Fantasías sexuales de las españolas 2º parte

La imagen de los hombres copulando en la ducha no se le va de la cabeza. Se conoce y sabe que ya no lo hará nunca. Le ha tocado la fibra, como cuando tu novio acierta y por fin encuentra el clítoris y además da con la forma de adecuada de acariciar. Esas imágenes se van a convertir en una fuerte inagotable de masturbaciones. Recordadas con detalle, reinventadas, combinadas con elementos nuevos que ya irá introduciendo, le van a conseguir multitud de orgasmos. Sonia excitada, Sonia empoderada, se mira al espejo y se gusta por primera vez en mucho tiempo. La imagen que refleja es de una chica hermosa y guapa. Se cuelga un diminuto bolso del hombro, lo justo para llevar las llaves, el móvil y algo de dinero además de la documentación. Sale a la calle. Aún es temprano para cenar aunque tiene hambre, así que decide caminar hacia un bar que le gusta. Allí se sienta en la terraza y se toma una cerveza. Por primera vez en mucho tiempo se siente observada por algunos de los hombres que hay alrededor y le gusta la sensación. Prefiere que mantengan la distancia, no ha salido a buscar un chico, esa noche es para ella. Para sentirse a gusto y bien consigo misma, para hacer planes de futuro, para despegar de nuevo, para replantearse todo. Cuando acaba la cerveza ya ha decidido que va a volver a solicitar el traslado, si no es a Málaga será a Cádiz, a Valencia, a cualquier sitio que tenga mar.

Y ya ha decidido también que, aunque duela, Héctor ha pasado definitivamente a la historia. Su novio ya no cuenta. Desgrana los recuerdos como su madre separaba las lentejas buenas de las malas y se quedaba solo con aquellas que servían para hacer el guiso. Sonia también se quedará con lo bueno de esto, con los recuerdos que la hacen sentirse bien, con los que la ponen cachonda y eliminará los demás. Al menos de su memoria inmediata. Si vienen a su mente no será porque ella los invoque. Y este fin de semana le dirá que sí a sus amigas y volverá a salir con ellas.

Se levanta, a lo tonto ha pasado una hora y algo más. Vuelve caminando hacia su casa pero no le apetece cenar allí, de modo que decide darse un último capricho ese día que está resultando tan prometedor. Hay una pequeña pizzería al lado de su vivienda, unas mesas en una pequeña placita con un jardín. Decide sentarse en una. Corre un poquito de aire y el frescor del césped y los árboles cercanos dan una sensación agradable. Un jazmín perfuma la noche de verano. Le indican una mesita pequeña para ella sola. Pide vino, una botella entera. Si le sobra ya se lo llevará y la terminará en casa, mañana es sábado y no hay que madrugar.

Ya se imagina entre sábanas usando de nuevo el consolador y el satisfyer a la vez ¿cómo no se le había ocurrido antes? si será boba. Y luego el sueño profundo de los borrachos que la hará levantarse con un ligero mareo, pero no le importa. Se sirve la primera copa en espera que le traigan la comida. Por primera vez sale de sus pensamientos y pasea la mirada deseando descubrir el mundo que la rodea, del que ha estado tantas semanas apartada. De repente, los ojos se le abren como platos y un estremecimiento la recorre: tres mesas más allá están sentados el vecino y su pareja.

Charlan animadamente, ajenos a todo, manteniendo las distancias en principio, sin cruzarse gestos de cariño. Los observa un buen rato y parecen dos hombres totalmente heterosexuales. Pero ella no puede evitar verlo desde otra óptica, desde el conocimiento que da el haber visto, el haber sido testigo. Vuelve a contemplar esas bocas besándose, dando besos que son casi bocados, esos muslos musculosos tensándose, los movimientos sensuales pero a la vez enérgicos, los miembros duros y enhiestos. El roce que se vuelve rudo entre los cuerpos, el agua humedeciendo, el jabón corriendo por la piel, salpicándola de espumarajos blancos como si fuera la corrida de un dios con un sexo descomunal. El apareamiento que se vuelve animal, intenso, descarnado, el desahogo final. Los cuerpos en tensión aún abrazados y luego el contraste de la delicadeza con la que se vuelven enjabonar, con la que se asean el uno al otro, con la que se quitan la espuma.

Sonia de nuevo en el mundo, Sonia en Sonia decidida y aventurera, obedece al impulso de levantarse, tomar la botella de vino y la copa y dirigirse a la mesa que ocupan. Las piernas le tiemblan. Mientras camina se pregunta qué diablos está haciendo, siendo ella la primera sorprendida, pero para su asombro no tiene miedo, ni vergüenza, está decidida.

- Hola. Disculpad, me llamo Sonia y no me gusta cenar sola ¿os importa que me siente con vosotros?

Los hombres se miran entre sorprendidos y divertidos: no esperaban algo así.

- Veréis, no soy ninguna loca, soy vecina. Vivo en el siguiente portal al vuestro. No quiero incomodar, simplemente es que me apetecía cenar en compañía y os he reconocido. Si molesto me voy.

Ellos se vuelven a mirar y finalmente su vecino asiente y la invita con un gesto a sentarse.

- Yo me llamo Mario. Él es Benjamín.

Sonia levanta la botella cuando pasa el camarero y pide dos copas más.

- Es mucho vino para mí sola ¿me dejáis que os invite?

Ellos sonríen y una Sonia que ya no puede poner freno a su lengua comienza a hablarles. De todo, de ella, de su trabajo, del momento que está pasando tras su ruptura con Héctor, como si los conociera de toda la vida. Son amables, la escuchan, hacen alguna broma, la animan. Comen con apetito. Los tres piden otra botella.

Sonia frena un poco su incontinencia, su necesidad de hablar y les pregunta, se interesa por ellos y sus profesiones, ríe con ganas cuanto hacen algún chiste. A los postres y tras el segundo chupito de Limonchello se lamenta de que está sola, pero afirma que eso pronto se arreglará. Ellos le dicen que están convencidos, es una chica muy guapa y muy hermosa, pero que ahí no pueden ayudarla, comentan con una leve risa.

- Con nosotros te equivocas - murmura Mario intercambiando una mirada con Benjamín.

Ella sonríe. Sonia alegre, Sonia satisfecha.

- No, no me equivoco - contesta mientras pide la cuenta.


----------------------------------------------------------------------- FIN -------------------------------------------------------------------------
 
Próximo relato María, en la sección de infidelidad....

8. María (reponedora de gasolinera, 24 años): “Un intercambio de parejas con mi mejor amiga y su novio es una de esas visiones que de vez en cuando se apodera de mi imaginación. La verdad es que tanto su chico como el mío son estupendos, y creo que estaríamos a gusto. Pero, por ahora, prefiero que siga siendo una fantasía, por si las moscas.”
 

Juncal​



¡Joder! ¡Vaya panda! - piensa Juncal - ¿En qué momento se torció mi vida para acabar en un sótano con estos cuatro imbéciles?

Es una pregunta retórica claro, porque yo sé muy bien cuál fue el instante en que todo se fue a tomar viento, lo recuerdo perfectamente. Pero para eso tengo que presentaros a Berta, joven becaria de ojos azules, rubia natural y 1,75 m de alto. Formas de modelo y carácter de bruja, convenientemente escondido tras una máscara de niña buena con apariencia de no haber roto un plato en su vida.

Hasta que llegó la niñata, yo era una ejecutiva de éxito adjunta a la gerencia de cuentas de mi empresa. Disciplinada, peleona, innovadora… todos me reconocían atributos de líder y especialmente Román que era el director del departamento. Bueno era algo más que mi director, para que nos vamos a engañar, si vamos a contar la historia vamos a contarla bien. Porque Román y yo éramos amantes. Que sí, que las malas lenguas dirán lo que quieran, pero que si además de valer te dan un achuchoncito pues mejor y Román estaba dispuesto a darme más de un achuchón, de hecho, en la cama me dio todos los que hicieron falta. Y en el trabajo también, que para eso yo lo valía. Que a las tontas les ponen un piso o les regalan joyas pero a mí, la relación con el director me iba a abrir la puerta de la gerencia de cuentas.

Hasta que aterrizó la puta arpía rubia. Recién salida de una beca y contratada por el departamento, tardó lo justo en hacerse con la situación. En apenas un par de meses Román bebía los vientos por ella (y seguro que algo más) y como la niña no quería rivales ni obstáculos, se ocupó de que me ascendieran a gerente...de logística.

¡La muy puta!

Por apenas 100 € más al mes, al sótano a pelearse con estos cuatro. Y la forma de quitarme de en medio fue la más sucia posible: chivándose a la mujer del director de nuestra aventura ¡Será malaputa! Trepa asquerosa, desgraciada ¿cómo se le ocurre quitarme el marido que yo ya le había quitado a otra? Ninguna mujer decente haría eso. Todavía recuerdo cuando me llamó el director a su despacho junto al resto del equipo para notificarnos las siguientes remodelaciones y como en el preciso instante en que la furcia rubia me echó una mirada alegre, supe que algo iba mal. Sí, ese fue el instante en que todo se fue al carajo.

- Te vamos a ascender.

Esa fue la parte buena, pero a partir de ahí todo fueron malas noticias. Ya lo dice el refrán: donde tengas la olla no metas la polla (en mi caso y adaptado, no metas la almeja donde haya paella).

Y no fue ni mucho menos el único cambio que la niñata alentó. Entre sus ocurrencias, tan extravagantes como inútiles para mejorar la producción, estaba el importar costumbres americanas que había copiado de Dios sabe que libros o vídeos de YouTube con el hashtag “motivación”. Formas de inspirarnos para ser mejores en el trabajo, decía la muy zorra, sabiendo que el director le bailaba el agua aunque solo fuera para no quedar como un gilipollas por haberla ascendido. Pues eso, para que él pudiera seguir metiéndola en caliente, todos a hacer el tonto el haba y a fingir que se motivaban con las ideas más absurdas que se le ocurrían a la niña.

¡Yo que lo había dado todo por este trabajo! mi esfuerzo, mi tiempo libre, había sacrificado a mis amigos… bueno, eso suponiendo que tuviera amigos, que para qué vamos a engañarnos, nunca he sido muy sociable. Lo cual me llevó a ahogar el disgusto en alcohol y animada por las copas, a salir por ahí, a ver si encontraba a alguien que me metiera en su cama y me diera un buen revolcón de forma que se me pasara todo el cabreo, que me hiciera un buen reseteo… pero se ve que, o doy mucha pena, o es que soy muy torpe ligando, porque al final lo único que conseguía era acabar viendo amanecer sentada en mi cocina con una resaca de mil demonios, mientras me comía las galletas de mi gato.

Ahora lo entendéis ¿verdad? Ahora comprendéis un poco mejor el cuadro de la jefa de logística vestida de romana, haciendo la reunión para evaluar cómo ha ido el día en el sótano, donde por otro lado nunca pasa nada. Hasta el más imbécil sabría cómo colocar los materiales y como encontrarlos, apenas hay variedad en los suministros. Bueno rectifico, porque imbécil es una categoría que le queda grande a algunos de los que tengo bajo mi mando. Los cuatro que ahora me miran con la túnica puesta encima del mono. No sé por qué digo túnica porque simplemente se han limitado a ponerse una sábana vieja cogida con un broche Pablo, en un alarde de inspiración, Manu y Roberto se lo han atado con un simple nudo, y Eugenio, la joya de la corona, lleva una toalla a la que le ha grapado dos esquinas para cogérsela al hombro. A ver, que tampoco los culpo. Desde luego no son los más inteligente de la empresa, por algo están desterrados al subsuelo como si fueran marmotas del desierto, pero tampoco es culpa suya. A su manera se esfuerzan, lo que pasa es que no llegan.

Sobre todos estos individuos, trescientos metros cuadrados de estanterías, una oscura oficina y una tonelada de telarañas, se erige mi reino.

Un ascenso decía el hijo de puta. Cien euros más al mes a cambio de quedarme en este agujero para toda la vida. Y la otra cabrona disfrutando del despacho con vistas del quinto piso, con luz natural, plantas que no son de plástico y sin mancharse el culo de polvo cada vez que se sienta en la silla. Pues qué quieres que te diga, prefiero llenarme el culo de mugre antes que volver a follar con Román. Llamadme interesada pero si antes me gustaba restregarme contra el director, ahora me da asco, tanto como lamerle el culo a un mandril con colitis.

Pero volviendo a la cabrona de la quinta planta, ella es la culpable de que estemos aquí disfrazados haciendo el gilipollas. Bastante nos conocemos ya para tratar de mantener la compostura, que a veces se me pasa por la cabeza liarme a hostia limpia con alguno de estos cuando tengo los cables cruzados, y mira por dónde, hoy toca currar vestidos de romanos. Ideas de la zorra que como es incapaz de tener una propia, las copia una vez más de los americanos. Que si el día del oeste, que si el día de venir vestidos de gitanos, que si el día de venir de gala, que si su puta madre en verso. Que eso rompe las barreras, anima a la gente y los motiva dice. Y este mes ha salido en la ruleta de la gilipollez el día del Imperio romano. Menos mal que aquí abajo no viene ni dios y los que aparecen no van más allá del mostrador, así nos ahorramos el ridículo.

En fin, perdonadme un momento que tengo que liquidar la reunión que ya se me está haciendo un poco bola.

- Paco, porfa, revisa los albaranes a ver si encontramos de una puñetera vez el pedido de Grumasa que ya hace dos días que nos lo reclaman.

- Eso va a estar con la paquetería de devueltos de los grandes almacenes, ya verás…

- Eso va a estar en el coño de tu prima - responde Pablo que ya está un poco mosca con el asunto. Dos días lleva dando vueltas por todo el almacén buscando y lo único que necesita es que Eugenio (el listo de la clase), le toque los cataplines - fue el primer sitio donde miré.

- Pues mira otra vez.

- A ver, que igual es que no se me ha entendido, ya le he dicho a Pablo lo que tenía que hacer así que cerramos el buzón y me dejáis que yo organice el trabajo. Si encontramos el albarán, encontramos el paquete. No vamos a estar otra vez dos días poniendo patas arribas el puto almacén.

Eugenio y Pablo se encogen de hombros y dan por finalizada la discusión. Es tradición que choquen a primera y a última hora pero el resto del tiempo no son demasiado problemáticos.

Queda el dúo la, la, la. Manu y Roberto, los más jovencitos. Los gemeliers. Que no es que sean gemelos, ni siquiera hermanos, pero van a todos lados juntos como si fueran pedo y culo. Los chavales son bien parecidos y tienen un cuerpo atlético. Parecen hechos para ser mozos de carga. Juncal no se cansa de verlos trabajar llevando paquetes de un lado para otro y conduciendo la carretilla elevadora. En esa empresa no podían estar en otro sitio que no fuera el almacén porque andan justos de competencias y también un poquito de luces, para que vamos a engañarnos. Los dos entraron enchufados en la compañía y tardaron lo justo en acabar en el sótano.

- Vosotros vais abriendo los palés y organizando lo que ha llegado. A las doce nos ponemos con las devoluciones.

- Ok jefa.

Bien, una vez hechas las presentaciones, retomo en primera persona el hilo de la narración para contaros lo que va a pasar ese día, que ya me avisaba a mí el cuerpo que no iba a ser un día normal y corriente.

Eugenio saca una botella de Chinchón y pone cinco chupitos.

- Ya que la cosa va de romanos hoy, hagamos una libación al dios Baco.

- El alcohol está prohibido - le digo.

- Y vestirse de mamarracho también y fíjate: aquí estamos haciendo el canelo.

- Son órdenes de la superioridad.

- Enga jefa ¿quién se va a enterar? si la última vez que bajo aquí el director todavía se llevaba el papel pintado en las cocinas…

Miro el chupito y siento un deseo irrefrenable de echármelo a la garganta de un solo trago. Llevo una semana sin beber y hasta hoy había conseguido no probar el alcohol, después de un mes de acostarme cada día borracha. Lo que tardé en digerir el disgusto. Una semana sin beber y siete sin follar. Tan cabreada estaba con los tíos tras mi ruptura con Román que decidí quedarme en casa, negándome a salir. Botella y Satisfyer. Hasta entonces me apañaba con un pequeño vibrador pero decidí innovar, a ver si era tan bueno como decían. Y la verdad es que tiene su puntito aunque no es lo mismo: el toque que se da una no se lo da a nadie.

Lo que me recuerda que soy un desastre y lo tengo sin pilas desde antes de ayer. El no poder pegarme un lingotazo para aplacar mi ansiedad me ha puesto de mala leche, pero llevar dos días sin que me succionen el clítoris ya es demasiado. Las dos pequeñas satisfacciones que todavía me quedaban a tomar por culo, así que mira ¡que se jodan las normativas internas! Eugenio tiene razón: estamos en el agujero del culo de la empresa ¿quién va a venir a decirnos nada? Noto el líquido caliente quemarme la garganta y bajar a mi estómago donde hace que me suba la temperatura.

- ¿Otra ronda?

- ¡Venga!

Ahora sí que esto va tomando un poco de color ¡Coño! si hasta el Eugenio me está empezando a parecer guapo.

- Aquí la dejo y si alguien necesita repostar ya sabe dónde está.

Sobre la mesa queda la botella recién empezada, un bizcocho que ha hecho la madre de Roberto, un poco quemado y más bien reseco por dentro pero que pega bien con el Chinchón. Cuando hay hambre todo va para adentro. Y también un paquete de patatas un poco manidas ya, pero que se dejan comer. Esta no es precisamente la idea de un festín romano pero nos vale.

El tiempo fluye despacio. En apenas cuarenta y cinco minutos ya tengo al día todos los balances y todas las cuentas, no hay mucho que hacer aquí abajo. Detrás del título de directora de logística en realidad lo que hay es trabajo administrativo, que un simple secretario podría hacer dedicando media jornada. Es como ir a hacer la compra del Mercadona en un Ferrari: un desaprovechamiento total, que me dijo un día Pablo, lo cual me hace sonreír. Mis pupilos son unos merluzos pero me valoran y eso me gusta, hasta diría que me pone cachonda.

Sí, soy una líder desperdiciada, pienso mientras me pego otro trinque de la botella. Manu (uno de los gemeliers), asoma la gaita por la puerta de la oficina. Tiene la cara colorada y suda copiosamente. Aterrizo de nuevo después de haber pasado unos minutos en la Luna y recompongo el cuadro de jefa seria y profesional.

- ¿Qué te escuece Manu?

- Jefa, hace mucho calor con la túnica, no se puede trabajar…

Lo miro a la cara porque está colorada como un tomate. Perlas de sudor transparente le corren por la frente y la mejilla. El gesto sofocado.

- Pues ya conoces las normas: si es el día de los romanos, toca vestirse de romano - Le contesto en un arranque de maldad que me pone un poco cachonda, solo porque me apetece verlo sufrir un poquito más.

- Pero jefa ¡que nos vamos al deshidratar!

- Pues bebed agua.

Oigo un resoplido: se ve que Manu no viene solo, los demás tampoco están contentos con que en pleno julio y con la que está cayendo, tengan que ponerse encima del mono una túnica. Tienen razón. Además, sería fácilmente justificable que yo ordenara que se la quitaran porque contraviene las normas de seguridad en el almacén, pero por algún motivo me siento excitada puteándolos un poquito. Pues eso, solo un poquito más me digo y de repente, mis neuronas adormecidas por los chupitos se activan. Algo se me ha ocurrido, una extraña asociación de ideas o quizás no tan extraña, porque una no es de piedra y tanto Manu como su compañero hace mucho que vienen a visitarme en mi fantasías nocturnas, que no es que me gusten para pareja ni nada de eso (los chavales son un poquito limitados) pero hay que reconocer que tienen un cuerpazo. Los tíos se cuidan y el trabajo en el almacén les supone un suplemento, como si hicieran CrossFit pagado por la empresa. Más de un dedo me he hecho pensando en ellos. En realidad, últimamente estoy tan desesperada que creo que le he dedicado un solo de arpa con mi coño incluso hasta a Eugenio, el mayor de todos que me saca a mí cinco años.

El acordarme de mis juegos nocturnos con ellos de protagonistas, teniéndolos ahí delante, me pone. Últimamente cada vez tengo menos vergüenza, me importa todo más bien un cojón de pato, así que les pido que entren. Resulta que están los cuatro detrás de la puerta. Habían mandado a Manu de avanzadilla.

- A ver, venga, vamos a echar un chupito - les digo- y hablamos esto con tranquilidad.

Compruebo satisfecha que nadie rechaza el ofrecimiento. Todavía les hago esperar un minuto más mientras los veo removerse inquietos, allí de pie delante de mí, guardando la formación. Por un momento me imagino vestida de sargento, con botas de montar, una falda militar, una guerrera abotonada con entorchados en las hombreras y con mi kepi justo sobre mi pelo recogido. Una fusta en la mano pasándoles revista, deslizándola por sus mejillas, por sus pechos…No Jodas, creo que se me está yendo un poco la cabeza.

- A ver, a la responsable de esto le gusta que se cumplan las normas del día especial, en este caso, que todo el mundo vaya vestido de lo que toque. Sabéis a quién me refiero ¿no?

- Sí: a la niñata zorra hija de puta que se folla al imbécil del director - contesta Pablo añadiendo en tono más suave - como usted misma ha tenido a bien definirla en algunas ocasiones…importante hacer la aclaración, nadie vaya a pensar que se le está faltando respeto a la directora.

- Esa precisamente. Muy bien, creo que todos entendéis lo importante que es que entre ella y yo no surja ningún contratiempo y que por tanto lo último que quiero es que, por una casualidad del destino (que bien podría ser que se le ponga en el coño bajar a ver si nos pilla en falta), se le ocurra aparecer por mis dominios y pensar que nos tomamos sus ordenanzas a la ligera.

- ¿A la ligera?

- Quiere decir que nos las pasamos por los huevos.

- Ya sé lo que quiere decir.

- Pues entonces ¿para qué preguntas?

- Bueno, yo en realidad lo que veo es que nos va a dar aquí un pasmo.

- Hay una solución - dejo caer suavemente como quien le tira un salvavidas a un náufrago - Nadie nos ha dicho que no podemos quitarnos el mono. Si la tipa esa nos quiere con túnica, pues con túnica, pero si tenéis calor podéis quitaros el mono y así vais más ligeros.

Los dos chavales se encogen de hombros, como que les parece buena idea, con tal de estar más cómodos, cualquier cosa. Los otros dos se miran también. Eugenio hace un gesto como diciendo que a él le importa todo tres pepinos y que vale, que se suma a la cuadrilla. Pablo no lo acaba de ver claro.

- Vamos a estar un poco ridículos…

- Pero fresquitos.

- Eso sí.

- Pues hala: vosotros mismos…

Tomo la botella y hago ademán de ponerles otro chupito. Se dejan servir entre incómodos y confusos. Puedo observar cómo les sube la temperatura corporal y comienzan a sudar de nuevo.

- Podías dar tu ejemplo - me suelta Pablo.

- Pues sí, podría - le contesto sosteniéndole la mirada hasta que la retira ¡que se ha creído este! ¿Que a una de Carabanchel le vas a echar un pulso y se lo vas a ganar? Vamos, no me jodas.

- Si vosotros os quitáis los monos yo me quedo solo con la túnica.

Entre ellos cruzan miradas de nuevo. Casi los puedo oír pensar pero ya tengo claro que van a aceptar el desafío. No hay nada como decirle a un tío que no hay huevos de hacer algo para que se tire de cabeza a un río si hace falta. Salen y yo pego la nariz al cristal, viéndolos desfilar mientras castañeteo con las uñas contra el vidrio. Los dos mastuerzos de Eugenio y Pablo se meten en el vestuario. Veo reflejada en el cristal mi sonrisa de satisfacción. Me encanta salirme con la mía pero enseguida se me borra cuando veo a los niñatos que no se molestan en entrar. En el banco que hay en el pasillo se quitan la túnica, se sacan el mono y se quedan directamente en calzoncillos, unos boxes ajustados que les hacen paquete y que me permiten ver dos cuerpos desnudos y depilados, con tatuajes de Estrellas de Mar (en el caso de Manu) y una especie de greca tribal en la pantorrilla de Roberto. Noto un pinchazo entre las piernas. Es mi clítoris que se despereza, estirándose mientras se hincha acumulando sangre.

Permanezco como una boba, con la nariz pegada al cristal, con la sonrisa congelada y transmutándose en una mueca de morbo, viéndolos ponerse la túnica como buenamente pueden. Les queda corta y deja más partes de su cuerpo al aire que cubiertas. Cuando están listos y siguen para el almacén me sorprendo con la mano puesta en mi vulva. Me noto mojada y excitada.

He tenido varias fantasías ya con estos dos pero el verlos pasearse así, con el sudor brillando sobre la piel que recubre sus abultados músculos, le da una nueva dimensión al asunto. Esto parece una puta película de gladiadores. Veo salir del vestuario a Pablo, seguido unos instantes después de Eugenio. La túnica también les queda corta y para mi sorpresa no tienen una pinta tan ridícula como yo esperaba. Aunque no son carne de gimnasio como los otros dos, se mantienen razonablemente bien para su edad y veo unos bíceps razonables y unas piernas a las que no les sobra ni le falta una pizca de grasa, todo en su punto justo.

Así que esas tenemos ¿eh? Bueno, pues hoy me siento un poco gamberra, de modo que voy a subir la apuesta. Había dicho que si ellos se quitaban la ropa yo también: pues adelante. Me meto en el aseo privado y me saco todo lo que llevo puesto exceptuando el sostén y las bragas. Luego, me vuelvo a colocar la túnica pero hago ajustes: aprovecho una caja de imperdibles que me he traído del cajón y el escote aumenta, lo que teniendo en cuenta que ahora no llevo más que el sostén debajo, da una visión bastante obvia de mis pechos para todo el que quiera mirar. A poco que me agache me van a ver hasta el alma. “No es suficiente” pienso, y entonces me quito el sostén y vuelvo a anudarme la túnica al cuello, dejando que sea esta la que intente contener mis tetas. El roce de la tela basta, hace que me excite y se me levanten los pitones. Reduzco también por los lados dejando entrever buena parte de mis caderas y por último, recojo lo que antes era un manto largo y recorto con las tijeras un buen trozo de tela, dejándome lo que viene a ser casi una minifalda.

¡Ahora sí! me echo un vistazo y trato de imaginarme el efecto de mis muslos al aire, de mis braguitas negras asomando entre mis glúteos si me agacho demasiado y de mis pechos oscilando de un lado para otro, a poco que me mueva con cierto aire.

Me acerco a donde están los gemeliers. Me noto un poco mareada pero muy desinhibida. Estos dos se afanan en colocar en las estanterías unas cajas que venían en un palé. Son pequeñas y el trabajo hay que hacerlo a mano de modo que ahí andan subidos a las escaleras.

- Ponedlas con los códigos para afuera que si no luego es un lío.

- Que sí jefa, que ya lo sabemos.

Ninguno de los dos parece reparar en mí. Están a su bola, ocupados en la faena, lo cual me irrita. No me he dado el trabajo para que ahora nadie me mire.

- A ver, bájate que voy a mirar una cosa - le digo a Roberto.

Comienzo a subir los escalones contoneando el culo, alargando el movimiento de los muslos, temblorosos al ejercer presión sobre los peldaños para afianzarse, cosa que solo consigo a medias

- ¿Veis lo que os decía?: aquí hay una que está mal puesta con la etiqueta para adentro. Si ahora colocáis encima unas cuantas más, a ver como coño miramos luego el número de serie...

No es el caso porque en esta ocasión todas las cajas tienen el mismo código y da igual, pero los gemeliers no están para captar la lección. Ahora sí tienen puesta la mirada donde deben y también cuento con toda su atención. Mis generosos muslos ofrecen una perspectiva desde abajo inigualable, con un triángulo oscuro al fondo que se puede atisbar por debajo de la túnica.

Ahora sí cabrones” pienso, aunque por si acaso la cosa no está clara, decido no dejar demasiado la imaginación y subo el pie un par de peldaños más, levantando la rodilla y permitiendo que tengan una visión directa de las bragas negras de encaje marcándome la raja y el bulto del pubis. Tapan lo justo, teniendo además en cuenta que (para variar), me he depilado, aunque no esperaba tener ocasión de enseñar el Papo.

No es la primera vez que estos dos me miran el culo o se fijan en mi escote, pero hoy se lo he puesto tan a huevo que les tiene que estar llegando el olor a marisco directamente a las fosas nasales. Es un decir, claro, porque yo soy muy limpia, aunque con el calor que hace y un poco sudada, quizás mi entrepierna no esté todo lo presentable que debiera. Pero eso no me echa para atrás, se el efecto que el olor a coño tiene en los hombres jóvenes. Las feromonas vuelan en el aire y obran milagros en ellos.

A golpes de puro genio logro sacar la caja, darle la vuelta y volver a colocarla. La escalera se cimbrea anunciando una hostia como el sombrero de un picador de grande, pero yo cabalgo sobre ella a horcajadas como si estuviera en un toro mecánico. No me he dado cuenta de lo mareada que estoy ni del alcohol que he trasegado hasta que no me he subido al palo del gallinero. Quiero aguantar allí un poco más, dando el espectáculo y poniendo cachondos a esos dos. De reojo puedo observar que un par de bultos crecen en las entrepiernas, bajo la tela de las túnicas.

Me siento poderosa allá arriba pero es hora de bajar antes de pegarme una hostia de morro y que me tengan que reconstruir la nariz. Doy un paso, otro paso más y cuando apenas falta un metro para llegar, me escurro y caigo hacia un lado. Menos mal que allí están los brazos de Roberto, atento para recogerme. No llego a tocar el suelo.

- Mi Romeo - digo con la lengua un poco trabada por el alcohol.

- ¿Qué has dicho? - murmura el aludido que no me entiende.

- Creo que ha dicho que me meo. Mejor llevarla al servicio.

Una risa perruna que me sorprende a mí misma brota de mi garganta.

- No quiero mear ¡quiero follar! - Digo esta vez lo suficientemente claro como para que los dos se miren confusos.

- Será broma ¿no? - se interpelan.

No puede creer lo que acabo de decir. Todavía estoy a tiempo de recular pero noto esos brazos fuertes y peludos que me tienen cogida por la espalda y los muslos, haciéndome cosquillas. Toco con la mano el bíceps del chico, duro como una piedra y observo su cara cuando suelto otra risita y un pecho se me sale por entre los pliegues de la túnica, a pocos centímetros de su rostro. Los ojos se le hacen agua al chaval, se está directamente derritiendo y eso me pone cachonda, muy cachonda. Todo se remueve en la centrifugadora en que se está convirtiendo mi cerebro. Las ganas que habían permanecido, más que reprimidas, ocultas en los últimos meses. Y también el cabreo contra el mundo en general y la fulana de la nueva directora en particular por todo lo que ha pasado. El mareo por el alcohol, la desinhibición y la euforia. El “paso del mundo y me importa todo tres pimientos”. O más bien, “me importa todos dos nabos, los que me voy a comer ahora mismo”.

- ¡Llevadme a desembalaje! - ordeno a mis dos operarios que se miran entre ellos dudando.

- ¡Que me llevéis hostia! y procurad que no pise el suelo, me gusta ir en brazos.

Un encogimiento de hombros y Roberto se pone en marcha seguido de Manu. Parece que no peso en sus brazos, pero claro, es que este tío además de ir al gimnasio se carga todos los días más de doscientas cajas. Ríete tú de un levantador de piedras Vasco.

Yo sonrío como una hiena satisfecha. Hace un par de semanas tuve un sueño extraño que se parece ligeramente a lo que estoy viviendo ahora. Me vi a mí misma vestida de dominatrix, todo cuero de pies a cabeza, látigo en mano y botas de chúpame la punta. Entraba a la oficina y subía a la planta de mi jefe. Román se quedaba boquiabierto mientras lo cogía del cuello y le estampaba la cabeza contra la mesa un par de veces hasta ponerle un ojo morado. Luego le bajaba los pantalones y le daba un repaso con el látigo hasta ponerle el culo como el de un mandril. En ese momento aparecía Berta y sin mediar palabra le cruzaba la cara con la fusta dejándole marca de por vida. Luego bajaba satisfecha y pletórica al almacén, donde desayunaba langosta con champán y después perseguía con el látigo a mis cuatro operarios hasta que los acorralaba precisamente en la sala de desembalaje, obligándolos a hacerme todo lo que quería. No recuerdo muy bien los detalles del sueño pero fue una orgía guapa, de eso sí me acuerdo.

Pues mira tú, lo de subir con el látigo arriba igual lo dejo para otro día, pero lo de echar un polvo con estos dos parece que va a tocar hoy.

Cuando Roberto me deja en el suelo cojo un poco de cordel de embalar, lo doblo varias veces sobre sí hasta que me fabrico un látigo un poco primitivo pero efectivo, que suena intimidante cuando pego con él en el suelo y contra los cartones que hay amontonados.

- Hoy es el día de los romanos ¿no? - Pregunto a mis dos perplejos trabajadores que sin tener muy claro por dónde va el tema asienten con la cabeza.

- Pues vale, entonces soy vuestra Dómina y vosotros mis esclavos y vais a hacer todo lo que yo os mande ¡Quedaos desnudos!

Ellos vacilan pero de nuevo hago restallar el improvisado látigo.

- ¡En pelotas ahora mismo!

Ahora sí, se deshacen de la túnica aunque parecen dudar de si quitarse los calzoncillos. Una mirada asesina sirve para que Roberto se decida y Manu lo siga sin hacer más preguntas.

Me acerco recreándome en los cuerpos desnudos. Estoy muy cachonda y lo que veo me gusta, me gusta mucho. Paso el látigo por la entrepierna de Manu y observo como la verga reacciona empinándose. Un pequeño golpe y se echa atrás encogiéndose un poco asustado, aunque no por ello deja de estar empalmado, lo que me hace sentir fuerte, pletórica y muy mojada. La mano sustituye al objeto de castigo y ahora arrulla con suavidad el vientre del chico hasta que los dedos dejan de enredarse en el pubis y buscan el falo, agarrándolo y acariciándolo.

La otra mano repite gestos con Roberto. Pronto me encuentro masturbando a los chicos a dos brazos. Estos ya no se miran entre ellos, sus ojos solo están puestos en mí y ya que se han quedado en pelotas y han sacado a pasear la nutria, deciden que como buenos caballeros, no están dispuesto a envainar la espada hasta que no moje en sangre. Son ahora cuatro manos las que me recorren el cuerpo sin que sepa precisar de quién son los dedos que aferran mis pechos, los que se me cuelan entre las piernas o los que agarran las nalgas separándolas.

En una improvisada cama hecha con cartones, me encuentro de repente revolcándome entre dos cuerpos, con dedos que me penetran, con bocas que buscan la mía, con miembros que se rozan contra mi piel golpeando las carnes y buscando por donde penetrar en mi cuerpo. La urgencia desatada de los hombres que se dan un festín con mis curvas me pone cardíaca. Todo se vuelve un maremágnum de apretones, saliva, fluidos, roces. Los tres perdemos la conciencia de donde estamos y pronto mi ímpetu cede terreno, dejándome hacer, satisfecha al ver que mis ansias por fin son colmadas.

Roberto me monta mientras intento comérsela a Manu. Tarea compleja, con cada embestida la verga se me sale de la boca pero no la suelto. La tengo bien agarrada con la mano. Todo se vuelve borroso a mi alrededor. Lo que me rodea deja de importar mientras mi latido interno aumenta su cadencia y suena como campanadas en una bóveda. Tengo un orgasmo brutal coincidiendo con el de mi empleado.

La libido apenas si se me baja y soy yo la que ahora monta a Manu mientras Roberto se queda boca arriba con los ojos cerrados, relamiéndose todavía por el placer obtenido.

- Aún hay trabajo por hacer - digo mientras galopo sobre el chico, las bragas tiradas a un lado, los pechos botando fuera de la túnica improvisada, mis muslos y glúteos al aire.

Es una cabalgata frenética donde el otro no se puede contener y llega al orgasmo antes, pero yo no me bajo, continuo hasta obtener mi segundo placer. No me importa gritar porque este clímax es más intenso y más largo que el primero. Ya ha desfogado y eso me permite tener un orgasmo más prolongado. Araño el pecho del hombre mientras me contraigo arqueando la espalda y haciendo un hueco en el estómago, con los muslos temblando de placer, mojándolo con un squirt de los que hacía mucho tiempo que no tenía. Sólo cuando estoy muy caliente los tengo. El mundo se detiene. Es como si fuera en un velero en la proa enfrentando las olas y recibiendo el aire de cara. Nada como por fin una buena corrida húmeda para que una se ponga más poética que Pablo Neruda con diez gin tonics encima. Me siento feliz y libre hasta que oigo a un carraspeo y por fin abro los ojos.

Pablo y Eugenio están de pie observándonos. Han llegado atraídos por los gritos y los ruidos de lo que parecía una pelea de gatos en un callejón oscuro de Palencia, durante una noche de verano. El cuadro que se les ofrece con Roberto recostado sobre un lado (que pareciera que está a punto de echar a ronronear), Manu tumbado boca arriba y Juncal cabalgándolo parece salido de la pintura renacentista de una bacanal.

- ¿Qué coño miráis los dos ahí parados como un par de merluzos?

- Pero, pero jefa…

- No es la jefa, es nuestra domina - dice el Manu con los ojos aún fijos en mis pechos.

- Y no somos trabajadores: somos sus esclavos - complementa Roberto rascándose impúdicamente sus partes.

Sin descabalgar del todo, me echo a un lado y consigo agarrar mi látigo casero. Haciéndolo restallar en dirección a los que están de pie exclamo:

- ¡Traed viandas y libación para todos!

Estos se miran sin acabar de situarse en la escena hasta que por fin Eugenio le dice al otro:

- Creo que quiere decir que traigamos algo de comer y más chupitos.

Pablo se encoge de hombros y se dirige a hacer lo que le mandan.

- A mí no me extraña ya nada de lo que veo aquí ¡vaya empresa! - va comentando por lo bajo.

- Y venid desnudos vosotros también ¡Aquí estamos todos de fiesta!

No tarda mucho en volver con la botella en la mano y unas pastas que tenían ahí guardadas no se sabe desde cuándo. Tienen un aspecto cómico, se han quitado los monos y la túnica va ajustada pero claro, ni de lejos les hace el buen cuerpo que a los gemeliers.

El espectáculo que se encuentran los vuelve a dejar pasmados, como dos figuras de cera se congelan a unos pasos de nosotros. Yo me encuentro en plena faena bucal entre las piernas del Manu mientras Roberto me cabalga desde atrás. Los dos se miran un poco cohibidos, como si después de lo que han visto esto les hubiera pillado de sorpresa. Finalmente, Pablo se encoge de hombros y pega un chupetón de la botella que luego le pasa a Eugenio. Los dos se sientan cruzados de piernas en el suelo y disponen las galletas duras sobre un trozo de papel de servilleta que han traído. No es momento de interrumpir, pero preparan unos vasos de chupitos para cuando acabemos. Los observo de reojo con mirada aprobatoria mientras degusto satisfecha el miembro, saboreando ese gustillo entre amargo y salado que los restos de flujo y semen han dejado, a la vez que elevo un poco el culo para recibir bien dentro a mi otro amante, que con golpes de cintura cada vez más fuertes y decididos me hace vibrar por dentro y por fuera. Poco a poco, esa vibración se va transformando gracias al fuego interno en placer, que por oleadas me va invadiendo hasta que al final llega la onda definitiva, el tsunami que me vuelve a llevar por delante mientras grito y jadeo sofocada.

Cierro los ojos y el placer parece aumentar cuando concentro los cinco sentidos en lo que me recorre hasta que al final estalla. Ese pequeño Big Bang, esa explosión de gusto que me hace olvidarme de quien soy, de donde estoy, de todo lo malo y también de todo lo bueno que me ha pasado últimamente, que me lleva a ese lugar donde simplemente me limito a temblar y a sentir los últimos coletazos del orgasmo que me arrancan suspiros entrecortados.

Lo primero que veo al abrir los ojos es la verga chorreando semen de Manu. Se la he apretado tan fuerte y masturbado con tanta ansia mientras me corría que ha llegado también al orgasmo. Noto salpicaduras en la cara, en el cuello y compruebo que tengo un gran chorreón en el brazo y en la mano. Cuando gira la cabeza observo a los otros dos sentados, copa en mano, una galleta en la otra y la boca abierta como si no dieran crédito a lo que ven. Y detrás, de pie, anonadada, con los ojos muy abiertos y con la cara congestionada a la directora, que parece que se haya tragado un erizo. El gesto de enfado parece durarle poco y sus labios se van curvando poco a poco hacia arriba en una transformación que no me hace ni puta gracia. Los ojos le chispean a la muy bruja porque algo se le ha ocurrido y me temo, querida Juncal, que no debe ser nada bueno. Levanta el móvil que lleva en la mano, apunta hacia nosotros y comienza a grabar.

“Hostia puta”, es lo último que pienso antes de cerrar de nuevo los ojos y recoger el último espasmo de placer, previendo que posiblemente sea lo último agradable que sienta en esta empresa.
 
Ha pasado un año y medio. Juncal está de buen humor. Camina airosa, embutida en un traje de Chanel. Un business casual pero muy de marca. Elegante, pero a la vez cómodo para el trabajo, que es una forma de decir que es el traje que se ponen las que no se rompen las uñas en el curro y tienen mucho dinero. El costoso perfume forma aura en torno suya y unos pendientes de oro a juego con una gargantilla salpicada de pequeñas esmeraldas, combina con sus ojos verdes.

Se detiene frente a lo que era su antigua empresa. Parece que poco o nada ha cambiado. Mismo guardia de seguridad, los mismos tubos LED que hacen daño a la vista si miras hacia el techo, plantas de plástico que, como algunas personas apenas requieren mantenimiento (ni siquiera quitarle el polvo porque eso las hace parecer auténticas, aunque sea por lo sucio), el mismo suelo de plaqueta con dos losas desconchadas en un rincón… misma decoración pues, humana y de interiores.

El segurata le da acceso sin problemas, tendiéndole una tarjeta de visitante sin reconocerla. La verdad es que, para estar en el negocio de la seguridad, el tío no es demasiado avispado y se le olvida rápidamente una cara.

- Gracias Julián - dice ella.

Y entonces sí, ahora la reconoce.

- ¿Señora Juncal? ¡Ahí va la hostia, no la había reconocido!

Quizás porque llevo demasiada ropa”, piensa ella maliciosamente. Su vídeo en el almacén corrió como la pólvora por toda la empresa. La muy hija de puta de se encargó de que todo el mundo lo tuviera.

- Lo siento, esto es demasiado y no puedo cubrirte - le contestó Román el gerente.

- Ya lo sé cabrón: tú prefieres cubrir a otra y bien que la cubres… No te preocupes porque me las apañaré - dijo en un último arranque de dignidad, la poca que le quedaba en ese momento. Pensó que había dicho lo primero para adentro (en apenas un susurro) y lo otro para afuera, pero al final resultó que fue al revés. Por la cara que puso Román comprendió rápidamente que era la primera parte la que había dicho en alto, de hecho, todavía le parecía escuchar ese “cabrón”, pronunciado con enfado, reverberando por la sala como el eco de un grito bajo una bóveda.

Román tenía pensado disculparse a pesar de todo, porque al ser un despido procedente no le correspondería indemnización. Que si él lo había intentado, que si no había sido posible, que si el gabinete jurídico, que si se podía interpretar como un despido improcedente… en fin, excusas para intentar quedar bien con ella. Al fin y al cabo, habían follado bastante juntos y ya se sabe que el roce hace algo de cariño. Hasta que el roce se te atraviesa y entonces lo que da es urticaria. Así que la disculpa se fue transformando de “lo siento, no he podido hacer nada” a un “vete a tomar por culo que te lo tienes merecido”. Pero Juncal no esperó a llegar a ese punto, se curó en salud yéndose dando un portazo. ”Anda que te folle un loco y te pague con sansones”, que decía su abuela.

Mientras se dirigía a la oficina del empleo a gestionar el paro (ya que preveía que iba a estar una buena temporada sin encontrar empleo) el vídeo se hacía viral, ya no solo en la agencia, sino que incluso aparecía en las noticias como hecho curioso.

Juncal recorre la oficina que conoce bien. Cruza miradas con algunas caras nuevas y muchas antiguas que se giran al reconocerla. Ella saluda a algunos, solo a unos pocos, mientras camina con garbo y decidida. A aquellos que en su día le caían bien (y no todos le devuelven el saludo). Algunos están tan estupefactos que solo alcanzan a mover los labios sin llegar a emitir ningún sonido. Otros simplemente mueven la cabeza o se quedan con la boca abierta preguntándose qué diablos hace allí.

No necesita que nadie le indique dónde está la sala de juntas. Cuando llega, abre y entra saludando con un “buenos días” seguro, decidido y sonoro que retumba en todo el recinto tanto como sus tacones de aguja. Hay al menos cinco caras conocidas en aquella sala y todas se quedan congeladas mirándola, incluida la de Berta, la directora que achina los ojos como si se negara a creer lo que están señalándole. La cara de Román se tuerce perdiendo su simetría en una mueca que le descuelga la mandíbula.

- Pero… pero ¿qué haces aquí?

- Nada, pues que he decidido haceros una visita. Hace ya más de un año que me fui y desde entonces no había vuelto a ver a mis viejos amigos y compañeros.

- Juncal, es muy mal momento. Precisamente ahora tenemos una reunión del consejo de administración. Si quieres algo dirígete a la secretaria y solicita una cita y ya veremos si podemos atenderte - remata la directora con sus ojos azules echando chispas bajo el pelo rubio recogido en una coleta, cosa que se puede permitir porque la muy cabrona gana mucho al tener un cutis tan joven y terso.

- Oh ¡pero si ya tengo una cita! Habíamos quedado hoy aquí a las doce ¿no es cierto?

Nuevas caras, esta vez de incomprensión, hasta que Román cae en la cuenta. Berta le hace un gesto al otro como diciendo: “no, no es posible”.

- Soy la nueva socia de la empresa. Sí, ya sé que en los papeles pone otra cosa: pone el nombre de mi abogado. Es que no me gusta figurar demasiado y él ha hecho todo en mi lugar a través de un poder notarial. Como sabéis, había un inversor detrás y resulta que ese inversor era yo. Debía venir hoy a presentarme al consejo y que me explicarais personalmente los detalles y estructura de la empresa, pero dado que ya os conozco muy bien a todos, he decidido comparecer y simplemente saludar.

Ahora sí, a Román se le acaba de descolgar la cara como si fuera una puerta vieja.

- No puedes hablar en serio…

- Sí, sí que hablo en serio, ya te lo explicará mejor mi abogado que viene con mi asesor y mi nuevo equipo de gestión. Dado que tenemos más del 50% de la compañía vamos a hacer algunos cambios, pero eso ya os lo contarán ellos ¡Ah, por cierto! recuerdos de Roberto, Paco, Manu... Les he ofrecido volver a entrar en la empresa pero prefieren seguir trabajando para mí, no les apetece volver a veros las caras.

Antes de que nadie pueda reaccionar, suponiendo que alguien pudiera hacerlo, Juncal se levanta y se va en el momento de mayor desconcierto. Quiere quedarse con esa foto y saborearla durante mucho tiempo. Atrás deja a ocho personas preguntándose si por la tarde seguirán en su puesto o no. Realmente solo tiene previsto despedir a la arpía. De Germán sabe que tiene un contrato muy blindado y que lo tendría que indemnizar con una buena cantidad, así que prefiere hacerle la vida imposible a ver si se va solo. Respecto a la otra, ya se ha informado y está dispuesta a pagar un finiquito por los dos años que lleva allí trabajando. Para ella será mayor putada quedarse en la calle sin el sueldazo que estaba ahora cobrando. Donde quiera que vaya duda mucho que le den un puesto como este a menos que se vuelva a follar al gerente. Mira, si es así, que se lo gane.

Camina por el pasillo con las crucetas de los oficinistas a los lados y siente la tentación de bajar al almacén donde transcurrieron sus últimas semanas en la empresa. Decide no hacerlo, sabe que es una zona de acceso restringido y hasta que no pasen unas horas no se habrá corrido la voz de que ella vuelve a mandar allí, de hecho, es la que más manda ahora, de modo que prefiere no forzar la situación.

Nota las miradas que la siguen mientras camina hacia la puerta pero no le importa. Cuando fue despedida se marchó tratando de evitar a la gente, pero ahora le trae al fresco que todos la hayan visto desnuda e incluso teniendo sexo. Porque mira tú por dónde, Dios cierra una puerta pero abre una ventana. El caso es que su vídeo se hizo viral y eso le dio una idea. Si la vida te da limones en vez de pan, haz limonada, o algo así, que vaya coñazo de frasecitas hechas. Cuando se enteró que circulaba por todos los whatsapp de España y que estaba en descargas del emule y en todos los foros no autorizados pensó ¿y por qué no? Se abrió una cuenta de *******s y el primer mes ya había ganado 8.000 euros enseñando sus encantos a través de otros vídeos. Es curioso como ella, que se había considerado siempre una mujer normalita, de repente y debido al protagonismo y al morbo del vídeo se había convertido en un objeto sexual para muchos hombres y mujeres. Su aparición en un par de programas de televisión de salseo y debate sirvió para mantenerla más tiempo en el candelero y hacer que aumentara el número de visitas a su canal.

Juncal decidió pensar a lo grande. Aquello era una moda pasajera y pronto pasaría y entonces la gente dejaría de interesarse por ella. De modo que recogiendo las sugerencias de muchos usuarios que querían una reedición de aquel primer vídeo, llegó a un acuerdo con los gemeliers que estaban bastante jodidos también, porque ellos habían sido despedidos junto con Juncal. Y Pablo y Eugenio también, aunque alegaron que no participaban en la orgía, pero verlos allí medio en pelota y con el alcohol en la mano, les supuso un billete de salida del almacén igual que el resto de sus compañeros. Así aprovechaban para matar cinco pájaros de un tiro, que dijo la bruja rubia.

Los chicos al principio estaban un poco cortados, pero pronto aprendieron a olvidarse de la cámara que tenían enfrente y lo que antes había sido solo un show personal de Juncal, se convirtió en una serie de episodios tematizados de ella montándose tríos con los otros dos: sexo en el salvaje Oeste, sexo en el harén, sexo en la oficina y por supuesto sexo en el almacén. Aquello disparó el número de abonados a su canal y además propició otras suculentas ofertas en páginas y productoras especializadas en porno amateur.

Juncal cometerá muchos errores en su vida, pero tonta no es y aprende rápido. Aprovecha su momento de fama y monta su propia productora de vídeos soft y también hard. Una afortunada colaboración con una famosa directora afincada en Barcelona, la coloca en el top ten del porno nacional y lo que es mejor, empieza a hacerse famosa en otros países. Los derechos de autor le generan grandes beneficios y por su productora empiezan a desfilar algunas de las más famosas estrellas del porno, amén de algunas afortunadas incorporaciones en forma de nuevos descubrimientos. Todo esto seguido de merchandising, participación en publicidad, canales exclusivos, shows privados por los que cobra un dineral e incluso el salto a la televisión en un programa de comedia. En apenas unos meses sus ingresos resultan ser millonarios y más aún, cuando un fuerte consorcio europeo decide apostar y le compra su productora.

Su última idea ha sido apostar por el negocio de la restauración abriendo un par de restaurantes de temática erótica, aunque de erótico solo tienen la ambientación y algunas de las sugerencias del menú, el resto es comida de calidad y buena bebida. Su fama hace el resto y ahora son dos de los restaurantes más solicitados de la capital. Tanto que ha recibido una oferta por ellos. Tiene un generoso adelanto a cuenta ya ingresado en el banco y un porcentaje fijado sobre las ganancias de los cinco primeros años. Parece que todo lo que toca se convierte en oro, de modo que ha decidido meterse en el tema de la distribución. Su línea de productos eróticos ha resultado ser un éxito y las ventas aumentan día a día conforme la van conociendo también en el mercado europeo. Así que una empresa de distribución le viene genial y que mejor que aquella en la que trabajó. En este caso puede mezclar negocios y placer porque va a divertirse mucho organizando la compañía y poniéndola al servicio de sus intereses. Ha conseguido hacerse con ella a través de un testaferro, con el cincuenta y cinco por ciento del capital, así que ahora técnicamente es ella la que manda. Y en este caso va a mandar y mucho, no lo va a dejar en manos de expertos o asesores como sus otros negocios.

“Va a ser muy divertido, sí señor”, piensa mientras sale a la calle.
 
Proximo relato en la seccion de infidelidad:

Lola (artista, 28 años): “Me gustaba fantasear con un cantante que me encantaba. En mi historia, yo iba a uno de sus conciertos, él me veía en la cola para entrar, me cogía de la mano, me llevaba hasta dentro, a los camerinos, me invitaba a una copa y dejaba que viera cómo se cambiaba. Se quedaba en slip y se sentaba enfrente de mí. Y ahí estábamos, simplemente mirándonos. Poco a poco observaba cómo se excitaba y tenía una erección. No pasaba nada más, porque aparecía su mánager diciendo que quedaban minutos para salir a escena. Él se iba a cantar y yo me quedaba ahí, muy excitada”.
 
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