Dibujos Animados de Castidad y Cornudos (Chastity & Cuckolding Cartoon)

El precio de sus errores - 1

En Tenerife, donde los días parecían no terminar nunca, Nuria, 34 años, trabajaba como administrativa en una empresa de muebles. Era una mujer práctica, resistente, acostumbrada a cargar más responsabilidades de las que decía en voz alta. En la oficina la conocían por su eficacia… y también por su cuerpo, porque más de un compañero —incluidos los dos jefes— le había tirado los tejos sin demasiada sutileza. A ella le gustaba vestir con body bajo la ropa, por comodidad y porque le hacía sentir sujeta, ordenada, incluso en los días más caóticos.

Alex, 44 años, electricista, era capaz de arreglar cualquier avería menos las suyas. Tenía buen corazón, pero su adicción a las apuestas deportivas —fútbol, NBA, lo que fuera con tal de sentir el subidón— lo había ido metiendo en un pozo del que ya no sabía salir. Y esta vez, lo sabía, había ido demasiado lejos.

Llevaban casi diez años juntos, cinco de casados, y tenían una hija pequeña que esa semana no estaba en casa: se quedaba con los padres de Nuria, porque ambos trabajaban y el campamento de verano aún no había empezado. La casa, por primera vez en mucho tiempo, estaba en silencio. Un silencio espeso, lleno de huecos, que a Nuria le venía bien: le daba aire, espacio, una calma que hacía tiempo no sentía. A Alex, en cambio, ese mismo silencio lo estaba asfixiando, porque no había ruidos que taparan lo que él sabía que había hecho.

Ese peso se hizo aún más evidente cuando Nuria llegó de trabajar, dejó el bolso en el recibidor y cruzó junto a la cocina sin dirigirle una mirada. No se detuvo ni un segundo: pasó de largo con esa frialdad cansada que solo aparece después de tantos días de discusiones y se fue directamente al baño, con prisa por ducharse. Tenía la cena de verano con los del gimnasio y necesitaba despejarse antes de pensar en nada más.

La cena llevaba rondándole la cabeza desde por la mañana. En el gimnasio al que se apuntó tras el embarazo más de uno le había tirado la caña con descaro, y aún recordaba las miradas y las insinuaciones entre máquinas y sudor. Desde que nació la pequeña, su vida sexual con Alex se había vuelto casi inexistente, apagada por el cansancio y las discusiones.

Con ese pensamiento todavía latiendo, Nuria entró en el baño agotada del trabajo, con ese cansancio que se le marcaba en los hombros. Necesitaba la ducha desde antes de llegar a casa. Abrió el grifo y el vapor empezó a llenar el baño, pegándose a su piel. Cuando el agua golpeó el suelo de la ducha, se metió bajo el chorro y dejó que el calor la envolviera. Su melena negra, larga hasta la cintura, se le pegó a la espalda mientras cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, dejando que el agua le recorriera la nuca y bajara por la columna en un hilo lento que empezaba, por fin, a relajarla.

Tomó el gel y lo extendió entre las manos antes de deslizarlo por el cuello y los hombros. La espuma se formó rápido, blanca y densa, resbalando por sus enormes pechos y siguiendo la curva natural de su cuerpo sin detenerse. Bajó las manos por el vientre, y la espuma descendió con ellas, cubriendo su coño hasta que quedó oculto bajo una capa suave que continuó su camino hacia los muslos.

En ese mismo instante, lejos del vapor y la calma del baño, el timbre sonó con un DING DONG que a Alex le heló la sangre. Al abrir, encontró a los tres hombres que llevaba días temiendo: el mayor, de más de cincuenta, acompañado por un tipo corpulento de unos treinta y un chaval rubio que apenas llegaba a la veintena. Venían a cobrar la deuda. Intentó suplicarles un aplazamiento, pero ellos ya estaban cansados de sus excusas; empujaron la puerta y entraron a la fuerza en su domicilio.
 

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El precio de sus errores - 1

En Tenerife, donde los días parecían no terminar nunca, Nuria, 34 años, trabajaba como administrativa en una empresa de muebles. Era una mujer práctica, resistente, acostumbrada a cargar más responsabilidades de las que decía en voz alta. En la oficina la conocían por su eficacia… y también por su cuerpo, porque más de un compañero —incluidos los dos jefes— le había tirado los tejos sin demasiada sutileza. A ella le gustaba vestir con body bajo la ropa, por comodidad y porque le hacía sentir sujeta, ordenada, incluso en los días más caóticos.

Alex, 44 años, electricista, era capaz de arreglar cualquier avería menos las suyas. Tenía buen corazón, pero su adicción a las apuestas deportivas —fútbol, NBA, lo que fuera con tal de sentir el subidón— lo había ido metiendo en un pozo del que ya no sabía salir. Y esta vez, lo sabía, había ido demasiado lejos.

Llevaban casi diez años juntos, cinco de casados, y tenían una hija pequeña que esa semana no estaba en casa: se quedaba con los padres de Nuria, porque ambos trabajaban y el campamento de verano aún no había empezado. La casa, por primera vez en mucho tiempo, estaba en silencio. Un silencio espeso, lleno de huecos, que a Nuria le venía bien: le daba aire, espacio, una calma que hacía tiempo no sentía. A Alex, en cambio, ese mismo silencio lo estaba asfixiando, porque no había ruidos que taparan lo que él sabía que había hecho.

Ese peso se hizo aún más evidente cuando Nuria llegó de trabajar, dejó el bolso en el recibidor y cruzó junto a la cocina sin dirigirle una mirada. No se detuvo ni un segundo: pasó de largo con esa frialdad cansada que solo aparece después de tantos días de discusiones y se fue directamente al baño, con prisa por ducharse. Tenía la cena de verano con los del gimnasio y necesitaba despejarse antes de pensar en nada más.

La cena llevaba rondándole la cabeza desde por la mañana. En el gimnasio al que se apuntó tras el embarazo más de uno le había tirado la caña con descaro, y aún recordaba las miradas y las insinuaciones entre máquinas y sudor. Desde que nació la pequeña, su vida sexual con Alex se había vuelto casi inexistente, apagada por el cansancio y las discusiones.

Con ese pensamiento todavía latiendo, Nuria entró en el baño agotada del trabajo, con ese cansancio que se le marcaba en los hombros. Necesitaba la ducha desde antes de llegar a casa. Abrió el grifo y el vapor empezó a llenar el baño, pegándose a su piel. Cuando el agua golpeó el suelo de la ducha, se metió bajo el chorro y dejó que el calor la envolviera. Su melena negra, larga hasta la cintura, se le pegó a la espalda mientras cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, dejando que el agua le recorriera la nuca y bajara por la columna en un hilo lento que empezaba, por fin, a relajarla.

Tomó el gel y lo extendió entre las manos antes de deslizarlo por el cuello y los hombros. La espuma se formó rápido, blanca y densa, resbalando por sus enormes pechos y siguiendo la curva natural de su cuerpo sin detenerse. Bajó las manos por el vientre, y la espuma descendió con ellas, cubriendo su coño hasta que quedó oculto bajo una capa suave que continuó su camino hacia los muslos.

En ese mismo instante, lejos del vapor y la calma del baño, el timbre sonó con un DING DONG que a Alex le heló la sangre. Al abrir, encontró a los tres hombres que llevaba días temiendo: el mayor, de más de cincuenta, acompañado por un tipo corpulento de unos treinta y un chaval rubio que apenas llegaba a la veintena. Venían a cobrar la deuda. Intentó suplicarles un aplazamiento, pero ellos ya estaban cansados de sus excusas; empujaron la puerta y entraron a la fuerza en su domicilio.
Ummmm muy buena pinta
 
El precio de sus errores - 2

Mientras tanto, Nuria seguía en el baño, completamente ajena a lo que ocurría fuera. Acababa de salir de la ducha, con la piel aún húmeda y el vapor tibio pegado a las paredes. Se había tomado su tiempo en perfilar el triángulo de vello oscuro y rizado que tenía esculpido en su coño y que llevaba siempre tan cuidado, haciéndolo un poco más reducido de como habitualmente lo llevaba, un gesto íntimo que le daba la sensación de estar preparada para lo que pudiera suceder esa noche después de la cena con los del gimnasio.

Ahora, envuelta en el albornoz rosa y con el cubrecabezas verde sujetándole la melena húmeda, se inclinaba hacia el espejo para pintarse las pestañas, concentrada en cada trazo como si fuera parte de un ritual secreto. Sobre la cama aguardaba el vestido que pensaba ponerse para atraer miradas, y junto a él un conjunto de lencería negro, delicado y provocador: un sujetador de encaje semitransparente y un tanga de hilo a juego.

Mientras se preparaba, la idea de acabar en otra cama se le dibujaba con nitidez, y esa mezcla de excitación y enfado con su marido la mantenía en vilo, con el pulso acelerado… justo cuando un golpe seco en la entrada la hizo detener la mano y alzar la vista, sorprendida.

Sujetándose el albornoz con una mano, salió del baño aún envuelta en el vapor tibio y caminó hasta el comedor. Desde allí alcanzó a ver a Alex, arrinconado por los tres hombres, y su expresión se tensó justo en el instante en que él murmuraba que ella no sabía nada, que no tenía por qué verse envuelta en aquello.

Asustada retrocedió hacia el pasillo, donde cogió el bate de béisbol colgado en la pared, e irrumpió en el comedor con él en ambas manos. El movimiento brusco al entrar hizo que la tela mojada del albornoz cediera de golpe, abriendo un escote amplio que insinuaba casi por completo sus pechos. Ella, centrada en Alex, ni se dio cuenta.

Los tres hombres se giraron al instante. El más corpulento levantó el arma hacia ella con un gesto seco, apuntándole directamente al rostro, aunque su mirada descendió sin disimulo hacia la abertura del albornoz. El más mayor, dio un paso al frente y se presentó como el responsable del grupo, sin apartar los ojos de lo que la tela apenas sugería.

—Señora —dijo con una frialdad que helaba el aire—, su marido nos debe una cantidad considerable en apuestas deportivas. Hemos venido a cobrar la deuda.

—¿Apuestas…? —murmuró ella, confirmando al fin lo que llevaba tiempo temiendo.
 

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El precio de sus errores - 3

—Venga, cálmese —añadió, con una falsa amabilidad que sonaba a amenaza—. Seguro que podemos solucionarlo de forma amistosa.

Mientras hablaba, le retiró el bate con una suavidad forzada, sin apartar la mirada del escote que se abría cada vez más con los movimientos de Nuria. Ella notó esa mirada, pero la rabia contra su marido era más fuerte: se giró hacia Alex y empezó a recriminarle su adicción a las apuestas mientras él solo alcanzaba a implorarle perdón una y otra vez.

Entonces, el hombre dio un paso hacia ella y le informó de que la deuda ascendía a treinta mil euros, helándole la nuca.
—¡Joder! —escapó de su boca antes de dejarse caer en el sofá.

Alex estaba hundido en el sofá, lloriqueando, incapaz de afrontar la situación que él mismo había provocado con sus deudas. Ella lo atravesó con un destello de furia, murmurando entre dientes qué demonios había hecho. Él intentó llegar a un acuerdo proponiendo un nuevo aplazamiento, un último intento desesperado por ganar tiempo. El jefe de los acreedores escuchó la petición del marido y luego la miró a ella, lento, con una atención que parecía palparla más que observarla. Después de sopesarlo unos segundos, asintió y la aceptó, dejando caer que esta vez el coste recaería sobre su mujer, con un tono que insinuaba que Nuria sería la moneda de cambio. Ella se quedó pensativa, sin comprender del todo a qué se refería, aunque empezaba a intuirlo, mientras que Alex seguía ajeno a lo que aquella propuesta implicaba para su esposa.

Fue entonces cuando los otros dos, de pie frente al sofá, dejaron claro con sus miradas lo que codiciaban. Sus ojos recorrían el albornoz con hambre contenida, devorando el escote abierto como si la tela fuese apenas un estorbo. El rubio, situado justo enfrente, alcanzó a ver más: el descuido de Nuria al anudar la prenda había dejado una abertura floja que dejaba entrever entre sombras, el vello oscuro de su coño. Un detalle mínimo, casi imperceptible, que lo atrapó al instante; se quedó clavado en esa visión, con los ojos ardiendo, disfrutando del privilegio de ser el único en advertirlo. Y, ansioso por sellar lo que aquella imagen había desatado, apremió a la pareja a aceptar el trato, insistiendo en que era un acuerdo justo.

Desesperado, Alex buscó su móvil para intentar una llamada, pero Nuria lo detuvo antes de que pudiera marcar.
—Déjalo ya, Alex —dijo, levantando su cabeza—. Haré lo que quieran para pagar ese aplazamiento.

Esas palabras cerraron el trato; ya no podría oponerse. Aún no entendía del todo lo que había aceptado, aunque sus miradas empezaban a decírselo.
 

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El precio de sus errores - 4

Alex dio un paso hacia ella, la voz quebrada por el pánico al intentar detenerla.
—Nuria… no lo hagas. Por favor.

Ella levantó la mirada. No había miedo en sus ojos, sino una furia tan afilada que casi lo obligó a retroceder. A un lado, el hombre observaba la escena como si todo aquello fuera un juego que ya conocía de memoria.

Nuria apretó los dientes, temblando de rabia. La tensión le recorría el cuerpo entero, como si cada músculo estuviera sosteniendo algo que estaba a punto de romperse.
—¿Crees que quiero hacer esto, idiota? —escupió, sin apartar la mirada de Alex.

Él intentó responder, pero ella lo silenció antes de que pudiera articular palabra. El temblor en su voz la traicionó cuando habló de nuevo.
—No me mires así… no tengo otra opción.

Nuria se arrancó el cubrecabezas sin pensarlo, como quien quiere quitarse de encima el último obstáculo. Su melena cayó de golpe sobre la espalda, marcando un cambio en ella: ya no estaba temblando, estaba harta de su marido.

—¡Cállate ya, Alex! —le cortó, sin mirarlo.

No quería alargarlo más. Sus manos fueron directas al nudo del albornoz; lo tanteó un segundo y tiró con firmeza. El lazo cedió y la tela se aflojó, resbalando por sus hombros. Nuria abrió los brazos y permitió que la prenda se deslizara hacia abajo, hasta caer a sus pies dejándola completamente desnuda.

Sus pechos eran enormes y redondeados, perfectamente simétricos y firmes, ocupando gran parte de su torso. Los pezones rosados y prominentes se erguían en ellos debido al temblor por lo que estaba por venir.

Entre sus muslos quedaba expuesto su hermoso coño, un triángulo perfecto poblado de un espeso vello rizado y oscuro, recortado con precisión. Lo que había sido apenas un descuido —la abertura floja del albornoz ya lo había dejado entrever— ahora se convertía en una exposición inevitable, algo que ella se veía obligada a ofrecer de forma desinhibida.

Alex dio un paso adelante, fuera de sí.

—¡Joder, qué estás haciendo, Nuria!
 

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El precio de sus errores - 4

Alex dio un paso hacia ella, la voz quebrada por el pánico al intentar detenerla.
—Nuria… no lo hagas. Por favor.

Ella levantó la mirada. No había miedo en sus ojos, sino una furia tan afilada que casi lo obligó a retroceder. A un lado, el hombre observaba la escena como si todo aquello fuera un juego que ya conocía de memoria.

Nuria apretó los dientes, temblando de rabia. La tensión le recorría el cuerpo entero, como si cada músculo estuviera sosteniendo algo que estaba a punto de romperse.
—¿Crees que quiero hacer esto, idiota? —escupió, sin apartar la mirada de Alex.

Él intentó responder, pero ella lo silenció antes de que pudiera articular palabra. El temblor en su voz la traicionó cuando habló de nuevo.
—No me mires así… no tengo otra opción.

Nuria se arrancó el cubrecabezas sin pensarlo, como quien quiere quitarse de encima el último obstáculo. Su melena cayó de golpe sobre la espalda, marcando un cambio en ella: ya no estaba temblando, estaba harta de su marido.

—¡Cállate ya, Alex! —le cortó, sin mirarlo.

No quería alargarlo más. Sus manos fueron directas al nudo del albornoz; lo tanteó un segundo y tiró con firmeza. El lazo cedió y la tela se aflojó, resbalando por sus hombros. Nuria abrió los brazos y permitió que la prenda se deslizara hacia abajo, hasta caer a sus pies dejándola completamente desnuda.

Sus pechos eran enormes y redondeados, perfectamente simétricos y firmes, ocupando gran parte de su torso. Los pezones rosados y prominentes se erguían en ellos debido al temblor por lo que estaba por venir.

Entre sus muslos quedaba expuesto su hermoso coño, un triángulo perfecto poblado de un espeso vello rizado y oscuro, recortado con precisión. Lo que había sido apenas un descuido —la abertura floja del albornoz ya lo había dejado entrever— ahora se convertía en una exposición inevitable, algo que ella se veía obligada a ofrecer de forma desinhibida.

Alex dio un paso adelante, fuera de sí.

—¡Joder, qué estás haciendo, Nuria!
Ummmm viene lo bueno
 
El precio de sus errores - 5

El moreno fue el primero en moverse, acercándose con una calma que heló el aire a su alrededor. Su sola proximidad bastó para que Nuria entendiera lo que venía. Tragó saliva y buscó la mirada de su marido: no quería que apartara los ojos, no quería que escapara de la culpa. Tenía que verlo. Tenía que presenciar lo que ella estaba a punto de asumir para pagar el aplazamiento.

—¡No te atrevas! —estalló, señalándose los ojos con dos dedos antes de apuntarlos hacia él, obligándolo a mirarla.
—¡Mírame! —escupió con rabia—. Esto es lo que han conseguido tus malditas apuestas.

El chico más joven aprovechó el instante en que ella discutía con su marido para sujetarla por detrás, inmovilizándola sin darle tiempo a reaccionar adueñándose de sus pechos y apretando con fuerza sus pezones endurecidos, se volvió hacia Alex con una sonrisa torcida.
—Joder, tío… menudas tetazas tiene tu mujer…ahora entiendo por qué tiene tanto éxito en la tienda de muebles.

Ella lo escuchó aterrorizada; en cuanto oyó la frase, sintió un vuelco en el estómago. Ellos sabían perfectamente dónde trabajaba, y que lo dijera así, delante de su marido, no era una simple burla. Era una advertencia. Una que ella entendió al instante.

Nuria, sabiendo que no tenía otra opción, se dejó caer frente a él, temblando intensamente al ver lo enorme que era su miembro. Este la agarró por la cabeza, guiándola hacia él sin margen de escape. Nuria lo entendió abrió su boca y el sujetándola por la nuca introdujo su polla dentro de su garganta haciendo que sus ojos se abrieran como platos. Él soltó un gemido grave, satisfecho, mientras la sujetaba de la nuca y la empujaba con firmeza: —¡Eso es, preciosa, cómetela entera!

Sin darle ni un momento de respiro, el chico la empujó con fuerza hacia delante, llevándola directamente hacia su compañero. Con un tono autoritario, le ordenó que se arrodillara y comenzara a chuparle la polla. Nuria, consciente de que no tenía escapatoria, sintió cómo las rodillas le golpeaban el suelo mientras levantaba la vista hacia él. La visión de su enorme miembro la hizo temblar intensamente, maravillada y aterrada al mismo tiempo por el tamaño.

El negro, impaciente por recibir placer, la guió sin contemplaciones hacia su polla. Nuria, entendiendo lo que se esperaba de ella, abrió la boca todo lo que pudo mientras él la sujetaba de la nuca y empujaba su rabo hacia el interior de su garganta, provocando que sus ojos se desorbitaran por lo descomunal que era. Con un tono grave, murmuró:

—Eso es, preciosa, cómetela entera.

El marido contemplaba la escena, obligado a ver cómo su mujer mamaba la polla del negro por culpa de sus deudas. Ella lo escuchó sollozar y, enfadada, detuvo la mamada, apartando su polla de la boca para recriminarle:
—¡Estoy harta de tus apuestas deportivas!

El negro, con el miembro aún en la mano, le indicó que continuara, y Nuria, sin salida, obedeció. Se inclinó de nuevo, retomando la mamada con una mezcla de rabia y humillación; selló los labios y siguió el ritmo que él imponía con la mano firme sobre su cabeza, respirando entrecortada y sin posibilidad de detenerse.

El joven rubio, ansioso por participar, aguardaba a pocos metros; sus ojos devoraban la escena mientras veía cómo ella devoraba la polla de su compañero. Nuria levantó la mirada y lo vio acercarse paso a paso. No pudo evitar fijarse en el enorme bulto que se le marcaba en el pantalón, y en ese instante comprendió con absoluta claridad que tendría que repetir lo mismo con él.

Cuando por fin estuvo a su lado, no quiso esperar más: bajó la bragueta y dejó al descubierto otra enorme polla, reclamando su turno de ser complacido. Nuria lo entendió de inmediato; no esperó nuevas instrucciones. Giró la cabeza, dejó atrás al primero y abrió la boca mostrando la lengua para recibir al segundo. Al hacerlo, cerró los labios y empezó a mamar su polla, moviendo la cabeza de arriba abajo en un esfuerzo por encontrar un buen ritmo en la succión que estaba realizando.

Excitado al verla entregarse con tanta intensidad y consciente de cómo la miraba su marido, el rubio se inclinó hacia ella y, con un tono burlón, soltó: “¡Joder con tu mujer, cómo la chupa, tío!”, mientras hacía un gesto a su compañero para que se acercara y se colocara también frente a ella.

Nuria se inclinó hacia ambos, obedeciendo sin remedio, y comenzó a chuparlas alternándolas, consciente de que no podía tratarlas igual. Eran mucho más grandes y gordas que la de su marido, y cada una imponía su propio ritmo en su boca, obligándola a variar la mamada y a ajustar labios y lengua según lo que le exigían. En medio de ese esfuerzo, apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando los dos, al mismo instante, cogieron sus pollas con las manos y se las metieron a la fuerza, obligándola a abrir más de lo que podía y ahogándola con la presión simultánea.

Ellos, satisfechos, la observaron mientras se atragantaba, y solo entonces sacaron sus pollas de dentro de su boca, complacidos por verla tan sometida. Nuria apenas tuvo un instante para recuperar el aire, y en ese mismo momento comprendió con un escalofrío que aquello solo era el principio.

Sin darle respiro, el rubio la obligó a ponerse a cuatro patas en el sofá, hundiéndole la cara contra el tapizado para remarcar su dominio. Entonces, mirando al negro con gesto frío, le ordenó: “¡Azótala, que sepa lo que le pasará si en un mes su marido no paga!”.

Nuria, atrapada, sintió el terror recorrerle el cuerpo y pensó con desesperación: “¡Joder, no… cualquier cosa menos eso!”.
 

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El precio de sus errores - 6

El primer latigazo le cayó directo en el culo con una violencia que le arrancó el aire de golpe. El impacto resonó en toda la sala, seco, brutal, y la dobló contra el sofá, haciéndole morder el tapizado con desesperación para no gritar, mientras él, implacable, le recordaba los 30.000 euros de la deuda de su marido, como si cada cifra fuera otro golpe más.

El segundo la atravesó de lleno; esta vez no pudo contenerse y un chillido desgarrado se le escapó sin remedio. Las lágrimas brotaron al instante, calientes y desordenadas, resbalando por su cara mientras intentaba recuperar el aliento.

Alex, desesperado, dio un paso hacia ellos, la voz rota por el pánico:
—¡Sí, os pagaré, PERO YA!

Nuria, entre sollozos, consiguió levantar un poco la cabeza y forzar las palabras entre la respiración rota:
—¡Mi marido os pagará… si él no lo hace, lo haré yo, de la forma que sea!

Él no respondió. Solo levantó el brazo y le propinó otro azote más, seco y directo, que la hizo encogerse sobre el sofá.
—Silencio —ordenó con una frialdad absoluta—. Solo habla cuando te lo indiquemos.

El hombre mayor, sentado junto a su marido, levantó la mano para pausar la situación. El negro se detuvo al instante, la hizo girar colgándole su cinturón en el cuello y se colocó detrás de ella. Nuria seguía en el sofá a cuatro patas, temblando, incapaz de recomponerse.

Con una sonrisa maliciosa y lujuriosa, él separó sus nalgas. Al hacerlo, dejó al descubierto ante todos los presentes un coño prieto en un estado de latencia, pero a la vez lleno de ansiosa espera. Sus labios rasurados y juntos eran testimonio de la escasa actividad sexual que Nuria mantenía con su marido, pero en ese momento relucían por la lubricación fruto de su excitación, provocada por los azotes que había recibido anteriormente, y la evidente humedad dejaba entrever que estaba lista para ser penetrada.

—Mira —informó a su compañero con una sonrisa cínica—. Los azotes han logrado excitarla, ¡su coñito está listo para el próximo paso!

El otro se desató también su cinturón y le ató las manos al reposabrazos, sujetando al mismo tiempo el que tenía en el cuello para inmovilizarla. Nuria sintió cómo la vergüenza le abrasaba el rostro, cada vez más consciente de que todo estaba a punto de intensificarse y de que su excitación se había hecho evidente ante todos los presentes.
 

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El precio de sus errores - 7

El negro, con la respiración pesada y lujuriosa, apoyó una mano contra las caderas de Nuria, notando cómo temblaban de miedo y anticipación. Con la otra mano, agarró con fuerza su gruesa y erguida polla, dirigiéndola decididamente hacia la entrada de su húmedo y palpitante coño. Mientras la sujetaban, Nuria se giró ligeramente en el sofá, a pesar de que el otro hombre sostenía con fuerza el cinturón en torno a su cuello, restringiendo sus movimientos y añadiendo un elemento de sumisión a la escena.

Sus manos temblorosas estaban atadas a los reposabrazos del sofá, dejándola vulnerable y completamente a merced de los deseos de los hombres.

Incapaz de contenerse por más tiempo, el negro hizo presión con su polla contra la entrada de su coño, sintiendo cómo sus labios se abrían a la fuerza para dar paso a su glande. Nuria emitió un gemido grave de miedo y anticipación mientras sentía la cabeza de su polla rozando contra la entrada de su abertura, impaciente por invadirla por completo. Su coño, hinchado y reluciente por su propio fluido, palpitaba con furor a medida que el negro jugueteaba con la entrada, saboreando cada instante de sumisión antes de la inminente penetración.

Con un movimiento brusco y decidido, el negro empujó su polla profundamente dentro de Nuria, que gritó de dolor al sentir cómo aquella polla la llenaba como nunca antes nadie y empezaba a follarla. Sus embestidas eran potentes y rítmicas, haciendo que los pechos de Nuria se agitaran rítmicamente y se balancearan hacia delante y hacia atrás con cada penetración.

Pronto, el otro tomó con fuerza el cinturón y tiró violentamente de él, agarrando con firmeza la nuca de Nuria y obligándola a dirigirse a su polla erecta. En ese instante, ella sintió cómo esta presionaba sus labios, incitándola a abrir la boca. Sin mayor dilación la abrió y comenzó a succionar con voracidad su polla, acompasando el ritmo con las embestidas que recibía en su coño.

A medida que lamía y chupaba, el negro desde atrás observaba cómo la cabeza de ella subía y bajaba de manera rítmica, lo cual evidenciaba claramente lo que estaba haciendo a su compañero, provocándole a penetrarla aún con mayor fuerza e intensidad.

Cada vez que lo hacía, Nuria se veía en la obligación de interrumpir abruptamente la mamada que llevaba a cabo, retirando así la polla de su boca para poder tomar aire y dejar escapar sus primeros gemidos de placer, que se mezclaban con los jadeos masculinos en un concierto de lujuria desenfrenada, mientras su coño y su boca eran, simultáneamente, utilizados por los dos hombres que disfrutaban de su cuerpo en ese instante.

De pie, cerca de ellos, el marido de Nuria, incapaz de soportar ver a su esposa siendo utilizada de esa manera, giró la cabeza con el corazón partido. Se negó a seguir mirándola sufrir en manos de aquellos hombres y, en ese instante, comprendió su total impotencia para detener lo que estaba sucediendo.
 

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El precio de sus errores - 8

El negro, con toda la fuerza de su imponente complexión, se dejó caer sobre el sofá, mientras el otro, con un movimiento habilidoso, soltaba el cinturón que mantenía los brazos sujetos al apoyabrazos. En cuanto quedó libre, tomó a Nuria por la cintura y, con absoluta destreza, la guió para colocarla encima de su polla, dejándola sentir su grosor y dureza al instante. Ella gritaba como si estuviera poseída, acatando las órdenes del negro mientras cabalgaba con ímpetu su polla siguiendo el ritmo intenso que él le marcaba, mientras este le agarraba por detrás sus enormes pechos.

Su joven compañero, no queriendo quedarse fuera de la diversión, se subió de pie al sofá y se colocó frente a ella, apoyando una mano en la pared para mantener el equilibrio mientras con la otra guiaba su erguida polla hacia la boca de Nuria. Ella, al sentir la insistente presión en sus labios, abrió la boca y dejó asomar la lengua, invitándolo a que colocara su miembro sobre ella. Al ver aquella señal, el chico no dudó en acolchar su polla sobre la lengua de Nuria, que, mirándolo fijamente a los ojos, cerró los labios alrededor de la polla y empezó a chupar.

Mientras su boca estaba ocupada chupando, su mente no podía dejar de enfocarse en la sensación intensa que le provocaba la polla que cabalgaba, sintiendo cómo cada movimiento golpeaba su punto G. En ese estado de éxtasis, la mezcla de estímulos era casi abrumadora: la presión que la llenaba por completo, la del joven rubio que ocupaba su boca y el calor de los cuerpos de los hombres presionándose contra el suyo.

Ese gesto —la lengua ofrecida, expuesta, esperando— no pasó desapercibido para el jefe de los acreedores. Observaba la escena desde el sillón, justo al lado del marido de Nuria, que permanecía de espaldas, rígido, incapaz de mirar lo que estaban haciendo con la madre de su hija. Aun así, lo oía todo: cada jadeo, cada golpe de aire, cada sonido que no podía ignorar por más que lo intentara.

El acreedor, con una sonrisa calculada para herir, inclinó apenas la cabeza hacia él y murmuró que ella ya mostraba señales claras de que empezaba a disfrutar. Añadió que, si no quería verlo, peor para él, porque estaba claro que ella estaba a punto de correrse. Sus palabras cayeron como una sentencia.

Y entonces ocurrió: una oleada la atravesó de golpe. Su cuerpo se tensó, se arqueó sin control y se corrió con una intensidad que la dejó sin aliento, perdida en algo que jamás había sentido con su marido.

Después de correrse, la vergüenza cayó sobre ella como un peso insoportable. Lo había hecho delante de su marido, que seguía allí, inmóvil, de espaldas, sin atreverse a mirar. Pero enseguida reparó en el hombre sentado en el sillón: él sí se había dado cuenta. La observaba con una expresión satisfecha mientras se desabrochaba la bragueta, indicándole al negro que la llevara hasta sus pies.

Ella se arrodilló ante él, y el hombre le indicó, con un leve movimiento de cabeza, que debía colocar la boca sobre su polla. Nuria estaba decidida a no escatimar esfuerzos para que él se mostrara más condescendiente con respecto a la prórroga del plazo de pago de la deuda

Así que, con los ojos fijos en los de él, tomó la polla en su boca, sintiendo cómo latía en su lengua, y empezó a juguetear con el glande, explorando sus contornos y recreándose en su sabor salado.

Al sentir que la polla empezaba a temblar y a endurecerse dentro de su boca, empezó a mamar más intensamente, aumentando la velocidad de sus movimientos, bombeando con más fuerza y presionando la polla contra el fondo de su garganta.
 

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El precio de sus errores - 8

El negro, con toda la fuerza de su imponente complexión, se dejó caer sobre el sofá, mientras el otro, con un movimiento habilidoso, soltaba el cinturón que mantenía los brazos sujetos al apoyabrazos. En cuanto quedó libre, tomó a Nuria por la cintura y, con absoluta destreza, la guió para colocarla encima de su polla, dejándola sentir su grosor y dureza al instante. Ella gritaba como si estuviera poseída, acatando las órdenes del negro mientras cabalgaba con ímpetu su polla siguiendo el ritmo intenso que él le marcaba, mientras este le agarraba por detrás sus enormes pechos.

Su joven compañero, no queriendo quedarse fuera de la diversión, se subió de pie al sofá y se colocó frente a ella, apoyando una mano en la pared para mantener el equilibrio mientras con la otra guiaba su erguida polla hacia la boca de Nuria. Ella, al sentir la insistente presión en sus labios, abrió la boca y dejó asomar la lengua, invitándolo a que colocara su miembro sobre ella. Al ver aquella señal, el chico no dudó en acolchar su polla sobre la lengua de Nuria, que, mirándolo fijamente a los ojos, cerró los labios alrededor de la polla y empezó a chupar.

Mientras su boca estaba ocupada chupando, su mente no podía dejar de enfocarse en la sensación intensa que le provocaba la polla que cabalgaba, sintiendo cómo cada movimiento golpeaba su punto G. En ese estado de éxtasis, la mezcla de estímulos era casi abrumadora: la presión que la llenaba por completo, la del joven rubio que ocupaba su boca y el calor de los cuerpos de los hombres presionándose contra el suyo.

Ese gesto —la lengua ofrecida, expuesta, esperando— no pasó desapercibido para el jefe de los acreedores. Observaba la escena desde el sillón, justo al lado del marido de Nuria, que permanecía de espaldas, rígido, incapaz de mirar lo que estaban haciendo con la madre de su hija. Aun así, lo oía todo: cada jadeo, cada golpe de aire, cada sonido que no podía ignorar por más que lo intentara.

El acreedor, con una sonrisa calculada para herir, inclinó apenas la cabeza hacia él y murmuró que ella ya mostraba señales claras de que empezaba a disfrutar. Añadió que, si no quería verlo, peor para él, porque estaba claro que ella estaba a punto de correrse. Sus palabras cayeron como una sentencia.

Y entonces ocurrió: una oleada la atravesó de golpe. Su cuerpo se tensó, se arqueó sin control y se corrió con una intensidad que la dejó sin aliento, perdida en algo que jamás había sentido con su marido.

Después de correrse, la vergüenza cayó sobre ella como un peso insoportable. Lo había hecho delante de su marido, que seguía allí, inmóvil, de espaldas, sin atreverse a mirar. Pero enseguida reparó en el hombre sentado en el sillón: él sí se había dado cuenta. La observaba con una expresión satisfecha mientras se desabrochaba la bragueta, indicándole al negro que la llevara hasta sus pies.

Ella se arrodilló ante él, y el hombre le indicó, con un leve movimiento de cabeza, que debía colocar la boca sobre su polla. Nuria estaba decidida a no escatimar esfuerzos para que él se mostrara más condescendiente con respecto a la prórroga del plazo de pago de la deuda

Así que, con los ojos fijos en los de él, tomó la polla en su boca, sintiendo cómo latía en su lengua, y empezó a juguetear con el glande, explorando sus contornos y recreándose en su sabor salado.

Al sentir que la polla empezaba a temblar y a endurecerse dentro de su boca, empezó a mamar más intensamente, aumentando la velocidad de sus movimientos, bombeando con más fuerza y presionando la polla contra el fondo de su garganta.
Que pasada, que rico
 
El precio de sus errores - 9

Cuando llegó el orgasmo, la polla explotó dentro de su boca, liberando varias descargas de semen. Nuria abrió completamente la garganta y tragó todo lo que recibía, saboreando la calidez y la salobridad de la eyaculación. Ella continuó mamando y lamiendo la polla hasta que sintió que no quedaba nada más dentro, mientras él le hacía un gesto cariñoso en la cara.

Alex, al dejar de oír los sonidos que hacía su mujer al chuparle la polla, comprendió que aquel hombre había terminado con su mujer; atormentado, se llevó las manos a la cabeza, incapaz de darse la vuelta para ver lo que hacía ella.

Nuria se giró lentamente, limpiándose la boca con la mano mientras engullía, lo poco que quedaba en su boca. Antes de poder procesar lo que acaba de hacer, vio que los otros dos hombres ya estaban masturbándose con avidez, acercándose cada vez más a ella con la intención clara de querer correrse.

A pesar de sentir cierta aprensión, no pudo evitar un escalofrío de anticipación al pensar en cómo aquellos enormes testículos que colgaban de esas duras pollas descargarían mucha más cantidad de semen que su jefe. Y casi inmediato, de manera simultánea, ambos eyacularon con fuerza, lanzando gruesas y calientes descargas de esperma sobre sus generosos pechos, que goteaban sobre sus areolas y se esparcían a lo largo de su torso desnudo y sudoroso.

No contentos con lo que habían hecho, los hombres forzaron a Nuria a coger sus enromes pechos con ambas manos, sintiendo como sus propios dedos se hundían en la tierna carne. "Ahora, saca la lengua y recoge el semen que hemos depositado en tus pechos", le ordenó el joven mientras el negro lo secundaba con una lasciva sonrisa

Con ojos lagrimosos, Nuria lentamente sacó la lengua y comenzó a moverla sobre sus húmedos pechos, saboreando el semen pegajoso que cubría cada centímetro de su piel. El sabor amargo y metálico llenó su boca, haciendo que se le revolviera el estómago, pero aun así continuó lamiendo y recogiendo cada gota de semen obedeciendo sus exigencias y finalizado así el pago del aplazamiento.
 

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El precio de sus errores - 9
Cuando llegó el orgasmo, la polla explotó dentro de su boca, liberando varias descargas de semen. Nuria abrió completamente la garganta y tragó todo lo que recibía, saboreando la calidez y la salobridad de la eyaculación. Ella continuó mamando y lamiendo la polla hasta que sintió que no quedaba nada más dentro, mientras él le hacía un gesto cariñoso en la cara.

Alex, al dejar de oír los sonidos que hacía su mujer al chuparle la polla, comprendió que aquel hombre había terminado con su mujer; atormentado, se llevó las manos a la cabeza, incapaz de darse la vuelta para ver lo que hacía ella.

Nuria se giró lentamente, limpiándose la boca con la mano mientras engullía, lo poco que quedaba en su boca. Antes de poder procesar lo que acaba de hacer, vio que los otros dos hombres ya estaban masturbándose con avidez, acercándose cada vez más a ella con la intención clara de querer correrse.

A pesar de sentir cierta aprensión, no pudo evitar un escalofrío de anticipación al pensar en cómo aquellos enormes testículos que colgaban de esas duras pollas descargarían mucha más cantidad de semen que su jefe. Y casi inmediato, de manera simultánea, ambos eyacularon con fuerza, lanzando gruesas y calientes descargas de esperma sobre sus generosos pechos, que goteaban sobre sus areolas y se esparcían a lo largo de su torso desnudo y sudoroso.

No contentos con lo que habían hecho, los hombres forzaron a Nuria a coger sus enromes pechos con ambas manos, sintiendo como sus propios dedos se hundían en la tierna carne. "Ahora, saca la lengua y recoge el semen que hemos depositado en tus pechos", le ordenó el joven mientras el negro lo secundaba con una lasciva sonrisa

Con ojos lagrimosos, Nuria lentamente sacó la lengua y comenzó a moverla sobre sus húmedos pechos, saboreando el semen pegajoso que cubría cada centímetro de su piel. El sabor amargo y metálico llenó su boca, haciendo que se le revolviera el estómago, pero aun así continuó lamiendo y recogiendo cada gota de semen obedeciendo sus exigencias y finalizado así el pago del aplazamiento.
Maravilloso.
 
El precio de sus errores - 10

Mientras los dos hombres terminaban de vestirse, el jefe le indicó a Alex que su mujer había conseguido unos días más para liquidar la deuda. Luego, mirándola directamente, añadió: Señora, nos vamos ya. A diferencia de su marido, ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted.

Al mismo tiempo, el joven rubio comentaba que su esposa no lo había pasado tan mal cuando se había corrido mientras era follada por su compañero. Al oírlo, Nuria se sonrojó de vergüenza y confusión, consciente de que era cierto: llevaba semanas sin acostarse con Alex, y aquella enorme polla negra la había hecho correrse como nunca antes lo había hecho su marido.

Nuria seguía desnuda de espaldas a Alex, tumbada en el sofá, el cuerpo exhausto y la mente hecha trizas. Le reprochó con la voz rota que todo había ocurrido delante de él, que la habían sometido sin que él moviera un dedo para impedirlo. Habló de la vergüenza, del miedo, de cómo iba a mirar a su familia, a su hija, a sus amigos, a la gente del trabajo… de cómo iba a ocultar algo así cuando ni siquiera podía ocultárselo a sí misma.

Alex intentó acercarse, murmurando algo para calmarla mientras le rozaba el cabello, pero ella se apartó de inmediato, irritada, agotada, al límite. Le pidió que se alejara, que no quería verlo en toda la noche. Y mientras lo decía, temía que la única forma de saldar aquello volviera a recaer sobre ella misma.

La palabra divorcio empezó a tomar cuerpo, cargada de rabia, y su hija era lo único que la hacía dudar.
 

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Estoy trabajando en una posible secuela. ¿Preferís que continúe esta historia desde donde la he dejado (aunque ya tenga un final) o que empiece una nueva con personajes distintos?
 
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