La propuesta

Bestial!!

No te hagas tanto de rogar David!! 😆

Acuérdate de tu rebaño pajillero que espera ansioso su dosis de morbo!
 
Wooo ya te echaba de menos me encanta tus relatos deseando de que publiques más
 
Creo que hemos bebido de la misma fuente informativa :cool:
Ah, bueno, al leerte entendí que lo deduces de lo que hasta ahora se ha publicado del relato...estoy en lo correcto???

Sería interesante discutir algunas interpretaciones del relato hasta lo publicado, evitando así spoilers.
 
Ah, bueno, al leerte entendí que lo deduces de lo que hasta ahora se ha publicado del relato...estoy en lo correcto???

Sería interesante discutir algunas interpretaciones del relato hasta lo publicado, evitando así spoilers.
Correcto.
En lo publicado hasta ahora, que yo recuerde, no hay ninguna mención de que Marta le haga una mamada a Jorge.
 
El relato desde luego que engancha. Una lastima que no tenga más continuidad. Imagino que porque está también a la venta. De todos modos gracias por este tipo de relatos.
 
Capítulo 1


Llegamos veinte minutos antes de la hora del evento y el parking privado ya estaba abarrotado de coches. Cayetana aparcó su precioso Audi Q2 blanco que le habían regalado sus padres y nos dirigimos a la entrada de la mansión de Hans y Beatriz.

Nos abrió una chica del servicio y dentro estaba casi toda la familia al completo. Los Beguer.

Más de sesenta personas en la casa de lujo que se habían construido los anfitriones; el empresario alemán Hans Meyer y su mujer, la arquitecta Beatriz Beguer.

Salimos al jardín, saludamos a los padres de Cayetana y luego fuimos a ver a sus abuelos; Fernando Beguer, cardiólogo, y María Sánchez, una de las primeras mujeres que estudió Medicina en España a finales de los 50. Ambos, a sus noventa y ochenta y ocho años, respectivamente, se mantenían en una forma estupenda.

Fernando y María habían tenido ni más ni menos que once hijos, seis hombres y cinco mujeres. Todos ellos ejercían la medicina y abarcaban un amplio abanico de ramas: cirujanos, dermatólogos, pediatras, neurólogos…

Y allí estaban todos en la fiesta, con sus respectivas parejas, hijos y pretendientes de estos. Cayetana era mi chica y, por supuesto, estudiaba Medicina. A sus veintiún años era una morenaza alta y esbelta, con el pelo muy largo y ojos azules. Deslumbraba por su belleza y era frágil y educada como una princesa. Fuimos saludando a todos sus tíos, primos y, por último, a la protagonista de la fiesta.

Beatriz.

Era la prima mayor de mi novia, la primera nieta de Fernando y María, y también la primera que había elegido estudiar otra cosa, ni más ni menos que Arquitectura, con lo que había roto la tradición familiar. Y no le había ido nada mal. Con treinta y ocho años era una de las mejores arquitectos del mundo y su estudio gozaba de gran prestigio internacional.

A mí me impresionaba mucho su belleza; sobre 1,70, pelo largo y castaño, ojos grandes, labios carnosos perfectos, pechos medianos. Lucía un vestido negro ajustado de manga larga con el que realzaba las curvas de las caderas y su precioso culo, que era inevitable mirar cuando pasabas a su lado.

¡Una mujer espectacular!

Se acercó a nosotros moviendo sus largas piernas con paso firme y una sonrisa en la boca.

―Cayetana, por Dios, cada día estás más guapa y más alta… no sé cómo lo haces ―le hizo un cumplido a mi chica dándole un fuerte abrazo.
―Tengo un buen espejo donde mirarme ―le contestó.
―Jorge, bienvenido. Siempre que os veo juntos me digo «qué buena pareja hacen»… ―Y me dio dos besos.
―Muchas gracias ―dije yo de manera tímida―. Bueno, felicidades, aunque hayan pasado ya un par de días.
―Gracias; y, por cierto, ¿dónde está la otra cumpleañera?
―Creo que todavía no ha llegado. Ya sabes cómo es mi hermana…
―No me puedo creer que vaya a llegar tarde a su fiesta de dieciocho aniversario…
―Es Marta, nos puede sorprender con cualquier cosa…
―No seas mala… Perdonad, chicos, que tengo que saludar todavía a unos cuantos invitados más. Luego os veo, pasadlo bien…

Efectivamente, así era Marta, hermana de Cayetana, la pequeña de la familia y la más díscola y rebelde. Cumplía dieciocho años y, aunque en los últimos meses se había asentado, les había dado a mis suegros unos cuantos quebraderos de cabeza. Empezó haciéndose un tatuaje con dieciséis años, que fue motivo de una crisis familiar, incluso dejó unas semanas el instituto; y al final llegaron a un acuerdo para que volviera e hiciera la EBAU, para después estudiar un grado en Nutrición Humana y Dietética.

Cinco minutos más tarde de la hora citada, Marta hizo su entrada triunfal con un chico imberbe que apenas tendría la mayoría de edad y fue presentando a su nuevo novio a todos los familiares. Ya estábamos acostumbrados a que cada mes estuviera con uno distinto, así que no nos sorprendió y, cuando les dio un efusivo beso a sus abuelos, vino con nosotros.

Cayetana y Marta no se parecían nada. No podían ser más distintas, ni en lo físico ni en el carácter; ni tan siquiera en la manera de vestir. Si Cayetana era todo dulzura, elegancia, prudencia y saber estar, Marta era su contrapunto; salvaje, aguerrida, con el pelo largo y suelto, cara muy aniñada. Se había puesto un vestido negro corto de tirantes y mostraba los más de diez tatuajes pequeños que ya tenía por los dos brazos.

Con sus botas militares desentonaba en aquella fiesta de pijos. Y si el culo de Beatriz llamaba la atención, el de Marta también era una puta obra de arte. Aficionada al deporte, llevaba dos años machacándose en el gimnasio y mostrando sus progresos en las redes sociales.

Aquel culo pequeño, duro y respingón era delicioso. Casi perfecto. Y la falda de su vestidito apenas lo tapaba. Con cualquier mínimo movimiento se le asomaba la parte baja de sus glúteos, y ya la había visto unas cuantas veces tirando de la tela para cubrirse.

―Hola, cuñado, has venido muy guapo, como siempre… ―Ya estaba acostumbrado a sus tonteos conmigo y, aunque al principio me chocaba y nos costó romper el hielo, ahora nos llevábamos muy bien.
―¡Felicidades! Has elegido un vestido perfecto para la ocasión…
―¿En serio te gusta? Pensé que iba a ser demasiado…
―Sí, estás guapísima… ―intervino Cayetana en tono irónico―. ¡Felicidades, hermanita!
―Este es Álex ―y nos presentó al chavalito, que no sabía ni por dónde le daba el aire.
―Hola ―dijo de manera tímida, estrechándome la mano como si la tuviera de plastilina.

Era muy guapete el niño, pero un flojo de narices que no le pegaba nada a Marta. Otro que le iba a durar cuatro días.

―Y esta es mi hermana…
―Ho… hola ―tartamudeó y el pobre le dio dos besos a mi chica.

Enseguida llegó el catering que los anfitriones habían contratado y nos fuimos sentando en las mesas tal cual nos habían organizado. Parecía una boda de lujo y tan solo estábamos celebrando el cumpleaños conjunto de Beatriz y Marta.

Y es que allí todo era glamour y opulencia. La mansión de Hans y Beatriz era llamativa. Formada por varios módulos cuadrados de color blanco con grandes cristaleras, había sido diseñada por la propia Beatriz, y no le faltaba de nada; siete habitaciones, gimnasio, sala de cine, pista de pádel, bodega, piscina exterior e interior…

Una pasada.

Se lo podían permitir perfectamente, pues Beatriz era una prestigiosa profesional que ya se movía en círculos muy exclusivos; y Hans tenía tantos negocios que ni él mismo sabía el dinero que amasaba.

El empresario alemán era un tipo muy peculiar. Bastante mayor que su mujer, rondaba los cincuenta y cinco y, al igual que a Marta, siempre se le había considerado la oveja negra. Les costó a los Beguer admitir a Hans en la familia, y es que no eran pocos los negocios de dudosa honorabilidad en los que estaba metido; incluso se había visto envuelto en un par de casos de corrupción que le llevaron a los tribunales, y, aunque finalmente quedó absuelto, siempre planeaba la sombra de la duda sobre él.

Para desenvolverse tan bien en los negocios, y con los contactos que tenía, no me cabía duda de que tenía que ser un hijo de puta; sin embargo, Hans tenía cara de buena persona; un rostro serio y curtido. Apenas hablaba y cuando lo hacía era muy curioso ese español con acento alemán. Solía esbozar una media sonrisa y llevaba su pelo canoso engominado hacia atrás.

Desde luego que formaba una pareja peculiar con Beatriz. No pegaban para nada, pero ya llevaban muchos años juntos; once, aproximadamente, y nueve de casados.

La comida fue un éxito. No faltó ni un detalle y ya les gustaría en muchas bodas comer la mitad de bien de lo que lo hicimos nosotros. Y después llegó la hora de los regalos.

Marta y Beatriz se quedaron de pie en una mesa y abrieron pacientemente todos los paquetes que les fuimos entregando. La prima mayor y la pequeña de la familia. Otras dos que no podían ser más distintas. Beatriz, con su elegante vestido y educación exquisita, y a su lado, Marta, más bajita, con pintas de niñata consentida, que tenía que estar tirando continuamente de la falda de su vestidito para taparse su culazo.

Luego le sacaron una gran tarta y un número 18 gigante a Marta y se hizo cientos de fotos para inmortalizar ese día tan especial para ella.

Después teníamos vía libre para disfrutar de la casa y las instalaciones, pero antes una de las primas mayores de Cayetana, que se había casado hacía un par de años, anunció que estaba embarazada y todos felicitamos a la feliz pareja. Fue un final de fiesta perfecto.

Se formaron varios grupos; unos cuantos para jugar al pádel; otros para ver una película en la sala de cine; la mayoría se quedaron en la sombra, debajo de los árboles tomando un refresco y charlando con algún familiar; y otros decidieron darse un chapuzón en la piscina.

No es que hiciera un día demasiado caluroso para estar a principios de junio, pero a mí era la opción que más me apetecía. Aunque no había traído bañador, cosa que sí que habían hecho unos cuantos primos de Cayetana, que habían sido más previsores que yo.

Así que me quedé a la sombra con mi novia y sus padres, tomando una Coca-Cola hasta que se acercó Marta con su chico.

―Mamá, ¿me has traído la mochila?
―Sí, está en el coche.
―Joder, podías haberla metido en casa ―protestó Marta.
―Habla bien ―intervino su padre―. Toma las llaves del coche y ve tú a por ella…
―Trae… ―Y poco menos que se las arrebató de la mano, y se dio media vuelta sin tan siquiera despedirse.

No sabía qué había en la mochila, pero no tardé en descubrirlo, pues, a los diez minutos, Marta regresó en biquini con una toalla en la mano, acompañada por su novio también en bañador, y le devolvió la llave a su padre.

―Jorge, ¿no vienes a darte un baño? ―me preguntó de manera descarada delante de todos.

Ni me atreví a mirarla bien, pero aquel biquini blanco desde luego que no parecía nada apropiado para esa fiesta tan familiar.

―No, eh, estoy bien aquí; además, no he traído bañador…
―Por eso no te preocupes, Hans y Beatriz tienen unos cuantos nuevos para estas ocasiones…
―Puede que luego…
―Ahora se lo digo a Beatriz…
―No, de verdad, no te molestes…
―Que no es molestia.
―¡Vale ya! ―gritó Cayetana, a la que solo su hermana pequeña conseguía sacar así de quicio en tan pocos segundos―. Te ha dicho que no…

Marta y su noviete se alejaron de nosotros con una sonrisa traviesa en la boca y vi que se dirigía a hablar con Beatriz, que ya se había cambiado de ropa y se había puesto unos bonitos shorts azul marino y una blusa blanca sin mangas. Iba hablando con todos los invitados de su fiesta y al poco se sentó con nosotros, con un sugerente cruce de piernas.

―Ey, Jorge, me ha dicho Marta que querías darte un baño; mira, habla con Sonia, aquella chica del servicio que está allí, y ella te dará unos cuantos bañadores y alguna camiseta. Elige el que más te guste. Está todo sin estrenar…

Miré a mi novia y afirmó con la cabeza, dándome su visto bueno. Tampoco es que tuviéramos nada mejor que hacer.

―¿No te vienes? ―le pregunté a Cayetana.
―No, no me apetece, pero tú vete y pásalo bien…

No tardé nada en cambiarme y me acerqué a la zona de la piscina. Allí estaban unos cuantos primos de mi chica con sus parejas y Marta y su novio.

―Al final te has animado, ¿eh, Jorge? ―me dijo mi cuñada―. Haces bien, no sé cómo puedes aguantar esas conversaciones familiares aburridas e interminables como mi hermana…

Me llamó la atención que, aunque la edad de las chicas que estaban en la piscina oscilaba entre los dieciocho de Marta y los treinta y dos de una de sus primas, casi todas llevaban bañador de cuerpo entero y solo dos chicas de veintitantos se habían atrevido a ponerse biquini. Y otro dato curioso es que ninguno de los allí presentes tenía ni un solo tatuaje. Desde luego que eran una familia de las que pueden llamarse tradicionales.

Y después estaba Marta.

Salió del agua con su biquini blanco y vino hacia mí. En la parte de arriba tenía dos triángulos que ocultaban sus pequeños pechos, y la braguita era de tipo brasileña, casi como un tanga, y la cabrona lucía su culazo medio desnudo, orgullosa de sus duros glúteos.

―Venga, vamos, al agua. ―Y me agarró del brazo para lanzarme ante la atenta mirada del resto de familiares.
―Déjame, Marta, que me vaya metiendo poco a poco, que tiene pinta de estar helada…

Y de un fuerte tirón se abrazó a mí y caímos los dos juntos a la piscina.. Otra vez esbozó su media sonrisa y después regresó con su novio, que no se había perdido detalle de la escena. Yo salí rápido y me quedé sentado a la orilla, de medio lado, echando la cabeza hacia atrás, con el pelo empapado, y me recosté para tomar el sol.

Sorprendí a un par de primas de Cayetana mirando mi cuerpo y reconozco que a mí también me gustó lucirme y sentirme deseado. Pues sí, tenía buen cuerpo, no había día en el que no practicara deporte. Era el capitán del equipo de fútbol de la Facultad de Telecomunicaciones y mi tableta de abdominales estaba más marcada que nunca.

Marta se acercó nadando hasta mí y apoyó los codos en el bordillo.

―Perdona, Jorge, espero que no te haya molestado…
―Pues claro que no ―respondí sin mirarla, pero sintiendo que ella tenía su vista puesta en mi abdomen.
―¿No te metes al agua?
―Estoy bien aquí…
―Madre mía, ¡qué suerte tienen algunas! ―cuchicheó Marta.

Me dio un poco de vergüenza el tonteo que se traía conmigo delante de sus familiares y yo intenté no darle importancia. Como si se tratara de una broma entre nosotros, pero el asunto se puso más feo cuando Marta salió del agua y se tumbó junto a mí, pero al revés; es decir, con la cabeza hacia mis pies.

―Si es que Dios le da pan al que no tiene hambre ―susurró ese comentario añejo lo suficientemente alto para que yo lo escuchara. Un dicho que bien podrían haber pronunciado sus abuelos.

Yo miré hacia abajo y, joder, allí tenía su culazo, delante de mí, cubierto por una pequeña braguita blanca que se perdía entre sus glúteos. Lo tenía tan cerca que, si estiraba el brazo, podía acariciarlo sin tan siquiera inclinarme.

Cayetana y sus padres se encontraban relativamente lejos, como a unos ochenta metros, y no creo que se estuvieran percatando de lo que sucedía en la piscina; casi mejor, porque la situación era un poco violenta. Me giré hacia el otro lado, en el que unos cuantos estaban muy atentos a lo que hacíamos; y luego el noviete de Marta me miraba como si tal cosa, con una expresión de empanado bastante neutral.

No me había gustado la última frase de Marta, pues eso es que conocía datos íntimos de la relación entre su hermana y yo, y decidí terminar con aquel jueguecito absurdo dejándome caer al agua y haciéndome unos largos para tratar de calmarme.

Regresé con Cayetana y sus padres y, en cuanto comenzó a anochecer, Beatriz y Hans pidieron algo de comida rápida para todos; pizzas, perritos y hamburguesas, e hicimos una medio cena antes de la fiesta final.

Y otra vez Marta fue la protagonista. Montaron una especie de photocall y contrataron a un DJ que comenzó a amenizar la velada. Beatriz era la encargada de que todo estuviera perfecto y comprobé que había vuelto a cambiarse de ropa. Esta vez llevaba unos pantalones de cuero con una cremallera debajo y zapatos de tacón y una blusa de seda rosa metida por dentro, con la que no podía estar más guapa.

Hasta una especie de barra libre habían contratado, aunque la mayoría de los jóvenes no probó el alcohol. Todo lo contrario que Hans, que se bebía los whiskies como si nada, uno detrás de otro. Me hizo gracia verle hablando con Marta. Curiosamente siempre se habían llevado muy bien y Cayetana tenía envidia de esa relación, porque me decía que su hermana pequeña era la favorita de Hans y Beatriz.

Y pudiera ser que tuviera razón, aunque a mí no me sorprendía que tuvieran tanta afinidad, porque desde luego que los dos eran los «incomprendidos» de la familia.

Yo no podía dejar de mirar a Beatriz, moviéndose de lado a lado, comprobando que todo estuviera perfecto, con esos ajustados pantalones de cuero y yo veía cómo todos le procesaban una admiración digna de estudio a la imponente arquitecta. Ese fue el momento en el que me di cuenta de que Beatriz era el centro de gravedad de toda la familia, la más carismática, el nexo entre las tres generaciones.

La jefaza de los Beguer.

Esa mujer imponía a cualquiera no solo por su físico, es que era TODO: cómo hablaba, la seguridad con la que se movía, el control absoluto que tenía de la situación; y sin conocerla ya se podía deducir que era una persona exitosa.

Y además de todo eso, luego estaba su belleza.

Otra vez se había dejado el pelo suelto, se le marcaba la silueta de sus pechos por debajo de la tela de seda y lo mejor era el culo que le hacían esos pantalones. ¡No podía estar más buena y tener más glamour!

No tenía nada que ver con Hans y me pregunté qué es lo que una mujer como Beatriz habría visto en el alemán, aparte del dinero, porque ella tenía don de gentes y su marido apenas hablaba con nadie;, solo esbozaba ese sonrisa enigmática, estudiando el comportamiento de todos los presentes.

Cuando me giré hacia él, me sobresalté al darme cuenta de que me estaba vigilando con atención. Debía haberme visto mirar descaradamente a su mujer y me ruboricé al instante, pero eso no pareció molestarle, más bien al contrario, pues levantó el vaso en mi dirección y me pidió que me acercara a él.

Caminé despacio por detrás de los familiares que botaban al ritmo de la música del DJ y llegué a la altura de Hans.

―¿Me ayudas a subir todos los regalos y los dejamos en una habitación? Tú puedes cargar con unos cuantos, que estás muy fuerte… ―dijo con su extraño acento alemán.
―Eh, sí, claro, sin problemas…

Subimos las escaleras que daban a las habitaciones de arriba y dejamos todos los paquetes en un cuarto vacío. La música retumbaba dentro de la casa y, cuando me dirigí a la escalera para bajar al jardín, Hans volvió a llamar mi atención.

―¿Podemos hablar un momento? ―me pidió.
―Sí, claro, ¿puedo saber de qué…?
―Va a ser poco tiempo, te prometo que no me voy a demorar mucho; y tranquilo por el DJ, lo tenemos contratado tres horas, así que vas a tener tiempo de bailar hasta que te canses.
―No, no es por eso…
―Acompáñame a mi despacho, por favor…

Y entramos en aquel cuarto enorme con una mesa en el centro, y Hans me pidió que tomara asiento en unos butacones que había y cerró la puerta. Yo me senté, estaba bastante tranquilo al principio, pero, al ver aquella oficina tan grande y sobria, cuando menos nació en mi interior una pequeña intranquilidad, pues jamás había hablado con él en privado.

¿Qué es lo que querría de mí este hombre?
Enganchado como siempre a todos tus relatos.
 

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