Carlos Sevillista
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Lo que está claro es que ya han comprobado in situ lo peligroso que es jugar con la Azulita y espero que estoy le sirva para hacerles ver que es muy peligroso.
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Interludio - Como hemos cambiado
El barco mercante avanzaba con la obstinación muda de una bestia antigua, cortando el mar a un ritmo lento y constante. Entre los contenedores apilados como bloques de una ciudad sin ventanas, un grupo de rebeldes se ocultaba de la ley podrida y de los mentirosos que proclamaban defenderla.
No hablaban apenas, pues las palabras…
dejaron de tener sentido hacía demasiado tiempo.
Respiraban como luchaban, por inercia, por vehemencia, por rutina. Eso era todo lo que les quedaba: pura y radical supervivencia.
Sus ropas estaban manchadas de sal, sudor y óxido; algunos llevaban vendajes improvisados, telas ennegrecidas por la sangre seca.
Tenían la piel pálida, los ojos hundidos, la mirada de quienes llevan días sin dormir y demasiado tiempo sin confiar en nadie.
Sobre ellos, el cielo se abría en una bóveda inmensa, negra como el carbón, surcada por nubes bajas que parecían arrastrarse en la misma dirección que el barco. A ratos, la luna lograba filtrarse entre las grietas del cielo, dibujando reflejos metálicos sobre el agua.
El mar era un campo en movimiento: olas largas, profundas, que respiraban con una calma engañosa. No había costa a la vista, solo horizonte, una línea temblorosa donde el cielo y el océano parecían fundirse en una promesa incierta.
El viento silbaba entre las rendijas de los contenedores, llevando consigo el olor del combustible, de la sal, de la noche eterna. Cada crujido del casco resonaba como un recordatorio de su fragilidad; cada golpe del mar, como un latido de sus agotados corazones.
Allí, en ese espacio robado, suspendidos entre la persecución y la clandestinidad, los fugitivos no pensaban en el pasado ni en el futuro. Solo en el cielo que se cerraba lentamente sobre ellos y en el mar interminable que, por ahora, los mantenía a salvo.
La frase cayó con una calma inquietante, como si no hablara de un destino sino de un trámite. Nico la observó en silencio, estudiando el perfil duro que ahora le devolvía la luz del anochecer. No quedaba rastro alguno de aquella chica divertida y rebelde que había conocido. Sofi, la vecina de Hortaleza que bajaba la basura en zapatillas, la administrativa atrapada en un mundo rutinario y aséptico, la madrileña de risas fáciles y comentarios afilados, había muerto mucho antes de subir a aquel barco. Había caído en combate, como todos ellos, sin ceremonia ni despedida, en algún punto impreciso entre la huida y la primera bala disparada.
- Estamos a punto de llegar - dijo Sofi, apartando los prismáticos de sus ojos.
La mujer que ahora tenía delante se sostenía con una rigidez casi militar. El fusil descansaba colgado de su hombro como una prolongación natural del cuerpo, familiar, necesario. Los dientes siempre apretados, la mandíbula tensa, y en los ojos una quietud inquietante: la mirada vacía de quien ha visto demasiada sangre, demasiados cuerpos caer, pero sigue convencida de que enfrentarse al mundo es la única opción que queda. No había rabia en ella, solo una determinación seca, pulida por el cansancio y la pérdida.
El viento agitó un mechón de su pelo sin que ella reaccionara. Seguía mirando al frente, hacia un horizonte invisible para los demás. Nico lo entendía: Sofi no esperaba redención ni regreso. Solo el siguiente paso. Solo llegar y seguir luchando.
Su voz no admitía réplica. Se sacudió el polvo de la ropa y avanzó hasta Laia entre los contenedores con paso firme, como si aquel mercante fuera ya territorio conquistado. Gabi había sufrido una transformación similar a la de Sofi, aunque en él el cambio parecía aún más marcado. El chico tranquilo, casi invisible, el chaval atento que escuchaba más de lo que hablaba y reía con energía en los bares de barrio, había quedado sepultado bajo capas de violencia y resistencia.
- Voy a hablar con el capitán - dijo Gabi poniéndose en pie -, y a pagarle lo acordado.
Aquel joven había desaparecido sin dejar rastro, consumido por una realidad que no concedía segundas versiones de uno mismo. Ahora su cuerpo era un mapa de cicatrices: cortes mal cerrados, quemaduras antiguas, marcas que hablaban de enfrentamientos continuos y de batallas sin descanso. Sus ojos, fijos y penetrantes, ya no buscaban aprobación ni refugio; observaban el mundo como un enemigo permanente.
Iba armado, siempre, con el hierro bien sujeto al cinto y el gesto desafiante, como si cada paso fuera una declaración de intenciones. En su seguridad no había arrogancia, sino una convicción férrea: la certeza absoluta de que la lucha era el único camino posible, y que abandonarlo equivaldría a traicionarse a sí mismo.
No hubo comentarios. Los billetes pasaron de mano en mano con una rapidez mecánica, sin miradas, sin dudas. Era dinero manchado de sangre: robado a la fuerza, arrancado a punta de pistola, arrebatado por pura necesidad. No había orgullo en ello, solo la certeza de que la lucha se alimentaba de gestos así, de decisiones sucias tomadas a la desesperada, de la necesidad de seguir respirando un día más. Gabi contó el dinero con rapidez y desapareció entre las sombras metálicas sin mirar atrás. Aquello se había convertido en una ley no escrita: jamás volver la cabeza, jamás regresar. Solo avanzar. Siempre hacia adelante.
- ¿Cuánto necesitas? - preguntó Laia, abriendo uno de los maletines.
- Doscientos por el viaje… y doscientos más para que tenga la boca cerrada.
El barco surcaba aguas internacionales, ese limbo líquido donde ningún país reclamaba soberanía. El único lugar del mundo que todavía podían llamar, con ironía, seguro. Territorio de libre navegación, sin banderas que obedecer, sin fronteras visibles. Un último rincón libre que, en teoría, debía usarse con fines pacíficos. Y eso intentaban decirse a sí mismos. Pero la paz había quedado atrás hacía mucho tiempo.
Aunque allí no mandara ningún estado, las leyes seguían existiendo, invisibles y afiladas, listas para caer sobre cualquiera que se saliera del guion. A ellos ya no les importaba. Llevaban demasiado tiempo viviendo al margen de la ley como para fingir inocencia.
La plataforma emergía del mar como una estructura imposible, un esqueleto de acero clavado en el horizonte. Apenas un borrón oscuro contra el cielo.
- Centinela Azul, ¿me recibes? - preguntó Laia por el walkie al distinguir la silueta en la lejanía -. Centinela Azul, aquí la Patrona, ¿me recibes?
El “Centinela Azul”. El nombre circulaba entre ellos como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. El único bastión de la resistencia. Una vieja plataforma petrolífera reconvertida en fortaleza, suspendida en mitad de la nada, lejos de radares y de miradas incómodas. Un centro de operaciones gigantesco donde se planificaba la lucha contra un mundo que ya no reconocían como propio. Desde allí se planificaban estrategias, se abastecían de munición, se curaban heridas, se cultivaba más “Azulita” y se decidía como seguir adelante.
- Aún estamos demasiado lejos… - indicó Sofi sin apartar la vista del horizonte -. No te pongas nerviosa… En nada estaremos tomándonos unas birras.
- Solo de pensar en una cerveza fresquita - rió ella - el coño se me pone a dar palmadas.
Mientras el mercante se acercaba lentamente, el mar golpeaba la estructura de acero con una paciencia infinita. El cielo se cerraba sobre ellos, oscuro y pesado, como si supiera que aquel encuentro no traería descanso, solo el siguiente capítulo de una guerra que parecía no tener fin.
Ya no eran siete, como al principio, repartiendo “Azulita” con la torpeza y la ambición de un camello de barrio que cree tener el control de todo. Aquello había quedado atrás - muy atrás -, sepultado bajo capas de experiencia, sangre y disciplina. El grupo había crecido hasta deformarse, hasta dejar de ser un simple equipo y convertirse en algo más grande, más denso, más peligroso.
Un pequeño ejército.
Instruido. Preparado. Y, sobre todo…
Ferozmente creyente en la causa.
No se trataba solo del número, sino de lo que cada uno de los nuevos integrantes arrastraba consigo. Gente que había aprendido a sobrevivir en entornos hostiles, donde el error se paga caro y lo débiles no duran mucho. Montañas, selvas, desiertos. Personas capaces de orientarse sin mapas, de encontrar recursos donde parecía no haber nada, de moverse en silencio como si el terreno mismo los protegiera. Algunos habían operado en grupos pequeños de resistencia armada, golpeando rápido, desapareciendo después, adaptándose siempre a la desventaja, convirtiendo la inferioridad numérica en una herramienta.
Había gente con manos expertas en recomponer lo roto: reparar equipos, improvisar soluciones con chatarra, retorcer la tecnología existente hasta obligarla a servir a otros fines. Mecánica, electrónica básica, ingenio puro aplicado a la necesidad. Otros sabían moverse entre facciones enfrentadas, leer tensiones invisibles, extraer información, negociar cuando hacía falta y mentir cuando era inevitable. También estaban quienes mantenían al grupo con vida en el sentido más literal: conocimientos médicos suficientes para tratar heridas abiertas, infecciones, enfermedades, todo ello lejos de hospitales, sin suministros convencionales ni margen para el error. Y quienes pensaban a largo plazo: organizando rutas, asegurando suministros, planificando movimientos para que nada fallara cuando más importaba.
Algunos llegaron del Cáucaso: chechenos, daguestaníes. Hombres curtidos en ciudades en ruinas y en inviernos que quebraban la voluntad. Habían combatido bajo banderas opuestas, para Rusia y para Ucrania, y eso les había dado una visión cruda, pragmática, brutalmente honesta de la guerra moderna.
Otros vinieron de Oriente Medio: kurdos, sirios, iraquíes. Expertos en guerra de guerrillas contra fuerzas muy superiores, constructores de redes de resistencia comunitaria, con una ideología sólida sobre igualdad de género y autonomía local que encajaba de forma natural con la revolución que se estaba gestando.
Desde los Balcanes se unieron kosovares y serbios, gente criada en la fricción constante, maestros del contrabando, la logística del mercado negro y el uso de armamento pesado en terrenos difíciles.
De África subsahariana, veteranos del Sahel y de la RDC, endurecidos por décadas de inestabilidad: supervivencia extrema, combate en selva y desierto, movilidad rápida, adaptación perpetua a la escasez.
Y del Sudeste Asiático, rebeldes de Myanmar, expertos en una guerra tecnológica de bajo costo, en infiltrarse en infraestructuras críticas sin dejar rastro.
También había latinoamericanos ex-Farc: colombianos y mexicanos. Antiguos combatientes de selva, conocedores de explosivos improvisados y de una inteligencia sucia, paciente, tejida en zonas rurales donde todos observan y nadie habla.
No eran mercenarios ni idealistas ingenuos. Eran creyentes, hombres y mujeres que luchaban por una causa más importante que sus propias vidas. Personas que habían perdido demasiado como para dudar ahora. Y eso, más que las armas, más que la experiencia, era lo verdaderamente peligroso.
Mientras el mundo los señalaba con el dedo y los juzgaban como anarquistas, terroristas, mercenarios o simples adoradores del caos; ellos sabían que no eran nada de eso. Esas eran etiquetas fáciles de colgar, palabras lanzadas desde la comodidad del miedo o desde la ambición desmedida de sus enemigos. Muchos se las creían sin cuestionarlas. Pero no todos. En silencio, lejos de los focos y de los discursos oficiales, miles de voces hablaban de ellos de otra manera. No se decía en voz alta. El miedo era real, palpable. Nadie lo gritaba a los cuatro vientos porque hacerlo podía traer consecuencias. Era un murmullo… uno que viajaba de boca en boca, una idea compartida a media voz, una utopía empezando a tomar forma. Una revolución tejida en las sombras, donde la sangre derramada de unos pocos se entregaba sin pedir nada a cambio, con la intención de devolver al mundo una justicia que había sido arrebatada sin pedir permiso.
El E.A.L.M., lo llamaban algunos. “El Ejército Azul de Liberación Mundial”. Para muchos, una amenaza; para muchos otros, la última esperanza. Eran los que empujaban a este mundo podrido de vuelta al equilibrio perdido. Los que robaban a los poderosos para devolvérselo a los que no tenían nada. Los que intentaban sanar - literalmente - a un mundo enfermo. Los que no dejarían de luchar hasta que todo volviera a ser como era antes, o hasta que no quedara nadie para recordarlo.
Él tardó un segundo en responder, como si buscara las palabras en algún lugar más allá del mar.
- Así que un libro - sonrió Laia, sentándose al lado de Nico.
- Así es - él le devolvió la sonrisa, sin apartar la vista del horizonte.
- ¿Por qué?
- ¿Y por qué no?
- Venga, Nico… no bromees. Hablo en serio.
Laia soltó una carcajada breve, sorprendida.
- “Sin los que recuerdan, el mundo se deshace.”
Nico sonrió. El viento le acarició el cabello como una mano cómplice, y por un instante pareció recordar a aquel viejo perdido en algún rincón de este mundo inmenso, disuelto en el tiempo como tantos otros.
- ¡Joder, Nico! Eso es muy profundo… ¿es de alguien o es tuya?
- No… no es mía - negó despacio -. La dijo hace mucho tiempo un sabio anciano, un saco de huesos borracho y de sonrisa fácil.
Hizo una pausa. Solo quedó el rumor grave de los motores, el crujido del acero bajo sus pies y el mar respirando, eterno e indiferente.
- Nosotros… los que luchamos, los que amamos y sangramos, los que reímos con la muerte en la garganta… todos desapareceremos algún día - continuó -. El mundo borrará nuestros nombres y el tiempo devorará nuestras voces. Pero un escritor… un escritor puede impedirlo. Cuando escribes lo que ves, cuando guardas en papel lo que el viento intenta arrebatarte, le robas una victoria al olvido.
Laia lo miró con los ojos humedecidos. Sin decir nada, apoyó la mano en su mentón y lo atrajo hacia ella. Aquella mirada fue eterna, cargada de todo lo que no necesitaba ser pronunciado. Lo besó cerrando los ojos, como se besa de verdad: sin prisa, sin miedo, un instante suspendiendo en la eternidad del tiempo. Habían atravesado demasiado juntos como para necesitar palabras. Se querían, se amaban, pero no como ama todo el mundo. Lo hacían desde la certeza de quien ha caído mil veces y siempre ha sido levantado por el otro. Desde la seguridad de no temer ya la caída, porque sabían que, pasara lo que pasara, el otro siempre estaría allí para recogerlos del suelo.
- La pluma es más afilada que un cuchillo, más justa que las leyes y más duradera que la piedra - dijo al fin -. Cuando ya nadie recuerde nuestros nombres, mis palabras seguirán navegando por el mundo. Cuando nuestros enemigos cuenten mentiras… mis palabras defenderán la verdad. Y eso… eso es lo más parecido a la inmortalidad que un hombre puede alcanzar.
Sofi se giró despacio, con una media sonrisa ladeándole el rostro.
- Sabes que te quiero, ¿verdad? - susurró ella, apoyando la frente en la de él.
- Sí… - respondió Nico -, aunque me gustaría que me lo dijeras más a menudo.
- Y a mí me gustaría que no fueras tan nenaza - Laia soltó una carcajada y le dio un codazo -. Pero bueno… supongo que nadie es perfecto.
- Tú lo eres para mí - sonrió él, enamorado.
Las dos estallaron en carcajadas, limpias, sinceras, de esas que alivian el peso del mundo aunque solo sea por un instante.
- Vaya moñas estás hecho, Nico. Solo te falta vomitar arcoíris.
- ¿Lo ves? - se unió Laia, divertida -. No soy la única que lo piensa…
- Me da igual lo que penséis - replicó él encogiéndose de hombros -. Yo soy feliz siendo como soy.
- ¿Siendo un poeta amanerado? - provocó Sofi.
- No - corrigió Nico, con total seriedad -. Siendo el salvador de la humanidad.
El mar siguió rugiendo a su alrededor, indiferente y eterno, mientras aquel pequeño instante - hecho de amor, familia y amistad - quedaba suspendido en el tiempo, como si incluso el mundo, por una vez, hubiera decidido guardarlo en su memoria.
- ¡Touché hermano! - dijo Sofi, volviendo a llevarse los prismáticos a los ojos.
- Nico el salvador… - murmuró Laia, acercándose de nuevo a él, rozándole los labios -. Nico el poeta… Nico el padre de mi hijo.
Nico se recostó contra el metal frío del contenedor y dejó que sus pensamientos se deslizaran como el viento sobre el mar. Quizás aquellos que alguna vez habían sido, los que creían haber desaparecido entre balas, huídas y pérdidas, no habían muerto del todo. Tal vez simplemente se habían adaptado a esta nueva vida, se habían metamorfoseado en algo más duro, más preciso, más consciente de cada respiración.
Laia apoyó la cabeza contra su pecho y él le acarició los cabellos con ternura. El momento que acababan de vivir era un claro ejemplo de ello: la risa que rompía la tensión, la ironía que suavizaba el filo de la guerra, el amor que se permitían aun cuando todo alrededor parecía destinado a desgarrarlos. El caos seguía golpeando, las heridas seguían doliendo, pero incluso en mitad de aquel mar turbulento, bajo un cielo oscuro y sin estrellas, había espacio para recordar lo que un día fueron.
Aun podían reír. Aun podían amar. Aun podían regalarse pequeños instantes donde fueran simplemente ellos mismos, sin máscaras ni armas, sin miedo ni obligación. Y en esos instantes, fugaces y preciosos, Nico comprendió que sobrevivir no era solo plantar cara al enemigo y escapar del mundo, sino sostenerlo dentro de uno mismo, y protegerlo con cada gesto, con cada palabra, con cada beso robado a la guerra y al tiempo.
“Padre… voy a ser padre”, pensó Nico, y al instante una sonrisa feroz se dibujó en su rostro.
No había miedo en él. Había bailado tanto con la muerte que ahora, el miedo, le parecía un compañero más, un paso más en un baile que conocía de memoria. Tampoco la duda tenía cabida; en lo más hondo de su corazón, seguía sabiendo que Laia era la mujer con quien quería envejecer, la única capaz de mantenerlo firme en un mundo que se deshacía a su alrededor.
Mientras el “Centinela Azul” se hacía cada vez más visible en el horizonte, una oleada de recuerdos lo atravesó como un relámpago. Recordó los inicios: cuando todo empezó, cuando eran jóvenes y alocados, cuando la vida parecía un juego sin reglas y la libertad era la única brújula que seguían. Salvajes sin armas, despreocupados y divertidos, dejando que cada día los encontrara desnudos y donde quisiera.
La nostalgia lo golpeó con fuerza. No había pasado tanto tiempo, pero todo aquello parecía un universo aparte. No era arrepentimiento; su vida actual estaba hecha de vínculos sólidos, de amigos que se habían convertido en familia. Seguía creyendo en la misión, en el futuro que juntos querían construir. Pero, en algún rincón escondido de su mente, una parte de él deseaba regresar a esa ligereza de antes: a la vida más fácil, más sencilla, más desenfadada, donde los riesgos se medían en risas y no en balas, y donde el mundo todavía parecía un lugar que podía sorprender sin quebrarlo.
Sofi miró su reloj y luego levantó la palma de la mano, abierta, marcando el tiempo que quedaba.
- Aquí Centinela Azul - dijo una voz grave por el walkie -. ¿Me recibes?
- Sí… aquí la Patrona - respondió Laia con rapidez, firme, sin titubear.
El mar seguía respirando bajo un cielo todavía pesado, pero el horizonte comenzaba a abrirse. Por primera vez en semanas, el grupo pudo sentir que algo se parecía a la calma: no la paz, no la seguridad, pero sí el reconocimiento silencioso de que habían llegado a su refugio. El “Centinela Azul” los esperaba, y con él, la certeza de que, al menos por un instante, estaban en casa.
- Solicitamos desembarcar en cinco minutos, cambio.
- Entendido, Patrona - respondió la voz del otro lado, con un dejo de respeto -. Tenéis vía libre y… bienvenidos a casa.
Los cuatro se pusieron en movimiento como un reloj bien engrasado. No hicieron falta órdenes, ni miradas, ni siquiera esa complicidad no verbal que antaño necesitaban para entenderse. Se desplazaban como un ballet silencioso sobre la cubierta oxidada, cada uno ocupando su lugar con precisión quirúrgica. El mercante redujo la marcha lo justo; la lancha a motor descendió por el costado con un chirrido metálico y desaparecieron en cuestión de segundos. Saltaron dentro con la naturalidad de quien repite un gesto aprendido mil veces. Y por supuesto, nadie miró atrás.
El mar estaba oscuro, denso, como una sábana de petróleo bajo la luna. La lancha avanzó cortando la superficie con una estela blanca y breve, y entonces apareció ante ellos en toda su magnitud. El Centinela Azul se alzaba en mitad de la nada como una catedral industrial, una estructura que en otro tiempo había extraído crudo del vientre del océano y que ahora, iluminada por focos fríos y líneas de neón, parecía una ciudad suspendida sobre el agua. Para cualquiera sería una reliquia abandonada; para ellos era otra cosa. Era refugio. Era promesa. Era origen y destino.
Nico levantó la vista cuando la plataforma ocupó todo el horizonte. Hubo un tiempo en que amar un lugar físico le había parecido una estupidez romántica. Las estructuras eran solo eso: estructuras. Hormigón, acero, cálculo e ingeniería. Pero aquella mole oxidada le arrancaba algo del pecho. Porque no había diseñado su forma, ni levantado sus pilares, ni había soldado sus vigas… pero sí había construido lo que latía dentro.
El Centinela Azul no era una petrolífera.
Ni la base armada de la resistencia.
No era el hogar de terroristas violentos.
Ni la guarida de infames ladrones.
Era… el corazón del mundo.
Allí, entre contenedores reacondicionados y laboratorios sellados con protocolos imposibles de rastrear, se procesaba y distribuía la “Azulita”. No como droga, no como capricho místico, no como juguete de lascivos y morbosos. Se distribuía como medicina, como herramienta, como un acto de pura fe científica.
Lena y él habían trabajado hasta el agotamiento, hasta la obsesión, hasta rozar la locura. Habían domesticado lo indomable. Habían aprendido a estabilizar el compuesto activo, a neutralizar su toxicidad, a encapsular su potencia en dosis seguras, replicables, medibles. Habían transformado un hongo salvaje - caprichoso, brutal, casi divino en su caos - en una sustancia capaz de regenerar tejidos, revertir enfermedades autoinmunes, estimular la neuroplasticidad, purificar suelos contaminados, acelerar la recuperación de arrecifes moribundos…
Pues sí, la “Azulita” ya no solo sanaba cuerpos.
Sanaba sistemas. Sanaba ecosistemas. Sanaba errores.
Al principio creyeron que se trataba de una segunda oportunidad para la humanidad. Una forma de equilibrar la balanza. De ofrecerle al mundo algo más que consumo y destrucción. Pero cuanto más profundizaban en su estructura molecular, más comprendían que aquello iba más allá de la medicina.
No habían sintetizado únicamente un compuesto.
Habían tocado algo anterior a la química.
La Mycena Neonfaucis parecía comportarse como si “recordara”. Como si reconociera patrones de deterioro y tendiera hacia el equilibrio. Restauraba suelos áridos devolviéndoles macrobiótica perdida. Aceleraba la fotosíntesis en cultivos agotados. Reducía la acidificación en el agua marina. Incluso en el aire, en entornos abiertos, sus derivados parecían neutralizar partículas contaminantes.
No era magia. Pero tampoco encajaba del todo en la ciencia convencional.
Sin proponérselo, Lena y Nico habían dado con una anomalía que rozaba lo sagrado. No una divinidad antropomórfica, no un dios con voluntad, sino una arquitectura profunda del mundo: una tendencia natural hacia la restauración que la “Azulita” amplificaba hasta extremos inimaginables.
A veces bromeaban con aquella idea…
La demente idea de que habían sintetizado la divinidad.
La lancha se acopló a la plataforma de embarque, la compuerta se abrió con un sonido hidráulico grave, casi ceremonial. Raquel, acompañada de dos hombres armados, los recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Laia la abrazó sin mediar palabras. Gabi cerró la marcha, observando el horizonte por última vez.
Dentro, los sistemas ya estaban en funcionamiento. Pantallas, cámaras de cultivo, cámaras de secado, laboratorios presurizados, drones listos para transportar microcápsulas hacia rutas marítimas y aéreas imposibles de rastrear. Desde allí, la “Azulita” viajaba camuflada en cargamentos médicos, en ayudas humanitarias, en suministros agrícolas. No como un negocio ilegal de distribución silenciosa. Sino como lo que era: una cura clandestina. De la que muchos deseaban apoderarse, comercializarla y enriquecerse.
Nico apoyó la mano sobre la barandilla metálica y empezó a subir las escaleras. En mitad del océano, lejos de gobiernos, farmacéuticas y guerras, había construido algo que el mundo aún no estaba preparado para comprender. Y supo, con una claridad casi dolorosa, que si algún día todo ardía, si los atrapaban, si el Centinela Azul terminaba hundido en el fondo del mar… volvería a empezar.
Porque ya no se trataba de poder.
Ni de redención.
Ni siquiera de justicia.
Se trataba de compromiso.
Una promesa hecha al mundo.
Una lucha que debía sobrevivir, incluso a ellos.
Laia parecía cansada, más de lo habitual. No habían regresado del mar por nostalgia. Habían ido a cobrar. Su lucha no se sostenía solo con ideales. Los reactivos costaban dinero. Las rutas seguras costaban dinero. El silencio de ciertas personas - sobre todo de las más poderosas - costaba dinero. No existían subvenciones para quienes curaban al mundo desde la ilegalidad. Ningún fondo de inversión apostaba por una sustancia que desafiaba patentes. Ningún mecenas financiaba milagros por altruismo.
- ¿Ha habido suerte? - preguntó Raquel.
- Depende de lo que entiendas por suerte…
Este mundo podrido no permite que lo gratuito prospere.
Así que, cada cierto tiempo, lo decidían. Sin heroicidades. Sin discursos. Se sentaban alrededor de la mesa metálica de la sala de reuniones y hacían números. Cuando las cifras dejaban de cuadrar, cuando las reservas descendían por debajo de lo prudente, se formaba un equipo al azar. Y salían a buscar lo único capaz de mantener con vida su imperio clandestino: dinero.
No eran atracadores impulsivos. No eran psicópatas sedientos de violencia. Elegían objetivos quirúrgicamente: paraísos fiscales flotantes, almacenes de capital negro, intermediarios de armas, redes de blanqueo que jamás denunciarían un golpe porque hacerlo implicaría exponerse. Robaban a quienes jamás podrían acudir a la policía sin delatar sus propios crímenes. Y aunque eso no los convertía en héroes, al menos les permitía dormir.
Esta vez les había tocado a ellos cuatro y la misión había sido limpia sobre el papel. Un traslado de efectivo entre dos sociedades pantalla en un puerto del Adriático. Seguridad privada, rutas previsibles, comunicaciones encriptadas. Lo estudiaron durante semanas: entrar como sombras y salir como humo. Pero los planes perfectos solo existen hasta que alguien aprieta el gatillo antes de tiempo. La lancha que debía estar vacía no lo estaba. El hombre que debía huir decidió resistirse. Y el disparo que iba a ser disuasorio encontró carne. Ahora, de regreso en el Centinela Azul, el precio se hacía visible.
Nico llevaba el costado vendado bajo la camiseta, una bala que había entrado rozando pulmón y que Lena no tardaría en extraer con manos firmes y mandíbula tensa. Laia tenía el antebrazo atravesado, suturado con puntos negros que parecían una costura grotesca. Gabi caminaba con una leve cojera, fragmentos metálicos aún alojados en el muslo que no habían podido retirar sin arriesgar demasiado. Sofi… bueno, ella en realidad era la única sin herida visible. Pero era también quien más manchadas tenía las manos. Estaba claro que aquel mote que había elegido tiempo atrás - la Santa Muerte -, no había sido una coincidencia del destino.
Habían vuelto con el botín, sí. Maletines sellados, fajos empaquetados al vacío, cifras suficientes para mantener operativa la plataforma durante meses. Los drones de distribución no dejarían de volar. Las cápsulas de “Azulita" seguirían cruzando fronteras invisibles. La promesa al mundo seguía intacta. Y, sin embargo, cada uno de ellos sentía lo mismo. Que habían robado algo más que dinero. Habían robado tiempo.
Cada segundo respirado después del tiroteo era un instante arrancado a la Guadaña, como si el destino hubiera marcado una fecha en rojo y ellos, obstinados, hubieran decidido tacharla con tinta azul. Vivían con la conciencia punzante de que el equilibrio era frágil. Que la próxima vez la bala no rozaría. Que el siguiente error no sería corregible. En la cubierta superior, mientras el viento golpeaba las barandillas, Gabi se encendió un cigarro, observando a sus amigos en silencio. Riendo incluso. Bromeando sobre quién tenía la cicatriz más espectacular. Haciendo apuestas absurdas sobre cuál dolería más al cambiar el vendaje.
Eran criminales. Eran salvadores.
Eran una família. Y sobretodo, estaban vivos.
La vieja y abandonada plataforma petrolífera, vibraba bajo sus pies como un corazón metálico. Dentro, en cámaras iluminadas por un resplandor frío, la “Azulita” crecía ajena a las balas, ajena al dinero, ajena al miedo. Pura. Imperturbable. Ellos, en cambio, sabían que cada misión los acercaba un poco más al límite. Pero también sabían algo más profundo… Si el mundo no permitía que la cura fuera gratuita, entonces la pagarían con su propia piel. Y mientras quedara sangre en sus venas - aunque fuera a costa de perderla a chorros - el Centinela Azul seguiría en pie.
Rendirse no era una opción. Jamás lo había sido.
No lo hicieron cuando Lena terminó de coser el último punto y dejó las agujas sobre la bandeja de acero con un tintineo seco. No lo hicieron cuando Nico, en mitad de la noche, despertó empapado en sudor recordando el fogonazo del disparo. No lo hicieron cuando Gabi, con el vendaje recién cambiado, miró el horizonte y murmuró que algún día la suerte se acabaría.
Porque aquello ya no iba de dinero. Ni siquiera iba de la “Azulita”.
Iba del compromiso. El antiguo.
El que no se firma con tinta sino con sangre.
El que no se pronuncia ante testigos sino ante la propia conciencia.
Habían empezado como un puñado de inconscientes jugando a ser más listos que el mundo. Después fueron un grupo de amigos tratando de reparar un error. Ahora eran algo muy distinto. Una hermandad forjada en la culpa compartida, en secretos imposibles de confesar, en cicatrices que nadie más comprendería. La misma lógica que había llevado a Gabi a cortarse la palma frente a Nico, aquella mañana absurda y trascendental, era la que los sostenía ahora. No se trataba de heroicidad. Se trataba de no abandonar al otro cuando el precio empezaba a ser insoportable.
Nico lo entendía mejor que nadie. El hombre que una vez quiso olvidarlo todo ahora sabía que no podía hacerlo solo. Cada bala extraída, cada noche sin dormir, cada envío clandestino era una forma de decir: me quedo.
Me quedo aunque duela.
Me quedo aunque tiemble.
Me quedo aunque el mundo nos llame criminales.
Gabi también había cambiado. Su obsesión ya no era un tren desbocado sin frenos. Ahora era dirección. Voluntad. Una promesa consciente. Había aprendido que el poder - como decía el libro - era el enemigo más peligroso. Y por eso lo compartía. Porque el poder en solitario corrompe, pero el poder sostenido por varias manos firmes se convierte en responsabilidad.
Laia, con su ironía intacta incluso cuando sangraba, era el equilibrio. Les recordaba que seguían siendo humanos, que podían reír en medio del caos. Y Sofi, con su brutalidad honesta, era el ancla: si había que ensuciarse para que el engranaje siguiera funcionando, ella era la primera en dar un paso al frente.
No eran santos. No eran mártires.
Solo eran cuatro personas que habían decidido que, si el mundo se negaba a curarse por sí solo, ellos empujarían aunque les costara la vida.
Esa era su lucha.
No una guerra gloriosa, sino una resistencia silenciosa y constante. Cada misión, cada riesgo, cada noche en la que el Centinela Azul resistía las tormentas era una reafirmación de aquel pacto invisible.
No importaba cuántas veces el miedo intentara paralizarlos.
No importaba cuánta claridad los tentara a creerse invencibles.
No importaba cuánto poder acumularan entre sus manos.
Mientras se eligieran unos a otros.
Mientras ninguno soltara la mano del otro.
Mientras siguieran avanzando, aunque fuera cojeando.
La lucha continuaría. El antiguo compromiso seguiría vivo. Como una llama obstinada que se niega a apagarse incluso cuando el viento sopla en contra. Y si algún día la Parca venía a cobrar lo que creía suyo, no encontraría almas aisladas, sino a un bloque indivisible.
Porque su fuerza no era la “Azulita”.
Era el juramento.
Cuando terminaron la última revisión de los generadores y comprobaron que las luces del laboratorio parpadeaban con esa cadencia estable que ya reconocían como latido propio…
Cuando limpiaron la cubierta de restos de sal y sangre. Y habían asegurado el botín en el compartimento sellado…
Cuando calibraron las incubadoras donde la Mycena Neonfaucis respiraba en silencio, expandiéndose en filamentos azul eléctrico bajo el cristal estéril…
Cuando, luego, casi como un ritual pagano, descorcharon una botella de ron mediocre y brindaron sin discursos, por volver a casa sin estar sanos, pero sí a salvo…
Uno a uno fueron desapareciendo por el pasillo metálico que conducía a los camarotes. Las botas dejaron huellas húmedas sobre el suelo industrial. Laia fue la primera en caer rendida, todavía con la venda en el hombro. Sofi se dejó caer sobre la litera sin quitarse siquiera el anillo que siempre giraba cuando estaba nerviosa. Nico se detuvo un instante frente al panel de control central, observando las cifras verdes que indicaban estabilidad biológica. Sonrió apenas, como un padre que vigila la respiración de su hijo recién nacido. Gabi fue el último en acostarse, apagando la luz. Durante unos segundos, el Centinela Azul quedó envuelto en la penumbra del océano abierto. Una mole oxidada y silenciosa perdida en mitad de ninguna parte. Pero en su interior, tras puertas herméticas y filtros de aire que zumbaban con constancia, la Azulita seguía creciendo. Mientras los sanadores del mundo dormían, su lucha clandestina continuaba.
Como un fuego rebelde y azul imposible de apagar.
En algún piso de Lisboa, una mujer de cincuenta y tres años abrió los ojos después de años de dolor crónico. No fue un milagro instantáneo. Fue más sutil. Durante semanas, su artritis reumatoide había ido cediendo como una marea que se retira sin hacer ruido. Esa mañana dobló los dedos sin que crujieran. Cerró el puño. Lo abrió. Volvió a cerrarlo. Y empezó a llorar.
Su hija, que preparaba café en la cocina, pensó que algo iba mal. Corrió hacia el dormitorio. La encontró sentada en la cama, flexionando las manos como si estuviera redescubriendo el cuerpo.
Se abrazaron en silencio. Ninguna sabía que, meses atrás, alguien había alterado discretamente un lote de medicamentos biológicos en el mercado negro europeo. Nadie pronunció la palabra “Azulita”. No hacía falta.
- Não me dói - susurró la mujer, incrédula - Pela primeira vez... não me dói.
En el norte de la India, un río que durante décadas había arrastrado espuma tóxica comenzó a aclararse. Al principio fueron pequeños cambios: menos peces muertos flotando en la orilla, menos olor ácido al amanecer. Después, una mañana, los niños volvieron a lanzarse piedras desde el embarcadero sin que sus padres los gritaran de inmediato.
Los análisis oficiales hablaban de “una mejora inesperada en la capacidad de autorregeneración microbiana del ecosistema”. No entendían por qué ciertos compuestos industriales estaban siendo descompuestos a una velocidad imposible. Pero en el fondo del cauce, invisibles y microscópicas redes azuladas metabolizaban metales pesados y los transformaban en sedimentos inertes. El río respiraba otra vez.
En un poblado del Sahel, donde el suelo llevaba generaciones agrietado como piel reseca, algo empezó a cambiar. Un cooperante dejó, sin demasiadas explicaciones, un preparado orgánico mezclado con semillas resistentes. Los ancianos desconfiaron. Los jóvenes, no tanto.
Semanas después, la tierra, acostumbrada a rendirse, comenzó a oscurecerse. Retenía humedad. Pequeños brotes verdes rompieron la superficie como si desafiaran al sol. Primero fueron hojas tímidas. Luego hileras. Luego campos. Una niña arrancó una zanahoria torcida y la sostuvo como si fuera oro. El viento levantó polvo, pero entre el polvo ya no solo había muerte. Había posibilidad.
En São Paulo, un barrio entero redujo sus niveles de contaminación atmosférica en cifras que desconcertaron a los laboratorios municipales.
En Alaska, una colonia de focas dejó de presentar lesiones cutáneas asociadas a vertidos petroleros.
En Corea del Sur, un paciente oncológico que no respondía a ningún tratamiento mostró una remisión espontánea que obligó a reescribir informes médicos.
El mundo cambiaba. No de golpe. No con fuegos artificiales.
Cambiaba como cambian las placas tectónicas: lento, imparable, silencioso.
Y sí… Muchos estaban en contra.
Las farmacéuticas hablaban de sabotaje. Los gobiernos sospechaban de bioterrorismo. Las corporaciones que trabajaban con residuos contaminantes invertían fortunas en encontrar el origen de aquella anomalía biológica que interfería en sus balances. Pero cada intento de rastrear la fuente terminaba en datos inconclusos, en laboratorios vacíos, en pistas que se evaporaban en el mar. Porque el Centinela Azul no figuraba en ningún mapa. Y mientras la marea golpeaba su estructura oxidada, en sus entrañas la Azulita continuaba multiplicándose. Filamentos lumínicos expandiéndose como constelaciones microscópicas.
Arriba, en los camarotes estrechos, los cuatro dormían por fin. Respiraciones acompasadas. Vendajes recién cambiados. Cicatrices que aún escocían. Ignoraban los rostros concretos que estaban cambiando gracias a ellos. No conocían los nombres de quienes celebraban, de quienes volvían a sembrar, de quienes se abrazaban incrédulos frente a una recuperación imposible. Pero no necesitaban saberlo.
Porque la lucha no era por reconocimiento.
Era por transformación.
Y mientras el mundo discutía, negaba o intentaba apagar la chispa, en algún lugar - en un cuerpo, en un río, en un campo agrietado - la “Azulita" seguía haciendo lo que había nacido para hacer: Curar.
Incluso cuando el propio mundo no estaba seguro de querer ser salvado.
Continuará…
Leete el último capítulo de ayer, porque la cosa se está complicando.Por lo que vemos en este interludio, hay un personaje que parece que se ha bajado del carro, no hay mención a Gonzalo. Se ha mencionado a los personajes originales menos a él.
Buena idea los interludios.
Creo que este grupo alocado de amigos con las hormonas revolucionadas, van a tener que ponerse serios.Y por cierto, en este capítulo parece claro que Laia si que ama a Nico por como ha reaccionado y como lo ha estado consolando.
Pero la cuestión es que se va a liar gorda con lo que va a salir del cuerpo de Julián con la Azulita.
Capítulo 21. Escandio - A(Sc)etas del Onanismo
El Escandio (Sc) ocupa el vigésimo primer lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del escandio con el concepto del Asceta del Placer - aquel que busca el goce absoluto de forma individual, refinada y autosuficiente -, obtenemos el retrato de una satisfacción que no necesita de otros elementos para brillar. El escandio es el primer metal de transición, una rareza plateada que existe en el límite de lo común, representando al individuo que ha decidido convertir su propio cuerpo y su propia soledad en un laboratorio de sensaciones puras.
El Asceta del Placer según el Escandio: La Soledad Incandescente
1. El Elemento de la Rareza (Individualidad Exclusiva)
Aunque el escandio no es extremadamente escaso en la tierra, aparece de forma tan dispersa que es muy difícil encontrarlo concentrado. No forma grandes depósitos; existe como una excepción en medio de otros minerales. El asceta del placer es una figura de escandio: alguien que se ha dispersado del rebaño social para concentrarse en su propio eje. Su búsqueda no es la del placer vulgar y masivo, sino una exploración individual y fragmentada. Es el buscador que entiende que el goce más elevado es aquel que se cultiva en la soledad de la propia materia, lejos de las "minas" de afecto común.
2. El Brillo de las Luces de Estadio (Intensidad Sensorial)
El uso más espectacular del escandio es en las lámparas de halogenuros metálicos, que producen una luz blanca y potente que imita la luz del sol. Es el elemento que genera la iluminación más intensa para el espectáculo. El asceta del placer no vive en una penumbra de culpa, sino en una explosión de luz sensorial. Al igual que el escandio genera una luz solar artificial en el vacío de una lámpara, este buscador utiliza su propia energía para crear momentos de incandescencia total. Es el espectáculo de un solo actor: un estallido sensorial autogenerado que brilla con la fuerza de una estrella, iluminando el estadio vacío de su propia privacidad.
3. El Refuerzo de la Estructura (Aleaciones Aeroespaciales)
El escandio se añade al aluminio para hacerlo increíblemente fuerte y resistente al calor sin añadir peso. Es lo que permite que los aviones y los bates de béisbol de alta gama aguanten presiones extremas. Este tipo de ascetismo requiere una estructura interna formidable. No es una búsqueda blanda; es una disciplina del placer que refuerza la voluntad del individuo, permitiéndole soportar las "altas temperaturas" de la pulsión sin quemarse. Es la fuerza del que se basta a sí mismo: una aleación de independencia y sensibilidad que le permite volar más alto que quienes dependen de la fricción ajena para sentir.
4. El Comienzo de la Transición (Número Atómico 21)
El escandio es el primer elemento de la serie de los metales de transición. Marca el punto donde la química se vuelve compleja y las órbitas electrónicas empiezan a llenarse de formas nuevas. El asceta del placer representa la transición hacia un nuevo paradigma del yo. Es el punto donde el individuo deja de ser un receptor pasivo de normas y empieza a llenar sus propias "órbitas" de deseo. El inicio de una complejidad donde el placer es una herramienta de autoconocimiento, una transición hacia una libertad que solo se encuentra cuando uno decide ser su propio origen y su propio destino.
5. El Compañero de las Tierras Raras (Afinidad por lo Exótico)
Históricamente, el escandio se clasifica junto a las tierras raras por sus propiedades similares. Es un elemento que siempre aspira a lo excepcional y lo poco común. Para este asceta, el placer es una "tierra rara". No se conforma con lo básico; busca el matiz, la frecuencia exacta que resuene con su sistema nervioso. Su vida es una colección de instantes escasos pero valiosos, una búsqueda estética donde cada sensación es un cristal único que no busca ser compartido, sino simplemente experimentado en su máxima pureza elemental.
Conclusión: El asceta del placer, visto a través del escandio, es la geometría de la autosuficiencia luminosa. Es el triunfo de la sensación pura sobre la dependencia emocional, un brillo blanco y potente que nace de la propia estructura. Ser escandio significa entender que el cuerpo es el único templo necesario para la iluminación, y que no hay mayor victoria que ser capaz de encender el sol dentro de uno mismo en la más absoluta y plateada soledad.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
Viernes, solo una palabra, pequeña, de cinco letras, y sin embargo capaz de arrancar sonrisas y suspiros con la misma fuerza que un tiro en la sien… pero mucho más placentero, eso sí. Viernes tiene ese poder ridículo de conseguir que hasta los putos lunes parezcan remotos y casi imaginarios. Viernes huele a cerveza barata, a pizza caliente devorada frente a la tele, a risas en un bar que no entienden de responsabilidades. Es el permiso oficial del mundo para dejar de fingir ser adulto por unas horas, para hacer tonterías, para bailar como un idiota sin que nadie te mire raro o, al menos, que no te importe ni lo más mínimo.
Viernes es traicionero también, porque te promete libertad y al mismo tiempo te recuerda que la semana siguiente volverá a morderte la nuca. Pero, mientras dure, es y será el rey absoluto. Viernes puede ser una resaca épica, un plan que sale mal o una noche inolvidable; da igual. Lo único que importa es que el viernes está aquí, y eso, maldita sea, es suficiente para sentir que todo vale la pena. Sí, una palabra diminuta, casi inocente. Pero con suficiente veneno y encanto como para hacer que todos los demás días del calendario se pongan verdes de envidia.
Nico y Gabi caminaban rumbo a la casa de Gustavo con la despreocupación de dos tipos que no tenían un solo problema en el mundo, charlando de cualquier tontería que se les ocurriera: desde la mejor forma de abrir una cerveza sin abridor hasta teorías absurdas sobre por qué los gatos parecen conspirar en silencio. Pero, como casi siempre, había más de lo que mostraban. Uno escondía que se había convertido en un Caballo de Troya con una misión muy concreta en mente. El otro, que estaba jugando por su cuenta con la “Azulita”, planeando soltar la bomba en el momento justo, sin pedir permiso y cogiendo a todos por sorpresa. No había malicia en sus secretos, solo la deliciosa anticipación de dos amigos preparándose para una noche de viernes que, sin que lo supieran aún, marcaría un antes y un después en sus vidas.
Pero no eran los únicos de camino a la cueva de Gustavo. A una distancia prudencial, tres chicas nerviosas, de risas agudas y miradas conspiradoras, los seguían tratando de no ser vistas.
Raquel se puso roja de golpe, incapaz de poner en palabras todas las escenas que su imaginación ya estaba proyectando.
- Se va a liar… - repitió Raquel como un mantra, mordiéndose el labio -. Se va a liar la de Dios y vamos a salir mal paradas.
- Venga, vecina - rió Laia, dándole unas palmadas en la espalda -. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
- Se me ocurren mil cosas a bote pronto…
- ¿Cómo cuáles? - preguntó Sofi con una sonrisa traviesa a su lado.
Las risas contenidas rebotaban entre las calles, y el escenario estaba listo: una noche de secretos, juegos sexuales y caos inminente, donde todos parecían prepararse para lo inesperado sin saber exactamente qué les esperaba. Esta vez Gabi no se pasó de largo. Recordaba perfectamente el edificio donde vivía Gustavo, como si el trayecto se le hubiera quedado grabado en la memoria. Nico pulsó el interfono y, casi de inmediato, el zumbido seco anunció que les abrían. Entraron entre carcajadas y miradas cómplices, sin volver la vista atrás, sin una sola duda acerca lo que estaban a punto de hacer.
- ¿Qué le pasa ahora? - preguntó Sofi, buscando con la mirada a Laia.
- Que se ha bloqueado - rió Laia, sin apartar los ojos de los chicos que caminaban unos metros más adelante.
- ¿Y le pasa a menudo?
- Demasiado a menudo…
Sin poder ocultar sus nervios, avanzó hacia el ascensor para llamarlo. Nico, antes de cruzar del todo el umbral, lanzó una mirada rápida a la calle. Sabía que en algún lugar estaban ellas, aunque no las localizó. Con disimulo, acompañó la puerta para que no se cerrara del todo y, acto seguido, se reunió con su amigo como si nada extraño ocurriera.
- Tú primero - dijo Nico, exagerando una reverencia de caballero.
- ¡Al lío, colega! - respondió Gabi, santiguándose con gesto teatral.
Al verlos entrar Sofi salió del escondite dando un primer paso rapidísimo.
Los nervios eran palpables, casi físicos. Las tres permanecían ocultas tras un portal cercano, observando fijamente la entrada por la que ellos acababan de desaparecer. Laia contó hasta diez en silencio, respirando hondo, imponiéndose una calma que no solía caracterizarla.
- Aún no… - susurró Laia, sujetándola con firmeza por el hombro- . Espera a que cojan el ascensor.
Salieron disparadas, casi corriendo, entre risas ahogadas y miradas nerviosas. La primera en llegar al portal fue Sofi y se detuvo en seco alzando una mano. Asomó la cabeza con precaución hechando un vistazo rápido.
- Ahora. Vamos… - dijo al fin, decidida.
Las tres entraron de golpe en el rellano y cerraron la puerta tras ellas con cuidado.
- Vía libre, adelante
Cada escalón superado aceleraba el ritmo de sus corazones. Raquel se aferraba al pasamanos como si sufriera vértigo, y aunque fuera la única que lo verbalizara, las tres sentían el mismo temblor en las piernas. A mitad de camino entre el segundo y el tercer piso se detuvieron en seco. Escucharon una puerta abrirse unos pisos más arriba y la voz ronca de Gustavo dando la bienvenida a Gabi y a Nico. Luego, escucharon varias voces masculinas, risas descaradas, nervios espesos flotando en el aire.
- ¿Y ahora qué? - preguntó Raquel, con el pulso desbocado.
- Subimos y esperamos escondidas a que Nico nos abra…
- ¿Cuánto tiempo? - preguntó Sofi mientras empezaba a subir las escaleras.
- Ni idea, tía… jamás he estado en una paja grupal - respondió Laia siguiéndola -. No sé si se empieza nada más llegar o si hay unos protocolos que seguir…
- ¿Protocolos? - rió Sofi -. ¿Qué putos protocolos va a haber? Se van a pajear tía, no van a recibir a un jefe de Estado.
- ¡Yo qué sé, joder! Son cosas de tíos, no sé cómo funcionan esas movidas.
- Se va a liar… - insistía Raquel, cada vez más nerviosa, cerrando el ascenso a la cueva de placer de Gustavo -. Se va a liar y…
- ¡Hostia ya, Raquel! - la cortó Sofi, mosqueada -. Si no querías venir, no haber venido. Ahora estás aquí, así que asume las consecuencias de tus decisiones.
- ¡Haya paz! - rió Laia en voz baja -. Y bajad la voz por lo que más queráis.
Laia se encogió de hombros, negando con la cabeza. La puerta se cerró de nuevo y, sin pensarlo, le dio una palmada en el culo para que siguiera subiendo. Antes de llegar a la planta correcta se detuvieron y se sentaron en los escalones, tratando de recuperar el aliento y la calma. Fue entonces cuando Sofi abrió la mochila que llevaba a la espalda.
- ¿Pero cuántos son? - susurró Sofi, divertida.
Laia empezó a desnudarse delante de ellas, sin el más mínimo pudor.
- ¿Qué es todo eso? - preguntó Raquel con los ojos como platos.
- Ropa… - sonrió Sofi de oreja a oreja, rebuscando dentro.
Laia la agarró y la sostuvo en el aire, la observó unos segundos y asintió, satisfecha.
- ¿Pe… pero qué haces?
- Vestirme para la ocasión - respondió, bajándose los pantalones con total naturalidad.
- Creo que esto te irá bien - dijo Sofi, sacando una falda absurdamente corta.
Sofi se detuvo un instante y la miró, desafiante pero divertida.
- ¿Te vistes así para salir de fiesta? - le preguntó con cierta ironía - Un poco atrevido, ¿no crees?
- ¿Tú estás loca o qué? Para nada. Esto es para Gabi, para nuestros jueguecitos. Si saliera así a la calle me confundirían con una puta.
- ¿Acaso no es lo que eres? - murmuró Laia.
Raquel, con el culo de Laia prácticamente a la altura de la cara, no daba crédito a lo que estaba viendo. Su vecina se enfundó la falda a cuadros diminuta y se anudó la camisa a la cintura, dejando un gran escote a la vista.
- Dilo en voz alta si tienes ovarios, zorra.
- No hay problema, lo que digo es que eres una guarrilla.
- Pues sí… ¿Algún problema con eso?
- ¡Ni uno solo, amiga!
- Venga, ponte esto también - dijo tirándole una camisa blanca - a ver cómo te queda.
Se puso roja como un tomate, incapaz de decir nada más al verla vestida de aquel modo.
- ¿Qué? ¿Cómo me queda?
- Estás espectacular - sonrió Sofi - Pero no te olvides de las coletas… eso les pone a cien.
- ¿Y tú qué dices, vecina? - preguntó girando hacía ella - ¿Estoy sexy o no?
- Eeeeh… sí, sí… te queda… te queda…
Raquel la atrapó al vuelo, completamente perdida. Otra faldia a cuadros, otra camisa idéntica a la de Laia. “Uniformes”, pensó al instante. Alzó la vista, más nerviosa que nunca. Su vecina ya se había quitado los zapatos y se colocaba unas medias blancas de rejilla con una calma provocadora. Raquel no pudo evitar mirarla y tragar saliva.
- ¿Otra vez bloqueada? - rió Sofi, centrando de nuevo su atención en la mochila.
- Es que… no… no entiendo… no entiendo nada…
- ¡Toma! - dijo lanzándole más ropa -. Pruébate esta, creo que es de tu talla.
Las dos se miraron en silencio y estallaron en carcajadas, pidiéndose mutuamente que bajaran el tono de voz. Sofi ya se desvestía con rapidez, otro uniforme preparado sobre el escalón. Raquel entendió al instante lo que estaba sucediendo. Podía ser tímida, vergonzosa, incluso ingenua en ciertas ocasiones, pero no era idiota.
- ¿Para qué nos tenemos que disfrazar?
Desde el piso de Gustavo seguían llegando voces, risas, golpes sordos. Raquel volvió a tragar saliva, los ojos clavados en la puerta. Su imaginación desbordada convirtiéndose en su peor enemiga. “¿Cuántos hombres deben haber ahí dentro?”, pensó. “¿Cuantos penes erectos al mismo tiempo?”, imaginó. Volvió a mirarlas de nuevo, a las dos. Los escotes, las faldas que apenas les tapaban el trasero, las medias por encima de las rodillas, los tacones, las coletas.
- No tenéis intención de pillarlos por sorpresa, ¿verdad?
- Sí… - respondió Laia al instante -. Y no.
- ¿Por qué no me lo dijisteis?
- ¿Decirte el qué? - sonrió Sofi de pie, ajustándose la falda.
El silencio duró apenas un segundo.
- No puedo hacerlo - dijo de repente la moral de Raquel, dejando caer la ropa sobre los escalones como si pesara demasiado.
Raquel tragó saliva por enésima vez. Sentía el pulso en las sienes, la garganta seca, el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse. Pensó en irse. Pensó en bajar corriendo las escaleras, en volver a casa, en olvidar aquella noche antes de que se descontrolara y acabara arrepintiéndose. Pero también pensó en lo que significaría marcharse, en lo que dejaría atrás, en lo que se perdería si sucumbía al miedo. Sofi se acercó un poco más. Demasiado cerca. No invadiéndola, pero sin darle espacio para esconderse.
- ¿No puedes… - repitió Laia, acercándose a ella con una media sonrisa, mirándola fijamente - …o no quieres?
- ¿Qué diferencia hay?
- Si no puedes, es porque te falta valentía - respondió Sofi sin dureza, acercándose también -. Si no quieres, es simplemente porque no te apetece.
- ¡Simple y sencillo! - añadió Laia apoyándose contra la pared.
Raquel levantó la mirada, incapaz de darle un repaso a todo su cuerpo. Aquello era verdad, y lo sabía.
- Si no quieres, puedes irte cuando quieras, amiga - dijo con una calma sorprendente -. Nadie te va a obligar a hacer nada que no quieras hacer.
El vial de “Azulita” brilló entre ellas como una pequeña estrella artificial. Raquel lo tomó con ambas manos, con una delicadeza casi reverencial. El azul neón iluminó sus dedos, reflejándose en sus pupilas, extendiéndose más allá de las palmas, inundándolo todo como si tuviera vida propia. Durante unos segundos no dijo nada. Pensó en el miedo y en el deseo, en lo indebido y en lo correcto. Los puso en una balanza, esperando a ver hacia donde se decantaba. Pensó, una última vez, en lo fácil que habría sido no subir aquellas escaleras. Y suspiró.
- Ahora bien… - añadió, sacando de su escote un pequeño vial -. Si no puedes, por el motivo que sea… esto puede ayudarte a superar tus miedos.
Sofi soltó una carcajada suave mientras ella le devolvía el vial. Raquel sintió como sus manos temblaban un poco, pero ya no dudaban. Empezó a desabrocharse los pantalones, despacio, como quien cruza un umbral del que sabe que no hay vuelta atrás. Sabía exactamente qué iba a pasar esa noche. Pero, por primera vez, decidió no huir. Mientras Laia y Sofi intentaban encajar a Raquel en aquella ropa diminuta - tirando aquí, ajustando allá, riendo nerviosas -, dentro del piso de Gustavo la noche avanzaba hacia su destino. Sin freno. Sin intención alguna de detenerse. Nadie allí estaba dispuesto a hacerlo.
- Sois unas hijas de puta… - murmuró, con una sonrisa nerviosa.
Para Gabi, aquella era su primera vez, y jamás habría imaginado que todo transcurriría de aquel modo. Lo primero que lo golpeó fue la cantidad de hombres. Por todas partes. Demasiados. Unos sentados en el sofá, bebiendo y hablando como si estuvieran viendo un partido de fútbol; otros alrededor de la mesa del comedor, discutiendo de política con una vehemencia casi académica. En la cocina, un pequeño comando preparaba platos con patatas, aceitunas y aperitivos como si se tratara de una cena improvisada entre viejos amigos. En el balcón, dos tipos compartían un canuto de hierba, ajenos a todo. Allí donde miraba había alguien. Y a cada paso que daba, una mano se extendía, una sonrisa aparecía, un nombre se pronunciaba… y lo olvidaba casi al instante. Demasiados estímulos en muy pocos metros cuadrados. Gabi intentó encontrar un rincón apartado, una misión casi imposible, y cuando por fin lo logró se quedó allí quieto, rígido, como si pudiera camuflarse contra la pared igual que un camaleón asustado.
Brindaron. La misma marca de cerveza. La misma duración del trago. Bajo el mismo techo. Pero en polos completamente opuestos.
- ¿Estás bien, chaval? - preguntó Gustavo acercándose con dos cervezas frías.
- Gracias - respondió Gabi, aceptando una.
- Chin chin…
Gabi asintió despacio, incapaz de dejar de observar cómo todos interactuaban con una naturalidad desarmante. Nico, apoyado en la pared, charlaba animadamente con un par de hombres, como lo haría cualquiera en una fiesta cualquiera.
- Siempre había pensado que… - Gabi dudó, buscando las palabras - bueno, ya sabes… que esto era algo… algo poco común.
- Te sorprende ver a tanta gente, ¿verdad?
Y mientras las risas subían de volumen y el piso se llenaba de humo, cerveza y expectativas, la noche seguía avanzando, ciega, decidida, empujando a Gabi a mezclarse, a ser uno más. A medida que iban cayendo más cervezas, los porros cambiaban de mano y las conversaciones se volvían más fluidas, sin darse cuenta fue dejando los prejuicios de lado y acabó por sentirse como en casa. Quizá porque el ser humano funciona así. Porque compartir una misma afición - por extraña, marginal o incomprensible que parezca desde fuera - crea un hilo invisible que lo cose todo. Da igual si no sabes el apellido del otro, si jamás lo volverás a ver o si, en cualquier otro contexto, jamás habríais cruzado palabra. Hay algo más profundo que opera por debajo: el reconocimiento mutuo. Como dos desconocidos abrazándose en un gol en el último minuto, como cientos de gargantas cantando la misma letra en un concierto, como miradas cómplices que se cruzan sin necesidad de explicación, cuando una mujer hermosa pasa por enfrente de un bar. No es la cerveza, ni el humo, ni siquiera el acto en sí. Es saberse parte de algo compartido, de un territorio común donde no hace falta justificarse. Durante unas horas, todos hablaban el mismo idioma. Y en ese idioma - crudo, imperfecto, humano - Gabi descubrió que sentirse aceptado no siempre requiere entenderlo todo, solo atreverse a quedarse.
- Ese de ahí se llama José - dijo Gustavo señalándolo -. ¿Lo recuerdas?
- Sí, del curro.
- Eso es. Pues su mujer está menopáusica y no le hace ni puto caso. Dice que esto es mejor que irse de fulanas, porque, según él, no cuenta como cuernos - volvió a señalar -. El que está a su lado es Javi. Lleva tres años divorciado y, por razones evidentes, no se come una mierda desde entonces, aunque no deja de tirar ficha, el pobre. Supongo que aquí encuentra una vía de escape. El que está enfrente, el callado, creo que se llama Julián…
- ¿Crees? - preguntó Gabi, dando un trago largo a la cerveza.
- Sí, no habla mucho. Un tipo tímido. Viene, se la casca y se va, como el que baja a comprar el pan. Y ese que ríe de forma escandalosa se llama Andrés, aunque todos lo llamamos la “Reinona”.
- ¿Y eso? - preguntó Gabi, genuinamente curioso.
- ¿Por qué crees, chaval? - rió Gustavo -. Porque pierde más aceite que la furgoneta de Locomía.
- ¿Aceptáis a gays también?
- ¡Pues claro! Aquí se acepta a cualquiera que venga de buen rollo y traiga algo para compartir.
- Ya veo…
- ¡Venga, anda! - dijo Gustavo dándole una palmada en la espalda -. Te presentaré al resto. Pero antes una cosa… ¿lo has traído, verdad?
- Por supuesto - sonrió Gabi, tocándose el bolsillo del pantalón.
- ¡Esto va a ser la hostia, chaval! - exclamó -. ¡La puta hostia!
Y sin darse cuenta, empezó a mirar a Gustavo con otros ojos, no fue de golpe, sino a base de pequeñas grietas en el prejuicio. Siempre lo había encasillado como el típico hombre mayor, tosco, salido, un adicto al sexo sin demasiados escrúpulos ni sutilezas. Una caricatura fácil. Pero a medida que Gustavo lo llevaba de un grupo a otro, presentándole nombres, historias, miserias y bromas privadas, aquella imagen comenzó a desmoronarse. Lo que veía ahora era distinto. Había en él algo casi amable. Un tipo que abría su casa como quien abre un refugio en mitad del frío, consciente de que muchos de los que cruzaban esa puerta no buscaban solo placer, sino un respiro. Hombres cansados, solos, invisibles en su día a día, que allí - aunque fuera una noche a la semana - podían sentirse deseados, escuchados, parte de algo. Gustavo los conocía a todos, recordaba detalles, toleraba manías, repartía cervezas y espacio como si supiera exactamente lo que cada uno necesitaba. Era extraño, no lo negaba. Su compañero de trabajo se movía por el piso como el líder de una secta improbable, rodeado de adeptos que le seguían con una mezcla de respeto y gratitud. Y sí, todo aquello también era en beneficio propio; no se engañaba. Pero incluso así, resultaba difícil negar que había algo altruista en su forma de hacerlo. Sin discursos, sin moralinas, sin promesas falsas. Solo una norma clara, casi sagrada: buen rollo, respeto y traer algo de picar. Podía parecer absurdo, incluso grotesco desde fuera. Pero para Gabi empezó a tener sentido. Aquella casa no era solo un piso desordenado lleno de humo y cerveza: era un templo laico, imperfecto, donde nadie pedía explicaciones y todos eran bienvenidos mientras supieran convivir. Y por primera vez, Gustavo dejó de parecerle un simple estereotipo para convertirse en algo mucho más incómodo y humano: alguien que, a su manera torcida, estaba haciendo un pequeño bien al mundo.
El grito de Gustavo sacudió el piso entero. Fue la voz del líder de la manada, del maestro de ceremonias. Y todos los creyentes dejaron de hacer lo que estaban haciendo para prestarle atención al instante.
- … que va, que va - decía Gabi, cuatro cervezas después, hablando con un tipo llamado Toni - lo conozco hace dos semanas, ¡justo hoy! Hace dos semanas en realidad.
- ¿Y es tu primera vez, dices?
- Sí… bueno, estuve a punto de venir una vez, pero… surgió algo y no pude…
- ¡ATENCIÓN!
Los vítores estallaron al instante, y Gabi se sorprendió a si mismo vitoreando junto a los demás. De repente notó que alguien le pasaba la mano por el hombro, era Nico. Pero no el científico, si no el de mejillas sonrojadas y mirada vidriosa.
- Creo que ya va siendo hora de que empecemos. Pues creo que ninguno de los presentes ha venido aquí para charlar de fútbol, política o economía.
Todos se movieron al instante como si fueran niños jugando al juego de las sillas, Gabi y Nico reían nerviosos entre empujones y peleas por coger el mejor sitio. Al final encontraron hueco en uno de los sofás y terminaron sus cervezas mientras observaban a los demás moverse nerviosos por el salón. Terminaron formando un semicírculo alrededor del televisor y Gustavo desde un sillón, al ver que todos estaban listos, lo encendió con el mando a distancia. Lo tenía todo preparado, como el que ha repetido mil veces aquel ritual. En la gran pantalla empezó a reproducirse un video porno de la actriz Sara Jay. Gabi lo reconoció al instante, había visto aquella escena mil veces. Ella vestida con un traje negro corto que dejaba ver el escote que marcaban sus enormes tetas. Los dos negros transportando trastos como si hicieran una mudanza. Y de repente, por arte de magia, todos empezaron a desnudarse a la vez, como si alguien hubiera pulsado un botón imaginario, activándolos al instante.
- Esto empieza, colega… ¿Preparado?
- ¡Nací preparado! - sonrió Gabi brindando con él.
- Así que… - siguió Gustavo con una sonrisa de oreja a oreja - ¡Que cada uno escoja un sitio y empezamos de una vez! ¡Vamos a darle duro!
En un abrir y cerrar de ojos, el salón estaba lleno de cuerpos desnudos y pollas erectas. Gabi, que no se atrevía a apartar la vista del televisor, no pudo evitar desviar los ojos un instante hacía la entrepierna de su compañero. Supo en ese instante, que Dios aprieta pero no ahoga. Nico no era demasiado agraciado físicamente, y sus dotes sociales no eran - que digamos - las más hábiles del mundo, pero por otro lado iba muy - pero que muy - bien armado, sin duda. Se estremeció al tenerlo tan cerca. Sus muslos se rozaban sin querer, sus brazos se tocaban como el que comparte un reposabrazos en un cine, el olor a polla lo invadía todo, los gemidos y las muñecas golpeando la piel llegaban desde todas partes, una sinfonía que lo atrapó al instante. Sin pensarlo siquiera, empezó a masturbarse como todos los demás, empezó rígido, tenso, con esa incomodidad que no se nota en el cuerpo pero sí en la forma de mirar. Al principio observaba más de lo que debía, midiendo gestos, velocidad, gemidos. No era miedo exactamente, sino prudencia: la sensación de estar en territorio ajeno, donde cualquier paso en falso podía ser peligroso. Pero poco a poco empezó a relajarse. No porque entendiera del todo lo que ocurría, sino porque todos los demás se movían con una naturalidad tan aplastante que aquello acabó pareciendo lo más normal del mundo. Y sin darse cuenta, dejó de cuestionarlo.
De algún modo, estaba ocurriendo lo mismo que en los experimentos de conformidad de Solomon Asch, aquellos que se desarrollaron en la Universidad de Swarthmore y que demostraban hasta qué punto el ser humano es moldeable cuando el grupo aprieta.
El experimento transcurre en una sala asfixiante por el silencio. Siete sillas ocupadas, pero solo una importa: la del Sujeto Crítico. Los otros seis no están allí para dudar, sino para empujar. Son actores, engranajes de un mecanismo diseñado para erosionar la lógica. El investigador muestra dos láminas: en una hay un círculo; en la otra, un cuadrado. Luego oculta una. La respuesta es tan obvia que casi ofende: lo que todos ven es un cuadrado. Pero el primer cómplice, con una seguridad quirúrgica dice: “Círculo”. El segundo asiente sin pestañear: “Círculo”. El tercero, el cuarto, el quinto repiten la mentira, idéntica, como un eco industrial. Cuando llega el sexto y repite lo mismo, la duda se instala en el pecho del Sujeto Crítico. Surge la inseguridad, algo incluso más primitivo. Y cuando el turno le alcanza, el aire pesa. Sus ojos siguen viendo la verdad - un puto cuadrado -, pero sus oídos están saturados por el consenso del grupo. Aparece el sudor frío de la exclusión, ese pánico biológico a quedarse solo, a ser el único que camina en dirección contraria. La mente empieza a traicionar a los sentidos: ¿y si soy yo el que está equivocado? Entonces, para aliviar la presión en el pecho, para encajar, para sobrevivir socialmente, abre la boca y pronuncia la palabra que todos esperan oír: “Círculo”.
La realidad siendo derrotada por el consenso. No porque haya cambiado, sino porque resulta más cómodo negarla que enfrentarse al grupo. El sujeto cede, no tanto por estupidez como por miedo: al ridículo, a la exclusión, a confiar demasiado en sí mismo. Y Gabi, polla en mano, empezó a entenderlo sin necesidad de teorías. Nadie le había obligado a nada. Nadie le había empujado. Simplemente, todos actuaban como si aquello fuera normal y eso bastó. Como en el experimento, la presión no venía de la imposición, sino del consenso compartido. Y en ese verdad absoluta, Gabi comenzó a decirse lo mismo que el Sujeto Crítico: si todos lo ven así, quizá sea yo el que no está viendo bien.
Y mientras dejaba de ser el novato que calienta banquillo, ese al que el entrenador solo llama cuando el partido ya está decidido, Gabi saltó por fin al campo de juego con el primer equipo. De repente ya no era el nuevo, ni el raro, ni el que observa desde la esquina confundido. Era uno más. Y tan cómodo se sintió en esa ilusión recién estrenada que, por un instante, lo olvidó todo.
Hasta que la palabra le cruzó la cabeza como un latigazo: “La Azulita”. Pensó en ella de golpe y, casi por reflejo, buscó a Gustavo con la mirada. Estaba hundido en su sillón, masturbándose lentamente y observándolo fijamente, la mirada cargada de intención, marcando el ritmo de la paja con pequeños gestos de cabeza, como un director de orquesta reclamando su solo. Gabi tragó saliva. Sus pantalones, tirados de cualquier manera sobre el reposabrazos del sofá, parecían ahora demasiado lejos. Metió la mano en el bolsillo y notó el vial, frío, real, imposible de ignorar.
Y entonces Nico también lo recordó. No estaba allí como un asceta más del placer colectivo, no aquella noche. Era un Caballo de Troya, infiltrado, con una misión silenciosa que cumplir. Se puso en pie de golpe, subiéndose los calzoncillos desde los tobillos hasta la cintura con torpeza y prisa.
- ¿Qué haces? - preguntó Nico, frunciendo el ceño.
- Creo… creo que me han llamado - mintió Gabi, sorprendiéndose a sí mismo por lo convincente que sonó.
Sin más desapareció pasillo adentro, dejándolo solo con el peso de la decisión que estaba a punto de tomar, el murmullo lascivo del piso y esa sensación incómoda de estar a punto de cruzar una línea que, sin saberlo aún, iba a cambiar su vida para siempre.
- ¿Dónde vas? - preguntó Gabi, nervioso, cerrando el puño alrededor del vial.
- ¡Me estoy meando, colega! - rió Nico, rascándose la nuca - . Siempre me pasa. Ahora vuelvo, ¿vale?
Esperaban frente a la puerta como tres stripers contratadas para una despedida de soltero. Mientras Raquel no dejaba de bajarse la falda, tirando de ella con torpeza. Le quedaba obscenamente pequeña: la cintura le apretaba hasta dolerle, los michelines desbordaban sin misericordia y las nalgas asomaban por debajo sin ningún tipo de pudor. Se sentía desnuda y vulnerable, incluso ridícula. Pero extremadamente excitada por lo que estaba a punto de hacer. Justo cuando estaba a punto de decir algo, de romper la tensión que se respiraba en aquel rellano, la puerta del piso de Gustavo se abrió apenas un palmo.
- No me lo coge… - refunfuñó Laia, colgando y volviendo a llamar por enésima vez.
- ¡Puto Nico! Seguro que se ha olvidado de nosotras - sentenció Sofi a su lado, cruzándose de brazos.
Nico cerró la puerta tras ellas. Al girarse y verlas vestidas de aquel modo, el sudor le brotó de golpe por la frente. Su polla apunto de romper los canzoncillos.
- Entrad, vamos… - susurró Nico -. Que esto ya ha empezado.
- Eres el mejor, ¿lo sabes? - sonrió Laia de oreja a oreja.
- Lo sé… - respondió él, abriendo del todo y haciéndose a un lado.
- ¡Joder, qué putos nervios! - rió Sofi dejando la mochila caer en el suelo del recibidor.
No pudo terminar la frase. Sofi lo empujó sin miramientos hacia el pasillo, riéndose con descaro. Entre miradas cómplices, alguna descaradamente lasciva y un cachetazo en el trasero de regalo acompañado de comentarios subidos de tono, Nico avanzó hacia el salón sin poder quitarles los ojos de encima. Creía, honestamente, que ya había visto lo más alucinante de aquella noche. Pero se equivocaba por completo. Pues al llegar al salón, lo que contempló le cortó la respiración.
- ¿Pe… pero qué cojones hacéis así vestidas? - preguntó, incapaz de disimular cómo se le iba la mirada.
- No preguntes y vuelve con los demás, anda… - le susurró Laia, acercándose lo justo para desarmarlo.
- Pe… pero…
La “Azulita” estaba desparramada sobre la mesita de cristal. Gabi la cortaba con una tarjeta, como si fuera cocaína, mientras un billete de cinco euros rulaba ya de mano en mano. Nico se quedó pálido, empezando a temblar. “¿De dónde la habían sacado? ¿Es que no sabían lo peligrosa que era? ¿Cómo podían consumirla así, en esas cantidades? Aquello iba directo al cerebro, sin filtros, sin red”. Quiso acercarse, detenerlos, imponerse. Pero le fue imposible. Los que tomaban su dosis se transformaban al instante. El cuerpo humano dejaba de ser un organismo para convertirse en materia prima, algo moldeable. El proceso era una coreografía de alteración biológica extrema. Permanecían de pie, convulsionando, mientras sus metabolismos eran forzados a cruzar umbrales imposibles. La piel, privada de cualquier rastro de vello, se tensaba sobre una musculatura que crecía con una densidad antinatural. Las fibras se hinchaban, se endurecían, adquiriendo una rigidez casi mineral, como si la carne estuviera mutando en blindaje vivo. La anatomía se redefinía bajo una estética de hipertrofia funcional. Las venas emergían como cables bajo una superficie lisa y tirante; los contornos perdían toda suavidad orgánica para adoptar ángulos agresivos, hercúleos. No había dolor visible, solo una metamorfosis silenciosa. La grasa desaparecía por completo, dejando al descubierto una estructura optimizada para la potencia pura. Era una evolución forzada: la transición de un organismo imperfecto a una forma física absoluta. Al final del proceso no quedaban individuos, sino estructuras de masa y fuerza que habían sacrificado la fragilidad humana a cambio de una perfección gélida e imponente.
Nico empezó a marearse al ver el tamaño de sus pollas, no es que fueran grandes, eran descomunales, obscenamente enormes. Con la advertencia aún atascada en la punta de la lengua. Se giró de forma instintiva para avisar a las chicas, para decirles que debían irse, que aquello era peligroso, que estaban jugando con algo que no entendían. Pero el aire se le escapó de los pulmones al verlas. No quedaba rastro de las mujeres que conocía. La transformación las había alcanzado con la misma brutalidad estética que a los hombres. Sus siluetas habían sido rediseñadas bajo una lógica de exceso y perfección artificial. La piel lucía pulida, casi cerámica, desprovista de cualquier imperfección cotidiana. Sus proporciones se habían alterado de forma drástica: cinturas reducidas a una estrechez imposible, pechos, culo y muslos expandidos en una hipertrofia curvilínea que desafiaba la gravedad y la anatomía natural. Lo más inquietante era la uniformidad de sus rostros. Rasgos suavizados y simetrizados hasta una belleza genérica y vacía. Labios hinchados y brillantes, entreabiertos en una expresión permanente de ausencia. Sus ojos, fijos en él, parecían observar desde una distancia infinita, como si la densidad de sus nuevos cuerpos hubiera desplazado cualquier vestigio de voluntad propia. Eran ahora monumentos a una feminidad exagerada y sintética. Armas biológicas de una presencia visual tan imponente como carente de alma.
Cuando ellas entraron en el salón, sin que Nico pudiera hacer nada para evitarlo, el encuentro no tuvo nada de humano; fue una colisión de perfección estética y sexual. Cuando ambos grupos se encontraron, no hubieron saludos ni palabras, solo el sonido del aire desplazándose por cuerpos que ahora poseían una densidad física abrumadora. Los hombres, convertidos en bloques de musculatura rígida y ángulos rectos, se erguían como columnas de piedra viva. A su lado, ellas se movían con una fluidez sintética, balanceando sus nuevas proporciones con una gracia que parecía coreografiada por una inteligencia artificial. La diferencia de sus formas - la rudeza hercúlea de ellos frente a la hipertrofia curvilínea de ellas - creaba un contraste visual absoluto, como si fueran dos modelos distintos de una misma línea de producción. Se reconocieron, pero no por el nombre, sino por la vibración del poder que emanaba de su piel pulida. Ellos se agruparon con una precisión geométrica, formando una falange de carne transformada donde el individuo había muerto, como un grupo de soldados pasando revista. Ellas desfilaron por enfrente de ellos, rozaban sus desproporcionados culos contra sus monstruosas pollas, les palpaban los huevos hinchados o acariciaban sus perfectos abdominales, los manoseaban hasta desgastarlos sin dejar a nadie fuera. Sus miradas se cruzaban, pero no había reconocimiento emocional; solo quedaba un vacío magnético. La atmósfera se volvió pesada, saturada por la presencia de esos seres que, al haber alcanzado el cénit de su transformación física, parecían esperar una orden superior para poner en marcha su nueva y devastadora naturaleza.
Nico se sintió como un insecto atrapado en una red de perfección de mármol. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando el grupo de hombres comenzó a cerrarse en un círculo perfecto, un movimiento ejecutado con una sincronía matemática que ningún humano corriente podría replicar. Ellas quedaron rodeadas por completo, sonriendo estúpidamente, mostrando sus encantos sin ningún tipo de pudor. No había roces accidentales ni ruidos de respiración agitada. Lo que se sentía era la radiación del calor que emanaba de esos cuerpos densos y el siseo casi imperceptible de su piel sintética al rozarse. Los hombres, con sus torsos expandidos como escudos de carne, formaban un muro exterior de fuerza bruta, mientras ellas, con sus siluetas de curvas imposibles y rostros de porcelana, se pusieron de rodillas con una elegancia depredadora.
Nico buscó una mirada familiar, un destello de duda o miedo en los ojos de alguno, pero solo encontró el vaciado absoluto. Era testigo de una nueva especie que compartía una misma frecuencia. La presencia de ambos grupos, ahora integrados, generaba una atmósfera de estática eléctrica; el aire parecía vibrar por la masa física acumulada en tan poco espacio. Se dio cuenta de que no era una reunión, sino una fusión. Y él, con su cuerpo natural y sus gestos desgarbados, era la única nota discordante en una habitación llena de estatuas vivientes que acababan de descubrir su propósito colectivo: “Follar como bestias”.
Cuando Laia se metió la polla inmensa de Gabi dentro la boca, Nico supo que ya era tarde para fingir que aquello no estaba ocurriendo. El aire cambió por completo. Bastó una simple mirada, una erección descocada, una electricidad densa que lo atravesó de golpe. Quiso moverse. De verdad quiso. Dar un paso al frente, alzar la voz, romper aquella locura como quien apaga un fuego antes de que el mundo entero arda. Pero su cuerpo no respondió. Dentro de él, dos voces chocaron con violencia. La primera era conocida. Clara. Fría. La voz que había aprendido a llamar conciencia. “Esto está mal. Sabes lo que es esa sustancia. Sabes lo que provoca. Sabes que no puedes permitirlo”. Era la voz de las consecuencias, de los límites, de la responsabilidad. La que hablaba en términos de daño, de peligro, de líneas que no deben cruzarse. La que le recordaba quién había sido hasta ese momento. Pero había otra. Más baja. Más antigua. Una voz que no gritaba, que susurraba. “Podría ser yo el que estuviera enfrente de Laia. ¿Y si me dejo llevar esta vez?, ¿Y si me uno a ellos?” Era la voz del deseo, del cuerpo reaccionando antes que la razón. La voz que no argumentaba, que sentía. Que le recordaba que estaba vivo, que no era ajeno a lo que veía, que aquello también lo atravesaba por dentro. No le pedía permiso; solo le mostraba la tentación de pertenecer, de dejar de ser un mero espectador.
Las dos voces no se turnaban. Se superponían. Se empujaban.
Moralidad contra deseo. Control contra abandono.
Nico notó cómo el tiempo se estiraba, cómo el momento se volvía espeso, casi irreal. Cada segundo que no actuaba inclinaba la balanza. Cada latido era una decisión que no tomaba.
Podía frenarlos. Aún podía. O podía quedarse observando. O algo peor: podía ser uno más.
Y lo más aterrador no fue darse cuenta de que no sabía qué hacer… sino descubrir que una parte de él deseaba no saberlo nunca. Ahí, inmóvil, entendió que no siempre es el miedo lo que paraliza. A veces es la certeza de que, hagas lo que hagas, ya no saldrás intacto. El aire estaba tan cargado en sus pulmones que parecía espeso. Cada respiración era un esfuerzo, cada mirada un roce invisible a su entrepierna. Lo sentía, lo sabía… estaba al borde, no de un acto, sino de una rendición. El mundo había reducido su tamaño hasta aquel salón saturado de cuerpos, calor y una promesa demasiado morbosa como para ser denegada.
Y entonces ocurrió, justo en el preciso momento. Cuando la voluntad del hombre flaqueó ante su propia naturaleza, el destino tomó el mando para esculpir en él la determinación que no se atrevía a reclamar. Al principio fue solo un espasmo. Julián - el tipo callado, el que nadie sabía bien cuándo había empezado a venir a las “fiestas” de los viernes - se quedó rígido. Un temblor seco le recorrió el cuerpo como una descarga mal dirigida. Sus pupilas se dilataron de golpe hasta inundarse de un brillo antinatural, un azul eléctrico, casi fosforescente, que no pertenecía a ningún ser vivo. Cayó de rodillas. La espuma comenzó a brotar de su boca, espesa, teñida de un cobalto sucio, mientras sus venas se marcaban bajo la piel como raíces luminosas: zafiro, índigo, turquesa enfermizo. Su cuerpo ya no obedecía; se estaba quemando desde dentro. Nico no reaccionó al principio, aún inmerso en aquel caos que era su mente; hasta que Julián empezó a gritar. No fue un grito humano. Fue un rugido roto, lleno de rabia ciega, de dolor sin lenguaje. Se levantó de un salto imposible y, sin apenas mirar, agarró a Raquel del cuello, que hasta ese momento le chupaba la polla con total dedicación. Los dedos se cerraron como tenazas. Ella simplemente rió. Lo hizo con una sonrisa vacía, los ojos vidriosos, el cuerpo aún atrapado en la distorsión de su nueva existencia. Creía que era parte del juego, una intensidad nueva, una vuelta de tuerca al delirio sexual. Pero sus rodillas empezaron a despegar del suelo.
Nico despertó de golpe. No metafóricamente. Despertó de verdad.
El mundo volvió a enfocarse con una claridad brutal.
Ella ya no reía. Su piel empezó a cambiar de color, del rosado artificial a un lila oscuro, luego a un violeta muerto. El cuerpo comenzó a deshacerse de la metamorfosis: las formas exageradas colapsaron, la piel recuperó su textura real, sus ojos volvieron a ser suyos. Y al recuperar su conciencia entendió que estaba sucediendo. Agarró con sus dos manos el antebrazo robusto de Julián y empezó a gritar como un cerdo llevado al matadero. Un grito puro, animal, de alguien que entiende que se está muriendo. Nico no pensó. No había tiempo. Corrió. Como nunca lo había hecho antes. Arremetió contra él, una, dos, tres… infinitas veces. Pero no logró nada, era como golpear un muro de roca densa.
- ¡RAQUEL NOOOO! - gritó desesperado.
No pensó. No había tiempo. La cocina estaba a tres pasos. Cogió lo primero que encontró: un cuchillo grande, pesado, de hoja manchada de restos de comida. Volvió al salón en un segundo que le pareció eterno. Julián seguía gruñendo, babeando aquel azul lechoso, los ojos encendidos como faros defectuosos. Nico se abalanzó sobre él. El impacto fue seco. Una puñalada. Otra más. Y luego otra más. No hubo razón, no hubo reflexión. Ni tan siquiera heroicidad. Fue una reacción torpe, desesperada, salvaje. El cuchillo entraba y salía con un sonido húmedo, sordo, como si el cuerpo ya no fuera carne sino algo roto, mal ensamblado. Julián soltó a Raquel, cayendo hacia atrás, convulsionando una última vez, los colores apagándose de su piel como luces que se funden. El brillo murió en sus ojos. El cuerpo quedó quieto. Silencio.
Ella se desplomó al suelo, tosiendo, llorando, aún viva por segundos de diferencia. Nico se quedó de pie enfrente del cadáver, el cuchillo aún en la mano, respirando como si acabara de salir de una guerra. Miró alrededor. La “fiesta” seguía como si nada hubiera ocurrido. Sexo bruto y sucio, un contraste absurdo, totalmente irreal, pero tan cierto que asustaba. Pero en su interior no quedaba erotismo alguno, ni morbo, ni fantasía. Solo un alma aterrada, un cadáver en el suelo y la certeza de que algo irreversible acababa de ocurrir. El destino había intervenido por él. Y lo había hecho manchando sus manos de sangre.
Raquel se aferró a él como si el mundo fuera a derrumbarse de un momento a otro. Sus brazos temblaban, su cuerpo entero buscaba refugio en aquel pecho que aún respiraba a trompicones. Le dio las gracias entre sollozos, una y otra vez, palabras atropelladas que se perdían contra su clavícula, empapadas de lágrimas y de miedo. Nico no respondió. Seguía allí, inmóvil, como una farola en una calle por la que ya no pasa nadie. El cuchillo colgaba aún de su mano derecha. La sangre descendía en gotas espesas, marcando el suelo con un ritmo lento, casi obsceno, como un reloj que se negara a detenerse. Ella se separó apenas unos milímetros. Lo justo para poder mirarlo. Lo justo para respirar. Tenía el rostro desencajado, los labios violáceos, el pecho subiendo y bajando como si en cualquier momento fuera a salirse de su sitio. Giró la cabeza y entonces lo vio: El cadáver
El vértigo le golpeó el estómago. Las piernas le flaquearon. Aquello era real. Demasiado real. Iba a decir algo - cualquier cosa - cuando la voz de Nico la atravesó.
No hubo dramatismo. No hubo duda. Fue una frase limpia, desnuda, pronunciada con una calma que no le conocía.
- Debes ayudarme…
Nico bajó la mirada. El charco oscuro se extendía bajo sus pies, reflejando fragmentos del techo, de la luz, de la noche que acababa de romperse. Supo lo que tenía que hacer sin haberlo hecho jamás. No por frialdad. No por maldad. Sino porque su mente - esa mente lógica, analítica, científica - no encontraba otra salida posible. No era una decisión moral. Era una deducción.
- Ayu… ¿ayudarte a… a… a qué? - balbuceó ella, aún atrapada entre el temblor y el shock.
Alzó los ojos de nuevo. Ya no había miedo, ni erección, ni titubeos. Solo alguien que había cruzado una línea invisible y sabía que no había marcha atrás. Raquel lo miró y por primera vez entendió que la vida que conocían acababa de morir allí mismo, sobre aquel suelo manchado, entre el sexo y el olor metálico de la sangre. No dudo ni un instante, simplemente asintió… Muy despacio.
- A desacéranos del cadáver y eliminar las pruebas…
Como el Escandio, siendo el primer paso hacia la complejidad de los metales y la luz que imita al sol en los estadios de la conciencia, un metal ligero esperando el momento de la incandescencia para demostrar que el placer, bien alineado, es la estructura más fuerte del universo. Esta Historia continuará…
Capítulo 22. Titanio - ¿Víc(Ti)ma o Verdugo?
El Titanio (Ti) ocupa el vigésimo segundo lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del titanio con la paradoja de ser Víctima y Verdugo al mismo tiempo, obtenemos el retrato de una simbiosis indisoluble. El titanio es el metal de la biocompatibilidad agresiva: es capaz de integrarse en la carne para salvarla, pero posee una dureza que puede desgastar el tejido vivo que lo rodea. Es el elemento que borra la línea entre lo que protege y lo que somete.
El Titanio: La Paradoja de la Estructura Dual
1. El Implante que Devora (Osteointegración y Desgaste)
El titanio es el único metal que el hueso acepta como propio, fundiéndose con él. Sin embargo, su rigidez es tan superior a la del cuerpo que, si no se ajusta con precisión, acaba fracturando el hueso sano que intenta sostener. Ser víctima y verdugo es habitar la dualidad del implante. Eres el salvador de tu propia historia (el titanio que repara), pero para sostenerte, ejerces una presión insoportable sobre tu humanidad (el verdugo que desgasta). Entendemos que muchas veces nos convertimos en verdugos de nosotros mismos precisamente para sobrevivir a nuestra condición de víctimas.
2. La Memoria de Forma (Nitinol)
Cuando el titanio se alea con el níquel, crea el Nitinol, un metal con "memoria". Puedes doblarlo, retorcerlo o golpearlo (víctima), pero al aplicarle calor, recupera su forma original con una fuerza irresistible que aparta todo lo que se cruce en su camino (verdugo). Esta es la esencia de quien ha sufrido un trauma y lo convierte en arma. El "yo-titanio" registra el golpe de la víctima, pero guarda en su estructura la orden de regresar a su estado previo. Al "calentarse", esa recuperación no es pacífica; es un acto de fuerza que ignora el daño colateral. Eres la víctima que recuerda, ejecutando la sentencia del verdugo para volver a ser quien eras.
3. El Escudo que se vuelve Espada (La Capa de Pasivación)
El titanio sobrevive porque crea una capa de óxido instantánea. Esta piel lo hace invulnerable (víctima protegida), pero es esa misma dureza la que permite que el titanio sea usado para fabricar los escalpelos más afilados y resistentes de la cirugía. Tu mecanismo de defensa es también tu capacidad de herir. La armadura que construiste para que no te hicieran más daño es la misma que ahora tiene bordes afilados que cortan a quienes intentan acercarse. Eres una víctima blindada que, por el simple hecho de existir en su fortaleza, se convierte en el verdugo de la intimidad ajena.
4. La Resistencia a la Fatiga (El Ciclo Eterno)
El titanio es famoso por su altísima resistencia a la fatiga; puede soportar millones de ciclos de tensión sin quebrarse. Ser víctima y verdugo a la vez requiere una materia que no se agote. El ciclo de "recibir y devolver" el dolor es un proceso de fatiga extrema. El titanio representa a aquel que está atrapado en el bucle: es víctima en el ciclo de tensión y verdugo en el ciclo de descarga, pero su estructura es tan fuerte que el bucle nunca se rompe. Es la condena de la invulnerabilidad: ser demasiado fuerte para dejar de sufrir, pero demasiado duro para dejar de dañar.
5. El Blanco que lo Oculta Todo (Dióxido de Titanio)
Es el pigmento que da la opacidad total. Bajo una capa de blanco de titanio, no se puede saber si el lienzo estaba roto o si la pintura original era violenta. La identidad dual se cubre con una pátina de perfección. Usamos nuestra historia de víctimas para blanquear nuestros actos de verdugos, y viceversa. El titanio es la máscara que unifica ambos rostros, permitiéndonos caminar por el mundo con una superficie impecable mientras en nuestro núcleo metálico la víctima y el verdugo luchan por el control de la misma estructura.
Conclusión: La dualidad víctima-verdugo, vista a través del titanio, es la geometría de la integración forzada. Es el reconocimiento de que la misma dureza que nos salva de la destrucción es la que nos permite destruir. Significa aceptar que somos una aleación compleja: un metal que se funde con la herida para convertirse en el arma que la protege, recordándonos que, a veces, la única forma de no ser quebrados es convertirnos en el martillo que sostiene nuestro propio mundo.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
“Ding-Dong”
Sábado. Seis de la mañana. La hora exacta en la que el ruido debería estar oficialmente prohibido. Gabi roncaba a pierna suelta, atravesado en la cama como si hubiera pagado por metro cuadrado. Sofi, encajada entre su pecho y el borde del colchón, dormía con la paz de quien ha sobrevivido a una noche larga y piensa repetir.
“Ding-Dong Ding-Dong”
Sofi abrió medio milímetro el ojo izquierdo, lo justo para confirmar que seguía viva. Se acurrucó aún más contra él, buscando refugio térmico y existencial.
“Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong”
“Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong”
- ¡Joder…! - murmuró Sofi levantando la cabeza de su pecho -. ¡Gabi, despierta!
Por lo visto, el timbre no opinaba lo mismo. “DING-DONG DING-DONG DING-DONG”
- ¡Gabiiii! - gritó, agarrándole los mofletes y agitándoselos como si fuera plastilina humana.
- Queeeee… - respondió él sin abrir los ojos.
- Alguien llama a la puerta.
- Me parece muy bien - contestó, girándose para seguir durmiendo como si aquello no fuera con él ni con la humanidad entera.
Gabi se incorporó de golpe, como activado por un resorte del infierno. Salió del dormitorio hecho una furia. Sofi, desequilibrada por la súbita ausencia de cuerpo calefactor, rodó de la cama al suelo con un golpe seco. Se cagó en Dios y en la Santa Iglesia, siguiendo a trompicones a su novio con impulsos homicidas, convencida de prenderle fuego a quien fuera que esperara tras la puerta. Gabi cruzó el piso en dos zancadas, los puños cerrados, el alma abandonando el cuerpo con cada paso. Llegó a la puerta, la abrió de par en par, dispuesto a repartir justicia madrugadora.
No llegó a ver quién era. Ni a gritarle. Ni siquiera a pestañear. Un puñetazo limpio y directo a la nariz lo mandó al suelo como un saco de patatas con pijama. Se oyó un ¡Plof! seco y definitivo. Sofi apareció en el marco del pasillo justo a tiempo para verlo espatarrado en el suelo.
Sofi intentó interponerse, pero Nico ya estaba dentro.
- ¡¿QUÉ COJONES HACES NICO?! - gritó al verlo.
Y no entró como un amigo. Entró como una catástrofe.
Estaba cubierto de tierra seca y barro húmedo, la ropa manchada, oscura, pegada al cuerpo como una segunda piel maldita. Olía a sudor frío, a noche sin dormir, a algo más profundo y animal. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de contención fallida. Los nudillos aún tenían restos de sangre bajo las uñas. No se había limpiado. No había tenido tiempo. O no había querido. Gabi seguía en el suelo, medio incorporado, con la nariz sangrando, intentando enfocar el mundo. No entendió nada antes de que Nico le cayera encima. Pues el primer golpe no fue un aviso. Fue una sentencia.
El peso de Nico lo aplastó contra el suelo y los puños empezaron a golpear una y otra vez, sin ritmo, sin técnica, sin pausa. Cara, pecho, costillas. Donde encontraban carne. Gabi gritó, intentó cubrirse, rodar, huir… fue imposible. Nico no estaba peleando: estaba descargando su rabia.
Cada golpe llevaba una idea detrás. Cada impacto, una acusación muda.
“La Azulita”, la metamorfosis, Raquel ahogándose, el cuchillo.
La tierra removida de madrugada.
Nico respiraba como un animal acorralado. Gruñía. Los dientes apretados. Los ojos hundidos y desorbitados. No veía a Gabi como su amigo; veía la causa y el origen del desastre. El error que no había sabido cortar a tiempo. Gabi empezó a perder fuerza. Los brazos dejaron de subir con precisión. La defensa se volvió torpe. Cada intento de protegerse llegaba tarde. El suelo se manchaba de sangre nueva, más clara, más viva. Pero Nico no paraba. No iba a parar.
Aquello no era una paliza. Era una ejecución en proceso. Si nadie intervenía, el cuerpo de Gabi iba a quedarse quieto. Y Nico lo sabía. En el fondo de su mente, lo sabía perfectamente… y aun así seguía. Porque ya había cruzado esa línea una vez. Y cruzarla dos parecía, por un instante, insoportablemente fácil.
Sofi reaccionó tarde, gritando, tirando de él, golpeándolo en la espalda, suplicando sin palabras claras. Le costaba arrancarlo de encima como si estuviera soldado al cuerpo de Gabi. Se resistía, pataleaba, intentaba volver, los ojos clavados en su objetivo como un depredador frustrado. Raquel apareció de golpe, igual de sucia, igual de sudada. Y entre las dos consiguieron inmovilizarlo. Cuando por fin lo separaron, Nico quedó de rodillas, jadeando, las manos hundidas en el suelo, dejando marcas de barro y sangre sobre el parquet limpio.
Levantó la cabeza, aún temblando. Gabi no se movía. Apenas respiraba. Pero no había alivio en su rostro. No había justicia en su alma. Solo rabia casi agotada y una culpa más sucia que la tierra que aún llevaba encima. Había enterrado un cadáver. Y estaba a punto de enterrar a otro.
Nico no respondió. No podía. Seguía allí, de rodillas, el torso inclinado hacia delante, las manos sobre el suelo como si pesaran toneladas. Los ojos, enrojecidos y húmedos, no se apartaban del cuerpo de Gabi. No parpadeaban. No buscaban perdón. Solo había una idea fija, densa, insistente, empujando desde dentro como un animal atrapado: acabar lo que había empezado.
- ¡¿Es que has perdido la puta cabeza?! - le gritó Sofi mientras intentaba reanimar a Gabi -. ¡¿Se puede saber qué cojones te pasa, puto idiota?!
La rabia no se había ido. Solo se había quedado sin salida. Lo quería muerto con una claridad que le daba miedo. No como un impulso pasajero, sino como una conclusión lógica. Seguir golpeándolo, torturarlo, hacerle el máximo daño posible tanto física como mentalmente. Por su culpa había jodido su vida, por su culpa cargaba con la muerte de un inocente, por su culpa todo se precipita hacía el abismo más oscuro. La imagen del cuchillo entrando y saliendo volvió de repente, la tierra removida a oscuras con las manos desnudas, el cuerpo sin vida enterrado en mitad de la nada. El silencio después. Todo llevaba su nombre.
Gabi respiraba con dificultad, un hilo frágil, irregular. Cada inspiración parecía un favor concedido por azar. Nico apretó la mandíbula con fuerza, conteniéndose a sí mismo como quien sujeta a un loco desde dentro.
Raquel levantó la vista despacio. Miró a Nico, pero no vio a un asesino. Vio a alguien roto por dentro, sostenido apenas por pura inercia.
- Se pondrá bien - murmuró Raquel, ya a su lado, concentrada, tomándole las constantes con manos sorprendentemente firmes -. Pero necesito paños limpios, alcohol, hilo de coser y aguja.
- La primera puerta a la derecha tienes el lavabo - dijo Sofi sin apartar los ojos de Nico -. En el segundo cajón de la izquierda está el botiquín.
Sofi negó con la cabeza al instante, tensa, protectora.
- Será mejor que vayas tú, Sofi - dijo con una seguridad que no admitía réplica -. Yo me quedaré con él.
Raquel no se movió. No alzó la voz. No discutió. Solo sostuvo la mirada.
- Ni de coña lo dejo solo con este animal…
El silencio cayó como un peso sobre sus espaldas. Sofi dudó un segundo. Uno solo. Luego se puso en pie, se giró y fue hacia el baño, con pasos rápidos, casi furiosos. Raquel volvió a centrarse en Gabi, presionando su nariz, controlando la respiración de su boca. Nico seguía inmóvil. Pero algo había cambiado. No era calma. Era agotamiento. La furia empezaba a deshilacharse, dejando al descubierto lo que había debajo: Temblor, culpa, miedo. Ella no le dijo nada. No aún. Sabía que si lo hacía, si le daba permiso para existir, Nico se derrumbaría. Y ahora no podían permitírselo.
- Te doy mi palabra de que no lo tocará. - Hizo una pausa breve -. Vamos. Date prisa. Antes de que se infecten las heridas.
Cuando Sofi volvió con el botiquín, Raquel empezó a trabajar sin pausa y sin dudas. Como si algo dentro de ella se hubiera recolocado durante la noche y ahora supiera exactamente qué hacer. Entre las dos limpiaron la sangre espesa, presionaron donde hacía falta, cosieron lo imprescindible con manos firmes y decididas. Gabi gemía a ratos, inconsciente la mayor parte del tiempo. Lo levantaron con delicadeza y lo dejaron sobre el sofá del comedor, ladeado, cubierto con una manta. Su respiración, aunque irregular, era estable. Vivo de milagro.
Nico no se había movido. Seguía en el recibidor, de rodillas, la espalda encorvada, las manos hundidas en el suelo como si aún buscara algo que no estaba allí. Lloraba sin sonido, con espasmos que le sacudían el cuerpo entero. No había rabia ya. Solo un dolor crudo, infantil, devastador. Sofi lo observaba desde la distancia. No se acercó. No supo cómo hacerlo. No entendía nada. Aquello no encajaba con ningún mapa mental que tuviera de él. Raquel se limpió las manos en un trapo y se acercó a ella. Se quedaron juntas, de pie, observándolo llorar durante unos largos segundos.
Raquel respiró hondo y lo contó todo. Lo hizo sin rodeos, sin dramatismo, sin romperse y sin balbucear. Habló de la noche anterior como si enumerara hechos clínicos: la sobredosis de “Azulita”, Julián convulsionando, ella volviendo a la realidad al quedarse sin aire en los pulmones. Los gritos, el cuchillo penetrando en la carne sin piedad, la sangre salpicando por todas partes, el cuerpo sin vida tendido en el suelo. Las pruebas borradas mientras los demás seguían follando, el cadáver sacado del piso y cargado en el coche, el trayecto en completo silencio hasta la Sierra, la tierra removida antes del amanecer. No adornó nada. No suavizó nada. Tampoco pidió comprensión. Cuando terminó, el silencio fue absoluto.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó Sofi al fin, en voz baja.
Sofi tardó en reaccionar. Primero negó con la cabeza, despacio, como si lo que acabara de escuchar fuera algo absurdo o una broma de mal gusto. Luego se llevó una mano al corazón. Después se apoyó contra la pared, porque las piernas dejaron de sostenerla.
Volvió a mirar a Nico. Lo vio de verdad por primera vez. No como al pervertido gordito, ni al listillo encantador, ni al tipo que siempre tenía una frase idónea preparada. Vio a alguien que había cruzado algo irreversible y había vuelto pero sin saber cómo vivir con ello.
- No… - murmuró -. No, no, no…
Raquel asintió con una profunda tristeza.
- ¿Mató… a un… a un hombre? - susurró - ¿Lo dices en serio?
Automáticamente Sofi cerró los ojos con fuerza. Le temblaban los labios, las piernas, el corazón, el ama. Empezó a llorar de repente. La idea era demasiado dura para no hacerlo. El terror le entro en el cuerpo con violencia, como una losa fría.
- Me salvó la vida…
No había juicio en su voz. Tampoco absolución. Solo una certeza nueva, brutal: nada de aquello tenía vuelta atrás. Abrió los ojos y volvió a mirarlo.
- Joder… - dijo al fin -. Joder, Nico…
Raquel no respondió. No hacía falta. Las dos sabían que ya no estaban hablando solo de heridas, ni de secretos, ni siquiera de un muerto. Estaban hablando del resto de sus vidas. Sofi se acercó a él aunque no dijo nada al principio. Cruzó el piso despacio, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romperlo del todo. Se arrodilló frente a Nico sin importarle la suciedad ni la sangre seca ni la tierra que aún le manchaba la ropa. Lo miró. Y entonces se le rompió el alma en mil pedazos.
- Tenemos un problema - añadió - Uno de los grandes…
Él no reaccionó. Seguía llorando con el cuerpo entero, con una desesperación que no encontraba salida. Sofi apoyó la frente en su hombro y lo abrazó. Fuerte. Como se abraza a alguien que se está hundiendo.
- Perdón… - susurró, y la palabra le salió inútil, pequeña -. Perdón, Nico.
Sabía que mentía. Lo sabía con una claridad dolorosa. Pero aun así lo repitió, como si las palabras pudieran levantar un muro contra lo inevitable. Nico empezó a balbucear, ahogándose en su propio llanto.
- Todo irá bien… - dijo entre sollozos -. Ya lo verás… Saldremos de esta… todo irá bien…
Intentó mirarla, pero no pudo. Apretó la cara contra su pecho como un niño perdido.
- Yo… yo no quería… - le temblaba la voz, completamente rota -. Sofi, yo no… no pude hacer otra cosa… - tragó saliva, desesperado- . Raquel se estaba… se estaba… la estaba matando… se estaba quedando sin aire… yo… yo no tuve otra opción…
Sofi lo rodeó con los brazos, apretándolo más, meciéndolo ligeramente. Lloraba con él. No por lo que había pasado, sino por lo que ya no podía deshacerse. Por la culpa que le iba a acompañar siempre. Por la vida que acababa de quebrarse sin hacer ruido.
- Lo hice por ella… te lo juro… - sollozó -. No había otra… no había otra…
No sabía qué más decir. No había consuelo suficiente. No había palabras que pudieran recomponer aquella alma rota. Solo pudo quedarse allí, de rodillas frente a él, sosteniéndolo mientras lloraba como si el mundo entero se le hubiera venido encima. Y de este modo, al menos durante unos minutos, breves y frágiles, Nico no estuvo solo.
- Lo siento… - dijo entre lágrimas -. Lo siento, Nico… lo siento mucho…
Cuando Gabi despertó lo hizo lentamente, intentando poner orden en la niebla espesa de su cabeza. No recordaba nada. Solo el dolor atravesándole el cuerpo y ese sabor metálico, inconfundible, de la sangre en la boca. Se incorporó con cuidado y entonces las vio: Sofi y Raquel, sentadas a la mesa del comedor, hablando en voz baja, como si el silencio pudiera romperse. Al sentarse, se llevó la mano a la cara. El dolor fue inmediato, exagerado, casi obsceno.
Gabi giró la cabeza bruscamente al escuchar la voz. Nico estaba sentado en el sofá, a su lado. Sostenía una taza humeante entre las manos, la cabeza gacha, la mirada perdida en algún lugar al que nadie más tenía acceso.
- Lo siento…
Ellas se levantaron al mismo tiempo y acudieron a él. Raquel le examinó las heridas con rapidez; Sofi le acarició el pelo, despacio, con una sonrisa demasiado triste para ser tranquilizadora.
- ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó.
Nico empezó a llorar de nuevo, aunque ya no brotaban lágrimas. Si su tristeza hubiera sido una gastroenteritis, hacía rato que estaría vomitando bilis: no le quedaba nada dentro. Gabi lo miró sin comprender, completamente perdido.
- ¿Cómo te encuentras, mi vida? - le preguntó.
- No lo sé… - respondió Gabi -. ¿Qué… qué ha pasado?
Nico se abalanzó sobre él y lo sujetó de la camiseta con una mano. Sofi y Raquel reaccionaron al instante, tensas, preparadas para intervenir. Pero igual que le sucedía a sus lágrimas, ya no le quedaban fuerzas. La furia se le desmoronó entre los dedos.
- ¿Por qué? - preguntó Nico de repente, clavándole la mirada -. ¿Por qué lo hiciste?
- ¿Ha… hacer? ¿El qué? - Gabi empezó a temblar. Vio la piel de Nico cubierta de tierra, la ropa manchada de sangre seca, el dolor y la rabia mezclados en su rostro -. Me estás asustando, colega… ¿qué te ha pasado?
Gabi la miró sin entender. Tenía la cabeza envuelta en una niebla espesa, como si alguien hubiera agitado su cerebro dentro de un frasco. Cada latido le retumbaba en la cara, en los pómulos, en la nariz vendada. Notó la mano de Raquel en su hombro, firme, profesional, como si sujetara a un paciente a punto de entrar en shock. Nico lo soltó. Sus dedos se abrieron sin fuerza y volvió a hundirse en el sofá, encorvado, con la taza temblándole entre las manos. El vapor ya se había disipado; la manzanilla estaba fría, como el cuerpo que acaba de enterrar, como todo lo demás.
- ¡Sabía que no era buena idea! ¡Lo sabía, joder! - gritó, sin dejar de llorar -. ¡Jamás debí haceros caso, sois unos putos idiotas! ¡¿Y ahora qué, Gabi?! ¡¿Qué voy a hacer ahora, dime?! ¡¿Qué cojones vamos a hacer?!
- Yo… yo no… no sé de qué me hablas…
- Mi vida - susurró Sofi, agarrándolo de la mano -. Ha pasado algo horrible…
Gabi abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero no encontró palabras. El silencio del piso pesaba más que los gritos de antes. Sofi se sentó a su lado y le sostuvo la cara con cuidado, como si temiera que se le deshiciera entre los dedos.
- Tú… - murmuró, sin mirarlo -. No te acuerdas de nada. Claro que no…
Nico soltó una risa seca, sin humor, que se convirtió en un espasmo en la garganta.
- Escúchame - dijo despacio -. No te alteres. Tienes que quedarte tranquilo.
- ¿Tranquilo? - preguntó Gabi nervioso -. Nico parece… Parece que haya visto al puto diablo.
Raquel intercambió una mirada rápida con Sofi. Ya no había marcha atrás. No se trataba de proteger a nadie de la verdad, sino de amortiguar la caída.
- Ojalá hubiera sido eso.
El nombre cayó como una piedra. Gabi sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Fragmentos sueltos intentaron encajar: el dolor, la sangre seca, la tierra incrustada en la ropa de Nico. La forma en que Sofi evitaba mirarlo directamente.
- Anoche… - empezó Raquel, con una calma casi quirúrgica -. Anoche pasó algo muy grave. Y tiene que ver con la “Azulita”.
Él levantó la cabeza por primera vez. Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados, vacíos. No había rabia ya, solo un cansancio infinito.
- Nico… - dijo, muy despacio -. ¿Qué… qué hiciste?
Y mientras Gabi comprendía una realidad horrible, el agua caliente golpeaba la espalda de Gustavo con un ruido constante, hipnótico. Tenía la frente apoyada contra los azulejos, los ojos cerrados, dejando que el vapor le llenara los pulmones. El baño estaba empañado, el espejo completamente blanco, como si alguien hubiera borrado el reflejo del mundo. Se pasó la mano por el poco pelo que le quedaba, arrastrando el champú sin demasiada atención. Seguía intentando pensar en lo que había pasado la noche anterior, pero esta vez los recuerdos eran borrosos. Podía recordar las sensaciones, como si aún recorrieran su cuerpo: el sexo, los cuerpos, el brutal orgasmo coral… pero todo lo demás parecía difuminado, opaco, imposible de mantenerse estable en su mente. No pudo evitar sonreír al pensar en lo que acababan de hacer. Y allí, solo, bajo el sonido del agua, abrazado por el calor, en esa sensación falsa de limpieza, empezó a masturbarse. Pero incluso así, algo no encajaba. Una inquietud vaga, sin nombre, le recorría el estómago. Como cuando despiertas convencido de que has olvidado algo importante, aunque no sepas qué.
- Lo que tenía que hacer - respondió abatido -. Y lo que nunca voy a poder deshacer.
Se giró y apoyó el cuerpo contra la pared, dejando escapar el aire lentamente. Sin saber que, en ese mismo instante, una cadena de decisiones ya estaba cerrándose a su alrededor. Sin saber que aquella noche que él recordaba como un caliente sueño húmedo, había sido en realidad una pesadilla terrorífica. Sin saber, aún, que el día acababa de empezar del peor modo posible.
Bastó un mensaje con una sola palabra: “Búnker”. Nada más. Ninguna explicación, ningún contexto. Pero todos entendieron. Como si fuera un código tácito para cuando las cosas habían cruzado un límite. Los primeros en llegar fueron los mismos que ya habían compartido la desastrosa noticia en casa de Sofi y Gabi. Después apareció Gustavo, serio, sin su habitual aura de bufón de la corte. Por último, Laia, con el rostro pálido, quizás intentando adelantarse físicamente a una realidad que intuía insoportable. Los pasillos subterráneos de la Autónoma estaban en silencio aquella mañana de sábado. Un silencio limpio, académico, casi sagrado. Nada que ver con la densidad que impregnaba el laboratorio. Allí dentro no había gritos ni discusiones. Tampoco histeria. Solo una quietud pesada, empujada por la noticia contada, que ya flotaba en el aire como una sustancia tóxica.
La palabra asesinato giraba en la mente de todos. Nadie la pronunciaba. Pero estaba allí. Laia sostenía a Nico entre sus brazos. Él lloraba sin contención, con una angustia que parecía desbordarle el pecho. No era el llanto nervioso de quien teme las consecuencias. Era algo más profundo, más primario; y Gustavo no podía apartar la mirada de él. Lo que sentía no era exactamente culpa, pues la culpa es aguda, punzante. Lo suyo era más denso, más viscoso. El peso inmenso de un yunque que había sido forjado en su salón. Una certeza insoportable de que todo aquello, en alguna bifurcación del camino, había sido provocado por su mala cabeza.
Matar a alguien no es solo quitar una vida. Es alterar la arquitectura interna de quien lo hace. Y en un chico de veinte años… el impacto no es lineal, es sísmico. A los veinte, el mundo aún es una promesa. La identidad está en construcción. El futuro es una ilusión proyectada, un territorio abierto a cualquier posibilidad. Nico no era un marginal ni un desesperado; tenía una carrera brillante por delante, una mente entrenada para el análisis, para la precisión, para comprender sistemas complejos. Su vida estaba orientada hacia el progreso, hacia la creación, hacia la ciencia. Y ahora, en el núcleo de esa mente disciplinada, había una imagen que no podría borrar jamás: El cuerpo, el cuchillo, sus manos manchadas de sangre.
La primera muerte no se procesa como un dato. No se archiva. Se instala dentro como una enfermedad crónica. Un cerebro joven, todavía plástico, todavía moldeable, puede adaptarse a casi cualquier cosa. Pero eso no significa que salga indemne. La violencia extrema deja huellas en la memoria emocional, en la regulación del miedo, en la forma en que uno percibe el peligro y la responsabilidad. Puede generar disociación, insomnio crónico, hipervigilancia. Puede, incluso, romper por completo con la narrativa que uno tiene sobre sí mismo. Nico no solo había matado a un hombre. Había matado la versión de sí mismo que creía incapaz de hacerlo. Y eso es lo que lo estaba destrozando. Porque si uno descubre que es capaz de cruzar esa línea, el mundo deja de dividirse en “ellos” y “yo”. La frontera moral se vuelve difusa. La identidad se fragmenta. Y el futuro, ese futuro brillante y académico, ya no es una línea recta sino una superficie agrietada. Gustavo lo sabía, aunque no pudiera formularlo de aquel modo, pues era idiota. Pero incluso un bruto como él, comprendía que había empujado a un chico brillante a un terreno del que no se vuelve intacto. Y lo peor no era la posibilidad de la cárcel. Lo peor era que, incluso si nadie jamás descubría lo ocurrido, Nico tendría que convivir toda su vida con ese recuerdo íntimo: que en una noche concreta, bajo una presión concreta, fue capaz de matar. Y esa verdad no prescribe jamás.
Tenía los ojos inyectados en rojo. Lágrimas, rabia, culpa, amor… todo comprimido en una sola mirada que parecía capaz de prender fuego al laboratorio.
- ¿Dónde lo enterraste? - preguntó Gustavo sin alzar demasiado la voz.
- ¡¿Qué más da eso ahora, imbécil?! - estalló Laia, sin soltar a Nico.
Sofi se acercó de inmediato, intentando sujetarla por los hombros. Gabi bajó la cabeza, la culpa mordiendo sus entrañas. No porque no tuviera argumentos - los tenía, afilados, listos para repartirse como cuchillas -, sino porque entendía que aquel no era el momento de tener razón.
- ¡Todo esto es culpa tuya! ¿¡Me oyes!? ¡Acabas de arruinarle la vida, hijo de puta!
Permaneció inmóvil, con la mandíbula tensa, aceptando cada insulto como quien acepta una sentencia ya dictada. Aceptaba su parte. La aceptaba entera. Pero también sabía que aquel desastre no tenía un único arquitecto. No negaba su responsabilidad. Al contrario. La asumía entera, sin matices. Sabía que había empujado la primera ficha de dominó. Sabía que había normalizado lo que nunca debió parecer normal. Si Nico decidía no volver a mirarlo a la cara en su vida, lo entendería. Si aquello le perseguía hasta el último de sus días, también.
Pero en el fondo - en ese rincón frío donde aún operaba su lógica - sabía que la culpa no era una propiedad privada. Gabi estaba de mierda hasta el cuello. Sofi también. Laia, pese a sus gritos, no era inocente. Incluso Raquel, aunque arrastrada por las circunstancias, había estado allí. Todos habían participado en mayor o menor medida en la construcción de aquel precipicio. Y, sin embargo, Gustavo no lo dijo. En cualquier otro momento lo habría hecho. Habría repartido responsabilidades con precisión quirúrgica. Habría desmontado el relato fácil del villano único. Pero esta vez no. Esta vez guardó silencio. Si necesitaban un culpable en el que volcar la rabia, él podía serlo. Si aquello ayudaba a que Nico no se rompiera del todo, cargaría con el traje del monstruo. Aun así, había algo que no lo dejaba en paz. Una idea fija, insistente, girando en su cabeza como una alarma que nadie más oía. No tenía que ver con el orgullo ni con salvar su imagen. Tenía que ver con algo más práctico. Más urgente. Más peligroso. Y no podía quitársela de encima.
Se acercó un paso.
No fue un empujón. Fue un derribo. Se lanzó contra él con una violencia seca, desproporcionada. Lo agarró por el cuello y lo tiró al suelo con una fuerza que sorprendió a todos. Gustavo apenas tuvo tiempo de protegerse antes de que el primer golpe le impactara en la cara. Luego otro. Y otro. Puñetazos feroces, furiosos, cargados de impotencia. Le golpeaba el pecho, la mandíbula, el hombro. No buscaba hacer daño estratégico. Buscaba descargar. Vaciarse. Arrancarle algo.
- Escucha, Nico… Sé que es duro, pero necesito que me digas dónde…
- ¡CÁLLATE! - rugió Laia.
Sofi intentó agarrarla por detrás, pero Laia se revolvía como un animal acorralado. Gabi se sumó, tirando de su brazo. Incluso así, seguía lanzando manotazos, rodillazos, intentando alcanzar cualquier parte del cuerpo de Gustavo. Y entonces fue Nico quien reaccionó.
- ¡Es tu culpa! ¡Tu culpa! ¡TU CULPA!
Su voz quebrada, pero firme, atravesó el caos. Entre los cuatro lograron separarla. Laia pataleaba, respirando con dificultad, los ojos brillándole de un azul neón inquietante, como si aquella energía que los había llevado al paraíso la noche anterior estuviera a punto de encenderse otra vez bajo su piel, pero con otras expectativas.
- ¡BASTA! - gritó con una voz que no le habían oído antes -. ¡Dejad de pelearos, joder! ¡Estoy hasta los cojones de tanta violencia!
Gabi ayudó a Gustavo a incorporarse. Tenía el labio abierto, la sangre resbalándole por la barbilla. Se la limpió con el dorso de la mano, sin dramatismo.
Gustavo escupió un hilo de sangre al suelo antes de responder.
- ¿Por qué quieres saber dónde lo enterramos? - preguntó Raquel, mirándolo con una mezcla de sospecha y cansancio.
Nadie contestó.
- Ya le he jodido demasiado la vida al chaval… como para encima llevarlo a la cárcel.
Hubo un silencio breve. Solo roto por la respiración agitada de Laia.
- Nos aseguramos de que quedara bien enterrado - murmuró Raquel -. No creo que…
- Igualmente me gustaría comprobarlo - insistió él, más bajo -. Me sentiría más seguro si… ya sabes.
Nadie discutió. Antes de salir, Gustavo abrió un armario del laboratorio y cogió un bidón rojo homologado y un tubo de plástico transparente. Nada extraño: el bidón lo usaban para almacenar disolventes y el tubo para trasvasar líquidos entre recipientes. Minutos después, tras despedirse, el eco de sus pasos se perdió por el pasillo subterráneo. La puerta del laboratorio se cerró con un clic seco. Dentro quedaron Laia, Sofi y Nico. El silencio que siguió no era el mismo de antes. Laia se dejó caer en una silla metálica, agotada, las manos temblándole todavía. Sofi permanecía de pie, mirando alternativamente a ambos, como si temiera que cualquiera de los dos pudiera romperse en cualquier momento. Nico se quedó en medio de la sala, inmóvil. Ya no lloraba. Pero tampoco parecía presente. Miraba el suelo pulido de la sala como si en ella estuviera proyectada la escena completa de la noche anterior. Sus manos, ahora limpias, descansaban abiertas a los lados del cuerpo. Las observaba como si no terminaran de pertenecerle. En el laboratorio solo se escuchaba el zumbido lejano de los sistemas de ventilación. Tres personas. Un secreto. Y la certeza de que, pasara lo que pasara a partir de ahora, ninguno de ellos volvería a ser el mismo.
- Está bien. Puedo guiarte - cedió ella.
- ¡Voy con vosotros! - añadió Gabi, sin levantar demasiado la mirada -. Iremos en mi coche.
Sabes que algo no anda bien cuando viajas en un coche en silencio. No un silencio cómodo. No ese que se da después de una discusión, cuando ya no quedan balas. Este era distinto. Denso. Un silencio que ocupaba espacio físico, que se sentaba entre los tres como un cuarto pasajero sin rostro. Gabi conducía con las manos agarrotadas al volante, los nudillos blancos, la mirada fija en la carretera como si apartarla un segundo pudiera desatar otra catástrofe. Gustavo iba de copiloto, erguido, demasiado quieto, observando el paisaje con una concentración impostada. No veía los árboles ni las curvas; veía pruebas. Pistas. Probabilidades. Errores.
Raquel iba detrás. Era ella quien guiaba.
No era serenidad. Era agotamiento. Cuando has llorado todo lo llorable, el cuerpo se queda sin recursos y habla como una máquina. Abandonaron la autovía y tomaron una carretera secundaria que se internaba en la sierra. El paisaje empezó a cambiar: asfalto agrietado, cunetas con hierba alta, pinos extendiéndose como una muralla verde. El cielo estaba despejado, insultantemente azul. La mañana era hermosa. Eso lo hacía peor.
- Toma la próxima salida - dijo al cabo de un rato, con una voz que ya no temblaba.
Gabi redujo la velocidad. Las ruedas crujieron al abandonar el asfalto. El coche comenzó a vibrar levemente sobre la gravilla. El sonido era constante, hipnótico, como si la montaña estuviera masticándolos poco a poco. El lugar lo habían elegido la noche anterior en estado de shock: apartado, sin casas a la vista, lejos de senderos señalizados. Un claro pequeño entre pinos jóvenes, con el suelo agrietado y seco. Parecía suficiente. En ese momento, todo parecía suficiente con tal de terminar.
- Más adelante hay un camino de tierra - añadió Raquel.
Gabi detuvo el coche. El motor se apagó, pero el silencio no se alivió. Al contrario. Sin el ruido mecánico, la realidad se impuso con más crudeza: el viento moviendo las copas, el crujido lejano de alguna rama, el zumbido casi imperceptible de insectos. Gustavo fue el primero en abrir la puerta. El aire de la sierra les golpeó el rostro, frío y limpio. Demasiado limpio para lo que había enterrado bajo esa tierra. Caminaron unos metros siguiendo a Raquel. Ella avanzaba despacio, midiendo cada paso, como si el suelo pudiera recordar. Se detuvo frente a un pequeño montículo apenas perceptible. La tierra estaba removida, más oscura que el resto, cubierta con hojas y ramas colocadas con torpeza. Gabi tragó saliva. Gustavo, en cambio se quedó mirando el montículo sin decir nada. Su mandíbula volvió a tensarse. No parecía horrorizado. Parecía evaluando. Raquel dio un paso atrás.
- Es aquí - dijo Raquel al fin.
El viento pasó entre los árboles como un suspiro largo. Y por primera vez desde que habían arrancado el coche, los tres entendieron que el silencio del viaje no era lo pero. Lo peor era comprobar que el mundo seguía funcionando con absoluta normalidad. Que el sol brillaba. Que los pájaros cantaban. Que la Sierra no parecía tener ningún problema en guardar un secreto más bajo su piel. Gabi dio un paso al frente, incapaz de seguir sosteniendo aquel mutismo.
- Aquí lo dejamos - susurró, casi para sí misma.
Gustavo lo miró apenas un segundo. No había ira en sus ojos. Ni siquiera culpa. Solo una determinación fría, casi mineral, como si algo esencial se hubiera erosionado dentro de él durante aquella mañana.
- ¿Qué pretendes hacer?
Raquel frunció el ceño, el estómago encogido.
- Deberíamos haber cogido unas palas…
- ¿Por… por qué? - preguntó Gabi.
- ¿Para que cojones crees?… Hay que desenterrarlo.
Gustavo se agachó despacio frente al montículo, apoyando una rodilla en la tierra seca. Sus manos grandes, acostumbradas a limpiar suelos y masturbar pollas ajenas, empezaron a apartar las ramas que habían colocado con prisa la noche anterior.
- ¿Desenterrarlo? ¿Por qué?
No alzó la voz. No hacía falta. Comenzó a remover la tierra con calma, como si estuviera plantando algo en vez de desenterrándolo. La capa superficial cedió con facilidad. Estaba demasiado suelta. Demasiado reciente. La tierra estaba más fría de lo que debería. Gustavo apartó un puñado más y entonces se detuvo.
- Porque no vamos a permitir que nadie, nunca, descubra lo que Nico hizo. Hay que llevarse el cadáver y eliminar cualquier prueba…
El tono ya no era firme. Era desconcierto. Pues entre los terrones húmedos, algo brillaba.
- Pero qué cojones…
No era el reflejo del sol, era un destello propio. Un azul neón, eléctrico, imposible. Gustavo apartó más tierra con movimientos ahora menos controlados. El brillo se multiplicó. Pequeñas estructuras delicadas emergían entre la tierra removida: tallos finísimos, casi translúcidos, coronados por sombrerillos diminutos que irradiaban una luz azul intensa, con matices cian y destellos turquesa que palpitaban suavemente, como si respiraran.
Mycena Neonfaucis. No uno, ni dos, sino decenas. Estaban por todas partes, brotando en racimos compactos, colonizando el suelo, trepando entre las raíces cercanas. Algunos ya habían atravesado la capa de hojas secas, asomando al mundo como pequeñas lámparas biológicas.
- No puede ser… - murmuró.
El azul relucía en sus superficies húmedas. Un azul distinto al de la “Azulita” en polvo. Más profundo. Más vivo. Con vetas que iban del índigo al aguamarina en un degradado hipnótico.
Gustavo escarbó con más rapidez ahora, la respiración acelerándose. La tierra cedía con facilidad. No lo habían enterrado a demasiada profundidad. Apenas medio metro. Lo justo para salir del paso. Lo justo para ocultar, no para sellar. Y entonces sus dedos tocaron tela.
Gabi y Raquel se acercaron instintivamente. Gustavo apartó el último bloque de tierra y dejó al descubierto el torso. Raquel se llevó la mano a la boca. El cuerpo no estaba pálido. No tenía el blanco ceroso de la muerte. Estaba azul. Completamente azul. La piel había adquirido un tono homogéneo, intenso, como si la sangre hubiera sido reemplazada por una tinta luminosa. No era el morado de las heridas ni el gris del cadáver. Era un azul vibrante, casi bello en su artificialidad. Y de esa piel nacían los hongos. No alrededor. Desde dentro. Pequeñas “Azulitas” perforaban la epidermis con delicadeza quirúrgica. Brotaba uno del hueco de la clavícula, otro entre las costillas, varios alineados a lo largo del abdomen como si siguieran el trazado de una cicatriz invisible. De la comisura de los labios emergía un racimo más denso, los sombrerillos abiertos como diminutas bocas luminosas.
El cuerpo era ahora sustrato.
Un terreno fértil.
Una incubadora.
Las venas bajo la piel azul parecían filamentos miceliales, extendiéndose en patrones fractales. La luz no era estática; pulsaba suavemente, sincronizada en todo el cadáver, como un organismo único. Gabi dio un paso atrás, mirando desconcertado a Raquel.
Raquel no podía apartar la mirada. El vértigo volvió, pero no era miedo. Era algo más profundo. La certeza de que aquello había cruzado una frontera que ya no tenía retorno. Gustavo, todavía en cuclillas, observaba con una mezcla de horror y fascinación científica.
- Esto… - dijo ella temblando - esto no… no estaba así anoche.
Uno de los hongos, el más cercano al esternón, liberó una pequeña nube de esporas que brillaron un instante en el aire antes de disiparse como polvo estelar. La sierra seguía en silencio. Pero bajo sus pies, algo había empezado a crecer. Y no parecía dispuesto a quedarse enterrado. Gabi sacó el teléfono con las manos manchadas de tierra. Encuadró el cadáver, el azul palpitante, los hongos creciendo como una constelación enferma sobre la carne. Hizo la foto. El destello de la pantalla le iluminó el rostro. Empezó a escribir.
- La hemos alimentado - susurró -. La Azulita… el cuerpo… el suelo húmedo… esto es un cultivo perfecto.
El manotazo no fue violento, pero sí firme. El móvil bajó de golpe.
- ¿Qué coño haces? - preguntó Gustavo, sin apartar la vista del cuerpo.
- Mandársela a Nico. Para que nos diga qué debemos…
Gustavo negó despacio. Se puso en pie, limpiándose las manos en el pantalón.
- Deja tranquilo a Nico. Ya suficientes quebraderos de cabeza tiene…
- Pero necesitamos saber qué hacer. No podemos dejar que…
No hubo más discusión. El cuerpo pesaba más de lo que parecía. No por la masa, sino por lo que representaba. Lo agarraron por debajo de los brazos y las piernas. La piel azulada estaba fría, pero no rígida. Los hongos se aplastaban contra sus antebrazos, desprendiendo un brillo tenue que manchaba la ropa como si fuera polvo fosforescente. Raquel apartaba la mirada cada pocos pasos, conteniendo la respiración. Gabi intentaba no pensar en que, unas horas antes, aquel hombre había estado vivo, masturbándose a su lado.
- Ayudadme a meterlo en el maletero, lo llevaremos al laboratorio y luego… - se sacudió la tierra de las manos - luego lo quemaremos todo.
Lo arrastraron hasta el coche. El maletero se abrió con un clic seco. Dentro: una alfombrilla vieja, una manta arrugada, un gato hidráulico oxidado. Lo depositaron con cuidado absurdo, como si aún pudiera quejarse. Al cerrar, un par de hongos quedaron atrapados en el borde de goma. Uno se partió. Un líquido azulado, espeso, goteó lentamente sobre el paragolpes. Gustavo rodeó el coche y abrió el depósito de gasolina.
Gabi abrió la puerta trasera del coche y le acercó el tubo de plástico transparente. Gustavo lo introdujo en el tanque, inclinó el extremo libre hacia el bidón vacío. Se agachó y succionó. La gasolina le llegó a la boca con un golpe amargo y químico. Escupió al instante, tosiendo, pero el flujo ya había comenzado. El combustible descendía por el tubo con un burbujeo constante, llenando el bidón con un olor punzante que se mezclaba con la humedad del bosque. Cuando tuvieron suficiente, caminaron de vuelta al hoyo abierto. Gustavo empezó a rociar la tierra removida. La gasolina empapó el suelo, oscureciéndolo. Amplió el perímetro, vertiendo alrededor, sobre las hojas secas, sobre las raíces superficiales. El olor era tan fuerte que mareaba. Raquel se quedó apoyada contra el capó del coche, mirando cómo el líquido se filtraba en la tierra.
- ¡Chaval! Pásame lo que cogí del laboratorio.
Gabi sacó el mechero. El chasquido sonó pequeño, insignificante. La llama tocó el suelo. Durante una fracción de segundo no pasó nada. Y luego el mundo se encendió. La gasolina prendió con un rugido seco. Una lengua de fuego naranja y blanca se extendió con violencia, abrazando la tierra, las hojas, los troncos bajos. Los hongos ardieron primero en un azul eléctrico, como si explotaran en miniaturas de luz antes de consumirse en negro. El calor golpeó sus caras. Las llamas treparon con rapidez por los arbustos cercanos. Demasiado rápido.
- Hazlo - dijo Gustavo.
Corrieron al coche. El motor rugió. Gabi miraba por el retrovisor cómo el fuego empezaba a ganar altura, alimentado por semanas de sequía. Mientras se alejaban lentamente, Gustavo - varios pasos atrás - arrastraba la suela de la bota sobre la tierra, borrando huellas de neumáticos, difuminando cualquier prueba de que hubieran estado allí. El viento cambió ligeramente. Las llamas se inclinaron y encontraron un nuevo camino. Subieron. Más y más. El crepitar se convirtió en estruendo. Al alcanzar el asfalto, Gustavo se metió en el coche y Gabi dio un acelerón, avanzando por la carretera, levantando el polvo el suelo. El olor a humo empezó a colarse por las ventanillas. En el retrovisor, una columna oscura se elevaba hacia el cielo limpio de verano.
- Vámonos…
Otro incendio en la Sierra. Uno más.
Pero esta vez no había sido un rayo, ni una colilla tirada por algún subnormal.
Había sido la amistad, buscando salvar el alma de un compañero.
O al menos… lo poco que quedaba de ella.
Como el Titanio, siendo la raíz de plata que une el hueso con la máquina, un metal que no distingue entre el golpe recibido y el golpe devuelto, esperando el calor del conflicto para recordar su forma original y reclamar su lugar entre los dioses y los monstruos. Esta historia continuará…
lo estoy pensando, pero aún no lo he decidido. Me gusta como antagonista. Aunque creo que su personalidad podría aportar mucho al grupo en cuanto a dinámicas sociales, confrontamiento, discusiones... ya veremos.Seguro que con la ayuda de Laia y Gabi, Nico saldrá de este mal momento.
Aquí en estás circunstancias es donde se ven a los verdaderos amigos y cada vez parece más claro que Laia siente algo mas que amistad por Nico.
Por otra parte, mucho me temo que Fani va a ser otra que se va a meter en el.lio de la azulitam
Gustavo se ha llevado la peor parte del dilema moral que quería que hubiera en el grupo. Es decir, surge una posibilidad: una "droga" que satisface todas tus fantasías sexuales ,que te transforma en una máquina perfecta de sexo, que desbloquea la moral y te convierte en un animal sediento de carne y fluidos... Nico y Lena son la visión científica, la racional, la que entiende el peligro y necesita explicaciones. Laia es la visión práctica, piensa en como puede utilizarla, en como puede ayudarla a salir del pozo en el que se encuentra. Gabi y Sofi son dos cosmonautas en un espacio totalmente desconocido, aprendiendo a medida que avanzan, definiendo hasta donde llegan los límites. Raquel, aún no la tengo muy definida aún. Y Gustavo representa lo que muchos harían o haríamos ante tal debate moral: sucumbir a los deseos más bajos y oscuros de nuestra alma. Por eso creo que os da rabia, jajaja.Gabinete y Sofi no deberían estar preocupados por su pasión, pues empezaron antes del desastre de la azulita. El principio fué el polvo salvaje en el coche, cuando los detuvieron. Y su amor, ese no se pone en duda.
Gustavo es un peligro con patas, un inconsciente descerebrado, un egoísta. Si no fuera por el peligro de la propagación, le metía una sobredosis de azulita que le iban a a salir setas de las orejas.
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