Desde que el año pasado acepté un puesto de responsabilidad en la empresa en la que trabajaba mis periodos vacacionales habían cambiado considerablemente: un día a la semana, según el contrato, debía pasar por el despacho, al menos para comprobar la correspondencia y contestar a la más urgente. El caso es que, a priori, no me molestó la idea, pero en la práctica era un auténtico coñazo.
Que terminaran las vacaciones de los demás, pensando con envidia que tenían unas vacaciones estupendas y sin desear que fueran más cortas, para mí era un auténtico alivio, sobre todo por ver de nuevo caras distintas.
Pedro, que me había precedido en el puesto y con el que, gracias a la ayuda que me prestó el primer año, había conseguido una gran amistad, siempre pasaba por mi despacho aquel primer día para charlar.
Fue cuando charlaba con él cuando entró en la oficina mi secretaria. Ella era joven, muy trabajadora y de trato agradable, pero con menos atractivo que una cabra (según mi punto de vista, que ya sabemos que algunos…).
Tenía muy poco pelo, intentando disimular su alopecia con una melenita cardada que, ni se llevaba, ni le quedaba bien. Sus ojos eran grandes y estaban colocados muy juntos en la cara y como torcidos hacia arriba, sin que destacaran ni su nariz ni su boca, bastante normalitas. En cuanto al cuerpo, no tenía grandes pechos (de hecho casi no tenía, a veces se notaban bajo sus blusas anticuadas, pero no era lo habitual) y su trasero, con forma de pera y bastante voluminoso, daba paso a unas piernas cortas que se juntaban en las rodillas al caminar.
Pedro, que sabía que los jefes habían obligado a Pino (la secretaria) a estar conmigo una mañana, no pudo evitar hacer el comentario que siempre veníamos haciendo cuando ella salió de la oficina:
-Para esta, hay que ser muy hombre.
Un “si tu supieras” escapó de mi mente hasta mis labios sin darme cuenta hasta ver la cara sorprendida de Pedro y su pequeña sonrisa pícara. La afirmación de que algo había pasado no se hizo esperar, acompañada de su insistencia para que se lo contara, pero mis negaciones, mis intentos de hacerle creer lo contrario, no tuvieron éxito y tuve que pedirle que cerrara la puerta del despacho con llave.
Comencé a explicarle que el día que ella vino, uno de los primeros de agosto, intenté poner el aire acondicionado, pero estaba roto, así que, sin poder trasladar el ordenador a otro despacho por las conexiones (que están bajo la tarima), tuvimos que trabajar en mi despacho a temperatura ambiente.
Ya sabía que yo lo paso muy mal con el calor y que pronto comienzo a sudar como un cerdo. Fue tal la sudada, a pesar de tener las ventanas y puertas abiertas completamente, que empapé la camisa que llevaba puesta y me sentía totalmente asqueado de mi mismo. Eché varios viajes al baño para refrescar mi cuerpo, pero, sin aguantar más, y puesto que ella se estaba dando cuenta de todo, le pregunté si le importaba que abriera mi camisa, pensando que así, me sentiría algo más fresco.
Pensé en aquel momento que no debía ser nada incómodo para ella, puesto que era verano, la gente en la playa va con bañador y yo, realmente, evitaba que la camisa se me abriera totalmente.
El caso es que seguimos punteando las cuentas, pero me di cuenta de que ella no estaba concentrada. Levanté mi mirada por encima de las gafas que llevo para leer y vi que estaba embelesada mirándome y no precisamente a la cara. Yo dejé de hablarle y ella tardó unos cinco minutos en subir su mirada a mi cara y bajarla avergonzada.
Volví a preguntar si le molestaba, ya que no tenía más que decirlo para que abotonara la camisa, y ella, como disculpa, sin dejar de sentirse azorada, me comentó que llevaba mucho tiempo sin estar tan cerca de un hombre “semidesnudo”. Pensé que el que me mirara era algo natural, mientras me pedía que siguiéramos trabajando, que ya intentaría concentrarse, cuando una idea, en realidad muy inocente, me vino a la cabeza.
-¿Inocente? –dijo Pedro asombrado por mi tranquilidad-. A mí no se me ocurre nada inocente, la verdad.
Seguí hablando, intentando no hacer caso al comentario de Pedro. El caso es que, al ser la muchacha algo beatilla, intenté darle a todo un aire de normalidad para que no se sintiera incómoda, pero poco después, dándome cuenta de que con su edad no era algo tan normal, no pude evitar hacerle algunas preguntas.
Me comentó que siempre se había sentido muy nerviosa teniendo un hombre semidesnudo cerca, ya que era incapaz de mirar a otro lado e incluso se excitaba a veces sólo con la mirada. Por eso, dijo, evitaba ir a las piscinas públicas y demás, aparte de porque pensaba que todo el mundo se reía al verla, haciéndome ver que era consciente de su poco atractivo.
Aquellas últimas palabras hicieron que comenzara a sentir pena por ella, siendo mi primera reacción preguntarle si alguna vez había visto a un hombre desnudo.
“Una vez –dijo totalmente colorada, bajando la mirada, intentando evitar pensar que estaba allí contándome aquello-. Un tío mío pasó una mala racha y vino a vivir a casa. Yo tendría unos 18 años. Un día, entré al baño y le vi secándose tras haberse dado una ducha. Recuerdo que pasé unas dos semanas con su imagen en la cabeza, aunque él no le dio importancia ninguna. Incluso a veces, por la noche, entre sueños o al despertar, volvía a recordar su imagen desnuda y… me tocaba.
Cuando fui a confesarme a la iglesia el sacerdote hizo que me sintiera tan mal que, desde entonces, he evitado la ocasión de ver hombres y, sobre todo, de tocarme, aunque debo reconocer que a veces sigo pensando en mi tío, o imaginándome a otros hombres.”
Aquel comentario lo hizo con muy poca voz, haciéndome pensar que yo era uno de los hombres que imaginaba en su soledad, cosa que me extrañaba por un lado, ya que con 50 tacos, no tenía yo un cuerpo muy excitante (o al menos eso pensaba).
Ante todo aquello no se me ocurrió otra cosa que utilizar mis conocimientos psicológicos y le expliqué que era todo normal y que tenía en la cabeza una forma en la que podría superar sus traumas y podría verlo todo con más tranquilidad.
Que terminaran las vacaciones de los demás, pensando con envidia que tenían unas vacaciones estupendas y sin desear que fueran más cortas, para mí era un auténtico alivio, sobre todo por ver de nuevo caras distintas.
Pedro, que me había precedido en el puesto y con el que, gracias a la ayuda que me prestó el primer año, había conseguido una gran amistad, siempre pasaba por mi despacho aquel primer día para charlar.
Fue cuando charlaba con él cuando entró en la oficina mi secretaria. Ella era joven, muy trabajadora y de trato agradable, pero con menos atractivo que una cabra (según mi punto de vista, que ya sabemos que algunos…).
Tenía muy poco pelo, intentando disimular su alopecia con una melenita cardada que, ni se llevaba, ni le quedaba bien. Sus ojos eran grandes y estaban colocados muy juntos en la cara y como torcidos hacia arriba, sin que destacaran ni su nariz ni su boca, bastante normalitas. En cuanto al cuerpo, no tenía grandes pechos (de hecho casi no tenía, a veces se notaban bajo sus blusas anticuadas, pero no era lo habitual) y su trasero, con forma de pera y bastante voluminoso, daba paso a unas piernas cortas que se juntaban en las rodillas al caminar.
Pedro, que sabía que los jefes habían obligado a Pino (la secretaria) a estar conmigo una mañana, no pudo evitar hacer el comentario que siempre veníamos haciendo cuando ella salió de la oficina:
-Para esta, hay que ser muy hombre.
Un “si tu supieras” escapó de mi mente hasta mis labios sin darme cuenta hasta ver la cara sorprendida de Pedro y su pequeña sonrisa pícara. La afirmación de que algo había pasado no se hizo esperar, acompañada de su insistencia para que se lo contara, pero mis negaciones, mis intentos de hacerle creer lo contrario, no tuvieron éxito y tuve que pedirle que cerrara la puerta del despacho con llave.
Comencé a explicarle que el día que ella vino, uno de los primeros de agosto, intenté poner el aire acondicionado, pero estaba roto, así que, sin poder trasladar el ordenador a otro despacho por las conexiones (que están bajo la tarima), tuvimos que trabajar en mi despacho a temperatura ambiente.
Ya sabía que yo lo paso muy mal con el calor y que pronto comienzo a sudar como un cerdo. Fue tal la sudada, a pesar de tener las ventanas y puertas abiertas completamente, que empapé la camisa que llevaba puesta y me sentía totalmente asqueado de mi mismo. Eché varios viajes al baño para refrescar mi cuerpo, pero, sin aguantar más, y puesto que ella se estaba dando cuenta de todo, le pregunté si le importaba que abriera mi camisa, pensando que así, me sentiría algo más fresco.
Pensé en aquel momento que no debía ser nada incómodo para ella, puesto que era verano, la gente en la playa va con bañador y yo, realmente, evitaba que la camisa se me abriera totalmente.
El caso es que seguimos punteando las cuentas, pero me di cuenta de que ella no estaba concentrada. Levanté mi mirada por encima de las gafas que llevo para leer y vi que estaba embelesada mirándome y no precisamente a la cara. Yo dejé de hablarle y ella tardó unos cinco minutos en subir su mirada a mi cara y bajarla avergonzada.
Volví a preguntar si le molestaba, ya que no tenía más que decirlo para que abotonara la camisa, y ella, como disculpa, sin dejar de sentirse azorada, me comentó que llevaba mucho tiempo sin estar tan cerca de un hombre “semidesnudo”. Pensé que el que me mirara era algo natural, mientras me pedía que siguiéramos trabajando, que ya intentaría concentrarse, cuando una idea, en realidad muy inocente, me vino a la cabeza.
-¿Inocente? –dijo Pedro asombrado por mi tranquilidad-. A mí no se me ocurre nada inocente, la verdad.
Seguí hablando, intentando no hacer caso al comentario de Pedro. El caso es que, al ser la muchacha algo beatilla, intenté darle a todo un aire de normalidad para que no se sintiera incómoda, pero poco después, dándome cuenta de que con su edad no era algo tan normal, no pude evitar hacerle algunas preguntas.
Me comentó que siempre se había sentido muy nerviosa teniendo un hombre semidesnudo cerca, ya que era incapaz de mirar a otro lado e incluso se excitaba a veces sólo con la mirada. Por eso, dijo, evitaba ir a las piscinas públicas y demás, aparte de porque pensaba que todo el mundo se reía al verla, haciéndome ver que era consciente de su poco atractivo.
Aquellas últimas palabras hicieron que comenzara a sentir pena por ella, siendo mi primera reacción preguntarle si alguna vez había visto a un hombre desnudo.
“Una vez –dijo totalmente colorada, bajando la mirada, intentando evitar pensar que estaba allí contándome aquello-. Un tío mío pasó una mala racha y vino a vivir a casa. Yo tendría unos 18 años. Un día, entré al baño y le vi secándose tras haberse dado una ducha. Recuerdo que pasé unas dos semanas con su imagen en la cabeza, aunque él no le dio importancia ninguna. Incluso a veces, por la noche, entre sueños o al despertar, volvía a recordar su imagen desnuda y… me tocaba.
Cuando fui a confesarme a la iglesia el sacerdote hizo que me sintiera tan mal que, desde entonces, he evitado la ocasión de ver hombres y, sobre todo, de tocarme, aunque debo reconocer que a veces sigo pensando en mi tío, o imaginándome a otros hombres.”
Aquel comentario lo hizo con muy poca voz, haciéndome pensar que yo era uno de los hombres que imaginaba en su soledad, cosa que me extrañaba por un lado, ya que con 50 tacos, no tenía yo un cuerpo muy excitante (o al menos eso pensaba).
Ante todo aquello no se me ocurrió otra cosa que utilizar mis conocimientos psicológicos y le expliqué que era todo normal y que tenía en la cabeza una forma en la que podría superar sus traumas y podría verlo todo con más tranquilidad.