Capítulo 1 – El cruce de miradas
La Coruña en noviembre olía a mar salado y a gasolina quemada cerca del puerto. Manu, con su Audi RS3 negro mate aparcado en doble fila frente al supermercado de Matogrande, esperaba a que Lara terminara el turno. Llevaban saliendo tres semanas. Nada serio, o eso se decía él. Ella era menuda, 1,53, 48 kilos escasos, el pelo rubio casi platino recogido en una coleta alta que se movía como un péndulo cuando caminaba deprisa. Siempre con el uniforme azul marino demasiado ajustado en las caderas —esas caderas que ella odiaba y que a Manu le volvían loco desde el primer día.
Lara salió a las 21:47, con la chaqueta vaquera sobre los hombros y los ojos cansados. Al verlo apoyado en el capó, con la cabeza rapada brillando bajo las farolas y esa sonrisa de “sé exactamente lo que quiero”, se le escapó una media sonrisa nerviosa.
—¿Otra vez tú? —dijo fingiendo fastidio mientras se acercaba.
—Otra vez yo. Sube, que hace frío y tengo el culo helado.
Ella subió al coche. Olía a ambientador de pino y a colonia cara de Manu. Él arrancó sin preguntar destino, pero en vez de ir hacia el piso de ella en Os Mallos, giró hacia la carretera de la playa de Riazor.
—¿A dónde vamos? —preguntó Lara, cruzando los brazos bajo el pecho pequeño, casi plano bajo la camiseta.
—A dar una vuelta. Relájate, joder.
Manu conducía con una mano en el volante y la otra rozando el muslo de ella, subiendo despacio por dentro de la pierna. Lara se tensó, pero no lo apartó. Siempre hacía lo mismo: se ponía rígida y luego se dejaba llevar como si estuviera esperando que alguien le diera permiso para disfrutar.
Pararon en el parking superior de la playa, casi vacío a esas horas. El mar rugía abajo, negro y furioso. Manu apagó el motor, se giró hacia ella y la miró fijamente.
—¿Sabes qué me pone cachondo de ti? —dijo sin rodeos.
Lara se mordió el labio inferior.
—Mis caderas de yegua, seguro —murmuró con sarcasmo, mirando hacia la ventanilla.
—Exacto. Y que te dé tanta vergüenza. Me pone verte intentar esconderlas y al final abrir las piernas igual.
Levantó la mano y le cogió la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Quítate las bragas.
Lara respiró hondo, dudó tres segundos eternos y luego levantó las caderas. Se bajó las bragas negras de algodón hasta los tobillos, las dejó caer al suelo del coche. Manu metió la mano entre sus muslos sin preámbulos. Estaba mojada. Siempre estaba mojada cuando él la trataba así, directo, sin florituras.
—Joder, qué puta estás —susurró él mientras le metía dos dedos de golpe. Lara soltó un gemido corto, se agarró al reposacabezas y cerró los ojos.
Manu la masturbó con ritmo fuerte, el sonido húmedo llenando el coche. Con la otra mano le levantó la camiseta y el sujetador a la vez, dejando los pezones pequeños y rosados al aire. Se inclinó y los chupó fuerte, mordiendo lo justo para que doliera un poco. Lara arqueó la espalda, las caderas subiendo solas hacia su mano.
—Manu… me voy a correr… —jadeó.
—Pues córrete, coño. Quiero verte la cara de zorra cuando lo hagas.
Le metió un tercer dedo y presionó el clítoris con el pulgar en círculos rápidos. Lara se corrió en menos de un minuto, temblando entera, las piernas abiertas hasta donde el espacio del coche permitía, un chorrito caliente mojándole la mano a Manu. Él no paró hasta que ella le empujó la muñeca, demasiado sensible.
Se miraron jadeando. Manu se limpió los dedos en los labios de ella, obligándola a saborearse.
—Buena chica —dijo—. Ahora vamos a mi casa. Quiero follarte toda la noche.
Lara solo asintió, todavía temblando, con las bragas olvidadas en el suelo del coche.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Pablo y Tamy acababan de salir de un afterhours en el Orzán. Él, 1,85 de puro músculo policial, canas plateadas en las sienes que lo hacían parecer más interesante que la mayoría de treintañeros. Ella, curvy de manual: 1,70, 68 kg bien distribuidos, tetas grandes que desbordaban la camiseta ajustada y un culo redondo que marcaba los pitillos negros. Los dos con el subidón del alcohol y la coca que se habían metido en el baño.
—¿Seguimos la noche o qué? —preguntó Tamy, lamiéndose los labios mientras le acariciaba la polla por encima del vaquero.
—Depende —respondió Pablo con esa voz grave que usaba para interrogar—. ¿Tienes ganas de compartir o de que te folle solo yo hasta que no puedas caminar?
Tamy se rio, se acercó a su oído y susurró:
—Las dos cosas. Pero esta vez quiero una chica. Una que se deje hacer de todo.
Pablo sonrió de lado.
—Entonces creo que sé dónde podemos encontrar algo interesante.
Y sin más, arrancaron el BMW X5 dirección Matogrande
Capítulo 2 – El cruce inevitable
El sábado por la noche en A Coruña era de los que olían a mar revuelto y a promesas rotas. Pablo y Tamy habían decidido no ir al típico garito del Orzán. En vez de eso, aparcaron el BMW X5 en la zona de Matogrande, cerca del Carrefour donde Lara trabajaba. Pablo había oído hablar de ella por casualidad: un compañero del cuerpo que solía comprar allí le había comentado que la cajera rubia menuda “tenía un polvazo escondido bajo esa cara de mosquita muerta”. Pablo, que nunca dejaba pasar una oportunidad, decidió que esa noche era buena para probar suerte. Tamy, siempre más directa, solo había dicho: “Si es guapa y se deja, la traemos a casa. Si no, nos la follamos en el coche y ya”.
Entraron al supermercado a las 22:15, justo cuando Lara estaba cerrando su caja. Llevaba el pelo suelto esa noche, cayéndole en ondas sobre los hombros, y el uniforme le marcaba las caderas de una forma que hacía que varios clientes la miraran más de lo necesario. Pablo empujó el carrito con dos botellas de vino caro y una caja de condones Magnum que dejó caer “sin querer” sobre la cinta.
Lara levantó la vista y se encontró con esos ojos grises de Pablo, canas sexys en las sienes, mandíbula cuadrada y una sonrisa que prometía problemas. A su lado, Tamy apoyaba los codos en el mostrador, el escote generoso casi rozando la barra, y le guiñó un ojo descarado.
—Buenas noches, guapa —dijo Tamy con esa voz ronca de después de varias copas—. ¿Terminas pronto?
Lara se sonrojó al instante. Bajó la mirada al escáner, pero no pudo evitar notar cómo Tamy se mordía el labio inferior mientras la observaba de arriba abajo.
—Eh… sí, en diez minutos —murmuró, escaneando los condones sin mirarlos.
Pablo se inclinó un poco hacia delante.
—¿Y qué haces después? Porque nosotros estamos buscando compañía para seguir la noche. Algo… sin complicaciones.
Lara sintió que le ardían las orejas. Nadie le hablaba así en el trabajo. Normalmente era invisible, o al menos eso creía ella. Pero estos dos la miraban como si fuera el postre.
—No sé… tengo novio —dijo, aunque la voz le salió floja.
Tamy se rio bajito.
—¿Novio o follamigo? Porque si es lo segundo, igual le apetece uniros. Somos muy generosos.
Lara tragó saliva. Justo entonces sonó su móvil en el bolsillo del uniforme. Era Manu. Contestó con manos temblorosas.
—¿Dónde estás, nena? —preguntó él al otro lado, voz grave y directa como siempre.
—En el súper… acabando.
—Perfecto. Salgo para allá. Tengo ganas de comerte entera en el parking.
Lara miró a Pablo y Tamy, que la observaban sin disimulo. Pablo levantó una ceja, divertido.
—Dile que venga —susurró Tamy—. Cuantos más, mejor.
Lara colgó sin decir nada más. Terminó de cobrar, se quitó el uniforme en el vestuario a toda prisa y salió con vaqueros ajustados que marcaban esas caderas que tanto odiaba y una sudadera holgada que intentaba disimular su cuerpo menudo.
Manu ya estaba esperando fuera, apoyado en el Audi, con una cerveza en la mano. Cuando vio a Lara salir acompañada de la pareja alta y atractiva, frunció el ceño un segundo… y luego sonrió de lado. Reconocía el juego. Lo había jugado mil veces antes de conocerla.
—Vaya, vaya —dijo Manu, acercándose—. ¿Amigos nuevos?
Pablo extendió la mano.
—Pablo. Policía. Esta es Tamy, también del cuerpo. Y tú debes ser el que la tiene tan bien follada que se le nota en la cara.
Manu soltó una carcajada corta y le chocó el puño.
—Manu. Y sí, algo de eso hay. ¿Qué os trae por aquí?
Tamy se acercó a Lara por detrás, le puso las manos en las caderas con naturalidad y le susurró al oído:
—Queremos saber si tu chico comparte. Porque yo tengo muchas ganas de probar estas curvas que tanto escondes.
Lara se quedó paralizada. Las manos de Tamy eran cálidas, firmes, y bajaron despacio hasta apretarle el culo con suavidad. Manu lo vio todo y su polla dio un salto dentro del pantalón.
—No soy de compartir… de entrada —dijo Manu, pero su voz tenía un matiz juguetón—. Pero si la cosa se pone caliente, igual me animo a mirar… o a participar.
Pablo sonrió.
—Nosotros somos de los que miran, tocan y follan. Sin dramas. ¿Os apuntáis a una copa en nuestra casa? Tenemos una terraza con vistas al mar y una cama king size que aguanta lo que le echen.
Lara miró a Manu. Él le sostuvo la mirada un segundo largo y luego asintió despacio.
—Vamos.
Subieron a los dos coches. Lara con Manu en el Audi, Pablo y Tamy delante en el BMW. Durante el trayecto, Manu metió la mano entre las piernas de Lara sin decir nada. Ella ya estaba empapada. Él le metió dos dedos mientras conducía, follándola con ellos hasta que Lara tuvo que morderse la mano para no gemir demasiado alto.
Llegaron a un piso alto en Monte Alto, con terraza enorme y vistas a la bahía. Apenas cerraron la puerta, Tamy se quitó la chaqueta y la camiseta de un tirón, quedando en sujetador negro de encaje que apenas contenía sus tetas grandes. Se acercó a Lara, que seguía pegada a Manu, y le cogió la cara con las dos manos.
—¿Puedo besarte? —preguntó, voz baja y caliente.
Lara, temblando, asintió.
Tamy la besó despacio al principio, labios suaves, lengua explorando. Luego más fuerte, mordiéndole el labio inferior. Lara soltó un gemidito y se pegó a ella. Las manos de Tamy bajaron por su espalda, metiéndose bajo la sudadera, acariciando la piel suave de la cintura. Manu y Pablo se quedaron mirando, cervezas en la mano, pollas ya duras marcándose en los vaqueros.
Tamy rompió el beso y miró a Manu.
—¿Te importa si me la llevo un rato al sofá?
Manu se encogió de hombros, sonrisa lobuna.
—Mientras yo pueda unirme después…
Tamy arrastró a Lara al sofá grande de la terraza. Le quitó la sudadera y el sujetador en dos movimientos. Los pezones pequeños de Lara estaban duros como piedras. Tamy se arrodilló entre sus piernas, le bajó los vaqueros y las bragas de golpe. Lara intentó taparse las caderas con las manos, pero Tamy se las apartó.
—No te tapes, joder. Estás buenísima.
Le abrió las piernas del todo y se lanzó a lamerla. Lengua plana primero, recorriendo todo el coño de abajo arriba. Luego se centró en el clítoris, chupándolo fuerte mientras metía dos dedos dentro. Lara arqueó la espalda, agarrándose al respaldo del sofá, gimiendo sin control.
Manu se acercó por detrás de Tamy, le bajó los pantalones y le metió la polla de una embestida. Tamy soltó un gemido contra el coño de Lara, pero no paró de comerla. Pablo se quitó la ropa y se puso delante de Lara, polla gruesa y venosa a la altura de su boca.
—Abre, preciosa —dijo.
Lara abrió la boca y Pablo se la metió hasta la garganta. Ella se atragantó un poco, lágrimas en los ojos, pero siguió chupando, las manos en los muslos de él.
La terraza se llenó de sonidos: gemidos, chapoteos húmedos, carne contra carne. Tamy se corrió primero, temblando con la polla de Manu dentro y la boca llena del sabor de Lara. Luego Lara, gritando contra la polla de Pablo mientras Tamy le metía tres dedos y le lamía el clítoris sin piedad.
Manu salió de Tamy y se acercó a Lara. La puso a cuatro patas en el sofá. Pablo se tumbó debajo, metiéndosela por el coño. Manu, lubricado con la saliva de Tamy, le fue metiendo la polla despacio por el culo. Doble penetración lenta al principio, luego más fuerte. Lara gritaba de placer y dolor mezclado, lágrimas corriendo por las mejillas, pero empujando hacia atrás para que entraran más.
Tamy se sentó en la cara de Pablo, restregándose el coño empapado mientras él la lamía. Todos se movían en un ritmo animal, sudoroso, sin palabras, solo jadeos y gemidos.
Cuando Manu se corrió dentro del culo de Lara, gruñendo como un animal, ella se corrió otra vez, un chorro caliente salpicando la polla de Pablo. Pablo se corrió dentro de ella segundos después, llenándola. Tamy se masturbó mirándolos y se corrió en la boca de Pablo, que se lo tragó todo.
Se quedaron jadeando, cuerpos enredados, el mar rugiendo abajo.
Manu fue el primero en hablar, voz ronca:
—Joder… esto hay que repetirlo.
Lara, todavía temblando, solo pudo asentir.
Tamy le dio un beso suave en los labios.
—Bienvenida al club, rubia.
La Coruña en noviembre olía a mar salado y a gasolina quemada cerca del puerto. Manu, con su Audi RS3 negro mate aparcado en doble fila frente al supermercado de Matogrande, esperaba a que Lara terminara el turno. Llevaban saliendo tres semanas. Nada serio, o eso se decía él. Ella era menuda, 1,53, 48 kilos escasos, el pelo rubio casi platino recogido en una coleta alta que se movía como un péndulo cuando caminaba deprisa. Siempre con el uniforme azul marino demasiado ajustado en las caderas —esas caderas que ella odiaba y que a Manu le volvían loco desde el primer día.
Lara salió a las 21:47, con la chaqueta vaquera sobre los hombros y los ojos cansados. Al verlo apoyado en el capó, con la cabeza rapada brillando bajo las farolas y esa sonrisa de “sé exactamente lo que quiero”, se le escapó una media sonrisa nerviosa.
—¿Otra vez tú? —dijo fingiendo fastidio mientras se acercaba.
—Otra vez yo. Sube, que hace frío y tengo el culo helado.
Ella subió al coche. Olía a ambientador de pino y a colonia cara de Manu. Él arrancó sin preguntar destino, pero en vez de ir hacia el piso de ella en Os Mallos, giró hacia la carretera de la playa de Riazor.
—¿A dónde vamos? —preguntó Lara, cruzando los brazos bajo el pecho pequeño, casi plano bajo la camiseta.
—A dar una vuelta. Relájate, joder.
Manu conducía con una mano en el volante y la otra rozando el muslo de ella, subiendo despacio por dentro de la pierna. Lara se tensó, pero no lo apartó. Siempre hacía lo mismo: se ponía rígida y luego se dejaba llevar como si estuviera esperando que alguien le diera permiso para disfrutar.
Pararon en el parking superior de la playa, casi vacío a esas horas. El mar rugía abajo, negro y furioso. Manu apagó el motor, se giró hacia ella y la miró fijamente.
—¿Sabes qué me pone cachondo de ti? —dijo sin rodeos.
Lara se mordió el labio inferior.
—Mis caderas de yegua, seguro —murmuró con sarcasmo, mirando hacia la ventanilla.
—Exacto. Y que te dé tanta vergüenza. Me pone verte intentar esconderlas y al final abrir las piernas igual.
Levantó la mano y le cogió la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Quítate las bragas.
Lara respiró hondo, dudó tres segundos eternos y luego levantó las caderas. Se bajó las bragas negras de algodón hasta los tobillos, las dejó caer al suelo del coche. Manu metió la mano entre sus muslos sin preámbulos. Estaba mojada. Siempre estaba mojada cuando él la trataba así, directo, sin florituras.
—Joder, qué puta estás —susurró él mientras le metía dos dedos de golpe. Lara soltó un gemido corto, se agarró al reposacabezas y cerró los ojos.
Manu la masturbó con ritmo fuerte, el sonido húmedo llenando el coche. Con la otra mano le levantó la camiseta y el sujetador a la vez, dejando los pezones pequeños y rosados al aire. Se inclinó y los chupó fuerte, mordiendo lo justo para que doliera un poco. Lara arqueó la espalda, las caderas subiendo solas hacia su mano.
—Manu… me voy a correr… —jadeó.
—Pues córrete, coño. Quiero verte la cara de zorra cuando lo hagas.
Le metió un tercer dedo y presionó el clítoris con el pulgar en círculos rápidos. Lara se corrió en menos de un minuto, temblando entera, las piernas abiertas hasta donde el espacio del coche permitía, un chorrito caliente mojándole la mano a Manu. Él no paró hasta que ella le empujó la muñeca, demasiado sensible.
Se miraron jadeando. Manu se limpió los dedos en los labios de ella, obligándola a saborearse.
—Buena chica —dijo—. Ahora vamos a mi casa. Quiero follarte toda la noche.
Lara solo asintió, todavía temblando, con las bragas olvidadas en el suelo del coche.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Pablo y Tamy acababan de salir de un afterhours en el Orzán. Él, 1,85 de puro músculo policial, canas plateadas en las sienes que lo hacían parecer más interesante que la mayoría de treintañeros. Ella, curvy de manual: 1,70, 68 kg bien distribuidos, tetas grandes que desbordaban la camiseta ajustada y un culo redondo que marcaba los pitillos negros. Los dos con el subidón del alcohol y la coca que se habían metido en el baño.
—¿Seguimos la noche o qué? —preguntó Tamy, lamiéndose los labios mientras le acariciaba la polla por encima del vaquero.
—Depende —respondió Pablo con esa voz grave que usaba para interrogar—. ¿Tienes ganas de compartir o de que te folle solo yo hasta que no puedas caminar?
Tamy se rio, se acercó a su oído y susurró:
—Las dos cosas. Pero esta vez quiero una chica. Una que se deje hacer de todo.
Pablo sonrió de lado.
—Entonces creo que sé dónde podemos encontrar algo interesante.
Y sin más, arrancaron el BMW X5 dirección Matogrande
Capítulo 2 – El cruce inevitable
El sábado por la noche en A Coruña era de los que olían a mar revuelto y a promesas rotas. Pablo y Tamy habían decidido no ir al típico garito del Orzán. En vez de eso, aparcaron el BMW X5 en la zona de Matogrande, cerca del Carrefour donde Lara trabajaba. Pablo había oído hablar de ella por casualidad: un compañero del cuerpo que solía comprar allí le había comentado que la cajera rubia menuda “tenía un polvazo escondido bajo esa cara de mosquita muerta”. Pablo, que nunca dejaba pasar una oportunidad, decidió que esa noche era buena para probar suerte. Tamy, siempre más directa, solo había dicho: “Si es guapa y se deja, la traemos a casa. Si no, nos la follamos en el coche y ya”.
Entraron al supermercado a las 22:15, justo cuando Lara estaba cerrando su caja. Llevaba el pelo suelto esa noche, cayéndole en ondas sobre los hombros, y el uniforme le marcaba las caderas de una forma que hacía que varios clientes la miraran más de lo necesario. Pablo empujó el carrito con dos botellas de vino caro y una caja de condones Magnum que dejó caer “sin querer” sobre la cinta.
Lara levantó la vista y se encontró con esos ojos grises de Pablo, canas sexys en las sienes, mandíbula cuadrada y una sonrisa que prometía problemas. A su lado, Tamy apoyaba los codos en el mostrador, el escote generoso casi rozando la barra, y le guiñó un ojo descarado.
—Buenas noches, guapa —dijo Tamy con esa voz ronca de después de varias copas—. ¿Terminas pronto?
Lara se sonrojó al instante. Bajó la mirada al escáner, pero no pudo evitar notar cómo Tamy se mordía el labio inferior mientras la observaba de arriba abajo.
—Eh… sí, en diez minutos —murmuró, escaneando los condones sin mirarlos.
Pablo se inclinó un poco hacia delante.
—¿Y qué haces después? Porque nosotros estamos buscando compañía para seguir la noche. Algo… sin complicaciones.
Lara sintió que le ardían las orejas. Nadie le hablaba así en el trabajo. Normalmente era invisible, o al menos eso creía ella. Pero estos dos la miraban como si fuera el postre.
—No sé… tengo novio —dijo, aunque la voz le salió floja.
Tamy se rio bajito.
—¿Novio o follamigo? Porque si es lo segundo, igual le apetece uniros. Somos muy generosos.
Lara tragó saliva. Justo entonces sonó su móvil en el bolsillo del uniforme. Era Manu. Contestó con manos temblorosas.
—¿Dónde estás, nena? —preguntó él al otro lado, voz grave y directa como siempre.
—En el súper… acabando.
—Perfecto. Salgo para allá. Tengo ganas de comerte entera en el parking.
Lara miró a Pablo y Tamy, que la observaban sin disimulo. Pablo levantó una ceja, divertido.
—Dile que venga —susurró Tamy—. Cuantos más, mejor.
Lara colgó sin decir nada más. Terminó de cobrar, se quitó el uniforme en el vestuario a toda prisa y salió con vaqueros ajustados que marcaban esas caderas que tanto odiaba y una sudadera holgada que intentaba disimular su cuerpo menudo.
Manu ya estaba esperando fuera, apoyado en el Audi, con una cerveza en la mano. Cuando vio a Lara salir acompañada de la pareja alta y atractiva, frunció el ceño un segundo… y luego sonrió de lado. Reconocía el juego. Lo había jugado mil veces antes de conocerla.
—Vaya, vaya —dijo Manu, acercándose—. ¿Amigos nuevos?
Pablo extendió la mano.
—Pablo. Policía. Esta es Tamy, también del cuerpo. Y tú debes ser el que la tiene tan bien follada que se le nota en la cara.
Manu soltó una carcajada corta y le chocó el puño.
—Manu. Y sí, algo de eso hay. ¿Qué os trae por aquí?
Tamy se acercó a Lara por detrás, le puso las manos en las caderas con naturalidad y le susurró al oído:
—Queremos saber si tu chico comparte. Porque yo tengo muchas ganas de probar estas curvas que tanto escondes.
Lara se quedó paralizada. Las manos de Tamy eran cálidas, firmes, y bajaron despacio hasta apretarle el culo con suavidad. Manu lo vio todo y su polla dio un salto dentro del pantalón.
—No soy de compartir… de entrada —dijo Manu, pero su voz tenía un matiz juguetón—. Pero si la cosa se pone caliente, igual me animo a mirar… o a participar.
Pablo sonrió.
—Nosotros somos de los que miran, tocan y follan. Sin dramas. ¿Os apuntáis a una copa en nuestra casa? Tenemos una terraza con vistas al mar y una cama king size que aguanta lo que le echen.
Lara miró a Manu. Él le sostuvo la mirada un segundo largo y luego asintió despacio.
—Vamos.
Subieron a los dos coches. Lara con Manu en el Audi, Pablo y Tamy delante en el BMW. Durante el trayecto, Manu metió la mano entre las piernas de Lara sin decir nada. Ella ya estaba empapada. Él le metió dos dedos mientras conducía, follándola con ellos hasta que Lara tuvo que morderse la mano para no gemir demasiado alto.
Llegaron a un piso alto en Monte Alto, con terraza enorme y vistas a la bahía. Apenas cerraron la puerta, Tamy se quitó la chaqueta y la camiseta de un tirón, quedando en sujetador negro de encaje que apenas contenía sus tetas grandes. Se acercó a Lara, que seguía pegada a Manu, y le cogió la cara con las dos manos.
—¿Puedo besarte? —preguntó, voz baja y caliente.
Lara, temblando, asintió.
Tamy la besó despacio al principio, labios suaves, lengua explorando. Luego más fuerte, mordiéndole el labio inferior. Lara soltó un gemidito y se pegó a ella. Las manos de Tamy bajaron por su espalda, metiéndose bajo la sudadera, acariciando la piel suave de la cintura. Manu y Pablo se quedaron mirando, cervezas en la mano, pollas ya duras marcándose en los vaqueros.
Tamy rompió el beso y miró a Manu.
—¿Te importa si me la llevo un rato al sofá?
Manu se encogió de hombros, sonrisa lobuna.
—Mientras yo pueda unirme después…
Tamy arrastró a Lara al sofá grande de la terraza. Le quitó la sudadera y el sujetador en dos movimientos. Los pezones pequeños de Lara estaban duros como piedras. Tamy se arrodilló entre sus piernas, le bajó los vaqueros y las bragas de golpe. Lara intentó taparse las caderas con las manos, pero Tamy se las apartó.
—No te tapes, joder. Estás buenísima.
Le abrió las piernas del todo y se lanzó a lamerla. Lengua plana primero, recorriendo todo el coño de abajo arriba. Luego se centró en el clítoris, chupándolo fuerte mientras metía dos dedos dentro. Lara arqueó la espalda, agarrándose al respaldo del sofá, gimiendo sin control.
Manu se acercó por detrás de Tamy, le bajó los pantalones y le metió la polla de una embestida. Tamy soltó un gemido contra el coño de Lara, pero no paró de comerla. Pablo se quitó la ropa y se puso delante de Lara, polla gruesa y venosa a la altura de su boca.
—Abre, preciosa —dijo.
Lara abrió la boca y Pablo se la metió hasta la garganta. Ella se atragantó un poco, lágrimas en los ojos, pero siguió chupando, las manos en los muslos de él.
La terraza se llenó de sonidos: gemidos, chapoteos húmedos, carne contra carne. Tamy se corrió primero, temblando con la polla de Manu dentro y la boca llena del sabor de Lara. Luego Lara, gritando contra la polla de Pablo mientras Tamy le metía tres dedos y le lamía el clítoris sin piedad.
Manu salió de Tamy y se acercó a Lara. La puso a cuatro patas en el sofá. Pablo se tumbó debajo, metiéndosela por el coño. Manu, lubricado con la saliva de Tamy, le fue metiendo la polla despacio por el culo. Doble penetración lenta al principio, luego más fuerte. Lara gritaba de placer y dolor mezclado, lágrimas corriendo por las mejillas, pero empujando hacia atrás para que entraran más.
Tamy se sentó en la cara de Pablo, restregándose el coño empapado mientras él la lamía. Todos se movían en un ritmo animal, sudoroso, sin palabras, solo jadeos y gemidos.
Cuando Manu se corrió dentro del culo de Lara, gruñendo como un animal, ella se corrió otra vez, un chorro caliente salpicando la polla de Pablo. Pablo se corrió dentro de ella segundos después, llenándola. Tamy se masturbó mirándolos y se corrió en la boca de Pablo, que se lo tragó todo.
Se quedaron jadeando, cuerpos enredados, el mar rugiendo abajo.
Manu fue el primero en hablar, voz ronca:
—Joder… esto hay que repetirlo.
Lara, todavía temblando, solo pudo asentir.
Tamy le dio un beso suave en los labios.
—Bienvenida al club, rubia.