Parte Cuatro
37
El domingo me levanté muy tarde, casi a las doce. Dormí más de diez horas y pocas me parecieron, porque caí en la cama destrozado, después de haberme corrido cuatro veces el día anterior.
Me desperté con un cosquilleo en el estómago. Era una sensación diferente a la noche en la que Paula dejó que me masturbara delante de ella. Ahora había sido otra cosa. Y es que mi hermana me había agarrado la polla y me la meneó hasta que me corrí encima de ella. Con el añadido de que Fernando estaba durmiendo en la habitación de al lado.
Ya no podría disimular más ni ponerme ninguna excusa. Y es que Paula terminó perdiendo los papeles y hasta me permitió que la fotografiara con un conjuntito de lencería erótica y, no conforme con eso, también me dejó que me pajeara sobre su cuerpo.
Salió de mi habitación terriblemente cachonda, con los pezones erectos y una mancha de humedad de casi diez centímetros en la zona del coño. Supongo que después de limpiarse el semen que bañaba su abdomen, llegó a su cuarto tan excitada que se tuvo que follar a su novio pensando en la locura que acababa de cometer.
Yo se lo había advertido. Podía reconciliarse con Fernando y acostarse con él las veces que quisiera, pero no por eso se iba a poder sacar el veneno que ya le corría por las venas. Por supuesto que me refiero al INCESTO. Y lo sabía de primera mano.
El sexo con Sofía no podía ser más guarro y morboso, pero nada comparado con ese placer, multiplicado por mil, de tener un orgasmo delante de mi hermana.
Y ahora Paula estaba sintiendo lo mismo que yo.
Cuando me levanté ya no estaban en casa, se habían ido a misa y a tomar un brunch con los amigos de Fernando. Sobre la una, Paula me mandó un mensaje diciéndome que tampoco venía a comer, y que me preparara lo que pillara por el frigo. Me supuse que mi hermana no quería afrontar lo que había hecho la noche anterior y me estaba evitando.
Pero tarde o temprano tendría que volver a casa. Y otra vez estaríamos los dos solos.
Llegó sobre las 20:30 y sola, yo estaba viendo la tele y me saludó con un escueto “hola”, antes de meterse en su habitación. Salió unos minutos más tarde, se pegó una ducha y volvió a entrar en su cuarto, entonces me acerqué hasta su puerta y toqué con la mano.
―Paula, ¿qué quieres cenar?
―No voy a cenar nada, hemos estado picando y ya si eso me como luego un yogurt, me voy a quedar estudiando ―me dijo desde dentro.
Confirmado. Paula me estaba evitando.
Y sobre las diez volví a llamar a su puerta para decirle que me iba a la cama.
―Vale ―fue lo único que contestó.
No quería irme a dormir así y me quedé esperando en mi habitación. Sabía que tarde o temprano ella iba a salir, y una hora más tarde, cuando la escuché trasteando en la cocina, salí decidido a hablar con Paula, que se sorprendió al verme allí, de pie frente a ella.
Cogí una silla y tomé asiento a su lado mientras se comía el yogurt.
―Paula, ¿estás bien o me vas a seguir evitando hasta el final de curso? Porque se te va a hacer largo, quedan casi dos meses…
―Pues sí. La verdad es que no quería hablar contigo, ni verte.
―¿Por qué?, ¿por lo que pasó ayer?
―Ya lo sabes, David… ―dijo bajando la cabeza avergonzada―. ¿Te importa dejarme sola? No hagas que te lo pida más veces, por favor…
―No quiero que estés así, me jode mucho verte mal, Paula. Eres mi hermana y la persona más importante en mi vida… y mucho menos quiero que te avergüences por lo de ayer, ¡¡fue una puta locura!!
―Ayer te pasaste. Y mucho. Fernando estaba al lado, me pusiste en una situación muy comprometida… ¿Es que estás loco? ¡Nos podía haber pillado, joder!, ¡mi novio nos podía haber escuchado! Y tú te pusiste muy pesado. Al final te tuve que enseñar el conjunto y que me hicieras las fotos…, y por cierto, lo que hice fue solo para que terminaras lo antes posible, ¿me has entendido? Así que no te emociones demasiado, que ya te estoy viendo venir.
―Bueno, Paula ―dije sin alterarme, tratando de mantener la calma―. Puedes decir y aparentar lo que quieras, pero yo sé lo que vi…
―¿Y qué viste?
―Que te excitaste mientras te hacía las fotos. Se te encendieron las mejillas, tenías los pezones duros y esa marca de humedad en el coño, uff… ¿O me vas a decir que tampoco estabas mojada?
―Espero que ya hayas borrado las fotos, y ni se te ocurra enseñárselas a nadie. ¡Jamás!
―Que sí, Paula, puedes estar tranquila por eso, solo las veré yo. Ahora las paso al ordenador y las borro del móvil, te lo prometo. Y respecto a lo de ayer, entiendo que estés enfadada, al fin y al cabo, lo que pasó fue muy fuerte, ¡no me lo esperaba!, pero ya te lo advertí… lo que sientes cuando estás conmigo no lo vas a experimentar nunca con Fernando. A mí me pasa igual con Sofía, sí, el sexo es buenísimo con ella… pero correrme encima de ti es otra historia, ¡es sublime! Me tiembla el cuerpo, siento mucho más placer. ¡Es una sensación indescriptible…! No sé…, el morbo de lo prohibido, saber que lo que estamos haciendo es…, es difícil de describir, pero a ti te está pasando lo mismo. Ahora me entiendes, ¿verdad?
―No podemos seguir con esto, David, me va a explotar la cabeza, llevo todo el día ausente, dándole vueltas a lo que está pasando entre nosotros, a lo de anoche…
―Y no lo entiendes…
―No, no lo entiendo. No sé cómo he permitido que pasara y estoy muy cabreada, porque yo soy la hermana mayor, la que tenía que haber detenido esto desde el minuto uno y…
―Pero en el fondo, te encanta. Todas las noches puedo escuchar cómo te corres en tu cama, y tú a mí también, la mayoría de días lo hacemos a la vez. ¿O me vas a seguir diciendo que cuando te acaricias cada noche piensas en Fernando?
Paula se quedó callada. Moviendo la cuchara en un yogurt vacío y dando golpecitos en el fondo del envase. Luego se levantó derrotada y cabizbaja.
―Buenas noches…
―No te vayas así, Paula…
Pero mi hermana ya había salido de la cocina, dejándome solo…
A la mañana siguiente me desperté con energía, y le preparé el desayuno antes de que se levantara para ir a la universidad. No quise sacar el tema durante todo el día, y decidí que era mejor darle un poco de tregua a Paula, pues todavía tenía que asumir y aceptar lo que estaba sucediendo entre nosotros.
Durante la comida fui bastante simpático, aunque ella siguió igual de triste que la noche anterior y después de cenar, me senté en mi sitio para ver una serie, pero Paula ya no se puso a mi lado y se recostó en el otro sofá. El que usaba habitualmente.
―¿Hoy no vienes conmigo? ―la pregunté, ofreciéndole la mantita.
―No. Hoy no, David…
Esa noche no la escuché masturbarse y yo tampoco lo hice. No me gustaba ver así a Paula y preferí esperar algún día más, a ver si ella se encontraba mejor. El martes más de lo mismo, el miércoles también y el jueves yo me sentía tan mal por mi hermana, que renuncié a mi idea de dejarla un poco de espacio.
Esto no podía continuar así. Mientras estábamos viendo la televisión por la noche, me senté en el sofá y me dirigí a ella.
―¿Me puedes decir que te pasa, Paula?
―Nada, ¿por?
―Es que no estoy cómodo con esta situación…
―Yo tampoco estoy cómoda con otras cosas que haces y me he tenido que aguantar.
―Te estás encerrando en ti misma, y eso no está bien, ¡asúmelo y ya está!, hasta que no reconozcas que te gusta lo que está pasando entre nosotros, vas a seguir igual… o peor…
―¿Cómo voy a reconocer que me gusta? ¡Tú estás idiota!
―Pues diciéndolo…
Paula apoyó la espalda en el sofá, estaba en perpendicular a mí, con las piernas cruzadas y se me quedó mirando detenidamente, meditando su respuesta, pero yo me adelanté y seguí hablando.
―Dime que te gustó cuando me hice la paja en la cocina frente a ti, y lo del sábado con las fotos y lo que pasó después, te morías de ganas por hacerlo y te encantó. ¡Sí, te encantó!, y a mí también. Y ahora, ¿sabes por qué estás así?, porque te encantaría repetirlo, pero te da vergüenza admitir eso delante de tu hermano pequeño.
―¿Y qué quieres que te diga? ―me preguntó enfadada.
―Pues lo que sientes. Ya está. Tampoco es tan difícil. Está clarísimo que te gusta excitarme, jugar conmigo, calentarme, que me haga pajas pensando en ti, te pone cachonda masturbarte en tu habitación sabiendo que yo estoy haciendo lo mismo aquí al lado. Reconoce que te da morbo escucharme follar con Sofía… y, sobre todo, reconoce que te gusta ver cómo me pajeo. ¡Eso te encanta!
―¡Ni de puta coña voy a decir eso! ―soltó mi hermana que, por lo general, no era tan malhablada.
―¿Te gustaría verme otra vez?
―¿¿¡¡Qué…!!??
―Que si te gustaría ver cómo me corro. Llevo varios días un poco de bajón por verte fastidiada, pero hoy me apetece mucho…
―Pues muy bien por ti.
―Si quieres, lo hago aquí mismo ―e hice el amago de sacármela.
―¡No! ¡Ni se te ocurra! ―me advirtió amenazándome con el dedo.
―Está bien, tranquila, que me iré a mi cuarto. Preferiría hacerlo mirándote a ti directamente… Es que es solo verte así y ufffff. Desde aquí, con la luz de la televisión se adivinan tus pechos bajo el pijama, ¡estás increíble, Paula…! ―y me levanté, mostrándole el bulto que comenzaba a crecer en mi entrepierna―. Bueno, pues si quieres verme, ya sabes dónde estoy…
Me acababa de jugar un órdago y no tenía ninguna esperanza de que Paula lo aceptara. Todavía era muy pronto.
Entré en la habitación, preparé el ordenador y quince segundos más tarde vi a mi hermana acercarse hasta mi cuarto. Se quedó parada sin atreverse a entrar y, después, avanzó y cerró la puerta.
¡¡El corazón me palpitó a toda velocidad!!
Se quedó frente a mí con su pijama primaveral y los brazos en cruz. Me encantaba que no llevara sujetador debajo de la camiseta de tirantes azul y miré sus pechos con lujuria, pero permanecí callado, puteándola para que fuera ella la que tomara la iniciativa.
―Está bien… ¿Qué quieres? ―me soltó de primeras.
―Ya lo sabes, Paula…
―¿Quieres que te mire?
―Sí, claro…
―¡Puto salido!, ¿quieres que te mire haciéndote una paja? ―repitió acercándose a mí de manera desafiante.
―¡Por supuesto!
―¡Pues hazlo! Aquí me tienes ―dijo estirando su camisetita para que se le marcaran más los pechos―. Esto es lo que querías, ¿no?
―Eeeeh, sí…, pero también me gustaría que lo reconocieras, que me dijeras que te gusta verme, ¡que te excitas conmigo!
―Vale, sí, me gusta verte, pesado. ¿Contento? ―y pegó un resoplido.
―Sí, joder… aunque no lo has dicho con mucho entusiasmo, pero me vale. ¿Y cómo nos ponemos? ―pregunté con la voz temblorosa.
―No sé, tú sabrás. Quieres que me quite esto, ¿no?
Y de repente, Paula se bajó el pantalón del pijama, desnudando sus piernas y quedándose tan solo con la parte de arriba del pijama y unas braguitas blancas.
¡¡Paula estaba en braguitas en mi habitación!!
Joder, ahí sí que me puse realmente nervioso, y es que Paula parecía dispuesta a todo. Ahora sí que estábamos los dos solos. Frente a frente. Sin filtros. Pero lo que más morbo me dio en ese instante, y eso que todavía no había pasado nada, fue pensar que esa era tan solo la primera noche de las muchas que teníamos por delante.
Mi cabeza ya estaba visualizando futuros encuentros, antes de disfrutar lo que estaba a punto de suceder.
―¡Dios mío, Paula! ¡Te…! ¡Te has quitado el pantalón! ¡Mmmm, qué piernas!
―¡Venga, idiota, deja de mirarme y empieza!
Mi hermana tenía prisa por verme, pero antes, la imité, quitándome no solo el pantalón, sino también los calzones y me quedé completamente desnudo de cintura para abajo. Me agarré mi erecta polla y me pegué un par de sacudidas, apuntando directamente hacia ella.
―Joder, ¿ya estás así? Te excitas con mucha facilidad… ―comentó mi hermana, y yo me sentí orgulloso, pues lo interpreté como un halago por su parte.
―Claro, estando contigo, ¿cómo no me voy a excitar? ¡Dios mío, Paula! ¡Es increíble que estemos haciendo esto otra vez! ¡No me lo creo!
―Ven, anda… ―me pidió avanzando hasta mi escritorio y volvió a sentarse como el sábado, con las piernas abiertas para que yo me situara delante de ella―. Empieza cuando quieras y, sobre todo…, recuerda las normas.
―¡Qué síííí! ¿Ahora quién es la pesada?
―¿Cuál es la norma más importante?
―Nada de tocar…
―¡Exacto!
―¿Y si lo hiciera?
―No, no puedes…
―Te repito, ¿y si lo hiciera? ―insistí comenzando a menearme la polla a menos de veinte centímetros de su coño.
―No te acerques más, si me rozas un pelo, me largo y sabes que hablo muy en serio ―me amenazó con firmeza y yo vi en sus ojos que lo haría, así que decidí no forzar más.
Estaba demasiado cerca ya de mi objetivo y solo tenía que esperar mi momento.
―Está bien, nada de tocar, prometido. Pero si tú quieres, yo me dejo, ¡lo del sábado fue la hostia!
―Lo del sábado solo fue para que terminaras rápido, ya lo sabes. ―y me pasó el dedo por el abdomen― Hoy creo que no vas a tener tanta suerte…
―¡Joder! ―exclamé sacudiéndomela con más fuerza delante de ella.
Entonces vi cómo mi hermana miraba detenidamente mi polla y se mordía los labios. Ya se le habían encendido las mejillas y sus pezones estaban duros.
―¿Te gusta?
―¿El qué…?
―Ya lo sabes, Paula, mi polla. No me has dicho si te gusta o no… ―y detuve mi movimiento, mostrándosela en toda su plenitud.
―Sí, es bonita…
―¿Es como la de Fernando?
―Bueno, más o menos, son parecidas. Quizás la tuya es un poco más grande… aunque puede que sea porque… se te pone más dura. Eso me llama la atención… ¡Es que se te pone durísima!
―Es por ti, Paula, es que me das mucho morbo. El corazón me va a mil por hora y a ti te pasa igual, ¿verdad? ―y puse una mano en su pecho.
―Eh, nada de tocar…
―Solo quería comprobar tu pulso, pero no hace falta, ya veo que tu respiración también está bastante agitada, uffff…
―¿Te vas a correr ya?
―No creo que aguante mucho, estoy muy excitado…
―Lo sé…
―Y tú estás igual, sé que estás muy cachonda, ya se te han hinchado las tetas, mmmm, ¿por qué no te tocas? Yo no puedo, pero tú podrías masturbarte delante de mí. Con eso no incumplimos las normas… La verdad es que, ya que estamos, me gustaría que te corrieras aquí conmigo, y no fueras luego a tu habitación a masturbarte sola.
―¿En serio quieres verme? ―me preguntó abriendo más las piernas.
―¡¡Sí, claro que quiero!!
Y ella bajó la mano y se acarició el coño por encima de las braguitas, soltando un leve gemido.
―¡Me cago en la puta!
―¿Qué te pasa, hermanito? Aaaah, aaaah… ―susurró presionando más fuerte con sus dedos y moviendo ligeramente la cadera en círculos.
―¡Joder, joder!
―¿Por qué paras?, ¿es que ya te vas a correr? Aaaaah, aaaaah…
―¡No me lo creo, Paula! ¡Te estás…, mmmm! ¡Te estás haciendo un dedo!
―No es para tanto… ¿Es que nunca has visto a una chica tocarse? Aaaah…
―¡Madre mía!, ¿podrías meterte los dedos por dentro de las braguitas?
―¿Así…? ¡Mmmm…! ―y Paula coló los dedos por el elástico de su ropa interior y echó la cabeza hacia atrás.
Se estaba acariciando el coño directamente.
Enseguida volvió en sí y me miró con cara de guarra, mientras intensificaba las caricias que se daba en la entrepierna. Cada vez jadeaba más alto y ya meneaba las caderas adelante y atrás, moviendo sus dedos en círculo sobre su clítoris.
―Mmmm, mmmm, aaaah, ¿vas a correrte? ―me preguntó deseando ver mi polla explotar encima de ella.
―¿Quieres verlo?
―Sí, quiero verlo. Aaaaah, quiero verlo… Aaaaah…
―¿Te gustó agarrarme la polla el otro día? ―dije acercándome más a ella y situando mi cara a menos de diez centímetros de la suya.
―Aaaaah, sí, aaaah, síííí, me encantó… ―y sacó la lengua, haciendo el amago de darme un lametón en la nariz, pero sin llegar a rozarme.
―Joder, Paula, aaaaah, aaaah… ¡Joder…! Te voy a poner perdida, aaaaah, ¡me voy a correr encima de ti!
―¡Espera, espera! ―y detuvo sus movimientos masturbatorios, quedándose parada.
Yo también frené en seco, apretándome la base de la polla para no eyacular. Paula tenía algo en mente y me puse muy nervioso por lo que ella me pudiera proponer. Entonces sacó la mano de sus braguitas y se miró los dedos.
¡Los tenía empapados!
―¡Joder! ―exclamó mi hermana, como si no pudiera creer lo húmeda que se encontraba―. Espera, capullo, ¡no quiero que me manches el pijama!
―¿Es que no puedo correrme encima de ti? ―protesté―. ¿Entonces cómo lo hacemos? ¡Yo quiero mirarte mientras me…!
Y sin que me lo esperara, Paula bajó las manos y comenzó a quitarse la camiseta azul de tirantes. Me quedé mudo de la impresión, las palabras no me salían; y es que solo quería estar concentrado en lo que estaba a punto de ver. Mi hermana me miró a los ojos y sonrió antes de desnudar su pecho con mucha lentitud y, de repente, se quedó con ese trapito en la mano.
¡¡Mostrándome sus enormes tetazas!!
En ese instante, tragué saliva.
―¡Dios, vaya tetas! ―exclamé. Aquella frase me salió del alma sin pensar y Paula se detuvo unos segundos para mirarme, disfrutando de mi reacción. Yo me quedé petrificado, con la boca abierta, mientras ella se mostraba impúdica.
¡Eran tal y como me las había imaginado!
Duras, turgentes, pesadas, grandes y con unas areolas oscuras de por lo menos cuatro centímetros. Además, sus pezones estaban erectos y apuntaban hacia arriba. ¿Cómo podían ser tan perfectas y a la vez tan vulgares?
Eran una oda a la voluptuosidad, al exhibicionismo. Ni Miguel Ángel hubiera podido dibujar algo así.
¡Aquellas tetas eran indecentes! Y Paula las lucía orgullosa, incluso sacando el pecho hacia fuera.
―Te has quedado muy callado… ¿Qué te pasa?...