Vacaciones en la oficina

xhinin

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25 Jun 2023
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Desde que el año pasado acepté un puesto de responsabilidad en la empresa en la que trabajaba mis periodos vacacionales habían cambiado considerablemente: un día a la semana, según el contrato, debía pasar por el despacho, al menos para comprobar la correspondencia y contestar a la más urgente. El caso es que, a priori, no me molestó la idea, pero en la práctica era un auténtico coñazo.
Que terminaran las vacaciones de los demás, pensando con envidia que tenían unas vacaciones estupendas y sin desear que fueran más cortas, para mí era un auténtico alivio, sobre todo por ver de nuevo caras distintas.
Pedro, que me había precedido en el puesto y con el que, gracias a la ayuda que me prestó el primer año, había conseguido una gran amistad, siempre pasaba por mi despacho aquel primer día para charlar.
Fue cuando charlaba con él cuando entró en la oficina mi secretaria. Ella era joven, muy trabajadora y de trato agradable, pero con menos atractivo que una cabra (según mi punto de vista, que ya sabemos que algunos…).
Tenía muy poco pelo, intentando disimular su alopecia con una melenita cardada que, ni se llevaba, ni le quedaba bien. Sus ojos eran grandes y estaban colocados muy juntos en la cara y como torcidos hacia arriba, sin que destacaran ni su nariz ni su boca, bastante normalitas. En cuanto al cuerpo, no tenía grandes pechos (de hecho casi no tenía, a veces se notaban bajo sus blusas anticuadas, pero no era lo habitual) y su trasero, con forma de pera y bastante voluminoso, daba paso a unas piernas cortas que se juntaban en las rodillas al caminar.
Pedro, que sabía que los jefes habían obligado a Pino (la secretaria) a estar conmigo una mañana, no pudo evitar hacer el comentario que siempre veníamos haciendo cuando ella salió de la oficina:
-Para esta, hay que ser muy hombre.
Un “si tu supieras” escapó de mi mente hasta mis labios sin darme cuenta hasta ver la cara sorprendida de Pedro y su pequeña sonrisa pícara. La afirmación de que algo había pasado no se hizo esperar, acompañada de su insistencia para que se lo contara, pero mis negaciones, mis intentos de hacerle creer lo contrario, no tuvieron éxito y tuve que pedirle que cerrara la puerta del despacho con llave.
Comencé a explicarle que el día que ella vino, uno de los primeros de agosto, intenté poner el aire acondicionado, pero estaba roto, así que, sin poder trasladar el ordenador a otro despacho por las conexiones (que están bajo la tarima), tuvimos que trabajar en mi despacho a temperatura ambiente.
Ya sabía que yo lo paso muy mal con el calor y que pronto comienzo a sudar como un cerdo. Fue tal la sudada, a pesar de tener las ventanas y puertas abiertas completamente, que empapé la camisa que llevaba puesta y me sentía totalmente asqueado de mi mismo. Eché varios viajes al baño para refrescar mi cuerpo, pero, sin aguantar más, y puesto que ella se estaba dando cuenta de todo, le pregunté si le importaba que abriera mi camisa, pensando que así, me sentiría algo más fresco.
Pensé en aquel momento que no debía ser nada incómodo para ella, puesto que era verano, la gente en la playa va con bañador y yo, realmente, evitaba que la camisa se me abriera totalmente.
El caso es que seguimos punteando las cuentas, pero me di cuenta de que ella no estaba concentrada. Levanté mi mirada por encima de las gafas que llevo para leer y vi que estaba embelesada mirándome y no precisamente a la cara. Yo dejé de hablarle y ella tardó unos cinco minutos en subir su mirada a mi cara y bajarla avergonzada.
Volví a preguntar si le molestaba, ya que no tenía más que decirlo para que abotonara la camisa, y ella, como disculpa, sin dejar de sentirse azorada, me comentó que llevaba mucho tiempo sin estar tan cerca de un hombre “semidesnudo”. Pensé que el que me mirara era algo natural, mientras me pedía que siguiéramos trabajando, que ya intentaría concentrarse, cuando una idea, en realidad muy inocente, me vino a la cabeza.
-¿Inocente? –dijo Pedro asombrado por mi tranquilidad-. A mí no se me ocurre nada inocente, la verdad.
Seguí hablando, intentando no hacer caso al comentario de Pedro. El caso es que, al ser la muchacha algo beatilla, intenté darle a todo un aire de normalidad para que no se sintiera incómoda, pero poco después, dándome cuenta de que con su edad no era algo tan normal, no pude evitar hacerle algunas preguntas.
Me comentó que siempre se había sentido muy nerviosa teniendo un hombre semidesnudo cerca, ya que era incapaz de mirar a otro lado e incluso se excitaba a veces sólo con la mirada. Por eso, dijo, evitaba ir a las piscinas públicas y demás, aparte de porque pensaba que todo el mundo se reía al verla, haciéndome ver que era consciente de su poco atractivo.
Aquellas últimas palabras hicieron que comenzara a sentir pena por ella, siendo mi primera reacción preguntarle si alguna vez había visto a un hombre desnudo.
“Una vez –dijo totalmente colorada, bajando la mirada, intentando evitar pensar que estaba allí contándome aquello-. Un tío mío pasó una mala racha y vino a vivir a casa. Yo tendría unos 18 años. Un día, entré al baño y le vi secándose tras haberse dado una ducha. Recuerdo que pasé unas dos semanas con su imagen en la cabeza, aunque él no le dio importancia ninguna. Incluso a veces, por la noche, entre sueños o al despertar, volvía a recordar su imagen desnuda y… me tocaba.
Cuando fui a confesarme a la iglesia el sacerdote hizo que me sintiera tan mal que, desde entonces, he evitado la ocasión de ver hombres y, sobre todo, de tocarme, aunque debo reconocer que a veces sigo pensando en mi tío, o imaginándome a otros hombres.”
Aquel comentario lo hizo con muy poca voz, haciéndome pensar que yo era uno de los hombres que imaginaba en su soledad, cosa que me extrañaba por un lado, ya que con 50 tacos, no tenía yo un cuerpo muy excitante (o al menos eso pensaba).
Ante todo aquello no se me ocurrió otra cosa que utilizar mis conocimientos psicológicos y le expliqué que era todo normal y que tenía en la cabeza una forma en la que podría superar sus traumas y podría verlo todo con más tranquilidad.
 
Ella esperó que siguiera con mi explicación, pero yo no iba a seguir si ella no me daba pie explícito, ya que lo que iba a proponerle se podría malinterpretar y quería estar seguro de que ella estaba segura de preguntarme. Tardó unos minutos en hacerlo.
Intenté dejar claro que mi propuesta no era nada indecente y que, en realidad, sólo pensaba en ayudarla, así como que podía aceptarla o negarla y que allí, entre nosotros dos, quedaría.
Cuando afirmó, intrigada por mi oferta, fue cuando se lo expliqué.
Si quería podía desnudarme delante de ella, para que ella pudiera mirarme sin sentirse tan incómoda, siendo posible incluso, si quería, que me tocara, con el fin de que fuera superando su problema. Fue entonces cuando me preguntó por mi mujer y le dije que no se preocupara por ella.
-Vamos, que le explicaste que fue tu mujer la que te curtió en este tipo de acciones, ¿no? –interrumpió Pedro conocedor de que, en nuestra juventud, mi mujer me hacía desnudarme delante de sus amigas para que conocieran la anatomía de un hombre, ya que en aquella época y en nuestro entorno, todo lo relacionado con el sexo (y parecía ser que observar a un hombre o una mujer desnudos era ya algo sexual) estaba algo mal visto, mientras nosotros lo veíamos como algo natural-.
Confirmé a Pedro que le había contado algo y, sobre todo, que le había dejado claro que todo aquello no tenía para mí más connotaciones que las de una mirada, con menos ropa de lo normal, sin morbo para mi, debido a las veces que ya lo había hecho, antes de seguir con la explicación.
“El caso es que ella no paraba de mirar al suelo evitando mi mirada, pensando en la proposición que yo le había hecho, mientras yo esperaba callado, con la intención de que no se sintiera presionada.
Tardó algo en contestarme que no, que no veía que aquello pudiera solucionar el problema y que sería mejor que siguiéramos trabajando, ante lo cual le pregunté si quería que me abrochara la camisa de nuevo para evitar la tentación, y tras su negativa, seguimos trabajando.
Yo enseguida cogí el ritmo sin problemas, pero ella, que siempre había sido muy seria trabajando, seguía sin concentrarse. Yo, tras la propuesta hecha, intentaba no darle importancia a los fallos y la corregía paternalmente, intentando que no se sintiera observada, ya que estaba muy azorada y nerviosa, sin poder evitar mirarme, con las mejillas totalmente encendidas y sus pechos erectos (cosa que notaba bajo su camiseta, ya que no llevaba sujetador).
Había pasado algo así como una hora cuando de sus labios, casi inaudible, surgió la pregunta que lo desencadenó todo:
-¿De verdad me dejarías…?
Alcé mi mirada con las gafas en la punta de la nariz (mi mujer reía cuando me veía así, pues decía que me parecía a Gepetto, el padre de Pinocho) hasta encontrar sus ojos que, ahora, no me evitaban, aunque ella parecía bastante nerviosa. La verdad es que no me lo esperaba, así que tardé en reaccionar.
-A mi me da lo mismo –le dije intentando dejar claras mis intenciones-. Simplemente sería un favor, una clase de anatomía práctica, sin más. Tú decides.
Ella asintió con la cabeza levemente, por lo que le pedí que comprobara que todas las puertas estaban bien cerradas mientras yo salía para comprobar que nadie podría entrar a la oficina, al menos sin llave. Después, me aseguré bien de que las persianas del despacho quedaran bien cerradas, de modo que nadie pudiera vernos desde fuera, pues estábamos en una planta baja. Ella aprovechó para ir al baño, maliciosamente pensé incluso en su sexo, pensando que, si aquella frasecita de mi tio de “ninguna mujer es fea por donde mea” sería realidad también con aquella señorita tan poco agraciada. No obstante, mis pensamientos no lograron que me excitara, pues todo lo que la adornaba me echaba bastante hacia atrás.
Cuando ella regresó yo ya estaba dispuesto, situado justo en medio del despacho, frente a su silla. Sus manos temblaban y su cabeza parecía no querer mirar hacia el frente, tuve incluso que pedirle varias veces que se sentara en su silla antes de que lo hiciera.
Volví a dejarle claro, antes de comenzar, que si en algún momento se sentía incómoda lo dejaría y que no tenía en mi cabeza ninguna intención maliciosa (con otras palabras, lógicamente) esperando que se echara para atrás, ya que, justo en ese momento, la idea no me pareció tan buena, pero, aunque yo creía que realmente no quería que lo hiciera, ella seguía afirmando con la cabeza. Fue entonces cuando los nervios surgieron en mi cabeza, algo débiles, sinceramente, pensando que, siendo yo el jefe, la situación se podría malinterpretar y podrían surgir problemas, pero mi sentido del deber (del deber cumplir el acuerdo que yo mismo había propuesto, claro) se hizo más fuerte y, a pesar de mis dudas, comencé a desnudarme.
Me quité el cinturón para darme después la vuelta, pensando que se sentiría más cómoda si yo me giraba, así que desabroché el pantalón y bajé la bragueta de mis pantalones de espaldas a ella, para después quitármelos totalmente. Sin ninguna prisa los doblé cuidadosamente y los puse sobre el respaldo de mi silla, dándome cuenta de que, al haberme llevado toda la ropa a la casa del campo donde estaban mi mujer y mis hijos, y habiendo olvidado algo de ropa interior “decente”, aquel día había tenido que ponerme unos slips viejos que tenía, a pesar de que yo considerara que eran los más cómodos de mi colección.
Eran uno de esos calzoncillos blancos de mercadillo, de esos de algodón con dibujitos redonditos, pequeños, de color granate, que, por efecto del tiempo, tenían las gomas elásticas algo dadas de si, sobre todo aquellas que se recogían en las ingles, lo que hacía que mi entrepierna campara a sus anchas. De hecho, cuando estábamos solos en casa, mi mujer siempre hacía que me los pusiera, pues, según mi mujer, era con los que mejor se me veía el paquete, tanto es así que, a veces, incluso el pene o alguno de mis testículos salía por los lados. La idea de que aquello estuviera pasando me excitó, al pensar que, aún a tiempo de que ella se echara para atrás, tendría que ver parte de mi anatomía sin quererlo, fue por eso por lo que decidí girarme, preguntando otra vez si estaba segura de aquello.
Ella lo miró absorta, como hipnotizada, mientras los colores iban y venían de sus mejillas. Yo, que me había colocado tras la mesa para dejar los pantalones, me acerqué de nuevo al centro del despacho (a un metro o algo así de ella) más que nada para que viera cómo se me movía al andar y nervioso ante la idea de que se me pudiera salir algo. Quizá pienses que la situación o su mirada me empezaron a poner cachondo, pero la verdad es que quizá la costumbre de haberlo hecho tantas veces, quizá el verdadero hecho de que ella no me atrajera nada, hacía que todo aquello reposara ajeno a las miradas.
No quise seguir hasta que ella reaccionara, y lo hizo con un imperativo, aunque débil “sigue”.
 
Ella esperó que siguiera con mi explicación, pero yo no iba a seguir si ella no me daba pie explícito, ya que lo que iba a proponerle se podría malinterpretar y quería estar seguro de que ella estaba segura de preguntarme. Tardó unos minutos en hacerlo.
Intenté dejar claro que mi propuesta no era nada indecente y que, en realidad, sólo pensaba en ayudarla, así como que podía aceptarla o negarla y que allí, entre nosotros dos, quedaría.
Cuando afirmó, intrigada por mi oferta, fue cuando se lo expliqué.
Si quería podía desnudarme delante de ella, para que ella pudiera mirarme sin sentirse tan incómoda, siendo posible incluso, si quería, que me tocara, con el fin de que fuera superando su problema. Fue entonces cuando me preguntó por mi mujer y le dije que no se preocupara por ella.
-Vamos, que le explicaste que fue tu mujer la que te curtió en este tipo de acciones, ¿no? –interrumpió Pedro conocedor de que, en nuestra juventud, mi mujer me hacía desnudarme delante de sus amigas para que conocieran la anatomía de un hombre, ya que en aquella época y en nuestro entorno, todo lo relacionado con el sexo (y parecía ser que observar a un hombre o una mujer desnudos era ya algo sexual) estaba algo mal visto, mientras nosotros lo veíamos como algo natural-.
Confirmé a Pedro que le había contado algo y, sobre todo, que le había dejado claro que todo aquello no tenía para mí más connotaciones que las de una mirada, con menos ropa de lo normal, sin morbo para mi, debido a las veces que ya lo había hecho, antes de seguir con la explicación.
“El caso es que ella no paraba de mirar al suelo evitando mi mirada, pensando en la proposición que yo le había hecho, mientras yo esperaba callado, con la intención de que no se sintiera presionada.
Tardó algo en contestarme que no, que no veía que aquello pudiera solucionar el problema y que sería mejor que siguiéramos trabajando, ante lo cual le pregunté si quería que me abrochara la camisa de nuevo para evitar la tentación, y tras su negativa, seguimos trabajando.
Yo enseguida cogí el ritmo sin problemas, pero ella, que siempre había sido muy seria trabajando, seguía sin concentrarse. Yo, tras la propuesta hecha, intentaba no darle importancia a los fallos y la corregía paternalmente, intentando que no se sintiera observada, ya que estaba muy azorada y nerviosa, sin poder evitar mirarme, con las mejillas totalmente encendidas y sus pechos erectos (cosa que notaba bajo su camiseta, ya que no llevaba sujetador).
Había pasado algo así como una hora cuando de sus labios, casi inaudible, surgió la pregunta que lo desencadenó todo:
-¿De verdad me dejarías…?
Alcé mi mirada con las gafas en la punta de la nariz (mi mujer reía cuando me veía así, pues decía que me parecía a Gepetto, el padre de Pinocho) hasta encontrar sus ojos que, ahora, no me evitaban, aunque ella parecía bastante nerviosa. La verdad es que no me lo esperaba, así que tardé en reaccionar.
-A mi me da lo mismo –le dije intentando dejar claras mis intenciones-. Simplemente sería un favor, una clase de anatomía práctica, sin más. Tú decides.
Ella asintió con la cabeza levemente, por lo que le pedí que comprobara que todas las puertas estaban bien cerradas mientras yo salía para comprobar que nadie podría entrar a la oficina, al menos sin llave. Después, me aseguré bien de que las persianas del despacho quedaran bien cerradas, de modo que nadie pudiera vernos desde fuera, pues estábamos en una planta baja. Ella aprovechó para ir al baño, maliciosamente pensé incluso en su sexo, pensando que, si aquella frasecita de mi tio de “ninguna mujer es fea por donde mea” sería realidad también con aquella señorita tan poco agraciada. No obstante, mis pensamientos no lograron que me excitara, pues todo lo que la adornaba me echaba bastante hacia atrás.
Cuando ella regresó yo ya estaba dispuesto, situado justo en medio del despacho, frente a su silla. Sus manos temblaban y su cabeza parecía no querer mirar hacia el frente, tuve incluso que pedirle varias veces que se sentara en su silla antes de que lo hiciera.
Volví a dejarle claro, antes de comenzar, que si en algún momento se sentía incómoda lo dejaría y que no tenía en mi cabeza ninguna intención maliciosa (con otras palabras, lógicamente) esperando que se echara para atrás, ya que, justo en ese momento, la idea no me pareció tan buena, pero, aunque yo creía que realmente no quería que lo hiciera, ella seguía afirmando con la cabeza. Fue entonces cuando los nervios surgieron en mi cabeza, algo débiles, sinceramente, pensando que, siendo yo el jefe, la situación se podría malinterpretar y podrían surgir problemas, pero mi sentido del deber (del deber cumplir el acuerdo que yo mismo había propuesto, claro) se hizo más fuerte y, a pesar de mis dudas, comencé a desnudarme.
Me quité el cinturón para darme después la vuelta, pensando que se sentiría más cómoda si yo me giraba, así que desabroché el pantalón y bajé la bragueta de mis pantalones de espaldas a ella, para después quitármelos totalmente. Sin ninguna prisa los doblé cuidadosamente y los puse sobre el respaldo de mi silla, dándome cuenta de que, al haberme llevado toda la ropa a la casa del campo donde estaban mi mujer y mis hijos, y habiendo olvidado algo de ropa interior “decente”, aquel día había tenido que ponerme unos slips viejos que tenía, a pesar de que yo considerara que eran los más cómodos de mi colección.
Eran uno de esos calzoncillos blancos de mercadillo, de esos de algodón con dibujitos redonditos, pequeños, de color granate, que, por efecto del tiempo, tenían las gomas elásticas algo dadas de si, sobre todo aquellas que se recogían en las ingles, lo que hacía que mi entrepierna campara a sus anchas. De hecho, cuando estábamos solos en casa, mi mujer siempre hacía que me los pusiera, pues, según mi mujer, era con los que mejor se me veía el paquete, tanto es así que, a veces, incluso el pene o alguno de mis testículos salía por los lados. La idea de que aquello estuviera pasando me excitó, al pensar que, aún a tiempo de que ella se echara para atrás, tendría que ver parte de mi anatomía sin quererlo, fue por eso por lo que decidí girarme, preguntando otra vez si estaba segura de aquello.
Ella lo miró absorta, como hipnotizada, mientras los colores iban y venían de sus mejillas. Yo, que me había colocado tras la mesa para dejar los pantalones, me acerqué de nuevo al centro del despacho (a un metro o algo así de ella) más que nada para que viera cómo se me movía al andar y nervioso ante la idea de que se me pudiera salir algo. Quizá pienses que la situación o su mirada me empezaron a poner cachondo, pero la verdad es que quizá la costumbre de haberlo hecho tantas veces, quizá el verdadero hecho de que ella no me atrajera nada, hacía que todo aquello reposara ajeno a las miradas.
No quise seguir hasta que ella reaccionara, y lo hizo con un imperativo, aunque débil “sigue”.
Y yo ahora te pido con un fuerte "SIGUE", no nos dejes así....😉
 
Esta vez no me giré y, bastante despacito, fui bajando los calzoncillos, primero dejando que se viera el pubis, totalmente cubierto de vello, para más tarde mostrar mi sexo colgando. No me paré ahí, para que ella se recreara, y seguí bajando hasta la mitad del muslo, hasta las rodillas, hasta dejarlos caer totalmente, quedando en los tobillos.”
-Yo a esas alturas estaría ya empalmao -dijo Pedro algo boquiabierto-. Mi polla se pone muy orgullosa cuando la miran.
“Normalmente la mía también, no te creas, pero en ese momento yo la tenía relajada, totalmente relajada, colgando tranquilamente, mientras ella la miraba con cierta expectación.
-Creía que eran más grandes –dijo de repente, sin dejar claro si se refería a los testículos o, en general, a los penes, aunque solo tuviera delante uno-.
Me miré, esperando que estuviera como siempre la recordaba, y fue así. Estaba gruesa, totalmente cubierta por su propio pellejo, que siempre me había parecido suave, pero flácida. Yo sabía que era un buen pene, de hecho, en los partidos de fútbol los compañeros solían sorprenderse de que la tuviera tan larga y gruesa en reposo y solían preguntar si tenía problemas para levantarla, cosa que, gracias al cielo, no era así, ya que conocía a algunos tipos que, teniendo un pene poco más largo y/o grueso, no podían empalmarlo más que cuando estaban excesivamente excitados. Le contesté que no era de las más pequeñas, seguramente buscando mantener mi hombría en buen lugar, y que crecía cuando me excitaba. Pensé que, quizá, quisiera saber cómo se excitaba, aunque estaba absorta admirándola, así que seguí con mi explicación:
-Una mirada, un pensamiento, una caricia,… a veces no puede uno controlarlo y se dan unas situaciones bastante comprometidas.
Tras unos minutos en silencio y pensando que con aquello podría dar por terminada mi exposición, me agaché para vestirme.
-Quiero ver como se mueve –dijo-.
Yo al principio no lo entendí, primero porque lo dijo casi susurrando, avergonzada, después, porque no sabía exactamente a lo que se refería. Pensé que querría ver cómo se movía mientras yo andaba, así que dejé los slips en el suelo, lanzándolos con mi pie justo al lado de ella, mientras mi sexo se balanceaba por el rápido movimiento realizado, y me retiré hacia el fondo del despacho, para andar solo hasta la mitad del mismo. La verdad es que la sensación del roce de los testículos con el interior de mis muslos, el balanceo de la minga de un lado a otro al andar, me hacía sentir totalmente liberado. Incluso el roce de la camisa, que aún llevaba puesta, abierta, sobre mis pectorales, sobre mis pezones, me era agradable.
Esperé unos minutos nuevas órdenes, y justo cuando le iba a pedir, con toda la malicia del mundo, que me lanzara la ropa interior para empezar a vestirme, se levantó de su silla y se acercó a mi. Aquello me sorprendió, pero la dejé hacer con toda la tranquilidad del mundo. Se colocó detrás para quitarme despacio la camisa. Me noté totalmente empapado, seguramente toda mi piel estaba colorada por el calor, sintiendo cierta frescura al notarse despojada de ropa.
Dejó la camisa con cuidado sobre el respaldo de su silla y volvió a colocarse a mi espalda. Comenzó acariciándome el cuello, los hombros, la espalda, bajando por mis glúteos para después pasar con sus manos a mis pectorales, donde se entretuvo jugando con mis pezones, cada vez más erectos por el efecto de sus caricias, que hacían que desconfiara de que aquella fuera la primera vez que tocaba a un hombre.
Acercó su boca, todo lo que pudo, hasta mi oreja, supongo que empinando ligeramente los pies, ya que mi altura era superior a la suya.
-Quiero tocártela.
Lo dijo como en un suspiro, tras lo cual yo me giré hacia ella, sorprendido, mirándola interrogante, justo a los ojos, mientras ella volvía la mirada al suelo, temblando como si estuviera cometiendo un pecado, descubriendo de nuevo ahora una cierta inocencia, una cierta súplica, un interés ante el que no pude negarme.”
Pedro me miró, sabiendo que mi aceptación se debía más a la lástima que su físico me producía que a cualquier tipo de excitación que pudiera estar provocándome aquella situación.
“Le indiqué que se sentara y, tras coger cierto valor, intentando evitar el pensamiento de que aquello me podría salir caro si ella finalmente decidía denunciarme, puesto que sería su palabra contra la mía, me acerqué a ella, parando mis genitales frente a su cara prácticamente. Ella miró mi sexo durante minutos, como si fuera incapaz de creerse lo que había dicho, de creer que yo había aceptado con toda naturalidad (ya que con las amigas de mi esposa este tipo de jueguecitos también había sido normal).
Una de sus manos se acercó a mis huevos, despacio, casi temblando, hasta llegar a palparlos algo más fuerte de lo que yo esperaba. Le pedí que los tratara con delicadeza, ante lo cual las yemas de sus dedos se pasearon por ellos, logrando que mi escroto fuera encogiéndose ligeramente, mientras mi picha se iba poniendo morcillona, alzándose poco a poco.
A mi mujer, le expliqué, le encantaba palparme los huevos porque decía que los tenía muy gordos y redonditos. Ella asintió con la cabeza, sin dejar de mover sus dedos por allí, absorta sin dejar de mirarlos. Después pasó a acariciar el pene, cada vez más endurecido, pero aún con la cabeza tapada por la piel. Fue ella quien lo descapulló para verlo bien. Paseó sus yemas por mi glande, rozando el agujero y produciendo en mí una sensación que hizo que me apartara. Aquello hizo que se preocupara, pidiendo disculpas, pero yo le dije que era algo normal, que no pasaba nada, que simplemente me había excitado. De hecho, toda mi piel se había erizado por el placer.
Tardé algo en convencerla de que no había sido nada, y ella tardó en seguir con su exploración. Mi polla se mantenía totalmente descapullada, aunque no estuviera totalmente erecta aún, manteniéndose bastante firme frente a ella, mientras mi trasero reposaba en el borde de la mesa. Yo la miraba paternalmente, sin apenas morbo, mientras ella seguía acariciándome, aunque mi polla cada vez se endureciera más.
Me di cuenta de que sus manos parecían ir cogiendo experiencia por momentos, en las caricias en mi escroto, en cómo me iba cogiendo la polla. Se hizo evidente cuando noté como rodeaba la base de mi miembro para, con más fuerza de la que esperaba, empezar a meneármela, ayudándose de la piel de mi propia minga.
 
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