La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

24​




En la ducha tuve que aguantarme y decidí no masturbarme para salir de fiesta lo más excitado posible. El día se me estaba haciendo muy largo entre las tetas de Carmen, la niñata de Valeria y la sesión de jacuzzi con mi hermana. En cuanto llegara a casa por la noche, me iba a hacer una paja tremenda.

Un par de horas más tarde salimos todos a cenar y nos juntamos a la puerta de casa, donde un par de taxis ya nos esperaban. Obviamente, me metí en el que llevaba a mi familia, aunque no me hubiera importado compartir la zona trasera del otro. Allí irían Valeria y Carmen bien apretadas conmigo y quizá… degustándome con la visión de ambas.

El sitio al que nos llevaron era claramente de alto standing, un lugar en el que, con todo nuestro dinero, seríamos de los más “pobres”. Nos llevó un camarero a la mesa, donde me coloqué al lado de Gonzalo por pura casualidad. Valeria acabó enfrente de mí junto a mi hermana, una visión gloriosa para mis ojos.

Aunque no era la única, puesto que a la derecha estaba mi madre junto a Carmen. Me resultó curioso verlas, porque eran un poco opuestas. Las dos eran muy bellas, eso estaba claro, pero el pelo rubio contrastaba con el moreno de mi madre. Aunque lo más llamativo era que la madre de Valeria se… exponía mucho más que Belén, porque desde mi posición podía admirar el escotazo que llevaba y que más de la mitad de sus grandes tetas eran visibles. Por supuesto, mi madre no era así y apenas solía llevar escote pese a que toda su familia portase unos pechos envidiables.

Sin embargo, no eran las únicas que se diferenciaban, porque sus hijas, eran una representación más joven de las mismas. Paula también iba algo recatada, sin mostrar mucho sus exuberantes tetas y con un vaquero bien pegado que sí marcaba su trasero.

Valeria era idéntica a su madre, junto a un top negro, portaba un sujetador que le había subido sus menudos pechos, porque se notaban más grandes que antes y abajo, su culo embutido en unos pantalones negros de cuero, que casi no dejaban nada a la imaginación

Agaché la cabeza, observando el plato de comida y quedándome a reflexionar sobre ambas mujeres. Casi lo hice como si fuera un análisis deportivo, de esos que buscan los defectos y ventajas en cada uno de los equipos. Me quedé absorto debatiendo quien era la mejor, porque Valeria ciertamente estaba cerca de la deidad que era Paula, aunque antes de conseguir una respuesta, la voz de mi madre se me metió en la oreja.

―¿David? ―sus ojos azules me observaban junto a una sonrisa burlona― Puedes comer, no hay que esperar por nadie más.

―¡Ah, sí!

Acabamos la velada un par de horas más tarde, entre charlas y charlas de los mayores. Yo apenas conversé un rato con Gonzalo, que escuchó con atención las respuestas que le daba sobre las preguntas de la carrera y mi vida en general. Es raro decirlo, pero ese hombre se interesó más por mis estudios en una cena que mi padre en esos dos cursos que llevaba en la universidad.

―Bueno, chicos… ―comentó Valeria poniéndose en pie― Es hora de irnos, he quedado con mis amigos…, los abuelos ya se pueden quedar solos.

―Esta niña… ―se quejó su padre con una amplia sonrisa― ¿Vais con ella, no? ―Gonzalo me miró a mí, por lo que le di una respuesta.

―Sí… ―con un rápido vistazo a mi hermana, añadí―. Los dos.

―Perfecto, volved todos juntos ―fue Carmen la que tomó la palabra, con los senos apoyados en la mesa y su rostro algo enrojecido por el vino, estaba increíble―. Sevilla es una ciudad segura, pero con lo que se escucha por ahí… toda precaución es poca.

―Sí, mamá… ―replicó Valeria con los ojos en blanco y, dándole un toque a Paula en el hombro, nos ordenó movernos― Venga, vamos…

Según salimos, nos montamos en un taxi que nos acercó a la zona donde estaban sus amigos. Paula y yo fuimos en la parte de atrás, apenas sin decir ni una palabra y notándola, no enfadada…, pero sí incómoda, como si no quisiera estar allí.

Valeria fue hablando con el taxista con su acento sevillano muy marcado, hasta que llegamos al lugar y anunció con un grito su llegada. Era demasiado excéntrica para ser una niña rica; sin embargo, lo que más me gustaba de ella era… lo buena que estaba.

Allí ya estaban sus amigos, a los que nos fue presentando de uno en uno. Una pandilla de chiquillos de entre 17 y 18 años a los que mi hermana calificó después como una “panda de hijos de papá”, más o menos, lo que pensarían en la facultad de nosotros.

Nos sentamos en una terracita a tomar algo y empecé a darme cuenta de cómo Valeria cuchicheaba con un par de amigas y luego me miraban y luego se reían. Y después, al entrar al bar, directamente se vino a hablar conmigo, no recuerdo de qué charlamos concretamente, pero aquella niñata se me pegaba mucho al hablar, rozándome con sus tetitas y tonteando descaradamente.

De vez en cuando miraba a mi hermana, se había quedado sola y apartada del grupo y en su cara veía que estaba deseando irse para casa, aunque yo me lo estaba pasando de puta madre en compañía de Valeria.

Ya no era la hijita perfecta que aparentaba ser con sus padres, ahora estaba más desinhibida y se notaba que era la que llevaba la voz cantante en su grupo de amigos. Todos hacían lo que ella decía y los demás le bailaban el agua a aquella niñata consentida.

Y yo… también le seguía el juego. Si ella se pegaba a mí, yo también lo hacía, incluso la sujeté varias veces de la cintura para decirle algo al oído, y cuando dijo de ir a otro sitio, todos asintieron sin dudar. Valeria me agarró de la mano y tiró de mí como si fuera mi chica, por lo que salimos agarrados.

De camino al siguiente bar quise hablar con Paula, a la que tenía muy abandonada. La pobre se estaba aburriendo y no veía la hora de regresar a la mansión de los padres de Valeria.

―La última y yo me piro ya. Si quieres quédate, David…

―No, Paula, quédate un poquito más, porfi, y luego ya nos volvemos en un taxi… Venga, disfruta un poco, que no salimos de fiesta por Sevilla todos los días…

―Es que me aburro, no pinto nada con estos chiquillos, no sé ni de qué hablar con ellos. Aunque ya veo que tú te lo estás pasando muy bien con Valeria…

―¿Otra vez celosa, hermana?, si sabes que eres mi favorita ―le mencioné agarrándola por la cintura.

―Y acuérdate de que tienes una novia, no sé, por si se te ha olvidado ―me recordó Paula.

―Que yo sepa, todavía no he hecho nada con Valeria…

―Tú lo has dicho. Todavía.

―No creo que pase nada. Como dices tú, es una niñata calientapollas…

―Mira, David, esa está acostumbrada a tener lo que quiere, y esta noche al que quiere es a ti. Como no le pares los pies, vas a terminar enrollado con ella, ya te lo digo yo… y no deberías…

―Bueno, eso es cosa mía, que ya soy mayorcito.

―Sofía me cae bien…

―Vale ya con Sofía, ¡te estás poniendo muy pesada! Deja de actuar como mi hermana mayor… lo que yo haga o deje de hacer es asunto mío ―le solté de repente a Paula, que no pareció tomárselo nada bien.

Es verdad que había sido un poco brusco sin venir mucho a cuento y Paula ya no volvió a hablarme en el resto de la noche.

Además, no le faltaba razón a mi hermana, y en cuanto entramos al siguiente bar Valeria no tardó en arrinconarme contra la barra y yo entre las copas, la música, el calentón que llevaba acumulado durante todo el día y lo cachondo que me ponía esa zorra marcando su culazo en los pantalones de cuero, al final entré en su juego.

Cuando me quise dar cuenta, Valeria estaba frente a mí, rodeando mi cuello con sus manos y me ronroneaba al oído, acercando sus labios a los míos. Yo puse las manos en su cintura y ella movió las caderas lentamente, al ritmo de la música, como si estuviéramos bailando. Metí la cara en su cuello y aspiré su perfume, dejando que ella se pegara a mí y me frotara con su coño.

Debió notar mi empalmada al instante y ella sonrió. Ya se había vuelto a salir con la suya.

―Eres muy guapo, David… Es una pena que tu hermana nos esté vigilando todo el rato, no deja de mirarnos…

―No te preocupes por ella ―le comenté mirando a Paula de reojo.

Mi hermana estaba terminando su copa y tenía los brazos cruzados, en una actitud claramente defensiva y… era cierto que no nos dejaba de mirar continuamente. Cuando comentaron de ir a otro bar, Paula se despidió de nosotros y me dijo que iba a coger un taxi, aunque pidió que me quedara y no me preocupara por ella.

―De eso nada, yo me voy contigo. No te voy a dejar que te vayas sola…

―Que no, quédate de verdad, que no me importa ―insistió mi hermana―. Prefiero irme, así no os corto el rollo.

―No he hecho nada con Valeria, eh… ―ella sonrió y negó con la cabeza.

―Si te hubiera visto Sofía no creo que le hiciera mucha gracia, lo mismo me dijo Fernando y… bueno, que me da igual… paso. Ya me lo has dicho antes, no es asunto mío y no quiero “ponerme pesada”.

―Joder, Paula, no te vayas así…

Al final hice lo que tenía que hacer y les dije a Valeria y sus amigos que me marchaba para casa con Paula. Valeria no se lo tomó nada bien, pero la rubia no era de las que se dan por vencidas tan fácilmente.

―¿En serio te vas?, ¿no quieres tomar otra copa conmigo?

―Es que paso de dejar sola a Paula, les prometí a mis padres que íbamos a volver juntos…

―Pero ya es mayorcita, ¿no?

―Lo siento, Valeria, lo he pasado muy bien. Muchas gracias por todo…

―Oooh… Pues no se diga más. Bueno, chicos ―anunció en alto―. Nos vamos para casa…

―¿¡Yaaaa…!?, pero si es muy pronto, no te has ido tú a las tres de la mañana jamás en la vida, ja, ja, ja ―bromearon sus amigos.

―No, Valeria, no lo hagas por mí ―le pidió mi hermana, pero la decisión ya estaba tomada.

Nadie iba a dar su brazo a torcer, así que nos volvimos a casa los tres en un taxi. Valeria, mi hermana y yo.​

25​



Nos sentamos los tres detrás y yo me situé en el medio, entre aquellas dos diosas. Y Valeria enseguida pasó a la carga, cruzó una pierna encima de la otra y situó una mano encima de la mía, rozándome con los dedos. Luego se inclinó sobre mí y me dio un beso en el cuello.

―Si quieres, ahora bajamos y nos damos un baño en el jacuzzi ―me ronroneó al oído lo suficientemente alto para que lo escuchara mi hermana.

Y en cuanto escuché esas palabras, mi polla volvió a saltar como un resorte.

―Ehhh… Sí, sí… claro. ―dudé sin saber qué decir.

Tengo que reconocer que iba un poquito nervioso ante la posibilidad de follarme a Valeria, y durante el viaje no se me bajó la erección. En el momento en que entramos a la mansión, Paula se despidió de nosotros y enfiló las escaleras. Yo seguía su camino, pero sentí que alguien me agarraba la mano.

―Espera, porfi… ―me pidió Valeria, agarrándome para que me quedara abajo con ella.

―Buenas noches ―comentó Paula y desapareció unos pocos segundos después, dejándonos allí.

De repente, nos quedamos a solas en aquella mansión, que a oscuras y en silencio, todavía parecía más fría. Sin soltarme la mano, la niñata me llevó a una pequeña estancia que era como un cuarto de lavado y planchado, lleno de sábanas y toallas.

Apenas entraba un poco de luz por una pequeña ventana y Valeria cerró la puerta. Estaba claro que no era el primero al que llevaba allí.

―Llevo toda la noche queriendo hacer esto… ―se lanzó a mi boca, metiéndome la lengua y volviendo a pasar sus brazos por encima de mi cuello.

Yo le correspondí el beso y puse las manos en su cintura. Después no lo pude evitar, y sobé su culazo por encima de los pantalones de cuero.

El alcohol no era excusa, pero con unas copas encima y, además, teniendo a aquella diosa delante, ¡estaba excitadísimo!

―Mmmm… Besas muy bien… ―y con mucho estilo, me plantó la palma de la mano encima del paquete, tanteando mi erección y agarrándomela por encima de la tela.

―¡Valeria, Valeria…! Mmmm…, no podemos hacer esto, tengo novia…

―¿Ah, sí?, no me extraña, con lo bueno que estás ―susurró haciendo el amago de desabrocharme el pantalón.

―No, noooo… No puedo, de verdad…

―¡Sssssh! Déjame a mí, claro que puedes ―dijo bajando sus leggins de cuero antes de volver a mi entrepierna y después, me soltó varios besitos cortos por el cuello y los labios.

Tiró de mis calzones, haciendo saltar mi polla, y me la agarró mientras yo colocaba las dos manos a su espalda y me encontraba con su increíble culo al desnudo, cubierto tan solo por una tanguita, cuya tira se perdía entre sus cachetes.

Aquel culo era delicioso. ¿Mejor que el de Sofía?… No podía tener la piel más suave y yo se lo sobé con ganas. Ella no paraba de ronronear, y de repente comenzó a masturbarme despacio antes de lanzarse a mi boca para fundirnos en un morreo desesperado.

―Mmmm… Valeria, para, para, aaaah… ―le supliqué cuando ella me comió el cuello y después pasé una mano hacia delante y acaricié su coño por dentro de su ropa interior.

No podía verlo, pero lo llevaba bien depilado y me sorprendió lo estrecho que lo tenía y lo mojado que estaba.

―¡Aaaah, sí! ¡Aaaah, méteme dos dedos…! ¡Aaaah, muévelos! ―jadeó acelerando el ritmo de su paja.

Y yo se los clavé en el coño y ella se montó encima de mi mano, moviendo las caderas arriba y abajo, agarrándose a mi cuello sin dejar de sacudirme la polla.

Allí estábamos, los dos de pie, en una salita que apenas podía vislumbrar, comiéndonos la boca y masturbándonos mutuamente, con los pantalones a medio bajar y ella me empujó contra la pared y me soltó la polla.

―Espera… ¡Aaaaah, espera…! ―me gimoteó antes de ponerse de cuclillas.

Me sujetó la polla con la mano, se apartó su preciosa melena y, sin dudarlo, se la metió en la boca. ¡Joder, aquella zorrita me estaba haciendo una mamada en casa de sus padres!

¡¡Y qué manera de chupar!!

―¡Valeria, aaaah…! ¡Valeria! ¡Noooo…! ―suspiré acariciando su pelo y guiando la mamada que me hacía.

Notaba su lengua jugar con mi capullo, sus dedos acariciaban mis huevos y, cuando se la metía hasta la garganta, succionaba con una maestría increíble. Tenía pinta de que la niñata se había comido unas cuantas pollas. Bastantes, a decir verdad.

Acompasaba a la perfección el movimiento de cuello junto con la mano y me llevó al séptimo cielo en unos segundos. Noté que mis piernas temblaban y mi orgasmo ya era casi inminente. Entonces ella se detuvo unos segundos y me pasó la lengua por todo el tronco.

―¡Quiero que te corras en mi boca! ―me ordenó con una sonrisa de satisfacción después de salirse con la suya―. Y después me vas a follar… ―ronroneó mordiéndose los labios.

―¡Para, para, paraaaaa…! ¡Valeria, por favor…! ¡No puedo hacer esto! ―dije tirando de su brazo y haciendo que se pusiera de pie frente a mí.

―Ssssh… ¿Qué te pasa?, ¿es por tu novia?, no tiene por qué enterarse, será nuestro secreto ―murmuró acariciándome la polla muy despacio.

―No, no puedo, de verdad que no…

―Si lo prefieres, puedes echármelo por la cara, me da morbo, o en la boca, como quieras, pero eso sí, tienes que correrte antes de follarme, estás demasiado cachondo y si me la metes ahora no vas a durar mucho ―dijo bordeando mi boca con una de sus uñas―. Y a mí me gusta que me follen bien…

―Valeria, nooooo… Nooo, Valeria…

―Entonces, ¿dónde prefieres?, ¿en la boca o en la cara? ―me preguntó mientras se volvía a poner de cuclillas.

Pero antes de que reanudara su mamada me giré deprisa y me guardé la polla en los pantalones.

―Nooo, nooooo, noooo, Valeria. ¡Te he dicho que no podemos, joder!

―¿Qué no podemos?, ¿que no podemos?, ¡mierda!… Nunca me había pasado esto ―afirmó limpiándose la saliva de la boca con un dedo―. ¿¡En serio!? ―y se puso de pie y después se quitó la camiseta negra de tirantes.

No llevaba sujetador y, en la penumbra de aquella sala, me mostró sus perfectas tetas. Llevaba un piercing en cada pezón y apoyó el culo en la mesa y después las manos, en una clara invitación a que me acercara.

―¿Está así de buena tu novia? ―me preguntó girándose para mostrarme su culazo tan solo cubierto por un tanguita negro.

―¡JO-DER! ―exclamé avanzando un paso―. ¡No, no, no! ―y me di media vuelta y salí de esa sala a toda mecha, dejando allí a Valeria.

Subí las escaleras a una velocidad de espanto y con el corazón a mil pulsaciones me metí en la habitación. Había resistido a la mayor de las tentaciones que uno puede tener. ¿En serio había sido capaz de dejar plantada a Valeria medio desnuda y cachonda?

Me senté en la cama con la respiración acelerada. Se me iba a salir el corazón por la boca y mi polla palpitaba como si de un momento a otro fuera a explotar. Tenía miedo de que Valeria no se diera por vencida y se presentara en mi habitación, pero pasados un par de minutos sonreí algo más tranquilo.

Había sido capaz de resistirme a Valeria.

Vale sí, me había enrollado con ella. Vale sí, le había acariciado el coño y el culo. Vale sí, había dejado que me pajeara y me hiciera una mamada, pero también es verdad que no había llegado hasta el final y para mí, eso era como si no le hubiera sido infiel (del todo) a Sofía.

Y entonces me acordé de Paula. Me había portado como un capullo con ella y, antes de acostarme, quise pedirle perdón. Para mí era la persona más importante en mi vida y necesitaba estar bien con mi hermanita.

En ese momento salí de la habitación y me planté en su puerta sin que se me hubiera pasado el calentón. Y en el silencio de la noche, toqué con los nudillos muy despacito…​
Ojalá follada a la hermana ahora
 
Excelente, lo he leído de cabo a rabo y es un relato muy excitante, me gusta, esperando lo siguiente.
Gracias
 
Me encanta la nueva versión, especialmente el detalle de ver a la "hermanisima". Aunque, como petición particular, quisiera poder volver a leer el original. ¿Hay algún sitio donde poder leerlo? Siempre me encanto la escena de la cocina y los azotes (no diré más, que no quiero hacer posible spoiler)
 

26​



Paula abrió la puerta y, al verme, se dio media vuelta. Todavía podía notar el cabreo que tenía encima.

―Sabía que eras tú… ―mencionó sin mucho entusiasmo, volviendo al baño donde se estaba quitando el maquillaje.

Llevaba su pijama blanco de manga larga que tanto me gustaba y se notaba que ya se había quitado el sujetador, por lo que sus tetas se bambolearon salvajemente. Y mi polla palpitó de nuevo. Lo que me faltaba.

Mi hermana se puso delante del espejo y cogió un disco de algodón para desmaquillarse la cara. Tembloroso entré al baño y me situé detrás de ella, mirándonos a la cara a través del espejo.

―Lo siento mucho, Paula. Me he comportado como un capullo. Me da vergüenza por lo que te dije antes, no creo en lo absoluto que seas una pesada y me encanta que te preocupes por mí. Lo siento, ya sabes que para mí eres muy importante y tu opinión siempre es la que más me importa ―solté de carrerilla.

Ella quiso hacerse la dura, y me miró de reojo. Tras unos segundos de tensión, sonrió y negó con la cabeza.

―Hombres… ―suspiró.

―Entonces, ¿me perdonas?

―Supongo…

―Muchas gracias, Paula…

―Lo que me extraña es que estés aquí, ¿es que no has ido al jacuzzi con esa? ―me preguntó en un tono peyorativo.

―Ya ves que no. Al final no he hecho nada con Valeria. Bueno, casi nada.

―¿Cómo que casi nada…?, ¿qué quieres decir?

―Bueno, eeeeh… Ahora, cuando nos has dejado solos, me ha llevado a una salita y… eeeh… ―tartamudeé indeciso.

―Venga, arranca…

―Me… Me ha besado y yo he tocado su culo y después… eeeh, se ha descontrolado todo…

―¡Joder, David! ¡No me digas que…!

―No, no, noooo… Al final no he hecho nada, he resistido y eso que ella, bueno… eeeeh, ya sabes, ha sido demasiado directa y me la ha chupado un poco. Después me ha dicho que quería follarme, hasta se ha bajado los pantalones y me ha ofrecido su culo…

―¿¡Quéééé…!? ¿¡En serio!?, ¡menuda niñata!

―Pero yo me he largado de allí y la he dejado plantada…

―¿En serio…?, ja, ja, ja…

―Sí, no me he acostado con ella…

―Ah, bueno, solo te has comido la boca con ella y has dejado que te la chupara… un poco…

―Sí, más o menos, así que ya imaginarás cómo estoy ahora…

―Eso te pasa por no hacerme caso… y ahora, mira…

―Pues sí, podría estar follando con Valeria y, sin embargo…

―¿Y, sin embargo, qué…?

―Que estoy aquí contigo, Paula… ¿Y sabes por qué no me la he follado?

―Pues me imagino que por respeto o fidelidad a Sofía, ¿no?

―Puede ser, pero yo creo que ha sido por otra razón, reconozco que ahora casi la cago, no ha sido nada fácil para mí rechazar a Valeria. Está muy buena y cuando quiere… ¡Uffff…! Es muy persuasiva, ¡no creo que ningún tío se hubiera podido resistir como yo!

―Vaaaale, ya me ha quedado claro, que te gusta mucho y que te pone, pero no sé por qué me cuentas todo esto…

―Claro que lo sabes, Paula…

―No, no lo sé, y tampoco sé dónde quieres ir a parar…

―Lo que te quiero decir, es que podría estar con el mayor pibón que he visto jamás, pero estoy aquí contigo, Paula. Mira, hay cosas que no se pueden explicar o más bien, diría que no se pueden controlar. Puedo asegurarte que pocas tías hay que estén más buenas que Valeria, pero, en el fondo, no he hecho nada con ella por ti…

―¿Por mí?

―Sí, por ti, cuando me estaba besando con ella no podía dejar de pensar en ti…

―¡¡David!!

―Lo siento, Paula, pero es la verdad. No sé qué me pasa, contigo por ejemplo antes en la piscina, es solo verte en bikini y… ¡Uffff…! Prefiero esa sensación a cualquier otra cosa, ese morbo de… ya sabes lo que me ha pasado en el jacuzzi, esa excitación que tú me provocas es… demasiado especial y eso no lo voy a experimentar con ninguna otra…

―No quiero seguir escuchándote, David, ¡vete a tu habitación, por favor!

―Mira, Paula, puedes seguir haciendo como que no pasa nada entre nosotros, pero…

―Entre nosotros no pasa nada, ni ha pasado, ni pasará. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ―me soltó mi hermana dándose la vuelta para quedarse frente a mí, mirándome fijamente a los ojos.

―Claro que pasa, ¿o me quieres decir que antes no te has dado cuenta de cómo me has puesto en el jacuzzi?

―Cómo te pongas tú, no es mi problema…

―Y tú te has quedado muy excitada, te has masturbado cuando me he ido, ¿verdad?

―David, sal de aquí, no te lo voy a decir más veces, esta conversación se ha terminado ―zanjó Paula, volviéndose a girar y dándome la espalda para seguir con su tarea frente al espejo.

―Prefiero estar aquí contigo antes que estar follando con Valeria, ¿para ti eso es normal?

―Pues, evidentemente, no. Soy tu hermana, tendrías que estar pensando en otras chicas, ¿qué culpa tengo yo de que falle algo en la cabeza?

―Es que no puedo dejar de pensar en ti, Paula, estoy obsesionado contigo, ojalá no fuera verdad, pero… y tú, también me sigues el juego, no dejas de provocarme, no me digas que no…

―Yo no te he provocado nunca, deja de montarte películas. Has bebido, David y no sabes ni lo que dices…

―No, solo dos copas, igual que tú, y bueno sí, quizás eso me anime a decirte esto que en circunstancias normales no te diría, pero es que hoy, ha sido un día muy…

―Vale ya, David. No quiero seguir escuchándote. Se acabó.

―Tienes que ayudarme, Paula, por favor…

―¿Ayudarte?, ¿cómo?

―Ya lo sabes ―y tiré de los botones de mi pantalón y me los desabroché detrás de ella―. Me gustaría que me vieras, solo eso… por favor, no tienes que hacer nada. Solo mirarme.

―¡David! ―susurró Paula, que de repente se quedó paralizada―. ¡¡No lo hagas!!

―Igual que el día de Nochevieja, por favor… ha sido un día muy largo y lo necesito, por favor, Paula… si me dejas, puede que se me pase todo esto… Ya sabes que para mí es como una obsesión desde el día que me pillaste… y no tienes que hacer nada, ¡solo mirarme!, por favor. ―y me bajé lo justo los pantalones y la ropa interior, para que mi polla saliera disparada.

Entonces me la agarré con la mano y me dispuse a pajearme justo detrás de mi hermana, que había dejado de desmaquillarse y me miraba expectante, dudando qué hacer, sobrepasada por la situación.

―¡Joder, uffff…! ―exclamé cuando comencé a masturbarme lentamente―. ¡Mmmm, Paula! ―gimoteé acercándome un poquito más.

Me situé tan cerca que mi polla llegó a rozar el cuerpo de mi hermana y moví la mano muy despacio, rozando mi capullo contra su glúteo.

Era increíble. Me estaba permitiendo que me pajeara detrás de ella. Y la muy cabrona me miraba detenidamente. Sin pestañear. Fueron unos segundos en los que ella no supo reaccionar, pero enseguida salió del trance en el que se encontraba.

―¡David, otra vez no, joder! ¡Para, para…!

―No voy a aguantar casi nada, lo tengo a punto de verdad, ¡aaaah, Paula! ¡Voy a correrme!

Sabía que aquello no iba a durar demasiado, la tensión acumulada durante todo el día iba a hacer que explotara de un momento a otro, y me incliné sobre ella y aspiré el olor que emanaba. Ya no era dueño de mis actos. Entonces me fijé en sus pezones a través del espejo.

¡¡Se le habían puesto muy duros!!

Eso no podía disimularlo. Sus enormes pezones oscuros se transparentaban a través de la tela blanca del pijama e incluso sus tetas parecían más grandes de lo normal. Era como una visión celestial y yo besé su hombro.

Un beso casto y puro, gimoteando en su oído a punto de correrme.

―¡Aaaaah, gracias, Paula, aaaaah! ¡Diossss, cómo me gustas! Joder, podría estar follando con la niñata de Valeria y mírame, estoy aquí, aaaaah, prefiero estar aquí… ¡Contigo!

La cara de mi hermana se había sonrojado y ella seguía quieta, esperando posiblemente a que terminara todo aquello, pero yo estaba ya fuera de sí y necesitaba más; no quería quedarme con la duda de hasta dónde podría haber llegado, quería alcanzar el máximo que me permitiera Paula.

A punto de correrme, pasé mi mano libre por delante del cuerpo de mi hermana y agarré uno de sus inmensos pechos por encima del pijama. Fue una sensación acojonante. ¡Las tetas de mi hermana eran todavía más grandes y pesadas de lo que me había imaginado! Incluso llegué a rozar uno de sus erectos pezones. Paula me permitió que sobara su cuerpo unos segundos, pero después me retiró la mano. Tenía la boca abierta y parecía jadear. No podía creérmelo.

¡Paula estaba cachonda también!

Y cuando estiré el brazo para volver a acariciarla, ella se negó.

―¡Que no me toques, joder!, ¡estás fatal! ―y se giró bruscamente.

Al hacer eso, se quedó frente a mí, desviando la vista hacia abajo y encontrándose a su hermano pequeño, haciéndose una paja. Se tapó la boca y miró horrorizada mi polla, como si hubiera visto al mismísimo diablo.

―¿¿¡¡Pero qué coño haces!!?? ―protestó.

Justo en ese momento sentí que ya no podía más y la aparté de un manotazo en el hombro, continuando con mi paja frente al lavabo. Me situé de pie y de puntillas frente al espejo y comencé a eyacular soltando la tensión acumulada durante todo el día.

―¡¡Me corro, Paula!! ¡¡Mírame, aaaaaah, aaaaaah!! ¡¡Mira cómo me corro, mira, aaaaah!!

No exagero si digo que los disparos de semen salieron hacia delante por lo menos a dos metros de distancia, estrellándose violentamente contra el espejo del baño en una apoteósica corrida. Varias ráfagas de leche decoraron el cristal en todas direcciones mientras miraba a mi hermana reflejada en el espejo con cara de circunstancias.

―¡Joder, Paula, ha sido la hostia, uffff…! ―musité meneándomela y terminando de echar las últimas gotas en su lavabo.

Me sorprendió que ella todavía siguiera allí, observando la escena atentamente, paralizada, y en ese instante, salió del baño. Con toda la tranquilidad del mundo limpié el espejo y el lavabo, y luego salí de la habitación de mi hermana, sabiendo que lo que acababa de pasar era muy probable que se volviera a repetir más días.

Lo había visto en su cara. El morbo de lo incestuoso.

Para Paula tenía que haber sido muy excitante ver a su hermano pequeño eyacular de esa manera tan especial. Me despedí de ella, aunque no me hizo caso, y se quedó sentada en la cama sin decir nada, mirando el móvil como si yo no estuviera.

Al día siguiente me levanté temprano, salió un precioso día soleado y bajé al jardín donde tenía preparado el desayuno. Mientras mi padre jugaba contra Gonzalo al tenis, yo me quedé con mi madre en la piscina tomando un poco el sol hasta que a las 12:00 de la mañana apareció Paula. Mi hermana tenía mala cara y se quedó toda la mañana tumbada en la hamaca sin quitarse la sudadera y sin mediar palabra.

A la hora de la comida, Paula ya parecía que se encontraba de mejor humor. Comimos todos en el salón de la lujosa casa, incluso mi hermana me sorprendió y estuvo hablando un buen rato con Valeria en un tono bastante amigable.

De repente, me miré a los ojos con mi hermana y me di cuenta del porqué de ese cambio de actitud. Estaba claro. Le había ganado la batalla a aquella diosa cuando la noche anterior yo había preferido subir a la habitación con ella antes que follarme a aquella niñata.

Y por la tarde, llegó la hora de la despedida, apretón de manos con Gonzalo, dos besos a Carmen y, por último, Valeria. Pensé que iba a estar enfadada conmigo por haberla dejado plantada, pero nada más lejos de la realidad, y es que cuando nos dimos dos besos me echó una sonrisa que me dejó helado.

―Nos vemos prontito ―me dijo―, iré a visitarte dentro de poco si tienes sitio para que pueda quedarme a dormir y así salimos de fiesta. Ayer lo pasé muy bien y todavía tenemos algo pendiente, eh… ―y me tocó la punta de la nariz con el dedo.

El resto de las vacaciones de Semana Santa, no pasó nada destacable en el pueblo y una semana más tarde, regresamos a nuestro piso de estudiantes. Otra vez Paula y yo.

Se acercaba el verano, pero antes teníamos que superar el último trimestre del curso…​
 
Quedan dos capítulos para terminar la segunda parte del libro, que consta de 4. Esta semana publicaré el martes y el viernes y daré por terminada esta segunda parte, a la espera de los capítulos finales (sin duda alguna, los más morbosos).

Como se hace de rogar mi Pauli 😩
 

27​



Desde luego que lo que sucedió en Sevilla marcó un antes y después.

Mi relación con Paula ya no podía ser la misma y, ahora que había conseguido masturbarme delante de ella, tenía que seguir avanzando hasta conseguir mi objetivo final, que todavía no sabía muy bien cuál era.

Ya me había quitado la careta, pero tampoco podía lanzarme a lo bestia, y es que Paula había regresado de las vacaciones mucho más recatada de lo normal. Tenía ganas de volver a repetir lo de Sevilla, pero tampoco era plan de sacarse la polla así de buenas a primeras, por lo que debía continuar como hasta ahora, muy poco a poco, sin estropear todo el trabajo realizado.

Paula se encontraba rara conmigo, como cohibida, sin saber qué hacer o decir cuando estábamos a solas, y evitaba cualquier situación que pudiera dar pie a algo. Incluso dejó de tumbarse a ver la tele por la noche en el sofá de al lado, y después de cenar se metía en su habitación inmediatamente para ponerse a estudiar.

Se había acabado el juego del pijama y el ratón.

Pero, como se suele decir, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña, así que no tardé en romper el pacto de no agresión que tenía con Paula y una tarde quedé con mi novia para que viniera a follar a casa.

Quise asegurarme de que fuera un polvo salvaje, y que mi hermana lo escuchara todo desde la habitación de al lado, y aquel día hice gemir a mi novia bien alto. Me la estuve follando un buen rato a cuatro patas, embistiéndola con fuerza para que se oyeran nuestros cuerpos chocar y terminé con la polla metida en el culo de Sofía haciendo que se corriera entre chillidos.

Luego me despedí de mi pareja, que se fue avergonzada a casa por el escándalo que habíamos montado y esperé pacientemente a que llegara la hora de la cena.

―Oye, Paula, perdona por lo de antes. Ya sabes… lo de traer a Sofía a casa, es que como últimamente ya no vas al gym.

―Sí, es que dentro de poquito va a ser la época de exámenes e iré un poquito menos a entrenar y los fines de semana casi no voy a salir para quedarme a estudiar, así que ahora como mucho os puedo dejar una tarde entre semana…

―Vale, gracias de todos modos, intentaremos aprovechar la tarde libre que nos dejes, ja, ja, ja…

Quise hacer una pequeña broma, pero mi hermana ni tan siquiera cambió el gesto de la cara. Seguía bastante esquiva conmigo y yo no sabía cómo revertir la situación.

El viernes, Paula también nos dejó la casa a Sofía y a mí, porque, según me comentó, se quedaba a dormir en casa de una amiga. Aquella noche le pedí a Sofía que se trajera el pijama, pero antes me apetecía salir a cenar con ella a un burger.

Al llegar Sofía a casa, mi hermana estaba ya a punto de irse, y estuvieron hablando un rato en lo que yo terminaba de prepararme. Se notaba que Paula le seguía imponiendo respeto a mi novia, y era normal en cierta medida, ya que en la facultad de arquitectura mi hermana era conocida, no solo por su físico, sino por ser una alumna sobresaliente, una de las mejores de su promoción.

Ya en el burger, cogimos mesa y, después de pedir los menús, Sofía me dijo que tenía que ir al baño.

―Ahora vuelvo… ―se levantó de la silla con su bonito pantalón blanco, poco ideal para ir a una hamburguesería, y me puso mala cara― No te comas mis patatas, que nos conocemos.

―Solo una.

―¡Te odio…! ―exclamó con una sonrisa eterna.

Me quedé mirándole el trasero, ese bonito culo que era todo de mi propiedad; sin embargo, me fijé en algo… en que no era el único que lo miraba. Bueno… mejor dicho, era el único hombre que lo ojeaba, pero una chica… también.

La sorpresa llenó mi rostro y mis ojos se quedaron observando a esa muchacha de pelo rapado que estaba sentada con otra chica. Su pareja o lo que fuera… le dio un golpe y esa chica que tenía el pelo rapado a un lado, sonrió como quien dice que no le quedaba más remedio.

Me pareció de lo más curioso, porque no me había imaginado nunca que a alguna jovencita podría gustarle mi novia. Pero tenía su punto, ya que leí en una ocasión que las mujeres eran más proclives a caer en una relación esporádica entre ellas.

Sofía regresó por el mismo pasillo por donde se fue y aparté la vista de su precioso polo para fijar la atención en esa muchacha que me daba toda la pinta de ser lesbiana. Esta le dedicó una mirada lasciva cuando pasó a su lado, ojeándola el culo y moviendo la nariz en la que llevaba un piercing entre sus dos fosas.

―¿Qué miras, cariño? ―curioseó nada más sentarse.

―Nada… Es que… ―lo medité por un segundo y, sabiendo que era muy abierta, le pregunté una cosa― Solo por curiosidad, ¿tú has fantaseado con una chica en alguna ocasión?

―¿Chica? ―quedó sorprendida― Pues… yo a ver…

―¡Coño…! ¿¡No me digas que sí!? ―mi sonrisa alegre le debió gustar, puesto que me la copió.

―¡A ver, tonto…! ―su tez se empezó a enrojecer― No fantasear, pero no sé… curiosidad.

―Vale, pues curiosidad, llámalo como quieras. ¿Has curioseado con alguna chica? Antes de nada, me parece fabuloso que lo hagas, o sea… es tu mente.

―Pues… ―le había entrado una vergüenza atroz― ¿No podemos dejar el tema? ―me reí y negué con la cabeza, ella también quería decirlo aunque le costaba― Bueno, pues con alguna famosa…

―¡Qué bueno! No me lo esperaba. ―mi sonrisa era enorme y me ponía mucho eso de compartir gustos con mi pareja― Se puede saber quién es la afortunada.

―¡Ayyy…! Pues tuve una época en la que… fue Rihanna. Me gustaba mucho.

―Creo que tengo su número guardado por algún lado… ¿La llamamos y pasamos la noche los tres?

―Igual solamente yo con ella… ―cogió unas patatas y las empezó a degustar con esa pícara mueca que tan bien le quedaba.

―¿Me dejarías mirar?

―Eso sí… ―guiñó el ojo con descaro y el pene se me puso muy duro.

―¿Y te gusta alguna mujer más?, aunque no sea famosa. ―entonces Sofía se puso colorada― Alguna te gusta, te has puesto muy roja…

―¡Idiota!

―Dime quién es.

―Que no es nadie… ¡Ay, déjalo, David!

―Bueno, luego en casa me lo dices, eh… Ya sabes que soy muy insistente cuando quiero…

―Bueno, ya veremos, pesado.

―Vamos a cenar, y esto de si me gustan o no las mujeres, ¿a qué ha venido?

―Es que mira… bueno, no mires… solo en otro momento. ―me incliné a la mesa para susurrárselo― En una mesa de atrás, hay unas chicas que tienen toda la pinta de ser lesbianas. Pues cuando has pasado al lado, una de ellas te ha comido con la mirada, le ha pegado un repaso a tu culo que alucinas.

―¿¡De verdad!?

Pensaba que solo se sorprendería, pero un retazo de vergüenza nació en su voz. Rápido se llevó las manos al trasero como si allí llevase algo y yo, apenas entendí lo que hacía.

―Tranquila, cariño, o sea… no es más que una mirada. ―ella contestó rápido.

―No es eso… es que…

Cogió el bolso, sacando del interior un mando muy pequeño de color rosáceo que me tendió. Lo tomé en mis manos, con unos cuatro botones que no sabía para qué servían. La miré a esa cara pecosa que estaba totalmente roja y… quise saber más.

―Te quería dar una sorpresa, cuando he ido al baño… Me lo he puesto. ―mi confusión era evidente.

―¿El qué?

Se inclinó un poco más, dejando la comida entre nosotros y llegando hasta mi oído. Allí su aliento cálido me dio un grato masaje que me entró hasta los pulmones para agitármelos, porque me confesó una cosa que no me esperaba.

―Me he puesto el vibrador que me compraste. ―su dedo señaló el mando― Lo que tienes ahí es el mando para dar más potencia o disminuirla. ¿Entiendes?

Mi rostro debía de ser un poema, porque yo, que estaba pensando en la mirada de las lesbianas y mi novia… se entretenía en el baño metiéndose un vibrador. ¡Qué subidón!

―Lo voy a usar… ―susurré con los gestos contraídos en pura lujuria.

―Para eso me lo he puesto. Por cierto, está en el coño… Dale cuando quieras.

Lo activé y, nada más la señal llegó al aparato que se hundía dentro de su sexo, Sofía también vibró, teniendo que agarrarse a la mesa para que no se notase nada en su cuerpo.

De mi pene brotó un líquido caliente en el acto, porque mi querida pareja estaba completamente en mis manos y, si lo deseaba, podría subir la intensidad hasta que se corriera y gritara a los cuatro vientos todo su placer.

―¿Segui…? ¿Seguimos…? ―tartamudeó con un ojo entrecerrado― ¿Seguimos cenando?

―Sí… ―mi voz tembló y mi mirada se dispersó de mi novia para volver sobre la chica del pelo rapado.

Otra vez estaba observando a mi pareja y mi duro pene brincó de alegría imaginando a esa tipa asaltando en el baño a Sofía para devorarle el coño hasta que se corriera. Se me ocurrió rápidamente una idea bastante lasciva.

―Oye… ―me acerqué un poco a ella― La lesbiana te sigue mirando. Voy a hacer una cosa… solo lo voy a activar con una condición… ―me callé para hacerme de rogar.

―¿Cuál?

―Te voy a dar una descarga, cuando te mire la tía. ¿Trato hecho? ―le guiñé un ojo y mi novia me miró con delicia.

―Me gusta eso de una “descarga”.

―Solo una subidita de intensidad…

Pulsé el botón para aumentar dos niveles de golpe y Sofía se aferró a la mesa de la misma forma, haciendo que los cubiertos se estremecieran. La mesa de al lado nos miró y yo… solo podía sonreír al ver la cara de gusto que portaba mi novia.

―Capullo… ―se rio ella sola.

Pasamos una velada muy divertida en la que le dio cinco de esos fogonazos por las miradas de aquella muchacha. Fue un momento muy morboso e incluso dejé muchas patatas en el plato, porque tenía más hambre de Sofía que de comida.

Antes de irnos, le pedí una cosa y, acercándonos a la mesa, le di un beso mientras apretaba el botón con una mano y con la otra, aprisionaba su culo. La chica se quedó mirando y su pareja, amiga o compañera… lo que fuera, se lo recriminó.

Salimos del restaurante con una sonrisa infinita, cogidos de la mano y caminando rápido, a la vez que el vibrador continuaba haciendo su trabajo dentro de Sofía. Por el camino no dejé de sobar el trasero de Sofía, con el morbo añadido de saber que llevaba dentro el juguete.

―¡Ufffff…! ¡Estoy muy cerdo, en cuanto lleguemos a casa te voy a dar por el culo!

Entramos corriendo en la habitación y en un segundo, desnudé a Sofía para después tumbarla bocabajo. Con mucho cuidado fui sacando el juguete hasta que hizo un pequeño ploff cuando estuvo todo fuera. Me encantó ver a mi novia tan mojada. Se estaba derritiendo.

―¡Uf, estás empapada, Sofi! ―mencioné pasando una mano por toda su rajita…

―Venga, vamos, ¡métemela!, ¡métemela, no puedo esperar más! ―me pidió ansiosa poniéndose a cuatro patas.

Tan solo con pasar toda la polla varias veces por su mojado coño, se quedó tan húmeda que apenas tuvimos que lubricar más, y de una sola embestida, perforé el agujero de su culo hasta que mis huevos rebotaron contra su cuerpo. Me la follé a lo bestia hasta que me corrí en sus entrañas, y cuando me salí de dentro de ella, comenzó a escurrir mi semen de su dilatado ano.

―¡Mmmm, qué bueno, ha sido muy rápido, pero me he corrido, mmmm, qué rico! ―exclamó Sofía.

―Esto hay que repetirlo en otra ocasión, me ha dado mucho morbo que llevaras el juguete dentro, ¿lo harías más veces?

―Alguna vez si quieres, pero tampoco te acostumbres…

Seguíamos en la cama descansando, sudorosos y desnudos, cuando entonces me acordé de la lesbiana de la hamburguesería.

―Cómo te comía con la mirada la lesbi esa, me ha puesto muy burro, y por cierto, no me has dicho quién es la otra chica con la que harías un trío…

―Te dije que nadie, solo era una broma…

―Me lo puedes decir, que hay confianza, no pasa nada, ya me dijiste Rihanna, y tampoco me voy a asustar…

―Es que me da vergüenza…

―Venga, suéltalo, dilo rápido sin pensar y ya está.

―Pues es tu hermana Paula, ¡hala, ya lo he dicho! ―y se tumbó bocabajo, cubriéndose la cabeza con la almohada.

Me apoyé sobre un codo y me incorporé un poco, acariciando el culo de mi novia, que me acababa de dar una grata sorpresa. Y al escuchar eso, mi polla se puso dura casi de inmediato. Solo con imaginarme un trío con Sofía y Paula se me aceleró el pulso.

―¿Mi hermana?, ¿es que te pone mi hermana Paula…? Joder, eso me deja en una situación comprometida…

―No te enfades, eh, solo era una broma…

―No, claro que no me enfado; es más, si lo pienso bien, es hasta morboso, Paula y tú, joder, nunca se me hubiera ocurrido. ―y Sofía salió de su escondite, mirando sorprendida mi incipiente erección.

―¿Es que te ha gustado la idea?, ya veo que sí ―dijo acariciando mis huevos con la rodilla.

Entonces recordé la evolución que mi novia había tenido respecto a lo de tener relaciones en casa mientras mi hermana estaba en su habitación. Al principio, no quería hacer nada, luego poco a poco fueron cayendo las pajas bajo la manta en el salón, después mamadas y así hasta que terminamos follando en la habitación sin importarnos que Paula nos escuchara al lado nuestro.

Sofía intentaba ahogar los jadeos, pero al final, acababa gimiendo más alto, seguramente excitada por el morbo de saber que Paula nos oía perfectamente. Nos pusimos de lado, uno frente del otro, y metí la mano en su coño a la vez que Sofía me agarraba la polla para comenzar a meneármela lentamente.

―Dime la verdad, ¿te dio morbo el día que nos pilló follando en el salón?

―Noooo, idiota, ya sabes que no…, me dio mucha vergüenza

―Seguro que sí, y a lo mejor te hubiera gustado que se nos uniera, ja, ja, ja…

―¿Te hubiera gustado a ti?, ja, ja, ja, es tu hermana…

―No lo sé, si me pilla con el calentón a tope, uffff, puede que sí…

Me gustaba morbosear con ella mientras nos masturbábamos mutuamente.

―Sé que te pone follar cuando ella está en la habitación de al lado, se nota mucho ―dije yo.

―Y a ti también parece que te pone.

―Claro, me excita que escuche lo bien que te follo y cómo disfrutas.

―¡Mmmm, joder, David, me encanta que seas tan guarro!, ¡no tienes límites!, me está excitando mucho esta fantasía…

―Ya lo veo, sigues empapada… ¿Te imaginas a mi hermana en la habitación de al lado oyendo cómo follamos? Lo mismo se acaricia escuchándonos…

―¡Eres un cerdo!, hablando de tu hermana y con esta bien dura ―dijo acariciándome con un par de dedos.

―¿Y tú?, estás cachonda perdida pensando en Paula. A mí sabes que me gusta el morbo.

―¿Es que te gusta morbosear con tu hermana?

―Sí, tengo la mente muy calenturienta, y tu hermanito seguro que hace lo mismo, está en una edad difícil y se estará todo el día haciendo pajas como un mono, ¿te crees que no piensa en tu culo mientras se la machaca? ¡En el culazo de su hermana mayor!, me atrevería a decir que, sin duda, eres la que más pajas le ha sacado…

―Serás capullo, ¿es que tú piensas en las tetas de tu hermana?

―A veces sí, unas tetas son unas tetas y un culo es un culo, los tíos somos muy básicos…

―¿Y te pone mirárselas?

―Puede que sí, y seguro que a tu hermanito también le encanta tu culito. ¡Es perfecto!

―¡Ay, déjalo ya!, no quiero hablar de eso…

―¿Por qué?

―Porque eso no me pone, además, tienes razón, está todo el día pajeándose por casa, ya le he pillado unas cuantas veces…

―¿En serio?, ¿y qué haces?

―Pues nada, ¿qué voy a hacer? Irme por donde he venido y disimular como que no he visto nada…

―Mmmm, qué morbo…

―Pero prefiero hablar de otra cosa…

―¿De Paula?

―Nada de hermanos…

―¿Te pondría cachonda hacer un trío con ella?

―¡¡Aaaaah, aaaaah, vale, aaaaah!! ¡Como sigas así vas a hacer que me corra con esos dedos!

―Claro que vas a correrte, Sofía, me encanta cuando te mojas así, mmmm, ¿te gustaría que ahora te lo comiera mi hermana delante de mí…?

―Mmmmm, ¡joder!

―¿Qué es lo que más te pone de Paula físicamente?

―Aaaaah, aaaaah, ya lo sabes, aaaah…

―No, dímelo, vamos…

―Pues sus tetas, aaaaah, sus tetas, mmmm… Las tiene muy bien puestas la cabrona, uffff…

―¡Diossss!, sigue meneándomela que yo también voy a correrme, ¡venga más deprisa!, ¿te ponen sus tetas?, ¿son enormes, verdad?

―Síííí, son grandes, y mmmm…

―¿Las tendrá duras?

―Mmmmm, síííí, seguro, aaaaah…

―¿Te gustaría chupárselas ahora mismo?

―¡David!, vale, aaaaah…

―Tiene unas tetazas de guarra, seguro que lo piensas, ¡dímelo!

―Aaaaah, síííí, síííí, tiene tetas de guarra, aaaaah, me voy a correr, David, ¡me voy a correr!

―¡Dímelo!, dime que Paula tiene tetas de guarra y yo también me corro, mmmmm…

―Seguro que tú ahora también se las chuparías, aaaahhh ―gimió Sofía.

―¡Joder sííííí!, ¡¡¡me corro, me corro!!!

―¡¡Y yo también!! ¡¡Aaaah, aaaah, sigueeee, másssss, aaaah, aaaah, diosss, qué rico, aaaah!!

Prácticamente nos corrimos a la vez y luego nos dio un ataque de risa que nos duró cinco minutos, de todas las burradas que habíamos dicho. Desde luego que Sofía también se estaba convirtiendo en una morbosa de cuidado. Lo bueno era que ella también lo disfrutaba y juntos estábamos explorando sin tener ningún tema tabú en lo referente al sexo y sin ponernos límites.

Solo éramos dos jóvenes de 19 años pasándoselo bien. Sin más.​

28​




Mi relación con Sofía no podía ir mejor, sin embargo, no podía decir lo mismo de lo mío con Paula. Los días pasaban y ella seguía comportándose conmigo de la misma manera. Desde lo de Sevilla estaba muy fría, distante, y yo intentaba, por todos los medios, buscar un acercamiento que no se producía.

Al principio, fui bastante cauteloso para que no se molestara más, pero viendo que así no tenía ningún avance con Paula, comencé a provocarla descaradamente. Y no se me ocurrió otra manera que quitarme la ropa interior y estar por casa marcando polla a lo bestia. Me daba igual si era en chándal o con el pijama.

Solo buscaba que Paula se fijara en mí, pero ella apenas me daba pie a nada, se pasaba las tardes en su habitación y, en cuanto cenábamos, se volvía a encerrar para seguir estudiando.

Durante la semana tampoco quedé ninguna vez con Sofía, así que cuando llegó el viernes decidí que no podía seguir así. Fue entonces que me armé de valor y me acerqué al cuarto de mi hermana.

―Hola, Paula, ¿puedo pasar un momento?

―Sí, claro, ¿qué quieres, David?

Y me metí en su cuarto en pijama y medio empalmado, con un bulto exagerado en la entrepierna. Paula llevaba puesta una sudadera ancha de andar por casa en la que dejaba al aire los hombros y unos pantalones vaqueros viejos. Tenía el pelo recogido en un moño medio despeinado, y a pesar de ese aspecto descuidado, me seguía dando mucho morbo, sobre todo, al fijarme en sus hombros desnudos. Estaba claro que no llevaba sujetador y bajo esa sudadera ancha me imaginé sus dos tetazas libres.

Era evidente que eso no lo había hecho para provocarme, puesto que ni había salido de la habitación ni me había llamado para que entrara.

―Esto, eeeeeh…, te quería preguntar si esta tarde vas a ir al gimnasio…

―No, tengo bastante lío. ¿Por…?

―Ya, es que esta semana no has ido ningún día y ya sabes…, quería quedar con Sofía.

―Os dejé el viernes pasado la casa para vosotros solos, y ahora ya estamos a final de curso y va a estar difícil… ¡Tengo mucho que estudiar!

―¿Y ya no vas a salir ningún día?, ¡joder, Pau, eso no es en lo que habíamos quedado! Desde el viernes pasado no hemos podido hacer nada, ya sabes…

―Bueno, tampoco es para tanto, solo ha pasado una semana…

―¡Te parecerá poco!, ¡una semana!, es que tenemos muchas ganas de estar juntos, ya me entiendes ―dije tirando un poco de la camiseta hacia abajo, como un gesto instintivo para taparme la erección.

Al hacer eso, conseguí que Paula mirara mi entrepierna y se encontrara con mi empalme delante de sus narices, pero ella lo disimuló bien y apartó la vista rápidamente, volviendo a sus estudios.

―Lo siento, David, pero no puedo irme de casa, ¡tengo muchísimo que estudiar!

―Está bien, sí… Lo entiendo, bueno, pues nada…

―¿Algo más?

―Ehhh, no, bueno, hace mucho que no hablamos, ¿tú qué tal con Fernando?

―Bien, como siempre ―me contestó girándose hacia mí―, venga, David, luego hablamos, que si no pierdo el hilo de esto…

―Sí, claro. Disculpa, Paula…

Salí de su habitación con la polla totalmente dura, aunque sin ningún progreso, por lo que no me quedó más remedio que copiar el ejemplo de mi hermana y me puse a estudiar después de llamar a Sofía para decirle que no podíamos quedar.

Y a la hora de la cena, Paula me picó en la puerta. Me sobresalté al escuchar esos golpes con los nudillos y me puse en tensión.

―¿Sí?

―Oye, David, voy a preparar una tortilla de patatas, ¿me ayudas?

―Por supuesto…

―Nada, tú termina lo que estás estudiando…

―Ya había terminado ―mentí, pues no podía desaprovechar que mi hermana por fin me pidiera hacer algo juntos, aunque fuera una puñetera tortilla.

Estaba tan concentrado en el estudio que ni me acordé de que iba sin ropa interior en la parte de abajo y, al salir, me encontré a mi hermana en pijama, recién duchada con el pelo mojado. Estaba pelando las patatas y enseguida cogí un cuchillo y me puse a su lado para ayudarla. Esta vez sí que llevaba el sujetador puesto y después comenzamos a hablar con total normalidad.

Al menos parecía que Paula quería reconciliarse conmigo después de lo que pasó entre nosotros en Semana Santa.

―Si quieres, llama a Sofía y la invitas a cenar ―me dijo mi hermana.

―¿Y eso?

―Es que me siento un poco mal por lo de antes, esta semana no habéis podido estar a solas y tampoco es justo que sea por mi culpa.

―No te preocupes, ya estuve hablando antes con ella y ahora ya es un poco tarde, además, no quiero que te molestemos para estudiar.

―Ya he estudiado mucho hoy, después de cenar veré la tele y, antes de dormir, estudiaré otro poquito, pero ya más tranquila. Hoy he metido muchas horas… y, por cierto, mañana voy a salir por la tarde, me apetece darme una vuelta por el centro comercial, he quedado con estas…, así os dejo la casa para vosotros solos…

―Vale, gracias, uffff, eres la mejor hermanita del mundo ―y me incliné para darle un beso.

―Ah, y siento lo de antes, he estado un poco borde contigo…

―No, no pasa nada, lo entiendo. Estabas estudiando y… por cierto, ¡me alegro mucho de que lo tuyo con Fernando esté mejorado! Es buen tío, me cae bien…

―Sofía también, ya te lo he dicho muchas veces, y por supuesto, puede venir a casa cuando quiera.

―Ya sé que no dices nada, pero tampoco te queremos molestar… No debe ser muy agradable para ti que, mientras estés estudiando, nosotros estemos… bueno, ya me entiendes…

―Quedamos en que te iba a dejar la casa algunas tardes y ahora no puedo…

―Intentaremos aguantarnos hasta el final de curso y aprovechar cuando nos dejes algún día libre, como mañana, pero tampoco prometo nada…

Por supuesto que la tortilla quedó exquisita. No podía ser de otra manera cuando Paula estaba por medio. Todo lo hacía a la perfección y, después de cenar, recogimos la mesa. Paula fue a echarse sus cremas y a lavarse los dientes y entonces ocurrió de nuevo.

Aquello no fue casualidad.

Cuando volvió al salón para tumbarse en el sofá, era más que evidente que ¡se había quitado el sujetador!, y a mí se me volvió a poner muy dura. Como un chispazo. Y si ella quería provocarme, yo no iba a ser menos y me quedé de pie frente a la televisión, sujetando el mando a distancia con la esperanza de que ella pudiera verme otra vez luciendo mi erección.

―¿Qué te apetece ver?

―Lo que quieras, da igual, siempre dejamos todas las pelis a medias, ja, ja, ja…

Al final nos tumbamos cada uno en nuestro sofá para ver un rato la tele, pero yo tenía unas ganas locas de pajearme. Desde la última visita de Sofía había pasado una semana y eso era mucho tiempo sin correrme.

Me importaba una mierda lo que salía en la tele. Y es que yo solo podía mirar a Paula y al contorno de su cuerpo, que se adivinaba bajo el fino pijama, gracias a la tenue luz que emitía el televisor en la penumbra. Me volvían loco sus piernas, su pelo, pero, sobre todo, esos pechos libres y turgentes, que se movían de lado a lado con cada mínimo cambio de posición.

Y tan absorto estaba en esa imagen celestial, que no se me ocurrió otra cosa que agarrarme el paquete y comenzar a hacerme una paja por encima del pantalón. Paula no podía verme, pues estaba delante de mí en perpendicular, pero me confié demasiado y, cuando cerré los ojos y levanté un poquito la cadera, se me debió escapar un pequeño gemido.

Entonces escuché la voz de Paula.

―¡¡David!!

Solté mi polla como un rayo y traté de girarme, pero ya era tarde. Mi hermana me había pillado.

―¿En serio te estás haciendo una paja?

―Eeeeh, noooo…

―Joder, ¿cómo que no…? ¡Si te he visto!

―¡Lo siento, Paula…!

―Ya veo que piensas seguir igual. Debería haber hablado con los padres después de lo de Sevilla…

―No, Paula, por favor…

―Es que no podemos seguir así, David, ¡tú no puedes seguir así!

―¿¿¡¡Yoooo…!!?? ¿Y tú qué…?

―¿Yo qué he hecho?, anda, esta sí que es buena… ―me preguntó mi hermana sentándose en su sofá con los brazos cruzados y mirándome detenidamente con el rostro muy serio.

―¡Ya lo sabes, Paula!

―¡No, no lo sé!

―Te has quitado el sujetador y…

―¿Y qué…?, ya solo faltaría que no pueda ir por casa como quiera…

―Pues que lo haces para provocarme…

―¿Para provocarte…?, tú estás tonto…

―¡No podemos seguir así, Paula!, ¡tenemos que hablar muy en serio!

―Estamos hablando ahora, ¿no?, a ver, ¿qué quieres decirme?

―Lo primero, que no quiero que estemos enfadados…

―Yo tampoco…

―Es que desde lo de Sevilla… eeeeh, ya sabes…

―Normal, ¿no?, bastante que no les conté nada a los papás de lo que hiciste… ¡Te pasaste de la raya!

―¿Y por qué no lo hiciste?

―Joder, ¿cómo les voy a contar eso?, es que me da hasta vergüenza ajena, ¡se pensarían que estás como una puta cabra! Ya sé que eres el ojito derecho de mamá, pero Emilio diría que eres un puto enfermo pervertido… eso como poco…

―Pues lo siento si te molestó. Te pido perdón…

―Y con eso ya lo arreglas todo…

―¿Y qué más quieres que diga?, ¿que me arrepiento?, eso no lo voy a decir, porque no es verdad…

―¿Entonces no te arrepientes de lo que pasó en Sevilla?

―Pues no, ¿y sabes por qué? ―y entonces le miré a Paula, adoptando su misma posición.

―¿Porque eres un puto degenerado al que le gusta hacerse pajas delante de su hermana?

―No me arrepiento porque sé que te gustó.

―¿Que me gustó…? ¿Estás de coña?

―Lo podías haber evitado, decirme que parara, pero no, te quedaste mirando cómo me corría… y yo me alegro de que lo hicieras, ¡fue increíble!

―Estaba paralizada, me quedé como en shock, ¡no me terminaba de creer que estuvieras haciendo eso en mi habitación!

―Podía sentir tu respiración cuando estaba detrás de ti, notaba cómo te temblaba el cuerpo, lo cachonda que te ponía que yo estuviera haciéndome una paja…

―Pero…

―¡Y lo entiendo perfectamente! ―continué, interrumpiendo a mi hermana―. A mí me pasaba igual, y es que mientras estaba con Valeria, solo podía pensar en ti, ¡te lo juro!, no me la follé porque prefería estar contigo…

―¡David!

―Es la verdad…, y ahora sé sincera tú conmigo, ¿te gustó verme en Sevilla?

―Pues no, claro que no…

―¿No te dio ni un poco de morbo ver cómo me corría?

―No…

―¿Ni un poquito?

―No, nada, ¿cómo quieres que te lo diga?

―Estaba cachondísimo, yo creo que nunca había explotado así con esa fuerza, ¡¡llegué hasta el espejo de la habitación!!

―¡Ya lo vi, idiota!

―Y hoy estoy parecido, ¡uf, después de siete días ya te imaginarás! ―exclamé apretándome el paquete.

―Al menos, tápate eso, joder, que estamos hablando, ¿es que no puedes estar ni cinco minutos sin tocártela? ―y negó con la cabeza al ver que seguía empalmado.

―Me encantaría que me vieras, Pau… Yo sé que también te excitas conmigo… Te encanta pasearte con ese pijama, sabes de sobra que se te marcan las tetas por debajo, ¡y a mí me vuelves loco! En el fondo te encanta provocarme.

―¡Madre mía!, las tonterías que dices, David…

―Yo también te he escuchado por las noches, cuando te tocas y te corres en tu cama, intentas ahogar los gemidos, pero… ¡Seguro que te corres pensando en mí!

―No me corro pensando en ti…

―Pero sí te tocas…

―Bueno, es normal, ahora Fernando y yo, ya sabes, estamos pasando un periodo de… ¿Pero qué hago hablando contigo de lo que hago o dejo de hacer?

―A mí me gusta contarte todo, Paula…

―Bueno, hay cosas que prefiero guardarme para…

―Entonces, ¿quieres verme o no?

―¡Que no voy a mirar cómo te haces una paja, pesado!

―Hoy ibas a masturbarte en la cama, ¿a que sí…? ―le salté de repente, y Paula se puso roja como un tomate, agachando la mirada―. Por eso te has quitado el sujetador y te has tumbado delante de mí. Te encanta exhibirte, y te excita ponerme cachondo para luego ir corriendo a tu habitación…

―¡David, para!

―¿Es que acaso estoy diciendo alguna mentira? No tienes por qué avergonzarte, yo voy a hacer lo mismo… Por favor, Paula, sé que lo estás deseando, solo tienes que quedarte así, tal y como estás. Si quieres lo hago aquí y ahora… ―y me acaricié la polla por encima del pijama.

―¡Hasta aquí, se acabó!, ni se te ocurra seguir, ¡lo de Sevilla no puede volver a ocurrir nunca más!

―Está bien ―dije levantando las manos en son de paz, mostrándole a mi hermana el tremendo bulto que no dejaba de crecer bajo el pijama―. ¿Por qué no vienes conmigo a mi habitación y terminamos con este asunto de una vez por todas? Sabes que me muero por hacerme una paja delante de ti, pero una paja bien, no robada como la de Sevilla…

―Aaaah, acabas de afirmar que lo de Sevilla fue sin mi consentimiento…

―Al principio, puede que sí, cuando empecé, pero luego ya no, querías que lo hiciera y es más, te excitó ver cómo me corría… venga, Paula, ¡es una obsesión que tengo y no me puedo sacar de la cabeza!, ¡¡solo tienes que mirar!! ¿Qué lo mismo te da?, ya me viste en Sevilla…

―No, David, no voy a hacer eso…

―¡Joder!, está bien… Luego podrías ir a tu cama y tener el mejor orgasmo de tu vida después de ver cómo me corro mirando tus fotos en el portátil… peroooo, tú misma ―dije poniéndome de pie.

Me quedé unos segundos plantado delante de ella, para que Paula viera mi erección y ella no pudo evitarlo y se quedó mirando cómo se me marcaba toda la polla por debajo del pantalón.

―Al menos dime, ¿vas a masturbarte? ―le pregunté a Paula, y ella se pasó el pelo por detrás de la oreja, agachando la cabeza completamente ruborizada.

―¡David, para ya…! ―murmuró―. No voy a contestar a eso y…

―¡Hazlo, por favor!, ya que no quieres venir a mi cuarto, al menos me gustaría saber que te estás tocando mientras yo veo tus fotos ―la interrumpí de nuevo―. Me da igual si piensas en Fernando… o en mí… ―presumí delante de ella, agarrándome todo el paquete.

―¡Joder, deja de tocarte ya!, ¡eres un puto cerdo!

―Si cambias de opinión, ya sabes dónde estoy…

Apagué la tele y me di media vuelta, entrando en mi habitación y dejando a Paula allí plantada. Estaba demasiado cachondo como para perder el tiempo, así que abrí el ordenador y busqué la carpeta de las fotos de mi hermana.

Aunque Paula lo negara una y otra vez, yo sabía que no le había faltado mucho para ceder a mis pretensiones, lo había visto en su cara, y quizás solo debía haber insistido un poco más para lograr mi objetivo. Aun así, consideraba que la conversación con ella había sido muy productiva y Paula ya no parecía tan enfadada conmigo y, con esa euforia interna, comencé a pajearme delante del ordenador viendo sus fotos.

Y unos minutos más tarde, me pareció percibir un leve gemido. Casi se me sale el corazón por la boca. Me quedé quieto, paralizado. ¿Lo había escuchado bien?, y de repente otro gemido y un ligero chasquido de la silla de estudio de Paula.

Salí al pasillo con la polla en la mano y comprobé que había luz por debajo de la puerta de su habitación. Me imaginé a Paula delante de sus apuntes, en la silla de estudio, y metiéndose la mano por dentro del pijama.

Sobándose el coño porque yo se lo había pedido.

Avancé dos pasos y pegué la oreja en su puerta. Percibí un leve gimoteo y ya no cabía duda de que mi hermana se estaba masturbando, ¿pensando en mí? Puse la mano en el picaporte de la puerta, me temblaban los dedos; y es que si abría, sabía que me iba a encontrar a Paula acariciándose.

¿Cuál sería su reacción?

Solo había dos posibilidades: o se enfadaba conmigo, me echaba de la habitación y ya la jodía del todo, o… me permitía entrar.

Era un 50%.

Tuve la sangre fría de pensar con la cabeza y no con la polla. Y no era nada fácil, eh. Con 19 años, un calentón considerable y a punto de conseguir mi sueño más anhelado, controlarme en ese momento fue una decisión realmente difícil.

Sin embargo, yo sabía que poco a poco estaba consiguiendo mi objetivo y que solo se trataba de una cuestión de tiempo para que Paula terminara cediendo a mis pretensiones. Ya estaba demasiado cerca y no podía arriesgarme a estropearlo todo por un puto calentón.

Con el rabo entre las piernas regresé a mi habitación y me saqué la polla. Yo también me encargué de gemir bien alto, acompasando mi paja junto a la de mi hermana. ¡Fue una sensación acojonante!, y cuando noté por su respiración que ella se iba a correr, no pude más, puse una foto de su cara en el ordenador y frente al portátil bañé de lefazos toda la pantalla.

Todavía me dio más morbo escuchar los jadeos de Paula después de su orgasmo, intentando recuperar la respiración y bajar pulsaciones. Aquella noche me metí en la cama con una sonrisa de oreja a oreja.

Paula ya era mía, aunque ella todavía no lo sabía…

PARTE 3​

29​




Al día siguiente volvió a suceder lo mismo.

Después de cenar y ver un rato la tele juntos, Paula se metió en su habitación y escuché cómo se masturbaba frente a sus apuntes, a la vez que yo también me pajeaba con el ordenador. Y a la noche siguiente, igual.

Estaba claro que la rutina de hacerse un dedillo diario se había apoderado de Paula, y le ponía muy cachonda saber que su hermano pequeño se hacía una paja en la habitación de al lado, mirando sus fotos. Y es que sus gemidos cada vez eran más audibles, y ya ninguno de los dos nos preocupábamos en ocultar lo que sucedía...

 
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