Cjbandolero
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Capítulo 1
Oscar y Valeria llevaban apenas un año de casados, pero ya habían construido tantas ilusiones juntos que a veces les costaba creer que su vida podía ser tan perfecta. Eran esa clase de pareja que parecía hecha a medida, donde todo encajaba de forma natural. A veces, Valeria sonreía para sí misma pensando en lo fácil que había sido enamorarse de Oscar, un hombre atento, cariñoso, con una paciencia que nunca se agotaba. Él la trataba con un respeto y devoción que la hacía sentir especial, como si fuera la única mujer en su mundo. Por su parte, Oscar siempre había sentido que había tenido una suerte increíble al cruzarse con Valeria. Pelirroja, de piel clara, con ojos tan intensos que podía perderse en ellos cada vez que la miraba. Valeria era el tipo de mujer que llamaba la atención en cualquier lugar, no por ser altiva, sino por esa belleza discreta que parecía casi involuntaria. A pesar de su carácter reservado, siempre había algo magnético en su forma de ser que lo cautivaba.
Vivían en un pequeño apartamento que habían comprado con esfuerzo, con una vista a la ciudad que a ambos les encantaba. Oscar pasaba las tardes hablando de los planes que tenían para el futuro, imaginando cómo sería tener una casa más grande, un perro corriendo por el jardín y, sobre todo, un hijo. Ese era el sueño que ambos compartían más que ningún otro. Habían hablado de ello desde antes de casarse. Valeria se imaginaba con una barriga redonda, acariciándose el vientre mientras sentía las pataditas del bebé, y Oscar a su lado, preparándolo todo para la llegada de su primer hijo.
El sol de la mañana se colaba por las ventanas del pequeño apartamento de Oscar y Valeria, envolviéndolos en un cálido resplandor. Valeria se despertó, como cada día, antes que Oscar. Estaba acostumbrada a quedarse unos minutos en la cama observándolo, viendo cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración lenta y profunda. Siempre le había parecido una imagen tranquila, casi perfecta. Se levantó con cuidado para no despertarlo y se dirigió a la cocina, y preparó el desayuno y el aroma del café recién hecho empezó a llenar el aire.
Oscar se levantó poco después y la encontró en la cocina, vestida solo con una camiseta suya, sus largos mechones pelirrojos le caían descuidadamente sobre sus hombros. Se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y le besó la nuca.
—Buenos días mi amor —murmuró, con la voz ronca de recién despertado.
Valeria sonrió, como siempre hacía cuando él la sorprendía con esos gestos matutinos. A pesar del tiempo que llevaban juntos, aún sentía esa chispa de emoción cada vez que Oscar la tocaba.
—Buenos días —respondió, girándose para besarlo suavemente en los labios—. El café está listo.
Era un día como cualquier otro, aunque esa mañana tenía un ligero matiz de nerviosismo. Desde hacía meses, ambos habían estado intentando tener un hijo sin éxito, y hoy iban a recoger los resultados de las pruebas que se habían hecho tras notar que algo no iba bien. A pesar de los pequeños nervios que revoloteaban en el estómago de Valeria, no había imaginado ni por un segundo que las noticias fueran malas. Había algo en su relación que siempre la hacía sentir que todo se resolvería, que los problemas serían solo pequeños baches en el camino. Oscar, sin embargo, estaba más inquieto de lo que dejaba ver. Mientras se afeitaba frente al espejo, evitaba mirar directamente su reflejo, como si algo dentro de él ya supiera lo que venía. Se repetía que no había motivos para preocuparse, que los avances médicos de hoy en día podían solucionar cualquier cosa. Pero una pequeña voz en su cabeza, una sombra de duda, se negaba a callarse. “¿Y si el problema soy yo?”, pensaba mientras la cuchilla pasaba por su piel.
El trayecto al consultorio fue breve, pero los dos lo hicieron en un tenso silencio. La radio del coche llenaba el espacio con una música suave, pero Valeria no la escuchaba realmente. Estaba perdida en sus pensamientos, imaginándose a sí misma con una barriga de embarazada, acariciándose el vientre mientras Oscar le leía algún libro a su futuro bebé. Se veían tan felices en su mente que una sonrisa se asomó en su rostro. Oscar la miró de reojo y, al verla sonreír, decidió que sus propios miedos eran infundados. “Todo va a estar bien”, se dijo a sí mismo.
Cuando llegaron a la consulta, el médico les recibió con una cortesía habitual, pero algo en su rostro, en la rigidez de su expresión, hizo que ambos se tensaran de inmediato. Los saludó, les invitó a sentarse, y con demasiada frialdad comenzó a explicar los resultados. Oscar lo escuchaba como si las palabras llegaran desde un lugar lejano, confusas y pesadas: esterilidad, bajo conteo de espermatozoides, imposibilidad natural de concebir. Valeria parpadeó varias veces, incapaz de procesar lo que oía. Su mirada se fijó en el médico, pero sus ojos no estaban realmente ahí. En su mente, las imágenes de ella y Oscar con su hijo comenzaron a desvanecerse como una neblina. Había esperado que el doctor les diera una respuesta sencilla, tal vez un tratamiento, algo que les permitiera seguir con su plan de vida. Pero no, lo que estaba escuchando no eran buenas noticias. El doctor siguió hablando, explicando alternativas, tratamientos de fertilidad, pero siendo realistas no tenía solución, pero a Valeria nada de eso le parecía real. Oscar no puede tener hijos. Esa frase se repetía en su mente como un eco imparable. Oscar, por su parte, trataba de asimilar la noticia de forma práctica, preguntando sobre tratamientos y posibilidades. Pero algo dentro de él ya había empezado a quebrarse. Mientras hablaba con el médico, sentía que le fallaba a Valeria. La mujer a la que amaba, la que más deseaba ser madre, nunca podría tener un hijo de él. Ese pensamiento lo destrozaba.
De vuelta en casa, el ambiente era tenso y pesado. Oscar intentaba mantener la calma, mostrándose racional y fuerte, pero su cabeza estaba llena de pensamientos oscuros. Había algo humillante en no poder darle a Valeria lo que ambos tanto querían. “¿Qué clase de hombre soy?”, pensaba, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta. Valeria, por su parte, no dejaba de sentirse aturdida. Se movía por el apartamento en piloto automático, ordenando cosas sin sentido, simplemente para ocupar sus manos. Pero su mente no podía escapar de esa dolorosa realidad. No tendrían un hijo juntos de la manera que había soñado. Finalmente, después de lo que parecieron horas de silencio, Valeria se sentó en el sofá junto a Oscar. Durante un rato no dijeron nada. Solo el sonido de la ciudad exterior llenaba el vacío entre ellos. Era como si hablar significara aceptar la nueva realidad, y ninguno de los dos estaba preparado para eso.
—No puedo creerlo… —murmuró Valeria de repente, rompiendo el silencio.
Oscar no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la ventana, pero sus pensamientos estaban lejos.
—Yo tampoco —dijo al fin, con apenas un susurro—. Pero puede haber opciones, Valeria. Hay tratamientos, hay formas…
—No quiero tratamientos, Oscar. —Su voz sonaba firme, pero llena de un dolor silencioso—. Yo quiero tener un hijo tuyo follando, no de una máquina, no con un donante anónimo.
Oscar sintió cómo su estómago se encogía. Sabía que Valeria deseaba algo más que ser madre. Quería sentir la conexión con él, la mezcla de sus cuerpos creando una vida. Esa imagen siempre había sido parte de su amor, parte de sus sueños. Y ahora, todo eso parecía imposible.
—Lo siento tanto… —dijo Oscar, mirando sus manos, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentía.
Valeria se giró hacia él, con sus ojos llenos de lágrimas, pero sin derramarlas. Había siempre tenido esa fuerza, esa capacidad de contener el dolor hasta el último segundo. Pero esta vez se veía quebrada, y Oscar lo notó.
—¿Cómo vamos a seguir adelante con esto? —preguntó ella—. Todo lo que hemos planeado, todo lo que hemos querido…
Oscar no sabía qué responder. ¿Cómo se sigue adelante cuando tu vida perfecta se desmorona en cuestión de segundos? Él también había soñado con ser padre, con tener un hijo que corriera hacia él cuando llegara a casa después del trabajo, con noches en las que le contarían cuentos hasta quedarse dormidos. Pero ahora, todos esos sueños se desvanecían. Y lo peor de todo era que sentía que había fallado.
Se inclinó hacia Valeria y tomó su mano.
—No lo sé… pero estoy aquí. Te amo. Eso no va a cambiar. Pase lo que pase, te amo.
Ella lo miró, intentando encontrar consuelo en sus palabras. Tal vez no había una solución inmediata, tal vez la herida seguiría ahí por un tiempo. Pero en ese momento, en esa habitación llena de silencio y dolor, se aferraron al único pilar que les quedaba: el amor que sentían el uno por el otro. Sin embargo, ambos sabían que el camino que les esperaba no sería fácil.
Continuará…
Oscar y Valeria llevaban apenas un año de casados, pero ya habían construido tantas ilusiones juntos que a veces les costaba creer que su vida podía ser tan perfecta. Eran esa clase de pareja que parecía hecha a medida, donde todo encajaba de forma natural. A veces, Valeria sonreía para sí misma pensando en lo fácil que había sido enamorarse de Oscar, un hombre atento, cariñoso, con una paciencia que nunca se agotaba. Él la trataba con un respeto y devoción que la hacía sentir especial, como si fuera la única mujer en su mundo. Por su parte, Oscar siempre había sentido que había tenido una suerte increíble al cruzarse con Valeria. Pelirroja, de piel clara, con ojos tan intensos que podía perderse en ellos cada vez que la miraba. Valeria era el tipo de mujer que llamaba la atención en cualquier lugar, no por ser altiva, sino por esa belleza discreta que parecía casi involuntaria. A pesar de su carácter reservado, siempre había algo magnético en su forma de ser que lo cautivaba.
Vivían en un pequeño apartamento que habían comprado con esfuerzo, con una vista a la ciudad que a ambos les encantaba. Oscar pasaba las tardes hablando de los planes que tenían para el futuro, imaginando cómo sería tener una casa más grande, un perro corriendo por el jardín y, sobre todo, un hijo. Ese era el sueño que ambos compartían más que ningún otro. Habían hablado de ello desde antes de casarse. Valeria se imaginaba con una barriga redonda, acariciándose el vientre mientras sentía las pataditas del bebé, y Oscar a su lado, preparándolo todo para la llegada de su primer hijo.
El sol de la mañana se colaba por las ventanas del pequeño apartamento de Oscar y Valeria, envolviéndolos en un cálido resplandor. Valeria se despertó, como cada día, antes que Oscar. Estaba acostumbrada a quedarse unos minutos en la cama observándolo, viendo cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración lenta y profunda. Siempre le había parecido una imagen tranquila, casi perfecta. Se levantó con cuidado para no despertarlo y se dirigió a la cocina, y preparó el desayuno y el aroma del café recién hecho empezó a llenar el aire.
Oscar se levantó poco después y la encontró en la cocina, vestida solo con una camiseta suya, sus largos mechones pelirrojos le caían descuidadamente sobre sus hombros. Se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y le besó la nuca.
—Buenos días mi amor —murmuró, con la voz ronca de recién despertado.
Valeria sonrió, como siempre hacía cuando él la sorprendía con esos gestos matutinos. A pesar del tiempo que llevaban juntos, aún sentía esa chispa de emoción cada vez que Oscar la tocaba.
—Buenos días —respondió, girándose para besarlo suavemente en los labios—. El café está listo.
Era un día como cualquier otro, aunque esa mañana tenía un ligero matiz de nerviosismo. Desde hacía meses, ambos habían estado intentando tener un hijo sin éxito, y hoy iban a recoger los resultados de las pruebas que se habían hecho tras notar que algo no iba bien. A pesar de los pequeños nervios que revoloteaban en el estómago de Valeria, no había imaginado ni por un segundo que las noticias fueran malas. Había algo en su relación que siempre la hacía sentir que todo se resolvería, que los problemas serían solo pequeños baches en el camino. Oscar, sin embargo, estaba más inquieto de lo que dejaba ver. Mientras se afeitaba frente al espejo, evitaba mirar directamente su reflejo, como si algo dentro de él ya supiera lo que venía. Se repetía que no había motivos para preocuparse, que los avances médicos de hoy en día podían solucionar cualquier cosa. Pero una pequeña voz en su cabeza, una sombra de duda, se negaba a callarse. “¿Y si el problema soy yo?”, pensaba mientras la cuchilla pasaba por su piel.
El trayecto al consultorio fue breve, pero los dos lo hicieron en un tenso silencio. La radio del coche llenaba el espacio con una música suave, pero Valeria no la escuchaba realmente. Estaba perdida en sus pensamientos, imaginándose a sí misma con una barriga de embarazada, acariciándose el vientre mientras Oscar le leía algún libro a su futuro bebé. Se veían tan felices en su mente que una sonrisa se asomó en su rostro. Oscar la miró de reojo y, al verla sonreír, decidió que sus propios miedos eran infundados. “Todo va a estar bien”, se dijo a sí mismo.
Cuando llegaron a la consulta, el médico les recibió con una cortesía habitual, pero algo en su rostro, en la rigidez de su expresión, hizo que ambos se tensaran de inmediato. Los saludó, les invitó a sentarse, y con demasiada frialdad comenzó a explicar los resultados. Oscar lo escuchaba como si las palabras llegaran desde un lugar lejano, confusas y pesadas: esterilidad, bajo conteo de espermatozoides, imposibilidad natural de concebir. Valeria parpadeó varias veces, incapaz de procesar lo que oía. Su mirada se fijó en el médico, pero sus ojos no estaban realmente ahí. En su mente, las imágenes de ella y Oscar con su hijo comenzaron a desvanecerse como una neblina. Había esperado que el doctor les diera una respuesta sencilla, tal vez un tratamiento, algo que les permitiera seguir con su plan de vida. Pero no, lo que estaba escuchando no eran buenas noticias. El doctor siguió hablando, explicando alternativas, tratamientos de fertilidad, pero siendo realistas no tenía solución, pero a Valeria nada de eso le parecía real. Oscar no puede tener hijos. Esa frase se repetía en su mente como un eco imparable. Oscar, por su parte, trataba de asimilar la noticia de forma práctica, preguntando sobre tratamientos y posibilidades. Pero algo dentro de él ya había empezado a quebrarse. Mientras hablaba con el médico, sentía que le fallaba a Valeria. La mujer a la que amaba, la que más deseaba ser madre, nunca podría tener un hijo de él. Ese pensamiento lo destrozaba.
De vuelta en casa, el ambiente era tenso y pesado. Oscar intentaba mantener la calma, mostrándose racional y fuerte, pero su cabeza estaba llena de pensamientos oscuros. Había algo humillante en no poder darle a Valeria lo que ambos tanto querían. “¿Qué clase de hombre soy?”, pensaba, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta. Valeria, por su parte, no dejaba de sentirse aturdida. Se movía por el apartamento en piloto automático, ordenando cosas sin sentido, simplemente para ocupar sus manos. Pero su mente no podía escapar de esa dolorosa realidad. No tendrían un hijo juntos de la manera que había soñado. Finalmente, después de lo que parecieron horas de silencio, Valeria se sentó en el sofá junto a Oscar. Durante un rato no dijeron nada. Solo el sonido de la ciudad exterior llenaba el vacío entre ellos. Era como si hablar significara aceptar la nueva realidad, y ninguno de los dos estaba preparado para eso.
—No puedo creerlo… —murmuró Valeria de repente, rompiendo el silencio.
Oscar no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la ventana, pero sus pensamientos estaban lejos.
—Yo tampoco —dijo al fin, con apenas un susurro—. Pero puede haber opciones, Valeria. Hay tratamientos, hay formas…
—No quiero tratamientos, Oscar. —Su voz sonaba firme, pero llena de un dolor silencioso—. Yo quiero tener un hijo tuyo follando, no de una máquina, no con un donante anónimo.
Oscar sintió cómo su estómago se encogía. Sabía que Valeria deseaba algo más que ser madre. Quería sentir la conexión con él, la mezcla de sus cuerpos creando una vida. Esa imagen siempre había sido parte de su amor, parte de sus sueños. Y ahora, todo eso parecía imposible.
—Lo siento tanto… —dijo Oscar, mirando sus manos, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentía.
Valeria se giró hacia él, con sus ojos llenos de lágrimas, pero sin derramarlas. Había siempre tenido esa fuerza, esa capacidad de contener el dolor hasta el último segundo. Pero esta vez se veía quebrada, y Oscar lo notó.
—¿Cómo vamos a seguir adelante con esto? —preguntó ella—. Todo lo que hemos planeado, todo lo que hemos querido…
Oscar no sabía qué responder. ¿Cómo se sigue adelante cuando tu vida perfecta se desmorona en cuestión de segundos? Él también había soñado con ser padre, con tener un hijo que corriera hacia él cuando llegara a casa después del trabajo, con noches en las que le contarían cuentos hasta quedarse dormidos. Pero ahora, todos esos sueños se desvanecían. Y lo peor de todo era que sentía que había fallado.
Se inclinó hacia Valeria y tomó su mano.
—No lo sé… pero estoy aquí. Te amo. Eso no va a cambiar. Pase lo que pase, te amo.
Ella lo miró, intentando encontrar consuelo en sus palabras. Tal vez no había una solución inmediata, tal vez la herida seguiría ahí por un tiempo. Pero en ese momento, en esa habitación llena de silencio y dolor, se aferraron al único pilar que les quedaba: el amor que sentían el uno por el otro. Sin embargo, ambos sabían que el camino que les esperaba no sería fácil.
Continuará…