XxxLucasxxx24
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Capítulo 13
El amanecer entra tímido por las rendijas de la persiana. Isabel se despierta primero. Está de lado, con el brazo de Mateo todavía rodeándole la cintura por encima de la sábana. No se han movido en toda la noche. El calor de su cuerpo contra el suyo es reconfortante y a la vez insoportable. Respira despacio, intentando no despertarlo. Siente cada detalle: la respiración profunda y regular de Mateo contra su nuca, la mano abierta sobre su vientre, los dedos relajados pero firmes, como si incluso dormido no quisiera soltarla.
Isabel cierra los ojos. La culpa le sube por la garganta como bilis. Anoche no pasó nada físico —solo un abrazo, solo presencia—, pero fue suficiente para romper algo dentro de ella. Es la adulta. Es la tía. Es la hermana de Raquel. Y anoche dejó que su sobrino de veinte años se tumbara a su lado, que la abrazara, que le besara la nuca con una ternura que no tenía derecho a recibir.
Se mueve con cuidado. Desliza el brazo de Mateo despacio, se sienta en el borde de la cama. El camisón se le ha subido hasta los muslos. Se lo baja con manos temblorosas. Mira a Mateo: duerme boca arriba, el pecho subiendo y bajando tranquilo, la cara relajada como no la había visto en días. Parece más joven dormido. Más vulnerable. Más suyo.
Se levanta. Camina hacia la ventana. Abre la persiana un poco más. El sol entra directo, le da en la cara. Parpadea. Se abraza a sí misma. Se mira en el espejo del armario: ojeras profundas, el pelo revuelto, los ojos rojos de no dormir bien. Parece más vieja esta mañana. O quizás solo se siente así.
Baja a la cocina en silencio. Prepara café para todos, pero solo se sirve una taza para ella. Se sienta en la mesa, las manos alrededor de la porcelana caliente, quemándose los dedos a propósito. El dolor físico distrae un poco del otro, el que le aprieta el pecho como una garra.
La culpa ha llegado como una ola lenta durante la noche. Anoche, con Mateo en su cama —solo abrazados, solo respirando juntos—, se sintió viva por un momento. Pero ahora, con la luz del día, todo parece un error garrafal. Es su sobrino. El hijo de su hermana. Un chico de veinte años que debería estar viviendo su vida, no enredado en algo tan prohibido, tan destructivo. ¿Qué clase de mujer es ella? ¿Qué clase de tía? Ha dejado que el deseo la ciegue, que el vacío de su propia vida —el matrimonio rutinario con Javier, los años de sentirse invisible— la empuje a esto.
Cierra los ojos. Intenta racionalizarlo. “Es solo atracción. Un capricho del verano. Pasará cuando me vaya”. Pero sabe que miente. No es solo físico. Es la conexión: las conversaciones profundas en la playa, los roces bajo la mesa, la forma en que Mateo la mira como si viera su alma, no solo su cuerpo. Eso es lo que duele más: que no sea solo lujuria. Que sea algo real, algo que podría romper a toda la familia si saliera a la luz.
Oye pasos en las escaleras. Es Raquel. Entra en la cocina con una sonrisa somnolienta, el pelo revuelto, la bata atada floja.
—Buenos días, hermana. ¿Ya levantada? Siempre madrugas más que yo.
Isabel fuerza una sonrisa.
—Hábitos viejos. ¿Café?
Raquel se sirve una taza. Se sienta frente a ella.
—Estás rara. ¿Has dormido mal?
Isabel niega con la cabeza.
—Solo el calor. Nada más.
Raquel la mira un segundo más de lo necesario, pero no insiste. Habla de planes para el día: ir al mercado, quizás una siesta larga por la tarde. Isabel asiente, responde con frases cortas. Por dentro, la culpa la carcome: “¿Qué diría si supiera? ¿Si supiera que anoche su hijo estaba en mi cama, abrazándome como si fuéramos amantes?”.
Mateo baja poco después. Lleva una camiseta y pantalón corto, los ojos todavía hinchados de sueño. Saluda con un “buenos días” general. Se sienta al lado de Raquel, frente a Isabel. Sus rodillas se rozan bajo la mesa. Isabel aparta la suya de inmediato, como si quemara. Mateo la mira, confuso, pero no dice nada.
Manolo entra último, ronco, con el periódico bajo el brazo. Sirve café, se sienta. La mañana sigue su rutina: conversaciones sueltas, risas por una broma de Raquel, planes para el día.
Isabel participa, pero por dentro se revela. “Esto tiene que parar”, se dice. “Soy yo la que tiene que poner fin. Soy la adulta”. Durante el desayuno, evita mirar a Mateo. Cuando él intenta rozar su pie bajo la mesa, ella lo retira. Cuando Raquel se levanta a buscar pan, Isabel se pone de pie también, ayuda, se mueve para no quedarse a solas con él ni un segundo.
Después del desayuno, Raquel y Manolo salen al patio. Mateo se acerca a Isabel en la cocina, voz baja.
—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Estás bien?
Ella no lo mira directamente. Recoge las tazas con manos temblorosas.
—Tenemos que parar —susurra—. Esto es un error. Un error enorme.
Mateo se tensa.
—Anoche dijiste…
—Anoche estaba equivocada —corta ella, voz baja pero firme—. Soy tu tía. Tengo que protegerte. No aprovecharme de ti.
Mateo niega con la cabeza.
—No te estás aprovechando. Yo quiero esto. Yo lo empecé.
Isabel cierra los ojos.
—Y yo lo permití. Eso es peor. Soy la que debería saber mejor. Tengo que irme. Mañana mismo. Diré que Javier me necesita en Madrid.
Mateo la agarra por el brazo, suave pero desesperado.
—No te vayas. Por favor. Hablemos.
Ella se suelta con cuidado.
—No hay nada que hablar. Esto no puede ser. No debe ser.
Sale al patio. Se une a Raquel y Manolo. Habla, ríe cuando toca, pero por dentro se rompe. Busca escapatoria: pensar en Javier, en su vida en la ciudad, en lo estable, lo seguro. “Volveré a Madrid. Volveré a la rutina. Esto pasará”. Pero sabe que no es tan fácil. El deseo no se apaga con distancia. La culpa tampoco.
Durante el día, evita a Mateo. Cuando él intenta acercarse, ella se excusa: va a ayudar a Raquel en la cocina, sale a dar un paseo sola por el pueblo, se encierra en su habitación con la excusa de una migraña. Cada vez que lo ve —su mirada herida, su postura derrotada—, la culpa la golpea más fuerte. “Lo estoy haciendo por él”, se dice. “Por todos”.
Pero por la noche, cuando se acuesta sola, el vacío la ahoga. Llora en silencio contra la almohada, preguntándose si la escapatoria es realmente irse, o si ya no hay salida posible de este laberinto que ha creado ella misma.
(Fin del capítulo 13)
El amanecer entra tímido por las rendijas de la persiana. Isabel se despierta primero. Está de lado, con el brazo de Mateo todavía rodeándole la cintura por encima de la sábana. No se han movido en toda la noche. El calor de su cuerpo contra el suyo es reconfortante y a la vez insoportable. Respira despacio, intentando no despertarlo. Siente cada detalle: la respiración profunda y regular de Mateo contra su nuca, la mano abierta sobre su vientre, los dedos relajados pero firmes, como si incluso dormido no quisiera soltarla.
Isabel cierra los ojos. La culpa le sube por la garganta como bilis. Anoche no pasó nada físico —solo un abrazo, solo presencia—, pero fue suficiente para romper algo dentro de ella. Es la adulta. Es la tía. Es la hermana de Raquel. Y anoche dejó que su sobrino de veinte años se tumbara a su lado, que la abrazara, que le besara la nuca con una ternura que no tenía derecho a recibir.
Se mueve con cuidado. Desliza el brazo de Mateo despacio, se sienta en el borde de la cama. El camisón se le ha subido hasta los muslos. Se lo baja con manos temblorosas. Mira a Mateo: duerme boca arriba, el pecho subiendo y bajando tranquilo, la cara relajada como no la había visto en días. Parece más joven dormido. Más vulnerable. Más suyo.
Se levanta. Camina hacia la ventana. Abre la persiana un poco más. El sol entra directo, le da en la cara. Parpadea. Se abraza a sí misma. Se mira en el espejo del armario: ojeras profundas, el pelo revuelto, los ojos rojos de no dormir bien. Parece más vieja esta mañana. O quizás solo se siente así.
Baja a la cocina en silencio. Prepara café para todos, pero solo se sirve una taza para ella. Se sienta en la mesa, las manos alrededor de la porcelana caliente, quemándose los dedos a propósito. El dolor físico distrae un poco del otro, el que le aprieta el pecho como una garra.
La culpa ha llegado como una ola lenta durante la noche. Anoche, con Mateo en su cama —solo abrazados, solo respirando juntos—, se sintió viva por un momento. Pero ahora, con la luz del día, todo parece un error garrafal. Es su sobrino. El hijo de su hermana. Un chico de veinte años que debería estar viviendo su vida, no enredado en algo tan prohibido, tan destructivo. ¿Qué clase de mujer es ella? ¿Qué clase de tía? Ha dejado que el deseo la ciegue, que el vacío de su propia vida —el matrimonio rutinario con Javier, los años de sentirse invisible— la empuje a esto.
Cierra los ojos. Intenta racionalizarlo. “Es solo atracción. Un capricho del verano. Pasará cuando me vaya”. Pero sabe que miente. No es solo físico. Es la conexión: las conversaciones profundas en la playa, los roces bajo la mesa, la forma en que Mateo la mira como si viera su alma, no solo su cuerpo. Eso es lo que duele más: que no sea solo lujuria. Que sea algo real, algo que podría romper a toda la familia si saliera a la luz.
Oye pasos en las escaleras. Es Raquel. Entra en la cocina con una sonrisa somnolienta, el pelo revuelto, la bata atada floja.
—Buenos días, hermana. ¿Ya levantada? Siempre madrugas más que yo.
Isabel fuerza una sonrisa.
—Hábitos viejos. ¿Café?
Raquel se sirve una taza. Se sienta frente a ella.
—Estás rara. ¿Has dormido mal?
Isabel niega con la cabeza.
—Solo el calor. Nada más.
Raquel la mira un segundo más de lo necesario, pero no insiste. Habla de planes para el día: ir al mercado, quizás una siesta larga por la tarde. Isabel asiente, responde con frases cortas. Por dentro, la culpa la carcome: “¿Qué diría si supiera? ¿Si supiera que anoche su hijo estaba en mi cama, abrazándome como si fuéramos amantes?”.
Mateo baja poco después. Lleva una camiseta y pantalón corto, los ojos todavía hinchados de sueño. Saluda con un “buenos días” general. Se sienta al lado de Raquel, frente a Isabel. Sus rodillas se rozan bajo la mesa. Isabel aparta la suya de inmediato, como si quemara. Mateo la mira, confuso, pero no dice nada.
Manolo entra último, ronco, con el periódico bajo el brazo. Sirve café, se sienta. La mañana sigue su rutina: conversaciones sueltas, risas por una broma de Raquel, planes para el día.
Isabel participa, pero por dentro se revela. “Esto tiene que parar”, se dice. “Soy yo la que tiene que poner fin. Soy la adulta”. Durante el desayuno, evita mirar a Mateo. Cuando él intenta rozar su pie bajo la mesa, ella lo retira. Cuando Raquel se levanta a buscar pan, Isabel se pone de pie también, ayuda, se mueve para no quedarse a solas con él ni un segundo.
Después del desayuno, Raquel y Manolo salen al patio. Mateo se acerca a Isabel en la cocina, voz baja.
—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Estás bien?
Ella no lo mira directamente. Recoge las tazas con manos temblorosas.
—Tenemos que parar —susurra—. Esto es un error. Un error enorme.
Mateo se tensa.
—Anoche dijiste…
—Anoche estaba equivocada —corta ella, voz baja pero firme—. Soy tu tía. Tengo que protegerte. No aprovecharme de ti.
Mateo niega con la cabeza.
—No te estás aprovechando. Yo quiero esto. Yo lo empecé.
Isabel cierra los ojos.
—Y yo lo permití. Eso es peor. Soy la que debería saber mejor. Tengo que irme. Mañana mismo. Diré que Javier me necesita en Madrid.
Mateo la agarra por el brazo, suave pero desesperado.
—No te vayas. Por favor. Hablemos.
Ella se suelta con cuidado.
—No hay nada que hablar. Esto no puede ser. No debe ser.
Sale al patio. Se une a Raquel y Manolo. Habla, ríe cuando toca, pero por dentro se rompe. Busca escapatoria: pensar en Javier, en su vida en la ciudad, en lo estable, lo seguro. “Volveré a Madrid. Volveré a la rutina. Esto pasará”. Pero sabe que no es tan fácil. El deseo no se apaga con distancia. La culpa tampoco.
Durante el día, evita a Mateo. Cuando él intenta acercarse, ella se excusa: va a ayudar a Raquel en la cocina, sale a dar un paseo sola por el pueblo, se encierra en su habitación con la excusa de una migraña. Cada vez que lo ve —su mirada herida, su postura derrotada—, la culpa la golpea más fuerte. “Lo estoy haciendo por él”, se dice. “Por todos”.
Pero por la noche, cuando se acuesta sola, el vacío la ahoga. Llora en silencio contra la almohada, preguntándose si la escapatoria es realmente irse, o si ya no hay salida posible de este laberinto que ha creado ella misma.
(Fin del capítulo 13)