CAPITULO 14 - LUZ AZUL Y SOMBRAS TORRIDAS
El chiringuito de la playa bullía con el murmullo de las conversaciones y el choque de las copas. Las sombrillas de paja proyectaban círculos de sombra sobre la arena, donde los comensales disfrutaban de sus mojitos y ensaladas frescas. Jordi y Jorge llegaron sudorosos, dejando las bicicletas apoyadas contra un poste de madera cerca de la entrada. Antes de que pudieran sentarse, una risa cristalina los detuvo en seco.
Raquel y Marta emergían del mar como sirenas de mediana edad, el agua resbalando por sus cuerpos envueltos en bañadores enterizos que, lejos de ocultar, realzaban sus curvas. El de Marta, negro y ceñido, dejaba poco a la imaginación sobre la firmeza de sus senos, mientras que el turquesa de Raquel, con un escote en pico, resaltaba el bronceado de su piel y el contorno de sus caderas. Sus cabellos, empapados, pegados a sus rostros, les daban un aire de diosas griegas rescatadas de un naufragio.
Jordi sintió cómo su entrepierna respondía al instante, el tejido elástico de su culotte de ciclismo rozando su erección incipiente. A su lado, Jorge carraspeó, ajustándose discretamente el bajo.
—Dios mío —murmuró Jorge, los ojos fijos en el trasero de Raquel mientras ella se agachaba a recoger su toalla—. Con lo que me pone verla así… Si supiera que hay dos tíos ahí —señaló discretamente con la barbilla hacia una mesa cercana— babando por ellas.
Jordi siguió su mirada. Dos hombres, de unos cuarenta años, bien vestidos con camisas lino blancas y gafas de sol de diseño, observaban a Marta y Raquel sin disimulo. Uno de ellos, moreno, de mandíbula cuadrada, susurró algo al oído de su compañero, un rubio de sonrisa torcida, quien asintió mientras sus ojos recorrían el cuerpo de Raquel desde los tobillos hasta el escote.
—Los muy cabrones —Jordi apretó los puños, pero no por celos, sino por la oleada de excitación que le recorrió la espalda—. ¿Ves cómo miran a Marta? Como si fuera un postre que quieren devorar.
Jorge rio bajito, un sonido gutural que delataba su propia excitación.
—Y Raquel… Joder, ese escote. Si supieran lo que esconde bajo esa tela —hizo una pausa, tragando saliva—. Anoche la tuve abierta como un libro, Jordi. Y tú viste cómo gemía cuando…
—¡Chicos! —la voz alegre de Raquel los interrumpió. Se acercó a ellos, dejando tras de sí un rastro de gotas de agua sobre la arena caliente—. ¿Qué hacéis aquí plantados como dos estatuas? ¡Venid, que nos morimos de hambre!
Marta la siguió, secándose el pelo con la toalla con movimientos lentos, sensuales sin pretenderlo. El bañador negro se pegaba a su piel como una segunda piel, marcando el contorno de sus pezones erectos por el frío del agua.
—Hola, cariño —Jordi la saludó con un beso en la mejilla, inhalando el aroma a sal y a J’adore que emanaba de su cuello—. Veo que os habéis refrescado bien.
—Era necesario —Marta sonrió, pero sus ojos se posaron un segundo demasiado largo en el bulto que se dibujaba en el pantalón de Jordi—. El agua estaba divina.
Raquel, ajena a la tensión, se dejó caer en una silla de mimbre, cruzando las piernas con un gesto que hizo que el turquesa de su bañador se tensara sobre sus muslos.
—Os hemos guardado sitio. Y he pedido una botella de albariño —anunció, señalando la mesa donde dos copas ya esperaban—. Aunque por cómo os veo, igual necesitáis algo más fuerte.
Jorge se sentó frente a ella, sus rodillas rozando las de Raquel bajo la mesa.
—Depende de lo que tengas en mente, cielito —respondió, con una sonrisa que prometía más de lo que las palabras decían.
El almuerzo transcurrió entre risas y miradas robadas. Raquel, siempre la más extrovertida, contaba una anécdota de su juventud en Ibiza, mientras Marta escuchaba con una sonrisa tímida, jugueteando con el borde de su servilleta. Jordi y Jorge, sentados uno frente al otro, intercambiaban miradas cargados de significado cada vez que las mujeres se distraían.
—Oíd, amores —Jordi alzó su copa, llamando su atención—. Esta noche hemos pensado en hacer algo… diferente.
Raquel arqueó una ceja, los labios brillantes por el vino. —¿Diferente cómo? Porque si es otro after con música techno, os advierto que me quedo dormida en el sofá.
—No, no —Jorge intervino, limpiándose los labios con la servilleta—. Es un club social. Muy exclusivo. Solo por invitación.
Marta frunció el ceño.
—¿Un club? ¿Cómo esos donde la gente va a ligar?
—Algo así —Jordi bebió un trago, disfrutando del juego—. Pero más… refinado. Gente de nuestra edad, ambiente elegante.
Raquel cruzó los brazos, el escote de su bañador abriéndose un poco más con el movimiento.
—¿Y qué se hace en este club refinado? ¿Jugar al bridge con copas de cava?
Jorge soltó una carcajada.
—¡Raquel, por Dios! Se trata de socializar. Conocer gente interesante. Y sí, tomar algo bueno —hizo una pausa, bajando la voz—. Aunque si surge… algo más, pues sería bajo vuestro total consentimiento.
Marta palideció ligeramente, pero no apartó la mirada. En lugar de eso, bebió un largo sorbo de vino, como si el alcohol pudiera darle el valor que le faltaba.
—¿Y cómo vamos? —preguntó, con una voz más firme de lo que Jordi esperaba.
—En coche —respondió él, sacando las llaves de un BMW X3 negro metalizado del bolsillo—. He alquilado algo… apropiado para la ocasión.
Raquel silbó, impresionada.
—¡Vaya! ¿Y eso significa que tenemos que vestirnos como si fuéramos a los Goya?
—Exactamente —Jorge asintió, los ojos brillando tras sus gafas—. Vestidos largos, tacones, joyas. Que os sintáis… deseables.
Marta jugueteó con el colgante de oro que llevaba al cuello, un pequeño círculo que Jordi le había regalado en su vigésimo aniversario.
—¿Y si no nos apetece… socializar tanto? —preguntó, con una timidez que contrastaba con la audacia de su pregunta.
Jordi se inclinó hacia adelante, capturando su mirada.
—Entonces nos vamos. Sin preguntas. Pero —añadió, bajando aún más la voz—, algo me dice que no será el caso.
Raquel, siempre la primera en romper el hielo, alzó su copa con una sonrisa desafiante.
—Pues entonces, caballeros, preparaos. Porque esta noche vais a ver a dos diosas.
Los hombres brindaron con ellas, pero sus miradas se encontraron por encima del borde de las copas, cargadas de promesas que aún no se atrevían a pronunciar en voz alta.
La tarde se deslizó entre siestas en las hamacas, duchas compartidas y el susurro de las cremalleras de las maletas al abrirse. Jordi observó desde la terraza de su suite cómo Marta se probaba frente al espejo un vestido negro de tirantes finos, ceñido a la cintura, que dejaba al descubierto la curva de su espalda hasta justo encima del coxis. El tejido, sedoso, se pegaba a sus caderas al moverse, marcando el contorno de sus nalgas con cada paso.
—Este es muy… atrevido —murmuró Marta, girándose para verse de perfil—. ¿No crees?
Jordi se acercó por detrás, deslizando las manos sobre sus hombros desnudos.
—Es perfecto —susurró, rozando con los labios el hueco de su cuello—. Porque tú lo eres.
Marta cerró los ojos, dejándose llevar por el contacto, pero entonces abrió los párpados de golpe, como si recordara algo.
—Jordi… —dijo, girándose para enfrentarlo—. ¿Este club es… como los que salen en las películas? ¿Dónde la gente…?
—¿Folla en los sofás? —terminó él por ella, sin rodeos—. Puede ser. Pero solo si tú quieres. Si no, nos tomamos un gin-tonic y nos volvemos al hotel.
Marta mordisqueó su labio inferior, una señal que Jordi conocía bien: estaba considerándolo.
—¿Y si… me excita ver? —confesó, casi en un susurro—. Como anoche. Ver cosas. Pero sin…
—Sin participar —Jordi asintió—. También es válido. Pero —añadió, con una sonrisa pícara—, apuesto a que antes de que acabe la noche, algo te hará cambiar de opinión.
Marta no respondió. En lugar de eso, se giró de nuevo hacia el espejo, ajustándose el escote del vestido para que dejara al descubierto un poco más de sus senos. Jordi no pudo evitar sonreír. Ya está hecho, pensó. El primer paso ya está dado.
En la suite contigua, Jorge observaba a Raquel mientras esta se ajustaba un vestido rojo sangre, de corte ajustado, que realzaba cada curva de su cuerpo como si hubiera sido pintado sobre su piel. El escote en corazón dejaba poco a la imaginación, y la abertura lateral llegaba hasta medio muslo, mostrando un destello de su piel bronceada cada vez que se movía.
—¿Seguro que no es demasiado? —preguntó Raquel, girando sobre sí misma—. No quiero parecer una Milf desesperada.
Jorge se acercó, agarrándola por la cintura y atrayéndola contra él. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la fina tela del vestido.
—Quiero que todos los hombres en ese sitio se pregunten cómo coño una mujer como tú sigue con un viejo como yo —gruñó, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Y cuando te miren, quiero que sepas que te desean. Que te muerdan los labios de ganas.
Raquel pegó un gemido ahogado, arqueándose contra él.
—Jorge… —susurró—, no me hagas esto ahora. No puedo ir allí con las bragas empapadas.
Él rio, bajando una mano para acariciar su muslo por la abertura del vestido.
—Pues no las lleves —sugirió, con un guiño—. Total, ¿Quién va a notarlo?
Raquel lo miró con los ojos entrecerrados, pero una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Eres un cerdo —dijo, pero el tono era todo menos de reproche—. Pero tienes razón. Pero esta noche… las bragas las llevo puestas.
Jorge no necesitó más. La besó con fuerza, mientras sus dedos se deslizaban hacia arriba, bajo el vestido, para comprobar por sí mismo lo preparada que estaba ya su mujer.
El BMW X3 negro metalizado brillaba bajo las luces del aparcamiento del resort como una bestia acechando en la oscuridad. Jordi ajustó el asiento de cuero, inhalando el aroma a nuevo que aún desprendía el coche, mientras Jorge ayudaba a Raquel a subir, sus manos rozando intencionadamente el muslo de ella al cerrar la puerta.
—Vamos, reina —Jordi ofreció el brazo a Marta, quien salió de la suite con pasos medidos, como si cada uno de ellos la acercara a un precipicio—. El coche nos espera.
Marta aceptó su brazo, pero antes de entrar, se detuvo, mirando hacia el horizonte donde el último destello del sol se perdía en el mar.
—¿Y si esto cambia todo? —preguntó, con una vulnerabilidad que le partió el corazón a Jordi.
Él la giró hacia sí, tomándola de las manos.
—Ya ha cambiado, amor —respondió, con una honestidad que lo sorprendió a sí mismo—. La pregunta es: ¿vamos a dejar que el miedo nos detenga? O… —hizo una pausa, acariciándole los nudillos con el pulgar—, ¿vamos a ver hasta dónde podemos llegar?
Marta respiró hondo, asintió, y entonces, con una determinación que Jordi no le había visto en años, se subió al coche.
—Entonces —dijo, ajustándose el vestido sobre las rodillas—, que empiece el espectáculo.
Jorge arrancó el motor con un rugido suave, y el BMW se deslizó hacia la carretera costera, dejando atrás el resort y, con él, las últimas ataduras a la vida que habían conocido hasta entonces.
En el asiento trasero, Raquel cruzó las piernas, haciendo que el vestido rojo se abriera lo justo para dejar ver un destello de su muslo interno. Marta, a su lado, notó cómo el aire acondicionado del coche acariciaba su piel desnuda bajo el vestido,.
Jordi, desde el asiento del copiloto, giró ligeramente la cabeza para mirar a su mujer. Sus ojos se encontraron en el espejo retrovisor, y en ese instante, supo que la noche que tenían por delante sería el punto de no retorno.
—El Club Swing Lancelot es… especial —comenzó Jordi, rompiendo el silencio con voz pausada, como si midiera cada palabra—. No es un lugar al que cualquiera pueda entrar. Es elitista, exclusivo, con diferentes ambientes. Me he informado y, Susana Calvo, la dueña, lleva años gestionándolo con un criterio muy estricto. Solo admite a gente de cierto nivel. —Hizo una pausa, girando ligeramente la cabeza hacia atrás para dirigirles una mirada a las mujeres, cuyos rostros quedaban iluminados por las luces intermitentes del salpicadero—. Por nuestra posición, no tuvimos problemas para conseguir acceso.
—¿Diferentes ambientes? —preguntó Raquel, levantando la vista hacia el espejo retrovisor, donde los ojos de Jorge brillaban con una mezcla de excitación y curiosidad.
—Sí —asintió Jordi—. Tiene una discoteca, pero no como las que estás acostumbrada. Más… íntima. Un mini-cine —aquí hizo una pausa significativa—, varias estancias más privadas, y zonas temáticas. Todo diseñado para que la experiencia sea… inolvidable.
La palabra “privadas” colgó en el aire como un presagio. Jorge se ajustó las gafas y carraspeó, intentando disimular la excitación que ya comenzaba a hacer efecto en su entrepierna. Había notado cómo Raquel cruzó las piernas con fuerza al escuchar eso, como si intentara contener algo más que nervios.
Marta tragó saliva. El perfume J’adore que llevaba se mezclaba ahora con el sudor frío que le perlaba la nuca. No era el calor del coche, sino algo más profundo, una ansiedad que le apretaba el estómago.
—¿Y qué tipo de gente suele ir? —preguntó, intentando que su voz no delatara el temblor.
Jordi sonrió, un gesto que en la penumbra del habitáculo parecía casi felino.
—Gente como nosotros, Martita. Profesionales, discretos. Personas que buscan algo más que una noche de copas. —Sus dedos se cerraron alrededor del volante con más fuerza—. Gente que entiende que el placer no tiene por qué estar limitado por convenciones.
—¿Y qué se hace en esas estancias? —preguntó Marta, la voz un poco más aguda de lo normal. No era una pregunta ingenua; era la de alguien que ya sospechaba la respuesta, pero necesitaba escucharla para aceptar que esto era real.
Jordi sonrió, un gesto que no llegó a sus ojos, que seguían fijos en la carretera.
—Lo que uno desee, cariño. Dentro de los límites del club, claro.
Raquel soltó una risita nerviosa, pero no había humor en ella. Sus dedos juguetearon con el borde de su vestido, tirando de él hacia abajo como si de repente le pareciera demasiado corto.
—¿Y qué pasa si… no nos gusta? —preguntó Raquel, su voz temblorosa, pero con un dejo de curiosidad que no podía ocultar. Sus ojos se posaron en Jordi, buscando alguna señal de que todo estaría bajo control.
Jordi sonrió, un gesto lento y calculado que hizo que el ambiente en el coche se cargara aún más de electricidad.
—No os va a disgustar —respondió con seguridad, mientras el coche tomaba una curva suave hacia una zona más residencial, donde las luces eran más tenues y los edificios, más exclusivos. —Confiad en mí. Y en Jorge. Sabemos lo que hacemos.
Raquel intercambió una mirada con Marta. No necesitaban palabras. Ambas sentían el peso de lo que no se decía, de las intenciones que flotaban en el aire como el humo de un cigarrillo a medio apagar. El coche giró hacia un camino privado, flanqueado por palmeras cuyas hojas susurraban con el viento. Al fondo, entre la vegetación, se distinguía el contorno de un edificio bajo, de líneas modernas, con grandes ventanales empañados que dejaban entrever luces ámbar y rojizas parpadeando al ritmo de la música.
—Hemos llegado —anunció Jorge, inclinándose ligeramente hacia adelante para observar mejor.
El estacionamiento estaba casi vacío, salvo por un par de coches de lujo aparcados con discreción. Jordi detuvo el BMW junto a una entrada lateral, donde una mujer esperaba, recortada contra la luz tenue de un farol. Al bajar del coche, Marta sintió cómo el vestido se le pegaba a las nalgas. Raquel, por su parte, se ajustó el escote con un gesto que era mitad coquetería, mitad armadura.
Susana Calvo los esperaba en la entrada, vestida con un traje pantalón de seda negra que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Su cabello plateado, recogido en un moño impecable, brillaba bajo las luces indirectas del vestíbulo. Los anillos de zafiro en sus dedos captaban destellos cada vez que movía las manos, y sus labios, pintados de un rojo oscuro, se curvaron en una sonrisa que era todo menos inocente.
—Bienvenidos al Club Swing Lancelot —dijo, su voz un ronroneo grave que parecía vibrar en el aire.
Marta sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. La forma en que Susana las miraba —a ellas, no a los hombres— era como si ya las hubiera desnudado con los ojos. Como si supiera exactamente qué color tenían sus lencerías bajo esos vestidos.
La entrada al club era una puerta de madera oscura, casi negra, con detalles en bronce que brillaban bajo la luz indirecta. Susana la abrió con un gesto fluido, invitándolos a pasar. El interior los golpeó de inmediato: el olor a cuero, a alcohol caro, a perfume y a algo más primal, algo que Raquel no pudo identificar pero que le hizo apretar los muslos involuntariamente.
—Permítanme mostrarles las instalaciones —continuó Susana, girándose con elegancia hacia un pasillo iluminado por luces tenues que proyectaban sombras alargadas en las paredes—. Las normas son simples: respeto, discreción y consentimiento. Todo lo que ocurra aquí, queda aquí. Todo lo demás… —hizo un gesto vago con la mano—, es negociable.
El tour fue una sucesión de imágenes que se grababan en la mente de las mujeres como fotogramas de una película porno de alta gama. La discoteca, con su pista de baile donde parejas de todas las edades se movían en cámara lenta, los cuerpos pegados, las manos explorando bajo la ropa. El cuarto oscuro, donde siluetas anónimas se fundía en rincones, gemidos ahogados mezclándose con el ritmo de la música. Y luego, el mini-cine: una sala pequeña con butacas de cuero negro, que en ese momento estaba vacía, con una pantalla gigante.
—¿Les gusta lo que ven? —preguntó Susana, deteniéndose frente a la entrada del cine. Su mirada se posó en Marta, que había palidecido ligeramente.
—Es… intenso —murmuró Raquel, pero sus pupilas estaban dilatadas, y Marta pudo ver cómo tragaba saliva con dificultad.
—La intensidad es el punto —replicó Susana, acercándose un paso más a ellas. El perfume que usaba —algo floral, pero con un toque a especias oscuras— invadió los sentidos de Marta, haciendo que su cabeza diera un pequeño giro—. Pero no se preocupen. Aquí, el control siempre está en sus manos. —Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Aunque a veces… es divertido soltarlo.
Pasaron junto a la pista de baile, donde varias parejas se movían al ritmo de una música electrónica profunda, sus cuerpos pegados, las manos explorando bajo la ropa o deslizándose por la piel sudorosa. En una esquina, una mujer con un vestido transparente estaba sentada en el regazo de un hombre, sus labios entrelazados mientras las manos de él le levantaban la falda. Marta apartó la vista, pero no antes de que la imagen se grabara en su retina: los dedos del hombre hundiéndose en la carne blanca de los muslos de la mujer, la forma en que ella arqueaba la espalda, ofreciéndose.
—El bar —señaló Susana, llevándolos hacia una zona con mesas bajas y sofás de cuero negro. Aquí podéis relajaros, tomar algo. —Sus ojos se posaron en Raquel, que había cruzado las piernas de nuevo, esta vez con un movimiento deliberadamente lento—. O podéis explorar.
Jordi pidió una botella de cava, y sirvió a todos, invitando también a Susana.
—¿Y el cine? —preguntó Jorge, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, como si ya supiera la respuesta.
Susana esbozó algo que podría haber sido una sonrisa.
—Ah, el cine. —Su voz era un susurro cargado de promesas—. Una experiencia… sensorial. Pero no os precipitéis. —Tomó un sorbo de su copa, los labios pintados de un rojo oscuro dejando una marca en el cristal—. Primero, disfrutad del ambiente.
—¿Bailamos? —propuso Raquel de repente, rompiendo la tensión.
Jorge asintió, dejando su copa sobre la mesa con un golpe seco. Pero antes de que pudiera responder, Jordi se inclinó hacia adelante, los codos sobre las rodillas, la postura relajada pero los músculos tensos bajo la camisa.
—Creo que sería más interesante ver qué están proyectando en el cine —dijo, con una calma que contrastaba con el latido acelerado de Marta—. Después de todo, vinimos a explorar, ¿no?
Susana arqueó una ceja, pero no dijo nada. Solo asintió hacia un pasillo estrecho, iluminado por luces rojas tenues, donde una puerta de terciopelo negro marcaba la entrada al mini-cine.
Raquel miró a Marta, y en ese intercambio silencioso hubo un millón de preguntas. ¿Estamos listas para esto? ¿Qué pasará si decimos que no? ¿Qué pasará si decimos que sí? Pero al final, fue el silencio de sus maridos —la forma en que Jordi y Jorge ya se habían levantado, como si la decisión estuviera tomada— lo que las hizo seguir.