El Inicio de un Incesto

Espectacular.... Cómo lo cuentas...!! Cómo ya han dicho antes, tenía yo más ganas de que sucediese, que ellos... 🔥🔥🥵🥵🥵. Muy bueno, de verdad. Un saludo.
 
Pensaba que iba a tener más lio con mi nuevo librito, pero está casi listo para publicarlo en marzo.
Por lo que igual mañana me da tiempo de subir otra nueva parte de esta bonita historia

saludiiitooos!!!
 
15

Con los primeros rayos que entraron por la ventana, Sergio amaneció. Se tuvo que desperezar en varios minutos hasta que logró sentarse en la cama, meditando todavía si lo de ayer fue algo real o todo había sido fruto de su imaginación. Los restos secos que perduraban en su entrepierna demostraron la realidad.

Cogió el móvil comprobando que todavía eran las nueve de la mañana. Las mujeres de la casa, obviamente, tardarían en despertar y por no molestarlas, se puso un bañador y bajó directamente a la piscina.

El chapuzón le hizo despertar por completo. El agua todavía algo fría de la noche consiguió que su cerebro se activara por completo y también, quitarle el olor a sexo que parecía perseguirle. El pequeño baño había sido una gran opción, no le hacía gracia pasearse con aquel olor por la casa, no por su tía, sino más bien por Mari “no vaya a olerlo”.

El agua le ayudó a reactivar todo el cuerpo ya no tenía ni ese olor ni el poco sueño que aún quedaba en su cuerpo. Se secó con rapidez, aunque el sol comenzaba a calentar con rapidez, todavía la temperatura era más que normal y no quería coger frío, no era momento para ponerse malo.

Volvió a la casa para desayunar unas frutas que cogió en la cocina. Puso la tele sentándose en el sofá para relajar sus músculos como si estuviera cansado, pero en realidad lo estaba. Mientras mordía la pera de su mano, rememoraba cada imagen del día anterior. Las tenía grabadas a fuego y sabía que no se le olvidarían jamás, solo una cosa se le clavaba como una espina, “¿pasará de nuevo?”. Casi rezaba por ello, aunque la realidad era que su tía lo había hecho con el mientras estaba borracha, quizá serena la cosa cambiara.

Escuchó un ruido en la planta de arriba que le hizo salirse de sus pensamientos. La curiosidad le pudo y decidió subir por si alguien se estaba levantando, su mente y su entrepierna por fin de acuerdo pedían que Carmen estuviera despierta.

La habitación de su madre estaba cerrada y bajo la rendija de la puerta no se apreciaba ninguna luz. Recordaba que al despedirla a la noche, la habitación estaba completamente a oscuras, por lo que si todo seguía igual, ella estaba dormida. En cambio, la de Carmen sí que asomaba algo de luz natural. Se acercó con nerviosismo, como esa misma madrugada le había sucedido, alzó la mano con decisión y le echó valor golpeando la puerta, no hubo respuesta.

No podía quedarse ahí, decidido, movió el picaporte y entró de sopetón. Repetía los mismos gestos que a la madrugada, pero no había nadie en la habitación. La cama estaba deshecha y la ropa del día anterior estaba puesta en una silla, aunque lo que le importaba era la luz que salía del baño. La puerta estaba entreabierta y el sonido de un cepillo eléctrico le llegó a sus oídos.

Asomó la cabeza después de golpear levemente la madera. Carmen se dio la vuelta y vio la cabeza de su sobrino, antes de girarse sabía que era él. Escupió la pasta de dientes y después de secarse, sonrió al joven a través del reflejo del cristal. Se dio la vuelta y dio tres pasos hacia el muchacho que ya estaba dentro.

—¿Has dormido bien? —Sergio no podía contener la sonrisa, quizá producida por cierta vergüenza.

—¡Qué malo! —añadiendo— Hacia mucho que no dormía tan bien… por cierto, me has dado una idea para el libro.

—¿Si? —preguntó, mientras notaba la mano de su tía acariciándole el pecho.

—Podría introducir algo basado en… lo de ayer —echó un vistazo fuera para después preguntar— ¿has visto a tu madre? ¿Está dormida?

—Creo que sí, no miré dentro, pero no se veía ninguna luz encendida.

—Bien. Bueno… me apetece… —el joven miraba expectante esperando las palabras clave de su tía— ¿me refrescas la memoria sobre lo de ayer?

—Me encantaría.

La mano de Carmen agarró la del joven introduciéndole aún más en el interior del baño y cerrando la puerta tras ellos. Caminaron pegados, mirándose, hasta que el lavabo se topó con el trasero de la mujer.

—Lo recuerdo bien… te lo puedo recordar con detalles —aunque la voz se le quebraba, sus brazos comenzaron a rodearla— tú te tumbaste.

—¿Ah sí?, no me acuerdo, ¿algún dato más? —Carmen se dio la vuelta para que ambos pudieran observarse en el espejo.

—Los dos nos tocamos.

El aliento de Sergio golpeaba en el cuello de la mujer. La piel se le empezó a erizar y al sentir como una mano ajena a las suyas subía por su cadera desnudando la piel que su camiseta tapaba, un cosquilleo anormalmente placentero desbordó en su interior.

—Nada… mal…

La temperatura comenzó a subir. El cuerpo de Carmen como un horno trabajando a destajo echaba humo. Sujetó la mano que subía con calma por su cuerpo y la apretó contra su vientre sintiéndola piel con piel. Echó su cabeza hacia atrás golpeando el hombro del joven, su rostro estaba a pocos centímetros del suyo.

—Cuando estuviste tumbada —la voz era un susurro, un secreto en su oído. Notaba el aire que salía de su boca más que las palabras. Era el tono de voz más meloso que había escuchado, un caramelo para los oídos agitados de la mujer— metí algo dentro de ti…

—¿Qué cosa?

La boca de Sergio se posó con lentitud en el cuello de su tía. Primero un beso, rozándola con sus labios, lento, sentido… después un segundo de la misma forma hizo que Carmen soltara el aire que parecía pesarla.

El espejo le reflejaba a Carmen todo lo que quería ver. Su sobrino había dejado su cuello y volvía a acercar sus labios a la oreja. Los pelos se le ponían de punta y los dientes del joven mordieron con ternura y erotismo su lóbulo, no lo soportaba. Apretó aún más la mano de Sergio contra su vientre queriendo pasar a la siguiente fase, pero esperar valdría la pena.

Pegados a su oído los labios se movieron, el erotismo era máximo. Ambos estaban pegados solamente separados por unas finas telas que les repugnaban, nadie las había invitado a la fiesta. La mujer esperaba lo que su sobrino le tenía que decir, al tiempo que sentía un miembro enorme que chocaba contra su trasero. La espera se le hizo eterna unos segundos inacabables hasta que la garganta ardiente de Sergio emitió el sonido que Carmen deseaba escuchar.

—Mi polla.

La mujer rebuznó poseída por el deseo, pasando con una velocidad inhumana su mano por sus nalgas hasta topar con el acero tan duro que tenía allí abajo. La agarró con fuerza, y más fuerza hubiera hecho, pero sabía que el límite del dolor estaba cerca.

—Es grande…

—Ayer, contigo… se me puso muchísimo. —el masaje que Carmen le estaba haciendo en su pene era demasiado placentero.

—¿Se lo dices a todas? —dijo la mujer por seguir hablando, conocía a su sobrino, no era de esos— ¿ahora… se portará igual de bien que ayer?

Carmen que ya estaba mojada, no soltaba el miembro de Sergio, era su flotador en medio del océano. Seguía sin creerse la locura que cometía, sin embargo, no se podía sentir más feliz, más caliente y más… viva.

Notó como las manos calientes de su sobrino, se introducían bajo la camiseta que usaba como pijama. Subieron rozando su piel, llevando toda la intención de subir hasta sus voluminosos senos y hacer el mismo desempeño que hacia ella en su miembro.

Sus pezones duros y notorios tras la tela, esperaban con ansias que esas manos se posaran en ellos. Carmen se preparaba para sentirlas, para notar un apretón que le hiciera gemir de placer, en cambio, escuchó algo.

Un golpe secó se escuchó en la puerta, algo muy leve, que sumidos en su mundo erótico apenas sintieron, sin embargo, ambos se quedaron petrificados. Sabían lo que pasaba, lo entendieron casi antes de que sucediera, Mari estaba en la habitación.

Por un momento, ninguno de los dos respiró. La mano de Carmen siguió en su sitio y las manos del joven, tan cerca de los senos de su tía se quedaron quietas, sin gasolina para moverse. Los pasos se escucharon muy cerca, demasiado cerca… la madre de Sergio habría visto el halo de luz que salía de debajo de la puerta del baño y comenzó a caminar en esa dirección.

El corazón les comenzó a funcionar de forma acelerada, se separaron repelidos por una fuerza invisible. Carmen saltó hacia la puerta de madera y con rapidez, pero también con sumo cuidado, colocó el pestillo apoyándose después en esta como si la fueran a tirar abajo. Las aletas de la nariz de la mujer se abrían y cerraban de forma salvaje, observaba a su sobrino como se sentaba en el retrete como agazapado esperando lo inevitable. La mirada de ambos se cruzó, una mirada de ¿y ahora qué? Podrían haber disimulado, no era una cuestión complicada, pero habían actuado erróneamente, ahora podían pagarlo. Justo en ese instante, en la madera donde la espalda de Carmen se apoyaba, sonaron dos golpes.

—¿Carmen, estás visible? —la mujer no contestó y movió el dedo índice a los labios pidiendo silencio a su sobrino— Carmen, te he visto cerrar la puerta.

Movió los labios en silencio aunque Sergio pudo intuir perfectamente que había maldecido “mierda”. Su madre sabía que su hermana estaba ahí dentro, aunque menos mal que no se imagina que estaba con su hijo.

—Sí, cielo, pero estoy ocupada.

—Necesito hablar contigo, es que me encuentro un poco mal.

Carmen interesada en saber que le pasaba a su hermana y suponiendo que no había visto a Sergio, siguió fingiendo que nada pasaba. La preguntó al mismo tiempo que fijaba la vista en el bulto de su sobrino que no bajaba.

—¿Qué te pasa?

—No estoy bien, llevo un rato en cama. —a Carmen se le paró el corazón pensando que igual les podía haber escuchado—Es por la fiesta de ayer… me lo pasé fenomenal, pero llegamos a casa y no sé… me siento un poco mal. Creo que di una imagen a Sergio no sé…—este se levantó, deslizando sus pies por los azulejos para no hacer ruido y poder escuchar. Su tía le puso la mano en el pecho para que no se acercase más… ya estaba muy cerca de ella. Sintió su corazón golpear en el pecho con fuerza— es que iba bien borracha… y bueno, aparte de eso, he pensado un poco lo que me dijiste del tema del cariño y puede que sea verdad. Debería demostrárselo más a menudo, me siento mala madre.

—No te preocupes porque te vea así, peor acabará él, seguro… —le sacó una sonrisa al muchacho— y tranquila, cariño, sabe que le quieres.

—Sentir ese abrazo… ese beso… me encantó, no sabes hasta qué punto. Fue como sentir un cariño que me había negado a mí misma… creo que digo bobadas, igual sigo borracha. —se la escuchó reír tras la puerta— Creo que debería cambiar, no solo con él, sino con todos —calló un momento y después, añadió algo incrédula— oye, una duda. Tengo una imagen, pero no me acuerdo bien… ¿Me metió en la cama?

Sergio sonrió al escuchar lo poco que recordaba su madre ese momento. Aunque viendo a su tía en frente, prefirió más que rememorar como metía a su madre en la cama, rodearla con los brazos. Carmen intentó negarse, con una negativa que obviamente no se creía ni ella misma. Les volvía la calentura que el susto les había arrebatado. Una vez que su sobrino la atrapó entre sus brazos y su cuerpo, no quiso que la soltase jamás.

—Sí, te metió en la cama —su voz sonó con algo de esfuerzo juguetón por separarse un poco de Sergio— te quitó la ropa y después, fue a dormir, un buen hijo.

—¡Qué violento! Me ve borracha y después, me desnuda… para meterme en cama, la madre del año.

Los brazos de Sergio sujetaron la cintura de Carmen mientras esta se rendía a seguir zafándose en el juego del gato y el ratón. Según se detuvo, los besos del chico volvieron al trabajo que habían dejado a medias, topando con unos húmedos labios el cuello de su tía.

—No, tranquila, cielo. —su pasión volvía y el ardor sexual se apoderaba de nuevo de su cuerpo. Incrustó las uñas en la pierna de su sobrino al notar la tremenda herramienta que volvía a posarse entre sus nalgas— es más, seguro que se llevó una buena impresión.

—¿Por qué lo dices?

Carmen apenas podía hablar con claridad, debía hacer un esfuerzo titánico no lanzarse encima de la entrepierna de Sergio. Este en cambio, estaba gozando sometiendo a su tía a semejante tortura.

—Porque, chica, te vio feliz, alegre, como tú eres…

Las risas de Mari se escucharon a través de la puerta y Carmen tuvo que morderse el labio para no gemir cuando la mano de Sergio le agarró el trasero con fuerza. Dio la vuelta a su cabeza, para que quedara tan cerca de los labios del muchacho que ambos podían sentir el aliento en la piel del otro. Movió sus labios de nuevo, queriendo decirle algo que le hubiera gritado en otro momento, sus gruesos labios dibujaron una palabra que su sobrino entendió a la perfección “cabrón”. Estaban en otro mundo, un mundo sexual reservado para ellos dos, mientras en el exterior una risa se detenía y Carmen le añadió.

—Además… tú y yo… —Sergio veía como los ojos azules de su tía se le clavaban como puñales, mientras la brisa caliente salida de su boca le secaba los labios— ganamos desnudas. —el joven le asintió rogando por besarla.

—¡Calla, por dios! —alguna pequeña risotada trataba de cortarla el habla— Es mi hijo, no creo que nos vea así.

Sergio movió una mano hasta el rostro de Carmen, posándola en su mejilla y haciendo que esta no le dejase de mirar, sus labios estaban a milímetros. A Sergio se le ocurrió que decirle en ese momento algo a su madre sería gracioso, un poco de pimienta al juego que llevan los dos dentro del baño. Moviendo con cuidado los labios y en un tono casi imperceptible añadió.

—Dila, que aparte de hijo, también soy hombre… —al oír eso, la respiración agitada de Carmen se volvió incontrolable.

—Ya, pero… aparte de tu hijo, también es un hombre… —no podía dejar de mirar los ojos del chico— seguro que no le desagradaría. —casi jadeaba al hablar, no pensaba en su hermana, solo en el muchacho que la hacía arder, ¿estaba más caliente que la noche anterior? Ella misma tenía la respuesta. Por supuesto que sí.

No hubo más que silencio durante unos segundos, los dos amates no lo tuvieron en cuenta, apenas sentían la presencia de Mari en el exterior, eran ellos solos en el mundo. Hasta que de nuevo, la mujer, con una voz algo desconcertada les recordó su presencia.

—No sé, Carmen… oye, ¿estás bien?

—Sí, sí —respondió fingiendo serenidad— es que… me has pillado cagando —sollozó de manera casi audible por otro apretón en su nalga— déjame, por favor, que ahora acabo.

—Vale, vale, perdona. Ahora nos vemos.

Los pasos se fueron alejando mientras los dos en el interior del baño se mantenían inmóviles al igual que cuando llegó Mari. Una vez se aseguraron que la otra mujer de la casa no estaba, Carmen apartó contra la puerta a su sobrino.

—Te mato, eres un sin vergüenza… cabronazo… —las palabras sonaban ofensivas, pero la sonrisa pícara y los ojos azules salvajes de Carmen decían otra cosa— un poco más y… no lo sabes bien. Te la hubiera sacado aquí mismo.

—Haberlo hecho… —le dijo su sobrino con el rostro encendido.

—Sí, claro, y tu madre detrás de la puerta. —le agarró fuerte por la mitad de su camiseta para después pasar su mano con dulzura por el bulto de sus pantalones— vete a la ducha ahora mismo, y baja después que yo. Esta te la devuelvo, ¡marcha!

Liberándole de su agarre, Sergio obediente marchó como le habían ordenado, no sin antes mandarla un beso por el aire a su tía, el cual recogió con sumo placer. “Empieza bien el día” pensaron al unísono.

CONTINUARÁ...
 
Mari que se entretenía en el sofá mientras veía la televisión, escuchó como su hermana bajaba por las escaleras atisbando en ella cierta coloración a la que no dio importancia.

—¿Has visto a Sergio?

—Me ha parecido oír la ducha, estará allí. Espero que no haga cosas de adolescente dentro, ¿ya sabes? —no hizo falta añadir un gesto de masturbación, Mari lo entendió a la primera.

—Por los clínex que consume y dónde los consume… diría que es más de hacerlo en su cuarto. —su marido le había explicado que aquel gasto de papel era normal, para ella siempre fue demasiado…

Carmen no se esperó tal comentario y no se le quitó la sonrisa hasta que se sentó en el sofá, la imagen de su sobrino agarrando su miembro mientras lo movía, la dejaba en una tensión sexual.

—Si todavía sigues dándole vueltas a lo de ayer, si quieres… ¿Entramos al baño y le pillamos desnudo? ¿Una por otra? —su hermana lo tomó a modo de broma. Ambas se rieron aunque en la cabeza de Carmen la idea le resultó intrigante.

—No, hija, no.

—No te preocupes por algo tan bobo como lo de ayer, te vio con unas copas de más eso es normal. Creo que el tema del cariño tienes que ir poco a poco, si te apetece darle un abrazo dáselo, no lo dudes, que no te dé reparo.

—Muchas veces me apetece, pero una vergüenza me echa para atrás, ya ves ¡con mi hijo…!

—Puede que con un hijo sea diferente. Con mis hijas siempre fuimos muy amorosas y bueno entre tú y yo también, pero te puedo entender. Tienes que apartar esa vergüenza a un lado, ¡si ha salido de tus entrañas, cariño! —le lanzó una mirada que conectó en los ojos de Mari, también de ese color azul precioso.

—Voy a tratar de cambiar, forzarme un poco, aunque no sé, me siento como cohibida. Es muy raro —suspiró profundamente— eso sí… ya me vio borracha… me desnudo… y me metió en la cama. ¿Qué vergüenza voy a tener? —se llevó las manos a la boca mientras trataba de no reír— De verdad, qué mal momento…

—¿Es la primera vez que te ve en ropa interior?

—A ver, sí y no. Muchas veces me paseo en ropa interior por casa, bueno mis hijos y yo, mi marido es el único que no. Dani siempre fue pudoroso, —volviendo al tema— pero una cosa es eso y otra cosa es de la guisa que me vio ayer.

—Boberías, cariño. —queriendo cambiar de tema, sabía que Sergio en cualquier momento bajaría— Además, ayer estábamos espectaculares, ¿te acuerdas de aquel tío que vino donde nosotras?

—Le espantaste rápido —respondió Mari riéndose.

—Demasiado feo, querida, nosotros tenemos más glamour. —Carmen añadió un tono de “pija” que a su hermana le encantó.

Las dos comenzaron a reír como locas en la sala, volviendo a sentirse como cuando eran adolescentes. Charlaron durante un buen rato de la noche anterior, rellenando algún que otro hueco que Mari había perdido por el camino. Hasta que escucharon como Sergio descendía por las escaleras dirigiéndose al sofá donde se encontraban.

—Nuestro caballero —anunció Carmen al verle.

—Buenos días, tía —se acercó a esta dándole un beso en la mejilla que le supo a poco y después, le dio otro a su madre, preguntándola— ¿Qué tal te encuentras, mamá?

—Bien, mi vida. —sentía su rostro acalorándose debido a la vergüenza. Se pasó una mano por el cabello para evadir ese sentimiento, pero le era imposible— Muchas gracias, creo que me duele un poco la cabeza y nada más.

—Me alegro, estabas un poco “pedete” —era la palabra que usaba ella cuando el joven llegaba perjudicado.

—No te rías de tu madre… —le dijo con una voz notablemente cortaba por lo que sentía en su interior. La imagen de estar frente a su hijo, ebria y casi desnuda no desaparecía.

—¿Qué os parece —saltó de pronto Carmen— si salimos y nos vamos a comer? Hoy Sol no está y ninguna de las dos va a cocinar —señalando a su hermana.

A los dos les pareció buena idea y después de pasar un rato de la mañana preparándose, todos montaron en el coche de Sergio para dirigirse al restaurante que las mujeres decidieron.

La comida fue amena, hablaron de todo y se rieron juntos, el tiempo era una delicia y una brisa de verano perfecta les acompañó en la terraza donde acabaron llenos de tanto comer.

El joven mientras escuchaba a las dos mujeres conversar sin parar, trataba de ser lo más sutil posible porque no podía parar de mirar a su tía. Con unas pocas ropas casuales y unas gafas de sol que le tapan las leves ojeras que tenía del día anterior, le resultaba una mujer de bandera, le era imposible quitársela de la cabeza.

Lo de la noche anterior le había sabido a muy poco, ¿qué habían estado, diez minutos como mucho? No era suficiente. Lo de esa misma mañana, no había hecho otra cosa que acrecentar sus ganas por pasar tiempo a solas con Carmen, tocar su piel, probarla y si podía ser, penetrarla.

De pronto, una voz le sacó de sus pensamientos. Miró a las dos mujeres que levantaban sus ojos justo a la espalda del chico. Este giró la cabeza para ver de qué se trataba. Un chico de su edad, parado en medio de la calle le miraba con sorpresa sin creer que fuera él.

—¿Sergio? —echó un vistazo al muchacho que le preguntaba, dejando de prestar atención a sus dos mujeres favoritas.

—¡Héctor! —contestó levantándose a saludar.

—¿Qué tal? Pensaba que venías más tarde —ambos se abrazaron como viejos amigos que eran.

—Sí, pero me adelanté, así paso algo de tiempo con mi tía y mi madre —dijo señalando a ambas que saludaron al joven.

—¡Qué bien! Oye te apetece tomar algo, si no estás ocupado digo.

Sergio miró tanto a su madre como a su tía. Se lo estaba pasando en grande con ellas, pero necesitaba estar un rato con gente de su edad y sobre todo, para quitarse a Carmen de la cabeza. Quizá alejándose un poco de ella podría “enfriarse”, aunque solo fuera un poco.

—¿Os veo luego en casa? Así tomo algo con Héctor.

Ambas movieron las manos con rapidez en señal de que no importaba, pareciera que se quitaran un peso de encima, aunque nada más alejado de la realidad. Observaron al joven muchacho alejarse con su amigo. Carmen aunque luchó contra su cuerpo, no pudo evitar mirar como el trasero se le movía al andar, pensando en si podría tener otro momento a su lado, necesitaba mucho más de lo que había tenido. Mari en cambio, solamente pensó una única cosa, que tampoco entendió muy bien como había llegado a su mente. Quizá nunca lo había visto así o simplemente el que le “cuidara” la noche anterior había cambiado su percepción del joven. Sin embargo su cabeza le hizo preguntarse “¿Cuándo se ha hecho un hombre?”.

—Bueno… nos hemos quedado solas, ¿quieres un café? —le dijo Mari sin responder a sus propias dudas.

—Bien, ahora pedimos —Carmen hizo una pausa y añadió—, por cierto, ayer quería pasármelo bien, pero hoy creo que ya nos toca cotillear un poco. —la mujer morena sacó media sonrisa— ¿Qué tal con Dani?

—Pues como siempre, no hay nada nuevo que contar, rutina, rutina y más rutina.

—Yo en cambio, —desde la conversación con Sergio sentía tal liberación que necesitaba compartirlo con su hermana, la que siempre había sido su gran confidente— tengo algo que contar.

Mari se quedó con curiosidad al oír aquello. Jamás había escuchado quejas más allá de las normales acerca de Pedro, pero esas palabras parecían haber salido de su boca con algo de tristeza. El camarero escuchó el pedido y se fue con los dos cafés anotados.

—¿Qué pasa, Carmen, estás bien?

—No, no lo estoy, te lo digo sin rodeos, yendo al grano, que al final va a ser lo más sencillo, creo que Pedro me ha sido infiel. —Mari se llevó la mano a la boca sin creer sus palabras y sin poder asimilar del todo aquella información— He visto pruebas que me llevan a pensar eso. Cargos en bares a las tantas, una mancha de carmín en la chaqueta y claro… luego están las pocas cosas que hacemos juntos, sin contar las cosas que hacemos en la intimidad. De esto último… mejor ni mencionarlo… aunque tampoco hay mucho que contar, ya me entiendes.

—Joder… no sé qué decir. ¿Tú estás segura de eso? Es que me pillas de sopetón, no es algo que me esperase.

—Sí, estoy segura, muy cerca del 100%. Hace años que no es lo mismo y estaba un poco apenada, bastante triste por como irían las cosas, pero…

Carmen recordó el viaje con su sobrino, el desahogo en la piscina… se sentía mejor y todo gracias a su sobrino. Pero… ¿Estaría bien decírselo a su hermana? ¿Qué gracias a su hijo todo había cambiado?

—¿Pero…?

—Pero… estos días he cambiado de parecer. Ya no estoy tan mal, la verdad… he pasado dos o tres años realmente malos. Obviamente la procesión va por dentro.

—Habérmelo dicho, ¡soy tu hermana!

—Ya lo sé, pero estamos muy lejos y sé que tú ya tienes tus problemas, es complicado, cariño.

—No lo es —dijo rápidamente Mari—. Me llamas y hablamos, punto. —vio que el camarero llegaba con los cafés y al irse siguió— Me lo tendrías que haber contado desde el primer minuto. Aunque me alegro de que estés mejor, eso está claro, sin embargo… ¿Qué ha pasado? ¿Por qué ese cambio?

—Ha sido… muy raro… —no sabía si decírselo, ni como se lo tomaría— mira, no sé si te lo vas a creer, ni si te sentara bien o mal o extraño. Pero por lo que estoy mejor ahora, es por… tu hijo.

—¿Cómo? ¿Por Sergio?

—Sí… —Carmen veía que su hermana necesitaba más detalles y prosiguió— tuvimos un viaje largo en coche, tan largo y a la vez tan corto. Desde el principio comenzamos a hablar y hablar, y no sé… estaba tan a gusto, tan bien. —por su mente viajaban imágenes de las que no le podría hablar nunca a nadie— Comenzó a contarme las cosas con su ex y… no tengo ni idea a día de hoy porque lo hice. Pero le conté lo mío con Pedro.

—Espera, una cosa antes que nada ¿Qué Sergio está mal con Marta?

—Sí… tan mal que ya no están juntos. Hace medio año que lo han dejado, bueno, ella le dejó, además por su ex.

—Joder… —la palabra sonó muy sentida en la boca de Mari que se sintió indignada. Aún pensaba que seguían juntos, es verdad que no le preguntaba, pero ¿Cómo no se lo podía haber dicho?

—Lo siento, pensaba que lo sabías y que si lo hablaba conmigo, que al menos tú estarías enterada. —Carmen se sentía mal, pero Mari la apremió a que siguiera con lo de Pedro. Ya dejarían para otro momento el tema de su hijo— Pues eso, en el coche le conté mis dudas, mis inquietudes y si te soy sincera me ayudó mucho. Si te soy sincera es como si lo pudiera ver todo de otra manera. No es que no esté enfadada, pero… me lo tomo… ¿Con más filosofía?

—Me alegro —aunque no mentía, la cara de Mari reflejaba el mal trago que se había llevado por lo de su hijo.

—¿Cielo, estás bien? De verdad, no sabía nada, joder… si lo sé me cayó.

—No, no… para nada tienes tú la culpa, Carmen. Lo que en verdad me molesta, es lo poco “íntimos” que somos mi hijo y yo. Siempre ha rondado en mi mente acercarme más a mis hijos, preguntarles por su vida de forma… seria… no casi por cortesía, pero no me sale, tengo una barrera, que no… que no me deja avanzar. —en su cara se podían atisbar trazos de pena— Creo que soy muy fría con ellos, en especial con Sergio, es el mayor y bueno no sé… quizá puse más atención en su hermana… yo qué sé. La cosa es que me gustó el abrazo y el beso que me dio, pero me da hasta vergüenza ir y dárselos… —Mari veía sus propias palabras como una chorrada. Sin embargo en el fondo eran tan reales…— si me los da los recibo de mil amores, pero si es al revés, me cuesta… ¡Mierda, es mi hijo!

—Quería hablar de nuestros maridos y esto acaba derivando en Sergio. —ambas sonrieron ante lo curioso del tema— Aunque me parece bien hablar de ello. Lo único que puedo decirte es que tienes que actuar más como yo. Cuando le veo me encanta darle abrazos y si quiero darle un beso, se lo doy. —no podía evitar pensar en cómo le tocaba esa misma mañana— Sé que es diferente, soy su tía… sin embargo deberías ser más cariñosa, es tu hijo, Mari. Además que es un amor, cariñoso, bueno, sensato, lo tiene todo, yo lo amo con locura… deberías forzarte un poquito, según le des el primer abrazo quizá ya no pares.

—Entiendo lo que dices, pero me es tan complicado. Si lo pienso, tampoco con Dani… bueno a él le doy otro tipo de cariño, pero cada vez menos… creo que estoy mezclando dos problemas en uno.

—Pues hablemos de ambos, cariño —le dijo Carmen dirigiéndole una sonrisa a su hermana para que alegrara el rostro—. ¿Quieres hablar de la relación con tu hijo? Hablemos, ¿quieres despotricar a tu marido? Lo hacemos. A mi Pedro ha llegado un punto de que me da igual, te lo juro.

—Y, ¿eso gracias a Sergio?

—Sí y no. Al principio, como es obvio, me decía que no, que no podía ser, pero viendo la realidad consiguió que lo viera todo de otra forma. —aunque Carmen también recordó la noche en que le hacía ver las cosas de otra forma mientras estaba encima de ella.

—Conoces más a Sergio que yo —dijo con una sonrisa irónica y negando con la cabeza— ¿Qué más te contó de Marta?

—Pues eso que estaban bien y de repente de un día para otro, se fue con su ex, un chico que hacía… creo que tres años que no veía, no me acuerdo de las fechas. Que había estado un poco mal en lo anímico y también, en otras cosas…. Ya te imaginas… es un adolescente… había pasado de tener mucho a nada y estaba mal. Entendible, es un chico en la flor de la vida.

—Vale… perfecto… incluso te habla de sexo ¡Estoy alucinando! —decía Mari dando un sorbo a su café para serenarse— Creo que me van a dar el premio a madre del año. ¿En qué lugar estaré en la lista de Sergio para hablar de algo? ¿Última? O quizá aún más abajo. Me siento fatal, en menos de un día estoy viendo que la relación que soñaba tener con mis hijos cuando eran pequeños ni se parece. —miró al final de la calle, como si su hijo fuera a parecer con las respuestas y diciéndola lo buena madre que era. Pero no aparecía nadie— Apenas me cuenta cómo le va en la universidad y contigo habla de todo… siempre he pensado que debo cambiar, pero me cuesta tanto… tengo que hacerlo…

—Ni se te ocurra decir eso, Mari —respondió su hermana con rapidez—. Eres una gran madre, simplemente os falta ese punto de “amistad”, debéis ser más cercanos y ya. La confianza no marca que tú seas una gran madre o no, mira ¿recuerdas con mamá? Ni se nos ocurriría contarle nada.

—Eran otros tiempos…

—Sí, pero aun así no nos atrevíamos, con papá era otra cosa y ninguno de los dos fue peor que el otro. —Mari asintió evocando a sus padres, con sus virtudes y defectos, su hermana tenía razón.

—¿De qué más hablasteis Sergio y tú?

—Nada más. Me contaba lo que le venía a la mente, cuando se suelta no tiene vergüenza, le tuve que parar en alguna ocasión. —no podía asegurar que aquello fuera del todo cierto. Cuando le comenzó a mirar con ciertos ojos lujuriosos después del pantano, estaba segura de que ya no le paró— y te voy a decir una cosa, me encantó hablar de algo así tan abiertamente. Hacia tantos años que no escuchaba una lengua así de suelta… me sentí como cuando éramos jóvenes.

Mari sonrió y miró al infinito, más allá del final de la calle, tratando de recordar aquellas conversaciones interminables con su hermana, tan lejanas en el tiempo. Bajo las sabanas, en el jardín, en el viejo coche de su padre… como le gustaba no parar de hablar junto a Carmen. ¿Cuándo cambio? ¿Cuándo se volvió tan recta, tan avergonzada, tan pudorosa? No quedaba nada de aquella joven que pretendía comerse el mundo, ¿o sí?

El móvil de Carmen vibró, rompiendo el pequeño momento de soledad que compartía con su hermana. Abrió los ojos sin poder evitarlo, un poco más y sus cuerdas vocales provocaron un graznido que a saber cómo se hubiera interpretado. Su hermana la miró con ojos extraños y dando su último sorbo al café se preocupó por ella.

—¿Qué pasa?

—No, nada —dijo Carmen simulando tranquilidad aunque por dentro estaba alterada— cosas de Nuria.

—¿Qué tal están mis sobrinas? Ni he tenido la decencia de preguntarte por ellas.

—Bien, o eso creo, con cuentagotas sé de ellas, ya están intentando hacer sus vidas, ya sabes —viendo que ambas habían terminado el café añadió— ¿nos volvemos?

Pagaron y comenzaron a caminar tranquilas por el pueblo recordando momentos vividos muchos años atrás. Rieron y contaron anécdotas, las cuales hacían que alguna que otra lágrima se derramara por sus pómulos por revivir tales situaciones. Caminaron al coche, hasta que de pronto, mientras ellas reían a carcajadas, alguien las llamó.

—¡Carmen! —saltó una mujer desde su espalda y dirigiéndose a ellas añadía— ¿No me lo creo? Dime que esta es tu hermana.

—¿Pili? —contestó Mari al dudar por un instante. Después de corroborar en sus recuerdos quien era, añadió— ¡Pili!

Ambas se dieron un fuerte abrazo ante los ojos de Carmen que sonreía al sentir la felicidad que estaba sintiendo su hermana desde que había llegado al pueblo. Mari se acababa de encontrar con una de las amigas de su infancia, con la cual, pasados los años y la distancia, casi se habían olvidado la una de la otra. Solo a través de las redes sociales conservaban la amistad y decir eso era demasiado… mejor dicho recordaban el rostro la una de la otra.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer.

—Pues, he venido con mi hijo a ver a mi hermana, ¡hace cuanto que no te veía! Estás guapísima —más un cumplido que realidad, los kilos y la edad le habían pasado factura a la mujer.

—Tú sí que estás guapa, bueno siempre fuisteis muy guapas, como me alegra verte. Aunque si no vas con tu hermana no te hubiera reconocido.

—Estoy por aquí menos de lo que me gustaría, Pili.

—Ya lo siento, chicas, me da una rabia no poder entretenerme… tengo que abrir la tienda, me encantaría estar un rato contigo.

—Oye, podéis quedar después de que cierres —dijo Carmen rápidamente—. Terminabas a las siete de la tarde, ¿no?

—Sí. Después no tengo nada que hacer, mi niño tiene que ir al entrenamiento de baloncesto o sea que… ¿Tomamos algo?

—¿No te importa que no pasemos el tiempo juntas, Carmen? —le preguntó a su hermana aunque sabía la respuesta.

—Más te vale… disfruta y recuerda buenos momentos con Pili, a mí me ves más a menudo, aunque tampoco mucho…

Las tres rieron y se intercambiaron los móviles para quedar más tarde. Mari no podía ser más feliz, haber visto a Pili le traía tantos buenos recuerdos, tantas tardes en el río, tantos juegos a la cuerda, tantos momentos delante y… detrás de los chicos.

Las dos mujeres llegaron al coche. Mari aún tenía la sonrisa por ver a su amiga y la mente viajando al pasado, incluso las ganas de llorar por los viejos recuerdos habían tenido que ser reprimidas.

—¿Le has dicho a Sergio que nos vamos? —preguntó Carmen a su hermana dentro del vehículo.

—No. Se me ha pasado, con la charla y ver a Pili… ahora mismo le mando.

—Aprovecha —Mari no entendía lo que decía su hermana— mándale un mensaje algo cariñoso a tu hijo, anda.

—A ver… —casi con vergüenza comenzó a escribir. Una vez terminado— Cariño, nos vamos a casa, nos vemos allí, besos. ¿Te parece bien? —con un tono de broma como si se lo estuviera diciendo a su madre.

—Ponle que le quieres mucho.

—¿Para qué? Si ya lo sabe.

—Pónselo.

Mari se lo acabó poniendo y al de un minuto vio la contestación de su hijo “bien, mamá, luego me acercan. Yo también te quiero.” Según terminó de leerlo, algo dentro la removió. ¿Hacia cuánto que no escuchaba a su hijo decirla que la quería? Quizá su hija hacia menos tiempo, pero también era más pequeña, ni siquiera Dani soltaba esas palabras tan a la ligera.

Se mojó los labios notando que la garganta se le había secado. Releyó las parabas, “yo también te quiero” el corazón le saltó en su pecho sin un motivo entendible y con sus ojos azules, volvió a leer por última vez las dos últimas palabras “te quiero”. Su mente gritó tan fuerte como le era posible con la imposible posibilidad de que su hijo la escuchara, “yo también te quiero, cariño”.

CONTINUARÁ...
 
Atrás
Top Abajo