Fantasías sexuales de las españolas 2º parte

La imagen de los hombres copulando en la ducha no se le va de la cabeza. Se conoce y sabe que ya no lo hará nunca. Le ha tocado la fibra, como cuando tu novio acierta y por fin encuentra el clítoris y además da con la forma de adecuada de acariciar. Esas imágenes se van a convertir en una fuerte inagotable de masturbaciones. Recordadas con detalle, reinventadas, combinadas con elementos nuevos que ya irá introduciendo, le van a conseguir multitud de orgasmos. Sonia excitada, Sonia empoderada, se mira al espejo y se gusta por primera vez en mucho tiempo. La imagen que refleja es de una chica hermosa y guapa. Se cuelga un diminuto bolso del hombro, lo justo para llevar las llaves, el móvil y algo de dinero además de la documentación. Sale a la calle. Aún es temprano para cenar aunque tiene hambre, así que decide caminar hacia un bar que le gusta. Allí se sienta en la terraza y se toma una cerveza. Por primera vez en mucho tiempo se siente observada por algunos de los hombres que hay alrededor y le gusta la sensación. Prefiere que mantengan la distancia, no ha salido a buscar un chico, esa noche es para ella. Para sentirse a gusto y bien consigo misma, para hacer planes de futuro, para despegar de nuevo, para replantearse todo. Cuando acaba la cerveza ya ha decidido que va a volver a solicitar el traslado, si no es a Málaga será a Cádiz, a Valencia, a cualquier sitio que tenga mar.

Y ya ha decidido también que, aunque duela, Héctor ha pasado definitivamente a la historia. Su novio ya no cuenta. Desgrana los recuerdos como su madre separaba las lentejas buenas de las malas y se quedaba solo con aquellas que servían para hacer el guiso. Sonia también se quedará con lo bueno de esto, con los recuerdos que la hacen sentirse bien, con los que la ponen cachonda y eliminará los demás. Al menos de su memoria inmediata. Si vienen a su mente no será porque ella los invoque. Y este fin de semana le dirá que sí a sus amigas y volverá a salir con ellas.

Se levanta, a lo tonto ha pasado una hora y algo más. Vuelve caminando hacia su casa pero no le apetece cenar allí, de modo que decide darse un último capricho ese día que está resultando tan prometedor. Hay una pequeña pizzería al lado de su vivienda, unas mesas en una pequeña placita con un jardín. Decide sentarse en una. Corre un poquito de aire y el frescor del césped y los árboles cercanos dan una sensación agradable. Un jazmín perfuma la noche de verano. Le indican una mesita pequeña para ella sola. Pide vino, una botella entera. Si le sobra ya se lo llevará y la terminará en casa, mañana es sábado y no hay que madrugar.

Ya se imagina entre sábanas usando de nuevo el consolador y el satisfyer a la vez ¿cómo no se le había ocurrido antes? si será boba. Y luego el sueño profundo de los borrachos que la hará levantarse con un ligero mareo, pero no le importa. Se sirve la primera copa en espera que le traigan la comida. Por primera vez sale de sus pensamientos y pasea la mirada deseando descubrir el mundo que la rodea, del que ha estado tantas semanas apartada. De repente, los ojos se le abren como platos y un estremecimiento la recorre: tres mesas más allá están sentados el vecino y su pareja.

Charlan animadamente, ajenos a todo, manteniendo las distancias en principio, sin cruzarse gestos de cariño. Los observa un buen rato y parecen dos hombres totalmente heterosexuales. Pero ella no puede evitar verlo desde otra óptica, desde el conocimiento que da el haber visto, el haber sido testigo. Vuelve a contemplar esas bocas besándose, dando besos que son casi bocados, esos muslos musculosos tensándose, los movimientos sensuales pero a la vez enérgicos, los miembros duros y enhiestos. El roce que se vuelve rudo entre los cuerpos, el agua humedeciendo, el jabón corriendo por la piel, salpicándola de espumarajos blancos como si fuera la corrida de un dios con un sexo descomunal. El apareamiento que se vuelve animal, intenso, descarnado, el desahogo final. Los cuerpos en tensión aún abrazados y luego el contraste de la delicadeza con la que se vuelven enjabonar, con la que se asean el uno al otro, con la que se quitan la espuma.

Sonia de nuevo en el mundo, Sonia en Sonia decidida y aventurera, obedece al impulso de levantarse, tomar la botella de vino y la copa y dirigirse a la mesa que ocupan. Las piernas le tiemblan. Mientras camina se pregunta qué diablos está haciendo, siendo ella la primera sorprendida, pero para su asombro no tiene miedo, ni vergüenza, está decidida.

- Hola. Disculpad, me llamo Sonia y no me gusta cenar sola ¿os importa que me siente con vosotros?

Los hombres se miran entre sorprendidos y divertidos: no esperaban algo así.

- Veréis, no soy ninguna loca, soy vecina. Vivo en el siguiente portal al vuestro. No quiero incomodar, simplemente es que me apetecía cenar en compañía y os he reconocido. Si molesto me voy.

Ellos se vuelven a mirar y finalmente su vecino asiente y la invita con un gesto a sentarse.

- Yo me llamo Mario. Él es Benjamín.

Sonia levanta la botella cuando pasa el camarero y pide dos copas más.

- Es mucho vino para mí sola ¿me dejáis que os invite?

Ellos sonríen y una Sonia que ya no puede poner freno a su lengua comienza a hablarles. De todo, de ella, de su trabajo, del momento que está pasando tras su ruptura con Héctor, como si los conociera de toda la vida. Son amables, la escuchan, hacen alguna broma, la animan. Comen con apetito. Los tres piden otra botella.

Sonia frena un poco su incontinencia, su necesidad de hablar y les pregunta, se interesa por ellos y sus profesiones, ríe con ganas cuanto hacen algún chiste. A los postres y tras el segundo chupito de Limonchello se lamenta de que está sola, pero afirma que eso pronto se arreglará. Ellos le dicen que están convencidos, es una chica muy guapa y muy hermosa, pero que ahí no pueden ayudarla, comentan con una leve risa.

- Con nosotros te equivocas - murmura Mario intercambiando una mirada con Benjamín.

Ella sonríe. Sonia alegre, Sonia satisfecha.

- No, no me equivoco - contesta mientras pide la cuenta.


----------------------------------------------------------------------- FIN -------------------------------------------------------------------------
 
Próximo relato María, en la sección de infidelidad....

8. María (reponedora de gasolinera, 24 años): “Un intercambio de parejas con mi mejor amiga y su novio es una de esas visiones que de vez en cuando se apodera de mi imaginación. La verdad es que tanto su chico como el mío son estupendos, y creo que estaríamos a gusto. Pero, por ahora, prefiero que siga siendo una fantasía, por si las moscas.”
 

Juncal​



¡Joder! ¡Vaya panda! - piensa Juncal - ¿En qué momento se torció mi vida para acabar en un sótano con estos cuatro imbéciles?

Es una pregunta retórica claro, porque yo sé muy bien cuál fue el instante en que todo se fue a tomar viento, lo recuerdo perfectamente. Pero para eso tengo que presentaros a Berta, joven becaria de ojos azules, rubia natural y 1,75 m de alto. Formas de modelo y carácter de bruja, convenientemente escondido tras una máscara de niña buena con apariencia de no haber roto un plato en su vida.

Hasta que llegó la niñata, yo era una ejecutiva de éxito adjunta a la gerencia de cuentas de mi empresa. Disciplinada, peleona, innovadora… todos me reconocían atributos de líder y especialmente Román que era el director del departamento. Bueno era algo más que mi director, para que nos vamos a engañar, si vamos a contar la historia vamos a contarla bien. Porque Román y yo éramos amantes. Que sí, que las malas lenguas dirán lo que quieran, pero que si además de valer te dan un achuchoncito pues mejor y Román estaba dispuesto a darme más de un achuchón, de hecho, en la cama me dio todos los que hicieron falta. Y en el trabajo también, que para eso yo lo valía. Que a las tontas les ponen un piso o les regalan joyas pero a mí, la relación con el director me iba a abrir la puerta de la gerencia de cuentas.

Hasta que aterrizó la puta arpía rubia. Recién salida de una beca y contratada por el departamento, tardó lo justo en hacerse con la situación. En apenas un par de meses Román bebía los vientos por ella (y seguro que algo más) y como la niña no quería rivales ni obstáculos, se ocupó de que me ascendieran a gerente...de logística.

¡La muy puta!

Por apenas 100 € más al mes, al sótano a pelearse con estos cuatro. Y la forma de quitarme de en medio fue la más sucia posible: chivándose a la mujer del director de nuestra aventura ¡Será malaputa! Trepa asquerosa, desgraciada ¿cómo se le ocurre quitarme el marido que yo ya le había quitado a otra? Ninguna mujer decente haría eso. Todavía recuerdo cuando me llamó el director a su despacho junto al resto del equipo para notificarnos las siguientes remodelaciones y como en el preciso instante en que la furcia rubia me echó una mirada alegre, supe que algo iba mal. Sí, ese fue el instante en que todo se fue al carajo.

- Te vamos a ascender.

Esa fue la parte buena, pero a partir de ahí todo fueron malas noticias. Ya lo dice el refrán: donde tengas la olla no metas la polla (en mi caso y adaptado, no metas la almeja donde haya paella).

Y no fue ni mucho menos el único cambio que la niñata alentó. Entre sus ocurrencias, tan extravagantes como inútiles para mejorar la producción, estaba el importar costumbres americanas que había copiado de Dios sabe que libros o vídeos de YouTube con el hashtag “motivación”. Formas de inspirarnos para ser mejores en el trabajo, decía la muy zorra, sabiendo que el director le bailaba el agua aunque solo fuera para no quedar como un gilipollas por haberla ascendido. Pues eso, para que él pudiera seguir metiéndola en caliente, todos a hacer el tonto el haba y a fingir que se motivaban con las ideas más absurdas que se le ocurrían a la niña.

¡Yo que lo había dado todo por este trabajo! mi esfuerzo, mi tiempo libre, había sacrificado a mis amigos… bueno, eso suponiendo que tuviera amigos, que para qué vamos a engañarnos, nunca he sido muy sociable. Lo cual me llevó a ahogar el disgusto en alcohol y animada por las copas, a salir por ahí, a ver si encontraba a alguien que me metiera en su cama y me diera un buen revolcón de forma que se me pasara todo el cabreo, que me hiciera un buen reseteo… pero se ve que, o doy mucha pena, o es que soy muy torpe ligando, porque al final lo único que conseguía era acabar viendo amanecer sentada en mi cocina con una resaca de mil demonios, mientras me comía las galletas de mi gato.

Ahora lo entendéis ¿verdad? Ahora comprendéis un poco mejor el cuadro de la jefa de logística vestida de romana, haciendo la reunión para evaluar cómo ha ido el día en el sótano, donde por otro lado nunca pasa nada. Hasta el más imbécil sabría cómo colocar los materiales y como encontrarlos, apenas hay variedad en los suministros. Bueno rectifico, porque imbécil es una categoría que le queda grande a algunos de los que tengo bajo mi mando. Los cuatro que ahora me miran con la túnica puesta encima del mono. No sé por qué digo túnica porque simplemente se han limitado a ponerse una sábana vieja cogida con un broche Pablo, en un alarde de inspiración, Manu y Roberto se lo han atado con un simple nudo, y Eugenio, la joya de la corona, lleva una toalla a la que le ha grapado dos esquinas para cogérsela al hombro. A ver, que tampoco los culpo. Desde luego no son los más inteligente de la empresa, por algo están desterrados al subsuelo como si fueran marmotas del desierto, pero tampoco es culpa suya. A su manera se esfuerzan, lo que pasa es que no llegan.

Sobre todos estos individuos, trescientos metros cuadrados de estanterías, una oscura oficina y una tonelada de telarañas, se erige mi reino.

Un ascenso decía el hijo de puta. Cien euros más al mes a cambio de quedarme en este agujero para toda la vida. Y la otra cabrona disfrutando del despacho con vistas del quinto piso, con luz natural, plantas que no son de plástico y sin mancharse el culo de polvo cada vez que se sienta en la silla. Pues qué quieres que te diga, prefiero llenarme el culo de mugre antes que volver a follar con Román. Llamadme interesada pero si antes me gustaba restregarme contra el director, ahora me da asco, tanto como lamerle el culo a un mandril con colitis.

Pero volviendo a la cabrona de la quinta planta, ella es la culpable de que estemos aquí disfrazados haciendo el gilipollas. Bastante nos conocemos ya para tratar de mantener la compostura, que a veces se me pasa por la cabeza liarme a hostia limpia con alguno de estos cuando tengo los cables cruzados, y mira por dónde, hoy toca currar vestidos de romanos. Ideas de la zorra que como es incapaz de tener una propia, las copia una vez más de los americanos. Que si el día del oeste, que si el día de venir vestidos de gitanos, que si el día de venir de gala, que si su puta madre en verso. Que eso rompe las barreras, anima a la gente y los motiva dice. Y este mes ha salido en la ruleta de la gilipollez el día del Imperio romano. Menos mal que aquí abajo no viene ni dios y los que aparecen no van más allá del mostrador, así nos ahorramos el ridículo.

En fin, perdonadme un momento que tengo que liquidar la reunión que ya se me está haciendo un poco bola.

- Paco, porfa, revisa los albaranes a ver si encontramos de una puñetera vez el pedido de Grumasa que ya hace dos días que nos lo reclaman.

- Eso va a estar con la paquetería de devueltos de los grandes almacenes, ya verás…

- Eso va a estar en el coño de tu prima - responde Pablo que ya está un poco mosca con el asunto. Dos días lleva dando vueltas por todo el almacén buscando y lo único que necesita es que Eugenio (el listo de la clase), le toque los cataplines - fue el primer sitio donde miré.

- Pues mira otra vez.

- A ver, que igual es que no se me ha entendido, ya le he dicho a Pablo lo que tenía que hacer así que cerramos el buzón y me dejáis que yo organice el trabajo. Si encontramos el albarán, encontramos el paquete. No vamos a estar otra vez dos días poniendo patas arribas el puto almacén.

Eugenio y Pablo se encogen de hombros y dan por finalizada la discusión. Es tradición que choquen a primera y a última hora pero el resto del tiempo no son demasiado problemáticos.

Queda el dúo la, la, la. Manu y Roberto, los más jovencitos. Los gemeliers. Que no es que sean gemelos, ni siquiera hermanos, pero van a todos lados juntos como si fueran pedo y culo. Los chavales son bien parecidos y tienen un cuerpo atlético. Parecen hechos para ser mozos de carga. Juncal no se cansa de verlos trabajar llevando paquetes de un lado para otro y conduciendo la carretilla elevadora. En esa empresa no podían estar en otro sitio que no fuera el almacén porque andan justos de competencias y también un poquito de luces, para que vamos a engañarnos. Los dos entraron enchufados en la compañía y tardaron lo justo en acabar en el sótano.

- Vosotros vais abriendo los palés y organizando lo que ha llegado. A las doce nos ponemos con las devoluciones.

- Ok jefa.

Bien, una vez hechas las presentaciones, retomo en primera persona el hilo de la narración para contaros lo que va a pasar ese día, que ya me avisaba a mí el cuerpo que no iba a ser un día normal y corriente.

Eugenio saca una botella de Chinchón y pone cinco chupitos.

- Ya que la cosa va de romanos hoy, hagamos una libación al dios Baco.

- El alcohol está prohibido - le digo.

- Y vestirse de mamarracho también y fíjate: aquí estamos haciendo el canelo.

- Son órdenes de la superioridad.

- Enga jefa ¿quién se va a enterar? si la última vez que bajo aquí el director todavía se llevaba el papel pintado en las cocinas…

Miro el chupito y siento un deseo irrefrenable de echármelo a la garganta de un solo trago. Llevo una semana sin beber y hasta hoy había conseguido no probar el alcohol, después de un mes de acostarme cada día borracha. Lo que tardé en digerir el disgusto. Una semana sin beber y siete sin follar. Tan cabreada estaba con los tíos tras mi ruptura con Román que decidí quedarme en casa, negándome a salir. Botella y Satisfyer. Hasta entonces me apañaba con un pequeño vibrador pero decidí innovar, a ver si era tan bueno como decían. Y la verdad es que tiene su puntito aunque no es lo mismo: el toque que se da una no se lo da a nadie.

Lo que me recuerda que soy un desastre y lo tengo sin pilas desde antes de ayer. El no poder pegarme un lingotazo para aplacar mi ansiedad me ha puesto de mala leche, pero llevar dos días sin que me succionen el clítoris ya es demasiado. Las dos pequeñas satisfacciones que todavía me quedaban a tomar por culo, así que mira ¡que se jodan las normativas internas! Eugenio tiene razón: estamos en el agujero del culo de la empresa ¿quién va a venir a decirnos nada? Noto el líquido caliente quemarme la garganta y bajar a mi estómago donde hace que me suba la temperatura.

- ¿Otra ronda?

- ¡Venga!

Ahora sí que esto va tomando un poco de color ¡Coño! si hasta el Eugenio me está empezando a parecer guapo.

- Aquí la dejo y si alguien necesita repostar ya sabe dónde está.

Sobre la mesa queda la botella recién empezada, un bizcocho que ha hecho la madre de Roberto, un poco quemado y más bien reseco por dentro pero que pega bien con el Chinchón. Cuando hay hambre todo va para adentro. Y también un paquete de patatas un poco manidas ya, pero que se dejan comer. Esta no es precisamente la idea de un festín romano pero nos vale.

El tiempo fluye despacio. En apenas cuarenta y cinco minutos ya tengo al día todos los balances y todas las cuentas, no hay mucho que hacer aquí abajo. Detrás del título de directora de logística en realidad lo que hay es trabajo administrativo, que un simple secretario podría hacer dedicando media jornada. Es como ir a hacer la compra del Mercadona en un Ferrari: un desaprovechamiento total, que me dijo un día Pablo, lo cual me hace sonreír. Mis pupilos son unos merluzos pero me valoran y eso me gusta, hasta diría que me pone cachonda.

Sí, soy una líder desperdiciada, pienso mientras me pego otro trinque de la botella. Manu (uno de los gemeliers), asoma la gaita por la puerta de la oficina. Tiene la cara colorada y suda copiosamente. Aterrizo de nuevo después de haber pasado unos minutos en la Luna y recompongo el cuadro de jefa seria y profesional.

- ¿Qué te escuece Manu?

- Jefa, hace mucho calor con la túnica, no se puede trabajar…

Lo miro a la cara porque está colorada como un tomate. Perlas de sudor transparente le corren por la frente y la mejilla. El gesto sofocado.

- Pues ya conoces las normas: si es el día de los romanos, toca vestirse de romano - Le contesto en un arranque de maldad que me pone un poco cachonda, solo porque me apetece verlo sufrir un poquito más.

- Pero jefa ¡que nos vamos al deshidratar!

- Pues bebed agua.

Oigo un resoplido: se ve que Manu no viene solo, los demás tampoco están contentos con que en pleno julio y con la que está cayendo, tengan que ponerse encima del mono una túnica. Tienen razón. Además, sería fácilmente justificable que yo ordenara que se la quitaran porque contraviene las normas de seguridad en el almacén, pero por algún motivo me siento excitada puteándolos un poquito. Pues eso, solo un poquito más me digo y de repente, mis neuronas adormecidas por los chupitos se activan. Algo se me ha ocurrido, una extraña asociación de ideas o quizás no tan extraña, porque una no es de piedra y tanto Manu como su compañero hace mucho que vienen a visitarme en mi fantasías nocturnas, que no es que me gusten para pareja ni nada de eso (los chavales son un poquito limitados) pero hay que reconocer que tienen un cuerpazo. Los tíos se cuidan y el trabajo en el almacén les supone un suplemento, como si hicieran CrossFit pagado por la empresa. Más de un dedo me he hecho pensando en ellos. En realidad, últimamente estoy tan desesperada que creo que le he dedicado un solo de arpa con mi coño incluso hasta a Eugenio, el mayor de todos que me saca a mí cinco años.

El acordarme de mis juegos nocturnos con ellos de protagonistas, teniéndolos ahí delante, me pone. Últimamente cada vez tengo menos vergüenza, me importa todo más bien un cojón de pato, así que les pido que entren. Resulta que están los cuatro detrás de la puerta. Habían mandado a Manu de avanzadilla.

- A ver, venga, vamos a echar un chupito - les digo- y hablamos esto con tranquilidad.

Compruebo satisfecha que nadie rechaza el ofrecimiento. Todavía les hago esperar un minuto más mientras los veo removerse inquietos, allí de pie delante de mí, guardando la formación. Por un momento me imagino vestida de sargento, con botas de montar, una falda militar, una guerrera abotonada con entorchados en las hombreras y con mi kepi justo sobre mi pelo recogido. Una fusta en la mano pasándoles revista, deslizándola por sus mejillas, por sus pechos…No Jodas, creo que se me está yendo un poco la cabeza.

- A ver, a la responsable de esto le gusta que se cumplan las normas del día especial, en este caso, que todo el mundo vaya vestido de lo que toque. Sabéis a quién me refiero ¿no?

- Sí: a la niñata zorra hija de puta que se folla al imbécil del director - contesta Pablo añadiendo en tono más suave - como usted misma ha tenido a bien definirla en algunas ocasiones…importante hacer la aclaración, nadie vaya a pensar que se le está faltando respeto a la directora.

- Esa precisamente. Muy bien, creo que todos entendéis lo importante que es que entre ella y yo no surja ningún contratiempo y que por tanto lo último que quiero es que, por una casualidad del destino (que bien podría ser que se le ponga en el coño bajar a ver si nos pilla en falta), se le ocurra aparecer por mis dominios y pensar que nos tomamos sus ordenanzas a la ligera.

- ¿A la ligera?

- Quiere decir que nos las pasamos por los huevos.

- Ya sé lo que quiere decir.

- Pues entonces ¿para qué preguntas?

- Bueno, yo en realidad lo que veo es que nos va a dar aquí un pasmo.

- Hay una solución - dejo caer suavemente como quien le tira un salvavidas a un náufrago - Nadie nos ha dicho que no podemos quitarnos el mono. Si la tipa esa nos quiere con túnica, pues con túnica, pero si tenéis calor podéis quitaros el mono y así vais más ligeros.

Los dos chavales se encogen de hombros, como que les parece buena idea, con tal de estar más cómodos, cualquier cosa. Los otros dos se miran también. Eugenio hace un gesto como diciendo que a él le importa todo tres pepinos y que vale, que se suma a la cuadrilla. Pablo no lo acaba de ver claro.

- Vamos a estar un poco ridículos…

- Pero fresquitos.

- Eso sí.

- Pues hala: vosotros mismos…

Tomo la botella y hago ademán de ponerles otro chupito. Se dejan servir entre incómodos y confusos. Puedo observar cómo les sube la temperatura corporal y comienzan a sudar de nuevo.

- Podías dar tu ejemplo - me suelta Pablo.

- Pues sí, podría - le contesto sosteniéndole la mirada hasta que la retira ¡que se ha creído este! ¿Que a una de Carabanchel le vas a echar un pulso y se lo vas a ganar? Vamos, no me jodas.

- Si vosotros os quitáis los monos yo me quedo solo con la túnica.

Entre ellos cruzan miradas de nuevo. Casi los puedo oír pensar pero ya tengo claro que van a aceptar el desafío. No hay nada como decirle a un tío que no hay huevos de hacer algo para que se tire de cabeza a un río si hace falta. Salen y yo pego la nariz al cristal, viéndolos desfilar mientras castañeteo con las uñas contra el vidrio. Los dos mastuerzos de Eugenio y Pablo se meten en el vestuario. Veo reflejada en el cristal mi sonrisa de satisfacción. Me encanta salirme con la mía pero enseguida se me borra cuando veo a los niñatos que no se molestan en entrar. En el banco que hay en el pasillo se quitan la túnica, se sacan el mono y se quedan directamente en calzoncillos, unos boxes ajustados que les hacen paquete y que me permiten ver dos cuerpos desnudos y depilados, con tatuajes de Estrellas de Mar (en el caso de Manu) y una especie de greca tribal en la pantorrilla de Roberto. Noto un pinchazo entre las piernas. Es mi clítoris que se despereza, estirándose mientras se hincha acumulando sangre.

Permanezco como una boba, con la nariz pegada al cristal, con la sonrisa congelada y transmutándose en una mueca de morbo, viéndolos ponerse la túnica como buenamente pueden. Les queda corta y deja más partes de su cuerpo al aire que cubiertas. Cuando están listos y siguen para el almacén me sorprendo con la mano puesta en mi vulva. Me noto mojada y excitada.

He tenido varias fantasías ya con estos dos pero el verlos pasearse así, con el sudor brillando sobre la piel que recubre sus abultados músculos, le da una nueva dimensión al asunto. Esto parece una puta película de gladiadores. Veo salir del vestuario a Pablo, seguido unos instantes después de Eugenio. La túnica también les queda corta y para mi sorpresa no tienen una pinta tan ridícula como yo esperaba. Aunque no son carne de gimnasio como los otros dos, se mantienen razonablemente bien para su edad y veo unos bíceps razonables y unas piernas a las que no les sobra ni le falta una pizca de grasa, todo en su punto justo.

Así que esas tenemos ¿eh? Bueno, pues hoy me siento un poco gamberra, de modo que voy a subir la apuesta. Había dicho que si ellos se quitaban la ropa yo también: pues adelante. Me meto en el aseo privado y me saco todo lo que llevo puesto exceptuando el sostén y las bragas. Luego, me vuelvo a colocar la túnica pero hago ajustes: aprovecho una caja de imperdibles que me he traído del cajón y el escote aumenta, lo que teniendo en cuenta que ahora no llevo más que el sostén debajo, da una visión bastante obvia de mis pechos para todo el que quiera mirar. A poco que me agache me van a ver hasta el alma. “No es suficiente” pienso, y entonces me quito el sostén y vuelvo a anudarme la túnica al cuello, dejando que sea esta la que intente contener mis tetas. El roce de la tela basta, hace que me excite y se me levanten los pitones. Reduzco también por los lados dejando entrever buena parte de mis caderas y por último, recojo lo que antes era un manto largo y recorto con las tijeras un buen trozo de tela, dejándome lo que viene a ser casi una minifalda.

¡Ahora sí! me echo un vistazo y trato de imaginarme el efecto de mis muslos al aire, de mis braguitas negras asomando entre mis glúteos si me agacho demasiado y de mis pechos oscilando de un lado para otro, a poco que me mueva con cierto aire.

Me acerco a donde están los gemeliers. Me noto un poco mareada pero muy desinhibida. Estos dos se afanan en colocar en las estanterías unas cajas que venían en un palé. Son pequeñas y el trabajo hay que hacerlo a mano de modo que ahí andan subidos a las escaleras.

- Ponedlas con los códigos para afuera que si no luego es un lío.

- Que sí jefa, que ya lo sabemos.

Ninguno de los dos parece reparar en mí. Están a su bola, ocupados en la faena, lo cual me irrita. No me he dado el trabajo para que ahora nadie me mire.

- A ver, bájate que voy a mirar una cosa - le digo a Roberto.

Comienzo a subir los escalones contoneando el culo, alargando el movimiento de los muslos, temblorosos al ejercer presión sobre los peldaños para afianzarse, cosa que solo consigo a medias

- ¿Veis lo que os decía?: aquí hay una que está mal puesta con la etiqueta para adentro. Si ahora colocáis encima unas cuantas más, a ver como coño miramos luego el número de serie...

No es el caso porque en esta ocasión todas las cajas tienen el mismo código y da igual, pero los gemeliers no están para captar la lección. Ahora sí tienen puesta la mirada donde deben y también cuento con toda su atención. Mis generosos muslos ofrecen una perspectiva desde abajo inigualable, con un triángulo oscuro al fondo que se puede atisbar por debajo de la túnica.

Ahora sí cabrones” pienso, aunque por si acaso la cosa no está clara, decido no dejar demasiado la imaginación y subo el pie un par de peldaños más, levantando la rodilla y permitiendo que tengan una visión directa de las bragas negras de encaje marcándome la raja y el bulto del pubis. Tapan lo justo, teniendo además en cuenta que (para variar), me he depilado, aunque no esperaba tener ocasión de enseñar el Papo.

No es la primera vez que estos dos me miran el culo o se fijan en mi escote, pero hoy se lo he puesto tan a huevo que les tiene que estar llegando el olor a marisco directamente a las fosas nasales. Es un decir, claro, porque yo soy muy limpia, aunque con el calor que hace y un poco sudada, quizás mi entrepierna no esté todo lo presentable que debiera. Pero eso no me echa para atrás, se el efecto que el olor a coño tiene en los hombres jóvenes. Las feromonas vuelan en el aire y obran milagros en ellos.

A golpes de puro genio logro sacar la caja, darle la vuelta y volver a colocarla. La escalera se cimbrea anunciando una hostia como el sombrero de un picador de grande, pero yo cabalgo sobre ella a horcajadas como si estuviera en un toro mecánico. No me he dado cuenta de lo mareada que estoy ni del alcohol que he trasegado hasta que no me he subido al palo del gallinero. Quiero aguantar allí un poco más, dando el espectáculo y poniendo cachondos a esos dos. De reojo puedo observar que un par de bultos crecen en las entrepiernas, bajo la tela de las túnicas.

Me siento poderosa allá arriba pero es hora de bajar antes de pegarme una hostia de morro y que me tengan que reconstruir la nariz. Doy un paso, otro paso más y cuando apenas falta un metro para llegar, me escurro y caigo hacia un lado. Menos mal que allí están los brazos de Roberto, atento para recogerme. No llego a tocar el suelo.

- Mi Romeo - digo con la lengua un poco trabada por el alcohol.

- ¿Qué has dicho? - murmura el aludido que no me entiende.

- Creo que ha dicho que me meo. Mejor llevarla al servicio.

Una risa perruna que me sorprende a mí misma brota de mi garganta.

- No quiero mear ¡quiero follar! - Digo esta vez lo suficientemente claro como para que los dos se miren confusos.

- Será broma ¿no? - se interpelan.

No puede creer lo que acabo de decir. Todavía estoy a tiempo de recular pero noto esos brazos fuertes y peludos que me tienen cogida por la espalda y los muslos, haciéndome cosquillas. Toco con la mano el bíceps del chico, duro como una piedra y observo su cara cuando suelto otra risita y un pecho se me sale por entre los pliegues de la túnica, a pocos centímetros de su rostro. Los ojos se le hacen agua al chaval, se está directamente derritiendo y eso me pone cachonda, muy cachonda. Todo se remueve en la centrifugadora en que se está convirtiendo mi cerebro. Las ganas que habían permanecido, más que reprimidas, ocultas en los últimos meses. Y también el cabreo contra el mundo en general y la fulana de la nueva directora en particular por todo lo que ha pasado. El mareo por el alcohol, la desinhibición y la euforia. El “paso del mundo y me importa todo tres pimientos”. O más bien, “me importa todos dos nabos, los que me voy a comer ahora mismo”.

- ¡Llevadme a desembalaje! - ordeno a mis dos operarios que se miran entre ellos dudando.

- ¡Que me llevéis hostia! y procurad que no pise el suelo, me gusta ir en brazos.

Un encogimiento de hombros y Roberto se pone en marcha seguido de Manu. Parece que no peso en sus brazos, pero claro, es que este tío además de ir al gimnasio se carga todos los días más de doscientas cajas. Ríete tú de un levantador de piedras Vasco.

Yo sonrío como una hiena satisfecha. Hace un par de semanas tuve un sueño extraño que se parece ligeramente a lo que estoy viviendo ahora. Me vi a mí misma vestida de dominatrix, todo cuero de pies a cabeza, látigo en mano y botas de chúpame la punta. Entraba a la oficina y subía a la planta de mi jefe. Román se quedaba boquiabierto mientras lo cogía del cuello y le estampaba la cabeza contra la mesa un par de veces hasta ponerle un ojo morado. Luego le bajaba los pantalones y le daba un repaso con el látigo hasta ponerle el culo como el de un mandril. En ese momento aparecía Berta y sin mediar palabra le cruzaba la cara con la fusta dejándole marca de por vida. Luego bajaba satisfecha y pletórica al almacén, donde desayunaba langosta con champán y después perseguía con el látigo a mis cuatro operarios hasta que los acorralaba precisamente en la sala de desembalaje, obligándolos a hacerme todo lo que quería. No recuerdo muy bien los detalles del sueño pero fue una orgía guapa, de eso sí me acuerdo.

Pues mira tú, lo de subir con el látigo arriba igual lo dejo para otro día, pero lo de echar un polvo con estos dos parece que va a tocar hoy.

Cuando Roberto me deja en el suelo cojo un poco de cordel de embalar, lo doblo varias veces sobre sí hasta que me fabrico un látigo un poco primitivo pero efectivo, que suena intimidante cuando pego con él en el suelo y contra los cartones que hay amontonados.

- Hoy es el día de los romanos ¿no? - Pregunto a mis dos perplejos trabajadores que sin tener muy claro por dónde va el tema asienten con la cabeza.

- Pues vale, entonces soy vuestra Dómina y vosotros mis esclavos y vais a hacer todo lo que yo os mande ¡Quedaos desnudos!

Ellos vacilan pero de nuevo hago restallar el improvisado látigo.

- ¡En pelotas ahora mismo!

Ahora sí, se deshacen de la túnica aunque parecen dudar de si quitarse los calzoncillos. Una mirada asesina sirve para que Roberto se decida y Manu lo siga sin hacer más preguntas.

Me acerco recreándome en los cuerpos desnudos. Estoy muy cachonda y lo que veo me gusta, me gusta mucho. Paso el látigo por la entrepierna de Manu y observo como la verga reacciona empinándose. Un pequeño golpe y se echa atrás encogiéndose un poco asustado, aunque no por ello deja de estar empalmado, lo que me hace sentir fuerte, pletórica y muy mojada. La mano sustituye al objeto de castigo y ahora arrulla con suavidad el vientre del chico hasta que los dedos dejan de enredarse en el pubis y buscan el falo, agarrándolo y acariciándolo.

La otra mano repite gestos con Roberto. Pronto me encuentro masturbando a los chicos a dos brazos. Estos ya no se miran entre ellos, sus ojos solo están puestos en mí y ya que se han quedado en pelotas y han sacado a pasear la nutria, deciden que como buenos caballeros, no están dispuesto a envainar la espada hasta que no moje en sangre. Son ahora cuatro manos las que me recorren el cuerpo sin que sepa precisar de quién son los dedos que aferran mis pechos, los que se me cuelan entre las piernas o los que agarran las nalgas separándolas.

En una improvisada cama hecha con cartones, me encuentro de repente revolcándome entre dos cuerpos, con dedos que me penetran, con bocas que buscan la mía, con miembros que se rozan contra mi piel golpeando las carnes y buscando por donde penetrar en mi cuerpo. La urgencia desatada de los hombres que se dan un festín con mis curvas me pone cardíaca. Todo se vuelve un maremágnum de apretones, saliva, fluidos, roces. Los tres perdemos la conciencia de donde estamos y pronto mi ímpetu cede terreno, dejándome hacer, satisfecha al ver que mis ansias por fin son colmadas.

Roberto me monta mientras intento comérsela a Manu. Tarea compleja, con cada embestida la verga se me sale de la boca pero no la suelto. La tengo bien agarrada con la mano. Todo se vuelve borroso a mi alrededor. Lo que me rodea deja de importar mientras mi latido interno aumenta su cadencia y suena como campanadas en una bóveda. Tengo un orgasmo brutal coincidiendo con el de mi empleado.

La libido apenas si se me baja y soy yo la que ahora monta a Manu mientras Roberto se queda boca arriba con los ojos cerrados, relamiéndose todavía por el placer obtenido.

- Aún hay trabajo por hacer - digo mientras galopo sobre el chico, las bragas tiradas a un lado, los pechos botando fuera de la túnica improvisada, mis muslos y glúteos al aire.

Es una cabalgata frenética donde el otro no se puede contener y llega al orgasmo antes, pero yo no me bajo, continuo hasta obtener mi segundo placer. No me importa gritar porque este clímax es más intenso y más largo que el primero. Ya ha desfogado y eso me permite tener un orgasmo más prolongado. Araño el pecho del hombre mientras me contraigo arqueando la espalda y haciendo un hueco en el estómago, con los muslos temblando de placer, mojándolo con un squirt de los que hacía mucho tiempo que no tenía. Sólo cuando estoy muy caliente los tengo. El mundo se detiene. Es como si fuera en un velero en la proa enfrentando las olas y recibiendo el aire de cara. Nada como por fin una buena corrida húmeda para que una se ponga más poética que Pablo Neruda con diez gin tonics encima. Me siento feliz y libre hasta que oigo a un carraspeo y por fin abro los ojos.

Pablo y Eugenio están de pie observándonos. Han llegado atraídos por los gritos y los ruidos de lo que parecía una pelea de gatos en un callejón oscuro de Palencia, durante una noche de verano. El cuadro que se les ofrece con Roberto recostado sobre un lado (que pareciera que está a punto de echar a ronronear), Manu tumbado boca arriba y Juncal cabalgándolo parece salido de la pintura renacentista de una bacanal.

- ¿Qué coño miráis los dos ahí parados como un par de merluzos?

- Pero, pero jefa…

- No es la jefa, es nuestra domina - dice el Manu con los ojos aún fijos en mis pechos.

- Y no somos trabajadores: somos sus esclavos - complementa Roberto rascándose impúdicamente sus partes.

Sin descabalgar del todo, me echo a un lado y consigo agarrar mi látigo casero. Haciéndolo restallar en dirección a los que están de pie exclamo:

- ¡Traed viandas y libación para todos!

Estos se miran sin acabar de situarse en la escena hasta que por fin Eugenio le dice al otro:

- Creo que quiere decir que traigamos algo de comer y más chupitos.

Pablo se encoge de hombros y se dirige a hacer lo que le mandan.

- A mí no me extraña ya nada de lo que veo aquí ¡vaya empresa! - va comentando por lo bajo.

- Y venid desnudos vosotros también ¡Aquí estamos todos de fiesta!

No tarda mucho en volver con la botella en la mano y unas pastas que tenían ahí guardadas no se sabe desde cuándo. Tienen un aspecto cómico, se han quitado los monos y la túnica va ajustada pero claro, ni de lejos les hace el buen cuerpo que a los gemeliers.

El espectáculo que se encuentran los vuelve a dejar pasmados, como dos figuras de cera se congelan a unos pasos de nosotros. Yo me encuentro en plena faena bucal entre las piernas del Manu mientras Roberto me cabalga desde atrás. Los dos se miran un poco cohibidos, como si después de lo que han visto esto les hubiera pillado de sorpresa. Finalmente, Pablo se encoge de hombros y pega un chupetón de la botella que luego le pasa a Eugenio. Los dos se sientan cruzados de piernas en el suelo y disponen las galletas duras sobre un trozo de papel de servilleta que han traído. No es momento de interrumpir, pero preparan unos vasos de chupitos para cuando acabemos. Los observo de reojo con mirada aprobatoria mientras degusto satisfecha el miembro, saboreando ese gustillo entre amargo y salado que los restos de flujo y semen han dejado, a la vez que elevo un poco el culo para recibir bien dentro a mi otro amante, que con golpes de cintura cada vez más fuertes y decididos me hace vibrar por dentro y por fuera. Poco a poco, esa vibración se va transformando gracias al fuego interno en placer, que por oleadas me va invadiendo hasta que al final llega la onda definitiva, el tsunami que me vuelve a llevar por delante mientras grito y jadeo sofocada.

Cierro los ojos y el placer parece aumentar cuando concentro los cinco sentidos en lo que me recorre hasta que al final estalla. Ese pequeño Big Bang, esa explosión de gusto que me hace olvidarme de quien soy, de donde estoy, de todo lo malo y también de todo lo bueno que me ha pasado últimamente, que me lleva a ese lugar donde simplemente me limito a temblar y a sentir los últimos coletazos del orgasmo que me arrancan suspiros entrecortados.

Lo primero que veo al abrir los ojos es la verga chorreando semen de Manu. Se la he apretado tan fuerte y masturbado con tanta ansia mientras me corría que ha llegado también al orgasmo. Noto salpicaduras en la cara, en el cuello y compruebo que tengo un gran chorreón en el brazo y en la mano. Cuando gira la cabeza observo a los otros dos sentados, copa en mano, una galleta en la otra y la boca abierta como si no dieran crédito a lo que ven. Y detrás, de pie, anonadada, con los ojos muy abiertos y con la cara congestionada a la directora, que parece que se haya tragado un erizo. El gesto de enfado parece durarle poco y sus labios se van curvando poco a poco hacia arriba en una transformación que no me hace ni puta gracia. Los ojos le chispean a la muy bruja porque algo se le ha ocurrido y me temo, querida Juncal, que no debe ser nada bueno. Levanta el móvil que lleva en la mano, apunta hacia nosotros y comienza a grabar.

“Hostia puta”, es lo último que pienso antes de cerrar de nuevo los ojos y recoger el último espasmo de placer, previendo que posiblemente sea lo último agradable que sienta en esta empresa.
 
Ha pasado un año y medio. Juncal está de buen humor. Camina airosa, embutida en un traje de Chanel. Un business casual pero muy de marca. Elegante, pero a la vez cómodo para el trabajo, que es una forma de decir que es el traje que se ponen las que no se rompen las uñas en el curro y tienen mucho dinero. El costoso perfume forma aura en torno suya y unos pendientes de oro a juego con una gargantilla salpicada de pequeñas esmeraldas, combina con sus ojos verdes.

Se detiene frente a lo que era su antigua empresa. Parece que poco o nada ha cambiado. Mismo guardia de seguridad, los mismos tubos LED que hacen daño a la vista si miras hacia el techo, plantas de plástico que, como algunas personas apenas requieren mantenimiento (ni siquiera quitarle el polvo porque eso las hace parecer auténticas, aunque sea por lo sucio), el mismo suelo de plaqueta con dos losas desconchadas en un rincón… misma decoración pues, humana y de interiores.

El segurata le da acceso sin problemas, tendiéndole una tarjeta de visitante sin reconocerla. La verdad es que, para estar en el negocio de la seguridad, el tío no es demasiado avispado y se le olvida rápidamente una cara.

- Gracias Julián - dice ella.

Y entonces sí, ahora la reconoce.

- ¿Señora Juncal? ¡Ahí va la hostia, no la había reconocido!

Quizás porque llevo demasiada ropa”, piensa ella maliciosamente. Su vídeo en el almacén corrió como la pólvora por toda la empresa. La muy hija de puta de se encargó de que todo el mundo lo tuviera.

- Lo siento, esto es demasiado y no puedo cubrirte - le contestó Román el gerente.

- Ya lo sé cabrón: tú prefieres cubrir a otra y bien que la cubres… No te preocupes porque me las apañaré - dijo en un último arranque de dignidad, la poca que le quedaba en ese momento. Pensó que había dicho lo primero para adentro (en apenas un susurro) y lo otro para afuera, pero al final resultó que fue al revés. Por la cara que puso Román comprendió rápidamente que era la primera parte la que había dicho en alto, de hecho, todavía le parecía escuchar ese “cabrón”, pronunciado con enfado, reverberando por la sala como el eco de un grito bajo una bóveda.

Román tenía pensado disculparse a pesar de todo, porque al ser un despido procedente no le correspondería indemnización. Que si él lo había intentado, que si no había sido posible, que si el gabinete jurídico, que si se podía interpretar como un despido improcedente… en fin, excusas para intentar quedar bien con ella. Al fin y al cabo, habían follado bastante juntos y ya se sabe que el roce hace algo de cariño. Hasta que el roce se te atraviesa y entonces lo que da es urticaria. Así que la disculpa se fue transformando de “lo siento, no he podido hacer nada” a un “vete a tomar por culo que te lo tienes merecido”. Pero Juncal no esperó a llegar a ese punto, se curó en salud yéndose dando un portazo. ”Anda que te folle un loco y te pague con sansones”, que decía su abuela.

Mientras se dirigía a la oficina del empleo a gestionar el paro (ya que preveía que iba a estar una buena temporada sin encontrar empleo) el vídeo se hacía viral, ya no solo en la agencia, sino que incluso aparecía en las noticias como hecho curioso.

Juncal recorre la oficina que conoce bien. Cruza miradas con algunas caras nuevas y muchas antiguas que se giran al reconocerla. Ella saluda a algunos, solo a unos pocos, mientras camina con garbo y decidida. A aquellos que en su día le caían bien (y no todos le devuelven el saludo). Algunos están tan estupefactos que solo alcanzan a mover los labios sin llegar a emitir ningún sonido. Otros simplemente mueven la cabeza o se quedan con la boca abierta preguntándose qué diablos hace allí.

No necesita que nadie le indique dónde está la sala de juntas. Cuando llega, abre y entra saludando con un “buenos días” seguro, decidido y sonoro que retumba en todo el recinto tanto como sus tacones de aguja. Hay al menos cinco caras conocidas en aquella sala y todas se quedan congeladas mirándola, incluida la de Berta, la directora que achina los ojos como si se negara a creer lo que están señalándole. La cara de Román se tuerce perdiendo su simetría en una mueca que le descuelga la mandíbula.

- Pero… pero ¿qué haces aquí?

- Nada, pues que he decidido haceros una visita. Hace ya más de un año que me fui y desde entonces no había vuelto a ver a mis viejos amigos y compañeros.

- Juncal, es muy mal momento. Precisamente ahora tenemos una reunión del consejo de administración. Si quieres algo dirígete a la secretaria y solicita una cita y ya veremos si podemos atenderte - remata la directora con sus ojos azules echando chispas bajo el pelo rubio recogido en una coleta, cosa que se puede permitir porque la muy cabrona gana mucho al tener un cutis tan joven y terso.

- Oh ¡pero si ya tengo una cita! Habíamos quedado hoy aquí a las doce ¿no es cierto?

Nuevas caras, esta vez de incomprensión, hasta que Román cae en la cuenta. Berta le hace un gesto al otro como diciendo: “no, no es posible”.

- Soy la nueva socia de la empresa. Sí, ya sé que en los papeles pone otra cosa: pone el nombre de mi abogado. Es que no me gusta figurar demasiado y él ha hecho todo en mi lugar a través de un poder notarial. Como sabéis, había un inversor detrás y resulta que ese inversor era yo. Debía venir hoy a presentarme al consejo y que me explicarais personalmente los detalles y estructura de la empresa, pero dado que ya os conozco muy bien a todos, he decidido comparecer y simplemente saludar.

Ahora sí, a Román se le acaba de descolgar la cara como si fuera una puerta vieja.

- No puedes hablar en serio…

- Sí, sí que hablo en serio, ya te lo explicará mejor mi abogado que viene con mi asesor y mi nuevo equipo de gestión. Dado que tenemos más del 50% de la compañía vamos a hacer algunos cambios, pero eso ya os lo contarán ellos ¡Ah, por cierto! recuerdos de Roberto, Paco, Manu... Les he ofrecido volver a entrar en la empresa pero prefieren seguir trabajando para mí, no les apetece volver a veros las caras.

Antes de que nadie pueda reaccionar, suponiendo que alguien pudiera hacerlo, Juncal se levanta y se va en el momento de mayor desconcierto. Quiere quedarse con esa foto y saborearla durante mucho tiempo. Atrás deja a ocho personas preguntándose si por la tarde seguirán en su puesto o no. Realmente solo tiene previsto despedir a la arpía. De Germán sabe que tiene un contrato muy blindado y que lo tendría que indemnizar con una buena cantidad, así que prefiere hacerle la vida imposible a ver si se va solo. Respecto a la otra, ya se ha informado y está dispuesta a pagar un finiquito por los dos años que lleva allí trabajando. Para ella será mayor putada quedarse en la calle sin el sueldazo que estaba ahora cobrando. Donde quiera que vaya duda mucho que le den un puesto como este a menos que se vuelva a follar al gerente. Mira, si es así, que se lo gane.

Camina por el pasillo con las crucetas de los oficinistas a los lados y siente la tentación de bajar al almacén donde transcurrieron sus últimas semanas en la empresa. Decide no hacerlo, sabe que es una zona de acceso restringido y hasta que no pasen unas horas no se habrá corrido la voz de que ella vuelve a mandar allí, de hecho, es la que más manda ahora, de modo que prefiere no forzar la situación.

Nota las miradas que la siguen mientras camina hacia la puerta pero no le importa. Cuando fue despedida se marchó tratando de evitar a la gente, pero ahora le trae al fresco que todos la hayan visto desnuda e incluso teniendo sexo. Porque mira tú por dónde, Dios cierra una puerta pero abre una ventana. El caso es que su vídeo se hizo viral y eso le dio una idea. Si la vida te da limones en vez de pan, haz limonada, o algo así, que vaya coñazo de frasecitas hechas. Cuando se enteró que circulaba por todos los whatsapp de España y que estaba en descargas del emule y en todos los foros no autorizados pensó ¿y por qué no? Se abrió una cuenta de onlyfans y el primer mes ya había ganado 8.000 euros enseñando sus encantos a través de otros vídeos. Es curioso como ella, que se había considerado siempre una mujer normalita, de repente y debido al protagonismo y al morbo del vídeo se había convertido en un objeto sexual para muchos hombres y mujeres. Su aparición en un par de programas de televisión de salseo y debate sirvió para mantenerla más tiempo en el candelero y hacer que aumentara el número de visitas a su canal.

Juncal decidió pensar a lo grande. Aquello era una moda pasajera y pronto pasaría y entonces la gente dejaría de interesarse por ella. De modo que recogiendo las sugerencias de muchos usuarios que querían una reedición de aquel primer vídeo, llegó a un acuerdo con los gemeliers que estaban bastante jodidos también, porque ellos habían sido despedidos junto con Juncal. Y Pablo y Eugenio también, aunque alegaron que no participaban en la orgía, pero verlos allí medio en pelota y con el alcohol en la mano, les supuso un billete de salida del almacén igual que el resto de sus compañeros. Así aprovechaban para matar cinco pájaros de un tiro, que dijo la bruja rubia.

Los chicos al principio estaban un poco cortados, pero pronto aprendieron a olvidarse de la cámara que tenían enfrente y lo que antes había sido solo un show personal de Juncal, se convirtió en una serie de episodios tematizados de ella montándose tríos con los otros dos: sexo en el salvaje Oeste, sexo en el harén, sexo en la oficina y por supuesto sexo en el almacén. Aquello disparó el número de abonados a su canal y además propició otras suculentas ofertas en páginas y productoras especializadas en porno amateur.

Juncal cometerá muchos errores en su vida, pero tonta no es y aprende rápido. Aprovecha su momento de fama y monta su propia productora de vídeos soft y también hard. Una afortunada colaboración con una famosa directora afincada en Barcelona, la coloca en el top ten del porno nacional y lo que es mejor, empieza a hacerse famosa en otros países. Los derechos de autor le generan grandes beneficios y por su productora empiezan a desfilar algunas de las más famosas estrellas del porno, amén de algunas afortunadas incorporaciones en forma de nuevos descubrimientos. Todo esto seguido de merchandising, participación en publicidad, canales exclusivos, shows privados por los que cobra un dineral e incluso el salto a la televisión en un programa de comedia. En apenas unos meses sus ingresos resultan ser millonarios y más aún, cuando un fuerte consorcio europeo decide apostar y le compra su productora.

Su última idea ha sido apostar por el negocio de la restauración abriendo un par de restaurantes de temática erótica, aunque de erótico solo tienen la ambientación y algunas de las sugerencias del menú, el resto es comida de calidad y buena bebida. Su fama hace el resto y ahora son dos de los restaurantes más solicitados de la capital. Tanto que ha recibido una oferta por ellos. Tiene un generoso adelanto a cuenta ya ingresado en el banco y un porcentaje fijado sobre las ganancias de los cinco primeros años. Parece que todo lo que toca se convierte en oro, de modo que ha decidido meterse en el tema de la distribución. Su línea de productos eróticos ha resultado ser un éxito y las ventas aumentan día a día conforme la van conociendo también en el mercado europeo. Así que una empresa de distribución le viene genial y que mejor que aquella en la que trabajó. En este caso puede mezclar negocios y placer porque va a divertirse mucho organizando la compañía y poniéndola al servicio de sus intereses. Ha conseguido hacerse con ella a través de un testaferro, con el cincuenta y cinco por ciento del capital, así que ahora técnicamente es ella la que manda. Y en este caso va a mandar y mucho, no lo va a dejar en manos de expertos o asesores como sus otros negocios.

“Va a ser muy divertido, sí señor”, piensa mientras sale a la calle.
 
Proximo relato en la seccion de infidelidad:

Lola (artista, 28 años): “Me gustaba fantasear con un cantante que me encantaba. En mi historia, yo iba a uno de sus conciertos, él me veía en la cola para entrar, me cogía de la mano, me llevaba hasta dentro, a los camerinos, me invitaba a una copa y dejaba que viera cómo se cambiaba. Se quedaba en slip y se sentaba enfrente de mí. Y ahí estábamos, simplemente mirándonos. Poco a poco observaba cómo se excitaba y tenía una erección. No pasaba nada más, porque aparecía su mánager diciendo que quedaban minutos para salir a escena. Él se iba a cantar y yo me quedaba ahí, muy excitada”.
 
Adela (enfermera, 29 años): “Una de las fantasías que me excita, pero que a su vez me da cierto respeto, es que estoy esperando el autobús y se para un coche con un caballero apuesto que se ofrece para llevarme donde quiera. Acepto, subo al auto y en mitad del camino, me propone sexo. Acabamos haciéndolo en la parte trasera del coche de una forma extraordinariamente delicada”.
 

Adela​



Adela se estira en el sillón con reposapiés. Es cómodo, muy cómodo.

- ¿Puedo preguntarte dónde lo has comprado? quiero uno igual para mi casa.

- Es una marca que venden por internet, no tienen tienda física. Luego te paso el enlace para que veas modelos y precios. Me lo dijo una compañera que lo había cogido para su clínica.

- Pues esto a la hora de la siesta tiene que ser un placer.

- Bueno no te me duermas ahora, a mí me da igual, pero te voy a cobrar lo mismo si te pasas la hora dormitando que en terapia.

- Ay, dormir es también una buena terapia, estoy de turnos hasta el gorro.

- Eso también influye Adela, el cuerpo necesita estabilidad y los que trabajáis además con turnos diarios acabáis con desajustes no solo físicos sino también emocionales. Es más difícil mantenerse estable cuando todo cambia a tu alrededor: horas de comida, horas de sueño, compañeros, actividad... Por cierto ¿cómo estas esta semana? ¿Cómo te ha ido con los compañeros?

Aurora aprovecha sutilmente para redirigir la conversación y entrar en materia.

- Bien. A Ernesto por fin le han dado el traslado así que un problema menos. Estaba últimamente insoportable. En cuanto a mi jefa, hablé con ella del tema de las guardias en festivos y de momento no hay ningún cambio, pero al menos se comprometió a establecer para los próximos meses una rotación. Menos a su enchufado, a la mayoría de la gente le pareció bien mi idea y me apoyaron - comenta con satisfacción.

- Vaya, está muy bien. No me refiero a los turnos, me refiero a que te hayas atrevido a plantear el tema a tu jefa.

- Sí. La verdad es que estoy muy contenta ¿tú crees que es un avance?

- Claro que es un avance: todo lo que implique salir de tu zona de confort, ponerte a prueba y adquirir habilidades sociales es bueno para ti.

Adela se estira en el sofá y pone cara satisfecha. Su psicóloga sabe motivarla y eso la ayuda bastante a superar los pequeños retos que se va poniendo. Despacito y buena letra, no es amiga de cambios grandes y bruscos que producen ansiedad. Aurora ha sabido leerla muy bien y la encamina correctamente. La conoció en la clínica donde ella trabaja, un hospital privado que da servicio de varias especialidades a distintas mutuas. Observó como visitaba a varias pacientes que eran clientes suyos, casi todas mujeres. Le llamó mucho la atención que una psicóloga no recibiera solo en casa, sino que estuviera dispuesta a ir a un hospital para no interrumpir su terapia. No era algo habitual. Enseguida supo que conectarían bien. A Adela le cuesta relacionarse, tiene mucha inseguridad y también dificultad para sociabilizar. Pero es buena a la hora de catalogar personas, tanto por su trabajo, donde tiene pacientes de todo tipo, como simplemente porque se le da bien, es muy observadora.

Las pocas personas a las que puede considerar sus amigas, le habían recomendado en varias ocasiones que acudiera a un psicólogo. Ella sabía resistido, hasta que un par de brotes de ansiedad la pusieron en su sitio y la convencieron de que algo tenía que hacer, así que cuando tomó la decisión no tuvo dudas: le pidió a Aurora su contacto y le preguntó si podía tratarla. No llevan muchas sesiones pero ella considera que le está resultando tremendamente útil. Se desahoga, la hace sentirse bien y además, las pautas que le da se van traduciendo en pequeños avances como el que hoy le ha contado. Hace tan solo un mes era inimaginable para ella hacer a su coordinadora una propuesta que afectara a todo su grupo.

La doctora interrumpe sus pensamientos redirigiendo la conversación de nuevo a lo que le interesa, sabe cómo aprovechar el tiempo.

- Bueno, en el tema laboral vamos bien y en el personal ¿qué tal?

- De momento sin novedades.

- ¿Has pensado en llamar al compañero aquel que me dijiste?

- Uffff, es que me cuesta.

- Sólo es una llamada.

- Sí, pero no sé qué pensará de mí. Además, igual ya ni se acuerda, hace un año que hizo las prácticas y lo más probable es que ya esté saliendo con alguien.

- Adela, estás poniendo excusas y presuponiendo. Justo lo que habíamos dicho que no había que hacer. Lo que te va bien en el trabajo también te va bien para tu vida personal: di lo que piensas, haz propuestas, no te quedes quieta, no tengas miedo, el no ya lo tienes.

- Es que me da mucha vergüenza, nunca le he pedido a un chico que salga conmigo.

- Adela, hay cosas que son normales aunque para ti supongan un mundo. No te pido que llames al chico y le pidas matrimonio, no se trata de eso. No te vayas al extremo. Es sencillamente un chico que te gustó en su día y del que siempre te acuerdas y por lo que dices tú parece que también le gustaste. Simplemente llámalo e interésate por cómo le va. Hace ya un año que terminó las prácticas, pregúntale si está trabajando, interésate por él. Lo demás vendrá solo, ya lo verás, como cuando empiezas a hablar, que poco a poco vas cogiendo confianza y te animas. Si te ves muy cortada siempre puedes dejarlo solo en eso, en una llamada para interesarte por él. Si ves que te encuentras más cómoda y segura pregúntale si quiere tomarse un café contigo, eso no compromete a nada y no te preocupes que si no le gustas, o ya tiene novia, o ve algo raro en todo esto, él mismo te lo dirá.

<< Rebaja los objetivos y rebajarás la tensión. No pienses en este chico como alguien que te va a evaluar desde el primer momento y que te va a poner nota, o como el único chico con el que tienes la oportunidad de salir. Es una oportunidad y si no lo intentas nunca sabrás si puede funcionar o no. Como lo de la propuesta a tu jefa: si no le dices lo que quieres ella no va a adivinarlo y si no haces ninguna propuesta te quedas como estabas ¿qué es lo peor que puede pasar?

- Nada.

- ¿Y si tu jefa hubiera rechazado tu propuesta? ¿Cómo te hubieras sentido?

Ella lo piensa durante un momento y luego contesta animada:

- Me hubiera sentido bien también, aunque solo sea por haberlo intentado y haberme atrevido.

- ¡Ves! Pues en las relaciones personales igual: es el mismo mecanismo. Si te vas acostumbrando a hacerlo poco a poco iras superando tu timidez y también la ansiedad que te crea. Ponte tú por delante y deja de pensar en los demás y en su opinión, eso te ayudará.

Adela asiente. La teoría le parece correcta y fácil, veremos a ver qué tal se le da la práctica. Hablar con la jefa no es lo mismo que hablar con un chico que te gusta por mucho que te diga tu psicóloga. Ella parece leerle el pensamiento y decide ahondar en la cuestión.

- Hablando de ti y de ponerte tu delante, me gustaría que me contaras un poco que experiencias has tenido con chicos...

- No muchas la verdad. Un novio a los diecisiete que solo me duro un año y luego rollos esporádicos. Con el chico que más estuve duré tres meses.

- En estas relaciones ¿quién dio el primer paso?

- Casi siempre eran los chicos los que me pedían a mí salir.

- ¿Casi?

- Bueno, en una ocasión fui yo la que lo propuse pero es que era alguien con quien tenía mucha confianza…

- ¿Y estas relaciones no funcionaron?

- No.

- Porque...

- Por diversas causas, generalmente porque una vez que conocí al chico no me acababa de convencer.

- ¿Te das cuenta que puede ser que muchas de estas relaciones fracasaran porque salías con chicos que tú no habías elegido, sino que ellos te habían elegido a ti?

- Es posible – responde Adela a la defensiva y retraída.

- Deberías empezar a tomar tú la iniciativa y ser tú la que selecciona a los chicos y no al revés. A lo mejor así tendrías más éxito.

- Pero me cuesta. Los hombres que me gustan no suelen fijarse en mí.

- Claro, pero no te preocupes: eso también lo trabajaremos ¿Estuviste enamorada alguna vez?

- Creo que solo del primero pero la cosa no cuajó. Es que yo era muy joven y todavía no tenía muy claro si lo que sentía el amor o no.

- Pero al final ¿lo dejaste o te dejo él?

- Lo dejé yo.

- ¿Por?

- Porque todo se había vuelto muy rutinario. Era como si ya estuviéramos casados, siempre salíamos los mismos días, a las mismas horas, hasta incluso teníamos sexo en la misma postura, y no sé, el chico no me desagradaba e incluso llegué a pensar que estaba enamorada de él, pero con el tiempo ese sentimiento se fue deshaciendo. Al cabo de un año vislumbré lo que podía ser mi vida con él: si de novios todo se había convertido en rutina, me imaginé cuando ya lleváramos diez años casados – Adela hace una pausa y luego concluye - No era eso lo que yo quería.

- Y ¿qué es lo que querías? o mejor dicho ¿qué es lo que quieres?

- No sé, supongo que lo que todas las chicas: yo lo único que quiero es alguien que me quiera.

- Tú no eres todas las chicas ¿Qué es realmente lo que deseas?

- Pues eso un chico a quien yo le guste, que me quiera, que se porte bien conmigo...

La psicóloga quiere evitar que se refugie en generalidades y trata de concretar:

- ¿Hay algún detalle algo… digamos más básico, más primario, que te llame la atención de un chico?

- No sé… quizás que sea guapo, que sea alto, que sea alguien decidido… a ninguna le amarga un dulce.

- Te lo voy a preguntar de otra manera. Supongo que tienes fantasías eróticas…

Adela suelta una risita y se remueve inquieta en el sofá, algo sorprendida por la pregunta.

- Claro - admite por fin, tras ver que Aurora insiste con la mirada.

- Vale ¿piensas en cosas distintas o siempre son fantasías parecidas?

- Hay una que se repite.

Casi al instante Adela se queda cortada pensando que esa respuesta la va a obligar a desnudarse íntimamente.

- ¿Es necesario que te la cuente?

- Aquí no se obliga a nadie, eres libre de contar lo que quieras y lo que no, pero me vendría bien saber lo máximo de ti para poder ayudar.

La muchacha duda. Nunca ha compartido con nadie sus fantasías, ni siquiera con sus dos amigas más cercanas. Al contrario que otras muchachas, ellas son más reservadas y nunca se preguntan por esas cosas. Hablan de chicos, de novios, de aventuras, pero nunca de lo que ellas sueñan. De repente cae en el hecho como si antes no se hubiera dado cuenta. Sus sueños les pertenecen, forman parte de su más estricta intimidad y de alguna manera han considerado inoportuno curiosear en ellos. Sus aventuras y sus noviazgos pueden ser de dominio público entre las amigas pero sus fantasías solo les pertenecen a cada una de ellas. Son algo tan personal e íntimo que nunca se han preguntado por ello. Sus amigas son como Adela, hay otras chicas más frescas a las que no les importa comentar aquello, pero ellas no son así. Quizás por eso siente embarazo ante la cuestión que le plantea su psicóloga, pero por otro lado, con Aurora le agrada compartir aquello que no ha compartido con nadie por pudor. Una cosa es desnudarse de piel para afuera (y eso incluye a aventuras y ex novios) y otra muy distinta de piel para adentro. Ahora se da cuenta que nunca ha sentido un vínculo así con ninguna otra persona. Ha tenido que llegar a ponerse en manos de una profesional para ser capaz de explicarle lo que le pasa por la cabeza cuando piensa en el sexo. Porque se lo va a contar...

Apenas hace esta reflexión se da cuenta que sí, que lo va a hacer, porque ya las palabras salen de su boca y antes que se pueda arrepentir está contándole su sueño más recurrente.

- Hay veces que… para.... bueno para...

- Para excitarte. No pasa nada, puedes decirlo, todas las personas buscan recursos para excitarse.

- Sí claro… bueno, pues hay veces que pienso en escenas de cine que me gustan. Son variadas. en ocasiones me gustan por el actor, otras por la historia, otras simplemente por lo que veo. Pero la fantasía más habitual es otra que no procede del cine. Me ha pasado muchas veces, sobre todo cuando salgo del turno de tarde. Me veo a mí misma en la parada del autobús y es ya de noche. El autobús tarda en venir así que muchas veces me entretengo pensando en mis cosas o fantaseando. En mi ilusión estoy sola en la parada, cosa que casi nunca sucede, pero cuando yo lo imagino es así. Hace fresco y yo me arrebujo en mi abrigo. Estoy un poco nerviosa y aburrida porque el autobús parece tardar más de lo normal. Entonces veo venir un coche. Es un coche grande y elegante, tipo Mercedes o Jaguar. Es de color metalizado, muy bonito, está nuevo y no tiene ni un arañazo. Me llama la atención y me fijo en él intentando ver quién va dentro.

<< Como si la persona que conduce se hubiera dado cuenta y me hubiera visto también a mí, reduce su velocidad hasta que pasa muy lentamente delante mía. Tan lentamente que acaba de deteniéndose, se enciende la luz de marcha atrás y veo que recorre en sentido inverso los cuatro o cinco metros hasta volver a situarse frente a mí. El cristal tintado baja y hay un hombre maduro que me mira.

- ¿Como de maduro? - interrumpe Aurora.

- Bien, diría que unos treinta y ocho o cuarenta años.

Parece que la psicóloga lo considerara un dato relevante ya que hace una anotación en su cuaderno.

- Sigue por favor.

- Es un caballero, lo noto porque a través de la ventanilla me llega el perfume que usa, está muy bien afeitado y lleva un traje elegante. Es guapo. Tan guapo que no puedo apartar la mirada de él.

<< Pienso que por el aspecto y demás, podría tratarse de alguno de los médicos que viene a operar a nuestra clínica o para atender pacientes, pero no me suena haberlo visto nunca. Él me sonríe y me pregunta si deseo que me lleve a algún sitio. Lo hace como si me conociera, con confianza, invitándome a subir al coche con mucho desparpajo y seguridad. Parece convencido de que voy a aceptar.

- ¿Y tú aceptas en el sueño?

- Lo hago casi inconscientemente, no me pregunto por qué, pero casi al instante estoy sentada a su lado, agradeciéndole que me haya recogido.

- ¿Dónde quieres que te lleve? - me pregunta y yo lo contesto que mi casa está lejos, al otro lado de la ciudad, pero a él no parece importarle y dice que me llevará muy gustosamente. Cuando mete las marchas su mano no sé cómo lo hace, pero se las apaña para rozarme el muslo con el brazo cada vez. Yo siento muchas ganas de que me toque, tiemblo sin poder contenerme aunque procuro disimularlo. Ahora puedo oler su perfume, ver sus ojos, comprobar que parece tener un cuerpo de modelo, aquel traje le sienta como un guante. Noto un súbito sofoco, me cuesta mantener la respiración normal, no digamos ya iniciar una conversación. Lo observo a veces por el rabillo del ojo, otras más descaradamente. Él, de cuando en cuando, quita la vista del parabrisas y me mira un segundo a la vez que me sonríe. Así estamos un buen rato mientras atravesamos en la ciudad. Sin decirnos nada y diciéndonoslo todo con la mente.

<<A mitad de camino, cuando pasamos por el estadio, él se detiene en un semáforo que se pone en rojo. Me mira y sonríe otra vez. Mientras yo se la devuelvo, su mano va hasta mi rodilla, la toca levemente sin hacer presión, como si estuviera pidiendo permiso. En mi mente y sin pronunciar ninguna palabra, yo se lo doy y parece entenderme como si nos habláramos directamente de cerebro a cerebro sin pasar por la boca. Entonces, la mano sube por el muslo y lo acaricia hasta llegar a mi pubis. Debajo del vestido yo tiemblo y mi vientre se contrae mientras contengo la respiración. Entonces él me propone tener sexo.

- Podemos aparcar en los aparcamientos del estadio, a estas horas están vacíos, solo van las parejitas que quieren intimidad - me dice.

<<Yo me muerdo el labio y asiento con la cabeza, parezco rígida como una piedra. Son los nervios, pero por dentro es como si fuera un flan de gelatina, todo mi interior se remueve y se hace líquido. Mientras él conduce yo levanto el muslo y me subo un poco el vestido. Intento parecer sexy pero no sé si me sale muy bien, soy algo patosa para estas cosas. Me acuerdo de una escena de una serie que me gustó mucho, en la que una chica lleva una cerveza sujeta entre las piernas mientras su novio conduce. Este da un acelerón y la cerveza se derrama, poniéndole perdida la entrepierna. Ella se quita las bragas y las echa atrás, quedándose desnuda bajo el vestido y mirándolo con picardía. Es un gesto atrevido del que yo no hubiera creído jamás que pudiera ser protagonista. Pero la mirada de lujuria que el hombre me echa me enerva, siento un cosquilleo entre las piernas y mi sexo se moja. Noto perfectamente como el cuerpo se me prepara, como el deseo y las ganas van tendiendo la alfombra sobre la que pisaré apenas aparque en la oscuridad. El leve traqueteo del vehículo cuando arranca, solo eso, ya me provoca una punzada de placer en la entrepierna. Lo hago casi sin pensar, me quito las bragas y las lanzo hacia atrás. El movimiento ha sido demasiado rápido, no se parece en nada a la escena morbosa y sensual de la serie, pero parece surtir efecto, él me mira con una sonrisa aprobadora preñada de deseo. El roce de los muslos y el contacto de mi sexo con la tela dura de la tapicería bastan para provocarme una sensación parecida a la masturbación.

<<Estoy muy nerviosa. Por un lado, siento miedo ¿quién es ese hombre y que se propone hacer conmigo? Al fin y al cabo, por mucho aspecto de caballero que tenga no deja de ser un desconocido y yo he cometido la locura de montarme en su coche en una parada solitaria donde nadie me ha visto subir. Podría ser un loco psicópata ¿Por qué me arriesgo? Mi cuerpo me envía la respuesta en forma de una especie de fiebre que hace subir la temperatura, que hace que mis muslos se mojen, que hace que mi mente deseche todo miedo, o más bien, que acepte como inevitable la sola determinación de que pase lo que pase ya es tarde para evitarlo, todo eso hace que incluso me ponga más cachonda, es la mayor aventura que he tenido en mi vida.

De repente Adela es consciente del nivel de detalle con que está narrando todo. Se detiene avergonzada.

- ¿Qué sucede?

- Creo que estoy dando demasiados datos. Igual no es necesario ser tan explícita...

- Todo lo contrario. Siéntete libre de dar todos los detalles que quieras. Es sólo una fantasía, no te voy a juzgar, solo trato de entender si puede ser de ayuda a la terapia. Todas tenemos fantasías y créeme que la tuya no es ni mucho menos de las más atrevidas que he escuchado. Además, el secreto profesional me impide contar nada de lo que escuche aquí, así que tranquila.

Entonces Adela continúa. A partir de ese momento no se cuestiona nada de lo que está contando ni cómo lo está haciendo. En realidad, le gusta poder compartir por primera vez una fantasía tan íntima con alguien. Se siente liberada, de modo que decide expresarse con todo lujo de detalles.

- Busca un sitio al final del aparcamiento, en la zona más oscura, estaciona pero deja el motor encendido y sube un poco la calefacción.

<< ¡Uf! digo yo al recibir el chorro de aire caliente ¡Qué calor!

- “Es para que no tengas frío cuando te quedes desnuda” me responde haciendo que mi corazón se desboque.

- Temo que sea rudo o incluso violento conmigo, pero él se comporta con una extrema delicadeza. Hecha los asientos hacia atrás, se inclina hacia mí y sus dedos recorren mis muslos bajo el vestido. Pronto los tengo entre mis piernas que él me separa con cuidado. Acaricia mi sexo como si estuviera solo rozándolo, sin brusquedad, concentrándose en sus alrededores antes de pasar el dedo por mi rajita y dibujar con círculos concéntricos mi clítoris. Su boca recorre mi cuello, mi oreja, mi mejilla… finalmente se posa en mis labios y me da besos suaves, no invasivos. Soy yo la que al final de despego los labios y saco la lengua para enredarla con la suya. De igual manera, soy yo la que al final le tomo la mano y dirijo uno de sus dedos a mi vagina para que la explore. Es como un cable que hace saltar una chispa. Él me provoca sin llegar a tocarme del todo. Noto su respiración en mi boca, en mi cuello, en mi oído, mientras su dedo se abre paso en mi interior y me estimula desde dentro. Para entonces yo estoy muy húmeda y él aprovecha esta saturación para frotar su dedo con las paredes de mi vagina hacia el fondo, también hacia los lados y finalmente hacia arriba, curvándolo y estimulándome de tal forma que siento que toda esa parte de mí vulva se hincha de sangre y aumenta su sensibilidad. El masaje es tan intenso (pero a la vez tan cuidadoso y tan dulce) que me pone al borde del orgasmo. Ansío su aliento en mi pecho y él (que parece adivinar todos mis deseos), baja la cara dejando un rastro de saliva con su boca hasta atrapar mis pezones y apretarlos con sus labios. Me muero de gusto, deseo llegar al orgasmo así y lo hago, con una descarga de placer que me deja en shock mientras cierro mis piernas y le aprieto muy fuerte la mano con mis muslos para que no la saque de allí mientras me corro. La doble caricia de su boca en mis tetas y de sus dedos en mi vagina me vuelve loca y me quedo allí convulsionando, dando con mis pies en la guantera, empujando y retorciéndome hasta que quedo inane. Él, caballero y atento, me deja recuperarme mientras me besa dulcemente.

Me quedo casi dormida y pienso que ojalá estuviera en una cama para entrar en sueño abrazada a él y no despertarme hasta muchas horas después. Conforme voy recuperando la conciencia llevo mi mano a su cuello, lo beso, le acaricio el pecho, mis dedos se enredan en su vello. Le quitó la camisa y bajo la mano por su estómago hasta llegar al bulto que se ha formado en sus pantalones. Él se quita toda la ropa y queda desnudo. Con mucha delicadeza me empuja hacia su entrepierna. Mis labios rozan su pene y siento que me estremezco, lo beso mientras acaricio sus testículos, voy repartiendo besos de abajo arriba. Cuando llego a la punta mis labios se separan y la introduzco en mi boca, la chupo como si fuera un caramelo, despacito, deleitándome con ella. Me gusta como sabe y cómo huele. El glande da vueltas en mi boca mientras yo hago un movimiento circular y me dedico a mamar. Poco a poco me la voy introduciendo hasta que me da en la campanilla, aunque apenas tengo la mitad dentro de la boca. Ahora la chupo de forma más intensa, apretando con mis labios y de vez en cuando la saco y lamo la parte a la que no llego, dándole besos, lengüetazos y pequeños bocados hasta que todo su falo está lleno de mi saliva y resbala en mi mano cuando lo masturbo. Me sorprendo haciéndolo muy bien, como en las pelis porno, a la vez que lo masturbo me la meto en la boca. Mi mano baja hasta sus huevos y cuando la saco sube hasta su capullo. De esa forma una y otra vez como él ha hecho conmigo antes, hasta ponerlo al borde del clímax. En ese momento no me importaría que se corriera en mi boca. Ningún hombre lo ha hecho todavía, no se lo permitido a nadie, pero con él sí lo haría. Es más, me apetece hacerlo. Me gustaría que se vaciara, hacerlo retorcerse de placer como él lo ha hecho antes conmigo, sentir como cada músculo de su cuerpo se contrae y se vuelve a expandir, notar sus espasmos y dejarlo rendido, satisfecho y desarticulado del gusto.

Pero por un instante me vuelvo egoísta ¿cuándo tendré otra vez un hombre así solo para mí? ¿Será posible repetir o será un encuentro único e irrepetible? No sé qué es lo que me deparará el destino de manera que decido aprovecharme por si no lo vuelvo a ver, y entonces le niego ese orgasmo explotando mi boca. Me la saco de la boca y me tumbo de nuevo en el asiento abriéndome de piernas, flexionando las rodillas, mostrándome impúdicamente. Me separo los labios con los dedos para que pueda ver mi coñito rosado, húmedo y palpitante, deseando recibirlo. Lo deseo con todas mis fuerzas y (como ocurre a lo largo de toda la fantasía), no necesito decir nada con palabras, él sabe lo que quiero.

Se monta sobre mí. Noto sus brazos a mi lado, fuertes, poderosos, sus pezones duros asomando entre los pelos de su pecho, su vientre sin grasa, con abdominales marcados, su pubis velludo… todo esto me pone caliente y mis suspiros se trocan en jadeos entrecortados cuando él me acaricia con su pene, rozando el clítoris, y luego empuja con cuidado pero con decisión. Se abre paso como hizo antes con su dedo, solo que esta vez lo noto mucho más. El glande se abre paso por mi vagina dilatándola y detrás se va escurriendo dentro su falo, ocupándola entera y provocándome con el roce un inmenso placer. Noto como llega hasta el fondo, como su punta toca el final de mi canal húmedo y dilatado. Luego la saca arrancándome una exclamación de angustia:

- No, no, no, no… le grito ¡Por Dios, no la saques!

<< Tras hacerme sufrir unos segundos la vuelve a meter. Esta vez arremete y la saca solo un poquito para volver a empujar hasta el fondo. Se desliza adentro y fuera sin provocarme ninguna molestia y con mucho placer abro mis muslos, me agarro a su culo y lo empujó hacia mí reclamando más frecuencia y también más contundencia, porque veo acercarse el orgasmo. El hombre me da más fuerte, con golpes más secos de cintura mientras yo me derrito debajo recibiendo. El roce se hace más intenso, noto que su pene presiona sobre todo en la parte alta transmitiendo vibraciones a mi clítoris como antes hizo con su dedo y en pocos segundos, como una ola que te pilla por sorpresa en la playa envolviéndote de espuma, noto que el clímax me golpea. Grito mientras aprieto mis tetas con su pecho. Él no deja de penetrarme mientras me corro, haciendo que cada latigazo de placer se multiplique aún más. Es todo tan intenso que casi estoy a punto de perder el conocimiento y al final, cuando ya me he corrido y él se mueve dentro de mí con cuidado, prolongando el placer, noto que eyacula. Llena de semen cada recoveco de mi vagina. Yo ya he alcanzado el orgasmo pero un inmenso placer me invade. Sé que en ese momento es mío, que me pertenece porque le estoy dando tanto gusto que, por primera vez en todo el tiempo, él pierde también el control. Nos quedamos los dos abrazados y exhaustos mientras él me la deja metida un largo rato.

Adela lanza un suspiro, se lleva la mano al pecho y sonríe.

- Ufff…La verdad es que es una fantasía muy potente, solo contártela ya me hace ponerme nerviosa y en tensión - exclama como disculpándose.

- Es una buena fantasía ¿Como acaba?

- Bueno a partir de ahí ya hay variantes. Unas veces él me confiesa que está casado y yo le digo que no me importa y me convierto en su amante, nos vemos con frecuencia y en mis sueños recreo los nuevos encuentros. Otras veces me dice que es soltero o viudo e iniciamos una relación a pesar de la diferencia de edad. En otras ocasiones me acompaña a mi apartamento, yo le pido que suba y pasamos la noche juntos, o llegamos a casa y me lo hace en el portal, en una zona oscura donde están los trasteros. En fin, eso ya depende.

- Bien ¿qué crees tú que puede significar esta fantasía?

- Bueno no lo sé, tú eres la psicóloga, debería preguntarte yo.

- ¿Crees que se repite por algo?

- No lo sé, solo sé que me resulta muy excitante.

- Bueno, a lo mejor es tan simple como eso: has encontrado una fantasía que refleja una situación que te pone. Esto es igual que cuando en el sexo encuentras una práctica o una postura que te gusta. Si hay algo que te resulta placentero, cómodo y fácil tiendes a repetirlo. Pues con las fantasías pasa igual, no tiene por qué significar nada, simplemente has encontrado algo que te pone y lo utilizas.

- Entonces ¿está bien?

- Sí, está bien, es una fantasía muy buena - ríe Aurora.

- Solo un par de cosas, aunque seguramente no hace falta que te las diga porque tú ya lo sabes: Las fantasías tienden a ser perfectas porque, ya que las construimos nosotros mismos, tratamos de aprovecharlas al máximo posible. Nadie sueña ni fantasea con que la recoge un caballero en el coche y luego la maltrata. En tu fantasía todo sale bien, en la realidad no te aconsejo subirte al coche de un desconocido, es algo muy arriesgado.

- Claro, claro, no se me ocurriría...

- Continuando con lo de que las fantasías son perfectas, en este caso el hombre se ha comportado tal y como tú querías y deseabas sin necesidad de que le dijeras nada ni lo guiaras, pero ya sabes que en la vida real las cosas no pasan así. Con el sexo es igual que con el trabajo ¿qué has hecho esta semana?

- He hecho una propuesta y le he pedido a mi jefa que haga cambios en los turnos.

- Has tomado la iniciativa y le has dicho exactamente qué es lo que quieres o necesitas. Pues con el sexo y con los hombres es igual. Puede ser que encuentres un chico que te guste y que te vaya bien, pero tienes que decirle que es lo que te gusta, que es lo que esperas de él, como quieres ser tratada, no esperar a que lo adivine porque si por lo que sea no lo hace, luego te frustrarás. No tengas miedo de pedir aquello que deseas, de mostrarte cómo eres, ni de decir que quieres que sea exactamente lo que pase. Los hombres lo hacen todo el tiempo, es más, la mayoría de veces ni siquiera piden permiso para hacer lo que les gusta.

- Sí, es cierto, yo no tengo mucha experiencia pero puedo confirmar que los chicos se comportan bastante egoístamente a veces.

- Yo no te animo a que seas egoísta pero sí a que reclames tu trozo de tarta, que no se la coman entera solos.

Adela sonríe. La sesión ha terminado y un día más sale satisfecha y contenta. Le sirven de mucho estas charlas con su psicóloga. Aunque parezcan solo charlas está aprendiendo, es como si fuera una reunión de amigas en las que se refieren sus intimidades, en las que cotillean y en las que se cuentan la vida, pero Aurora siempre se las arregla para que ella salga de allí más distendida, para que se desahogue y también para que se lleve alguna clave que pueda aplicar a su vida diaria. Lo dicho: ha acertado con su psicóloga.

Decide no coger el autobús e irse a casa andando. Pasa por la parada y sonríe al recordar su fantasía. Hay algo en lo que no ha sido del todo sincera. Ha estado a punto de decírselo a Aurora, pero se ha sorprendido a sí misma mintiendo cuando le ha dicho que no sabía de dónde viene la fantasía exactamente. En realidad, sí que lo sabe.
 
Hace muchos años que tiene ese sueño, desde que era muy joven e iba al instituto. Tenía pocas amigas, a ella siempre le ha costado mucho relacionarse, cosas de su timidez bien adobada en aquella época por altas dosis de inseguridad. Se estaba mejor en la seguridad de su burbuja. “Ahí fuera hace tanto miedo, prefieres ser prisionero” que decían los Mamá en su canción “Escóndete”. Una de ellas era Marta, una chica con la que compartía clases de inglés dos veces a la semana por las tardes. Dos años sentándose juntas en la academia daban para romper su cascarón y entablar conversación con la chica de al lado. Fue una labor de pico y zapa, entablando contacto visual, entrenándose para dar el salto a la amistad con pequeñas sintonías que se iban estableciendo entre ambas, estableciendo un lenguaje invisible que las hacía entenderse incluso antes de haber intercambiado muchas palabras o tomándose alguna que otra confianza. Pequeñas complicidades de alumnas aburridas que continuaron en la calle mientras esperaban a que sus padres vinieran a recogerlas. A Adela siempre su madre, a Marta siempre su padre. A veces las dejaban un rato de charla aunque siempre venían con prisa, porque las clases acababan tarde (a las 8 de la noche), pero entendían que las chicas debían desahogar la tensión de un día repleto de actividades intra y extraescolares. También (todo hay que decirlo) porque a la madre de Adela le gustaba el padre de Marta. Un tipo alto, impecablemente vestido y aseado, siempre muy bien afeitado y que olía bien incluso al final de su jornada laboral. Era comercial, aunque por su porte y aspecto igual pudiera parecer un abogado de éxito o el gerente de una multinacional.

A Adela le daba coraje ver la cara de boba que ponía su madre y como el dejar a las chicas esparcirse un rato, pronto dejó de ser un motivo para pasar a ser una excusa con tal de que ella también pudiera estar un rato al lado de ese hombre. La veía poner una cara distinta, muy distinta, a cuando hablaba con su padre. Observaba como le brillaban los ojos e incluso una vez la sorprendió relamiéndose, como hacia ella misma cuando estaba ante su postre favorito, la tarta de tres chocolates. No podía creer ver a su madre relamiéndose al verlo venir por la acera, alto, elegante, correcto en sus formas.

Su amiga Marta también se daba cuenta y le parecía divertido. A ella no, maldita la gracia que le hacía porque a Adela también le gustaba aquel hombre. Hasta entonces nunca se había fijado en un hombre mucho mayor que ella, no con ojos de interés. Pero la atención de su madre la hizo fijar su mirada en el padre de su amiga. Porque era el padre de su amiga, tenía un nombre pero ella nunca lo enunciaba, siempre era el padre de Marta, en las conversaciones que tenía con su madre o en las que tenía con su propia amiga jamás pronunciaba su nombre. Y se dio cuenta tan jovencita de que sí, de que aquel hombre tenía algo especial. O a lo mejor simplemente era que ella creía que debía tener algo especial para captar la atención de una mujer casada. No supo muy bien cuál fue el procedimiento, cuál fue el complicado experimento químico que condujo a que ella se sintiera finalmente también atraída por el hombre, a que empezara a competir con su madre. Ya no le enfadaba que ella fantaseara con él solo porque era su madre y estaba casada con su padre, sino que le molestaba porque competía con ella. Una competencia desigual porque Adela no podía llamar su atención, ni situarse junto a él y hablar de sus cosas de mayores, ni exhibirse como una señora madura que pudiera estar a su altura, física e intelectualmente. Ella era solo la amiga de su hija. Una cría ¿Que hubiera dicho su madre si hubiera podido adivinar lo que le pasaba por la cabeza y lo que sentía? La hija tímida y retraída intentando competir con ella por la atención de un hombre ¿se habría reído su propia madre? no lo sabe, pero en aquel momento Adela sentía esa risa como si fuera real.

Marta y ella no coincidían fuera de clase, tenían actividades distintas y vidas separadas, eran solo amigas de pupitre. A ella le hubiera gustado verse algún fin de semana que su amiga viniera a su casa a merendar o a pasar una noche y así, tal vez también ella hubiera tenido oportunidad de ir a la suya. Ver aquel hombre en su vida cotidiana, quizás en pijama, en el salón sentado a la mesa cenando o en el sofá viendo el fútbol mientras ella cuchicheaba con Marta. Le hubiera gustado asomarse a su vida. Quizás entonces se habría desenamorado de él, lo habría visto como otro padre más normal y corriente y no como aquel mito viviente que hacía su aparición, impoluto e impecable, a la hora de la salida del inglés.

Con esa edad ella ya se masturbaba con frecuencia. Al principio era solo darse su propio placer, descubrir como satisfacerse, aprender a usar sus dedos, a conocerse a sí misma, averiguar cómo tenía que tocarse para llegar al orgasmo, solo se concentraba en eso. Una vez aprendida la técnica y sabiendo que por su carácter no lo tenía fácil para conquistar a chicos y le esperaba una larga temporada de masturbaciones y de fantasías privadas, empezó a introducir a chavales en la ecuación. Aquellos por los que se sentía atraída cuando los había y, cuando no había ninguno, se lo inventaba, cogía a los chicos que menos la desagradaban y los reinventaba en su mente, haciéndolos parecer menos gilipollas de lo que realmente eran, dándose ella misma más importancia de la que tenía, sintiéndose protagonista, moldeando la fantasía de forma que todo era perfecto. En aquel momento dio un nuevo paso. Por primera vez tuvo pensamientos eróticos con un hombre mucho mayor que ella. Por primera vez alcanzó el orgasmo imaginando que era el padre de Marta el que se lo provocaba. Eran unas fantasías intensas, muy reales, con un detalle como nunca antes las había construido con los chicos de su entorno. Los amores de juventud inocentes y las historias de príncipes azules, dejaron paso a otras fantasías y más oscuras más ciertas y por lo tanto más excitantes. Por primera vez el morbo asomaba a su mente. Era terriblemente inapropiado, pero también maravillosamente inapropiado que ella se hiciera con el premio y se lo arrebatara a su madre. No sabía hasta qué punto lo de su madre era simplemente juego y tonteo o realmente hubiera estado dispuesta a cometer una infidelidad con aquel hombre, pero ella no lo hubiese dudado. Aquello que le pareció una travesura o una idea divertida, poco a poco se fue convirtiendo casi en una obsesión monotemática. Por supuesto, nunca fue capaz de dar un paso en esa dirección. Jamás se hubiera tenido atrevido a insinuarse. La falta de confianza en sí misma y su inseguridad crónica no se lo hubieran permitido. Y mucho menos se atrevió a confesárselo a su amiga. Bajo la coartada de reírse de su propia madre le arrancaba informaciones de su padre: qué le gustaba, qué le interesaba, si se llevaba bien con su mujer, sí la cercanía y la amabilidad con que trataba a su madre escondía alguna intención...Nada pusieron concretar, todo permanecía siempre en el terreno de la especulación, hasta que por fin se acabaron las clases y las chicas dejaron de verse y aquellas noches en que las recogían dejaron de ser un momento esperado en su vida.

Hacía apenas un par de meses que el curso había terminado y ella estaba en un campamento de voleibol de verano. Cuando eres joven va todo muy deprisa y cuatro semanas le habían dado ya casi para olvidar al Padre de Marta. No olvidarlo, esa no sería la palabra exacta, porque las chicas nunca olvidan a quien les gusta o les ha gustado, pero sí para descoserlo de su día a día y de su mente. Hasta aquella tarde en la parada del autobús.

Ella volvía del campamento de voleibol, su madre no podía recogerla así que esperaba en la parada. Sola. Le costaba muchísimo socializar y más aún cuando sabía que su madre la apuntaba a todo lo que fueran juegos de equipos con tal de que hiciera amigas y se relacionara, a ver si de una vez superaba su timidez. Había tardado dos años en hacerse amiga de Marta y aun así no eran del todo íntimas, era una amistad constreñida solo al ámbito de las extraescolares de inglés. Así que no fue extraño que cuatro días después de acudir al campamento siguiera yendo y viniendo sola, sin acabar de integrarse en el grupito que habían formado algunas de las jugadoras y que prolongaban las clases con quedadas en el parque, a tomar unos refrescos y chucherías y a relacionarse con los chicos que acudían al reclamo de las chavalas deportistas, con pantalón corto ceñido y camiseta sudada. A ella rápidamente la habían catalogado en el grupo de las raritas. Las chicas siempre tan agudas a la hora de detectar miedos o inseguridades. Los chicos siempre les resultaban más directos, más bestias, pero también más nobles. Las chicas eran más retorcidas, más penetrantes en sus desprecios, más refinadas en las torturas a las que sometían a las que no encajaban. Y ella era de las que no encajaba, así que como tampoco tenía el valor de acercarse al grupo y pedir que la admitieran como una igual (que tontería pensar que podía ser igual que ellas), simplemente se dirigía hacia la parada del autobús a para volverse a su casa.

Y entonces sucedió. Ese coche que tan bien conocía se detuvo en la parada. Supo al instante que era el suyo, no uno parecido ni el mismo modelo, supo que en esa berlina estaba él, que ese era el coche del padre de su amiga. Se le aceleró el latido del corazón cuando bajó la ventanilla y con una sonrisa la saludó.

- Hola Adela ¿qué haces por aquí?

Ella se quedó cortada. Las palabras se le detenían en la garganta sin llegar a salir, igual que se había detenido el tiempo. Era una sorpresa totalmente inesperada, la última persona a la que esperaba encontrar y el último sitio donde esperaba que eso sucediera. Intentó decirle que estaba en un campamento de voleibol pero solo la última palabra salió de su boca.

Él asintió divertido.

- Sube que te llevo.

Adela no se lo pensó ni un instante, recogió rápido sus cosas como si aquello fuera una aparición que pudiera desvanecerse en cuanto parpadeara y antes de darse cuenta ya estaba sentada a su lado.

El padre de Marta le echó un par de vistazos que hicieron que se ruborizara. El pantalón muy corto y ceñido marcándole sus nalgas y su pubis como si fuera un bañador mojado; la camiseta de manga sisa que dejaba ver por los laterales su sujetador; los pechos bien arriba, no ya como una niña, sino firmes y sujetos para que no se le movieran con el ejercicio; la ropa húmeda con la transpiración y oliendo a sudado. Fue algo extraño porque le hubiera gustado presentar un aspecto más cuidado, más correcto, más adecuado para impresionarlo o llamar su atención y sin embargo en ese momento se sintió sexy. Intuyó que la mirada que le había lanzado era aprobatoria, que precisamente porque no iba arreglada no parecía una cría o una jovencita, sino que por primera vez parecía una mujer con sus redondeces, con sus olores, mostrando su fuerza, diciendo de lo que era capaz su cuerpo. Es como si él lo hubiera podido entender, como si la mirada esta vez fuera diferente, la mirada que no se le echa a la amiga de tu hija sino a una muchacha joven que ya ha despertado a los placeres del sexo, a una chica que ya la percibes como mujer, donde ya no ves a la jovencita adolescente sino a la mujer en que un día se va a convertir.

- Ojalá me mire y con su mirada me diga que eso ya ha pasado, que ya me he convertido en una mujer a sus ojos – anheló.

Él lo hizo por segunda vez, solo un instante, mientras paraban en un semáforo y le hablaba educadamente preguntando cómo le iba y también por su madre, pero sus labios decían una cosa y sus ojos otra. No pudo evitar sentir un cosquilleo la boca del estómago, notar que los pezones se le erizaban y que la entrepierna le palpitaba.

Adela, que todavía no había tenido ningún novio, que había descubierto el sexo pero todavía nadie la había tocado, que no salía con chicos pero que fantaseaba con robarle el amante a su madre. Adela sintiéndose por fin mujer adulta con todas sus contradicciones, con todo lo malo, con toda la capacidad para ser egoísta, con toda la impiedad y la rivalidad pero también con todo el morbo y el placer que eso significa, asomándose al abismo con la mirada de la vida adulta. Y él que seguía preguntándole y hablándole con esa voz segura, recia, adulta, pero a la vez suave, que se colaba por cada poro de su cuerpo.

Respondía con monosílabos intentando sonreír, intentando hilvanar algo más que un sí o un no o un estamos bien, intentando ponerse a su altura y tener una conversación que fuera algo más interesante, pero estaba como adormecida, hipnotizada, como en una nube aprovechando para montarse su propia fantasía incluso con él delante, cultivando los silencios, preguntándose si aquello había sido casual o si había ido a buscarla, si de alguna manera podía saber que ella cogía el autobús allí todos los días y se había hecho el encontradizo solo para subirla en su coche, solo para admirar su juventud, solo para fijarse en sus formas. La sola idea de que eso fuera así la turbó y la hizo ponerse colorada. Bajó un poco la ventanilla para sentir el fresco alegando que era por el ejercicio, tratando de disimular. Él se ofreció a poner el aire acondicionado.

- No, no hace falta - ya bastante era la situación como para ponerle la piel de gallina. Quizá el hombre buscara ese efecto. Quizás todo estuviera pensado y medido para ponerla a ella en ese estado, para llevarla a un sitio apartado y para con toda su experiencia y conocimiento, iniciarla en el mundo del sexo. Adela no sabe dónde acaban sus fantasías y todo empieza a ser real, solo tiene clara una cosa: las miradas que le ha hecho el padre de Marta decían algo. De eso no tiene duda, todo lo demás son arenas movedizas. Pero esas miradas, esas miradas solo la miraban a ella y la miraban como mujer, ahí no había casualidad ni un encuentro inesperado, pudo notar como esos ojos se recreaban fugazmente y se sintió muy satisfecha y también excitada por ello.

Todo acabó en la puerta de su casa, con Adela de pie, rígida ante la ventanilla tras bajarse del coche, parapetándose detrás de un “gracias por traerme” que se quedó solo en “gracias” porque no fue ni siquiera capaz de acabar la frase. Y recibiendo fuego desde el otro lado del cristal, con unos ojos que la volvían a mirar como mujer y unos labios que le sonreían mientras se despedían y le daban recuerdos para su madre. Ella esperó que se fuera, prolongando el momento, quedándose allí de pie que era la única forma que tenía de decirle que deseaba que aquello se volviera a repetir. Todos y cada uno de los días que fue a voleibol esperó ansiosa en la parada por si él volvía a recogerla, incluso dejando pasar su autobús. Días en los que tenía fantasías, en los que imaginaba cada vez una forma distinta de encuentro que siempre empezaba por lo mismo, con él deteniéndose allí e invitándola a subir, pero que tenían distintos finales. Unas veces la llevaba en el coche fuera de la ciudad, al monte y allí tenían su primer encuentro sexual, con él comportándose de forma delicada y amorosa. Otras veces la llevaba a un hotel o terminaban en un apartamento. Otras incluso a la misma casa de su amiga que por arte de magia se encontraba vacía en ese momento. Incluso en alguna ocasión en la suya propia, donde Adela conseguía meterlo en su habitación sin que su madre se enterara y allí hacían el amor entre jadeos apagados, con él tapándole la boca para que no gritara. Sí, aquella fantasía repetitiva tiene un origen y unos motivos, y quizá debiera aprovechar que tiene a su psicóloga para contárselo bien a fondo y buscar entre las dos qué significado puede tener aquello. Ella nunca lo ha revelado a nadie y siempre le ha parecido una simple fantasía de chica joven, la verdad es que nunca le dio demasiada importancia, solo era algo que la satisfacía. Es lo mismo que la fantasía recurrente que ahora le viene la cabeza, quizás solo sea eso, como han comentado en la sesión. Una herramienta para ejercitarse, para divertirse, para alcanzar el placer. Ha dado con la que le funciona y por eso la repite, pero también es cierto que quizá haya algo más profundo ¿por qué si no repite siempre la misma? Sí, quizás deba aprovechar y hablarlo con Aurora, aunque eso no va a ser hoy. Todavía tiene camino que andar antes de atreverse a tanto.

--------------------------------- FIN ------------------------------
 
Próximo relato en la sección de infidelidad:

14. Vicky (administrativa, 21 años): “Me excita imaginar que entro al despacho de mi jefe, aterrorizada porque me ha llamado y creo que los informes que le he pasado están mal o no son de su gusto. Entonces, una vez ahí, él cierra la puerta, me dice que me ponga cómoda, me mira con calma y me sonríe. Se acerca, me acaricia y, sin preguntar, comienza a desabrocharse el cinturón lentamente. Estoy tan excitada y él es tan delicado en sus movimientos y en la forma de proponérmelo, que yo continúo… Lo malo es que cada vez que me llama de verdad, en la realidad, entro a su despacho temblando y debe de pensar que soy una tipa muy rara”.
 
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