La propuesta

Capítulo 4



Llegamos a la Casona sobre las seis de la tarde. Abrimos la puerta del garaje y Cayetana se dispuso a aparcar su Q2.

―¡No me lo puedo creer! ―exclamó mi chica.

Miré al fondo y, cuando la vista se acostumbró a la penumbra, me di cuenta de lo que pasaba. La moto de Álex estaba aparcada dentro y eso solo podía significar una cosa.

―¡La mato! ―dijo mi chica muy enfadada, bajando la maleta del coche.

Entramos en la casa por la puerta del garaje y justo pillamos a Marta en la escalera. Venía descalza de las habitaciones de arriba, tenía el pelo mojado y llevaba puesta una camiseta blanca larga, con la que nos mostraba sus bonitas piernas.

―¡No sabía que veníais!
―¡¡¿Qué haces aquí?!!, ¿has dicho algo en casa?
―Porfa, Caye, no se lo digas a papá…
―Ya te vale, Marta, es que siempre tienes que hacer lo que te da la gana. No puedes decir que te vas a la biblioteca y luego venirte a la Casona. ¿Y si te llega a pasar algo?
―Lo siento, no sabía que tú también…
―Sí, ya os lo había dicho, que este finde veníamos a estudiar, pero como siempre vas a tu bola. ¡No te enteras de nada!
―Solo hemos venido a pegarnos un baño… y, bueno…, a estudiar también, he traído los apuntes para la EBAU…
―Sí, ya…
―Te prometo que no os vamos a molestar, pero no se lo digas a nuestros padres, Cayetana; si se enteran de que he venido sin su permiso, me castigan todo el verano.
―No es problema mío.

Yo contemplaba atónito la discusión entre las dos hermanas, preguntándome qué llevaría Marta debajo de la camiseta y si la habríamos pillado follando con su noviete cuando llegamos. Estaba realmente sexy con el pelo húmedo y desde mi posición parecía que no llevaba sujetador bajo la tela. Cuando se ponía terca, siempre se tenía que salir con la suya, pero había topado con un hueso duro de roer, pues su hermana mayor tampoco era de las que daban su brazo a torcer.

―Podrías decirles que hemos venido con vosotros a estudiar, y te prometo que mañana por la mañana nos vamos. Solo nos quedaríamos esta noche. Si estoy contigo, a papá y a mamá no les importará.
―¿Cómo les voy a decir eso? No pienso mentir por ti; además, saben que veníamos solos. Vamos, que no pienso llamarles, así que terminad de «estudiar» y os vais para casa antes de cenar.
―Caye, por favor, deja que hable yo con ellos, te prometo que solo será esta noche. Les digo que lo hemos decidido sobre la marcha y que mañana volvemos en el autobús.
―Va a ser mejor que no se enteren de esto…
―¿No se lo vas a contar?
―Debería hacerlo, porque es lo que te mereces, pero no soy una chivata como te piensas…
―Pues espera un momento… ―Y Marta se dio medio vuelta, subió por la escalera y volvió a su habitación.

Regresó a los tres minutos con el móvil en la mano y, delante de nosotros, con todo el morro del mundo, llamó a sus padres.

―Sí, mamá, estamos en la Casona con Cayetana y Jorge… Noooo…, nos los hemos encontrado y nosotros también hemos venido a estudiar… Mañana regresamos en el bus, no te preocupes, vale, adiós… ¿Que te pase con Caye?

Mi novia empezó a negar con el dedo, pero Marta le cedió el teléfono y mi chica lo cogió con cara de pocos amigos.

―Hola, eh…, sí, mamá ―tartamudeó―. Sí, ya sabes, como ellos tienen la EBAU, al final se han venido con nosotros, pero solo esta noche… Vaaaaale…, no te preocupes, que síííííí…, venga, un beso, mamá… ¡TE VOY A MATAR! ―le recriminó a su hermana en cuanto colgó la llamada y le lanzó el teléfono, que Marta atrapó con habilidad.
―Muchas gracias, hermanita, ¡te debo una! ―Y bajó la escalera para darle un abrazo―. Y a ti también, cuñado ―dijo plantándome un sonoro beso en toda la cara.
―Hemos traído la comida justa para pasar el fin de semana ―le comentó Cayetana.
―Por eso no te preocupes. Nos acercamos ahora al pueblo con la moto y pillamos unas pizzas o algo. ¿Ves?, asunto arreglado…
―Sí, hija, tú todo los ves muy fácil ―protestó su hermana metiendo la pequeña maleta en su cuarto.

La Casona tenía seis habitaciones, tres en la planta alta y otras tres en la baja. Los padres de Cayetana tenían la suya en la baja, lo mismo que mi novia, y yo, cuando iba a pasar algún fin de semana con ellos, a pesar de que llevábamos dos años juntos, todavía me mandaban a dormir solo a alguna habitación de arriba. Aunque, si no estaban mis suegros, Cayetana no tenía inconveniente en que compartiéramos cama, como teníamos pensado hacer en esta escapada.

Ya dentro de la habitación, todavía siguió protestando mientras colocaba la ropa dentro del armario.

―Es que siempre se tiene que salir con la suya. Toda la vida igual con ella…
―Bueno, ya sabes cómo es Marta.
―Sí, por desgracia, sí. Con lo bien que íbamos a estar solos ―dijo Cayetana con tristeza, abrazándome y reposando su cabeza en mi pecho―. Nosotros no vamos a cambiar los planes por ellos, mmmm, qué temperatura más agradable hace en la casa, ¡con el calor que hace fuera!
―Se está fenomenal…
―Voy a preparar el salón y ¿nos ponemos a estudiar un par de horas?
―Perfecto, aunque antes tenía pensado darme un baño en la piscina…
―Sí, yo me lo daré después de cenar.

Y llegó ese momento incómodo de cambiarme delante de Cayetana. A mí no me importaba en absoluto, es más, me gustaba y lo hacía para provocarla. Me quité las bermudas y la ropa interior, con el bañador en la mano, y me quedé desnudo unos segundos.

―Puedes mirar, ¿eh? Sé que estás deseando hacerlo, ¿o te da vergüenza?
―¡Idiota!, anda, ponte el bañador…

Me acerqué y me situé detrás de ella; la abracé y le di un beso en el cuello.

―Este fin de semana me habías prometido…
―Sííííí, lo sé, y yo siempre cumplo lo que prometo, ya lo sabes.
―Mmmmmm…
―Aunque esta noche, estando mi hermana, creo que no vamos a poder hacer nada…
―¡No me fastidies!
―No te preocupes, si mañana se van antes de comer, todavía nos quedaría un día entero para nosotros solos…
―No sabes las ganas que tengo ―afirmé restregándome contra sus shorts vaqueros.

Fue casi inmediato. Me empalmé como un burro y ni nos percatamos de que su hermana y Álex habían bajado. Me dio el tiempo justo a girarme cuando noté que Marta se acercaba a nuestra habitación y empujaba puerta.

―¡Nos vamos a por la cena, ahora ven…! ¡PERDÓN! ―gritó al darse cuenta de que yo estaba desnudo.
―¡Joder, Marta! ―le recriminó su hermana―. ¡Podías haber llamado!
―No pensé que os estaba interrumpiendo, perdón, perdón… solo quería preguntaros si queréis que compremos algo en el pueblo… ―comentó desde el otro lado de la puerta.
―No hace falta nada, hemos traído lo que necesitábamos para todo el finde…
―Tardaremos un ratito en volver, así que podéis aprovechar ―dijo Marta de forma picarona antes de irse de casa.

Nunca me había dado tanta prisa en subirme el bañador y Cayetana se dio la vuelta hacia mí. Se notaba que estaba muy enfadada y me recriminó lo que acababa de pasar, como si yo tuviera la culpa.

―¿Contento?, esto es lo que pasa cuando se hacen las cosas sin pensar…
―Lo siento, Cayetana, pero ahora no me eches a mí la bronca, y yo qué sabía que tu hermana se iba a presentar así, sin avisar…
―Con Marta por casa debemos tener cuidado. Es que le da igual todo, ¡no tiene ninguna educación! Y tienes razón, perdona, no quería enfadarme contigo ―murmuró acercándose a mí y dándome un pico.
―En una cosa sí tiene razón, mmmmm, ahora estamos solos. ―Y bajé las manos por sus costados.
―¡Joooorge!, hemos dicho que íbamos a estudiar y tú te vas a dar un baño; a ver si con eso te calmas ―dijo mirando mi erección.
―Esto no se me va a pasar hasta que tú y yo… Llevo toda la semana aguantando, pensando en este finde, así que imagínate cómo estoy…
―Lo sé…, solo tendrás que esperar un poquito más, hasta mañana, ¿de acuerdo?
―Me va a ser muy difícil, eh…
―Venga, anda, vete a la piscina, que yo voy a ir preparando el salón para estudiar.
―Está bien…

El chapuzón me vino estupendo para relajarme, aunque fuera de la casa es verdad que hacía demasiado calor. Me demoré más de lo que pensaba y al rato llegaron Marta y Álex con un par de pizzas, dos Coca-Colas de litro y medio, unos cuantos postres variados y unos donuts para el desayuno.

Todo muy sano.

―Hola, cuñado, qué bien estás ahí en la piscina. Si nos esperas, ahora bajamos ―me dijo Marta, que se había puesto un top blanco con el que enseñaba el ombligo y unos shorts vaqueros tan cortos que se le veía parte de sus glúteos.
―No, ya voy a salir, es que me está esperando Cayetana para estudiar…
―Oooooh, ¡qué aburrido eres! Si seguro que ya lo llevas todo de maravilla. Porque no saques un sobresaliente no se va a acabar el mundo…

Apoyé las manos en el bordillo y salí con un impulso de manera atlética. Fui a por la toalla, que se encontraba en la tumbona, y me eché el pelo hacia atrás; Marta se adelantó y me la entregó ella misma en la mano.

―Pareces uno de esos de un anuncio de perfumes que salen en la tele… ―susurró para que no lo escuchara su chico.
―¿Cómo dices?
―No, nada. Toma, sécate, que, como entres goteando en la casa, mi hermana te va a echar una buena bronca…

Era curiosa la pasividad de su noviete (bastante guapo, por cierto, con la cara muy aniñada como Marta, y hasta hacían buena pareja en lo físico, pero con un carácter completamente distinto), al que parecía no importarle el tonteo que su novia se traía conmigo.

―Gracias, Marta.
―No hay de que, cuñadito…

Y me echó otro repaso de arriba abajo antes de darse la vuelta y entrar en la Casona con su chico. Me sequé sin prisa y, cuando llegué al salón, Cayetana estaba superconcentrada en sus apuntes, y me senté a su lado sin hacer ruido.

Durante las siguientes dos horas, la única distracción fueron las risas que venían de la parte alta de la casa, yo veía como a Cayetana se le iba cambiando la cara, cada vez más enfadada con su hermana. Miró el reloj, cerró el portátil y recogió los folios que había distribuido por la mesa.

―Las nueve en punto. Creo que por hoy ya está bien, ¿o quieres seguir otro rato? ―me preguntó.
―Por mí no. Si quieres, cenamos, que tengo bastante hambre… Tu hermana ha comprado unas pizzas…
―Pues voy encendiendo el horno. Marta, ¡vamos a cenar! ―gritó al pasar por la escalera para llamar a su hermana.
―Ahora bajamos…

Tuvimos que cenar con la parejita en el patio trasero y, en cuanto terminamos, recogimos rápido y las dos hermanas decidieron pegarse un baño en la piscina.

Álex y yo nos quedamos tranquilamente sentados, tomando una cerveza. Ya estaba comenzando a anochecer y Marta se quitó la camiseta blanca que había llevado puesta en la cena y nos mostró un biquini negro, cuya parte de abajo era un tanguita negro con unas finas cuerdas que se ataban en sus caderas.

Antes de lanzarse al agua, se giró hacia atrás y comprobó que su novio y yo estábamos pendientes de su culo. Disimulé, tratando de ignorarla y centrándome en el móvil, pero ya le había echado un vistazo furtivo a sus prietos glúteos.

¡Aquel culito de dieciocho años era una delicia y tenía pinta de estar duro como una piedra! Y me pregunté si lo tendría igual de suave que el resto de su piel, que era una de las cosas que más me ponía de Martita.

Con una toalla blanca anudada en su cuerpo, apareció Cayetana, mucho más tímida y recatada que su hermana. En ningún momento nos dio la espalda y entró por un lateral para que no pudiéramos fijarnos en su culo; aun así, Álex observó con detenimiento a mi novia y le pegó un buen repaso sin cortarse un pelo.

Mi novia era mucho más alta que Marta, delgada, con pocas curvas, con unas piernas muy llamativas, pelo más largo; era esbelta, frágil, educada y a sus veintiún años tampoco le hacía falta practicar deporte para conservar ese cuerpazo, por lo que tenía una belleza muy natural.

Su hermana pequeña era todo lo contrario. Con esa carita tan infantil llamaba la atención por lo guapa que era, pero no tenía la elegancia ni el porte de Beatriz; y ella sí que hacía ejercicio. Mucho. Gimnasia rítmica en el colegio, atletismo en la adolescencia y ahora llevaba un par de años machacándose en crossfit, cincelando un culo que hubiera firmado la mismísima Jessica Biel.

Ese puto biquini negro no podía ser más erótico y la muy cabrona salió del agua y se quedó sentada, dándonos la espalda. Se recostó hacia atrás, dejando escurrir su pelo y se giró hacia nosotros.

―¿No os metéis?, está buenísima y con el calor que hace…, ¡uf, aquí se está de maravilla!

Su novio ni se lo pensó, sin decir nada se incorporó, se quitó la camiseta, la lanzó contra la silla y se tiró de cabeza a la piscina.

―Ya solo quedas tú, Jorge, venga, anímate y date un bañito…
―Estoy muy bien aquí…
―Mira que te gusta hacerte de rogar ―dijo poniéndose de pie y viniendo hacia mí.

Tiró despacio de mi brazo y yo negué con la cabeza.

―No, Marta, de verdad, que no me apetece…
―¡Qué soso eres!, pues tú te lo pierdes… ―Y caminó despacio hacia la piscina para mostrarme sin tapujos su cuerpo.

Lo hizo a conciencia, recreándose en cada paso que daba y quedándose a la orilla unos segundos antes de saltar al agua. Y yo caí en su juego y esta vez no lo pudo evitar y me deleité con su culo. Pero lo peor fue cuando levanté la vista y Cayetana me miró con cara de pocos amigos desde un lado. Me vi sorprendido, le guiñé el ojo y luego tiré un beso acompañado de una sonrisa, pero eso no pareció ablandar a mi chica, que no varió su gesto.

Me quedé contemplando la escena. Como si fuera una película italiana de los años 70. El sol apenas se veía en el horizonte y ya era casi de noche. Las hermanas compartían belleza en la piscina y el invitado de excepción se quedó mirando a mi novia cuando se puso a nadar de lado a lado como una sirena, sin apenas salpicar.

Marta se acercó a él y se enganchó a su cuello. Desde mi posición no podía verlo bien, pero me pareció que le pasaba las piernas alrededor de la cintura y comenzaron a comerse la boca delante de Cayetana.

La lengua de Martita apareció traviesa por toda la cara de Álex y le besuqueó el cuello, moviendo las caderas bajo el agua. Y, en cuanto Cayetana dejó de nadar, se quedó sorprendida al ver, al otro lado de la piscina, a su hermana pequeña morreándose con su novio.

Con un gesto de desagrado salió molesta del agua. Marta y Álex ni se dieron cuenta de que se quedaban solos y siguieron a lo suyo, hasta que ella dio por terminado el beso. Se quedaron abrazados de manera acaramelada y Marta no paró de hacerle arrumacos a su novio enganchada a su cuello.

El cabreo de Cayetana empezaba a ser considerable. Envolvió su cuerpo con una toalla y después se sentó a mi lado. Unos minutos más tarde los tortolitos salieron del agua, y nos quedamos de piedra al ver la erección de Álex bajo las bermudas.

¡Qué hijo de puta!

Miré a Cayetana y me sorprendió que se ruborizara con el enorme bulto que se le marcaba al novio de su hermana pequeña, pero era casi inevitable que su visión se dirigiera allí. ¡El yogurín iba a reventar las bermudas!

Y mi corazón se aceleró con la perversa sonrisa que me dedicó Marta, como diciendo, «¿has visto cómo se le ha puesto en tan solo unos minutos con unos simples besos?». Ella no se cubrió el cuerpo, de eso nada, se quedó delante de nosotros, poniéndome el culo delante de la cara, a menos de dos metros, y se agachó a escurrirse el pelo, para después secárselo con la toalla.

El hilito negro del tanga se le metía entre los cachetes y la tela se perdió entre sus glúteos. Terminó su show restregándoselo bien con la toalla, para que comprobara que aquello no podía estar más duro.

Traté de controlarme al sentir que yo también me estaba poniendo muy cachondo con la escenita de Marta. No me podía permitir el lujo de empalmarme delante de Cayetana, ya se encontraba bastante furiosa y no quería darle motivos para cabrearla más. También es verdad que llevaba una semana pensando en ese finde, arrastrando un calentón brutal y tenía unas ganas locas de estar a solas con mi novia; y no ayudaba en nada la tensión sexual que provocaba Marta en el ambiente.

―Me encanta cómo está ahora el cielo, ¿me tiras unas fotos? ―dijo cogiendo el móvil y pasándoselo a su novio.

Lo que nos faltaba. Una sesión fotográfica en la piscina. Y Cayetana y yo asistimos incrédulos a las poses de su hermana junto al agua; recostada al borde, tumbada bocabajo, apoyada en la escalerilla sacando el culazo hacia fuera. Quince, veinte fotos, que todavía me encendieron más. Un par de minutos más y no iba a poder evitar empalmarme.

Por suerte aquel suplicio no duró mucho. Se giró para quitarse la parte de arriba del biquini, con lo que nos mostró la espalda, y se puso una camiseta blanca.

―¿Vemos una peli de Netflix o algo? ―preguntó Marta cuando terminó de vestirse.
―Por mí sí ―contestó su novio.
―¿Y a vosotros?, ¿os apetece alguna en especial?
―No te preocupes, preferimos quedarnos aquí tomando el aire y luego nos vamos a acostar. Mañana queremos madrugar para estudiar, así que podéis ver lo que queráis… ―afirmó Cayetana.

Se metieron en casa de la mano y Caye y yo nos quedamos fuera, disfrutando de la ligera brisa que se había levantado y refrescaba mínimamente el día tan caluroso que acabábamos de pasar.

―De verdad que no la soporto ―dijo en alto, sin importarle que nos pudiera escuchar―. A ver si mañana se van pronto y nos dejan tranquilos.
―Bueno, pasa de ellos, como si no estuvieran.
―Es que me altera demasiado. Y luego se podía cortar. El otro día igual. Cuando esté con sus amigos, que haga lo que le dé la gana, pero con la familia tápate un poquito, hija. Me cabrea un montón con esas poses de ********* y paseándose medio desnuda delante de todos. ¡No puedo con ella!, ¡es una niñata!
―Si ya sabes cómo es, ¿para qué te enfadas?
―Es que, con la excusa esa de si ya sabes cómo es, al final, siempre se sale con la suya…
―Bueno, Caye, ¡no te enfades conmigo!, que yo no tengo la culpa…
―Ya lo sé, pero es que parece que yo soy la única que le dice las cosas y todos los demás le bailáis el agua…
―A mí no me metas, eh…
―Perdona, Jorge, tienes razón. ―Se sentó en mi regazo de medio lado y se agarró a mi cuello.

Desenvolví su toalla, metí una mano por dentro y acaricié su costado.

―Tengo muchas ganas de estar contigo…
―Lo sé, pero esta noche, con mi hermana y su amiguito en casa, no vamos a poder hacer nada…
―¡Joder, Caye!, no me digas eso…
―Hay que esperar a mañana, vamos a tener la casa para nosotros, solo tienes que aguantar un día más…
―Uffff, me va a costar, eh… ―Subí la mano despacio y acaricié uno de sus pechos por encima del bañador.
―Solo un día ―me pidió apartándome con discreción para después volver a abrazarse a mí y ponerse de pie―. Voy a leer un ratito…, me encanta hacerlo ahora, en cuanto se hace de noche, con este silencio…
―Yo me voy a poner los cascos y a escuchar un poco de música.
―¿Te importa traerme el libro que tengo en la mesilla de la habitación?
―Claro que no…

Al entrar en casa vi a Marta y su novio que se estaban poniendo cómodos en el sofá. La hermana de mi novia se había cambiado de ropa y ahora llevaba una camisetita blanca de tirantes y un pantalón corto de deportes.

―¡Ey, Jorge!, vamos a ver una de acción, por si te animas…
―Otro día.

Estuvimos más de una hora en el patio; Cayetana recostada leyendo en papel lo último de Idelfonso Falcones; y yo en la hamaca, escuchando canciones en el Spotify. Me sacó del trance una mano en mi hombro, que me zarandeó.

―¡Te has quedado dormido! ―dijo mi novia.
―Ni me había dado cuenta…
―¡Vamos a la cama, anda! Mañana pongo el despertador a las ocho para aprovechar y sacar un buen rato de estudio…
―Vale…

Pasamos por el salón y Marta y Álex tenían el televisor a todo volumen. Cayetana le pidió a su hermana que lo bajara, y yo me fijé en la parejita antes de llegar al pasillo y meternos en nuestra habitación. Marta estaba recostada en el hombro de su chico y se habían tapado con una fina mantita.

A saber qué es lo que estarían haciendo por debajo.

Me lavé los dientes y, sentado en la cama, en calzoncillos y con una camiseta vieja, esperé a que mi pudorosa novia saliera del baño, pues había entrado a cambiarse para no hacerlo delante de mí. Al salir estaba muy sexy, demasiado, y me sorprendió que se pusiera ese pijama tan veraniego, con un pantaloncito blanco muy ajustado y camiseta infantil de tirantes de color azul.

Apagamos la luz y nos tumbamos de medio lado, frente a frente. Con el calentón que tenía me apetecía jugar un poco con Cayetana y me acerqué a ella, buscando su boca; y para mi sorpresa, me correspondió el beso.

Con un ligero suspiro y la respiración acelerada me pidió que esperara a mañana, pero yo ya tenía una erección importante bajo los bóxer.

―Solo un poquito más ―le supliqué, cogiendo su mano y dirigiéndola a mi miembro, pero Cayetana se resistió y se giró para que la abrazara por detrás.

Casi fue peor el remedio que la enfermedad, como se suele decir, porque mi polla se incrustó en su culo y así me iba a ser imposible descansar. Ella se aferró a mis brazos, que envolvieron su cuerpo, y sacó las caderas hacia atrás.

―Vamos a dormir ―me pidió.

Yo no sé cómo lo hacía, pero la cabrona tenía una facilidad insultante para conciliar el sueño. Y en diez minutos sentí que no estaba allí conmigo. Me dejó cachondo y pegado a su culo, y lo peor es que no podía moverme para no despertarla.

Traté de respirar hondo, pensar en otra cosa y lentamente me fui separando de ella, hasta que pude desembarazarme de su abrazo. Mirando hacia el techo, quise dormir, pero seguía erecto, tenso, nervioso, excitado, molesto. Entonces me acordé de Marta y de Álex. Ellos sí que se lo debían estar pasando bien en el sofá, y yo teniendo que esperar hasta el día siguiente para poder descargar la tensión que había ido acumulando durante toda la semana.

¡Era muy injusto!

Se me había secado hasta la boca y me levanté despacio, en dirección a la cocina. Bebí agua y antes de volver a la cama se me ocurrió asomarme al salón. Todo estaba a oscuras, excepto la tele encendida frente a mí, por lo que ellos no podían verme, o eso pensé yo; y, además, tenían el volumen a cero.

Al asomar la cabeza, Marta estaba sentada encima de su chico. Enseguida me vio allí parado y nos quedamos mirando frente a frente, como a unos cinco metros de distancia. Ella sonrió y mi primera reacción, al verme sorprendido, fue la de irme, pero Marta se echó el dedo a la boca y me hizo el gesto de silencio, sin que lo viera Álex. Le acarició el pelo y sin dejar de mirarme comenzó a darle besitos por el cuello.

Si antes había conseguido calmarme mínimamente, aquello hizo que me empalmara casi de inmediato y me quedé allí, temblando, con el corazón a mil pulsaciones, manteniendo el duelo de miradas con la hermana pequeña de mi novia, que de repente se puso de pie y para mi sorpresa fue tirando de la tela de su camiseta hasta que me mostró el ombligo. Y no se detuvo ahí.

¡No me lo podía creer!

Continuó sacándose la camiseta por la cabeza y yo temblé todavía más. La escena era demasiado excitante. La hermana pequeña de mi novia iba a quedarse en topless delante de su novio… y también de mí…
Me encanta como haces evolucionar a los personajes.
 
Capítulo 6



Los exámenes finales me salieron de maravilla, incluso mejor de lo esperado, y cuando terminé sentí que necesitaba descargar todo ese estrés que llevaba acumulado. Me acerqué a la farmacia y compré un bote para una muestra de orina.

No había dejado de pensar en Beatriz en las tres últimas semanas y la fantasía de su fecundación se repetía una y otra vez en mi cabeza, así que decidí que era un buen momento para llevarla a cabo y esperé pacientemente a que llegara la noche. Mis padres y mi hermano ya estaban dormidos y yo me entretuve viendo unas fotos de Beatriz Beguer y leyendo toda clase de artículos que tenía guardados de ella.

Me encantaba buscar información de la prima de mi novia, conocer sus nuevos proyectos, ojear las entrevistas que daba, y a cada palabra que leía de ella me parecía una mujer más sofisticada e interesante. Todavía me era imposible asimilar lo que me había pedido Hans el día que estuvimos en su mansión celebrando los cumpleaños de su mujer y de Marta.

Quizás se había pasado con el alcohol y terminó desvariando, esa era la única explicación a que me sugiriera algo tan surrealista e inverosímil, pero lo que ya me parecía imposible del todo es que Beatriz estuviera de acuerdo con aquella locura.

Sentado al borde de la cama, con la polla en una mano y el bote de muestras en la otra, cerré los ojos imaginando a Beatriz. Fantaseé que me masturbaba en una sala de hospital, sabiendo que fuera aguardaban mi inminente corrida varias enfermeras y la prima de mi novia con las piernas abiertas en una camilla, agarrando la mano del empresario alemán.

En el instante justo introduje el capullo en el bote y deposité mi descarga, soltándome la polla cuando ya brotaba mi orgasmo. Me producía un placer extraño eyacular con esa fantasía tan particular. No lo podía remediar. No sé si me excitaba más imaginarme a Beatriz desnuda de cintura para abajo o el preciso momento en el que le introducían mi semen en su delicado coño de pija.

Lavé el bote y lo escondí bien en mi armario para utilizarlo unas cuantas veces durante el verano. Y es que no podía dejar de pensar en Beatriz Beguer. La semana que entraba la íbamos a pasar en la Casona, junto a mis suegros, unos días de desconexión total antes de irnos de vacaciones a Ámsterdam y Bruselas; sin embargo, Cayetana me había dicho que el viernes por la tarde Beatriz y Hans se acercarían a cenar y despedirse de nosotros, pues tenían un importante viaje de negocios en Dubái.

Y eso me tenía alteradísimo.

No había vuelto a saber nada de ellos desde la fiesta de cumpleaños en su casa, el día en el que Hans me propuso ser el donante de semen para su futuro hijo. Y ahora me los iba a encontrar en la Casona, aunque para eso todavía faltaban unos días y, sinceramente, no esperaba que el alemán volviera a sacar el tema.

Eso sería lo más lógico.

Preparé la maleta con lo necesario para cinco días; camisetas, bermudas, ropa de deporte y un neceser. Cayetana me pasó a buscar en el coche y pusimos rumbo a su casa de verano. Sus padres ya llevaban allí una semana, los dos solos, y nos recibieron con una estupenda cena. Me sorprendió que hubieran permitido que Marta se quedara con sus amigos, pero después de aprobar la EBAU y, además, con buena nota, tenía carta blanca para hacer y deshacer lo que le diera en gana todo el verano.

Como en casa no se está en ningún sitio, pero tengo que reconocer que mis suegros siempre me trataban de manera exquisita y yo también me encontraba muy a gusto con su compañía. Era un matrimonio muy educado, sobre todo el padre de Cayetana, que hablaba por los codos y contaba anécdotas sin parar. Era un pozo de sabiduría y sabía prácticamente de todo. Su madre, más tradicional, me preparó la habitación de arriba para que durmiera yo solo. Ya estaba acostumbrado, así que no me extrañó que hiciera eso a pesar de que llevaba saliendo más de dos años con su hija.

Cuando estábamos con ellos, había que guardar las apariencias.

Lo malo es que en la planta alta de la Casona hacía bastante calor a estas alturas de verano, y por las noches me costaba conciliar el sueño. Los días allí eran muy tranquilos; por la mañana salíamos Cayetana y yo a hacer una ruta por los alrededores, regresábamos a la hora de comer, siesta, piscina y paseo por el pueblo al anochecer antes de cenar.

Y por la noche un ratito de tertulia y, cuando sus padres se acostaban, Cayetana se quedaba leyendo y yo escuchando música con mis cascos inalámbricos, junto a la piscina.

Fueron tres jornadas de paz y tranquilidad, hasta que el jueves se acabó la calma. Marta llamó a sus padres para avisar de que venía a comer y ya se quedaría a la cena del día siguiente con Hans y Beatriz. Y la hermana pequeña de mi chica aterrizó como un terremoto, como es habitual en ella.

Llegó acalorada, a la una de la tarde, con todo el sol pegando de pleno. Nosotros acabábamos de regresar de una caminata por el monte y nos la encontramos a la puerta de la Casona, arrastrando una pequeña maleta desde la parada del autobús del pueblo. Ya venía protestando.

―¡Un kilómetro me he tenido que patear y con este calorazo! Me podíais haber venido a buscar… Os he estado llamando y no me lo habéis cogido.
―No teníamos cobertura, mira, ahora me están entrando tus llamadas ―le comentó Cayetana mostrándole el móvil―. De todas formas, habérselo dicho a papá…
―No podía, había quedado con no sé quién y me dijo que te llamara a ti.
―Pues lo siento…
―Llevo una buena sudada encima ―protestó de nuevo antes de entrar en la Casona.

No dudo que tuviera calor, pero ya no podía llevar menos ropa encima. Una camiseta de tirantes con la que mostraba el ombligo y unos leggins cortos de deporte con los que lucía culazo a lo bestia. Adornaba su look con una gorra de beisbol, que se quitó para que las gotas de sudor le escurrieran por el cuello.

Me ofrecí de manera caballerosa a subir su maleta mientras ella saludaba a su madre y se la dejé a la puerta de su habitación, justo cuando Marta llegaba y me sorprendía en la planta de arriba.

―¡Vaya, vaya, así que te han vuelto a desterrar!, ja, ja, ja ―bromeó apuntando con el dedo hacia mi cuarto, que se encontraba frente al suyo―. ¡Bienvenido al club!
―Gracias.
―¡Qué bien que vayamos a ser vecinos! ―bromeó apoyando las dos manos en mi hombro y mordiéndose los labios―. Tú también llevas una buena sudada, ¿te pegas un baño conmigo antes de comer?… en la piscina quería decir, ja, ja, ja…
―Sí, sí, claro, ya te había entendido… no va a ser en la ducha... ―dije ruborizándome por su pequeña broma―. Me voy a poner el bañador, la verdad es que apetece…
―Pues ahora nos vemos. ―Regresó a su habitación y cerró la puerta.

No sé si dormir en la planta alta al lado de Marta era una buena idea. La muy cabrona iba a aprovechar cualquier oportunidad para tontear conmigo, y a los tres minutos sentí que alguien tocaba con los nudillos.

―¿Ya estás listo? ―la escuché desde el pasillo.
―Sí, voy…

Se había cambiado superrápido y me la encontré junto a la escalera con un biquini blanco. Creo que era el mismo que llevaba el día de su cumpleaños y no pude evitar fijarme en su excelso culito de niñata. Ella bajó delante de mí y yo me detuve al pasar por la habitación de Cayetana, dejando que mi cuñada se fuera adelantando. Eso sí, antes eché un último vistazo a su culo y ella me sorprendió con un giro brusco, sabiendo dónde tenía la mirada puesta.

―Ahora nos vemos… ―dijo Marta con una sonrisa picarona.
―Caye, ya estoy… ―Y llamé a su puerta.
―Vale, vete yendo, que ahora salgo.
―OK.

Mi suegra estaba preparando la comida y, cuando llegué a la piscina, Marta ya se había metido al agua.

―Vamos, tardón, está buenísima de temperatura, métete conmigo ―me pidió salpicándome desde fuera.

Y se acercó a mí en cuanto me lancé. Apenas nos cubría por la mitad, se puso delante y me miró de arriba abajo.

―Estás fuerte, pero creo que podría contigo.
―Sí, seguro…

Parecía que se volvía para alejarse de mí, pero me enganchó de la cintura, sacó el culo hacia fuera y con una fuerza que no me esperaba me volteó con una llave de judo. Tenía que estar muy potente de piernas y glúteos para revolcarme así, y se alejó sonriendo mientras yo tragaba agua.

Se dejó caer remojándose el pelo y de un salto se impulsó para salir con agilidad por un lateral. Marta estaba muy en forma. Luego se tumbó bocabajo al borde de la piscina.

―¿Qué te ha pasado, Jorge?, ja, ja, ja, pensabas que no podía contigo…
―Tengo que reconocer que me has sorprendido.
―Te sorprenderían muchas cosas de mí…

Y justo aparecieron Cayetana y su madre y yo me volví hacia ellas. Me parecía un poco violento estar así con Martita en la piscina delante de mi suegra, los dos solos, sobre todo por el biquini que ella llevaba, y mi novia se metió conmigo al agua. Ya se le había puesto la cara de pocos amigos habitual cuando su hermana se comportaba de esa manera y es que era más que evidente que le molestaba profundamente la presencia de Marta y sobre todo que se exhibiera así en público.

Comimos en el patio a la sombra en cuanto llegó su padre, y Martita siguió haciendo de las suyas. Primero se puso una mini camiseta de estas anchas con la que enseñaba el ombligo, frente a mí se hizo un churruño en el pelo, levantando los brazos y mirándome fijamente. Me sorprendió su cara pícara y sensual, mientras todos en la mesa eran ajenos al tonteo descarado que se traía conmigo. Ni su hermana, que estaba a mi lado, se dio cuenta de lo que hacía. Y lo peor fue cuando llegó el postre y se comió la sandía a bocados. Como una salvaje. Su madre partió una rodaja, Marta le pegó un mordisco, se mojó toda la cara y se limpió después con la mano. La sandía le escurría por la comisura de los labios, incluso chorreaba por su barbilla y le llegaron a caer unas gotas por el canalillo de su camiseta blanca.

Joder. Esa puta escenita me la puso dura.

―¿Quieres dejar de hacer eso y partirla a trozos con un cuchillo? ―le recriminó Cayetana.
―Así sabe mucho más rica… ―Y volvió a hacer lo mismo para desesperar a su hermana―. ¿No te parece, Jorge?

Todas las miradas de la mesa se dirigieron a mí y se hizo un silencio incómodo justo cuando su madre me partía un trozo. Dudé si seguirle el juego y posicionarme de su lado, pero tampoco era quién para decirle cómo tenía que comer. Ya era mayorcita. Quise decir que a mí me gustaba comerla así también y que me ponía cachondo verla hacer eso, pero cogí un cuchillo de la mesa y la troceé en varios cachitos.

―¡Ooooh, qué soso! ―exclamó Marta terminando de comer la sandía todavía de manera más soez y limpiándose con una servilleta―. Me piro, he quedado con estas… ―Y nos dejó plantados sin tan siquiera recoger el plato.

Después de la sobremesa, Cayetana se recostó en una tumbona a la fresca, y yo subí a lavarme los dientes y echarme un ratito la siesta en mi habitación, pero Marta ya se me había adelantado y la vi en el baño de la planta alta, frente al espejo, preparándose para salir con las amigas del pueblo.

Había dejado la puerta abierta, como esperándome, y la muy zorra estaba en ropa interior, con un sujetador blanco deportivo y un tanguita del mismo color. Eché un vistazo furtivo y luego entorné la puerta de mi habitación, esperando pacientemente a que terminara.

¡Qué culazo tenía la muy hija de puta y cómo le gustaba lucirlo!

Salí diez minutos después y Marta ya no se encontraba en el baño, por lo que pude cepillarme los dientes. Pensé que se habría ido, pero apareció de su cuarto con un mini short vaquero y una camiseta de tirantitos.

―Me piro, Jorge, he quedado a tomar algo, luego te veo…
―Vale…

Esta vez no hubo ninguna provocación por su parte y pasó de mí olímpicamente, pero yo la seguí con la mirada hasta que la perdí de vista y me fijé en cómo se le veían los glúteos por debajo del pantaloncito vaquero.

Con lo tranquilo que había estado los días previos, es que era aparecer Marta y ya estaba atacado de los nervios. Me tumbé en la cama sudado y más excitado de lo normal. Bajé la persiana y en la penumbra de la habitación me acaricié la polla por encima del pijama, pero sin llegar a correrme, pensando en el culo de Marta y en su cara llena de jugos por la fruta.

¿Cómo podía haberme puesto tan cachondo solo con verla comer sandía?

Necesitaba urgentemente un desahogo, pero era muy difícil hacer algo con Cayetana porque sus padres estaban casi de continuo en la casa. El rato que más tiempo se iban mis suegros era a media tarde, sobre las ocho, cuando salían a andar con otros amigos del pueblo.

Lo que pasa es que a esa hora nosotros también dábamos una vueltilla para hacer tiempo antes de la cena. Y cuando se fueron los padres de Cayetana y nos dejaron solos, ella se metió en la habitación para calzarse las zapatillas. Irrumpí deprisa y me senté en la cama, la cogí de la barbilla y le robé un beso.

―Me apetece mucho estar contigo…
―Y a mí también…
―¿Subimos un rato a mi habitación?
―¿Ahora?
―Sí, claro. Tus padres acaban de irse. Sabes que tardan más de una hora en volver…
―¿Y Marta?, podría venir.
―No creo, es muy pronto para ella…
―Ya sabes que mi hermana entra y sale de casa cuarenta veces…
―Joder, Caye, me apetece mucho… ―Y besé su cuello, sobando sus tetas por encima de la camiseta.
―Me gusta más cuando estamos solos. Es que me corta que nos puedan pillar…, entiéndelo…
―Ahora no hay nadie ―dije cogiendo su mano y poniéndola en mi paquete―. Vamos arriba. Te aseguro que voy a ser bastante rápido…
―¿Y si nos pillan? Si me vieran arriba contigo ya sabrían lo que estamos haciendo…
―Pues házmela aquí, ahora…

Deshice el nudo de mis bermudas y me la saqué delante de Cayetana, que miró mi polla negando con la cabeza.

―No podemos, Jorge…
―Solo un poquito. Desde aquí se escucha bien si llega alguien. Por favor, Caye ―le supliqué agarrando su mano y colocándola en mi tronco.

Cerró el puño, le pegó un par de sacudidas despacio y luego se detuvo.

―Aquí no puedes terminar… No quiero que dejes ninguna prueba, por si acaso.
―Vale…, no me importa…
―¿Y no va a ser peor si empiezo y te dejo medias? Te vas a quedar con más ganas.
―Pues haz que me corra…
―¡Jorge!, no seas soez…; además, ya te he dicho que no quiero que dejes rastros…
―¿Y cómo quieres que te lo diga?
―No podemos hacer eso ―dijo Cayetana comenzando a pajearme.
―Claro que podemos…, mmmmm, eso es, muy bien, ¿ves cómo sí que podemos?
―Yo también tengo ganas, no te creas. La semana que viene estaremos solitos de vacaciones…
―Mmmm, Caye, ¡qué rico!, me encanta cuando tú también estás así… ―dije besando su cuello y volviendo a acariciar sus pechos, esta vez por debajo de la camiseta.

Hice el amago de empujarla sobre la cama para ponerme encima, pero Cayetana se negó y se incorporó de pie.

―Jorge, ¡vale ya!

Me subí las bermudas, me acerqué despacio a ella y la arrinconé contra la pared. Le cogí un muslo, pegando mi cuerpo al suyo y apoyé mi paquete en su entrepierna. Embestí con fuerza, me froté contra su coño y Cayetana gimió. Se agarró a mi cuello, volví a mover mi culo hacia delante y arrastré mi polla entre sus labios vaginales.

―Aaaaah, Jorge, ¿qué haces? ―suspiró buscando mi boca y dándome un morreo.

Pegó un saltito, le cogí el otro muslo y Cayetana rodeó sus piernas en mi cintura. Con otra sacudida la empotré en la pared, como si estuviéramos follando, y justo en el mejor momento escuchamos el ruido de la puerta de casa.

Salimos deprisa de la habitación, tratando de recomponernos, pero no lo suficiente para que no nos pillara Marta.

―¿De dónde viene la parejita? ―preguntó de manera irónica.
―Íbamos a dar una vuelta ―le contestó su hermana arreglándose el pelo.
―Sí, ya, ya, ja, ja, ja, a dar una vuelta, por eso salíais juntos de tu habitación. No habré interrumpido nada, ¿no?
―Deja de decir tonterías ―le pidió Cayetana, a la que no le gustaban nada ese tipo de bromitas y menos por parte de su hermana pequeña.
―Si queréis me voy para que podáis terminar…
―¡¡Vale ya, Marta!! ―le gritó Cayetana enfadada.
―Bueno, no te pongas así, solo era una broma.
―¡Nos vamos!
―¡Adiós, parejita!

Y, en cuanto pusimos un pie en la calle, ya sabía lo que me tocaba.

―¡Te lo dije!, ya nos ha pillado Marta, ¿contento? Y encima me toca aguantar sus burlas…
―Bueno, Caye, que tampoco ha sido para tanto.
―A mí no me hace gracia, ¡es que cada día la soporto menos! Y menos mal que ha sido ella, porque podrían haber sido mis padres. Es por eso por lo que no estoy a gusto cuando no estamos solos…
―Lo siento…

Fuimos caminando hasta unas eras que hay en las afueras del pueblo. Después de una pequeña subidita, allí se tiene una panorámica muy bonita y nos sentamos en una roca gigante. Cayetana apoyó la cabeza en mi hombro y me pidió disculpas por lo que acababa de pasar.

―Perdona, Jorge, sé que esta situación no es nada fácil para ti.
―No te preocupes…
―Quiero que sepas que estoy poniendo mucho de mi parte…
―Lo sé, Caye.
―Quiero que lo nuestro funcione en todos los sentidos y soy consciente de que en una relación es muy importante también el tema de la sexualidad. Lo único que te pediría es que me dejases ir a mi ritmo, que no forzaras las cosas…
―Por supuesto, e intento que te sientas bien y que fluya de manera natural… Aunque a veces me cuesta, me gustas muchísimo, y ni te imaginas lo que me excitas sexualmente…
―Muchas gracias…
―Eso sí que no puedo remediarlo…
―A mí también me pasa igual, no te creas que no. ―Y me dio un beso en el hombro―, pero tenemos que saber controlarnos. La semana que viene nos vamos de vacaciones y podremos estar todas las noches solos…
―Mmmmm, ¡qué ganas!
―Te quiero, Jorge.
―Y yo más…

A la hora de la cena tuvimos que soportar las miraditas de Marta y su estúpida sonrisa burlona, que otra vez puso de los nervios a mi novia. Por suerte pudimos relajarnos al anochecer; Cayetana con su libro y yo tumbado junto a la piscina, escuchando música. Me pegué un baño refrescante antes de dormir y me despedí de mi chica con un beso en la boca sobre la una de la mañana.

Era bastante tarde, pero seguía haciendo un calor de narices, sobre todo en la parte de arriba de la Casona, y me puse a ojear el móvil hasta que me venciera el sueño. Apenas llevaba un bóxer puesto y me tapé con una fina sábana, recostado con la espalda apoyada en el cabecero, cuando escuché la puerta de casa.

Debía ser Marta, que regresaba del paseo con sus amigas, y lo confirmé al escuchar que le decía a sus padres que ya había llegado. Después se encendió la luz de la escalera y se apagó a los cinco segundos.

Yo estaba a oscuras en la habitación, aunque Marta debió ver la iluminación del móvil y sentí que se acercaba hasta mi cuarto. Tocó tímidamente con la mano en la puerta y asomó la cabeza a continuación.

―¡Jorge! ―susurró―. Estás despierto, ¿no?, he visto la luz del móvil…
―Sí ―murmuré en bajito.

Y sin pedirme permiso se coló en mi habitación. No me parecía nada apropiado que lo hiciera, estaba casi desnudo y ciertamente me puse en tensión al sentir que se sentaba en mi cama. En la penumbra apenas podía verla y la única luz era la de la luna, que entraba por la ventana.

―No estarás enfadado por lo de antes, ¿no? Solo era una broma, y quería disculparme contigo. Con Cayetana prefiero no hacerlo; si se molesta, es problema suyo…
―No, tranquila, sé que solo lo decías para fastidiarla, pero sí te pediría que no te pasaras tanto con Caye, ya sabes que no le gustan esos comentarios y que le sientan fatal… Es muy…, eeeeh…
―Pudorosa, ja, ja, ja.
―Sí, se podría decir así…
―Lo intentaré, pero no te prometo nada. En el fondo la quiero mucho, pero me gusta picarla un poquito.
―Maaaarta…, no seas mala. Bueno, disculpas aceptadas, anda, vamos a dormir…
―Tranqui, ya me voy… ―dijo apoyando una mano en mi hombro.

El simple contacto de sus dedos me erizó la piel.

Era una situación peligrosa para mí: la hermana pequeña de mi novia estaba sentada de madrugada en mi cama y no creo que le hiciera mucha gracia a sus padres o a mi novia si nos pillaran así. Mi vista ya se iba acostumbrando a la oscuridad de la habitación y empecé a vislumbrar a Martita.

Llevaba el pelo suelto, una pequeña camiseta de tirantes negra por encima del ombligo y una mini falda de color blanco. Se debía haber cambiado cuando vino por la tarde. Tenía un pie apoyado en el suelo, pero había subido la otra pierna en la cama y reposaba su muslo sobre la sábana, demasiado cerca de mí.

Su mano siguió en contacto con mi cuerpo unos segundos que se me hicieron eternos y, de repente, mi polla comenzó a crecer bajo la sábana. Yo no quería que sucediera y me pareció una situación muy violenta y vergonzosa, aunque, por suerte, la oscuridad me ayudó a proteger mi secreto.

Marta se inclinó sobre mí, descendió su mano de manera sutil por mi pecho hasta alcanzar mis abdominales y la dejó peligrosamente junto a mi polla dura. Me soltó un beso en la mejilla, a menos de dos centímetros de la boca, y sentí sus dedos recorriendo la forma de mis abdominales.

―Me caes muy bien. Se nota que eres muy buen tío, no como el ex de Caye, que era un capullo. ¡Buenas noches, Jorge! ―se despidió incorporándose con un pequeño impulso de la mano que reposaba sobre mi tableta.

La seguí con la mirada otra vez hasta que salió de mi habitación, volviendo un poco la puerta, pero sin llegar a cerrarla del todo. Y yo me quedé recostado en la cama, alterado, temblando y excitado. Era lo que me faltaba para pasar una noche de perros.

Y es que, aparte de lo de Marta, lo cachondo que estaba y el calor sofocante que hacía, al día siguiente Beatriz Beguer y Hans venían a cenar a la Casona y esa visita me tenía de los nervios, pues me preguntaba si el alemán me pediría una respuesta a su alocada propuesta de embarazar a su mujer.

Suponía que no y que la charla «informal» que tuvimos en su despacho solo habría sido un delirio del empresario, pero ¿qué pasaría si Hans insistía en el tema?

¿Qué se supone que le debía contestar?
Capítulo de transición para resituarnos, me tienes enganchado...
 
Capítulo 6



Los exámenes finales me salieron de maravilla, incluso mejor de lo esperado, y cuando terminé sentí que necesitaba descargar todo ese estrés que llevaba acumulado. Me acerqué a la farmacia y compré un bote para una muestra de orina.

No había dejado de pensar en Beatriz en las tres últimas semanas y la fantasía de su fecundación se repetía una y otra vez en mi cabeza, así que decidí que era un buen momento para llevarla a cabo y esperé pacientemente a que llegara la noche. Mis padres y mi hermano ya estaban dormidos y yo me entretuve viendo unas fotos de Beatriz Beguer y leyendo toda clase de artículos que tenía guardados de ella.

Me encantaba buscar información de la prima de mi novia, conocer sus nuevos proyectos, ojear las entrevistas que daba, y a cada palabra que leía de ella me parecía una mujer más sofisticada e interesante. Todavía me era imposible asimilar lo que me había pedido Hans el día que estuvimos en su mansión celebrando los cumpleaños de su mujer y de Marta.

Quizás se había pasado con el alcohol y terminó desvariando, esa era la única explicación a que me sugiriera algo tan surrealista e inverosímil, pero lo que ya me parecía imposible del todo es que Beatriz estuviera de acuerdo con aquella locura.

Sentado al borde de la cama, con la polla en una mano y el bote de muestras en la otra, cerré los ojos imaginando a Beatriz. Fantaseé que me masturbaba en una sala de hospital, sabiendo que fuera aguardaban mi inminente corrida varias enfermeras y la prima de mi novia con las piernas abiertas en una camilla, agarrando la mano del empresario alemán.

En el instante justo introduje el capullo en el bote y deposité mi descarga, soltándome la polla cuando ya brotaba mi orgasmo. Me producía un placer extraño eyacular con esa fantasía tan particular. No lo podía remediar. No sé si me excitaba más imaginarme a Beatriz desnuda de cintura para abajo o el preciso momento en el que le introducían mi semen en su delicado coño de pija.

Lavé el bote y lo escondí bien en mi armario para utilizarlo unas cuantas veces durante el verano. Y es que no podía dejar de pensar en Beatriz Beguer. La semana que entraba la íbamos a pasar en la Casona, junto a mis suegros, unos días de desconexión total antes de irnos de vacaciones a Ámsterdam y Bruselas; sin embargo, Cayetana me había dicho que el viernes por la tarde Beatriz y Hans se acercarían a cenar y despedirse de nosotros, pues tenían un importante viaje de negocios en Dubái.

Y eso me tenía alteradísimo.

No había vuelto a saber nada de ellos desde la fiesta de cumpleaños en su casa, el día en el que Hans me propuso ser el donante de semen para su futuro hijo. Y ahora me los iba a encontrar en la Casona, aunque para eso todavía faltaban unos días y, sinceramente, no esperaba que el alemán volviera a sacar el tema.

Eso sería lo más lógico.

Preparé la maleta con lo necesario para cinco días; camisetas, bermudas, ropa de deporte y un neceser. Cayetana me pasó a buscar en el coche y pusimos rumbo a su casa de verano. Sus padres ya llevaban allí una semana, los dos solos, y nos recibieron con una estupenda cena. Me sorprendió que hubieran permitido que Marta se quedara con sus amigos, pero después de aprobar la EBAU y, además, con buena nota, tenía carta blanca para hacer y deshacer lo que le diera en gana todo el verano.

Como en casa no se está en ningún sitio, pero tengo que reconocer que mis suegros siempre me trataban de manera exquisita y yo también me encontraba muy a gusto con su compañía. Era un matrimonio muy educado, sobre todo el padre de Cayetana, que hablaba por los codos y contaba anécdotas sin parar. Era un pozo de sabiduría y sabía prácticamente de todo. Su madre, más tradicional, me preparó la habitación de arriba para que durmiera yo solo. Ya estaba acostumbrado, así que no me extrañó que hiciera eso a pesar de que llevaba saliendo más de dos años con su hija.

Cuando estábamos con ellos, había que guardar las apariencias.

Lo malo es que en la planta alta de la Casona hacía bastante calor a estas alturas de verano, y por las noches me costaba conciliar el sueño. Los días allí eran muy tranquilos; por la mañana salíamos Cayetana y yo a hacer una ruta por los alrededores, regresábamos a la hora de comer, siesta, piscina y paseo por el pueblo al anochecer antes de cenar.

Y por la noche un ratito de tertulia y, cuando sus padres se acostaban, Cayetana se quedaba leyendo y yo escuchando música con mis cascos inalámbricos, junto a la piscina.

Fueron tres jornadas de paz y tranquilidad, hasta que el jueves se acabó la calma. Marta llamó a sus padres para avisar de que venía a comer y ya se quedaría a la cena del día siguiente con Hans y Beatriz. Y la hermana pequeña de mi chica aterrizó como un terremoto, como es habitual en ella.

Llegó acalorada, a la una de la tarde, con todo el sol pegando de pleno. Nosotros acabábamos de regresar de una caminata por el monte y nos la encontramos a la puerta de la Casona, arrastrando una pequeña maleta desde la parada del autobús del pueblo. Ya venía protestando.

―¡Un kilómetro me he tenido que patear y con este calorazo! Me podíais haber venido a buscar… Os he estado llamando y no me lo habéis cogido.
―No teníamos cobertura, mira, ahora me están entrando tus llamadas ―le comentó Cayetana mostrándole el móvil―. De todas formas, habérselo dicho a papá…
―No podía, había quedado con no sé quién y me dijo que te llamara a ti.
―Pues lo siento…
―Llevo una buena sudada encima ―protestó de nuevo antes de entrar en la Casona.

No dudo que tuviera calor, pero ya no podía llevar menos ropa encima. Una camiseta de tirantes con la que mostraba el ombligo y unos leggins cortos de deporte con los que lucía culazo a lo bestia. Adornaba su look con una gorra de beisbol, que se quitó para que las gotas de sudor le escurrieran por el cuello.

Me ofrecí de manera caballerosa a subir su maleta mientras ella saludaba a su madre y se la dejé a la puerta de su habitación, justo cuando Marta llegaba y me sorprendía en la planta de arriba.

―¡Vaya, vaya, así que te han vuelto a desterrar!, ja, ja, ja ―bromeó apuntando con el dedo hacia mi cuarto, que se encontraba frente al suyo―. ¡Bienvenido al club!
―Gracias.
―¡Qué bien que vayamos a ser vecinos! ―bromeó apoyando las dos manos en mi hombro y mordiéndose los labios―. Tú también llevas una buena sudada, ¿te pegas un baño conmigo antes de comer?… en la piscina quería decir, ja, ja, ja…
―Sí, sí, claro, ya te había entendido… no va a ser en la ducha... ―dije ruborizándome por su pequeña broma―. Me voy a poner el bañador, la verdad es que apetece…
―Pues ahora nos vemos. ―Regresó a su habitación y cerró la puerta.

No sé si dormir en la planta alta al lado de Marta era una buena idea. La muy cabrona iba a aprovechar cualquier oportunidad para tontear conmigo, y a los tres minutos sentí que alguien tocaba con los nudillos.

―¿Ya estás listo? ―la escuché desde el pasillo.
―Sí, voy…

Se había cambiado superrápido y me la encontré junto a la escalera con un biquini blanco. Creo que era el mismo que llevaba el día de su cumpleaños y no pude evitar fijarme en su excelso culito de niñata. Ella bajó delante de mí y yo me detuve al pasar por la habitación de Cayetana, dejando que mi cuñada se fuera adelantando. Eso sí, antes eché un último vistazo a su culo y ella me sorprendió con un giro brusco, sabiendo dónde tenía la mirada puesta.

―Ahora nos vemos… ―dijo Marta con una sonrisa picarona.
―Caye, ya estoy… ―Y llamé a su puerta.
―Vale, vete yendo, que ahora salgo.
―OK.

Mi suegra estaba preparando la comida y, cuando llegué a la piscina, Marta ya se había metido al agua.

―Vamos, tardón, está buenísima de temperatura, métete conmigo ―me pidió salpicándome desde fuera.

Y se acercó a mí en cuanto me lancé. Apenas nos cubría por la mitad, se puso delante y me miró de arriba abajo.

―Estás fuerte, pero creo que podría contigo.
―Sí, seguro…

Parecía que se volvía para alejarse de mí, pero me enganchó de la cintura, sacó el culo hacia fuera y con una fuerza que no me esperaba me volteó con una llave de judo. Tenía que estar muy potente de piernas y glúteos para revolcarme así, y se alejó sonriendo mientras yo tragaba agua.

Se dejó caer remojándose el pelo y de un salto se impulsó para salir con agilidad por un lateral. Marta estaba muy en forma. Luego se tumbó bocabajo al borde de la piscina.

―¿Qué te ha pasado, Jorge?, ja, ja, ja, pensabas que no podía contigo…
―Tengo que reconocer que me has sorprendido.
―Te sorprenderían muchas cosas de mí…

Y justo aparecieron Cayetana y su madre y yo me volví hacia ellas. Me parecía un poco violento estar así con Martita en la piscina delante de mi suegra, los dos solos, sobre todo por el biquini que ella llevaba, y mi novia se metió conmigo al agua. Ya se le había puesto la cara de pocos amigos habitual cuando su hermana se comportaba de esa manera y es que era más que evidente que le molestaba profundamente la presencia de Marta y sobre todo que se exhibiera así en público.

Comimos en el patio a la sombra en cuanto llegó su padre, y Martita siguió haciendo de las suyas. Primero se puso una mini camiseta de estas anchas con la que enseñaba el ombligo, frente a mí se hizo un churruño en el pelo, levantando los brazos y mirándome fijamente. Me sorprendió su cara pícara y sensual, mientras todos en la mesa eran ajenos al tonteo descarado que se traía conmigo. Ni su hermana, que estaba a mi lado, se dio cuenta de lo que hacía. Y lo peor fue cuando llegó el postre y se comió la sandía a bocados. Como una salvaje. Su madre partió una rodaja, Marta le pegó un mordisco, se mojó toda la cara y se limpió después con la mano. La sandía le escurría por la comisura de los labios, incluso chorreaba por su barbilla y le llegaron a caer unas gotas por el canalillo de su camiseta blanca.

Joder. Esa puta escenita me la puso dura.

―¿Quieres dejar de hacer eso y partirla a trozos con un cuchillo? ―le recriminó Cayetana.
―Así sabe mucho más rica… ―Y volvió a hacer lo mismo para desesperar a su hermana―. ¿No te parece, Jorge?

Todas las miradas de la mesa se dirigieron a mí y se hizo un silencio incómodo justo cuando su madre me partía un trozo. Dudé si seguirle el juego y posicionarme de su lado, pero tampoco era quién para decirle cómo tenía que comer. Ya era mayorcita. Quise decir que a mí me gustaba comerla así también y que me ponía cachondo verla hacer eso, pero cogí un cuchillo de la mesa y la troceé en varios cachitos.

―¡Ooooh, qué soso! ―exclamó Marta terminando de comer la sandía todavía de manera más soez y limpiándose con una servilleta―. Me piro, he quedado con estas… ―Y nos dejó plantados sin tan siquiera recoger el plato.

Después de la sobremesa, Cayetana se recostó en una tumbona a la fresca, y yo subí a lavarme los dientes y echarme un ratito la siesta en mi habitación, pero Marta ya se me había adelantado y la vi en el baño de la planta alta, frente al espejo, preparándose para salir con las amigas del pueblo.

Había dejado la puerta abierta, como esperándome, y la muy zorra estaba en ropa interior, con un sujetador blanco deportivo y un tanguita del mismo color. Eché un vistazo furtivo y luego entorné la puerta de mi habitación, esperando pacientemente a que terminara.

¡Qué culazo tenía la muy hija de puta y cómo le gustaba lucirlo!

Salí diez minutos después y Marta ya no se encontraba en el baño, por lo que pude cepillarme los dientes. Pensé que se habría ido, pero apareció de su cuarto con un mini short vaquero y una camiseta de tirantitos.

―Me piro, Jorge, he quedado a tomar algo, luego te veo…
―Vale…

Esta vez no hubo ninguna provocación por su parte y pasó de mí olímpicamente, pero yo la seguí con la mirada hasta que la perdí de vista y me fijé en cómo se le veían los glúteos por debajo del pantaloncito vaquero.

Con lo tranquilo que había estado los días previos, es que era aparecer Marta y ya estaba atacado de los nervios. Me tumbé en la cama sudado y más excitado de lo normal. Bajé la persiana y en la penumbra de la habitación me acaricié la polla por encima del pijama, pero sin llegar a correrme, pensando en el culo de Marta y en su cara llena de jugos por la fruta.

¿Cómo podía haberme puesto tan cachondo solo con verla comer sandía?

Necesitaba urgentemente un desahogo, pero era muy difícil hacer algo con Cayetana porque sus padres estaban casi de continuo en la casa. El rato que más tiempo se iban mis suegros era a media tarde, sobre las ocho, cuando salían a andar con otros amigos del pueblo.

Lo que pasa es que a esa hora nosotros también dábamos una vueltilla para hacer tiempo antes de la cena. Y cuando se fueron los padres de Cayetana y nos dejaron solos, ella se metió en la habitación para calzarse las zapatillas. Irrumpí deprisa y me senté en la cama, la cogí de la barbilla y le robé un beso.

―Me apetece mucho estar contigo…
―Y a mí también…
―¿Subimos un rato a mi habitación?
―¿Ahora?
―Sí, claro. Tus padres acaban de irse. Sabes que tardan más de una hora en volver…
―¿Y Marta?, podría venir.
―No creo, es muy pronto para ella…
―Ya sabes que mi hermana entra y sale de casa cuarenta veces…
―Joder, Caye, me apetece mucho… ―Y besé su cuello, sobando sus tetas por encima de la camiseta.
―Me gusta más cuando estamos solos. Es que me corta que nos puedan pillar…, entiéndelo…
―Ahora no hay nadie ―dije cogiendo su mano y poniéndola en mi paquete―. Vamos arriba. Te aseguro que voy a ser bastante rápido…
―¿Y si nos pillan? Si me vieran arriba contigo ya sabrían lo que estamos haciendo…
―Pues házmela aquí, ahora…

Deshice el nudo de mis bermudas y me la saqué delante de Cayetana, que miró mi polla negando con la cabeza.

―No podemos, Jorge…
―Solo un poquito. Desde aquí se escucha bien si llega alguien. Por favor, Caye ―le supliqué agarrando su mano y colocándola en mi tronco.

Cerró el puño, le pegó un par de sacudidas despacio y luego se detuvo.

―Aquí no puedes terminar… No quiero que dejes ninguna prueba, por si acaso.
―Vale…, no me importa…
―¿Y no va a ser peor si empiezo y te dejo medias? Te vas a quedar con más ganas.
―Pues haz que me corra…
―¡Jorge!, no seas soez…; además, ya te he dicho que no quiero que dejes rastros…
―¿Y cómo quieres que te lo diga?
―No podemos hacer eso ―dijo Cayetana comenzando a pajearme.
―Claro que podemos…, mmmmm, eso es, muy bien, ¿ves cómo sí que podemos?
―Yo también tengo ganas, no te creas. La semana que viene estaremos solitos de vacaciones…
―Mmmm, Caye, ¡qué rico!, me encanta cuando tú también estás así… ―dije besando su cuello y volviendo a acariciar sus pechos, esta vez por debajo de la camiseta.

Hice el amago de empujarla sobre la cama para ponerme encima, pero Cayetana se negó y se incorporó de pie.

―Jorge, ¡vale ya!

Me subí las bermudas, me acerqué despacio a ella y la arrinconé contra la pared. Le cogí un muslo, pegando mi cuerpo al suyo y apoyé mi paquete en su entrepierna. Embestí con fuerza, me froté contra su coño y Cayetana gimió. Se agarró a mi cuello, volví a mover mi culo hacia delante y arrastré mi polla entre sus labios vaginales.

―Aaaaah, Jorge, ¿qué haces? ―suspiró buscando mi boca y dándome un morreo.

Pegó un saltito, le cogí el otro muslo y Cayetana rodeó sus piernas en mi cintura. Con otra sacudida la empotré en la pared, como si estuviéramos follando, y justo en el mejor momento escuchamos el ruido de la puerta de casa.

Salimos deprisa de la habitación, tratando de recomponernos, pero no lo suficiente para que no nos pillara Marta.

―¿De dónde viene la parejita? ―preguntó de manera irónica.
―Íbamos a dar una vuelta ―le contestó su hermana arreglándose el pelo.
―Sí, ya, ya, ja, ja, ja, a dar una vuelta, por eso salíais juntos de tu habitación. No habré interrumpido nada, ¿no?
―Deja de decir tonterías ―le pidió Cayetana, a la que no le gustaban nada ese tipo de bromitas y menos por parte de su hermana pequeña.
―Si queréis me voy para que podáis terminar…
―¡¡Vale ya, Marta!! ―le gritó Cayetana enfadada.
―Bueno, no te pongas así, solo era una broma.
―¡Nos vamos!
―¡Adiós, parejita!

Y, en cuanto pusimos un pie en la calle, ya sabía lo que me tocaba.

―¡Te lo dije!, ya nos ha pillado Marta, ¿contento? Y encima me toca aguantar sus burlas…
―Bueno, Caye, que tampoco ha sido para tanto.
―A mí no me hace gracia, ¡es que cada día la soporto menos! Y menos mal que ha sido ella, porque podrían haber sido mis padres. Es por eso por lo que no estoy a gusto cuando no estamos solos…
―Lo siento…

Fuimos caminando hasta unas eras que hay en las afueras del pueblo. Después de una pequeña subidita, allí se tiene una panorámica muy bonita y nos sentamos en una roca gigante. Cayetana apoyó la cabeza en mi hombro y me pidió disculpas por lo que acababa de pasar.

―Perdona, Jorge, sé que esta situación no es nada fácil para ti.
―No te preocupes…
―Quiero que sepas que estoy poniendo mucho de mi parte…
―Lo sé, Caye.
―Quiero que lo nuestro funcione en todos los sentidos y soy consciente de que en una relación es muy importante también el tema de la sexualidad. Lo único que te pediría es que me dejases ir a mi ritmo, que no forzaras las cosas…
―Por supuesto, e intento que te sientas bien y que fluya de manera natural… Aunque a veces me cuesta, me gustas muchísimo, y ni te imaginas lo que me excitas sexualmente…
―Muchas gracias…
―Eso sí que no puedo remediarlo…
―A mí también me pasa igual, no te creas que no. ―Y me dio un beso en el hombro―, pero tenemos que saber controlarnos. La semana que viene nos vamos de vacaciones y podremos estar todas las noches solos…
―Mmmmm, ¡qué ganas!
―Te quiero, Jorge.
―Y yo más…

A la hora de la cena tuvimos que soportar las miraditas de Marta y su estúpida sonrisa burlona, que otra vez puso de los nervios a mi novia. Por suerte pudimos relajarnos al anochecer; Cayetana con su libro y yo tumbado junto a la piscina, escuchando música. Me pegué un baño refrescante antes de dormir y me despedí de mi chica con un beso en la boca sobre la una de la mañana.

Era bastante tarde, pero seguía haciendo un calor de narices, sobre todo en la parte de arriba de la Casona, y me puse a ojear el móvil hasta que me venciera el sueño. Apenas llevaba un bóxer puesto y me tapé con una fina sábana, recostado con la espalda apoyada en el cabecero, cuando escuché la puerta de casa.

Debía ser Marta, que regresaba del paseo con sus amigas, y lo confirmé al escuchar que le decía a sus padres que ya había llegado. Después se encendió la luz de la escalera y se apagó a los cinco segundos.

Yo estaba a oscuras en la habitación, aunque Marta debió ver la iluminación del móvil y sentí que se acercaba hasta mi cuarto. Tocó tímidamente con la mano en la puerta y asomó la cabeza a continuación.

―¡Jorge! ―susurró―. Estás despierto, ¿no?, he visto la luz del móvil…
―Sí ―murmuré en bajito.

Y sin pedirme permiso se coló en mi habitación. No me parecía nada apropiado que lo hiciera, estaba casi desnudo y ciertamente me puse en tensión al sentir que se sentaba en mi cama. En la penumbra apenas podía verla y la única luz era la de la luna, que entraba por la ventana.

―No estarás enfadado por lo de antes, ¿no? Solo era una broma, y quería disculparme contigo. Con Cayetana prefiero no hacerlo; si se molesta, es problema suyo…
―No, tranquila, sé que solo lo decías para fastidiarla, pero sí te pediría que no te pasaras tanto con Caye, ya sabes que no le gustan esos comentarios y que le sientan fatal… Es muy…, eeeeh…
―Pudorosa, ja, ja, ja.
―Sí, se podría decir así…
―Lo intentaré, pero no te prometo nada. En el fondo la quiero mucho, pero me gusta picarla un poquito.
―Maaaarta…, no seas mala. Bueno, disculpas aceptadas, anda, vamos a dormir…
―Tranqui, ya me voy… ―dijo apoyando una mano en mi hombro.

El simple contacto de sus dedos me erizó la piel.

Era una situación peligrosa para mí: la hermana pequeña de mi novia estaba sentada de madrugada en mi cama y no creo que le hiciera mucha gracia a sus padres o a mi novia si nos pillaran así. Mi vista ya se iba acostumbrando a la oscuridad de la habitación y empecé a vislumbrar a Martita.

Llevaba el pelo suelto, una pequeña camiseta de tirantes negra por encima del ombligo y una mini falda de color blanco. Se debía haber cambiado cuando vino por la tarde. Tenía un pie apoyado en el suelo, pero había subido la otra pierna en la cama y reposaba su muslo sobre la sábana, demasiado cerca de mí.

Su mano siguió en contacto con mi cuerpo unos segundos que se me hicieron eternos y, de repente, mi polla comenzó a crecer bajo la sábana. Yo no quería que sucediera y me pareció una situación muy violenta y vergonzosa, aunque, por suerte, la oscuridad me ayudó a proteger mi secreto.

Marta se inclinó sobre mí, descendió su mano de manera sutil por mi pecho hasta alcanzar mis abdominales y la dejó peligrosamente junto a mi polla dura. Me soltó un beso en la mejilla, a menos de dos centímetros de la boca, y sentí sus dedos recorriendo la forma de mis abdominales.

―Me caes muy bien. Se nota que eres muy buen tío, no como el ex de Caye, que era un capullo. ¡Buenas noches, Jorge! ―se despidió incorporándose con un pequeño impulso de la mano que reposaba sobre mi tableta.

La seguí con la mirada otra vez hasta que salió de mi habitación, volviendo un poco la puerta, pero sin llegar a cerrarla del todo. Y yo me quedé recostado en la cama, alterado, temblando y excitado. Era lo que me faltaba para pasar una noche de perros.

Y es que, aparte de lo de Marta, lo cachondo que estaba y el calor sofocante que hacía, al día siguiente Beatriz Beguer y Hans venían a cenar a la Casona y esa visita me tenía de los nervios, pues me preguntaba si el alemán me pediría una respuesta a su alocada propuesta de embarazar a su mujer.

Suponía que no y que la charla «informal» que tuvimos en su despacho solo habría sido un delirio del empresario, pero ¿qué pasaría si Hans insistía en el tema?

¿Qué se supone que le debía contestar?
La hermanita y las tentaciones... dificil de aguantar.
 
Capítulo 15



Según mis cuentas, debía faltar más o menos una semana para que Beatriz entrara de nuevo en sus días fértiles. De momento no había recibido ningún mensaje de Hans, o quizás estaba esperando para decírmelo directamente en persona.

Y es que, a mediados de septiembre, Beatriz y Hans habían organizado una fiesta en su mansión para despedir el verano. No era una reunión estrictamente familiar, pues, aunque asistieron muchos primos y tíos de Cayetana, el matrimonio también había invitado a unos cuantos amigos personales. Solo había un requisito para asistir.

Vestir de blanco.

Sí, podía decirse que era un encuentro rollo ibicenco, y al dejar el coche en el parking me invadió un sentimiento extraño. Era imposible no pensar en que las dos últimas veces que había visitado esa casa fueron para eyacular dentro de la anfitriona y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando tocamos el timbre y esperamos a que vinieran a abrir.

Sonia, la asistente personal de la casa, salió a recibirnos. No fuimos de los primeros en llegar, pero tampoco de los últimos. Dentro ya estaban unos cuantos Beguer y otras personas que no conocía, y, en cuanto nos vieron, Hans y Beatriz vinieron a saludarnos.

Me puse muy nervioso al ver a la prima de mi novia. Tenía que controlar esos temblores involuntarios para no llamar la atención y me quedé mirando a Beatriz, con ese vestido blanco veraniego de falda larga que llegaba hasta el suelo. Adornaba sus brazos con múltiples pulseras y adornos; en el cuello también se había puesto el típico collar que venden en la playa y llevaba el pelo recogido en una coleta.

Simple, guapísima, con la cara lavada, sin ningún tipo de maquillaje y elegante a más no poder. Lo mismo que Cayetana, que había elegido un vestido parecido. El que me sorprendió fue Hans. Acostumbrado a verle siempre de negro riguroso, se presentó con un pantalón largo y camisa de lino de color blanco para no desentonar en la fiesta.

―Hola, parejita ―nos dijo con su acento alemán y después fue Beatriz la que nos dio dos besos, pero enseguida se disculpó con nosotros y fue a saludar a una pareja de amigos que acababa de llegar. Estaba claro que le incomodaba demasiado estar conmigo y con Cayetana.

Y, como siempre, llegaron tarde Marta y Álex. Ella con un vestido corto de color blanco bastante vulgar y él con un pantalón corto y una camiseta del Jack and Jones. Eran tal para cual. Ya habían pasado un par de semanas desde lo de la piscina y Marta seguía molesta conmigo. Estuvo muy seca al darme los dos besos de rigor y su novio me estrechó la mano.

Un rato más tarde, con la fiesta ya avanzada, me encontré a Marta hablando con Hans en el jardín. Estaban apartados del resto y se notaba buen rollo entre ellos. El alemán no paraba de sonreír y le dio un fuerte abrazo a mi cuñada. Luego caminaron juntos, agarrados de la cintura, y se acercaron al improvisado bar que habían montado junto a la piscina.

Me encontraba solo en el jardín con un refresco en la mano. Había perdido de vista a Cayetana, que estaría charlando con alguno de sus primos, cuando noté que alguien se me acercaba por la espalda.

―¡Ey, tío! ―dijo Álex.

No había vuelto a verlo desde el fin de semana en las piscinas naturales y le correspondí el saludo con un golpe en el hombro. Estuvimos charlando de cosas banales; de fútbol, de su moto y de repente y sin venir mucho a cuento me sacó el tema de las fotos que me había mandado.

―Así que te gustaron las fotos que hice, ¿eh?
―Sí, estaban muy bien, aunque debes tener más cuidado, se te coló una privada de Marta. Menos mal que me la mandaste a mí y la borré… Podría haber caído en otras manos y…
―No, no se me coló, te la mandé porque quise, tío…
―¿Y Marta estaba de acuerdo con eso?
―Ella no tiene por qué saberlo. Estas son cosas que se hacen entre colegas. Hoy por ti y mañana por mí…
―¿Sabes que es un delito mandar fotos íntimas de tu pareja sin su consentimiento?

La cara de Álex cambió de golpe y se le borró su sonrisa de «colocado» casi al instante.

―Ey, ¿qué dices?, ¿estás de broma?
―No, es delito difundir ese tipo de contenido, así que ten mucho cuidado, te podrías buscar un buen lío si lo haces habitualmente con tus amigos y Marta se entera…
―No le digas nada, tío. Yo solo quería… Pensé que tú y yo podríamos…, no sé, cambiarnos fotos…

Y al girarme vi a Hans solo en una de las puertas de acceso a la casa. Me estaba mirando fijamente y me hizo un gesto con la mano para que me acercara.

―Perdona ―me disculpé con Álex y le dejé con la palabra en la boca.

Antes de llegar a su altura comenzó a andar y Hans hizo que le siguiera hasta llegar a la escalera. Subimos juntos y al pasar por la habitación en la que tenía los encuentros con Beatriz sentí una punzada de placer en la boca del estómago. Acompañé a Hans hasta su despacho y me hizo pasar. Cerró la puerta y esta vez se quedó de pie.

―Dentro de cinco días Beatriz entrará en sus días más fértiles del ciclo y nos gustaría que vinieras el miércoles, jueves y viernes, los tres días seguidos, ¿te parece bien?
―Sí, claro, ya sabía que más o menos era por estas fechas…
―Te haré un ingreso de 9000 euros.
―Muchas gracias.
―¿Sobre qué hora te viene bien?
―Un poco tarde, por si salgo con Cayetana… En principio el miércoles vendré sobre las once de la noche, ¿vale?
―De acuerdo. Pues en eso quedamos. ―Y abrió la puerta para no demorar mucho más el encuentro.

Llegamos hasta la escalera y antes de bajar le pregunté si me podía quedar unos minutos allí. Me gustaba ver la panorámica del inmenso salón y a los invitados desde arriba, y Hans me dijo que sin ningún problema.

Pude ver a Cayetana hablando con dos de sus primas y al otro lado a Beatriz, charlando risueña con una pareja de amigos, que no conocía. Solo faltaban cinco días para volver a estar con ella, lo que ya me tenía bastante alterado, y, al ver allí a todos los Beguer juntos, imaginé qué sucedería si alguien se enterara de lo que Hans, Beatriz y yo estábamos haciendo.

Si aquello trascendía públicamente sería un golpe muy duro para los Beguer. Provocaría una implosión desde dentro que terminaría con ese núcleo familiar tan unido. Eso seguro. El novio de Caye acostándose con Beatriz, para dejarla embarazada. Esa noticia tendría consecuencias impredecibles y sería devastador para todos, sobre todo para Cayetana.

Y eso me aterraba.

Era lo que más quería del mundo y al verla desde arriba, con su apariencia tan frágil, me dio pena por ella. En ese momento podría haberlo dejado. No estaba obligado a seguir con aquello. Ya había probado las mieles de estar con Beatriz y saldría de todo ese lío sin ninguna consecuencia, con 6000 euros más en la cuenta y habiendo penetrado a la prima de mi novia.

¿Qué más podía pedir?

No podía engañarme a mí mismo, nunca me ha faltado el dinero en casa, mis padres han currado como cabrones, siempre han tenido una buena posición económica, y que me llegara una cantidad tan alta era un aliciente también. A nadie le amarga un dulce, como se suele decir, pero sobre todo hacía esto por un motivo.

Lujuria.

Sí, me invadía la lujuria. La que me provocaba una mujer como Beatriz Beguer. Era imposible haber estado con ella en esa habitación tan solo una vez y no querer repetir la experiencia. No había podido dejar de pensar en ella en todo el mes y deseaba que llegara otra vez el momento de quedarnos a solas y volver a penetrarla.

La idea con la que comenzamos era masturbarme y justo cuando fuera a eyacular metérsela para correrme dentro; pero ya en ese segundo encuentro las reglas habían cambiado y Beatriz había permitido que la embistiera unas cuantas veces antes de hacerlo. Hasta me pareció que se le escapaba un pequeño gemido, por lo que ya no veía nada descabellado que en un futuro, incluso, pudiera hacerla disfrutar.

Esas eran mis intenciones. Follarme a Beatriz. Follármela bien. Que jadeara, me acariciara y me morreara mientras la embestía como un salvaje. Fantaseaba con besar su boca, entrelazar nuestras lenguas, acariciar sus pechos, hacerlo en distintas posturas y que ella me pidiera cada día ir un poquito más lejos. Que se llegara a olvidar de por qué estábamos quedando y que también se abandonara a la lujuria.

Entonces Beatriz miró hacia arriba y me vio allí, junto a la escalera. Fueron dos segundos en los que cruzamos la mirada y me invadió una sensación de euforia increíble.

¿Cómo era posible que aquella mujer me diera tanto morbo?

Mientras bajaba me encontré de frente con Martita en mitad de la escalera. Me estaba esperando y se quedó callada frente a mí con los brazos en jarra.

―¿Qué pasa, Marta?
―¿Es que no piensas decirme nada?
―¿Nada de qué…?
―¿Y todavía me lo preguntas?, de lo que pasó en el coche…, es que ni te has disculpado…
―Mira, Marta, no estoy para tonterías.
―¡Me has decepcionado! Pensé que eras diferente, y al final eres igual que todos, ¿o es que vas a negar lo que hiciste?
―Shhh, baja la voz, joder, aquí puede escucharnos cualquiera, acompáñame… ―Di media vuelta y subí de nuevo por las escaleras. No miré hacia atrás, pero estaba convencido de que Marta me seguía los pasos.

No tenía muchas ganas de que me montara un numerito delante de toda la familia y yo veía a mi cuñada muy capaz de hacerlo. Siempre había que hacer lo que ella dijera y no le gustaba que le llevaran la contraria. Si no zanjaba ese asunto de inmediato, podía verme en un buen lío.

―A ver, ¿qué es lo que hice?, porque creo recordar que fuiste tú la que me cogiste la mano y la pusiste bajo tu falda…
―¿Yoooo?, sí, como siempre, soy yo la culpable. Cayetana y tú sois los perfectitos…, ¿o es que ahora vas a negar que me metiste el dedo?
―Shhh, habla más bajo por favor, no grites… Yo no quería hacerlo, yo no, eeeeeh ―balbuceé.
―Esto no puedes negarlo, ¿no?
―Lo provocaste tú, pero si ni tan siquiera llevabas ropa interior, ¡lo tenías todo planeado! Te sentaste encima de mí y subiste la pierna en el asiento…
―Me metes el puto dedo en el coño y todavía dices que fue por mi culpa…

Viendo que la conversación no iba a ningún sitio, y que lo único que podía lograr era que Marta pusiera el grito en el cielo, al final me di cuenta de que mi única escapatoria era darle la razón y se saliera con la suya, como siempre. Solo así se quedaría satisfecha.

―Mira, Marta, me caes fenomenal, eres una tía de puta madre. Siempre hemos tenido muy buen rollo entre nosotros y me gustaría seguir teniéndolo… Siento mucho lo que pasó en el coche, de verdad, quizás malinterpreté tu actitud. Tampoco era nada fácil para mí, el espacio era reducido, hacía mucho calor y tenerte encima, botando sobre mi cuerpo, puede que me equivocara, pero moviste la cadera y pensé… No sé ni lo que pensé., Perdona, intenté no tocarte...…, tienes que creerme…

Esas palabras parecieron tranquilizar a Marta y su gesto cambió de repente, ya que sus facciones se serenaron. Pasó de estar enfadada a mirarme con ternura en un segundo. Ya estaba contenta. Me había hecho confesar y pedir perdón por algo de lo que yo no tuve ninguna culpa. O casi ninguna.

―Acepto tus disculpas, Jorge…
―Lo mejor es que este malentendido quede entre nosotros, ¿te parece?
―¿Quieres que tengamos secretitos? ―bromeó con voz de zorra―. No creo que le hiciera mucha gracia a mi hermana…
―Por eso, al final no pasó nada, y sabes que soy buen tío…
―Porque me caes bien, si no… Está bien, guardaré el secreto.

Bastante tenía con lo de Beatriz como para verme también implicado en esta tontería con Marta, así que respiré aliviado cuando comprobé que mi cuñada parecía dispuesta a olvidarse de lo que pasó en el coche. Seguramente, en un par de semanas ya la iba a tener otra vez tonteando conmigo a la menor oportunidad que tuviera.

―Eres un idiota ―dijo al pasar a mi lado, tocando con su dedo índice la punta de mi nariz.

Luego bajó por la escalera y me dejó otra vez solo en la planta alta. Entonces me fijé en que Cayetana me estaba mirando e hizo un gesto con la mano para que fuera con ella.

―¿De qué hablabas con Marta? ―me preguntó.
―De nada, de una tontería… ―Negué con la cabeza.
―Pues cuéntamelo.
―No, que no quiero que te enfades. Otra de sus «niñatadas». Desde la casa rural parecía enfadada conmigo, así que le he preguntado si estaba todo bien y me ha dicho que si un día le hablé mal a su novio en la habitación, al día siguiente que si la eché a ella cuando regresamos de fiesta el sábado; bueno, que no es nada… ¡Marta y sus gilipolleces, capítulo 1234! ¡Qué te voy a contar que no sepas!
―¡En fin! Sí, casi mejor no haberlo sabido.
―Ya te dije que era una tontería. ―Agarré su cintura y le di un besito en el cuello―. Por cierto, uf, hoy estás irresistible con ese vestido. No sé si voy a poder controlarme luego ―murmuré en su oído.
―Creo que no te va a quedar más remedio.
―He traído el coche. Podríamos, no sé…

Cayetana abrió los ojos como platos y me miró fijamente.

―¡Jorge!, ya sabes que no…
―¡Joder, Caye!, el verano se termina y va a ser nuestra última noche juntos. La semana que viene ya empiezas la universidad.
―¡No insistas, por favor!

Me jodía un montón que Cayetana no quisiera hacer nada en el coche. Me lo había repetido un millón de veces, que eso era de chonis y guarras y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. La noche había sido especialmente tensa para mí y necesitaba desahogarme. Entre lo de Marta y la nueva cita que iba a tener con su prima en cinco días, habían sido demasiadas emociones y era mi última oportunidad de correrme antes de reservarme para Beatriz.

Sobre las dos de la mañana se terminó la fiesta. Aguantamos hasta el final y los anfitriones se quedaron en la puerta de su mansión para irnos despidiendo de uno en uno. Mi saludo con Hans fue muy formal y después le di dos besos a su mujer. A pesar de haber estado con ella dos veces en su dormitorio, me seguía intimidando su presencia, y con tan solo aspirar su perfume ya me provocaba un deseo irresistible.

Salí de la mansión con unas ganas terribles de volver en poquitos días y acerqué a Cayetana a su casa en mi coche. No podía dejar a mi novia a las puertas de su chalet y marcharme como si nada sin intentarlo por última vez. No solo era lo excitado que me encontraba, es que mi novia estaba realmente atractiva con el vestido blanco y veía en sus ojos ese brillo que se le ponía cuando también estaba cachonda.

Acaricié una pierna y me incliné sobre ella, buscando su boca. Cayetana me correspondió el beso, pero en la puerta de la casa de sus padres mi chica no iba a morrearse conmigo como me habría gustado.

―¿Vamos a un sitio más tranquilo?, porfa, Caye, quiero estar contigo un poquito más…

Ella negó con la cabeza y se quitó el cinturón.

―¿Otra vez, Jorge? Te lo he dicho muchas veces que en el coche…
―Solo van a ser unos besos y… Bueno, estoy tan excitado que no voy a aguantar casi nada. ¡Me apetece mucho terminar!, por favor. ―Y volví a posar una mano en su pierna.
―Jorge, no me lo pongas más difícil…
―Mira, Caye, eso que piensas de que enrollarse en el coche es de chonis es una tontería. Lo hacen muchas parejas, la mayoría, al final, cuando no se tiene otro sitio y las ganas aprietan, ufff… y no insistiría si no viera que a ti también te apetece. No me digas que no… ―Y me acerqué a su boca buscando otro beso.
―Sí, claro que quiero estar contigo, pero…
―¿No hay ningún sitio en la urbanización donde pueda aparcar y estemos tranquilos sin llamar mucho la atención?
―No, no sé…, quizás por la zona de las pistas ―titubeó Cayetana que parecía ceder un poco a mis pretensiones.
―Van a ser diez minutillos, nada más…, venga, Caye. ―Y acaricié su muslo por encima de la tela―. ¡Hoy estás increíble con ese vestido blanco! Me tienes muy excitado ―aseguré tratando de coger su mano para llevarla hasta mi paquete.
―¡Aquí no, Jorge!, para…

Arranqué el coche y Cayetana se abrochó de nuevo el cinturón de seguridad. Fue tan rápido que no le di ni tiempo a protestar.

―¿Por dónde se va a esas pistas?
―Tira hasta el final y en la rotonda, en vez de salir a la ronda, coge la carretera de la derecha…; luego ya te indico…

En cinco minutos estábamos allí. Dejamos el coche en el parking. No había nadie más a esas horas y apagué el motor y las luces. A lo lejos nos pareció ver a un señor paseando al perro y eso inquietó a Cayetana, que todavía no estaba segura de todo aquello.

―¡Podrían pillarnos! Aquí me conoce la gente y, no sé, si pasara algún coche de la policía…
―No estamos haciendo nada malo y a estas horas no creo que venga nadie… Además, te aseguro que va a ser rápido, Caye ―afirmé quitándome el cinturón y soltando el suyo también―. Anda, ven aquí…

Me pareció extraña la facilidad con la que que había convencido a Cayetana para enrollarme con ella en el coche. Es verdad que en los últimos meses su cambio respecto al sexo había sido considerable, pero mi novia tenía una opinión muy mala con lo de tener sexo en el coche y ahora allí estaba, inclinada sobre mí, buscando mi boca para darme un morreo.

Yo conocía bien a mi chica y sé que lo que le gusta es estar en un sitio tranquilo y que nadie nos pueda molestar, aunque por cómo gimoteaba mientras nos comíamos la boca era fácil adivinar que ella también estaba bastante excitada. Y sin más previos bajó las manos y me sacó la polla.

¡Cayetana me iba a hacer una paja!

―¡Date prisa, eh! ―me advirtió justo cuando comenzaba a sacudírmela besando a la vez mi sensible cuello.
―Aaaaaah, Caye, joder, más despacio o vas a hacer que me corra en menos de un minuto…
―Dijiste que iba a ser rápido, ¿no?
―Sí, pero no pensé que tanto, aaaaah ―jadeé intentando subir su vestido para acariciarle el culo por encima de las braguitas.

Me concedió eso al menos y Cayetana fue buena conmigo, disminuyendo un poco el ritmo frenético al que había comenzado a machacarme la polla.

―Mmmmmm, ¡qué rico!, no sé por qué no hemos hecho esto antes…
―Porque esto es de chonis ―me gimoteó en el oído sacando la lengua para rozarme el lóbulo de la oreja.
―¿Ah, sí?
―Sí, y de guarras…
―¡Uf!, pues ahora lo estás haciendo tú…, ¿te sientes un poco choni?
―Eres un idiota, ¡ey!, ¿qué haces? ―protestó cuando mi mano se coló bajo sus braguitas.
―Nada, yo también quiero que tú disfrutes un poquito…

Decidido avancé con mis dedos hasta su ano y comencé a hacer circulitos alrededor de su pequeño agujero. Yo sabía que a Cayetana le encantaba eso, pero quería que lo deseara. ¡Me daba mucho morbo meterle un dedo por el culo en el coche allí aparcados, en medio de la nada!

―No me has contestado, ¿te sientes como una choni?
―Aaaaah, Jorge, aquí noooo, aaaaaah…, ¡no hagas eso!
―¿Y por qué mueves las caderas?, ¿es que no quieres que te lo meta?
―Aaaaah, aaaaah…
―Mmmmm, ¡qué bien ha entrado!, ¿quieres un poquito más?
―Aaaaaah, Jorge, aaaaah, aaaaah…

Medio dedo ya estaba dentro del cuerpo de mi chica y empujé con suavidad, hasta que se lo incrusté hasta el fondo. El gemido posterior y la tensión de caderas de Cayetana me indicó que le había gustado. Apretó su puño en mi polla y desaceleró cada vez más la velocidad a la que me pajeaba.

―Ya está todo dentro ―suspiré y comencé a follarme su estrecho culo, sacando el dedo despacio y volviéndolo a meter.
―Aaaaah, aaaaah…, aaaaah, ¡qué rico!
―Quieres más, ¿eh?
―Venga, termina, por favor, aaaaah, aaaaah…
―¿En serio quieres que acabe ya?, no lo parece…
―¡Aaaaah, aaaaaah! ―Y ella misma se mordió el puño de la mano que tenía libre.
―¿Quieres correrte?
―Aaaaaah, aaaaaah, así no puedo…
―Pues ponte encima de mí… ¡y muévete!
―No, noooo, eso no, termina ya, aaaah… ―Bajó su puño con un golpe seco hasta mis huevos y reanudó la paja.
―Mmmm, joder, Caye, ¡vas a hacer que me corra! ―exclamé yo también acelerando el dedo que entraba y salía de su esfínter.
―Sí, sííííííí, ¡hazlo! ―gimió moviendo las caderas para facilitar mi penetración anal.
―¡Diossss, qué bueno, Caye!, te estoy metiendo el dedo por el culo en el coche como a una vulgar zorra… y me encanta…
―¡¡¡¿Quééééé?!!!
―Que estás dejando que te meta el dedito y creo que te pone muy cachonda sentirte como una guarra.
―Aaaaaah, aaaaaah…
―Tienes unas ganas locas de correrte…, joderrrrrr, más despacio, aaaaaah, más despacio. ―Pero Cayetana ya no estaba por la labor de dejarme escapar y había puesto la velocidad de crucero para hacerme explotar en unos pocos segundos.

―¡Córrete, córrete ya!
―¿Quieres que te la dé?
―Sííííí, dámela, Jorge, ¡dámela toda!
―¡¡¡¡Vamos, guarra, no pares ahora, vamosssss!!!!
―Aaaaaah, aaaaaaah, sigueeeee, sigueeeee, creo que yo también me voy a venir. ―Y vi que Cayetana bajaba una mano para meterla por debajo del vestido y se frotó el coño sobre sus braguitas.

Lo nunca visto. ¡Cayetana haciéndose un puto dedo delante de mí!

Esa imagen me hizo correrme al momento, lo que desencadenó también su orgasmo y llegamos al clímax los dos a la vez.

―¡¡¡AAAAAH, AAAAAAH, AAAAAH, SÍÍÍÍÍÍ, CÓRRETE, ESO ES, CÓRRETE!!! ―chilló Cayetana con un movimiento descontrolado de cadera mientras mi polla disparaba semen sobre mi propio estómago.

Fue un momento mágico. Acojonante. Nos olvidamos de que estábamos en el coche solos, en medio de la nada, y con los cristales empañados nuestros cuerpos temblaron al unísono en un intenso orgasmo perfectamente sincronizado.

Me la siguió meneando aunque de mi polla ya no saliera ni una gota más, jadeando en mi cuello como si aquello le hubiera sabido a poco. Dejó de masturbarse y destensó los glúteos para que pudiera sacar mi dedo de su culo. Después coló la mano con la que me pajeaba por debajo de la camiseta y se limpió en mi abdomen.

Tenía un brillo especial en los ojos. Buscó mi boca y me dio un beso con lengua antes de volver a su sitio.

―Llévame a casa ―murmuró en un tono casi imperceptible, agachando la cabeza y alisando la falda de su vestido.
―Caye, ¿estás bien?
―Sí.
―No tienes por qué avergonzarte ―dije limpiándome con un pañuelo mi camiseta empapada por mi propio semen―. ¡Ha sido la hostia ver cómo te tocas, uffff!
―Habla bien…
―La leche, ja, ja, ja, ¿mejor?, no me digas que no… Me gusta mucho esta nueva Cayetana, que disfrutes así, que te dejes llevar, sin esos estúpidos prejuicios de si esto está mal o no. No hay nada de malo en lo que hacemos…
―Perdona.
―No tengo nada que perdonarte…, ¡lo de hoy ha sido increíble!, cortito, pero muy intenso, tanto que creo que los dos nos hemos quedado con ganas de más. ―Me acerqué a ella y le di un pico en los labios.

Después dejé a Cayetana en casa de sus padres y llegué a la mía todavía más caliente, como si no me acabara de correr.

Mi cuerpo no paraba de temblar y no podía dejar de pensar en Beatriz. Ni en Cayetana. Ni en Marta. Las tres me excitaban, cada una a su manera. De pie, sobre la taza del váter aspiré el olor que emanaba del dedo que acababa de tener metido en el culo de mi novia. Abrí el ********* y puse una foto del culazo de Martita a toda pantalla y me pasé la lengua por los labios, fantaseando con el encuentro que iba a tener con Beatriz en cinco días.

Apenas tuve que esforzarme para correrme de nuevo en unos pocos segundos. Solo así conseguí rebajar pulsaciones y me tumbé en la cama, saboreando lo que se me avecinaba en las próximas semanas…
Cayetana y su particular "camino de perdición" jejeje...
 
En qué punto habíamos quedado? Ni me acuerdo...Beatriz ya se dejaba follar, Marta zorreando como siempre, y Cayetana también se había soltado en el coche creo...
 
Daviiiiiiiiddddddd....!!!! Ande tas metiooooo... :rolleyes::rolleyes::rolleyes::rolleyes::rolleyes::unsure::unsure::unsure::unsure::unsure::unsure::unsure:
 
La putada es otra. Es muy lícito que un autor quiera obtener beneficios. Eso es muy sencillo de entender. Los beneficios son compatibles con las publicaciones en el foro. Utilizar los foros para publicitarse, mostrar la mercancía y olvidarse de ellos dejando con la miel en los labios, a mi, me parece mal no, fatal. Es mas sensato decir: es un anticipo, el resto en Am***zon
Hay autores que, aunque difieran la publicación, la acaban. En este foro algunos. Yo si he comprado los libros, los he vuelto a releer aquí y he disfrutado aun mas con los autores beta y los comentaristas.
Yo tengo muy claro a que autores compraré y a quienes no. Hay dos o tres autores que para mi, han perdido el interés. Lamento decirlo. Muy gracioso " algun regalito de reyes."...¿verdad?
 
La putada es otra. Es muy lícito que un autor quiera obtener beneficios. Eso es muy sencillo de entender. Los beneficios son compatibles con las publicaciones en el foro. Utilizar los foros para publicitarse, mostrar la mercancía y olvidarse de ellos dejando con la miel en los labios, a mi, me parece mal no, fatal. Es mas sensato decir: es un anticipo, el resto en Am***zon
Hay autores que, aunque difieran la publicación, la acaban. En este foro algunos. Yo si he comprado los libros, los he vuelto a releer aquí y he disfrutado aun mas con los autores beta y los comentaristas.
Yo tengo muy claro a que autores compraré y a quienes no. Hay dos o tres autores que para mi, han perdido el interés. Lamento decirlo. Muy gracioso " algun regalito de reyes."...¿verdad?
Siento el retraso. No puedo hablar por otros, pero yo siempre termino todas las historias q comienzo en los foros, que por cierto, han sido unas cuantas. Es verdad que cada vez me cuesta más sacar tiempo y ganas para publicar por aquí, entre otras cosas porque ya apenas participa la gente como años atrás.

No he entendido muy bien lo de la gracia por el regalo de reyes.

Un saludo!
 
Muy gracioso " algun regalito de reyes."...¿verdad?
Si, algún autor... como "regalo de reyes" publicó dos capítulos seguidos. Si no recuerdo mal, desde entonces creo (insisto, porque ha dejado de interesarme) no ha vuelto a publicar. Está en su pleno derecho. Faltaría mas.
Otros autores, lo advierten. Otros no... Cada uno es muy libre de hacer aquello que considere. Allá cada cual.
Coherente es que si no tienes tiempo y ni ganas para publicar aquí... pues...está mas claro que el agua.
Una pena, la verdad. Me sigo quedando con tus clásicos.
 
Siento el retraso. No puedo hablar por otros, pero yo siempre termino todas las historias q comienzo en los foros, que por cierto, han sido unas cuantas. Es verdad que cada vez me cuesta más sacar tiempo y ganas para publicar por aquí, entre otras cosas porque ya apenas participa la gente como años atrás.

No he entendido muy bien lo de la gracia por el regalo de reyes.

Un saludo!


Doy fe de esto que dices... (y)(y)(y)(y) Y también es verdad que en este foro la gente participa menos que en el anterior, pero hay que sacar fuerzas de donde sea y contin uar con nuestros relatos e historias.Yo llevo más de 7 años con mi culebrón El Fruto Prohibido, y aunque hay épocas con más y menos ganas e inspiraciones, siempre prevalece el compromiso de terminar lo iniciado por respeto a mis lectores y seguidores. De haber una edición en papel de La Propuesta, no dudes que lo compraría ya que soy de la vieja escuela y lo digital me viene grande y me desborda... :cool::cool::cool::cool::cool:

No te presiono, faltaría más, y tomate todo el tiempo que necesites, pero aquí estare esperando las continuaciones de esta excelente historia que nos regalas... (y)(y)(y)(y)(y) Muchas gracias... 👌👌👌👌👌:aplausos1::aplausos1::aplausos1::aplausos1::aplausos1::aplausos1::giggle::giggle:🍻🍻🍻🍻🍻🍻
 
Siento el retraso. No puedo hablar por otros, pero yo siempre termino todas las historias q comienzo en los foros, que por cierto, han sido unas cuantas. Es verdad que cada vez me cuesta más sacar tiempo y ganas para publicar por aquí, entre otras cosas porque ya apenas participa la gente como años atrás.

No he entendido muy bien lo de la gracia por el regalo de reyes.

Un saludo!
Gracias por dar la cara David.

Yo creo que hay que tener en cuenta este es un foro relativamente nuevo y que la temática no invita a ir hablando de él a todos tus amigos o conocidos; pero poco a poco va sumando adeptos…

Tu relato es muy bueno y nos gusta a muchos aunque a veces no se tenga tampoco tiempo para responder o mandar un simple comentario.

Ojalá leer pronto la continuación.
 
La putada es otra. Es muy lícito que un autor quiera obtener beneficios. Eso es muy sencillo de entender. Los beneficios son compatibles con las publicaciones en el foro. Utilizar los foros para publicitarse, mostrar la mercancía y olvidarse de ellos dejando con la miel en los labios, a mi, me parece mal no, fatal. Es mas sensato decir: es un anticipo, el resto en Am***zon
Hay autores que, aunque difieran la publicación, la acaban. En este foro algunos. Yo si he comprado los libros, los he vuelto a releer aquí y he disfrutado aun mas con los autores beta y los comentaristas.
Yo tengo muy claro a que autores compraré y a quienes no. Hay dos o tres autores que para mi, han perdido el interés. Lamento decirlo. Muy gracioso " algun regalito de reyes."...¿verdad?
Llevo casi 25 años subiendo historias de manera gratuita, en diferentes foros y con varios nicks, solo por el placer de leer los comentarios de los lectores y porque me encanta escribir.

Al final, es inevitable q nos de publicidad si publicas en cualquier página, y gracias a cierta plataforma pues los últimos 4 o 5 años todos los escritores podemos monetizar nuestro trabajo, (que te aseguro q echamos muuuuchas horas), por eso me ha molestado que digas que muestro la mercancía y dejo a los lectores con la miel en los labios.

Un saludo!
 
Llevo casi 25 años subiendo historias de manera gratuita, en diferentes foros y con varios nicks, solo por el placer de leer los comentarios de los lectores y porque me encanta escribir.

Al final, es inevitable q nos de publicidad si publicas en cualquier página, y gracias a cierta plataforma pues los últimos 4 o 5 años todos los escritores podemos monetizar nuestro trabajo, (que te aseguro q echamos muuuuchas horas), por eso me ha molestado que digas que muestro la mercancía y dejo a los lectores con la miel en los labios.

Un saludo!
He leído muchos relatos tuyos. La mayoría me han enganchado mucho. Es cierto que en esta ocasión has dejado un poco el relato en stand by y estamos expectantes.
De todos modos hay que agradecer tu tiempo y los ratitos que nos haces pasar y te animo a que nos sigas dando esos ratitos.


Gracias David
 

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