Sueños rotos

Cjbandolero

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Capítulo 1

Oscar y Valeria llevaban apenas un año de casados, pero ya habían construido tantas ilusiones juntos que a veces les costaba creer que su vida podía ser tan perfecta. Eran esa clase de pareja que parecía hecha a medida, donde todo encajaba de forma natural. A veces, Valeria sonreía para sí misma pensando en lo fácil que había sido enamorarse de Oscar, un hombre atento, cariñoso, con una paciencia que nunca se agotaba. Él la trataba con un respeto y devoción que la hacía sentir especial, como si fuera la única mujer en su mundo. Por su parte, Oscar siempre había sentido que había tenido una suerte increíble al cruzarse con Valeria. Pelirroja, de piel clara, con ojos tan intensos que podía perderse en ellos cada vez que la miraba. Valeria era el tipo de mujer que llamaba la atención en cualquier lugar, no por ser altiva, sino por esa belleza discreta que parecía casi involuntaria. A pesar de su carácter reservado, siempre había algo magnético en su forma de ser que lo cautivaba.

Vivían en un pequeño apartamento que habían comprado con esfuerzo, con una vista a la ciudad que a ambos les encantaba. Oscar pasaba las tardes hablando de los planes que tenían para el futuro, imaginando cómo sería tener una casa más grande, un perro corriendo por el jardín y, sobre todo, un hijo. Ese era el sueño que ambos compartían más que ningún otro. Habían hablado de ello desde antes de casarse. Valeria se imaginaba con una barriga redonda, acariciándose el vientre mientras sentía las pataditas del bebé, y Oscar a su lado, preparándolo todo para la llegada de su primer hijo.

El sol de la mañana se colaba por las ventanas del pequeño apartamento de Oscar y Valeria, envolviéndolos en un cálido resplandor. Valeria se despertó, como cada día, antes que Oscar. Estaba acostumbrada a quedarse unos minutos en la cama observándolo, viendo cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración lenta y profunda. Siempre le había parecido una imagen tranquila, casi perfecta. Se levantó con cuidado para no despertarlo y se dirigió a la cocina, y preparó el desayuno y el aroma del café recién hecho empezó a llenar el aire.

Oscar se levantó poco después y la encontró en la cocina, vestida solo con una camiseta suya, sus largos mechones pelirrojos le caían descuidadamente sobre sus hombros. Se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y le besó la nuca.

—Buenos días mi amor —murmuró, con la voz ronca de recién despertado.

Valeria sonrió, como siempre hacía cuando él la sorprendía con esos gestos matutinos. A pesar del tiempo que llevaban juntos, aún sentía esa chispa de emoción cada vez que Oscar la tocaba.

—Buenos días —respondió, girándose para besarlo suavemente en los labios—. El café está listo.

Era un día como cualquier otro, aunque esa mañana tenía un ligero matiz de nerviosismo. Desde hacía meses, ambos habían estado intentando tener un hijo sin éxito, y hoy iban a recoger los resultados de las pruebas que se habían hecho tras notar que algo no iba bien. A pesar de los pequeños nervios que revoloteaban en el estómago de Valeria, no había imaginado ni por un segundo que las noticias fueran malas. Había algo en su relación que siempre la hacía sentir que todo se resolvería, que los problemas serían solo pequeños baches en el camino. Oscar, sin embargo, estaba más inquieto de lo que dejaba ver. Mientras se afeitaba frente al espejo, evitaba mirar directamente su reflejo, como si algo dentro de él ya supiera lo que venía. Se repetía que no había motivos para preocuparse, que los avances médicos de hoy en día podían solucionar cualquier cosa. Pero una pequeña voz en su cabeza, una sombra de duda, se negaba a callarse. “¿Y si el problema soy yo?”, pensaba mientras la cuchilla pasaba por su piel.

El trayecto al consultorio fue breve, pero los dos lo hicieron en un tenso silencio. La radio del coche llenaba el espacio con una música suave, pero Valeria no la escuchaba realmente. Estaba perdida en sus pensamientos, imaginándose a sí misma con una barriga de embarazada, acariciándose el vientre mientras Oscar le leía algún libro a su futuro bebé. Se veían tan felices en su mente que una sonrisa se asomó en su rostro. Oscar la miró de reojo y, al verla sonreír, decidió que sus propios miedos eran infundados. “Todo va a estar bien”, se dijo a sí mismo.

Cuando llegaron a la consulta, el médico les recibió con una cortesía habitual, pero algo en su rostro, en la rigidez de su expresión, hizo que ambos se tensaran de inmediato. Los saludó, les invitó a sentarse, y con demasiada frialdad comenzó a explicar los resultados. Oscar lo escuchaba como si las palabras llegaran desde un lugar lejano, confusas y pesadas: esterilidad, bajo conteo de espermatozoides, imposibilidad natural de concebir. Valeria parpadeó varias veces, incapaz de procesar lo que oía. Su mirada se fijó en el médico, pero sus ojos no estaban realmente ahí. En su mente, las imágenes de ella y Oscar con su hijo comenzaron a desvanecerse como una neblina. Había esperado que el doctor les diera una respuesta sencilla, tal vez un tratamiento, algo que les permitiera seguir con su plan de vida. Pero no, lo que estaba escuchando no eran buenas noticias. El doctor siguió hablando, explicando alternativas, tratamientos de fertilidad, pero siendo realistas no tenía solución, pero a Valeria nada de eso le parecía real. Oscar no puede tener hijos. Esa frase se repetía en su mente como un eco imparable. Oscar, por su parte, trataba de asimilar la noticia de forma práctica, preguntando sobre tratamientos y posibilidades. Pero algo dentro de él ya había empezado a quebrarse. Mientras hablaba con el médico, sentía que le fallaba a Valeria. La mujer a la que amaba, la que más deseaba ser madre, nunca podría tener un hijo de él. Ese pensamiento lo destrozaba.

De vuelta en casa, el ambiente era tenso y pesado. Oscar intentaba mantener la calma, mostrándose racional y fuerte, pero su cabeza estaba llena de pensamientos oscuros. Había algo humillante en no poder darle a Valeria lo que ambos tanto querían. “¿Qué clase de hombre soy?”, pensaba, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta. Valeria, por su parte, no dejaba de sentirse aturdida. Se movía por el apartamento en piloto automático, ordenando cosas sin sentido, simplemente para ocupar sus manos. Pero su mente no podía escapar de esa dolorosa realidad. No tendrían un hijo juntos de la manera que había soñado. Finalmente, después de lo que parecieron horas de silencio, Valeria se sentó en el sofá junto a Oscar. Durante un rato no dijeron nada. Solo el sonido de la ciudad exterior llenaba el vacío entre ellos. Era como si hablar significara aceptar la nueva realidad, y ninguno de los dos estaba preparado para eso.

—No puedo creerlo… —murmuró Valeria de repente, rompiendo el silencio.

Oscar no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la ventana, pero sus pensamientos estaban lejos.

—Yo tampoco —dijo al fin, con apenas un susurro—. Pero puede haber opciones, Valeria. Hay tratamientos, hay formas…

—No quiero tratamientos, Oscar. —Su voz sonaba firme, pero llena de un dolor silencioso—. Yo quiero tener un hijo tuyo follando, no de una máquina, no con un donante anónimo.

Oscar sintió cómo su estómago se encogía. Sabía que Valeria deseaba algo más que ser madre. Quería sentir la conexión con él, la mezcla de sus cuerpos creando una vida. Esa imagen siempre había sido parte de su amor, parte de sus sueños. Y ahora, todo eso parecía imposible.

—Lo siento tanto… —dijo Oscar, mirando sus manos, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentía.

Valeria se giró hacia él, con sus ojos llenos de lágrimas, pero sin derramarlas. Había siempre tenido esa fuerza, esa capacidad de contener el dolor hasta el último segundo. Pero esta vez se veía quebrada, y Oscar lo notó.

—¿Cómo vamos a seguir adelante con esto? —preguntó ella—. Todo lo que hemos planeado, todo lo que hemos querido…

Oscar no sabía qué responder. ¿Cómo se sigue adelante cuando tu vida perfecta se desmorona en cuestión de segundos? Él también había soñado con ser padre, con tener un hijo que corriera hacia él cuando llegara a casa después del trabajo, con noches en las que le contarían cuentos hasta quedarse dormidos. Pero ahora, todos esos sueños se desvanecían. Y lo peor de todo era que sentía que había fallado.

Se inclinó hacia Valeria y tomó su mano.

—No lo sé… pero estoy aquí. Te amo. Eso no va a cambiar. Pase lo que pase, te amo.

Ella lo miró, intentando encontrar consuelo en sus palabras. Tal vez no había una solución inmediata, tal vez la herida seguiría ahí por un tiempo. Pero en ese momento, en esa habitación llena de silencio y dolor, se aferraron al único pilar que les quedaba: el amor que sentían el uno por el otro. Sin embargo, ambos sabían que el camino que les esperaba no sería fácil.

Continuará…
 
Capítulo 1

Oscar y Valeria llevaban apenas un año de casados, pero ya habían construido tantas ilusiones juntos que a veces les costaba creer que su vida podía ser tan perfecta. Eran esa clase de pareja que parecía hecha a medida, donde todo encajaba de forma natural. A veces, Valeria sonreía para sí misma pensando en lo fácil que había sido enamorarse de Oscar, un hombre atento, cariñoso, con una paciencia que nunca se agotaba. Él la trataba con un respeto y devoción que la hacía sentir especial, como si fuera la única mujer en su mundo. Por su parte, Oscar siempre había sentido que había tenido una suerte increíble al cruzarse con Valeria. Pelirroja, de piel clara, con ojos tan intensos que podía perderse en ellos cada vez que la miraba. Valeria era el tipo de mujer que llamaba la atención en cualquier lugar, no por ser altiva, sino por esa belleza discreta que parecía casi involuntaria. A pesar de su carácter reservado, siempre había algo magnético en su forma de ser que lo cautivaba.

Vivían en un pequeño apartamento que habían comprado con esfuerzo, con una vista a la ciudad que a ambos les encantaba. Oscar pasaba las tardes hablando de los planes que tenían para el futuro, imaginando cómo sería tener una casa más grande, un perro corriendo por el jardín y, sobre todo, un hijo. Ese era el sueño que ambos compartían más que ningún otro. Habían hablado de ello desde antes de casarse. Valeria se imaginaba con una barriga redonda, acariciándose el vientre mientras sentía las pataditas del bebé, y Oscar a su lado, preparándolo todo para la llegada de su primer hijo.

El sol de la mañana se colaba por las ventanas del pequeño apartamento de Oscar y Valeria, envolviéndolos en un cálido resplandor. Valeria se despertó, como cada día, antes que Oscar. Estaba acostumbrada a quedarse unos minutos en la cama observándolo, viendo cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración lenta y profunda. Siempre le había parecido una imagen tranquila, casi perfecta. Se levantó con cuidado para no despertarlo y se dirigió a la cocina, y preparó el desayuno y el aroma del café recién hecho empezó a llenar el aire.

Oscar se levantó poco después y la encontró en la cocina, vestida solo con una camiseta suya, sus largos mechones pelirrojos le caían descuidadamente sobre sus hombros. Se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y le besó la nuca.

—Buenos días mi amor —murmuró, con la voz ronca de recién despertado.

Valeria sonrió, como siempre hacía cuando él la sorprendía con esos gestos matutinos. A pesar del tiempo que llevaban juntos, aún sentía esa chispa de emoción cada vez que Oscar la tocaba.

—Buenos días —respondió, girándose para besarlo suavemente en los labios—. El café está listo.

Era un día como cualquier otro, aunque esa mañana tenía un ligero matiz de nerviosismo. Desde hacía meses, ambos habían estado intentando tener un hijo sin éxito, y hoy iban a recoger los resultados de las pruebas que se habían hecho tras notar que algo no iba bien. A pesar de los pequeños nervios que revoloteaban en el estómago de Valeria, no había imaginado ni por un segundo que las noticias fueran malas. Había algo en su relación que siempre la hacía sentir que todo se resolvería, que los problemas serían solo pequeños baches en el camino. Oscar, sin embargo, estaba más inquieto de lo que dejaba ver. Mientras se afeitaba frente al espejo, evitaba mirar directamente su reflejo, como si algo dentro de él ya supiera lo que venía. Se repetía que no había motivos para preocuparse, que los avances médicos de hoy en día podían solucionar cualquier cosa. Pero una pequeña voz en su cabeza, una sombra de duda, se negaba a callarse. “¿Y si el problema soy yo?”, pensaba mientras la cuchilla pasaba por su piel.

El trayecto al consultorio fue breve, pero los dos lo hicieron en un tenso silencio. La radio del coche llenaba el espacio con una música suave, pero Valeria no la escuchaba realmente. Estaba perdida en sus pensamientos, imaginándose a sí misma con una barriga de embarazada, acariciándose el vientre mientras Oscar le leía algún libro a su futuro bebé. Se veían tan felices en su mente que una sonrisa se asomó en su rostro. Oscar la miró de reojo y, al verla sonreír, decidió que sus propios miedos eran infundados. “Todo va a estar bien”, se dijo a sí mismo.

Cuando llegaron a la consulta, el médico les recibió con una cortesía habitual, pero algo en su rostro, en la rigidez de su expresión, hizo que ambos se tensaran de inmediato. Los saludó, les invitó a sentarse, y con demasiada frialdad comenzó a explicar los resultados. Oscar lo escuchaba como si las palabras llegaran desde un lugar lejano, confusas y pesadas: esterilidad, bajo conteo de espermatozoides, imposibilidad natural de concebir. Valeria parpadeó varias veces, incapaz de procesar lo que oía. Su mirada se fijó en el médico, pero sus ojos no estaban realmente ahí. En su mente, las imágenes de ella y Oscar con su hijo comenzaron a desvanecerse como una neblina. Había esperado que el doctor les diera una respuesta sencilla, tal vez un tratamiento, algo que les permitiera seguir con su plan de vida. Pero no, lo que estaba escuchando no eran buenas noticias. El doctor siguió hablando, explicando alternativas, tratamientos de fertilidad, pero siendo realistas no tenía solución, pero a Valeria nada de eso le parecía real. Oscar no puede tener hijos. Esa frase se repetía en su mente como un eco imparable. Oscar, por su parte, trataba de asimilar la noticia de forma práctica, preguntando sobre tratamientos y posibilidades. Pero algo dentro de él ya había empezado a quebrarse. Mientras hablaba con el médico, sentía que le fallaba a Valeria. La mujer a la que amaba, la que más deseaba ser madre, nunca podría tener un hijo de él. Ese pensamiento lo destrozaba.

De vuelta en casa, el ambiente era tenso y pesado. Oscar intentaba mantener la calma, mostrándose racional y fuerte, pero su cabeza estaba llena de pensamientos oscuros. Había algo humillante en no poder darle a Valeria lo que ambos tanto querían. “¿Qué clase de hombre soy?”, pensaba, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta. Valeria, por su parte, no dejaba de sentirse aturdida. Se movía por el apartamento en piloto automático, ordenando cosas sin sentido, simplemente para ocupar sus manos. Pero su mente no podía escapar de esa dolorosa realidad. No tendrían un hijo juntos de la manera que había soñado. Finalmente, después de lo que parecieron horas de silencio, Valeria se sentó en el sofá junto a Oscar. Durante un rato no dijeron nada. Solo el sonido de la ciudad exterior llenaba el vacío entre ellos. Era como si hablar significara aceptar la nueva realidad, y ninguno de los dos estaba preparado para eso.

—No puedo creerlo… —murmuró Valeria de repente, rompiendo el silencio.

Oscar no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la ventana, pero sus pensamientos estaban lejos.

—Yo tampoco —dijo al fin, con apenas un susurro—. Pero puede haber opciones, Valeria. Hay tratamientos, hay formas…

—No quiero tratamientos, Oscar. —Su voz sonaba firme, pero llena de un dolor silencioso—. Yo quiero tener un hijo tuyo follando, no de una máquina, no con un donante anónimo.

Oscar sintió cómo su estómago se encogía. Sabía que Valeria deseaba algo más que ser madre. Quería sentir la conexión con él, la mezcla de sus cuerpos creando una vida. Esa imagen siempre había sido parte de su amor, parte de sus sueños. Y ahora, todo eso parecía imposible.

—Lo siento tanto… —dijo Oscar, mirando sus manos, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentía.

Valeria se giró hacia él, con sus ojos llenos de lágrimas, pero sin derramarlas. Había siempre tenido esa fuerza, esa capacidad de contener el dolor hasta el último segundo. Pero esta vez se veía quebrada, y Oscar lo notó.

—¿Cómo vamos a seguir adelante con esto? —preguntó ella—. Todo lo que hemos planeado, todo lo que hemos querido…

Oscar no sabía qué responder. ¿Cómo se sigue adelante cuando tu vida perfecta se desmorona en cuestión de segundos? Él también había soñado con ser padre, con tener un hijo que corriera hacia él cuando llegara a casa después del trabajo, con noches en las que le contarían cuentos hasta quedarse dormidos. Pero ahora, todos esos sueños se desvanecían. Y lo peor de todo era que sentía que había fallado.

Se inclinó hacia Valeria y tomó su mano.

—No lo sé… pero estoy aquí. Te amo. Eso no va a cambiar. Pase lo que pase, te amo.

Ella lo miró, intentando encontrar consuelo en sus palabras. Tal vez no había una solución inmediata, tal vez la herida seguiría ahí por un tiempo. Pero en ese momento, en esa habitación llena de silencio y dolor, se aferraron al único pilar que les quedaba: el amor que sentían el uno por el otro. Sin embargo, ambos sabían que el camino que les esperaba no sería fácil.

Continuará…
Cualquier solución que se pueda buscar no es válida. Esperando el desarrollo del relato y expectante hacia donde se dirige.
 
Aquí el problema y la solución que van a adoptar es tener un niño a través de un hombre que ellos elijan.
El problema es que eso puede ser peligroso porque ella puede desarrollar sentimientos por ese hombre o bien que el no lo pueda soportar, porque es complicado asumir que no es realmente tú hijo.
Yo preferiría una adopción que eso no complica las cosas, pero está claro que ja decisión va a ser la mas peligrosa y eso va a suponer un peligro para la pareja y veremos si una ruptura.
 
Aquí el problema y la solución que van a adoptar es tener un niño a través de un hombre que ellos elijan.
El problema es que eso puede ser peligroso porque ella puede desarrollar sentimientos por ese hombre o bien que el no lo pueda soportar, porque es complicado asumir que no es realmente tú hijo.
Yo preferiría una adopción que eso no complica las cosas, pero está claro que ja decisión va a ser la mas peligrosa y eso va a suponer un peligro para la pareja y veremos si una ruptura.

O una inseminación por donante anónimo en un centro médico.

.
 
Capítulo 2


Los días después de la consulta médica se volvieron una rutina extraña y cargada de silencios. Valeria seguía levantándose temprano, preparando el café, intentando mantener una fachada de normalidad. Pero ya nada era igual. A veces, mientras estaba sola en la cocina o paseando por el parque cuando volvía de su trabajo, se sorprendía pensando en lo injusto que era todo. Ella había hecho todo bien. Había seguido el camino que siempre había soñado: encontró al hombre ideal, construyó una relación sólida, se casó, y estaba lista para dar el siguiente paso. Entonces, ¿por qué la vida le negaba lo que más deseaba?

Cada vez que veía a una madre paseando con su bebé, una punzada de envidia la atravesaba. Esa visión, que antes le parecía entrañable y hermosa, ahora le provocaba una mezcla de dolor y rabia. Odiaba sentirse así. No quería ser la persona que miraba con resentimiento la felicidad de los demás, pero no podía evitarlo. ¿Por qué ellas sí y yo no? La pregunta resonaba en su mente constantemente, hasta convertirse en una especie de eco doloroso que nunca desaparecía.

Oscar lo notaba. No era fácil, pero después de tantos años juntos, era imposible no darse cuenta de los pequeños cambios. Valeria hablaba menos, sonreía menos, y aunque sus gestos seguían siendo los mismos, había una especie de distancia emocional que comenzaba a abrirse entre ellos. A veces, cuando Oscar la abrazaba, podía sentir la rigidez en su cuerpo, como si estuviera reteniendo algo, como si las palabras se atragantaran en su garganta.

Una noche, mientras veían una película en el sofá, Oscar decidió enfrentarlo.

—¿Estás bien? —preguntó de repente, rompiendo el silencio que los envolvía desde hacía horas.

Valeria lo miró por un momento, como si estuviera considerando qué decir. Pero lo único que logró fue un encogimiento de hombros.

—No lo sé —respondió finalmente, desviando la mirada hacia la pantalla, aunque no estaba prestando atención a la película—. No lo sé, Oscar.

Oscar suspiró. No era la primera vez que intentaba hablar del tema, pero cada vez parecía más difícil. ¿Cómo podía ayudarla si él mismo se sentía tan inútil?

—Podemos intentar los tratamientos —propuso, su voz apenas era un susurro—. Hay opciones, no tenemos que rendirnos…

—No lo entiendes —lo interrumpió Valeria, con un tono que él no estaba acostumbrado a oír—. No es solo tener un bebé, Oscar. No es algo que quiera comprar o conseguir con un procedimiento. No es una adopción. Quiero que sea nuestro. Quiero sentir esa conexión, que sea una parte de ti y de mí. No quiero que sea un proceso médico, quiero… quiero que sea natural.

Oscar la miró en silencio, sintiendo cómo cada palabra de su esposa lo golpeaba directamente en el pecho. Sabía que ese deseo estaba enraizado en lo más profundo de Valeria, y sabía también que no podía cumplirlo. Era una impotencia devastadora.

—Lo sé… —murmuró finalmente—. Pero eso no significa que no podamos ser felices.

Valeria no respondió. Se limitó a apagar la televisión y levantarse del sofá. Se quedó unos segundos mirando por la ventana, observando las luces de la ciudad que titilaban en la distancia. Sabía que Oscar intentaba consolarla, pero el vacío que sentía no se llenaba con palabras. Desde que recibió la noticia de que Oscar no podía tener hijos, algo dentro de ella se había apagado. A medida que los días pasaban, la tensión entre ambos comenzó a aumentar. Era sutil, como una corriente eléctrica que fluía entre ellos, invisible pero innegable. A veces, cuando hacían el amor, Valeria sentía un nudo en el estómago. Ya no podía disfrutar plenamente, porque cada encuentro íntimo le recordaba lo que no podían tener. Lo que nunca tendrían. Se preguntaba si Oscar sentía lo mismo, si él también estaba atrapado en esa sensación de vacío. Una noche, después de una cena especialmente silenciosa, Oscar la tomó de la mano y la llevó a la cama. Valeria lo siguió sin decir nada, dejándose llevar por la familiaridad de sus gestos. Sabía lo que iba a pasar, pero no tenía ganas de hablar. Estaba agotada, emocionalmente drenada, pero en su matrimonio el sexo había sido siempre una especie de refugio, un lugar donde podían reconectar sin necesidad de palabras.

Esa vez, sin embargo, algo fue diferente.

Oscar la besó lentamente, recorriendo su cuerpo con las manos de una manera que le resultaba extraña. No eran las caricias habituales, llenas de deseo y pasión. Había algo en su forma de tocarla que se sentía más íntimo, más vulnerable. Valeria cerró los ojos, intentando concentrarse en las sensaciones, pero su mente seguía vagando. Intentaba desconectar de los pensamientos que la atormentaban, de la sensación constante de vacío. Pero entonces, en medio de ese momento íntimo, Oscar rompió el silencio.

—Valeria… —murmuró, con una voz más ronca de lo normal—. Quiero… quiero decirte algo.

Valeria abrió los ojos, sorprendida por el tono de su esposo. Él la miraba con una intensidad que no había visto antes, como si lo que estaba a punto de decirle fuera algo importante, algo que había estado guardando durante mucho tiempo.

—¿Qué pasa? —preguntó, sintiendo un leve nudo en el estómago.

Oscar apartó la mirada por un momento, como si estuviera luchando internamente por encontrar las palabras adecuadas. Había estado pensando en esto durante días, desde la noticia devastadora en el consultorio del médico. No quería cargar a Valeria con más dolor, pero tampoco podía seguir guardando ese secreto dentro de él. La idea lo consumía, y aunque sabía que era algo peligroso de confesar, sentía que debía hacerlo.

—He estado pensando mucho en esto… —comenzó a decir, hablando despacio—. Y no sé cómo lo vayas a tomar, pero necesito decirlo.

Valeria lo miraba con el ceño fruncido, su cuerpo tenso bajo el de Oscar. Sentía que algo se avecinaba, algo que no estaba preparada para escuchar.

—Sabes cuánto deseo que seas madre, ¿verdad? —Oscar hizo una pausa, buscando alguna señal de comprensión en los ojos de Valeria—. Quiero eso para ti más que nada en el mundo.

—Lo sé… —respondió ella, sintiendo cómo la incomodidad crecía dentro de ella.

Oscar se inclinó hacia ella y le dio un suave beso en los labios, como si eso pudiera suavizar lo que estaba a punto de decir. Entonces, sin apartar la vista de sus ojos, dejó escapar las palabras que llevaba semanas reprimiendo.

—Quiero que te acuestes con otro hombre para quedar embarazada.

Valeria parpadeó, sin entender lo que acababa de escuchar. Su mente trató de procesar la frase, pero parecía absurda, fuera de lugar, imposible.

—¿Qué? —preguntó, su voz saliendo en un hilo, como si no estuviera segura de haber oído bien.

Oscar tragó saliva, sintiendo que su corazón latía con fuerza en el pecho. Sabía que lo que acababa de decir era chocante, pero no podía echarse atrás ahora.

—Quiero que te acuestes con otro hombre… y que quedes embarazada. Será nuestro secreto y lo cuidaremos como si fuera nuestro.—repitió, esta vez con más claridad, aunque su voz temblaba ligeramente.

Valeria se quedó completamente inmóvil. Durante unos segundos, las palabras de Oscar parecieron flotar en el aire, suspendidas en el tiempo. Luego, poco a poco, la realidad de lo que acababa de escuchar empezó a caer sobre ella como una losa. ¿Oscar quería que se acostara con otro hombre? ¿Que quedara embarazada de otro?

—Estás bromeando, ¿verdad? —preguntó, tratando de sonreír, aunque la sensación en su pecho era de pura incredulidad.

Oscar negó con la cabeza, su expresión era seria. La mirada que le dirigía no dejaba lugar a dudas. No era una broma. Valeria sintió una mezcla de emociones que la desbordaba: confusión, rabia, miedo… pero sobre todo, una profunda incredulidad.

—No puedo… no puedo creer que me estés pidiendo esto —dijo finalmente, apartando la mirada.

—Valeria, escúchame —dijo Oscar, con voz suplicante—. No es lo que piensas. Es solo… He estado pensando en esto, y sé que es algo extraño, pero… quiero que seas feliz. Quiero que tengas el hijo que tanto deseas, y sé que nunca podré dártelo yo. Si esto es lo que tenemos que hacer… y aunque suene raro… estoy dispuesto a ello.

Valeria se levantó de la cama, apartándose de Oscar como si necesitara poner distancia entre ellos. No podía pensar con claridad. Las palabras de Oscar seguían resonando en su mente, pero no podía darles sentido. ¿Acaso realmente quería que ella se acostara con otro?

—No… no sé qué decir, Oscar —murmuró, llevándose las manos a la cabeza—. Esto es… es demasiado.

—Lo sé, es difícil de entender, pero no se trata de mí. Se trata de ti, de lo que quieres. Yo… yo solo quiero que lo pienses. No tienes que decidir ahora. Solo… por favor, piénsalo.

Valeria lo miró a los ojos, buscando alguna señal de que todo esto no era real, que todo era solo una pesadilla. Pero no encontró nada. Oscar hablaba en serio. Y en ese momento, lo único que pudo hacer fue salir de la habitación, dejando a su esposo solo, con la angustia latiendo en el aire.


Continuará…
 
Jajajajajajaja, estaba cantado desde el principio, otro que quiere que le den rabo a su parienta.

Porque, claro, para qué que vamos a ir a lo normal de "todo el mundo", lo sensato, lo habitual, lo clásico, que no es otra cosa que una buena clinica de reproducción asistida, que tiene sus donantes anónimos, seleccionados para que no tengan enfermedades geneticas, ni de las otras, etc.

No no, mejor que un otro cualquiera le meta unos cuantos rejonazos a chorro libre llenandosela bien de lefa calentita y la empotre unas cuantas veces (porque claro está, a la primera no la preña ni de coña).

.
 
Puedo entender el hecho de que desee cumplirle su sueño a la persona que amas, pero no comparto el que acceda a que sea de otra persona. Prefiero dejarla ir y que busque su sueño con alguien más aunque eso me haga de daño.
 
Esto de todas formas se veía venir.
Si el quiere jugar con fuego que se atengan a las consecuencias.
De todas formas si hubiera decidido otro método, que hubiera sido lo más coherente, no habría relato.
A pesar de todo y aunque no estoy de acuerdo con lo que le propone, esperemos que a ella no le guste demasiado y desarrolle sentimientos por el hombre al que elijan, pero el culpable será él.
 
Puedo entender el hecho de que desee cumplirle su sueño a la persona que amas, pero no comparto el que acceda a que sea de otra persona. Prefiero dejarla ir y que busque su sueño con alguien más aunque eso me haga de daño.
Lo más fácil hubiera sido elegir otro método, bien una adopción bien una inseminación artificial o lo que sea, pero no eso.
 
Amigo cjbandolero.
O le das una vuelta a ésto, o tendrás que mover el relato a la sección de cornudos.
Espero que el tema avance hacia otro escenario diferente al que parece llevar, porque la verdad es que no le veo mucho sentido.
Gracias por tu aportación.
 
Yo creo que habrá que dejar ver hacia donde va el relato. De todas formas, lejos de pensar como todos con la polla, pienso que lo que le propone no es mas que un gesto de profundo amor hacia ella. Tanto que no la quiere perder y esta dispuesto a eso que ella quiere que es embarazarse de manera natural y no con tratamientos.
Por eso hay que dejar que continúe el relato y después ya veremos...
Como siempre es mi humilde opinión y no trato de crear polémica.
 
Yo creo que habrá que dejar ver hacia donde va el relato. De todas formas, lejos de pensar como todos con la polla, pienso que lo que le propone no es mas que un gesto de profundo amor hacia ella. Tanto que no la quiere perder y esta dispuesto a eso que ella quiere que es embarazarse de manera natural y no con tratamientos.
Por eso hay que dejar que continúe el relato y después ya veremos...
Como siempre es mi humilde opinión y no trato de crear polémica.
Considero peligroso que le haya propuesto eso porque a ella le puede gustar demasiado y puede desarrollar sentimientos por el hombre en cuestión.
No dudo que el la ama, pero es una propuesta peligrosa.
 
Yo creo que habrá que dejar ver hacia donde va el relato. De todas formas, lejos de pensar como todos con la polla, pienso que lo que le propone no es mas que un gesto de profundo amor hacia ella. Tanto que no la quiere perder y esta dispuesto a eso que ella quiere que es embarazarse de manera natural y no con tratamientos.
Por eso hay que dejar que continúe el relato y después ya veremos...
Como siempre es mi humilde opinión y no trato de crear polémica.
Intercambiar opiniones sobre un relato, no puede más que satisfacer a su autor,
quiere decir que suscita interés.
La propuesta del protagonista, hubiera sido un hermoso gesto de amor, hace años , cuando no existían otras posibilidades.
Si es la chica la que tiene problemas de fertilidad, la mejor opción es que el hombre se acueste con otra y tenga su hijo con ella, no?... Para qué el rollo ése de la donación de óvulos?.
Con qué decias que pensábamos?
 
Parece inevitable que pronto el amor que se tienen Óscar y Valeria empezará a ser puesto a prueba, todas las circunstancias parecen confluir en una triste resolución para el problema de un embarazo posible de su mujer.
Si bien, es curioso que tengan tanta prisa por crear una familia, que comiencen a intentarlo a meses de casarse, sin consolidar lo económico, requisito básico para cualquier aventura que signifique ampliar lo que tienen, un hecho que ambos parecen decididos de una u otra forma a resolver ya, aunque sabemos los riesgos que implica la oferta de Óscar, tal es su desesperación por hacer feliz a su esposa, que no es consciente de que él podría terminar siendo el menos feliz de los cuatro.
 
Última edición:
Capítulo 3



Los días que siguieron a la confesión de Oscar fueron una maraña de emociones confusas para Valeria. Después de esa noche en la que Oscar le confesó su propuesta, todo cambió entre ellos. Aunque no lo mencionaron directamente, las palabras seguían flotando en el aire, invadiendo cada conversación, cada mirada, cada pequeño gesto cotidiano. Valeria intentaba seguir con su vida de la manera más normal posible, pero nada era igual. Cada vez que Oscar la tocaba, sentía una mezcla de culpabilidad y confusión que la desgastaba por dentro.

¿Cómo podía haberle pedido algo así?

No podía dejar de hacerse esa pregunta. Era su marido, el hombre con el que había decidido compartir su vida, con quien había construido sus sueños. Y sin embargo, ahí estaba, sugiriendo algo que desafiaba todo lo que había creído sobre el matrimonio, el amor y la fidelidad. La idea de estar con otro hombre, aunque fuera con el propósito de quedar embarazada, se le antojaba tan irreal, tan absurda, que a veces se despertaba en medio de la noche con el corazón acelerado, como si hubiera tenido una pesadilla. Pero lo más extraño era que, aunque la propuesta la había dejado en shock, también había algo en su interior que no podía ignorar. Cada vez que pensaba en ello, sentía una punzada de curiosidad. ¿Qué significaría para su matrimonio? ¿Podría hacerlo y seguir siendo la misma persona? Cada vez que esas preguntas se asomaban en su mente, Valeria intentaba reprimirlas, sacarlas de su cabeza, pero volvían una y otra vez, como un eco persistente. Pero había una pregunta más que venía a su mente y que la tenía aturdida, ¿Y si su marido se hubiera visto en esa tesitura por su cabezonería de quedar embarazada de manera natural? Esa idea la atormentaba si, pero era su vida y era su decisión, no se embarazaría de manera artificial.



Pasaron tres días antes de que se atreviera a hablar con alguien sobre ello. Su mejor amiga, Laura, era la única persona en la que podía confiar para algo tan delicado. Laura y Valeria se conocían desde la universidad, y su amistad había sobrevivido al paso de los años, las relaciones y los cambios de vida. A pesar de ser diferentes en muchos aspectos, siempre habían sido un refugio emocional la una para la otra. Sentadas en una cafetería del centro, Valeria y Laura compartían una charla habitual, pero el nerviosismo de Valeria era evidente. Jugaba con su taza de café, removiendo el líquido sin necesidad, evitando mirar directamente a su amiga. Laura, siempre perceptiva, lo notó enseguida.

—¿Qué te pasa? —preguntó finalmente, frunciendo el ceño—. Estás rara. Desde que llegaste te noto nerviosa.

Valeria respiró hondo. Había estado ensayando mentalmente cómo introducir el tema, pero ahora que estaba frente a Laura, las palabras se le atoraban en la garganta.

—Es algo complicado… —empezó a decir, buscando las palabras correctas—. Oscar y yo… estamos pasando por algo difícil.

Laura arqueó una ceja, claramente intrigada. Valeria y Oscar siempre habían parecido la pareja perfecta, la que tenía todo bajo control. La idea de que estuvieran pasando por un “algo difícil” era inesperada.

—¿Qué tipo de algo difícil? —preguntó Laura, inclinándose un poco hacia adelante, en una postura de escucha activa.

Valeria tomó un sorbo de café, más para ganar tiempo que por necesidad. ¿Cómo iba a explicarlo sin sonar loca?

—Bueno, ya sabes que llevamos meses intentando tener un bebé —comenzó, con la voz algo temblorosa—. Y hace poco… nos enteramos de que Oscar no puede tener hijos.

Laura abrió los ojos en sorpresa, pero no dijo nada. Dejó que Valeria continuara.

—Fue un golpe muy duro para los dos. Yo siempre he querido ser madre, ya lo sabes… Y, bueno, desde que nos dijeron eso, todo ha sido muy extraño entre nosotros. —Valeria hizo una pausa, sintiendo cómo el nudo en su estómago se hacía más grande—. Pero eso no es lo peor.

Laura frunció el ceño, claramente preocupada.

—¿Qué ha pasado?

Valeria tomó aire, sabiendo que lo que estaba a punto de decir cambiaría la forma en que Laura veía a su relación, tal vez para siempre. Pero necesitaba desahogarse, necesitaba escuchar la opinión de alguien más, alguien que no estuviera inmerso en la situación.

—Oscar… me pidió que me acostara con otro hombre para quedar embarazada.

Laura se quedó muda durante unos segundos, parpadeando como si no hubiera escuchado bien.

—¿Qué? —logró decir al fin, en un tono de absoluta incredulidad.

—Sí —asintió Valeria, sintiendo cómo su cara se ponía roja de vergüenza—. Eso es lo que me propuso. Dice que quiere que sea madre y que si no podemos hacerlo juntos, esta es la única forma. Porque quiero que sea natural, sin tratamientos ni adopciones.

Laura seguía sin poder procesar lo que acababa de oír. Se echó hacia atrás en la silla, cruzándose de brazos, claramente afectada.

—¿Y qué… qué piensas tú de todo esto? —preguntó finalmente, con cautela.

Valeria suspiró, sintiéndose más perdida que nunca.

—No lo sé, Laura. Estoy tan confundida. La idea me parece… no se que decir, pero al mismo tiempo… —hizo una pausa, buscando las palabras—. Al mismo tiempo, siento que no puedo rechazarla sin más. Quiero ser madre. Es algo que he soñado toda mi vida, y si Oscar está de acuerdo… ¿eso lo hace menos malo?

Laura la miró fijamente, con una mezcla de sorpresa y comprensión en sus ojos. Sabía cuánto significaba para Valeria ser madre. Habían hablado de ello en más de una ocasión, compartiendo sueños sobre el futuro, sobre cómo criarían a sus hijos. Pero ahora, la situación era mucho más complicada.

—Valeria, esto es… mucho para procesar. No voy a juzgarte, puedo entender que no quieras tratamientos pero tienes que pensar en cómo esto va a afectar tu relación. Quiero decir, ¿te has preguntado si realmente puedes hacer esto y luego seguir adelante como si nada hubiera pasado?

Valeria se mordió el labio. Esa era una de las preguntas que más la atormentaban. ¿Qué pasaría después? ¿Qué quedaría de su matrimonio si ella realmente accedía a acostarse con otro hombre?

—No lo sé… —respondió finalmente, en voz baja—. Pero no puedo dejar de pensar que Oscar lo quiere, que él realmente lo acepta. Dice que verme embarazada le haría feliz y que lo acepta.

—Eso me parece lo más raro de todo, es algo muy fuerte —dijo Laura, claramente perpleja—. ¿Cómo puede aceptar algo así? Me refiero a que otro hombre y tu… Pero bueno, cada pareja tiene sus dinámicas, ¿no?

Valeria se quedó en silencio. Laura no lo entendía, pero ¿lo hacía ella misma? Eso solo tenía una explicación y es el profundo amor que tenía Oscar por ella y el sacrificio tan grande que estaba dispuesto a hacer por verla feliz.

—Mira, nena… —dijo finalmente Laura, con tono más suave—. Si él está realmente de acuerdo y es lo que quieres, no voy a decirte que no lo hagas. Pero, por favor, asegúrate de que estás preparada para las consecuencias. Porque esto… esto va a cambiar las cosas, aunque no lo creas.

Valeria asintió. Sabía que Laura tenía razón. Nada sería lo mismo después de algo así. Pero la pregunta que no podía dejar de hacerse era si eso era necesariamente algo malo.



Esa noche, Valeria se quedó mirando el techo de su habitación durante horas. Oscar dormía a su lado, respirando lenta y profundamente, ajeno al torbellino de pensamientos que la mantenía despierta. ¿Realmente podía hacer lo que Oscar le pedía? Y, más importante aún, ¿podría seguir adelante después de hacerlo? La idea de estar con otro hombre le resultaba desconcertante. No es que nunca hubiera fantaseado con otros antes, eso era normal, pero hacerlo realidad… hacerlo con el propósito de quedar embarazada, con el conocimiento y consentimiento de su marido, era algo completamente distinto. ¿Qué significaría para su matrimonio? ¿Cómo afectaría eso a su relación con Oscar?

Valeria intentaba imaginarse el escenario en su cabeza, pero cada vez que lo hacía, sentía una mezcla de culpa y emoción. ¿Sería posible que Oscar realmente aceptara verla con otro hombre? La idea, por extraña que pareciera, comenzaba a invadir sus pensamientos más de lo que le gustaría admitir. Cerró los ojos, tratando de imaginar cómo sería estar con alguien más, cómo sería sentirse deseada por otro hombre. Había algo en la idea que la perturbaba y la excitaba al mismo tiempo. Sabía que era algo prohibido, algo que jamás había considerado antes, pero ahora… ahora la idea comenzaba a tomar forma en su mente, como una posibilidad real. Pero junto a ese deseo creciente, estaban las dudas, siempre presentes. ¿Y si después de hacerlo, las cosas entre ella y Oscar se rompían? ¿Y si, en lugar de consejo objetivo, los alejaba más? Era un riesgo enorme, y no estaba segura de estar dispuesta a tomarlo.

Oscar, por su parte, había notado el cambio en Valeria desde que le había hecho la propuesta. Sabía que ella estaba lidiando con una decisión complicada, pero no quería presionarla. La amaba, y su deseo de verla feliz era sincero, pero también era consciente de que lo que le había pedido no era algo sencillo de aceptar. A veces se preguntaba si había sido un error plantear su idea, si quizás estaba poniendo en peligro algo irremediablemente. Días después, Valeria se encontró a sí misma frente al espejo del baño, observando su propio reflejo con detenimiento. Había pasado mucho tiempo desde que se miraba así, analizando cada línea de su rostro, cada curva de su cuerpo. En su mente, aún resonaban las palabras de Laura: “Si estás dispuesta a hacerlo y Oscar está de acuerdo, ¿por qué no? Pero asegúrate de estar lista para las consecuencias.”

Valeria sabía que debía tomar una decisión pronto. ¿Estaba dispuesta a cruzar esa línea? ¿Estaba dispuesta a arriesgar lo que tenía con Oscar por una posibilidad, por un deseo que ni siquiera comprendía del todo? A medida que los días avanzaban, Valeria se dio cuenta de que la respuesta no era sencilla. Sus deseos y sus dudas seguían chocando, en un tira y afloja que la dejaba exhausta. Y en el fondo, sabía que, tarde o temprano, tendría que decidir si estaba dispuesta a seguir adelante con la propuesta de Oscar… o si prefería seguir buscando una solución diferente, una que no pusiera en riesgo lo que tanto valoraba en su relación.

Continuará…
 

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