Mi inicio

Recuerdo que cerré los ojos mientras abría mi boca y esperaba. Pasaron varios segundos hasta que noté el plástico sobre los dientes y como el cuero era ajustado hasta cerrarlo por detrás.

Al principio, no me molestó demasiado. Cuando las sesiones eran largas, si que me producía molestias en la boca. Era como ir al dentista, pero con otros objetivos, jejeje.

De esta manera, mi amigo pareció satisfecho. Se recreó mirándome y tocándose como si fuera una obra erótica de su agrado. Pasando a tocarme los pezones con ambas manos y a la vez. Por si no andábamos calientes, aquello hizo que nos hirviera la sangre.

Yo no podía expresar todo lo que llevaba dentro y mis gemidos quedaban ahogados por la mordaza, mientras él disfrutaba de cada roce con la mirada puesta en sus dedos, bajando los ojos de vez en cuando a mi paquete que amenazaba con romper el tanga.

Cuando logró que sus dedos pusieran como piedras a mis pezones. Empezó a mordisquearme uno de ellos. No tenía mucho de donde coger, pero noté como los clavaba mientras sus manos manoseaban mis nalgas y yo empezaba a sentirme como un muñeco a punto de caer al suelo.

Acabado el manoseo de nalgas, empezó a tocarme la polla por encima de la tela del tanga, cogiéndola con fuerza y dándome algún tirón, para ir palpando los testículos que se salían de la prenda. Su cara de satisfacción no se le borraba.

Cogiéndome del brazo, me llevó a la mesa del salón. Ya tenía conocido el ceremonial. Me inclinó el cuerpo hacia la mesa y él mismo me bajó el tanga hasta los tobillos. Salió a por la caja y dejó el bote de gel en la misma mesa.

Sin que me dijera nada, separé las piernas un poco. Tenía muchísimas ganas de sentirlo dentro, otra vez.

-Abre algo más las piernas.

Y empecé a notar aquello frío y suave por mi ano, y un poquito más adentro.....

Como las otras veces, su ritmo fue pausado al principio, cogiéndome las manos que llevaba en paralelo a la cadera y tirando de ellas hacia él, luego me soltó y algún azotito me cayó mientras iba subiendo la marcha. No podía acabar mejor la noche.

Cuando terminamos, me supo fatal tener que irme, pero era de madrugada y la "cena" se había alargado demasiado. Aún así acordamos vernos el martes a la hora de siempre. Aquella iba a ser nuestra última semana antes del verano y queriamos acabar bien antes de dejar de vernos durante un mes.
Tener un amante o amigo como Paco resultó ser una pequeña caja de sorpresas o de ideas. Durante mucho tiempo fueron surgiendo pequeñas cositas que le darían un tono de pequeños cambios a nuestros encuentros. Siempre discreto, nunca anticipaba cosas con mucha antelación. Pero procuraba que nunca fueran dos encuentros completamente iguales.

El martes siguiente parecía que iba a ser idéntico a la noche del sábado. Llegué, me hizo desnudar y me sujetó las muñecas del mismo modo que hacía tres noches. Yo, excitado, me dejaba hacer. Al menos, no llevaba el tanga y me sentía más cómodo desnudo.

Cuando empezó a toquetear mis pezones, solté un fuerte gemido. Como para oirlo si estabas en la escalera o en la casa contigua. No me dijo nada, pero nos quedamos mirandonos. Dejó de tocarme y se fue a por su caja. Otra vez la dejó en la mesa del salón y sacó la bola de mordaza.

-Abre la boca

Se me acercó y se puso detras mío, colocándome la bola en la boca y ajustándola con la hebilla.

-Eres muy indiscreto, Jose

Me sentí mal, en ese momento. Menos mal que no podía decir nada, ni se me ocurría que hacer para aliviar el trago.

Me llevó del brazo a la única habitación que había visto hasta el momento. Una única cama, bastante vieja, con un armario, una cómoda y una butaca donde dejar ropa o sentarse. Nada más.

Me puso de cara a la cama, junto a los pies, de manera que yo miraba directamente a la cabecera.

-Separa los pies

Los separé unos centímetros

-Más

Lo hago

-Más

Estoy que casi me caigo y tengo los brazos que no los puedo mover.

-Así

Se va de la habitación y vuelve con el hilo de palomar. Me sujeta el tobillo izquierdo y lo ata a la pata de la cama más próxima. Se va al derecho y hace lo mismo. Coge una de mis muñecas y la desata, haciendo lo mismo con la otra.

-Inclina el cuerpo hacia delante, hasta tocar la cama con la mejilla.

Hago lo que me dice. Me quedó de tal manera que mi culo queda completamente a su disposición.
 
Que morbazo de historia! me tiene enganchadísimo y super cachondo imaginando que tengo un maduro igual de morboso para mi! ufff
 
Tener un amante o amigo como Paco resultó ser una pequeña caja de sorpresas o de ideas. Durante mucho tiempo fueron surgiendo pequeñas cositas que le darían un tono de pequeños cambios a nuestros encuentros. Siempre discreto, nunca anticipaba cosas con mucha antelación. Pero procuraba que nunca fueran dos encuentros completamente iguales.

El martes siguiente parecía que iba a ser idéntico a la noche del sábado. Llegué, me hizo desnudar y me sujetó las muñecas del mismo modo que hacía tres noches. Yo, excitado, me dejaba hacer. Al menos, no llevaba el tanga y me sentía más cómodo desnudo.

Cuando empezó a toquetear mis pezones, solté un fuerte gemido. Como para oirlo si estabas en la escalera o en la casa contigua. No me dijo nada, pero nos quedamos mirandonos. Dejó de tocarme y se fue a por su caja. Otra vez la dejó en la mesa del salón y sacó la bola de mordaza.

-Abre la boca

Se me acercó y se puso detras mío, colocándome la bola en la boca y ajustándola con la hebilla.

-Eres muy indiscreto, Jose

Me sentí mal, en ese momento. Menos mal que no podía decir nada, ni se me ocurría que hacer para aliviar el trago.

Me llevó del brazo a la única habitación que había visto hasta el momento. Una única cama, bastante vieja, con un armario, una cómoda y una butaca donde dejar ropa o sentarse. Nada más.

Me puso de cara a la cama, junto a los pies, de manera que yo miraba directamente a la cabecera.

-Separa los pies

Los separé unos centímetros

-Más

Lo hago

-Más

Estoy que casi me caigo y tengo los brazos que no los puedo mover.

-Así

Se va de la habitación y vuelve con el hilo de palomar. Me sujeta el tobillo izquierdo y lo ata a la pata de la cama más próxima. Se va al derecho y hace lo mismo. Coge una de mis muñecas y la desata, haciendo lo mismo con la otra.

-Inclina el cuerpo hacia delante, hasta tocar la cama con la mejilla.

Hago lo que me dice. Me quedó de tal manera que mi culo queda completamente a su disposición.
-Estira los brazos hacia delante

Obedecí, con algo de temor y puse mis brazos en dirección a la cabecera de la cama. Él me los puso en paralelo y me sujetó una muñeca con la cuerda y, después las unió, sin apretarme demasiado. Después de esto, salió de la habitación y volvió al poco con algo más de cuerda. Con ella me estiró aún más los brazos y unió mis muñecas a la cabecera de la cama.

En esa incómoda posición me dejó durante 45-50 minutos, le oí salir y como se sentaba en otra parte de la casa. No me movía por si se había enfadado conmigo, ni hice nada que provocara ruido. Llevaba algo de susto encima.

Pasado ese tiempo, volví a oírle y entrar en la habitación. Se empezó a quitar la ropa y a dejarla en la cama, algunas prendas las tiraba cerca de mi y otras cayeron encima mía. Se fue al armario de la habitación y de allí, sacó la famosa caja, dejándola en la cama.

Mientras todo esto pasaba, no soltaba ni una palabra. Y, sinceramente, no me gustaba nada.

Noté el frío gel en mi entrada y me dió un par de azotitos en las nalgas. E, inmediatamente, sentí como me empezaba a penetrar. Solo que esta vez no me apetecía como las anteriores.

Cuando terminó, me desató los tobillos y la cuerda que me unía a la cabecera de la cama también la soltó, pero no me desató las muñecas ni me quitó la bola de la boca.

Al ayudarme a ponerme de pie, pensé que me diría algo fuerte o que me haría marchar sin más. Ya no sabía que pensar de sus siguientes reacciones. Pero lo que hizo fue dejarme de espaldas a él y empezar a tocarme los pezones. Por supuesto, me reprimí las ganas de gemir, a pesar de seguir amordazado, aunque cerré los ojos y lo disfruté.

-Eres todavía un niño y, sin embargo, te gusta hacer cosas de mayores, nene. Pues eso tiene un proceso y hoy has dado un paso atrás.

No sabía como tomarme eso.

Dejó de tocarme y me desató las muñecas.

-Pasado mañana, en la rotonda que da salida a la carretera nacional, quiero verte. A la hora de siempre, pero allí. ¿Estamos?

Asentí con la cabeza

-Pues vístete y vete. Ya pensaré que hago contigo. Será la última vez hasta pasadas las vacaciones.

Como otras tantas veces, salí confuso y tenía que asimilar lo que pasaba en unos pocos minutos.
 
-Estira los brazos hacia delante

Obedecí, con algo de temor y puse mis brazos en dirección a la cabecera de la cama. Él me los puso en paralelo y me sujetó una muñeca con la cuerda y, después las unió, sin apretarme demasiado. Después de esto, salió de la habitación y volvió al poco con algo más de cuerda. Con ella me estiró aún más los brazos y unió mis muñecas a la cabecera de la cama.

En esa incómoda posición me dejó durante 45-50 minutos, le oí salir y como se sentaba en otra parte de la casa. No me movía por si se había enfadado conmigo, ni hice nada que provocara ruido. Llevaba algo de susto encima.

Pasado ese tiempo, volví a oírle y entrar en la habitación. Se empezó a quitar la ropa y a dejarla en la cama, algunas prendas las tiraba cerca de mi y otras cayeron encima mía. Se fue al armario de la habitación y de allí, sacó la famosa caja, dejándola en la cama.

Mientras todo esto pasaba, no soltaba ni una palabra. Y, sinceramente, no me gustaba nada.

Noté el frío gel en mi entrada y me dió un par de azotitos en las nalgas. E, inmediatamente, sentí como me empezaba a penetrar. Solo que esta vez no me apetecía como las anteriores.

Cuando terminó, me desató los tobillos y la cuerda que me unía a la cabecera de la cama también la soltó, pero no me desató las muñecas ni me quitó la bola de la boca.

Al ayudarme a ponerme de pie, pensé que me diría algo fuerte o que me haría marchar sin más. Ya no sabía que pensar de sus siguientes reacciones. Pero lo que hizo fue dejarme de espaldas a él y empezar a tocarme los pezones. Por supuesto, me reprimí las ganas de gemir, a pesar de seguir amordazado, aunque cerré los ojos y lo disfruté.

-Eres todavía un niño y, sin embargo, te gusta hacer cosas de mayores, nene. Pues eso tiene un proceso y hoy has dado un paso atrás.

No sabía como tomarme eso.

Dejó de tocarme y me desató las muñecas.

-Pasado mañana, en la rotonda que da salida a la carretera nacional, quiero verte. A la hora de siempre, pero allí. ¿Estamos?

Asentí con la cabeza

-Pues vístete y vete. Ya pensaré que hago contigo. Será la última vez hasta pasadas las vacaciones.

Como otras tantas veces, salí confuso y tenía que asimilar lo que pasaba en unos pocos minutos.
Dos días después, nos encontramos en el sitio indicado. Cogimos su coche y avanzamos por la carretera hacia el interior de la provincia. Era finales de julio y parecia evidente que nos ibamos a un sitio con algo de monte.

-Vamos a mi chalet, tengo que adecentarlo ya que la semana que viene me voy con la parienta y los nietos. Y tú me vas a ayudar a dejarlo preparado.

-¿Algún arreglillo?
-No, necesariamente. Ya he dicho que cogía ayuda así que si alguien te ve, mi mujer ya sabe que tenía compañía. Pero, nada de gestitos indiscretos. Nos metemos en la casa y a trabajar.
-Sí, claro

En algo más de media hora llegamos al chaletito. No era demasiado grande y la parcela estaba encajonada entre otras dos. Recuerdo que la casa daba al monte, totalmente descubierto, pero a los lados había pared y árboles para evitar miradas indiscretas. Eso sí, los ruidos que llegaban de ambos lados, indicaban que estaban habitadas, al menos, en ese momento.

Aparcamos el coche y nos metimos en la vivienda. Era de unos 50 m2, con tres habitaciones, cocina, baño y un salón que ocupaba casi todo el espacio. Conforme entrabas, se veían todas las puertas así que era fácil de detectar.

Paco subió la persiana del salón y ahí se veia la mesa, junto con sofá y sillas. Volvió tras sus pasos y cerró con llave la puerta de la casa.

-Un momento, ahora vuelvo.

Tuvo que volver a abrir y salió de la casa. Al minuto, volvía con la reconocible caja bajo su brazo y volvió a cerrar con llave.

-¿Y la caja? ¿Hoy también?, le pregunté
-Sí, hoy más que otras veces

Dejó la caja sobre la mesa del salón e intenté ver que había en ella, pero solo acerté a ver que llevaba una bolsa negra de basura y que esta estaba llena. La abrió y discretamente puso la mano dentro, sacando el tanga negro de cuando cenamos con sus amigos. Bueno, el pedazo de hilo aquel.

-Ve al cuarto de baño, desnúdate y ponte esto.
-Claro

Salgo del cuarto de baño con el tanga puesto y la incógnita de su utilidad, encontrándome con que Paco lleva en su mano un rollo de cinta adhesiva de color gris.

-Acércate y ponte junto a la mesa.

Deja el rollo en la mesa y se va a la cocina, de donde vuelve con unas tijeras.

Empieza a cortar trozos de cinta que va dejando pegados en la mesa, son de unos 10 cm de largo cada uno y corta hasta cinco trozos.

Vuelve a la cocina y allí deja las tijeras. Después guarda el resto del rollo en la bolsa de basura.

-Cierra la boca

Coge uno de los trozos y con él me sella los labios.

-Ahora puedes escoger entre quitarte la cinta y nos vamos o aceptar el castigo como un hombre, tú decides.
 
Dos días después, nos encontramos en el sitio indicado. Cogimos su coche y avanzamos por la carretera hacia el interior de la provincia. Era finales de julio y parecia evidente que nos ibamos a un sitio con algo de monte.

-Vamos a mi chalet, tengo que adecentarlo ya que la semana que viene me voy con la parienta y los nietos. Y tú me vas a ayudar a dejarlo preparado.

-¿Algún arreglillo?
-No, necesariamente. Ya he dicho que cogía ayuda así que si alguien te ve, mi mujer ya sabe que tenía compañía. Pero, nada de gestitos indiscretos. Nos metemos en la casa y a trabajar.
-Sí, claro

En algo más de media hora llegamos al chaletito. No era demasiado grande y la parcela estaba encajonada entre otras dos. Recuerdo que la casa daba al monte, totalmente descubierto, pero a los lados había pared y árboles para evitar miradas indiscretas. Eso sí, los ruidos que llegaban de ambos lados, indicaban que estaban habitadas, al menos, en ese momento.

Aparcamos el coche y nos metimos en la vivienda. Era de unos 50 m2, con tres habitaciones, cocina, baño y un salón que ocupaba casi todo el espacio. Conforme entrabas, se veían todas las puertas así que era fácil de detectar.

Paco subió la persiana del salón y ahí se veia la mesa, junto con sofá y sillas. Volvió tras sus pasos y cerró con llave la puerta de la casa.

-Un momento, ahora vuelvo.

Tuvo que volver a abrir y salió de la casa. Al minuto, volvía con la reconocible caja bajo su brazo y volvió a cerrar con llave.

-¿Y la caja? ¿Hoy también?, le pregunté
-Sí, hoy más que otras veces

Dejó la caja sobre la mesa del salón e intenté ver que había en ella, pero solo acerté a ver que llevaba una bolsa negra de basura y que esta estaba llena. La abrió y discretamente puso la mano dentro, sacando el tanga negro de cuando cenamos con sus amigos. Bueno, el pedazo de hilo aquel.

-Ve al cuarto de baño, desnúdate y ponte esto.
-Claro

Salgo del cuarto de baño con el tanga puesto y la incógnita de su utilidad, encontrándome con que Paco lleva en su mano un rollo de cinta adhesiva de color gris.

-Acércate y ponte junto a la mesa.

Deja el rollo en la mesa y se va a la cocina, de donde vuelve con unas tijeras.

Empieza a cortar trozos de cinta que va dejando pegados en la mesa, son de unos 10 cm de largo cada uno y corta hasta cinco trozos.

Vuelve a la cocina y allí deja las tijeras. Después guarda el resto del rollo en la bolsa de basura.

-Cierra la boca

Coge uno de los trozos y con él me sella los labios.

-Ahora puedes escoger entre quitarte la cinta y nos vamos o aceptar el castigo como un hombre, tú decides.
Nos miramos durante unos segundos y no fueron muchos porque bajé la mirada y me encogí de hombros. Paco entendió el mensaje y cogió el resto de los trozos y me los fue pegando en la boca, cuidando mucho de no taparme los orificios de la nariz, pero de que no pudiera despegar los labios.

Cuando me tuvo así, me llevó a la cocina, cogiéndome del brazo.

-Coge el delantal y póntelo. Después abre ese armario y coges el producto para limpiar muebles.

Así lo hice. Y me entregó un trapo de limpieza.

-Vas a limpiar los muebles de las tres habitaciones y los del salón. Y lo quiero impecable. ¿Has entendido?

Asentí con la cabeza.

-Empieza y hazlo bien.

Me puse a la faena y cuando acababa en una habitación, él entraba y la repasaba a ver como había quedado.

Cuando hubo quedado satisfecho de como habían quedado los muebles, cambió el trapo por otro y me dio un limpiacristales.

-Ahora las ventanas, tranquilo que no te verá nadie y si lo hace, te agachas.

Había subido las persianas y me tocó limpiar la parte de dentro, incluida la ventana de la cocina.

Todo esto lo hacía con el tanga puesto y el delantal que tapaba por delante pero nada por detrás y notando la mirada de Paco en la tarea que estaba haciendo. Y la verdad es que morbo, morbo no tenía el asunto para mí y creo que para él tampoco. Pero, el episodio iba a ser parte de mi aprendizaje, no como sumiso o algo parecido si no para respetar el pacto que habíamos creado en estos meses y que mi gemido (fuerte gemido) había comprometido.

Hasta ese día, no me había tomado en serio nuestra relación. Para mí, había sido disfrutar y dejarme hacer. Algo fácil y con cierto peligro (dos casados de hace 23 años viéndose a escondidas) que me daba vidilla y mucho morbo. Para Paco era algo más serio, me llevaba a una casa que era suya, con vecinos que habían conocido a su tía y, por tanto, a familiares suyos y que, a saber, que habían visto u oído en nuestros encuentros. Eso implicaba una confianza con la que yo había jugado y que me dije a mi mismo que tenía que recuperar o ganármela.

Así que cuando me vi con la cinta pegada y su pregunta sobre si quería que nos fuéramos, me dio mucha vergüenza y acaté lo que me tenia preparado para ese día. Si era un castigo, me lo tenia merecido.
 
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