36
No regresé excesivamente tarde. Serían sobre las dos de la mañana y, como de costumbre, me tomé un buen vaso de leche caliente y unas galletas. No se escuchaba nada en el piso y, después de lavarme los dientes, me metí en la habitación.
La tarde había sido muy intensa; me había follado tres veces a Sofía antes de salir de fiesta, aun así, me apetecía hacerme una paja con las fotos de Paula.
Y es que, aunque no estaba excesivamente caliente, me daba mucho morbo hacerlo, sabiendo que ella estaba en la habitación de al lado con su novio. Abrí el portátil, puse una foto de su cara en grande y me dispuse a ponerme el pijama para estar más cómodo. Y de repente, alguien llamó a la puerta despacito.
―Sí, pasa ―susurré y Paula asomó la cabeza en mi habitación.
―Hola, David… Nada es que me pareció escucharte, solo quería asegurarme de que habías llegado bien… Buenas noch…
―Ven, pasa, no te quedes ahí ―le pedí haciendo un gesto con la mano para que se acercara.
―No, da igual…
―Pasa, no seas tonta…
―Sssssh ―y se puso el dedo en la boca―. Fernando está dormido.
―Entra y cierra… ―tiré de su mano con suavidad. Paula se metió en mi habitación y después entornó la puerta, sin llegar a cerrarla del todo.
Enseguida entendí por qué no quería entrar en mi habitación. Paula estaba en braguitas, pero no unas cualquiera. Eran las del conjuntito que yo le había regalado y, en la parte de arriba, llevaba una camiseta negra, y por debajo se le transparentaba también el sujetador con el lacito rosa.
―¡Guau, Paula! ¡Estás…! ¡Estás increíble! ―tartamudeé mirando sus piernas desnudas―. Te has puesto el conjuntito que te regalé…
―Sí, a Fernando le ha gustado mucho, pero mucho mucho… más de lo que me pensaba ―dijo con una sonrisa picarona.
―¡Mmmm, qué bueno!
―Bueno, ya me voy, solo quería decirte que eso, Fernando se acaba de dormir y…
―¿Os he despertado?
―No, no, yo todavía no me había dormido…
―Joder, ¿habéis estado desde las nueve hasta las dos…?
―¡No, idiota!, ja, ja, ja, bueno casi…, ja, ja, ja…
―Pues sí que le ha gustado el conjuntito, ja, ja, ja…
Entonces, justo caí en la cuenta de que su cara estaba en la pantalla del portátil. Se me había olvidado por completo y antes de que pudiera cerrar la tapa, ella se vio allí en grande.
―¿Esa soy yo…? No me digas que…
―Perdona…, sí, claro que eres tú…
―¡Madre mía, David!, pero si has estado toda la tarde con Sofía, ¡joder, hoy os habéis pasado más que nunca!, ¿y ahora te vas a…? ¿Con mis fotos? ¡Lo tuyo es demasiado ya!
―Sí, ya sabes que después de salir y tomarme una copa me apetece… y más ahora, después de verte así…
―Bueno, anda, yo me voy ya, y… ¡Ssssh, no hagas ruido! ―me pidió dándose media vuelta.
―Espera, Paula… ¿Puedo pedirte una cosa antes de que te vayas?
―¡No, David!, ¡no te voy a mirar cómo lo haces!, ¡¡Y además, te recuerdo que Fernando está aquí al lado!! ―protestó comenzando a poner cara de enfado.
―No, no es eso, es solo que… no sé, ya que llevas puesto el conjuntito que te regalé, ¿podría ver cómo te queda?
―¿A…? ¿Ahora? ―dudó Paula.
―Sí, claro, ahora. Eso me ayudaría mucho para lo que ya sabes… Tampoco tienes que hacer nada, solo quitarte la camiseta, van a ser 30 segundos…
―¡Ni hablar! Ya me estás viendo con él puesto, ¿no? ―dijo mirando hacia abajo.
―Pero no es lo mismo, me dijiste que alguna vez me enseñarías cómo te queda… por favor, Paula… ¡Joder, sería la hostia!
―Yo nunca te he dicho eso, te lo estás inventando…
―¡Sí, lo dijiste! Además, ¿qué lo mismo te da?, te he visto muchas veces en bikini, esto es casi lo mismo…
―Lo mismo… Lo mismo, no es… esto es un conjunto de lencería, y es casi transparente…
―¡Porfa, Paula!, ya que lo tienes puesto, por favor…
Mi hermana resopló y yo, que empezaba a conocerla bien, supe que lo iba a hacer. Me senté en la silla frente a ella y Paula se fijó en mi abultada erección bajo el pijama.
―Ssssh, no hagas ruido ―insistió de nuevo―. Y ni se te ocurra tocarte, eh, y mucho menos sacártela. 30 segundos… ―me advirtió―. ¿Estás listo? ―quiso avisarme para que aquello lo viera bien.
Afirmé como un autómata. Instintivamente me agarré la polla por encima del pijama y Paula me volvió a advertir.
―Eh, sin tocarte… ―me recordó con un susurró―. Y sssssh, ¡cállate!
―No he dicho nada ―murmuré lo más bajito que pude.
De manera sensual, o eso me pareció a mí, se fue deshaciendo de la camiseta, y es que os puedo asegurar que es imposible que ese gesto no resulte erótico en Paula mientras se va quitando la ropa. De repente, ¡¡sus tremendas tetazas aparecieron embutidas en ese minisujetador de adorno!!
Tragué saliva.
Allí la tenía delante de mí, con ese dos piezas transparente, y aunque era su talla, parecía que le quedaba pequeño, pues sus pechos desbordaban la tela por los lados. El sujetador apenas podía soportar sus pesadas tetas y las braguitas se le clavaban en la cintura y le marcaban el coño descaradamente. Puso los dos brazos en jarra y se me mostró impúdica e incestuosa con sus pezones duros. Yo siempre había visto a Paula como una chica elegante y con mucha clase, pero en ese momento, fue la primera vez que me apareció una vulgar zorra.
Una calientapollas.
Tuve que sobármela por encima del pijama, aquello era demasiado excitante y, esta vez, Paula no me dijo nada, incluso se fijó en cómo me la sacudía dos o tres veces y después se dio la vuelta para que viera también cómo le quedaba por detrás, colocándose las braguitas en su sitio, aunque no hiciera falta.
―Me queda bien, ¿verdad? ―comentó cogiendo la camiseta para ponérsela―. Pues ya está, hemos terminado…
―No, espera, Paula… ¿Podría hacerte una foto?, por favor…
―¡No, David!, eso ya no…
―En cuanto la haga la paso al ordenador y la borro del móvil, jamás la va a ver nadie, ¡esta foto es solo para mí! Te lo prometo. Ya sé que no quieres ver cómo me toco, y lo acepto y hasta lo comprendo, pero hoy tengo que correrme con esta instantánea, ¡es increíble tenerte así!, mira como estoy ―le dije enseñándole mi paquete―, además sé que estás excitada…
―Yo no…
―¡Los pezones, Paula! ¡Los pezones!, esos siempre te delatan…
Y ella se cubrió los pechos con los brazos, como si no se los hubiera visto mientras me mostraba cómo le quedaba el conjuntito en su cuerpazo.
―Venga, Paula, deja que te haga una foto, ¡es muy morboso todo, y más sabiendo que tu novio está aquí al lado dormido! ―y me levanté, cerré la puerta, y sin que ella pudiera reaccionar, abrí la cámara del móvil y apunté hacia ella.
―¡David, noooo…! ―me pidió estirando la mano hacia mí.
―Solo una, Paula, por favor ―le rogué mordiéndome los labios y poniéndome de pie.
Cruzó los brazos sobre su pecho sin soltar la camiseta de pijama y se quedó allí parada, mientras yo giraba a su alrededor, tirando no una, sino varias fotos desde todos los ángulos. Incluso me situé detrás de ella y fotografié su culo.
―¡Eh, capullo, has dicho solo una! Ya tienes tus fotos, ¿no?, ¡pues, hala, ya te puedes pajear a gusto! ―murmuró volviendo a amenazarme con ponerse la camiseta.
―Pero así no las quiero, te estás tapando el abdomen, los pechos, y estás muy seria, ni tan siquiera has mirado a la cámara…
―¿No era solo una…?
―Por favor, suelta esa camiseta y mira a la cámara. No cruces los brazos… ¡A ver si sale alguna foto buena!
―¿Así? ―preguntó dejando la camiseta y descubriendo sus pechos para que pudiera fotografiarlos―. ¿Ya está?, ¿te ha salido alguna “buena”?
―Eso es, ¡genial!
Apoyó el culo en el escritorio y se quedó plantada de pie, apoyando las manos en la mesa con naturalidad y cruzando los tobillos. Ahora sí. Se mostraba firme y orgullosa sin taparse. Yo creo que ni ella misma era consciente de la situación. Se estaba dejando fotografiar en lencería por su hermano pequeño a las dos de la mañana y en su habitación.
Intentábamos no hacer ruido, pero a esas horas se escuchaba todo, y su novio podría despertarse de un momento a otro e incluso pillarla en esa escena tan comprometida. ¿Cómo se lo iba a explicar a Fernando?
Pero yo creo que eso es lo que realmente le daba morbo a mi hermana. Saber que su chico estaba durmiendo en la habitación de al lado, mientras ella provocaba a su hermano y se dejaba fotografiar.
Y yo notaba como a cada foto ella se iba poniendo más y más cachonda. Se le había cambiado hasta la cara.
―¡Joder, qué tetas! ―exclamé sacudiéndome la polla por encima del pijama.
―¡Sssssh, cállate idiota! ¡Y no te la toques! ¡Venga, date prisa!
―¡Vaya fotos!, ¡sublimes! ¿Podrías abrir un poco las piernas?, solo un poquito…
Pensé que ella se negaría, pero para mi sorpresa, chasqueó la lengua resignada, haciéndose la ofendida y descruzó los tobillos.
―Mmmm, ¡buenísimo! ―murmuré agarrándomela, y pegándome otras cuatro o cinco sacudidas.
Tenía la polla hinchadísima y Paula miró hacia mi paquete. Se me marcaba todo el contorno por debajo del pijama y mi hermana se mordió los labios. Sus pechos cada vez estaban más hinchados y esos pezones ya le debían medir casi dos centímetros en erección.
¡Estaban a punto de traspasar la tela del sujetador!
―¿Podrías darte la vuelta? ―le pedí pajeándome ya descaradamente por encima del pijama.
Ella me miró de una manera extraña. Y en ese momento, supe que iba a pasar algo mágico entre nosotros aquella noche. Antes de cumplir lo que le había pedido, subió las dos manos y se atusó la melena, entrelazando los dedos en su pelo y poniéndose guapa para mí. ¡Joder, ese gesto fue pura sensualidad!
¡Tuve que soltarme la polla o me hubiera corrido dentro de los calzoncillos!
Y después se giró, apoyando las manos en la mesa. Paula ya no hablaba, solo se dejaba fotografiar y permitió que me situara detrás de ella y me pusiera de rodillas a escasos centímetros de su cuerpo. Desde esa posición, pude ver cómo se le marcaban los labios vaginales e hice unas cuantas fotos a menos de veinte centímetros de su coño, y luego me puse de pie y fotografié su cuerpo entero desde varios ángulos, su espalda, su culo, sus muslos…, mientras ella permanecía con la cabeza agachada.
―Ya está, David. Vale… ―suspiró con la respiración entrecortada, dándose otra vez la vuelta y quedándose apoyada en la mesa.
―Espera ―le supliqué dejando el móvil a su lado―. Deja que me corra, Paula. ¡No puedo más! ―le pedí masturbándome sin sacármela del pijama.
Me acerqué a ella y Paula intentó retroceder, pero no tenía escapatoria, estaba aprisionada por la mesa y entonces, con un ligero saltito, se subió encima y se quedó allí sentada con las piernas abiertas. Su respiración se había convertido en una especie de jadeo, y al fijarme en su entrepierna, pude ver que se le había formado un pequeño círculo de humedad en la zona del coño.
―¡Joder, Paula, estás mojada! ―y ese fue el momento que aproveché para liberar mi polla.
La agarré con firmeza y comencé a sacudírmela a menos de veinte centímetros del cuerpo de Paula, que seguía sentada y con las piernas abiertas.
―¡Tócate si quieres! ―le sugerí a mi hermana.
―¿Qué…? ―gimoteó girando la cabeza avergonzada.
―Que te toques, sé que lo estás deseando… ―repetí acercando mi polla a su coño.
―No. Venga, termina ―me pidió en una especie de gemido.
―Lo haría yo, aunque no puedo… ¡Las normas!, ¡esas putas normas!, pero tú sí puedes tocarme a mí…
Entonces Paula echó la cabeza hacia atrás y soltó otro gemido ahogado. Se pasó la mano entre los pechos y fue descendiendo por su abdomen. El ruido de los dedos deslizándose por su cuerpo me puso cachondísimo y tuve que soltarme la polla.
¡¡Se iba a masturbar delante de mí!! Y yo ya no podía más.
Incorporó la cabeza de nuevo, mirándome fijamente a los ojos y, al llegar al elástico de las braguitas, pasó de largo, acariciándose los labios vaginales. Entonces, y sin que me lo esperara, estiró el brazo y me agarró la polla.
¡¡Mi hermana me agarró la polla!!
―¡¡Paula…!! ―exclamé con los ojos abiertos de par en par.
Ella no dijo nada, solo me pegó tres o cuatro sacudidas con firmeza, haciendo todo el recorrido completo con la mano hasta mi pubis, ejerciendo la presión exacta.
Y mi corrida fue inmediata.
Me hubiera gustado bañarla en leche, pero Sofía me había dejado los huevos secos. Y un potente chorro atravesó el cuerpo de mi hermana y le llegó hasta el ombligo, mojando después sus braguitas con dos o tres espasmos más, con las que derramé lo último que me quedaba en la reserva.
Ella dio un respingo al sentir mi semen caliente bañándola y siguió acariciándome unos pocos segundos más. Después me la soltó y se bajó de la mesa, atropellándome apresurada para salir cuanto antes de mi habitación.
Y allí me dejó. Con la polla fuera, jadeando y sin poderme creer lo que acababa de pasar.
Se metió al baño a limpiarse y unos minutos más tarde, escuché que estaba hablando con Fernando en su habitación. Y de repente, me llegaron unos gemidos bien nítidos. ¡No me lo podía creer!
¡Estaban follando!
Empezaron con un polvo suave y tranquilo bajo las sábanas, pero eso no era lo que necesitaba mi hermana en ese momento. Se le habían desatado todos los infiernos después de hacerme una paja, y necesitaba que se la follaran en condiciones.
No tardó en correrse bien alto sin reprimir sus gemidos y yo sonreí satisfecho, pues aquel orgasmo había sido en parte gracias a mí y después le pidió a su novio que siguiera hasta el final.
―¡¡No la saques, sigueee, aaaaah, aaaaah, córrete, córrete, Fernando, aaaah!!
El gruñido de su chico me indicó que se estaba vaciando dentro de mi hermanita. Me dio un poco de envidia sana por follarse a la chica de mis sueños, pero después de lo que había pasado en mi habitación, yo ya no tenía ninguna duda.
Dentro de poco iba a ser yo el que se corriera dentro de Paula.
Y es que estaba convencido de que, tarde o temprano, ella iba a ser mía. A partir de ahora, todos mis esfuerzos tenían que centrarse en un único objetivo.
Conseguir follarme a mi hermanita…
Parte Cuatro
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