Relatos de J

LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 2

El verano en Madrid era un puto infierno, de esos que te hacen sudar hasta el alma. Junio había llegado con una ola de calor que convertía las calles en un horno gigante, y las clientas de “El Trigo Dorado” parecían haberse puesto de acuerdo para torturar a Chema. Venían ligeritas de ropa, con escotes que dejaban ver tetas sudorosas, shorts que marcaban culos redondos y camisetas pegadas al cuerpo por el bochorno. Chema, detrás del mostrador, sudaba la gota gorda, no solo por el horno, sino porque su pollón tremendo no paraba de empalmarse. “Joder, esta tía con el top ese… parece que me está pidiendo que le meta el baguette por el coño”, pensaba mientras servía a una rubia de veintipocos que pedía “una barra bien larga y gruesa, Chema, que me encanta sentirla en la mano”. El cabrón sonreía con su barba rubia empapada en sudor, pero por debajo del delantal, su verga estaba como una estaca, latiendo contra la bragueta de los vaqueros.

Todo el día así: empalmado como un burro. Las piernas fuertes de Chema, esas de futbolista, temblaban un poco de la tensión acumulada. Se agachaba a por bollos y sentía cómo el bulto se marcaba escandaloso, y alguna clienta hasta le echaba una miradita disimulada. “Hostia, si sigo así, voy a reventar los pantalones”, se decía, riendo para sus adentros con ese humor suyo. Pero nada, aguantaba como podía, sirviendo pan con una sonrisa maja, aunque por dentro era un volcán de leche acumulada. El divorcio le había dejado sequito de folleteo, y ahora con el calor, iba más caliente que el asfalto madrileño.

Al mediodía, cuando cerró la panadería para la siesta, Chema subió al piso de arriba hecho un toro en celo. Pepín estaba en el salón, tirado en el sofá en calzoncillos por el calor, con el cuerpo de nadador todo sudado y brillante. El chaval de 20 años era un bombón: delgado pero marcado, con abdominales que se veían bajo la piel morena, y unas piernas largas de tanto nadar. Estaba viendo la tele, comiendo un bocata, ajeno al mundo, pero cuando vio entrar a su padre, no pudo evitar fijarse en el bulto espectacular que marcaba Chema en la bragueta. “Joder, papi, eso parece un salchichón de los gordos”, pensó Pepín, pero no dijo nada al principio, solo se rio por lo bajo.

Chema se dejó caer en el sofá al lado de su hijo, soltando un suspiro largo.

– Hostia, hijo, qué calor de mierda. Las tías del barrio me están matando hoy – dijo Chema, rascándose la barba y abanicándose con una revista vieja.

Pepín lo miró de reojo, notando cómo el pollón de su padre empujaba contra la tela, formando un relieve que daba gloria verlo. Eran adultos, joder, y en casa hablaban de todo sin cortarse un pelo. El chaval se incorporó un poco, ajustándose sus propios calzoncillos, donde empezaba a notarse un bultito incipiente.

– Ya te veo, papi. Menudo paquete llevas ahí. Parece que vas a explotar – soltó Pepín con una carcajada, señalando sin disimulo la bragueta de Chema.

Chema se miró abajo y se rio a carcajadas, palmeándose la pierna fuerte.

– Joder, chaval, es que con este calor… las clientas vienen medio en pelotas. Me pongo como una moto todo el puto día. No veas las empalmadas que me pillo.

Pepín se rio también, sintiendo un cosquilleo en su propia polla. “Hostia, mi padre hablando de empalmadas… qué morbo”, pensó, pero lo dijo en voz alta, sin filtros.

– Oye, papi, somos tíos, ¿no? No te cortes. Si estás salido, pajéate a gusto en casa. No hace falta que bajes al horno a cascártela como un ladrón. Aquí estamos solos, joder. Libera esa lefa que llevas acumulada.

Chema miró a su hijo con los ojos como platos, pero luego soltó una risotada tremenda, dándole una palmada en el hombro a Pepín.

– Coño, Pepín, qué maduro estás, cabrón. Tienes razón, hostia. Llevo semanas aliviándome abajo para no molestarte, pero joder, si somos familia. Vale, chaval, haré caso. Esta noche me la pelo como Dios manda en mi cuarto.

Pepín sonrió, notando cómo su propia verga se endurecía un poco bajo los calzoncillos. “Joder, imaginármelo… mi padre con ese pollón en la mano”, pensó, pero disimuló bebiendo un trago de agua.

– Eso, papi. Descárgate bien. Que se oiga en todo el barrio si hace falta – bromeó Pepín, y los dos se rieron como colegas, aunque el aire se cargó de un homoerotismo sutil, de esos que flotan entre padre e hijo cuando el calor aprieta.

La tarde pasó tranquila: comieron juntos, charlaron de fútbol y de la natación de Pepín, pero Chema no podía quitarse de la cabeza la idea. Cuando cayó la noche, el calor no aflojaba, y el piso estaba como un sauna. Chema se metió en su cuarto, cerrando la puerta pero no del todo, por el bochorno. Se quitó la ropa toda, quedándose en pelotas, con su cuerpo fornido sudando: pecho peludo, abdominales marcados, piernas fuertes abiertas y ese pollón tremendo colgando pesado entre ellas, ya medio empalmado. “Joder, qué ganas tengo”, pensó, tumbándose en la cama con las sábanas revueltas.

Empezó despacio: se agarró la verga con una mano grande y callosa, meneándola arriba y abajo, sintiendo cómo se ponía dura como el hierro. El glande asomaba rojo y brillante, y Chema gemía bajito al principio. “Ah, sí, cabrona… crece para papi”, murmuraba, imaginando a las clientas, pero también… joder, a Pepín en calzoncillos esa tarde. “No, coño, quita”, pensó, pero la idea le aceleró el ritmo. Aceleró la paja, la mano volando por esa polla gorda, venosa, de las que dan envidia. El sudor le caía por la barba rubia, y empezó a gritar guarradas, sin cortarse.

– ¡JODER, QUÉ POLLÓN TENGO! ¡ME VOY A CORRER COMO UN CABRÓN! – berreó Chema, pellizcándose un pezón con la otra mano, las piernas temblando.

En la habitación de al lado, Pepín lo oía todo. El chaval estaba en su cama, también en pelotas por el calor, y al principio se rio: “Hostia, mi padre sí que va a saco”. Pero los gritos le pusieron cachondo perdido. Su propia polla, una verga decente de chaval joven, se endureció al instante. “Joder, qué guarro… hablando de su lefa”, pensó Pepín, y sin poder evitarlo, se agarró el rabo y empezó a pajearse al ritmo de los gemidos de su padre.

– ¡HOSTIA PUTA, QUÉ LECHADA MONUMENTAL VOY A SOLTAR! ¡ME CORRO, JODER, ME CORRO! – gritaba Chema, la mano como un pistón, el pollón latiendo, imaginando chorros de semen espeso salpicando todo.

Pepín aceleraba también, mordiéndose el labio, el cuerpo de nadador sudado y tenso. “Sí, papi, suelta esa leche… joder, yo también”, pensó, gimiendo bajito para no ser oído, pero sincronizado con los berreos de Chema.

– ¡AH, SÍ, CABRONES! ¡TOMA LEFA PARA TODOS! – berreó Chema al límite, y eyaculó como un géiser: chorros gruesos de semen caliente salpicando su pecho peludo, el belly, hasta la barba. “¡QUÉ DESCARGA, HOSTIA!” gritó, temblando entero.

Pepín, oyéndolo, no aguantó más: su polla joven escupió lefa a chorros, cubriéndole el abdomen marcado y las sábanas. “¡JODER, SÍ!”, gimió en voz baja, pero monumental, el orgasmo sacudiéndole como una ola en la piscina.

Cada uno en su habitación, jadeando, se quedaron quietos un rato, con la polla aún goteando. Chema se rio solo: “Joder, qué alivio… el chaval tenía razón”. Pepín, en su cuarto, pensó: “Hostia, si supiera que me he corrido con él… qué morbo”. El calor seguía, pero ahora el aire olía a sexo, a lefa fresca. Y la noche madrileña prometía más.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 3

La mañana siguiente en el piso encima de la panadería era un puto horno, literal y figurado. El sol de Madrid entraba a saco por las ventanas, y el calor del verano hacía que padre e hijo desayunaran en calzoncillos, como dos machos en su madriguera. Chema estaba en la cocina, preparando café y tostadas, con su cuerpo fornido sudando ya a las ocho: pecho peludo brillante, barba rubia desaliñada, y esas piernas fuertes de futbolista abiertas mientras removía el azúcar. Su pollón tremendo, que ya empezaba a despertarse con el roce del algodón, formaba un bulto decente en los calzoncillos blancos, de esos que no pasan desapercibidos. “Joder, qué resaca de paja tengo de anoche”, pensó Chema, recordando la descarga monumental en su cuarto, pero sintiendo que ya estaba listo para otra ronda. El divorcio lo tenía como un toro en brama constante.


Pepín entró en la cocina bostezando, también en calzoncillos grises ajustados que marcaban su cuerpo de nadador: abdominales definidos, culo prieto y un paquete juvenil que se notaba bien. El chaval de 20 años se sentó en la mesa, rascándose los huevos sin cortarse, y miró a su padre con una sonrisa pícara. Anoche había oído los berridos de Chema y se había pajeado a lo bestia, sincronizado como en una orquesta guarra. “Hostia, si supiera que me corrí oyéndole… qué morbo jodido”, pensó Pepín, pero lo disimuló sirviéndose café.


– Buenos días, papi. ¿Qué tal has dormido después de esa paja épica? – soltó Pepín con una carcajada, untando mantequilla en una tostada.


Chema se rio a carcajadas, sentándose enfrente de su hijo con las piernas abiertas, el bulto en los calzoncillos creciendo sutilmente. Eran adultos, joder, y el tema de las pajas ya era como hablar del tiempo.


– Joder, hijo, menuda descarga solté. Gritaba como un loco, ¿eh? No veas la lefa que salió, cabrón. Parecía que llevaba meses sin correrme – contestó Chema, bebiendo café y notando cómo su polla se endurecía un poco más al recordar. El algodón de los calzoncillos empezaba a tensarse, deformándose con el grosor de su cipote.


Pepín alucinaba en silencio, mirando de reojo el paquete de su padre. “Hostia puta, mira cómo se le está empinando… eso parece un puto misil a punto de despegar”, pensó el chaval, sintiendo un cosquilleo en su propia verga. El pollón de Chema estaba deformando el calzoncillo de un modo brutal: la tela se estiraba al máximo, marcando la forma venosa y el glande gordo, como si estuviera a punto de reventar la costura. Pepín no podía quitar los ojos de ahí, y el homoerotismo flotaba en el aire como el olor a café.


– Ja, ja, ya te oí, papi. Gritabas guarradas sobre tu lechada monumental. Me puse cachondo solo de imaginarlo – admitió Pepín sin filtros, mordiendo la tostada y ajustándose el paquete, donde su polla joven empezaba a reaccionar.


Chema sintió un subidón: oír a su hijo hablar así le ponía a mil. “Joder, el chaval hablando de pajas y cipotes… me está poniendo como una moto”, pensó, y su pollón dio un latido fuerte, empujando más contra el calzoncillo. Ahora sí, la deformación era escandalosa: el cipote tremendo se erguía casi horizontal, estirando la tela hasta el límite, con una mancha de precum empezando a aparecer en la punta.


– Hostia, Pepín, no me hables de eso que me empalmo otra vez. Mira, joder, ya estoy tieso como un burro – dijo Chema riendo, pero con la voz ronca de excitación, señalando su entrepierna sin vergüenza.


Pepín miró directamente, boquiabierto. “Coño, qué bestia… ese calzoncillo va a explotar. Mi padre tiene un pollón de campeonato”, pensó, y su propia verga se endureció del todo bajo la mesa, latiendo en los calzoncillos.


– Joder, papi, menuda empalmada. Ese cipote tuyo está deformando el calzoncillo como si fuera a romperlo. Parece un puto brazo de gitano ahí metido – soltó Pepín, riendo pero con los ojos clavados, hablando y hablando del tema para ver hasta dónde llegaba.


Chema no aguantaba más. Escuchando a su chaval hablar y hablar de pajas y cipotes, de empalmadas y lefa, el panadero sintió el orgasmo subiendo como una ola imparable. No se tocó ni nada: solo el morbo de la situación, el calor, los ojos de Pepín en su paquete… “Hostia, me corro… no puedo parar”, pensó, y su pollón latió salvaje dentro del calzoncillo.


– ¡JODER, PEPÍN, ME CORRO! ¡ESCUCHÁNDOTE HABLAR DE MI CIPOTE… AH, SÍ! – berreó Chema como un semental en celo, el cuerpo temblando, las piernas fuertes abiertas de par en par.


El semen salió a chorros espesos, empapando el calzoncillo al instante: manchas blancas y gruesas extendiéndose por la tela, arrasando todo, goteando incluso por los bordes. “¡QUÉ LEFADA, HOSTIA PUTA! ¡TOMA SEMEN PARA EL DESAYUNO!” gritó Chema, jadeando y riendo a la vez, el pollón aún escupiendo lefa dentro de los calzoncillos destrozados.


Pepín flipaba, con su propia polla dura como una piedra, pero se rio a carcajadas, aunque el morbo le tenía al límite.


– Ja, ja, joder, papi, menuda corrida espontánea. Has dejado los calzoncillos como un campo de batalla. Qué guarro eres – dijo Pepín, pero pensando: “Hostia, qué envidia… yo también estoy a punto”.


Chema se quedó ahí sentado, jadeando, con el calzoncillo arrasado a semen, oliendo a lefa fresca en la cocina. Se miró abajo y soltó una risotada tremenda.


– Coño, hijo, ha sido culpa tuya. Hablando de pajas y cipotes… me has puesto como un loco. Ahora tendré que cambiarme antes de bajar a la panadería.


Pepín sonrió, ajustándose su bulto, que amenazaba con seguir el ejemplo.


– Vale, papi, pero admite que ha sido épico. Oye, ¿y si la próxima vez…?


Pero Chema lo cortó con una palmada en la mesa, riendo.


– Nada de próxima, cabrón. Vamos a desayunar en paz, que si no, acabamos los dos lefados.


El desayuno siguió con risas y charlas, pero el aire estaba cargado de testosterona y morbo. El verano madrileño prometía más desayunos calientes, y padre e hijo sabían que esto solo era el principio.
 
Muy buenos los 3 capítulos. La IA ha reconocido tu filias por los calzoncillos y las relaciones paterno filiales.
A ver como aplacan Chema y Pepín esos calores al verse en calzoncillos
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 4

El verano en Madrid seguía siendo un puto infierno, pero esa semana era especial: el cumpleaños de Chema. El panadero cumplía 46 tacos, aunque con ese cuerpo de vikingo rubio y barbudo, las piernas fuertes de futbolista y el pollón tremendo que llevaba entre ellas, parecía un chaval de treinta. La panadería “El Trigo Dorado” había estado a tope todo el día, con clientas felicitándolo y echándole piropos que lo ponían empalmado como un burro. “Joder, Chema, qué bien te conservas, cabrón. ¿Cuál es tu secreto? ¿Mucha masa amasada a mano?”, le decían riendo, y él respondía con su sonrisa maja: “El secreto es el horno caliente y las manos expertas, guapa”. Pero por dentro, “Hostia, si supierais lo que amaso de verdad en casa…”.


Pepín, el hijo de 20 años, había planeado una sorpresa cojonuda. El chaval, con su cuerpo de nadador marcado y sudado por el calor, había ahorrado de sus curros esporádicos para comprarle a su padre un regalo que lo flipara. Sabía que Chema iba salido perdido desde el divorcio, y después de las charlas guarras sobre pajas y cipotes, pensó que era hora de subir el nivel. “Joder, le voy a regalar un chocho de goma, de esos realistas, para que se desahogue a gusto sin pajearse solo con la mano”, pensó Pepín, excitado solo de imaginárselo. Lo compró online, discreto, y lo envolvió en papel de regalo cutre pero con cariño.


Por la noche, después de cerrar la panadería, subieron al piso. Chema se duchó rápido, saliendo en calzoncillos, con el pecho peludo goteando agua y el bulto habitual marcando paquete. Pepín estaba en el salón, con shorts flojos que dejaban ver sus piernas de nadador, nervioso pero cachondo con la idea.


– ¡Felicidades, papi! Toma, tu regalo – dijo Pepín, tendiéndole el paquete con una sonrisa pícara.


Chema lo abrió curioso, riendo.


– Coño, hijo, ¿qué es esto? ¿Un bollito especial? – bromeó, pero cuando vio la caja, flipó en colores. Era un chocho de goma, de silicona suave, con forma de vulva realista, rosadito y húmedo al tacto, de esos que vienen con lubricante incluido. “Hostia puta, un coñito artificial… mi chaval me regala esto. Qué morbo jodido”, pensó Chema, sintiendo cómo su pollón empezaba a endurecerse al instante bajo los calzoncillos.


– Joder, Pepín, ¿un chocho de goma? ¡Eres un cabrón genial! – exclamó Chema, dándole un abrazo fuerte a su hijo, notando el cuerpo marcado de Pepín contra el suyo. – Para desahogarme a gusto, ¿eh? Menudo detalle, chaval.


Pepín se rio, rojo como un tomate pero excitado, viendo cómo los ojos de su padre brillaban de lujuria.


– Claro, papi. Estás todo el día empalmado con las clientas. Así te follas algo en conditions sin salir de casa. Pruébalo, joder, no te cortes.


Chema no se lo pensó dos veces. El regalo lo había puesto como una moto: se bajó los calzoncillos de un tirón, dejando saltar su pollón tremendo, ya tieso como una barra de pan, venoso y cabezón, apuntando al techo. “Joder, qué bestia… voy a reventar este chisme”, pensó, sentándose en el sofá con las piernas fuertes abiertas, el culo fornido hundido en los cojines.


Pepín se sentó al ladito, en el brazo del sofá, con los ojos clavados en la verga de su padre. “Hostia, mira ese misil… qué gordo y largo. Me pone cachondo verlo”, pensó el chaval, ajustándose el bulto en los shorts, donde su propia polla joven empezaba a empalmarse.


Chema untó el chocho de goma con lubricante, colocándolo en su regazo, y alineó su cipote con la entrada. Empujó despacio al principio, gimiendo.


– Ah, joder… qué apretadito está este coñito. Mira, hijo, cómo entra mi rabo – dijo Chema, con voz ronca, empezando a follarlo con estocadas lentas, el pollón deslizándose dentro y fuera del plástico.


Pepín gritaba histérico, excitado perdido, viendo ese misil dándole al chochito de goma. El sonido chapoteante del lubricante y los gemidos de su padre lo volvían loco.


– ¡HOSTIA, PAPI, DALE DURO A ESE CHOCHO! ¡MIRA CÓMO SE TRAGA TU POLLÓN TREMENDO! – berreó Pepín, palmoteando el sofá, su propia verga dura como una piedra bajo los shorts.


Chema aceleró el ritmo, follándose el chisme como un bestia, las caderas moviéndose con fuerza, sus piernas fuertes temblando. El sofá crujía bajo el asalto, y el panadero gruñía guarradas.


– ¡SÍ, CABRONA, TOMA RABO! ¡MI CIPOTE TE VA A REVENTAR! – gritaba Chema, embistiendo salvaje, el sudor cayéndole por la barba rubia y el pecho peludo.


Pepín no paraba de animarlo, histérico de morbo.


– ¡JODER, PAPI, QUÉ MISIL TIENES! ¡DALE MÁS FUERTE, QUE SE LO TRAGUE TODO! – berreaba el chaval, mordiéndose el labio, notando precum en sus shorts.


Chema le daba tan fuerte que en una estocada brutal, ¡zas!, se cargó el plástico. El pollón tremendo atravesó el chocho de goma de lado a lado, rompiéndolo con un sonido de desgarro guarro, saliendo por el otro lado venoso y brillante.


– ¡HOSTIA PUTA, LO HE ATRAVESADO CON EL RABO! ¡ME CORRO, JODER! – berreó Chema impresionado, sin poder aguantar más. El orgasmo le pegó como un tren: su pollón latió salvaje, disparando leche sin parar durante unos minutos, chorros espesos y blancos salpicando todo, el sofá, el suelo, y hasta el aire.


– ¡AH, SÍ, TOMA LECHADA MONUMENTAL! ¡ME CORRO COMO UN SEMENTAL! ¡QUÉ DESCARGA, CABRÓN! – gritaba Chema con berridos impresionantes, el cuerpo convulsionando, la lefa volando en arcos gruesos.


Pepín, que estaba al ladito viendo todo, recibió media lechada en la carita: un chorro caliente y espeso le salpicó la mejilla, la nariz, hasta la boca entreabierta. “Joder, la leche de mi padre en la cara… qué guarro y qué rico”, pensó Pepín, lamiéndose instintivamente, su propia polla eyaculando dentro de los shorts sin tocarse, una corrida espontánea por el morbo.


Chema se quedó jadeando en el sofá, el pollón aún goteando lefa, el chocho de goma destrozado colgando de su verga como un trofeo roto.


– Hostia, hijo… lo he reventado. Menuda follada – dijo Chema riendo, mirando a Pepín con la cara salpicada de semen.


Pepín se limpió con la mano, pero sonriendo guarro.


– Ja, ja, papi, has disparado como un cañón. Me has lefado la cara, cabrón. Feliz cumple.


Los dos se rieron a carcajadas, el salón oliendo a sexo y lefa fresca. Chema abrazó a su hijo, notando el bulto húmedo de Pepín.


– El mejor regalo ever, chaval. Pero la próxima, algo más resistente, ¿eh?


Pepín guiñó un ojo.


– Vale, papi. O quizás… algo más real.


El verano seguía caliente, y la familia en Madrid, más unida que nunca en su morbo compartido.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 5

Pasaban los días en el barrio de Chamberí, y el verano madrileño seguía achicharrando todo como un puto horno gigante. La panadería “El Trigo Dorado” estaba a reventar de clientes: con el calor, la peña compraba más bollos frescos, baguettes crujientes y hasta croissants para desayunar en terrazas. Chema, el panadero rubio y barbudo de 46 tacos recién cumplidos, no daba abasto. Sus piernas fuertes de futbolista corrían de un lado a otro, amasando masa y sirviendo con su sonrisa maja, pero joder, el pollón tremendo se le empalmaba con cada clienta ligera de ropa o vecino cachas que entraba. “Hostia, necesito ayuda o me muero de salido y de curro”, pensó Chema, y decidió contratar a Omar, un vecino marroquí del barrio que vivía en el bloque de al lado.


Omar tenía 35 años, era un tío morenazo con barba negra espesa, cuerpo fornido de currante –brazos como troncos de tanto cargar sacos en obras–, casado con una mujer guapa y dos churumbeles pequeños. Apenas hablaba español: “sí”, “no”, “pan”, “gracias”, y poco más. Pero era majo, trabajador y necesitaba pasta. Chema lo contrató para las madrugadas, cuando el horno rugía y el barrio dormía. “Bienvenido, Omar. Aquí curramos duro, pero con risas”, le dijo Chema el primer día, dándole una palmada en el hombro ancho.


Pepín, el hijo de Chema, aprobaba: “Papi, buen fichaje. El moro parece un toro, joder. Con esos brazos, amasará masa como un campeón”. Y vaya si lo hacía. Omar aprendía rápido, aunque el idioma era una barrera. Para romper el hielo, de madrugada, mientras amasaban y horneaban, Chema empezó a enseñarle castellano… pero del cerdo, del guarro, para hacer unas risas. “Mira, Omar, esto es ‘polla’”, decía Chema señalándose el bulto en los vaqueros, y Omar repetía “po-ya” con acento árabe, riendo confuso pero pillando el rollo. “Bien, bien. Ahora ‘chocho’”, continuaba Chema, haciendo un gesto con los dedos, y Omar soltaba una carcajada, “sho-sho”, mientras sudaban en el obrador caliente.


Pasaban las noches así: currando y riendo con palabras vulgares. “Pelotas”, decía Chema agarrándose los huevos por encima del delantal, y Omar “pe-lo-tas”, palmeándose las suyas, grandes y pesadas bajo los pantalones. “Corridas”, explicaba Chema imitando una paja, y Omar “co-rri-das”, con los ojos brillantes de comprensión guarra. Era homoerótico a tope, dos machos solos en la madrugada, sudando y hablando de cipotes y lefadas, pero con humor: “Joder, Omar, pareces un loro guarro. Di ‘me corro como un cabrón’”, y el moro intentaba, “me co-rro co-mo un ca-brón”, partiéndose el culo.


Una madrugada en particular, el calor era asfixiante, y se entretuvieron mucho con el castellano usado para pajearse. Habían terminado una tanda de bollos, y Chema empezó: “Omar, repite: ‘tengo la polla dura’”. Omar, sudando con la camiseta pegada al pecho peludo y moreno, repitió “ten-go la po-ya du-ra”, pero joder, lo dijo señalándose su propio paquete, que empezaba a marcar un bulto impresionante. Chema se rio, pero notó cómo su propio pollón tremendo se despertaba. “Hostia, el moro se está empalmando con las lecciones”, pensó Chema, ajustándose el delantal.


Siguieron: “Ahora di ‘me pajeo el cipote’”, dijo Chema, y Omar “me pa-je-o el ci-po-te”, pero ya con la voz ronca, el bulto en sus pantalones creciendo como una barra de pan levitando. Los dos sementales estaban con los rabos durísimos: Chema sentía su verga latiendo contra la bragueta, y Omar, casado y con hijos, pero salido en esa madrugada caliente, se rascaba el paquete sin disimulo. “Joder, Omar, mira qué empalmada llevas, cabrón”, dijo Chema riendo, señalando el bulto del moro, que era escandaloso.


Omar sonrió pícaro, entendiendo el morbo, y dijo en su español roto: “Tú… polla dura también”. Chema flipó: “Sí, joder, los dos como burros”. No tenían más remedio: el aire estaba cargado de testosterona, el horno rugiendo como sus cojones. Chema se bajó la bragueta primero, sacando su pollón tremendo, tieso y venoso, cabezón rojo apuntando al techo. “Mira, Omar, esto es pajearse”, dijo, empezando a meneársela despacio, la mano callosa subiendo y bajando.


Omar, con los ojos clavados en la verga de Chema, se desabrochó los pantalones y sacó su cipotón: joder, era como el de Chema pero más gordo, un rabo moreno y grueso como un antebrazo, con venas gordas y pelotas pesadas colgando. “Hostia puta, qué cipotón tiene el moro… más gordo que el mío, cabrón. Parece un salchichón árabe”, pensó Chema flipando, acelerando su paja al verlo.


Los dos se pajearon allí en el horno, de pie, enfrentados, sudando y gimiendo. Chema enseñaba: “Di ‘me corro’, Omar”. El moro, meneando su cipotón gordo con una mano grande, repetía “me co-rro”, el prepucio deslizándose sobre el glande enorme. El homoerotismo era brutal: dos machos, uno rubio y barbudo, el otro moreno y casado, cascándosela mutuamente, riendo pero cachondos perdidos.


– ¡JODER, OMAR, QUÉ CIPOTÓN TIENES! ¡MÁS GORDO QUE EL MÍO, CABRÓN! – berreó Chema, acelerando, el sudor cayéndole por las piernas fuertes.


Omar, entendiendo, sonrió guarro y gritó en su acento: – ¡PO-YA DU-RA! ¡ME PA-JE-O! – meneando ese rabo bestial, las pelotas botando.


No aguantaron mucho: Chema, flipando con el cipotón del moro, sintió el orgasmo subir. “Hostia, voy a soltar lefa viendo esa bestia”, pensó.


– ¡ME CORRO, OMAR! ¡TOMA LECHADA! – berreó Chema, eyaculando chorros espesos sobre el suelo del obrador, salpicando harina.


Omar, al verlo, explotó también: – ¡CO-RRI-DA! ¡AH, SÍ! – gritó, su cipotón gordo disparando semen blanco y grueso, más cantidad que Chema, cubriendo la mesa de trabajo.


Se quedaron jadeando, los rabos goteando, riendo a carcajadas. Chema limpió el desastre rápido, palmeando la espalda de Omar.


– Bien, Omar. Buena lección. Mañana más castellano cerdo – dijo Chema guiñando un ojo.


Omar asintió, ajustándose el paquete aún hinchado: “Sí… po-ya… buena”.


Arriba, Pepín dormía ajeno, pero el horno ahora olía a pan fresco y a lefa de sementales. El barrio seguía su ritmo, pero en la panadería, las madrugadas se ponían calientes de verdad.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 6

Las madrugadas en “El Trigo Dorado” se habían convertido en un puto ritual de machos calientes. Desde aquella primera lección de castellano cerdo que acabó en paja compartida, Chema y Omar se la pelaban a dúo cada noche, o mejor dicho, cada amanecer. El panadero rubio y barbudo y el moro morenazo con barba negra se ponían a currar a las tres, amasando masa con manos expertas, pero siempre llegaba el momento en que el horno calentaba más que el pan: las charlas guarras empezaban, las empalmadas surgían, y zas, pantalones abajo, rabos fuera, cascándosela mutuamente como dos sementales en un establo. “Joder, Omar, esto es mejor que el café para despertarse”, pensaba Chema cada vez, flipando con el cipotón del moro, ese rabo más gordo que el suyo, moreno y venoso, que lo ponía cachondo perdido. Omar, casado y con churumbeles, pero disfrutando del morbo homoerótico, repetía palabras vulgares en su acento roto mientras meneaba su bestia: “Po-ya du-ra… me co-rro”.


Era homoerótico a tope: dos tíos fornidos, sudando en el obrador, con los delantales quitados, pantalones y calzoncillos por las rodillas, piernas fuertes abiertas, pajearse el uno al lado del otro, mirándose los cipotes con risas y gemidos. Chema enseñaba más vocabulario: “Di ‘tengo un pollón tremendo’”, y Omar “ten-go un po-yón tre-men-do”, acelerando la paja, sus pelotas pesadas botando. Acababan corriéndose a chorros, lefa salpicando harina y mesas, riendo como colegas después, limpiando el desastre antes de que amaneciera. “Hostia, el moro tiene un rabo de museo… más gordo que el mío, pero el mío es más largo, ¿no?”, se preguntaba Chema a veces, pero nunca lo medían. El humor flotaba: “Omar, si tu mujer supiera, te cortaba las pelotas”, bromeaba Chema, y el moro reía “pe-lo-tas… no, mi mu-jer… cho-cho bueno”.


Una de esas noches, el calor madrileño no aflojaba, y el obrador estaba como un sauna árabe. Chema y Omar habían terminado una tanda de bollos y, como siempre, las lecciones derivaron en guarradas. “Hoy di ‘me pajeo el cipote gordo’”, dijo Chema, bajándose los vaqueros y calzoncillos de un tirón, sacando su pollón tremendo, ya tieso como una estaca, 30 centímetros de carne venosa y cabezona. Omar imitó, pantalones y calzoncillos por las rodillas, dejando salir su cipotón moreno, 32 centímetros de grosor brutal, más ancho que una lata de refresco, peludo en la base. “Me pa-je-o el ci-po-te gor-do”, repitió Omar con una sonrisa guarra, empezando a meneársela despacio, el prepucio deslizándose sobre el glande enorme.


Estaban en plena faena: de pie, enfrentados a la mesa de trabajo, piernas fuertes temblando, manos volando por sus rabos bestiales. Chema gemía: “Ah, joder, Omar… mira qué pollón tienes, cabrón. Más gordo que el mío”. Omar respondía en su español cerdo: “Tú… po-ya gran-de… sí”. El sudor les caía por los pechos peludos –el de Chema rubio, el de Omar negro–, y aceleraban el ritmo, gimiendo y riendo. “Hostia, voy a correrme viendo tu cipotón, moro”, pensó Chema, al límite.


De repente, la puerta trasera de la panadería se abrió con un chirrido. Era Pepín, el hijo de Chema, volviendo de fiesta de madrugada. El chaval de 20 años venía pedo perdido, con olor a birra y humo de garito, shorts ajustados marcando su cuerpo de nadador, camiseta sudada pegada a los abdominales. Había estado en una disco del centro, bailando con colegas, pero decidió pasar por la panadería a por un bollito fresco antes de subir al piso. “Joder, qué hambre después de la juerga”, pensó Pepín, pero al entrar, alucinó en colores.


Allí estaban su padre y el moro, con pantalones y calzoncillos por las rodillas, pajeándose como locos. Chema con su pollón tremendo en la mano, barba rubia sudada, y Omar con ese cipotón gordo moreno, ambos gimiendo y meneando. El aire olía a harina, sudor y precum. Pepín se quedó paralizado en la puerta, boquiabierto, sintiendo cómo su propia verga se endurecía al instante bajo los shorts.


– ¡HOSTIA PUTA, PAPI! ¿QUÉ COJONES HACÉIS? – berreó Pepín, pero no de enfado, sino de flipada total, los ojos clavados en los rabos de los dos sementales.


Chema y Omar pararon en seco, pero no se taparon: los rabos seguían tiesos, latiendo en el aire caliente. Chema se rio nervioso al principio, pero luego a carcajadas, ajustándose la barba.


– Joder, hijo… has pillado la clase de castellano avanzado. Omar, este es mi chaval, Pepín. Pepín, Omar… el ayudante con cipotón.


Omar, rojo como un tomate pero con el rabo aún duro, dijo en su acento: “Ho-la… Pe-pín… po-ya”.


Pepín entró, cerrando la puerta, flipando tanto que no podía apartar la vista. “Hostia, mi padre y el moro pajeándose… qué pollones. El de Omar parece un puto tronco”, pensó, y su propia polla joven se empalmó del todo, marcando un bulto escandaloso en los shorts. El morbo lo invadió: dos machos maduros, sudados y empalmados, en la panadería familiar.


– Ja, ja, joder, papi… y tú, Omar, menuda bestia tienes ahí. No me lo puedo creer. ¿Os la peláis juntos cada noche? – preguntó Pepín, acercándose, los ojos como platos en los cipotes.


Chema, aún con el pollón tieso, se encogió de hombros riendo.


– Pues sí, chaval. Empezó con lecciones de español guarro, y acabó en paja dúo. Mira qué cipotón tiene el moro… más gordo que el mío.


Omar sonrió pícaro, meneando su rabo un poco: “Ci-po-te… gor-do”.


Pepín flipaba tanto que allí mismo, en la panadería, decidió medirles los cipotes. Sacó una regla de costura que había en un cajón –de esas para medir masas–, y se acercó sin cortarse.


– Hostia, dejadme medir eso. No me jodas, pare cen pollas de museo – dijo Pepín, arrodillándose delante de su padre primero, regla en mano.


Chema se rio, pero dejó hacer, el pollón latiendo cerca de la cara de su hijo. “Joder, el chaval midiendo mi rabo… qué morbo”, pensó.


Pepín colocó la regla: desde la base peluda hasta el glande rojo. “30 centímetros, papi. Tienes un pollón tremendo de 30 cm exactos. Bestial”.


– ¡30 CM, CABRÓN! NO ESTÁ MAL, ¿EH? – berreó Chema orgulloso, dándole una palmada en el hombro a Pepín.


Luego, al moro: Omar dejó que el chaval se acercara, su cipotón moreno tieso como una lanza. Pepín midió, flipando con el grosor. “32 centímetros, Omar. Joder, 32 cm y más gordo que un brazo. Tienes un pollón de museo, moro”.


– ¡32 CM! ¡MI CI-PO-TE… GRAN-DE! – gritó Omar triunfante, riendo en su acento.


Pepín se levantó, su propia verga dura como una piedra, pero riendo histérico.


– Hostia, sois dos monstruos. Papi 30, Omar 32… menuda panadería de cipotes.


Los tres se rieron a carcajadas, los rabos aún tiesos, pantalones por las rodillas. Chema miró a su hijo.


– Bueno, chaval, ¿te unes a la clase? O subes a dormir la mona.


Pepín guiñó un ojo.


– Quizás mañana, papi. Pero joder, qué envidia de pollones.


Omar limpió un poco, diciendo “co-rri-da… ma-ña-na”.


La madrugada siguió, pero ahora con Pepín en el secreto. El horno rugía, y los cipotes, medidos y listos para más. El barrio dormía, pero en la panadería, el morbo familiar se expandía.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 7

El verano en Madrid seguía siendo un puto asadero, con el sol pegando como un martillo y el barrio de Chamberí bullendo de peña comprando pan fresco para combatir el bochorno. Chema, el panadero rubio y barbudo, había tenido una madrugada cojonuda con Omar: otra paja dúo en el obrador, midiendo cipotes mentalmente –30 cm el suyo, 32 el del moro–, corriéndose a chorros mientras reían como cabrones. Pero esa mañana, Chema tenía que ir a los proveedores: “Hostia, Omar, hoy te dejo al cargo. Tú solo, que ya sabes cómo va el rollo. Sirve con sonrisa, cabrón, y no te pajees sin mí”, bromeó Chema dándole una palmada en el hombro ancho al moro, que respondió en su español roto: “Sí… yo car-go… pan… bien”.


Chema salió pitando en la furgoneta, cargado de sacos vacíos, dejando la panadería en manos de Omar. El moro, con sus 35 tacos, casado y con dos churumbeles, se sentía como un rey: barba negra sudada, camiseta pegada al pecho peludo moreno, pantalones marcando ese cipotón de museo que Pepín había medido la otra noche. “Jo-der… tra-ba-jo… solo”, pensó Omar, amasando masa con brazos fuertes, pero echando de menos las lecciones guarras con Chema.


Pepín, el chaval de 20 años, se despertó tarde esa mañana, con resaca de la fiesta anterior y el cuerpo de nadador todo sudado bajo las sábanas. Bajó al piso de abajo, a la panadería, en shorts y camiseta, rascándose los huevos por el calor. Vio a Omar solo detrás del mostrador, sirviendo a una clienta, y flipó: “Hostia, el moro al mando… y sin mi papi. Qué ocasión para charlar del cipotón ese de 32 cm”. Pepín decidió “ayudar”, entrando con una sonrisa pícara.


– ¡Hola, Omar! ¿Qué pasa, moro? Mi papi te ha dejado solo, ¿eh? Yo te echo una mano – dijo Pepín, poniéndose un delantal y colocándose al lado del moro, rozando su cuerpo marcado contra el fornido de Omar.


Omar sonrió, entendiendo a medias: “Ho-la… Pe-pín… ayu-da… sí”. Sirvieron juntos: bollos, baguettes, croissants volando a las clientas ligeritas de ropa. Pero Pepín no paraba de hablar de la tremenda tranca que tenía el moro. Empezó sutil, pero pronto fue a saco, el morbo subiendo como la levadura.


– Oye, Omar, menuda polla tienes, cabrón. La otra noche la medí: 32 centímetros de cipotón moreno. Joder, más gordo que un brazo. ¿Tu mujer aguanta eso? – soltó Pepín riendo, mientras metía una tanda en el horno, el calor pegando fuerte.


Omar se rio nervioso, el bulto en sus pantalones empezando a crecer. “Po-ya… 32… sí… mu-jer… cho-cho… bueno”, respondió, ajustándose el paquete disimulado, pero flipando con el chaval hablando así.


Pepín no paraba: – Hostia, imagínate pajear un rabo así. Debe ser como meneársela a un burro. ¿Te la pelas mucho, moro? Con dos hijos, pero joder, con ese cipote, debes soltar lefa a litros.


Omar sudaba más que por el horno, su cipotón endureciéndose bajo los pantalones, marcando un bulto brutal. “Pa-je-ar… sí… le-fa… mu-cho”, murmuró, mirando a Pepín con ojos cachondos, el homoerotismo flotando en el aire harinoso.


Tanto hablar, el morbo explotó. No había clientes en ese momento, y Pepín arrastró a Omar al almacén trasero, un cuartucho lleno de sacos de harina y cajas, oscuro y caliente como un sauna guarro.


– Ven, moro, enséñame esa tranca tremenda. Quiero verla de cerca – dijo Pepín, cerrando la puerta, su propia polla joven empalmada en los shorts.


Omar, salido perdido, se bajó los pantalones y calzoncillos de un tirón, dejando saltar su cipotón de 32 cm, tieso como una lanza morena, gordo y venoso, el glande enorme brillando de sudor. “Mira… Pe-pín… po-ya… gor-da”, dijo Omar orgulloso, pero temblando de excitación.


Pepín alucinó: “Joder, qué bestia… la primera polla que toco aparte de la mía, y menuda polla”. Se arrodilló delante del moro, agarrando ese cipotón con una mano –apenas le cabía–, y empezó a hacerle una pedazo de paja impresionante, la mano subiendo y bajando por esa carne gruesa, el prepucio deslizándose suave.


– ¡HOSTIA, OMAR, QUÉ CIPOTÓN! ¡ES LA PRIMERA POLLA QUE PAJEO EN MI VIDA, Y ES UN MONSTRUO DE 32 CM! – berreó Pepín histérico, acelerando el ritmo, la otra mano pellizcando las pelotas pesadas del moro, flipando con el grosor y el calor.


Omar gritaba histérico, viendo a un chaval de 20 años cascándole el cipote, las piernas fornidas temblando, el sudor cayéndole por la barba negra.


– ¡AH, PE-PÍN! ¡CHA-VAL… PA-JA… BUENA! ¡MI PO-YA… DU-RA! – berreaba Omar, las caderas moviéndose instintivas, follándose la mano de Pepín como un loco.


Pepín no paraba de gritar, histérico de morbo: – ¡JODER, MORO, QUÉ GORDA ESTÁ! ¡SIENTO LAS VENAS LATIENDO! ¡ES COMO MENEAR UN TRONCO! ¡LA PRIMERA VEZ QUE TOCO UN RABO AJENO, Y ES EL TUYO, CABRÓN!


Omar, al límite, berreaba guarradas en mezcla de árabe y español: – ¡SÍ, CHA-VAL! ¡CAS-CA… MI CI-PO-TE! ¡ME COR-RO… PRON-TO!


Pepín aceleró como un pistón, la mano volando por esos 32 cm de carne morena, el glande hinchado goteando precum. “Hostia, qué morbo… pajear al moro, sentir su pollón en mi mano… voy a hacer que se corra como nunca”, pensó Pepín, su propia verga latiendo en los shorts.


Omar no aguantó más: – ¡ME COR-RO, PE-PÍN! ¡TO-MA LE-FA! – gritó histérico, el cipotón latiendo salvaje.


Se corrió como un litro de leche a disparos potentísimos: chorros espesos y blancos salpicando el almacén, pegando en la cara de Pepín, en los sacos de harina, en el suelo. “¡AH, SÍ! ¡LE-CHA… MU-CHA!” berreó Omar, temblando entero, las pelotas contrayéndose, eyaculando sin parar, una descarga monumental que duró segundos eternos.


Pepín, con la mano llena de lefa caliente, gritó: – ¡HOSTIA PUTA, QUÉ DESCARGA! ¡COMO UN LITRO DE LECHE, MORO! ¡MENUDOS DISPAROS!


Omar jadeaba, el cipotón goteando aún, riendo exhausto: “Gra-cias… Pe-pín… pa-ja… im-pre-sio-nan-te”.


Pepín se levantó, limpiándose la mano en un trapo, pero con una sonrisa guarra: “Joder, qué experiencia… la primera paja a otro tío, y al moro con su cipotón de museo”. Salieron del almacén, arreglándose, justo cuando un cliente entraba. Omar sirvió con las piernas aún temblando, y Pepín pensó: “Cuando vuelva papi, le cuento… o quizás no. Esto se pone interesante”.


La panadería seguía oliendo a pan y a lefa fresca, y el día madrileño continuaba, pero el morbo entre el chaval y el moro acababa de empezar.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 8

Pasaban los días en el piso encima de la panadería, y el verano madrileño seguía siendo un horno de testosterona. Chema, el panadero de 46 tacos, no paraba de cascársela a saco en casa. Cada madrugada se aliviaba con Omar en el obrador –pajas dúo con cipotes medidos y lefa salpicando harina–, pero por las noches, cuando subía al piso, el divorciado salido se metía en su cuarto y se la pelaba como un bestia. “Joder, qué ganas de soltar otra descarga”, pensaba Chema tumbado en la cama, meneando su pollón tremendo de 30 cm, gritando guarradas en voz baja para no despertar a Pepín: “¡TOMA LEFA, CABRONA! ¡ME CORRO COMO UN TORO!”. Eyaculaba chorros espesos que salpicaban las sábanas, el cabecero, hasta la pared. Por las mañanas, los calzoncillos quedaban empapados a leche seca, tiesos como cartón, y las sábanas parecían un campo de batalla con disparos de esperma blanco y seco por todos lados. El cuarto olía a semental puro: sudor, lefa rancia y barba rubia sudada.


Pepín, el chaval de 20 años con cuerpo de nadador, se ponía burrísimo cada mañana recogiendo el cuarto de su padre. Entraba con una sonrisa guarra, abría la ventana para ventilar el tufo a macho, y flipaba con el desastre. “Hostia, papi, menuda lefada nocturna… mira estas manchas, parece que has disparado con una escopeta”, pensaba Pepín mientras recogía los calzoncillos empapados, oliéndolos disimuladamente, sintiendo cómo su propia polla joven se endurecía al instante. “Joder, el olor a semen de mi padre… me pone como una moto”. Se la meneaba un poco rápido en el baño, pero guardaba la energía para después.


Una tarde, Pepín invitó a un compañero de la facultad a casa: Dani, apodado “Pivot” porque jugaba a baloncesto en el equipo de la uni y era un puto armario: 1,95 m de altura, hombros anchos, piernas largas y musculosas de deportista, pelo corto negro y una sonrisa de cabrón simpático. Pero lo mejor: Dani era un chaval muy cerdo, siempre soltando tacos y obscenidades sin filtro. “Joder, Pepín, qué tías buenas hay en clase, ¿eh? Esa de tercero con tetas como melones… me la follaría hasta que pidiera clemencia”, decía Dani mientras se bebían unas cervezas en el cuarto de Pepín, tirados en la cama, riendo y repasando fotos de ********* de las compañeras.


Pepín, con el subidón de la birra y el morbo acumulado, decidió subir el nivel.


– Oye, Pivot, ven, te enseño algo guarro. La habitación de mi viejo – dijo Pepín, guiñando un ojo y abriendo la puerta del cuarto de Chema.


Dani entró y flipó: el olor a semental era brutal, como entrar en un vestuario después de un partido intenso pero con toques de lefa seca. La cama deshecha, sábanas con manchas blancas por todos lados, calzoncillos tirados en el suelo empapados, el aire cargado de testosterona.


– ¡Hostia puta, Pepín! ¿Tu padre se pajea como un mono aquí? Huele a corrida de elefante, cabrón – soltó Dani riendo a carcajadas, oliendo el aire como un perro en celo.


Pepín se rio, señalando las manchas.


– Sí, joder, cada noche se la pela a lo bestia. Mira las sábanas: disparos de esperma por todas partes. Mi viejo tiene un pollón de 30 cm, lo medí el otro día. Y el ayudante de la panadería, un moro, 32 cm. Menuda colección de cipotes en esta casa.


Dani, con los ojos brillantes de morbo, se acercó a la cama y se arrodilló encima, palpando las manchas secas.


– Joder, qué cerdo. Me pone cachondo esto, tío. ¿Te imaginas pajearte en la cama de tu padre, oliendo a su lefa? – dijo Dani, ajustándose el paquete en los pantalones de chándal, donde ya se marcaba un bulto impresionante.


Pepín, burrísimo, se arrodilló al lado de su colega encima de la cama salpicada de lechada. Los dos chavales, con las cervezas a medio terminar, se miraron y sin decir nada más, se bajaron los pantalones y calzoncillos. Pepín sacó su polla joven, dura y decente, y Dani… hostia, Dani tenía un megapollón que cuadraba perfecto con su cuerpo fortachón y alto: largo, grueso, venoso, cabezón rojo apuntando al techo. “Joder, Pivot, qué tranca te gastas… con ese cuerpo de armario, no me extraña”, pensó Pepín, flipando mientras empezaba a meneársela.


Los dos se la pelaron como monos encima de la cama de Chema, rodillas hundiéndose en las sábanas lefadas, manos volando por sus rabos, gemidos y tacos volando.


– ¡Joder, Pepín, qué guarro esto! ¡Pajeándonos en la cama de tu viejo, oliendo a su corrida! – berreó Dani, acelerando, su pollón enorme latiendo en su puño grande.


Pepín no podía dejar de observar el cuerpo fortachón y alto de Dani: abdominales marcados bajo la camiseta levantada, piernas musculosas abiertas, y ese megapollón que parecía hecho a medida para su estatura de pivot. “Hostia, qué bestia… me pone verlo menear esa tranca”, pensó Pepín, gimiendo.


– ¡Sí, Pivot, dale caña! ¡Mira cómo está la cama ya… vamos a dejarla aún más lefada, cabrones! – gritó Pepín histérico, la mano subiendo y bajando por su polla, el morbo de pajearse en la cama del padre volviéndolo loco.


Dani aceleró, pellizcándose los pezones con la mano libre.


– ¡Hostia puta, me corro, Pepín! ¡TOMA LEFA EN LA CAMA DE TU PADRE! – berreó Dani como un loco, eyaculando chorros potentes y espesos que salpicaron las sábanas ya manchadas, añadiendo más disparos blancos y frescos, algunos pegando incluso en el cabecero.


Pepín, al verlo, explotó también: – ¡JODER, SÍ! ¡ME CORRO YO TAMBIÉN, CABRÓN! – gritó, su polla joven disparando lefa que se mezcló con la de Dani, dejando la cama aún mucho más lefada, un charco de semen fresco sobre las manchas secas del viejo.


Los dos se quedaron jadeando, arrodillados en la cama destrozada, riendo a carcajadas, con las pollas goteando aún.


– Hostia, Pivot, hemos dejado la cama como un puto campo de minas de lefa – dijo Pepín, limpiándose la mano en una sábana ya perdida.


Dani se rio, ajustándose los calzoncillos.


– Ja, ja, tu viejo va a flipar cuando vea esto… o quizás le mole, el cabrón salido. Oye, la próxima traigo birra y nos la pelamos con más colegas, ¿eh?


Pepín guiñó un ojo, oliendo el aire ahora aún más cargado de semen.


– Hecho, cabrón. Pero shhh… que mi padre no se entere… todavía.


Abajo, en la panadería, Chema volvía de los proveedores, ajeno al desastre en su cama. Pero el piso olía a macho joven y lefa fresca, y el verano prometía más locuras.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 9

A partir de ese día, Dani “Pivot” no podía ir a por el pan sin que se le pusiera como un burro. Cada mañana, o cada tarde cuando su madre le mandaba a “El Trigo Dorado” por la barra de siempre, entraba en la panadería y veía a Chema detrás del mostrador: el panadero rubio y barbudo, con el delantal manchado de harina, las piernas fuertes abiertas, la sonrisa maja y ese bulto legendario que marcaba paquete en los vaqueros. Dani flipaba recordando la cama lefada de Chema, el olor a semental en el cuarto, las manchas secas de lefa por todos lados. “Joder, este cabrón se mete unas corridas de campeonato cada noche… imagínate la cantidad de leche que suelta ese pollón de 30 cm”, pensaba Dani mientras pedía el pan, sintiendo cómo su megapollón se endurecía brutal bajo los pantalones de chándal.


– Buenos días, Chema. La de siempre para mi vieja, porfa – decía Dani con voz normal, pero por dentro iba a mil: el rabo tieso apretando contra la tela, el glande goteando precum, las piernas largas de pivot temblando un poco. Chema le servía con su habitual simpatía: “Aquí tienes, chaval. ¿Todo bien en la uni?”. Y Dani salía con la bolsa de pan y una empalmada de las que duelen, caminando raro por Chamberí para que no se le notara demasiado el misil en los pantalones.


Un par de días después, Dani quedó de nuevo con Pepín en el piso de arriba. Llegó con unas cervezas frías y una sonrisa de cabrón, el cuerpo fortachón sudado por el calor madrileño. Pepín lo recibió en shorts, cuerpo de nadador marcado, ya sabiendo que la cosa iba a ir guarra.


– Tío, no veas cómo me pongo cuando voy a por el pan – soltó Dani nada más sentarse en el sofá, abriendo una birra–. Cada vez que veo a tu viejo, me acuerdo de esa cama llena de lefa seca y se me pone como un puto poste. Ese panadero de los cojones se mete unas corridas brutales, joder. Me imagino el pollón ese de 30 cm disparando chorros y… hostia, me empalmo que no veas.


Pepín se rio a carcajadas, sintiendo su propia polla joven reaccionar al instante.


– Ja, ja, ya te digo, Pivot. Mi padre es un semental. Cada mañana recojo calzoncillos empapados a leche, sábanas con disparos por todas partes. El olor a macho… me pone burrísimo. ¿Quieres ver el cesto de la ropa sucia? Hay unos gayumbos usadísimos que se ha dejado hoy.


Dani se levantó de un salto, los ojos brillantes de morbo.


– Coño, sí. Vamos, cabrón.


Entraron al cuarto de Chema, el mismo que habían dejado aún más lefado la otra vez. El olor seguía ahí: semen rancio, sudor de barba rubia, testosterona pura. Pepín abrió el cesto de la ropa sucia y sacó un par de calzoncillos blancos de Chema, de los ajustados, con manchas amarillentas y costras de lefa seca por la entrepierna, tiesos como si hubieran sido almidonados con semen.


– Mira estos, Pivot. Usadísimos. Mi viejo se los pone para pajearse por la noche y los deja así: empapados a corrida – dijo Pepín, oliéndolos sin cortarse, la nariz pegada a la tela–. Huele a lefa fresca y a rabo de panadero. Brutal.


Dani agarró los gayumbos, los olió profundo y soltó un gemido.


– ¡Joder, qué olor a macho! Me pone como una moto, Pepín. Vamos a pajearnos con ellos, cabrón.


Los dos chavales se quitaron la ropa rápido, quedando en pelotas en el cuarto de Chema. Pepín sacó su polla decente, Dani su megapollón de pivot: largo, grueso, venoso, cabezón rojo. Se sentaron en la cama, pasándose los calzoncillos usados como si fueran un trofeo guarro. Oliéndolos, frotándoselos en la cara, en la polla.


– Toma, Pivot, huélelos bien. Es la lefa de mi padre – decía Pepín, pasándole los gayumbos por la nariz.


Dani, el cerdo, se los puso directamente: metió sus piernas largas en los calzoncillos de Chema, que le quedaban ridículamente pequeños en su cuerpo de 1,95 m. La tela se estiró al máximo, el elástico a punto de romperse, y el megapollón de Dani empujaba brutal contra la entrepierna, deformando los gayumbos como si fueran a reventarlos. El glande asomaba por un lado, la verga tiesa marcando cada vena a través de la tela fina.


– ¡Hostia puta, Pepín! Me los pongo y parece que los voy a reventar con la polla. Mira cómo me aprieta el rabo este gayumbo usado – berreó Dani riendo, meneando las caderas para que el pollón latiera dentro de la tela.


Pepín flipó, arrodillándose delante.


– Joder, Pivot, qué bestia. Déjame medir esa tranca. Otro semental en la casa.


Sacó la regla del cajón –la misma que usó con Chema y Omar–, y midió el megapollón de Dani por encima de los gayumbos estirados: desde la base hasta el glande que asomaba.


– ¡Ostia, 30 cm exactos! Igual que mi padre, cabrón. Tienes un pollón de 30 cm, Pivot. Menudo semental alto y cerdo.


Dani aceleró el morbo: se agarró el rabo por encima de los calzoncillos usados de Chema, la mano grande subiendo y bajando rápido, la tela frotando contra la piel sensible.


– ¡Joder, sí! ¡Me la pelo con los gayumbos de tu viejo! ¡Huele a su lefa mientras me corro! – gritó Dani, el ritmo brutal, las piernas musculosas temblando.


Pepín, al lado, se la meneaba también, oliendo los calzoncillos que Dani no usaba.


– ¡Dale, Pivot! ¡Revienta esos gayumbos a semen, cabrón! ¡Suelta lefa encima de la corrida seca de mi padre!


Dani no aguantó: – ¡ME CORRO, PEPÍN! ¡TOMA LECHADA EN LOS GAYUMBOS DEL PANADERO! – berreó como un loco, eyaculando a chorros potentes dentro de los calzoncillos. La tela no aguantó: el semen espeso reventó por los lados, salpicando los gayumbos, la cama, las piernas de Dani. Chorros gruesos y calientes empapando todo, mezclándose con las manchas viejas de Chema. Los gayumbos quedaron destrozados, arrasados a lefa fresca, goteando por todas partes.


Pepín, viendo la escena, se corrió también: – ¡HOSTIA, SÍ! ¡YO TAMBIÉN, CABRÓN! – gritó, disparando su lefa sobre la cama ya legendaria.


Se quedaron jadeando, Dani con los gayumbos reventados colgando de su megapollón, semen goteando por sus piernas largas.


– Joder, Pepín… he dejado los calzoncillos de tu viejo como un trapo usado de burdel – dijo Dani riendo, quitándoselos con cuidado y tirándolos al cesto.


Pepín olió el desastre.


– Perfecto. Mañana mi padre se los pone y se pajeará con tu lefa encima de la suya. Qué morbo guarro.


Los dos se rieron a carcajadas, limpiando un poco antes de que Chema subiera. El piso olía aún más a macho, y Dani prometió volver pronto: “La próxima, traigo más colegas. Vamos a hacer una fiesta de pajas en la cama del panadero”.


El verano seguía caliente, y los calzoncillos de Chema, ahora con doble ración de lefa, esperaban su próxima noche.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 10

A Pepín y Dani les había molado tanto el rollo de los calzoncillos usados de Chema que no paraban de hablar de ello. Cada vez que Dani venía a casa, o que Pepín bajaba a la panadería, el tema salía: “Joder, Pivot, los gayumbos de mi viejo olían a lefa de campeonato… y cuando te los pusiste, casi revientas la tela con tu tranca de 30 cm”. Dani se reía como un cabrón: “Sí, tío, pero imagínate los del moro… ese cipotón de 32 cm tiene que dejar los calzoncillos oliendo a establo puro”. Pepín, con su cuerpo de nadador siempre sudado por el calor, se puso a maquinar: “Hostia, voy a pillar unos de Omar. Tiene una taquilla pequeña en el almacén de la panadería, donde guarda la ropa de calle cuando se pone el delantal”.


Una madrugada, mientras Chema y Omar amasaban en el obrador –y probablemente se la pelaban a dúo como siempre–, Pepín bajó sigiloso con la excusa de “ayudar un rato”. Esperó a que los dos estuvieran distraídos con una tanda de bollos, se coló en el almacén y abrió la taquilla de Omar: un armarito cutre con candado flojo. Dentro, ropa de calle, una camiseta sudada… y ahí estaban: unos gayumbos negros ajustados, de los que Omar se ponía para currar y luego cambiaba. Pepín los agarró rápido, los olió de pasada y flipó: “¡Ostiaaaaaaa! Apestan de verdad a establo, a semental, a cipotón moreno. Huele a sudor de pelotas pesadas, a lefa seca y a macho árabe en celo”. Los metió en el bolsillo del short y subió corriendo al piso, con la polla ya medio tiesa solo de olerlos.


Esa misma tarde, Dani quedó en casa de Pepín. Llegó con birra fría, el cuerpo fortachón de pivot sudado por el paseo, y una sonrisa de cerdo total.


– ¿Los has pillado, cabrón? – preguntó Dani nada más entrar, quitándose la camiseta para estar más cómodo, mostrando esos abdominales marcados y el pecho ancho.


Pepín cerró la puerta del salón, sacó los gayumbos negros de Omar del cajón donde los había escondido y los agitó como un trofeo.


– Aquí los tienes, Pivot. Del moro. Los cogí de su taquilla esta mañana. Huelen a cojones de semental… espera a olerlos.


Dani se acercó, agarró los gayumbos y los pegó directo a la nariz. El olor le pegó como un puñetazo: sudor rancio de madrugadas en el horno, lefa seca acumulada de las pajas dúo con Chema, olor a cipotón gordo de 32 cm, a macho marroquí casado que se desahoga a escondidas. Era brutal, animal, establo puro.


– ¡JODER, PEPÍN! ¡HUELE A POLLA MORUNA DE VERDAD! – berreó Dani, y sin tocarse ni nada, solo con el olor de la cojonera en la nariz, se pegó la primera corridaza espontánea. Su megapollón de 30 cm latió salvaje dentro de los pantalones de chándal, y chorros espesos empezaron a empapar la tela desde dentro. – ¡ME CORRO, HOSTIA! ¡SOLO OLIENDO ESTO… AH, SÍ! – gritó histérico, las piernas largas temblando, la lefa saliendo a borbotones, manchando los pantalones y goteando al suelo.


Pepín flipó, riendo a carcajadas mientras se quitaba la ropa.


– ¡Coño, Pivot, te has corrido sin pajearte! Menudo semental eres. Venga, quítate eso y vamos a la habitación. Nos pasamos la noche con estos gayumbos.


Se metieron al cuarto de Pepín –no al de Chema esta vez, para no liarla más–, tirados en la cama con las birras a medio beber. Los dos en pelotas: Pepín con su polla joven tiesa, Dani con su tranca de pivot aún goteando lefa fresca de la corrida espontánea. Se pasaron los gayumbos de Omar como locos: oliéndolos profundo, frotándoselos en la cara, en los huevos, en el glande.


– Joder, apestan demasiado a macho… mira esta costra de lefa seca aquí, seguro que es de cuando se la peló con mi padre – decía Pepín, metiendo la nariz en la entrepierna del gayumbo, meneando su polla con la otra mano.


Dani, el cerdo, se los puso otra vez: los gayumbos negros de Omar, pequeños para su cuerpo de 1,95 m, se estiraron al límite con su pollón de 30 cm empujando. La tela negra marcaba cada vena, el glande asomando por un lado, y el olor a semental marroquí le volvía loco.


– ¡Hostia, Pepín, me los pongo y siento el olor a cipotón de 32 cm todo el rato! – gemía Dani, empezando a pajearse por encima de la tela, la mano grande frotando rápido.


Pepín se unió: agarró los gayumbos por una pernera, oliéndolos mientras se la meneaba, los dos arrodillados en la cama, cara a cara, gimiendo y berreando guarradas.


– ¡Dale, Pivot! ¡Pélatela con los gayumbos del moro! ¡Huele a establo, cabrón! – gritaba Pepín, acelerando su paja.


– ¡SÍ, TÍO! ¡APESTAN A MACHO PURO! ¡ME CORRO OTRA VEZ! – berreaba Dani, el ritmo brutal, la tela de los gayumbos frotando su glande sensible.


Se corrieron varias veces esa noche: primero Dani reventó los gayumbos a semen otra vez, chorros gruesos saliendo por los lados, empapando la tela negra hasta dejarla brillante y pegajosa. Pepín eyaculó encima, mezclando su lefa joven con la de su colega, los dos gritando histéricos.


– ¡TOMA LEFA EN LOS GAYUMBOS DEL MORO! ¡QUÉ GUARRO! – berreaba Pepín, disparando chorros que salpicaban el pecho de Dani.


– ¡JODER, PEPÍN, ESTO ES MEJOR QUE CUALQUIER PORNO! ¡HUELE A POLLA MARROQUÍ Y A NUESTRA CORRIDA! – respondía Dani, eyaculando de nuevo, la cama quedando hecha un desastre de semen fresco y olor a macho acumulado.


Se pasaron horas así: oliendo, frotando, pajeándose con los gayumbos apestosos de Omar, corriéndose una y otra vez hasta que los calzoncillos quedaron inservibles, arrasados a lefa de dos chavales cachondos. Al final, exhaustos y riendo, los tiraron al cesto de la ropa sucia de Pepín.


– Mañana los devuelvo a la taquilla del moro… que se los ponga con nuestra lefa encima – dijo Pepín guiñando un ojo.


Dani, jadeando, le dio una palmada en el culo.


– Hecho, cabrón. La próxima, traigo los míos usados. Vamos a hacer un intercambio de gayumbos guarrísimos.


La noche madrileña seguía caliente, y los gayumbos de Omar, ahora con triple ración de semen, esperaban su regreso al establo de la panadería. El morbo entre Pepín y Dani no tenía freno.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 11

Al día siguiente, el calor en Madrid seguía siendo un puto infierno, pero en la panadería “El Trigo Dorado” el horno no era lo único que ardía. Pepín se levantó temprano, con el cuerpo de nadador aún sudado de la noche anterior: él y Dani se habían pasado horas pajeándose con los gayumbos negros de Omar, dejándolos empapados a lefa doble –chorros frescos mezclados con la costra vieja de semen del moro–. “Joder, hay que devolverlos antes de que Omar los eche en falta”, pensó Pepín, oliendo una última vez el tufo brutal a establo y macho que aún salía de la tela negra. Los metió en el bolsillo del short y bajó sigiloso al almacén de la panadería, aprovechando que Chema estaba sirviendo clientas en el mostrador y Omar… bueno, Omar aún no había llegado del todo, o eso creía Pepín.


El almacén estaba oscuro y caliente, lleno de sacos de harina y el olor residual a lefa de las pajas madrugadas. Pepín abrió la taquilla de Omar con cuidado, sacó los gayumbos negros –ahora tiesos y pegajosos por la doble corrida de la noche– y los iba a dejar dentro cuando oyó pasos pesados. Se giró: allí estaba Omar, el moro de 35 tacos, con la barba negra sudada, camiseta pegada al pecho peludo moreno y pantalones marcando ese cipotón legendario de 32 cm. El moro había llegado antes de lo previsto y lo pilló in fraganti.


– Pe-pín… ¿qué ha-ce? – dijo Omar en su español roto, pero con una sonrisa pícara al ver los gayumbos en la mano del chaval. Cerró la puerta del almacén de un empujón, el candado chasqueando. – Mis… ga-yum-bos… ¿tú… to-ca?


Pepín se quedó paralizado, pero el morbo le subió como una ola: el olor a semental del moro estaba ahí en vivo, más fuerte que en los calzoncillos. Omar se acercó, olió sus propios gayumbos en la mano de Pepín y soltó un gruñido animal.


– Apes-tan… a le-fa… ¿tú y a-mi-go… co-rri-da en mis ga-yum-bos? – preguntó Omar, la voz ronca, el bulto en sus pantalones creciendo brutalmente.


Pepín, rojo pero cachondo perdido, asintió.


– Sí, moro… nos los pusimos anoche. Olían a tu cipotón de establo… y nos corrimos como locos encima.


Omar no dijo nada más: se bajó los pantalones y calzoncillos de un tirón, dejando saltar su megatranca árabe de 32 cm, tiesa como una lanza morena, venosa, gorda, el glande enorme brillando de precum. Las pelotas pesadas colgaban, oliendo a macho puro.


– Tú… ma-ma… mi ci-po-te… a-ho-ra – ordenó Omar, agarrando a Pepín por la nuca con una mano grande y callosa, empujándolo hacia abajo.


Pepín se arrodilló en el suelo polvoriento del almacén, el corazón a mil. Era la primera vez que iba a mamar una polla ajena –y menuda polla–, pero el morbo era demasiado. Abrió la boca y se metió el glande gordo, saboreando el precum salado y el olor a cipotón marroquí. Omar berreó medio loco al sentir la lengua del chaval.


– ¡AH, PE-PÍN! ¡MA-MA… BUENA! ¡MI PO-YA… EN TU BO-CA! – gritó Omar histérico, las caderas moviéndose instintivas, follándole la boca despacio al principio.


Pepín mamaba como un desesperado: la megatranca entraba y salía, estirándole los labios, el glande golpeando la garganta. “Hostia, qué gorda… me llena toda la boca… huele a semental de verdad”, pensó Pepín, la polla joven tiesa en los shorts, chupando con ganas, las manos en las pelotas pesadas del moro, masajeándolas.


Omar perdía el control, berreando cada vez más fuerte, las piernas fornidas temblando.


– ¡SÍ, CHA-VAL! ¡TRA-GA… TO-DO! ¡MI CI-PO-TE… EN TU GA-RGAN-TA! – gritaba, empujando más profundo.


Los gemidos y berridos de Omar se oían en todo el almacén, y llegaron hasta el obrador. Chema, que acababa de despedir a una clienta, frunció el ceño: “¿Qué coño pasa ahí atrás?”. Bajó sigiloso, abrió la puerta del almacén y se quedó flipando en colores.


Allí estaba su hijo Pepín de rodillas, mamando el cipotón tremendo de Omar como si no hubiera un mañana: la megatranca árabe entraba entera en la boca del chaval, hasta la base, la nariz de Pepín pegada al pubis peludo del moro. Omar tenía la cabeza echada atrás, berreando como un loco, las manos en la cabeza de Pepín.


– ¡JODER…! – murmuró Chema al principio, pero la escena era tan bestia, tan guarra, que su pollón de 30 cm se le puso durísima en un segundo. Los vaqueros se deformaron al instante, el bulto escandaloso latiendo contra la tela.


Chema no pudo resistir: se bajó la bragueta, sacó su pollón tremendo, tieso y venoso, y empezó a pajearse mirando la mamada de su hijo al moro. “Hostia puta… mi chaval tragándose entera la tranca del moro… qué morbo jodido”, pensó, la mano volando por su verga.


Pepín levantó la vista un segundo, vio a su padre pajeándose y se excitó aún más: volvió a tragarse ENTERA la megatranca árabe, hasta que la nariz tocó el vientre de Omar, la garganta llena de carne gorda.


– ¡SÍ, PAPI! ¡MIRA CÓMO ME LA TRAGO TODA! – intentó decir Pepín con la boca llena, pero salió un gemido ahogado.


Chema, al ver eso –su hijo tragándose de nuevo entera la polla de 32 cm del moro–, explotó sin remedio.


– ¡HOSTIA PUTA, ME CORRO! ¡VIENDO A MI HIJO MAMAR ESE CIPOTÓN ÁRABE! – berreó Chema histérico, eyaculando chorros espesos y potentes que salpicaron el suelo del almacén, la pierna de Omar, hasta salpicar un poco la espalda de Pepín. La lefa volaba en arcos gruesos, el panadero temblando entero, gritando como un loco: – ¡TOMA LECHADA, CABRONES! ¡QUÉ ESCENA MÁS GUARRA!


Omar, sintiendo los gritos de Chema y la mamada brutal de Pepín, no aguantó más.


– ¡ME CO-RRO, PE-PÍN! ¡TOMA LE-FA EN TU BO-CA! – berreó el moro, empujando profundo y disparando semen caliente a chorros, llenándole la garganta al chaval. Pepín tragó como pudo, pero sobraba lefa: salía por las comisuras, goteando por su barbilla.


Los tres se quedaron jadeando en el almacén: Pepín con la boca llena de lefa del moro, Omar con el cipotón goteando aún, Chema con la polla tiesa chorreando restos de su propia corrida.


Chema se rio primero, exhausto pero con humor.


– Joder… menuda familia… y menuda ayuda tienes, Omar.


Omar, aún temblando, sonrió guarro.


– Pe-pín… ma-ma… muy bien… y tú… co-rri-da… fuer-te.


Pepín se limpió la boca con el dorso de la mano, sonriendo pícaro.


– Los gayumbos… los devolví… pero con más lefa vuestra encima.


Los tres se rieron a carcajadas, el almacén oliendo a semen fresco, harina y macho desatado. Chema palmeó la espalda de su hijo.


– Sube a ducharte, chaval… y Omar, a currar. Pero esta noche… repetimos la lección de castellano cerdo… los tres.


El horno rugía fuera, pero dentro, el morbo familiar acababa de subir de nivel. El verano en Chamberí prometía más madrugadas calientes.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 12

Esa noche, el piso encima de la panadería se convirtió en un puto matadero de testosterona. El calor madrileño no daba tregua, las ventanas abiertas de par en par, pero el aire estaba tan cargado de sexo que se podía cortar con un cuchillo. Chema había cerrado temprano la panadería, mandando a casa a las últimas clientas con una sonrisa maja pero con el pollón ya tieso pensando en lo que había visto en el almacén: su hijo tragándose entera la megatranca de Omar. Omar se quedó después del turno, “para ayudar a limpiar”, dijo, pero los tres sabían que era para repetir… y subir el nivel.


Subieron al piso los tres: Chema con su cuerpo fornido de panadero, barba rubia sudada, piernas fuertes temblando de ganas; Omar, morenazo casado con barba negra espesa, pecho peludo brillante y ese cipotón de 32 cm ya marcando brutal en los pantalones; y Pepín, el chaval de 20 años con cuerpo de nadador, abdominales definidos, culo prieto y una sonrisa de puto cachondo sabiendo lo que le esperaba.


En el salón, sin preámbulos, Chema agarró a su hijo por la nuca y lo besó con lengua, un beso de macho posesivo.


– Joder, hijo… hoy te vamos a reventar el culo entre los dos. Ese chochito tuyo va a quedar como un cráter después de nuestras trancas – gruñó Chema, la voz ronca.


Omar, quitándose la camiseta de un tirón, mostró su torso moreno y peludo.


– Pe-pín… tu cu-lo… pa-ra dos po-yas… gran-des – dijo en su acento guarro, bajándose los pantalones y dejando saltar el cipotón árabe, 32 cm de carne gorda y venosa, latiendo como un corazón cabreado.


Pepín se quitó la ropa en dos segundos, quedando en pelotas, la polla joven tiesa pero nada comparada con los monstruos que tenía delante.


– ¡Venga, cabrones! ¡Folladme como animales! ¡Quiero sentir esos pollones reventándome! – berreó Pepín, poniéndose a cuatro patas en el sofá, culo en pompa, el agujero rosado ya brillando de saliva que se había metido antes.


Chema se colocó primero detrás, escupió en su mano y untó el glande de su pollón de 30 cm.


– ¡TOMA EL PRIMERO, HIJO! ¡EL POLLÓN DE PAPÁ TE VA A ABRIR COMO UNA PUTA! – gritó Chema, empujando de golpe. La verga entró hasta la mitad en una embestida brutal, Pepín aullando de placer y dolor.


– ¡JODER, PAPÁ! ¡QUÉ GORDA! ¡ME ESTÁS PARTIENDO EN DOS, CABRÓN! – berreó Pepín, las manos clavadas en el sofá.


Omar se puso delante, agarró la cabeza de Pepín y le metió el cipotón moreno en la boca.


– ¡CHU-PA, CHA-VAL! ¡TRAGA MI CI-PO-TE ÁRABE! ¡HASTA LOS HUE-VOS! – bramó Omar, follándole la garganta con estocadas profundas.


Los dos sementales se sincronizaron: Chema empalando el culo de su hijo por detrás, las pelotas peludas golpeando contra las de Pepín; Omar follando la boca, las manos en la nuca del chaval, empujando hasta que la nariz tocaba el pubis negro.


– ¡SÍ, JODER! ¡MIRA CÓMO SE TRAGA TU TRONCO MORO, OMAR! ¡Y CÓMO LE REVIENTO EL CULO CON MI POLLÓN! – berreaba Chema, acelerando, el sudor cayéndole por la barba rubia y el pecho peludo.


– ¡AH, PE-PÍN! ¡TU BO-CA… CALIEN-TE! ¡Y TU CU-LO… APRE-TA-DO! ¡DOS PO-YAS PA-RA TI! – gritaba Omar, las caderas moviéndose como un pistón, el cipotón entrando y saliendo de la garganta de Pepín con sonidos chapoteantes.


Pepín no paraba de gemir y gritar entre arcadas y embestidas.


– ¡MÁS FUERTE, CABRONES! ¡REVENTADME! ¡QUIERO LEFA DE LOS DOS DENTRO! ¡SOY VUESTRA PUTA HOY! – chillaba histérico, la polla joven goteando precum al suelo.


Chema y Omar cambiaron: Omar se puso detrás, alineó su megatranca de 32 cm y empujó sin piedad.


– ¡TOMA EL MORO, CHA-VAL! ¡MI CI-PO-TE TE VA A DESTRO-ZAR EL CU-LO! – berreó Omar, entrando hasta los huevos en una sola estocada brutal. Pepín soltó un alarido que se oyó en todo el edificio.


– ¡HOSTIA PUTA! ¡32 CM DE MORO DENTRO! ¡ME ESTÁS MATANDO DE PLACER, CABRÓN! – gritó Pepín, lágrimas de éxtasis en los ojos.


Chema se colocó delante, metiéndole su pollón de 30 cm en la boca.


– ¡CHÚPALA, HIJO! ¡SABOREA LA POLLA DE PAPÁ MIENTRAS EL MORO TE FOLLA COMO A UNA ZORRA! – bramó Chema, follándole la garganta con saña.


Los dos machos se turnaban sin parar: uno en el culo, el otro en la boca, cambiando posiciones cada pocos minutos, los gritos resonando como en una película porno extrema.


– ¡MIRA CÓMO LE ABRO EL CULO, CHEMA! ¡ESTÁ ROJO Y ABIERTO COMO UN PUTA COÑO! – berreaba Omar, dándole palmadas en las nalgas de Pepín.


– ¡Y MIRA CÓMO SE LA TRAGA ENTERA, EL CABRONCETE! ¡ES UN PUTA DEVORAPOLLAS! – respondía Chema, pellizcándole los pezones al hijo mientras le follaba la boca.


Pepín, entre arcadas y embestidas, no paraba de gritar cerdadas.


– ¡SÍ! ¡FOLLADEME MÁS! ¡LLENADME DE LEFA! ¡QUIERO QUE ME CHORREE POR EL CULO Y POR LA BOCA! ¡SOY VUESTRA ZORRA FAMILIAR!


Al final, los dos sementales no aguantaron más. Omar, clavado hasta los huevos en el culo de Pepín, explotó primero.


– ¡ME CO-RRO, PE-PÍN! ¡TOMA LE-FA ÁRABE DENTRO! ¡LITROS PA-RA TI! – berreó Omar como un toro, disparando chorros calientes y espesos dentro del culo del chaval, tantos que la lefa empezó a salir a borbotones por los lados, goteando por las piernas de Pepín.


Chema, viendo eso y follando la boca, se corrió también.


– ¡HOSTIA PUTA, HIJO! ¡ME CORRO EN TU BOCA! ¡TRAGA LA LECHADA DE PAPÁ! – gritó histérico, eyaculando a chorros potentes, llenándole la garganta hasta que Pepín tragaba y tragaba, pero sobraba semen: salía por las comisuras, cayendo por la barbilla y el pecho.


Pepín, con el culo y la boca llenos de lefa, se corrió sin tocarse: su polla joven disparó chorros que salpicaron el sofá, el suelo, todo.


– ¡ME CORRO, CABRONES! ¡CON VUESTRAS LEFADAS DENTRO! ¡QUÉ PLACER JODIDO! – chilló, temblando entero.


Los tres cayeron exhaustos en el sofá: Pepín en medio, culo chorreando lefa del moro, boca y cara empapadas de la de Chema; los dos machos jadeando, pollones goteando aún, riendo como locos.


Chema, palmeando el culo lefado de su hijo:


– Joder, chaval… has aguantado como un campeón. Mañana repetimos… con más.


Omar, limpiándose el cipotón en el muslo de Pepín:


– Pe-pín… buen cu-lo… pa-ra dos… siem-pre.


Pepín, con voz ronca pero feliz:


– Cuando queráis, cabrones… soy vuestro.


El piso olía a lefa, sudor y macho desatado. Abajo, la panadería dormía, pero arriba, la familia –y el moro– habían encontrado un nuevo nivel de guarrería. El verano en Madrid nunca había sido tan caliente.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 13

La mañana siguiente amaneció con un sol cabrón que entraba a raudales por las ventanas del piso, pero el verdadero calor estaba dentro: el aire aún olía a la follada brutal de la noche anterior, lefa seca en el sofá, sudor de tres machos en las sábanas revueltas. Chema, Omar y Pepín se levantaron con los cuerpos hechos polvo pero los rabos ya medio tiesos recordando la orgía. Bajaron a la cocina en calzoncillos –o sin nada, directamente–, el desayuno preparado a medias: café humeante, tostadas, pero nadie tenía hambre de pan. Tenían hambre de guarrería.


Pepín, con el culo todavía sensible y el sabor de lefa de los dos sementales en la boca, se sentó en la mesa con una sonrisa de puto vicioso. Miró a su padre y al moro, que estaban de pie frente a él, pollones colgando pesados entre las piernas fuertes.


– Joder, tíos… después de lo de anoche, necesito un desayuno especial – soltó Pepín, agarrando un vaso grande de desayuno, de esos de litro que usaban para zumos–. Venga, sementales… pajéense para mí. Llenen este vaso hasta arriba con vuestra lefa caliente. Quiero desayunar semen de los dos.


Chema soltó una carcajada ronca, su pollón de 30 cm empezando a endurecerse al instante.


– Coño, hijo… eres un cabrón guarro. Vale, Omar y yo te vamos a dar el desayuno del campeón. Prepárate, que vamos a llenar ese vaso como si fuera un puto cubo.


Omar, con su cipotón moreno de 32 cm ya medio tieso, sonrió pícaro y se colocó al lado de Chema, los dos frente a la mesa, piernas abiertas, pelotas pesadas colgando.


– Pe-pín… le-fa… mu-cha… pa-ra ti – dijo el moro, agarrando su tranca gorda con una mano grande y empezando a meneársela despacio.


Pepín puso el vaso grande en el centro de la mesa, justo debajo de los dos pollones, y empezó a gritar histérico, animándolos como un loco en un estadio.


– ¡Venga, cabrones! ¡Pajeense fuerte! ¡Quiero ver esos pollones disparando! ¡Llenen el vaso de lefa caliente! ¡Dale caña, papi! ¡Dale caña, moro! ¡Que se note que sois sementales!


Chema aceleró el ritmo, la mano volando por su verga venosa, el glande rojo hinchado apuntando al vaso.


– ¡JODER, HIJO! ¡MIRA CÓMO ME LA PELAN POR TI! ¡ESTA LECHADA VA A SER MONUMENTAL! ¡TOMA POLLÓN DE PAPÁ! – berreó Chema, las piernas fuertes temblando, el sudor cayéndole por la barba rubia y el pecho peludo.


Omar, al lado, meneaba su cipotón moreno con saña, el prepucio deslizándose sobre el glande enorme, las pelotas botando como pelotas de baloncesto.


– ¡AH, CHA-VAL! ¡MI CI-PO-TE… PA-JA FUER-TE! ¡LE-FA ÁRABE PA-RA TI! ¡VASO LLENO! – aullaba Omar histérico, la voz ronca de macho en celo.


Pepín no paraba de gritar, inclinado sobre la mesa, los ojos clavados en los dos rabos bestiales que se meneaban a toda velocidad a centímetros del vaso.


– ¡SÍ, JODER! ¡MÁS RÁPIDO! ¡QUE SE OIGA EL CHAPOTEO! ¡Papi, pellízcate los huevos! ¡Moro, aprieta esa polla gorda! ¡Quiero ver chorros gruesos cayendo en el vaso! ¡Llenenlo hasta arriba, cabrones! ¡Que rebose lefa!


Chema y Omar aceleraron como locos: las manos volaban, los gemidos se convirtieron en aullidos salvajes, los cuerpos fornidos sudando a chorros.


– ¡HOSTIA PUTA, OMAR! ¡MIRA CÓMO LE VAMOS A DAR EL DESAYUNO AL CHAVAL! ¡DOS POLLONES DESCARGANDO EN UN VASO! – bramaba Chema, el pollón latiendo brutal.


– ¡SÍ, CHE-MA! ¡LE-FA DE DOS MA-CHOS! ¡PA-RA PE-PÍN! ¡ME CO-RRO YA! – berreaba Omar, las venas del cipotón hinchadas al máximo.


Pepín chillaba sin parar, histérico perdido:


– ¡Venga, soltadlo! ¡Correseos ya! ¡Llenen el vaso de semen caliente! ¡Quiero verlo blanco y espeso! ¡Disparad, sementales! ¡TOMA LEFA PARA PEPÍN!


Chema explotó primero: – ¡ME CORRO, HIJO! ¡TOMA LA LECHADA DE PAPÁ! – aulló como un lobo, el pollón disparando chorros gruesos y potentes directo al vaso. Leche blanca y caliente cayendo en cascada, llenando el fondo rápidamente, salpicando los bordes.


Omar, al verlo, no aguantó: – ¡CO-RRI-DA! ¡LE-FA MU-CHA! ¡AH, SÍ! – rugió el moro, su cipotón de 32 cm escupiendo chorros aún más abundantes, espesos como nata, cayendo en el vaso con fuerza, mezclándose con la de Chema.


Los dos sementales seguían eyaculando sin parar: chorro tras chorro, el vaso subiendo de nivel a ojos vista. Pepín gritaba como poseído:


– ¡JODER, QUÉ DESCARGA! ¡MIRAD CÓMO LLENA! ¡Casi medio litro ya! ¡Seguid, cabrones! ¡Más lefa! ¡Quiero que llegue hasta arriba!


Chema y Omar, temblando, seguían pajeando los rabos goteantes, exprimiendo hasta la última gota: más chorros, más espesos, el vaso ahora casi lleno, un litro de semen blanco y cremoso, burbujeante, con olor brutal a macho recién ordeñado.


– ¡HOSTIA, HIJO! ¡MIRA EL VASO! ¡Casi hasta el borde! ¡Leche de dos sementales para ti! – berreó Chema, exhausto pero orgulloso, el pollón aún goteando.


– ¡LE-FA… LLENO! ¡BUE-NO DE-SA-YU-NO! – aulló Omar, riendo entre jadeos.


Pepín agarró el vaso con manos temblorosas, lo levantó como un trofeo, el semen espeso moviéndose dentro.


– ¡JODER, QUÉ BESTIAL! ¡Casi un litro de lefa caliente! ¡Gracias, papi! ¡Gracias, moro! – gritó histérico, y se llevó el vaso a la boca.


Bebió un trago largo, tragando semen espeso de los dos, la cara iluminada de placer guarro.


– ¡Está caliente… salada… sabe a vosotros dos! ¡Qué desayuno más cabrón!


Los tres se rieron a carcajadas, los pollones colgando flojos pero satisfechos, el vaso aún medio lleno esperando el siguiente trago. Chema palmeó el hombro de su hijo.


– Come bien, chaval… que esta tarde abrimos la panadería… y quién sabe qué más.


Omar guiñó un ojo:


– Ma-ña-na… más le-fa… pa-ra Pe-pín.


El desayuno siguió: café, tostadas… y un vaso de litro casi lleno de semen fresco. El día en Chamberí empezaba caliente, como siempre.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 14

El verano en Madrid seguía siendo un horno, pero esa tarde el calor se concentró en el almacén trasero de “El Trigo Dorado”. Omar había recibido una llamada: su hermano Said llegaba desde Algeciras para pasar unos días en la capital. Said, 38 años, camionero curtido por el sol del sur, morenazo como Omar pero con más tatuajes en los brazos y una barba más salvaje, entró en la panadería con una mochila al hombro y una sonrisa de lobo. Chema lo saludó con una palmada fuerte: “Bienvenido, Said. Omar te ha hablado de ti”. Said, con un castellano aún peor que el de su hermano, soltó un “Gra-cias… her-mano… aquí… bien”.


Chema tuvo que salir a entregar un pedido grande, dejando a los dos hermanos solos en el almacén para “hablar en familia”. Omar cerró la puerta, el candado chasqueando, y se sentó en un saco de harina. Said se quitó la camiseta sudada, mostrando un torso peludo, marcado por años de cargar cajas, y se sentó enfrente.


Omar, con su acento roto pero emocionado, empezó a contarle todo. En árabe mezclado con español guarro, porque el castellano le fallaba para las cerdadas:


– Hermano… aquí… loco. Panadero… Chema… pollón grande… 30 cm. Yo… 32. Nos pajeamos… cada mañana… en horno. Luego… su hijo… Pepín… 20 años… cuerpo bonito… como nadador. Él… mama mi cipote… en almacén. Chema ve… y se corre gritando. Anoche… los dos… follamos a Pepín… culo y boca… lefa dentro… mucha. Hoy… desayuno… nos pajeamos… llenamos vaso litro… semen para él. Bebió… gritando… rico.


Said escuchaba con los ojos como platos, el bulto en sus vaqueros creciendo a cada palabra. Su castellano era un desastre, pero entendía el morbo perfecto.


– ¿En serio… hermano? ¿Tú… follas con español… y su hijo? ¿Pollón… dentro de culo joven? – murmuró Said, rascándose el paquete–. Joder… me pone… muy caliente… cipote… duro ya.


Omar se rio guarro, bajándose los pantalones sin cortarse. Su cipotón de 32 cm saltó tieso.


– Mira… hermano. Mi polla… siempre dura aquí. Tú… también… ¿no?


Said se desabrochó rápido, y ostia puta: sacó un cipote tan gordo como el de Omar PERO MÁS LARGO. 34 cm de carne morena, venosa, gruesa como una muñeca, el glande morado e hinchado, pelotas enormes colgando como frutas maduras. El almacén se llenó de olor a macho árabe en celo.


Los dos hermanos se miraron, sonrieron como lobos y empezaron a pajearse fuerte, cada uno la suya, sentados en sacos de harina frente a frente.


– ¡AH, HER-MANO! ¡MI CI-PO-TE… DU-RO! ¡POR PEPÍN… Y CHE-MA! – berreó Omar, la mano volando por su tranca.


– ¡SÍ… OMAR! ¡MI POLLA… MÁS LAR-GA! ¡IMAGINA… EN CULO… DE CHICO! – aullaba Said, meneando su monstruo de 34 cm, las venas latiendo.


Los berridos resonaban en el almacén pequeño: gemidos en árabe y español roto, palmadas en pelotas, chapoteo de precum.


Arriba, en el piso, Pepín estaba recogiendo la cocina cuando oyó los gritos ahogados. Bajó sigiloso por la escalera trasera, abrió la puerta del almacén una rendija… y flipó en colores.


– ¡OSTIA PUTA! – gritó medio loco, entrando de golpe–. ¡Dos moros machos pajeándose! ¡Y Said… qué cipote de la hostia! ¡Más largo que el de Omar! ¡34 cm de moruna bestial!


Said y Omar pararon un segundo, rabos tiesos apuntando al techo, pero al ver a Pepín con los ojos brillantes de morbo, sonrieron guarrísimos.


– Pe-pín… ven… – dijo Omar–. Mi her-mano… Said… pollón… más lar-go. ¿Quieres… probar?


Pepín se quitó la ropa en un segundo, culo ya preparado de la noche anterior.


– ¡JODER, SÍ! ¡FOLLADME LOS DOS MOROS! ¡QUIERO ESOS CIPOTES ÁRABES DENTRO! – berreó Pepín, poniéndose a cuatro patas sobre un saco de harina.


Said se colocó primero detrás, escupió en su glande enorme y empujó.


– ¡TOMA… CHA-VAL! ¡MI POLLA… 34 CM… TE RE-VIEN-TA! – rugió Said, entrando hasta los huevos en una embestida salvaje.


Pepín aulló como un poseído:


– ¡HOSTIA PUTA! ¡QUÉ LARGA! ¡ME LLEGA AL ESTÓMAGO! ¡FOLLA DURO, MORO!


Omar se puso delante, metiéndole su cipotón de 32 cm en la boca.


– ¡CHU-PA… PE-PÍN! ¡DOS HE-RMA-NOS… EN TI! – bramó Omar, follándole la garganta.


Los dos hermanos árabes se turnaban sin piedad: Said reventando el culo con su tranca más larga, Omar la boca con la más gorda. Luego cambiaban, y así una y otra vez, el almacén lleno de berridos alucinantes.


– ¡MIRA CÓMO LE ABRO EL CULO, HER-MANO! ¡ESTÁ RO-JO Y ABIER-TO! – gritaba Said, dándole palmadas brutales en las nalgas.


– ¡Y ÉL SE TRAGA MI CI-PO-TE EN-TE-RO! ¡ES UN PU-TA! – respondía Omar, empujando hasta que las pelotas golpeaban la barbilla de Pepín.


Pepín chillaba entre arcadas y embestidas:


– ¡MÁS! ¡REVENTADME! ¡QUIERO DOBLE! ¡LOS DOS DENTRO DEL CULO!


Los moros se miraron, sonrieron cabrones y lo hicieron: Said se tumbó en el suelo, Pepín se sentó encima empalándose en los 34 cm. Omar se colocó detrás, alineó su 32 cm al lado y empujó.


– ¡DO-BLE PE-NE-TRA-CIÓN! ¡TOMA DOS PO-YAS ÁRABES! – berreó Omar, entrando junto a su hermano.


Pepín soltó un alarido que casi rompe los cristales:


– ¡JODER! ¡DOS CIPOTES MORUNOS DENTRO! ¡ME ESTÁN PARTIENDO! ¡QUÉ PLACER CABRÓN! ¡FOLLADEME HASTA QUE NO AGUANTE!


Los dos hermanos embestían sincronizados: uno entra, el otro sale, luego al revés, el culo de Pepín estirado al límite, lefa de precum chorreando, gritos en árabe y español volando.


– ¡AH, PE-PÍN! ¡TU CU-LO… APRE-TA… MU-CHO! ¡ME CO-RRO! – rugió Said, disparando chorros calientes dentro, llenándolo hasta rebosar.


– ¡YO TAM-BIÉN! ¡LE-FA HE-RMA-NOS… JUN-TOS! – aulló Omar, eyaculando a la vez, semen espeso saliendo por los lados, goteando por las piernas de Pepín.


Pepín se corrió sin tocarse, chorros salpicando el pecho de Said.


– ¡ME CORRO, MOROS! ¡CON VUESTRAS LEFADAS DOBLES DENTRO! ¡QUÉ BESTIAL!


Los tres quedaron jadeando en el suelo del almacén: Pepín entre los hermanos, culo chorreando lefa árabe mezclada, cara y pecho empapados, los cipotes goteando aún.


Said, riendo exhausto:


– Her-mano… buen lu-gar… Ma-drid. Pepín… buen cu-lo.


Omar palmeó el culo lefado del chaval:


– Sí… Pe-pín… nues-tro… a-ho-ra.


Pepín, con voz ronca:


– Cuando queráis… hermanos… repetimos la doble.


Arriba, Chema volvía de la entrega, ajeno aún a la nueva incorporación. Pero el almacén olía a lefa fresca de tres machos árabes y un español cachondo. El verano en Chamberí se ponía cada vez más guarro.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 15

Pasaron unos días en los que el piso y la panadería se convirtieron en un nido de testosterona desbocada. Said se quedó en casa de Omar, durmiendo en el sofá del salón, pero las noches eran puro jaleo: Pepín bajaba de vez en cuando al almacén o al piso para que los dos hermanos árabes lo reventaran a doble, y Chema se unía cuando podía, metiendo su pollón de 30 cm donde cupiera. El chaval de 20 años andaba con el culo sensible pero feliz, y el olor a lefa fresca impregnaba todo el edificio.


Una tarde, Omar decidió que era hora de presentar formalmente a su hermano al jefe. Chema estaba cerrando la panadería después del último cliente, el horno aún caliente, cuando Omar entró con Said a su lado. El camionero de Algeciras era un armario: más alto que Omar, hombros como puertas, tatuajes árabes en los brazos, barba salvaje y una mirada de macho que no disimulaba nada.


– Che-ma… mi her-mano… Said. De Al-ge-ci-ras. Viene… vi-sitar – dijo Omar, palmeando la espalda ancha de Said.


Chema extendió la mano, pero enseguida se dio cuenta: Said le apretó fuerte, mirándolo de arriba abajo con una sonrisa guarra, y el bulto en sus vaqueros era escandaloso. “Hostia puta, este cabrón también va salido perdido”, pensó Chema, sintiendo cómo su propio pollón empezaba a despertar.


– Bienvenido, Said. Omar me ha hablado de ti… y de lo que habéis hecho con Pepín en el almacén – soltó Chema con una risotada ronca–. Parece que los hermanos marroquíes tenéis cipotes de campeonato.


Said, con su castellano pésimo, se rio y se rascó el paquete sin disimulo.


– Sí… Che-ma… cipote… gran-de… como her-mano… más… lar-go. Tú… tam-bién… ¿po-ya… fuer-te?


Chema miró a Omar, que asintió pícaro.


– Venga, cabrones. Echamos el cierre ya. Nadie entra hasta mañana. Vamos al obrador… a conocernos mejor.


Bajaron la persiana, apagaron las luces delanteras y se metieron los tres en el obrador caliente, oliendo a pan recién horneado y a macho acumulado. Se quitaron las camisetas de un tirón: Chema con su pecho peludo rubio y abdominales de panadero; Omar con su torso moreno y peludo; Said, el más bestia, con tatuajes y músculos curtidos por la carretera.


Sin más preámbulos, los tres se bajaron los pantalones y calzoncillos. Chema sacó su pollón tremendo de 30 cm, tieso y venoso. Omar su cipotón de 32 cm, gordo y moreno. Y entonces Said… hostia puta. Sacó un monstruo: tan gordo como el de Omar pero MÁS LARGO, 34 cm de carne oscura, venas como cuerdas, glande morado enorme, pelotas colgando como melones. El cipotón apuntaba al techo del obrador como una lanza árabe.


Chema flipó en colores, los ojos clavados en esa bestia.


– Joder… Said… qué tremendo, tremendo cipotón tienes, cabrón. Más largo que el de tu hermano… parece un puto brazo. Déjame tocarlo… no puedo evitarlo.


Said sonrió guarro y se acercó, el rabo latiendo.


– To-ca… Che-ma… pa-ja… si quie-res.


Chema agarró esa tranca con las dos manos –apenas le cabía–, sintiendo el calor, las venas pulsando, el grosor brutal. Empezó a pajearlo despacio al principio, luego más rápido, la mano subiendo y bajando por esos 34 cm interminables.


– ¡Hostia puta, qué bestia! ¡Mira cómo late… como un caballo! ¡Omar, tu hermano es un semental de Algeciras! – berreó Chema, acelerando el ritmo, el sudor cayéndole por la barba rubia.


Omar, al lado, se pajeaba su propio cipotón viendo la escena.


– ¡Sí… her-mano… Said… po-ya… lar-ga! ¡Pa-ja… fuer-te… Che-ma!


Said gemía en su acento roto, las caderas moviéndose.


– ¡AH, CHE-MA! ¡TU MA-NO… BUENA! ¡MI CI-PO-TE… EN TU MA-NO! ¡ME CO-RRO… PRON-TO!


Los tres se pajearon a saco, de pie en círculo, gritando cerdadas a voces, el horno rugiendo de fondo como si aplaudiera.


– ¡Mira qué pollones tenemos, cabrones! ¡Tres trancas árabes y españolas listas para descargar! – bramaba Chema, su mano volando por el cipotón de Said.


– ¡SÍ… TO-DOS… DU-ROS! ¡LE-FA… MU-CHA! – aullaba Omar, meneando su rabo gordo.


Said, al límite, agarró la cabeza de Chema con una mano grande.


– ¡MIRA… CHE-MA! ¡TOMA… CO-RRI-DÓN! ¡EN TU CA-RA! – rugió el camionero.


Y explotó: el cipotón de 34 cm latió salvaje y disparó chorros brutales, espesos y calientes. Primero en toda la cara de Chema: lefa blanca y abundante salpicándole la barba rubia, la nariz, la boca abierta de flipada. Luego en las manos, que seguían pajeando, empapándolas hasta que goteaba por los dedos. Chorros potentes que seguían saliendo, cubriendo el pecho peludo del panadero, el suelo del obrador, hasta salpicar un poco a Omar.


– ¡JODER, SAID! ¡QUÉ CORRIDÓN DE CAMPEONATO! ¡ME HAS LEFADO LA CARA ENTERA! ¡Y LAS MANOS… MIERDA, QUÉ CALIENTE Y ESPESA! – berreó Chema histérico, lamiéndose los labios manchados de semen árabe, su propio pollón explotando al instante sin que nadie lo tocara: chorros suyos salpicando el suelo y las piernas de Said.


Omar, viendo la escena, se corrió también: – ¡LE-FA… HE-RMA-NOS! ¡PA-RA TO-DOS! – gritó, disparando su lefa gorda sobre el pecho de Chema y el culo de Said.


Los tres se quedaron jadeando, cubiertos de semen mutuo, riendo como locos en medio del obrador.


Chema se limpió la cara con el dorso de la mano, todavía flipando.


– Hostia, Said… bienvenido de verdad. Ese cipotón tuyo… es de otro nivel. Mañana se lo enseñas a Pepín… el chaval va a alucinar.


Said, el pollón aún goteando, palmeó la espalda de Chema.


– Sí… Pe-pín… pro-ba… mi po-ya… lar-ga. Y tú… Che-ma… buen pa-ja… en mi ci-po-te.


Omar rio, limpiando el desastre con un trapo viejo.


– Ma-ña-na… to-dos… jun-tos… otra vez.


Chema guiñó un ojo, la cara aún salpicada de lefa.


– Hecho, cabrones. Pero ahora… a limpiar. Que mañana abrimos… y el horno no espera.


El obrador quedó oliendo a pan y a tres corridas monumentales. Said ya se sentía en casa, y la panadería, más que nunca, era el sitio más guarro de Chamberí. El verano seguía ardiendo.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 16

Pasaron unos días más y Omar decidió que era hora de que su hermano Said conociera de verdad Madrid. Nada de quedarse encerrados en la panadería o en el piso: esa noche, los dos hermanos marroquíes salieron al centro, a Chueca y Malasaña, a cenar tapas y tomar unas cañas. Chema se quedó con Pepín en casa –“Id tranquilos, cabrones, que yo me encargo del horno mañana temprano”–, y los dos moros se pusieron guapos: camisetas ajustadas marcando pechos peludos, vaqueros ceñidos que no disimulaban los paquetes bestiales, y esa mezcla de acento árabe y olor a macho que volvía locas a las tías.


Madrid de noche en verano era un espectáculo: terrazas llenas, chicas con shorts cortísimos, tops con escotes profundos, culos prietos bailando al ritmo de la música que salía de los bares. Omar, que ya llevaba semanas en la ciudad y había aprendido a controlarse un poco, caminaba tranquilo, pero Said… hostia puta, Said no estaba acostumbrado. Venía de Algeciras, donde las noches eran más tranquilas, y aquí veía tías guapas por todos lados: rubias con tetas rebotando, morenas con piernas interminables, latinas con curvas de infarto. Cada vez que pasaba una, Said se quedaba mirando, el cipotón de 34 cm despertándose brutal bajo los vaqueros.


– Hermano… estas españolas… joder… muy guapas… muy calientes – murmuraba Said en árabe mezclado con español roto, ajustándose el paquete cada dos pasos–. Mi polla… dura… no para.


Omar se reía bajo, palmeándole la espalda.


– Tranquilo, Said… aquí… muchas… pero cuidado… no te corras en los pantalones… como un crío.


Pero Said no podía. En un bar de tapas en la calle Huertas, sentados en una mesa alta, una camarera con minifalda les sirvió las cañas y se inclinó tanto que Said vio todo el escote. El cipotón latió tan fuerte que casi tira la mesa. Omar lo notó y le dio un codazo.


– Vamos al baño… ahora… o revientas aquí.


Se levantaron rápido, dejaron las tapas a medio comer y se metieron en el minúsculo lavabo del bar: un cubículo de metro y medio por metro, con un lavabo sucio, un váter y un espejo empañado. Cerraron la puerta con pestillo, el espacio tan apretado que apenas cabían los dos armarios morenos.


Sin decir nada, se bajaron los vaqueros y calzoncillos a la vez. Los cipotones saltaron: el de Omar 32 cm, gordo y venoso; el de Said 34 cm, más largo y brutal, el glande morado apuntando al techo. Los dos hermanos se miraron, sonrieron guarrísimos y empezaron a cascárselas fuerte, apretados como sardinas, pecho contra pecho, pelotas rozándose.


– ¡AH, HER-MANO! ¡MI CI-PO-TE… DU-RO… POR ESAS TIAS! – berreó Said, la mano volando por su tranca larguísima, el glande golpeando el espejo cada meneo.


– ¡SÍ… SAID! ¡PA-JA… FUER-TE! ¡MIRA CÓMO LATE… MI PO-YA… TAM-BIÉN! – aullaba Omar, meneando su cipotón gordo, las pelotas pesadas botando contra las de su hermano.


Estaban tan apretados que no había espacio: las manos se rozaban, los rabos se tocaban, las pelotas del uno golpeaban las del otro con cada movimiento. El olor a macho árabe en celo llenaba el cubículo: sudor, precum, testosterona pura.


– ¡JODER… HER-MANO! ¡TUS PELOTAS… EN MIS! ¡ME PONEN… LOCO! – gritaba Said, acelerando, el cipotón de 34 cm latiendo salvaje.


– ¡SÍ… SAID! ¡LE-FA… EN TUS CO-JO-NES! ¡TOMA… MI LE-CHA! – rugía Omar, el ritmo brutal, el sudor cayendo por sus barbas negras.


No aguantaron ni cinco minutos. Said explotó primero:


– ¡ME CO-RRO, OMAR! ¡TOMA LE-FA EN TUS PELOTAS! ¡AH, SÍÍÍ! – berreó como un toro, el cipotón disparando chorros gruesos y calientes que salpicaron directo las pelotas pesadas de Omar, empapándolas, goteando por los muslos, salpicando el váter y el suelo.


Omar, sintiendo la lefa caliente de su hermano en sus huevos, no pudo más:


– ¡YO TAM-BIÉN! ¡LE-FA… EN TUS CO-JO-NES… HER-MANO! ¡TOMA! – aulló, eyaculando chorros espesos que cayeron sobre las pelotas de Said, mezclándose con la suya, la lefa chorreando por las piernas de los dos, manchando los vaqueros bajados.


Los dos hermanos gritaban de gusto y cerdeo, apretados en ese lavabo minúsculo, pelotas empapadas mutuamente, semen goteando por todas partes, el espejo empañado con salpicaduras.


– ¡QUÉ GUARRO… HER-MANO! ¡NOS HEMOS LEFADO LOS HUEVOS… COMO PUTOS ANIMALES! – jadeaba Omar, riendo entre resuellos.


– ¡SÍ… MUY… BUENO! ¡MADRID… CALIENTE! ¡MÁS… NO-CHE! – respondía Said, limpiándose un poco con papel higiénico, pero todavía goteando.


Salieron del baño con las piernas temblorosas, vaqueros manchados disimuladamente, olor a lefa fresca pegado a la piel. Volvieron a la mesa, pidieron otra ronda de cañas y se rieron como cabrones, las pelotas aún pegajosas bajo la ropa.


– Mañana… le cuento… a Che-ma… y a Pe-pín – dijo Omar guiñando un ojo.


Said sonrió, ajustándose el cipotón que aún no bajaba del todo.


– Sí… her-mano… ellos… quie-ren… mi po-ya… lar-ga.


La noche madrileña seguía viva, llena de tías guapas, pero los hermanos ya habían encontrado su propio desahogo guarro en un lavabo cutre. Madrid les estaba gustando cada vez más.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 17

Pasaron unos días más de locura contenida en la panadería y el piso de arriba. Said ya se había convertido en un fijo: ayudaba en el horno por las mañanas, follaba a Pepín en el almacén por las tardes y se pajeaba con Omar en cualquier rincón. Pero el camionero tenía que volver a Algeciras al día siguiente, así que Chema decidió organizar una “cena de despedida” en el piso. Nada de restaurantes: barbacoa improvisada en el balcón, cervezas frías, chorizos y morcilla a la brasa, y el ambiente cargado desde el primer minuto.


Los cuatro se sentaron a la mesa del salón: Chema con su barba rubia recién recortada y camiseta sin mangas que marcaba el pecho peludo; Omar con su torso moreno sudado; Said, el más bestia, en camiseta ajustada que parecía a punto de reventar por los músculos y el cipotón ya medio tieso; y Pepín, el chaval de 20 años, con shorts cortos que dejaban ver sus piernas de nadador y una sonrisa de puta cachonda sabiendo lo que le esperaba.


La cena empezó normal: risas, cañas, anécdotas de la carretera de Said. Pero a la tercera cerveza, Chema soltó:


– Joder, Said… mañana te vas y no has probado bien el menú completo. Pepín, ¿verdad que quieres despedirte como se merece?


Pepín se levantó, se quitó la camiseta y los shorts de un tirón, quedando en pelotas con la polla joven tiesa.


– Claro, papi. Quiero que me peten los tres antes de que Said se vaya. Quiero sentir esos pollones monstruosos reventándome hasta que no pueda ni sentarme.


Los dos moros se miraron, sonrieron como lobos y se levantaron. En dos segundos, la mesa quedó apartada, las cervezas olvidadas. Chema, Omar y Said se desnudaron: tres cuerpos de machos fornidos, sudorosos, peludos. Los cipotes saltaron como resortes:


• Chema: 30 cm de pollón venoso, rubio en la base, cabezón rojo apuntando al techo.


• Omar: 32 cm de tranca gorda, morena, venas como cuerdas, glande enorme.


• Said: el monstruo absoluto, 34 cm de longitud brutal, tan grueso como una lata de refresco, latiendo como un corazón cabreado, pelotas colgando como frutas maduras.


Pepín se puso a cuatro patas en el sofá, culo en pompa, agujero ya lubricado con saliva y restos de la tarde.


– ¡Venga, cabrones! ¡Petadme ya! ¡Quiero triple ración de polla árabe y española! ¡Reventadme el culo hasta que chorree lefa por las piernas!


Chema fue el primero. Escupió en su glande y empujó de golpe, metiendo los 30 cm hasta los huevos en una embestida violenta.


– ¡TOMA POLLÓN DE PAPÁ, HIJO! ¡TE VOY A ABRIR COMO UNA PUTA! – berreó Chema, las caderas moviéndose como un pistón, las pelotas peludas golpeando el culo de Pepín con palmadas secas.


Pepín aulló de placer y dolor:


– ¡JODER, PAPÁ! ¡QUÉ GORDA! ¡ME ESTÁS PARTIENDO EN DOS! ¡MÁS FUERTE!


Omar se colocó delante, agarró la cabeza del chaval y le metió su cipotón de 32 cm hasta la garganta.


– ¡CHU-PA… PE-PÍN! ¡TRAGA MI PO-YA GOR-DA! ¡HASTA LOS HUE-VOS! – rugió Omar, follándole la boca con saña, la nariz de Pepín pegada al pubis negro.


Said, viendo la escena, se pajeaba su monstruo de 34 cm esperando turno.


– ¡MIRA… HER-MANO! ¡EL CHA-VAL… AGUANTA… BIEN! ¡AHORA… MI TUR-NO! ¡MI PO-YA… LAR-GA… VA A EN-TRAR!


Chema salió del culo, dejando un agujero rojo y abierto, y Said entró sin piedad: los 34 cm se hundieron hasta el fondo en una sola estocada brutal.


– ¡TOMA… 34 CM DE MORO! ¡TE LLE-GO AL ES-TÓ-MA-GO, PUTA! – bramó Said, embistiendo como un toro, las manos agarrando las caderas de Pepín con fuerza, dejando marcas rojas.


Pepín chillaba histérico, la boca llena del cipotón de Omar:


– ¡HOSTIA PUTA! ¡QUÉ LARGA! ¡ME ESTÁS MATANDO DE PLACER! ¡MÁS PROFUNDO! ¡REVENTADME!


Los tres sementales se turnaban sin descanso: uno en el culo, otro en la boca, luego cambio. El sofá crujía, el sudor volaba, los berridos resonaban en todo el piso.


– ¡MIRA CÓMO LE ABRO EL CULO, CHE-MA! ¡ESTÁ COMO UN CRÁTER! – gritaba Said, dándole palmadas brutales en las nalgas.


– ¡Y ÉL SE TRAGA MI CIPOTÓN ENTERO! ¡ES UN DEVORAPOLLAS PROFESIONAL! – respondía Omar, empujando hasta que las pelotas golpeaban la barbilla.


Chema, pajeándose al lado, no aguantaba más:


– ¡VAMOS A LA DOBLE, CABRONES! ¡LOS DOS MOROS DENTRO DEL CULO!


Said se tumbó en el suelo, Pepín se sentó encima empalándose en los 34 cm. Omar se colocó detrás y empujó su 32 cm al lado, forzando la entrada.


– ¡DOBLE PENETRACIÓN ÁRABE! ¡TOMA DOS POLLONES MORUNOS A LA VEZ! – rugieron los hermanos al unísono.


Pepín soltó un alarido animal:


– ¡JODER! ¡DOS MONSTRUOS DENTRO! ¡ME ESTÁN DESGARRANDO! ¡QUÉ PLACER CABRÓN! ¡EMBISTID MÁS FUERTE!


Los dos moros follaban sincronizados: uno entra, el otro sale, el culo de Pepín estirado al límite, lefa de precum chorreando por las piernas, el agujero rojo y palpitante.


Chema se colocó delante y metió su pollón de 30 cm en la boca de Pepín.


– ¡TRAGA LOS TRES, HIJO! ¡TE ESTAMOS PETANDO POR COMPLETO!


Pepín, con la boca llena, solo podía gemir y gritar ahogado:


– ¡MÁS! ¡LLENADME! ¡QUIERO LEFA DE LOS TRES DENTRO!


No aguantaron más. Said explotó primero, clavado hasta los huevos junto a su hermano:


– ¡ME CO-RRO… PE-PÍN! ¡TOMA LITROS DE LE-FA ÁRABE! – berreó, disparando chorros brutales dentro del culo, tantos que la lefa empezó a salir a borbotones por los lados, empapando las pelotas de Omar.


Omar, sintiendo la lefa caliente de su hermano, eyaculó también:


– ¡YO TAM-BIÉN! ¡LE-FA HE-RMA-NOS… JUN-TOS… DENTRO! – rugió, chorros espesos mezclándose, rebosando del culo estirado, goteando por el suelo.


Chema, viendo el culo de su hijo chorreando lefa árabe doble, se corrió en la boca:


– ¡HOSTIA PUTA, HIJO! ¡TRAGA LA LECHADA DE PAPÁ! – gritó histérico, eyaculando chorros potentes que llenaron la garganta de Pepín hasta que tragaba y tragaba, pero sobraba semen: salía por las comisuras, cayendo por la barbilla y el pecho.


Pepín, con el culo y la boca llenos, se corrió sin tocarse: su polla joven disparó chorros que salpicaron el pecho de Said.


– ¡ME CORRO… CON VUESTRAS LEFADAS TRIPLES DENTRO! ¡QUÉ FOLLADA MÁS BESTIA! – chilló, temblando entero, el cuerpo convulsionando.


Los tres machos salieron despacio: el culo de Pepín quedó como un cráter abierto, rojo, hinchado, chorreando lefa espesa de tres sementales que caía en cascada por sus piernas, formando un charco en el suelo. El chaval se quedó tirado en el sofá, jadeando, cubierto de semen por todas partes: cara, pecho, culo, piernas… un desastre de lefa blanca y caliente.


Chema, aún con el pollón goteando, le dio una palmada suave en el culo lefado.


– Joder, hijo… te hemos petado bien. Mañana Said se va… pero volverá.


Said, limpiándose el cipotón monstruoso en el muslo de Pepín, sonrió:


– Sí… vuel-vo… pron-to. Este cu-lo… es… mío… tam-bién.


Omar rio, exhausto:


– Pe-pín… aguanta… como… cam-pe-ón.


Pepín, con voz ronca pero feliz, miró a los tres:


– Cuando queráis… cabrones… repetid. Me habéis follado hasta el límite… y quiero más.


La cena de despedida acabó con el salón oliendo a barbacoa, cerveza y tres corridas monumentales. Said se fue a Algeciras al día siguiente, pero con la promesa de volver pronto. Y en Chamberí, la panadería siguió siendo el epicentro de la guarrería más bestia del verano.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 18

Esa mañana, el piso estaba tranquilo por fin. Said se había ido a Algeciras en el primer tren, dejando atrás un rastro de lefa y promesas de volver pronto. Omar había bajado temprano al horno para abrir la panadería, así que solo quedaban Chema y Pepín en la cocina. El panadero, aún con el cuerpo dolorido de la follada de despedida, preparaba café en calzoncillos, el pollón de 30 cm colgando pesado y medio tieso por la resaca de sexo. Pepín, sentado en la mesa con el culo sensible y rojo, untaba mantequilla en una tostada, el cuerpo de nadador marcado por marcas de dedos y palmadas de la noche anterior.


– Joder, papi… me habéis dejado hecho polvo – dijo Pepín riendo, ajustándose el short flojo–. Pero qué gustazo… tres pollones a la vez. Creo que hoy no me siento en clase.


Chema soltó una carcajada ronca, sirviendo dos cafés.


– Aguanta, chaval. Has sido un campeón. Y ahora, a currar. Yo bajo en un rato, que Omar ya está solo.


Justo entonces sonó el timbre. Pepín se levantó a abrir: era Dani “Pivot”, el compañero de la facultad, alto como un poste con su 1,95 m, hombros de armario y esa sonrisa de cerdo eterno. Venía con la mochila al hombro, una carpeta bajo el brazo y una bolsa de bollos de la panadería de abajo.


– ¡Ey, Pepín! Buenos días, cabrón. Traigo los apuntes para el trabajo de marketing… y bollos frescos de tu viejo. ¿Está tu padre? – dijo Dani entrando, dándole un abrazo rápido que rozó el bulto de Pepín.


Chema salió de la cocina en calzoncillos, sin cortarse un pelo.


– Hola, Pivot. Pasa, chaval. ¿Trabajo de la uni? Sentaros en el salón. Yo os dejo tranquilos… o no, si queréis compañía.


Dani miró a Chema de arriba abajo: el panadero fornido, barba rubia, pecho peludo, y ese pollón tremendo marcando en los gayumbos blancos. El pivot se ajustó el paquete instintivamente.


– Hostia, Chema… qué bien conservado estás, cabrón. Pepín me ha contado lo de la otra vez en tu cama… y lo de los moros. Menudo fiestón os montáis aquí.


Pepín se rio, cerrando la puerta.


– Sí, tío. Y ayer fue la despedida de Said… me petaron los tres. Estoy que no puedo ni sentarme.


Dani dejó la carpeta en la mesa, pero sus ojos no se apartaban del bulto de Chema.


– Joder… qué morbo. Oye, Chema… ¿y si en vez de apuntes hacemos otra cosa? Pepín y yo ya nos la hemos pelado en tu cama… pero contigo… sería la hostia.


Chema sonrió guarro, sintiendo cómo su pollón se endurecía al instante.


– Coño, Pivot… directo al grano, ¿eh? Vale. Pero esta vez os follo yo a los dos… o mejor, os monto a los dos sobre Pepín. Venga, al salón.


En dos minutos, la mesa de apuntes quedó olvidada. Los tres se desnudaron: Chema con su cuerpo de panadero fuerte, pollón de 30 cm tieso como una barra; Dani, el pivot alto y fortachón, con su megapollón de 30 cm latiendo; Pepín en medio, cuerpo de nadador sudado, culo aún abierto de la noche anterior.


Pepín se tumbó en el sofá, piernas abiertas, culo en pompa.


– ¡Venga, cabrones! ¡Folladme como pistones! ¡Quiero dos pollones de 30 cm petándome a la vez!


Chema y Dani se colocaron detrás. Chema escupió en su glande y empujó primero, metiendo los 30 cm hasta los huevos en una embestida brutal.


– ¡TOMA POLLÓN DE PAPÁ OTRA VEZ, HIJO! ¡TE VOY A REVENTAR EL CULO COMO ANOCHE! – berreó Chema, las caderas moviéndose como un motor, las pelotas golpeando con palmadas secas.


Pepín aulló:


– ¡JODER, PAPÁ! ¡QUÉ FUERTE! ¡ME ESTÁS PARTIENDO!


Dani, al lado, alineó su megapollón de 30 cm junto al de Chema y empujó con fuerza, forzando la doble penetración.


– ¡Y AHORA TOMA EL MÍO, PEPÍN! ¡DOS POLLONES DE 30 CM DENTRO! ¡TE VAMOS A DEJAR COMO UN CRÁTER! – rugió Dani, embistiendo salvaje, su cuerpo alto y fortachón temblando de placer.


Pepín gritaba histérico, el culo estirado al límite por dos trancas iguales de grosor y longitud:


– ¡HOSTIA PUTA! ¡DOS MONSTRUOS A LA VEZ! ¡ME ESTÁN DESGARRANDO! ¡MÁS FUERTE, CABRONES! ¡PETADME COMO ANIMALES!


Los dos machos follaban como pistones desbocados: sincronizados al principio, luego alternando, uno entra mientras el otro sale, el agujero de Pepín rojo, hinchado, chorreando precum y sudor. El sofá crujía como si fuera a romperse, el sudor volaba, los berridos resonaban en todo el piso.


– ¡MIRA CÓMO LE ABRO EL CULO, PIVOT! ¡ESTÁ ROJO Y ABIERTO COMO UNA PUTA! – bramaba Chema, dándole palmadas brutales en las nalgas.


– ¡Y ÉL AGUANTA COMO UN CAMPEÓN! ¡DOS POLLAS DE 30 CM DENTRO! ¡QUÉ GUARRO! – respondía Dani, pellizcando los pezones de Pepín mientras embestía.


Pepín no paraba de chillar:


– ¡SÍ! ¡REVENTADME! ¡LLENADME DE LEFA! ¡QUIERO SENTIR VUESTRAS DESCARGAS DOBLES DENTRO!


Chema y Dani aceleraron al máximo: las caderas chocando, las pelotas botando, el sonido chapoteante de dos pollones follando un culo estirado.


Chema explotó primero:


– ¡ME CORRO, HIJO! ¡TOMA LA LECHADA DE PAPÁ DENTRO! – berreó como un loco, disparando chorros espesos y calientes, llenando el culo hasta que la lefa empezó a rebosar por los lados.


Dani, sintiendo la corrida caliente de Chema, no aguantó:


– ¡YO TAMBIÉN, PEPÍN! ¡LEFA DEL PIVOT! ¡TOMA! – rugió, eyaculando chorros potentes que se mezclaron con los de Chema, el semen blanco y espeso saliendo a borbotones, chorreando por las piernas de Pepín, formando un charco en el sofá.


Pepín, con el culo lleno de doble lefa caliente, se corrió sin tocarse:


– ¡ME CORRO, CABRONES! ¡CON VUESTRAS LEFADAS DOBLES DENTRO! ¡QUÉ FOLLADA MÁS BESTIA! – chilló, su polla joven disparando chorros que salpicaron el pecho de Dani y el suelo.


Los tres quedaron jadeando: Pepín tirado en el sofá, culo como un volcán abierto, chorreando lefa espesa que goteaba sin parar; Chema y Dani de pie, pollones goteando restos, riendo exhaustos.


Chema palmeó el culo lefado de su hijo.


– Joder, chaval… te hemos petado bien. Y Pivot… buen compañero tienes, eh.


Dani, limpiándose el glande en el muslo de Pepín, guiñó un ojo.


– Cuando queráis repetir… traigo más colegas de la uni. Esto se pone interesante.


Pepín, con voz ronca y sonrisa guarra:


– Cuando queráis… papi, Pivot… estoy para lo que venga.


La mañana siguió: café frío, apuntes olvidados, y el salón oliendo a tres corridas frescas. Abajo, Omar abría la panadería ajeno al nuevo fiestón. Pero en el piso, el morbo no tenía fin. El verano –o lo que quedaba de él– seguía ardiendo.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 19

La mañana aún no había terminado de asentarse en el piso. El sofá del salón estaba hecho un desastre: manchas frescas de lefa doble de Chema y Dani mezcladas con el sudor y el olor residual de la follada brutal que acababan de darle a Pepín. El chaval de 20 años seguía tirado boca abajo, culo rojo e hinchado chorreando semen espeso por los muslos, jadeando con la cara hundida en un cojín. Chema y Dani, de pie a su lado, respiraban fuerte, pollones de 30 cm aún goteando restos, riéndose entre resuellos mientras se limpiaban con un trapo viejo.


– Joder, Pivot… qué bien follas, cabrón. Has dejado al chaval como un trapo – dijo Chema, dándole una palmada en el hombro ancho al pivot.


Dani, con su cuerpo de 1,95 m sudado y brillante, se rascó las pelotas.


– Tú también, Chema. Menuda dupla… doble de 30 cm dentro. Pepín, ¿sigues vivo ahí abajo?


Pepín levantó la cabeza, sonrisa guarra a pesar del agotamiento.


– Vivo… pero reventado. Hostia, qué gustazo… dos pollones pistoneando a la vez. Creo que hoy no me muevo del sofá.


Justo en ese momento, la puerta del piso se abrió de golpe. Era Omar, que había subido deprisa porque había olvidado el móvil en el salón. El moro entró con el delantal aún puesto, barba negra sudada del horno, y se quedó paralizado al ver la escena: Pepín lefado y abierto en el sofá, Chema y Dani desnudos con los rabos tiesos goteando, el aire cargado de semen fresco.


– ¿Qué… co-ño… pa-sa… aquí? – soltó Omar en su acento roto, pero los ojos le brillaron al instante. Su cipotón de 32 cm empezó a endurecerse bajo los pantalones en dos segundos.


Chema se rio a carcajadas, sin taparse.


– Omar… justo a tiempo, cabrón. Hemos estado petando al chaval… doble penetración. ¿Te unes o qué? Said ya se fue, pero tú sigues aquí.


Omar cerró la puerta de un empujón, se quitó el delantal y los pantalones en un movimiento fluido. Su cipotón moreno saltó tieso: 32 cm de carne gorda, venosa, glande enorme brillando de precum.


– Sí… me u-no… Pe-pín… cu-lo… pa-ra mí… tam-bién – gruñó Omar, acercándose al sofá con pasos pesados.


Pepín, al verlo, se incorporó un poco, el culo aún chorreando lefa de los otros dos.


– ¡Joder, Omar! ¡Ven ya! ¡Tres pollones otra vez! ¡Quiero tu cipotón gordo dentro ahora!


Dani y Chema se miraron, sonrieron como lobos y se colocaron para dejar sitio. Omar se arrodilló detrás de Pepín, escupió en su glande y empujó sin preámbulos: los 32 cm entraron hasta los huevos en una embestida violenta, mezclándose con la lefa que ya había dentro.


– ¡TOMA MI PO-YA GOR-DA, CHA-VAL! ¡TE RE-VIEN-TO EL CU-LO! – berreó Omar, las caderas moviéndose como un pistón desbocado, las pelotas pesadas golpeando el culo ya rojo de Pepín.


Pepín aulló de placer extremo:


– ¡HOSTIA PUTA, OMAR! ¡QUÉ GORDA! ¡CON LA LEFA DE LOS OTROS DENTRO… ME LLENAS MÁS! ¡FOLLA DURO, MORO!


Chema se colocó delante, metiéndole su pollón de 30 cm en la boca.


– ¡CHÚPALA, HIJO! ¡TRAGA LA POLLA DE PAPÁ MIENTRAS EL MORO TE PETEA!


Dani, no queriendo quedarse fuera, se arrodilló al lado y empezó a pajearse su megapollón de 30 cm, esperando turno.


– ¡Joder, qué escena! ¡Tres machos sobre ti, Pepín! ¡Aguanta, cabrón!


Omar follaba como un animal: estocadas profundas, rápidas, brutales, el cipotón gordo estirando aún más el agujero ya abierto, lefa de Chema y Dani saliendo a borbotones con cada embestida, chorreando por las piernas de Pepín y manchando el sofá.


– ¡SÍ… PE-PÍN! ¡TU CU-LO… APRE-TA… MU-CHO! ¡ME CO-RRO… PRON-TO! – rugía Omar, acelerando hasta que el sonido de carne contra carne era ensordecedor.


Pepín, con la boca llena del pollón de Chema, gemía ahogado:


– ¡MÁS! ¡LLÉNAME OTRA VEZ! ¡QUIERO TU LEFA ÁRABE ENCIMA DE LA DE ELLOS!


Chema, follándole la garganta, no aguantó:


– ¡ME CORRO OTRA VEZ, HIJO! ¡TRAGA! – berreó, disparando chorros frescos en la boca de Pepín, que tragaba como podía, semen saliendo por las comisuras.


Omar explotó dentro del culo:


– ¡LE-FA… MU-CHA! ¡TOMA… DENTRO! – aulló el moro, eyaculando chorros espesos y calientes, llenando tanto que la lefa triple rebosó violentamente, salpicando las pelotas de Omar y el suelo.


Dani, pajeándose al lado, se corrió también:


– ¡YO TAM-BIÉN! ¡LEFA EN TU CARA, PEPÍN! – gritó, apuntando y disparando chorros gruesos que salpicaron la mejilla, la barba incipiente y el pecho del chaval.


Pepín, con el cuerpo temblando, se corrió por tercera vez esa mañana sin tocarse: chorros débiles pero intensos salpicando su propio abdomen, mientras su culo chorreaba una cascada de lefa de tres sementales.


– ¡JODER… ME HABÉIS MATADO! ¡CULO LLENO… CARA LLENA… TODO LEFA! – chilló histérico, cayendo exhausto sobre el sofá, el agujero palpitante y abierto como un volcán, semen blanco goteando sin parar por sus piernas, el sofá y el suelo.


Los tres machos se quedaron jadeando alrededor: Chema limpiándose el pollón en el muslo de Pepín, Omar ajustándose los pantalones con una sonrisa satisfecha, Dani riendo como un loco.


Chema palmeó el culo lefado de su hijo.


– Bueno… trabajo de la facultad terminado, ¿no, Pivot?


Dani se rio, recogiendo su mochila.


– Apuntes para otro día. Esto ha sido mejor que cualquier clase.


Omar, antes de bajar al horno:


– Pe-pín… buen cu-lo… siem-pre… pa-ra no-so-tros.


Pepín, tirado y cubierto de semen, levantó un pulgar débil.


– Cuando… queráis… cabrones… estoy… para más.


La mañana siguió: café frío, apuntes olvidados, y el piso oliendo a cuatro corridas frescas. Omar bajó a la panadería con una sonrisa, Chema y Dani ayudaron a Pepín a limpiarse un poco, y el día en Chamberí continuó como siempre: caliente, guarro y sin frenos.
 
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