------------------------------------------------------ Cristina ---------------------------------------------------------------------------------
Insinuarme a un chico delante de mi novio mientras estamos tomando una copa en la terraza por ejemplo y cuando voy al baño se da cuenta me sigue y tenemos un rollo pasional mientras mi novio espera afuera.
Cristina se siente cada vez más confusa. Es una confusión muy extraña porque tiene un efecto secundario inesperado: cuanto más confundida está, más excitada se encuentra, como si existieran unos extraños vasos comunicantes que conectaran su desasosiego con su libido.
No es algo puntual ni anecdótico, le pasa desde hace un par de semanas. No sabe por qué ni de dónde surgieron esos pensamientos que la perturban, pero lo cierto es que, a pesar del buen momento que vive con su chico y de que aparentemente nada ha cambiado en sus vidas, ella siente cierta melancolía cuando está a su lado. Sí, podría definirse como melancolía y así fue como empezó. No es que se aburra con Raúl ni que haya dejado de quererlo, ni que no disfruten en la cama (sus veinte años dan para mucho cuando están sin ropa, ganas no les faltan), es más bien como que una cierta rutina se apodera de ella, como que todo es previsible. Maravilloso pero previsible. Lo que por un lado le da estabilidad y tranquilidad, por otro hace que ese subidón de adrenalina de los primeros besos, las primeras caricias y el sexo intenso se vaya apagando. No sabe por qué le pasa eso si realmente ella disfruta con Raúl en la cama, pero lo cierto es que así es como lo siente. Y desde hace unos días le vienen ráfagas, sí ráfagas, así es como ella las llama. Son pensamientos inadecuados porque de repente se imagina haciéndolo con otros chicos y esto consigue que recupere los niveles de libido que tenía antes. Las fantasías que no tienen a su novio como protagonista la transportan a otro nivel de excitación, muy a su pesar. Eso (por sí mismo) no es nada novedoso: antes de conocer a Raúl ya fantaseaba con otros chicos y después de conocerlo también. Pero se trataba de casos excepcionales por denominarlos de alguna manera. Soñaba con su cantante o actor favoritos, incluso algún deportista joven que le llamaba la atención al verlo por la tele. Desde adolescente habían ido variando, pero siempre había alguno que ocupaba su mente y como buena fans, había tenido pensamientos muy pecaminosos respecto a ellos.
En esa categoría entraba también de forma excepcional algún que otro chico conocido, el guaperas del instituto o el hijo del gerente de la cadena de supermercados donde trabajaba, que se paseaba siempre en traje, con una sonrisa y un pelazo que para sí quisieran muchas. Esto no le causaba ningún trastorno ni ningún problema en su relación con Raúl porque eran fantasías inalcanzables. Como ella muy bien sabía, no existía ni siquiera una remota posibilidad de que pudiera acabar en la cama de uno de estos chicos, y eso le daba vía libre para poner en marcha su imaginación y también sus dedos, acariciando su entrepierna.
Pero desde hace unos días todo eso cambió y además lo hizo sin más, sin causa aparente. Fue ella la que mudó la piel. Algo muy extraño brotó en su cabeza y en su interior, como si el cuerpo y la mente se hubieran puesto de acuerdo para darse la vuelta ella misma y sacar a la luz una nueva Cristina, que jamás había sospechado que pudiera existir.
Todavía no ha asimilado del todo lo sucedido días atrás en una reunión familiar en el chalet de sus tíos. Barbacoa, piscina, familia… la típica reunión veraniega con ella un poco contrariada porque había hecho planes con su novio y su madre había insistido en que tenía que ir. Cristina había disfrutado mucho siempre en casa de su tío y sin embargo esa tarde se encontraba un poco desplazada, demasiado mayor ya para juegos con sus primos más jóvenes, demasiado joven para las tertulias de sus tíos más mayores. Es entonces cuando decide entrar en la casa buscando un poco de intimidad. Quiere llamar a su novio. Especula qué debe estar haciendo en este momento. Es la hora de la siesta y lo supone echado en su habitación. Le gustaría estar con él amodorrándose en la cama, compartiendo alguna caricia bajo la atmósfera soporífera y espesa del mediodía veraniego. Se encuentra un poco pesada por la carne que ha ingerido pero tampoco le haría ascos a un buen revolcón antes de sumergirse en el sueño de la digestión.
Toma el móvil y se da cuenta con enfado de que ha olvidado cargarlo. Apenas una rayita indica que tiene menos de un 2% de batería y está a punto de apagarse. Busca el cargador que sus tíos tienen enchufado al lado de la tele y deja el teléfono ahí mientras hace tiempo cambiándose. Entra en el dormitorio y se quita las dos partes del bikini mojado quedando desnuda. En ese momento precisamente es cuando suena su móvil. Parece que su chico ha tenido la misma idea porque no se le ocurre otra persona que pueda llamarla a esa hora. Se pone tan contenta que no se para a vestirse, se limita a echarse una camiseta larga por encima que le tapa lo suficiente y va al salón donde se sienta en el sofá y manteniendo el móvil en carga, atiende la llamada: efectivamente es Raúl.
El ambiente es caluroso, aunque un poco húmedo por la cercanía de la piscina y la vegetación del chalet que está en medio del campo. Nota sus muslos pegajosos y mojados porque no le ha dado tiempo a secarse. Instintivamente los mueve y se frota mientras habla con Raúl. Un calor tibio la hace reaccionar. Cristina no recuerda ni de qué hablaron. Solo recuerda una vaga sensación de sopor, de duermevela mientras escucha la voz de su novio contarle su intrascendente fin de semana. Está en una dulce modorra, como cuando se despierta un festivo y todavía remolonea un poco en la cama antes de levantarse. Es el momento de los sueños acuosos, del deseo que se abre a la nueva mañana, de las ganas de caricias y de sexo. Es ella la que le tiene que pedir que le diga si la echa de menos, solo para escuchar su voz diciéndolo. Aumenta la humedad en su entrepierna, los muslos se separan un poco y se vuelven a juntar. Y es en ese momento cuando sucede, cuando entra su primo adolescente. Con maneras aún de crío pero hechuras ya de muchacho, alto, fuerte y rebosante de testosterona.
Él se dirige a ella, le habla, no recuerda exactamente de qué, algo intrascendente como que va a entrar al servicio o algo así. El chico se detiene, duda, la cara le cambia. Cristina asiente sin saber muy bien por qué, dijérase que está pidiendo permiso para moverse por su propia casa o incluso para existir, porque parece que ni respira. Entonces él recupera la movilidad y aunque sus ojos van con retardo porque aún continúan fijos en ella, su cuerpo se mueve hacia el aseo. De repente Cristina comprende y de piel para adentro todo se le remueve, los órganos se le sacuden, un sofoco le sube por la garganta y le pone un poco ronca la voz. De eso si se acuerda bien. En ese instante se da cuenta de que no lleva nada debajo de la camiseta, de que sus rodillas están muy arriba y separadas en una postura cómoda pero que deja a la vista todo su sexo. Sería incapaz de definir la mezcla de vergüenza pero a la vez de una extraña excitación mientras habla con su chico, consciente de que su joven primo le acaba de ver hasta el alma. Baja las rodillas, se cubre los muslos con la camiseta mientras trata de controlar su voz para que al otro lado su novio no sospeche nada, pero no puede evitar sentirse mojada, ahora también por dentro. Trata de luchar contra ese morbo que se apodera de ella pero lo único que consigue es que el corazón le lata más fuerte, que los pezones se le endurezcan y su clítoris palpite más intensamente.
Jamás antes se le había pasado algo así. No tiene voluntad, su cuerpo no le responde, tiene vida propia y cuando oye abrirse la puerta del aseo sus muslos vuelven a levantarse a la vez que se separan, la camiseta retrocede y se muestra todavía más abierta que antes, en una postura indolente a la vez que sucia y explícita. No recuerda si al salir su primo le dice algo, esta vez cree recordar que calla, pero todo es muy confuso, solo queda impresa en su mente esa mirada que le echa, a la vez avergonzado pero con el deseo brillándole en los ojos, y cómo parece que ralentiza el paso mientras la observa de reojo. Son cuatro o cinco metros hasta la puerta que parecen transcurrir a cámara lenta, como si el mundo se hubiera parado.
Conversa cinco minutos más con su novio y deja el móvil cargándose para meterse en el servicio. Toma asiento en la taza del váter con la tapa puesta, separa los muslos y se pasa los dedos por los labios mayores. Uno de ellos se introduce y lo retira lleno de flujo. Su cuerpo ya ha cogido inercia y la pendiente que lleva hasta el placer no puede controlarse. Necesita calmar sus ansias. Se masturba furiosamente y llega al orgasmo con rapidez, retorciéndose por los pinchazos de gusto mientras con la mano libre se pellizca un pezón. Es una corrida intensa, prolongada, que la agota consumiendo todos sus recursos, toda su energía, dejándola floja, echada hacia atrás apoyando la espalda en la cisterna, con las piernas abiertas, incapaz de moverse hasta que su cuerpo y su mente no asimile el chute de placer.
Cuando por fin se levanta ve los restos de flujo que ha dejado sobre la tapa del váter. Sigue estando muy mojada. Entonces se limpia, entra a la habitación y se pone ropa seca para decepción de su primo, que la busca con la mirada cuando sale de nuevo y tiende el bañador. Extrañamente no siente vergüenza por lo que ha hecho, todo lo contrario, cada vez que rememora lo sucedido un subidón de adrenalina la hace temblar. Ella lo provoca recordando una y otra vez la situación.
Tarda varios días en volver a ver a su novio y cuando por fin lo hace y tienen oportunidad de irse a la cama juntos, ella queda decepcionada. Esperaba un polvo bestial desde el inicio, deseando que de alguna forma Raúl hubiera sabido leerla, hubiera sido capaz de notar su estado de ánimo y lo que ella necesitaba, lo dispuesta que estaba a entregarse como no se había entregado nunca antes, con ganas casi desesperadas. Pero su novio apenas reacciona y todo transcurre por unos preliminares de lo más convencionales y tranquilos, acabando con una penetración estándar que apenas si la satisface. Solo cuando recuerda aquellos momentos en que se exhibía para su primo mientras hablaba con Raúl por teléfono, su cuerpo se transforma de nuevo. La distinta forma en que la mira su primo ahora cada vez que la ve, como se le hacen agua a los ojos, como conectan siendo conscientes de que ambos están pensando lo mismo… él, que la vio totalmente expuesta y ella que lo sabe, y él que sabe que lo sabe. Sólo entonces es cuando su cuerpo se desgarra en un orgasmo de nuevo brutal que otra vez la deja inerte, solo piel y músculos temblando, incapaz de hacer nada durante unos minutos mientras un sorprendido Raúl no se atreve a respirar, sin tener muy claro si aquello ha sido mérito suyo o qué leches ha pasado.
“Es que tenía muchas ganas”, se excusa más tarde ella dando por zanjado el tema sin que Raúl se moleste en indagar más. Detalles que ni a ella ni a ninguna otra chica le hubieran pasado desapercibidos pero es que los chavales son así de tontos y conformistas. A partir de ese momento, un rosario de masturbaciones le ha procurado alivio urgente cada vez que su mente recreaba la situación o imaginaba otras parecidas. Las veces que ha vuelto a hacer el amor con su novio han seguido el mismo patrón que la última. Sexo convencional hasta que Cristina ha introducido la fantasía o el recuerdo construido a partir de detalles que va cambiando, de tal forma que ni siquiera ella misma sabe ya cuál es la versión real de lo que pasó en el chalet de su tío. Así hasta el siguiente tropiezo, qué es como ella llama a estas situaciones que la ponen a mil.
En esta ocasión fue con Rubén, su primer y fugaz novio serio. Bueno, serio porque fue con el primero que folló y ella pensaba que aquello iba a durar, no porque el chaval estuviera realmente por ella, que él iba a lo que iba según pudo comprobar cuando apenas un mes después se enrolló con una chica de otro instituto.
Cristina lo aceptó con deportividad, consciente de que el chico no le había prometido nada y de que era demasiado bonito para ser cierto. El chaval era guapo, buen estudiante, de una familia bien y con un descaro y un encanto natural que le hacía llevarse a las chicas de calle. De hecho, todavía no sabe qué fue lo que hizo que se fijara en ella, porque si algo le sobraban eran mosconas alrededor y todas usando sus armas para intentar cobrarse la pieza, sin ser conscientes de que las cazadas eran ellas. Cristina no era la que estaba más buena, ni la más guapa, ni la más sexy aunque ella también tiene sus encantos, pero por algún motivo le hizo tilín a Rubén. Él se llevó su virgo en una confusa primera vez, entre sábanas usadas del piso de su hermano. Felicidad, escozor, sangre, dolor, más felicidad, orgullo, algo de melancolía… los sentimientos que la llevan sucediéndose sin orden aparente. Hasta la tercera vez que se acostaron no pudo disfrutar del sexo como tal y precisamente cuando empezaba a pasárselo bien, vino la ruptura. No le guarda rencor ni tampoco es que lo eche de menos, simplemente fue algo que sucedió y ya. Una forma como cualquier otra de dejar de ser virgen, si lo piensa, incluso mejor que la de la mayoría de sus amigas. Algunas todavía le recuerdan con envidia que se acostó con el tío más guapo del instituto. Y el otro día, casualidades del destino, coinciden en las fiestas del distrito. Carpas, un pequeño escenario donde toca un grupo amateur y unas barras de chapa donde se sirve bebida. Música de garrafón pasada por el tamiz de cubatas en vasos de plástico. Ligero mareo, euforia, todo parece estar bien entre ella y Raúl. La vida por delante para comérsela a bocados, la juventud es el motor, vapores de alcohol como combustible...Sí, es de esas noches que todo parece encajar. Y la última pieza es que ve a Rubén. Coinciden en la barra pidiendo una ronda. Primero sorpresa: ninguno de los dos se lo esperaba. Luego unos momentos de silencio incómodo que rompen para aclarar ante sus parejas que se conocen por ser antiguos compañeros de instituto. Ninguno considera que sea necesario explicar que estuvieron encamados. Raúl no parece percibir nada raro pero la rubia de ojos claros que cuelga del brazo de Rubén se remueve inquieta. Se huele que allí ha habido tema sin necesidad que nadie se lo explique. Rápidamente deshacen la reunión y cada pareja se va con su grupo de amigos.
Al principio Cristina siente alivio pero luego, con cada sorbo del combinado, esa sensación se va transformando en otra muy distinta. Otra vez la excitación extraña se apodera de ella. Conversaciones a su alrededor que no oye, la letra de la música que no entiende a pesar de ser la canción más pinchada del verano, luces que la confunden, todo parece girar alrededor de ella aunque no presta atención más que al morbo que le produce recordar el último polvo con Rubén, teniendo allí a su lado a su novio. Otra vez se moja y aún más cuando cruza miradas en la distancia con el chico que se llevó su virginidad. Hay una conexión, se da perfectamente cuenta. Una conexión oculta que serpentea entre la gente que baila y ríe, uniéndolos a los dos.
Pasado un rato se disculpa con sus amigos.
- Voy a mear, ahora vengo.
Se abre paso entre la gente y marcha por detrás de las casetas hasta que llega una fila de varios váteres portátiles donde hace cola detrás de otras chicas. Al fin, entra y se baja las mallas manteniendo un precario equilibrio. El váter está asqueroso y procura no rozarse con nada mientras orina. A pesar de lo sórdido del lugar y del olor a letrina no puede evitar volver a ponerse tontorrona acordándose de Rubén y de cómo follaron aquella última vez. Se imagina al chico entrando en el habitáculo y pillándola con el coñito al aire, apoyándola contra la pared y embistiéndola desde atrás mientras que su novio se toma su cubata a pocos metros de allí. Al salir observa con sorpresa que Rubén hace cola. Se para junto a él y le acompaña mientras espera. Ahora, ya solos, parecen menos cohibidos y sueltan la lengua.
- ¿Vais en serio? - le pregunta. Siente curiosidad, quiere saber si la rubia guapa es un proyecto definitivo o solo una más en el camino.
- Sí - le responde él y cree atisbar un destello de vergüenza en sus ojos, como se considerara una infidelidad estar hablando con ella de su novia. Pero a la vez mantiene ese desparpajo y esa pose de chulito inocentón que tanto le gustaba a Cristina.
- ¿Y vosotros?
La pregunta viene de vuelta como un boomerang pero no incomoda a Cristina, todo lo contrario, se siente mala, traviesa, un poco bruja.
- Claro - responde con sonrisa pícara.
Emprenden el camino de vuelta. Hay tanta gente que tienen que apretarse para intentar llegar a donde está el escenario. Se abren paso como pueden y ella recibe un empujón que la estampa contra Rubén. Siente como si le pincharan con agujas. La sangre batiendo en sus sienes al ritmo del del bajo que están tocando en el escenario. Notas graves que impulsan sus ganas y que se acompasan a los latidos de su corazón. Igual que el otro día cuando se abrió de piernas para su primo, su cuerpo no la obedece sino que actúa por iniciativa propia: lanza el brazo al cuello de Rubén y la estampa un beso en la boca. El otro trata de apartarse pero están tan rodeados de gente que no puede.
- Estás loca, nos van a ver.
No lo ha dicho con desagrado ni con enfado, el problema no es que le haya besado, el problema es que los van a ver según sus propias palabras. Eso enardece aún más a Cristina. La posibilidad de que su novio, o mejor aún, la rubia les vea a besarse provoca que se moje y vuelve a repetir el beso, esta vez acaba mordiéndole un labio.
- Venga, esto es por los viejos tiempos - le dice mientras ahora sí, se retira de él y empieza la vuelta hacia el lugar donde la esperan.
Hay un momento en que se separan cada uno para volver a su grupo. Cristina cree levitar, el corazón pareciera que se le quiere salir del pecho, el cosquilleo en su vientre y los pinchazos en su clítoris ponen patas arriba todo su cuerpo. Se siente muy bruja, muy zorra, por lo que acaba de hacer. La excitación es aún mayor porque sabe clavados los ojos de su antiguo novio sobre ella, aunque no necesita darse la vuelta para comprobarlo. Lo ha dejado de una pieza sembrando deseo y duda en él. Eso la hace sentirse especial, muy especial y muy excitada. Un poco de sangre en la herida (blood in the cut que dicen los yankees), sí, es algo que impresiona los sentidos, algo que potencia el sabor de una posible infidelidad, ese juego la vuelve a poner por las nubes.
Necesita más, mucho más para estar satisfecha, de modo que cuando llega donde Raúl se abraza a él y sin mediar palabra lo besa metiéndole la lengua. Todavía tiene el sabor de Rubén en su boca.
- ¡Vámonos! - le dice y tira de él que sorprendido hace el ademán de despedirse del resto de los amigos mientras Cristina lo arrastra hacia el aparcamiento donde tienen el coche.
Está apartado y aunque hay gente que circula por allí también para coger su vehículo, el sitio es lo suficientemente discreto y oscuro para que ella se levante el top y obligue a Raúl a enterrar la cara entre sus pechos. No pasan ni cinco minutos y ya están en el asiento de atrás con ella subida a horcajadas follándose a su novio, dando unos sentones que se oyen por todo alrededor. Algunos de los que pasan paran al percatarse de lo que ocurre dentro del vehículo, pero seguro que no es ni la primera ni la última vez que verán a una parejita montárselo en el aparcamiento de un concierto y a ella todo esto le importa bien poco. Mejor dicho, sí que le importa, por lo que hablábamos de potenciar el efecto.
Las rodillas duelen por la postura, se le está durmiendo un pie y la cabeza le zumba como si fuera a coger dolor, pero el placer es tan intenso que no ceja y sigue cabalgando a su novio hasta correrse con un aullido prolongado, frente a un Raúl que está tan sorprendido que ni siquiera llega al orgasmo. Se limita a quedarse quieto con la picha enterrada en su coñito preguntándose qué diablos le ha pasado a su novia.
Para no dejarlo pensar demasiado, Cristina, se recupera lo más rápido posible y apartándose se echa a un lado. Luego le hace una mamada profunda tan guarra, tan bien salivada y con tanta fuerza que el chico no puede evitar irse. Ahora sí se queda resoplando, con la mente en blanco.
Su último pensamiento es si no le habrán echado a su novia algo en la bebida.
Cuando la deja en casa Cristina todavía sigue caliente. Tan caliente que tocarse y meterse los dedos, le sabe a poco. Se va al cuarto de su hermana que está estudiando fuera y busca en un sitio escondido, entre su ropa íntima, donde ella sabe que guarda un consolador de tamaño mediano. Vuelve a su habitación casi de puntillas para no despertar a sus padres. Envuelta en las sábanas, que pronto se vuelven húmedas, se desata una batalla entre la carne el látex. Fantasías con Rubén apoyándola contra el capot de un coche y penetrándola desde atrás con fuerza, agarrándose a sus caderas, con el sonido de sus partes chocando acompañando a cada embestida. La sangre batiendo su cuerpo mientras piensa en su novio a la vez que copula con su ex. Luego aparece su primo joven, al que provoca abriéndose de nuevo de piernas y masturbándose mientras el chico hace lo propio. Después hay más variantes, con distintos conocidos y amigos, incluso algún desconocido, siempre mientras mantiene algún tipo de contacto con su novio, ya sea a través del teléfono o ya sea teniéndolo muy cerca. Todo esto la pone a mil. Con los dedos tira de su vulva hacia atrás y separa un poco sus labios. Coloca el dildo en la entrada a su vagina y luego empuja hacia adentro despacito, un par de empujones hacia dentro, otro hacia fuera y luego vuelva a empezar. En apenas un par de minutos lo tiene entero metido en el coño. Está tan mojada que no ha necesitado ni lubricarlo. El orgasmo es brutal. El polvo en el coche, aunque satisfactorio, no ha conseguido apagar sus ganas. Empieza a temblar, a mover la pelvis arriba y abajo como si la estuvieran penetrando y al final, se retuerce haciéndose un ovillo bajo las sábanas, con el consolador ocupando su vagina y los dedos pellizcando su clítoris para alargar el orgasmo.
Se queda así, en la cama, con las piernas cruzadas la boca seca y el pulso acelerado. Su sexo expulsa el dildo sin que ella tenga que usar las manos. No se molesta en racionalizar lo que ha pasado, simplemente sea amorra abrazándose a la almohada y se queda dormida muy profundamente. Hace calor, suda, pero tiene bonitos sueños aunque por la mañana no es capaz de recordar cuáles fueron.