De Coruña al cielo?

manray

Miembro muy activo
Desde
15 Ago 2025
Mensajes
467
Reputación
2,936
Ubicación
norte
Capítulo 1 – El cruce de miradas
La Coruña en noviembre olía a mar salado y a gasolina quemada cerca del puerto. Manu, con su Audi RS3 negro mate aparcado en doble fila frente al supermercado de Matogrande, esperaba a que Lara terminara el turno. Llevaban saliendo tres semanas. Nada serio, o eso se decía él. Ella era menuda, 1,53, 48 kilos escasos, el pelo rubio casi platino recogido en una coleta alta que se movía como un péndulo cuando caminaba deprisa. Siempre con el uniforme azul marino demasiado ajustado en las caderas —esas caderas que ella odiaba y que a Manu le volvían loco desde el primer día.
Lara salió a las 21:47, con la chaqueta vaquera sobre los hombros y los ojos cansados. Al verlo apoyado en el capó, con la cabeza rapada brillando bajo las farolas y esa sonrisa de “sé exactamente lo que quiero”, se le escapó una media sonrisa nerviosa.
—¿Otra vez tú? —dijo fingiendo fastidio mientras se acercaba.
—Otra vez yo. Sube, que hace frío y tengo el culo helado.
Ella subió al coche. Olía a ambientador de pino y a colonia cara de Manu. Él arrancó sin preguntar destino, pero en vez de ir hacia el piso de ella en Os Mallos, giró hacia la carretera de la playa de Riazor.
—¿A dónde vamos? —preguntó Lara, cruzando los brazos bajo el pecho pequeño, casi plano bajo la camiseta.
—A dar una vuelta. Relájate, joder.
Manu conducía con una mano en el volante y la otra rozando el muslo de ella, subiendo despacio por dentro de la pierna. Lara se tensó, pero no lo apartó. Siempre hacía lo mismo: se ponía rígida y luego se dejaba llevar como si estuviera esperando que alguien le diera permiso para disfrutar.
Pararon en el parking superior de la playa, casi vacío a esas horas. El mar rugía abajo, negro y furioso. Manu apagó el motor, se giró hacia ella y la miró fijamente.
—¿Sabes qué me pone cachondo de ti? —dijo sin rodeos.
Lara se mordió el labio inferior.
—Mis caderas de yegua, seguro —murmuró con sarcasmo, mirando hacia la ventanilla.
—Exacto. Y que te dé tanta vergüenza. Me pone verte intentar esconderlas y al final abrir las piernas igual.
Levantó la mano y le cogió la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Quítate las bragas.
Lara respiró hondo, dudó tres segundos eternos y luego levantó las caderas. Se bajó las bragas negras de algodón hasta los tobillos, las dejó caer al suelo del coche. Manu metió la mano entre sus muslos sin preámbulos. Estaba mojada. Siempre estaba mojada cuando él la trataba así, directo, sin florituras.
—Joder, qué puta estás —susurró él mientras le metía dos dedos de golpe. Lara soltó un gemido corto, se agarró al reposacabezas y cerró los ojos.
Manu la masturbó con ritmo fuerte, el sonido húmedo llenando el coche. Con la otra mano le levantó la camiseta y el sujetador a la vez, dejando los pezones pequeños y rosados al aire. Se inclinó y los chupó fuerte, mordiendo lo justo para que doliera un poco. Lara arqueó la espalda, las caderas subiendo solas hacia su mano.
—Manu… me voy a correr… —jadeó.
—Pues córrete, coño. Quiero verte la cara de zorra cuando lo hagas.
Le metió un tercer dedo y presionó el clítoris con el pulgar en círculos rápidos. Lara se corrió en menos de un minuto, temblando entera, las piernas abiertas hasta donde el espacio del coche permitía, un chorrito caliente mojándole la mano a Manu. Él no paró hasta que ella le empujó la muñeca, demasiado sensible.
Se miraron jadeando. Manu se limpió los dedos en los labios de ella, obligándola a saborearse.
—Buena chica —dijo—. Ahora vamos a mi casa. Quiero follarte toda la noche.
Lara solo asintió, todavía temblando, con las bragas olvidadas en el suelo del coche.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Pablo y Tamy acababan de salir de un afterhours en el Orzán. Él, 1,85 de puro músculo policial, canas plateadas en las sienes que lo hacían parecer más interesante que la mayoría de treintañeros. Ella, curvy de manual: 1,70, 68 kg bien distribuidos, tetas grandes que desbordaban la camiseta ajustada y un culo redondo que marcaba los pitillos negros. Los dos con el subidón del alcohol y la coca que se habían metido en el baño.
—¿Seguimos la noche o qué? —preguntó Tamy, lamiéndose los labios mientras le acariciaba la polla por encima del vaquero.
—Depende —respondió Pablo con esa voz grave que usaba para interrogar—. ¿Tienes ganas de compartir o de que te folle solo yo hasta que no puedas caminar?
Tamy se rio, se acercó a su oído y susurró:
—Las dos cosas. Pero esta vez quiero una chica. Una que se deje hacer de todo.
Pablo sonrió de lado.
—Entonces creo que sé dónde podemos encontrar algo interesante.
Y sin más, arrancaron el BMW X5 dirección Matogrande
Capítulo 2 – El cruce inevitable
El sábado por la noche en A Coruña era de los que olían a mar revuelto y a promesas rotas. Pablo y Tamy habían decidido no ir al típico garito del Orzán. En vez de eso, aparcaron el BMW X5 en la zona de Matogrande, cerca del Carrefour donde Lara trabajaba. Pablo había oído hablar de ella por casualidad: un compañero del cuerpo que solía comprar allí le había comentado que la cajera rubia menuda “tenía un polvazo escondido bajo esa cara de mosquita muerta”. Pablo, que nunca dejaba pasar una oportunidad, decidió que esa noche era buena para probar suerte. Tamy, siempre más directa, solo había dicho: “Si es guapa y se deja, la traemos a casa. Si no, nos la follamos en el coche y ya”.
Entraron al supermercado a las 22:15, justo cuando Lara estaba cerrando su caja. Llevaba el pelo suelto esa noche, cayéndole en ondas sobre los hombros, y el uniforme le marcaba las caderas de una forma que hacía que varios clientes la miraran más de lo necesario. Pablo empujó el carrito con dos botellas de vino caro y una caja de condones Magnum que dejó caer “sin querer” sobre la cinta.
Lara levantó la vista y se encontró con esos ojos grises de Pablo, canas sexys en las sienes, mandíbula cuadrada y una sonrisa que prometía problemas. A su lado, Tamy apoyaba los codos en el mostrador, el escote generoso casi rozando la barra, y le guiñó un ojo descarado.
—Buenas noches, guapa —dijo Tamy con esa voz ronca de después de varias copas—. ¿Terminas pronto?
Lara se sonrojó al instante. Bajó la mirada al escáner, pero no pudo evitar notar cómo Tamy se mordía el labio inferior mientras la observaba de arriba abajo.
—Eh… sí, en diez minutos —murmuró, escaneando los condones sin mirarlos.
Pablo se inclinó un poco hacia delante.
—¿Y qué haces después? Porque nosotros estamos buscando compañía para seguir la noche. Algo… sin complicaciones.
Lara sintió que le ardían las orejas. Nadie le hablaba así en el trabajo. Normalmente era invisible, o al menos eso creía ella. Pero estos dos la miraban como si fuera el postre.
—No sé… tengo novio —dijo, aunque la voz le salió floja.
Tamy se rio bajito.
—¿Novio o follamigo? Porque si es lo segundo, igual le apetece uniros. Somos muy generosos.
Lara tragó saliva. Justo entonces sonó su móvil en el bolsillo del uniforme. Era Manu. Contestó con manos temblorosas.
—¿Dónde estás, nena? —preguntó él al otro lado, voz grave y directa como siempre.
—En el súper… acabando.
—Perfecto. Salgo para allá. Tengo ganas de comerte entera en el parking.
Lara miró a Pablo y Tamy, que la observaban sin disimulo. Pablo levantó una ceja, divertido.
—Dile que venga —susurró Tamy—. Cuantos más, mejor.
Lara colgó sin decir nada más. Terminó de cobrar, se quitó el uniforme en el vestuario a toda prisa y salió con vaqueros ajustados que marcaban esas caderas que tanto odiaba y una sudadera holgada que intentaba disimular su cuerpo menudo.
Manu ya estaba esperando fuera, apoyado en el Audi, con una cerveza en la mano. Cuando vio a Lara salir acompañada de la pareja alta y atractiva, frunció el ceño un segundo… y luego sonrió de lado. Reconocía el juego. Lo había jugado mil veces antes de conocerla.
—Vaya, vaya —dijo Manu, acercándose—. ¿Amigos nuevos?
Pablo extendió la mano.
—Pablo. Policía. Esta es Tamy, también del cuerpo. Y tú debes ser el que la tiene tan bien follada que se le nota en la cara.
Manu soltó una carcajada corta y le chocó el puño.
—Manu. Y sí, algo de eso hay. ¿Qué os trae por aquí?
Tamy se acercó a Lara por detrás, le puso las manos en las caderas con naturalidad y le susurró al oído:
—Queremos saber si tu chico comparte. Porque yo tengo muchas ganas de probar estas curvas que tanto escondes.
Lara se quedó paralizada. Las manos de Tamy eran cálidas, firmes, y bajaron despacio hasta apretarle el culo con suavidad. Manu lo vio todo y su polla dio un salto dentro del pantalón.
—No soy de compartir… de entrada —dijo Manu, pero su voz tenía un matiz juguetón—. Pero si la cosa se pone caliente, igual me animo a mirar… o a participar.
Pablo sonrió.
—Nosotros somos de los que miran, tocan y follan. Sin dramas. ¿Os apuntáis a una copa en nuestra casa? Tenemos una terraza con vistas al mar y una cama king size que aguanta lo que le echen.
Lara miró a Manu. Él le sostuvo la mirada un segundo largo y luego asintió despacio.
—Vamos.
Subieron a los dos coches. Lara con Manu en el Audi, Pablo y Tamy delante en el BMW. Durante el trayecto, Manu metió la mano entre las piernas de Lara sin decir nada. Ella ya estaba empapada. Él le metió dos dedos mientras conducía, follándola con ellos hasta que Lara tuvo que morderse la mano para no gemir demasiado alto.
Llegaron a un piso alto en Monte Alto, con terraza enorme y vistas a la bahía. Apenas cerraron la puerta, Tamy se quitó la chaqueta y la camiseta de un tirón, quedando en sujetador negro de encaje que apenas contenía sus tetas grandes. Se acercó a Lara, que seguía pegada a Manu, y le cogió la cara con las dos manos.
—¿Puedo besarte? —preguntó, voz baja y caliente.
Lara, temblando, asintió.
Tamy la besó despacio al principio, labios suaves, lengua explorando. Luego más fuerte, mordiéndole el labio inferior. Lara soltó un gemidito y se pegó a ella. Las manos de Tamy bajaron por su espalda, metiéndose bajo la sudadera, acariciando la piel suave de la cintura. Manu y Pablo se quedaron mirando, cervezas en la mano, pollas ya duras marcándose en los vaqueros.
Tamy rompió el beso y miró a Manu.
—¿Te importa si me la llevo un rato al sofá?
Manu se encogió de hombros, sonrisa lobuna.
—Mientras yo pueda unirme después…
Tamy arrastró a Lara al sofá grande de la terraza. Le quitó la sudadera y el sujetador en dos movimientos. Los pezones pequeños de Lara estaban duros como piedras. Tamy se arrodilló entre sus piernas, le bajó los vaqueros y las bragas de golpe. Lara intentó taparse las caderas con las manos, pero Tamy se las apartó.
—No te tapes, joder. Estás buenísima.
Le abrió las piernas del todo y se lanzó a lamerla. Lengua plana primero, recorriendo todo el coño de abajo arriba. Luego se centró en el clítoris, chupándolo fuerte mientras metía dos dedos dentro. Lara arqueó la espalda, agarrándose al respaldo del sofá, gimiendo sin control.
Manu se acercó por detrás de Tamy, le bajó los pantalones y le metió la polla de una embestida. Tamy soltó un gemido contra el coño de Lara, pero no paró de comerla. Pablo se quitó la ropa y se puso delante de Lara, polla gruesa y venosa a la altura de su boca.
—Abre, preciosa —dijo.
Lara abrió la boca y Pablo se la metió hasta la garganta. Ella se atragantó un poco, lágrimas en los ojos, pero siguió chupando, las manos en los muslos de él.
La terraza se llenó de sonidos: gemidos, chapoteos húmedos, carne contra carne. Tamy se corrió primero, temblando con la polla de Manu dentro y la boca llena del sabor de Lara. Luego Lara, gritando contra la polla de Pablo mientras Tamy le metía tres dedos y le lamía el clítoris sin piedad.
Manu salió de Tamy y se acercó a Lara. La puso a cuatro patas en el sofá. Pablo se tumbó debajo, metiéndosela por el coño. Manu, lubricado con la saliva de Tamy, le fue metiendo la polla despacio por el culo. Doble penetración lenta al principio, luego más fuerte. Lara gritaba de placer y dolor mezclado, lágrimas corriendo por las mejillas, pero empujando hacia atrás para que entraran más.
Tamy se sentó en la cara de Pablo, restregándose el coño empapado mientras él la lamía. Todos se movían en un ritmo animal, sudoroso, sin palabras, solo jadeos y gemidos.
Cuando Manu se corrió dentro del culo de Lara, gruñendo como un animal, ella se corrió otra vez, un chorro caliente salpicando la polla de Pablo. Pablo se corrió dentro de ella segundos después, llenándola. Tamy se masturbó mirándolos y se corrió en la boca de Pablo, que se lo tragó todo.
Se quedaron jadeando, cuerpos enredados, el mar rugiendo abajo.
Manu fue el primero en hablar, voz ronca:
—Joder… esto hay que repetirlo.
Lara, todavía temblando, solo pudo asentir.
Tamy le dio un beso suave en los labios.
—Bienvenida al club, rubia.
 
Capítulo 3 – La sombra de Belén
Pasaron tres semanas desde aquella primera noche en la terraza de Monte Alto. Los encuentros se habían vuelto rutina: viernes y sábados alternos en casas de unos u otros, hoteles discretos en el centro o incluso en el coche de Pablo cuando la urgencia no daba para más. Lara había cambiado. Ya no se tapaba las caderas cuando se quitaba la ropa; de hecho, a veces era ella la que se ponía en cuatro patas delante del espejo y pedía que la miraran mientras la follaban. Manu lo notaba, y aunque le ponía verlo, también empezaba a sentir un pinchazo raro en el pecho cuando Lara se quedaba más tiempo hablando con Tamy después del sexo, riendo bajito, tocándose el pelo.
Pero la verdadera tormenta llegó con Belén.
Belén era amiga de Tamy del gimnasio. 1,78, pelo negro largo hasta la cintura, cuerpo de modelo fitness pero con curvas peligrosas: tetas grandes operadas, culo alto y firme, tatuajes discretos en las costillas y en la nuca. 34 años, dominatrix profesional en la escena underground de A Coruña y alrededores. No era policía ni cajera; trabajaba como estilista en un salón caro de la zona nueva, pero su verdadera vida empezaba cuando caía la noche. Tamy la había invitado una vez “para que viera lo buena que estaba la nueva”, y Belén se había quedado mirando a Lara como un halcón mira a un conejo.
Desde esa noche, Belén empezó a aparecer “por casualidad”. Mensajes a Lara por ********* (había conseguido su usuario a través de Tamy), fotos suyas en lencería negra con captions como “¿te gustaría probar lo que se siente cuando te atan de verdad?”, audios de voz ronca diciéndole “tienes unas caderas perfectas para marcarlas con mis manos… o con algo más”.
Lara al principio lo ignoraba. Bloqueó el perfil dos veces. Pero Belén era persistente. Le mandaba regalos al súper: una caja con un plug anal de cristal envuelto en papel de regalo, una nota que decía “Para que empieces a abrirte… para mí”. Lara lo escondió en el bolso, roja como un tomate, y esa noche, cuando Manu la folló por detrás, no pudo evitar imaginar que era Belén la que empujaba.
Una tarde de miércoles, Belén apareció en el Carrefour al cierre. Esperó fuera, fumando un cigarro negro, con un abrigo largo de cuero que le llegaba a las rodillas y botas altas. Cuando Lara salió, Belén se acercó sin sonreír.
—No me ignores más, pequeña. Sé que te mojas cuando piensas en mí.
Lara intentó pasar de largo, pero Belén la cogió del brazo. No fuerte, pero con esa autoridad que no se discute.
—Ven conmigo esta noche. Solo una hora. Manu no se enterará. Te prometo que después no podrás pensar en otra cosa.
Lara negó con la cabeza, pero su cuerpo la traicionó: los pezones se le marcaron bajo la camiseta fina.
Belén sonrió por primera vez, una sonrisa lenta y peligrosa.
—Mañana jueves. 22:00. Te mando la dirección. Si no vienes, le cuento a Manu lo mojada que te pones cuando te hablo de atarte y azotarte hasta que llores de placer.
Y se fue.
Lara no durmió esa noche. Manu la notó rara, pero lo achacó al cansancio del trabajo. La folló duro como siempre, y Lara se corrió gritando su nombre… pero en su cabeza veía los ojos negros de Belén.
Al día siguiente, a las 21:45, Lara le dijo a Manu que tenía que quedarse a hacer inventario extra en el súper. Mentira. Cogió un taxi y fue a la dirección que Belén le había mandado: un loft industrial en los bajos de Oza, con paredes de hormigón visto, luces rojas tenues y un olor a cuero y cera quemada.
Belén la esperaba en lencería de látex negro, corsé que le subía las tetas casi hasta la barbilla, tanga mínima y medias de rejilla. En la mano llevaba un collar de cuero con argolla.
—Arrodíllate —ordenó sin saludar.
Lara obedeció. Las rodillas le temblaban sobre el suelo frío.
Belén le puso el collar. Lo cerró con un candado pequeño. Tiró de la argolla y la obligó a levantar la cara.
—Desde ahora me llamas Señora. Y cuando estés aquí, no existes para nadie más. Solo para mí.
Le quitó la ropa despacio, como si desempaquetara un regalo. Cuando Lara quedó desnuda, Belén la inspeccionó: le pellizcó los pezones hasta hacerla gemir, le abrió las piernas y pasó dos dedos por su coño, sacándolos brillantes.
—Sabía que vendrías empapada, puta.
La llevó a una cruz de San Andrés de madera negra. La ató por muñecas y tobillos, abierta en X. Belén se tomó su tiempo: le puso pinzas en los pezones, ajustadas lo justo para doler. Luego un flogger de cuero suave que empezó a pasar por la piel de Lara, calentándola. El primer golpe fue ligero, en los muslos. Lara soltó un gritito. El segundo más fuerte, en el culo. El tercero directo en el coño abierto. Lara se arqueó, lágrimas en los ojos, pero su coño chorreaba.
Belén se arrodilló y la lamió despacio, lengua experta recorriendo cada pliegue, chupando el clítoris hasta que Lara temblaba al borde del orgasmo… y entonces paró.
—No te corres hasta que yo diga.
Le metió un vibrador dentro, lo encendió en modo bajo y se fue a por un látigo fino. Los golpes empezaron a caer: culo, muslos, espalda, pechos. Cada latigazo hacía que el vibrador se moviera dentro de Lara, acercándola más al clímax. Cuando ya estaba llorando y suplicando, Belén le quitó las pinzas de golpe. El dolor y el placer explotaron juntos. Lara se corrió gritando, un chorro caliente salpicando el suelo.
Belén la desató, la tumbó en una colchoneta y se sentó en su cara. Se masturbó frotándose contra la boca y la lengua de Lara hasta correrse temblando, agarrándole el pelo con fuerza.
Después, mientras Lara jadeaba en el suelo, Belén le acarició la mejilla con ternura inesperada.
—Esto solo es el principio, mi pequeña. Quiero que seas mía en exclusiva. Nada de Manu, nada de Pablo ni Tamy. Solo yo.
Lara, todavía aturdida por los orgasmos y el dolor placentero, solo pudo murmurar:
—¿Y Manu…?
Belén sonrió fría.
—Manu es un estorbo. Pero ya me encargaré de él.
Al día siguiente, Belén puso en marcha su plan.
Sabía que Manu era empresario del motor, que tenía un taller en Arteixo y contactos en el mundillo de las carreras ilegales. Belén tenía sus propios contactos: un ex que trabajaba en la Guardia Civil de Tráfico. Le pasó información “anónima” sobre una carrera ilegal que Manu supuestamente organizaba esa noche en un polígono abandonado cerca de Culleredo. No era del todo mentira; Manu había estado en varias, pero no organizaba ninguna esa semana.
La Guardia Civil montó un control sorpresa. Manu cayó con 1,2 de alcohol y un alijo pequeño de coca que llevaba para “la fiesta después”. No era mucho, pero suficiente para que le retiraran el carnet, le abrieran expediente y pasara la noche en el calabozo.
Mientras Manu estaba detenido, Belén mandó un mensaje a Lara:
“Manu está fuera de juego unos días. Ven esta noche. Te necesito atada y llorando mi nombre.”
Lara, asustada pero excitada, volvió al loft.
Belén la esperaba con una jaula pequeña, cadenas y un arnés con dildo doble.
—Esta noche empiezas a entender lo que significa pertenecer a alguien de verdad.
Y la noche se llenó de gemidos, latigazos, lágrimas y placer oscuro.
Mientras tanto, Manu, desde el calabozo, solo podía pensar en Lara… y en quién coño le había jodido la vida tan rápido.
 
Capítulo 4 – Reclamo de Tamy
Tamy no era de las que se enteraban de las cosas por casualidad. Era policía, y buena. Tenía olfato para las mentiras, para los cambios de humor, para los secretos que se esconden detrás de una sonrisa forzada. Y Lara había empezado a cambiar demasiado rápido.
Al principio fue sutil: mensajes que tardaba más en contestar, excusas para no quedar los viernes (“estoy muerta del curro”), fotos en ********* Stories que desaparecían en 24 horas exactas. Luego vinieron las marcas. Tamy las vio una tarde en que las cuatro —Tamy, Pablo, Lara y Manu— se juntaron en el piso de Monte Alto para “relajarse”. Lara llegó con una sudadera de cuello alto en pleno noviembre, algo raro en ella. Cuando se la quitó para quedarse en sujetador, Tamy vio las líneas rojas finas en la parte baja de los pechos, como si hubieran estado ahí pinzas o cuerdas apretadas. Y en el cuello, apenas visible bajo el pelo, una marca circular rosada. Collar. Tamy lo reconoció al instante: había visto suficientes en la escena BDSM como para saber que no era un chupetón.
Manu estaba distraído, todavía cabreado por lo del calabozo y el carnet retirado (había salido bajo fianza, pero el expediente seguía abierto). Pablo follaba a Lara por detrás en el sofá, lento y profundo, mientras ella gemía con los ojos cerrados. Tamy se quedó mirando desde la puerta de la cocina, cerveza en mano, y sintió un nudo en el estómago. No eran celos exactamente. Era posesión. Lara había sido “su” descubrimiento. La había besado primero, la había hecho correrse en su boca la primera vez. Y ahora alguien se la estaba llevando por el camino oscuro sin invitarla.
Esa misma noche, cuando todos se habían dormido enredados en la cama king size, Tamy se levantó sin hacer ruido. Cogió el móvil de Lara del cargador y abrió WhatsApp. Mensajes con “Señora B.”. Fotos que Lara había mandado: ella de rodillas, collar puesto, culo marcado con líneas rojas de flogger. Audios de Belén: “Mañana a las 23:00. Trae el plug grande. Quiero verte suplicar”. Tamy sintió que le hervía la sangre.
Dejó el móvil en su sitio y volvió a la cama. Pero no durmió. Al día siguiente, cuando Lara se fue al trabajo, Tamy la esperó a la salida del turno. Aparcó el BMW en la zona de carga, luces apagadas. Cuando Lara salió, con el uniforme arrugado y cara de cansancio, Tamy bajó la ventanilla.
—Sube.
Lara se quedó paralizada un segundo. Vio la expresión de Tamy: mandíbula tensa, ojos duros. No era la Tamy juguetona de siempre.
—No… tengo que irme a casa.
Tamy abrió la puerta del copiloto desde dentro.
—No te lo estoy pidiendo, Lara. Sube. Ahora.
Lara obedeció. Temblaba. Tamy arrancó y condujo hacia el puerto, a una zona industrial abandonada cerca de los muelles viejos. Aparcó en un rincón oscuro, apagó el motor y se giró hacia ella.
—¿Desde cuándo te estás dejando follar por Belén a mis espaldas?
Lara abrió la boca, pero no salió nada.
—No me mientas —continuó Tamy, voz baja y peligrosa—. Vi las marcas. Vi los mensajes. ¿Crees que no sé lo que es un collar de sumisión? ¿Que no reconozco las marcas de un flogger?
Lara bajó la mirada, las manos apretadas en el regazo.
—Es… complicado. Ella… me hace sentir cosas que…
Tamy la interrumpió cogiéndole la barbilla con fuerza, obligándola a mirarla.
—¿Cosas que yo no te hago? ¿Es eso? Porque yo te hice correrte la primera vez que te probé. Yo te abrí las piernas y te lamí hasta que gritaste mi nombre. Y ahora vas y te entregas a esa psicópata sin decírmelo.
Lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Lara.
—No quería… pero ella… me obliga, me controla…
Tamy soltó una risa amarga.
—Te obliga. Claro. Y tú vas corriendo cada vez que te llama. Puta mentirosa.
Le soltó la cara y se bajó los pantalones de chándal. No llevaba bragas. Su coño ya estaba húmedo, hinchado de rabia y deseo mezclado.
—Quítate la ropa. Toda.
Lara dudó.
—Ahora, coño.
Lara se desnudó temblando en el asiento del copiloto. Tamy la miró de arriba abajo: las marcas frescas en los muslos, el culo todavía rojo de la última sesión con Belén.
—Ponte a cuatro patas en el asiento trasero.
Lara obedeció, gateando atrás. Tamy se quitó el resto de la ropa y se subió detrás. Le abrió las piernas de un empujón.
—Esto es mío —dijo, metiendo dos dedos de golpe en el coño de Lara—. ¿Lo oyes? Está chorreando para mí, no para ella.
Lara gimió, empujando hacia atrás.
Tamy le dio una nalgada fuerte, justo en la marca del flogger.
—Dilo. Di que eres mía.
—Soy… tuya… —jadeó Lara.
Tamy sacó los dedos y los reemplazó con la lengua. La devoró con rabia: chupando el clítoris fuerte, metiendo la lengua dentro, mordiendo los labios mayores lo justo para que doliera. Lara gritaba, las manos contra la ventanilla empañada. Tamy le metió tres dedos mientras le lamía el culo, abriéndolo con la otra mano.
—¿Belén te ha metido algo por aquí hoy? —preguntó entre lametones.
Lara negó con la cabeza, jadeando.
—Pues voy a ser la primera esta noche.
Tamy sacó un lubricante del bolso (siempre llevaba uno) y se untó los dedos. Metió uno despacio en el culo de Lara, luego dos. Lara se tensó, pero Tamy no paró. Le metió tres, follándola con ellos mientras con la otra mano le frotaba el clítoris.
—Vas a correrte pensando en mí. Solo en mí.
Lara se corrió gritando, temblando entera, el culo apretando los dedos de Tamy. Tamy no paró. Se puso un arnés que tenía en el maletero (un strap-on negro grueso, de los que usaba con Pablo a veces), se lo ajustó y se lo metió a Lara por el coño de una embestida.
—Esto es lo que te mereces —gruñó, follándola duro, las caderas chocando contra el culo de Lara—. Cada vez que pienses en Belén, vas a recordar cómo te follé yo aquí, en mi coche, como la puta que eres.
Lara gemía sin control, lágrimas mezcladas con placer. Tamy le agarró el pelo, tiró hacia atrás y le mordió el cuello, dejando una marca fresca encima de la del collar.
—Dime que vas a dejarla. Que vas a volver conmigo y con Pablo. Que Belén no existe.
Lara, al borde de otro orgasmo, sollozó:
—Sí… sí… la dejo… solo tú…
Tamy aceleró, follándola con fuerza hasta que las dos se corrieron casi a la vez: Lara temblando y chorreada, Tamy frotándose el clítoris contra la base del arnés mientras empujaba profundo.
Se quedaron jadeando, cuerpos sudorosos pegados. Tamy salió de ella despacio, le dio la vuelta y la besó. Beso posesivo, lengua reclamando boca.
—Esta noche vienes a casa. Le cuentas todo a Pablo. Y mañana vamos las dos a ver a Belén. Le vas a decir a la cara que se acabó. Y si intenta algo, yo me encargo. Soy policía, joder. Sé cómo hacer que desaparezca de tu vida sin que deje rastro.
Lara asintió, todavía temblando.
Tamy le acarició la mejilla con una ternura repentina.
—Y después… te voy a atar yo. Te voy a hacer gritar mi nombre hasta que te quedes ronca. Pero a mi manera. Sin jaulas ni trampas. Solo placer. Porque tú eres mía, rubia. Y no pienso compartirte con nadie que no sea yo.
Arrancó el coche y la llevó a Monte Alto. Esa noche, cuando Pablo se enteró de todo, no dijo nada. Solo sonrió de lado y dijo:
—Pues vamos a recordarle a Lara quién manda aquí de verdad.
Y la noche se convirtió en una reclamación colectiva: Tamy y Pablo follándola a la vez, marcándola con besos y mordidas, haciéndola correrse hasta que no pudo más. Manu, todavía ajeno a la intensidad del drama, solo vio cómo Lara volvía a ser la de antes… pero ahora con una mirada nueva: la de alguien que había elegido bando.
Belén recibió un mensaje de Lara a la mañana siguiente:
“No vuelvas a contactarme. Se acabó.”
Y bloqueo inmediato.
Pero Belén sonrió al leerlo. Sabía que las cosas no terminaban tan fácil.
 
Capítulo 5 – La verdad que quema
Manu no era tonto. Había construido un negocio del motor desde cero en una ciudad donde todo el mundo se conoce y los rumores viajan más rápido que un RS3 en recta. Después de lo del calabozo, el carnet retirado y las noches en las que Lara llegaba tarde con excusas flojas, empezó a sumar. Al principio pensó que era estrés del trabajo, o que se había enfriado con el grupo. Pero cuando vio el mensaje bloqueado en el móvil de Lara (ella se había dejado el teléfono desbloqueado una mañana mientras se duchaba), todo encajó como un puzzle jodido.
“Se acabó. No vuelvas a contactarme.”
Enviado a “Señora B.”
Y antes, docenas de mensajes que Lara había borrado, pero que quedaban en la copia de seguridad de WhatsApp. Fotos de ella arrodillada, collar al cuello, culo marcado. Audios de una voz femenina ronca: “Buena puta. Más fuerte el plug. Quiero verte llorar mañana.”
Manu se quedó sentado en la cama, el móvil temblando en la mano. Sintió náuseas, rabia y una erección traicionera al mismo tiempo. Porque aunque doliera como un puñetazo en el estómago, ver a Lara sometida así, vulnerable y cachonda, le ponía igual que siempre. Pero esta vez no era con él. Ni con Pablo. Ni con Tamy. Era con una desconocida que la había apartado sin que él se enterara.
No dijo nada ese día. Fingió normalidad. Por la tarde, cuando Lara llegó del súper, la besó como siempre, le metió mano por debajo de la falda del uniforme y la folló contra la pared del pasillo. La hizo correrse dos veces, fuerte, gritando su nombre. Pero mientras ella jadeaba contra su cuello, Manu le susurró al oído:
—¿Te gusta que te marquen, verdad? Las rayas rojas en el culo… ¿quién te las hace ahora?
Lara se tensó al instante. Intentó apartarse, pero Manu la sujetó por las caderas, esas caderas anchas que tanto le gustaban.
—No… ¿qué dices? —murmuró ella, voz temblorosa.
Manu la giró de golpe, la puso contra la pared y le levantó la falda. Allí estaban: marcas frescas, líneas finas de látigo que todavía estaban rosadas. No eran de Tamy (Tamy era más de mordidas y nalgadas). Eran precisas, controladas. Profesionales.
—Joder, Lara… —gruñó él, voz ronca de furia contenida—. ¿Quién coño es Belén?
Lara se derrumbó. Se deslizó al suelo, sentada contra la pared, rodillas contra el pecho, llorando sin control.
—Ella… me atrapó. Me hizo sentir… cosas. Me amenazó con contártelo todo si no iba. Y luego… luego no pude parar. Pero Tamy me ayudó. Me sacó de ahí. Ya se acabó, Manu. Te lo juro.
Manu se agachó frente a ella, le cogió la cara con las dos manos. No con ternura. Con fuerza.
—¿Tamy lo sabía? ¿Y no me dijo nada? ¿Os habéis estado riendo de mí a mis espaldas?
—No… no fue así. Tamy me reclamó. Me folló en su coche para que me acordara de quién manda. Me hizo prometer que volvía con vosotros. Con vosotros, no con ella sola.
Manu soltó una risa amarga.
—Claro. Reclamarte. Como si fueras un puto trofeo. Y yo aquí, pensando que estabas cansada del curro, mientras te dejabas atar y azotar por una loca.
Se levantó, paseó por el salón como un animal enjaulado. Lara se quedó en el suelo, sollozando.
Manu se paró frente a ella, se bajó la cremallera del vaquero. Su polla ya estaba dura, venosa, palpitando de rabia y deseo mezclado.
—Levántate. Quítate todo.
Lara obedeció despacio, temblando. Quedó desnuda, marcas visibles en todo el cuerpo: pechos, muslos, culo. Manu la miró de arriba abajo, respirando fuerte.
—Date la vuelta. Manos en la pared. Abre las piernas.
Lara lo hizo. Manu se puso detrás, le agarró las caderas y se la metió de golpe por el coño. Sin preliminares. Fuerte. Lara gritó, mitad dolor mitad placer.
—Esto es mío —gruñó él, embistiendo profundo—. ¿Lo entiendes? Estas caderas. Este coño. Este culo. Míos. No de Belén. No de Tamy. Míos.
La folló con rabia, cada embestida un castigo y una reclamación. Le dio nalgadas en las marcas, haciendo que doliera más. Lara lloraba, pero empujaba hacia atrás, el cuerpo traicionándola otra vez.
—Dilo —ordenó Manu, agarrándole el pelo y tirando hacia atrás—. Di que eres mía.
—Soy… tuya… Manu… solo tuya… —sollozó ella.
Manu salió de su coño, le escupió en el culo y se lo metió despacio pero sin parar. Lara se tensó, gritó, pero él no aflojó. La folló por el culo con ritmo brutal, la mano en su clítoris frotando sin piedad.
—Córrete pensando en mí. Solo en mí. Olvídate de collares y látigos. Aquí mando yo.
Lara se corrió gritando, temblando entera, el culo apretando la polla de Manu hasta que él no pudo más y se corrió dentro, gruñendo su nombre como un animal.
Se quedaron así, jadeando, él todavía dentro de ella. Luego Manu salió despacio, la giró y la abrazó contra su pecho. Por primera vez en días, con ternura real.
—No me vuelvas a ocultar nada —dijo bajito—. Si alguien te toca, me lo dices. Si alguien te amenaza, me lo dices. Y si quieres más… más duro, más sucio… me lo pides a mí. No a extraños.
Lara asintió contra su pecho, lágrimas calientes mojándole la camiseta.
—Te quiero, Manu. Perdóname.
Él le besó la frente.
—Te perdono. Pero ahora vamos a arreglar esto de verdad.
Esa misma noche, Manu llamó a Pablo. Tamy contestó el teléfono.
—Tenemos que hablar —dijo Manu, voz fría—. Los cuatro. Mañana. En tu terraza. Y traed a Lara. Quiero saber exactamente qué coño pasó con Belén… y por qué nadie me dijo nada.
Tamy tragó saliva al otro lado.
—Vale. Mañana a las 22:00.
Manu colgó y miró a Lara, que seguía desnuda y marcada en el sofá.
—Mañana vas a contar todo delante de ellos. Y después… vamos a decidir cómo seguimos. Pero te lo advierto: si vuelves a esconderme algo, no va a haber reconciliación que valga.
Lara asintió, asustada pero aliviada. Porque en el fondo sabía que, aunque doliera, Manu no la iba a soltar. Y eso, de alguna forma retorcida, la ponía más cachonda que cualquier látigo.
 
Capítulo 6 – La trampa final
La terraza de Monte Alto olía a salitre y a tensión esa noche de finales de noviembre. Las luces de la bahía parpadeaban abajo como estrellas caídas. Pablo había preparado la mesa: botellas de vino tinto caro, copas altas, pero nadie bebía de verdad. Estaban allí los cuatro: Manu con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, Lara sentada en el borde del sofá con las manos en el regazo y la mirada baja, Pablo de pie junto a la barandilla fumando un cigarro, y Tamy… Tamy era la que dirigía el espectáculo sin que pareciera.
—Belén viene —anunció Tamy cuando sonó el timbre—. La invité yo. Dijo que quería “aclarar las cosas cara a cara”.
Manu soltó un bufido.
—¿Y por qué coño la invitas? Deberíamos haber ido nosotros a su loft y romperle la cara.
Tamy sonrió de lado, esa sonrisa que usaba cuando tenía un plan.
—Porque quiero que lo vea todo. Que vea que Lara ya no es suya. Y que entienda que no va a volver a tocarla.
Lara levantó la vista, asustada.
—No quiero verla…
Tamy se acercó, le cogió la barbilla con suavidad.
—Tranquila, rubia. Yo me encargo. Tú solo tienes que quedarte calladita y obedecer.
Belén llegó vestida para matar: abrigo largo negro de cuero, debajo un body de látex rojo sangre que le marcaba cada curva, tacones de aguja que resonaban como disparos en el suelo de la terraza. Pelo suelto, labios pintados de negro mate, ojos que escanearon a todos como si ya supiera quién iba a ganar.
—Qué bonito reencuentro familiar —dijo con voz melosa, mirando a Lara—. Hola, pequeña. ¿Ya te han contado lo bien que te portas cuando estás conmigo?
Manu dio un paso adelante, pero Tamy le puso una mano en el pecho.
—Siéntate, Manu. Vamos a hablar como adultos.
Belén se sentó en el sillón de mimbre, cruzó las piernas y miró a Tamy con curiosidad.
—¿Y tú qué quieres, poli? ¿Que me disculpe por haberle dado a tu juguete lo que ninguno de vosotros le daba?
Tamy se rio bajito.
—No. Quiero que te lleves un regalo de despedida. Algo que te mantenga ocupada… y lejos de aquí.
Sacó del bolso una tarjeta negra mate. La dejó sobre la mesa.
—Es la invitación a una sesión privada en el club “La Noche Invertida”. El sábado que viene. Solo para dominants de alto nivel. Hay un sub nuevo que está causando furor: alto, atlético, empresario, con mucho ego y muy poco entrenamiento en sumisión. Dicen que es un reto perfecto para alguien como tú.
Belén levantó una ceja.
—¿Y por qué iba a interesarme?
—Porque el sub en cuestión es Manu.
Manu se levantó de golpe.
—¿Qué coño estás diciendo?
Tamy no se inmutó.
—Le he hablado de ti al dueño del club. Le dije que eras la mejor para romper egos grandes. Y que si lo consigues, te pagan el triple de lo habitual. Sesión de cuatro horas. Ataduras, impacto, humillación controlada, lo que tú quieras. Manu irá porque quiere demostrar que no le tienes miedo a nadie… y porque le dije que si no va, Lara se queda con nosotros para siempre y él se queda fuera.
Manu miró a Lara. Ella tenía los ojos muy abiertos, pero no dijo nada. Tamy le había hablado antes: “Si quieres que esto acabe de verdad, Manu tiene que entender que no puede controlarte a la fuerza. Déjame hacer. Te prometo que después seremos solo nosotros tres”.
Belén sonrió lenta, depredadora.
—¿Y si lo rompo? ¿Qué gano?
—Ganas que Lara sea historia para ti. Y ganas un sub nuevo que te va a dar mucho juego. Es guapo, fuerte, tiene pasta… y rabia acumulada. Perfecto para canalizar.
Manu soltó una risa incrédula.
—No voy a ir a que me azote una loca porque Tamy lo diga.
Tamy se acercó a él, le puso una mano en la entrepierna por encima del vaquero. Estaba medio duro, traicionero.
—¿Seguro? Porque tu polla dice otra cosa. Te pone la idea de que Belén te doblegue. Admítelo. Siempre has sido el que manda… pero una parte de ti quiere saber qué se siente al otro lado.
Manu respiró hondo. Miró a Lara. Vio en sus ojos algo nuevo: no miedo, no súplica. Era deseo… pero no por él en ese momento. Era por la libertad que Tamy le estaba ofreciendo.
—Joder… —murmuró—. Vale. Iré. Pero si salgo de ahí entero, Belén, te juro que…
Belén se levantó, se acercó a Manu hasta rozarle el pecho con las tetas.
—No saldrás entero, guapo. Saldrás roto… y pidiendo más.
Le dio un beso en la comisura de la boca, rápido y posesivo, y se fue sin mirar atrás.
La terraza quedó en silencio.
Tamy se giró hacia Pablo y Lara.
—Listo. El sábado Manu estará ocupado cuatro horas. Belén también. Y nosotros… —miró a Lara con ojos hambrientos— vamos a celebrar que por fin eres solo nuestra.
Esa noche no hubo preliminares ni juegos suaves.
Pablo y Tamy llevaron a Lara al dormitorio principal. La desnudaron despacio, besando cada marca que quedaba de Belén como si quisieran borrarla con la lengua. Tamy le puso un collar nuevo: uno de cuero suave, con una placa que ponía “Nuestra”. Lo cerró con un candado pequeño que solo ella tenía la llave.
—Este no se quita nunca más —susurró Tamy mientras le lamía el cuello.
Pablo la tumbó en la cama, le abrió las piernas y se la metió despacio, profundo, mirándola a los ojos.
—Esto es lo que quieres, ¿verdad? Solo nosotros. Sin trampas. Sin jaulas.
Lara asintió, lágrimas de alivio y placer.
—Sí… solo vosotros…
Tamy se sentó en su cara, restregándose el coño empapado contra su boca mientras Pablo la follaba. Lara lamía con devoción, lengua plana, chupando el clítoris de Tamy como si fuera lo único que importaba en el mundo. Tamy se corrió primero, temblando, agarrándole el pelo.
Luego cambiaron: Tamy con el strap-on, follándola por el coño mientras Pablo le metía la polla por el culo. Doble penetración lenta, sincronizada, besos en el cuello, mordidas suaves, palabras sucias pero llenas de cariño.
—Eres nuestra puta… nuestra reina… nuestra todo —gruñía Pablo mientras empujaba.
Lara se corrió tres veces seguidas, chorros calientes, gritos roncos, cuerpo temblando entre los dos. Al final se quedaron los tres abrazados, sudorosos, exhaustos.
—No más Belén. No más Manu —dijo Tamy, besando la frente de Lara—. Solo esto. Nosotros tres. Para siempre.
Lara sonrió, por primera vez sin complejos, sin miedo.
—Para siempre.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Manu llegaba al club “La Noche Invertida”. Belén lo esperaba en la puerta, con un látigo enrollado en la mano y una sonrisa que prometía horas de dolor y placer retorcido.
Pero eso… ya era otra historia.Epílogo – La vuelta al origen (o el último capricho)
Tres meses después. Febrero de 2026. A Coruña seguía siendo la misma: gris, húmeda, con ese viento que te cala los huesos y te recuerda que el mar nunca perdona. Lara, Tamy y Pablo habían construido una rutina casi perfecta. Vivían juntos en el piso de Monte Alto (Pablo había vendido su apartamento pequeño para pagar la hipoteca compartida). Las noches eran largas, llenas de sexo sin horarios, sin celos, sin máscaras. Tamy dirigía cuando quería dominar; Pablo cuando quería follar sin piedad; Lara se dejaba llevar, cada vez más segura de su cuerpo, de sus caderas anchas, de su pequeño pecho que ya no escondía bajo sudaderas holgadas.
Pero había un hueco. Pequeño, pero persistente. Lara lo sentía en las noches en que Tamy la ataba suave, con cuerdas de algodón rojo, besando cada nudo. O cuando Pablo la ponía a cuatro patas y le daba nalgadas ritmadas pero controladas. Era placentero. Era amoroso. Era suyo. Pero no era… suficiente.
Una tarde de jueves, mientras Tamy y Pablo estaban en el gimnasio, Lara abrió el móvil. Había desbloqueado el número de Belén hacía semanas, solo por curiosidad malsana. No había escrito nada. Hasta hoy.
Lara:
“¿Sigues en el loft de Oza?”
La respuesta llegó en menos de dos minutos.
Belén:
“Siempre. ¿Qué quieres, pequeña? Pensé que me habías borrado para siempre.”
Lara:
“Quiero verte. Solo una vez. Algo más duro. Quiero sentirme… propiedad. De verdad. Azotes de los que duelan días. Quiero llorar y correrme al mismo tiempo. Y luego volver a casa con ellos.”
Belén tardó en contestar. Cuando lo hizo, el mensaje fue seco.
Belén:
“Mañana 22:00. Trae el plug de cristal grande que te regalé. Y el lubricante que uses con ellos. No vengas mojada. Quiero que llegues seca y salgas chorreando.”
Lara no le contó a Tamy ni a Pablo. Les dijo que tenía que hacer horas extras en el súper (una mentira vieja que ya no colaba del todo, pero que ellos aceptaban porque confiaban). Cogió el plug, se lo metió en el baño del trabajo antes de salir, y fue al loft.
Belén abrió la puerta en corsé de cuero negro, medias de rejilla hasta el muslo, pelo recogido en una coleta alta. No sonrió. Solo señaló el suelo.
—Arrodíllate. Manos detrás de la espalda.
Lara obedeció al instante. El corazón le latía en la garganta.
Belén le puso el collar viejo, el mismo de la primera vez, con el candado pequeño. Tiró de la argolla hasta que Lara levantó la cara.
—Hoy no hay safeword blando. Dices “rojo” y paro. Pero si dices “rojo”, se acabó para siempre. ¿Entendido?
—Sí, Señora.
Belén la llevó a la cruz de San Andrés, pero esta vez no la ató abierta. La ató boca abajo, culo en pompa, piernas abiertas con barras separadoras, muñecas y tobillos sujetos con cuero grueso. Le quitó el plug de un tirón seco, lo dejó caer al suelo con un ruido húmedo.
—Buena puta. Ya estás dilatada para ellos. Pero hoy vas a sentir lo que es de verdad ser propiedad.
Sacó un paddle de madera maciza, no el flogger suave de antes. El primero golpe cayó en la nalga derecha, fuerte, seco. Lara soltó un grito corto. El segundo en la izquierda, más bajo, cerca del pliegue del muslo. El tercero directo en el centro, rozando el ano. Cada impacto hacía que su cuerpo se arqueara, que las lágrimas salieran sin permiso.
Belén no paraba de hablar, voz baja y controlada.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? Sentirte cosa. Mía. Que te marquen hasta que no puedas sentarte mañana sin acordarte de quién te posee.
Otro golpe. Otro. Lara lloraba ya abiertamente, mocos y lágrimas mezclados, pero su coño chorreaba, gotas cayendo al suelo de hormigón.
Belén dejó el paddle y cogió un látigo de nueve colas, cuero trenzado fino. Los primeros latigazos fueron suaves, calentando la piel ya roja. Luego más fuertes. Cruzados. Lara gritaba con cada uno, pero empujaba el culo hacia atrás, buscando más.
—Pídemelo —ordenó Belén.
—Por favor… Señora… más duro… quiero sentirme tuya… aunque sea solo esta noche…
Belén sonrió por primera vez. El látigo cayó con fuerza, líneas rojas cruzando las nalgas, subiendo por la espalda baja. Lara se corrió sin tocarse, un chorro caliente salpicando el suelo, cuerpo temblando en las ataduras.
Belén se arrodilló detrás, le metió cuatro dedos en el coño empapado mientras con la otra mano le pellizcaba el clítoris hinchado. Lara se corrió otra vez, gritando ronca.
Luego Belén la desató despacio. La tumbó en la colchoneta, le limpió la cara con una toalla húmeda, le dio agua.
—No eres mía, pequeña —dijo Belén, voz suave por primera vez—. Nunca lo fuiste del todo. Pero esta noche… esta noche sí lo has sido. Y mañana vas a volver con ellos con el culo ardiendo y el corazón más ligero.
Lara lloró otra vez, pero de alivio.
—Gracias… Señora.
Belén le quitó el collar, lo guardó en un cajón.
—Vete. Y no vuelvas a escribirme. A menos que quieras repetir. Pero la próxima vez… trae a Tamy. Ella también tiene cuentas pendientes conmigo.
Lara salió del loft cojeando ligeramente, el culo en llamas, las marcas frescas bajo la ropa. Llegó a casa a las 2 de la madrugada. Tamy y Pablo la esperaban despiertos, luces bajas, copa de vino en la mano.
Tamy olió el cuero y el sudor en cuanto entró.
—¿Dónde has estado?
Lara se quitó el abrigo. Se bajó los pantalones despacio. Les enseñó el culo: rojo intenso, líneas cruzadas, hinchado.
—Con Belén. Una última vez. Quería sentirme propiedad… de verdad. Para poder ser vuestra del todo después.
Pablo se levantó, le tocó las marcas con cuidado.
—¿Te duele?
—Mucho —susurró Lara—. Pero me he corrido gritando su nombre… y pensando en vosotros.
Tamy se acercó por detrás, le besó el cuello.
—Eres una zorra valiente. Y ahora… ahora vas a enseñarnos exactamente cómo te ha marcado. Y nosotros vamos a cubrir esas marcas con las nuestras.
La llevaron al dormitorio. Esa noche no hubo ataduras suaves. Tamy le dio nalgadas sobre las marcas frescas hasta que Lara lloró de nuevo. Pablo la folló por el culo despacio, profundo, mientras Tamy le lamía el coño y le metía dedos. Se corrieron los tres al mismo tiempo, enredados, sudorosos, exhaustos.
Al amanecer, Lara durmió entre ellos, culo ardiendo, sonrisa en los labios.
Belén nunca volvió a escribir. Pero en el cajón del loft seguía el collar viejo… esperando, quizás, a que alguien más pidiera ser propiedad.
Y Lara, por fin, supo que la propiedad más dulce era la que elegía ella misma: con Tamy y Pablo. Para siempre.
 
Relato maravilloso, con frescura pero intenso. Saudiños
 
Tal día como hoy, hace ya tres años en el entierro de la sardina, un municipal de culleredo( eso dijo) me pegó un folladon en el dique de abrigo que cada vez que lo recuerdo el culo se me hace gaseosa. Hacia frío pero no lo notaba.
 
Espectacular historia y muy bien relataba. Muchas gracias por compartirla
 
Atrás
Top Abajo