32
Y por fin llegó el sábado. Me levanté nervioso, muy excitado y con una erección de campeonato.
Ya esa mañana me di cuenta del error que había cometido por aguantar tantos días sin correrme, incluso estuve tentado de hacerme una buena paja antes de salir de la cama, pero pensé que, una vez llegado a ese punto, no podía desperdiciar lo que había estado guardando para Paula.
Durante la mañana apenas nos vimos por el piso, pues se quedó estudiando en su habitación. Luego comimos juntos, pero no hablamos del tema, pensé que mi hermana se había echado para atrás, pero mientras estaba fregando los platos de la comida, entré en la cocina y me senté en un taburete.
―Por fin ha llegado el día… ―le solté.
―¿El día…?
―Sí, Paula, el día, no te hagas la tonta… sabes perfectamente de lo que hablo…
―Eso son cosas tuyas, yo no te dije nada, ni que sí, ni que no… ¡No podemos hacer esto, David!
―Me lo dijiste en tu habitación del pueblo, que allí no lo hiciera, y quedamos para esta noche. ¡Ahora no puedes echarte atrás, Paula!, ¡y una mierda, llevo mucho tiempo esperando este momento!
―Vale, no te pongas así, pesado. Está bien. Esta noche resolveremos este asunto de una vez por todas, porque ya me tienes muy cansada siempre con lo mismo…
―¿Vas a salir de fiesta?
―Sí, había quedado con estas y luego con Fernando para tomar algo…
―Perfecto. Pues luego quedamos, ¿a qué hora?
―No sé, cuando me digas tú…
―¿A las tres…? ¿A las cuatro de la mañana?
―Ya vamos viendo…
―No, dime una hora, así me organizo yo también…
―Pues a las tres de la mañana.
―¡Perfecto! Pues aquí nos vemos, en la cocina…
―¿Aquí…? ―preguntó Paula extrañada.
―Sí, ¿por qué no?, ¿o prefieres en mi habitación?
―Vale, cómo quieras…, aquí en la cocina está bien, ah, y una cosa, después de esto se acabó. ¿Me has escuchado? SE-A-CA-BÓ ―dijo deletreando las dos últimas palabras―. No vuelvas a insistir, o entonces sí que tendré que tomar cartas en el asunto y hablar con papá y mamá, y créeme que lo haré…
―Lo sé, Paula, tranquila, después de esto no te molestaré más… ¡Te lo prometo!
―Eso espero… y ahora termina de secar y recoger los platos, me voy a estudiar.
―Oye, hermanita, una cosa antes de irte…
―¿Sí…?
―¿Puedo pedirte que vayas vestida igual que el otro día en el pueblo?, con ese vaquero ajustado y la misma camisa…
―¡Ah! ¿También me tengo que vestir como quiera el señorito? Ya veremos…
―Muchas gracias, Paula.
Salí temprano de casa, a media tarde, ni tan siquiera me despedí de mi hermana, que estaba estudiando en su habitación, y fui al cine con Sofía, que otra vez volvió a sorprenderse de que en el cine no hiciéramos nada y luego quedé con los colegas para salir un rato de fiesta.
Me tomé un par de copas, no más, y es que tampoco quería llegar borracho al gran momento con Paula. La noche se me hizo larga, larguísima. Interminable. No dejaba de mirar el reloj, las manecillas no avanzaban y, a las dos y media, me despedí de mi grupo de amigos y me fui caminando hasta casa.
Cinco minutos antes de las tres, abrí la puerta, Paula todavía no había llegado y decidí ponerme cómodo, con una camiseta y pantalón de pijama. Hice un pis, me calenté un vaso de leche y me senté, degustando un par de galletas hasta que ella llegara.
Otra vez miré la hora. Las tres y cinco. Mi hermana se estaba retrasando y yo cada vez me encontraba más atacado de los nervios. Y entonces escuché la llave en la cerradura. Pum, pum, pum, pulsaciones a mil, ruido de tacones retumbando a la entrada y Paula apareció en la cocina. Casi me caigo de culo.
En cuanto vi la ropa que llevaba puesta, ya se me puso dura.
Había hecho caso a mi petición, y llevaba los vaqueros ajustados, la camisa de cuadros y los zapatos de tacón. Me encantaba que se hubiera recogido el pelo en una coleta, lo que le daba un aire más juvenil. Se apoyó en la encimera y se me quedó mirando, ninguno de los dos decíamos nada, pero ella tenía un brillo especial en los ojos; sin duda, también se había tomado alguna copita, pero no parecía que fuera borracha.
―Hola ―me saludó con timidez.
―Hola, Paula, ¡estás guapísima! Gracias por ponerte esa ropa…
―Pues ya estoy aquí…
―¡Joder, Paula, estás increíble!, no puedo aguantarme más ―le solté comenzando a bajarme el pantalón…
―Espera, espera un momento ―me interrumpió mi hermana.
―¿Qué pasa…?
―Antes quiero decirte algo y, bueno, también me gustaría poner unos límites, ya sabes, unas normas o algo así…
―¿Unas normas?, no entiendo lo que quieres decir… ¿Para qué…?
―Sí, ehhhh… ―dudó Paula―, lo que vamos a hacer, bueno, lo que tú vas a hacer, no sé cómo hemos llegado hasta aquí y he permitido esto, pero el caso es que lo hemos hecho. Yo tengo casi más culpa que tú, no sé si te he dado pie o qué, yo creo que no, pero parte de culpa sí que tengo por no haberlo cortado de raíz desde el principio. Te he dejado que te masturbes con mis fotos y no te he dicho nada, incluso me he dejado hacer alguna de esas fotos para ti, sabiendo que luego las ibas a utilizar; he permitido que te masturbaras en mi cuarto, dos veces, ahí tendría que haber puesto el límite, pero como no lo he hecho, nos ha llevado hasta aquí, y ahora voy a dejar que te toques delante de mí, que me mires mientras lo haces; eso sí, quiero ponerte unas restricciones o unas normas, como lo quieras llamar, sobre todo, porque no quiero que me toques. ¿Me has entendido? Por nada del mundo puedes tocarme, eso sí que ya no lo voy a permitir…
―Claro, no te voy a tocar, Paula, no lo tenía pensado… solo voy a hacerme una pa…
―En Sevilla estabas muy cachondo y se te fue la mano, por eso te lo digo… ¡Cuidadito!
―Vale, ¿entonces esas son las normas? ¿Nada de tocar…?
―Exacto… ¿Lo has entendido?, solo puedes mirarme…
―Que sí… nada de tocar, es muy fácil. Y una duda que me ha surgido ahora, ¿podría correrme encima de ti?, has dicho que no puedo tocarte, pero de eso no has dicho nada…
―Noooo, claro que no, ¡aaaahggg! ¡Serás guarro! ―dijo poniendo cara de asco―, y recuérdalo bien, si se te ocurre tocarme, se acabó. Me piro de aquí y te dejo a medias…
―Está bien, vaaaaale, ¿podemos empezar ya?
―Cuando quieras... ―me dijo Paula.
Me puse de pie en medio de la cocina a un metro de ella y con tranquilidad me quité la camiseta y luego el pantalón del pijama, quedándome tan solo con el slip blanco.
―¿Te vas a desnudar? ―me preguntó.
―Por supuesto, de eso no has dicho nada. Puedo, ¿no?
―Eh, sí, ¿por qué no?, total, voy a tener que verte… ―dijo señalando mi terrible erección.
―Por supuesto. ―y sin que se lo esperara me lo bajé de golpe, quedándome completamente desnudo delante de mi hermana.
Paula abrió la boca y echó una ojeada rápida a mi polla; creo que incluso se llegó a poner roja de la vergüenza, y sus mejillas se encendieron de inmediato.
―¿Qué te parece?, ¿te la imaginabas así? ―la pregunté sujetándomela por la base para que se hinchara más.
―Te recuerdo que ya la había visto…
―¿Y…? ¿Te gusta?, ¿es como la de Fernando?
―Ja, ja, ja, no voy a contestar a eso, pero bueno, no está nada mal… ―comentó mirándola directamente.
Me quedé extasiado viendo cómo se le marcaba el coño en aquellos vaqueros tan ajustados y sin más preámbulos, comencé a meneármela lentamente delante de mi hermana. Allí estábamos los dos de pie, yo en medio de la cocina y ella apoyada en la encimera, mostrándome su cuerpo. Es muy difícil explicar la sensación de masturbarte delante de tu hermana, pero os aseguro que jamás había sentido nada parecido.
¡Qué morbazo!
Tenía el corazón a tope de pulsaciones y, aunque me había bebido un par de copas, sabía que no iba a poder aguantar mucho tiempo.
Llevaba más de una semana sin correrme y mi hermana se me ofrecía guapa y radiante para que me pajeara mirándola. Estaba muy buena la cabrona y ella lo sabía.
―¿Te gusta mi polla? Quiero que la mires bien…
Paula sonrió, negó al agachar la cabeza y, esta vez, sí que aguantó más tiempo mirando decidida cómo me tocaba; seguía de pie delante de mí, con sus manos apoyadas en la encimera, y su cara ya no estaba roja de la vergüenza, era más bien como si estuviera sofocada, y sus pezones, amenazando con atravesar la tela de su camisa, me confirmaron que ya estaba cachonda.
―No me has dicho si te gusta o no…
―Estás depilado, no sabía que…
―Sí, me lo hizo Sofía el jueves en mi habitación, ¿no nos escuchaste?
―Algo, pero no sabía qué estabais haciendo…
―¿Y te gusta cómo me queda?, así parece mucho más grande, ¿verdad? ¡Uf, que dura la tengo! ―exclamé golpeándome con ella en la palma de la otra mano.
Y seguí con aquella paja lenta y parsimoniosa, y Paula ya no se cortaba en mirar sin disimulo mi polla, e incluso se llegó a morder los labios.
―¿Puedes soltarte el pelo?, me gusta mucho cuando lo llevas con coleta, como ahora, pero suelto es como más… salvaje, sexy.
No se lo tuve que repetir dos veces, Paula se soltó la goma de su coleta y su gran melena cayó libre por detrás de su espalda. Ella enredó los dedos en su pelo y se lo recompuso en un gesto muy sensual.
―¿Así mejor?
―Uf, sí, mucho mejor, aaaaah, aaaaah…, oye, Pau, ¿puedo preguntarte una cosa?
―Dime…
―¿Estás excitada ahora?
―Ehhhh, no…
―No me mientas… se nota que sí…
―Bueno, puede que algo, es normal, he bebido y he estado con Fernando…
―Sí, ya, seguro que es por Fernando… Es que, otras veces, me he dado cuenta de que cuando te excitas, a ti también se te nota, ¿sabes?, se te ponen duros los pezones, ¡uf, se te marcan muchísimo! ¡Como ahora!
Hizo el gesto de intentar cubrirse con un brazo, pero aquello me pareció ridículo, pues se estaba mostrando para que yo me masturbara y, de repente, le había entrado un ataque de pudor.
―No te tapes, por favor, es más que evidente que…
―¿Te falta mucho? ―me preguntó Paula.
―Solo llevo dos minutos, aunque si te digo la verdad, no creo que pueda aguantar mucho más. Me he estado reservando para este momento y estoy que no puedo tocarme más rápido o voy a…
―Venga, termina ya ―me pidió.
―Ya casi estoy… ¡Uffff! De todas formas… ¿Podrías ayudarme? ―pregunté acariciándome la polla lo más despacio que pude.
Nunca la había tenido tan dura y parecía a punto de explotar de un momento a otro. Y es que apenas me podía pajear ya. La sentía demasiado sensible. Había sido muy mala idea lo de reservarme, tenía que haberme corrido por la mañana y ahora me estaría haciendo un pajote bien rápido y duro delante de mi hermana y, sin embargo, allí estaba, pegándome dos sacudidas lentas y soltándomela para retrasar lo inevitable.
―¿Ayudarte?, ¡ni lo sueñes!, no pienso tocarte, ni tú me vas a tocar a mí, ¡las normas!
―No, tranquila, no era eso, me refería más bien a… ¿Me enseñarías el sujetador?
―No sé por qué no me sorprende que me pidas eso… pero no voy a desnudarme delante de ti.
―Eso no es desnudarse, es solo mostrarme un poco más de tu cuerpo, sería como si te viera en biquini, te he visto muchas veces así en la piscina, no pasa nada por eso, ¿no?
Otra vez hice dudar a Paula, yo creo que en el fondo se moría de ganas por mostrarse a su hermanito pequeño y es que estaba muy claro que le encantaba ese exhibicionismo incestuoso que hacía que cada vez se fuera poniendo más y más cachonda.
―Si lo haces, no creo que pueda aguantar mucho más, ¡uffff, mira cómo estoy! ―y al soltármela, mi polla se quedó bamboleando delante de ella.
Subió los brazos y situó los dedos sobre el primer botón de su camisa. Paula lo iba a hacer.
―¡Joder, joder! ―exclamé.
Y después del primer botón vino el segundo y luego el tercero. Paula se echó a un lado la camisa y de repente lo vi. Abrí los ojos como platos y me quedé con la boca abierta. Me dio un calambrazo que recorrió mi cuerpo entero y, después, me temblaron las piernas.
Tuve que soltarme la polla para no correrme.
¡Paula llevaba el sujetador del conjuntito que le había regalado!, sí, ¡¡el del sujetador negro transparente con los lacitos rosas!!
―¡Dios mío, Paula… es el que te re… el que te regalé!
―Sí, conociéndote un poquito, sabía que me lo ibas a pedir, espero que te haya gustado la sorpresa, lo he estrenado hoy…
―Era una sorpresa para tu novio, ¡y te lo has puesto para mí!, ahora no digas que esto también lo has hecho por Fernando…
―¿Te gusta?
―Sí, sí, claro, ¡¡es genial!!
―Pues ahora ya puedes terminar.
―¿Estás deseando ver cómo me corro?
Ya apenas me la podía sujetar con la mano y, de vez en cuando, me pegaba un par de sacudidas; tenía la polla dura e hinchada y de un momento a otro parecía que iba a reventar. Salía un líquido blanquecino y varias gotas me resbalaban a ambos lados del capullo; y es que mi polla literalmente ya babeaba con cada palpitación.
―¿Podrías desabrocharte todos los botones?
Esta vez ni protestó. Solo se siguió soltando todos los botones, uno a uno; me parecieron unos segundos maravillosos mientras lo hacía, así hasta que llegó al último. Luego se quedó parada, esperando más peticiones por mi parte.
―Apártate la camisa, por favor, échatela hacia los lados…
―¿Por qué has parado?
―Porque ya no puedo más, voy a correrme de un momento a otro ―dije acercándome a ella y quedándome a tan solo medio metro―. Apártate la camisa.
Ella ya no cuestionaba nada de lo que le pedía y aquel pibón me ofrecía su cuerpazo cada vez más desinhibida y cachonda. Se echó la camisa hacia los lados y me mostró sus enormes pechos presionados en el sujetador de encaje. No parecía un sujetador para uso cotidiano, era más bien un tipo de lencería fina, con puntitos negros, medio transparente y con un lacito rosa entre las dos copas, que apenas podían sostener el enorme peso de las tetazas de Paula, pero, a pesar de su tamaño, se mantenían bien firmes.
―¡Dios mío, vaya tetas!, ¡¡son perfectas!!
Sus pezones aparecieron ante mí como si fuera desnuda. Eran tal y como me los había imaginado. Unas areolas grandes, oscuras y lascivas, con unos pezones terriblemente erectos.
Aquellas tetazas eran indecentes y Paula me las mostraba en ese sujetador de ramera.
―Tenías razón, Paula…
―¿Y eso…?
―Sí, recuerdo que me dijiste que en esos conjuntitos, el sujetador era casi más adorno, y es verdad, parece de juguete, aunque a ti te queda muy sexy… ¡Uf, es que estás muy buena!
―Ya sabía que te iba a gustar…
―¿Y también llevas las braguitas a juego?
Ella bajó la cabeza y volvió a ruborizarse.
―Sí ―susurró sin atreverse a mirarme a los ojos, y de repente, se encontró con mi polla, que ya no podía estar más dura.
La vena central estaba hinchadísima y atravesaba todo el tronco y yo llevaba ya un minuto sin poderme pajear. Bastante tenía con sujetármela.
―¿Me las enseñarías?
―No voy a quitarme los pantalones, David…
―Bueno, solo con ver que las llevas puestas me vale, te las has puesto para mostrármelas, ¿no?
Se desabrochó el botón del pantalón y con esfuerzo, pues los vaqueros le quedaban superajustados, fue deslizando su cremallera. Los abrió un poco y pude ver el lazo rosa que adornaba sus braguitas negras.
Me hubiera encantado ver cómo se le marcaba el coño en esas bragas transparentes, pero Paula ya no parecía dispuesta a mostrarme más. Ese era su máximo, al menos, por esa noche.
―¡Joder, Pau…! ¿Y tú también lo llevas depilado como yo?
―Vale, no te acerques más… ―me pidió estirando el brazo y manteniendo esa distancia prudencial―, y termina ya con esto…
Una nueva sacudida lenta y otra vez me tuve que detener. Ya estaba al límite.
―Venga, David, ya no puedes ni seguir…
―Noooo, yo quería aguantar un poco más… nooo, joderrrrr…, uf, ufff, ¿no puedo tocarte?, aunque sea un poquito…
―No, noooo… acuérdate, ¡las normas!
―¡¡Jodidas normas de mierda!!, aaaaah, aaaaah, ¡pues hazlo, tú!, tócate para mí…
―Yo no voy a masturbarme, ¡ni de coña voy a hacer eso delante de mi hermano pequeño!
―Las tetas, solo las tetas, acaríciatelas un poco, aaaaah, por favor…
Entonces Paula volvió a sorprenderme de nuevo y, con una mirada que empezaba a delatar su lujuria, se quitó la camisa dejándola en la encimera, quedándose tan solo con el sujetador. Se agarró un pecho, lo apretó dos o tres veces, lo levantó y luego lo dejó caer a plomo, haciendo que se bamboleara delante de mis narices.
―¡La puta hostia!
Y sin que me lo esperara, Paula bajó el brazo, me agarró fuerte la muñeca y ella condujo en el movimiento masturbatorio.
―Paula, noooo, aaaaah, aaaaah, ¡no hagas eso!
―Sí, ahora sí, David, ¡córrete! ―me pidió con su voz de pija.
Fueron cinco o seis sacudidas. Me la podía haber soltado para durar un poco más, pero que Paula me estuviera ayudando con la paja fue terriblemente morboso y el detonante de mi orgasmo. De mi orificio salió una gota densa y viscosa que resbaló otra vez por mi capullo y, de repente, mi polla se puso rígida.
En la siguiente palpitación se hinchó como un globo a punto de estallar y un tremendo lefazo salió disparado, alcanzando a mi hermana en el cuello y dejando un reguero entre sus dos pechos.
―¡¡JODERRR!! ―exclamó Paula soltando mi brazo y poniendo su mano delante de mi polla.
―¡¡¡Aaaaah, me corro, aaaah, aaaah, me corro, me corrooo, qué gustazo, aaaah!!! ―dije sacudiéndomela ahora todo lo rápido que no había podido hacer durante la paja.
Los dos siguientes lechazos le dieron a Paula en la palma y el siguiente esquivé su protección y de nuevo volví a impactar en su cuerpo, concretamente en su ombligo.
―¡¡Noooo, David!!
Pero yo no podía dejar de correrme, y varias gotas salieron disparadas en todas las direcciones, llegando incluso a alcanzar a mi hermana en el pelo y en su mejilla. Pensé que era imposible tener un orgasmo así de intenso, duradero y que me proporcionara tanto placer.
Cuando terminé, jadeaba ansioso y mi hermana seguía con la palma de la mano apuntando hacia mí, aunque los últimos restos ya caían sin ninguna fuerza contra el suelo.
Me miró enfadada y después se tocó el pelo. No es que le hubiera manchado mucho, pero una gota había llegado hasta allí y otra más pequeña adornaba su mejilla. Aunque el lefazo más abundante y denso le cruzaba el cuerpo desde su cuello hasta el ombligo, atravesando sus pechos y cayendo hacia abajo, mojando las preciosas bragas del conjuntito.
―¡¡Lo siento, Paula, no quería…!! ―mentí, pues claro que quería echárselo por encima de ella―. ¡¡Ha sido la hostia, increíble!! ¡Nunca me había corrido así!
―¡Mira cómo me has puesto!, ¡te dije que no podías y tú vas y…!
―Dijiste que nada de tocarte y no lo he hecho, no he roto las normas…
―¡Ni tampoco esto, aaahhggg! ―dijo mirándose la mano. Y al abrir los dedos, varios restos de semen se quedaron impregnados entre ellos―. ¡Serás cabrón!, ¡te has corrido encima de mí! ―y cogió la camisa que había dejado en la encimera y salió a toda velocidad, dejándome allí desnudo con la polla en la mano.
Entró en el baño para limpiarse y después se metió en su habitación sin ni siquiera despedirse de mí.
Me hubiera gustado hablar con ella, preguntarle si le había gustado y comentar con Paula esa morbosísima experiencia que acabábamos de vivir juntos. Y mientras limpiaba el suelo de la cocina, me llegó una especie de jadeo desde su habitación.
No eran gemidos ahogados como otras veces, esta vez no, ¡¡sin ninguna duda se estaba masturbando!! Eran gemidos furiosos y placenteros. Estaba claro que mi hermana se había abandonado al placer y la lujuria, y al momento se me volvió a poner dura y salí hasta la puerta de su habitación.
Tuve serias dudas de si entrar o no en su cuarto, Paula estaba totalmente desatada y cachonda; era la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando. Miles de preguntas me asaltaban la cabeza: ¿se estaría restregando mi semen por sus tetas?, ¿habría probado mi sabor?, ¿se estaría acariciando el coño con la mano llena de mi semen?, ¿estaría a cuatro patas?, ¿desnuda?, ¿de pie o en la cama…?
Al final no quise entrar, me conformé con volver a mi habitación y pajearme de nuevo con los gemidos de Paula; ella también parecía que llevara tiempo sin tocarse porque nunca le había escuchado gemir así.
Que me corriera encima de ella la había tenido que poner cachondísima.
No tardamos mucho en llegar al orgasmo casi simultáneamente, y esta vez no tuve que afinar el oído. El grito de placer de Paula cuando se corrió retumbó en toda la casa y a mí me estremeció.
Cansado y satisfecho me metí en la cama pensando en el siguiente paso que tenía que dar en mi relación con Paula. Ella me había advertido que lo de esta noche era el punto y final, y si seguía insistiendo, se lo contaría todo a nuestros padres, pero ahora los dos teníamos un secreto compartido y ya no le convenía soltar esa lengua.
De todas maneras, por la manera de correrse de Paula, sabía que esto era el comienzo de algo. Solo tenía que saber tocar las teclas adecuadas y mi hermanita terminaría cediendo a sus más bajos instintos.
Se le había metido en el cuerpo el demonio del INCESTO.
Y ahora ya no iba a poder escapar de él…