Siiiiii¿Queréis que publique el siguiente relato? Esta basado en la mujer de un forero por petición suya (él).
Follow along with the video below to see how to install our site as a web app on your home screen.
Note: This feature may not be available in some browsers.
Siiiiii¿Queréis que publique el siguiente relato? Esta basado en la mujer de un forero por petición suya (él).
Ummmm muy buena pintaEl precio de sus errores - 1
En Tenerife, donde los días parecían no terminar nunca, Nuria, 34 años, trabajaba como administrativa en una empresa de muebles. Era una mujer práctica, resistente, acostumbrada a cargar más responsabilidades de las que decía en voz alta. En la oficina la conocían por su eficacia… y también por su cuerpo, porque más de un compañero —incluidos los dos jefes— le había tirado los tejos sin demasiada sutileza. A ella le gustaba vestir con body bajo la ropa, por comodidad y porque le hacía sentir sujeta, ordenada, incluso en los días más caóticos.
Alex, 44 años, electricista, era capaz de arreglar cualquier avería menos las suyas. Tenía buen corazón, pero su adicción a las apuestas deportivas —fútbol, NBA, lo que fuera con tal de sentir el subidón— lo había ido metiendo en un pozo del que ya no sabía salir. Y esta vez, lo sabía, había ido demasiado lejos.
Llevaban casi diez años juntos, cinco de casados, y tenían una hija pequeña que esa semana no estaba en casa: se quedaba con los padres de Nuria, porque ambos trabajaban y el campamento de verano aún no había empezado. La casa, por primera vez en mucho tiempo, estaba en silencio. Un silencio espeso, lleno de huecos, que a Nuria le venía bien: le daba aire, espacio, una calma que hacía tiempo no sentía. A Alex, en cambio, ese mismo silencio lo estaba asfixiando, porque no había ruidos que taparan lo que él sabía que había hecho.
Ese peso se hizo aún más evidente cuando Nuria llegó de trabajar, dejó el bolso en el recibidor y cruzó junto a la cocina sin dirigirle una mirada. No se detuvo ni un segundo: pasó de largo con esa frialdad cansada que solo aparece después de tantos días de discusiones y se fue directamente al baño, con prisa por ducharse. Tenía la cena de verano con los del gimnasio y necesitaba despejarse antes de pensar en nada más.
La cena llevaba rondándole la cabeza desde por la mañana. En el gimnasio al que se apuntó tras el embarazo más de uno le había tirado la caña con descaro, y aún recordaba las miradas y las insinuaciones entre máquinas y sudor. Desde que nació la pequeña, su vida sexual con Alex se había vuelto casi inexistente, apagada por el cansancio y las discusiones.
Con ese pensamiento todavía latiendo, Nuria entró en el baño agotada del trabajo, con ese cansancio que se le marcaba en los hombros. Necesitaba la ducha desde antes de llegar a casa. Abrió el grifo y el vapor empezó a llenar el baño, pegándose a su piel. Cuando el agua golpeó el suelo de la ducha, se metió bajo el chorro y dejó que el calor la envolviera. Su melena negra, larga hasta la cintura, se le pegó a la espalda mientras cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, dejando que el agua le recorriera la nuca y bajara por la columna en un hilo lento que empezaba, por fin, a relajarla.
Tomó el gel y lo extendió entre las manos antes de deslizarlo por el cuello y los hombros. La espuma se formó rápido, blanca y densa, resbalando por sus enormes pechos y siguiendo la curva natural de su cuerpo sin detenerse. Bajó las manos por el vientre, y la espuma descendió con ellas, cubriendo su coño hasta que quedó oculto bajo una capa suave que continuó su camino hacia los muslos.
En ese mismo instante, lejos del vapor y la calma del baño, el timbre sonó con un DING DONG que a Alex le heló la sangre. Al abrir, encontró a los tres hombres que llevaba días temiendo: el mayor, de más de cincuenta, acompañado por un tipo corpulento de unos treinta y un chaval rubio que apenas llegaba a la veintena. Venían a cobrar la deuda. Intentó suplicarles un aplazamiento, pero ellos ya estaban cansados de sus excusas; empujaron la puerta y entraron a la fuerza en su domicilio.
Ummmm viene lo buenoEl precio de sus errores - 4
Alex dio un paso hacia ella, la voz quebrada por el pánico al intentar detenerla.
—Nuria… no lo hagas. Por favor.
Ella levantó la mirada. No había miedo en sus ojos, sino una furia tan afilada que casi lo obligó a retroceder. A un lado, el hombre observaba la escena como si todo aquello fuera un juego que ya conocía de memoria.
Nuria apretó los dientes, temblando de rabia. La tensión le recorría el cuerpo entero, como si cada músculo estuviera sosteniendo algo que estaba a punto de romperse.
—¿Crees que quiero hacer esto, idiota? —escupió, sin apartar la mirada de Alex.
Él intentó responder, pero ella lo silenció antes de que pudiera articular palabra. El temblor en su voz la traicionó cuando habló de nuevo.
—No me mires así… no tengo otra opción.
Nuria se arrancó el cubrecabezas sin pensarlo, como quien quiere quitarse de encima el último obstáculo. Su melena cayó de golpe sobre la espalda, marcando un cambio en ella: ya no estaba temblando, estaba harta de su marido.
—¡Cállate ya, Alex! —le cortó, sin mirarlo.
No quería alargarlo más. Sus manos fueron directas al nudo del albornoz; lo tanteó un segundo y tiró con firmeza. El lazo cedió y la tela se aflojó, resbalando por sus hombros. Nuria abrió los brazos y permitió que la prenda se deslizara hacia abajo, hasta caer a sus pies dejándola completamente desnuda.
Sus pechos eran enormes y redondeados, perfectamente simétricos y firmes, ocupando gran parte de su torso. Los pezones rosados y prominentes se erguían en ellos debido al temblor por lo que estaba por venir.
Entre sus muslos quedaba expuesto su hermoso coño, un triángulo perfecto poblado de un espeso vello rizado y oscuro, recortado con precisión. Lo que había sido apenas un descuido —la abertura floja del albornoz ya lo había dejado entrever— ahora se convertía en una exposición inevitable, algo que ella se veía obligada a ofrecer de forma desinhibida.
Alex dio un paso adelante, fuera de sí.
—¡Joder, qué estás haciendo, Nuria!
Que pasada, que ricoEl precio de sus errores - 8
El negro, con toda la fuerza de su imponente complexión, se dejó caer sobre el sofá, mientras el otro, con un movimiento habilidoso, soltaba el cinturón que mantenía los brazos sujetos al apoyabrazos. En cuanto quedó libre, tomó a Nuria por la cintura y, con absoluta destreza, la guió para colocarla encima de su polla, dejándola sentir su grosor y dureza al instante. Ella gritaba como si estuviera poseída, acatando las órdenes del negro mientras cabalgaba con ímpetu su polla siguiendo el ritmo intenso que él le marcaba, mientras este le agarraba por detrás sus enormes pechos.
Su joven compañero, no queriendo quedarse fuera de la diversión, se subió de pie al sofá y se colocó frente a ella, apoyando una mano en la pared para mantener el equilibrio mientras con la otra guiaba su erguida polla hacia la boca de Nuria. Ella, al sentir la insistente presión en sus labios, abrió la boca y dejó asomar la lengua, invitándolo a que colocara su miembro sobre ella. Al ver aquella señal, el chico no dudó en acolchar su polla sobre la lengua de Nuria, que, mirándolo fijamente a los ojos, cerró los labios alrededor de la polla y empezó a chupar.
Mientras su boca estaba ocupada chupando, su mente no podía dejar de enfocarse en la sensación intensa que le provocaba la polla que cabalgaba, sintiendo cómo cada movimiento golpeaba su punto G. En ese estado de éxtasis, la mezcla de estímulos era casi abrumadora: la presión que la llenaba por completo, la del joven rubio que ocupaba su boca y el calor de los cuerpos de los hombres presionándose contra el suyo.
Ese gesto —la lengua ofrecida, expuesta, esperando— no pasó desapercibido para el jefe de los acreedores. Observaba la escena desde el sillón, justo al lado del marido de Nuria, que permanecía de espaldas, rígido, incapaz de mirar lo que estaban haciendo con la madre de su hija. Aun así, lo oía todo: cada jadeo, cada golpe de aire, cada sonido que no podía ignorar por más que lo intentara.
El acreedor, con una sonrisa calculada para herir, inclinó apenas la cabeza hacia él y murmuró que ella ya mostraba señales claras de que empezaba a disfrutar. Añadió que, si no quería verlo, peor para él, porque estaba claro que ella estaba a punto de correrse. Sus palabras cayeron como una sentencia.
Y entonces ocurrió: una oleada la atravesó de golpe. Su cuerpo se tensó, se arqueó sin control y se corrió con una intensidad que la dejó sin aliento, perdida en algo que jamás había sentido con su marido.
Después de correrse, la vergüenza cayó sobre ella como un peso insoportable. Lo había hecho delante de su marido, que seguía allí, inmóvil, de espaldas, sin atreverse a mirar. Pero enseguida reparó en el hombre sentado en el sillón: él sí se había dado cuenta. La observaba con una expresión satisfecha mientras se desabrochaba la bragueta, indicándole al negro que la llevara hasta sus pies.
Ella se arrodilló ante él, y el hombre le indicó, con un leve movimiento de cabeza, que debía colocar la boca sobre su polla. Nuria estaba decidida a no escatimar esfuerzos para que él se mostrara más condescendiente con respecto a la prórroga del plazo de pago de la deuda
Así que, con los ojos fijos en los de él, tomó la polla en su boca, sintiendo cómo latía en su lengua, y empezó a juguetear con el glande, explorando sus contornos y recreándose en su sabor salado.
Al sentir que la polla empezaba a temblar y a endurecerse dentro de su boca, empezó a mamar más intensamente, aumentando la velocidad de sus movimientos, bombeando con más fuerza y presionando la polla contra el fondo de su garganta.
Maravilloso.El precio de sus errores - 9
Cuando llegó el orgasmo, la polla explotó dentro de su boca, liberando varias descargas de semen. Nuria abrió completamente la garganta y tragó todo lo que recibía, saboreando la calidez y la salobridad de la eyaculación. Ella continuó mamando y lamiendo la polla hasta que sintió que no quedaba nada más dentro, mientras él le hacía un gesto cariñoso en la cara.
Alex, al dejar de oír los sonidos que hacía su mujer al chuparle la polla, comprendió que aquel hombre había terminado con su mujer; atormentado, se llevó las manos a la cabeza, incapaz de darse la vuelta para ver lo que hacía ella.
Nuria se giró lentamente, limpiándose la boca con la mano mientras engullía, lo poco que quedaba en su boca. Antes de poder procesar lo que acaba de hacer, vio que los otros dos hombres ya estaban masturbándose con avidez, acercándose cada vez más a ella con la intención clara de querer correrse.
A pesar de sentir cierta aprensión, no pudo evitar un escalofrío de anticipación al pensar en cómo aquellos enormes testículos que colgaban de esas duras pollas descargarían mucha más cantidad de semen que su jefe. Y casi inmediato, de manera simultánea, ambos eyacularon con fuerza, lanzando gruesas y calientes descargas de esperma sobre sus generosos pechos, que goteaban sobre sus areolas y se esparcían a lo largo de su torso desnudo y sudoroso.
No contentos con lo que habían hecho, los hombres forzaron a Nuria a coger sus enromes pechos con ambas manos, sintiendo como sus propios dedos se hundían en la tierna carne. "Ahora, saca la lengua y recoge el semen que hemos depositado en tus pechos", le ordenó el joven mientras el negro lo secundaba con una lasciva sonrisa
Con ojos lagrimosos, Nuria lentamente sacó la lengua y comenzó a moverla sobre sus húmedos pechos, saboreando el semen pegajoso que cubría cada centímetro de su piel. El sabor amargo y metálico llenó su boca, haciendo que se le revolviera el estómago, pero aun así continuó lamiendo y recogiendo cada gota de semen obedeciendo sus exigencias y finalizado así el pago del aplazamiento.
Utilizamos cookies esenciales para que este sitio funcione, y cookies opcionales para mejorar su experiencia.