La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

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No regresé excesivamente tarde. Serían sobre las dos de la mañana y, como de costumbre, me tomé un buen vaso de leche caliente y unas galletas. No se escuchaba nada en el piso y, después de lavarme los dientes, me metí en la habitación.

La tarde había sido muy intensa; me había follado tres veces a Sofía antes de salir de fiesta, aun así, me apetecía hacerme una paja con las fotos de Paula.

Y es que, aunque no estaba excesivamente caliente, me daba mucho morbo hacerlo, sabiendo que ella estaba en la habitación de al lado con su novio. Abrí el portátil, puse una foto de su cara en grande y me dispuse a ponerme el pijama para estar más cómodo. Y de repente, alguien llamó a la puerta despacito.

―Sí, pasa ―susurré y Paula asomó la cabeza en mi habitación.

―Hola, David… Nada es que me pareció escucharte, solo quería asegurarme de que habías llegado bien… Buenas noch…

―Ven, pasa, no te quedes ahí ―le pedí haciendo un gesto con la mano para que se acercara.

―No, da igual…

―Pasa, no seas tonta…

―Sssssh ―y se puso el dedo en la boca―. Fernando está dormido.

―Entra y cierra… ―tiré de su mano con suavidad. Paula se metió en mi habitación y después entornó la puerta, sin llegar a cerrarla del todo.

Enseguida entendí por qué no quería entrar en mi habitación. Paula estaba en braguitas, pero no unas cualquiera. Eran las del conjuntito que yo le había regalado y, en la parte de arriba, llevaba una camiseta negra, y por debajo se le transparentaba también el sujetador con el lacito rosa.

―¡Guau, Paula! ¡Estás…! ¡Estás increíble! ―tartamudeé mirando sus piernas desnudas―. Te has puesto el conjuntito que te regalé…

―Sí, a Fernando le ha gustado mucho, pero mucho mucho… más de lo que me pensaba ―dijo con una sonrisa picarona.

―¡Mmmm, qué bueno!

―Bueno, ya me voy, solo quería decirte que eso, Fernando se acaba de dormir y…

―¿Os he despertado?

―No, no, yo todavía no me había dormido…

―Joder, ¿habéis estado desde las nueve hasta las dos…?

―¡No, idiota!, ja, ja, ja, bueno casi…, ja, ja, ja…

―Pues sí que le ha gustado el conjuntito, ja, ja, ja…

Entonces, justo caí en la cuenta de que su cara estaba en la pantalla del portátil. Se me había olvidado por completo y antes de que pudiera cerrar la tapa, ella se vio allí en grande.

―¿Esa soy yo…? No me digas que…

―Perdona…, sí, claro que eres tú…

―¡Madre mía, David!, pero si has estado toda la tarde con Sofía, ¡joder, hoy os habéis pasado más que nunca!, ¿y ahora te vas a…? ¿Con mis fotos? ¡Lo tuyo es demasiado ya!

―Sí, ya sabes que después de salir y tomarme una copa me apetece… y más ahora, después de verte así…

―Bueno, anda, yo me voy ya, y… ¡Ssssh, no hagas ruido! ―me pidió dándose media vuelta.

―Espera, Paula… ¿Puedo pedirte una cosa antes de que te vayas?

―¡No, David!, ¡no te voy a mirar cómo lo haces!, ¡¡Y además, te recuerdo que Fernando está aquí al lado!! ―protestó comenzando a poner cara de enfado.

―No, no es eso, es solo que… no sé, ya que llevas puesto el conjuntito que te regalé, ¿podría ver cómo te queda?

―¿A…? ¿Ahora? ―dudó Paula.

―Sí, claro, ahora. Eso me ayudaría mucho para lo que ya sabes… Tampoco tienes que hacer nada, solo quitarte la camiseta, van a ser 30 segundos…

―¡Ni hablar! Ya me estás viendo con él puesto, ¿no? ―dijo mirando hacia abajo.

―Pero no es lo mismo, me dijiste que alguna vez me enseñarías cómo te queda… por favor, Paula… ¡Joder, sería la hostia!

―Yo nunca te he dicho eso, te lo estás inventando…

―¡Sí, lo dijiste! Además, ¿qué lo mismo te da?, te he visto muchas veces en bikini, esto es casi lo mismo…

―Lo mismo… Lo mismo, no es… esto es un conjunto de lencería, y es casi transparente…

―¡Porfa, Paula!, ya que lo tienes puesto, por favor…

Mi hermana resopló y yo, que empezaba a conocerla bien, supe que lo iba a hacer. Me senté en la silla frente a ella y Paula se fijó en mi abultada erección bajo el pijama.

―Ssssh, no hagas ruido ―insistió de nuevo―. Y ni se te ocurra tocarte, eh, y mucho menos sacártela. 30 segundos… ―me advirtió―. ¿Estás listo? ―quiso avisarme para que aquello lo viera bien.

Afirmé como un autómata. Instintivamente me agarré la polla por encima del pijama y Paula me volvió a advertir.

―Eh, sin tocarte… ―me recordó con un susurró―. Y sssssh, ¡cállate!

―No he dicho nada ―murmuré lo más bajito que pude.

De manera sensual, o eso me pareció a mí, se fue deshaciendo de la camiseta, y es que os puedo asegurar que es imposible que ese gesto no resulte erótico en Paula mientras se va quitando la ropa. De repente, ¡¡sus tremendas tetazas aparecieron embutidas en ese minisujetador de adorno!!

Tragué saliva.

Allí la tenía delante de mí, con ese dos piezas transparente, y aunque era su talla, parecía que le quedaba pequeño, pues sus pechos desbordaban la tela por los lados. El sujetador apenas podía soportar sus pesadas tetas y las braguitas se le clavaban en la cintura y le marcaban el coño descaradamente. Puso los dos brazos en jarra y se me mostró impúdica e incestuosa con sus pezones duros. Yo siempre había visto a Paula como una chica elegante y con mucha clase, pero en ese momento, fue la primera vez que me apareció una vulgar zorra.

Una calientapollas.

Tuve que sobármela por encima del pijama, aquello era demasiado excitante y, esta vez, Paula no me dijo nada, incluso se fijó en cómo me la sacudía dos o tres veces y después se dio la vuelta para que viera también cómo le quedaba por detrás, colocándose las braguitas en su sitio, aunque no hiciera falta.

―Me queda bien, ¿verdad? ―comentó cogiendo la camiseta para ponérsela―. Pues ya está, hemos terminado…

―No, espera, Paula… ¿Podría hacerte una foto?, por favor…

―¡No, David!, eso ya no…

―En cuanto la haga la paso al ordenador y la borro del móvil, jamás la va a ver nadie, ¡esta foto es solo para mí! Te lo prometo. Ya sé que no quieres ver cómo me toco, y lo acepto y hasta lo comprendo, pero hoy tengo que correrme con esta instantánea, ¡es increíble tenerte así!, mira como estoy ―le dije enseñándole mi paquete―, además sé que estás excitada…

―Yo no…

―¡Los pezones, Paula! ¡Los pezones!, esos siempre te delatan…

Y ella se cubrió los pechos con los brazos, como si no se los hubiera visto mientras me mostraba cómo le quedaba el conjuntito en su cuerpazo.

―Venga, Paula, deja que te haga una foto, ¡es muy morboso todo, y más sabiendo que tu novio está aquí al lado dormido! ―y me levanté, cerré la puerta, y sin que ella pudiera reaccionar, abrí la cámara del móvil y apunté hacia ella.

―¡David, noooo…! ―me pidió estirando la mano hacia mí.

―Solo una, Paula, por favor ―le rogué mordiéndome los labios y poniéndome de pie.

Cruzó los brazos sobre su pecho sin soltar la camiseta de pijama y se quedó allí parada, mientras yo giraba a su alrededor, tirando no una, sino varias fotos desde todos los ángulos. Incluso me situé detrás de ella y fotografié su culo.

―¡Eh, capullo, has dicho solo una! Ya tienes tus fotos, ¿no?, ¡pues, hala, ya te puedes pajear a gusto! ―murmuró volviendo a amenazarme con ponerse la camiseta.

―Pero así no las quiero, te estás tapando el abdomen, los pechos, y estás muy seria, ni tan siquiera has mirado a la cámara…

―¿No era solo una…?

―Por favor, suelta esa camiseta y mira a la cámara. No cruces los brazos… ¡A ver si sale alguna foto buena!

―¿Así? ―preguntó dejando la camiseta y descubriendo sus pechos para que pudiera fotografiarlos―. ¿Ya está?, ¿te ha salido alguna “buena”?

―Eso es, ¡genial!

Apoyó el culo en el escritorio y se quedó plantada de pie, apoyando las manos en la mesa con naturalidad y cruzando los tobillos. Ahora sí. Se mostraba firme y orgullosa sin taparse. Yo creo que ni ella misma era consciente de la situación. Se estaba dejando fotografiar en lencería por su hermano pequeño a las dos de la mañana y en su habitación.

Intentábamos no hacer ruido, pero a esas horas se escuchaba todo, y su novio podría despertarse de un momento a otro e incluso pillarla en esa escena tan comprometida. ¿Cómo se lo iba a explicar a Fernando?

Pero yo creo que eso es lo que realmente le daba morbo a mi hermana. Saber que su chico estaba durmiendo en la habitación de al lado, mientras ella provocaba a su hermano y se dejaba fotografiar.

Y yo notaba como a cada foto ella se iba poniendo más y más cachonda. Se le había cambiado hasta la cara.

―¡Joder, qué tetas! ―exclamé sacudiéndome la polla por encima del pijama.

―¡Sssssh, cállate idiota! ¡Y no te la toques! ¡Venga, date prisa!

―¡Vaya fotos!, ¡sublimes! ¿Podrías abrir un poco las piernas?, solo un poquito…

Pensé que ella se negaría, pero para mi sorpresa, chasqueó la lengua resignada, haciéndose la ofendida y descruzó los tobillos.

―Mmmm, ¡buenísimo! ―murmuré agarrándomela, y pegándome otras cuatro o cinco sacudidas.

Tenía la polla hinchadísima y Paula miró hacia mi paquete. Se me marcaba todo el contorno por debajo del pijama y mi hermana se mordió los labios. Sus pechos cada vez estaban más hinchados y esos pezones ya le debían medir casi dos centímetros en erección.

¡Estaban a punto de traspasar la tela del sujetador!

―¿Podrías darte la vuelta? ―le pedí pajeándome ya descaradamente por encima del pijama.

Ella me miró de una manera extraña. Y en ese momento, supe que iba a pasar algo mágico entre nosotros aquella noche. Antes de cumplir lo que le había pedido, subió las dos manos y se atusó la melena, entrelazando los dedos en su pelo y poniéndose guapa para mí. ¡Joder, ese gesto fue pura sensualidad!

¡Tuve que soltarme la polla o me hubiera corrido dentro de los calzoncillos!

Y después se giró, apoyando las manos en la mesa. Paula ya no hablaba, solo se dejaba fotografiar y permitió que me situara detrás de ella y me pusiera de rodillas a escasos centímetros de su cuerpo. Desde esa posición, pude ver cómo se le marcaban los labios vaginales e hice unas cuantas fotos a menos de veinte centímetros de su coño, y luego me puse de pie y fotografié su cuerpo entero desde varios ángulos, su espalda, su culo, sus muslos…, mientras ella permanecía con la cabeza agachada.

―Ya está, David. Vale… ―suspiró con la respiración entrecortada, dándose otra vez la vuelta y quedándose apoyada en la mesa.

―Espera ―le supliqué dejando el móvil a su lado―. Deja que me corra, Paula. ¡No puedo más! ―le pedí masturbándome sin sacármela del pijama.

Me acerqué a ella y Paula intentó retroceder, pero no tenía escapatoria, estaba aprisionada por la mesa y entonces, con un ligero saltito, se subió encima y se quedó allí sentada con las piernas abiertas. Su respiración se había convertido en una especie de jadeo, y al fijarme en su entrepierna, pude ver que se le había formado un pequeño círculo de humedad en la zona del coño.

―¡Joder, Paula, estás mojada! ―y ese fue el momento que aproveché para liberar mi polla.

La agarré con firmeza y comencé a sacudírmela a menos de veinte centímetros del cuerpo de Paula, que seguía sentada y con las piernas abiertas.

―¡Tócate si quieres! ―le sugerí a mi hermana.

―¿Qué…? ―gimoteó girando la cabeza avergonzada.

―Que te toques, sé que lo estás deseando… ―repetí acercando mi polla a su coño.

―No. Venga, termina ―me pidió en una especie de gemido.

―Lo haría yo, aunque no puedo… ¡Las normas!, ¡esas putas normas!, pero tú sí puedes tocarme a mí…

Entonces Paula echó la cabeza hacia atrás y soltó otro gemido ahogado. Se pasó la mano entre los pechos y fue descendiendo por su abdomen. El ruido de los dedos deslizándose por su cuerpo me puso cachondísimo y tuve que soltarme la polla.

¡¡Se iba a masturbar delante de mí!! Y yo ya no podía más.

Incorporó la cabeza de nuevo, mirándome fijamente a los ojos y, al llegar al elástico de las braguitas, pasó de largo, acariciándose los labios vaginales. Entonces, y sin que me lo esperara, estiró el brazo y me agarró la polla.

¡¡Mi hermana me agarró la polla!!

―¡¡Paula…!! ―exclamé con los ojos abiertos de par en par.

Ella no dijo nada, solo me pegó tres o cuatro sacudidas con firmeza, haciendo todo el recorrido completo con la mano hasta mi pubis, ejerciendo la presión exacta.

Y mi corrida fue inmediata.

Me hubiera gustado bañarla en leche, pero Sofía me había dejado los huevos secos. Y un potente chorro atravesó el cuerpo de mi hermana y le llegó hasta el ombligo, mojando después sus braguitas con dos o tres espasmos más, con las que derramé lo último que me quedaba en la reserva.

Ella dio un respingo al sentir mi semen caliente bañándola y siguió acariciándome unos pocos segundos más. Después me la soltó y se bajó de la mesa, atropellándome apresurada para salir cuanto antes de mi habitación.

Y allí me dejó. Con la polla fuera, jadeando y sin poderme creer lo que acababa de pasar.

Se metió al baño a limpiarse y unos minutos más tarde, escuché que estaba hablando con Fernando en su habitación. Y de repente, me llegaron unos gemidos bien nítidos. ¡No me lo podía creer!

¡Estaban follando!

Empezaron con un polvo suave y tranquilo bajo las sábanas, pero eso no era lo que necesitaba mi hermana en ese momento. Se le habían desatado todos los infiernos después de hacerme una paja, y necesitaba que se la follaran en condiciones.

No tardó en correrse bien alto sin reprimir sus gemidos y yo sonreí satisfecho, pues aquel orgasmo había sido en parte gracias a mí y después le pidió a su novio que siguiera hasta el final.

―¡¡No la saques, sigueee, aaaaah, aaaaah, córrete, córrete, Fernando, aaaah!!

El gruñido de su chico me indicó que se estaba vaciando dentro de mi hermanita. Me dio un poco de envidia sana por follarse a la chica de mis sueños, pero después de lo que había pasado en mi habitación, yo ya no tenía ninguna duda.

Dentro de poco iba a ser yo el que se corriera dentro de Paula.

Y es que estaba convencido de que, tarde o temprano, ella iba a ser mía. A partir de ahora, todos mis esfuerzos tenían que centrarse en un único objetivo.

Conseguir follarme a mi hermanita…​

Parte Cuatro​

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Es un relato increíble…como mides el tempo
 

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No regresé excesivamente tarde. Serían sobre las dos de la mañana y, como de costumbre, me tomé un buen vaso de leche caliente y unas galletas. No se escuchaba nada en el piso y, después de lavarme los dientes, me metí en la habitación.

La tarde había sido muy intensa; me había follado tres veces a Sofía antes de salir de fiesta, aun así, me apetecía hacerme una paja con las fotos de Paula.

Y es que, aunque no estaba excesivamente caliente, me daba mucho morbo hacerlo, sabiendo que ella estaba en la habitación de al lado con su novio. Abrí el portátil, puse una foto de su cara en grande y me dispuse a ponerme el pijama para estar más cómodo. Y de repente, alguien llamó a la puerta despacito.

―Sí, pasa ―susurré y Paula asomó la cabeza en mi habitación.

―Hola, David… Nada es que me pareció escucharte, solo quería asegurarme de que habías llegado bien… Buenas noch…

―Ven, pasa, no te quedes ahí ―le pedí haciendo un gesto con la mano para que se acercara.

―No, da igual…

―Pasa, no seas tonta…

―Sssssh ―y se puso el dedo en la boca―. Fernando está dormido.

―Entra y cierra… ―tiré de su mano con suavidad. Paula se metió en mi habitación y después entornó la puerta, sin llegar a cerrarla del todo.

Enseguida entendí por qué no quería entrar en mi habitación. Paula estaba en braguitas, pero no unas cualquiera. Eran las del conjuntito que yo le había regalado y, en la parte de arriba, llevaba una camiseta negra, y por debajo se le transparentaba también el sujetador con el lacito rosa.

―¡Guau, Paula! ¡Estás…! ¡Estás increíble! ―tartamudeé mirando sus piernas desnudas―. Te has puesto el conjuntito que te regalé…

―Sí, a Fernando le ha gustado mucho, pero mucho mucho… más de lo que me pensaba ―dijo con una sonrisa picarona.

―¡Mmmm, qué bueno!

―Bueno, ya me voy, solo quería decirte que eso, Fernando se acaba de dormir y…

―¿Os he despertado?

―No, no, yo todavía no me había dormido…

―Joder, ¿habéis estado desde las nueve hasta las dos…?

―¡No, idiota!, ja, ja, ja, bueno casi…, ja, ja, ja…

―Pues sí que le ha gustado el conjuntito, ja, ja, ja…

Entonces, justo caí en la cuenta de que su cara estaba en la pantalla del portátil. Se me había olvidado por completo y antes de que pudiera cerrar la tapa, ella se vio allí en grande.

―¿Esa soy yo…? No me digas que…

―Perdona…, sí, claro que eres tú…

―¡Madre mía, David!, pero si has estado toda la tarde con Sofía, ¡joder, hoy os habéis pasado más que nunca!, ¿y ahora te vas a…? ¿Con mis fotos? ¡Lo tuyo es demasiado ya!

―Sí, ya sabes que después de salir y tomarme una copa me apetece… y más ahora, después de verte así…

―Bueno, anda, yo me voy ya, y… ¡Ssssh, no hagas ruido! ―me pidió dándose media vuelta.

―Espera, Paula… ¿Puedo pedirte una cosa antes de que te vayas?

―¡No, David!, ¡no te voy a mirar cómo lo haces!, ¡¡Y además, te recuerdo que Fernando está aquí al lado!! ―protestó comenzando a poner cara de enfado.

―No, no es eso, es solo que… no sé, ya que llevas puesto el conjuntito que te regalé, ¿podría ver cómo te queda?

―¿A…? ¿Ahora? ―dudó Paula.

―Sí, claro, ahora. Eso me ayudaría mucho para lo que ya sabes… Tampoco tienes que hacer nada, solo quitarte la camiseta, van a ser 30 segundos…

―¡Ni hablar! Ya me estás viendo con él puesto, ¿no? ―dijo mirando hacia abajo.

―Pero no es lo mismo, me dijiste que alguna vez me enseñarías cómo te queda… por favor, Paula… ¡Joder, sería la hostia!

―Yo nunca te he dicho eso, te lo estás inventando…

―¡Sí, lo dijiste! Además, ¿qué lo mismo te da?, te he visto muchas veces en bikini, esto es casi lo mismo…

―Lo mismo… Lo mismo, no es… esto es un conjunto de lencería, y es casi transparente…

―¡Porfa, Paula!, ya que lo tienes puesto, por favor…

Mi hermana resopló y yo, que empezaba a conocerla bien, supe que lo iba a hacer. Me senté en la silla frente a ella y Paula se fijó en mi abultada erección bajo el pijama.

―Ssssh, no hagas ruido ―insistió de nuevo―. Y ni se te ocurra tocarte, eh, y mucho menos sacártela. 30 segundos… ―me advirtió―. ¿Estás listo? ―quiso avisarme para que aquello lo viera bien.

Afirmé como un autómata. Instintivamente me agarré la polla por encima del pijama y Paula me volvió a advertir.

―Eh, sin tocarte… ―me recordó con un susurró―. Y sssssh, ¡cállate!

―No he dicho nada ―murmuré lo más bajito que pude.

De manera sensual, o eso me pareció a mí, se fue deshaciendo de la camiseta, y es que os puedo asegurar que es imposible que ese gesto no resulte erótico en Paula mientras se va quitando la ropa. De repente, ¡¡sus tremendas tetazas aparecieron embutidas en ese minisujetador de adorno!!

Tragué saliva.

Allí la tenía delante de mí, con ese dos piezas transparente, y aunque era su talla, parecía que le quedaba pequeño, pues sus pechos desbordaban la tela por los lados. El sujetador apenas podía soportar sus pesadas tetas y las braguitas se le clavaban en la cintura y le marcaban el coño descaradamente. Puso los dos brazos en jarra y se me mostró impúdica e incestuosa con sus pezones duros. Yo siempre había visto a Paula como una chica elegante y con mucha clase, pero en ese momento, fue la primera vez que me apareció una vulgar zorra.

Una calientapollas.

Tuve que sobármela por encima del pijama, aquello era demasiado excitante y, esta vez, Paula no me dijo nada, incluso se fijó en cómo me la sacudía dos o tres veces y después se dio la vuelta para que viera también cómo le quedaba por detrás, colocándose las braguitas en su sitio, aunque no hiciera falta.

―Me queda bien, ¿verdad? ―comentó cogiendo la camiseta para ponérsela―. Pues ya está, hemos terminado…

―No, espera, Paula… ¿Podría hacerte una foto?, por favor…

―¡No, David!, eso ya no…

―En cuanto la haga la paso al ordenador y la borro del móvil, jamás la va a ver nadie, ¡esta foto es solo para mí! Te lo prometo. Ya sé que no quieres ver cómo me toco, y lo acepto y hasta lo comprendo, pero hoy tengo que correrme con esta instantánea, ¡es increíble tenerte así!, mira como estoy ―le dije enseñándole mi paquete―, además sé que estás excitada…

―Yo no…

―¡Los pezones, Paula! ¡Los pezones!, esos siempre te delatan…

Y ella se cubrió los pechos con los brazos, como si no se los hubiera visto mientras me mostraba cómo le quedaba el conjuntito en su cuerpazo.

―Venga, Paula, deja que te haga una foto, ¡es muy morboso todo, y más sabiendo que tu novio está aquí al lado dormido! ―y me levanté, cerré la puerta, y sin que ella pudiera reaccionar, abrí la cámara del móvil y apunté hacia ella.

―¡David, noooo…! ―me pidió estirando la mano hacia mí.

―Solo una, Paula, por favor ―le rogué mordiéndome los labios y poniéndome de pie.

Cruzó los brazos sobre su pecho sin soltar la camiseta de pijama y se quedó allí parada, mientras yo giraba a su alrededor, tirando no una, sino varias fotos desde todos los ángulos. Incluso me situé detrás de ella y fotografié su culo.

―¡Eh, capullo, has dicho solo una! Ya tienes tus fotos, ¿no?, ¡pues, hala, ya te puedes pajear a gusto! ―murmuró volviendo a amenazarme con ponerse la camiseta.

―Pero así no las quiero, te estás tapando el abdomen, los pechos, y estás muy seria, ni tan siquiera has mirado a la cámara…

―¿No era solo una…?

―Por favor, suelta esa camiseta y mira a la cámara. No cruces los brazos… ¡A ver si sale alguna foto buena!

―¿Así? ―preguntó dejando la camiseta y descubriendo sus pechos para que pudiera fotografiarlos―. ¿Ya está?, ¿te ha salido alguna “buena”?

―Eso es, ¡genial!

Apoyó el culo en el escritorio y se quedó plantada de pie, apoyando las manos en la mesa con naturalidad y cruzando los tobillos. Ahora sí. Se mostraba firme y orgullosa sin taparse. Yo creo que ni ella misma era consciente de la situación. Se estaba dejando fotografiar en lencería por su hermano pequeño a las dos de la mañana y en su habitación.

Intentábamos no hacer ruido, pero a esas horas se escuchaba todo, y su novio podría despertarse de un momento a otro e incluso pillarla en esa escena tan comprometida. ¿Cómo se lo iba a explicar a Fernando?

Pero yo creo que eso es lo que realmente le daba morbo a mi hermana. Saber que su chico estaba durmiendo en la habitación de al lado, mientras ella provocaba a su hermano y se dejaba fotografiar.

Y yo notaba como a cada foto ella se iba poniendo más y más cachonda. Se le había cambiado hasta la cara.

―¡Joder, qué tetas! ―exclamé sacudiéndome la polla por encima del pijama.

―¡Sssssh, cállate idiota! ¡Y no te la toques! ¡Venga, date prisa!

―¡Vaya fotos!, ¡sublimes! ¿Podrías abrir un poco las piernas?, solo un poquito…

Pensé que ella se negaría, pero para mi sorpresa, chasqueó la lengua resignada, haciéndose la ofendida y descruzó los tobillos.

―Mmmm, ¡buenísimo! ―murmuré agarrándomela, y pegándome otras cuatro o cinco sacudidas.

Tenía la polla hinchadísima y Paula miró hacia mi paquete. Se me marcaba todo el contorno por debajo del pijama y mi hermana se mordió los labios. Sus pechos cada vez estaban más hinchados y esos pezones ya le debían medir casi dos centímetros en erección.

¡Estaban a punto de traspasar la tela del sujetador!

―¿Podrías darte la vuelta? ―le pedí pajeándome ya descaradamente por encima del pijama.

Ella me miró de una manera extraña. Y en ese momento, supe que iba a pasar algo mágico entre nosotros aquella noche. Antes de cumplir lo que le había pedido, subió las dos manos y se atusó la melena, entrelazando los dedos en su pelo y poniéndose guapa para mí. ¡Joder, ese gesto fue pura sensualidad!

¡Tuve que soltarme la polla o me hubiera corrido dentro de los calzoncillos!

Y después se giró, apoyando las manos en la mesa. Paula ya no hablaba, solo se dejaba fotografiar y permitió que me situara detrás de ella y me pusiera de rodillas a escasos centímetros de su cuerpo. Desde esa posición, pude ver cómo se le marcaban los labios vaginales e hice unas cuantas fotos a menos de veinte centímetros de su coño, y luego me puse de pie y fotografié su cuerpo entero desde varios ángulos, su espalda, su culo, sus muslos…, mientras ella permanecía con la cabeza agachada.

―Ya está, David. Vale… ―suspiró con la respiración entrecortada, dándose otra vez la vuelta y quedándose apoyada en la mesa.

―Espera ―le supliqué dejando el móvil a su lado―. Deja que me corra, Paula. ¡No puedo más! ―le pedí masturbándome sin sacármela del pijama.

Me acerqué a ella y Paula intentó retroceder, pero no tenía escapatoria, estaba aprisionada por la mesa y entonces, con un ligero saltito, se subió encima y se quedó allí sentada con las piernas abiertas. Su respiración se había convertido en una especie de jadeo, y al fijarme en su entrepierna, pude ver que se le había formado un pequeño círculo de humedad en la zona del coño.

―¡Joder, Paula, estás mojada! ―y ese fue el momento que aproveché para liberar mi polla.

La agarré con firmeza y comencé a sacudírmela a menos de veinte centímetros del cuerpo de Paula, que seguía sentada y con las piernas abiertas.

―¡Tócate si quieres! ―le sugerí a mi hermana.

―¿Qué…? ―gimoteó girando la cabeza avergonzada.

―Que te toques, sé que lo estás deseando… ―repetí acercando mi polla a su coño.

―No. Venga, termina ―me pidió en una especie de gemido.

―Lo haría yo, aunque no puedo… ¡Las normas!, ¡esas putas normas!, pero tú sí puedes tocarme a mí…

Entonces Paula echó la cabeza hacia atrás y soltó otro gemido ahogado. Se pasó la mano entre los pechos y fue descendiendo por su abdomen. El ruido de los dedos deslizándose por su cuerpo me puso cachondísimo y tuve que soltarme la polla.

¡¡Se iba a masturbar delante de mí!! Y yo ya no podía más.

Incorporó la cabeza de nuevo, mirándome fijamente a los ojos y, al llegar al elástico de las braguitas, pasó de largo, acariciándose los labios vaginales. Entonces, y sin que me lo esperara, estiró el brazo y me agarró la polla.

¡¡Mi hermana me agarró la polla!!

―¡¡Paula…!! ―exclamé con los ojos abiertos de par en par.

Ella no dijo nada, solo me pegó tres o cuatro sacudidas con firmeza, haciendo todo el recorrido completo con la mano hasta mi pubis, ejerciendo la presión exacta.

Y mi corrida fue inmediata.

Me hubiera gustado bañarla en leche, pero Sofía me había dejado los huevos secos. Y un potente chorro atravesó el cuerpo de mi hermana y le llegó hasta el ombligo, mojando después sus braguitas con dos o tres espasmos más, con las que derramé lo último que me quedaba en la reserva.

Ella dio un respingo al sentir mi semen caliente bañándola y siguió acariciándome unos pocos segundos más. Después me la soltó y se bajó de la mesa, atropellándome apresurada para salir cuanto antes de mi habitación.

Y allí me dejó. Con la polla fuera, jadeando y sin poderme creer lo que acababa de pasar.

Se metió al baño a limpiarse y unos minutos más tarde, escuché que estaba hablando con Fernando en su habitación. Y de repente, me llegaron unos gemidos bien nítidos. ¡No me lo podía creer!

¡Estaban follando!

Empezaron con un polvo suave y tranquilo bajo las sábanas, pero eso no era lo que necesitaba mi hermana en ese momento. Se le habían desatado todos los infiernos después de hacerme una paja, y necesitaba que se la follaran en condiciones.

No tardó en correrse bien alto sin reprimir sus gemidos y yo sonreí satisfecho, pues aquel orgasmo había sido en parte gracias a mí y después le pidió a su novio que siguiera hasta el final.

―¡¡No la saques, sigueee, aaaaah, aaaaah, córrete, córrete, Fernando, aaaah!!

El gruñido de su chico me indicó que se estaba vaciando dentro de mi hermanita. Me dio un poco de envidia sana por follarse a la chica de mis sueños, pero después de lo que había pasado en mi habitación, yo ya no tenía ninguna duda.

Dentro de poco iba a ser yo el que se corriera dentro de Paula.

Y es que estaba convencido de que, tarde o temprano, ella iba a ser mía. A partir de ahora, todos mis esfuerzos tenían que centrarse en un único objetivo.

Conseguir follarme a mi hermanita…​

Parte Cuatro​

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Lo de esta historia, es una pasada lo buena que es.
 
Es un relato maravilloso, cautivador y tremendamente erótico. Te llena y te engancha desde el primer capítulo y estar siempre mirando cuando llega la siguiente entrega. Gracias por escribir relatos como este. Saudiños
 
Es un relato maravilloso, cautivador y tremendamente erótico. Te llena y te engancha desde el primer capítulo y estar siempre mirando cuando llega la siguiente entrega. Gracias por escribir relatos como este. Saudiños
Es mas, yo diria incluso que estaria muy bien adaptarlo al cine, no se si en una vertiente mas erotica y suave o mas pornografica y dura.
 

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No regresé excesivamente tarde. Serían sobre las dos de la mañana y, como de costumbre, me tomé un buen vaso de leche caliente y unas galletas. No se escuchaba nada en el piso y, después de lavarme los dientes, me metí en la habitación.

La tarde había sido muy intensa; me había follado tres veces a Sofía antes de salir de fiesta, aun así, me apetecía hacerme una paja con las fotos de Paula.

Y es que, aunque no estaba excesivamente caliente, me daba mucho morbo hacerlo, sabiendo que ella estaba en la habitación de al lado con su novio. Abrí el portátil, puse una foto de su cara en grande y me dispuse a ponerme el pijama para estar más cómodo. Y de repente, alguien llamó a la puerta despacito.

―Sí, pasa ―susurré y Paula asomó la cabeza en mi habitación.

―Hola, David… Nada es que me pareció escucharte, solo quería asegurarme de que habías llegado bien… Buenas noch…

―Ven, pasa, no te quedes ahí ―le pedí haciendo un gesto con la mano para que se acercara.

―No, da igual…

―Pasa, no seas tonta…

―Sssssh ―y se puso el dedo en la boca―. Fernando está dormido.

―Entra y cierra… ―tiré de su mano con suavidad. Paula se metió en mi habitación y después entornó la puerta, sin llegar a cerrarla del todo.

Enseguida entendí por qué no quería entrar en mi habitación. Paula estaba en braguitas, pero no unas cualquiera. Eran las del conjuntito que yo le había regalado y, en la parte de arriba, llevaba una camiseta negra, y por debajo se le transparentaba también el sujetador con el lacito rosa.

―¡Guau, Paula! ¡Estás…! ¡Estás increíble! ―tartamudeé mirando sus piernas desnudas―. Te has puesto el conjuntito que te regalé…

―Sí, a Fernando le ha gustado mucho, pero mucho mucho… más de lo que me pensaba ―dijo con una sonrisa picarona.

―¡Mmmm, qué bueno!

―Bueno, ya me voy, solo quería decirte que eso, Fernando se acaba de dormir y…

―¿Os he despertado?

―No, no, yo todavía no me había dormido…

―Joder, ¿habéis estado desde las nueve hasta las dos…?

―¡No, idiota!, ja, ja, ja, bueno casi…, ja, ja, ja…

―Pues sí que le ha gustado el conjuntito, ja, ja, ja…

Entonces, justo caí en la cuenta de que su cara estaba en la pantalla del portátil. Se me había olvidado por completo y antes de que pudiera cerrar la tapa, ella se vio allí en grande.

―¿Esa soy yo…? No me digas que…

―Perdona…, sí, claro que eres tú…

―¡Madre mía, David!, pero si has estado toda la tarde con Sofía, ¡joder, hoy os habéis pasado más que nunca!, ¿y ahora te vas a…? ¿Con mis fotos? ¡Lo tuyo es demasiado ya!

―Sí, ya sabes que después de salir y tomarme una copa me apetece… y más ahora, después de verte así…

―Bueno, anda, yo me voy ya, y… ¡Ssssh, no hagas ruido! ―me pidió dándose media vuelta.

―Espera, Paula… ¿Puedo pedirte una cosa antes de que te vayas?

―¡No, David!, ¡no te voy a mirar cómo lo haces!, ¡¡Y además, te recuerdo que Fernando está aquí al lado!! ―protestó comenzando a poner cara de enfado.

―No, no es eso, es solo que… no sé, ya que llevas puesto el conjuntito que te regalé, ¿podría ver cómo te queda?

―¿A…? ¿Ahora? ―dudó Paula.

―Sí, claro, ahora. Eso me ayudaría mucho para lo que ya sabes… Tampoco tienes que hacer nada, solo quitarte la camiseta, van a ser 30 segundos…

―¡Ni hablar! Ya me estás viendo con él puesto, ¿no? ―dijo mirando hacia abajo.

―Pero no es lo mismo, me dijiste que alguna vez me enseñarías cómo te queda… por favor, Paula… ¡Joder, sería la hostia!

―Yo nunca te he dicho eso, te lo estás inventando…

―¡Sí, lo dijiste! Además, ¿qué lo mismo te da?, te he visto muchas veces en bikini, esto es casi lo mismo…

―Lo mismo… Lo mismo, no es… esto es un conjunto de lencería, y es casi transparente…

―¡Porfa, Paula!, ya que lo tienes puesto, por favor…

Mi hermana resopló y yo, que empezaba a conocerla bien, supe que lo iba a hacer. Me senté en la silla frente a ella y Paula se fijó en mi abultada erección bajo el pijama.

―Ssssh, no hagas ruido ―insistió de nuevo―. Y ni se te ocurra tocarte, eh, y mucho menos sacártela. 30 segundos… ―me advirtió―. ¿Estás listo? ―quiso avisarme para que aquello lo viera bien.

Afirmé como un autómata. Instintivamente me agarré la polla por encima del pijama y Paula me volvió a advertir.

―Eh, sin tocarte… ―me recordó con un susurró―. Y sssssh, ¡cállate!

―No he dicho nada ―murmuré lo más bajito que pude.

De manera sensual, o eso me pareció a mí, se fue deshaciendo de la camiseta, y es que os puedo asegurar que es imposible que ese gesto no resulte erótico en Paula mientras se va quitando la ropa. De repente, ¡¡sus tremendas tetazas aparecieron embutidas en ese minisujetador de adorno!!

Tragué saliva.

Allí la tenía delante de mí, con ese dos piezas transparente, y aunque era su talla, parecía que le quedaba pequeño, pues sus pechos desbordaban la tela por los lados. El sujetador apenas podía soportar sus pesadas tetas y las braguitas se le clavaban en la cintura y le marcaban el coño descaradamente. Puso los dos brazos en jarra y se me mostró impúdica e incestuosa con sus pezones duros. Yo siempre había visto a Paula como una chica elegante y con mucha clase, pero en ese momento, fue la primera vez que me apareció una vulgar zorra.

Una calientapollas.

Tuve que sobármela por encima del pijama, aquello era demasiado excitante y, esta vez, Paula no me dijo nada, incluso se fijó en cómo me la sacudía dos o tres veces y después se dio la vuelta para que viera también cómo le quedaba por detrás, colocándose las braguitas en su sitio, aunque no hiciera falta.

―Me queda bien, ¿verdad? ―comentó cogiendo la camiseta para ponérsela―. Pues ya está, hemos terminado…

―No, espera, Paula… ¿Podría hacerte una foto?, por favor…

―¡No, David!, eso ya no…

―En cuanto la haga la paso al ordenador y la borro del móvil, jamás la va a ver nadie, ¡esta foto es solo para mí! Te lo prometo. Ya sé que no quieres ver cómo me toco, y lo acepto y hasta lo comprendo, pero hoy tengo que correrme con esta instantánea, ¡es increíble tenerte así!, mira como estoy ―le dije enseñándole mi paquete―, además sé que estás excitada…

―Yo no…

―¡Los pezones, Paula! ¡Los pezones!, esos siempre te delatan…

Y ella se cubrió los pechos con los brazos, como si no se los hubiera visto mientras me mostraba cómo le quedaba el conjuntito en su cuerpazo.

―Venga, Paula, deja que te haga una foto, ¡es muy morboso todo, y más sabiendo que tu novio está aquí al lado dormido! ―y me levanté, cerré la puerta, y sin que ella pudiera reaccionar, abrí la cámara del móvil y apunté hacia ella.

―¡David, noooo…! ―me pidió estirando la mano hacia mí.

―Solo una, Paula, por favor ―le rogué mordiéndome los labios y poniéndome de pie.

Cruzó los brazos sobre su pecho sin soltar la camiseta de pijama y se quedó allí parada, mientras yo giraba a su alrededor, tirando no una, sino varias fotos desde todos los ángulos. Incluso me situé detrás de ella y fotografié su culo.

―¡Eh, capullo, has dicho solo una! Ya tienes tus fotos, ¿no?, ¡pues, hala, ya te puedes pajear a gusto! ―murmuró volviendo a amenazarme con ponerse la camiseta.

―Pero así no las quiero, te estás tapando el abdomen, los pechos, y estás muy seria, ni tan siquiera has mirado a la cámara…

―¿No era solo una…?

―Por favor, suelta esa camiseta y mira a la cámara. No cruces los brazos… ¡A ver si sale alguna foto buena!

―¿Así? ―preguntó dejando la camiseta y descubriendo sus pechos para que pudiera fotografiarlos―. ¿Ya está?, ¿te ha salido alguna “buena”?

―Eso es, ¡genial!

Apoyó el culo en el escritorio y se quedó plantada de pie, apoyando las manos en la mesa con naturalidad y cruzando los tobillos. Ahora sí. Se mostraba firme y orgullosa sin taparse. Yo creo que ni ella misma era consciente de la situación. Se estaba dejando fotografiar en lencería por su hermano pequeño a las dos de la mañana y en su habitación.

Intentábamos no hacer ruido, pero a esas horas se escuchaba todo, y su novio podría despertarse de un momento a otro e incluso pillarla en esa escena tan comprometida. ¿Cómo se lo iba a explicar a Fernando?

Pero yo creo que eso es lo que realmente le daba morbo a mi hermana. Saber que su chico estaba durmiendo en la habitación de al lado, mientras ella provocaba a su hermano y se dejaba fotografiar.

Y yo notaba como a cada foto ella se iba poniendo más y más cachonda. Se le había cambiado hasta la cara.

―¡Joder, qué tetas! ―exclamé sacudiéndome la polla por encima del pijama.

―¡Sssssh, cállate idiota! ¡Y no te la toques! ¡Venga, date prisa!

―¡Vaya fotos!, ¡sublimes! ¿Podrías abrir un poco las piernas?, solo un poquito…

Pensé que ella se negaría, pero para mi sorpresa, chasqueó la lengua resignada, haciéndose la ofendida y descruzó los tobillos.

―Mmmm, ¡buenísimo! ―murmuré agarrándomela, y pegándome otras cuatro o cinco sacudidas.

Tenía la polla hinchadísima y Paula miró hacia mi paquete. Se me marcaba todo el contorno por debajo del pijama y mi hermana se mordió los labios. Sus pechos cada vez estaban más hinchados y esos pezones ya le debían medir casi dos centímetros en erección.

¡Estaban a punto de traspasar la tela del sujetador!

―¿Podrías darte la vuelta? ―le pedí pajeándome ya descaradamente por encima del pijama.

Ella me miró de una manera extraña. Y en ese momento, supe que iba a pasar algo mágico entre nosotros aquella noche. Antes de cumplir lo que le había pedido, subió las dos manos y se atusó la melena, entrelazando los dedos en su pelo y poniéndose guapa para mí. ¡Joder, ese gesto fue pura sensualidad!

¡Tuve que soltarme la polla o me hubiera corrido dentro de los calzoncillos!

Y después se giró, apoyando las manos en la mesa. Paula ya no hablaba, solo se dejaba fotografiar y permitió que me situara detrás de ella y me pusiera de rodillas a escasos centímetros de su cuerpo. Desde esa posición, pude ver cómo se le marcaban los labios vaginales e hice unas cuantas fotos a menos de veinte centímetros de su coño, y luego me puse de pie y fotografié su cuerpo entero desde varios ángulos, su espalda, su culo, sus muslos…, mientras ella permanecía con la cabeza agachada.

―Ya está, David. Vale… ―suspiró con la respiración entrecortada, dándose otra vez la vuelta y quedándose apoyada en la mesa.

―Espera ―le supliqué dejando el móvil a su lado―. Deja que me corra, Paula. ¡No puedo más! ―le pedí masturbándome sin sacármela del pijama.

Me acerqué a ella y Paula intentó retroceder, pero no tenía escapatoria, estaba aprisionada por la mesa y entonces, con un ligero saltito, se subió encima y se quedó allí sentada con las piernas abiertas. Su respiración se había convertido en una especie de jadeo, y al fijarme en su entrepierna, pude ver que se le había formado un pequeño círculo de humedad en la zona del coño.

―¡Joder, Paula, estás mojada! ―y ese fue el momento que aproveché para liberar mi polla.

La agarré con firmeza y comencé a sacudírmela a menos de veinte centímetros del cuerpo de Paula, que seguía sentada y con las piernas abiertas.

―¡Tócate si quieres! ―le sugerí a mi hermana.

―¿Qué…? ―gimoteó girando la cabeza avergonzada.

―Que te toques, sé que lo estás deseando… ―repetí acercando mi polla a su coño.

―No. Venga, termina ―me pidió en una especie de gemido.

―Lo haría yo, aunque no puedo… ¡Las normas!, ¡esas putas normas!, pero tú sí puedes tocarme a mí…

Entonces Paula echó la cabeza hacia atrás y soltó otro gemido ahogado. Se pasó la mano entre los pechos y fue descendiendo por su abdomen. El ruido de los dedos deslizándose por su cuerpo me puso cachondísimo y tuve que soltarme la polla.

¡¡Se iba a masturbar delante de mí!! Y yo ya no podía más.

Incorporó la cabeza de nuevo, mirándome fijamente a los ojos y, al llegar al elástico de las braguitas, pasó de largo, acariciándose los labios vaginales. Entonces, y sin que me lo esperara, estiró el brazo y me agarró la polla.

¡¡Mi hermana me agarró la polla!!

―¡¡Paula…!! ―exclamé con los ojos abiertos de par en par.

Ella no dijo nada, solo me pegó tres o cuatro sacudidas con firmeza, haciendo todo el recorrido completo con la mano hasta mi pubis, ejerciendo la presión exacta.

Y mi corrida fue inmediata.

Me hubiera gustado bañarla en leche, pero Sofía me había dejado los huevos secos. Y un potente chorro atravesó el cuerpo de mi hermana y le llegó hasta el ombligo, mojando después sus braguitas con dos o tres espasmos más, con las que derramé lo último que me quedaba en la reserva.

Ella dio un respingo al sentir mi semen caliente bañándola y siguió acariciándome unos pocos segundos más. Después me la soltó y se bajó de la mesa, atropellándome apresurada para salir cuanto antes de mi habitación.

Y allí me dejó. Con la polla fuera, jadeando y sin poderme creer lo que acababa de pasar.

Se metió al baño a limpiarse y unos minutos más tarde, escuché que estaba hablando con Fernando en su habitación. Y de repente, me llegaron unos gemidos bien nítidos. ¡No me lo podía creer!

¡Estaban follando!

Empezaron con un polvo suave y tranquilo bajo las sábanas, pero eso no era lo que necesitaba mi hermana en ese momento. Se le habían desatado todos los infiernos después de hacerme una paja, y necesitaba que se la follaran en condiciones.

No tardó en correrse bien alto sin reprimir sus gemidos y yo sonreí satisfecho, pues aquel orgasmo había sido en parte gracias a mí y después le pidió a su novio que siguiera hasta el final.

―¡¡No la saques, sigueee, aaaaah, aaaaah, córrete, córrete, Fernando, aaaah!!

El gruñido de su chico me indicó que se estaba vaciando dentro de mi hermanita. Me dio un poco de envidia sana por follarse a la chica de mis sueños, pero después de lo que había pasado en mi habitación, yo ya no tenía ninguna duda.

Dentro de poco iba a ser yo el que se corriera dentro de Paula.

Y es que estaba convencido de que, tarde o temprano, ella iba a ser mía. A partir de ahora, todos mis esfuerzos tenían que centrarse en un único objetivo.

Conseguir follarme a mi hermanita…​

Parte Cuatro​

37​

Tremenda eyaculada que me acaba de sacar
 
Magnifica estructuración de la historia, relatada con detalle, cuidada al máximo, te hace verte en la habitación y ser David.. ojalá------
Deseando las siguiente entregas, después de este capitula, Paula ya no da marcha atrás, llegara hasta el final...
 

Parte Cuatro​

37​



El domingo me levanté muy tarde, casi a las doce. Dormí más de diez horas y pocas me parecieron, porque caí en la cama destrozado, después de haberme corrido cuatro veces el día anterior.

Me desperté con un cosquilleo en el estómago. Era una sensación diferente a la noche en la que Paula dejó que me masturbara delante de ella. Ahora había sido otra cosa. Y es que mi hermana me había agarrado la polla y me la meneó hasta que me corrí encima de ella. Con el añadido de que Fernando estaba durmiendo en la habitación de al lado.

Ya no podría disimular más ni ponerme ninguna excusa. Y es que Paula terminó perdiendo los papeles y hasta me permitió que la fotografiara con un conjuntito de lencería erótica y, no conforme con eso, también me dejó que me pajeara sobre su cuerpo.

Salió de mi habitación terriblemente cachonda, con los pezones erectos y una mancha de humedad de casi diez centímetros en la zona del coño. Supongo que después de limpiarse el semen que bañaba su abdomen, llegó a su cuarto tan excitada que se tuvo que follar a su novio pensando en la locura que acababa de cometer.

Yo se lo había advertido. Podía reconciliarse con Fernando y acostarse con él las veces que quisiera, pero no por eso se iba a poder sacar el veneno que ya le corría por las venas. Por supuesto que me refiero al INCESTO. Y lo sabía de primera mano.

El sexo con Sofía no podía ser más guarro y morboso, pero nada comparado con ese placer, multiplicado por mil, de tener un orgasmo delante de mi hermana.

Y ahora Paula estaba sintiendo lo mismo que yo.

Cuando me levanté ya no estaban en casa, se habían ido a misa y a tomar un brunch con los amigos de Fernando. Sobre la una, Paula me mandó un mensaje diciéndome que tampoco venía a comer, y que me preparara lo que pillara por el frigo. Me supuse que mi hermana no quería afrontar lo que había hecho la noche anterior y me estaba evitando.

Pero tarde o temprano tendría que volver a casa. Y otra vez estaríamos los dos solos.

Llegó sobre las 20:30 y sola, yo estaba viendo la tele y me saludó con un escueto “hola”, antes de meterse en su habitación. Salió unos minutos más tarde, se pegó una ducha y volvió a entrar en su cuarto, entonces me acerqué hasta su puerta y toqué con la mano.

―Paula, ¿qué quieres cenar?

―No voy a cenar nada, hemos estado picando y ya si eso me como luego un yogurt, me voy a quedar estudiando ―me dijo desde dentro.

Confirmado. Paula me estaba evitando.

Y sobre las diez volví a llamar a su puerta para decirle que me iba a la cama.

―Vale ―fue lo único que contestó.

No quería irme a dormir así y me quedé esperando en mi habitación. Sabía que tarde o temprano ella iba a salir, y una hora más tarde, cuando la escuché trasteando en la cocina, salí decidido a hablar con Paula, que se sorprendió al verme allí, de pie frente a ella.

Cogí una silla y tomé asiento a su lado mientras se comía el yogurt.

―Paula, ¿estás bien o me vas a seguir evitando hasta el final de curso? Porque se te va a hacer largo, quedan casi dos meses…

―Pues sí. La verdad es que no quería hablar contigo, ni verte.

―¿Por qué?, ¿por lo que pasó ayer?

―Ya lo sabes, David… ―dijo bajando la cabeza avergonzada―. ¿Te importa dejarme sola? No hagas que te lo pida más veces, por favor…

―No quiero que estés así, me jode mucho verte mal, Paula. Eres mi hermana y la persona más importante en mi vida… y mucho menos quiero que te avergüences por lo de ayer, ¡¡fue una puta locura!!

―Ayer te pasaste. Y mucho. Fernando estaba al lado, me pusiste en una situación muy comprometida… ¿Es que estás loco? ¡Nos podía haber pillado, joder!, ¡mi novio nos podía haber escuchado! Y tú te pusiste muy pesado. Al final te tuve que enseñar el conjunto y que me hicieras las fotos…, y por cierto, lo que hice fue solo para que terminaras lo antes posible, ¿me has entendido? Así que no te emociones demasiado, que ya te estoy viendo venir.

―Bueno, Paula ―dije sin alterarme, tratando de mantener la calma―. Puedes decir y aparentar lo que quieras, pero yo sé lo que vi…

―¿Y qué viste?

―Que te excitaste mientras te hacía las fotos. Se te encendieron las mejillas, tenías los pezones duros y esa marca de humedad en el coño, uff… ¿O me vas a decir que tampoco estabas mojada?

―Espero que ya hayas borrado las fotos, y ni se te ocurra enseñárselas a nadie. ¡Jamás!

―Que sí, Paula, puedes estar tranquila por eso, solo las veré yo. Ahora las paso al ordenador y las borro del móvil, te lo prometo. Y respecto a lo de ayer, entiendo que estés enfadada, al fin y al cabo, lo que pasó fue muy fuerte, ¡no me lo esperaba!, pero ya te lo advertí… lo que sientes cuando estás conmigo no lo vas a experimentar nunca con Fernando. A mí me pasa igual con Sofía, sí, el sexo es buenísimo con ella… pero correrme encima de ti es otra historia, ¡es sublime! Me tiembla el cuerpo, siento mucho más placer. ¡Es una sensación indescriptible…! No sé…, el morbo de lo prohibido, saber que lo que estamos haciendo es…, es difícil de describir, pero a ti te está pasando lo mismo. Ahora me entiendes, ¿verdad?

―No podemos seguir con esto, David, me va a explotar la cabeza, llevo todo el día ausente, dándole vueltas a lo que está pasando entre nosotros, a lo de anoche…

―Y no lo entiendes…

―No, no lo entiendo. No sé cómo he permitido que pasara y estoy muy cabreada, porque yo soy la hermana mayor, la que tenía que haber detenido esto desde el minuto uno y…

―Pero en el fondo, te encanta. Todas las noches puedo escuchar cómo te corres en tu cama, y tú a mí también, la mayoría de días lo hacemos a la vez. ¿O me vas a seguir diciendo que cuando te acaricias cada noche piensas en Fernando?

Paula se quedó callada. Moviendo la cuchara en un yogurt vacío y dando golpecitos en el fondo del envase. Luego se levantó derrotada y cabizbaja.

―Buenas noches…

―No te vayas así, Paula…

Pero mi hermana ya había salido de la cocina, dejándome solo…

A la mañana siguiente me desperté con energía, y le preparé el desayuno antes de que se levantara para ir a la universidad. No quise sacar el tema durante todo el día, y decidí que era mejor darle un poco de tregua a Paula, pues todavía tenía que asumir y aceptar lo que estaba sucediendo entre nosotros.

Durante la comida fui bastante simpático, aunque ella siguió igual de triste que la noche anterior y después de cenar, me senté en mi sitio para ver una serie, pero Paula ya no se puso a mi lado y se recostó en el otro sofá. El que usaba habitualmente.

―¿Hoy no vienes conmigo? ―la pregunté, ofreciéndole la mantita.

―No. Hoy no, David…

Esa noche no la escuché masturbarse y yo tampoco lo hice. No me gustaba ver así a Paula y preferí esperar algún día más, a ver si ella se encontraba mejor. El martes más de lo mismo, el miércoles también y el jueves yo me sentía tan mal por mi hermana, que renuncié a mi idea de dejarla un poco de espacio.

Esto no podía continuar así. Mientras estábamos viendo la televisión por la noche, me senté en el sofá y me dirigí a ella.

―¿Me puedes decir que te pasa, Paula?

―Nada, ¿por?

―Es que no estoy cómodo con esta situación…

―Yo tampoco estoy cómoda con otras cosas que haces y me he tenido que aguantar.

―Te estás encerrando en ti misma, y eso no está bien, ¡asúmelo y ya está!, hasta que no reconozcas que te gusta lo que está pasando entre nosotros, vas a seguir igual… o peor…

―¿Cómo voy a reconocer que me gusta? ¡Tú estás idiota!

―Pues diciéndolo…

Paula apoyó la espalda en el sofá, estaba en perpendicular a mí, con las piernas cruzadas y se me quedó mirando detenidamente, meditando su respuesta, pero yo me adelanté y seguí hablando.

―Dime que te gustó cuando me hice la paja en la cocina frente a ti, y lo del sábado con las fotos y lo que pasó después, te morías de ganas por hacerlo y te encantó. ¡Sí, te encantó!, y a mí también. Y ahora, ¿sabes por qué estás así?, porque te encantaría repetirlo, pero te da vergüenza admitir eso delante de tu hermano pequeño.

―¿Y qué quieres que te diga? ―me preguntó enfadada.

―Pues lo que sientes. Ya está. Tampoco es tan difícil. Está clarísimo que te gusta excitarme, jugar conmigo, calentarme, que me haga pajas pensando en ti, te pone cachonda masturbarte en tu habitación sabiendo que yo estoy haciendo lo mismo aquí al lado. Reconoce que te da morbo escucharme follar con Sofía… y, sobre todo, reconoce que te gusta ver cómo me pajeo. ¡Eso te encanta!

―¡Ni de puta coña voy a decir eso! ―soltó mi hermana que, por lo general, no era tan malhablada.

―¿Te gustaría verme otra vez?

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que si te gustaría ver cómo me corro. Llevo varios días un poco de bajón por verte fastidiada, pero hoy me apetece mucho…

―Pues muy bien por ti.

―Si quieres, lo hago aquí mismo ―e hice el amago de sacármela.

―¡No! ¡Ni se te ocurra! ―me advirtió amenazándome con el dedo.

―Está bien, tranquila, que me iré a mi cuarto. Preferiría hacerlo mirándote a ti directamente… Es que es solo verte así y ufffff. Desde aquí, con la luz de la televisión se adivinan tus pechos bajo el pijama, ¡estás increíble, Paula…! ―y me levanté, mostrándole el bulto que comenzaba a crecer en mi entrepierna―. Bueno, pues si quieres verme, ya sabes dónde estoy…

Me acababa de jugar un órdago y no tenía ninguna esperanza de que Paula lo aceptara. Todavía era muy pronto.

Entré en la habitación, preparé el ordenador y quince segundos más tarde vi a mi hermana acercarse hasta mi cuarto. Se quedó parada sin atreverse a entrar y, después, avanzó y cerró la puerta.

¡¡El corazón me palpitó a toda velocidad!!

Se quedó frente a mí con su pijama primaveral y los brazos en cruz. Me encantaba que no llevara sujetador debajo de la camiseta de tirantes azul y miré sus pechos con lujuria, pero permanecí callado, puteándola para que fuera ella la que tomara la iniciativa.

―Está bien… ¿Qué quieres? ―me soltó de primeras.

―Ya lo sabes, Paula…

―¿Quieres que te mire?

―Sí, claro…

―¡Puto salido!, ¿quieres que te mire haciéndote una paja? ―repitió acercándose a mí de manera desafiante.

―¡Por supuesto!

―¡Pues hazlo! Aquí me tienes ―dijo estirando su camisetita para que se le marcaran más los pechos―. Esto es lo que querías, ¿no?

―Eeeeh, sí…, pero también me gustaría que lo reconocieras, que me dijeras que te gusta verme, ¡que te excitas conmigo!

―Vale, sí, me gusta verte, pesado. ¿Contento? ―y pegó un resoplido.

―Sí, joder… aunque no lo has dicho con mucho entusiasmo, pero me vale. ¿Y cómo nos ponemos? ―pregunté con la voz temblorosa.

―No sé, tú sabrás. Quieres que me quite esto, ¿no?

Y de repente, Paula se bajó el pantalón del pijama, desnudando sus piernas y quedándose tan solo con la parte de arriba del pijama y unas braguitas blancas.

¡¡Paula estaba en braguitas en mi habitación!!

Joder, ahí sí que me puse realmente nervioso, y es que Paula parecía dispuesta a todo. Ahora sí que estábamos los dos solos. Frente a frente. Sin filtros. Pero lo que más morbo me dio en ese instante, y eso que todavía no había pasado nada, fue pensar que esa era tan solo la primera noche de las muchas que teníamos por delante.

Mi cabeza ya estaba visualizando futuros encuentros, antes de disfrutar lo que estaba a punto de suceder.

―¡Dios mío, Paula! ¡Te…! ¡Te has quitado el pantalón! ¡Mmmm, qué piernas!

―¡Venga, idiota, deja de mirarme y empieza!

Mi hermana tenía prisa por verme, pero antes, la imité, quitándome no solo el pantalón, sino también los calzones y me quedé completamente desnudo de cintura para abajo. Me agarré mi erecta polla y me pegué un par de sacudidas, apuntando directamente hacia ella.

―Joder, ¿ya estás así? Te excitas con mucha facilidad… ―comentó mi hermana, y yo me sentí orgulloso, pues lo interpreté como un halago por su parte.

―Claro, estando contigo, ¿cómo no me voy a excitar? ¡Dios mío, Paula! ¡Es increíble que estemos haciendo esto otra vez! ¡No me lo creo!

―Ven, anda… ―me pidió avanzando hasta mi escritorio y volvió a sentarse como el sábado, con las piernas abiertas para que yo me situara delante de ella―. Empieza cuando quieras y, sobre todo…, recuerda las normas.

―¡Qué síííí! ¿Ahora quién es la pesada?

―¿Cuál es la norma más importante?

―Nada de tocar…

―¡Exacto!

―¿Y si lo hiciera?

―No, no puedes…

―Te repito, ¿y si lo hiciera? ―insistí comenzando a menearme la polla a menos de veinte centímetros de su coño.

―No te acerques más, si me rozas un pelo, me largo y sabes que hablo muy en serio ―me amenazó con firmeza y yo vi en sus ojos que lo haría, así que decidí no forzar más.

Estaba demasiado cerca ya de mi objetivo y solo tenía que esperar mi momento.

―Está bien, nada de tocar, prometido. Pero si tú quieres, yo me dejo, ¡lo del sábado fue la hostia!

―Lo del sábado solo fue para que terminaras rápido, ya lo sabes. ―y me pasó el dedo por el abdomen― Hoy creo que no vas a tener tanta suerte…

―¡Joder! ―exclamé sacudiéndomela con más fuerza delante de ella.

Entonces vi cómo mi hermana miraba detenidamente mi polla y se mordía los labios. Ya se le habían encendido las mejillas y sus pezones estaban duros.

―¿Te gusta?

―¿El qué…?

―Ya lo sabes, Paula, mi polla. No me has dicho si te gusta o no… ―y detuve mi movimiento, mostrándosela en toda su plenitud.

―Sí, es bonita…

―¿Es como la de Fernando?

―Bueno, más o menos, son parecidas. Quizás la tuya es un poco más grande… aunque puede que sea porque… se te pone más dura. Eso me llama la atención… ¡Es que se te pone durísima!

―Es por ti, Paula, es que me das mucho morbo. El corazón me va a mil por hora y a ti te pasa igual, ¿verdad? ―y puse una mano en su pecho.

―Eh, nada de tocar…

―Solo quería comprobar tu pulso, pero no hace falta, ya veo que tu respiración también está bastante agitada, uffff…

―¿Te vas a correr ya?

―No creo que aguante mucho, estoy muy excitado…

―Lo sé…

―Y tú estás igual, sé que estás muy cachonda, ya se te han hinchado las tetas, mmmm, ¿por qué no te tocas? Yo no puedo, pero tú podrías masturbarte delante de mí. Con eso no incumplimos las normas… La verdad es que, ya que estamos, me gustaría que te corrieras aquí conmigo, y no fueras luego a tu habitación a masturbarte sola.

―¿En serio quieres verme? ―me preguntó abriendo más las piernas.

―¡¡Sí, claro que quiero!!

Y ella bajó la mano y se acarició el coño por encima de las braguitas, soltando un leve gemido.

―¡Me cago en la puta!

―¿Qué te pasa, hermanito? Aaaah, aaaah… ―susurró presionando más fuerte con sus dedos y moviendo ligeramente la cadera en círculos.

―¡Joder, joder!

―¿Por qué paras?, ¿es que ya te vas a correr? Aaaaah, aaaaah…

―¡No me lo creo, Paula! ¡Te estás…, mmmm! ¡Te estás haciendo un dedo!

―No es para tanto… ¿Es que nunca has visto a una chica tocarse? Aaaah…

―¡Madre mía!, ¿podrías meterte los dedos por dentro de las braguitas?

―¿Así…? ¡Mmmm…! ―y Paula coló los dedos por el elástico de su ropa interior y echó la cabeza hacia atrás.

Se estaba acariciando el coño directamente.

Enseguida volvió en sí y me miró con cara de guarra, mientras intensificaba las caricias que se daba en la entrepierna. Cada vez jadeaba más alto y ya meneaba las caderas adelante y atrás, moviendo sus dedos en círculo sobre su clítoris.

―Mmmm, mmmm, aaaah, ¿vas a correrte? ―me preguntó deseando ver mi polla explotar encima de ella.

―¿Quieres verlo?

―Sí, quiero verlo. Aaaaah, quiero verlo… Aaaaah…

―¿Te gustó agarrarme la polla el otro día? ―dije acercándome más a ella y situando mi cara a menos de diez centímetros de la suya.

―Aaaaah, sí, aaaah, síííí, me encantó… ―y sacó la lengua, haciendo el amago de darme un lametón en la nariz, pero sin llegar a rozarme.

―Joder, Paula, aaaaah, aaaah… ¡Joder…! Te voy a poner perdida, aaaaah, ¡me voy a correr encima de ti!

―¡Espera, espera! ―y detuvo sus movimientos masturbatorios, quedándose parada.

Yo también frené en seco, apretándome la base de la polla para no eyacular. Paula tenía algo en mente y me puse muy nervioso por lo que ella me pudiera proponer. Entonces sacó la mano de sus braguitas y se miró los dedos.

¡Los tenía empapados!

―¡Joder! ―exclamó mi hermana, como si no pudiera creer lo húmeda que se encontraba―. Espera, capullo, ¡no quiero que me manches el pijama!

―¿Es que no puedo correrme encima de ti? ―protesté―. ¿Entonces cómo lo hacemos? ¡Yo quiero mirarte mientras me…!

Y sin que me lo esperara, Paula bajó las manos y comenzó a quitarse la camiseta azul de tirantes. Me quedé mudo de la impresión, las palabras no me salían; y es que solo quería estar concentrado en lo que estaba a punto de ver. Mi hermana me miró a los ojos y sonrió antes de desnudar su pecho con mucha lentitud y, de repente, se quedó con ese trapito en la mano.

¡¡Mostrándome sus enormes tetazas!!

En ese instante, tragué saliva.

―¡Dios, vaya tetas! ―exclamé. Aquella frase me salió del alma sin pensar y Paula se detuvo unos segundos para mirarme, disfrutando de mi reacción. Yo me quedé petrificado, con la boca abierta, mientras ella se mostraba impúdica.

¡Eran tal y como me las había imaginado!

Duras, turgentes, pesadas, grandes y con unas areolas oscuras de por lo menos cuatro centímetros. Además, sus pezones estaban erectos y apuntaban hacia arriba. ¿Cómo podían ser tan perfectas y a la vez tan vulgares?

Eran una oda a la voluptuosidad, al exhibicionismo. Ni Miguel Ángel hubiera podido dibujar algo así.

¡Aquellas tetas eran indecentes! Y Paula las lucía orgullosa, incluso sacando el pecho hacia fuera.

―Te has quedado muy callado… ¿Qué te pasa?...​
 

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Parte Cuatro​

37​



El domingo me levanté muy tarde, casi a las doce. Dormí más de diez horas y pocas me parecieron, porque caí en la cama destrozado, después de haberme corrido cuatro veces el día anterior.

Me desperté con un cosquilleo en el estómago. Era una sensación diferente a la noche en la que Paula dejó que me masturbara delante de ella. Ahora había sido otra cosa. Y es que mi hermana me había agarrado la polla y me la meneó hasta que me corrí encima de ella. Con el añadido de que Fernando estaba durmiendo en la habitación de al lado.

Ya no podría disimular más ni ponerme ninguna excusa. Y es que Paula terminó perdiendo los papeles y hasta me permitió que la fotografiara con un conjuntito de lencería erótica y, no conforme con eso, también me dejó que me pajeara sobre su cuerpo.

Salió de mi habitación terriblemente cachonda, con los pezones erectos y una mancha de humedad de casi diez centímetros en la zona del coño. Supongo que después de limpiarse el semen que bañaba su abdomen, llegó a su cuarto tan excitada que se tuvo que follar a su novio pensando en la locura que acababa de cometer.

Yo se lo había advertido. Podía reconciliarse con Fernando y acostarse con él las veces que quisiera, pero no por eso se iba a poder sacar el veneno que ya le corría por las venas. Por supuesto que me refiero al INCESTO. Y lo sabía de primera mano.

El sexo con Sofía no podía ser más guarro y morboso, pero nada comparado con ese placer, multiplicado por mil, de tener un orgasmo delante de mi hermana.

Y ahora Paula estaba sintiendo lo mismo que yo.

Cuando me levanté ya no estaban en casa, se habían ido a misa y a tomar un brunch con los amigos de Fernando. Sobre la una, Paula me mandó un mensaje diciéndome que tampoco venía a comer, y que me preparara lo que pillara por el frigo. Me supuse que mi hermana no quería afrontar lo que había hecho la noche anterior y me estaba evitando.

Pero tarde o temprano tendría que volver a casa. Y otra vez estaríamos los dos solos.

Llegó sobre las 20:30 y sola, yo estaba viendo la tele y me saludó con un escueto “hola”, antes de meterse en su habitación. Salió unos minutos más tarde, se pegó una ducha y volvió a entrar en su cuarto, entonces me acerqué hasta su puerta y toqué con la mano.

―Paula, ¿qué quieres cenar?

―No voy a cenar nada, hemos estado picando y ya si eso me como luego un yogurt, me voy a quedar estudiando ―me dijo desde dentro.

Confirmado. Paula me estaba evitando.

Y sobre las diez volví a llamar a su puerta para decirle que me iba a la cama.

―Vale ―fue lo único que contestó.

No quería irme a dormir así y me quedé esperando en mi habitación. Sabía que tarde o temprano ella iba a salir, y una hora más tarde, cuando la escuché trasteando en la cocina, salí decidido a hablar con Paula, que se sorprendió al verme allí, de pie frente a ella.

Cogí una silla y tomé asiento a su lado mientras se comía el yogurt.

―Paula, ¿estás bien o me vas a seguir evitando hasta el final de curso? Porque se te va a hacer largo, quedan casi dos meses…

―Pues sí. La verdad es que no quería hablar contigo, ni verte.

―¿Por qué?, ¿por lo que pasó ayer?

―Ya lo sabes, David… ―dijo bajando la cabeza avergonzada―. ¿Te importa dejarme sola? No hagas que te lo pida más veces, por favor…

―No quiero que estés así, me jode mucho verte mal, Paula. Eres mi hermana y la persona más importante en mi vida… y mucho menos quiero que te avergüences por lo de ayer, ¡¡fue una puta locura!!

―Ayer te pasaste. Y mucho. Fernando estaba al lado, me pusiste en una situación muy comprometida… ¿Es que estás loco? ¡Nos podía haber pillado, joder!, ¡mi novio nos podía haber escuchado! Y tú te pusiste muy pesado. Al final te tuve que enseñar el conjunto y que me hicieras las fotos…, y por cierto, lo que hice fue solo para que terminaras lo antes posible, ¿me has entendido? Así que no te emociones demasiado, que ya te estoy viendo venir.

―Bueno, Paula ―dije sin alterarme, tratando de mantener la calma―. Puedes decir y aparentar lo que quieras, pero yo sé lo que vi…

―¿Y qué viste?

―Que te excitaste mientras te hacía las fotos. Se te encendieron las mejillas, tenías los pezones duros y esa marca de humedad en el coño, uff… ¿O me vas a decir que tampoco estabas mojada?

―Espero que ya hayas borrado las fotos, y ni se te ocurra enseñárselas a nadie. ¡Jamás!

―Que sí, Paula, puedes estar tranquila por eso, solo las veré yo. Ahora las paso al ordenador y las borro del móvil, te lo prometo. Y respecto a lo de ayer, entiendo que estés enfadada, al fin y al cabo, lo que pasó fue muy fuerte, ¡no me lo esperaba!, pero ya te lo advertí… lo que sientes cuando estás conmigo no lo vas a experimentar nunca con Fernando. A mí me pasa igual con Sofía, sí, el sexo es buenísimo con ella… pero correrme encima de ti es otra historia, ¡es sublime! Me tiembla el cuerpo, siento mucho más placer. ¡Es una sensación indescriptible…! No sé…, el morbo de lo prohibido, saber que lo que estamos haciendo es…, es difícil de describir, pero a ti te está pasando lo mismo. Ahora me entiendes, ¿verdad?

―No podemos seguir con esto, David, me va a explotar la cabeza, llevo todo el día ausente, dándole vueltas a lo que está pasando entre nosotros, a lo de anoche…

―Y no lo entiendes…

―No, no lo entiendo. No sé cómo he permitido que pasara y estoy muy cabreada, porque yo soy la hermana mayor, la que tenía que haber detenido esto desde el minuto uno y…

―Pero en el fondo, te encanta. Todas las noches puedo escuchar cómo te corres en tu cama, y tú a mí también, la mayoría de días lo hacemos a la vez. ¿O me vas a seguir diciendo que cuando te acaricias cada noche piensas en Fernando?

Paula se quedó callada. Moviendo la cuchara en un yogurt vacío y dando golpecitos en el fondo del envase. Luego se levantó derrotada y cabizbaja.

―Buenas noches…

―No te vayas así, Paula…

Pero mi hermana ya había salido de la cocina, dejándome solo…

A la mañana siguiente me desperté con energía, y le preparé el desayuno antes de que se levantara para ir a la universidad. No quise sacar el tema durante todo el día, y decidí que era mejor darle un poco de tregua a Paula, pues todavía tenía que asumir y aceptar lo que estaba sucediendo entre nosotros.

Durante la comida fui bastante simpático, aunque ella siguió igual de triste que la noche anterior y después de cenar, me senté en mi sitio para ver una serie, pero Paula ya no se puso a mi lado y se recostó en el otro sofá. El que usaba habitualmente.

―¿Hoy no vienes conmigo? ―la pregunté, ofreciéndole la mantita.

―No. Hoy no, David…

Esa noche no la escuché masturbarse y yo tampoco lo hice. No me gustaba ver así a Paula y preferí esperar algún día más, a ver si ella se encontraba mejor. El martes más de lo mismo, el miércoles también y el jueves yo me sentía tan mal por mi hermana, que renuncié a mi idea de dejarla un poco de espacio.

Esto no podía continuar así. Mientras estábamos viendo la televisión por la noche, me senté en el sofá y me dirigí a ella.

―¿Me puedes decir que te pasa, Paula?

―Nada, ¿por?

―Es que no estoy cómodo con esta situación…

―Yo tampoco estoy cómoda con otras cosas que haces y me he tenido que aguantar.

―Te estás encerrando en ti misma, y eso no está bien, ¡asúmelo y ya está!, hasta que no reconozcas que te gusta lo que está pasando entre nosotros, vas a seguir igual… o peor…

―¿Cómo voy a reconocer que me gusta? ¡Tú estás idiota!

―Pues diciéndolo…

Paula apoyó la espalda en el sofá, estaba en perpendicular a mí, con las piernas cruzadas y se me quedó mirando detenidamente, meditando su respuesta, pero yo me adelanté y seguí hablando.

―Dime que te gustó cuando me hice la paja en la cocina frente a ti, y lo del sábado con las fotos y lo que pasó después, te morías de ganas por hacerlo y te encantó. ¡Sí, te encantó!, y a mí también. Y ahora, ¿sabes por qué estás así?, porque te encantaría repetirlo, pero te da vergüenza admitir eso delante de tu hermano pequeño.

―¿Y qué quieres que te diga? ―me preguntó enfadada.

―Pues lo que sientes. Ya está. Tampoco es tan difícil. Está clarísimo que te gusta excitarme, jugar conmigo, calentarme, que me haga pajas pensando en ti, te pone cachonda masturbarte en tu habitación sabiendo que yo estoy haciendo lo mismo aquí al lado. Reconoce que te da morbo escucharme follar con Sofía… y, sobre todo, reconoce que te gusta ver cómo me pajeo. ¡Eso te encanta!

―¡Ni de puta coña voy a decir eso! ―soltó mi hermana que, por lo general, no era tan malhablada.

―¿Te gustaría verme otra vez?

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que si te gustaría ver cómo me corro. Llevo varios días un poco de bajón por verte fastidiada, pero hoy me apetece mucho…

―Pues muy bien por ti.

―Si quieres, lo hago aquí mismo ―e hice el amago de sacármela.

―¡No! ¡Ni se te ocurra! ―me advirtió amenazándome con el dedo.

―Está bien, tranquila, que me iré a mi cuarto. Preferiría hacerlo mirándote a ti directamente… Es que es solo verte así y ufffff. Desde aquí, con la luz de la televisión se adivinan tus pechos bajo el pijama, ¡estás increíble, Paula…! ―y me levanté, mostrándole el bulto que comenzaba a crecer en mi entrepierna―. Bueno, pues si quieres verme, ya sabes dónde estoy…

Me acababa de jugar un órdago y no tenía ninguna esperanza de que Paula lo aceptara. Todavía era muy pronto.

Entré en la habitación, preparé el ordenador y quince segundos más tarde vi a mi hermana acercarse hasta mi cuarto. Se quedó parada sin atreverse a entrar y, después, avanzó y cerró la puerta.

¡¡El corazón me palpitó a toda velocidad!!

Se quedó frente a mí con su pijama primaveral y los brazos en cruz. Me encantaba que no llevara sujetador debajo de la camiseta de tirantes azul y miré sus pechos con lujuria, pero permanecí callado, puteándola para que fuera ella la que tomara la iniciativa.

―Está bien… ¿Qué quieres? ―me soltó de primeras.

―Ya lo sabes, Paula…

―¿Quieres que te mire?

―Sí, claro…

―¡Puto salido!, ¿quieres que te mire haciéndote una paja? ―repitió acercándose a mí de manera desafiante.

―¡Por supuesto!

―¡Pues hazlo! Aquí me tienes ―dijo estirando su camisetita para que se le marcaran más los pechos―. Esto es lo que querías, ¿no?

―Eeeeh, sí…, pero también me gustaría que lo reconocieras, que me dijeras que te gusta verme, ¡que te excitas conmigo!

―Vale, sí, me gusta verte, pesado. ¿Contento? ―y pegó un resoplido.

―Sí, joder… aunque no lo has dicho con mucho entusiasmo, pero me vale. ¿Y cómo nos ponemos? ―pregunté con la voz temblorosa.

―No sé, tú sabrás. Quieres que me quite esto, ¿no?

Y de repente, Paula se bajó el pantalón del pijama, desnudando sus piernas y quedándose tan solo con la parte de arriba del pijama y unas braguitas blancas.

¡¡Paula estaba en braguitas en mi habitación!!

Joder, ahí sí que me puse realmente nervioso, y es que Paula parecía dispuesta a todo. Ahora sí que estábamos los dos solos. Frente a frente. Sin filtros. Pero lo que más morbo me dio en ese instante, y eso que todavía no había pasado nada, fue pensar que esa era tan solo la primera noche de las muchas que teníamos por delante.

Mi cabeza ya estaba visualizando futuros encuentros, antes de disfrutar lo que estaba a punto de suceder.

―¡Dios mío, Paula! ¡Te…! ¡Te has quitado el pantalón! ¡Mmmm, qué piernas!

―¡Venga, idiota, deja de mirarme y empieza!

Mi hermana tenía prisa por verme, pero antes, la imité, quitándome no solo el pantalón, sino también los calzones y me quedé completamente desnudo de cintura para abajo. Me agarré mi erecta polla y me pegué un par de sacudidas, apuntando directamente hacia ella.

―Joder, ¿ya estás así? Te excitas con mucha facilidad… ―comentó mi hermana, y yo me sentí orgulloso, pues lo interpreté como un halago por su parte.

―Claro, estando contigo, ¿cómo no me voy a excitar? ¡Dios mío, Paula! ¡Es increíble que estemos haciendo esto otra vez! ¡No me lo creo!

―Ven, anda… ―me pidió avanzando hasta mi escritorio y volvió a sentarse como el sábado, con las piernas abiertas para que yo me situara delante de ella―. Empieza cuando quieras y, sobre todo…, recuerda las normas.

―¡Qué síííí! ¿Ahora quién es la pesada?

―¿Cuál es la norma más importante?

―Nada de tocar…

―¡Exacto!

―¿Y si lo hiciera?

―No, no puedes…

―Te repito, ¿y si lo hiciera? ―insistí comenzando a menearme la polla a menos de veinte centímetros de su coño.

―No te acerques más, si me rozas un pelo, me largo y sabes que hablo muy en serio ―me amenazó con firmeza y yo vi en sus ojos que lo haría, así que decidí no forzar más.

Estaba demasiado cerca ya de mi objetivo y solo tenía que esperar mi momento.

―Está bien, nada de tocar, prometido. Pero si tú quieres, yo me dejo, ¡lo del sábado fue la hostia!

―Lo del sábado solo fue para que terminaras rápido, ya lo sabes. ―y me pasó el dedo por el abdomen― Hoy creo que no vas a tener tanta suerte…

―¡Joder! ―exclamé sacudiéndomela con más fuerza delante de ella.

Entonces vi cómo mi hermana miraba detenidamente mi polla y se mordía los labios. Ya se le habían encendido las mejillas y sus pezones estaban duros.

―¿Te gusta?

―¿El qué…?

―Ya lo sabes, Paula, mi polla. No me has dicho si te gusta o no… ―y detuve mi movimiento, mostrándosela en toda su plenitud.

―Sí, es bonita…

―¿Es como la de Fernando?

―Bueno, más o menos, son parecidas. Quizás la tuya es un poco más grande… aunque puede que sea porque… se te pone más dura. Eso me llama la atención… ¡Es que se te pone durísima!

―Es por ti, Paula, es que me das mucho morbo. El corazón me va a mil por hora y a ti te pasa igual, ¿verdad? ―y puse una mano en su pecho.

―Eh, nada de tocar…

―Solo quería comprobar tu pulso, pero no hace falta, ya veo que tu respiración también está bastante agitada, uffff…

―¿Te vas a correr ya?

―No creo que aguante mucho, estoy muy excitado…

―Lo sé…

―Y tú estás igual, sé que estás muy cachonda, ya se te han hinchado las tetas, mmmm, ¿por qué no te tocas? Yo no puedo, pero tú podrías masturbarte delante de mí. Con eso no incumplimos las normas… La verdad es que, ya que estamos, me gustaría que te corrieras aquí conmigo, y no fueras luego a tu habitación a masturbarte sola.

―¿En serio quieres verme? ―me preguntó abriendo más las piernas.

―¡¡Sí, claro que quiero!!

Y ella bajó la mano y se acarició el coño por encima de las braguitas, soltando un leve gemido.

―¡Me cago en la puta!

―¿Qué te pasa, hermanito? Aaaah, aaaah… ―susurró presionando más fuerte con sus dedos y moviendo ligeramente la cadera en círculos.

―¡Joder, joder!

―¿Por qué paras?, ¿es que ya te vas a correr? Aaaaah, aaaaah…

―¡No me lo creo, Paula! ¡Te estás…, mmmm! ¡Te estás haciendo un dedo!

―No es para tanto… ¿Es que nunca has visto a una chica tocarse? Aaaah…

―¡Madre mía!, ¿podrías meterte los dedos por dentro de las braguitas?

―¿Así…? ¡Mmmm…! ―y Paula coló los dedos por el elástico de su ropa interior y echó la cabeza hacia atrás.

Se estaba acariciando el coño directamente.

Enseguida volvió en sí y me miró con cara de guarra, mientras intensificaba las caricias que se daba en la entrepierna. Cada vez jadeaba más alto y ya meneaba las caderas adelante y atrás, moviendo sus dedos en círculo sobre su clítoris.

―Mmmm, mmmm, aaaah, ¿vas a correrte? ―me preguntó deseando ver mi polla explotar encima de ella.

―¿Quieres verlo?

―Sí, quiero verlo. Aaaaah, quiero verlo… Aaaaah…

―¿Te gustó agarrarme la polla el otro día? ―dije acercándome más a ella y situando mi cara a menos de diez centímetros de la suya.

―Aaaaah, sí, aaaah, síííí, me encantó… ―y sacó la lengua, haciendo el amago de darme un lametón en la nariz, pero sin llegar a rozarme.

―Joder, Paula, aaaaah, aaaah… ¡Joder…! Te voy a poner perdida, aaaaah, ¡me voy a correr encima de ti!

―¡Espera, espera! ―y detuvo sus movimientos masturbatorios, quedándose parada.

Yo también frené en seco, apretándome la base de la polla para no eyacular. Paula tenía algo en mente y me puse muy nervioso por lo que ella me pudiera proponer. Entonces sacó la mano de sus braguitas y se miró los dedos.

¡Los tenía empapados!

―¡Joder! ―exclamó mi hermana, como si no pudiera creer lo húmeda que se encontraba―. Espera, capullo, ¡no quiero que me manches el pijama!

―¿Es que no puedo correrme encima de ti? ―protesté―. ¿Entonces cómo lo hacemos? ¡Yo quiero mirarte mientras me…!

Y sin que me lo esperara, Paula bajó las manos y comenzó a quitarse la camiseta azul de tirantes. Me quedé mudo de la impresión, las palabras no me salían; y es que solo quería estar concentrado en lo que estaba a punto de ver. Mi hermana me miró a los ojos y sonrió antes de desnudar su pecho con mucha lentitud y, de repente, se quedó con ese trapito en la mano.

¡¡Mostrándome sus enormes tetazas!!

En ese instante, tragué saliva.

―¡Dios, vaya tetas! ―exclamé. Aquella frase me salió del alma sin pensar y Paula se detuvo unos segundos para mirarme, disfrutando de mi reacción. Yo me quedé petrificado, con la boca abierta, mientras ella se mostraba impúdica.

¡Eran tal y como me las había imaginado!

Duras, turgentes, pesadas, grandes y con unas areolas oscuras de por lo menos cuatro centímetros. Además, sus pezones estaban erectos y apuntaban hacia arriba. ¿Cómo podían ser tan perfectas y a la vez tan vulgares?

Eran una oda a la voluptuosidad, al exhibicionismo. Ni Miguel Ángel hubiera podido dibujar algo así.

¡Aquellas tetas eran indecentes! Y Paula las lucía orgullosa, incluso sacando el pecho hacia fuera.

―Te has quedado muy callado… ¿Qué te pasa?...​
Joder,me he quedado a punto de correrme,...mmm
 

Parte Cuatro​

37​



El domingo me levanté muy tarde, casi a las doce. Dormí más de diez horas y pocas me parecieron, porque caí en la cama destrozado, después de haberme corrido cuatro veces el día anterior.

Me desperté con un cosquilleo en el estómago. Era una sensación diferente a la noche en la que Paula dejó que me masturbara delante de ella. Ahora había sido otra cosa. Y es que mi hermana me había agarrado la polla y me la meneó hasta que me corrí encima de ella. Con el añadido de que Fernando estaba durmiendo en la habitación de al lado.

Ya no podría disimular más ni ponerme ninguna excusa. Y es que Paula terminó perdiendo los papeles y hasta me permitió que la fotografiara con un conjuntito de lencería erótica y, no conforme con eso, también me dejó que me pajeara sobre su cuerpo.

Salió de mi habitación terriblemente cachonda, con los pezones erectos y una mancha de humedad de casi diez centímetros en la zona del coño. Supongo que después de limpiarse el semen que bañaba su abdomen, llegó a su cuarto tan excitada que se tuvo que follar a su novio pensando en la locura que acababa de cometer.

Yo se lo había advertido. Podía reconciliarse con Fernando y acostarse con él las veces que quisiera, pero no por eso se iba a poder sacar el veneno que ya le corría por las venas. Por supuesto que me refiero al INCESTO. Y lo sabía de primera mano.

El sexo con Sofía no podía ser más guarro y morboso, pero nada comparado con ese placer, multiplicado por mil, de tener un orgasmo delante de mi hermana.

Y ahora Paula estaba sintiendo lo mismo que yo.

Cuando me levanté ya no estaban en casa, se habían ido a misa y a tomar un brunch con los amigos de Fernando. Sobre la una, Paula me mandó un mensaje diciéndome que tampoco venía a comer, y que me preparara lo que pillara por el frigo. Me supuse que mi hermana no quería afrontar lo que había hecho la noche anterior y me estaba evitando.

Pero tarde o temprano tendría que volver a casa. Y otra vez estaríamos los dos solos.

Llegó sobre las 20:30 y sola, yo estaba viendo la tele y me saludó con un escueto “hola”, antes de meterse en su habitación. Salió unos minutos más tarde, se pegó una ducha y volvió a entrar en su cuarto, entonces me acerqué hasta su puerta y toqué con la mano.

―Paula, ¿qué quieres cenar?

―No voy a cenar nada, hemos estado picando y ya si eso me como luego un yogurt, me voy a quedar estudiando ―me dijo desde dentro.

Confirmado. Paula me estaba evitando.

Y sobre las diez volví a llamar a su puerta para decirle que me iba a la cama.

―Vale ―fue lo único que contestó.

No quería irme a dormir así y me quedé esperando en mi habitación. Sabía que tarde o temprano ella iba a salir, y una hora más tarde, cuando la escuché trasteando en la cocina, salí decidido a hablar con Paula, que se sorprendió al verme allí, de pie frente a ella.

Cogí una silla y tomé asiento a su lado mientras se comía el yogurt.

―Paula, ¿estás bien o me vas a seguir evitando hasta el final de curso? Porque se te va a hacer largo, quedan casi dos meses…

―Pues sí. La verdad es que no quería hablar contigo, ni verte.

―¿Por qué?, ¿por lo que pasó ayer?

―Ya lo sabes, David… ―dijo bajando la cabeza avergonzada―. ¿Te importa dejarme sola? No hagas que te lo pida más veces, por favor…

―No quiero que estés así, me jode mucho verte mal, Paula. Eres mi hermana y la persona más importante en mi vida… y mucho menos quiero que te avergüences por lo de ayer, ¡¡fue una puta locura!!

―Ayer te pasaste. Y mucho. Fernando estaba al lado, me pusiste en una situación muy comprometida… ¿Es que estás loco? ¡Nos podía haber pillado, joder!, ¡mi novio nos podía haber escuchado! Y tú te pusiste muy pesado. Al final te tuve que enseñar el conjunto y que me hicieras las fotos…, y por cierto, lo que hice fue solo para que terminaras lo antes posible, ¿me has entendido? Así que no te emociones demasiado, que ya te estoy viendo venir.

―Bueno, Paula ―dije sin alterarme, tratando de mantener la calma―. Puedes decir y aparentar lo que quieras, pero yo sé lo que vi…

―¿Y qué viste?

―Que te excitaste mientras te hacía las fotos. Se te encendieron las mejillas, tenías los pezones duros y esa marca de humedad en el coño, uff… ¿O me vas a decir que tampoco estabas mojada?

―Espero que ya hayas borrado las fotos, y ni se te ocurra enseñárselas a nadie. ¡Jamás!

―Que sí, Paula, puedes estar tranquila por eso, solo las veré yo. Ahora las paso al ordenador y las borro del móvil, te lo prometo. Y respecto a lo de ayer, entiendo que estés enfadada, al fin y al cabo, lo que pasó fue muy fuerte, ¡no me lo esperaba!, pero ya te lo advertí… lo que sientes cuando estás conmigo no lo vas a experimentar nunca con Fernando. A mí me pasa igual con Sofía, sí, el sexo es buenísimo con ella… pero correrme encima de ti es otra historia, ¡es sublime! Me tiembla el cuerpo, siento mucho más placer. ¡Es una sensación indescriptible…! No sé…, el morbo de lo prohibido, saber que lo que estamos haciendo es…, es difícil de describir, pero a ti te está pasando lo mismo. Ahora me entiendes, ¿verdad?

―No podemos seguir con esto, David, me va a explotar la cabeza, llevo todo el día ausente, dándole vueltas a lo que está pasando entre nosotros, a lo de anoche…

―Y no lo entiendes…

―No, no lo entiendo. No sé cómo he permitido que pasara y estoy muy cabreada, porque yo soy la hermana mayor, la que tenía que haber detenido esto desde el minuto uno y…

―Pero en el fondo, te encanta. Todas las noches puedo escuchar cómo te corres en tu cama, y tú a mí también, la mayoría de días lo hacemos a la vez. ¿O me vas a seguir diciendo que cuando te acaricias cada noche piensas en Fernando?

Paula se quedó callada. Moviendo la cuchara en un yogurt vacío y dando golpecitos en el fondo del envase. Luego se levantó derrotada y cabizbaja.

―Buenas noches…

―No te vayas así, Paula…

Pero mi hermana ya había salido de la cocina, dejándome solo…

A la mañana siguiente me desperté con energía, y le preparé el desayuno antes de que se levantara para ir a la universidad. No quise sacar el tema durante todo el día, y decidí que era mejor darle un poco de tregua a Paula, pues todavía tenía que asumir y aceptar lo que estaba sucediendo entre nosotros.

Durante la comida fui bastante simpático, aunque ella siguió igual de triste que la noche anterior y después de cenar, me senté en mi sitio para ver una serie, pero Paula ya no se puso a mi lado y se recostó en el otro sofá. El que usaba habitualmente.

―¿Hoy no vienes conmigo? ―la pregunté, ofreciéndole la mantita.

―No. Hoy no, David…

Esa noche no la escuché masturbarse y yo tampoco lo hice. No me gustaba ver así a Paula y preferí esperar algún día más, a ver si ella se encontraba mejor. El martes más de lo mismo, el miércoles también y el jueves yo me sentía tan mal por mi hermana, que renuncié a mi idea de dejarla un poco de espacio.

Esto no podía continuar así. Mientras estábamos viendo la televisión por la noche, me senté en el sofá y me dirigí a ella.

―¿Me puedes decir que te pasa, Paula?

―Nada, ¿por?

―Es que no estoy cómodo con esta situación…

―Yo tampoco estoy cómoda con otras cosas que haces y me he tenido que aguantar.

―Te estás encerrando en ti misma, y eso no está bien, ¡asúmelo y ya está!, hasta que no reconozcas que te gusta lo que está pasando entre nosotros, vas a seguir igual… o peor…

―¿Cómo voy a reconocer que me gusta? ¡Tú estás idiota!

―Pues diciéndolo…

Paula apoyó la espalda en el sofá, estaba en perpendicular a mí, con las piernas cruzadas y se me quedó mirando detenidamente, meditando su respuesta, pero yo me adelanté y seguí hablando.

―Dime que te gustó cuando me hice la paja en la cocina frente a ti, y lo del sábado con las fotos y lo que pasó después, te morías de ganas por hacerlo y te encantó. ¡Sí, te encantó!, y a mí también. Y ahora, ¿sabes por qué estás así?, porque te encantaría repetirlo, pero te da vergüenza admitir eso delante de tu hermano pequeño.

―¿Y qué quieres que te diga? ―me preguntó enfadada.

―Pues lo que sientes. Ya está. Tampoco es tan difícil. Está clarísimo que te gusta excitarme, jugar conmigo, calentarme, que me haga pajas pensando en ti, te pone cachonda masturbarte en tu habitación sabiendo que yo estoy haciendo lo mismo aquí al lado. Reconoce que te da morbo escucharme follar con Sofía… y, sobre todo, reconoce que te gusta ver cómo me pajeo. ¡Eso te encanta!

―¡Ni de puta coña voy a decir eso! ―soltó mi hermana que, por lo general, no era tan malhablada.

―¿Te gustaría verme otra vez?

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que si te gustaría ver cómo me corro. Llevo varios días un poco de bajón por verte fastidiada, pero hoy me apetece mucho…

―Pues muy bien por ti.

―Si quieres, lo hago aquí mismo ―e hice el amago de sacármela.

―¡No! ¡Ni se te ocurra! ―me advirtió amenazándome con el dedo.

―Está bien, tranquila, que me iré a mi cuarto. Preferiría hacerlo mirándote a ti directamente… Es que es solo verte así y ufffff. Desde aquí, con la luz de la televisión se adivinan tus pechos bajo el pijama, ¡estás increíble, Paula…! ―y me levanté, mostrándole el bulto que comenzaba a crecer en mi entrepierna―. Bueno, pues si quieres verme, ya sabes dónde estoy…

Me acababa de jugar un órdago y no tenía ninguna esperanza de que Paula lo aceptara. Todavía era muy pronto.

Entré en la habitación, preparé el ordenador y quince segundos más tarde vi a mi hermana acercarse hasta mi cuarto. Se quedó parada sin atreverse a entrar y, después, avanzó y cerró la puerta.

¡¡El corazón me palpitó a toda velocidad!!

Se quedó frente a mí con su pijama primaveral y los brazos en cruz. Me encantaba que no llevara sujetador debajo de la camiseta de tirantes azul y miré sus pechos con lujuria, pero permanecí callado, puteándola para que fuera ella la que tomara la iniciativa.

―Está bien… ¿Qué quieres? ―me soltó de primeras.

―Ya lo sabes, Paula…

―¿Quieres que te mire?

―Sí, claro…

―¡Puto salido!, ¿quieres que te mire haciéndote una paja? ―repitió acercándose a mí de manera desafiante.

―¡Por supuesto!

―¡Pues hazlo! Aquí me tienes ―dijo estirando su camisetita para que se le marcaran más los pechos―. Esto es lo que querías, ¿no?

―Eeeeh, sí…, pero también me gustaría que lo reconocieras, que me dijeras que te gusta verme, ¡que te excitas conmigo!

―Vale, sí, me gusta verte, pesado. ¿Contento? ―y pegó un resoplido.

―Sí, joder… aunque no lo has dicho con mucho entusiasmo, pero me vale. ¿Y cómo nos ponemos? ―pregunté con la voz temblorosa.

―No sé, tú sabrás. Quieres que me quite esto, ¿no?

Y de repente, Paula se bajó el pantalón del pijama, desnudando sus piernas y quedándose tan solo con la parte de arriba del pijama y unas braguitas blancas.

¡¡Paula estaba en braguitas en mi habitación!!

Joder, ahí sí que me puse realmente nervioso, y es que Paula parecía dispuesta a todo. Ahora sí que estábamos los dos solos. Frente a frente. Sin filtros. Pero lo que más morbo me dio en ese instante, y eso que todavía no había pasado nada, fue pensar que esa era tan solo la primera noche de las muchas que teníamos por delante.

Mi cabeza ya estaba visualizando futuros encuentros, antes de disfrutar lo que estaba a punto de suceder.

―¡Dios mío, Paula! ¡Te…! ¡Te has quitado el pantalón! ¡Mmmm, qué piernas!

―¡Venga, idiota, deja de mirarme y empieza!

Mi hermana tenía prisa por verme, pero antes, la imité, quitándome no solo el pantalón, sino también los calzones y me quedé completamente desnudo de cintura para abajo. Me agarré mi erecta polla y me pegué un par de sacudidas, apuntando directamente hacia ella.

―Joder, ¿ya estás así? Te excitas con mucha facilidad… ―comentó mi hermana, y yo me sentí orgulloso, pues lo interpreté como un halago por su parte.

―Claro, estando contigo, ¿cómo no me voy a excitar? ¡Dios mío, Paula! ¡Es increíble que estemos haciendo esto otra vez! ¡No me lo creo!

―Ven, anda… ―me pidió avanzando hasta mi escritorio y volvió a sentarse como el sábado, con las piernas abiertas para que yo me situara delante de ella―. Empieza cuando quieras y, sobre todo…, recuerda las normas.

―¡Qué síííí! ¿Ahora quién es la pesada?

―¿Cuál es la norma más importante?

―Nada de tocar…

―¡Exacto!

―¿Y si lo hiciera?

―No, no puedes…

―Te repito, ¿y si lo hiciera? ―insistí comenzando a menearme la polla a menos de veinte centímetros de su coño.

―No te acerques más, si me rozas un pelo, me largo y sabes que hablo muy en serio ―me amenazó con firmeza y yo vi en sus ojos que lo haría, así que decidí no forzar más.

Estaba demasiado cerca ya de mi objetivo y solo tenía que esperar mi momento.

―Está bien, nada de tocar, prometido. Pero si tú quieres, yo me dejo, ¡lo del sábado fue la hostia!

―Lo del sábado solo fue para que terminaras rápido, ya lo sabes. ―y me pasó el dedo por el abdomen― Hoy creo que no vas a tener tanta suerte…

―¡Joder! ―exclamé sacudiéndomela con más fuerza delante de ella.

Entonces vi cómo mi hermana miraba detenidamente mi polla y se mordía los labios. Ya se le habían encendido las mejillas y sus pezones estaban duros.

―¿Te gusta?

―¿El qué…?

―Ya lo sabes, Paula, mi polla. No me has dicho si te gusta o no… ―y detuve mi movimiento, mostrándosela en toda su plenitud.

―Sí, es bonita…

―¿Es como la de Fernando?

―Bueno, más o menos, son parecidas. Quizás la tuya es un poco más grande… aunque puede que sea porque… se te pone más dura. Eso me llama la atención… ¡Es que se te pone durísima!

―Es por ti, Paula, es que me das mucho morbo. El corazón me va a mil por hora y a ti te pasa igual, ¿verdad? ―y puse una mano en su pecho.

―Eh, nada de tocar…

―Solo quería comprobar tu pulso, pero no hace falta, ya veo que tu respiración también está bastante agitada, uffff…

―¿Te vas a correr ya?

―No creo que aguante mucho, estoy muy excitado…

―Lo sé…

―Y tú estás igual, sé que estás muy cachonda, ya se te han hinchado las tetas, mmmm, ¿por qué no te tocas? Yo no puedo, pero tú podrías masturbarte delante de mí. Con eso no incumplimos las normas… La verdad es que, ya que estamos, me gustaría que te corrieras aquí conmigo, y no fueras luego a tu habitación a masturbarte sola.

―¿En serio quieres verme? ―me preguntó abriendo más las piernas.

―¡¡Sí, claro que quiero!!

Y ella bajó la mano y se acarició el coño por encima de las braguitas, soltando un leve gemido.

―¡Me cago en la puta!

―¿Qué te pasa, hermanito? Aaaah, aaaah… ―susurró presionando más fuerte con sus dedos y moviendo ligeramente la cadera en círculos.

―¡Joder, joder!

―¿Por qué paras?, ¿es que ya te vas a correr? Aaaaah, aaaaah…

―¡No me lo creo, Paula! ¡Te estás…, mmmm! ¡Te estás haciendo un dedo!

―No es para tanto… ¿Es que nunca has visto a una chica tocarse? Aaaah…

―¡Madre mía!, ¿podrías meterte los dedos por dentro de las braguitas?

―¿Así…? ¡Mmmm…! ―y Paula coló los dedos por el elástico de su ropa interior y echó la cabeza hacia atrás.

Se estaba acariciando el coño directamente.

Enseguida volvió en sí y me miró con cara de guarra, mientras intensificaba las caricias que se daba en la entrepierna. Cada vez jadeaba más alto y ya meneaba las caderas adelante y atrás, moviendo sus dedos en círculo sobre su clítoris.

―Mmmm, mmmm, aaaah, ¿vas a correrte? ―me preguntó deseando ver mi polla explotar encima de ella.

―¿Quieres verlo?

―Sí, quiero verlo. Aaaaah, quiero verlo… Aaaaah…

―¿Te gustó agarrarme la polla el otro día? ―dije acercándome más a ella y situando mi cara a menos de diez centímetros de la suya.

―Aaaaah, sí, aaaah, síííí, me encantó… ―y sacó la lengua, haciendo el amago de darme un lametón en la nariz, pero sin llegar a rozarme.

―Joder, Paula, aaaaah, aaaah… ¡Joder…! Te voy a poner perdida, aaaaah, ¡me voy a correr encima de ti!

―¡Espera, espera! ―y detuvo sus movimientos masturbatorios, quedándose parada.

Yo también frené en seco, apretándome la base de la polla para no eyacular. Paula tenía algo en mente y me puse muy nervioso por lo que ella me pudiera proponer. Entonces sacó la mano de sus braguitas y se miró los dedos.

¡Los tenía empapados!

―¡Joder! ―exclamó mi hermana, como si no pudiera creer lo húmeda que se encontraba―. Espera, capullo, ¡no quiero que me manches el pijama!

―¿Es que no puedo correrme encima de ti? ―protesté―. ¿Entonces cómo lo hacemos? ¡Yo quiero mirarte mientras me…!

Y sin que me lo esperara, Paula bajó las manos y comenzó a quitarse la camiseta azul de tirantes. Me quedé mudo de la impresión, las palabras no me salían; y es que solo quería estar concentrado en lo que estaba a punto de ver. Mi hermana me miró a los ojos y sonrió antes de desnudar su pecho con mucha lentitud y, de repente, se quedó con ese trapito en la mano.

¡¡Mostrándome sus enormes tetazas!!

En ese instante, tragué saliva.

―¡Dios, vaya tetas! ―exclamé. Aquella frase me salió del alma sin pensar y Paula se detuvo unos segundos para mirarme, disfrutando de mi reacción. Yo me quedé petrificado, con la boca abierta, mientras ella se mostraba impúdica.

¡Eran tal y como me las había imaginado!

Duras, turgentes, pesadas, grandes y con unas areolas oscuras de por lo menos cuatro centímetros. Además, sus pezones estaban erectos y apuntaban hacia arriba. ¿Cómo podían ser tan perfectas y a la vez tan vulgares?

Eran una oda a la voluptuosidad, al exhibicionismo. Ni Miguel Ángel hubiera podido dibujar algo así.

¡Aquellas tetas eran indecentes! Y Paula las lucía orgullosa, incluso sacando el pecho hacia fuera.

―Te has quedado muy callado… ¿Qué te pasa?...​
Jajaja, pedazo de Cliffhanger que has hecho, a punto de correrse los dos!!
 
Ayyyyy que subidoooon!!! Se viene la follada máxima!! Pau y David! Carmela y Sergio! Todos con todos!!!! 😍 😍 😍
 
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