Dibujos Animados de Castidad y Cornudos (Chastity & Cuckolding Cartoon)

La noche que la acompañé hasta perderla - 6ª parte

Ella se arrodilló frente a él, decidida y temblorosa, y tomó su polla erecta, sintiendo la fuerza de su deseo. Sin pensarlo dos veces, se inclinó y comenzó a lamer el glande lentamente, saboreando su salado sabor antes de sumergir su boca en aquel miembro palpitante.

La polla desapareció entre sus labios y ella comenzó a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, mamando con entusiasmo. Sus ojos no se apartaban de los de él mientras trabajaba en su miembro. Un profundo suspiro se escapó de la garganta de él, un claro indicativo de su excitación y disfrute...

Eso es, no pares de mamar. Llevo soñando con esto desde que empezaste a trabajar en la oficina

Ella respondió con un sonido de asentimiento mientras profundizaba más en el acto de mamármela con más intensidad y dedicación, deseosa de satisfacer por completo a su compañero de trabajo.

En el punto álgido de la felación, ella sintió el palpitar intenso y rítmico de la polla en su boca, llenándose de un sabor salado que predecía la inminente eyaculación. El ansia de sentir el semen cálido y viscoso en su piel fue abrumadora, así que liberó la polla de su boca, aún ansiando continuar mamándola.

Con una mirada lujuriosa y una sonrisa perversa, empezó a masturbar la polla con movimientos rápidos y precisos, admirando cada latido y palpitar entre sus dedos, mientras levantaba su mirada hacia él y apuntaba la polla hacia su rostro. Ella sonrió maliciosamente y dijo con entusiasmo:

¡Eso es, cielo, dame tu leche!

La eyaculación potente y espesa comenzó a caer en chorros calientes sobre su rostro, uno tras otro, marcando cada punto de su piel. El primero le alcanzó la mejilla y descendió lentamente hacia su mentón; el segundo cayó en su frente y se deslizó por su nariz y su barbilla. La visibilidad de ella se vio momentáneamente empañada por el semen espeso, pero aun así una sonrisa de placer se dibujó en su rostro, como si algo dentro de ella despertara de golpe.

Era la primera vez que disfrutaba esa calidez y esa viscosidad que nunca había sentido con su marido. Esa sensación nueva la estremeció, la hizo gemir y desear más de esa leche cálida y espesa que corría por su rostro y su cuello, como si estuviera descubriendo un mundo de sensaciones que jamás había conocido en su matrimonio.
 

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La noche que la acompañé hasta perderla - 7ª parte

Ella se levantó despacio, todavía temblando, después de que el chaval se hubiera corrido en su cara. Sentía el calor del semen resbalando por su piel, una mezcla de vértigo y lucidez que la dejaba sin aire. Quería probar su sabor, así que con la ayuda de un dedo de su mano recogió uno de los chorretones de semen de su cara y sin pensarlo se lo llevó a la boca.

Una sonrisa se le escapó por dentro. Cuando pactó las reglas con su marido, él no dijo nada de que ella no pudiese probar su semen; se dejó lo más obvio, lo más delicado, justo lo que más le habría dolido. Qué ridículo sonaba ahora que hubiese insistido tanto en lo del condón mientras se olvidaba precisamente de esto.

El chaval estaba fascinado por lo que ella acababa de atreverse a hacer; no lo esperaba de una mujer casada, y esa transgresión lo excitó aún más. Cogió un trozo de papel de cocina y se lo ofreció para que terminara de limpiarse. Ella lo hizo y se lo devolvió. Él dejó caer el papel al suelo sin mirarlo siquiera, la arrinconó contra la pared, la miró fijamente mientras le sujetaba la cara con una mano firme y dijo:
—Quédate todo el fin de semana conmigo.

Ella bajó los ojos, el corazón desbocado, la voz atrapada entre el deseo y el miedo.
—No puedo —susurró, y le dolió decirlo.

Y aun así, mientras lo decía, mientras sentía su cuerpo tan cerca, comprendió lo que no quería admitir: se estaba enamorando.

Él la giró con una seguridad que la dejó sin aire, y ella, casi sin pensarlo, puso las dos manos en la pared. La postura la abrió, la expuso, la entregó de una forma que jamás habría imaginado permitir fuera de su matrimonio, pero ahora estaba ahí, respirando hondo, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba antes que su cabeza.

Rodeándola por detrás, él se pegó a ella, sintiendo su respiración entrecortada en la nuca. Su polla presionaba contra ella y sintió un placer anticipado en esa mezcla de excitación y deseo. Se quedó congelada un instante, reconociendo sus ganas de que él la follara, de sentirlo llenándola por completo.

—¡Hablaré con mi marido, pero no te prometo nada! —susurró ella, con la voz rota, sabiendo que esa frase ya no era una advertencia… sino una rendición.

Él sonrió detrás de ella, disfrutando de cada milímetro de su entrega.

—¡Mañana le llamas y que no venga, verás cómo él lo entenderá!
 

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La noche que la acompañé hasta perderla - 7ª parte

Ella se levantó despacio, todavía temblando, después de que el chaval se hubiera corrido en su cara. Sentía el calor del semen resbalando por su piel, una mezcla de vértigo y lucidez que la dejaba sin aire. Quería probar su sabor, así que con la ayuda de un dedo de su mano recogió uno de los chorretones de semen de su cara y sin pensarlo se lo llevó a la boca.

Una sonrisa se le escapó por dentro. Cuando pactó las reglas con su marido, él no dijo nada de que ella no pudiese probar su semen; se dejó lo más obvio, lo más delicado, justo lo que más le habría dolido. Qué ridículo sonaba ahora que hubiese insistido tanto en lo del condón mientras se olvidaba precisamente de esto.

El chaval estaba fascinado por lo que ella acababa de atreverse a hacer; no lo esperaba de una mujer casada, y esa transgresión lo excitó aún más. Cogió un trozo de papel de cocina y se lo ofreció para que terminara de limpiarse. Ella lo hizo y se lo devolvió. Él dejó caer el papel al suelo sin mirarlo siquiera, la arrinconó contra la pared, la miró fijamente mientras le sujetaba la cara con una mano firme y dijo:
—Quédate todo el fin de semana conmigo.

Ella bajó los ojos, el corazón desbocado, la voz atrapada entre el deseo y el miedo.
—No puedo —susurró, y le dolió decirlo.

Y aun así, mientras lo decía, mientras sentía su cuerpo tan cerca, comprendió lo que no quería admitir: se estaba enamorando.

Él la giró con una seguridad que la dejó sin aire, y ella, casi sin pensarlo, puso las dos manos en la pared. La postura la abrió, la expuso, la entregó de una forma que jamás habría imaginado permitir fuera de su matrimonio, pero ahora estaba ahí, respirando hondo, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba antes que su cabeza.

Rodeándola por detrás, él se pegó a ella, sintiendo su respiración entrecortada en la nuca. Su polla presionaba contra ella y sintió un placer anticipado en esa mezcla de excitación y deseo. Se quedó congelada un instante, reconociendo sus ganas de que él la follara, de sentirlo llenándola por completo.

—¡Hablaré con mi marido, pero no te prometo nada! —susurró ella, con la voz rota, sabiendo que esa frase ya no era una advertencia… sino una rendición.

Él sonrió detrás de ella, disfrutando de cada milímetro de su entrega.

—¡Mañana le llamas y que no venga, verás cómo él lo entenderá!
que buen cómic !! por favor que continueeeeeee. que morbo !!
 
La noche que la acompañé hasta perderla - 8ª parte

Él la tomó por la cintura con firmeza y, en un movimiento decidido, la levantó. Ella rodeó su cintura con las piernas y se aferró a sus hombros mientras él avanzaba con paso seguro hasta la cocina, donde la alzó un poco más y la dejó sentada sobre la encimera. de la cocina. Ella sintió un escalofrío al contacto con la fría y dura superficie, abriendo sus piernas y exponiendo su coño húmedo y tentador ante él.

Se arrodilló y comenzó a lamer su coño con un hambre que no sabía disimular; su lengua se movía rápidamente sobre su cálido coño hasta que encontró su clítoris y con su lengua empezó a trazar círculos alrededor de él. El rugido de su respiración se mezclaba con los jadeos y gemidos de ella mientras continuaba lamiendo y follando su coño con su lengua como seguramente su marido nunca le habría hecho

—¡Joder, me voy a correr, no pares! —le salió en un gemido que lo decía todo, un sonido roto, urgente, que la arqueó entera mientras su coño buscaba más, empujándose hacia la boca que lo estaba devorando.

Pero él no quería que ella se corriera todavía. La frenó en seco y, con un movimiento firme desde el suelo, se subió a la encimera junto a ella, dejando claro que el ritmo lo marcaba él.

Ella estaba sobre la encimera, abierta, temblando, con el cuerpo ardiendo por lo que llevaba tanto tiempo deseando. Él se colocó con la espalda apoyada en el borde y la atrajo hacia sí, guiándola para que imitara su postura. Entonces le agarró las botas con ambas manos y le separó las piernas, acercándola implacablemente hacia su enorme y palpitante polla, tan cerca que sentía cómo cada centímetro de esa monstruosidad se aproximaba a su húmedo y resbaladizo coño, suplicando ser penetrado.

En ese preciso momento ella le pidió que se pusiera un condón, recordando una de las reglas pactadas con su marido, pero esa norma se disipó en cuanto sintió cómo él, haciendo caso omiso, posicionaba el glande en la entrada de su coño y lentamente, empezaba a empujar abriéndose camino dentro de ella.

Ella jadeaba y suspiraba, consciente de que lo que había deseado desde que su marido aceptó entregarla por fin ocurría, y que hacerlo sin condón hacía el morbo aún mayor porque tendría que ocultárselo.
 

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La noche que la acompañé hasta perderla - 8ª parte

Él la tomó por la cintura con firmeza y, en un movimiento decidido, la levantó. Ella rodeó su cintura con las piernas y se aferró a sus hombros mientras él avanzaba con paso seguro hasta la cocina, donde la alzó un poco más y la dejó sentada sobre la encimera. de la cocina. Ella sintió un escalofrío al contacto con la fría y dura superficie, abriendo sus piernas y exponiendo su coño húmedo y tentador ante él.

Se arrodilló y comenzó a lamer su coño con un hambre que no sabía disimular; su lengua se movía rápidamente sobre su cálido coño hasta que encontró su clítoris y con su lengua empezó a trazar círculos alrededor de él. El rugido de su respiración se mezclaba con los jadeos y gemidos de ella mientras continuaba lamiendo y follando su coño con su lengua como seguramente su marido nunca le habría hecho

—¡Joder, me voy a correr, no pares! —le salió en un gemido que lo decía todo, un sonido roto, urgente, que la arqueó entera mientras su coño buscaba más, empujándose hacia la boca que lo estaba devorando.

Pero él no quería que ella se corriera todavía. La frenó en seco y, con un movimiento firme desde el suelo, se subió a la encimera junto a ella, dejando claro que el ritmo lo marcaba él.

Ella estaba sobre la encimera, abierta, temblando, con el cuerpo ardiendo por lo que llevaba tanto tiempo deseando. Él se colocó con la espalda apoyada en el borde y la atrajo hacia sí, guiándola para que imitara su postura. Entonces le agarró las botas con ambas manos y le separó las piernas, acercándola implacablemente hacia su enorme y palpitante polla, tan cerca que sentía cómo cada centímetro de esa monstruosidad se aproximaba a su húmedo y resbaladizo coño, suplicando ser penetrado.

En ese preciso momento ella le pidió que se pusiera un condón, recordando una de las reglas pactadas con su marido, pero esa norma se disipó en cuanto sintió cómo él, haciendo caso omiso, posicionaba el glande en la entrada de su coño y lentamente, empezaba a empujar abriéndose camino dentro de ella.

Ella jadeaba y suspiraba, consciente de que lo que había deseado desde que su marido aceptó entregarla por fin ocurría, y que hacerlo sin condón hacía el morbo aún mayor porque tendría que ocultárselo.
Leer esto y pensar que sea mi esposa…
 
La noche que la acompañé hasta perderla - 5ª parte

Allí, en la cocina, ella comenzó a desnudarse lentamente, con movimientos cargados de sensualidad y picardía. Primero se despojó del top, dejando a la vista sus enormes tetas, coronadas por unas areolas grandes que parecían galletas María. Luego se deshizo de la minifalda, revelando un mini tanga de color negro que realzaba todavía más aquellas botas altas de cowboy que llevaba puestas, dejando sin aliento al joven, quien no puede evitar pensar: “¡Dios santo, qué buena está y qué tetas más impresionantes tiene!”.

El chico, aprovechando la iniciativa de ella, se desnudó completamente, dejando a la vista una polla grande y gruesa. Al verla, ella se acercó a él con una sonrisa en los labios y, sin poder contenerse, exclamó: “¡Menudo pollón!”.

Y en ese instante, mientras admiraba lo que tenia delante, apareció la imagen de su marido. La comparación fue tan cruel que le ardieron las mejillas: llevaba años conformándose con su mini polla, y recordó cómo, cuándo veían porno juntos y ella preguntaba por ese tamaño, él siempre le decía que “eso solo existe en las películas porno, no en la realidad”.

Esa “verdad universal” que su marido repetía para esconder su diminuto tamaño quedó al descubierto. Ahora tenía la realidad delante… y estaba ansiosa por arrodillarse y probarla.
FANTASTICO!!!! Sigue por favor
 
La noche que la acompañé hasta perderla - 9ª parte

La encimera empezó a molestarles a los dos: a ella se le clavaba en la espalda y a él la postura tampoco le resultaba incómoda. Entre jadeos, ella le pidió que fueran a un lugar más cómodo, apenas un susurro escapando entre respiraciones agitadas. Él no dudó: la rodeó con los brazos, la levantó en un solo gesto y salió con ella de la cocina.

La llevó por el pasillo sin aflojar el paso y empujó la puerta de su habitación con el hombro. Nada más entrar, él se inclinó un poco para enganchar con el pie la supletoria escondida bajo la cama y la deslizó hacia fuera. Mientras lo hacía la mirada de ella se detuvo en los detalles de la habitación: los pósters descoloridos, las figuras alineadas en la estantería, la lámpara infantil, la manta de estampado juvenil. En cuanto la supletoria quedó extendida, él la depositó allí con cuidado.

En cuanto la supletoria quedó extendida, ambos se dejaron caer en ella, ansiosos por continuar su encuentro apasionado. Esta vez, ella tomó las riendas del placer, posicionándose rápidamente sobre él y sin darle tiempo siquiera para reaccionar. Con una destreza nacida de la lujuria y el deseo, tomó su polla erecta con la mano y la guió hasta su coño húmedo y palpitante.

Ella se sentó sobre él con un movimiento apremiante y decidido, sintiendo cómo su polla entraba en su coño, llenándolo por completo. El chico empezó a devorar sus pechos y, al hacerlo, ella se miró en el espejo que había en la habitación, dejando que el morbo de verse a sí misma desde fuera la recorriera entera, intensificando cada sensación mientras cabalgaba su polla.

Pero entonces algo en el espejo le llamó la atención: lo que había pegado en él. Una foto de gran tamaño con la inscripción Ibiza 2025. En ella aparecía él, con su madre en la piscina de una casa. Ella llevaba un diminuto bikini con tanga; él, un bañador ceñido, estaban abrazados y las manos de él se apoyaban en las nalgas de su madre con una naturalidad que la dejó helada. A un lado, sobre una mesa, había una tarta con velas que indicaban 51 años.

Y entonces lo entendió: la madre tenía su misma edad.

Con su mano apoyada sobre el pecho de él, ella decidió aumentar aún más el ritmo y la fuerza de sus embestidas, cabalgando la polla del chaval con más deseo debido al morbo por lo de lo que acabada de descubrir
 

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La noche que la acompañé hasta perderla - Penúltima parte

El notó que ella estaba a punto de correrse y le pidió cambiar de postura. Sin pensárselo, ella se puso a cuatro patas en la cama, ofreciendo su trasero y coño húmedo para que él pudiera follarla de esa manera.

Sin dejar un momento de respiro, el chaval se colocó detrás de ella y, sujetando sus caderas presionó el glande contra la entrada de su húmedo coño. Con un movimiento decidido, la penetró, asegurándose de que cada centímetro de su polla entrara en ella, llenándola por completo.

Al sentir su polla deslizarse en su interior, ella emitió un gemido de puro placer y satisfacción, sus pechos grandes y redondos se bamboleaban rítmicamente con cada embestida, marcando el ritmo de sus gemidos entrecortados.

La sensación de ser follada a cuatro patas era totalmente diferente a lo que su marido solía hacer, el chaval hacía rotar la cadera, creando un efecto de taladrado que maximizaba la fricción contra su clítoris cuando su polla entraba y salía de su coño. En medio de ese ritmo que la desbordaba, notó cómo el cuerpo de él se tensaba, cómo la respiración se volvía más rápida y cómo la presión de su polla dentro de ella cambiaba y empezaba a palpitar.

Entonces lo oyó, apenas un jadeo ronco pegado a su espalda: el chaval dijo que se corría dentro de su coño, y en ese mismo instante ella sintió cómo su polla la inundaba de semen, llevándola a tener el orgasmo más intenso que jamás había conocido en su matrimonio.

Mientras tanto, el móvil de ella no dejaba de vibrar sobre la cama. Era su marido, solo en el sofá, mirando la pantalla en silencio, esperando las fotos pactadas; las quería para hacerse una paja viéndola con su compañero de trabajo, aferrado a esa idea para sentirse parte de algo que ya no controlaba. Pero no llegaba nada, y cada vibración ignorada le confirmaba que ella estaba demasiado ocupada con él como para enviarle una sola imagen, y empezaba a arrepentirse de haber aceptado un juego que ahora se le escapaba de las manos.
 

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La noche que la acompañé hasta perderla - Penúltima parte

El notó que ella estaba a punto de correrse y le pidió cambiar de postura. Sin pensárselo, ella se puso a cuatro patas en la cama, ofreciendo su trasero y coño húmedo para que él pudiera follarla de esa manera.

Sin dejar un momento de respiro, el chaval se colocó detrás de ella y, sujetando sus caderas presionó el glande contra la entrada de su húmedo coño. Con un movimiento decidido, la penetró, asegurándose de que cada centímetro de su polla entrara en ella, llenándola por completo.

Al sentir su polla deslizarse en su interior, ella emitió un gemido de puro placer y satisfacción, sus pechos grandes y redondos se bamboleaban rítmicamente con cada embestida, marcando el ritmo de sus gemidos entrecortados.

La sensación de ser follada a cuatro patas era totalmente diferente a lo que su marido solía hacer, el chaval hacía rotar la cadera, creando un efecto de taladrado que maximizaba la fricción contra su clítoris cuando su polla entraba y salía de su coño. En medio de ese ritmo que la desbordaba, notó cómo el cuerpo de él se tensaba, cómo la respiración se volvía más rápida y cómo la presión de su polla dentro de ella cambiaba y empezaba a palpitar.

Entonces lo oyó, apenas un jadeo ronco pegado a su espalda: el chaval dijo que se corría dentro de su coño, y en ese mismo instante ella sintió cómo su polla la inundaba de semen, llevándola a tener el orgasmo más intenso que jamás había conocido en su matrimonio.

Mientras tanto, el móvil de ella no dejaba de vibrar sobre la cama. Era su marido, solo en el sofá, mirando la pantalla en silencio, esperando las fotos pactadas; las quería para hacerse una paja viéndola con su compañero de trabajo, aferrado a esa idea para sentirse parte de algo que ya no controlaba. Pero no llegaba nada, y cada vibración ignorada le confirmaba que ella estaba demasiado ocupada con él como para enviarle una sola imagen, y empezaba a arrepentirse de haber aceptado un juego que ahora se le escapaba de las manos.
Espectacular,
 
La noche que la acompañé hasta perderla - Última parte
Ambos cayeron sudorosos y exhaustos sobre la cama, el aire aún vibrando con el calor que habían dejado entre las sábanas. Ella cerró los ojos y sintió cómo el semen se deslizaba desde el interior de su coño hacia la tela, una corriente tibia que la hizo estremecerse. La habitación olía a sexo, un aroma denso y pegado a la piel, mezclado con el sudor que aún les perlaba el cuerpo. Él la rodeó con los brazos, acercándose y lamiendo uno de sus pechos con una mirada cargada de morbo, fascinado por lo parecidos que eran a los de su madre, un detalle que lo encendía de una forma que no intentaba ocultar.

Aagotada, dejó que ese contacto la arrastrara al ritmo lento de su respiración, y poco a poco ambos fueron cediendo al sueño, quedándose dormidos uno al lado del otro, rendidos y ajenos a todo.

Solo entonces quedó a la vista, entre las sábanas arrugadas, el móvil de ella, aún encendido y lleno de mensajes de su marido, todos sin leer, todos ignorados sin que ella siquiera lo hubiera notado.

Al despertarse a la mañana siguiente, el chaval seguía boca abajo, profundamente dormido. Ella se incorporó despacio, notando aún el semen en su interior, un recordatorio silencioso de lo que había ocurrido durante la noche.
Lo miró, y el tamaño de su polla —tan evidente incluso en reposo— la calentó al instante. La comparación con su marido fue automática: él jamás había tenido nada que se acercara a eso, ni siquiera en sus mejores días, y la simple constatación la encendió aún más.

Sintió el impulso de tocarla y estiró la mano… pero justo entonces él se giró, dejándola frente a su cuerpo joven y despreocupado, robándole el aliento sin proponérselo. Sin pensarlo, se inclinó y le acarició lentamente la cabeza, y ese gesto —tan íntimo, tan natural— le reveló al instante aquello que llevaba intentando ignorar desde la noche anterior: se estaba enamorando de él.

Aún con ese temblor en el cuerpo, se sentó en el borde de la cama. Cogió el móvil sin haber reparado en ningún momento en los mensajes que habían llegado durante la noche, y solo entonces vio la avalancha de notificaciones de su marido consciente de que ya no podía volver a mirarlo igual. Los repasó en silencio, sintiendo cómo cada uno pesaba más que el anterior, y finalmente pulsó el botón de llamar.

Él contestó al instante, con la voz rota por la noche en vela. Estaba dolido, enfadado, agotado de esperar unas fotos que nunca llegaron. Cada frase era un reproche disfrazado de preocupación, como si necesitara que ella le explicara algo que no iba a decirle.

Ella mintió sin dudar: que exageraba, que solo habían salido a cenar, que no envió fotos porque no había nada que mostrar. Que todo era inseguridad suya. Que debía confiar, que no tenía sentido montar un drama por una noche tan normal.

Él contestó enseguida, ya vestido, ya listo, aferrado a la ilusión ingenua de ir a buscarla. Su voz temblaba apenas, cargada de todo lo que había imaginado durante la noche.
Ella no le dio margen y lo interrumpió con una precisión casi mecánica:
—Cariño, no vengas hoy —dijo con una calma que no dejaba espacio a réplica—. Mejor mañana. No me ha dado tiempo de hacer nada con él… pero hoy sí. Hoy lo haré de verdad.

Su marido se quedó en silencio, descolocado, ardiendo de inseguridad, sin saber si protestar o tragarse lo que aquello insinuaba. Balbuceó que habían quedado en hoy, que ya estaba listo, que no entendía por qué cambiaba los planes.

Ella lo escuchó sin inmutarse… y sonrió, porque ya sabía que lo tenía atrapado.
Apretó un poco más, con esa suavidad que a él siempre lo doblaba.
—Si vienes ahora, no habrá nada —dijo, serena, casi indulgente—. Pero si me dejas quedarme otra noche… hoy tendrás exactamente las fotos que querías. Las que te quedaste esperando anoche. Las que te tuvieron toda la noche imaginando cosas.

Él se quedó callado, atrapado en el mismo juego que había querido iniciar, sin darse cuenta de que acababa de entregarle todo el control. Balbuceó un “sí” que sonó más a rendición que a acuerdo. Ella reconoció al instante ese tono suyo, esa mezcla torpe de celos y deseo que siempre aparecía cuando cedía… y sonrió.

Colgó el móvil con la satisfacción tranquila de quien sabe que ha movido las piezas exactas: otra noche asegurada con su compañero de trabajo, una noche que su propio marido había autorizado sin entender lo que hacía.

Fue en ese instante cuando la realidad la atravesó con una claridad casi cruel: su marido ya no podía darle lo que ella necesitaba, lo que acababa de encontrar en un hombre más joven con una polla que la había dejado temblando a sus cincuenta y uno. Y esa certeza —tan simple, tan definitiva— convirtió la palabra “divorcio” en algo tentador, casi liberador.

FIN
 

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La noche que la acompañé hasta perderla - Última parte
Ambos cayeron sudorosos y exhaustos sobre la cama, el aire aún vibrando con el calor que habían dejado entre las sábanas. Ella cerró los ojos y sintió cómo el semen se deslizaba desde el interior de su coño hacia la tela, una corriente tibia que la hizo estremecerse. La habitación olía a sexo, un aroma denso y pegado a la piel, mezclado con el sudor que aún les perlaba el cuerpo. Él la rodeó con los brazos, acercándose y lamiendo uno de sus pechos con una mirada cargada de morbo, fascinado por lo parecidos que eran a los de su madre, un detalle que lo encendía de una forma que no intentaba ocultar.

Aagotada, dejó que ese contacto la arrastrara al ritmo lento de su respiración, y poco a poco ambos fueron cediendo al sueño, quedándose dormidos uno al lado del otro, rendidos y ajenos a todo.

Solo entonces quedó a la vista, entre las sábanas arrugadas, el móvil de ella, aún encendido y lleno de mensajes de su marido, todos sin leer, todos ignorados sin que ella siquiera lo hubiera notado.

Al despertarse a la mañana siguiente, el chaval seguía boca abajo, profundamente dormido. Ella se incorporó despacio, notando aún el semen en su interior, un recordatorio silencioso de lo que había ocurrido durante la noche.
Lo miró, y el tamaño de su polla —tan evidente incluso en reposo— la calentó al instante. La comparación con su marido fue automática: él jamás había tenido nada que se acercara a eso, ni siquiera en sus mejores días, y la simple constatación la encendió aún más.

Sintió el impulso de tocarla y estiró la mano… pero justo entonces él se giró, dejándola frente a su cuerpo joven y despreocupado, robándole el aliento sin proponérselo. Sin pensarlo, se inclinó y le acarició lentamente la cabeza, y ese gesto —tan íntimo, tan natural— le reveló al instante aquello que llevaba intentando ignorar desde la noche anterior: se estaba enamorando de él.

Aún con ese temblor en el cuerpo, se sentó en el borde de la cama. Cogió el móvil sin haber reparado en ningún momento en los mensajes que habían llegado durante la noche, y solo entonces vio la avalancha de notificaciones de su marido consciente de que ya no podía volver a mirarlo igual. Los repasó en silencio, sintiendo cómo cada uno pesaba más que el anterior, y finalmente pulsó el botón de llamar.

Él contestó al instante, con la voz rota por la noche en vela. Estaba dolido, enfadado, agotado de esperar unas fotos que nunca llegaron. Cada frase era un reproche disfrazado de preocupación, como si necesitara que ella le explicara algo que no iba a decirle.

Ella mintió sin dudar: que exageraba, que solo habían salido a cenar, que no envió fotos porque no había nada que mostrar. Que todo era inseguridad suya. Que debía confiar, que no tenía sentido montar un drama por una noche tan normal.

Él contestó enseguida, ya vestido, ya listo, aferrado a la ilusión ingenua de ir a buscarla. Su voz temblaba apenas, cargada de todo lo que había imaginado durante la noche.
Ella no le dio margen y lo interrumpió con una precisión casi mecánica:
—Cariño, no vengas hoy —dijo con una calma que no dejaba espacio a réplica—. Mejor mañana. No me ha dado tiempo de hacer nada con él… pero hoy sí. Hoy lo haré de verdad.

Su marido se quedó en silencio, descolocado, ardiendo de inseguridad, sin saber si protestar o tragarse lo que aquello insinuaba. Balbuceó que habían quedado en hoy, que ya estaba listo, que no entendía por qué cambiaba los planes.

Ella lo escuchó sin inmutarse… y sonrió, porque ya sabía que lo tenía atrapado.
Apretó un poco más, con esa suavidad que a él siempre lo doblaba.
—Si vienes ahora, no habrá nada —dijo, serena, casi indulgente—. Pero si me dejas quedarme otra noche… hoy tendrás exactamente las fotos que querías. Las que te quedaste esperando anoche. Las que te tuvieron toda la noche imaginando cosas.

Él se quedó callado, atrapado en el mismo juego que había querido iniciar, sin darse cuenta de que acababa de entregarle todo el control. Balbuceó un “sí” que sonó más a rendición que a acuerdo. Ella reconoció al instante ese tono suyo, esa mezcla torpe de celos y deseo que siempre aparecía cuando cedía… y sonrió.

Colgó el móvil con la satisfacción tranquila de quien sabe que ha movido las piezas exactas: otra noche asegurada con su compañero de trabajo, una noche que su propio marido había autorizado sin entender lo que hacía.

Fue en ese instante cuando la realidad la atravesó con una claridad casi cruel: su marido ya no podía darle lo que ella necesitaba, lo que acababa de encontrar en un hombre más joven con una polla que la había dejado temblando a sus cincuenta y uno. Y esa certeza —tan simple, tan definitiva— convirtió la palabra “divorcio” en algo tentador, casi liberador.

FIN
Una maravilla de relato
 
La noche que la acompañé hasta perderla - Última parte
Ambos cayeron sudorosos y exhaustos sobre la cama, el aire aún vibrando con el calor que habían dejado entre las sábanas. Ella cerró los ojos y sintió cómo el semen se deslizaba desde el interior de su coño hacia la tela, una corriente tibia que la hizo estremecerse. La habitación olía a sexo, un aroma denso y pegado a la piel, mezclado con el sudor que aún les perlaba el cuerpo. Él la rodeó con los brazos, acercándose y lamiendo uno de sus pechos con una mirada cargada de morbo, fascinado por lo parecidos que eran a los de su madre, un detalle que lo encendía de una forma que no intentaba ocultar.

Aagotada, dejó que ese contacto la arrastrara al ritmo lento de su respiración, y poco a poco ambos fueron cediendo al sueño, quedándose dormidos uno al lado del otro, rendidos y ajenos a todo.

Solo entonces quedó a la vista, entre las sábanas arrugadas, el móvil de ella, aún encendido y lleno de mensajes de su marido, todos sin leer, todos ignorados sin que ella siquiera lo hubiera notado.

Al despertarse a la mañana siguiente, el chaval seguía boca abajo, profundamente dormido. Ella se incorporó despacio, notando aún el semen en su interior, un recordatorio silencioso de lo que había ocurrido durante la noche.
Lo miró, y el tamaño de su polla —tan evidente incluso en reposo— la calentó al instante. La comparación con su marido fue automática: él jamás había tenido nada que se acercara a eso, ni siquiera en sus mejores días, y la simple constatación la encendió aún más.

Sintió el impulso de tocarla y estiró la mano… pero justo entonces él se giró, dejándola frente a su cuerpo joven y despreocupado, robándole el aliento sin proponérselo. Sin pensarlo, se inclinó y le acarició lentamente la cabeza, y ese gesto —tan íntimo, tan natural— le reveló al instante aquello que llevaba intentando ignorar desde la noche anterior: se estaba enamorando de él.

Aún con ese temblor en el cuerpo, se sentó en el borde de la cama. Cogió el móvil sin haber reparado en ningún momento en los mensajes que habían llegado durante la noche, y solo entonces vio la avalancha de notificaciones de su marido consciente de que ya no podía volver a mirarlo igual. Los repasó en silencio, sintiendo cómo cada uno pesaba más que el anterior, y finalmente pulsó el botón de llamar.

Él contestó al instante, con la voz rota por la noche en vela. Estaba dolido, enfadado, agotado de esperar unas fotos que nunca llegaron. Cada frase era un reproche disfrazado de preocupación, como si necesitara que ella le explicara algo que no iba a decirle.

Ella mintió sin dudar: que exageraba, que solo habían salido a cenar, que no envió fotos porque no había nada que mostrar. Que todo era inseguridad suya. Que debía confiar, que no tenía sentido montar un drama por una noche tan normal.

Él contestó enseguida, ya vestido, ya listo, aferrado a la ilusión ingenua de ir a buscarla. Su voz temblaba apenas, cargada de todo lo que había imaginado durante la noche.
Ella no le dio margen y lo interrumpió con una precisión casi mecánica:
—Cariño, no vengas hoy —dijo con una calma que no dejaba espacio a réplica—. Mejor mañana. No me ha dado tiempo de hacer nada con él… pero hoy sí. Hoy lo haré de verdad.

Su marido se quedó en silencio, descolocado, ardiendo de inseguridad, sin saber si protestar o tragarse lo que aquello insinuaba. Balbuceó que habían quedado en hoy, que ya estaba listo, que no entendía por qué cambiaba los planes.

Ella lo escuchó sin inmutarse… y sonrió, porque ya sabía que lo tenía atrapado.
Apretó un poco más, con esa suavidad que a él siempre lo doblaba.
—Si vienes ahora, no habrá nada —dijo, serena, casi indulgente—. Pero si me dejas quedarme otra noche… hoy tendrás exactamente las fotos que querías. Las que te quedaste esperando anoche. Las que te tuvieron toda la noche imaginando cosas.

Él se quedó callado, atrapado en el mismo juego que había querido iniciar, sin darse cuenta de que acababa de entregarle todo el control. Balbuceó un “sí” que sonó más a rendición que a acuerdo. Ella reconoció al instante ese tono suyo, esa mezcla torpe de celos y deseo que siempre aparecía cuando cedía… y sonrió.

Colgó el móvil con la satisfacción tranquila de quien sabe que ha movido las piezas exactas: otra noche asegurada con su compañero de trabajo, una noche que su propio marido había autorizado sin entender lo que hacía.

Fue en ese instante cuando la realidad la atravesó con una claridad casi cruel: su marido ya no podía darle lo que ella necesitaba, lo que acababa de encontrar en un hombre más joven con una polla que la había dejado temblando a sus cincuenta y uno. Y esa certeza —tan simple, tan definitiva— convirtió la palabra “divorcio” en algo tentador, casi liberador.

FIN
Como tu dices, la perdio. Pero creo que no fue cuando el chaval al follo, fue cuando ella decidio mentirle
 
-Estrenando cuernos-

El lleva meses rogándole que cumpla su fantasía de hacerle cornudocon su amigo senegalés, ella al final accede a realizar su primer interracial en la habitación de un hotel que su marido les ha pagado..
Sensacional!
 
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