¿Cuál es vuestra mayor fantasía?

Creo que ya lo he contado alguna vez. Mi mayor fantasía es estar en una playa con mi mujer, estamos ligeros de ropa y al de última hora no hay casi nadie. Nos empezamos a acaramelar y nos ponemos calientes. Empezamos a meternos mano y ya no hay vuelta atrás. Empezamos a follar en la playa pero no estamos solos, hay más gente que pasa por ahí y nos están viendo como follamos.

Ahora mi fantasía podría decirse que empieza igual, pero ya no soy yo el que folla delante de gente sino que soy yo el que veo como se follan a mi mujer.

A última hora de la tarde, estamos mi mujer y yo en una playa nudista. Al ser tarde aparentemente no hay nadie. Ocurre lo mismo, nos calentamos y empezamos con los tocamientos. En eso que pasa un chico bastante más joven que nosotros y de buen ver. Seguro que va a aprovechar los últimos rayos de sol y también a ver que puede ver a esas horas. Nos ve y se pone no muy lejos de nosotros. Nosotros seguimos con nuestro juego y al verle ahí, decidimos calentarle.
Mi mujer agarra mi polla y empieza a pajearme descaradamente asegurándose que él pueda verla, pues ya está completamente erguida. No hacemos nada por esconder lo que estamos haciendo a la vista de él. Yo también le acaricio su coñito y aprovecha para abrir las piernas en dirección al chico para que lo vea bien. El que ha entendido el juego y sabe que no nos importa que esté ahí se acerca con su toalla mucho más cerca para no perderse detalle. Ahora nosotros también podemos verle bien. También va desnudo y parece que se ha calentado porque su polla de muy buen ver está completamente erguida.

El parece parece dar otro paso y ahora se levanta permaneciendo de pie junto a mi mujer, que está espatarrada mientras le estoy lamiendo el coño. La estoy preparando para entregársela y dejársela muy caliente, pero ahí es muy arriesgado. La fantasía máxima sería que empezara a follarla ahí mismo y yo mirando, pero preferimos decirle que nos acompañe. Cogemos las cosas y le decimos que venga a nuestro apartamento. Llevamos los tres y ahi él empieza a formar con mi mujer mientras yo miro lo que hacen sin perder detalle, y sin participar lo más mínimo. Ni siquiera me la saco para masturbarme delante de ellos.


El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja cálido que se reflejaba en las olas suaves de la playa nudista. Mi mujer, Clara, y yo habíamos llegado tarde, buscando esa tranquilidad que solo se encuentra cuando el día se despide. La arena estaba casi desierta, o eso pensábamos. Nos acomodamos cerca del agua, nuestras toallas extendidas y nuestros cuerpos desnudos expuestos al aire salado. No había nadie a la vista, y esa sensación de libertad nos encendió como tantas otras veces.

Clara me miró con esa chispa traviesa en los ojos, y no hizo falta que dijera nada. Me acerqué a ella, mis manos encontraron su piel cálida, y pronto estábamos perdidos en un juego de caricias. Mis dedos recorrían sus muslos mientras ella deslizaba los suyos por mi pecho, bajando lentamente. El calor entre nosotros crecía, y mi erección no tardó en hacerse evidente. Ella sonrió, satisfecha, y sus movimientos se volvieron más atrevidos. Yo respondí, acariciando su coñito con suavidad al principio, luego con más intención, sintiendo cómo se humedecía bajo mis dedos.

Entonces lo vimos. Un chico, mucho más joven que nosotros, apareció caminando por la orilla. Era alto, de cuerpo atlético, con el pelo oscuro revuelto por la brisa. Llevaba una toalla al hombro y nada más; su desnudez era tan natural como la nuestra. Nos miró de reojo, y aunque fingió seguir su camino, notamos cómo aminoraba el paso. Clara y yo intercambiamos una mirada cómplice. No nos detuvimos. Al contrario, decidimos subir la apuesta.

Ella tomó mi polla con firmeza, empezando a pajearme sin disimulo. Lo hacía de forma que él, desde donde estaba, pudiera verlo todo. Mi erección, dura y prominente, estaba a la vista, y Clara se aseguraba de que no quedara duda de lo que estaba pasando. Yo, mientras tanto, seguí acariciándola, deslizando mis dedos entre sus labios húmedos. Ella abrió las piernas en dirección al chico, ofreciéndole una vista clara de su coñito brillante bajo los últimos rayos del sol. No había vergüenza, solo deseo compartido.

El joven captó el mensaje. Dejó de fingir indiferencia y se acercó, extendiendo su toalla a pocos metros de nosotros. Ahora podíamos verlo bien: su cuerpo bronceado, sus músculos definidos y, sobre todo, su polla, que ya estaba completamente erguida. Nos observaba sin pudor, y nosotros le devolvíamos la mirada, alimentando el juego. Clara gimió bajito cuando mis dedos se hundieron más en ella, y supe que estaba tan excitada por él como por mí.

El chico dio un paso más. Se levantó, dejando su toalla atrás, y caminó hasta quedar de pie junto a nosotros. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su presencia. Clara, espatarrada en la arena, me dejó seguir lamiéndola mientras él miraba. Mi lengua recorría su coñito con dedicación, preparándola, abriéndola, dejándola al borde del éxtasis. La idea de entregársela ahí mismo, de verlo tomarla mientras yo observaba, me quemaba por dentro. Pero la playa, aunque desierta, seguía siendo un riesgo. La fantasía era poderosa, pero queríamos más control, más intimidad para lo que vendría.

Clara levantó la vista hacia él, jadeante, y yo dejé de lamerla un momento para hablar. “Ven con nosotros,” le dije, mi voz ronca por la excitación. “Tenemos un apartamento cerca.” Él asintió sin dudar, sus ojos brillando con deseo. Recogimos nuestras cosas rápidamente, y los tres caminamos en silencio hacia el edificio, la tensión sexual crepitando entre nosotros.

Cuando llegamos, la puerta apenas se cerró tras nosotros antes de que todo comenzara. Clara se giró hacia él, y él la tomó por la cintura, atrayéndola con una mezcla de urgencia y seguridad. Yo me aparté, sentándome en una silla al otro lado de la habitación, dispuesto a ser solo un espectador. No iba a participar, ni siquiera a tocarme. Quería verlo todo, cada detalle, sin interferir.

Él la besó con hambre, sus manos explorando su cuerpo desnudo mientras ella se entregaba por completo. La llevó al sofá, y Clara se tumbó, abriendo las piernas para él como lo había hecho en la playa. Su polla, dura y gruesa, estaba lista, y no perdió tiempo. Se colocó entre sus muslos, y con un movimiento firme, la penetró. Clara soltó un gemido profundo, sus manos aferrándose a sus hombros mientras él comenzaba a moverse.

Desde mi rincón, veía cómo sus cuerpos se fundían. Él la follaba con un ritmo constante, sus caderas chocando contra las de ella, llenándola una y otra vez. Los gemidos de Clara resonaban en la habitación, mezclados con los sonidos húmedos de sus cuerpos. Ella lo miraba a los ojos, luego a mí, y supe que estaba disfrutando de ser el centro de todo. Él aceleró, sus manos apretando sus pechos, y Clara arqueó la espalda, acercándose al clímax.

No me moví. Mi polla estaba dura bajo mi ropa, pero no la saqué. Me limité a observar, atrapado en la intensidad de la escena. Él gruñó, sus embestidas volviéndose más salvajes, y Clara explotó en un orgasmo que la hizo temblar. Segundos después, él se tensó, derramándose dentro de ella con un jadeo ronco. Se quedaron así un momento, respirando agitadamente, antes de que él se retirara lentamente.

Clara me miró, satisfecha, y yo le devolví una sonrisa. El chico se levantó, recogiendo su ropa con una mezcla de gratitud y timidez. Nos despedimos sin muchas palabras, y cuando la puerta se cerró tras él, Clara se acercó a mí. “¿Te gustó?” preguntó, su voz aún cargada de deseo. Asentí, sabiendo que lo que había visto quedaría grabado en mí para siempre.
 

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