La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

24​




En la ducha tuve que aguantarme y decidí no masturbarme para salir de fiesta lo más excitado posible. El día se me estaba haciendo muy largo entre las tetas de Carmen, la niñata de Valeria y la sesión de jacuzzi con mi hermana. En cuanto llegara a casa por la noche, me iba a hacer una paja tremenda.

Un par de horas más tarde salimos todos a cenar y nos juntamos a la puerta de casa, donde un par de taxis ya nos esperaban. Obviamente, me metí en el que llevaba a mi familia, aunque no me hubiera importado compartir la zona trasera del otro. Allí irían Valeria y Carmen bien apretadas conmigo y quizá… degustándome con la visión de ambas.

El sitio al que nos llevaron era claramente de alto standing, un lugar en el que, con todo nuestro dinero, seríamos de los más “pobres”. Nos llevó un camarero a la mesa, donde me coloqué al lado de Gonzalo por pura casualidad. Valeria acabó enfrente de mí junto a mi hermana, una visión gloriosa para mis ojos.

Aunque no era la única, puesto que a la derecha estaba mi madre junto a Carmen. Me resultó curioso verlas, porque eran un poco opuestas. Las dos eran muy bellas, eso estaba claro, pero el pelo rubio contrastaba con el moreno de mi madre. Aunque lo más llamativo era que la madre de Valeria se… exponía mucho más que Belén, porque desde mi posición podía admirar el escotazo que llevaba y que más de la mitad de sus grandes tetas eran visibles. Por supuesto, mi madre no era así y apenas solía llevar escote pese a que toda su familia portase unos pechos envidiables.

Sin embargo, no eran las únicas que se diferenciaban, porque sus hijas, eran una representación más joven de las mismas. Paula también iba algo recatada, sin mostrar mucho sus exuberantes tetas y con un vaquero bien pegado que sí marcaba su trasero.

Valeria era idéntica a su madre, junto a un top negro, portaba un sujetador que le había subido sus menudos pechos, porque se notaban más grandes que antes y abajo, su culo embutido en unos pantalones negros de cuero, que casi no dejaban nada a la imaginación

Agaché la cabeza, observando el plato de comida y quedándome a reflexionar sobre ambas mujeres. Casi lo hice como si fuera un análisis deportivo, de esos que buscan los defectos y ventajas en cada uno de los equipos. Me quedé absorto debatiendo quien era la mejor, porque Valeria ciertamente estaba cerca de la deidad que era Paula, aunque antes de conseguir una respuesta, la voz de mi madre se me metió en la oreja.

―¿David? ―sus ojos azules me observaban junto a una sonrisa burlona― Puedes comer, no hay que esperar por nadie más.

―¡Ah, sí!

Acabamos la velada un par de horas más tarde, entre charlas y charlas de los mayores. Yo apenas conversé un rato con Gonzalo, que escuchó con atención las respuestas que le daba sobre las preguntas de la carrera y mi vida en general. Es raro decirlo, pero ese hombre se interesó más por mis estudios en una cena que mi padre en esos dos cursos que llevaba en la universidad.

―Bueno, chicos… ―comentó Valeria poniéndose en pie― Es hora de irnos, he quedado con mis amigos…, los abuelos ya se pueden quedar solos.

―Esta niña… ―se quejó su padre con una amplia sonrisa― ¿Vais con ella, no? ―Gonzalo me miró a mí, por lo que le di una respuesta.

―Sí… ―con un rápido vistazo a mi hermana, añadí―. Los dos.

―Perfecto, volved todos juntos ―fue Carmen la que tomó la palabra, con los senos apoyados en la mesa y su rostro algo enrojecido por el vino, estaba increíble―. Sevilla es una ciudad segura, pero con lo que se escucha por ahí… toda precaución es poca.

―Sí, mamá… ―replicó Valeria con los ojos en blanco y, dándole un toque a Paula en el hombro, nos ordenó movernos― Venga, vamos…

Según salimos, nos montamos en un taxi que nos acercó a la zona donde estaban sus amigos. Paula y yo fuimos en la parte de atrás, apenas sin decir ni una palabra y notándola, no enfadada…, pero sí incómoda, como si no quisiera estar allí.

Valeria fue hablando con el taxista con su acento sevillano muy marcado, hasta que llegamos al lugar y anunció con un grito su llegada. Era demasiado excéntrica para ser una niña rica; sin embargo, lo que más me gustaba de ella era… lo buena que estaba.

Allí ya estaban sus amigos, a los que nos fue presentando de uno en uno. Una pandilla de chiquillos de entre 17 y 18 años a los que mi hermana calificó después como una “panda de hijos de papá”, más o menos, lo que pensarían en la facultad de nosotros.

Nos sentamos en una terracita a tomar algo y empecé a darme cuenta de cómo Valeria cuchicheaba con un par de amigas y luego me miraban y luego se reían. Y después, al entrar al bar, directamente se vino a hablar conmigo, no recuerdo de qué charlamos concretamente, pero aquella niñata se me pegaba mucho al hablar, rozándome con sus tetitas y tonteando descaradamente.

De vez en cuando miraba a mi hermana, se había quedado sola y apartada del grupo y en su cara veía que estaba deseando irse para casa, aunque yo me lo estaba pasando de puta madre en compañía de Valeria.

Ya no era la hijita perfecta que aparentaba ser con sus padres, ahora estaba más desinhibida y se notaba que era la que llevaba la voz cantante en su grupo de amigos. Todos hacían lo que ella decía y los demás le bailaban el agua a aquella niñata consentida.

Y yo… también le seguía el juego. Si ella se pegaba a mí, yo también lo hacía, incluso la sujeté varias veces de la cintura para decirle algo al oído, y cuando dijo de ir a otro sitio, todos asintieron sin dudar. Valeria me agarró de la mano y tiró de mí como si fuera mi chica, por lo que salimos agarrados.

De camino al siguiente bar quise hablar con Paula, a la que tenía muy abandonada. La pobre se estaba aburriendo y no veía la hora de regresar a la mansión de los padres de Valeria.

―La última y yo me piro ya. Si quieres quédate, David…

―No, Paula, quédate un poquito más, porfi, y luego ya nos volvemos en un taxi… Venga, disfruta un poco, que no salimos de fiesta por Sevilla todos los días…

―Es que me aburro, no pinto nada con estos chiquillos, no sé ni de qué hablar con ellos. Aunque ya veo que tú te lo estás pasando muy bien con Valeria…

―¿Otra vez celosa, hermana?, si sabes que eres mi favorita ―le mencioné agarrándola por la cintura.

―Y acuérdate de que tienes una novia, no sé, por si se te ha olvidado ―me recordó Paula.

―Que yo sepa, todavía no he hecho nada con Valeria…

―Tú lo has dicho. Todavía.

―No creo que pase nada. Como dices tú, es una niñata calientapollas…

―Mira, David, esa está acostumbrada a tener lo que quiere, y esta noche al que quiere es a ti. Como no le pares los pies, vas a terminar enrollado con ella, ya te lo digo yo… y no deberías…

―Bueno, eso es cosa mía, que ya soy mayorcito.

―Sofía me cae bien…

―Vale ya con Sofía, ¡te estás poniendo muy pesada! Deja de actuar como mi hermana mayor… lo que yo haga o deje de hacer es asunto mío ―le solté de repente a Paula, que no pareció tomárselo nada bien.

Es verdad que había sido un poco brusco sin venir mucho a cuento y Paula ya no volvió a hablarme en el resto de la noche.

Además, no le faltaba razón a mi hermana, y en cuanto entramos al siguiente bar Valeria no tardó en arrinconarme contra la barra y yo entre las copas, la música, el calentón que llevaba acumulado durante todo el día y lo cachondo que me ponía esa zorra marcando su culazo en los pantalones de cuero, al final entré en su juego.

Cuando me quise dar cuenta, Valeria estaba frente a mí, rodeando mi cuello con sus manos y me ronroneaba al oído, acercando sus labios a los míos. Yo puse las manos en su cintura y ella movió las caderas lentamente, al ritmo de la música, como si estuviéramos bailando. Metí la cara en su cuello y aspiré su perfume, dejando que ella se pegara a mí y me frotara con su coño.

Debió notar mi empalmada al instante y ella sonrió. Ya se había vuelto a salir con la suya.

―Eres muy guapo, David… Es una pena que tu hermana nos esté vigilando todo el rato, no deja de mirarnos…

―No te preocupes por ella ―le comenté mirando a Paula de reojo.

Mi hermana estaba terminando su copa y tenía los brazos cruzados, en una actitud claramente defensiva y… era cierto que no nos dejaba de mirar continuamente. Cuando comentaron de ir a otro bar, Paula se despidió de nosotros y me dijo que iba a coger un taxi, aunque pidió que me quedara y no me preocupara por ella.

―De eso nada, yo me voy contigo. No te voy a dejar que te vayas sola…

―Que no, quédate de verdad, que no me importa ―insistió mi hermana―. Prefiero irme, así no os corto el rollo.

―No he hecho nada con Valeria, eh… ―ella sonrió y negó con la cabeza.

―Si te hubiera visto Sofía no creo que le hiciera mucha gracia, lo mismo me dijo Fernando y… bueno, que me da igual… paso. Ya me lo has dicho antes, no es asunto mío y no quiero “ponerme pesada”.

―Joder, Paula, no te vayas así…

Al final hice lo que tenía que hacer y les dije a Valeria y sus amigos que me marchaba para casa con Paula. Valeria no se lo tomó nada bien, pero la rubia no era de las que se dan por vencidas tan fácilmente.

―¿En serio te vas?, ¿no quieres tomar otra copa conmigo?

―Es que paso de dejar sola a Paula, les prometí a mis padres que íbamos a volver juntos…

―Pero ya es mayorcita, ¿no?

―Lo siento, Valeria, lo he pasado muy bien. Muchas gracias por todo…

―Oooh… Pues no se diga más. Bueno, chicos ―anunció en alto―. Nos vamos para casa…

―¿¡Yaaaa…!?, pero si es muy pronto, no te has ido tú a las tres de la mañana jamás en la vida, ja, ja, ja ―bromearon sus amigos.

―No, Valeria, no lo hagas por mí ―le pidió mi hermana, pero la decisión ya estaba tomada.

Nadie iba a dar su brazo a torcer, así que nos volvimos a casa los tres en un taxi. Valeria, mi hermana y yo.​

25​



Nos sentamos los tres detrás y yo me situé en el medio, entre aquellas dos diosas. Y Valeria enseguida pasó a la carga, cruzó una pierna encima de la otra y situó una mano encima de la mía, rozándome con los dedos. Luego se inclinó sobre mí y me dio un beso en el cuello.

―Si quieres, ahora bajamos y nos damos un baño en el jacuzzi ―me ronroneó al oído lo suficientemente alto para que lo escuchara mi hermana.

Y en cuanto escuché esas palabras, mi polla volvió a saltar como un resorte.

―Ehhh… Sí, sí… claro. ―dudé sin saber qué decir.

Tengo que reconocer que iba un poquito nervioso ante la posibilidad de follarme a Valeria, y durante el viaje no se me bajó la erección. En el momento en que entramos a la mansión, Paula se despidió de nosotros y enfiló las escaleras. Yo seguía su camino, pero sentí que alguien me agarraba la mano.

―Espera, porfi… ―me pidió Valeria, agarrándome para que me quedara abajo con ella.

―Buenas noches ―comentó Paula y desapareció unos pocos segundos después, dejándonos allí.

De repente, nos quedamos a solas en aquella mansión, que a oscuras y en silencio, todavía parecía más fría. Sin soltarme la mano, la niñata me llevó a una pequeña estancia que era como un cuarto de lavado y planchado, lleno de sábanas y toallas.

Apenas entraba un poco de luz por una pequeña ventana y Valeria cerró la puerta. Estaba claro que no era el primero al que llevaba allí.

―Llevo toda la noche queriendo hacer esto… ―se lanzó a mi boca, metiéndome la lengua y volviendo a pasar sus brazos por encima de mi cuello.

Yo le correspondí el beso y puse las manos en su cintura. Después no lo pude evitar, y sobé su culazo por encima de los pantalones de cuero.

El alcohol no era excusa, pero con unas copas encima y, además, teniendo a aquella diosa delante, ¡estaba excitadísimo!

―Mmmm… Besas muy bien… ―y con mucho estilo, me plantó la palma de la mano encima del paquete, tanteando mi erección y agarrándomela por encima de la tela.

―¡Valeria, Valeria…! Mmmm…, no podemos hacer esto, tengo novia…

―¿Ah, sí?, no me extraña, con lo bueno que estás ―susurró haciendo el amago de desabrocharme el pantalón.

―No, noooo… No puedo, de verdad…

―¡Sssssh! Déjame a mí, claro que puedes ―dijo bajando sus leggins de cuero antes de volver a mi entrepierna y después, me soltó varios besitos cortos por el cuello y los labios.

Tiró de mis calzones, haciendo saltar mi polla, y me la agarró mientras yo colocaba las dos manos a su espalda y me encontraba con su increíble culo al desnudo, cubierto tan solo por una tanguita, cuya tira se perdía entre sus cachetes.

Aquel culo era delicioso. ¿Mejor que el de Sofía?… No podía tener la piel más suave y yo se lo sobé con ganas. Ella no paraba de ronronear, y de repente comenzó a masturbarme despacio antes de lanzarse a mi boca para fundirnos en un morreo desesperado.

―Mmmm… Valeria, para, para, aaaah… ―le supliqué cuando ella me comió el cuello y después pasé una mano hacia delante y acaricié su coño por dentro de su ropa interior.

No podía verlo, pero lo llevaba bien depilado y me sorprendió lo estrecho que lo tenía y lo mojado que estaba.

―¡Aaaah, sí! ¡Aaaah, méteme dos dedos…! ¡Aaaah, muévelos! ―jadeó acelerando el ritmo de su paja.

Y yo se los clavé en el coño y ella se montó encima de mi mano, moviendo las caderas arriba y abajo, agarrándose a mi cuello sin dejar de sacudirme la polla.

Allí estábamos, los dos de pie, en una salita que apenas podía vislumbrar, comiéndonos la boca y masturbándonos mutuamente, con los pantalones a medio bajar y ella me empujó contra la pared y me soltó la polla.

―Espera… ¡Aaaaah, espera…! ―me gimoteó antes de ponerse de cuclillas.

Me sujetó la polla con la mano, se apartó su preciosa melena y, sin dudarlo, se la metió en la boca. ¡Joder, aquella zorrita me estaba haciendo una mamada en casa de sus padres!

¡¡Y qué manera de chupar!!

―¡Valeria, aaaah…! ¡Valeria! ¡Noooo…! ―suspiré acariciando su pelo y guiando la mamada que me hacía.

Notaba su lengua jugar con mi capullo, sus dedos acariciaban mis huevos y, cuando se la metía hasta la garganta, succionaba con una maestría increíble. Tenía pinta de que la niñata se había comido unas cuantas pollas. Bastantes, a decir verdad.

Acompasaba a la perfección el movimiento de cuello junto con la mano y me llevó al séptimo cielo en unos segundos. Noté que mis piernas temblaban y mi orgasmo ya era casi inminente. Entonces ella se detuvo unos segundos y me pasó la lengua por todo el tronco.

―¡Quiero que te corras en mi boca! ―me ordenó con una sonrisa de satisfacción después de salirse con la suya―. Y después me vas a follar… ―ronroneó mordiéndose los labios.

―¡Para, para, paraaaaa…! ¡Valeria, por favor…! ¡No puedo hacer esto! ―dije tirando de su brazo y haciendo que se pusiera de pie frente a mí.

―Ssssh… ¿Qué te pasa?, ¿es por tu novia?, no tiene por qué enterarse, será nuestro secreto ―murmuró acariciándome la polla muy despacio.

―No, no puedo, de verdad que no…

―Si lo prefieres, puedes echármelo por la cara, me da morbo, o en la boca, como quieras, pero eso sí, tienes que correrte antes de follarme, estás demasiado cachondo y si me la metes ahora no vas a durar mucho ―dijo bordeando mi boca con una de sus uñas―. Y a mí me gusta que me follen bien…

―Valeria, nooooo… Nooo, Valeria…

―Entonces, ¿dónde prefieres?, ¿en la boca o en la cara? ―me preguntó mientras se volvía a poner de cuclillas.

Pero antes de que reanudara su mamada me giré deprisa y me guardé la polla en los pantalones.

―Nooo, nooooo, noooo, Valeria. ¡Te he dicho que no podemos, joder!

―¿Qué no podemos?, ¿que no podemos?, ¡mierda!… Nunca me había pasado esto ―afirmó limpiándose la saliva de la boca con un dedo―. ¿¡En serio!? ―y se puso de pie y después se quitó la camiseta negra de tirantes.

No llevaba sujetador y, en la penumbra de aquella sala, me mostró sus perfectas tetas. Llevaba un piercing en cada pezón y apoyó el culo en la mesa y después las manos, en una clara invitación a que me acercara.

―¿Está así de buena tu novia? ―me preguntó girándose para mostrarme su culazo tan solo cubierto por un tanguita negro.

―¡JO-DER! ―exclamé avanzando un paso―. ¡No, no, no! ―y me di media vuelta y salí de esa sala a toda mecha, dejando allí a Valeria.

Subí las escaleras a una velocidad de espanto y con el corazón a mil pulsaciones me metí en la habitación. Había resistido a la mayor de las tentaciones que uno puede tener. ¿En serio había sido capaz de dejar plantada a Valeria medio desnuda y cachonda?

Me senté en la cama con la respiración acelerada. Se me iba a salir el corazón por la boca y mi polla palpitaba como si de un momento a otro fuera a explotar. Tenía miedo de que Valeria no se diera por vencida y se presentara en mi habitación, pero pasados un par de minutos sonreí algo más tranquilo.

Había sido capaz de resistirme a Valeria.

Vale sí, me había enrollado con ella. Vale sí, le había acariciado el coño y el culo. Vale sí, había dejado que me pajeara y me hiciera una mamada, pero también es verdad que no había llegado hasta el final y para mí, eso era como si no le hubiera sido infiel (del todo) a Sofía.

Y entonces me acordé de Paula. Me había portado como un capullo con ella y, antes de acostarme, quise pedirle perdón. Para mí era la persona más importante en mi vida y necesitaba estar bien con mi hermanita.

En ese momento salí de la habitación y me planté en su puerta sin que se me hubiera pasado el calentón. Y en el silencio de la noche, toqué con los nudillos muy despacito…​
Ojalá follada a la hermana ahora
 
Excelente, lo he leído de cabo a rabo y es un relato muy excitante, me gusta, esperando lo siguiente.
Gracias
 
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