Más allá del matrimonio

CAPITULO 4 - SECRETOS A ORILLAS DEL MAR

La luz del amanecer se filtraba a través de las persianas de bambú del comedor del Hilton Resort Lanzarote, tiñendo de dorado los manteles de lino blanco y la cristalería de Bohemia. El aroma a café recién molido se mezclaba con el suave perfume de las buganvillas que trepaban por los arcos de la terraza, donde las mesas estaban dispuestas con un esmero que invitaba a la contemplación. Jordi ajustó el cuello de su camisa lino, color hueso, mientras observaba cómo Marta entraba al comedor con esa elegancia natural que siempre lo había fascinado. Llevaba un bañador entero de un azul profundo, casi negro, que se ceñía a su figura esbelta como una segunda piel, resaltando el bronceado incipiente de sus hombros. A su lado, Raquel irradió una energía distinta, más cálida y expansiva, con su bañador de una pieza en tonos coral que abrazaba sus curvas con una audacia que no pasaba desapercibida. El tejido brillante captaba los destellos del sol cada vez que se movía, como si llevara consigo fragmentos de luz.

Jorge, ya sentado a una mesa redonda cerca de la barandilla que daba al mar, se levantó al verlas acercarse. Su camisa deportiva, de una verde agua desvaído, contrastaba con el canoso de su barba, cuidadosamente recortada. Con un gesto, indicó a Jordi que tomara el asiento a su derecha, dejando los otros dos lugares frente a ellos para las mujeres. "Buenos días, señoras", dijo Jorge con una sonrisa que delataba esa mezcla de complicidad y respeto que siempre lograba poner a los demás a gusto. "Parece que el día nos ha regalado el escenario perfecto para empezar con buen pie". Marta respondió con un gesto afable, colocando sus gafas de sol sobre la mesa mientras se sentaba. "No hay mejor manera de despertar que con esta vista", comentó, señalando hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo en una línea difusa. Raquel, por su parte, no pudo evitar una risita al ver cómo Jordi fingía indignación cuando el camarero le sirvió un zumo de naranja en lugar del café que había pedido. "¡Pero si esto es un crimen a las nueve de la mañana!", exclamó Jordi, llevándose una mano al pecho en un gesto teatral que arrancó otra carcajada de Raquel.

La conversación fluyó con una naturalidad que sorprendió incluso a los propios hombres. Jorge contó una anécdota sobre su último viaje en bicicleta por los acantilados de la isla, exagerando, como era su costumbre, los detalles más peligrosos del recorrido. "¡Y entonces, justo cuando creía que iba a terminar en el fondo del barranco, aparece un rebaño de cabras como si fueran mi guardia de honor!", relató, moviendo las manos para ilustrar el momento. Marta, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas bajo la barbilla, lo escuchaba con una sonrisa que delataba tanto diversión como una pizca de escepticismo. "Jorge, cada vez que cuentas una de tus aventuras, termino preguntándome si no habrás inventado la mitad", bromeó, pero su tono era cariñoso. Raquel, mientras tanto, compartió cómo había descubierto un pequeño mercado en Teguise donde vendían unas almendras garrapiñadas que, según ella, eran "el único pecado que valía la pena cometer antes del mediodía". Jordi, siempre atento a los detalles, notó cómo la mirada de Marta se iluminaba al hablar de dulces, y cómo Raquel, al describir el sabor, humedecía ligeramente los labios, como si pudiera saborearlas en ese instante.

El desayuno transcurrió entre risas y confidencias ligeras, pero había algo más, una corriente subterránea que solo Jordi y Jorge parecían percibir. Cada vez que las mujeres reían juntas, intercambiando miradas cómplices o tocándose brevemente el brazo al compartir un comentario, los hombres cruzaban una mirada fugaz, cargada de expectativa. Fue Raquel quien, al terminar su segundo café, propuso dar un paseo por la playa privada antes de que el sol estuviera en su punto más alto. "Con este calor, dentro de un par de horas no vamos a querer movernos de la sombra", argumentó, mientras se ajustaba el pareo alrededor de las caderas con un gesto que no pasó desapercibido para Jorge. Marta asintió, recogiendo su toalla de playa con un movimiento fluido. "Mejor ahora, cuando la arena aún está fresca", añadió, y Jordi notó cómo sus dedos se demoraban un instante más de lo necesario al rozar el tejido suave de la toalla, como si anticipara algo más que el contacto con la arena.

La playa privada del resort era un remanso de paz, con su arena volcánica negra que contrastaba con el turquesa intenso del agua. Las tumbonas de madera blanca y lona beige estaban dispuestas en pequeños grupos, algunas bajo la sombra de grandes sombrillas de paja, otras al sol, como invitando a los bañistas a elegir su propia aventura. Marta y Raquel caminaron juntas hacia un par de tumbonas cercanas a la orilla, donde las olas llegaban lo suficiente como para humedecer los dedos de los pies sin llegar a molestar. Jordi y Jorge las siguieron a unos pasos, observando cómo las mujeres se acomodaban con una sincronía que delataba una complicidad creciente. Raquel se quitó las sandalias y enterró los pies en la arena con un suspiro de placer. "Esto es lo más cerca del paraíso que he estado en mucho tiempo", murmuró, cerrando los ojos un instante. Marta, en cambio, se sentó con las piernas cruzadas, la toalla extendida sobre el respaldo de la tumbona, y miró hacia el mar con una expresión que Jordi no logró descifrar del todo. ¿Era melancolía? ¿O quizá esa quietud que precedía a un pensamiento audaz?

Los hombres se sentaron en tumbonas cercanas, pero lo suficientemente lejos como para no interrumpir la intimidad que parecía estar tejiéndose entre las mujeres. Jorge sacó un cigarrillo electrónico de su bolsillo y aspiró lentamente, dejando que el vapor se mezclara con el aire salado. "Esto se está poniendo interesante", comentó en voz baja, sin apartar la vista de Raquel, cuya risa cristalina llegó hasta ellos arrastrada por la brisa. Jordi asintió, pero su atención estaba dividida entre la escena frente a él y el modo en que Marta, de pronto, inclinó el cuerpo hacia Raquel, como si estuviera a punto de compartir un secreto. Las voces de las mujeres se mezclaban ahora en un murmullo ininteligible, puntuado por risas suaves y algún que otro gesto enfático de Raquel. "No puedo creer que hayas hecho eso", escuchó Jordi que decía Marta, con un tono entre escandalizado y admirativo. Raquel respondió algo que hizo que Marta se llevara una mano a la boca, como para contener una exclamación.

El sol, ahora más alto, comenzaba a calentar la arena bajo sus pies, y el aire olía a sal y a esas flores exóticas que crecían entre las rocas volcánicas. Jordi sintió cómo el sudor perlaba su nuca, pero no era solo por el calor. Había algo en la forma en que Marta y Raquel se miraban, en cómo sus cuerpos parecían inclinarse el uno hacia el otro como imanes, que lo mantenía en un estado de alerta contenida. Jorge, por su parte, había dejado de fingir que no estaba pendiente de cada movimiento de su esposa. Cuando Raquel se levantó de pronto y tendió una mano a Marta, diciendo algo que terminó con "...vamos al chiringuito, necesito un mojito ya", Jordi sintió un nudo en el estómago. Las dos mujeres caminaron hacia el pequeño bar de madera y paja que se alzaba a unos metros, sus figuras recortadas contra el cielo mientras reían de algo que solo ellas entendían.

Jordi y Jorge se quedaron mirando sus espaldas, el balanceo de las caderas de Raquel, la elegancia serena de Marta al caminar. "Esto no estaba en el guion", murmuró Jorge, más para sí mismo que para su amigo. Jordi no respondió de inmediato. Observó cómo Marta se detenía un instante para ajustarse el tirante del bañador, un gesto que, en otra circunstancia, habría pasado desapercibido, pero que ahora parecía cargado de intención. "No", admitió al fin, "pero quizá sea mejor así". El sonido de las olas rompiendo en la orilla llenó el silencio que siguió, mientras el futuro de los cuatro quedaba suspendido en ese instante, como la arena que el viento levantaba y dejaba caer, una y otra vez, sin prisa por decidir adónde iría a parar.

El sol de mediodía caía a plomo sobre las hamacas de mimbre, donde Jordi y Jorge permanecían tendidos, fingiendo una relajación que distaba mucho de lo que realmente sentían. Los cuerpos de ambos, bronceados por años de veranos mediterráneos, brillaban bajo una fina capa de sudor y protector solar. Sus bañadores, ceñidos pero no lo suficiente como para ocultar el bulto evidente que se alzaba bajo la tela, delataban la excitación que los consumía. Marta y Raquel, ajenas a todo, se alejaban hacia el chiringuito de madera blanca con techumbre de paja, sus caderas balanceándose con un ritmo que hacía que los músculos de los hombres se tensaran aún más. Los bañadores enterizos, negros y ajustados como una segunda piel, marcaban cada curva de sus cuerpos: los pechos de Raquel, llenos y firmes a pesar de los años, se movían con cada paso, mientras que el trasero de Marta, redondo y turgente, se contraía al caminar sobre la arena caliente.

Joder, mira ese culo —murmuró Jorge, ajustándose discretamente el bañador mientras sus ojos seguían el contoneo de Marta—. Cada vez que la veo así, me pregunto cómo coño hemos esperado tanto.

Jordi giró la cabeza hacia él, una sonrisa lasciva dibujándose en sus labios finos. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de lujuria y complicidad.

Cinco años, Jorge. Cinco putos años compartiendo fotos, videos, fantasías… y ahora están ahí, a veinte metros, pidiendo a gritos que las follemos como se merecen —respondió, pasando la lengua por sus labios secos—. Pero esto no es como antes. Ya no son solo imágenes en una pantalla. Ahora son carne, sudor, gemidos reales.

Jorge asintió, sintiendo cómo su polla palpitaba contra la tela del bañador. El recuerdo de aquella noche en la que se había corrido sobre la foto de Marta, impresa en papel brillante, le hizo apretar los puños. Había sido un acto casi ritual: su semen caliente resbalando sobre el rostro sonriente de ella, mezclándose con la tinta, como si estuviera marcando territorio.

—¿Te acuerdas de la primera vez que subimos esas fotos a *****? —preguntó Jorge, bajando aún más la voz—. Raquel con la cara pixelada y con ese conjunto de encaje rojo, con las piernas abiertas sobre la cama, y tú diciendo: "Esto es solo el principio, amigo".

Jordi rio, un sonido gutural que surgió desde lo más profundo de su pecho.

—Claro que me acuerdo. Y luego vinieron los videos. Marta chupándome la polla en el sofá, con esas tetas colgando mientras me miraba como si fuera la puta más sumisa del mundo… —Hizo una pausa, cerrando los ojos por un segundo—. Pero esto es diferente. Ahora no son imágenes. Ahora pueden ser ellas, jadeando, gimiendo, sintiendo cómo las llenamos por primera vez con algo que no sea el mismo viejo rabo de siempre.

Jorge se removió en la hamaca, incómodo. El bañador ya no disimulaba nada; la cabeza de su polla asomaba por el dobladillo, húmeda de precum. El aire olía a sal y a coco, pero bajo eso, él solo podía percibir el aroma imaginario del sexo: el sudor, los fluidos de las dos mujeres maduras siendo usadas como nunca antes.

—Tenemos que hacerlo ya —dijo Jorge, con un tono que no admitía réplica—. Esta noche. En la suite. Las invitamos a tomar algo, les ponemos un poco de música, un par de copas de más… y cuando estén relajadas, sacamos el tema. "Oye, ¿y si probamos algo nuevo?".

Jordi lo miró con escepticismo, aunque sus ojos delataban que la idea lo excitaba tanto como a su amigo.

No es tan sencillo. Marta no es como Raquel. Ella es… más recatada. Si la presionamos demasiado, se cerrará en banda —argumentó, aunque su mano, casi sin querer, se deslizó hacia su entrepierna, acariciando el contorno de su erección—. Pero tienes razón en una cosa: el momento es ahora. Si esperamos más, perderemos el impulso.

Un grupo de turistas pasó riendo cerca de ellos, arrastrando toallas y botellas de cerveza. Jordi y Jorge se quedaron en silencio hasta que el ruido se alejó, sus miradas clavadas en el chiringuito, donde Marta y Raquel reían mientras probaban sus mojitos, ajena a la tormenta que se avecinaba.

—¿Y si empezamos con algo más… sutil? —propuso Jorge, bajando la voz—. Algo que las ponga en situación sin que se den cuenta. Por ejemplo… ¿Qué tal si esta tarde, en la playa nudista, "accidentalmente" nos cruzamos con ellas? Ya sabes, como si nos hubiéramos perdido. Total, es un resort, puede pasar. Y si las vemos allí, les podemos proponer que estemos todos desnudos, y quizás estén más relajadas… quizá el ambiente las predisponga a ser más… abiertas.

Jordi arqueó una ceja, pero una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.

—No está mal. Pero tendríamos que asegurarnos de que vayan. Raquel es curiosa, pero Marta… —Hizo una pausa, recordando Jordi cómo su esposa había reaccionado la última vez que le propuso visitar un lugar así: con una mezcla de vergüenza y morbo—. Aunque si se lo proponemos como un "experimentito" entre parejas… quizá pique.

Jorge asintió, pero antes de que pudiera responder, una ola de calor los golpeó, recordándoles que llevaban demasiado tiempo al sol sin refrescarse. Y, más importante aún, que sus erecciones eran imposibles de ocultar por más tiempo.

—Vamos a meternos al agua —dijo Jordi de pronto, levantándose con un movimiento rápido—. Si seguimos aquí, alguien va a notar que no somos dos abuelitos tomando el sol.

Jorge no necesitó más incentivo. Se incorporó ajustándose el bañador en un último intento fútil por disimular su excitación. Juntos, caminaron hacia la orilla, donde las olas lamían la arena con un ritmo hipnótico. El mar estaba tranquilo, casi aceitoso bajo el sol, y el agua, aunque fresca, no era lo suficientemente fría como para apagar el fuego que llevaban dentro.

Al adentrarse, el líquido los envolvió hasta la cintura, y por un momento, el alivio fue casi instantáneo. Pero entonces, Jordi sintió cómo el tejido húmedo del bañador se pegaba a su piel, acentuando cada detalle de su polla, que seguía dura como el acero.

—Mierda —maldijo entre dientes, mirando hacia abajo—. Esto no se va a bajar ni con un bloque de hielo.

Jorge, a su lado, tenía el mismo problema. Sus ojos se encontraron, y sin necesidad de palabras, supieron que estaban pensando lo mismo: esto es solo el principio.

Desde el chiringuito, Marta y Raquel seguían riéndose, ajenas a todo. Marta había apoyado los codos en la barra, y el escote de su bañador se había abierto lo suficiente como para dejar ver el surco entre sus pechos aún firmes. Raquel, por su parte, había cruzado las piernas, y el movimiento hizo que el tejido del bañador se ajustara aún más a su entrepierna, delineando el contorno de sus labios mayores.

—Dios mío —susurró Jorge, siguiendo la dirección de la mirada de Jordi—. Si supieran lo que estamos planeando…

Jordi no respondió. En lugar de eso, se sumergió hasta el cuello, dejando que el agua le cubriera los hombros. Cuando emergió, su expresión era la de un hombre que ya había tomado una decisión.

—Esta noche —dijo, con una voz que no admitía discusión—. En nuestra suite. Las invitamos a cenar, les servimos vino, les ponemos música… y cuando estén lo suficientemente relajadas, sacamos el tema. Sin presión. Solo… insinuaciones. "¿Nunca habéis fantaseado con probar algo nuevo?". "¿Qué os parecería si, solo esta vez, nos cambiáramos?".

Jorge sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el agua.

—¿Y si dicen que no?

Jordi sonrió, y en ese gesto había algo casi peligroso.

—Entonces seguiremos intentándolo. Porque, al final, todas caen. Es solo cuestión de tiempo… y de saber cómo empujarlas.

El sol seguía brillando sobre el Hilton Resort Lanzarote, y en el aire flotaba la promesa de algo que, una vez comenzado, ya no tendría vuelta atrás. Las olas rompían suavemente contra la orilla, y en la distancia, Marta y Raquel brindaban con sus mojitos, sin sospechar que, antes de que acabara el día, sus vidas sexuales estarían a punto de dar un giro del que quizá nunca pudieran —ni quisieran— regresar.
De momento no esta mal...
 
CAPITULO 13 – MÁSCARAS Y ESPEJISMOS

El sol de Lanzarote se filtraba entre las cortinas de la suite del Hilton Resort, dibujando franjas doradas sobre los cuerpos aún entrelazados en la cama. Raquel, con el pelo rubio despeinado y la piel marcada por los besos y las manos de Jordi, se estiró con un gemido suave, sintiendo el dolor placentero entre las piernas. A su lado, Marta, envuelta en la sábana hasta la cintura, observaba el techo con una sonrisa cansada pero satisfecha. Los hombres, Jordi con su torso musculoso aún brillante de sudor y Jorge con la barba incipiente marcando su mandíbula, yacían en silencio, como si las palabras pudieran romper el hechizo de aquella noche.

Fue Raquel quien rompió el silencio primero, con una risa baja y ronca. —Dios mío… —murmuró, pasando una mano por su frente—. ¿Alguien más siente que el mundo ha dado un vuelco?

Jorge, recostado sobre un codo, la miró con una sonrisa perezosa, los ojos oscuros brillando con complicidad. —Solo el primero de muchos, cariño —repitió, acentuando la última palabra con un guiño—. Aunque no sé si mi corazón —u otras partes de mí— aguantarán otro round como este tan pronto.

Jordi, que estaba masajeando distraídamente el hombro de Marta, soltó una carcajada. —Habla por ti, Jorge. Yo aún tengo energía para ronda y media.

Marta lo miró con una mezcla de incredulidad y diversión, pero no dijo nada. En su lugar, se levantó con cuidado, recogiendo la bata de seda que había quedado tirada en el suelo. El movimiento reveló los moretones sutiles en sus caderas, huellas de los dedos de Jorge la noche anterior. Raquel la observó con atención, notando cómo los dedos de su amiga temblaban ligeramente al atarse el cinturón.

—¿Desayuno? —propuso Jorge, estirándose como un felino—. La terraza junto a la piscina debe estar servida ya. Y necesito café. Mucho café.

La terraza del resort era un oasis de sombra y luz, con mesas de mimbre bajo toldos blancos y el azul intenso de la piscina brillando al sol. Raquel y Marta llegaron primero, ya vestidas con sus bañadores —un modelo negro de una pieza para Marta, elegante y discreto, y un bañador enterizo turquesa que realzaba las curvas de Raquel—. Los pareos, ligeros y transparentes, ondeaban con la brisa marina. Jordi y Jorge aparecieron pocos minutos después, duchas rápidas medianamente efectivas: el aroma a Boss Bottled de Jordi se mezclaba con el frescor del aftershave de Jorge, algo cítrico y masculino.

El camarero les sirvió café recién hecho, zumo de naranja natural y una selección de pasteles: croissants dorados, magdalenas esponjosas y fruta fresca cortada en trozos perfectos. Raquel tomó un sorbo de café, dejando que el calor le quemara ligeramente la lengua, un contraste bienvenido con la languidez de su cuerpo. —¿Alguien más siente que debería haber un protocolo para el día después de… bueno, esto? —preguntó, moviendo la mano en un gesto vago que abarcaba la mesa, el resort, el cielo despejado.

Marta, que estaba untando mantequilla en una tostada con movimientos meticulosos, levantó la vista. —¿Cómo un aftercare pero en grupo? —sugirió, con una sonrisa irónica—. "Paso uno: hidratarse. Paso dos: no mirar a los ojos a tu marido durante al menos una hora."

Jorge rio, pero Jordi frunció el ceño, ajustándose las gafas de visión. —No sé si es el momento para bromas, Martita —dijo, usando el diminutivo con un tono que no dejaba claro si era cariñoso o reprobatorio—. Anoche fue… intenso. Para todos.

Hubo un silencio incómodo. El sonido de las olas rompiendo contra la playa privada del resort llegaba amortiguado, mezclándose con el murmullo de otros huéspedes desayunando a pocas mesas de distancia.

Raquel notó cómo Marta apretaba los labios, como si estuviera conteniendo algo.

—¿Y bien? —preguntó Jordi, rompiendo el hielo con su voz grave—. ¿Vamos a fingir que esto no ha cambiado nada, o lo admitimos?

Raquel respiró hondo. El perfume J’adore de Marta se mezclaba con el suyo, algo floral y dulce, un contraste con el sudor y el sexo de la noche anterior. —No sé si ha cambiado algo —dijo lentamente—, pero definitivamente ha… revelado cosas.

Jorge asintió, mirándola con una intensidad que la hizo ruborizarse. —Como que a ti te gusta que te hablen como a una puta —murmuró, bajando la voz—. Y que a Marta le excita verlo.

Marta dejó caer el cuchillo sobre el plato con un clink metálico. —Jorge —advirtió, pero su tono carecía de convicción.

Jordi, siempre el diplomático, intervino: —Creo que lo importante es que todos estamos aquí, desayunando como si nada hubiera pasado… pero sabiendo que algo ha pasado. —Hizo una pausa, tomando un sorbo de zumo—. Y que nadie parece arrepentirse.

Raquel lo miró, estudiando su expresión. Jordi tenía ese don: decir cosas que sonaban a verdad absoluta, incluso cuando eran solo medias verdades. —¿Y si alguien sí se arrepintiera? —preguntó, desafiante.

Marta alzó la vista, sorprendida por el tono de Raquel. Jorge, en cambio, sonrió. —Entonces lo hablaríamos. Pero dudo que sea el caso.

Raquel no respondió. En lugar de eso, tomó un trozo de sandía y lo masticó lentamente, saboreando el jugo dulce que le resbalaba por la barbilla. Jordi la observó con atención, como si pudiera leer sus pensamientos.

Tras el desayuno, los hombres se excusaron para prepararse para su excursión en bicicleta. Raquel y Marta se quedaron en la terraza, observándolos alejarse hacia el ascensor con sus uniformes de ciclismo ajustados: pantalones negros con tirantes rojos, camisetas técnicas que marcaban sus torsos. Jorge llevaba una mochila pequeña a la espalda, y Jordi, aunque menos entusiasta, seguía sus pasos con una sonrisa resignada.

—¿En serio van a ir en bici con este calor? —murmuró Raquel, secándose los labios con una servilleta.

Marta suspiró. —Jordi necesita quemar energía de alguna manera. Y Jorge… bueno, Jorge hará cualquier cosa con tal de no decepcionar a su amigo.

Raquel la miró de reojo. —¿Y tú? ¿Necesitas quemar energía, Martita?

Marta se rio, pero el sonido fue cortado por un suspiro. —No lo sé, Raquel. Anoche fue… abrumador. No solo lo físico, sino… ver ciertas cosas. Hacer ciertas cosas.

Raquel entendió al instante. Se acercó un poco más en su silla, bajando la voz. —¿Te excitó? Ver a Jordi y a mí… y luego a Jorge contigo.

Marta asintió lentamente, juguetearon con el borde de su pareo. —Sí. Más de lo que debería. —Hizo una pausa—. Pero también me asustó. Porque… porque me gustó demasiado.

Raquel extendió la mano y le tocó el brazo, sintiendo cómo la piel de Marta estaba caliente bajo el sol. —No hay nada malo en eso —dijo suavemente—. Somos adultas. Tenemos derecho a explorar.

Marta la miró, sus ojos marrones llenos de una mezcla de miedo y deseo. —¿Y si me convierto en alguien que no reconozco?

Raquel sonrió, con una tristeza que no llegó a sus ojos. —Querida, todos llevamos máscaras. Anoche solo nos las quitamos un poco.

Las hamacas junto a la piscina eran mullidas y cálidas, impregnadas del aroma a crema solar y cloro. Raquel y Marta se tumbaron una al lado de la otra, ajustando sus gafas de sol y dejando que el sol les acariciara la piel. Un camarero les llevó dos cócteles sin alcohol —algo con mango y maracuyá— y se alejó discretamente.

—¿Crees que ellos hablarán de nosotras mientras pedalean? —preguntó Marta, tras un largo silencio.

Raquel se rio, removiendo su bebida con la pajita. —Sin duda. Los hombres siempre hablan de sexo después del sexo. Es como una ley universal.

Marta giró la cabeza hacia ella, seria. —No es solo sexo, Raquel. Es… compartir. Compartirnos.

Raquel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa. —Sé a qué te refieres.

—¿Y no te da miedo? —Marta bajó la voz—. Que Jordi te hable así… que Jorge me mire de esa manera…

Raquel cerró los ojos, recordando el peso de Jordi sobre ella, sus palabras crudas resonando en sus oídos como un eco sucio. —Me excita —admitió—. Pero sí, a veces me asusta. Porque no sé hasta dónde puedo llegar.

Marta suspiró. —Yo sí lo sé. Y eso es lo que me aterroriza.

—¿Qué quieres decir?

—Ayer, cuando Jorge me penetró mientras tú y Jordi… —Marta tragó saliva—. Sentí que podía dejarme llevar para siempre. Que no habría un límite.

Raquel abrió los ojos y la miró, sorprendida por la honestidad cruda de su amiga. —¿Y eso es malo?

—No lo sé —Marta se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo—. Pero siento que, si cruzamos ciertas líneas, no habrá vuelta atrás.

Raquel se quedó callada, observando cómo el agua de la piscina reflejaba el cielo. Sabía exactamente a qué se refería Marta. Había algo en la forma en que Jordi la había tomado la noche anterior —sin piedad, sin remordimientos— que la había hecho sentir viva de una manera que no experimentaba desde hacía años. Pero también había algo peligroso en ello, como caminar al borde de un precipicio sin red.

—¿Crees que ellos sienten lo mismo? —preguntó al fin. Marta se encogió de hombros. —Jorge está en su elemento. Siempre ha querido esto, de una forma u otra. —Hizo una pausa—. Jordi… Jordi es más complicado. Él disfruta, pero también se preocupa por ti. Por nosotros.

Marta asintió. Conocía a su marido mejor de lo que él mismo se conocía. Jordi era un hombre de contradicciones: el CEO impecable que amaba el tenis y el golf, pero que en la intimidad se convertía en un amante exigente, casi posesivo. Y, sin embargo, allí estaba, pedaleando hacia una playa remota con Jorge, como si nada hubiera cambiado.

—¿Y si esto nos destruye? —murmuró Marta, como si leyera sus pensamientos.

Raquel tomó su mano y la apretó. —O qué si nos hace más fuertes.

Mientras las mujeres hablaban junto a la piscina, Jordi y Jorge ya llevaban media hora pedaleando por la carretera costera. El viento les azotaba el rostro, llevándose el sudor y dejando a su paso una sensación de libertad. La isla de Lanzarote se extendía a su alrededor: campos de lava negra, cactus erguidos como centinelas, y el mar, siempre presente, un azul tan intenso que dolía mirarlo directamente.

—¿Estás seguro de que esta playa vale la pena? —preguntó Jordi, ajustando el ritmo para mantenerse al lado de Jorge—. Podríamos habernos quedado en el resort, tomando algo frío.

Jorge sonrió, sus gafas de visión reflejando el sol. —Confía en mí. Caleta del Congrio no es cualquier playa.

Jordi resopló, pero no discutió. Sabía que cuando Jorge se empecinaba en algo, especialmente si tenía que ver con sexo o aventura, no había forma de disuadirlo. Además, después de la noche anterior, una parte de él necesitaba despejar la mente. El sexo con Raquel había sido… transformador. No solo por la intensidad física, sino por la manera en que ella había respondido: sin inhibiciones, como si por fin hubiera encontrado el permiso para ser quien realmente era.

—¿Crees que ellas estarán bien? —preguntó, rompiendo el silencio.

Jorge lo miró de reojo. —¿Marta y Raquel? Claro. Son mujeres adultas, Jordi. Saben lo que hacen.

—No me refiero a eso —Jordi frunció el ceño—. Marta… anoche fue diferente. Como si algo en ella hubiera cedido.

Jorge asintió, pensativo. —Eso es lo que buscábamos, ¿no? Que se soltarán. Que exploraran.

—Sí, pero… —Jordi hizo una pausa, buscando las palabras—. Hay una delgada línea entre soltar y romper.

Jorge no respondió de inmediato. La carretera comenzó a descender suavemente, y el sonido de las ruedas sobre el asfalto se volvió más rítmico. Al fin, habló: —Tú más que nadie deberías saber que a veces hay que romper para reconstruir.

Jordi lo miró, sorprendido por la profundidad de sus palabras. Jorge no era exactamente un filósofo, pero tenía una manera de llegar al meollo de las cosas cuando menos lo esperabas.

—¿Y tú? —preguntó Jordi—. ¿Qué sientes después de anoche?

Jorge sonrió, pero esta vez había algo más en su expresión: una sombra de duda. —Excitación. Culpa. Curiosidad. —Hizo una pausa—. Y el deseo de más.

Jordi asintió. Era exactamente lo que él también sentía.

La Playa Caleta del Congrio apareció ante ellos como un espejismo: un arco de arena dorada rodeado de acantilados de lava, con la mar turquesa rompiendo suavemente en la orilla. No había carteles, ni chiringuitos, ni familias con niños. Solo unos pocos coches aparcados de forma discreta y algunas personas caminando desnudas sin prisa, como si el tiempo no existiera.

Jordi frenó, bajándose de la bicicleta con cuidado. El calor de la arena bajo sus pies descalzos era casi abrasador.

—Vale —admitió—, esto es… diferente.

Jorge se quitó la mochila y sacó dos botellas de agua, lanzándole una a Jordi. —Naturista —dijo—. Y no solo en el sentido obvio.

Jordi bebió un largo trago, observando a una pareja mayor caminando de la mano, completamente desnudos, sin la menor vergüenza. El hombre tenía el torso curtido por el sol, la mujer llevaba el pelo largo y suelto, balanceándose con cada paso. —No entiendo por qué me has traído aquí —murmuró.

Jorge no respondió. En lugar de eso, comenzó a caminar hacia un sendero que serpenteaba entre las dunas. Jordi lo siguió, sintiendo cómo la arena se le metía entre los dedos de los pies.

Al doblar una curva, el paisaje cambió. Ya no había parejas caminando tranquilamente, sino grupos. Hombres y mujeres, algunos solos, otros en parejas o tríos, todos desnudos, todos ocupados en actividades que iban más allá del simple bronceado. Jordi se detuvo en seco.

A unos veinte metros de ellos, parcialmente oculta tras una duna, una mujer estaba arrodillada en la arena, con seis hombres a su alrededor. Dos de ellos la sostenían por los brazos, otros dos le acariciaban los pechos, y los últimos dos… Jordi tragó saliva. Los últimos dos estaban penetrándola, uno por delante y otro por detrás, mientras ella gemía con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados.

—¿Qué coño es esto? —susurró Jordi, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello.

Jorge se cruzó de brazos, observando la escena con una calma que a Jordi le resultó inquietante. —Dogging —dijo simplemente—. Sexo en público, con espectadores o participantes espontáneos.

Jordi lo miró, incrédulo. —¿Y tú sabías que esto pasaba aquí?

Jorge asintió. —Investigué un poco. Caleta del Congrio es conocida por esto. Gente que viene a ser libre. Sin juicios.

Jordi volvió a mirar hacia el grupo. La mujer parecía estar en éxtasis, sus gemidos se mezclaban con el sonido de las olas. Los hombres, todos de edades variadas, pero ninguno joven, se movían con una sincronía casi hipnótica.

—¿Y qué se supone que debemos hacer nosotros aquí? —preguntó, aunque en el fondo ya lo sabía.

Jorge se acercó a él, bajando la voz. —¿Recuerdas cómo estaba Raquel anoche? Cómo se abría para ti, cómo te suplicaba. —Hizo una pausa—. Imagina a Marta así. Imagina a ambas así.

Jordi sintió cómo su cuerpo respondía al instante, la sangre bombeando más rápido, la entrepierna tensándose. Pero junto con la excitación vino una oleada de algo más: responsabilidad. Marta era su esposa. Raquel, su amiga. Y lo que Jorge proponía —aunque no lo dijera con palabras— era llevarlas a un lugar como este.

—¿Estás sugiriendo que…?

Jorge lo interrumpió con un gesto. —No sugiero nada. Solo te muestro posibilidades.

Jordi miró nuevamente hacia la escena. La mujer ahora estaba de espaldas, apoyada en las manos y las rodillas, mientras uno de los hombres la penetraba por detrás con embestidas profundas. Otro le agarraba el pelo, guiando su boca hacia su erección. Los demás esperaban su turno o se tocaban a sí mismos, sus ojos fijos en ella.

—¿Piensa en sus maridos? —preguntó Jordi, casi para sí mismo—. ¿O ya no le importa?

Jorge se encogió de hombros. —Quizá su marido está aquí. Quizá es uno de esos tipos. —Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz era baja, casi un susurro—. Piensa en Raquel y Marta, Jordi. Piensa en cómo serían aquí. Libres. Deseadas. Compartidas.

Jordi cerró los ojos, respirando hondo. El aire olía a sal y a sudor, a sexo y a libertad. Cuando los abrió de nuevo, la escena seguía igual: cruda, real, imposible de ignorar.

—No es tan simple —dijo al fin.

Jorge sonrió, como si supiera que ya había ganado. —Nunca lo es. Pero eso es lo que lo hace interesante.

Y con eso, dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia las bicicletas, dejando a Jordi solo con sus pensamientos, el sonido de los gemidos de la mujer, y el peso de las posibilidades que se abrían ante él.

El sol de mediodía caía a plomo sobre la costa de Lanzarote, quemando la arena volcánica y dibujando sombras nítidas bajo los pies de Jordi y Jorge mientras empujaban sus bicicletas hacia el camino asfaltado que llevaba de vuelta al resort. El sudor resbalaba por la nuca de Jordi, humedeciendo el cuello de su camiseta técnica negra, adherida ahora a su espalda por el esfuerzo. Jorge, unos pasos por delante, se ajustó las gafas de sol con un gesto rápido, los músculos de sus pantorrillas marcándose bajo la lycra al caminar.

—Oye, Jorge —dijo Jordi, la voz algo ronca por la sequedad del aire—, lo de la playa… no es mala idea, pero crees que ellas están preparadas para algo así.

Jorge soltó una risita seca mientras apoyaba la bicicleta contra un poste de madera pintado de blanco. El metal del manillar aún conservaba el calor de sus manos. - ¿Crees que no están preparadas?-.

— ¿Preparadas?, qué va. Marta se pondría como un tomate si la lleváramos a Caleta del Congrio ahora mismo. Raquel… —hizo una pausa, recordando cómo se había entregado la noche anterior, cómo sus uñas se habían clavado en sus hombros cuando la penetró por detrás mientras Jorge observaba—. Raquel tiene más instinto, pero incluso ella necesita un puente. Algo que no sea tan… bruto.

Jorge se volvió entonces, cruzando los brazos sobre el pecho. El viento marinero jugaba con los mechones plateados de su barba, dándole un aire de lobo de mar cansado.

—¿Un puente? ¿Cómo qué, un afterhours en una discoteca?

Jordi negó con la cabeza, sacando el móvil del bolsillo trasero de su culotte. Deslizó el dedo sobre la pantalla y le mostró a Jorge una página web: un fondo negro con letras doradas, elegantes, discretas. "Club Swing Lancelot”.

—Esto no es un after. Es un club swinger de alto nivel. Solo socios, solo parejas verificadas. Nada de borrachos ni miradas lascivas no deseadas —explicó Jordi, acercándose para que Jorge pudiera leer la descripción—. Tienen zonas privadas, sala cine X, ambientes temáticos… Incluso un cuarto oscuro con camas de agua. Y lo más importante: protocolo. Si Marta o Raquel se sienten incómodas, basta con una palabra y paramos.

Jorge arqueó una ceja, los labios curvándose en una sonrisa pícara.

—Vaya, vaya… El señor CEO piensa en todo. ¿Y cómo sabes que no es un antro de esos donde te clavan una jeringuilla en el baño?

—Porque lo he investigado —Jordi guardó el móvil con un gesto seguro—. Tiene reseñas en foros serios. Parejas de nuestra edad, profesionales, gente que busca calidad, no un polígono industrial con colchones en el suelo. Y mira esto —volvió a sacar el teléfono, mostrando una foto del interior: salones con sofás de terciopelo rojo, barras de cócteles iluminadas con luz ámbar, una piscina interior con cascadas artificiales—. Hasta tienen spa.

Jorge silbó entre dientes, pasando la lengua por los labios secos.

—Joder, Jordi… Esto es como el Eyes Wide Shut pero en versión todo incluido. ¿Y cuándo piensas soltarles la bomba a las chicas?

—Primero las preparamos —Jordi montó en su bicicleta, ajustando el sillín con un golpe seco—. Durante el almuerzo. Les decimos que vamos a un club social elegante. Que se vistan como si fueran a una gala. Y ya allí… veremos cómo reaccionan.

—¿Y si se niegan?

—Entonces sabremos que esto no es para ellas —Jordi sonrió, pedaleando ya hacia adelante—. Pero algo me dice que no lo harán.

Jorge se subió a su bicicleta con un movimiento ágil, a pesar de sus sesenta y un años. La lycra se ceñía a sus muslos al moverse, dejando poco a la imaginación.

—Confías demasiado en tu carisma, amigo —dijo, siguiendo a Jordi por el camino costero—. Pero tienes razón en una cosa: si hay un sitio donde Marta y Raquel pueden probar esto sin sentirse como putas de carretera, es ahí.

Los pedales giraron más rápido, el viento azotando sus rostros mientras el Hilton Resort aparecía a lo lejos, sus torres blancas brillando bajo el sol como faros de un paraíso que prometía mucho más que relax.
 
CAPITULO 14 - LUZ AZUL Y SOMBRAS TORRIDAS

El chiringuito de la playa bullía con el murmullo de las conversaciones y el choque de las copas. Las sombrillas de paja proyectaban círculos de sombra sobre la arena, donde los comensales disfrutaban de sus mojitos y ensaladas frescas. Jordi y Jorge llegaron sudorosos, dejando las bicicletas apoyadas contra un poste de madera cerca de la entrada. Antes de que pudieran sentarse, una risa cristalina los detuvo en seco.

Raquel y Marta emergían del mar como sirenas de mediana edad, el agua resbalando por sus cuerpos envueltos en bañadores enterizos que, lejos de ocultar, realzaban sus curvas. El de Marta, negro y ceñido, dejaba poco a la imaginación sobre la firmeza de sus senos, mientras que el turquesa de Raquel, con un escote en pico, resaltaba el bronceado de su piel y el contorno de sus caderas. Sus cabellos, empapados, pegados a sus rostros, les daban un aire de diosas griegas rescatadas de un naufragio.

Jordi sintió cómo su entrepierna respondía al instante, el tejido elástico de su culotte de ciclismo rozando su erección incipiente. A su lado, Jorge carraspeó, ajustándose discretamente el bajo.

—Dios mío —murmuró Jorge, los ojos fijos en el trasero de Raquel mientras ella se agachaba a recoger su toalla—. Con lo que me pone verla así… Si supiera que hay dos tíos ahí —señaló discretamente con la barbilla hacia una mesa cercana— babando por ellas.

Jordi siguió su mirada. Dos hombres, de unos cuarenta años, bien vestidos con camisas lino blancas y gafas de sol de diseño, observaban a Marta y Raquel sin disimulo. Uno de ellos, moreno, de mandíbula cuadrada, susurró algo al oído de su compañero, un rubio de sonrisa torcida, quien asintió mientras sus ojos recorrían el cuerpo de Raquel desde los tobillos hasta el escote.

—Los muy cabrones —Jordi apretó los puños, pero no por celos, sino por la oleada de excitación que le recorrió la espalda—. ¿Ves cómo miran a Marta? Como si fuera un postre que quieren devorar.

Jorge rio bajito, un sonido gutural que delataba su propia excitación.

—Y Raquel… Joder, ese escote. Si supieran lo que esconde bajo esa tela —hizo una pausa, tragando saliva—. Anoche la tuve abierta como un libro, Jordi. Y tú viste cómo gemía cuando…

—¡Chicos! —la voz alegre de Raquel los interrumpió. Se acercó a ellos, dejando tras de sí un rastro de gotas de agua sobre la arena caliente—. ¿Qué hacéis aquí plantados como dos estatuas? ¡Venid, que nos morimos de hambre!

Marta la siguió, secándose el pelo con la toalla con movimientos lentos, sensuales sin pretenderlo. El bañador negro se pegaba a su piel como una segunda piel, marcando el contorno de sus pezones erectos por el frío del agua.

—Hola, cariño —Jordi la saludó con un beso en la mejilla, inhalando el aroma a sal y a J’adore que emanaba de su cuello—. Veo que os habéis refrescado bien.

—Era necesario —Marta sonrió, pero sus ojos se posaron un segundo demasiado largo en el bulto que se dibujaba en el pantalón de Jordi—. El agua estaba divina.

Raquel, ajena a la tensión, se dejó caer en una silla de mimbre, cruzando las piernas con un gesto que hizo que el turquesa de su bañador se tensara sobre sus muslos.

—Os hemos guardado sitio. Y he pedido una botella de albariño —anunció, señalando la mesa donde dos copas ya esperaban—. Aunque por cómo os veo, igual necesitáis algo más fuerte.

Jorge se sentó frente a ella, sus rodillas rozando las de Raquel bajo la mesa.

—Depende de lo que tengas en mente, cielito —respondió, con una sonrisa que prometía más de lo que las palabras decían.

El almuerzo transcurrió entre risas y miradas robadas. Raquel, siempre la más extrovertida, contaba una anécdota de su juventud en Ibiza, mientras Marta escuchaba con una sonrisa tímida, jugueteando con el borde de su servilleta. Jordi y Jorge, sentados uno frente al otro, intercambiaban miradas cargados de significado cada vez que las mujeres se distraían.

—Oíd, amores —Jordi alzó su copa, llamando su atención—. Esta noche hemos pensado en hacer algo… diferente.

Raquel arqueó una ceja, los labios brillantes por el vino. —¿Diferente cómo? Porque si es otro after con música techno, os advierto que me quedo dormida en el sofá.

—No, no —Jorge intervino, limpiándose los labios con la servilleta—. Es un club social. Muy exclusivo. Solo por invitación.

Marta frunció el ceño.

—¿Un club? ¿Cómo esos donde la gente va a ligar?

—Algo así —Jordi bebió un trago, disfrutando del juego—. Pero más… refinado. Gente de nuestra edad, ambiente elegante.

Raquel cruzó los brazos, el escote de su bañador abriéndose un poco más con el movimiento.

—¿Y qué se hace en este club refinado? ¿Jugar al bridge con copas de cava?

Jorge soltó una carcajada.

—¡Raquel, por Dios! Se trata de socializar. Conocer gente interesante. Y sí, tomar algo bueno —hizo una pausa, bajando la voz—. Aunque si surge… algo más, pues sería bajo vuestro total consentimiento.

Marta palideció ligeramente, pero no apartó la mirada. En lugar de eso, bebió un largo sorbo de vino, como si el alcohol pudiera darle el valor que le faltaba.

—¿Y cómo vamos? —preguntó, con una voz más firme de lo que Jordi esperaba.

—En coche —respondió él, sacando las llaves de un BMW X3 negro metalizado del bolsillo—. He alquilado algo… apropiado para la ocasión.

Raquel silbó, impresionada.

—¡Vaya! ¿Y eso significa que tenemos que vestirnos como si fuéramos a los Goya?

—Exactamente —Jorge asintió, los ojos brillando tras sus gafas—. Vestidos largos, tacones, joyas. Que os sintáis… deseables.

Marta jugueteó con el colgante de oro que llevaba al cuello, un pequeño círculo que Jordi le había regalado en su vigésimo aniversario.

—¿Y si no nos apetece… socializar tanto? —preguntó, con una timidez que contrastaba con la audacia de su pregunta.

Jordi se inclinó hacia adelante, capturando su mirada.

—Entonces nos vamos. Sin preguntas. Pero —añadió, bajando aún más la voz—, algo me dice que no será el caso.

Raquel, siempre la primera en romper el hielo, alzó su copa con una sonrisa desafiante.

—Pues entonces, caballeros, preparaos. Porque esta noche vais a ver a dos diosas.

Los hombres brindaron con ellas, pero sus miradas se encontraron por encima del borde de las copas, cargadas de promesas que aún no se atrevían a pronunciar en voz alta.

La tarde se deslizó entre siestas en las hamacas, duchas compartidas y el susurro de las cremalleras de las maletas al abrirse. Jordi observó desde la terraza de su suite cómo Marta se probaba frente al espejo un vestido negro de tirantes finos, ceñido a la cintura, que dejaba al descubierto la curva de su espalda hasta justo encima del coxis. El tejido, sedoso, se pegaba a sus caderas al moverse, marcando el contorno de sus nalgas con cada paso.

—Este es muy… atrevido —murmuró Marta, girándose para verse de perfil—. ¿No crees?

Jordi se acercó por detrás, deslizando las manos sobre sus hombros desnudos.

—Es perfecto —susurró, rozando con los labios el hueco de su cuello—. Porque tú lo eres.

Marta cerró los ojos, dejándose llevar por el contacto, pero entonces abrió los párpados de golpe, como si recordara algo.

—Jordi… —dijo, girándose para enfrentarlo—. ¿Este club es… como los que salen en las películas? ¿Dónde la gente…?

—¿Folla en los sofás? —terminó él por ella, sin rodeos—. Puede ser. Pero solo si tú quieres. Si no, nos tomamos un gin-tonic y nos volvemos al hotel.

Marta mordisqueó su labio inferior, una señal que Jordi conocía bien: estaba considerándolo.

—¿Y si… me excita ver? —confesó, casi en un susurro—. Como anoche. Ver cosas. Pero sin…

—Sin participar —Jordi asintió—. También es válido. Pero —añadió, con una sonrisa pícara—, apuesto a que antes de que acabe la noche, algo te hará cambiar de opinión.

Marta no respondió. En lugar de eso, se giró de nuevo hacia el espejo, ajustándose el escote del vestido para que dejara al descubierto un poco más de sus senos. Jordi no pudo evitar sonreír. Ya está hecho, pensó. El primer paso ya está dado.

En la suite contigua, Jorge observaba a Raquel mientras esta se ajustaba un vestido rojo sangre, de corte ajustado, que realzaba cada curva de su cuerpo como si hubiera sido pintado sobre su piel. El escote en corazón dejaba poco a la imaginación, y la abertura lateral llegaba hasta medio muslo, mostrando un destello de su piel bronceada cada vez que se movía.

—¿Seguro que no es demasiado? —preguntó Raquel, girando sobre sí misma—. No quiero parecer una Milf desesperada.

Jorge se acercó, agarrándola por la cintura y atrayéndola contra él. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la fina tela del vestido.

—Quiero que todos los hombres en ese sitio se pregunten cómo coño una mujer como tú sigue con un viejo como yo —gruñó, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Y cuando te miren, quiero que sepas que te desean. Que te muerdan los labios de ganas.

Raquel pegó un gemido ahogado, arqueándose contra él.

—Jorge… —susurró—, no me hagas esto ahora. No puedo ir allí con las bragas empapadas.

Él rio, bajando una mano para acariciar su muslo por la abertura del vestido.

—Pues no las lleves —sugirió, con un guiño—. Total, ¿Quién va a notarlo?

Raquel lo miró con los ojos entrecerrados, pero una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

—Eres un cerdo —dijo, pero el tono era todo menos de reproche—. Pero tienes razón. Pero esta noche… las bragas las llevo puestas.

Jorge no necesitó más. La besó con fuerza, mientras sus dedos se deslizaban hacia arriba, bajo el vestido, para comprobar por sí mismo lo preparada que estaba ya su mujer.

El BMW X3 negro metalizado brillaba bajo las luces del aparcamiento del resort como una bestia acechando en la oscuridad. Jordi ajustó el asiento de cuero, inhalando el aroma a nuevo que aún desprendía el coche, mientras Jorge ayudaba a Raquel a subir, sus manos rozando intencionadamente el muslo de ella al cerrar la puerta.

—Vamos, reina —Jordi ofreció el brazo a Marta, quien salió de la suite con pasos medidos, como si cada uno de ellos la acercara a un precipicio—. El coche nos espera.

Marta aceptó su brazo, pero antes de entrar, se detuvo, mirando hacia el horizonte donde el último destello del sol se perdía en el mar.

—¿Y si esto cambia todo? —preguntó, con una vulnerabilidad que le partió el corazón a Jordi.

Él la giró hacia sí, tomándola de las manos.

—Ya ha cambiado, amor —respondió, con una honestidad que lo sorprendió a sí mismo—. La pregunta es: ¿vamos a dejar que el miedo nos detenga? O… —hizo una pausa, acariciándole los nudillos con el pulgar—, ¿vamos a ver hasta dónde podemos llegar?

Marta respiró hondo, asintió, y entonces, con una determinación que Jordi no le había visto en años, se subió al coche.

—Entonces —dijo, ajustándose el vestido sobre las rodillas—, que empiece el espectáculo.

Jorge arrancó el motor con un rugido suave, y el BMW se deslizó hacia la carretera costera, dejando atrás el resort y, con él, las últimas ataduras a la vida que habían conocido hasta entonces.

En el asiento trasero, Raquel cruzó las piernas, haciendo que el vestido rojo se abriera lo justo para dejar ver un destello de su muslo interno. Marta, a su lado, notó cómo el aire acondicionado del coche acariciaba su piel desnuda bajo el vestido,.

Jordi, desde el asiento del copiloto, giró ligeramente la cabeza para mirar a su mujer. Sus ojos se encontraron en el espejo retrovisor, y en ese instante, supo que la noche que tenían por delante sería el punto de no retorno.

—El Club Swing Lancelot es… especial —comenzó Jordi, rompiendo el silencio con voz pausada, como si midiera cada palabra—. No es un lugar al que cualquiera pueda entrar. Es elitista, exclusivo, con diferentes ambientes. Me he informado y, Susana Calvo, la dueña, lleva años gestionándolo con un criterio muy estricto. Solo admite a gente de cierto nivel. —Hizo una pausa, girando ligeramente la cabeza hacia atrás para dirigirles una mirada a las mujeres, cuyos rostros quedaban iluminados por las luces intermitentes del salpicadero—. Por nuestra posición, no tuvimos problemas para conseguir acceso.

—¿Diferentes ambientes? —preguntó Raquel, levantando la vista hacia el espejo retrovisor, donde los ojos de Jorge brillaban con una mezcla de excitación y curiosidad.

—Sí —asintió Jordi—. Tiene una discoteca, pero no como las que estás acostumbrada. Más… íntima. Un mini-cine —aquí hizo una pausa significativa—, varias estancias más privadas, y zonas temáticas. Todo diseñado para que la experiencia sea… inolvidable.

La palabra “privadas” colgó en el aire como un presagio. Jorge se ajustó las gafas y carraspeó, intentando disimular la excitación que ya comenzaba a hacer efecto en su entrepierna. Había notado cómo Raquel cruzó las piernas con fuerza al escuchar eso, como si intentara contener algo más que nervios.

Marta tragó saliva. El perfume J’adore que llevaba se mezclaba ahora con el sudor frío que le perlaba la nuca. No era el calor del coche, sino algo más profundo, una ansiedad que le apretaba el estómago.

—¿Y qué tipo de gente suele ir? —preguntó, intentando que su voz no delatara el temblor.

Jordi sonrió, un gesto que en la penumbra del habitáculo parecía casi felino.

—Gente como nosotros, Martita. Profesionales, discretos. Personas que buscan algo más que una noche de copas. —Sus dedos se cerraron alrededor del volante con más fuerza—. Gente que entiende que el placer no tiene por qué estar limitado por convenciones.

—¿Y qué se hace en esas estancias? —preguntó Marta, la voz un poco más aguda de lo normal. No era una pregunta ingenua; era la de alguien que ya sospechaba la respuesta, pero necesitaba escucharla para aceptar que esto era real.

Jordi sonrió, un gesto que no llegó a sus ojos, que seguían fijos en la carretera.

—Lo que uno desee, cariño. Dentro de los límites del club, claro.

Raquel soltó una risita nerviosa, pero no había humor en ella. Sus dedos juguetearon con el borde de su vestido, tirando de él hacia abajo como si de repente le pareciera demasiado corto.

—¿Y qué pasa si… no nos gusta? —preguntó Raquel, su voz temblorosa, pero con un dejo de curiosidad que no podía ocultar. Sus ojos se posaron en Jordi, buscando alguna señal de que todo estaría bajo control.

Jordi sonrió, un gesto lento y calculado que hizo que el ambiente en el coche se cargara aún más de electricidad.

—No os va a disgustar —respondió con seguridad, mientras el coche tomaba una curva suave hacia una zona más residencial, donde las luces eran más tenues y los edificios, más exclusivos. —Confiad en mí. Y en Jorge. Sabemos lo que hacemos.

Raquel intercambió una mirada con Marta. No necesitaban palabras. Ambas sentían el peso de lo que no se decía, de las intenciones que flotaban en el aire como el humo de un cigarrillo a medio apagar. El coche giró hacia un camino privado, flanqueado por palmeras cuyas hojas susurraban con el viento. Al fondo, entre la vegetación, se distinguía el contorno de un edificio bajo, de líneas modernas, con grandes ventanales empañados que dejaban entrever luces ámbar y rojizas parpadeando al ritmo de la música.

—Hemos llegado —anunció Jorge, inclinándose ligeramente hacia adelante para observar mejor.

El estacionamiento estaba casi vacío, salvo por un par de coches de lujo aparcados con discreción. Jordi detuvo el BMW junto a una entrada lateral, donde una mujer esperaba, recortada contra la luz tenue de un farol. Al bajar del coche, Marta sintió cómo el vestido se le pegaba a las nalgas. Raquel, por su parte, se ajustó el escote con un gesto que era mitad coquetería, mitad armadura.

Susana Calvo los esperaba en la entrada, vestida con un traje pantalón de seda negra que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Su cabello plateado, recogido en un moño impecable, brillaba bajo las luces indirectas del vestíbulo. Los anillos de zafiro en sus dedos captaban destellos cada vez que movía las manos, y sus labios, pintados de un rojo oscuro, se curvaron en una sonrisa que era todo menos inocente.

—Bienvenidos al Club Swing Lancelot —dijo, su voz un ronroneo grave que parecía vibrar en el aire.

Marta sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. La forma en que Susana las miraba —a ellas, no a los hombres— era como si ya las hubiera desnudado con los ojos. Como si supiera exactamente qué color tenían sus lencerías bajo esos vestidos.

La entrada al club era una puerta de madera oscura, casi negra, con detalles en bronce que brillaban bajo la luz indirecta. Susana la abrió con un gesto fluido, invitándolos a pasar. El interior los golpeó de inmediato: el olor a cuero, a alcohol caro, a perfume y a algo más primal, algo que Raquel no pudo identificar pero que le hizo apretar los muslos involuntariamente.

—Permítanme mostrarles las instalaciones —continuó Susana, girándose con elegancia hacia un pasillo iluminado por luces tenues que proyectaban sombras alargadas en las paredes—. Las normas son simples: respeto, discreción y consentimiento. Todo lo que ocurra aquí, queda aquí. Todo lo demás… —hizo un gesto vago con la mano—, es negociable.

El tour fue una sucesión de imágenes que se grababan en la mente de las mujeres como fotogramas de una película porno de alta gama. La discoteca, con su pista de baile donde parejas de todas las edades se movían en cámara lenta, los cuerpos pegados, las manos explorando bajo la ropa. El cuarto oscuro, donde siluetas anónimas se fundía en rincones, gemidos ahogados mezclándose con el ritmo de la música. Y luego, el mini-cine: una sala pequeña con butacas de cuero negro, que en ese momento estaba vacía, con una pantalla gigante.

—¿Les gusta lo que ven? —preguntó Susana, deteniéndose frente a la entrada del cine. Su mirada se posó en Marta, que había palidecido ligeramente.

—Es… intenso —murmuró Raquel, pero sus pupilas estaban dilatadas, y Marta pudo ver cómo tragaba saliva con dificultad.

—La intensidad es el punto —replicó Susana, acercándose un paso más a ellas. El perfume que usaba —algo floral, pero con un toque a especias oscuras— invadió los sentidos de Marta, haciendo que su cabeza diera un pequeño giro—. Pero no se preocupen. Aquí, el control siempre está en sus manos. —Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Aunque a veces… es divertido soltarlo.

Pasaron junto a la pista de baile, donde varias parejas se movían al ritmo de una música electrónica profunda, sus cuerpos pegados, las manos explorando bajo la ropa o deslizándose por la piel sudorosa. En una esquina, una mujer con un vestido transparente estaba sentada en el regazo de un hombre, sus labios entrelazados mientras las manos de él le levantaban la falda. Marta apartó la vista, pero no antes de que la imagen se grabara en su retina: los dedos del hombre hundiéndose en la carne blanca de los muslos de la mujer, la forma en que ella arqueaba la espalda, ofreciéndose.

—El bar —señaló Susana, llevándolos hacia una zona con mesas bajas y sofás de cuero negro. Aquí podéis relajaros, tomar algo. —Sus ojos se posaron en Raquel, que había cruzado las piernas de nuevo, esta vez con un movimiento deliberadamente lento—. O podéis explorar.

Jordi pidió una botella de cava, y sirvió a todos, invitando también a Susana.

—¿Y el cine? —preguntó Jorge, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, como si ya supiera la respuesta.

Susana esbozó algo que podría haber sido una sonrisa.

—Ah, el cine. —Su voz era un susurro cargado de promesas—. Una experiencia… sensorial. Pero no os precipitéis. —Tomó un sorbo de su copa, los labios pintados de un rojo oscuro dejando una marca en el cristal—. Primero, disfrutad del ambiente.

—¿Bailamos? —propuso Raquel de repente, rompiendo la tensión.

Jorge asintió, dejando su copa sobre la mesa con un golpe seco. Pero antes de que pudiera responder, Jordi se inclinó hacia adelante, los codos sobre las rodillas, la postura relajada pero los músculos tensos bajo la camisa.

—Creo que sería más interesante ver qué están proyectando en el cine —dijo, con una calma que contrastaba con el latido acelerado de Marta—. Después de todo, vinimos a explorar, ¿no?

Susana arqueó una ceja, pero no dijo nada. Solo asintió hacia un pasillo estrecho, iluminado por luces rojas tenues, donde una puerta de terciopelo negro marcaba la entrada al mini-cine.

Raquel miró a Marta, y en ese intercambio silencioso hubo un millón de preguntas. ¿Estamos listas para esto? ¿Qué pasará si decimos que no? ¿Qué pasará si decimos que sí? Pero al final, fue el silencio de sus maridos —la forma en que Jordi y Jorge ya se habían levantado, como si la decisión estuviera tomada— lo que las hizo seguir.
 
CAPITULO 15 – NUEVAS SENSACIONES EN LA OSCURIDAD

El mini-cine olía a cuero nuevo y sexo. Las butacas eran amplias, diseñadas para que dos personas pudieran sentarse juntas… o para que una persona pudiera estirarse y ser usada sin problemas. Jordi y Jorge se sentaron en el centro, dejando a Marta a la izquierda y a Raquel a la derecha, en los extremos como si una fuerza invisible las hubiera separado.

—¿Estamos solos? —preguntó Raquel, mirando alrededor con una mezcla de curiosidad y aprensión.

Nadie respondió. Raquel y Marta intercambiaron una mirada. No necesitaban palabras para entender lo que eso significaba. Eran el espectáculo. El centro de atención, aunque no estuvieran en el medio. Se sentaron, sus faldas subiendo ligeramente al acomodarse en los asientos de cuero. Jorge y Jordi pusieron sus miradas fijas en la pantalla, pero sus sentidos completamente enfocados en las reacciones de sus esposas.

Las luces se apagaron con un suave clic, una mujer rubia, con los labios pintados de un rojo obsceno, estaba arrodillada entre dos hombres. Uno de ellos le agarraba el pelo con fuerza, guiando su cabeza hacia su entrepierna, mientras el otro le masajeaba los pechos con manos grandes, los dedos pellizcando los pezones hasta que se pusieron duros como piedras. La cámara se acercaba, mostrando cada de talle: la saliva brillando en los labios de la mujer, el glande hinchado del hombre a punto de ser engullido, la humedad que ya empapaba el vello rubio entre sus muslos.

Marta sintió cómo el calor le subía por el cuello, inundándole las mejillas. No era ni mucho menos la primera vez que veía porno, pero nunca lo había hecho en una sala pública, con su marido al lado y con la certeza de que alguien más podría entrar en cualquier momento. No podía apartar la vista. En la pantalla, la mujer abría la boca, la lengua plana, lista para recibir la polla que se acercaba a sus labios. El hombre gruñó algo, algo sucio, algo que hizo que Marta apretara los muslos con más fuerza, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía con un calor húmedo entre las piernas.

—¿Te gusta lo que ves, Martita? —La voz de Jordi llegó a sus oídos como un susurro, pero en la oscuridad sonó como un trueno.

Ella no respondió. No podía. En la pantalla, la mujer ya tenía la boca llena, los labios estirados alrededor de la gruesa circunferencia del pene, las mejillas hundiéndose mientras el hombre comenzaba a follarle la boca con embestidas cortas y brutales. El sonido de los golpes de sus caderas contra los labios de ella resonaba en los altavoces, mezclándose con sus arcadas ahogadas.

Raquel cruzó las piernas, pero el movimiento solo hizo que el vestido se le subiera más, dejando al descubierto un muslo completo, la piel pálida bajo la luz azulada. Jorge no dijo nada, pero Marta lo vio ajustarse en el asiento, el bulto en sus pantalones delatando su excitación.

Cinco minutos. Cinco minutos de gemidos amplificados, de carne chocando contra carne, de una mujer en la pantalla siendo penetrada por dos hombres a la vez, sus pechos balanceándose mientras uno le embestía la boca y el otro su coño empapado. Cinco minutos en los que Raquel sintió cómo su propia excitación se volvía insoportable, cómo el vestido se le pegaba a los pezones duros, cómo el aire acondicionado de la sala no era suficiente para enfriar el fuego que le quemaba entre las piernas. Podía sentir el peso de la mirada de Jorge sobre ella, como si sus ojos fueran manos explorando cada centímetro de su piel

Fue entonces cuando la puerta se abrió de nuevo.

Dos hombres entraron, siluetas oscuras recortadas contra la luz tenue del pasillo. Uno era alto, con el pelo castaño peinado hacia atrás y una sonrisa que prometía travesura. El otro, más bajo, pero con hombros anchos, llevaba una camisa blanca que se ceñía a un torso musculoso. Se sentaron sin pedir permiso: uno al lado de Marta, el otro junto a Raquel.

El primero en moverse fue el hombre junto a Marta. Su mano se posó en su muslo, justo donde el vestido terminaba y la piel desnuda comenzaba. Ella se tensó, instintivamente, pero antes de que pudiera apartarlo, miró hacia Jordi. Su marido estaba mirando la pantalla, como si no hubiera notado nada. Como si no le importara.

—¿Te gusta lo que ves, preciosa? —murmuró el hombre, sus dedos deslizándose hacia arriba, acercándose peligrosamente al calor entre sus piernas.

Marta debería haberlo detenido. Debería haber gritado, debería haberse levantado y salido corriendo. Pero en lugar de eso, sintió cómo su cuerpo traicionero se arqueaba ligeramente hacia esa mano, cómo su respiración se volvió más superficial.

—A-a mí también me gusta lo que toco —respondió el hombre, y entonces sus dedos rozaron el borde de su coño, justo donde el vestido se pegaba a su piel sudorosa.

Raquel no lo tuvo mejor. El hombre a su lado —el de la camisa blanca— había deslizado una mano bajo su vestido, encontrando el elástico de sus bragas y tirando de él con un movimiento rápido.

—¡Eh! —protestó Raquel, pero su voz carecía de convicción. Sobre todo, porque, al girarse hacia Jorge, vio que su marido no solo no intervenía, sino que tenía una mano metida en sus propios pantalones, masajeando su polla dura a través de la tela.

—¿No te gusta, cariño? —preguntó el hombre, su aliento caliente contra el cuello de Raquel mientras sus dedos encontraban el pliegue húmedo de su sexo—. Parece que a tu marido sí.

Y entonces, como si esa fuera la señal que habían estado esperando, ambas mujeres cedieron.

El hombre de Marta no perdió tiempo. Sus dedos se colaron bajo el vestido, encontrando su coño completamente depilado y ya empapado. Dos dedos se hundieron en ella sin preámbulos, curvándose hacia arriba para rozar ese punto interno que hacía que sus caderas se sacudieran.

—¡Ah! ¡Dios! —Marta intentó ahogar el gemido, pero salió igual, alto y desesperado. Sus manos se aferraron a los brazos de la butaca, las uñas hundiéndose en el cuero mientras el extraño la penetraba con movimientos rítmicos, sus nudillos rozando su clítoris hinchado con cada embestida.

—A tu marido le encanta verte así —susurró el hombre, su boca ahora contra su oído—. Tan mojada. Tan puta.

La palabra la quemó y la excitó al mismo tiempo. Marta miró hacia Jordi, y esta vez sí lo vio: su marido tenía los ojos fijos en ella, la mano moviéndose bajo la mesa, el rostro contraído en una máscara de lujuria pura.

—¡Joder, Marta! —jadeó Jordi, como si estuviera a punto de correrse solo de verla—. ¡Mírate! ¡Cómo te meten mano cariño!

Eso fue todo lo que necesitó. Un orgasmo la atravesó como un relámpago, haciendo que sus muslos se cerraran alrededor de la mano del extraño, atrapando sus dedos dentro de ella mientras su coño se contraía en oleadas de placer. Sintió cómo el líquido caliente brotaba de ella, empapando los dedos del hombre, la butaca, sus propios muslos.

—¡Me corro! ¡Me corro! —gimió, sin importarle quién la escuchara.

Raquel, a su lado, ya no intentaba contenerse. Un gemido suave escapó de sus labios cuando los dedos del hombre a su lado encontraron el calor húmedo entre sus piernas, presionando con insistencia a través de la tela de su lencería. Sus piernas se abrieron instintivamente, invitando a una exploración más profunda

—¿Ves? —murmuró el hombre junto a Raquel, su voz ronca y llena de promesas—. Sabía que os gustaría.

—¡Dios! —Raquel no pudo contenerse. El hombre a su lado había bajado la cremallera de sus pantalones, liberando una erección gruesa y palpitante que ahora frotaba contra su mano, guiándola hacia ella—. Esto es… —no terminó la frase, porque en ese momento, el hombre la tomó de la nuca y la acercó a su entrepierna, susurrando algo sucio en su oído que la hizo temblar.

Raquel ya no intentaba ser discreta. Con una mano agarraba la polla del desconocido, moviéndola con torpeza, pero con urgencia, mientras la otra se hundía entre sus propias piernas, frotándose con desesperación. El hombre la observaba con una sonrisa de satisfacción, disfrutando de su pérdida de control. Raquel gemía sin vergüenza, sus manos enredadas en el cabello de aquel extraño mientras Jorge, a solo unos centímetros, observaba con los ojos entrecerrados, la respiración acelerada y acariciándose el bulto que estaba deseando salir de su entrepierna.

—¡Me voy a correr! —gimió Raquel, su voz quebrándose mientras su cuerpo se tensaba, sus caderas levantándose del asiento en un movimiento involuntario.

—¡Hazlo —ordenó el hombre, su voz un gruñido—! Córrete para nosotros.

Y Raquel obedeció. Un orgasmo la atravesó con la fuerza de un relámpago, haciendo que su cuerpo se sacudiera mientras un gemido largo y desgarrado escapaba de sus labios.

Cuando las luces se encendieron lentamente, las dos mujeres estaban jadeantes, deshechas, con los vestidos arrugados y el maquillaje corridos por el sudor. Los hombres que las habían tocado se levantaron sin prisa, como si esto fuera lo más normal del mundo. Uno de ellos —el que había estado con Marta— se llevó los dedos a la boca y lamió el líquido de su orgasmo con un gemido de satisfacción.

—Deliciosa —dijo, guiñando un ojo antes de salir de la sala.

Jordi y Jorge seguían excitados, sus pollas duras como rocas bajo los pantalones. Pero no se movieron. No dijeron nada. Solo miraron a sus mujeres, evaluando, disfrutando de lo que acababan de presenciar.

Raquel se recostó contra el asiento, su pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas, su piel brillando con una fina capa de sudor. Miró a Marta, y en sus ojos había una mezcla de vergüenza y excitación, como si acabaran de cruzar una línea de la que no había regreso.

—¿Estáis bien? —preguntó Jordi finalmente, aunque su tono delataba que le importaba más bien poco.

Marta asintió, incapaz de hablar. Raquel se limitó a reír, un sonido roto y sin aliento.

Jordi se levantó, ajustándose los pantalones con calma. No miró a Marta. No dijo nada.

Susana Calvo entró al mini-cine, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—¿Disfrutaron de la película? —preguntó, como si supiera exactamente lo que había ocurrido en la oscuridad.

Marta no pudo responder. Todavía sentía los dedos del desconocido dentro de ella.
 
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