Por fin me he decidido. El papel virgen llevaba demasiado tiempo retándome, muchas veces me he quedado ante la cuartilla en blanco con las frases bulléndome en la cabeza, pero con la mano agarrotada, incapaz de plasmar una sola palabra. Es normal, son trazos de mi vida y mi vida ha sido todo menos ordinaria, al menos en el aspecto afectivo y sexual. No es que a mí me importe demasiado a estas alturas, pero sí me importa la gente que me rodea. Los que están y los que se fueron. Aquellos a quienes puede incomodar y también a los que puede dañar. Mi esposa siempre se opuso, no quería que nada quedara por escrito.
- Piensa en tu hija - me decía.
- Precisamente por ella - le contestaba yo - Algún día puede enterarse por otros. Y entonces, si ya no estamos nosotros para explicarle ¿cómo será capaz de entendernos?
Prefiero que lo oiga todo de mi boca, o en este caso (porque no me atrevo o no sé muy bien como contarlo con toda la precisión y todos los matices dolorosamente ciertos que el caso requiere), de mi pluma. Sé que, si ella lo lee como cualquier otro libro, entrará poco a poco en la historia, que es como debe ser y, aunque hay cosas de las que no nos sentimos orgullosos, podrá ponerle contexto y con un poco de suerte nos seguirá queriendo como hasta ahora.
Pero si voy a contar la verdad, si voy a ser sincero, debo decir que también lo hago por mí. Siento la necesidad de contar las cosas tal y como yo las viví. De revisar y volver a todos aquellos momentos que me hicieron feliz, que me proporcionaron placer. También de expiar los que fueron dolorosamente oscuros, pero no por ello menos ciertos e intensos. No sé si sería capaz de volver a vivirlos igual si contara con la fuerza y la lozanía de entonces. La juventud, dulce anestesia que me permitió continuar adelante tras esa mezcla de cosas bien y mal hechas. Porque también están los errores. Aquellos por los que pasamos de puntillas fingiendo que no nos afectaban pero que están ahí agazapados, necesitando no solo haberlos deglutido sino también digerido. Muchos de ellos nos los comimos crudos, sin metabolizar y están haciéndose bola, causándome daño a pesar del tiempo transcurrido. Necesito asimilarlos y por eso lo mejor es enfrentarme a ellos. Ojalá estas hojas sean el agua donde se disuelvan mis faltas y malos recuerdos.
Espero hija mía, si eres tú la que lees algún día esto, que te sirva y te quedes con lo útil, con lo bonito, con lo intensa que fue nuestra aventura, con que construir una vida y una familia supone hacerlo sobre aciertos y desaciertos y no siempre está claro que es cada cosa. Eres una chica feliz, con toda la vida por delante. Pronto serás lo suficientemente madura como para entender algunas cosas. Como por ejemplo que son algunas de las cosas que leerás aquí (y que te harán sentir seguramente vergüenza), las que nos han traído hasta el momento presente y las que por extrañas u obscenas que parezcan, al final, de una forma u otra, han contribuido a crear esa realidad feliz en la que ahora vives. Así pues, te ruego que no te cargues con pecados que no son tuyos. Míralo todo como un relato, como una historia que te pertenece, pero en la que tú no has tenido participación. Más adelante tendrás que tomar tus propias decisiones y cargarás con las culpas propias, no necesitas cargar también con las nuestras. Y también te pido que seas generosa al juzgarnos: al fin y al cabo, solo somos personas que la corriente de la vida ha arrastrado hasta esta playa.
¿Por dónde empezar?
La respuesta obvia es por el principio, y sí, creo que una narración ordenada de los hechos contribuirá a que se entienda mejor. De modo que contaré cómo conocí a la madre de mi hija.
La primera vez que vi a Alba y a su hermana Paqui fue en una fiesta que el Mode organizaba en su casa. El Mode era el mote que le teníamos puesto nuestro amigo Modesto. Nadie lo llamaba por su nombre (cosa que él prefería) y de entre todos los apodos que le podían caer, ese era el que menos le disgustaba. De hecho, era un gran fan del grupo madrileño llamado igual. Se sabía la canción del Eterno Femenino entera y tuvo una época que no paraba de canturrearla. En sus fiestas era obligado que el tema abriera la improvisada pista de baile y que sonara como mínimo otra vez, antes de que el último mochuelo emigrara a su olivo.
Aquella noche se presentaba complicada porque era verano y la mayoría de las chicas que conocíamos estaban de vacaciones o en otros eventos. Podríamos decir que lo de que conocíamos era un eufemismo, porque allí el único que aportaba a chicas solía ser el Mode. Era un excelente relaciones públicas y sus fiestas tenían bastante éxito, con lo cual era habitual que las compañeras de instituto y las de carrera después, aceptaran sin pensárselo sus invitaciones. Era el niño bien del grupo. Las chicas más pijas se fiaban de él porque lo reconocían como un igual y su familia tenía posibles. Las madres lo veían como un chico formal y buen partido con lo cual era bien recibido en casi todas las casas. Esto fue lo que posibilitó que las hermanas acudieran por fin a una de sus fiestas.
Alba y Paqui eran vecinas del barrio y casi todos les teníamos echado el ojo. Desde muy jovencita, en Alba ya se adivinaba el pedazo de mujer que iba a ser: rubia, alta, delgada, muy bien proporcionada, ojos claros y busto pequeño pero muy turgente. Un culo perfecto que no dejaba de marcar con sus vaqueros ceñidos. El aire casi infantil todavía, acompañado de una mentalidad más adolescente que adulta a pesar de sus dieciocho años recién cumplidos. Normal, a la chica la habían tenido siempre entre algodones porque sus padres (especialmente su madre) no eran pijos, eran todavía algo peor de pijos: aspirantes a pijos. Nuestro barrio era curioso porque resultaba una amalgama de gente que en muchos casos no guardaban demasiada relación entre sí. Situado en la parte antigua, combinaba zonas y calles deprimidas con otras turísticas, en las que se alternaban viejas corralas, edificios de pisos y antiguos caserones pertenecientes a familias pudientes. Un barrio muy heterogéneo donde críos que apenas tenían nada se juntaban con otros a los que les sobraba de todo. Yo no era de los primeros, en mi casa nunca faltó lo básico aunque sin grandes dispendios, pero estaba todavía a años luz de los segundos, entre los que se incluía el Mode.
El que compartiéramos espacio y en algunos grupos como el mío hubiéramos roto las barreras sociales para formar piña, no significaba necesariamente que los adultos estuvieran muy dispuestos a mezclarse. Los padres de Modesto no veían con buenos ojos que su hijo se juntara con según qué personas, para ellos el chico debía aspirar a una muchacha de su clase social y no a cualquier chavala de barrio. El Mode no opinaba igual y no le hacía ascos a ninguna posible amiga, mucho menos si estaba dispuesta a meterse en su cama. De hecho, parecía adoptado, no pegaba para nada con su familia y era de los pocos que formaba pandilla con chicos que no eran de su clase social. Con nosotros se lo pasaba mejor, se podía quitar la careta, hacer el gamberro y eso para él no tenía precio. A pesar de sus exabruptos y de sus locuras era mejor que la mayoría de los pijos que conocíamos. Gamberro pero con buen corazón, era incapaz de causar daño a nadie, al menos conscientemente, en contra de muchos de los niños bien que también rondaban a su alrededor: compañeros del colegio privado, primos, chicos del club de campo, etcétera… que su madre insistía que frecuentara y que bajo un barniz de sonrisa y corrección, escondían a gente estirada y cruel que se sentían superiores a los demás solo por vivir en determinada casa, ir a determinado colegio, tener determinados apellidos o vestir de determinada marca. Así que las fiestas que organizaba, aunque siempre estábamos los de confianza, estaban abiertas a que viniera más gente y quizás eso fue lo que convenció a la madre de Alba para dejarlas por primera vez ir. Porque todos nuestros intentos de que las dejarán salir con nosotros habían resultado infructuosos, no por Alba o su hermana Paqui, que estaban deseando salir con chicos, se les veía en los ojos y en las ganas con las que se detenían con nosotros cada vez que tenían oportunidad y en la pena con que tenían que rechazar nuestras invitaciones a dar un paseo, a salir a tomar algo, a ir de discoteca o acudir a alguna fiesta. Era su madre quien las tenía en un puño intentando guardarlas, especialmente a Alba, que mezclaba dos cualidades que atraían irresistiblemente a cualquier chico: belleza e inocencia.
Una señora con aspiraciones y es que esperaba que sus hijas cumplieran lo que ella no pudo: subir de categoría y de posición merced a un buen matrimonio. Vecinas de calle pero no de rango social, veía con buenos ojos al Mode como novio para una de ellas. Un chico abierto que no miraba con los perjuicios de su familia, aparentemente simpático, agradable y bien encaminado. Quería estudiar una ingeniería ya que el listón familiar estaba alto: su hermana era médica y sus hermanos, uno arquitecto y el otro empresario de éxito. Sí, la madre se relamía pensando en que ¿con quién mejor para emparentar que aquella familia? Y de todos los que poníamos los ojos en sus hijas, solo mostraba alegría cuando era Mode el que las miraba. Por eso les permitió acudir aquella fiesta y allí fue donde comenzó todo.
No esperéis un relato especialmente morboso de lo que sucedió esa noche. No hubo sexo, caricias, ni siquiera ningún beso: ellas estaban todavía muy condicionadas por las instrucciones de su madre. Aparentemente, Paqui ejercía de vigilante de su hermana y no se separaba un segundo de ella. No se permitieron beber alcohol ni mucho menos fumar ninguno de los cigarritos de la risa que circularon. Pero esa noche pasaron dos cosas. La primera es que disfrutaron de lo lindo. Por fin pudieron alternar, juntarse con chicos de su edad, asistir encantadas a los intentos de acercamiento de todos y cada uno de los chavales que por allí rondaban, bailar y codearse con los amigos del Mode. La segunda es que a partir de ese momento, su madre ya les dio permiso para empezar a salir en pandilla con nosotros, entendiendo por nosotros el grupito más fiel y cercano a Modesto. La madre comprendió que no podía separar a la presa de sus amigos. Eso dio lugar a una época en que íbamos a buscarlas y salíamos con ellas, siempre dentro del perímetro de las calles cercanas. Nos dirigíamos al parque del barrio o al bar de la esquina a tomar algo. Siempre que fueran lugares públicos y a la vista no parecía importar a la madre, aunque cortaba de raíz cualquier invitación a acampadas, salidas nocturnas, discotecas y demás. Pero para nosotros era suficiente. Habíamos incorporado a dos chicas a la pandilla que formamos con Marina, Pepa y Manoli, otras tres muchachas del barrio que además eran de fiar porque dos de ellas habían sido compañeras de catequesis de Alba y conocidas de su madre. Esto remaba a nuestro favor aumentando su confianza.
Alba estaba muy satisfecha porque era la que más destacaba del grupo y la que recibía nuestras atenciones más constantes. Aquello parecía una competición a ver quién le hacía más la pelota. Aunque dos o tres años mayores que ella, éramos jóvenes, muy jóvenes y muy impulsivos. Apenas escondíamos nuestras intenciones. Los tíos somos tan transparentes como si tuviéramos la piel de cristal, se podía leer perfectamente dentro de nosotros y lo que las chicas leían era que todos estábamos locos por Alba, que no era precisamente una lumbrera ni la más lista del grupo, pero sí se daba perfecta cuenta del efecto que hacía en nosotros y le gustaba sentirse protagonista y dejarse querer.
La situación (como cabía esperar) provocó alguna tensión, tanto entre los chicos que competíamos por ella, como entre las chicas que consideraban una falta de respeto y un fastidio que todas fueran segundo plato muy por detrás de Alba. Todavía me parece increíble que yo fuera el único que se diera cuenta de ese malestar, quizás porque también fui el primero que arrojé la toalla, consciente de que mis posibilidades con Alba eran mínimas. Ella se dejaba querer por todos pero estaba claro que iba a por el Mode. No solo porque agradaba a su madre y era el mejor partido sino también porque físicamente era el que más le gustaba, o al menos eso creía ella en ese momento, que a veces los intereses y los sentimientos se confunden. Éramos muy jóvenes y todo nos entraba por la vista. Para nosotros, un buen físico era sinónimo de buen sexo. Con el tiempo yo descubriría lo que suponían los sentimientos de verdad, la buena conexión, el morbo, el estar en la misma onda y el efecto multiplicador que esto tenía sobre el sexo. Pero en aquel momento para mí solo era una derrota más que afianzaba mi inseguridad a la hora de relacionarme con chicas.
¡Qué curiosa es la vida! a veces te manda la casilla de salida y estás tan cabreado que no te das cuenta que en realidad estás ahorrando tiempo porque ibas por el camino equivocado. Mi renuncia a intentar nada con Alba hizo que me fijara más en las otras chicas. Tenía más detalles con ellas, les prestaba más atención, incluso les afeaba a mis colegas el exceso de solicitud con Alba en detrimento de las demás. Tengo que reconocer que en parte era por mostrarme caballeroso, pero también había otra parte de enfado con la situación y con mi propia inseguridad.
Y una tarde sucedió algo que lo cambió todo. Estábamos en el parque en pandilla. La cosa se había vuelto ya un poco monótona porque, aunque nos divertimos juntos y era agradable salir con las chicas, ahí la única pareja que parecía posible era la que ya todos sabíamos, así que todo sonaba un poco a repetición y aburrimiento, incluso ya nos estábamos planteando la opción de cerrar etapa y empezar a buscar otras compañías.
Fue Fran, siempre el más lanzado y el que iba directo al grano el que puso las cartas sobre la mesa. Tosco, con un discurso poco enhebrado y mostrando un ramalazo egoísta y ciertamente inapropiado pero certero, dijo que algo así como que ya estaba bien de hacer el tonto y que era hora de saber si había posibilidad de ligar en aquella pandilla. Las chicas no se lo tomaron mal, hubo risas y alguna que otra mirada entre ellas, como diciendo “¿dónde va este?” Pero lo cierto es que al final demostraron ser más listas que nosotros. Recogieron el guante y se lo llevaron a su terreno proponiendo el típico juego donde había que decir la verdad, pero esta vez sin fiarlo a la suerte, todos debíamos soportar la misma ronda de preguntas. Ellas se comprometían a hacer lo mismo, pero nosotros íbamos primero. Y la primera y prácticamente casi única pregunta que interesaba era ¿cuál de las chicas nos gustaba a cada uno?
Sé que todo esto puede parecer un poco ligero, ñoño y previsible, pero es que éramos jóvenes que acabamos casi de salir de la adolescencia, con poca experiencia al menos en mi caso y en el de la mayoría de las chicas del grupo. Realmente, allí el único que tenía en su haber una amplia experiencia era Fran y el mismo Mode. Cada uno en su estilo, tenían éxito a la hora de buscar ligues.
Me gustaría adornar un poco más la cosa con juegos más enrevesados, misteriosos e inteligentes, con una auténtica lucha para emparejarnos, un juego de tronos lleno de astucia e imprevisibles giros, pero todo fue tan sencillo como eso: una simple travesura en la que de forma clara y directa y donde prácticamente nadie mintió, todo el mundo expuso a las claras cuál eran sus preferencias.
La primera ronda de los chicos no deparó sorpresas como era de esperar, básicamente todos fueron señalando al ángel rubio como su favorita, ya fuera para jurarle amor eterno, ya fuera simplemente porque se habían matado a pajas con todo tipo de fantasías en la que Alba era la protagonista. Claro está, no hubo sorpresas hasta llegar a mí. Me tocó hablar el último y cuando la parroquia esperaba otro voto a favor de la chica del día, yo me negué en redondo a participar en aquello. No porque no tuviera claro que Alba sería la primera chica con quien yo me acostaría de todo grupo si pudiera, sino porque como ya he dicho, había renunciado a ella consciente de mis pocas posibilidades y eso me había hecho fijar la atención en el resto de chavalas del grupo. No había una sola de ellas que no hubiera sido objeto de mis fantasías, pero la que más me llamaba la atención era Paqui, su hermana. Y ese fue el nombre que pronuncié, todavía no sé exactamente por qué. Lo cierto es que no era la que más buena estaba, físicamente había otras chicas que me gustaban más, pero Paqui tenía algo que me atraía. Lo fácil sería decir que era su culo y que tenía más pecho que su hermana. En eso sí coincidíamos la panda masculina: el culo de Paqui era el mejor de todos lo del grupo. Respingón, alto, macizo y haciéndola un poco ancha de caderas, siendo una chica por lo demás delgada. Eso le hacía perder proporción y armonía pero ganaba en voluptuosidad. Todos estábamos de acuerdo en que era su punto fuerte. El pecho también destacaba, sin ser demasiado grande, pero tenía más tetas que su hermana y en el talle delgado llamaban la atención. Nunca la habíamos visto en bikini y por supuesto nadie le había visto los senos desnudos, pero todo suponíamos que debía tenerlos bonitos y erguidos, simplemente porque era eso lo que deseábamos.
Paqui no era una chica guapa. No es que fuera fea, simplemente era una chica normal. Con el gesto un poco más seco que su hermana daba la impresión de ser algo estirada, más parecida a su madre, menos espontánea… no le salía de forma natural agradar a los demás, ni tenía ese halo de inocencia a veces real y a veces impostado de Alba. A cambio parecía más madura, más mujer y también más segura e inteligente. Una verruga en la cara le afeaba un poco el rostro, no demasiado, incluso una vez que te acostumbrabas tenía su encanto. Era castaña aunque con el pelo claro y tenía unos ojos verdes que le daban un aspecto algo animal cuando se te quedaba mirando fijamente. Quitando que era más lista y decidida, en cuanto a educación no era muy diferente a su hermana y también seguía los pasos y las indicaciones de su madre respecto a con quién y cómo debía relacionarse. Ella aspiraba a un chico con buena posición y familia pudiente, la única pega es que todo parecía indicar que su hermana se iba a llevar al único que tenían ahora mismo a la vista.
En fin, lo cierto es que, incluso viéndolo ahora con distancia, todavía me cuesta identificar un motivo claro por el que la señalé a ella en vez de a otra. Quizás fuera por despecho, ya que no podía tener a Alba no le daría el gusto de elegirla como la chica que más me gustaba. Quizás elegir a su hermana le supusiera una pequeña contrariedad, una leve derrota. Quizás fuera porque realmente sentía algo por la chica aunque todavía no pudiera identificarlo. Quizás por aquellos ojos verdes, por su culo o por sus pechos que yo imaginaba mirarían hacia el cielo incluso sin sujetador. Tal vez era mi forma de revelarme contra los roles establecidos dentro de la pandilla y el lugar que me tocaba ocupar. Yo no haría lo que hacían los demás.
Quizás fuera una mezcla de todo esto, el caso es que fui el primer sorprendido cuando buscando un nombre para decir, pronuncié con aparente total convicción el de Paqui. Ella me lanzó una mirada entre sorprendida e incómoda, que yo no supe interpretar en un primer momento. Cuando les tocó el turno a las chicas tampoco hubo demasiadas sorpresas. El Mode ganaba por mayoría hasta que le tocó el turno a Paqui, que no sé si deliberadamente, se quedó la última para opinar y para soltar también la bomba.
- A mí me gustan Fran y Alex.
Ella también rompió la baraja para diversión y salseo del resto del grupo, que celebró la oportunidad de hacer comentarios jocosos y empezar a propagar todo tipo de chismes.
Que me hubiera llevado un premio compartido con Fran me supo a gloria, aunque no dejaba de extrañarme porque éramos quizás los dos candidatos más desgarbados del grupo. Mode era guapo, muy sociable y vestía como les gustaba las chicas: muy a la última, bastante pijo y siempre de marca, cosa que a esas edades se mira mucho. Los otros más o menos intentaban imitarlo dentro de sus posibilidades, conscientes de que a las chicas le gustaban ese tipo de look. Por eso mi sorpresa cuando Paqui eligió a los menos pijos del grupo. Uno de ellos el más descarado y lanzado (aunque ciertamente simple) y el otro era yo, que no me podía contar entre los más guapos del grupo, ni tampoco me preocupaba mucho mi aspecto físico, la verdad es que nunca he tenido mucha mano para combinarme. Y más expectante me quedé cuando me di cuenta que ella nos nombraba a los dos, pero me miraba a mí y no a Fran.
¿Había sido un simple rebote al ver que su hermana ocupaba el primer puesto? ¿Lo había dicho solo porque se sentía desplazada? ¿Había algún interés real tras aquella afirmación?
Durante unos momentos sus ojos verdes se fijaron en los míos y me sostuvo la mirada. Luego, nos regaló durante un brevísimo lapso de tiempo una de esas sonrisas que vendía tan caras y siguió a lo suyo, haciendo como que no había pasado lo que había pasado y como que ni ella ni yo nos habíamos cruzado piropos en forma de elección.
Podría describir paso a paso como se fue propiciando esa reacción química que se estableció con nosotros como excipientes y protagonistas, pero no quiero aburriros, así que iremos directos a la solución resultante: desde ese día Paqui y yo nos observábamos con otros ojos. No perdíamos su ocasión de enfrentar nuestra mirada. Casi sin querer buscábamos la cercanía situándonos uno al lado del otro, rozándonos, tocándonos de forma casual, sintiendo un leve estremecimiento cada vez que nuestras pieles se aproximaban hasta tentarse en un ligero roce, un empujón, o una mano sobre nuestro brazo para saludarnos. Nadie parecía darse cuenta excepto nosotros dos. Es curioso, pero Paqui (que solo me había llamado antes la atención por su trasero y por la sospecha de unos pechos más generosos que los de Alba) ahora se me aparecía en mente a todas horas. Hasta su rostro serio y casi agrio me parecía atractivo. La verruga, unos centímetros más allá de la comisura derecha de su labio, ya me aparecía un adorno morboso en vez de un feo complemento y esos ojazos verdes que brillaban cuando me miraba, me seguían cautivando.
Yo había fantaseado con ella anteriormente, pero ahora ya sabía que ella también me miraba distinto. Era la primera vez que una chica afirmaba que yo le gustaba y eso suponía todo un chute para mi baja autoestima y también para mi imaginación, que me hacía construir todo tipo de fantasías desbocadas en las que Paqui era la única protagonista en vez de su hermana. Este juego silencioso duró apenas dos o tres días hasta que surgió una oportunidad de quedarnos solos. Estábamos tomando unas birras en el parque, como tantas tardes, y yo me propuse para ir a comprar algún paquete de patatas fritas para acompañar y traer otro litro de cerveza. Fue Paqui la que tomó la iniciativa de acompañarme, con la excusa de comprar algo también en la bodeguilla para ella. No sé si tenía alguna intención más allá de caminar junto a mí y de disfrutar de ese momento, porque no dijo nada: fui yo quien en el camino de vuelta rompí el silencio. Había pensado mil veces lo que le iba a decir cuando nos quedáramos a solas y ahora, para mi fastidio, ninguno de los discursos que tenía hilvanados me salía. Con poco o ningún tacto fui directo al grano.
- Paqui ¿de verdad te gusto?
Ella me miró y no respondió nada, se limitó a sonreír. Eso me animó a continuar.
- Me refiero a lo del otro día cuando dijiste que Paco y yo te gustábamos.
- Sé a lo que te refieres ¿Y yo? ¿Te gusto de verdad a ti? - contraatacó tomando el control de la conversación para llevarlo al puerto al que a ella le interesaba llegar, sin darme la respuesta que yo le había pedido.
- Sí, me gustas mucho.
- ¿Más que mi hermana? te he visto observarla y la miras igual que los otros chicos.
- Eso era antes. Quiero decir que no es que ya no me guste Alba, pero ahora a quien miro es a ti.
Me costaba encontrar las palabras, no porque no fuera bueno usándolas, sino porque con los nervios estaba algo bloqueado. Pero Paqui me entendió sin necesidad de que yo tuviera que aclarar nada.
- Lo sé.
Ese “lo sé” me sonó a promesa, a que me daba permiso para ir un poco más allá. Como quien no quiere la cosa mi brazo se movió en vaivén cerca del suyo y las manos se rozaron una o dos veces. A la tercera la tomé y no hizo gesto de soltarse. Caminamos juntos unos cuantos metros hasta que al doblar la esquina quedamos a la vista de los amigos y entonces ella se soltó. Todavía quedaba un trecho hasta que también sus oídos estuvieran al alcance de nuestra conversación, así que insistí.
- ¿Por qué dijiste que te gustaba?
- Pues porque me gustas ¡mira que eres tonto!
- ¿También te gusta Paco?
- Sí, pero no es lo mismo.
- Eso me lo tienes que explicar mejor.
Su risa contenida flotó entre ambos. Me gustaba que se riera conmigo porque no era habitual verla sonreír. Algo le provocaba yo, y solo yo, que la hacía estar contenta. Eso me estimulaba mucho.
- ¿Y por qué te gusto yo?
Volvíamos al principio: ella siempre devolviendo la pelota a mi tejado y reconduciendo la conversación a su propio interés. Hasta ahora me había ido bien con la sinceridad de manera que abandoné cualquier artificio y los planes que había previsto para convencerla de que saliera conmigo si llegaba el caso.
- Pues oye, tengo que reconocer que cuando te miro el culo me vuelves loco. Tienes el culo más bonito de toda la pandilla y de todo el barrio - argumenté casi con ansiedad, indicándole con la mirada que eso solo era la introducción, temeroso de que me cortara y me mandara a freír espárragos. Pero no lo hizo, todo lo contrario, parecía complacida: en algo le ganaba a su hermana y a todas las chicas del grupo. Estuve tentado de continuar con sus pechos, pero creí que ya había acariciado demasiado la suerte, así que di un giro a la conversación. Ahora las palabras me salían de forma más fluida, era capaz de hilvanar mejor mis pensamientos y de expresar mejor lo que sentía.
- Pero no es solo eso Paqui, hay más. Lo que pasa es que no te lo puedo explicar porque ni yo mismo lo entiendo. Al principio era solo algo físico, bueno ya sabes cómo somos los tíos, me fijaba solo en lo buena que estás, pero es que después he empezado a sentir cosas.
- ¿Qué cosas? - me preguntó y creí detectar un cierto tono de anhelo en su voz.
- Pues no sé, ya te he dicho que es difícil de explicar. Por un lado, me da mucha alegría cuando estamos juntos, al tenerte cerca, pero por otro lado noto como una especie de mareo y me pongo muy alterado, aunque no lo demuestre. Creo que se me cogen los nervios al estómago y estoy en tensión. Trato de que no se me note, aunque es difícil porque a veces siento como escalofríos y se me ponen los pelos de punta. Es muy extraño porque cuando estoy contigo trato de no pensar en ti y cuando no te tengo al lado, no hago otra cosa.
Nada de esto era mentira, pero debo reconocer que supe adornarlo tan bien que Paqui se sintió halagada y feliz, y algo más que entonces no me contó, pero que me confesaría después cuando ya fuimos pareja. En ese momento sintió como un dolor de barriga, un retorcijón, pero placentero, la piel de gallina y los pezones (invisibles para mí tras un grueso sostén y un jersey que los ocultaban perfectamente) se le pusieron duros y empitonados.
Faltaba poco para llegar donde nuestros amigos así que me detuve un momento. No estaba dispuesto a dejarla ir esta vez, al menos no sin que me dijera porque había dicho que yo le gustaba. De modo que le plantee otra vez la cuestión.
- Me gusta verte cuando vienes de hacer deporte. Yo tampoco sé por qué, pero me gusta ver los músculos que se te marcan bajo la ropa deportiva, la camiseta sudada que se te pega al cuerpo. Te he visto un par de veces cuando venías de correr o de jugar al baloncesto y no me pidas tampoco que te lo explique porque yo tampoco sabría hacerlo. Y también me gusta que no te portas de forma imbécil como los demás, nos prestas atención al resto de chicas y no estás atontado solo con mi hermana, o al menos no tanto como los otros.
- ¿Y Paco? ¿Por qué te gusta?
- Es gracioso...
- Es gracioso, pero…
- No saldría con él. Es un aprovechado y creo que no tiene futuro. Me gustan los chicos chulos, pero no tanto.
En esos veinte metros que nos separaban de nuestros amigos nos habíamos dicho más cosas que en todo el mes que llevamos saliendo en pandilla. Los dos sabíamos lo suficiente como para estar a la vez tranquilos y entusiasmados. Tranquilos porque lo nuestro parecía que podía tener algún recorrido y entusiasmados porque las hormonas revoloteaban en nuestro interior provocándonos cosquillas. Inexpertos nuestros cuerpos, intuían que podía haber rollo.
A mí se me habían despejado algunas incógnitas. Yo le gustaba a Paqui, que no estaba en absoluto molesta por mi declaración del otro día sino más bien al contrario, la veía dispuesta y animada. Yo le gustaba porque no era como los demás, ni en el carácter, ni tampoco en el físico. De alguna forma le gustaban los tíos con pinta un poco chulesca, de ahí que me prefiriera a mí al arquetipo pijo del resto de la pandilla. Pero a la vez quería seguridad, quería alguien confiable y yo era el que mejores notas sacaba de toda la pandilla y también el único que a esas alturas tenía un trabajo más o menos estable. Así que una vez establecida la sintonía entre ambos y ver que nuestros intereses coincidían por una u otra cosa, lo demás vino rodado. Ya solo tuvimos que dejarnos llevar por nuestros impulsos que, una vez roto el dique de contención, se dispararon de una forma que ni en mis mejores fantasías había podido sospechar.