Días de julio: tía y sobrino

Capítulo 13

El amanecer entra tímido por las rendijas de la persiana. Isabel se despierta primero. Está de lado, con el brazo de Mateo todavía rodeándole la cintura por encima de la sábana. No se han movido en toda la noche. El calor de su cuerpo contra el suyo es reconfortante y a la vez insoportable. Respira despacio, intentando no despertarlo. Siente cada detalle: la respiración profunda y regular de Mateo contra su nuca, la mano abierta sobre su vientre, los dedos relajados pero firmes, como si incluso dormido no quisiera soltarla.

Isabel cierra los ojos. La culpa le sube por la garganta como bilis. Anoche no pasó nada físico —solo un abrazo, solo presencia—, pero fue suficiente para romper algo dentro de ella. Es la adulta. Es la tía. Es la hermana de Raquel. Y anoche dejó que su sobrino de veinte años se tumbara a su lado, que la abrazara, que le besara la nuca con una ternura que no tenía derecho a recibir.

Se mueve con cuidado. Desliza el brazo de Mateo despacio, se sienta en el borde de la cama. El camisón se le ha subido hasta los muslos. Se lo baja con manos temblorosas. Mira a Mateo: duerme boca arriba, el pecho subiendo y bajando tranquilo, la cara relajada como no la había visto en días. Parece más joven dormido. Más vulnerable. Más suyo.

Se levanta. Camina hacia la ventana. Abre la persiana un poco más. El sol entra directo, le da en la cara. Parpadea. Se abraza a sí misma. Se mira en el espejo del armario: ojeras profundas, el pelo revuelto, los ojos rojos de no dormir bien. Parece más vieja esta mañana. O quizás solo se siente así.

Baja a la cocina en silencio. Prepara café para todos, pero solo se sirve una taza para ella. Se sienta en la mesa, las manos alrededor de la porcelana caliente, quemándose los dedos a propósito. El dolor físico distrae un poco del otro, el que le aprieta el pecho como una garra.

La culpa ha llegado como una ola lenta durante la noche. Anoche, con Mateo en su cama —solo abrazados, solo respirando juntos—, se sintió viva por un momento. Pero ahora, con la luz del día, todo parece un error garrafal. Es su sobrino. El hijo de su hermana. Un chico de veinte años que debería estar viviendo su vida, no enredado en algo tan prohibido, tan destructivo. ¿Qué clase de mujer es ella? ¿Qué clase de tía? Ha dejado que el deseo la ciegue, que el vacío de su propia vida —el matrimonio rutinario con Javier, los años de sentirse invisible— la empuje a esto.

Cierra los ojos. Intenta racionalizarlo. “Es solo atracción. Un capricho del verano. Pasará cuando me vaya”. Pero sabe que miente. No es solo físico. Es la conexión: las conversaciones profundas en la playa, los roces bajo la mesa, la forma en que Mateo la mira como si viera su alma, no solo su cuerpo. Eso es lo que duele más: que no sea solo lujuria. Que sea algo real, algo que podría romper a toda la familia si saliera a la luz.

Oye pasos en las escaleras. Es Raquel. Entra en la cocina con una sonrisa somnolienta, el pelo revuelto, la bata atada floja.

—Buenos días, hermana. ¿Ya levantada? Siempre madrugas más que yo.

Isabel fuerza una sonrisa.

—Hábitos viejos. ¿Café?

Raquel se sirve una taza. Se sienta frente a ella.

—Estás rara. ¿Has dormido mal?

Isabel niega con la cabeza.

—Solo el calor. Nada más.

Raquel la mira un segundo más de lo necesario, pero no insiste. Habla de planes para el día: ir al mercado, quizás una siesta larga por la tarde. Isabel asiente, responde con frases cortas. Por dentro, la culpa la carcome: “¿Qué diría si supiera? ¿Si supiera que anoche su hijo estaba en mi cama, abrazándome como si fuéramos amantes?”.

Mateo baja poco después. Lleva una camiseta y pantalón corto, los ojos todavía hinchados de sueño. Saluda con un “buenos días” general. Se sienta al lado de Raquel, frente a Isabel. Sus rodillas se rozan bajo la mesa. Isabel aparta la suya de inmediato, como si quemara. Mateo la mira, confuso, pero no dice nada.

Manolo entra último, ronco, con el periódico bajo el brazo. Sirve café, se sienta. La mañana sigue su rutina: conversaciones sueltas, risas por una broma de Raquel, planes para el día.

Isabel participa, pero por dentro se revela. “Esto tiene que parar”, se dice. “Soy yo la que tiene que poner fin. Soy la adulta”. Durante el desayuno, evita mirar a Mateo. Cuando él intenta rozar su pie bajo la mesa, ella lo retira. Cuando Raquel se levanta a buscar pan, Isabel se pone de pie también, ayuda, se mueve para no quedarse a solas con él ni un segundo.

Después del desayuno, Raquel y Manolo salen al patio. Mateo se acerca a Isabel en la cocina, voz baja.

—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Estás bien?

Ella no lo mira directamente. Recoge las tazas con manos temblorosas.

—Tenemos que parar —susurra—. Esto es un error. Un error enorme.

Mateo se tensa.

—Anoche dijiste…

—Anoche estaba equivocada —corta ella, voz baja pero firme—. Soy tu tía. Tengo que protegerte. No aprovecharme de ti.

Mateo niega con la cabeza.

—No te estás aprovechando. Yo quiero esto. Yo lo empecé.

Isabel cierra los ojos.

—Y yo lo permití. Eso es peor. Soy la que debería saber mejor. Tengo que irme. Mañana mismo. Diré que Javier me necesita en Madrid.

Mateo la agarra por el brazo, suave pero desesperado.

—No te vayas. Por favor. Hablemos.

Ella se suelta con cuidado.

—No hay nada que hablar. Esto no puede ser. No debe ser.

Sale al patio. Se une a Raquel y Manolo. Habla, ríe cuando toca, pero por dentro se rompe. Busca escapatoria: pensar en Javier, en su vida en la ciudad, en lo estable, lo seguro. “Volveré a Madrid. Volveré a la rutina. Esto pasará”. Pero sabe que no es tan fácil. El deseo no se apaga con distancia. La culpa tampoco.

Durante el día, evita a Mateo. Cuando él intenta acercarse, ella se excusa: va a ayudar a Raquel en la cocina, sale a dar un paseo sola por el pueblo, se encierra en su habitación con la excusa de una migraña. Cada vez que lo ve —su mirada herida, su postura derrotada—, la culpa la golpea más fuerte. “Lo estoy haciendo por él”, se dice. “Por todos”.

Pero por la noche, cuando se acuesta sola, el vacío la ahoga. Llora en silencio contra la almohada, preguntándose si la escapatoria es realmente irse, o si ya no hay salida posible de este laberinto que ha creado ella misma.

(Fin del capítulo 13)
 
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la tía isabel
 
Capítulo 14

Manolo cierra la puerta del dormitorio con el pie. La luz del pasillo se apaga y queda solo la lamparita de la mesita, un resplandor anaranjado que apenas ilumina la habitación. Raquel ya está en la cama, la bata abierta, el cuerpo desnudo debajo. Se estira con un suspiro largo y perezoso.

—Joder, cómo estás estos días… —murmura ella, con una sonrisa torcida mientras lo mira de arriba abajo—. Pareces un toro en celo. ¿Qué te pasa?

Manolo gruñe una risa baja. Se quita la camiseta de un tirón y la tira al suelo. Los músculos del pecho y los brazos se marcan bajo la luz tenue. Se acerca a la cama, se quita el pantalón y los calzoncillos sin ceremonia. La polla ya está medio dura, pesada, balanceándose al caminar.

—No sé —miente, voz ronca—. El verano. El calor. Tú.

Raquel ríe bajito. Abre las piernas despacio, invitándolo.

—Ven aquí, bruto. A ver si me dejas dormir después.

Manolo se sube encima. La besa con hambre, lengua profunda, manos grandes agarrándole las caderas. Baja a los pechos pequeños y firmes, los chupa fuerte, mordisquea los pezones hasta que Raquel arquea la espalda y suelta un “joder…” entrecortado. Luego baja más, le abre las piernas del todo y la lame con lengua plana y pesada. Raquel gime, le agarra el pelo, mueve las caderas contra su boca.

—Así… —jadea—. No pares…

Manolo la lame hasta que ella se tensa, se corre rápido con un grito ahogado contra la almohada. Luego sube, se la mete de golpe hasta el fondo. Raquel jadea, le clava las uñas en la espalda. Él empieza a bombear: embestidas fuertes, profundas, la cama crujiendo con cada golpe.

—Más fuerte… —susurra ella—. Fóllame.

Manolo obedece. La folla con fuerza brutal, gruñendo contra su cuello, los huevos golpeando contra su culo.

—Dime que eres mía… dilo mientras te corres con mi polla dentro.

Raquel gime alto, se corre otra vez, el coño contrayéndose alrededor de su polla.

—Soy tuya... Soy tuya joder.

Manolo acelera, se clava hasta el fondo y se corre con un gruñido animal, llenándola hasta que el semen chorrea por sus muslos. Se quedan quietos un momento, respirando pesado. Luego Manolo se aparta, se tumba a su lado. Raquel se gira, le da un beso en el hombro.

—Te quiero, bruto —murmura, ya medio dormida.

Manolo responde con un “yo también” ronco.

Pero no cierra los ojos. Se queda mirando el techo oscuro. Su mente no está con Raquel. Está con Isabel, otra vez.


En la habitación de invitados, Isabel está sentada en el borde de la cama, las piernas cruzadas, el camisón blanco pegado al cuerpo por el sudor de la noche que la eriza la piel. No ha apagado la lamparita. No puede dormir.

Los ruidos llegan desde el otro lado del pasillo: el crujir rítmico de la cama, los gemidos bajos y roncos de Raquel, los gruñidos graves de Manolo. Cada golpe seco del colchón es como un martillo en su cabeza.

Cierra los ojos. Intenta no escuchar. Pero no puede. Cada gemido de su hermana le recuerda lo que ella misma ha estado conteniendo. Cada embestida imaginada le trae la imagen de Mateo: su cuerpo joven y fuerte, su respiración acelerada contra su nuca anoche, su mano abierta sobre su vientre.

La culpa la quema. Pero también la excita.

Abre los ojos. Respira hondo. Una mano le tiembla al deslizarse por debajo del camisón. Se toca despacio al principio, los dedos rozando el clítoris hinchado, los labios húmedos. Está mojada. Mucho. Más de lo que debería. No recuerda cuándo fue la última vez que estuvo así de mojada, que tuvo esa sensación de calor, de necesidad.

Se muerde el labio inferior para no hacer ruido. Los dedos entran, dos, despacio. Imagina que es Mateo: sus manos jóvenes y suaves, su boca en su cuello, su polla dura rozándola. Imagina que es él quien la penetra, lento al principio, luego más rápido, susurrándole al oído, diciendo su nombre.

Los ruidos de la habitación de al lado se aceleran. Raquel gime más alto. Isabel acelera los dedos, el pulgar frotando el clítoris con fuerza. Se corre casi sin querer: un orgasmo silencioso pero intenso, el cuerpo temblando, las lágrimas cayendo por las mejillas.

Se queda quieta. La mano todavía entre las piernas. Llora bajito. Lo que siente cada vez es más real.


En su habitación, Mateo está despierto. Tumbado boca arriba, la sábana a los pies, la polla dura apretada en los calzoncillos, contra el estómago. Ha oído todo. Cada crujido, cada gemido, cada golpe. Y no puede evitar imaginarse que es él quien está con Isabel.

Despacio, retira los calzoncillos y libera su polla, las venas bombeando sangre, no puede pensar en nada más que en Isabel. Se toca despacio. La mano envolviendo la polla, subiendo y bajando. Imagina a Isabel debajo de él: el camisón subido, las piernas abiertas, el coño húmedo y caliente tragándoselo entero. Imagina sus pechos grandes balanceándose con cada embestida, sus gemidos roncos contra su oído: “Mateo… más…”.

Acelera. Los gemidos de Raquel y Manolo se mezclan con su imaginación. Se corre con un gruñido ahogado, el semen caliente sale disparado salpicando su abdomen.

Se queda quieto. Respirando pesado.

La culpa le cae encima como una losa, pero no puede parar de pensar en ella, y está seguro de que ella tampoco puede dejar de pensar en él.

(Fin del capítulo 14)
 
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Capítulo 15

La luz del amanecer se cuela por las rendijas de las persianas, pálida y tímida. Isabel abre los ojos antes de que suene el despertador imaginario que lleva dentro desde hace años. Ha dormido poco, a ratos, con el cuerpo todavía cargado del abrazo de Mateo anoche: su calor contra su espalda, su respiración pausada en la nuca, su mano abierta sobre su vientre como si quisiera protegerla de sí misma. Se levanta despacio, el camisón blanco arrugado pegado a la piel por el sudor de la noche. Se mira en el espejo del armario: ojeras suaves, el pelo revuelto, los labios todavía hinchados de tanto morderlos para no gemir en silencio. Parece cansada. Pero también… viva.

Sale al pasillo. La casa está en silencio, solo el zumbido lejano del ventilador del salón y el tic-tac del reloj abajo. Camina descalza, el suelo de madera fresca bajo los pies. Llega a la puerta de su habitación cuando la de Mateo se abre al mismo tiempo.

Mateo aparece en el umbral. Solo lleva unos pantalones cortos de algodón gris, bajos de cintura, sin camiseta. El torso joven y definido brilla ligeramente por el sudor de la noche caliente. El bulto de su polla medio dura se marca claramente contra la tela fina: grueso, curvado hacia un lado, la cabeza redondeada apretando la costura. No lleva ropa interior debajo. No se ha molestado en disimularlo.

Se miran.

Un segundo.

Dos.

El tiempo se detiene como si alguien hubiera pulsado pausa. Los ojos de Isabel bajan por instinto: recorren el pecho de Mateo, los abdominales marcados, la V que baja hacia la cintura, el bulto evidente que late ligeramente con cada latido acelerado de su corazón. Luego suben de nuevo. Los de Mateo están fijos en ella: el camisón que se le pega a los pechos grandes y maduros, los pezones endurecidos marcándose bajo la tela fina, la curva de las caderas anchas, las piernas desnudas hasta medio muslo.

No hablan. No se mueven. Solo se miran. Como imanes que se reconocen y no pueden evitar atraerse aunque sepan que chocar va a doler.

La respiración de Isabel se acelera. Siente el calor subirle por el cuello, por el pecho, entre las piernas. Mateo traga saliva. Su polla da un salto visible bajo la tela, endureciéndose más, la punta empujando contra el algodón hasta marcar un círculo húmedo de precum.

Raquel aparece al final del pasillo, bajando las escaleras con la bata floja y el pelo revuelto.

—Buenos días, dormilones —dice con voz alegre, bostezando—. ¿Bajáis a desayunar o qué? El café ya está hecho.

El hechizo se rompe. Isabel da un paso atrás, se sube el tirante del camisón que se le había deslizado por el hombro sin que se diera cuenta. Mateo se gira un poco de lado, intentando disimular el bulto evidente con la mano en el bolsillo del pantalón corto.

—Voy… voy bajando —murmura Isabel, voz temblorosa. Pasa junto a Mateo rozándole apenas el brazo. El roce es eléctrico. Los dos sienten la corriente.

Mateo asiente sin mirarla.

—Ahora bajo.

Raquel ríe, ajena a todo.

—Venga, que se enfría. Y ponte una camiseta, hijo, que pareces un anuncio de colonia.

Mateo fuerza una sonrisa. Sube el pantalón un poco más.

En la cocina, Raquel prepara el desayuno. Manolo ya está sentado con el periódico. Todo normal. Todo cotidiano. Pero Isabel y Mateo se sientan en extremos opuestos de la mesa. Sus rodillas no se rozan. Sus miradas no se encuentran. Sin embargo, debajo de la mesa, los pies de Isabel se mueven inquietos. Y los de Mateo también. Y ninguno aparta la vista del otro cuando Raquel y Manolo no miran.

El día acaba de empezar y ya pesa como una losa.

(Fin del capítulo 15)
 
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Capítulo 16

Se sientan en la mesa del patio. Raquel reparte los cuencos. Manolo sirve los cafés y coloca la comida sobre la mesa. Todo normal.

Pero Isabel y Mateo están sentados uno frente al otro. Sus rodillas casi se rozan bajo la mesa baja. Isabel aparta la pierna de inmediato. Mateo no insiste. Pero sus ojos se encuentran.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Raquel habla del helado que están comiendo: “Este de limón está de muerte”. Manolo asiente, mete la cuchara. Nadie se da cuenta de nada.

Pero Isabel ve cómo Mateo la mira: despacio, sin parpadear, recorriendo su cuello, el escote del vestido blanco de algodón abierto más de lo que debería, la curva superior de sus pechos grandes y maduros, la piel bronceada con pequeñas gotas de sudor que brillan bajo la luz de la mañana, el borde del sujetador de encaje negro asomando apenas. Sus pechos suben y bajan con la respiración acelerada. Y ella también lo mira: el cuello fuerte, la nuez que sube y baja cuando traga, el pecho que se marca bajo la camiseta fina, el bulto sutil que vuelve a crecer bajo la mesa cuando sus ojos se cruzan otra vez.

Ninguno dice nada. Ninguno se mueve.

La culpa le quema el pecho a Isabel. “¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué no puedo apartar la mirada?”. Pero no aparta la mirada. Y Mateo tampoco.

Raquel se levanta a por más helado. Manolo la sigue con la excusa de “voy a por el tabaco”.

Quedan solos un segundo.

Solo un segundo.

Mateo estira la pierna bajo la mesa. Su pie roza el de Isabel. No es accidental. Isabel siente la corriente subirle por la pantorrilla. No retira el pie. Lo deja allí. Los dedos de los pies se rozan despacio, casi imperceptiblemente. El roce es mínimo, inocente desde fuera. Pero para ellos es todo.

Raquel vuelve con el helado. Manolo con el tabaco.

El pie de Mateo se retira. El de Isabel también. Pero los ojos no. Los ojos siguen comiéndose. La culpa, ahora, es solo el condimento que hace que todo sepa más fuerte.

El desayuno termina con la misma lentitud pegajosa que ha impregnado toda la mañana. Raquel recoge los cuencos vacíos del helado derretido, tarareando aún la canción que sonaba en la radio. Manolo se estira en la silla, bosteza con ganas y anuncia que va a tumbarse un rato en el sofá del salón “para bajar la comida”. Mateo se levanta en silencio, recoge su plato y lo lleva al fregadero sin mirar a nadie.

Isabel se pone de pie también. Su voz sale más baja de lo que pretendía, casi un susurro ronco por la garganta seca.

—Voy a subir a cambiarme —dice—. Este vestido ya me pesa con el calor.

Raquel asiente sin darle importancia, la espalda ya girada hacia el fregadero.

—Claro, ponte algo fresco. Yo voy a poner lavadora.

Mateo no dice nada. Solo la mira un segundo: un vistazo rápido, intenso, que Isabel siente como una mano invisible deslizándose por su nuca. Ella no le devuelve la mirada. Sale del patio con pasos medidos, sube las escaleras sin prisa, pero con el corazón latiéndole en los oídos tan fuerte que cree que lo oyen todos.

Llega a su habitación. Deja la puerta entreabierta —solo una rendija, lo justo para que entre algo de corriente—, un error inconsciente o quizás no tan inconsciente. Se para frente al espejo de cuerpo entero del armario. Respira hondo. Se mira.

El vestido blanco de algodón está pegado a la piel por el sudor y el calor de la mañana. La tela fina se adhiere a la curva de sus pechos grandes y maduros, marcando los pezones endurecidos que se clavan contra el tejido como si quisieran escapar. El escote en V se abre lo suficiente para mostrar el canalillo profundo y bronceado, brillante por una fina capa de sudor que resbala despacio entre los senos. Las caderas anchas se marcan bajo la tela ligera, la cintura se estrecha en contraste, el vientre suave y ligeramente redondeado se adivina cada vez que respira hondo. El olor de su propia piel sube: sal, crema solar, un leve rastro de lavanda del jabón, y algo más cálido, más íntimo, que empieza a brotar entre sus muslos.

Levanta las manos. Agarra los tirantes finos. Los baja despacio por los hombros.
Entonces lo ve en el reflejo.

La puerta está entreabierta.

Y hay alguien mirando.

Mateo.

Está en el pasillo, inmóvil, medio oculto por la madera. Solo se ve su silueta: el torso desnudo, los pantalones cortos grises bajos de cintura, la polla dura marcándose claramente contra la tela fina, gruesa y curvada hacia un lado, la cabeza redondeada empujando la costura hasta formar un círculo húmedo de precum que oscurece el algodón. Su pecho sube y baja rápido, la respiración audible en el silencio. Sus ojos están fijos en ella. No entra. No dice nada. Solo mira.

Isabel no se gira. Sigue mirando el reflejo de Mateo. Sus ojos se encuentran con los de él a través del espejo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Isabel no piensa, esta vez no. Continúa bajándose los tirantes del vestido mientras mira a Mateo a los ojos. El vestido se desliza por su cuerpo como una caricia lenta y pesada: pasa rozando los pezones (que se endurecen aún más al sentir la tela arrastrándose), por la cintura, por las caderas anchas, cae al suelo en un susurro suave de algodón húmedo. Queda en sujetador negro de encaje fino y bragas a juego. El sujetador apenas contiene el peso de sus pechos maduros: la carne se desborda ligeramente por los lados, los pezones rosados y grandes se clavan contra el encaje, el canalillo profundo brilla con sudor fresco. Siente cómo las bragas están húmedas en la entrepierna, la tela pegada a los labios hinchados, el aroma cálido y salado de su excitación subiendo despacio.

Mateo traga saliva. Su mano baja despacio por su abdomen, se mete dentro del pantalón corto, agarra su polla dura y empieza a acariciarla despacio, arriba y abajo, sin apartar la mirada del reflejo.

La mano de Isabel sube por instinto al pecho izquierdo, lo acaricia despacio por encima del encaje, el pulgar roza el pezón endurecido. Un escalofrío le recorre la espalda. Baja la otra mano por el vientre suave, roza el borde de las braguitas. Siente el calor entre las piernas, la humedad que ha ido creciendo desde la mirada de Mateo al encontrarse en el pasillo esa mañana. Los dedos se deslizan por debajo del encaje, rozan el clítoris hinchado. Un gemido ahogado se le escapa.

Él acelera el movimiento de su mano dentro del pantalón. La tela se mueve rítmicamente, el bulto se hace más grande, más duro, la mancha de precum se extiende. Su respiración se vuelve pesada, jadeante. Isabel lo ve en el reflejo: la mandíbula apretada, los ojos oscuros y hambrientos, el pecho subiendo y bajando rápido, el sudor empezando a perlarle el cuello. Le parece que está más guapo que nunca.

Los dedos de Isabel rozan el clítoris hinchado, los labios húmedos y calientes. Empieza a tocarse despacio, en círculos pequeños, el dedo medio deslizándose entre los pliegues mojados. Un gemido bajo se le escapa, casi inaudible, pero sabe que Mateo lo ha oído. Quiere que lo haya oído, quiere que la escuche gemir, que escuche cómo se le acelera la respiración. Así que ella aumenta el ritmo también. Dos dedos entran despacio en su coño húmedo, el pulgar frota el clítoris con fuerza. Siente el orgasmo acercarse como una ola lenta. Sus caderas se mueven ligeramente, el culo redondo y maduro se contrae bajo la tela de las bragas. Los pechos grandes suben y bajan con la respiración acelerada, los pezones duros rozando el encaje.

Mateo está al borde. Su mano se mueve más rápido dentro del pantalón. La tela se tensa al máximo. Isabel ve cómo su polla palpita, cómo la cabeza empuja contra la costura, cómo la mancha húmeda crece.

Entonces se oye la voz de Raquel desde abajo, alegre y ajena:

—¡Isa! ¡Mateo! ¡¿Hacemos algo?!¡¿Os apetece ir al pueblo o a la playa?!

El hechizo se rompe.

Isabel saca la mano de las bragas con un movimiento brusco. Con dedos temblorosos se sube los tirantes del sujetador, que han bajado ligeramente por sus hombros. Todo vuelve a su sitio. Mateo se saca la mano del pantalón, se gira y desaparece del reflejo sin hacer ruido, la respiración todavía agitada.

Isabel se queda sola frente al espejo. Respira agitada. Se mira: el pecho subiendo y bajando rápido, los pezones duros marcándose bajo el encaje, la mano todavía húmeda de su propia excitación, el interior de los muslos brillando ligeramente.

Se siente sucia. Se siente culpable.

Pero también se siente viva.

(Fin del capítulo 16)
 
Espero que el capítulo 16 os guste tanto como a mí...
Es increíble, cuando todo parecía que iba a ser el momento de dar el primer paso, aunque sea a distancia, de repente se paraliza todo y con ello también nuestra erección, quedándose en el aire, con ganas de mas y de empezar a tocarme..
Realmente este tipo de relatos son lo que me gustan,me excitan y al cabo de un tiempo se desarrollan y acaban de fundir el hielo y derretirse los personajes conmigo mismo en un orgasmo bestial. Asi espero que suceda..
Gracias, muchas gracias por hacerme sentir así
 
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