CAPITULO 16 – MARCAS ES LA PIEL
El aire en el minicine seguía cargado con el olor a sexo, el perfume caro mezclado con el sudor fresco de los cuerpos recién excitados. Marta se ajustó el vestido, aún húmedo entre los muslos, mientras Raquel se pasaba los dedos por el cabello despeinado, como si intentara recomponerse de algo que ya no tenía vuelta atrás. Jordi y Jorge intercambiaron una mirada cómplice, sus erecciones aún evidentes bajo los pantalones de diseño, mientras Susana Calvo, imperturbable, se recostaba contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, los anillos de zafiro brillando bajo la luz tenue.
—¿Qué habéis sentido? —La voz de Jorge era ronca, cargada de una curiosidad que rayaba en lo enfermizo. No era una pregunta casual; era una demanda, un recordatorio de que, pese a los dedos ajenos que acababan de hurgar en sus coños, ellas seguían siendo suyas.
Marta tragó saliva, los dedos apretando el borde del asiento. El tacto áspero de aquel hombre, aún le quemaba entre las piernas, como si sus yemas hubieran dejado marcas. Raquel, en cambio, no disimulaba: tenía las mejillas encendidas y el pecho subía y bajaba con un ritmo que delataba que aún no se había recuperado.
—Al principio… vergüenza —confesó Marta, la mirada fija en sus propias manos, como si allí encontrara las palabras—. Pero cuando os vimos a vosotros dos ahí, sin moveros, sin decir nada… —Hizo una pausa, buscando a Jordi con la mirada. - Nos dejamos llevar-.
Raquel asintió, los labios aún brillantes. —Era… intenso. No sabía que me gustaría tanto que un desconocido me tocara así —admitió, y por un segundo, sus ojos azules buscaron los de Jorge, como pidiendo aprobación. Él no apartó la vista, pero una sonrisa lenta, casi perezosa, se dibujó en su rostro.
—¿Y bien? —la voz de Susana cortó la conversación, baja y melódica, como si supiera exactamente el peso de esas dos palabras—. ¿Qué desean explorar a continuación?
Jordi no necesitó más invitación. Se acercó a Marta, deslizando una mano por su cintura antes de hablar, como si marcara territorio sin necesidad de palabras.
—Nos gustaría llevar esto más allá —dijo, con esa seguridad que solo el dinero y el poder otorgan—. Los dos caballeros que hicieron “disfrutar” a nuestras mujeres… —hizo una pausa, disfrutando el rubor que tiñó las mejillas de su esposa—. Invitémoslos a una suite privada. Que estén con ellas. Ellos se follarán a nuestras mujeres —dijo, y las palabras cayeron como piedras en un estanque, generando ondas de shock—, y nosotros, como maridos obedientes, solo miraremos
El silencio que siguió fue tan denso que hasta el jadeo de las actrices en la pantalla sonó como un grito. Marta sintió cómo el calor se le subía desde el pecho hasta la garganta, ahogándola. ¿Follar? La palabra resonaba en su cabeza, cruda, obscena. No era lo mismo que unos dedos bajo el vestido; era entregarse por completo, dejar que un extraño la penetrara mientras su marido veía. Y sin embargo… entre las piernas, un cosquilleo traicionero le recordó lo mojada que aún estaba.
—¿Estás loco? —Raquel fue la primera en reaccionar, pero su voz no sonó tan convencida como habría querido. Había un temblor allí, una curiosidad que no podía esconder.
Jordi se rio, bajo y grave. —Al contrario. Esto reforzará nuestros vínculos maritales. Nada une más que compartir a tu mujer, amigos. —Sus ojos se posaron en Marta, desafiantes—. Además, ¿No es lo que queréis? Seguro que sí, así os sentiréis lo que sois, unas mujeres maduras deseables.
Jorge carraspeó, la mirada fija en Raquel, como si midiera su reacción. —Confía en nosotros, mi amor — la palabra sonó como una caricia y una orden al mismo tiempo, envuelta en el aroma a Explorer de Mont Blanc que lo acompañaba siempre—. Esto no es una traición. Es una liberación. Verás.
Susana arqueó una ceja, los labios pintados de rojo curvándose en algo que no era exactamente una sonrisa, sino más bien el reconocimiento de un juego bien jugado.
—Si les parece, yo observaré —declaró, como si ya hubiera decidido su papel—. Pero no participaré. Piensen que esto no es lo más normal en mi club, es una petición extraordinaria.
—¿Y si nos arrepentimos? —preguntó Raquel, la voz más aguda de lo normal. Jorge le tomó la mano, los dedos entrelazándose con los suyos.
—No lo harán —respondió Susana—. El arrepentimiento viene después. La excitación, ahora. —Una experiencia tan… íntima requiere una confianza absoluta en uno mismo y en los demás —dijo, dirigiéndose a las mujeres— Pero si aceptan, les garantizo que esta noche quedará grabada en sus memorias como pocas otras.
Susana al ver la aceptación de las 2 parejas, sacó el móvil y tecleó un mensaje rápido. – Síganme, la suite ya está preparada—.
La suite privada olía a cera de velas y a cuero nuevo. Las paredes estaban revestidas de un terciopelo oscuro que absorbía la luz temblorosa de las llamas, creando sombras que bailaban como espectros sobre los cuerpos de los cuatro. Los dos desconocidos ya estaban allí cuando entraron, como si hubieran sido convocados por el mismo aire viciado del lugar.
Los dos hombres—el de pelo castaño oscuro, peinado hacia atrás con gel, y el de camisa blanca impecable, desabotonada justo lo suficiente para dejar ver un vello pectoral espeso—estaban recostados contra el cabezal de la cama king-size, sus miradas devorando a las mujeres con una intensidad que quemaba. El primero, de mandíbula cuadrada y una cicatriz apenas visible sobre la ceja izquierda, tenía las manos entrelazadas detrás de la nuca, los bíceps marcándose bajo la tela de su camisa negra. El segundo, más alto, con hombros anchos que tensaban la tela de su camisa, pasaba el pulgar por el labio inferior, como si ya estuviera saboreando lo que vendría.
Susana Calvo, se sentó en un sillón de cuero italiano con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, tomó un sorbo de su copa de cristalería tallada. El whisky de 25 años resbaló por su garganta con un ardor que le recordó a los primeros años de su matrimonio, cuando el deseo aún quemaba sin vergüenza. Sus anillos de zafiro brillaron bajo la luz tenue al ajustar la copa sobre la mesita de mármol.
—¿Y bien? —preguntó, la voz un susurro rasposo que cortó el silencio como una navaja—. Esta noche no es para los tímidos. —Sus ojos, del color del hielo derritiéndose, se posaron en Jordi, quien ajustaba el nudo de su corbata de seda granate, un gesto que delataba más nerviosismo del que quería admitir—. El club ofrece… experiencias que muchos solo osan soñar.
Jordi inhaló profundamente, el aroma de Boss Bottled mezclándose con el olor a sexo que ya impregnaba el aire. Su polla, dura como el acero, palpitaba contra el tejido de sus pantalones de vestir de lana italiana. Miró a Jorge, cuyo rostro, usualmente impasible tras las gafas de visión, estaba enrojecido. Un músculo en su mandíbula temblaba, delatando la batalla interna entre el control y el deseo desatado. Jorge asintió, un movimiento casi imperceptible, pero suficiente.
Los caballeros que nos acompañaron en el cine… —dijo Jordi, dirigiéndose hacia Marta y Raquel y haciendo un gesto hacia los dos hombres, quienes esbozaron sonrisas carnívoras— demostraron un interés muy específico en vosotras. —Sus dedos, largos y bien cuidados, trazaron un camino lento desde el hombro de Marta hasta el hueco de su clavícula, donde el pulso latía acelerado—. Como os hemos propuesto, ¿Qué tal si los invitamos a unirse a nosotros? Aquí. En privado.
Raquel contuvo el aliento. El recuerdo de las manos de esos hombres sobre su cuerpo en la oscuridad del cine aún ardía entre sus piernas, como un fuego que no podía—que no quería—apagar. Pero esto era distinto. Allí, entre las butacas de cuero y el resplandor de la pantalla, había habido un velo de anonimato, una excusa para rendirse al placer sin miradas indiscretas. Aquí, en cambio, no había pantallas que los escondieran. Solo cuatro paredes, una cama lo suficientemente grande como para albergar a seis cuerpos entrelazados, y la mirada de dos desconocidos que prometían no dejar ni un centímetro de su piel sin reclamar.
—¿Y las reglas? —preguntó Marta, la voz quebradiza como el cristal fino. Sus uñas, pintadas de un rojo oscuro, se clavaron en sus muslos, dejando media lunas rosadas que pronto se tornarían moradas—. ¿Qué se nos permite… y qué no?
Jordi no apartó la vista de ella. Sus pupilas, dilatadas, devoraban cada detalle: el temblor en los labios de Marta, la manera en que su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas.
—Vosotras estaréis con ellos —dijo, cada palabra medida, calculada—. Nosotros —señaló a Jorge y a sí mismo con un movimiento lento de la mano— solo miraremos. Y aprenderemos. —Una pausa, cargada de significado—. Susana, por supuesto, es bienvenida a quedarse. Como observadora.
El hombre de pelo castaño—el mismo que había hundido tres dedos en el coño de Marta hasta hacerla correr como una adolescente en el cine—se inclinó hacia adelante, los codos sobre las rodillas, la postura relajada pero los ojos brillando con una intensidad depredadora.
—No mordemos —dijo, con una sonrisa que prometía todo lo contrario—. A menos que nos lo pidan.
Su compañero, el de la camisa blanca, se levantó del cabezal y se acercó a Raquel con la gracia de un felino. El aroma a colonia cara y sudor masculino la envolvió cuando rozó su mejilla con el dorso de los dedos, callosos, pero sorprendentemente suaves.
—Tú ya sabes lo bien que te hago sentir, cariño —susurró, el aliento caliente contra su oreja, cargado con el aroma a menta y whisky—. Solo tienes que soltarte. Dejar que te llevemos donde realmente quieres ir.
Marta cerró los ojos. Podía oír el latido de su propio corazón, un tamborileo frenético que ahogaba cualquier objeción racional. Cuando los abrió de nuevo, encontró a Jordi observándola con una intensidad que la quemaba desde dentro.
—Dilo —ordenó él, suave pero firme, el dedo índice trazando el contorno de su labio inferior. Dinos que sí.
El "sí" de Marta fue un suspiro roto, casi inaudible, como si el aire se le escapara de los pulmones. Raquel asintió un segundo después, los nudillos blancos alrededor de los puños de su chemise, el tejido arrugándose bajo su agarre.
—Perfecto —Susana se levantó con una gracia que desmentía su edad, ajustando el dobladillo de su vestido con un movimiento fluido—. Entonces, caballeros —dirigió una mirada a los dos hombres, quienes ya se habían puesto de pie, las pollas marcándose bajo sus pantalones como armas listas para ser desenfundadas—, las damas son todas suyas. —Sus labios, pintados de un rojo sangre, se curvaron en una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pero recuerden: nada de marcas permanentes.
Los hombres no necesitaron más invitación.
El de camisa blanca agarró a Raquel por la cintura y la sentó sobre sus rodillas con un movimiento tan rápido que ella apenas tuvo tiempo de jadear. Sus manos, grandes y ásperas, se cerraron alrededor de sus pechos, amasando la carne con una posesión que hizo que Jorge contuviera un gemido en la garganta. El sonido, ahogado pero inconfundible, escapó de sus labios entreabiertos.
—¡Joder! —murmuró, más para sí mismo que para los demás, mientras su mano se movía instintivamente hacia su entrepierna.
Al otro lado de la habitación, el hombre de pelo castaño empujó a Marta contra la pared con una fuerza que la dejó sin aliento. Su boca se estrelló contra la de ella en un beso que no era tierno, sino una reclamación. Sus dientes mordisquearon el labio inferior de Marta hasta dibujar sangre, y ella jadeó, el sabor metálico mezclándose con el de su saliva. El dolor, agudo y brillante, se transformó en un calor líquido que se derramó entre sus piernas.
—¡Ah! —gimió, las uñas arañando el papel pintado mientras él le arrancaba el sujetador con un movimiento brusco. El encaje se rasgó bajo sus manos, dejando al descubierto sus pechos, coronados por pezones oscuros y duros como piedras—. ¡Espera!
—No hay prisa —gruñó él, aunque sus acciones decían lo contrario. Sus dedos, gruesos y callosos, se hundieron en el coño de Marta sin aviso, sin caricias preparatorias. Dos dedos primero, luego tres, estirándola hasta que sintió cómo sus paredes internas se resistían, solo para ceder bajo la invasión—. Pero tampoco hay piedad.
Marta gritó, el sonido ahogado contra su hombro mientras él añadía un cuarto dedo, retorciéndolos dentro de ella con una crueldad calculada. El dolor y el placer se entrelazaron en una espiral que la dejó mareada, los muslos temblando, las rodillas a punto de ceder.
—¡Por Dios, mírala! —Jordi no pudo contenerse. Su polla, liberada de los pantalones, brillaba con gotas de pre-semen mientras se masturbaba con movimientos lentos, los ojos clavados en el espectáculo—. ¡Mírala cómo se retuerce!
El hombre rio, un sonido oscuro y satisfecho.
—Tu esposa es una puta natural —dijo, retirando los dedos con un sonido húmedo y obsceno, solo para llevárselos a la boca y lamerlos con ruido—. Mira cómo chorrea.
Y era cierto. Los fluidos de Marta resbalaban por sus muslos, brillantes bajo la luz tenue, mezclándose con el sudor que perlaba su piel. El aroma a sexo llenaba el aire, denso y embriagador.
Mientras tanto, Raquel estaba siendo sometida a su propia forma de tortura. El hombre de camisa blanca le había arrancado el chemise con un movimiento rápido, dejando al descubierto sus pechos generosos, marcados por las líneas del sostén que ya no estaba. Sus pezones, grandes y rosados, se endurecieron bajo su mirada, como si supieran lo que venía.
—Sácate las bragas —ordenó, la voz que vibró en el aire—. Quiero ver ese coño mojado que has estado escondiendo.
Raquel obedeció, los dedos temblorosos mientras se deshacía del encaje champán, ya empapado. El aire frío de la habitación rozó sus labios hinchados, y un escalofrío la recorrió cuando el hombre deslizó un dedo a lo largo de su raja, recolectando su humedad con una lentitud deliberada.
—Dios mío, estás empapada —murmuró, llevándose el dedo a la boca para lamerlo con ruido, los ojos cerrados como si saboreara el mejor vino—. Y ni siquiera hemos empezado contigo.
Jorge, incapaz de quedarse quieto, se acercó lo suficiente para ver sin interferir. Su polla, gruesa y venosa, brillaba con el pre-semen que goteaba de la punta, manchando el suelo de mármol bajo sus pies. Observó, fascinado, cómo el hombre introducía dos dedos en la boca de Raquel, obligándola a chuparlos como si fueran una polla.
—Más profundo —exigió, empujando los dedos hasta que Raquel arcó la espalda, los ojos llorosos—. Así, puta. Trágatelos enteros, como la zorra que eres.
Raquel obedeció, la saliva goteando por su barbilla, mezclándose con el rímel que ya comenzaba a correr. Cuando el hombre retiró los dedos con un pop húmedo, los usó para untar sus propios labios antes de besarla, compartiendo el sabor de su propia humillación.
—Deliciosa —murmuró contra su boca, la lengua invadiendo, reclamando—. Ahora vamos a ver cuánto aguanta ese coño tuyo antes de que te corras como la perra en celo que eres.
No hubo más advertencia. Con un movimiento rápido, la levantó y la arrojó sobre la cama, boca abajo. El chemise, ahora un trapo inútil, quedó enredado alrededor de su cintura, dejando su culo expuesto, las nalgas aún marcadas por las palmas del hombre en el cine. Sin perder tiempo, separó sus piernas con las rodillas y escupió directamente sobre su ano.
Raquel se tensó, cada músculo de su cuerpo en alerta máxima.
—No te preocupes, cariño —dijo él, frotando la saliva con el pulgar, aplicando una presión firme pero constante—. Vas a adorar esto antes de que termine.
El primer empujón fue una quemadura lenta, el grosor de su pulgar estirando el músculo apretado de su ano. Raquel enterró la cara en el colchón, un gemido ahogado escapando de sus labios cuando el dolor se transformó en una presión ardiente, insoportablemente plena.
—¡Joder! —Jorge jadeó, el semen goteando de su punta mientras observaba cómo su esposa era preparada para algo mucho más grande.
El hombre añadió un segundo dedo, retorciéndolos dentro de ella con movimientos circulares que hicieron que Raquel se retorciera, las sábanas arrugándose bajo sus puños cerrados.
—¡No puedo! ¡Duele! —lloriqueó, pero sus caderas, traicioneras, empujaban hacia atrás, buscando más a pesar del ardor.
—Claro que puedes —gritó él, añadiendo un tercer dedo, estirándola hasta que sintió cómo su ano cedía, abriéndose como una flor bajo la lluvia—. Y lo harás, porque tu marido quiere verte usada como la puta que eres.
Jordi, incapaz de contenerse más, se acercó a Marta y le agarró la barbilla, obligándola a mirarlo mientras el otro hombre la follaba sin piedad. Sus dedos dejaron moretones en su carne, pero Marta no protestó. Sus ojos, vidriosos, se clavaron en los de él, como si buscara algo—perdón, aprobación, salvación—pero solo encontró más lujuria.
—¿Te gusta, cariño? —preguntó Jordi, la voz un susurro venenoso que se enlazó alrededor de su cuello como una correa—. ¿Te gusta?
Marta no pudo responder. Las palabras se ahogaron en su garganta cuando el hombre que la penetraba la levantó del sillón y la sentó a horcajadas sobre su regazo. Su polla—gruesa, con venas prominentes que latían bajo la piel—se hundió en su coño con un solo empujón brutal.
Marta gritó, las uñas clavándose en sus hombros mientras intentaba adaptarse a la invasión.
—¡Estás destrozándome! —lloriqueó, pero sus caderas, moviéndose solas, buscaban más a pesar del dolor—. ¡Es demasiado!
—Eso es exactamente lo que queremos —gritó el hombre, agarrando sus caderas con una fuerza que dejaría moretones—. Tu marido quiere verte rota. —Sus embestidas se volvieron más brutales, cada una arrastrando un gemido gutural de su garganta—. ¿Verdad, Jordi?
Jordi asintió, la mano moviéndose más rápido sobre su propia polla, el pre-semen goteando sobre los pechos de Marta.
—Sigue así —ordenó, la voz ronca—. Hazla sentir cada puto centímetro.
El hombre obedeció, levantando a Marta y dejándola caer sobre su polla una y otra vez, el sonido de sus cuerpos chocando—clap, clap, clap—llenando la habitación. Cada embestida era un castigo, un recordatorio de que no estaba al mando. Que nunca lo había estado esa noche.
Mientras tanto, el hombre de camisa blanca había reemplazado sus dedos con algo mucho más grande. Raquel sintió la cabeza ancha de su polla presionando contra su ano, y por un momento, el pánico la paralizó.
—No puedo—gimoteó, las lágrimas resbalando por sus mejillas—. ¡Me vas a romper!
—No te voy a romper, preciosa —dijo él, aunque su sonrisa era todo lo contrario a reconfortante—. Solo te voy a abrir.
Y con un empujón firme, la cabeza de su polla atravesó la resistencia de su esfínter, el sonido húmedo y obsceno resonando en la habitación. Raquel gritó, el dolor blanco y cegador al principio, pero luego… Dios, luego vino la plenitud, la sensación de estar llena de una manera que nunca había experimentado. El hombre no le dio tregua; comenzó a moverse, cada empujón arrastrando gemidos guturales de su garganta, mezclados con sollozos de placer y dolor.
—¡Joder, mírala! —Jorge no pudo resistirse más. Se acercó, la polla palpitante en su puño, y eyaculó sobre la espalda de Raquel, el semen blanco resbalando por su columna vertebral como cera derretida—. ¡Mírala cómo se la traga!
El hombre de camisa blanca gimió, los dedos hundiéndose en las caderas de Raquel mientras aumentaba el ritmo.
—¡Eres una zorra perfecta! —gruñó, el sudor goteando de su frente sobre su espalda—. Tu marido debería agradecerme por enseñarte lo que realmente te gusta.
Jordi, incapaz de contenerse más, se acercó a Marta y le agarró la barbilla, obligándola a mirarlo mientras el otro hombre la follaba sin piedad. Sus dedos dejaron marcas rojas en su piel, pero ella no apartó la vista.
—¿Te gusta, mi amor? —preguntó, la voz goteando veneno y deseo—. ¿Te gusta que te follen así?
Marta no pudo responder. Las palabras se ahogaron en un orgasmo que la golpeó como un tren, su coño contrayéndose alrededor de la polla que la penetraba, los fluidos chorreando por sus muslos en ríos calientes. El hombre gruñó, los dedos hundiéndose en su carne mientras la seguía follando a través del clímax, prolongando su tortura.
—¡Joder, sí! —Jordi no aguardó más. Con un gruñido animal, su semen brotó en chorros espesos sobre el pecho de Marta, marcándola. El líquido caliente goteó entre sus pechos, mezclándose con el sudor, creando ríos blancuzcos que resbalaban hacia su ombligo.
Al ver eso, Jorge no pudo resistirse. Se acercó a Raquel, quien ahora estaba siendo follada en el coño mientras el hombre le metía dos dedos en el culo, estirándola sin misericordia. Con un gemido roto, Jorge eyaculó sobre su espalda, el semen mezclándose con el de su compañero, creando un mapa blanco sobre su piel enrojecida.
Susana Calvo, que había observado todo desde las sombras como una araña paciente, finalmente se tocó. Sus dedos, largos y adornados con anillos que brillaban bajo la luz tenue, se deslizaron bajo el vestido, encontrando su clítoris hinchado y palpitante. No hizo ruido, pero sus caderas se movieron en círculos lentos, sincronizadas con los gemidos de las. Sus ojos, medio cerrados, brillaban con una lujuria que había estado conteniendo durante demasiado tiempo.
El hombre de pelo castaño fue el primero en correrse dentro de Marta, llenándola con chorros calientes que la hicieron gemir, sintiendo cómo resbalaban fuera de ella cuando la sacó, mezclándose con sus propios fluidos. El de camisa blanca no tardó en seguirlo, vaciándose en el culo de Raquel con un rugido, sus caderas sacudiéndose contra sus nalgas mientras la marcaba por dentro.
—¡Dios mío! —Raquel colapsó sobre la cama, el cuerpo tembloroso, el ano palpitante y adolorido. Podía sentir el semen resbalando fuera de ella, mezclándose con sus propios jugos, creando un charco tibio bajo sus muslos.
Marta yacía a su lado, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas. Sus muslos estaban rojos, marcados por los azotes y las uñas de su amante ocasional. El dolor entre sus piernas era un recordatorio constante de lo que había permitido—no, de lo que había suplicado—que le hicieran.
Los hombres se retiraron, satisfechos, dejando a las parejas a solas con el desastre que habían creado. El aire olía a sexo, a sudor, a la salinidad del semen seco sobre la piel. Las sábanas, antes impecables, ahora estaban arrugadas y manchadas, testimonio silencioso de la carnicería erótica que había tenido lugar.
Jordi se acercó a Marta y le pasó un dedo por el labio inferior, recogiendo una lágrima que resbalaba por su mejilla.
—Eres perfecta —susurró, limpiándole las lágrimas con el pulgar—. Absolutamente perfecta.
Jorge hizo lo mismo con Raquel, besando sus sienes, sus párpados, como si pudiera borrar con sus labios el rastro de lo ocurrido.
—¿Estás bien? —preguntó, y ella asintió, aunque ambos sabían que era una mentira.
El silencio que siguió fue pesado, cargado con el peso de lo que acababan de hacer. De lo que habían permitido. Marta miró a Jordi, buscando algo en sus ojos —arrepentimiento, culpa, amor—, pero solo encontró satisfacción. Raquel, mientras tanto, se aferró a Jorge como si temiera que, si lo soltaba, todo se desvaneciera.
—¿Y ahora qué? —preguntó Marta al fin, la voz ronca.