y las estrellas. Aquí los antiguos entendían la naturaleza de un modo que nosotros apenas alcanzamos a comprender - se detuvo un instante, dejando que la brisa de altura le rozara el rostro -. La leyenda cuenta que Machu Picchu nunca fue completamente descubierta por los enemigos de los incas, que permaneció oculta hasta que Hiram Bingham la encontró en 1911. Pero para los locales, este lugar siempre fue sagrado… un puente entre la tierra y los dioses.
Friedrich apenas escuchaba. Sus ojos estaban fijos en Valeria y la otra mujer de la que no recordaba el nombre. Tomadas de la mano, paseaban con curiosidad por los senderos. Sus risas se mezclaban con el viento. El “tiburón” solo pensaba en volver al hotel y ponerlas a ambas a cuatro patas. El guía seguía hablando, ajeno al desinterés de su cliente.
  • Algunos dicen que los chamanes de la región todavía guardan sus secretos, rituales que conectan con Pachacútec y con los dioses de los Andes. Que en ciertas noches se puede percibir la energía de la montaña, sentir los espíritus de los ancestros…
Se detuvo de repente. Observó a Friedrich con una sonrisa medida, apenas perceptible.
  • No parece que le interese demasiado la historia. - dijo, educadamente, pero con un dejo de ironía.
Friedrich se encogió los hombros y sonrió con desdén.
  • El pasado no me interesa, Will. Lo que me importa, de verdad, es el futuro.
El guía suspiró con calma y, manteniendo la cortesía, replicó.
  • Se puede aprender mucho del pasado, señor.
  • Se aprende más mirando hacia el futuro, créeme… - respondió Friedrich con arrogancia -. Si pudiera aprender de él… sería aún más rico de lo que soy.
El guía rió, pero no con ligereza. Fue una risa medida, educada, que contenía respeto y un punto de frialdad.
  • Entonces debería conocer a alguno de los chamanes de la zona, señor - dijo, y su mirada se hizo más intensa bajo el sol abrasador -. Algunos aseguran que ellos sí pueden ver el futuro…
Friedrich ladeó la cabeza, divertido, con aquella sonrisa que nunca alcanzaba a sus ojos.
  • Si esos chamanes tuyos pudieran ver el futuro… de seguro no estarían viviendo en un lugar como este.
Hubo desprecio en su voz, no lo ocultó. Wilfredo, no obstante, ni se inmutó. Ya había tratado demasiadas veces para ese tipo de gente, y en el fondo los detestaba. No por capricho, ni por resentimiento fácil, sino porque sabía exactamente cómo pensaban.

Para hombres como Friedrich Müller, el mundo era una fábrica. Un lugar donde todo debía producir algo útil, algo rentable, algo que pudiera medirse en números. Los bosques eran madera futura, las montañas eran minas sin explotar, los ríos eran energía desperdiciada si no se canalizaban. Incluso la historia - aquellas piedras milenarias sobre las que caminaban - no era más que un decorado para turistas que pagaban entrada. Y las personas… las personas eran engranajes. Piezas intercambiables dentro de una maquinaria mayor. Si una se rompía, se sustituía por otra. Si alguien estorbaba, se apartaba. Si una familia había levantado su hogar en una parcela que contenía algo valioso, se expropiaba, se destruía y explotaba hasta dejarlo seco. Así funcionaba el mundo para hombres como él: una enorme línea de montaje donde la única pregunta importante era cuánto dinero saldría al final del proceso.

Wilfredo, en cambio, había crecido viendo el mundo de otra forma. Para él aquellas montañas no eran recursos: eran apus, espíritus antiguos que vigilaban los valles desde antes de que existieran los países y las fronteras. Las piedras que Friedrich contemplaba con indiferencia no eran ruinas; eran la memoria de un pueblo, el eco de generaciones que habían levantado aquellas terrazas con las manos, sin máquinas, sin cálculos de rentabilidad. Wilfredo no caminaba entre restos del pasado. Caminaba entre presencias. Cada historia que contaba a los turistas no era un simple dato histórico: era algo heredado de sus abuelos, y de los abuelos de sus abuelos. Una cadena invisible que unía a los vivos con los muertos, al presente con un tiempo más antiguo. Por eso no se ofendió cuando Friedrich habló con desprecio. Porque aquel hombre - con su traje caro, su reloj brillante y su arrogancia comprada - podía tener dinero suficiente para comprar hoteles, empresas o voluntades. Pero había algo que jamás podría comprar: Memoria.

Y si bien, podría haberse callado en ese momento, asentir y dejarlo pasar. No lo hizo. Porque esa mañana, mientras caminaba entre ruinas milenarias y hablaba de ancestros y lugares sagrados, el orgullo de sus abuelos le hirvió en la sangre. Porque Wilfredo conocía otras historias. Historias que no estaban en los libros de texto. Relatos que los ancianos contaban en las noches frías de montaña, alrededor del fuego. Historias de chamanes incas capaces de lo que hoy la ciencia negaría sin pestañear.

Había relatos de brujos que invocaban la lluvia o calmaban tormentas con solo danzar y cantar ante los espíritus de las montañas sagradas. Se hablaba de otros que atravesaban las montañas sin cuerpo para comunicarse con los guardianes invisibles, y regresaban de su interior con mensajes que luego guiaban a los pueblos en tiempos de hambrunas o tiempos de guerra.  Las leyendas contaban incluso que estos hombres podían transformarse en animales en estado de trance, luchando en el mundo invisible antes de volver a su cuerpo físico, una idea que hoy cualquiera tacharía de locura, pero que entre su gente era parte de una cosmovisión profunda y respetada que daba sentido a la vida.

Así que Wilfredo respiró hondo y, sin levantar la voz, respondió.
  • No se trata de magia barata ni de cuentos de niños, señor - Sus ojos se clavaron en los de Friedrich -. Los chamanes de estas tierras han sido guías espirituales, sanadores del cuerpo y del alma, guardianes de un conocimiento que no entiende de estadísticas ni de balances financieros.
Friedrich frunció el ceño, incómodo. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara de “conocimiento ancestral” sin un hilo de burla en los labios.
  • ¿Quieres decir que esos… curanderos - replicó con desdén - pueden saber más que la ciencia?
Wilfredo negó lentamente con la cabeza.
  • No más o menos que la ciencia… Sino diferente. Porque la ciencia estudia lo visible… lo que puede medirse, cuantificarse. Pero aquí - se tocó el pecho - hay otra forma de saber. El conocimiento de la tierra, de los elementos, de los ancestros. Uno que no se aprende en laboratorios ni en libros, sino en cantos, sueños y trance.
Friedrich lo miró con expectación y algo parecido a irritación. Para él, nada tenía sentido si no podía comprarse, venderse o poseerse como propiedad.
  • Eso es superstición - dijo con tono cortante - Nada más…
Wilfredo lo observó con calma, sin perder la compostura que lo definía. Su voz, suave pero firme, habló como si hubiera repetido esas palabras durante décadas frente a hombres como Friedrich.
  • La ciencia puede explicar muchas cosas, señor… pero hay misterios que solo se revelan a quienes escuchan a la tierra, a quienes respetan lo que existe desde antes que llegaran la tecnología y el dinero. Aquí, en mi tierra, incluso las rocas tienen memoria. Y los que saben escuchar… encuentran puertas que ni las máquinas podrían abrir.
Se hizo un silencio lapidario. Friedrich lo contempló fijamente a los ojos. Aquel guía se mantenía firme ante él, orgulloso, la barbilla alzada, la verdad brillando en sus pupilas oscuras. No había sumisión en su postura, ni temor en su voz. Por un momento, un simple y precioso momento, la verdad había ganado a la mediocridad. Hasta que, de repente, el “Boss” empezó a reír.

No fue una risa discreta. Fue una carcajada abierta, poderosa, que estalló en mitad de las ruinas y rebotó contra las montañas como un eco burlón. Se inclinó hacia atrás, llevándose una mano al estómago, riendo a pleno pulmón. Tan fuerte fue que incluso las dos mujeres de pago, ya lejos, perdidas entre las terrazas de Machu Picchu, se giraron para mirarlo con curiosidad.
  • Está bien… - dijo el alemán cuando por fin logró contener las últimas sacudidas de risa, que aún se escapaban entre sus dientes -. Vamos a hacer una cosa…
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó la cartera. La abrió con parsimonia y extrajo un grueso fajo de billetes, perfectamente ordenado.
  • ¿Cuánto cobras al mes?
Wilfredo bajó la mirada hacia el dinero. El fajo era obsceno, casi irreal. Con aquello podría alimentar a su familia durante un año entero.
  • Unos dos mil cien soles, señor… - respondió con cautela -. Depende de la temporada.
Friedrich frunció el ceño mientras hacía el cálculo mental.
  • Eso son… déjame pensar… unos quinientos euros, más o menos.
  • Sí, señor… más o menos. Pero… ¿a dónde quiere llegar?
La sonrisa del alemán se volvió más afilada.
  • Vamos a jugar un juego, tú y yo…
Levantó el fajo de billetes y lo agitó ligeramente en el aire, como si fuera un trofeo.
  • Aquí tengo un año entero de tu salario - el papel crujió entre sus dedos - Si consigues que uno de esos estúpidos chamanes tuyos consiga sorprenderme… son tuyos.
Wilfredo abrió la boca.
  • Señor, yo…
Estuvo a punto de decirle que no podía aceptar aquel dinero. Aunque lo necesitara. Aunque su familia lo necesitara. Algo en aquel hombre olía mal. Muy mal. Y, sobre todo, temía saber qué pasaría si perdía la apuesta.
  • Si pierdes, me los quedo yo - añadió rápidamente Friedrich, divertido, como si estuviera aclarando las reglas de un juego infantil -. Es más…
Se quedó pensativo un segundo, disfrutando del momento.
  • Hoy me siento generoso…
Sacó otro fajo de la cartera y lo colocó junto al primero.
  • Así que doblo la apuesta.
El dinero ahora parecía una pequeña montaña en su mano. Friedrich sonrió, mostrando los dientes.
  • ¿Qué me dices, Will?… ¿Hay trato?
No nos engañemos. Friedrich Müller no hizo aquella apuesta por curiosidad. Ni por interés en los chamanes. Ni siquiera por diversión, aunque así lo pareciera. Los chamanes no le importaban lo más mínimo. Aquellas historias de espíritus, montañas sagradas y conocimientos antiguos le resultaban poco más que folclore exótico, el tipo de relato que se le cuenta a los turistas mientras hacen fotos y compran recuerdos en las tiendas del camino. Tampoco buscaba un desafío intelectual. No estaba intentando demostrar que el futuro era más importante que el pasado, ni que la ciencia debía imponerse a la tradición. Ese tipo de debates le resultaban infantiles.

Para Friedrich el mundo era mucho más simple. No había grandes preguntas filosóficas. No había misterios espirituales. No había verdades profundas que desenterrar. Solo había precios. Porque si algo había aprendido el “Boss” a lo largo de su vida - algo que su familia llevaba generaciones perfeccionando - era una verdad que para él era casi una ley natural: “Todo hombre tiene un precio.” Algunos lo ocultaban bajo discursos morales. Otros lo disfrazaban de principios. Otros hablaban de dignidad, de fe, de honor o de tradición. Pero al final, siempre aparecía un número. Uno pequeño para unos. Uno más grande para otros. Y tarde o temprano, todos cedían.

Por eso había sacado la cartera. No para jugar. No para discutir. Sino para romper algo dentro de Wilfredo. Aquel guía había alzado la barbilla, había defendido sus tradiciones con orgullo, había hablado del pasado como si tuviera un valor que el dinero no podía comprar. Y Friedrich detestaba ese tipo de cosas. Detestaba cuando alguien fingía que había algo en este mundo que no podía comprarse. Así que agitó aquel fajo de billetes frente a él, primero con un año de salario, luego con dos, observando en silencio el brillo del papel, esperando el momento exacto en que la duda apareciera en sus ojos. Porque no quería ganar una discusión. Quería demostrar algo mucho más cruel. Que aquel hombre que hablaba de espíritus, de montañas sagradas y de respeto por los antepasados… no era distinto del resto. Que, llegado el momento adecuado, con la cifra correcta delante de sus narices… también se vendería.

Aquel momento - una risa arrogante entre las ruinas sagradas, un fajo de billetes agitándose en el aire y el orgullo de un hombre humilde empujándolo a aceptar una apuesta - fue el primer paso. El primer paso hacia algo que ninguno de los dos comprendía todavía. Ni siquiera Friedrich Müller. Porque aquel día, en lo alto de Machu Picchu, el “Boss” no estaba buscando nada. Ni conocimiento, ni secretos, ni hongos milagrosos. Solo buscaba entretenimiento. Algo que rompiera el aburrimiento de un millonario acostumbrado a comprar todo lo que deseaba. Pero a veces el destino - o la mala suerte del mundo - funciona de formas extrañas. Aquel juego absurdo, nacido de la arrogancia de un hombre y la necesidad de otro, acabaría llevándolo hasta la “Azulita”. Hasta su existencia. Hasta sus propiedades. Hasta el poder que escondía.

Hasta ese descubrimiento que se convertiría en tragedia. Porque hay hallazgos que cambian el mundo y hay otros que pueden destruirlo. La “Azulita" era una de esas cosas que nunca deberían caer en manos equivocadas. Una criatura extraña de la naturaleza, escondida durante siglos en lugares donde casi nadie podía llegar. Un milagro silencioso que había permanecido protegido por la dificultad misma de alcanzarlo. Cuevas profundas. Túneles imposibles. Expediciones peligrosas. Costes absurdos… Hasta que apareció Friedrich Müller.

Y sí… si somos justos, todo empezó por culpa de Wilfredo. Pero tampoco os precipitéis a juzgarlo. Porque Wilfredo no era un científico. Ni un empresario. Ni un hombre poderoso. Era solo un guía. Un hombre que caminaba cada día entre ruinas milenarias contando historias antiguas a turistas que escuchaban a medias. Un hombre con una casa humilde en las afueras de Cusco. Con una madre enferma. Con hijos que alimentar. Con cuentas que pagar y meses malos en temporada baja. Dos mil cien soles al mes… cuando había suerte. Y de pronto, delante de él, un extranjero arrogante agitaba dos años enteros de salario en su mano. Dinero suficiente para cambiar muchas cosas. Para comprar medicinas. Para arreglar el tejado. Para dormir tranquilo durante un tiempo.

Friedrich Müller - como había hecho toda su vida - consiguió lo que quería sin saber todavía qué era exactamente lo que buscaba. Lo consiguió como siempre lo hacía. No con inteligencia. No con sabiduría. No con respeto. Sino con la herramienta más vieja de su mundo: dinero.

Y así, con un simple gesto de su mano, con unos cuantos billetes arrugados y una sonrisa cruel, el hombre más ambicioso y despiadado del planeta llamó a la puerta de un secreto que la naturaleza llevaba siglos intentando esconder. Y Wilfredo, aunque todavía no lo sabía al aceptar aquella apuesta… abrió la puerta, cometiendo un error terrible.

La historia que sucedió después os la podríais imaginar si quisierais… pero entonces, ¿para qué demonios estoy yo aquí? Así que intentaré resumirla, lo mejor que pueda.

Wilfredo cumplió su parte del trato. Lo llevó ante un chamán, tal y como habían acordado. Un hombre anciano que vivía en lo profundo del bosque, lejos de los caminos turísticos y de los hoteles donde los extranjeros bebían pisco sours mientras hablaban de espiritualidad entre risas.
Y, por supuesto, el “Boss” no se sorprendió lo más mínimo. Donde Wilfredo mostró respeto, Friedrich mostró desprecio. Para él no había nada sagrado en aquel encuentro. Ante sus ojos no había un sabio guardián de conocimientos antiguos, sino un viejo sucio y demacrado, vestido con ropas gastadas, viviendo como un vagabundo en mitad de la selva. Aquello no era sabiduría milenaria. Era pobreza.

Wilfredo insistía con paciencia. Intentaba explicarle que aquello no era un espectáculo para turistas. Que los verdaderos sabios no actuaban como artistas de feria. Que aquel hombre no mostraría nada a alguien que no se presentara con humildad. Pero Friedrich no entendía ese lenguaje. Él quería pruebas. Pruebas tangibles. Demostraciones empíricas. Algo que pudiera ver, tocar, medir. Quería que lo sorprendieran.

El viejo chamán lo observó durante un largo momento. Sus ojos, oscurecidos por los años y los alucinógenos, se detuvieron en el traje caro, en el reloj brillante, en la sonrisa arrogante que no desaparecía del rostro del alemán. Luego negó lentamente con la cabeza. Y habló en su lengua. Una frase breve, cargada de una calma pesada.
  • Kay runa mana allin. Hucha llapanta Pachamama apamun, mana rimasaq.
Wilfredo entendió cada palabra: “Este hombre está sucio de codicia. Jamás revelaré las verdades de la tierra a semejante necio.” Pero no lo tradujo. No por cobardía, sino por prudencia. Se limitó a girarse hacia Friedrich y decir con educación que el chamán no aceptaba visitantes aquel día. Que debían marcharse.

El alemán resopló con fastidio. No discutió demasiado. Aquello le parecía una pérdida de tiempo.

Wilfredo, en cambio, caminó en silencio, con un nudo en el estómago. Porque mientras se alejaban entre los árboles, no podía dejar de pensar en el dinero. En aquellos dos años de salario que se evaporaban en el aire. En la cara de su mujer cuando le dijera que la oportunidad se había esfumado. En los medicamentos que no podrían comprar. En el techo que seguiría goteando cuando llegara la temporada de lluvias. Sentía el peso de esos billetes alejándose paso a paso, como si cada árbol del camino fuera cerrando la puerta a una vida un poco menos difícil.

Y entonces… sucedió otro giro del destino. Uno de esos pequeños accidentes que cambian la historia del mundo sin que nadie lo note en ese instante. ¿Recordáis el nombre de Valeria Kovacs? Espero que sí. Porque no deberíais olvidarlo. Ya que fue ella - al igual que Laia trece años después - quien, por error, por pura casualidad, tuvo contacto con la “Azulita”.

Antes de salir de la cabaña del viejo chamán, algo llamó la atención de Valeria. Fue un destello. Una pequeña luz azul que respiraba en la penumbra del interior como si tuviera vida propia. Al principio pensó que era un reflejo extraño del sol colándose entre las grietas de la madera, pero no. Aquella luz nacía de un pequeño frasco de vidrio apoyado sobre una desvencijada estantería, rodeado de hierbas secas, huesos de animales y pequeños amuletos tallados en piedra. El frasco brillaba. No de forma débil o tenue, sino con una intensidad casi irreal, como si contuviera dentro una diminuta llama azul. Valeria se detuvo. Los demás ya estaban saliendo. Las voces de Friedrich y Wilfredo se escuchaban fuera, amortiguadas por las paredes de madera y barro. Pero ella no los siguió. Algo en aquella luz la había atrapado.

Se acercó despacio. Paso a paso. Como una polilla atraída por una llama. Cuando llegó hasta la estantería, se quedó allí inmóvil, a escasos centímetros del frasco. Sus ojos se abrieron como platos mientras el resplandor azul bañaba su rostro. La luz parecía deslizarse por su piel, dibujando sombras extrañas en sus mejillas. Dentro del frasco, apretadas unas contra otras, había varias pequeñas setas. Delgadas. Frágiles. Sus sombreros emitían aquella luminiscencia imposible… La “Azulita”. Pero claro… Valeria no lo sabía. Para ella no era más que algo curioso. Algo bonito. Algo extraño que jamás había visto antes. Y de pronto sintió una necesidad absurda. La necesidad de llevarse una. Quizás un recuerdo. Quizás un souvenir extraño de aquella tierra sagrada que siempre había soñado visitar. Un pequeño trozo del Machu Picchu que podría enseñar después entre risas, cuando contara el viaje en alguna fiesta de Budapest o Viena. En realidad, no sabremos nunca exactamente por qué lo hizo. Tal vez fue la belleza. Tal vez la curiosidad. Tal vez uno de esos impulsos inexplicables que nacen sin permiso en la mente humana. Pero lo hizo.

Miró hacia atrás un instante. Las voces seguían lejos. Nadie estaba mirando. Entonces abrió el frasco con rapidez. Introdujo la mano desnuda dentro y tomó una de las pequeñas setas brillantes. La notó fría y húmeda entre los dedos. La sacó y la observó apenas un segundo. Y luego se la guardó en el bolsillo del pantalón. Cerró el frasco, y lo dejó exactamente donde estaba. Luego salió a toda prisa de la cabaña, intentando que su respiración volviera a la normalidad antes de reunirse de nuevo con Friedrich. Nadie dijo nada. Nadie vio nada. Pero en aquel pequeño gesto - ese hurto insignificante, casi infantil - el mundo acababa de inclinarse ligeramente hacia el desastre.

Volvieron al todoterreno sin decir demasiado. Wilfredo condujo por los caminos de tierra que serpenteaban entre las montañas hasta la pequeña pista donde descansaba el helicóptero alquilado por Friedrich. El motor del vehículo rugía entre los barrancos mientras el guía pensaba, con una mezcla de resignación y tristeza, en el dinero que se desvanecía igual que el polvo que levantaban las ruedas. No había habido milagro. No había habido demostración. Y el viejo chamán no había revelado nada.

Cuando llegaron a la pista, el helicóptero ya esperaba con las aspas girando, brillando bajo el sol de la tarde. El piloto saludó con un gesto seco. Friedrich subió primero, seguido por las dos mujeres. Wilfredo se quedó abajo. Durante un instante pensó en decir algo. En disculparse, quizás. Pero no lo hizo. Solo inclinó la cabeza. Seguía siendo igual de pobre que aquella mañana. Y el helicóptero se elevó. Las aspas comenzaron a girar con un rugido ensordecedor, levantando polvo, hojas secas y pequeñas piedras. En pocos segundos la aeronave se separó del suelo y empezó a ascender entre los pliegues verdes de la cordillera. Dentro, el ambiente era tranquilo. La otra mujer - la que ni siquiera merecía un nombre en la memoria de Friedrich - se servía una copa del pequeño minibar. Valeria estaba sentada junto a la ventanilla, mirando las montañas que se alejaban. Friedrich revisaba mensajes en su teléfono móvil.

Entonces fue cuando ocurrió. Al principio fue un pequeño temblor. Un espasmo en la mano de Valeria. Luego otro. Y de pronto su cuerpo entero se sacudió violentamente.
  • ¿Valeria? - dijo su compañera, confundida.
La mujer empezó a convulsionar en el asiento. Su espalda se arqueó de forma antinatural. Sus dedos se crisparon como garras. Un jadeo profundo escapó de su garganta.
  • ¡Joder! - gritó - ¡Está teniendo un ataque!
Pensó que era epilepsia. El piloto giró la cabeza un segundo, alarmado. Pero aquello no era epilepsia. “La Azulita” ya había comenzado su trabajo. Las esporas microscópicas que habían tocado la piel de Valeria en la cabaña del chamán se habían infiltrado por los poros, invisibles, silenciosas. Habían penetrado en su sangre como diminutos invasores luminosos. Ahora viajaban por su torrente sanguíneo. Multiplicándose. Colonizando. Las esporas se adherían a las paredes celulares, penetraban los tejidos, se extendían por los nervios como raíces microscópicas. Sus músculos se tensaron. Sus venas comenzaron a marcarse bajo la piel. Un leve brillo azulado empezó a dibujarse bajo la superficie de su carne, como si algo luminoso estuviera creciendo dentro de ella.
  • ¡¿Qué demonios le pasa?! - preguntó el piloto.
Valeria dejó escapar un alarido. No era un grito humano. Era algo más profundo. Algo primitivo. Su cuerpo se convulsionó otra vez, pero esta vez de forma distinta. Los espasmos se transformaron en algo… más lento. Más orgánico. Su respiración se volvió pesada. Sus pupilas se dilataron. Las esporas habían llegado al cerebro. Y entonces empezó la transformación. Su piel pareció tensarse. No como si se estuviera enfermando. Sino como si algo la estuviera reconstruyendo desde dentro. Los músculos se definieron con una precisión casi escultórica. Su cintura se estrechó mientras sus caderas adquirían una curva imposible. Sus pechos se elevaron, redondeándose con una perfección antinatural, como si cada célula estuviera obedeciendo un diseño oculto. Su rostro también cambió. Los pómulos se alzaron. La mandíbula se afinó. Sus labios se volvieron más llenos, más carnosos. Incluso su piel parecía ahora más lisa, más luminosa, como si una luz tenue viviera bajo ella.

La otra mujer retrocedió en el asiento, horrorizada.
  • ¡¿Qué… qué le está pasando…?!
Friedrich levantó lentamente la mirada de su teléfono. Sus ojos se fijaron en Valeria. Durante unos segundos no dijo nada. Solo observó. Las convulsiones cesaron. Valeria inhaló profundamente. Su cuerpo cayó hacia atrás en el asiento como si hubiera muerto… o terminado de nacer. Luego abrió los ojos. Y durante un instante muy breve, casi imperceptible, sus pupilas brillaron con un destello azul.

El helicóptero vibraba con violencia en el aire.
  • ¡Torre, torre, aquí Lima-charter siete! - gritaba el piloto por la radio, con la voz quebrada por la tensión -. ¡Tenemos una emergencia médica a bordo! ¡Repito, emergencia médica! ¡Solicito permiso inmediato para aterrizaje prioritario!
El rotor golpeaba el aire con un estruendo metálico mientras la aeronave descendía ligeramente entre las montañas. Dentro, el caos absoluto. La otra prostituta se había pegado contra la pared del helicóptero, encogida, temblando como un animal asustado. Sus ojos no podían apartarse del cuerpo de Valeria, pero al mismo tiempo parecía incapaz de mirarlo demasiado tiempo seguido.
  • ¿Qué… qué le ha pasado? - susurraba con voz rota -. ¿Qué demonios le ha pasado…?
Porque lo que yacía en el asiento ya no parecía del todo la misma mujer. Valeria respiraba con lentitud. Su pecho subía y bajaba con una cadencia profunda mientras su cuerpo, ahora inmóvil, parecía esculpido por una mano obscena. Las curvas que antes eran atractivas ahora rozaban lo irreal: caderas más amplias, cintura estrecha, una armonía física exagerada, casi hipnótica. Era como si cada proporción hubiera sido ajustada milimétricamente para maximizar la belleza. Para maximizar el deseo. Su piel tenía una tersura imposible, como porcelana viva, y el tenue resplandor azulado bajo la superficie parecía latir con cada respiración.

La otra mujer no pudo soportarlo más y apartó la mirada. Pero hubo alguien que no lo hizo.
Friedrich Müller observaba. En silencio. Sin miedo. Sin compasión. Sin sorpresa real.

Sus ojos recorrían lentamente el cuerpo de Valeria, analizándolo con una frialdad casi clínica. Desde la curva de sus pechos hasta las líneas perfectas de sus muslos. Durante un segundo su mente reaccionó como reaccionaría cualquier hombre: instinto, deseo. Su respiración se volvió más pesada. Aquella mujer - si aún podía llamarse así - irradiaba una sensualidad casi insoportable. Una feminidad amplificada hasta un extremo antinatural, como si su propio cuerpo hubiera sido diseñado para provocar deseo.

Pero entonces ocurrió algo más. Algo mucho más importante para un hombre como él. Otra luz se encendió en su cerebro. No era la luz del deseo. Era la luz del negocio. Sus ojos se estrecharon ligeramente. Porque Friedrich Müller no veía personas. Veía oportunidades. Y lo que estaba contemplando en aquel asiento no era un milagro ni una maldición. Era un producto.

Su mente empezó a trabajar a toda velocidad: Belleza, juventud, perfección física, industria cosmética, cirugía estética, tratamientos antiedad. Su cerebro repasó cifras con la misma naturalidad con la que otros hombres respiran. “Billones” La obsesión humana más antigua después del sexo y el poder: la eterna juventud. Las personas gastaban fortunas intentando parecer más jóvenes, más bellas, más deseables. Cremas, tratamientos, bisturís, inyecciones, suplementos milagrosos. Y allí, frente a él, en el asiento de un helicóptero temblando sobre los Andes… Había ocurrido algo que ninguna de esas industrias había conseguido jamás. Una transformación real. Orgánica. Celular. Perfecta. Friedrich no sabía aún cómo había sucedido. Ni qué sustancia lo había provocado. Ni de dónde venía. Pero una cosa estaba completamente clara para él. Si aquello podía reproducirse… Si podía controlarse… El mundo entero estaría dispuesto a pagar por ello.

La otra mujer seguía temblando en silencio. El piloto seguía gritando a la torre de control. El helicóptero seguía descendiendo hacia Cusco. Y en medio de todo aquel caos, Friedrich Müller sonrió. No era una sonrisa de alivio. Ni de preocupación. Era la sonrisa de un depredador que acaba de descubrir una mina de oro enterrada bajo sus pies.

Así fue como empezó todo. Así nació el monstruo que más tarde pondría precio a nuestras cabezas. Y ahora seguramente os estaréis preguntando algo. Una pregunta bastante razonable, de hecho. “Nico… - diréis - ¿y tú cómo demonios sabes todo esto?”

Bueno… Esa respuesta la dejaremos para otro capítulo.
Después de todo… ¿no es así como se cuentan las buenas historias?

Como el Yodo, siendo el vapor violeta que asfixia la calma y la cicatriz necesaria para que el alma no olvide su fuerza. Esta historia continuará…
 
Por fortuna, lo que sabemos es que Nico, Raquel, Gabi, Sofía y Lena, al menos estos, siguen bien actualmente y yo confío que salvo Gustavo los demás también.
La putada es que dicho que siguen muchos vivos, y empieza a quemarme la mano. Necesito matar a alguien, jajaja. Revisaré los interludios, a ver si me he dejado a alguien y lo mataré. :ROFLMAO: Y si no, siempre puedo editar algún capitulo, jajajajaja
 
Capítulo 54. Xenón - E(Xe)nto de máscaras

El Xenón (Xe) ocupa el quincuagésimo cuarto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del Xenón (Xe) con la idea de estar exento de máscaras, nos encontramos con el elemento de la transparencia absoluta. El xenón es el "extraño" - del griego xenos -, no porque se esconda, sino porque su naturaleza es tan pura que resulta ajena a un mundo humano construido sobre el disfraz y el compromiso químico.

El Xenón y la Verdad Desnuda: La Química de la Transparencia Total

1. El Gas Noble y el Aislamiento de la Sinceridad

Como gas noble, el xenón tiene su última capa de electrones completa. No necesita robar, ni compartir, ni mentir para sentirse estable. Estar exento de máscaras es alcanzar el estado del xenón. Es ser un "noble" en un mundo de reactivos. Cuando eres cien por cien sincero, dejas de buscar la validación en los demás - no formas enlaces por necesidad -. Esa autosuficiencia asusta a la sociedad porque no puedes ser manipulado por la química del "qué dirán". La sinceridad total es la nobleza de no necesitar nada de nadie para ser uno mismo.

2. La Lámpara de Alta Intensidad (El Flash de la Verdad)
El xenón se utiliza en los flashes de las cámaras y en las luces de los quirófanos porque emite una luz blanca intensísima que revela cada detalle, cada poro y cada imperfección. Abrirse al cien por cien es encender un flash de xenón sobre tu propia vida. No hay sombras donde esconder lo malo, ni filtros para suavizar lo bueno. Es una luz que ciega al que prefiere vivir en la penumbra de la hipocresía. Ser sincero es decir: "Aquí estoy, bajo esta luz blanca de hospital; mira mis cicatrices y mi gloria, porque no voy a apagar la lámpara para que te sientas cómodo".

3. El Anestésico Perfecto
El xenón es uno de los pocos gases que puede usarse como anestésico general. Es ideal porque no es tóxico, no se metaboliza y el paciente se recupera rápidamente sin "resacas" químicas. Hay una paz anestésica en la honestidad brutal. Cuando dejas de mentir, o de ocultar la verdad, el dolor de fingir desaparece. La verdad total es un sedante para la ansiedad del ego. Al ser como el xenón, entras en un estado de calma donde ya no hay lucha interna; te duermes en tu verdad y despiertas en tu verdad, sin los residuos venenosos que dejan las pequeñas mentiras piadosas en el organismo.

4. Los Compuestos Imposibles (La Apertura Forzada)
Durante décadas se creyó que el xenón era incapaz de reaccionar. Sin embargo, bajo condiciones extremas de presión o con elementos muy agresivos - como el flúor -, el xenón cede y forma cristales. Incluso el alma más cerrada y "noble" tiene un punto de quiebre. Abrirse al completo es aceptar que, bajo la presión adecuada de la vida o el fuego de un amor salvaje, tus barreras caerán. El xenón nos enseña que la sinceridad no es ser un bloque de hielo, sino ser capaz de formar estructuras hermosas y transparentes cuando el mundo te obliga a reaccionar. Es la vulnerabilidad del que se sabe invulnerable.

5. El Escudo de Propulsión Espacial (Motores de Iones)
El xenón se usa como combustible en los motores iónicos de las sondas que viajan al espacio profundo. Es el elemento que nos permite salir de la órbita terrestre. La máscara es el lastre que nos mantiene pegados al suelo de lo humano y lo artificial. La sinceridad total es el impulso iónico: es lo que nos permite viajar a lugares donde nadie más llega. Solo el que está exento de máscaras tiene la ligereza necesaria para abandonar la atmósfera del error humano y navegar por el vacío de la verdad natural.

Conclusión: El Xenón es el testigo mudo. Es el elemento que no se mancha porque ya es luz en sí mismo. Nos enseña que ser sincero no es un acto de agresión, sino un acto de iluminación. El xenón nos invita a ser el flash que revela la realidad, recordándonos que solo cuando dejas de reaccionar como los demás esperan que hagas, empiezas a brillar con tu propia frecuencia.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


La noche cayó sobre las montañas como una manta pesada. A las afueras de Cusco, lejos de las luces de la ciudad y de cualquier carretera principal, el grupo había improvisado un pequeño campamento en un claro irregular entre arbustos secos y rocas antiguas. No era un lugar pensado para descansar. Era un lugar pensado para desaparecer durante unas horas. Después de todo lo ocurrido, nadie tenía fuerzas para seguir, ni buscar nada más cómodo.

La hoguera ardía en el centro. Las llamas crepitaban con un sonido seco, devorando ramas torcidas y trozos de madera que habían recogido al caer la tarde. La luz anaranjada iluminaba los rostros cansados, dibujando sombras profundas bajo los ojos de todos. Parecían fantasmas y no era extraño. La noche anterior apenas habían dormido. Después habían conducido durante horas interminables por carreteras de montaña, caminos de tierra y senderos que ni siquiera aparecían en los mapas, huyendo del mundo. El volante había pasado de unas manos a otras mientras el cansancio se acumulaba como plomo en los párpados. Y en medio de todo aquello… La transformación de Raquel. Nadie lo decía en voz alta, pero el recuerdo seguía allí. Las tripas. La sangre. Los gritos. Aquella escena aún flotaba en el aire, invisible pero presente, como el olor metálico que a veces parecía regresar cuando nadie hablaba durante demasiado tiempo.

Los tres coches estaban aparcados formando una especie de semicírculo alrededor del fuego. No era casualidad. Era instinto. Los vehículos servían como muro improvisado, como cobertura si alguien aparecía desde la carretera o desde la oscuridad del valle. Las puertas abiertas dejaban ver mochilas, mantas, cajas de suministros y alguna que otra arma apoyada en los asientos. Las armas estaban siempre cerca. Demasiado cerca para que aquello pudiera confundirse con un simple campamento de excursionistas. Uno de los rifles descansaba apoyado contra una rueda. Una pistola estaba sobre una mochila, al alcance de una mano. Nadie confiaba en que la noche fuera tranquila y por ese motivo, las guardias ya estaban organizadas. Dos personas permanecerían despiertas mientras los demás intentaban dormir un poco. Luego habría relevo. Después otro. Nadie lo había discutido demasiado; aquel tipo de decisiones se tomaban casi automáticamente cuando sabías que alguien podía estar buscándote.

El fuego lanzaba chispas hacia el cielo. Sobre ellos se extendía un firmamento brutalmente limpio. En la altura de los Andes las estrellas parecían más cercanas, más frías, como si observaran en silencio a los pequeños seres humanos que se calentaban alrededor de una hoguera robada a la noche. El viento arrastraba el olor de la tierra seca y de la hierba aplastada. De vez en cuando algún insecto atravesaba el círculo de luz, zumbando un segundo antes de perderse otra vez en la oscuridad.

Nadie hablaba demasiado. Algunos miraban el fuego. Otros limpiaban sus armas con gestos lentos y automáticos. Otros simplemente se sentaban en silencio, intentando convencer al cuerpo de que descansara aunque la mente siguiera corriendo a toda velocidad. Era un campamento de fugitivos. Y los fugitivos duermen de una manera muy particular. Nunca del todo. Siempre con el oído atento, siempre con un ojo abierto. Siempre con la sensación de que, en cualquier momento, el sonido de un motor lejano o el crujido de una rama en la oscuridad podría significar que la calma había terminado.

Lena volvió de la ranchera, después de comprobar el estado de Raquel. Lo hizo con pasos lentos y medidos, como quien teme despertar los secretos que acechan entre las sombras del bosque. Se dejó caer al lado de Nico, apoyando su hombro contra el suyo. Él, aún sosteniendo a Laia entre sus brazos mientras dormía, giró el rostro hacia ella, observándola en silencio. Parecía otra mujer, como si hubiera envejecido diez años en tan solo cuarenta y ocho horas.
  • ¿Cómo está? - preguntó en un susurro.
  • Ha vuelto completamente a su estado original - respondió Lena -. Sigue durmiendo, parece que todo va bien.
Al hablar, se llevó una mano al abdomen y frunció el ceño, la herida del disparo aún presente. La carne sanaba, lenta y dolorosamente, como si quisiera recordarle que nada de esto sería fácil; un recordatorio constante de la vida que ahora llevaba, de lo que había dejado atrás y de lo que aún estaba por enfrentar.
  • ¿Te duele? - preguntó Nico, preocupado.
  • No es nada, no te preocupes - sonrió Lena, desviando la mirada hacia Carol, que contemplaba el fuego en silencio -. Tengo a la mejor enfermera del mundo.
Nico siguió su mirada y también sonrió. No hacía falta ser demasiado observador para notar que entre Lena y Carol estaba surgiendo algo más profundo que una amistad, algo hecho de cuidado, complicidad y silencios compartidos bajo aquel cielo de futuro incierto. Justo entonces, Laia murmuró algo en sueños, inquieta. Nico la abrazó con más fuerza, presionándola contra su pecho, ofreciendo calor y estabilidad mientras todo alrededor parecía desmoronarse. Lena lo observó, con bondad y una sonrisa amplia, luminosa. No lo conocía demasiado, pero lo apreciaba. Se alegraba por él, por haber encontrado el amor incluso en la peor de las circunstancias. El fuego crepitaba entre ellos, y la noche, con su frío cortante y su silencio imponente, parecía darles permiso para sentirse vivos, para tocar por un instante la normalidad que les había sido arrebatada.

Gustavo, incapaz de dormir, se dedicaba a lanzar pequeñas piedrecitas al fuego, observando cómo chisporroteaban antes de desaparecer entre las brasas. Llevaba todo el día dándole vueltas a una idea, una que no conseguía quitarse de la cabeza.
  • Doctora… - dijo finalmente, pensativo -. ¿Puedo hacerte una pregunta?
  • Sí, por supuesto - sonrió Lena, acercando las manos al fuego para calentarlas -. Dime.
  • Verás… llevo un buen rato pensando en una cosa.
Fani no pudo evitar reírse. Siempre se lo permitía, incluso en aquel infierno en el que se había convertido su vida. Tampoco conocía demasiado a Gustavo, pero ya había aprendido que cuando aquel hombre se ponía a pensar demasiado… rara vez traía algo bueno.
  • ¿De qué te ríes, si se puede saber? - preguntó él con una sonrisa cansada.
  • De nada, grandullón - respondió ella, dándole un pequeño codazo en las costillas -. Venga… dispara.
Gustavo seleccionó otra piedrecita del suelo y la arrojó a la hoguera.
  • A ver… sé perfectamente que no tienes una respuesta clara a lo que voy a preguntarte, pero me gustaría conocer tu opinión personal.
  • Está bien - asintió Lena.
Gustavo miró el fuego unos segundos antes de hablar.
  • ¿Por qué crees que la “Azulita” nos afecta a cada uno de forma diferente?
Lena no respondió de inmediato. Necesitaba pensar su respuesta. Él interpretó aquel silencio como una invitación a seguir desarrollando su idea.
  • Es más… incluso parece que esté evolucionando.
  • ¿Por qué dices eso? - preguntó Nico con curiosidad.
  • Es evidente, ¿no? - replicó Gustavo -. Al principio solo nos convertía en monstruos del fornicio. Pero desde lo que pasó con la madre de Laia… empezasteis a comportaros cada vez más como animales. Primero Sofi y Gabi con aquellos impulsos irreprimibles, luego tú, Nico, que diste el siguiente paso a nivel… a nivel… ¿cómo cojones se dice?
  • ¿Cognitivo? - apuntó Carol uniéndose a la conversación.
  • Eso, cognitivo… - asintió Gustavo -. Y ahora Raquel… que ya ni siquiera se comporta como un animal: directamente se ha convertido en uno.
Nico y Lena se miraron en silencio, intentando encontrar una explicación que en realidad no tenían.
  • ¿No os da la sensación - continuó Gustavo - de que cuanto más la consumimos… más nos cambia?
Nico negó lentamente con la cabeza.
  • No es exactamente así - dijo -. Yo solo he tenido contacto una vez con la “Azulita” y me afectó de forma totalmente distinta a Laia. Así que los cambios, ya sean cognitivos o físicos, no parecen depender de la cantidad consumida.
Se inclinó un poco hacia delante, bajando la voz para no despertar a Laia.
  • Piénsalo compañero. Laia ha tenido dos contactos, y los dos fueron exactamente iguales: hiperfeminidad, instinto sexual super desarrollado… Raquel también ha tenido dos, y en cambio, los resultados han sido completamente distintos.
Gustavo frunció el ceño, intentando ordenar sus pensamientos.
  • Pero… - murmuró - ¿y si no nos estuviera afectando solo como individuos?
Todos los presentes que seguían despiertos, lo miraron.
  • ¿A qué te refieres? - preguntó Lena.
Gustavo lanzó otra piedrecita al fuego.
  • ¿Y si nos estuviera afectando como grupo?
  • ¿Como grupo? - repitió Fani.
  • Sí… - asintió él lentamente -. Como si estuviera evolucionando sin tener en cuenta el cuerpo en el que habita, sino a todos en global, al mismo tiempo.
  • ¿Sugieres que la “Azulita” se comunica y aprende entre cuerpos? - preguntó Nico.
  • Algo así, si…
Lena frunció el ceño, pensativa. Durante unos segundos no dijo nada. Solo observó el fuego mientras las llamas lamían las piedras negras del improvisado hogar.
  • Eso… científicamente… no tiene demasiado sentido - dijo al fin.
Gustavo alzó una ceja.
  • ¿No funciona así la evolución, doctora?
Lena recogió una pequeña rama del suelo y empezó a dibujar líneas distraídas en la tierra.
  • Si, es correcto… Pero para que algo evolucione necesita varias generaciones, necesita reproducción entre la misma especie, traspasando lentamente mutaciones genéticas que pasan de padres a hijos. Entiendo lo que dices, Gustavo. Estás hablando de la selección natural. Pero ese proceso es lento, muy lento…
Nico levantó la vista hacia ella.
  • Hay excepciones - dijo con calma. Las bacterias por ejemplo pueden evolucionar en horas porque se dividen constantemente. Los virus también porque se replican miles de veces dentro de un organismo…
  • I know Nico - sonrió Lena - Pero no encontramos bacterias en la “Azulita”, ni tampoco virus…
  • Ya… eso es cierto.
Lena hizo un pequeño gesto con el palo hacia Gustavo.
  • No podemos hablar de evolución, o sí vaya, podemos hacerlo por supuesto… Pero no está demostrado…
  • Ni descartado - añadió Nico divertido.
  • Así es… - contestó la doctora rápidamente - Pero por el momento solo tenemos una cosa segura: el mismo organismo interactuando de forma distinta en cuerpos distintos.
Nico asintió lentamente, volviendo la mirada hacía Gustavo.
  • Para que lo entiendas… es como plantar la misma semilla en tierras diferentes.
  • Exacto - dijo Lena -. De momento la explicación más plausible, lo más evidente… es que el resultado cambia porque el terreno cambia. Nuestra genética es distinta - puntualizó con el palo - Nuestro sistema hormonal es distinto. Nuestro cerebro es distinto. Incluso el microbioma de cada cuerpo es diferente.
Se le escapó el palo de la mano y lo recogió del suelo.
  • Cada uno de nosotros es un ecosistema completamente distinto. Así que la “Azulita” no necesita evolucionar para producir efectos distintos. Basta con que interactúe con un huésped diferente.
Gustavo lanzó otra piedrecita al fuego.
  • Pero eso no explica lo de Raquel…
El chisporroteo de la hoguera llenó el silencio que siguió.
  • Ni lo de Nico - añadió Carol en voz baja.
  • Ni lo de Sofi y Gabi… - se unió Fani.
Lena suspiró.
  • No. No lo explica - miró las llamas otra vez -. Lo único que hemos “medio” descubierto, es que la “Azulita” actúa como un catalizador biológico. Algo que amplifica rasgos que ya están en el cuerpo o en la mente del huésped.
Gustavo la miró profundamente, sin parpadear.
  • ¿Como si desbloqueara algo que ya estaba ahí?
  • Algo así, sí… Podríamos decirlo de ese modo.
  • No lo sé… - murmuró, lanzando otra piedra a la hoguera -. Hay algo que no me encaja.
  • ¡¿El qué no encaja?!
La voz irrumpió de golpe desde la oscuridad. Todos se tensaron al instante. Fue un reflejo puro, casi animal. Varias manos se movieron sin pensar, buscando las armas que descansaban cerca: Carol agarró la pistola que tenía a su lado, Nico giró ligeramente el cuerpo protegiendo a Laia mientras levantaba la cabeza hacia las sombras, y Fani incluso dejó de respirar durante un segundo. Entonces la silueta de Gabi apareció entre los árboles. Gustavo negó con la cabeza al reconocerlo. Carol bajó el arma despacio, aunque no la devolvió del todo a su sitio. La dejó apoyada cerca de su rodilla, por si acaso. Nico hizo un gesto con la cabeza hacia Gabi, señalando a Laia que dormía entre sus brazos.
  • Baja la voz, joder… - susurró.
  • Perdón… perdón - sonrió Gabi, acercándose al círculo de luz con una sonrisa de oreja a oreja.
Sofi apareció detrás de él y se sentó a su lado con exactamente la misma sonrisa.
  • ¿Dónde os habíais metido? - preguntó Fani -. Empezábamos a preocuparnos.
  • Cerrando un asuntito - rió Sofi maliciosamente -. Luego te cuento, churri.
Gabi sacó un cigarro, lo encendió y aspiró profundamente. El extremo rojo brilló en la oscuridad mientras alzaba la cabeza para expulsar el humo hacia el cielo negro. Gustavo lo observaba fijamente. Había algo en aquella calma que le irritaba profundamente. Aquella actitud tranquila, despreocupada… como el típico listillo en una partida de póker que ya sabe que va a ganar porqué tiene todas las cartas marcadas.
  • ¿De qué hablabais? - preguntó Sofi, acercándose más al fuego.
  • Sobre la “Azulita” - respondió Lena.
Gabi soltó una pequeña carcajada.
  • ¡Ahora entiendo que no te encajara nada!
Gustavo lanzó otra piedra al fuego. Esta vez con más fuerza. Las brasas saltaron, dispersándose en pequeñas chispas anaranjadas que se elevaron un instante antes de desaparecer en la noche.
  • Oye, chaval… - dijo sin apartar la mirada de él -. Dime una cosa.
Gabi arqueó una ceja.
  • ¿Sí?
  • ¿Por qué cojones todo esto te parece tan divertido?
El humo del cigarro salió lentamente de su boca.
  • ¿Divertido? Creo que te equivocas, amigo.
  • No, no me equivoco - replicó Gustavo -. Vas por ahí como si supieras cosas que los demás no sabemos. Con esa tranquilidad de mierda que me pone de los nervios…
  • Siento si te ofende mi forma de ser.
  • No es tu forma de ser, chaval. Tú no eras así. Has cambiado.
Sofi levantó una mano, intentando calmar el ambiente.
  • Todos hemos cambiado, Gustavo - dijo -. Déjalo en paz… Gabi no hace daño a nadie.
Gustavo soltó una risa seca.
  • Pues a mí sí me hace daño, Sofi. Porque me toca los cojones que todos estemos pensando en cómo sobrevivir… para que el tonto de las pelotas de tu novio se paseé por ahí como si estuviera de vacaciones.
Gabi dio otra calada al cigarro.
  • ¿Tonto de las pelotas, en serio? ¿Solo se te ocurre eso?
  • Se me ocurren mil insultos más - replicó Gustavo agresivamente - Si quieres te los digo.
  • No hace falta… Pero me puedes decir ¿por qué estás tan mosqueado conmigo?
  • ¡Ya te lo he dicho, chaval! Estamos todos al límite y tu actitud de “me la resbala todo”, me pone de los nervios.
  • Así que crees que me da todo igual…
  • ¡Es lo que demuestra tu actitud, joder! Desde que llegamos a este puto país de mierda, te comportas como si fueras una especie de sabio erudito.
  • ¿Sabio erudito? - Gabi alzó una ceja, divertido.
A cada contestación que daba con aquel tono tranquilo y relajado, era como si añadiera más leña al fuego. Gustavo se iba encendiendo, poniéndose más rojo, más agresivo.
  • Primero lo de fumarte el porro en tu turno de guardia, luego que nos arrastres a todos hasta aquí sin saber que coño estas haciendo, luego lo de comportarte como monos cuando Raquel estaba transformada…
  • ¿Funcionó o no? - preguntó Gabi, cortándolo.
  • ¡Fue suerte, Gabriel! - le gritó irritado - ¡No tenías ni puta idea de lo que estabas haciendo!
  • Siento repetirme - dijo con calma -. Pero creo que te equivocas otra vez.
Gustavo se levantó de golpe. La calma de Gabi le ofendía demasiado. Su repentino impulso hizo tambalear las llamas de la hoguera.
  • ¡Escucha, imbécil! - exclamó furioso.
Pero Gabi también se puso en pie. Estaba ya harto de que se pusiera en duda a cada instante, todo lo que decía o hacía. El cigarro cayó al suelo y lo aplastó con la bota sin apartar la mirada.
  • ¡NO! ¡Escúchame tú, hostias!
El fuego quedó entre los dos. Las llamas se alzaban justo en medio, proyectando sombras temblorosas sobre sus rostros tensos. El aire parecía cargado de electricidad, como si aquella hoguera ya no estuviera hecha solo de madera y brasas, sino también de rabia acumulada.
  • No grites, Gabi, joder - susurró Nico.
  • ¡Sí, sí grito, porque estoy hasta los huevos! - Gabi se giró hacia Gustavo señalándolo con el dedo -. Llevas todo el puto día burlándote de mí, de las decisiones que tomo, de mi plan. ¡Y ya está bien!
  • ¡¿Qué plan, chaval?! - escupió Gustavo, dando medio paso hacia el fuego -. ¡¿Seguir a un anciano que viste durante un “mal viaje”?! ¡¿Ese es tu fantástico plan?!
Las brasas crujieron entre ellos.
  • ¡¿Y si lo es, qué cojones pasa?! - replicó Gabi, inclinándose ligeramente hacia delante.
  • ¡Pues que es una mierda de plan!
Durante un instante el fuego crepitó más fuerte, como si la tensión misma alimentara las llamas.
  • ¡Háztelo mirar entonces! - dijo Gabi con los dientes apretados -. ¡Pues esa mierda de plan es el único que tienes!
Gustavo avanzó otro paso.
  • ¡¿Desde cuando eres el jefe?!
  • ¡¿Pero que coño dices de jefe?!
  • ¡Digo que tu no decides nada! ¡Lo llevas claro si crees que voy a seguirte, gilipollas!
Gabi se inclinó hacia él, con la mirada ardiendo tanto como las brasas que los separaban.
  • ¡Pues no lo hagas, subnormal! ¡Me importa una mierda si vienes o no!
Hizo una pequeña pausa. El pulso le martilleaba en las sienes, los puños se le habían cerrado con tanta fuerza que los nudillos se habían puesto blancos. La furia le encendía los ojos como las propias brasas del fuego. Lo que dijo a continuación no lo pensaba realmente. Solo quería herir. Solo quería ganar aquella discusión absurda que había estallado en mitad de la noche. Y aunque más tarde se arrepentiría de cada palabra… en ese momento no pudo detenerse. Al fin y al cabo, Gabi estaba como todos los demás: agotado, huyendo, intentando procesar las últimas cuarenta y ocho horas de locura, sangre y horror.
  • ¡¿Crees que le importas a alguien?! - gritó a pleno pulmón -. ¡No pintas nada aquí! ¡Así que si quieres irte, vete! ¡Vuelve a tu jodido piso en Madrid y a tu puta vida de mierda!
Gabi, fuera de sí, siguió hablando, escupiendo palabras como cuchillos, descargando todo el peso que llevaba en el pecho contra él. La rabia, el miedo, el cansancio… todo salía mezclado en una tormenta de insultos. Sofi y Fani se levantaron al instante.
  • ¡Eh, eh! ¡Ya está, Gabi! - dijo Sofi, intentando agarrarlo del brazo.
  • ¡Cierra la boca, joder! - añadió Fani, tratando de tapársela con una mano.
Pero él seguía forcejeando, intentando soltarse, todavía maldiciendo. Gustavo, sin embargo, ya no escuchaba nada de aquello. Solo se había quedado con una frase. Una sola. “¿Crees que le importas a alguien?” Eso fue lo que le atravesó de verdad. Eso fue lo que le dolió. Pero no respondió. Ni siquiera lo miró. Simplemente se giró, despacio, dándoles la espalda, y empezó a alejarse del círculo de luz de la hoguera. Su figura se fue perdiendo poco a poco en la oscuridad del bosque, cada paso más silencioso que el anterior.

Detrás de él, el campamento quedó en un silencio incómodo. Gabi ya se había callado. La furia se había evaporado de golpe, reemplazada por algo mucho peor. Se había dado cuenta al instante del error que había cometido.
  • ¡Joder! - gritó, dando una patada brutal a su mochila- . ¡Me cago en Dios!
Fani dio un paso hacia la oscuridad.
  • Voy a hablar con él.
  • ¡No! - exclamó Gabi inmediatamente.
Todos lo miraron.
  • ¡Voy yo!
Sofi le puso una mano en la espalda, con cuidado.
  • No sé si es buena idea, cariño. Quizá…
Gabi negó con la cabeza, pasándose una mano por el pelo con frustración.
  • ¡Que voy yo, y ya está, coño! ¡Yo la he cagado… yo lo arreglo!
Se quedó un segundo más mirando hacia la oscuridad por donde había desaparecido Gustavo.
  • ¡Ahora vuelvo! - Y salió tras él, siguiendo la dirección por la que se había marchado.
Durante unos largos minutos nadie dijo nada. Solo se oía el crepitar del fuego y el viento leve que corría entre los árboles. Todos miraban hacia la oscuridad por la que habían desaparecido Gustavo y Gabi, como si esperaran que volvieran a aparecer de un momento a otro. Pero no lo hicieron. Aquel estallido de rabia había sido tan repentino que ni siquiera ellos mismos parecían entenderlo del todo. Sin embargo, si uno se detenía a pensarlo un momento… quizá no era tan extraño.

Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido una trituradora emocional. Habían visto cosas que ningún ser humano debería ver. Sangre, intestinos, cuerpos desgarrados. Transformaciones imposibles, Raquel perdiendo el control de su propio cuerpo. Habían huido, conducido durante horas sin dormir, tomado decisiones que normalmente necesitarían semanas de reflexión… y lo habían hecho en cuestión de minutos.

El cerebro humano no está diseñado para soportar tanto. Así que la presión se acumula, como vapor dentro de una olla cerrada. Y a veces basta una frase mal elegida, una mirada equivocada o una sospecha mal colocada para que la válvula salte por los aires. Gustavo llevaba todo el día tragándose sus dudas. Dudaba del plan, dudaba de Gabi, dudaba de todo aquello que ya no tenía ninguna lógica. Y Gabi… él cargaba con algo distinto. La presión de ser el que tenía una dirección. El que decía hacia dónde ir cuando nadie más tenía una respuesta. El que fingía seguridad aunque por dentro estuviera tan perdido como los demás.

Dos hombres agotados. Dos formas distintas de miedo. Y cuando el miedo se mezcla con el cansancio, la culpa y la incertidumbre… lo que suele salir no es razón. Es rabia. Por eso la discusión había explotado como lo hizo. No porque se odiaran. Sino porque ambos estaban demasiado cansados para seguir fingiendo que todo iba bien.

Cuando Gabi encontró a Gustavo… lo encontró llorando. Y sí, se quedó paralizado. Podía imaginárselo de mil maneras, en mil y una situaciones distintas. La mayoría, por supuesto, obscenas, extravagantes, ridículas o directamente bizarras. Pero jamás… Jamás de los jamases se habría imaginado verlo así.

Había compartido mucho con aquel hombre. Más de lo que seguramente ambos admitirían jamás en voz alta. Situaciones morbosas, absurdas, incluso vergonzosas que en otro contexto jamás contarían delante de nadie. Y aunque entre ellos había nacido una cercanía extraña, una complicidad tosca y masculina, Gabi se dio cuenta en ese momento de que no tenía ni la menor idea de cómo reaccionar. Porque Gustavo no lloraba como lo hace alguien que busca consuelo. No levantaba la voz, ni sollozaba dramáticamente. Estaba sentado en una roca, con los codos apoyados en las rodillas, el cuerpo encorvado hacia delante. Sus enormes manos cubrían parte del rostro, pero no lo suficiente como para ocultar el brillo húmedo que resbalaba por sus mejillas. Las lágrimas caían con solemnidad. Lentas. Pesadas. Aquello resultaba casi antinatural. Gustavo era un tipo grande. De esos que parecen tallados en piedra. Hombros anchos, manos como palas, voz grave… el tipo de hombre al que uno imaginaría rompiendo puertas, levantando muebles o metiéndose en una pelea de bar. Fuerte. Bruto. Casi animal. Y sin embargo, allí estaba.
Encogido sobre sí mismo en mitad de la noche, con la espalda temblando ligeramente mientras intentaba respirar sin que se le escapara otro sollozo. Como si todo el peso de aquellas últimas horas - la huida, el miedo, la incertidumbre, las palabras de Gabi - hubieran encontrado por fin una grieta por la que romperse. Y Gabi, que siempre tenía una respuesta para todo… por primera vez en mucho tiempo, no tenía ni puta idea de qué decir.
  • ¡Vete! - gritó Gustavo al notar su presencia -. ¡Necesito estar solo!
Ni siquiera lo miró al decirlo. Al contrario: se cubrió más el rostro con las manos, como si le avergonzara que alguien lo viera llorar. Gabi podría haberse dado la vuelta y marcharse. Pero no lo hizo. Avanzó despacio entre las sombras y, sin pedir permiso, se sentó a su lado en la roca.
  • Anda… hazme sitio.
  • ¡Que te vayas, joder!
Gustavo lo empujó con fuerza, sin miramientos. Un empujón seco, de los que no dejan dudas.vEra un hombre de los de antes. De los que lloran en silencio, en la oscuridad, lejos de miradas ajenas. De los que se meten el dolor en la boca, lo mastican despacio saboreando su amargor, y después de tragarlo siguen caminando como si nada hubiera pasado. No necesitaba compañía. Solo un momento a solas. Un rincón apartado del bosque nocturno donde poder sentirlo todo sin máscaras.

Gabi no dijo nada mientras volvía a sentarse en la roca. Simplemente sacó su cajetilla de tabaco, se llevó un cigarro a la boca y, antes de guardarla, la dejó abierta frente a él, ofreciéndole uno sin palabras. Gustavo tardó unos segundos en reaccionar. Luego, con un gruñido cansado, cogió uno. Gabi acercó el mechero a su boca. Primero encendió el suyo, después el de su compañero. Y se quedaron allí. Fumando en silencio. Durante un buen rato ninguno dijo nada. Solo el sonido suave de las caladas, el crujido lejano de los árboles y la noche extendiéndose sobre ellos como un manto oscura. Y poco a poco, las lágrimas dejaron de caer.
  • Siento lo que te dije antes… de verdad - empezó Gabi finalmente, sin apartar la mirada del firmamento -. No pienso esas cosas que te dije. A mí me importas, Gustavo… y doy gracias porque estés aquí.
Exhaló el humo despacio.
  • Es solo que esta mierda… - apretó los dientes - esta mierda de vida que llevamos ahora… ¡Joder! me supera, colega.
Gustavo no respondió, se limitó a seguir fumando.
  • Y lo sé… Sé que puede parecerte una locura - continuó Gabi -. Que no entiendas por qué estoy tan seguro de que encontraremos respuestas en la cabaña de ese anciano… Hasta yo mismo me pregunto cada cinco minutos si todo esto no es más que una ida de olla monumental.
Sonrió para sí mismo, dándole una calada larga al cigarro. Los dos miraban las estrellas.
  • Pero necesito que confíes en mí… solo esta vez, colega. Y si no sale bien… te juro que aceptaré las consecuencias.
Gustavo tardó un rato en contestar.
  • Sé sincero conmigo, chaval… - dijo al fin, girando la cabeza hacia él -. ¿Crees realmente en eso que viste… o solo haces todo esto para que todos estemos más tranquilos?
  • ¿Crees que lo hago para tranquilizarlos? - Gabi lo miró también.
  • No me contestes con más preguntas, joder… - resopló - sabes que me pone de los nervios.
  • Está bien, está bien… - sonrió Gabi acomodándose un poco en la roca -. No lo hago para tranquilizar a nadie, te lo prometo. Creo realmente en que este es el camino a seguir. Pero… si quieres sinceridad, seré sincero contigo: No tengo absolutamente ninguna certeza de que todo esto vaya a salir bien.
Gustavo terminó de secarse las lágrimas con el dorso de la mano.
  • Eso ya lo sabía, idiota.
Gabi soltó una pequeña risa.
  • Pero… tengo fe.
Gustavo no pudo evitar soltar una carcajada rota, todavía con la voz temblorosa.
  • Ahora el pajero pervertido se ha vuelto monaguillo… vamos, no me jodas.
  • No esa fe, imbécil - rió Gabi, volviendo a levantar la mirada hacia el cielo -. No sé cómo explicarlo con palabras, pero siento que… - se quedó pensativo unos segundos - …que algo nos está empujando en esa dirección.
El viento movió suavemente las copas de los árboles.
  • Como si todo esto… - murmuró - no fuera solo una cadena de desgracias. Sino un plan bien trazado por el destino… ¿Me entiendes? Como si hubiera un motivo para que sigamos aquí. Para que sigamos juntos - dio otra calada, sopesando sus palabras - Llámalo intuición. Llámalo corazonada. Llámalo como quieras. Pero si me equivoco… al menos prefiero equivocarme avanzando, y no quedándome parado esperando a que todo se vaya a la mierda.
  • Lo entiendo… y no te culpo por ello, chaval.
Gabi guardó silencio unos segundos más, como si buscara las palabras adecuadas y no terminara de encontrarlas. Porque lo que intentaba explicar no tenía mucho que ver con la lógica. No hablaba de certezas científicas. Ni de un plan bien trazado. Ni siquiera de probabilidades. No era ese tipo de conocimiento. Era otra cosa. Algo más antiguo. Algo más difícil de explicar sin que sonara a locura. No hablaba desde la cabeza. Hablaba desde otro lugar. Desde esa intuición profunda que a veces aparece cuando el mundo que uno creía entender se rompe en pedazos. Desde que todo aquello había empezado - la “Azulita”, las transformaciones, aquel anciano, los sueños extraños, las visiones que volvían cada cierto tiempo y apenas se atrevía a contarlas en voz alta - había sentido que una puerta se abría lentamente delante de él. Una puerta hacia un mundo que siempre había estado ahí, pero que nadie miraba. Un mundo sutil. Ancestral.

Un mundo donde las cosas no se explicaban con ecuaciones ni con informes médicos. Donde el conocimiento no se acumulaba en libros, sino que se transmitía de otra manera: en símbolos, en historias, en intuiciones que se heredaban de generación en generación. Gabi nunca había creído en nada de eso. Hasta ahora. Porqué después de lo que había visto… después de lo que había sentido dentro de su propia alma… empezar a negarlo resultaba más absurdo que aceptarlo. No sabía por qué debía ir hacia aquella cabaña. No sabía qué encontraría allí. Pero algo dentro de él - una voz tranquila y persistente - le decía que ese era el camino. No era la voz de la razón. Sino la otra. La que el ser humano lleva miles de años escuchando antes de que existieran los mapas, las universidades o los laboratorios. La que susurra en silencio cuando uno deja de intentar entenderlo todo. Gabi miró el cielo oscuro como quien se mira a sí mismo.
  • No hablo de certezas - murmuró finalmente -. Hablo de otra cosa… - Bajó la mirada hacia el cigarro, observando cómo la brasa se consumía lentamente -. De ese tipo de verdad que no se puede demostrar… pero que, de algún modo, sabes que está ahí.
Gustavo lo escuchó sin interrumpir. Dio una última calada al cigarro y lo dejó caer al suelo, aplastándolo con la bota. Luego resopló por la nariz.
  • Eso se llama intuición, chaval - dijo al fin -. Y es más viejo que el hambre…
Gabi sonrió levemente, negando con la cabeza.
  • No… - respondió en voz baja -. La intuición es solo la puerta.
Se acomodó un poco en la roca, apoyando los codos en las rodillas mientras miraba el bosque oscuro y silencioso enfrente de él.
  • Yo hablo de lo que hay al otro lado… - guardó silencio un instante, buscando las palabras adecuadas - Durante miles de años la gente vivió escuchando esa voz del otro lado. No tenían laboratorios, ni teorías, ni científicos explicándoles cómo funcionaba el mundo… y aun así entendían cosas que nosotros hemos olvidado.
Miró a Gustavo de reojo.
  • Sabían cuándo una tierra estaba enferma. Cuándo un río estaba enfadado. Cuándo un animal traía un mal presagio. Sabían escuchar a las plantas, a los sueños, a las señales pequeñas que nosotros ya ni vemos - dio otra calada, larga, espesa - Y nosotros llegamos después… con nuestras universidades, nuestros títulos y nuestras fórmulas… y decidimos que todo eso eran supersticiones.
El humo salió lentamente de su boca.
  • Hasta que aparece algo como la “Azulita"… y de repente todas esas explicaciones tan modernas ya no sirven para una puta mierda - se encogió de hombros - Llámalo intuición si quieres, colega… pero yo creo que es otra cosa - volvió a mirar las estrellas - Creo que es memoria… Algo muy antiguo que llevamos dentro y que empieza a despertarse cuando el mundo deja de tener sentido.
  • ¿Entonces crees que es eso? - preguntó Gustavo ahora con los ojos abiertos.
  • ¿Lo que nos hace la “Azulita”, dices? - lo miró Gabi a los ojos - . Sí… creo que nos está devolviendo a lo que un día fuimos.
Gustavo se quedó unos segundos en silencio, mirando el suelo, rumiando todo aquello.
  • Ahora va a saber más el chaval que no terminó ni la secundaria… que Nico y Lena - dijo con una media sonrisa torcida -. ¡Vaya tela!
Gabi lo miró un segundo y de pronto rompió a reír. Una risa sincera, despreocupada. Gustavo también terminó riéndose, negando con la cabeza mientras se frotaba la cara con la mano.
  • No tienes remedio, joder…
Gabi se encogió de hombros, todavía sonriendo. Sacó otra vez la cajetilla, se metió un cigarro en la boca y la abrió delante de él.
  • No se trata de saber más o saber menos - dijo mientras buscaba el mechero -. Se trata de cómo intenta cada uno entender lo desconocido.
Gustavo miró los cigarrillos un momento antes de coger uno.
  • ¡Fumas demasiado, chaval!
Gabi encendió el mechero.
  • De algo hay que morir, ¿no? - respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Le acercó la llama. Gustavo encendió el suyo y dio una primera calada profunda. Luego volvieron a quedarse en silencio. El humo ascendía despacio hacia la noche. A lo lejos, el fuego del campamento seguía brillando entre los árboles como un pequeño faro naranja. Gabi miraba las estrellas otra vez, perdido en sus pensamientos. En esos mundos de susurros, símbolos y presagios que desde hacía unos días parecían abrirse ante él con una claridad cada vez mayor. Gustavo, en cambio, miraba al suelo. No compartía muchas de las cosas que el chaval decía. Aquellas historias de intuiciones, de memorias ancestrales y de fuerzas antiguas le sonaban, en el fondo, a cuentos de fogata. Pero aun así… - soltó el humo lentamente por la nariz - de todos los que estaban allí, de todos los que intentaban entender qué demonios les estaba pasando… Gabi había sido el único que, al menos, le había dado una respuesta con pies y cabeza a sus dudas.

Durante un rato no dijeron nada. El silencio entre ellos ya no era incómodo. Solo dos hombres fumando bajo un cielo inmenso, dejando que el humo y el cansancio se llevaran lo peor del día. Al cabo de un rato, Gabi retomó la conversación sin apartar la vista de las estrellas.
  • Oye…
Gustavo gruñó por lo bajo, señal de que escuchaba. Gabi rascó la tierra con la suela de la bota, algo incómodo.
  • De verdad que siento lo que dije antes. Sé que no puedo volver atrás en el tiempo… - hizo una pausa, buscando las palabras - pero me gustaría que borraras de tu mente lo que dije.
Gustavo expulsó una larga bocanada de humo.
  • Da igual…
  • No, no da igual - insistió Gabi, girándose hacia él -. Fui un gilipollas al gritarte eso. Eres un pilar importante para el grupo y…
Gustavo levantó una mano, cortándolo a medio discurso.
  • No me hagas la pelota, chaval - dijo con media sonrisa cansada -. No lo necesito. Además… tampoco estabas tan mal encaminado.
  • ¿Cómo que no? - frunció el ceño.
  • Desde que llegamos aquí… - se encogió de hombros - no paro de preguntármelo una y otra vez.
  • ¿El qué?
  • Que no pinto nada aquí… - contestó dando otra calada.
Gabi giró la cabeza hacia él.
  • No digas eso, colega.
  • Sí que lo digo, joder. Es la verdad.
Se pasó una mano por la calva con gesto frustrado.
  • Tú tienes a Sofi, ahora Nico tiene a Laia. Los italianos… bueno, se tienen entre ellos… - masculló -. Joder, incluso la doctora parece que está empezando algo con Carol.
Gabi lo observaba con los ojos abiertos, sin pestañear.
  • No te sigo… ¿A dónde quieres ir a parar?
Gustavo soltó una risa breve, amarga.
  • Pues a eso, chaval… que tengo la jodida sensación de que ha llegado el fin del mundo y yo me voy a quedar más solo que la una.
Escarbó una piedrecilla con la punta de la bota.
  • Como si fuera el último baile de mi vida… y nadie me sacara a la pista. Porque todas las parejas ya están hechas.
Gabi se quedó pensativo un momento. Luego alzó una ceja.
  • A Fani parece que le haces tilín… ¿no lo has notado?
Gustavo giró la cabeza despacio, mirándolo como si acabara de decir la mayor tontería del universo.
  • Si podría ser mi hija, chaval. No digas chorradas…
Gabi se encogió de hombros.
  • ¿Y qué más da eso?
  • Que no, joder. Es maja la chavala, no digo que no… - dijo negando con la cabeza - pero es demasiado joven para mí. Ella necesita a un tipo de su edad, con su energía, con su forma de ver las cosas. No a un viejo cascarrabias como yo…
  • Bueno… - Gabi dio otra calada, intentando ser positivo - ¿y quién te dice que no conozcas a alguna vieja cascarrabias como tú? ¡El mundo es inmenso!
Señaló con la barbilla hacia el campamento, casi invisible entre los árboles.
  • ¡Para muestra un botón! Fíjate en los Sorrentino, por ejemplo… Nadie nos avisó de que se iban a subir al barco. Y míralos ahora… parece que llevemos huyendo años juntos.
Gustavo soltó una risa floja.
  • No sé, chaval… No tengo muchas esperanzas. No creo que nos encontremos en el momento idóneo como para salir a ligar por ahí, sinceramente.
Gabi negó con la cabeza.
  • Dices eso porque tenemos los ánimos por los suelos. ¡Ten fe, hostias!
Gustavo resopló de inmediato.
  • ¡Deja la puta fe en paz! - Se giró hacia él bruscamente - Esto no se trata de fe, chaval. Se trata de que soy un puto viejo rodeado de chavales… - Se señaló a sí mismo con el pulgar -. ¿Quién coño va a querer a un puto viejo, gordo y calvo como yo?
Gabi lo miró con una sonrisa tranquila.
  • Todos te queremos, colega. ¿No lo ves?
Gustavo bufó de nuevo.
  • ¡No hablo de ese tipo de querer, hostias!. ¡Hablo del otro!… ¿Lo pillas o no?
Gabi levantó ambas manos en señal de rendición.
  • Sí lo pillo, joder… solo digo que no te desesperes. Que ya saldrá algo.
  • No saldrá una mierda - refunfuñó Gustavo.
Le dio otra calada y luego señaló a Gabi con el cigarro.
  • Para ti es fácil decirlo. Eres joven, atractivo… y ese rollito místico que te llevas parece que a tu parienta la pone juguetona - extendió los brazos con ironía - Mírame a mí, chaval. ¿Qué puedo ofrecer yo?
Gabi lo observó con calma.
  • Yo que sé, colega… Eres divertido… Eres fuerte… Protector… Tienes muchas cualidades que les gustan a las mujeres, hostias.
Gustavo soltó una carcajada seca.
  • Cualidades para ser el mejor amigo de la chica guapa - Se dejó caer un poco hacia atrás, mirando el cielo -. Soy el chico gracioso, ¿es eso, verdad? El pajillero que se la menea todas las noches pensando en ella… mientras ella se trajina al capitán del equipo de fútbol.
Gabi soltó una risa corta.
  • Eso suena a película americana de domingo por la tarde en Telecinco.
Gustavo lo miró mal.
  • No te rías, joder…
Gabi negó con la cabeza enseguida.
  • No me río, Gustavo… - dijo con voz más suave -. Solo que creo que estás deprimido y no ves las cosas como son en realidad.
  • No estoy deprimido - contestó expulsando el humo lentamente - Solo soy sincero conmigo mismo y punto.
Se quedó mirando la oscuridad del bosque. En realidad no había ningún baile. Ni música sonando al fondo. Ni luces de colores. Ni una chica popular riendo al otro lado de la pista mientras los demás competían por llamar su atención. Aquellas imágenes solo existían en su cabeza, construidas con recuerdos de películas malas y nostalgias de algo que, en el fondo, nunca había vivido del todo. Pero la sensación… esa sí era real. La sensación de que aquella noche podía ser la última. De que el mundo, tal y como lo conocían, se estaba deshaciendo poco a poco entre sus manos. Y Gustavo, como tantos hombres solitarios que habían tropezado demasiadas veces con el amor, no podía evitar pensar siempre en lo mismo cuando la muerte asomaba por el horizonte. No en la gloria. No en los compañeros de armas. Ni siquiera en la supervivencia. Pensaba en algo mucho más simple. Más humano. Más triste. Pensaba que tal vez iba a irse de este mundo sin haber conocido nunca, de verdad, el calor… ni el consuelo… de una buena mujer.
  • ¿Por qué crees que cuando descubrimos la “Azulita” me empeñé tanto en utilizarla?
  • Sinceramente… - Gabi levantó una ceja - porque eres un viejo verde de mucho cuidado.
Gustavo se lo quedó mirando fijamente. Durante un segundo pareció que iba a soltarle un puñetazo en toda la cara. Pero en lugar de eso soltó una carcajada profunda, de las que salen del estómago. Gabi terminó riéndose también, encogiéndose de hombros, porque en el fondo tampoco acababa de decir ninguna mentira. El eco de las risas se perdió entre los árboles. Luego el silencio volvió. Y cuando Gustavo retomó la conversación, su tono ya no era el mismo. Era más bajo, más cansado. Se quedó mirando el cigarro que tenía entre los dedos, como si en la brasa estuvieran escritas las palabras que le costaba decir.
  • No iba por ahí la cosa… - murmuró pensativo.
Dio una calada lenta. No era un hombre que se sincerara con facilidad. De hecho, casi nunca lo hacía. Pero aquella noche… con el mundo derrumbándose alrededor y la sensación constante de que el amanecer quizá no llegaría para ellos… Pensó que daba un poco igual, pues quizá cuando saliera el sol ya no estaría vivo.
  • Desde crío nunca tuve suerte con las mujeres - dijo al fin.
Escarbó la tierra con la punta de la bota mientras hablaba.
  • Era el típico chaval al que nadie miraba dos veces. Siempre había uno más alto, más guapo, más listo… o simplemente más interesante que yo - Soltó una pequeña risa seca - ¿Sabes ese momento en el instituto cuando todos empiezan a tener novias, a darse el lote en las fiestas, a perder la virginidad?
Miró a Gabi de reojo, que lo escuchaba atentamente, sin juzgarlo.
  • Pues yo era el gordo lleno de granos que ponía la música mientras los demás bailaban las lentas - le dio otra calada al cigarro - Luego crecí, claro. Empecé a trabajar, a ganar dinero… y pensé que la cosa cambiaría. Que aquello era solo una mala racha de juventud - Sacudió la cabeza -. Pero no… la historia siempre acababa igual. El colega simpático. El amigo en el que confiar. El tipo al que llaman cuando necesitan ayuda para mudarse…
Se encogió de hombros.
  • El que nunca se lleva a la chica a casa - El cigarro ya casi se había consumido -. Hasta que conocí a mi exmujer - Esta vez su sonrisa fue distinta. Más amarga - Y durante un tiempo pensé que mi mala suerte se había terminado. Que por fin había encontrado a alguien que me veía… de verdad.
Miró al suelo, avergonzado.
  • Perdí la virginidad casi a los treinta y me casé con ella rápidamente, convencido de que había ganado la lotería - Se hizo un pequeño silencio -. Hasta que un día descubrí que la lotería la estaba jugando todo el barrio.
Gabi no dijo nada, tan solo escuchaba atentamente. Y mientras lo hacía, su visión de aquel hombre empezó a cambiar por completo.
  • No fue una aventura, ni un desliz… no - Gustavo soltó una risa sin alegría -. Aquello era casi un deporte olímpico - Se pasó una mano por la cara, recordando el dolor de la traición -. Vecinos, compañeros del curro, amigos… incluso el camarero del bar de la esquina que cada día me servía el cortado… ¡Joder! creo que hasta el fontanero tuvo su turno.
Le dio una última calada al cigarro y lo dejó caer al suelo.
  • Así que sí… cuando apareció la Azulita… alzó la mirada hacia Gabi - Lo único que quería era lo que le estaba haciendo a mi cuerpo - Se dio un par de golpes en el pecho con los nudillos - Parecer más joven. Más fuerte. Más… joder, no sé cómo decirlo.
Sonrió con cierta vergüenza.
  • Más atractivo… - Miró hacia la oscuridad del bosque -. Más irresistible, supongo - Suspiró lentamente - Quería saber qué se sentía cuando las cosas te salen bien por una vez. Cuando entras en un sitio y una mujer te mira con ganas de follarte… no por pena, no por costumbre… sino porque te desea de verdad.
Se quedó en silencio unos segundos. Luego añadió en voz más baja:
  • Solo eso, chaval. No quería follármelas a todas, ni ser el dueño de todas las hembras, ni hostias - Volvió a mirar el cielo -. Solo quería dejar de ser invisible por una vez en mi puta vida.
Gabi permaneció en silencio, observando a Gustavo mientras las palabras caían como piedras en un río tranquilo pero implacable. Cada frase, cada confesión, desarmaba la imagen que él había construido en su cabeza: el viejo verde, el pervertido que solo buscaba el placer fácil. Lo que antes le parecía grotesco, absurdo, incluso risible, ahora adquiría una dimensión completamente distinta. Comprendió que esa obsesión por la “Azulita”, por su efecto sobre el cuerpo, no era el capricho de un hombre lujurioso; no. Era el grito silencioso de alguien que había vivido invisibilizado, que había pasado por la vida como un espectro, ignorado y rechazado, y que solo había querido sentir por primera vez que era deseado, que importaba, que podía ser amado por lo que era.

Era como si sus ojos, acostumbrados a ver las cosas en blanco y negro, ahora pudieran ver matices. La “Azulita” no había hecho a Gustavo un monstruo; había destapado un anhelo humano fundamental, uno tan profundo y tan doloroso que había terminado por confundirse con la lujuria. Y mientras Gustavo giraba la cabeza hacia el cielo oscuro, respirando lentamente, Gabi supo que aquel hombre no era solo un superviviente endurecido por la vida. Era alguien que había soportado la soledad y la humillación, y que ahora, por fin, había encontrado una chispa de lo que siempre había buscado: sentirse deseado.

Por primera vez, no lo vio como un compañero problemático o un viejo verde. Lo vio humano, vulnerable, y, sorprendentemente, admirable. Esa comprensión cambió algo dentro de él, una rendija de respeto y ternura que hasta entonces ni sabía que existía. Y mientras ambos se quedaban en silencio, Gabi se dio cuenta: toda esa obsesión, todo ese conflicto entre ellos por el poder azul, no había sido por placer. Había sido por la necesidad de ser visto, de ser deseado, de existir de verdad ante los ojos del mundo.
  • Joder, colega - soltó Gabi con pesadez - No tenía ni idea de…
  • ¡Eh! - advirtió Gustavo alzando un dedo - Nada de condescendencia conmigo, ¿me oyes?
  • Lo siento, no pretendía…
  • ¡Nada, chaval! Se muy bien quien soy y aunque estoy en el hoyo, me respeto ¡¿estamos?! - sus ojos se endurecieron - Mi vida a sido la que ha sido, y ambos estamos de acuerdo en que es una mierda. ¡Pero es mi puta vida, la única que tengo!. Así que nada de sentir lástima por mí.
  • De acuerdo - asintió Gabi sin apartar la vista de él.
En ese momento sintió cómo algo se asentaba dentro de él, una mezcla de sorpresa y admiración que le heló la garganta y, al mismo tiempo, le dio calor. No era el respeto que se siente por alguien hábil con un arma o valiente en la batalla; era más profundo, más silencioso, casi sacro.

Era el respeto que nace al ver a alguien que, a pesar de haber sido vapuleado por la vida, de haber sufrido traiciones, soledad y humillación, se mantiene en pie, con la cabeza alta, con dignidad. Gustavo no pedía lástima ni compasión. No lloraba por indulgencias ajenas ni esperaba aprobación. Solo reclamaba lo que a todos les pertenece: ser dueño de su dolor, de su vida, de su historia.

Gabi comprendió entonces que aquel hombre, que él había visto tantas veces como un viejo verde o un compañero irritante, tenía una fuerza interna que pocos podían imaginar. Había sobrevivido a la desgracia, había soportado la traición y la indiferencia del mundo, y aún así se respetaba. Ese respeto por sí mismo, esa integridad feroz, le hizo inclinar ligeramente la cabeza, un gesto silencioso de reconocimiento. Por primera vez, no lo miraba con juicio ni diversión, sino con admiración genuina. Había aprendido algo fundamental de Gustavo: que incluso en la miseria, incluso en la vulnerabilidad más desnuda, un hombre podía conservar su dignidad y su esencia. Y eso, pensó Gabi, era mucho más valioso que cualquier fuerza o habilidad que él pudiera tener.

Y al mismo tiempo, mientras repasaba todo lo ocurrido, otra idea surgió en la mente de Gabi. Peligrosa, por supuesto, pero con la sensación de que podría levantarle el ánimo a su compañero. Sus ojos se posaron en el reloj que Gustavo llevaba en la muñeca. La oscuridad a su alrededor insinuaba que era tarde, pero en realidad no lo era tanto. Aún no eran ni las once de la noche, y a pocos metros tenían una ciudad vibrante, repleta de turistas; bares abiertos, algún club ruidoso, incluso algún hotel con la luz encendida.

La noche era joven, tenían dinero suficiente para tomarse algo y tiempo de sobra para sentarse en una barra. “¿Por qué no aprovecharlo?”, pensó Gabi. Tomar unas copas, charlar de cualquier cosa, quizás cruzar unas palabras con un par de turistas inglesas… No era lo que Gustavo buscaba, quizá, pero un poco de perfume en el aire, unas sonrisas femeninas y un instante de normalidad… seguro que le sentaría bien. Así que, sin pensarlo demasiado, se giró hacia él y se lo propuso, con esa mezcla de picardía y convicción que solo Gabi sabía desplegar.
  • ¿Y si nos vamos tú y yo a echar unas cervezas? - propuso Gabi, con esa chispa en los ojos que siempre indicaba problemas.
  • ¿Ahora? - preguntó Gustavo, arqueando una ceja, incrédulo.
  • ¿Cuándo si no? - sonrió Gabi -. Pues claro…
  • ¿Pero qué dices, zumbado?
  • Lo que oyes, colega. Tú, yo y un par de birras.
Gustavo suspiró, llevándose una mano a la nuca, preocupado.
  • Chaval, tú entiendes que nos están buscando, ¿verdad?
  • ¿Y?
  • ¿Cómo que “y”? - replicó Gustavo, incrédulo -. Si nos encuentran sentados en la barra de un bar, nos van a meter dos tiros en la nuca.
Gabi levantó el paquete de tabaco, agitándolo suavemente con una sonrisa burlona:
  • De algo hay que morir, ¿no?
Gustavo soltó una carcajada, negando con la cabeza.
  • Estás loco.
  • Lo suficientemente loco para tomarme unas birras con mi colega en mitad del fin del mundo.
Gustavo lo miró, conteniendo la risa, y al final dejó escapar un suspiro y una sonrisa sincera.
  • Eres lo que no hay…
  • Piénsalo, colega - insistió Gabi -. Música suave, la cerveza bien fría bajando por la garganta, el pub lleno de inglesas cachondas con ganas de marcha…
  • La verdad… - dijo Gustavo, rascándose la nuca -, que no suena tan mal si te soy sincero.
  • ¿Que no suena mal, dices? ¡Suena de la ostia, joder!
  • No sé yo, Gabi… es peligroso - murmuró Gustavo, dubitativo.
  • Puede… pero el peligro siempre va a estar ahí, ¿no? - replicó Gabi, encogiéndose de hombros -. En cambio, la oportunidad de tomarnos unos tragos de tranquis quizás no vuelva a pasar nunca…
Gustavo lo miró un instante, pensativo, evaluando la locura del plan y el atractivo de la idea.
  • ¡Qué cojones! - exclamó, poniéndose en pie de un salto -. ¡Vamos, va!
  • ¡¿En serio?! - sonrió Gabi poniéndose también en pie a su lado.
  • Sí, coño… total, quizás mañana ya estemos muertos.
Como el Xenón, siendo la luz blanca que desnuda la sombra y el vacío puro donde la máscara se evapora para que el ser no tenga dónde esconderse. Esta historia continuará…
 
Perdona que no vaya a comentar, pero está noche estoy muy embajonado y triste por culpa de un atajo de golfos y sinvergüenzas que han faltado al respeto a la camiseta y el escudo.
Que pena que no estemos en los 90, porque estoy hoy iban a pasar miedo en el estadio.
Cuando se me pase o ya mañana, hablo de lo bien que me ha parecido ese momento entrenador Gabi y Gustavo, que cada día me cae mejor.
 
Bueno, pues según vamos conociendo el lado oscuro de cada personaje vamos combiando la percepción que tenemos ellos. Conociendo un poco más de Gustavo, no me parece tan mal tío como opinaba al principio.
 
Perdona que no vaya a comentar, pero está noche estoy muy embajonado y triste por culpa de un atajo de golfos y sinvergüenzas que han faltado al respeto a la camiseta y el escudo.
Que pena que no estemos en los 90, porque estoy hoy iban a pasar miedo en el estadio.
Cuando se me pase o ya mañana, hablo de lo bien que me ha parecido ese momento entrenador Gabi y Gustavo, que cada día me cae mejor.
No te preocupes compañero, aquí estamos! ❤️

Bueno, pues según vamos conociendo el lado oscuro de cada personaje vamos combiando la percepción que tenemos ellos. Conociendo un poco más de Gustavo, no me parece tan mal tío como opinaba al principio.
La idea era crear personajes más ambiguos, aunque no sea tan sencillo creo que es más real, pues en el fondo ni nadie es tan bueno ni tan malo. Todos tenemos claro oscuros en el alma. En breves subo nuevo capítulo, un abrazo!
 
Capítulo 55. Cesio - Fu(Cs)ia Selvática Sonidero

El Cesio (Cs) ocupa el quincuagésimo quinto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del cesio con la mística de la cumbia, entramos en el territorio de la vibración sagrada. El cesio es el metal de la precisión absoluta y la reactividad extrema; la cumbia es el ritmo que conecta la tierra con el cosmos a través del movimiento de las caderas. Es la unión entre el reloj del universo y el latido del barro.

El Cesio y la Cumbia: La Química del Ritmo Perpetuo

1. El Reloj Atómico (El Pulso del Universo)

El segundo se define oficialmente por la vibración de un átomo de cesio (9.192.631.770 oscilaciones por segundo). Es el metrónomo de la realidad. La cumbia no es solo un género musical; es el tiempo mismo. Es el "reloj atómico" del pueblo. Así como el cesio dicta la precisión de los satélites, la cumbia dicta la frecuencia en la que el corazón humano debe latir para estar en sintonía con la rotación de la Tierra. El mundo humano es un caos de ruidos, pero la cumbia es la constante: el pulso de cesio que nos recuerda que, a pesar del desequilibrio, el universo sigue bailando en una métrica perfecta.

2. La Reactividad Espontánea (El Fuego en el Agua)
El cesio es el metal más reactivo; explota violentamente al contacto con el agua, incluso con el hielo a temperaturas bajísimas. La mística de la cumbia es esa chispa que no necesita permiso. Es el cesio que, al tocar la "humedad" de la vida - el llanto, el sudor, la tragedia -, provoca una explosión de alegría. Es un baile de supervivencia: cuanto más fría es la situación, más violenta y necesaria es la reacción química del baile. No puedes "mojar" la cumbia sin que esta estalle en una llamarada azul de resistencia.

3. El Metal Dorado/Azulado (La Sangre del Sol y la Luna)
El cesio es uno de los pocos metales que no es plateado; tiene un brillo dorado pálido que a veces vira al azul. La cumbia es el oro de los pobres y el azul de la noche. Es una aleación espiritual entre la herencia solar indígena y la melancolía lunar africana. Como el cesio, brilla con una luz que no encaja en la grisura de la industria. Es el color de un atardecer en el río, una materia preciosa que no se guarda en bancos, sino en la memoria de los pies.

4. La Fotoelectricidad (La Luz que se hace Movimiento)
El cesio se usa en células fotoeléctricas porque emite electrones con mucha facilidad cuando le da la luz. La cumbia es transmutación. Es el mecanismo que toma la luz del espíritu y la convierte en corriente eléctrica, en movimiento físico. Los "cumbiamberos" son paneles de cesio: reciben la energía del entorno y la devuelven al mundo en forma de flujo magnético. Es la mística de no quedarse con nada, de dejar que la energía pase a través del cuerpo y se convierta en ritmo.

5. El Isótopo 137 (La Huella que no se Borra)
El cesio-137 es un subproducto de la fisión nuclear que permanece en el ambiente durante décadas, marcando el paso del tiempo y la historia. La cumbia es la radiación de la memoria. Una vez que te toca, se queda en tus huesos. Es la huella de nuestros ancestros que, como el isótopo, sigue emitiendo calor y vida mucho después de que la fuente original se haya ido. El mundo artificial intenta "limpiar" lo salvaje, pero la cumbia es ese residuo sagrado que no se puede ignorar; una herencia que sigue vibrando en el aire por siempre.

Conclusión: El Cesio es la precisión del rito. Nos enseña que la libertad no es el desorden, sino encontrar el ritmo exacto en el que la materia y el espíritu se vuelven uno. La cumbia es nuestra ciencia exacta: el método químico para convertir la explosión del dolor en la cadencia del tiempo eterno.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad de Mis Santos Cojones -


Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez en la vida. Esa situación en la que, sin avisos ni planes previos, surge un plan de la nada. Lo típico, vaya: estás en casa un sábado por la noche, sin saber muy bien qué hacer, ya medio resignado a quedarte en el sofá acompañado de una película mala… y de repente suena el telefonillo. Son tus colegas.
  • ¡¿Te bajas a hacer unas birras o qué?!
Y tú, que ya estás en pijama y empezabas a pensar en meterte en la cama, dudas un segundo… pero al final piensas: “pues mira, tampoco te voy a decir que no”. Te vistes rápido, con lo primero que encuentras. Sin grandes pretensiones, sin expectativas épicas. Solo la idea sencilla de bajar un rato, tomarte una cerveza con los amigos y volver pronto a casa. De hecho, cuando sales a la calle y los ves esperándote, lo primero que sueltas es esa frase tan típica como inútil:
  • ¡Pero una y me voy, eh!
Y en el mismo instante en que tus amigos se ríen y te dan palmadas en la espalda, sabes perfectamente que acabas de decir la mentira más grande de todo el día. Porque seamos sinceros… Nunca, pero nunca, te tomas una sola cerveza. Sin darte cuenta te vas animando. Es inevitable. Estás en buena compañía, hablando de tonterías, escuchando alguna historia divertida o recordando anécdotas del pasado; el alcohol te acompaña, bajando suave por la garganta, las risas cada vez más fáciles… y cuando te quieres dar cuenta, ya no estás en el bar de siempre. Son las cuatro de la mañana, llevas más gin-tonics en sangre que una destilería y estás bailando en la pista pegajosa de algún antro de mala muerte, como si no hubiera un mañana.

Y es que, en el fondo, esos son los mejores planes. Los que no se piensan. Los que aparecen de golpe. Los que irrumpen y convierten un sábado perezoso y solitario… en una de esas noches que recuerdas durante años.

Pues bien… algo muy parecido fue lo que les pasó a Gabi, Gustavo y Nico - que se apuntó en el último momento -. No exactamente igual, claro. No era sábado, ninguno estaba en pijama y esta vez nadie llamó al telefonillo de casa. Pero el espíritu de lo ocurrido era exactamente el mismo: un plan improvisado, nacido de repente, la necesidad compartida de tomarse un respiro en medio del caos.

“Una birra y volvemos”, dijeron al resto mientras empezaban a bajar hacia la ciudad. Nadie estuvo de acuerdo, por supuesto. Demasiado peligro. Demasiada incertidumbre. Su situación era demasiado frágil como para ir a pasearse por ahí como si nada. Pero también sabían que discutir sería inútil. Cuando a aquellos tres se les metía algo en la cabeza, no había sermón capaz de quitárselo. Así que los dejaron ir. Y los tres descendieron desde el refugio hacia las luces de Cusco. Armados, sí. Con la tensión pegada al cuerpo, porque esa ya nunca desaparecía del todo. Pero aun así… con una sonrisa torcida en los labios. Porqué durante un rato, aunque fuera breve, podían fingir que todo seguía siendo normal. Que solo eran tres amigos bajando a la calle a tomar una cerveza.

Cusco de noche tenía algo especial. Las calles empedradas, que durante el día rebosaban historia y solemnidad, se transformaban cuando caía el sol. Las luces cálidas de los bares empezaban a encenderse una tras otra, las puertas se abrían de par en par y la música escapaba hacia las callejuelas como si quisiera invitar a todo el mundo a entrar. Era una ciudad viva. En cada esquina había movimiento. Mochileros con las botas todavía cubiertas de polvo del camino, parejas de turistas cogidas del brazo, grupos de amigos que hablaban en mil idiomas distintos mientras buscaban el siguiente bar donde continuar la noche. El aire olía a promesas, a comida callejera, a perfume barato y a aventura. De algún local salía música latina. De otro, rock antiguo. Un poco más allá, un pub irlandés rebosaba carcajadas y pintas de cerveza negra mientras un camarero tatuado golpeaba los vasos contra la barra.

Las terrazas estaban llenas. Ingleses rojizos por el sol brindando a gritos, franceses discutiendo con pasión sobre cualquier cosa, australianos descalzos riéndose de todo y de nada. La energía era contagiosa. Una mezcla caótica de juventud, alcohol, viajes y esa sensación tan peculiar que solo existe cuando uno está lejos de casa y siente que cualquier cosa puede pasar.

Las risas rebotaban contra las paredes de piedra incaica. Las luces de neón teñían los balcones coloniales. Los camareros gritaban ofertas desde las puertas: “¡Two beers for one! ¡Happy hour! ¡Pisco sour!”. Y en medio de todo aquel ruido, de aquella alegría despreocupada, nadie habría imaginado que, a tan solo unos kilometros de allí, el mundo estaba empezando a torcerse de una forma imposible de explicar. Pero en Cusco, esa noche, la fiesta seguía. Y durante unas horas, la ciudad pertenecía a los que querían olvidarse de todo.

Los tres avanzaban por las calles pegados unos a otros, caminando con aparente tranquilidad, pero con los sentidos alerta. La noche estaba llena de música, de risas y de turistas despreocupados, pero ellos no podían permitirse bajar la guardia del todo. Sus miradas se movían constantemente, registrándolo todo. Gabi parecía disfrutar del paseo más que los otros dos. Observaba los locales abiertos como si buscara algo más que un simple sitio donde beber: escuchaba la música que escapaba por las puertas, miraba el tipo de gente que entraba y salía, intentando captar la vibración del lugar. Nico, en cambio, era puro pragmatismo. Se detenía un segundo en cada pizarra de la entrada, comparaba precios, leía ofertas escritas con rotulador, calculaba dónde les saldrían más baratas las rondas y qué local parecía menos problemático para pasar un rato tranquilo. Gustavo, por supuesto, tenía un criterio completamente distinto. Sus ojos iban de mesa en mesa, de terraza en terraza, evaluando con descaro dónde se concentraban más turistas femeninas, de qué puerta salían más risas agudas y dónde flotaba ese aroma inconfundible a perfume dulce mezclado con alcohol. Caminaba como un explorador que olfatea el terreno en busca de territorio prometido.

Y al final, casi sin hablarlo, los tres se detuvieron frente al mismo sitio. El cartel sobre la puerta decía “Fucsia Selvática Sonidero”. Desde dentro salía una cumbia espesa y profunda, de esas que no solo se escuchan, sino que se sienten en el pecho. El ritmo repetitivo del bajo y la percusión creaba algo casi hipnótico, como si el local respirara al compás de la música. Cuando cruzaron la puerta, el cambio fue inmediato. El lugar estaba decorado como si fuera una pequeña jungla metida dentro de un bar. Plantas enormes colgaban del techo, lianas artificiales trepaban por las columnas y macetas de hojas gigantes ocupaban cada rincón posible. Entre aquella vegetación salvaje, la iluminación rojiza teñía todo el ambiente de un tono cálido y denso.

El aire era húmedo. No por la climatización, sino por la cantidad de cuerpos bailando muy juntos. El calor humano, el sudor, el alcohol evaporándose en el ambiente… todo formaba una mezcla pesada que hacía que la piel se pegara ligeramente a la ropa. La pista de baile estaba llena. Turistas, mochileros, parejas improvisadas y grupos de amigos bailaban cumbia con movimientos lentos y envolventes, balanceándose al ritmo de la música como si todos compartieran el mismo latido. Algunos reían, otros tenían los ojos medio cerrados, dejándose llevar por el compás repetitivo, casi como si estuvieran en trance.

El lugar vibraba. No era el típico bar de turistas con música de fondo. Aquello tenía algo más tribal, más primitivo. Un pequeño ecosistema nocturno donde la gente bebía, sudaba y bailaba bajo la luz roja como si la jungla hubiera reclamado ese trozo de ciudad. Gustavo lo observó todo durante unos segundos y soltó un silbido bajo.
  • Este sitio promete, chavales - murmuró animado.
Gabi sonrió, le dio una palmada seca en la espalda y señaló la barra con un gesto de cabeza. Se abrieron paso entre la gente, esquivando cuerpos que se balanceaban al ritmo de la música, hasta alcanzar la barra de madera oscura. Se sentaron en tres taburetes altos, uno al lado del otro, mientras detrás del mostrador una hermosa mujer agitaba una coctelera con movimientos rápidos. La música seguía latiendo como un corazón gigantesco, y por primera vez en muchas horas, los tres pudieron respirar como si el mundo no estuviera a punto de venirse abajo.
  • Tres piscos - pidió Nico, apoyando los codos en la barra. La noche acababa de empezar.
La camarera se acercó a ellos, al otro lado de la barra, con una sonrisa rápida y profesional, de esas que parecen sinceras aunque seguramente las repita cien veces cada noche. Era morena, de piel tostada y ojos vivos, con el pelo negro recogido en una coleta alta que se balanceaba cada vez que se movía entre las botellas. Tenía esa belleza fácil y luminosa de la gente que trabaja de cara al público: sonrisa abierta, mirada directa y una energía ligera que parecía contagiarse del ambiente.
  • ¡¿Tres pisco sour?! - preguntó casi chillando, apoyando las manos en la barra.
  • ¡Sí, por favor! - contestó Nico haciendo un gesto con los dedos.
  • ¡Perfecto!
La chica empezó a preparar los cócteles con movimientos rápidos y seguros, como alguien que ya había repetido aquel ritual infinidad de veces. Primero cogió una coctelera metálica y dejó caer dentro varios cubitos de hielo que tintinearon contra el acero. Después midió el pisco con un pequeño dosificador y lo vertió dentro con un gesto limpio. Añadió después zumo de limón recién exprimido, un chorrito de jarabe dulce y, para terminar, rompió un huevo con habilidad separando la clara, que cayó viscosa dentro de la mezcla. Cerró la coctelera y entonces empezó a agitar, con fuerza. El metal chocaba contra el hielo en un ritmo seco mientras la espuma comenzaba a formarse dentro. Agitó unos segundos más, concentrada, con los hombros moviéndose al compás de la música que llenaba el local. Mientras trabajaba, levantó la mirada hacia ellos con naturalidad.
  • ¡¿Españoles, verdad?! ¡¿De dónde vienen chicos?!
Los tres se miraron apenas una décima de segundo.
  • ¡Galicia! - respondió Gabi con absoluta tranquilidad.
Mentira.
  • ¡Ah! ¡¿Son gallegos?, que bueno! ¡¿De vacaciones, pues?! - preguntó ella, aún sacudiendo la coctelera.
  • ¡Sí! - intervino Nico con una sonrisa relajada -. ¡Un poco de turismo por tierras andinas!
Mentira también.

La camarera abrió la coctelera y coló el líquido espumoso en tres copas frías. La superficie quedó cubierta por una capa blanca y cremosa. Entonces cogió un pequeño frasco oscuro y dejó caer un par de gotas de amargo sobre cada espuma, que se expandieron formando pequeñas manchas rojizas en la superficie.
  • ¡Cusco es peligroso para los turistas! - comentó con una media sonrisa mientras deslizaba las copas hacia ellos -. ¡Uno viene por unos días… y termina quedándose meses!
Gustavo apoyó los codos en la barra, mirándola fijamente.
  • ¡Con mujeres tan bonitas como tú, no me extraña ni lo más mínimo!
Esa fue la única verdad que dijeron.
  • ¡¿Y ustedes qué?! - preguntó sonriente mientras limpiaba la barra con un paño - ¡¿Mucho tiempo por aquí?!
  • ¡Un par de días más! - dijo Gabi sin dudar - ¡Luego viajaremos hacía Arequipa!
Mentira otra vez. La chica asintió, como si aquella fuera la respuesta más común del mundo.
  • ¡Pues disfruten la noche, hermosos!
Se alejó para atender a otros clientes justo cuando la cumbia volvió a subir de intensidad y la pista explotó en un nuevo coro de voces y cuerpos bailando. Los tres se quedaron mirando las copas. La espuma blanca brillaba bajo la luz roja del bar. Gustavo levantó la suya.
  • Bueno… - murmuró -. ¡Por las mentiras bien contadas!
Chocaron las copas suavemente y bebieron. Largos tragos que les quemaron la garganta y les calentaron el alma. Aquel fue el pistoletazo de salida, el inicio de una noche que ninguno esperaba que durara más de lo necesario. Pero que todo a su alrededor - el alcohol, la música, la energía del lugar, aquel bar convertido en jungla - parecía haberse conjurado para que ocurriera justo lo contrario.

“Dicen que la cumbia es roja, porque bombea sangre en su andar. Dicen que la cumbia es negra, porque viene del fondo del mar. Dicen que es peligrosa, porque viaja y no mira atrás. Dicen que la cumbia quema, que lanza fuego en su respirar. Y cierto que la cumbia quema, porque calienta solo al bailar. Que ella es muy peligrosa, si tú no sabes aterrizar. Y cierto que la cumbia es negra, negra llamada de su tambor y que se vistió de rojo, porque el indio sangró color.”

Eso era aquella pista de baile. Un infierno de rojo y negro, una hoguera de San Juan. Todos rezando para que el fuego quémase los malos tragos, y los guardase de todo mal. No se dieron cuenta del momento exacto en que empezaron a bailar, ni siquiera lo pensaron; tan solo se dejaron llevar. La música retumbaba en los altavoces con un pulso lento y pesado, una de esas cumbias rebajadas que arrastran el ritmo como si el tiempo se moviera dentro de miel espesa. El bajo marcaba un latido profundo, las percusiones se estiraban como olas largas, y la gente no saltaba ni agitaba los brazos: se balanceaba. Ese era el secreto… No se bailaba con pasos rápidos, sino dejando que el cuerpo flotara. Las rodillas flexionadas, los hombros sueltos, los pies deslizándose lentamente por el suelo como si la gravedad fuera más ligera.

Parecía más un vaivén hipnótico que un baile. Y los tres, ya no borrachos sino completamente embriagados por el ambiente, terminaron en mitad de la pista, fundidos con aquella amalgama de gente que parecía compartir un único propósito : Moverse, respirar. Flotar con la música que decía…

“Yo no bailo la cumbia, abandono el suelo
y me entrego al aire que vas dejando,
yo me convierto en tu deseo…”

Nico levantaba la copa por encima de su cabeza mientras bailaba con los ojos medio cerrados. Jamás había sido un gran bailarín, ni siquiera uno decente, pero en aquel lugar eso no tenía la menor importancia. La cumbia no exige técnica ni estilo. Solo pide tu alma a cambio de que el cuerpo se deje llevar. Así que se balanceaba lentamente, los pies arrastrándose por el suelo pegajoso, los hombros sueltos, moviéndose al compás del bajo como si el ritmo lo empujara desde dentro. A su alrededor todo el mundo hacía lo mismo. Parejas que se mecían muy juntas, grupos que giraban despacio, mochileros sudados moviendo la cabeza con los ojos cerrados. Era como si la pista entera respirara a la vez.

“Yo no rompí el cristal, fue la luna roja,
la loba en celo, fueron tus dedos
que me tocaron y se volvieron”

Gustavo, torpe y bruto por naturaleza, también había encontrado su lugar en aquel flujo extraño. Sus movimientos no eran elegantes, ni mucho menos, pero el ritmo lento de la cumbia le favorecía. Su cuerpo grande se balanceaba como una hoja pesada movida por una brisa constante. Con la cabeza levantada reía a carcajadas mientras la multitud lo empujaba suavemente de un lado a otro. Ya no parecía un hombre preocupado. Parecía alguien que llevaba toda su vida esperando ese momento.

“Viene de ti, viene de mí, viene del viento.
No miento, es un sentimiento.
Es un sentimiento…”

En algún punto de la canción empezó a formarse un pequeño círculo en mitad de la pista. Nadie supo quién lo inició. Quizá alguien levantó los brazos, quizá otro dio un paso atrás para abrir espacio. Pero en cuestión de segundos el movimiento se extendió. La gente empezó a girar lentamente alrededor de ese centro invisible. Como planetas describiendo órbitas perezosas alrededor de un sol imaginario. Nadie lo organizó. Simplemente sucedió. La música lo sostenía todo.

“En San Fernando, fumé un poquito.
Fue lluvia seca, no fue delito.
Hoy que no necesito a nadie, yo te preciso”

Fue entonces cuando Gabi percibió algo distinto entre el olor a sudor, alcohol y perfume. Marihuana. Un aroma inconfundible. Giró la cabeza siguiendo el rastro con la misma precisión con la que un perro encuentra un hueso enterrado. A pocos pasos, una chica mochilera de rastas largas y piercings brillando bajo la luz roja lo miraba con una sonrisa amplia, sosteniendo un porro entre los dedos.

“Dime que no rompiste la madrugada. Que no te fuiste,
que despertar la próxima vez no será tan triste”

Se lo ofreció sin decir nada. Gabi lo aceptó como si aquello fuera lo más natural del mundo.
  • ¡Gracias! - gritó por encima de la música, sin dejar de moverse.
La chica entrecerró los ojos al oír su acento.
  • ¡¿Eres español?!
  • ¡Sí!
  • ¡Nosotras también!
“Viene de ti, viene de mí, viene del viento.
No miento, es un sentimiento.
Es un sentimiento…”

Otra chica apareció a su lado, morena, con el mismo aire hippy y los ojos vidriosos de quien ya lleva varias horas dejándose llevar por la noche. Se acercó bailando, moviendo los hombros al ritmo lento de la cumbia.

“Una luz, no más que una luz querida,
una luz torcida que en el desierto cambió mi vida.”

Encontrarse con compatriotas tan lejos de casa siempre crea una conexión extraña. Quizá no tengas nada en común con ellos. Quizá en otro contexto ni siquiera hablaríais. Pero en ese instante, en mitad de una pista llena de desconocidos… os sentís como hermanos.

“Camarada de rebelión, florecita Macumba en la despedida.
No digas siempre, no digas nunca”

Gabi dio una calada profunda y le devolvió el porro.
  • ¡Yo estoy con unos amigos también!
  • ¡Genial! - rió la chica de las rastas - ¡Españoles por el mundo!
Luego alzó la mano como si acabara de recordar algo importante.
  • ¡Me llamo Iris, por cierto! ¡Y ella es Aura!
Gabi dudó solo una fracción de segundo.
  • Yo… - improvisó - soy Marcos. ¡Un placer!
Las dos rieron. La cumbia seguía pulsando alrededor de ellos, lenta, pegajosa, hipnótica. Y el círculo de gente continuaba girando suavemente, como si todo el bar estuviera atrapado dentro de una misma corriente invisible. Las presentaciones fueron rápidas, casi atropelladas, como suele ocurrir en los lugares donde la música no deja espacio para discursos largos. Primero los nombres. Luego los besos. Después las risas, las drogas, los cuerpos en movimiento. Nadie pidió apellidos. Nadie preguntó demasiado. En ese tipo de noches los nombres eran poco más que sonidos útiles para llamar la atención de alguien entre el ruido. Luego empezaron a bailar. Primero midiendo distancias. Luego mezclados. Después completamente integrados en aquella masa humana que se movía como un solo cuerpo.

Las rondas de alcohol comenzaron a circular como si alguien hubiera abierto una compuerta invisible. Un pisco sour se convirtió en dos. Luego en varias cervezas seguidas, sin tiempo a terminarlas siquiera. Luego en algo dulce que Gustavo trajo desde la barra sin que nadie recordara haberlo pedido. Cada vez que alguien volvía con vasos nuevos, las manos se alzaban para brindar.
  • ¡Salud!
  • ¡Por el viaje!
  • ¡Por la noche!
  • ¡Por no trabajar mañana! - gritó Nico en algún momento, provocando carcajadas.
Desconocidos que, sin demasiado esfuerzo, empezaban a comportarse como si se conocieran desde hacía años. Eso también tenía algo de mágico. Las horas fueron cayendo una detrás de otra sin que nadie se molestara en contarlas. El bar, que antes era una jungla humana llena de cuerpos sudados y risas, empezó a vaciarse poco a poco. Algunos turistas salían tambaleándose hacia la calle. Otros se despedían con abrazos exagerados. La pista iba perdiendo densidad, como si la noche se estuviera desinflando lentamente. Cuando el cansancio empezó a pesar en las piernas, los cuatro acabaron refugiándose en unos sofás bajos colocados en un lateral del local. El rincón parecía una pequeña selva privada. Plantas grandes caían desde estanterías de madera. Hojas enormes proyectaban sombras sobre las paredes rojas. El aire seguía siendo cálido y húmedo, pero allí la música llegaba un poco más amortiguada.

Nico se dejó caer primero.
  • Joder… mis rodillas han pedido la jubilación anticipada.
Iris rió mientras se acomodaba a su lado.
  • No me extraña, Luís. En mi vida había visto nadie bailar de ese modo…
  • ¡Eh! Que yo tengo estilo propio.
  • Sí - intervino Aura con una sonrisa ladeada -. El estilo “me estoy cayendo pero disimulo”.
Gabi levantó su vaso.
  • A mí me parece que bailas bastante bien.
  • Claro… - rió Iris -, porque vas igual de borracho que él.
Todos rieron. Las conversaciones siguieron, sencillas, de esas que no intentan impresionar a nadie. Aura terminaba de liarse otro porro, mientras la noche avanzaba con aquella sensación de que no terminaría nunca.
  • ¿Lleváis mucho viajando? - preguntó Nico.
  • Mes y medio - respondió Iris -. Empezamos en Colombia…
  • Luego Ecuador - añadió Aura encendiéndose el canuto -. Y ahora Perú.
  • ¿Y vosotros?
Nico y Gabi intercambiaron una mirada rápida.
  • Es la primera vez que salimos de España - dijo Gabi encogiéndose de hombros -. Las primeras vacaciones largas que tenemos en mucho tiempo.
  • Muy largas - añadió Nico con una media sonrisa.
  • ¿Y por qué Perú?
El porro empezó a rular de mano en mano.
  • ¿Y por qué no? - rió Gabi, el humo nublando su mente - En realidad no lo pensamos mucho… queríamos salir de Europa, nos hacía ilusión ir lejos y Perú fue lo más barato que encontramos.
  • Un viaje de bajo presupuesto - sonrió Aura a su lado - Nosotras sabemos muy bien de que va el rollo.
Iris levantó una ceja.
  • Se os nota cara de haber vivido muchas cosas…
  • ¡Pues como vosotras! - contestó Gabi - Tenéis toda la pinta de llevar media vida trotando por el mundo entero.
  • Me refiero a cosas raras… - aclaró Iris.
  • ¿Raras bien o raras mal? - preguntó Nico.
  • Las dos - contestó ella, girándose hacía él - Tengo un sexto sentido para estas cosas, mi abuela era medio bruja, ¿sabes? Veo algo en vosotros… algo raro.
Gabi miró a Nico, forzando la sonrisa.
  • Lo dice por tu forma de bailar, colega… El mundo no está preparado para tu don.
Los cuatro volvieron a reír, el alcohol corriendo por la sangre, la hierba inundando los pulmones. Gabi dio un pequeño sorbo a su vaso, observándolas a ambas. Iris y Aura. Seguramente no eran sus nombres reales. Había algo en ellas - en su forma de hablar, de moverse, de mirar al mundo - que sugería que eran demasiado libres como para aceptar sin más los nombres que sus padres les habían impuesto. Pero ¿quién era él para juzgarlo? Al fin y al cabo, Marcos tampoco era su nombre. Ni Nico era Luís. Las mentiras flotaban entre ellos con una naturalidad casi cómica, aunque nadie parecía demasiado preocupado por ello.

Al otro lado del local, medio oculto entre unas cortinas de tela roja y plantas gigantes, Gustavo había encontrado su propia aventura. Un pequeño reservado. Y dentro, una mujer alemana de proporciones monumentales. Caderas anchas. Pechos generosos. Brazos fuertes que ahora rodeaban el cuello de Gustavo mientras reían entre besos torpes y alcoholizados. Era tan grande que incluso él - que no era precisamente un hombre pequeño - parecía encogerse a su lado. Pero a Gustavo aquello no parecía importarle lo más mínimo. Al contrario. Su cara - ahora metida entre sus tetas - tenía esa expresión de triunfo silencioso que solo aparece cuando alguien, por una vez en su vida, siente que la suerte se ha acordado de él.
  • ¿Y dónde os alojáis? - preguntó Iris, acercándose un poco más a Nico.
  • Esto… - él se atragantó con la bebida, poniéndose nervioso al instante.
Su corazón solo reconocía a una mujer. Solo Laia era dueña de su alma. Pero su cuerpo, al parecer, tenía su propia opinión al respecto. Y aunque todos percibieron su incomodidad exterior, solo él sintió la otra “tensión”, la que crecía traicionera bajo los pantalones. Gabi también se dio cuenta que Aura, sentada a su lado, empezaba a acercarse poco a poco, con esa naturalidad disimulada que no necesita palabras para hacerse evidente. Así que hizo lo que todo hombre - y buen amigo - haría en un momento así: intervenir antes de que la situación se torciera.
  • Acampamos a las afueras de la ciudad - dijo apresuradamente -. En la furgoneta que alquilamos en Lima. ¡Con nuestras novias!
  • ¡Si! ¡Con nuestras novias! - repitió Nico a toda prisa.
Iris miró a su amiga y esbozó una sonrisa lenta. La palabra “novias” pareció resbalarles por la piel sin dejar demasiada huella. Quizá eran más libres de lo que Gabi había pensado en un primer momento. Quizá el concepto de propiedad privada no significaba para ellas exactamente lo mismo que para el resto del mundo.
  • ¿Y por qué no están aquí con vosotros? - preguntó Aura, inclinándose un poco más, ya demasiado cerca -. Si yo tuviera un novio tan guapo como tú, lo tendría atado con una correa.
Gabi sintió cómo ella le pasaba un brazo por encima del cuello mientras le soplaba el humo del canuto en la cara. Y lo primero que le vino a la cabeza fue Sofi. No la idea de traicionarla - pues eso no iba a ocurrir jamás -, sino las posibles consecuencias de que su loba en celo descubriera que otra hembra intentaba acercarse demasiado a su territorio. Porque Sofi era libre como ellas, sí. Pero no era, precisamente, el espíritu de Woodstock del sesenta y nueve, no. Era otro tipo de libertad. De la que se defiende con uñas y dientes. De la que se impone a base de mordidas. De la que se defiende con violencia, dientes apretados y mirada encendida. De la que se impone sin necesidad de discutir. Y si alguna vez descubría… Gabi tragó saliva. Pues sospechaba que la conversación no sería precisamente diplomática, si es que llegaba a haberla.

Sonrió con calma, intentando que la situación no se volviera incómoda para nadie.
  • Créeme - dijo apartando suavemente el humo con la mano -, si estuviera aquí, no te dejaría acercarte tanto.
Aura levantó una ceja divertida.
  • ¿Tan peligrosa es?
  • No… - respondió Gabi, dando un pequeño sorbo a su vaso -. Pero es rápida.
Iris soltó una carcajada.
  • Eso suena a historia interesante.
  • Lo es - murmuró Nico, recuperando un poco la compostura -. Pero no creo que sea buena idea contarla.
Iris seguía inclinada hacia él, tan cerca que su respiración se fundió con la de él.
  • ¿Por qué?
Nico dudó un segundo, rascándose la nuca.
  • Porque seguramente os metería en problemas.
Aura soltó otra nube de humo y miró a Gabi de reojo.
  • Los problemas también pueden ser divertidos.
  • A veces - admitió Gabi -. Pero otras veces te persiguen durante toda la vida.
Las dos amigas se miraron entre sí con una sonrisa cómplice, como si aquel tipo de advertencias no formara parte de su vocabulario. Durante un momento ninguno habló. La música seguía sonando, ahora más baja, más lenta. El bar estaba casi vacío. En la pista solo quedaban un par de parejas moviéndose con la inercia de la madrugada. Entonces Nico, intentando cambiar el rumbo de la conversación, señaló hacia el reservado del fondo.
  • Bueno… al menos uno de nosotros no tiene ese problema.
Las dos chicas giraron la cabeza. Allí estaba Gustavo. Medio oculto entre cortinas y hojas enormes, besándose con aquella alemana gigantesca como si el resto del mundo hubiera dejado de existir. Sus manos desaparecían entre la espalda de la mujer mientras ella lo apretaba contra su cuerpo con una fuerza casi maternal. Iris soltó una risa incrédula.
  • Madre mía con el viejo…
Aura silbó bajito.
  • Ese sí que no está pensando en su novia.
Nico levantó el vaso.
  • Ese directamente ha olvidado que existe el planeta Tierra.
Gabi observó la escena unos segundos, y sonrió de oreja a oreja. Había conseguido lo que se había propuesto: ver a Gustavo exactamente como lo que parecía en ese momento. Un hombre que, aunque fuera solo por una noche, había dejado de sentirse invisible.
  • ¿Qué hora es? - le preguntó a Nico, frotándose los ojos con los nudillos.
Él miró el reloj con gesto torcido, como si las agujas también estuvieran ligeramente borrachas.
  • Colega… creo que va siendo hora de retirarnos. - sugirió.
Gabi asintió lentamente.
  • Sí… yo también lo creo.
Se levantaron casi al mismo tiempo, empujándose con cuidado para incorporarse del sofá entre plantas gigantes y cojines hundidos por el peso de la madrugada. La música seguía sonando, más suave ahora, como si el local también estuviera empezando a quedarse sin fuerzas. Estaban decididos a salir de allí. A dejar atrás aquel rincón húmedo de selva artificial… y a aquellas dos mujeres que, sin ninguna duda, tenían interés en conocerlos mucho más profundamente.
  • ¡¿Tan pronto?! - protestó Aura, apartándose un poco para dejar pasar a Gabi.
  • ¡Venga, chicos! - se lamentó Iris, alargando una mano dramáticamente -. ¡Que la noche es joven!
Gabi y Nico se detuvieron un momento junto a la mesa. Se miraron brevemente y luego volvieron a sonreírles. No querían ser descorteses. Habían pasado una noche increíble. Habían bailado, bebido, fumado, reído como viejos amigos aunque apenas se conocieran. Iris y Aura eran de esas personas que aparecen en tu camino durante unas horas y te hacen sentir que el mundo es un sitio más amable.
  • En otras circunstancias hubiera sido bonito, no digo que no… - dijo Gabi con una sonrisa sincera -. Pero no es posible, chicas.
  • Disfrutad de vuestro viaje - añadió Nico -. Y mucha suerte por el camino.
Iris, recostada sobre el sofá con una pierna cruzada sobre la otra, no dejó escapar la oportunidad de lanzar un último intento.
  • Nadie tiene que enterarse, chicos… - dijo con voz suave -. Una noche de amor libre, sin ataduras… y mañana, si te he visto, no me acuerdo.
Por primera vez en toda la conversación, el rostro de Nico cambió. No fue un gesto brusco. Solo algo en su expresión se volvió más firme.
  • Lo siento… pero no - dijo con calma -. Jamás le haría algo así a la mujer que amo.
Hubo un pequeño silencio. Entonces Gabi soltó una carcajada y le pasó el brazo por el hombro.
  • ¡Vamos, intensito! - rió -. ¡Volvamos a casa!…
Se giró hacia ellas una última vez.
  • Chicas, de corazón… ha sido un placer. Esta noche ha sido increíble… Os deseo un buen viaje sin rumbo.
Y sin darle más vueltas, se largaron. Mientras los dos se alejaban hacia la salida, Iris y Aura se quedaron solas en el sofá. Se miraron durante un momento en silencio, una frente a la otra entre las sombras rojizas del local. Luego Iris se inclinó hacia delante. Aura hizo lo mismo. Se acercaron hasta casi tocarse las frentes… y empezaron a cuchichear entre risitas, lanzando alguna mirada divertida hacia la espalda de los dos españoles que se marchaban.
  • ¿Lo ves? - susurró Iris.
Aura sonrió.
  • Te dije que el tímido era el peligroso.
Ambas soltaron una risa baja mientras se servían el último trago que quedaba en la botella. Mientras tanto, Nico y Gabi avanzaban tambaleándose hacia la salida del bar. Nico abrió la puerta, casi tropezando.
  • ¡Espera colega! - dijo Gabi de repente -. Falta el dinosaurio.
  • ¡Ostias! Es verdad…
Torpemente se dirigieron hacia el reservado donde habían visto desaparecer a Gustavo. Apartaron la cortina roja entre risas. Dentro, Gustavo tardó un par de segundos en darse cuenta de que estaban allí. Estaba demasiado ocupado pegado a aquella alemana gigantesca de caderas anchas y pechos monumentales, que lo tenía atrapado entre sus brazos como si fuera un peluche. Cuando finalmente levantó la cabeza, los miró y les regaló una sonrisa gloriosa. Una sonrisa completamente manchada de carmín rojo. Gabi y Nico intercambiaron una mirada. No hacía falta decir nada más. Ese hombre no iba a volver al campamento con ellos, al menos no aquella madrugada.
  • Está bien, colega… - rió Gabi, levantando un dedo acusador -. Pero ves con cuidado… ¿me oyes?
  • ¡¿Qué eres, mi padre ahora, chaval?! - gruñó Gustavo entre risas -. ¡Anda, largaos ya!
La alemana volvió a tirarlo hacia dentro de su escote. La cortina se cerró. Gabi y Nico se miraron un segundo… y estallaron en carcajadas, saliendo del bar tambaleándose. El aire frío de la madrugada les golpeó la cara como un cubo de agua helada, pero en lugar de despejarlos solo consiguió que se echaran a reír todavía más. Caminaban abrazados por los hombros, avanzando por las calles de Cusco como dos guerreros que regresaban de una batalla gloriosa. Despeinados, sudados, borrachos, fumados… Y completamente felices.
  • Menuda suerte la mía… - murmuró Nico entre risas -. No me como un coño en años… y ahora que tengo novia… ¡se me tiran todas encima!
Gabi llevaba un cigarro colgando de la boca y apenas podía caminar recto de lo que se reía.
  • ¡Eso es lo que pasa por volverte un hombre fiel, cabrón!
  • ¡No me jodas!
  • ¡Te lo juro! Es una ley universal… ¡cuando no quieres, aparecen!
Se le calló el mechero al suelo, y sí, recogerlo fue un reto realmente difícil de superar. Nico reía a pleno pulmón.
  • Tenías que verte la cara… - sonrió Gabi con la llama tambaleante frente a su rostro - Parecías un perrito apaleado.
Nico lo empujó con el hombro, mientras retomaban aquella marcha en zigzag.
  • Calla, idiota.
  • ¡Admite que estabas a punto de caer!
  • ¡Ni de coña!
  • ¡Te vi la cara!
  • ¡Era el pisco, joder!
  • ¡Sí, claro… el pisco!
Sus carcajadas resonaban por la calle vacía mientras se alejaban tambaleándose hacia el campamento. Dos soldados regresando del frente. Magullados… Borrachos… Pero con la sensación gloriosa de haber sobrevivido otra noche más en el fin del mundo.

Quizá fueron los gritos que iban soltando mientras caminaban. Quizá cuando Nico se detuvo a mear en unos arbustos. Quizá cuando Gabi tropezó con unas cajas de cerveza vacías y cayó de bruces contra el suelo entre carcajadas. O quizá cuando empezaron a discutir, tambaleándose en mitad de la calle, porque uno de los dos estaba convencido de que el otro se había equivocado de camino. Fuera como fuese, estaban haciendo demasiado ruido. Y alguien debió llamar a la policía. Las luces fucsias y azuladas fueron lo primero que vieron al fondo de la calle. Gabi puso una mano sobre el pecho de Nico, deteniéndolo en seco. Los dos se miraron en silencio apenas una fracción de segundo. Y echaron a correr.

La borrachera se les pasó de golpe, como si el alcohol se hubiera evaporado de la sangre en un instante. Giraron la esquina a toda prisa y se ocultaron detrás de la pared, agazapados, observando cómo el coche patrulla avanzaba lentamente hacia su posición.
  • ¿Qué hacemos? - preguntó Nico, con la respiración entrecortada.
  • No lo sé, colega… - contestó Gabi, intentando recuperar el aire -. Pero como nos cojan…
No terminó la frase. Miró hacia atrás, buscando una salida, pero no había. Se encontraban en un callejón sin salida. Gabi tuvo la extraña sensación de seguir dentro de aquel bar selvático de hacía un rato. Solo que ahora la selva ya no parecía un lugar agradable donde perderse. Habían pasado de ser panteras cumbieras a conejos asustados. Donde antes había jolgorio, música y alcohol… ahora solo había paranoia. Ambos pensaban en lo mismo: En las consecuencias, en ser detenidos, en pasar la noche en un calabozo, en mostrar pasaportes que no tenían, en responder preguntas que no podían responder.

Pero sus pensamientos fueron aún más lejos. ¿Y si quien había llamado a la policía no era un vecino harto de turistas borrachos? ¿Y si las autoridades estaban colaborando con el enemigo? Compartieron aquel miedo sin decir una sola palabra. Como si sus pensamientos viajaran de una mente a otra por un hilo invisible. El coche estaba cada vez más cerca. Gabi llevó la mano a la espalda. El metal de la pistola estaba frío y pesado, más de lo normal. Nico alzó la cabeza… y al verlo hacer ese gesto, hizo lo mismo. El arma temblaba entre sus manos. Se miraron en silencio. Asintieron. No estaban listos. Pero lo iban a hacer igualmente.
  • ¡Eh, Marcos! ¡Luis!
La voz llegó desde arriba. Los dos dieron un salto del susto. A Nico se le cayó la pistola al suelo y tuvo que recogerla con manos torpes mientras maldecía en voz baja. Gabi levantó la vista. Iris estaba apoyada en un balcón, fumándose un cigarro con la tranquilidad de quien observa una escena extraña en mitad de la madrugada. Ella y su amiga habían regresado hacía un rato al albergue donde se alojaban. Iris había salido a fumarse el último cigarro antes de dormir cuando vio a sus dos nuevos amigos aparecer por la calle a toda prisa. Los había estado observando un rato en silencio, confundida. Había visto la carrera. Había visto las luces de la policía. Había visto sus caras tensas. Había visto las armas cuando las sacaron. Y ahora estaba viendo la expresión de Marcos… pidiendo ayuda sin decir una sola palabra.

Durante un instante dudó. No era muy fan de las armas, y aquello olía a problemas. Pero entonces recordó la noche que acababa de pasar: Las risas, la música, lo majos que habían sido aquellos chicos. Y tomó una decisión.
  • ¡Vamos, rápido! ¡Que os abro!
Tiró el cigarro a la calle y desapareció dentro del edificio. Gabi y Nico corrieron hasta la puerta justo debajo del balcón. El corazón les golpeaba las costillas como un tambor. Unos segundos después, la puerta se abrió y entraron dentro sin mirar atrás. Las luces del coche patrulla se reflejaron en los cristales opacos de la puerta que daba a la calle, mientras ellos se quedaron en mitad del pasillo oscuro, jadeando. Nico y Gabi se miraron, completamente fuera de sí, escondiendo las armas de nuevo. Iris miraba a través del cristal con calma, escuchó un segundo en silencio y luego se apartó, volviendo hacia ellos.
  • Ya se han ido… - dijo -. Estáis a salvo.
Nico se secó el sudor de la frente con la camiseta.
  • Te lo agradecemos, Iris… Nos acabas de salvar el culo.
Ella sonrió ligeramente.
  • Venid conmigo, vamos. Hay café recién hecho al final del pasillo.
Gabi levantó una ceja.
  • ¿Podemos pasar la noche aquí?
Iris soltó una pequeña risa mientras empezaba a caminar.
  • Está a punto de salir el sol… así que poca noche vais a pasar.
Se detuvo un momento y los miró fijamente a ambos.
  • Además… creo que me debéis una explicación.
Como el Cesio, siendo el pulso que mide el infinito y el estallido que transforma el frío en un fuego que no deja de bailar. Esta historia continuará…
 
Van de lio en lio Gabi y Nico. A ver cómo salen de está, porque no creo que sea buena idea involucrar a dos chicas más en su grupo.
Verás tú la que le van a dar las Lobas enfurecidas de Sofi y Laia. 😂😂
 
Van de lio en lio Gabi y Nico. A ver cómo salen de está, porque no creo que sea buena idea involucrar a dos chicas más en su grupo.
Verás tú la que le van a dar las Lobas enfurecidas de Sofi y Laia. 😂😂
Como lo sabes... van a haber dentelladas me parece a mí. Esas dos hippies no saben donde se han metido, pobrecitas, jajajaja
 
Quería agradecerte "Ron_Artest" el gran trabajo que estás realizando, la verdad, me sorprende como puedes escribir tan fácilmente relatos tan grandes y publicarlos casi a diario, realmente increíble. No comento tus relatos porque, en este momento, no tengo tiempo para leerlos, tan solo voy elaborando un pdf para leerlos en las vacaciones de verano, pues ahí sí tendré bastante tiempo y disfrutaré de su lectura. Además sé que me van a gustar porque tengo gustos muy parecidos a tu gran seguidor "Carlos", así que si a él le gustan, a mí también me gustaran. A pesar de esto, siempre le doy a "Me gusta" en todas tus publicaciones para que sepas que cuentas con todo mi apoyo en este gran trabajo que estás realizando.

Por otro lado, me gustan los relatos que no solo sean se sexo, el que haya una historia, aventuras y otras emociones le dan a tus relatos una dimensión que los hace completos y para mí, entretenidos. Espero disfrutar mucho de ellos este verano cuando los lea. Así que mucho ánimo y sigue así con ese entusiasmo que demuestras tener.
 
Quería agradecerte "Ron_Artest" el gran trabajo que estás realizando, la verdad, me sorprende como puedes escribir tan fácilmente relatos tan grandes y publicarlos casi a diario, realmente increíble. No comento tus relatos porque, en este momento, no tengo tiempo para leerlos, tan solo voy elaborando un pdf para leerlos en las vacaciones de verano, pues ahí sí tendré bastante tiempo y disfrutaré de su lectura. Además sé que me van a gustar porque tengo gustos muy parecidos a tu gran seguidor "Carlos", así que si a él le gustan, a mí también me gustaran. A pesar de esto, siempre le doy a "Me gusta" en todas tus publicaciones para que sepas que cuentas con todo mi apoyo en este gran trabajo que estás realizando.

Por otro lado, me gustan los relatos que no solo sean se sexo, el que haya una historia, aventuras y otras emociones le dan a tus relatos una dimensión que los hace completos y para mí, entretenidos. Espero disfrutar mucho de ellos este verano cuando los lea. Así que mucho ánimo y sigue así con ese entusiasmo que demuestras tener.
Gracias compañero, agradezco inmensamente tu comentario. ❤️
Para mí es un placer poder compartir con otras personas lo que me apasiona. Y leer comentarios como el tuyo solo me animan más a seguir.
De corazón, y de nuevo, muchas gracias.

Un abrazo!
 
Capítulo 56. Bario - (Ba)ilaré sobre tu tumba

El Bario (Ba) ocupa el quincuagésimo sexto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del bario con la sentencia de "Bailaré sobre tu tumba", nos encontramos con el elemento del juramento inquebrantable. El bario es el metal de la densidad pesada y la luz verde espectral; es el elemento del forajido que ha dejado de pertenecer a la superficie civilizada para convertirse en una fuerza de la naturaleza, pesada y letal, que protege lo suyo con una lealtad que trasciende la muerte.

El Bario y el Forajido: La Química de la Sentencia Final

1. El Nombre de la Pesadez (Barys)

Su nombre viene del griego barys, que significa "pesado". El bario es denso, difícil de mover y se hunde con una determinación absoluta. El forajido no es un espíritu ligero que huye; es una presencia pesada que se planta. Cruzar la línea roja es ganar "peso" moral. Cuando dices "bailaré sobre tu tumba", tus palabras tienen la densidad del bario. No es una amenaza vacía, es una sentencia gravitatoria. El bandolero no flota en las ideas, se hunde en sus convicciones hasta que el suelo tiembla bajo sus botas.

2. La Pantalla de Contraste (La Papilla de Bario)
En medicina, se usa el sulfato de bario para revelar lo que está oculto en el sistema digestivo bajo los rayos X. Es opaco a la radiación. El fuera de la ley es el contraste del sistema. Su existencia hace que las tripas podridas de la sociedad sean visibles. Al tragarse la injusticia, el forajido se vuelve opaco: la propaganda del poder no puede atravesarlo, los rayos X del control social rebotan en él. Bailar sobre la tumba del enemigo es el acto final de revelación; es mostrar que, mientras el sistema es transparente y falso, el bandolero es real y sólido.

3. El Fuego Verde (Las Llamas del Juicio)
Cuando el bario se quema, emite una luz verde brillante y distintiva en los fuegos artificiales. El forajido no muere en silencio; arde en color esmeralda. El verde del bario es el color de la naturaleza reclamando su territorio sobre el cemento artificial. Es la señal en el cielo de que la ley humana ha sido suspendida. "Bailar sobre tu tumba" es ese resplandor verde: una celebración tóxica y hermosa que ilumina el entierro de lo viejo para que nazca lo salvaje.

4. El Escudo de Protección (Baritina)
El bario se usa en los lodos de perforación para evitar explosiones y como escudo contra la radiación en reactores nucleares. El bandolero es el escudo de los suyos. Su cuerpo y su ley son la "baritina" que contiene la presión del sistema. Defender a los hermanos y a la tierra requiere una armadura química que no deje pasar el veneno del poder. El forajido se convierte en una barrera infranqueable; para tocar a los suyos, primero hay que picar piedra en su pecho de metal pesado.

5. El Veneno y la Medicina (La Dualidad del Hierro)
Mientras que el sulfato de bario te salva la vida en una radiografía, otras sales de bario son venenos potentes que paralizan los músculos. El fuera de la ley es medicina para el oprimido y veneno para el tirano. No hay término medio. Cruzar la línea roja significa aceptar esta dualidad: ser el alivio de tu gente y la parálisis del enemigo. Bailar sobre la tumba es el movimiento final de ese músculo que el sistema no pudo detener.

Conclusión: El Bario es la venganza mineral. Nos enseña que la ley de la tierra es más pesada que la ley del hombre. Ser un forajido es reconocer que la justicia no se pide, se ejerce con la densidad del metal y la luz del incendio. El bario es el peso de la bota sobre la tierra fresca, recordándonos que el que no teme a la muerte es el único que está realmente vivo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


El amanecer llegó despacio y solemne sobre Cusco. Primero fue una claridad tímida en el horizonte, una línea pálida detrás de las montañas negras. Luego el cielo empezó a teñirse de tonos rosados y anaranjados, como si alguien hubiera derramado fuego líquido sobre las cumbres andinas. Las nubes bajas se deshacían lentamente, y la ciudad, todavía medio dormida, comenzaba a revelarse bajo aquella luz nueva.

Desde lo alto del campamento, el mundo parecía demasiado tranquilo, demasiado hermoso. Sofi estaba de pie junto al borde de la ladera, contemplando la ciudad. El aire frío de la mañana agitaba sus cabellos oscuros y le helaba las mejillas, pero ella apenas parecía notarlo. Tenía los ojos clavados en las calles lejanas, el ceño fruncido, la espalda recta. Los chicos aún no habían vuelto. Y eso no le gustaba nada. Su mirada recorría la ciudad con la intensidad de un general evaluando un territorio enemigo. “Si algo les había pasado ahí abajo… si alguien había cometido el error de tocar a uno de los suyos…”, pensó apretando los puños.

El viento volvió a soplar, levantando un poco de polvo seco. Por un instante, con aquella postura rígida y el rostro endurecido, parecía una conquistadora estudiando cómo apoderarse de la ciudad. Finalmente se dio la vuelta. La hoguera seguía encendida, como había estado durante toda la noche. Un círculo de brasas rojizas crepitaba suavemente mientras el campamento empezaba a despertar. Los demás se removían entre mantas y mochilas. Bostezos, espaldas doloridas, caras de haber dormido poco o mal. Sofi se acercó a su mochila y se agachó junto a ella. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos. Sacó una camiseta limpia y se cambió. Después tomó la pistola, abrió el cargador, lo revisó con rapidez y lo volvió a encajar con un clic seco. Por último, sacó un pequeño paquete arrugado con media docena de galletas resecas. Mordió una sin entusiasmo, como quien llena el depósito antes de ponerse en marcha.

Justo entonces, alguien se agachó a su lado. Laia abrió su propia mochila y empezó a prepararse también. Sofi la miró de reojo.
  • ¿Qué coño haces? - preguntó malhumorada.
Laia levantó la vista con media sonrisa.
  • Ni de coña vas a ir sola, amiga. Mi hombre esta ahí abajo, como el tuyo. Así que iré contigo…
Revisó la mirilla de su arma con cuidado, ajustándola con los dedos. Luego guardó la pistola en la espalda y se bajó la camiseta por encima para ocultarla. Aquel gesto tenía algo ritual. Como quien prepara café por la mañana antes de ir a trabajar. Como quien se ata las botas antes de empezar el día. Sofi la observó en silencio. Y no pudo evitar que en su expresión apareciera un rastro de orgullo. Laia lo notó.
  • No me mires así - dijo sonriendo.
Sofi se puso en pie, decidida.
  • Te miro como me sale de los ovarios, ¿vale?
Le apoyó una mano en el hombro. Laia hizo lo mismo. Durante unos segundos se quedaron así, frente a frente. Y luego ambas asintieron al mismo tiempo.
  • No sabemos qué nos vamos a encontrar en la ciudad - dijo Sofi mientras se ponía una gorra -. Así que iremos juntas, sin separarnos. Y solo dispararemos como última opción. ¿De acuerdo?
Laia se colocó también una, ajustándola con precisión, semi ocultando su rostro.
  • No te preocupes - respondió -. Los encontraremos.
Sofi le dio un par de palmadas en la espalda. Luego las dos caminaron hacia la hoguera. Los Sorrentino ya estaban despiertos y empezaban a preparar café. El olor amargo del grano tostado empezaba a mezclarse con el aire frío de la mañana. Sofi habló directamente, sin rodeos.
  • Vamos a bajar a la ciudad. Los chicos no han vuelto aún y estamos preocupadas.
Antonio levantó la cabeza y las observó unos instantes. Acabó negando con una pequeña sonrisa cansada. Vicenzo, en cambio, observó a su hermano un momento y luego se puso en pie, acercándose a ellas.
  • ¿Lleváis… eh… las bengalas? - preguntó con su acento arrastrado -. 'E razzi… ¿capite?
Laia sacó la pistola de plástico del bolsillo y se la mostró. El italiano asintió.
  • Brave… - murmuró -. Id con cuidado, ¿sí? Si hay problemas… niente heroismi. No hagáis… como se dice… las heroínas. ¡Pedid refuerzos!
Sofi sonrió ligeramente.
  • Sabemos cuidarnos solas, Vicenzo. En todo caso… preocúpate por el que se haya atrevido a ponerle una mano encima a nuestros chicos.
Antonio soltó una carcajada mientras vertía el agua en la cafetera. Luego dijo en napolitano, con una sonrisa torcida:
  • Chi tène appaùra nun se cocca cu ’e ffémmene belle.
Laia parpadeó.
  • ¿Qué has dicho?
El hermano menor, aún medio dormido, tradujo al instante, conteniendo la risa.
  • Dice que… el que tiene miedo no se acuesta con mujeres bellas.
Laia soltó una pequeña risa.
  • Quien no arriesga… no gana - contestó guiñándole un ojo.
No dijeron nada más. Las dos chicas se dieron la vuelta casi al mismo tiempo y comenzaron a descender por el sendero que bajaba serpenteando hacia la ciudad. Sus siluetas se recortaban contra la luz creciente del amanecer, dos figuras decididas avanzando ladera abajo entre piedras, hierba seca y tierra suelta. El aire frío aún mordía, pero el sol empezaba a asomar por detrás de las montañas, tiñendo Cusco de oro pálido. Desde el campamento, los hermanos Sorrentino las observaban marcharse. Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Solo escuchaban el burbujeo suave de la cafetera y el crujido de la leña consumiéndose lentamente en la hoguera.

Las dos mujeres avanzaban con paso firme, sin mirar atrás. Sabían a dónde iban. Y por qué. Antonio sopló el café antes de dar el primer sorbo. Luego murmuró casi para sí mismo, con esa mezcla de respeto y diversión que le provocaban aquellas dos mujeres.
  • A femmena bbona vale ’na curona…
Vicenzo asintió despacio, calentando las manos en las brasas. Ellos lo sabían muy bien: “Una mujer así valía una corona”. No hablaban de belleza superficial, ni de caprichos románticos. Hablaban de otra cosa. De la fuerza que tienen ciertas mujeres, de esa mezcla rara de carácter, lealtad y fuego interior que no se encuentra todos los días. Pero estar al lado de una mujer así no es sencillo, pues exige valor.

Las mujeres fuertes no se esconden detrás de nadie. Caminan a tu lado. Discuten contigo. Te desafían. Y cuando llega el momento, también luchan por ti. Sofi y Laia eran exactamente eso. Dos mujeres capaces de reír, de amar, de enfadarse… y de bajar una montaña al amanecer para buscar a los hombres que querían, sin miedo y sin dudar un solo segundo. No por deber. Sino por algo mucho más poderoso: El vínculo. Ese lazo invisible que une a ciertas personas de una forma que ni el peligro, ni la distancia, ni el caos del mundo consigue romper. Las dos seguían descendiendo hacia Cusco, cada vez más pequeñas en la distancia.
  • Madonna… - murmuró Vicenzo con media sonrisa -. Puoveri guagliù… si hanno fatto quacche cazzata 'sta notte.
Antonio soltó una carcajada ronca. Porque si aquellos tres idiotas habían cometido una gilipollez… Ahora tenían un problema mucho mayor bajando hacia la ciudad.
  • ¿Por dónde empezamos a buscar? - preguntó Laia al alcanzar la primera calle.
Sofi se quedó un momento pensando, observando la ciudad que empezaba a desperezarse.
  • Bajaron a tomar unas cervezas… - murmuró -. Así que recorramos los bares. A ver si encontramos alguna pista.
  • De acuerdo - asintió Laia.
Salieron de la pequeña callejuela y, en cuestión de segundos, se mezclaron con el ritmo matutino de Cusco. La ciudad despertaba poco a poco. Las persianas metálicas empezaban a levantarse con chirridos perezosos. Algunos comerciantes barrían las aceras frente a sus tiendas, apartando polvo, hojas secas y los restos de la noche anterior. Un par de camionetas descargaban cajas de fruta mientras los vendedores del mercado colocaban montones de mangos, plátanos y papayas bajo toldos de colores. El olor del café recién hecho se mezclaba con el del pan caliente y el de los primeros puestos de comida que comenzaban a encender sus fogones. Los primeros turistas caminaban por las calles con paso lento, cámaras colgando del cuello y mapas arrugados en la mano, todavía adormecidos por el cambio horario. Algunos mochileros salían de hostales con cara de resaca, buscando desesperadamente una cafetería abierta. Los taxis tocaban el claxon. Los autobuses resoplaban. La ciudad empezaba a girar. Y en medio de ese movimiento constante, Sofi y Laia avanzaban con paso rápido, mirando a un lado y a otro, alertas.

Entraban en un bar, preguntaban y salían. Cruzaban la calle, entraban en otro y vuelta a empezar. La mayoría aún estaban cerrados. Las luces apagadas, las sillas apiladas sobre las mesas, el olor rancio de alcohol derramado flotando todavía en el aire. Pero en los pocos que ya estaban abiertos, se acercaban directamente a la barra.
  • Disculpa - decía Sofi -. Estamos buscando a tres hombres. Estuvieron de fiesta anoche.
Los camareros fruncían el ceño.
  • ¿Cómo son?
  • Tres. Dos jóvenes y uno más mayor… calvo.
Laia añadía detalles.
  • Uno fuma mucho, el otro lleva gafas de pasta…
Siempre sucedía lo mismo. El camarero pensaba unos segundos y negaba con la cabeza.
  • Lo siento.
Demasiados turistas. Demasiadas caras. Demasiadas noches iguales. En un local les dijeron que habían pasado cientos de personas por allí la noche anterior. En otro, el barman ni siquiera levantó la mirada mientras secaba vasos.
  • Aquí vienen muchos tipos así - dijo -. Difícil acordarse.
Salieron de nuevo a la calle. Laia se pasó una mano por la nuca.
  • Esto va a ser como buscar una aguja en un pajar.
Sofi no respondió. Seguía mirando alrededor, analizando, observando cada rincón de la ciudad como si intentara reconstruir la noche paso a paso. Porque en algún lugar de aquellas calles… Alguien tenía que haberlos visto.

Llevaban ya un buen rato recorriendo calles. Bar tras bar. Pregunta tras pregunta. Y absolutamente nada. Ni una pista. Ni una persona que recordara haber visto a tres hombres ruidosos, borrachos y probablemente demasiado felices para la responsabilidad que cargaban encima. Laia empezaba a perder la paciencia. Sofi, en cambio, seguía avanzando con esa concentración silenciosa suya, como si cada esquina pudiera revelar algo. Entonces ocurrió. Una voz irrumpió en la calma matutina de Cusco.
  • ¡Ich liebe dich, meine schöne Königin!
Las dos se detuvieron al instante y se miraron. No hizo falta decir nada, la voz era inconfundible. Así que apretaron el paso. Giraron por la esquina de la calle… y frenaron en seco. La escena que se dibujó ante ellas parecía sacada directamente de Romeo y Julieta… si Shakespeare hubiera sido alcohólico y la hubiese escrito en mitad de una resaca monumental.

Gustavo estaba plantado en medio de la calle. Los brazos alzados, la camisa medio abierta. Con una expresión absolutamente entregada al drama romántico. En el balcón del primer piso, una mujer alemana enorme, rubia y con los hombros desnudos, estaba asomada envuelta únicamente en un albornoz blanco. Sujetaba el cinturón del mismo con una mano mientras con la otra intentaba atrapar los besos que Gustavo le lanzaba al aire.
  • ¡Meine Liebe! - gritó él llevándose la mano al pecho.
Luego lanzó otro beso exagerado que viajó torpemente por el aire. La alemana lo atrapó con una mano y se lo pegó al corazón como si fuera una reliquia sagrada.
  • ¡Ohhhh Gus-ta-voooo! - respondió ella con un acento germánico brutal.
Luego lanzó uno de vuelta. Un beso gigantesco. Gustavo dio un paso atrás, abrió los brazos como un portero de fútbol y lo “atrapó” contra el pecho.
  • ¡Mi amor! - exclamó él como si acabara de recibir un disparo de cupido
Sofi parpadeó lentamente, sin dar crédito a lo que sus ojos veían. Laia se llevó una mano a la cara, conteniéndose la risa. Gustavo volvió a mirar hacia arriba, completamente absorto, sin darse cuenta que lo estaban observando.
  • ¡Te buscaré! ¡En Berlín! ¡O en Múnich! ¡O en… donde sea que vivas!
La alemana apoyó los codos en la barandilla del balcón, visiblemente emocionada.
  • ¡Vuelves pronto, ¿ja?!
  • ¡Te escribiré poemas! - declaró Gustavo tocándose el corazón.
  • No me lo puedo creer… - murmuró Sofi atónita.
En ese momento lanzó otro beso monumental hacia el balcón… y al bajar los brazos vio a las dos mujeres plantadas a escasos metros. Se quedó congelado de golpe, parpadeando varias veces. Miró a una, luego miró a la otra y levantó una mano con timidez.
  • ¡Buenos días, chicas!
Sofi y Laia arrancaron a caminar hacia él sin perder un segundo, mientras en el balcón la alemana seguía asomada, observando la escena como si acabaran de arrebatarle el corazón.
  • ¡¿Dónde te habías metido?! - soltó Sofi, claramente mosqueada -. ¡Estábamos preocupadas, joder!
Y sin más le soltó un puñetazo en el pecho. No era un golpe para hacer daño. Pero sí lo bastante fuerte como para liberar algo de la tensión que llevaba acumulada desde la noche anterior, cuando se fueron del campamento. Solo pretendía desprenderse de parte del miedo que le había estado encogiendo el corazón durante horas. Gustavo se llevó una mano al pecho.
  • Lo siento, Sofi… - dijo bajando la mirada -. La noche se complicó… y ya sabes… uno no es de piedra.
Laia, que había levantado la vista hacia el balcón, observó a la turista alemana suspirando como una adolescente enamorada. La mujer seguía allí, apoyada en la barandilla, abrazándose a sí misma dentro del albornoz, con expresión dramática. Laia dibujó media sonrisa.
  • ¿Qué les das, grandullón? - dijo mirando a Gustavo -. ¿Cuál es tu secreto?
Gustavo se encogió de hombros con total honestidad.
  • Sinceramente, preciosa… ni yo mismo lo sé.
Los dos rieron al mismo tiempo. Pero Sofi no estaba para bromas, así que los cortó en seco.
  • ¿Y Gabi? ¿Y Nico? - preguntó directamente -. ¿Están contigo?
Gustavo negó con la cabeza.
  • No… ellos… bueno… se fueron hacia el campamento… a eso de las…
La frase se quedó colgando en el aire. De repente se detuvo y su expresión cambió. La sonrisa desapareció de su rostro.
  • Espera… - Se quedó completamente pálido -. ¿No han vuelto?
Sofi negó lentamente con la cabeza.
  • No… No han vuelto.
Y con esa simple frase, la tensión volvió a aparecer en su rostro.
  • ¿Qué es lo último que recuerdas? - preguntó Laia enseguida.
Gustavo se pasó una mano por la nuca.
  • No mucho, la verdad… - admitió -. Estaba bastante borracho, en un reservado, con Marion…
En ese momento, desde el balcón, la alemana agitó una mano emocionada.
  • ¡Gus-ta-voooo!
  • ¡Ahora voy, mi vida! - contestó levantando una mano.
Luego volvió a concentrarse.
  • Bueno… - continuó -. Ellos se despidieron de mí y… - de repente recordó algo - Ah, bueno… sí.
Sofi y Laia lo miraron con atención.
  • Estaban con un par de chicas…
  • ¿Cómo que un par de chicas? - Sofi frunció el ceño.
Gustavo levantó las manos, intentando ordenar los recuerdos de una noche muy confusa.
  • A ver… conocimos a unas chavalas españolas en la discoteca. Un par de hippies muy majas. Nos invitaron a beber… y a fumar…
Laia y Sofi intercambiaron una mirada. Gustavo continuó recordando.
  • Estuvieron bailando con ellas toda la noche…
  • ¿Y? - preguntó Sofi, cada vez más impaciente.
  • Y nada… - dijo él encogiéndose de hombros -. Luego Nico y Gabi dijeron que se iban para el campamento.
Se hizo un pequeño silencio. Arriba, en el balcón, la alemana volvió a suspirar dramáticamente. Él alzó la cabeza y miró hacia arriba, sonriendo.
  • O nos vamos ya, o me veré obligado a subir de nuevo a esa habitación de hotel.
  • ¡Pues vámonos, va!
Sofi lo agarró del brazo sin contemplaciones y tiró de él calle abajo. En el balcón, la alemana seguía asomada, lanzando besos al aire con desesperación melodramática, como si estuviera despidiendo a un soldado que marchaba al frente.
  • ¡Gus-ta-voooo!
Él se giraba cada pocos pasos.
  • ¡Ich komme zurück! - gritó con la mano en el pecho.
Laia se colocó bien la gorra, alzó una mano y saludó a la mujer con una sonrisa divertida antes de acelerar el paso para alcanzarlos. Preguntándose desde cuando aquel grandullón había aprendido a hablar alemán. “Quizás la necesidad haga milagros”, pensó con una sonrisa torcida. Andaban deprisa y en silencio. Sofi le había pedido que las llevara al local donde estuvieron bebiendo la noche anterior, por si ahí encontraban alguna respuesta.
  • ¿Eran guapas esas chicas? - preguntó de repente, sin apartar la vista del horizonte.
  • ¿Cómo? - contestó Gustavo ligeramente confundido.
Sofi giró la cabeza hacia él.
  • ¡¿Que si estaban buenas?!
Gustavo parpadeó, pillado completamente por sorpresa.
  • Sí… bueno… supongo que sí.
  • ¿Hicieron algo más que bailar?
No había rodeos en sus preguntas. Sofi no estaba para sutilezas. La preocupación y los nervios habían abierto paso a un ataque de celos que ya no tenía muchas ganas de disimular.
  • Yo qué sé… - respondió encogiéndose de hombros -. Yo estaba demasiado ocupado con la alemana como para andar espiándolos.
  • ¿Estás celosa? - preguntó Laia divertida.
  • ¡¿Celosa yo?! - bufó, acelerando el paso -. Para nada…
Laia levantó una ceja.
  • Ya… claro.
Sofi no respondió. Siguió caminando con el ceño fruncido, las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada. Detrás de ellos, desde el balcón, todavía se escuchó una última voz desgarrada en la distancia.
  • ¡Guuuuustaaaaaavooooo! ¡Call me, Gustavoooo!
Él suspiró con pesar, mirando al suelo.
  • Que pena… Era buena chica.
Llegaron al Fucsia Selvática Sonidero, pero, como todos sospechaban, estaba cerrado. La persiana metálica bajada, las luces apagadas; las plantas que colgaban sobre la entrada, ahora inmóviles y silenciosas, ya no parecían parte de una selva vibrante, sino simples adornos marchitos después de la fiesta. Sofi ya había perdido la compostura. No quedaba nada de aquella calma analítica con la que había empezado la mañana. Nada del espíritu observador que diseccionaba cada detalle con paciencia. Ahora la urgencia apremiaba. Y todo, en gran parte, por culpa de su propia imaginación.

No era una mujer celosa. Nunca lo había sido, en realidad. Y además Gabi, jamás de los jamases, le había dado un motivo para serlo. Ni uno solo. Aun así, Gustavo y Laia la observaban caminar de un lado a otro de la calle, inquieta, dando vueltas cortas y rápidas como un animal encerrado. Pasos nerviosos, mirada tensas, las manos abriéndose y cerrándose sin parar mientras pensaba qué demonios hacer ahora. Desde fuera parecían celos. Pero no era la desconfianza lo que la tenía así. Era otra cosa… O al menos eso quiso creer.

En algún momento su cabeza decidió culpar a la “Azulita”. Tenía que ser eso… Aquella maldita sustancia que les había estado envenenando los nervios desde hacía semanas. La que removía los instintos más primarios y convertía las emociones en algo más crudo, más salvaje. “Sí, tiene que ser eso”, se repitió en silencio, auto convenciéndose. La que la estaba haciendo comportarse como una loba territorial. Su mente, enturbiada por aquel azul neón, empezó a traicionarla. Primero fue una imagen: Gabi bailando con una chica. Una chica hermosa. Luego la escena se volvió más cercana… Demasiado cercana. Los dos pegados, moviéndose al ritmo de la música, riendo, las manos deslizándose por la espalda del otro en mitad del calor de la pista. Sofi apretó los dientes. Intentó apartar la imagen. Pero la imaginación, cuando se desata, no suele obedecer a la razón. Entonces los imaginó besándose. Y en ese mismo instante soltó una patada brutal contra una caja de frutas abandonada junto a la acera.

La caja salió disparada por la calle, volcándose y esparciendo naranjas y mangos varios metros más allá. El ruido resonó en toda la esquina. Gustavo y Laia la miraron en silencio, mientras ella se quedó inmóvil un segundo, respirando fuerte. Como si acabara de pelear con alguien que solo existía dentro de su propia cabeza.
  • ¡Pero señorita! - gritó un hombre saliendo de la tienda mientras las frutas rodaban calle abajo -. ¡¿Se puede saber qué demonios hace?!
Sofi se giró de golpe. Le clavó una mirada tan afilada que el tendero retrocedió dos pasos instintivamente, levantando las manos como si acabara de encontrarse frente a un animal salvaje.
  • ¡Lo siento, joder! - le gritó ella, como si el culpable de todo fuera él.
El hombre asintió varias veces, sin discutir.
  • Sí, sí… no pasa nada… tranquila…
Ella, refunfuñando, agarró la caja y bajó la calle recogiendo las frutas que había desparramado con la patada. Las agarraba con movimientos bruscos, maldiciendo todo el rato, y las iba dejando otra vez dentro. Gustavo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, observaba la escena, sin poder evitar reír.
  • Madre mía… - murmuró -. Si yo fuera Gabi en estos momentos, tendría los huevos así de pequeños.
Hizo un gesto con los dedos, dejando apenas un centímetro entre ellos. Laia se apoyó en su hombro mirando la escena con calma.
  • No hace falta que lo jures, viejo… - dijo con media sonrisa -. Solo espero que no haya hecho lo que ella teme. Porqué sino…
  • ¿Y tú qué? - añadió empujándola con el codo delicadamente - ¿No estás celosa de Nico?
  • ¿De Nico? - rió ella - ¿Hablas en serio?
  • Ya… - asintió Gustavo - tienes razón. El chaval te adora con locura.
Mientras Sofi recogía fruta fresca con la furia contenida de una vikinga del norte, varios metros más abajo, en esa misma calle, Gabi y Nico desayunaban tranquilamente en un bar. El local era pequeño, de esos que abren temprano para los trabajadores. Una barra de madera desgastada, una cafetera que bufaba vapor sin descanso y el olor denso del café mezclado con pan tostado.

En la mesa había tazas de café negro, zumo de naranja, platos con huevos revueltos, pan tostado y un par de porciones de pan con palta. Nico había añadido además un plato de tamales que devoraba con entusiasmo silencioso. Gabi tenía un cigarro medio consumido y apagado en la oreja, mientras se tomaba el zumo con calma.

Frente a ellos estaban Iris y Aura. Las dos trotamundos apoyaban los codos sobre la mesa, con el interés dibujado claramente en el rostro. No hacía muchas horas que se habían enterado de algo importante; que aquellos chicos eran fugitivos. Por supuesto, Nico y Gabi no habían contado la historia real, ni de lejos. Se habían inventado una versión mucho más… digamos, presentable. Según el relato improvisado, todo había empezado meses atrás en España. Una pelea con gente poderosa. Una red turbia de negocios sucios. Un asunto que se había torcido demasiado. Ellos habían visto algo que no debían ver. Y desde entonces… Bueno. Digamos que habían decidido desaparecer durante una temporada. Viajar, moverse, no dejar rastro. Y sí, por eso llevaban armas. “Por si acaso”. Nico lo contó con una naturalidad sorprendente, mientras removía el café con la cucharilla en el albergue. Gabi se limitó a asentir de vez en cuando, completando algún detalle suelto para darle mas validez.
Pero lo más curioso de todo, fue el efecto que aquella historia produjo en ellas. Pues, lejos de asustarlas, pareció volverlos mucho más interesantes a sus ojos. En ese justo momento en que las naranjas rodaban calle abajo, Aura observaba a Gabi con una mezcla de curiosidad y fascinación.
  • Así que… ¿sois como… forajidos? - preguntó sonriendo.
  • Nosotros… - Nico levantó las manos - preferimos la palabra “viajeros con problemas”.
  • Venga Luís, no fastidies - Iris soltó una pequeña risa - Eso suena mucho menos sexy.
  • Pues la versión sexy… - añadió Gabi - es la cara bonita de una historia bastante fea.
Aura se inclinó un poco más hacia él.
  • Aun así… - dijo con voz baja -. No todos los días se desayuna con dos hombres que huyen de la ley… no sé. A mí me parece muy sexy, la verdad…
  • No hay romanticismo alguno en esta vida que llevamos, Aura. No es una buena vida… no lo es para nadie. Te lo puedo asegurar - confesó Gabi, siendo mucho más sincero de lo que ellas podían llegar a imaginar -. Un día te levantas y te das cuenta de que nada volverá a ser lo mismo, de que todo se ha roto y lo peor… lo peor es que no hay vuelta atrás.
Alzó la cabeza. Se quedó mirando la calle a través de la cristalera del bar. El sol de la mañana le daba de frente, iluminándole el rostro con una luz limpia que contrastaba con la gravedad de sus palabras. Durante un instante pareció olvidarse de la mesa, del desayuno, de la conversación. Sus ojos tenían ese cansancio particular de quien ha visto más cosas de las que le gustaría recordar. Aura lo notó enseguida y automáticamente algo dentro de ella se estremeció. No era solo que fuera atractivo - que lo era -. No era solo su forma de hablar, tranquila, grave, segura. Era otra cosa, algo más difícil de explicar.

Había conocido a muchos hombres en sus viajes: Mochileros, surfistas, artistas bohemios; tipos que hablaban de libertad mientras tocaban una guitarra desafinada frente a una hoguera. Pero la mayoría de ellos compartían el mismo aire ligero, casi adolescente. Gabi no. En él había peso. Historia. Una oscuridad tranquila que parecía envolverlo como una sombra invisible. Aura siempre había sentido debilidad por ese tipo de hombres. Los que parecían haber vivido demasiado. Los que llevaban algo roto dentro, aunque siguieran caminando. Tal vez era curiosidad. Tal vez era ese viejo impulso de querer asomarse a lugares peligrosos solo para ver qué había dentro. Además, en su mundo, las cosas no funcionaban del mismo modo que el de la mayoría. Para ella, las relaciones eran caminos que se cruzaban durante un tiempo. A veces duraban años, a veces solo una noche. Nadie pertenecía realmente a nadie. La idea de la propiedad le parecía absurda. Si dos personas se deseaban en un momento determinado… ¿por qué no?

Y por ese motivo, cuando él le mencionó que tenía novia, no frenó. Por eso no retiró la mano que había apoyado sobre su muslo. Al contrario, Aura no dejaba de recortar distancias, estaba a punto de preguntarle algo a Gabi. Tenía ya medio cuerpo inclinado hacia él, los ojos brillantes con esa curiosidad insistente que había mostrado desde que empezó el desayuno. Pero al verlo tan quieto, cambió la pregunta.
  • ¿Qué te pasa? - dijo, apretando la mano sobre su muslo - ¿Estas bien?
Gabi no respondió, ni siquiera parecía haberla escuchado. Se había quedado inmóvil con el vaso de zumo a medio camino entre la mesa y sus labios. Mirando hacia la calle. Aura siguió la dirección de su mirada, pero sin llegar a comprender lo que estaba viendo. Porque en ese mismo instante, al otro lado de la calle, Sofi había levantado la cabeza. Sus ojos y los de Gabi se encontraron. Él estaba sentado tranquilamente en la mesa del bar, con el vaso de zumo en la mano. Ella, en mitad de la calle, sudada, despeinada por la caminata, con dos naranjas en las manos. Las apretaba con tanta fuerza que la piel empezaba a hundirse bajo sus dedos. Un hilillo de zumo ya le resbalaba por los nudillos, pero ni siquiera parecía darse cuenta. La rabia le tensaba los hombros, la mandíbula; la mirada fija y feroz. Durante un segundo que pareció larguísimo, ninguno de los dos apartó los ojos del otro. Entonces Nico giró la cabeza para ver qué estaba mirando su amigo. Tardó medio segundo en reconocerla y se levantó de la silla de golpe.
  • ¡Hostias, Sofi!
La silla chirrió contra el suelo. En la mesa todo se quedó congelado. Aura, por pura imprudencia, levantó la vista y miró directamente a los ojos de la loba. Fue un error, un error fatal. Porque Sofi la vio. Vio a aquella chica inclinada sobre la mesa. Demasiado cerca. Demasiado cómoda. La mano aún sobre el muslo de Gabi. Luego miró a Nico, de pie, con aquella expresión de sorpresa culpable que parecía la de un niño al que acaban de pillar haciendo algo que no debía. Las piezas encajaron solas. Demasiado rápido. Demasiado fácil. Sofi soltó las naranjas al suelo y empezó a caminar hacia el bar. Paso firme. Directo. Sin apartar la mirada de la chica. Andaba, sí. Pero lo hacía como una tormenta que ya ha decidido dónde va a caer.

Gabi lo supo al instante. No hizo falta pensar demasiado. Aquellas manos manchadas de jugo de naranja pasarían muy rápido a estar manchadas de sangre si no hacía algo y rápido. Se giró hacia Nico. No intercambiaron ni una sola palabra, pero la mirada bastó. Los dos se salieron disparados al mismo tiempo e intentaron salir del bar sin despedirse siquiera. Sin excusas, sin explicaciones. Simplemente desaparecer antes de que la tormenta entrara por la puerta.

Pero ya era demasiado tarde.

La puerta del bar se abrió de golpe. Sofi irrumpió dentro como un animal que entra en su guarida. La madera golpeó contra la pared de adoquines con un estruendo seco que hizo que varias cabezas se giraran. Sofi caminó directa hacia ellos y los apartó de un empujón, sin detenerse ni un segundo - ni siquiera los miró-; su objetivo estaba más allá. Aura e Iris seguían sentadas en la mesa, completamente paralizadas. La observaron acercarse como si una valquiria hubiera descendido directamente del Valhalla para reclamar el alma de un valeroso guerrero caído en batalla. Sofi se detuvo frente a Aura, tan cerca que la chica tuvo que echar ligeramente la silla hacia atrás. No sabía si levantarse y encararla… o si salir corriendo.

Sofi no hablaba. No decía absolutamente nada. Tan solo la miraba profundamente. Respirando entrecortado, el pecho subiendo y bajando con violencia. Los puños tan apretados que las uñas se le clavaban en la piel de las palmas. No había razón en sus ojos. Solo instinto. Gabi reaccionó rápido, temiendo exactamente lo que podía pasar. Se acercó por detrás y le apoyó una mano en el hombro. La tensión de su cuerpo lo sorprendió, no era normal. Era como tocar roca de montaña: firme, dura, fría, afilada… peligrosa.
  • Vamos, cariño… - susurró con cuidado -. Volvamos con los demás… Aquí no hay nada que hacer.
  • ¿Quiénes son? - preguntó Sofi sin apartar la mirada de Aura.
No alzó la voz, no sonó furiosa. Eso lo hizo aún peor.
  • Ella es Aura y ella es Iris - dijo Gabi con calma -. Las conocimos ayer en la discoteca… y luego nos ayudaron a evitar a la policía.
Era la verdad. No había mentido. Pero Sofi ya no estaba escuchando razones. Sofi ya no era Sofi. Era… otra cosa.
  • ¿Te las has follado?
Gabi tragó saliva. Tardó un segundo demasiado largo en responder. Y ella tenía prisa.
  • ¡¿Te las has follado o no?! - gritó esta vez -. ¡Responde!
En la mesa de al lado, un matrimonio de ancianos levantó la vista de su desayuno. Se quedaron mirando la escena con esa mezcla de curiosidad y nostalgia que solo tienen quienes llevan décadas compartiendo la vida con la misma persona. Cuando has vivido tantos años junto a alguien, ver a los jóvenes arder por amor - celebrarlo, sufrirlo, casi pelear por él - tiene algo extrañamente hipnótico.
  • Por supuesto que no, mi amor… - aseguró Gabi -. Me ofende que pienses eso de mí.
Sofi giró la cabeza de golpe. Lo miró fijamente. Buscando algo. Una grieta, una mentira, una duda que pudiera delatarlo.
  • Oye… - dijo él, acariciándole la mejilla con suavidad -. Sabes que yo jamás te haría algo así… Te quiero, joder ¿lo recuerdas?
Sofi cerró los ojos y apoyó su mano sobre la de él. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible para los demás. Pero para ella fue como agarrarse a una cornisa en mitad de una caída al vacío. El calor de la piel de Gabi estaba ahí. Real, firme, suyo. Y solo suyo. La furia no desapareció de golpe, pero empezó a retirarse lentamente, como una marea que se repliega tras haber golpeado con toda su fuerza contra la costa. Respiró hondo y sin abrir los ojos, dio medio paso hacia él. Lo tocó, primero el brazo, luego el pecho. Como si necesitara comprobar con sus propias manos que seguía allí, que no se había desvanecido, que no lo había perdido en algún rincón absurdo de su imaginación. Apoyó la frente contra la suya. La respiración de Gabi le rozó el rostro. Cálida, cercana, familiar. Su corazón latía fuerte, justo debajo de su mano, golpeando con ese ritmo constante que ella conocía mejor que nadie. Ese corazón. Ese maldito corazón que sentía que le pertenecía por derecho. Su hombre, su vida. El centro que mantenía todo en equilibrio mientras el resto del mundo se desmoronaba a su alrededor. Durante un momento se quedaron así, inmóviles en mitad del bar, como si el resto del universo hubiera desaparecido por completo. Sofi abrió los ojos. No había lágrimas. No había miedo. Solo verdad.

Lo agarró de la mano. Fuerte. Y sin decir nada tiró de él suavemente hacia la salida. Gabi la siguió sin oponer resistencia. Nico ya estaba fuera del bar, hablando con Laia y Gustavo. Los tres levantaron la cabeza al verlos aparecer en la puerta. Parecía que la tormenta había pasado. O al menos eso creyeron. Porque justo cuando Sofi y Gabi estaban a punto de salir a la calle, Aura cometió el error de decir en voz alta lo que estaba pensando.
  • Pues yo creo que sí quería follarme - rió, acercándose a Iris, dejando un dejo de desprecio mezclado con diversión -. Pero con esa novia tan posesiva… no me extraña que no tenga cojones.
  • Lo tiene bien atado, ¿eh?… como a un perrito faldero - susurró Iris, mordiéndose el labio, divertida.
  • Menuda nazi de mierda está hecha la tipacarraca esa - replicó Aura, bravucona ahora que el peligro estaba lejos - Menos mal que se ha ido, porque sino le daba dos tortas.
No hablaban en voz alta, apenas un murmullo que en otra situación se habría perdido entre las conversaciones y la música suave del bar. Pero Sofi… bueno, no era “otra situación”. Ella tenía oído de lince, hiperdesarrollado por la “Azulita”. Y esa mañana, ese don se volvió una condena.
Se detuvo en el umbral de la puerta como un funesto presagio, y el tiempo pareció desacelerarse. Gabi, que también las había oído, apretó su mano con fuerza, intentando empujarla de vuelta a la realidad de su calor, pero el efecto era nulo. El silencio cayó como una losa de mármol: pesado, absoluto, cortante.

Sofi se soltó, rápida como un trueno. Con un movimiento seco sacó la pistola de su espalda, pegándola al muslo. Sus pasos eran cortos, firmes, como si cada zancada perforara el aire, acercándose a Aura con la intención de marcar territorio. Con la otra mano, la agarró del pelo y estampó su cabeza contra la mesa de mármol. El impacto fue un golpe visual y sonoro: tazas volando, platos tintineando, cubiertos haciendo una sinfonía metálica de alarma. Iris saltó de la silla de un brinco, tirándola al suelo. Las cabezas de los presentes se giraron de golpe, un par de parroquianos se pusieron en pie, y el camarero, asustado, buscó el teléfono con manos temblorosas, listo para llamar a la policía.
  • ¡¿Pero qué coño haces?! - gritó Aura, intentando levantarse mientras sus mofletes se incrustaban contra la mesa.
Sofi apretó más fuerte, los ojos inyectados en sangre; metiendo el cañón contra su sien como si fuera a grabar la lección de su vida a fuego.
  • ¡Repite eso, hija de puta! ¡Repítelo si tienes ovarios!
  • ¡¿Repetir el qué?! - gritó Aura con la voz trémula - ¡Yo no he dicho nada!
  • ¡Que lo repitas!
Iris, en un impulso imprudente, se lanzó contra ella. Parecía no recordar lo que les dijo Gabi hacía apenas unas horas, que Sofi era rápida. Y vaya si lo era. Sin darle opción a llegar, la apuntó sin pestañear; Iris retrocedió al instante, alzando las manos y negando con la cabeza. Laia, al ver como todo se salía de control, irrumpió en el bar - arma en mano -, entrando en la escena como si estuviera a punto de atracar un banco.
  • ¡Ni se te ocurra! - le gritó al camarero, quien colgó el teléfono al instante - ¡Y que nadie mueva el puto culo de su silla si no quiere morir! - sentenció con firmeza - ¡Las manos a la vista, joder! ¡Que yo las vea!
Gabi, con los reflejos de un gato rabioso, vio a un hombre sacar el móvil disimuladamente, por debajo de la mesa. Se lanzó hacia él, apuntándole con el arma y pidiéndole el teléfono en un gesto rápido y firme. El tipo obedeció al instante, levantando las manos. Nico y Gustavo se quedaron en la puerta, vigilando la calle, los cuerpos tensos, los nervios a flor de piel. Todo el bar estaba suspendido, un cuadro congelado de caos, gritos, sudor y adrenalina pura: el mundo reducido a segundos, a gestos, a decisiones que podrían volar cabezas en el siguiente parpadeo.
  • ¡Llévese el dinero si quiere, pero no nos haga daño! - balbuceó el camarero con las manos alzadas.
  • ¡No quiero tu puto dinero, imbécil! - contestó Laia ofendida, sin dejar de apuntar a los presentes.
Sofi inclinó la cabeza ligeramente, acercándose despacio, como un depredador que ya ha decidido cuándo va a morder. El cañón de la pistola se hundió un poco más en la sien de Aura. Pegó la boca a su oreja, tan cerca que su respiración le rozó la piel. Y entonces se rió. Pero no fue una risa alegre. Fue una risa corta, áspera. De esas que no traen humor, sino desprecio. El cañón se hundió un poco más en la sien de Aura. Lo justo para que lo sintiera. Lo justo para que entendiera. No iba a disparar, esa sucia piojosa no merecía sus balas. Solo apretó lo suficiente para que lo recordara de por vida.
  • Mira que sois graciosas, las hippies… - susurró -. Amor libre… paz universal… todos cogiditos de la manita bailando alrededor de una hoguera… cantando canciones sobre salvar el planeta.
El metal presionó un poco más. Aura abrió los ojos como platos. Tragó saliva.
  • ¿Sabes qué pasa, guapa? - continuó, con una calma que daba más miedo que cualquier grito -. Que no hay paz en este puto mundo de mierda.
Su dedo índice empezó a acariciar el gatillo. Lento. Casi pensativo.
  • Nunca la ha habido y nunca la habrá. Eso de la paz es un cuento para idiotas… una nana barata que gente como vosotras se canta por las noches, para poder seguir durmiendo y no pensar en lo jodido que está todo.
Hizo una pequeña pausa. Luego dejó escapar otra risa breve.
  • Y lo de nazi… - murmuró -. Eso sí que me ha hecho gracia.
Giró la cabeza lo justo para que pudiera ver sus ojos. No había rabia en ellos, había algo peor. Una convicción fría, un vacío suicida.
  • Yo no soy ninguna nazi, cariño - El cañón golpeó suavemente su sien - Soy justo lo contrario.
Se inclinó aún más, hasta que sus labios casi rozaron su oreja.
  • En mi alma arde el punk de los setenta - Las palabras salieron despacio. Como cuchillas - ¿Sabes lo que significa eso, verdad?
Hubo un pequeño silencio, lleno de tensión.
  • Que no hay futuro - El dedo volvió a rozar el gatillo - Que todo está roto, que todo está podrido. El mundo, las reglas, el puto amor libre ese del que alardeáis, como si fuese el camino correcto.
Respiró hondo, como si intentara calmarse a si misma.
  • Y lo mejor de todo… es que me importa una puta mierda. Me importa una mierda si muero hoy.
    Y me importa aún menos matarte a ti.
Sofi apretó un poco más el puñado de pelo de Aura, atrapado en sus dedos.
  • Así que hazte un favor… - susurró con una frialdad quirúrgica -. La próxima vez que abras la boca para hablar de mí hombre o de mí… - El cañón volvió a hundirse en su piel - Asegúrate primero de que no estoy escuchando.
Su voz bajó todavía más. Casi un aliento salido de los abismos del infierno.
  • Porque la próxima vez no habrá discurso, no… - sonrió - La próxima vez, apretaré el gatillo, te volaré los sesos, cavaré una fosa con mis propias manos, tiraré tu puto cadáver dentro… Y luego me fumaré tu hierba bailando sobre tu tumba.
Como el Bario, siendo la sombra pesada que el sistema no puede atravesar y el fuego verde que celebra la caída de lo injusto sobre el polvo. Esta historia continuará…
 
Por cierto, amigo Autor, aunque Ron Artest fue un gran jugador ,perdona qu yo siempre fui más de Michael Jordan, que estando semi retirado volvió y ganó otro anillo con los Bulls.
aunque a nivel local me quedo con alguno de los jugadores que pasaron por el Caja San Fernando como Brian Jackson, Richard Scott o Satoransky,porque antes de estar en el Barça, estuvo en el Caja.
Ahora soy del nuevo equipo que se creo el año pasado, el Csja87 y con la esperanza de llegar pronto a ACB.
 
No creo que fuera necesario este comportamiento tan violento y fuera de lugar de Sofi, pero ella sabrá.
Mientras lo escribía pensé lo mismo, jajajaja. Cuando terminé el capitulo me dije: "Creo que me he pasado un poco"
Pero quería ir dejando detalles de como la "Azulita" está transformando a los personajes. Algunos más evidentes, como Raquel y otros más... digamos... encubiertos. Pues muy pronto llegarán las respuestas, aunque creo que ya se medio entiende que está pasando. Pero tienes toda la razón del mundo... Sofi es una psicópata. :ROFLMAO:

Por cierto, amigo Autor, aunque Ron Artest fue un gran jugador ,perdona qu yo siempre fui más de Michael Jordan, que estando semi retirado volvió y ganó otro anillo con los Bulls.
aunque a nivel local me quedo con alguno de los jugadores que pasaron por el Caja San Fernando como Brian Jackson, Richard Scott o Satoransky,porque antes de estar en el Barça, estuvo en el Caja.
Ahora soy del nuevo equipo que se creo el año pasado, el Csja87 y con la esperanza de llegar pronto a ACB.

Yo me aficioné al baloncesto por los Spurs de Ginobili, Parker y Duncan. Menudo equipazo, mama mía. Me enamoraron porque eran el único equipo americano que jugaba a baloncesto de verdad. Nada de mates para las cámaras, ni jugadas espectaculares para las revistas, ni egos, ni estrellitas... Solo EQUIPO, jugando en conjunto, pasando el balón... ¡ARTE, joder! Me flipó esa mentalidad a contracorriente de lo que era la NBA en aquel entonces, y bueno, lo que sigue siendo hoy en día, lastimosamente.

Lo de Ron Artest me lo puse un poco por las risas. No es mi jugador favorito ni de lejos, pero siempre me resultó simpático porque estaba loquísimo. Creo que fue de los jugadores más inestables psicológicamente que haya visto jamás, jajaja. Me ganó por su puta locura. Si pones su nombre en internet solo te salen tanganas y peleas jajajaja...

Jordan sin duda era un fuera de serie. Para mi el auténtico G.O.A.T. Sin que se ofendan ni Larry Bird, ni Kobe Bryan...
Aunque me flipan muchos jugadores, como Vince Carter o Tracy McGrady... y el que jugaba en los Kings: Jason Williams "Chocolate Blanco", ese si que era un puto crack, totalmente imprevisible.

En ACB no estoy muy metido actualmente, debería volver porque el baloncesto europeo, aunque no sea tan espectacular, es mucho más divertido, y más competitivo por supuesto. Aún recuerdo el mundial de España con los hermanos Gasol, Ricky Rubio, el puto Sergio Llull... buffff menuda generación de talentos...

No me enrollo más, que me sacas el tema baloncesto y me tienes aquí haciendo otro relato por la cara, jajajaja.
Un abrazote!
 
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