Efectos Secundarios

Lo que está claro es que ya han comprobado in situ lo peligroso que es jugar con la Azulita y espero que estoy le sirva para hacerles ver que es muy peligroso.
 
Interludio - Como hemos cambiado

El barco mercante avanzaba con la obstinación muda de una bestia antigua, cortando el mar a un ritmo lento y constante. Entre los contenedores apilados como bloques de una ciudad sin ventanas, un grupo de rebeldes se ocultaba de la ley podrida y de los mentirosos que proclamaban defenderla.

No hablaban apenas, pues las palabras…
dejaron de tener sentido hacía demasiado tiempo.

Respiraban como luchaban, por inercia, por vehemencia, por rutina. Eso era todo lo que les quedaba: pura y radical supervivencia.
Sus ropas estaban manchadas de sal, sudor y óxido; algunos llevaban vendajes improvisados, telas ennegrecidas por la sangre seca.
Tenían la piel pálida, los ojos hundidos, la mirada de quienes llevan días sin dormir y demasiado tiempo sin confiar en nadie.

Sobre ellos, el cielo se abría en una bóveda inmensa, negra como el carbón, surcada por nubes bajas que parecían arrastrarse en la misma dirección que el barco. A ratos, la luna lograba filtrarse entre las grietas del cielo, dibujando reflejos metálicos sobre el agua.

El mar era un campo en movimiento: olas largas, profundas, que respiraban con una calma engañosa. No había costa a la vista, solo horizonte, una línea temblorosa donde el cielo y el océano parecían fundirse en una promesa incierta.

El viento silbaba entre las rendijas de los contenedores, llevando consigo el olor del combustible, de la sal, de la noche eterna. Cada crujido del casco resonaba como un recordatorio de su fragilidad; cada golpe del mar, como un latido de sus agotados corazones.

Allí, en ese espacio robado, suspendidos entre la persecución y la clandestinidad, los fugitivos no pensaban en el pasado ni en el futuro. Solo en el cielo que se cerraba lentamente sobre ellos y en el mar interminable que, por ahora, los mantenía a salvo.
  • Estamos a punto de llegar - dijo Sofi, apartando los prismáticos de sus ojos.
La frase cayó con una calma inquietante, como si no hablara de un destino sino de un trámite. Nico la observó en silencio, estudiando el perfil duro que ahora le devolvía la luz del anochecer. No quedaba rastro alguno de aquella chica divertida y rebelde que había conocido. Sofi, la vecina de Hortaleza que bajaba la basura en zapatillas, la administrativa atrapada en un mundo rutinario y aséptico, la madrileña de risas fáciles y comentarios afilados, había muerto mucho antes de subir a aquel barco. Había caído en combate, como todos ellos, sin ceremonia ni despedida, en algún punto impreciso entre la huida y la primera bala disparada.

La mujer que ahora tenía delante se sostenía con una rigidez casi militar. El fusil descansaba colgado de su hombro como una prolongación natural del cuerpo, familiar, necesario. Los dientes siempre apretados, la mandíbula tensa, y en los ojos una quietud inquietante: la mirada vacía de quien ha visto demasiada sangre, demasiados cuerpos caer, pero sigue convencida de que enfrentarse al mundo es la única opción que queda. No había rabia en ella, solo una determinación seca, pulida por el cansancio y la pérdida.

El viento agitó un mechón de su pelo sin que ella reaccionara. Seguía mirando al frente, hacia un horizonte invisible para los demás. Nico lo entendía: Sofi no esperaba redención ni regreso. Solo el siguiente paso. Solo llegar y seguir luchando.
  • Voy a hablar con el capitán - dijo Gabi poniéndose en pie -, y a pagarle lo acordado.
Su voz no admitía réplica. Se sacudió el polvo de la ropa y avanzó hasta Laia entre los contenedores con paso firme, como si aquel mercante fuera ya territorio conquistado. Gabi había sufrido una transformación similar a la de Sofi, aunque en él el cambio parecía aún más marcado. El chico tranquilo, casi invisible, el chaval atento que escuchaba más de lo que hablaba y reía con energía en los bares de barrio, había quedado sepultado bajo capas de violencia y resistencia.

Aquel joven había desaparecido sin dejar rastro, consumido por una realidad que no concedía segundas versiones de uno mismo. Ahora su cuerpo era un mapa de cicatrices: cortes mal cerrados, quemaduras antiguas, marcas que hablaban de enfrentamientos continuos y de batallas sin descanso. Sus ojos, fijos y penetrantes, ya no buscaban aprobación ni refugio; observaban el mundo como un enemigo permanente.

Iba armado, siempre, con el hierro bien sujeto al cinto y el gesto desafiante, como si cada paso fuera una declaración de intenciones. En su seguridad no había arrogancia, sino una convicción férrea: la certeza absoluta de que la lucha era el único camino posible, y que abandonarlo equivaldría a traicionarse a sí mismo.
  • ¿Cuánto necesitas? - preguntó Laia, abriendo uno de los maletines.
  • Doscientos por el viaje… y doscientos más para que tenga la boca cerrada.
No hubo comentarios. Los billetes pasaron de mano en mano con una rapidez mecánica, sin miradas, sin dudas. Era dinero manchado de sangre: robado a la fuerza, arrancado a punta de pistola, arrebatado por pura necesidad. No había orgullo en ello, solo la certeza de que la lucha se alimentaba de gestos así, de decisiones sucias tomadas a la desesperada, de la necesidad de seguir respirando un día más. Gabi contó el dinero con rapidez y desapareció entre las sombras metálicas sin mirar atrás. Aquello se había convertido en una ley no escrita: jamás volver la cabeza, jamás regresar. Solo avanzar. Siempre hacia adelante.

El barco surcaba aguas internacionales, ese limbo líquido donde ningún país reclamaba soberanía. El único lugar del mundo que todavía podían llamar, con ironía, seguro. Territorio de libre navegación, sin banderas que obedecer, sin fronteras visibles. Un último rincón libre que, en teoría, debía usarse con fines pacíficos. Y eso intentaban decirse a sí mismos. Pero la paz había quedado atrás hacía mucho tiempo.

Aunque allí no mandara ningún estado, las leyes seguían existiendo, invisibles y afiladas, listas para caer sobre cualquiera que se saliera del guion. A ellos ya no les importaba. Llevaban demasiado tiempo viviendo al margen de la ley como para fingir inocencia.
  • Centinela Azul, ¿me recibes? - preguntó Laia por el walkie al distinguir la silueta en la lejanía -. Centinela Azul, aquí la Patrona, ¿me recibes?
La plataforma emergía del mar como una estructura imposible, un esqueleto de acero clavado en el horizonte. Apenas un borrón oscuro contra el cielo.
  • Aún estamos demasiado lejos… - indicó Sofi sin apartar la vista del horizonte -. No te pongas nerviosa… En nada estaremos tomándonos unas birras.
  • Solo de pensar en una cerveza fresquita - rió ella - el coño se me pone a dar palmadas.
El “Centinela Azul”. El nombre circulaba entre ellos como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. El único bastión de la resistencia. Una vieja plataforma petrolífera reconvertida en fortaleza, suspendida en mitad de la nada, lejos de radares y de miradas incómodas. Un centro de operaciones gigantesco donde se planificaba la lucha contra un mundo que ya no reconocían como propio. Desde allí se planificaban estrategias, se abastecían de munición, se curaban heridas, se cultivaba más “Azulita” y se decidía como seguir adelante.

Mientras el mercante se acercaba lentamente, el mar golpeaba la estructura de acero con una paciencia infinita. El cielo se cerraba sobre ellos, oscuro y pesado, como si supiera que aquel encuentro no traería descanso, solo el siguiente capítulo de una guerra que parecía no tener fin.

Ya no eran siete, como al principio, repartiendo “Azulita” con la torpeza y la ambición de un camello de barrio que cree tener el control de todo. Aquello había quedado atrás - muy atrás -, sepultado bajo capas de experiencia, sangre y disciplina. El grupo había crecido hasta deformarse, hasta dejar de ser un simple equipo y convertirse en algo más grande, más denso, más peligroso.

Un pequeño ejército.
Instruido. Preparado. Y, sobre todo…
Ferozmente creyente en la causa.

No se trataba solo del número, sino de lo que cada uno de los nuevos integrantes arrastraba consigo. Gente que había aprendido a sobrevivir en entornos hostiles, donde el error se paga caro y lo débiles no duran mucho. Montañas, selvas, desiertos. Personas capaces de orientarse sin mapas, de encontrar recursos donde parecía no haber nada, de moverse en silencio como si el terreno mismo los protegiera. Algunos habían operado en grupos pequeños de resistencia armada, golpeando rápido, desapareciendo después, adaptándose siempre a la desventaja, convirtiendo la inferioridad numérica en una herramienta.

Había gente con manos expertas en recomponer lo roto: reparar equipos, improvisar soluciones con chatarra, retorcer la tecnología existente hasta obligarla a servir a otros fines. Mecánica, electrónica básica, ingenio puro aplicado a la necesidad. Otros sabían moverse entre facciones enfrentadas, leer tensiones invisibles, extraer información, negociar cuando hacía falta y mentir cuando era inevitable. También estaban quienes mantenían al grupo con vida en el sentido más literal: conocimientos médicos suficientes para tratar heridas abiertas, infecciones, enfermedades, todo ello lejos de hospitales, sin suministros convencionales ni margen para el error. Y quienes pensaban a largo plazo: organizando rutas, asegurando suministros, planificando movimientos para que nada fallara cuando más importaba.

Algunos llegaron del Cáucaso: chechenos, daguestaníes. Hombres curtidos en ciudades en ruinas y en inviernos que quebraban la voluntad. Habían combatido bajo banderas opuestas, para Rusia y para Ucrania, y eso les había dado una visión cruda, pragmática, brutalmente honesta de la guerra moderna.

Otros vinieron de Oriente Medio: kurdos, sirios, iraquíes. Expertos en guerra de guerrillas contra fuerzas muy superiores, constructores de redes de resistencia comunitaria, con una ideología sólida sobre igualdad de género y autonomía local que encajaba de forma natural con la revolución que se estaba gestando.

Desde los Balcanes se unieron kosovares y serbios, gente criada en la fricción constante, maestros del contrabando, la logística del mercado negro y el uso de armamento pesado en terrenos difíciles.

De África subsahariana, veteranos del Sahel y de la RDC, endurecidos por décadas de inestabilidad: supervivencia extrema, combate en selva y desierto, movilidad rápida, adaptación perpetua a la escasez.

Y del Sudeste Asiático, rebeldes de Myanmar, expertos en una guerra tecnológica de bajo costo, en infiltrarse en infraestructuras críticas sin dejar rastro.

También había latinoamericanos ex-Farc: colombianos y mexicanos. Antiguos combatientes de selva, conocedores de explosivos improvisados y de una inteligencia sucia, paciente, tejida en zonas rurales donde todos observan y nadie habla.

No eran mercenarios ni idealistas ingenuos. Eran creyentes, hombres y mujeres que luchaban por una causa más importante que sus propias vidas. Personas que habían perdido demasiado como para dudar ahora. Y eso, más que las armas, más que la experiencia, era lo verdaderamente peligroso.

Mientras el mundo los señalaba con el dedo y los juzgaban como anarquistas, terroristas, mercenarios o simples adoradores del caos; ellos sabían que no eran nada de eso. Esas eran etiquetas fáciles de colgar, palabras lanzadas desde la comodidad del miedo o desde la ambición desmedida de sus enemigos. Muchos se las creían sin cuestionarlas. Pero no todos. En silencio, lejos de los focos y de los discursos oficiales, miles de voces hablaban de ellos de otra manera. No se decía en voz alta. El miedo era real, palpable. Nadie lo gritaba a los cuatro vientos porque hacerlo podía traer consecuencias. Era un murmullo… uno que viajaba de boca en boca, una idea compartida a media voz, una utopía empezando a tomar forma. Una revolución tejida en las sombras, donde la sangre derramada de unos pocos se entregaba sin pedir nada a cambio, con la intención de devolver al mundo una justicia que había sido arrebatada sin pedir permiso.

El E.A.L.M., lo llamaban algunos. “El Ejército Azul de Liberación Mundial”. Para muchos, una amenaza; para muchos otros, la última esperanza. Eran los que empujaban a este mundo podrido de vuelta al equilibrio perdido. Los que robaban a los poderosos para devolvérselo a los que no tenían nada. Los que intentaban sanar - literalmente - a un mundo enfermo. Los que no dejarían de luchar hasta que todo volviera a ser como era antes, o hasta que no quedara nadie para recordarlo.
  • Así que un libro - sonrió Laia, sentándose al lado de Nico.
  • Así es - él le devolvió la sonrisa, sin apartar la vista del horizonte.
  • ¿Por qué?
  • ¿Y por qué no?
  • Venga, Nico… no bromees. Hablo en serio.
Él tardó un segundo en responder, como si buscara las palabras en algún lugar más allá del mar.
  • “Sin los que recuerdan, el mundo se deshace.”
Laia soltó una carcajada breve, sorprendida.
  • ¡Joder, Nico! Eso es muy profundo… ¿es de alguien o es tuya?
  • No… no es mía - negó despacio -. La dijo hace mucho tiempo un sabio anciano, un saco de huesos borracho y de sonrisa fácil.
Nico sonrió. El viento le acarició el cabello como una mano cómplice, y por un instante pareció recordar a aquel viejo perdido en algún rincón de este mundo inmenso, disuelto en el tiempo como tantos otros.
  • Nosotros… los que luchamos, los que amamos y sangramos, los que reímos con la muerte en la garganta… todos desapareceremos algún día - continuó -. El mundo borrará nuestros nombres y el tiempo devorará nuestras voces. Pero un escritor… un escritor puede impedirlo. Cuando escribes lo que ves, cuando guardas en papel lo que el viento intenta arrebatarte, le robas una victoria al olvido.
Hizo una pausa. Solo quedó el rumor grave de los motores, el crujido del acero bajo sus pies y el mar respirando, eterno e indiferente.
  • La pluma es más afilada que un cuchillo, más justa que las leyes y más duradera que la piedra - dijo al fin -. Cuando ya nadie recuerde nuestros nombres, mis palabras seguirán navegando por el mundo. Cuando nuestros enemigos cuenten mentiras… mis palabras defenderán la verdad. Y eso… eso es lo más parecido a la inmortalidad que un hombre puede alcanzar.
Laia lo miró con los ojos humedecidos. Sin decir nada, apoyó la mano en su mentón y lo atrajo hacia ella. Aquella mirada fue eterna, cargada de todo lo que no necesitaba ser pronunciado. Lo besó cerrando los ojos, como se besa de verdad: sin prisa, sin miedo, un instante suspendiendo en la eternidad del tiempo. Habían atravesado demasiado juntos como para necesitar palabras. Se querían, se amaban, pero no como ama todo el mundo. Lo hacían desde la certeza de quien ha caído mil veces y siempre ha sido levantado por el otro. Desde la seguridad de no temer ya la caída, porque sabían que, pasara lo que pasara, el otro siempre estaría allí para recogerlos del suelo.
  • Sabes que te quiero, ¿verdad? - susurró ella, apoyando la frente en la de él.
  • Sí… - respondió Nico -, aunque me gustaría que me lo dijeras más a menudo.
  • Y a mí me gustaría que no fueras tan nenaza - Laia soltó una carcajada y le dio un codazo -. Pero bueno… supongo que nadie es perfecto.
  • Tú lo eres para mí - sonrió él, enamorado.
Sofi se giró despacio, con una media sonrisa ladeándole el rostro.
  • Vaya moñas estás hecho, Nico. Solo te falta vomitar arcoíris.
  • ¿Lo ves? - se unió Laia, divertida -. No soy la única que lo piensa…
  • Me da igual lo que penséis - replicó él encogiéndose de hombros -. Yo soy feliz siendo como soy.
  • ¿Siendo un poeta amanerado? - provocó Sofi.
  • No - corrigió Nico, con total seriedad -. Siendo el salvador de la humanidad.
Las dos estallaron en carcajadas, limpias, sinceras, de esas que alivian el peso del mundo aunque solo sea por un instante.
  • ¡Touché hermano! - dijo Sofi, volviendo a llevarse los prismáticos a los ojos.
  • Nico el salvador… - murmuró Laia, acercándose de nuevo a él, rozándole los labios -. Nico el poeta… Nico el padre de mi hijo.
El mar siguió rugiendo a su alrededor, indiferente y eterno, mientras aquel pequeño instante - hecho de amor, familia y amistad - quedaba suspendido en el tiempo, como si incluso el mundo, por una vez, hubiera decidido guardarlo en su memoria.

Nico se recostó contra el metal frío del contenedor y dejó que sus pensamientos se deslizaran como el viento sobre el mar. Quizás aquellos que alguna vez habían sido, los que creían haber desaparecido entre balas, huídas y pérdidas, no habían muerto del todo. Tal vez simplemente se habían adaptado a esta nueva vida, se habían metamorfoseado en algo más duro, más preciso, más consciente de cada respiración.

Laia apoyó la cabeza contra su pecho y él le acarició los cabellos con ternura. El momento que acababan de vivir era un claro ejemplo de ello: la risa que rompía la tensión, la ironía que suavizaba el filo de la guerra, el amor que se permitían aun cuando todo alrededor parecía destinado a desgarrarlos. El caos seguía golpeando, las heridas seguían doliendo, pero incluso en mitad de aquel mar turbulento, bajo un cielo oscuro y sin estrellas, había espacio para recordar lo que un día fueron.

Aun podían reír. Aun podían amar. Aun podían regalarse pequeños instantes donde fueran simplemente ellos mismos, sin máscaras ni armas, sin miedo ni obligación. Y en esos instantes, fugaces y preciosos, Nico comprendió que sobrevivir no era solo plantar cara al enemigo y escapar del mundo, sino sostenerlo dentro de uno mismo, y protegerlo con cada gesto, con cada palabra, con cada beso robado a la guerra y al tiempo.

“Padre… voy a ser padre”, pensó Nico, y al instante una sonrisa feroz se dibujó en su rostro.

No había miedo en él. Había bailado tanto con la muerte que ahora, el miedo, le parecía un compañero más, un paso más en un baile que conocía de memoria. Tampoco la duda tenía cabida; en lo más hondo de su corazón, seguía sabiendo que Laia era la mujer con quien quería envejecer, la única capaz de mantenerlo firme en un mundo que se deshacía a su alrededor.

Mientras el “Centinela Azul” se hacía cada vez más visible en el horizonte, una oleada de recuerdos lo atravesó como un relámpago. Recordó los inicios: cuando todo empezó, cuando eran jóvenes y alocados, cuando la vida parecía un juego sin reglas y la libertad era la única brújula que seguían. Salvajes sin armas, despreocupados y divertidos, dejando que cada día los encontrara desnudos y donde quisiera.

La nostalgia lo golpeó con fuerza. No había pasado tanto tiempo, pero todo aquello parecía un universo aparte. No era arrepentimiento; su vida actual estaba hecha de vínculos sólidos, de amigos que se habían convertido en familia. Seguía creyendo en la misión, en el futuro que juntos querían construir. Pero, en algún rincón escondido de su mente, una parte de él deseaba regresar a esa ligereza de antes: a la vida más fácil, más sencilla, más desenfadada, donde los riesgos se medían en risas y no en balas, y donde el mundo todavía parecía un lugar que podía sorprender sin quebrarlo.
  • Aquí Centinela Azul - dijo una voz grave por el walkie -. ¿Me recibes?
  • Sí… aquí la Patrona - respondió Laia con rapidez, firme, sin titubear.
Sofi miró su reloj y luego levantó la palma de la mano, abierta, marcando el tiempo que quedaba.
  • Solicitamos desembarcar en cinco minutos, cambio.
  • Entendido, Patrona - respondió la voz del otro lado, con un dejo de respeto -. Tenéis vía libre y… bienvenidos a casa.
El mar seguía respirando bajo un cielo todavía pesado, pero el horizonte comenzaba a abrirse. Por primera vez en semanas, el grupo pudo sentir que algo se parecía a la calma: no la paz, no la seguridad, pero sí el reconocimiento silencioso de que habían llegado a su refugio. El “Centinela Azul” los esperaba, y con él, la certeza de que, al menos por un instante, estaban en casa.

Los cuatro se pusieron en movimiento como un reloj bien engrasado. No hicieron falta órdenes, ni miradas, ni siquiera esa complicidad no verbal que antaño necesitaban para entenderse. Se desplazaban como un ballet silencioso sobre la cubierta oxidada, cada uno ocupando su lugar con precisión quirúrgica. El mercante redujo la marcha lo justo; la lancha a motor descendió por el costado con un chirrido metálico y desaparecieron en cuestión de segundos. Saltaron dentro con la naturalidad de quien repite un gesto aprendido mil veces. Y por supuesto, nadie miró atrás.

El mar estaba oscuro, denso, como una sábana de petróleo bajo la luna. La lancha avanzó cortando la superficie con una estela blanca y breve, y entonces apareció ante ellos en toda su magnitud. El Centinela Azul se alzaba en mitad de la nada como una catedral industrial, una estructura que en otro tiempo había extraído crudo del vientre del océano y que ahora, iluminada por focos fríos y líneas de neón, parecía una ciudad suspendida sobre el agua. Para cualquiera sería una reliquia abandonada; para ellos era otra cosa. Era refugio. Era promesa. Era origen y destino.

Nico levantó la vista cuando la plataforma ocupó todo el horizonte. Hubo un tiempo en que amar un lugar físico le había parecido una estupidez romántica. Las estructuras eran solo eso: estructuras. Hormigón, acero, cálculo e ingeniería. Pero aquella mole oxidada le arrancaba algo del pecho. Porque no había diseñado su forma, ni levantado sus pilares, ni había soldado sus vigas… pero sí había construido lo que latía dentro.

El Centinela Azul no era una petrolífera.
Ni la base armada de la resistencia.
No era el hogar de terroristas violentos.
Ni la guarida de infames ladrones.

Era… el corazón del mundo.

Allí, entre contenedores reacondicionados y laboratorios sellados con protocolos imposibles de rastrear, se procesaba y distribuía la “Azulita”. No como droga, no como capricho místico, no como juguete de lascivos y morbosos. Se distribuía como medicina, como herramienta, como un acto de pura fe científica.

Lena y él habían trabajado hasta el agotamiento, hasta la obsesión, hasta rozar la locura. Habían domesticado lo indomable. Habían aprendido a estabilizar el compuesto activo, a neutralizar su toxicidad, a encapsular su potencia en dosis seguras, replicables, medibles. Habían transformado un hongo salvaje - caprichoso, brutal, casi divino en su caos - en una sustancia capaz de regenerar tejidos, revertir enfermedades autoinmunes, estimular la neuroplasticidad, purificar suelos contaminados, acelerar la recuperación de arrecifes moribundos…

Pues sí, la “Azulita” ya no solo sanaba cuerpos.
Sanaba sistemas. Sanaba ecosistemas. Sanaba errores.

Al principio creyeron que se trataba de una segunda oportunidad para la humanidad. Una forma de equilibrar la balanza. De ofrecerle al mundo algo más que consumo y destrucción. Pero cuanto más profundizaban en su estructura molecular, más comprendían que aquello iba más allá de la medicina.

No habían sintetizado únicamente un compuesto.
Habían tocado algo anterior a la química.

La Mycena Neonfaucis parecía comportarse como si “recordara”. Como si reconociera patrones de deterioro y tendiera hacia el equilibrio. Restauraba suelos áridos devolviéndoles macrobiótica perdida. Aceleraba la fotosíntesis en cultivos agotados. Reducía la acidificación en el agua marina. Incluso en el aire, en entornos abiertos, sus derivados parecían neutralizar partículas contaminantes.

No era magia. Pero tampoco encajaba del todo en la ciencia convencional.

Sin proponérselo, Lena y Nico habían dado con una anomalía que rozaba lo sagrado. No una divinidad antropomórfica, no un dios con voluntad, sino una arquitectura profunda del mundo: una tendencia natural hacia la restauración que la “Azulita” amplificaba hasta extremos inimaginables.

A veces bromeaban con aquella idea…
La demente idea de que habían sintetizado la divinidad.

La lancha se acopló a la plataforma de embarque, la compuerta se abrió con un sonido hidráulico grave, casi ceremonial. Raquel, acompañada de dos hombres armados, los recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Laia la abrazó sin mediar palabras. Gabi cerró la marcha, observando el horizonte por última vez.

Dentro, los sistemas ya estaban en funcionamiento. Pantallas, cámaras de cultivo, cámaras de secado, laboratorios presurizados, drones listos para transportar microcápsulas hacia rutas marítimas y aéreas imposibles de rastrear. Desde allí, la “Azulita” viajaba camuflada en cargamentos médicos, en ayudas humanitarias, en suministros agrícolas. No como un negocio ilegal de distribución silenciosa. Sino como lo que era: una cura clandestina. De la que muchos deseaban apoderarse, comercializarla y enriquecerse.

Nico apoyó la mano sobre la barandilla metálica y empezó a subir las escaleras. En mitad del océano, lejos de gobiernos, farmacéuticas y guerras, había construido algo que el mundo aún no estaba preparado para comprender. Y supo, con una claridad casi dolorosa, que si algún día todo ardía, si los atrapaban, si el Centinela Azul terminaba hundido en el fondo del mar… volvería a empezar.

Porque ya no se trataba de poder.
Ni de redención.
Ni siquiera de justicia.

Se trataba de compromiso.
Una promesa hecha al mundo.
Una lucha que debía sobrevivir, incluso a ellos.
  • ¿Ha habido suerte? - preguntó Raquel.
  • Depende de lo que entiendas por suerte…
Laia parecía cansada, más de lo habitual. No habían regresado del mar por nostalgia. Habían ido a cobrar. Su lucha no se sostenía solo con ideales. Los reactivos costaban dinero. Las rutas seguras costaban dinero. El silencio de ciertas personas - sobre todo de las más poderosas - costaba dinero. No existían subvenciones para quienes curaban al mundo desde la ilegalidad. Ningún fondo de inversión apostaba por una sustancia que desafiaba patentes. Ningún mecenas financiaba milagros por altruismo.

Este mundo podrido no permite que lo gratuito prospere.

Así que, cada cierto tiempo, lo decidían. Sin heroicidades. Sin discursos. Se sentaban alrededor de la mesa metálica de la sala de reuniones y hacían números. Cuando las cifras dejaban de cuadrar, cuando las reservas descendían por debajo de lo prudente, se formaba un equipo al azar. Y salían a buscar lo único capaz de mantener con vida su imperio clandestino: dinero.

No eran atracadores impulsivos. No eran psicópatas sedientos de violencia. Elegían objetivos quirúrgicamente: paraísos fiscales flotantes, almacenes de capital negro, intermediarios de armas, redes de blanqueo que jamás denunciarían un golpe porque hacerlo implicaría exponerse. Robaban a quienes jamás podrían acudir a la policía sin delatar sus propios crímenes. Y aunque eso no los convertía en héroes, al menos les permitía dormir.

Esta vez les había tocado a ellos cuatro y la misión había sido limpia sobre el papel. Un traslado de efectivo entre dos sociedades pantalla en un puerto del Adriático. Seguridad privada, rutas previsibles, comunicaciones encriptadas. Lo estudiaron durante semanas: entrar como sombras y salir como humo. Pero los planes perfectos solo existen hasta que alguien aprieta el gatillo antes de tiempo. La lancha que debía estar vacía no lo estaba. El hombre que debía huir decidió resistirse. Y el disparo que iba a ser disuasorio encontró carne. Ahora, de regreso en el Centinela Azul, el precio se hacía visible.

Nico llevaba el costado vendado bajo la camiseta, una bala que había entrado rozando pulmón y que Lena no tardaría en extraer con manos firmes y mandíbula tensa. Laia tenía el antebrazo atravesado, suturado con puntos negros que parecían una costura grotesca. Gabi caminaba con una leve cojera, fragmentos metálicos aún alojados en el muslo que no habían podido retirar sin arriesgar demasiado. Sofi… bueno, ella en realidad era la única sin herida visible. Pero era también quien más manchadas tenía las manos. Estaba claro que aquel mote que había elegido tiempo atrás - la Santa Muerte -, no había sido una coincidencia del destino.

Habían vuelto con el botín, sí. Maletines sellados, fajos empaquetados al vacío, cifras suficientes para mantener operativa la plataforma durante meses. Los drones de distribución no dejarían de volar. Las cápsulas de “Azulita" seguirían cruzando fronteras invisibles. La promesa al mundo seguía intacta. Y, sin embargo, cada uno de ellos sentía lo mismo. Que habían robado algo más que dinero. Habían robado tiempo.

Cada segundo respirado después del tiroteo era un instante arrancado a la Guadaña, como si el destino hubiera marcado una fecha en rojo y ellos, obstinados, hubieran decidido tacharla con tinta azul. Vivían con la conciencia punzante de que el equilibrio era frágil. Que la próxima vez la bala no rozaría. Que el siguiente error no sería corregible. En la cubierta superior, mientras el viento golpeaba las barandillas, Gabi se encendió un cigarro, observando a sus amigos en silencio. Riendo incluso. Bromeando sobre quién tenía la cicatriz más espectacular. Haciendo apuestas absurdas sobre cuál dolería más al cambiar el vendaje.

Eran criminales. Eran salvadores.
Eran una família. Y sobretodo, estaban vivos.

La vieja y abandonada plataforma petrolífera, vibraba bajo sus pies como un corazón metálico. Dentro, en cámaras iluminadas por un resplandor frío, la “Azulita” crecía ajena a las balas, ajena al dinero, ajena al miedo. Pura. Imperturbable. Ellos, en cambio, sabían que cada misión los acercaba un poco más al límite. Pero también sabían algo más profundo… Si el mundo no permitía que la cura fuera gratuita, entonces la pagarían con su propia piel. Y mientras quedara sangre en sus venas - aunque fuera a costa de perderla a chorros - el Centinela Azul seguiría en pie.

Rendirse no era una opción. Jamás lo había sido.

No lo hicieron cuando Lena terminó de coser el último punto y dejó las agujas sobre la bandeja de acero con un tintineo seco. No lo hicieron cuando Nico, en mitad de la noche, despertó empapado en sudor recordando el fogonazo del disparo. No lo hicieron cuando Gabi, con el vendaje recién cambiado, miró el horizonte y murmuró que algún día la suerte se acabaría.

Porque aquello ya no iba de dinero. Ni siquiera iba de la “Azulita”.
Iba del compromiso. El antiguo.

El que no se firma con tinta sino con sangre.
El que no se pronuncia ante testigos sino ante la propia conciencia.

Habían empezado como un puñado de inconscientes jugando a ser más listos que el mundo. Después fueron un grupo de amigos tratando de reparar un error. Ahora eran algo muy distinto. Una hermandad forjada en la culpa compartida, en secretos imposibles de confesar, en cicatrices que nadie más comprendería. La misma lógica que había llevado a Gabi a cortarse la palma frente a Nico, aquella mañana absurda y trascendental, era la que los sostenía ahora. No se trataba de heroicidad. Se trataba de no abandonar al otro cuando el precio empezaba a ser insoportable.

Nico lo entendía mejor que nadie. El hombre que una vez quiso olvidarlo todo ahora sabía que no podía hacerlo solo. Cada bala extraída, cada noche sin dormir, cada envío clandestino era una forma de decir: me quedo.

Me quedo aunque duela.
Me quedo aunque tiemble.
Me quedo aunque el mundo nos llame criminales.

Gabi también había cambiado. Su obsesión ya no era un tren desbocado sin frenos. Ahora era dirección. Voluntad. Una promesa consciente. Había aprendido que el poder - como decía el libro - era el enemigo más peligroso. Y por eso lo compartía. Porque el poder en solitario corrompe, pero el poder sostenido por varias manos firmes se convierte en responsabilidad.

Laia, con su ironía intacta incluso cuando sangraba, era el equilibrio. Les recordaba que seguían siendo humanos, que podían reír en medio del caos. Y Sofi, con su brutalidad honesta, era el ancla: si había que ensuciarse para que el engranaje siguiera funcionando, ella era la primera en dar un paso al frente.

No eran santos. No eran mártires.
Solo eran cuatro personas que habían decidido que, si el mundo se negaba a curarse por sí solo, ellos empujarían aunque les costara la vida.

Esa era su lucha.

No una guerra gloriosa, sino una resistencia silenciosa y constante. Cada misión, cada riesgo, cada noche en la que el Centinela Azul resistía las tormentas era una reafirmación de aquel pacto invisible.

No importaba cuántas veces el miedo intentara paralizarlos.
No importaba cuánta claridad los tentara a creerse invencibles.
No importaba cuánto poder acumularan entre sus manos.

Mientras se eligieran unos a otros.
Mientras ninguno soltara la mano del otro.
Mientras siguieran avanzando, aunque fuera cojeando.

La lucha continuaría. El antiguo compromiso seguiría vivo. Como una llama obstinada que se niega a apagarse incluso cuando el viento sopla en contra. Y si algún día la Parca venía a cobrar lo que creía suyo, no encontraría almas aisladas, sino a un bloque indivisible.

Porque su fuerza no era la “Azulita”.
Era el juramento.

Cuando terminaron la última revisión de los generadores y comprobaron que las luces del laboratorio parpadeaban con esa cadencia estable que ya reconocían como latido propio…

Cuando limpiaron la cubierta de restos de sal y sangre. Y habían asegurado el botín en el compartimento sellado…

Cuando calibraron las incubadoras donde la Mycena Neonfaucis respiraba en silencio, expandiéndose en filamentos azul eléctrico bajo el cristal estéril…

Cuando, luego, casi como un ritual pagano, descorcharon una botella de ron mediocre y brindaron sin discursos, por volver a casa sin estar sanos, pero sí a salvo…

Uno a uno fueron desapareciendo por el pasillo metálico que conducía a los camarotes. Las botas dejaron huellas húmedas sobre el suelo industrial. Laia fue la primera en caer rendida, todavía con la venda en el hombro. Sofi se dejó caer sobre la litera sin quitarse siquiera el anillo que siempre giraba cuando estaba nerviosa. Nico se detuvo un instante frente al panel de control central, observando las cifras verdes que indicaban estabilidad biológica. Sonrió apenas, como un padre que vigila la respiración de su hijo recién nacido. Gabi fue el último en acostarse, apagando la luz. Durante unos segundos, el Centinela Azul quedó envuelto en la penumbra del océano abierto. Una mole oxidada y silenciosa perdida en mitad de ninguna parte. Pero en su interior, tras puertas herméticas y filtros de aire que zumbaban con constancia, la Azulita seguía creciendo. Mientras los sanadores del mundo dormían, su lucha clandestina continuaba.

Como un fuego rebelde y azul imposible de apagar.

En algún piso de Lisboa, una mujer de cincuenta y tres años abrió los ojos después de años de dolor crónico. No fue un milagro instantáneo. Fue más sutil. Durante semanas, su artritis reumatoide había ido cediendo como una marea que se retira sin hacer ruido. Esa mañana dobló los dedos sin que crujieran. Cerró el puño. Lo abrió. Volvió a cerrarlo. Y empezó a llorar.

Su hija, que preparaba café en la cocina, pensó que algo iba mal. Corrió hacia el dormitorio. La encontró sentada en la cama, flexionando las manos como si estuviera redescubriendo el cuerpo.
  • Não me dói - susurró la mujer, incrédula - Pela primeira vez... não me dói.
Se abrazaron en silencio. Ninguna sabía que, meses atrás, alguien había alterado discretamente un lote de medicamentos biológicos en el mercado negro europeo. Nadie pronunció la palabra “Azulita”. No hacía falta.

En el norte de la India, un río que durante décadas había arrastrado espuma tóxica comenzó a aclararse. Al principio fueron pequeños cambios: menos peces muertos flotando en la orilla, menos olor ácido al amanecer. Después, una mañana, los niños volvieron a lanzarse piedras desde el embarcadero sin que sus padres los gritaran de inmediato.

Los análisis oficiales hablaban de “una mejora inesperada en la capacidad de autorregeneración microbiana del ecosistema”. No entendían por qué ciertos compuestos industriales estaban siendo descompuestos a una velocidad imposible. Pero en el fondo del cauce, invisibles y microscópicas redes azuladas metabolizaban metales pesados y los transformaban en sedimentos inertes. El río respiraba otra vez.

En un poblado del Sahel, donde el suelo llevaba generaciones agrietado como piel reseca, algo empezó a cambiar. Un cooperante dejó, sin demasiadas explicaciones, un preparado orgánico mezclado con semillas resistentes. Los ancianos desconfiaron. Los jóvenes, no tanto.

Semanas después, la tierra, acostumbrada a rendirse, comenzó a oscurecerse. Retenía humedad. Pequeños brotes verdes rompieron la superficie como si desafiaran al sol. Primero fueron hojas tímidas. Luego hileras. Luego campos. Una niña arrancó una zanahoria torcida y la sostuvo como si fuera oro. El viento levantó polvo, pero entre el polvo ya no solo había muerte. Había posibilidad.

En São Paulo, un barrio entero redujo sus niveles de contaminación atmosférica en cifras que desconcertaron a los laboratorios municipales.

En Alaska, una colonia de focas dejó de presentar lesiones cutáneas asociadas a vertidos petroleros.

En Corea del Sur, un paciente oncológico que no respondía a ningún tratamiento mostró una remisión espontánea que obligó a reescribir informes médicos.

El mundo cambiaba. No de golpe. No con fuegos artificiales.
Cambiaba como cambian las placas tectónicas: lento, imparable, silencioso.

Y sí… Muchos estaban en contra.

Las farmacéuticas hablaban de sabotaje. Los gobiernos sospechaban de bioterrorismo. Las corporaciones que trabajaban con residuos contaminantes invertían fortunas en encontrar el origen de aquella anomalía biológica que interfería en sus balances. Pero cada intento de rastrear la fuente terminaba en datos inconclusos, en laboratorios vacíos, en pistas que se evaporaban en el mar. Porque el Centinela Azul no figuraba en ningún mapa. Y mientras la marea golpeaba su estructura oxidada, en sus entrañas la Azulita continuaba multiplicándose. Filamentos lumínicos expandiéndose como constelaciones microscópicas.

Arriba, en los camarotes estrechos, los cuatro dormían por fin. Respiraciones acompasadas. Vendajes recién cambiados. Cicatrices que aún escocían. Ignoraban los rostros concretos que estaban cambiando gracias a ellos. No conocían los nombres de quienes celebraban, de quienes volvían a sembrar, de quienes se abrazaban incrédulos frente a una recuperación imposible. Pero no necesitaban saberlo.

Porque la lucha no era por reconocimiento.
Era por transformación.

Y mientras el mundo discutía, negaba o intentaba apagar la chispa, en algún lugar - en un cuerpo, en un río, en un campo agrietado - la “Azulita" seguía haciendo lo que había nacido para hacer: Curar.

Incluso cuando el propio mundo no estaba seguro de querer ser salvado.

Continuará…

Por lo que vemos en este interludio, hay un personaje que parece que se ha bajado del carro, no hay mención a Gonzalo. Se ha mencionado a los personajes originales menos a él.

Buena idea los interludios.
 
Capítulo 22. Titanio - ¿Víc(Ti)ma o Verdugo?

El Titanio (Ti) ocupa el vigésimo segundo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del titanio con la paradoja de ser Víctima y Verdugo al mismo tiempo, obtenemos el retrato de una simbiosis indisoluble. El titanio es el metal de la biocompatibilidad agresiva: es capaz de integrarse en la carne para salvarla, pero posee una dureza que puede desgastar el tejido vivo que lo rodea. Es el elemento que borra la línea entre lo que protege y lo que somete.

El Titanio: La Paradoja de la Estructura Dual

1. El Implante que Devora (Osteointegración y Desgaste)

El titanio es el único metal que el hueso acepta como propio, fundiéndose con él. Sin embargo, su rigidez es tan superior a la del cuerpo que, si no se ajusta con precisión, acaba fracturando el hueso sano que intenta sostener. Ser víctima y verdugo es habitar la dualidad del implante. Eres el salvador de tu propia historia (el titanio que repara), pero para sostenerte, ejerces una presión insoportable sobre tu humanidad (el verdugo que desgasta). Entendemos que muchas veces nos convertimos en verdugos de nosotros mismos precisamente para sobrevivir a nuestra condición de víctimas.

2. La Memoria de Forma (Nitinol)
Cuando el titanio se alea con el níquel, crea el Nitinol, un metal con "memoria". Puedes doblarlo, retorcerlo o golpearlo (víctima), pero al aplicarle calor, recupera su forma original con una fuerza irresistible que aparta todo lo que se cruce en su camino (verdugo). Esta es la esencia de quien ha sufrido un trauma y lo convierte en arma. El "yo-titanio" registra el golpe de la víctima, pero guarda en su estructura la orden de regresar a su estado previo. Al "calentarse", esa recuperación no es pacífica; es un acto de fuerza que ignora el daño colateral. Eres la víctima que recuerda, ejecutando la sentencia del verdugo para volver a ser quien eras.

3. El Escudo que se vuelve Espada (La Capa de Pasivación)
El titanio sobrevive porque crea una capa de óxido instantánea. Esta piel lo hace invulnerable (víctima protegida), pero es esa misma dureza la que permite que el titanio sea usado para fabricar los escalpelos más afilados y resistentes de la cirugía. Tu mecanismo de defensa es también tu capacidad de herir. La armadura que construiste para que no te hicieran más daño es la misma que ahora tiene bordes afilados que cortan a quienes intentan acercarse. Eres una víctima blindada que, por el simple hecho de existir en su fortaleza, se convierte en el verdugo de la intimidad ajena.

4. La Resistencia a la Fatiga (El Ciclo Eterno)
El titanio es famoso por su altísima resistencia a la fatiga; puede soportar millones de ciclos de tensión sin quebrarse. Ser víctima y verdugo a la vez requiere una materia que no se agote. El ciclo de "recibir y devolver" el dolor es un proceso de fatiga extrema. El titanio representa a aquel que está atrapado en el bucle: es víctima en el ciclo de tensión y verdugo en el ciclo de descarga, pero su estructura es tan fuerte que el bucle nunca se rompe. Es la condena de la invulnerabilidad: ser demasiado fuerte para dejar de sufrir, pero demasiado duro para dejar de dañar.

5. El Blanco que lo Oculta Todo (Dióxido de Titanio)
Es el pigmento que da la opacidad total. Bajo una capa de blanco de titanio, no se puede saber si el lienzo estaba roto o si la pintura original era violenta. La identidad dual se cubre con una pátina de perfección. Usamos nuestra historia de víctimas para blanquear nuestros actos de verdugos, y viceversa. El titanio es la máscara que unifica ambos rostros, permitiéndonos caminar por el mundo con una superficie impecable mientras en nuestro núcleo metálico la víctima y el verdugo luchan por el control de la misma estructura.

Conclusión: La dualidad víctima-verdugo, vista a través del titanio, es la geometría de la integración forzada. Es el reconocimiento de que la misma dureza que nos salva de la destrucción es la que nos permite destruir. Significa aceptar que somos una aleación compleja: un metal que se funde con la herida para convertirse en el arma que la protege, recordándonos que, a veces, la única forma de no ser quebrados es convertirnos en el martillo que sostiene nuestro propio mundo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


“Ding-Dong”

Sábado. Seis de la mañana. La hora exacta en la que el ruido debería estar oficialmente prohibido. Gabi roncaba a pierna suelta, atravesado en la cama como si hubiera pagado por metro cuadrado. Sofi, encajada entre su pecho y el borde del colchón, dormía con la paz de quien ha sobrevivido a una noche larga y piensa repetir.

“Ding-Dong Ding-Dong”

Sofi abrió medio milímetro el ojo izquierdo, lo justo para confirmar que seguía viva. Se acurrucó aún más contra él, buscando refugio térmico y existencial.

“Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong”
  • ¡Joder…! - murmuró Sofi levantando la cabeza de su pecho -. ¡Gabi, despierta!
“Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong”
  • ¡Gabiiii! - gritó, agarrándole los mofletes y agitándoselos como si fuera plastilina humana.
  • Queeeee… - respondió él sin abrir los ojos.
  • Alguien llama a la puerta.
  • Me parece muy bien - contestó, girándose para seguir durmiendo como si aquello no fuera con él ni con la humanidad entera.
Por lo visto, el timbre no opinaba lo mismo. “DING-DONG DING-DONG DING-DONG”
Gabi se incorporó de golpe, como activado por un resorte del infierno. Salió del dormitorio hecho una furia. Sofi, desequilibrada por la súbita ausencia de cuerpo calefactor, rodó de la cama al suelo con un golpe seco. Se cagó en Dios y en la Santa Iglesia, siguiendo a trompicones a su novio con impulsos homicidas, convencida de prenderle fuego a quien fuera que esperara tras la puerta. Gabi cruzó el piso en dos zancadas, los puños cerrados, el alma abandonando el cuerpo con cada paso. Llegó a la puerta, la abrió de par en par, dispuesto a repartir justicia madrugadora.

No llegó a ver quién era. Ni a gritarle. Ni siquiera a pestañear. Un puñetazo limpio y directo a la nariz lo mandó al suelo como un saco de patatas con pijama. Se oyó un ¡Plof! seco y definitivo. Sofi apareció en el marco del pasillo justo a tiempo para verlo espatarrado en el suelo.
  • ¡¿QUÉ COJONES HACES NICO?! - gritó al verlo.
Sofi intentó interponerse, pero Nico ya estaba dentro.
Y no entró como un amigo. Entró como una catástrofe.

Estaba cubierto de tierra seca y barro húmedo, la ropa manchada, oscura, pegada al cuerpo como una segunda piel maldita. Olía a sudor frío, a noche sin dormir, a algo más profundo y animal. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de contención fallida. Los nudillos aún tenían restos de sangre bajo las uñas. No se había limpiado. No había tenido tiempo. O no había querido. Gabi seguía en el suelo, medio incorporado, con la nariz sangrando, intentando enfocar el mundo. No entendió nada antes de que Nico le cayera encima. Pues el primer golpe no fue un aviso. Fue una sentencia.

El peso de Nico lo aplastó contra el suelo y los puños empezaron a golpear una y otra vez, sin ritmo, sin técnica, sin pausa. Cara, pecho, costillas. Donde encontraban carne. Gabi gritó, intentó cubrirse, rodar, huir… fue imposible. Nico no estaba peleando: estaba descargando su rabia.

Cada golpe llevaba una idea detrás. Cada impacto, una acusación muda.
“La Azulita”, la metamorfosis, Raquel ahogándose, el cuchillo.
La tierra removida de madrugada.

Nico respiraba como un animal acorralado. Gruñía. Los dientes apretados. Los ojos hundidos y desorbitados. No veía a Gabi como su amigo; veía la causa y el origen del desastre. El error que no había sabido cortar a tiempo. Gabi empezó a perder fuerza. Los brazos dejaron de subir con precisión. La defensa se volvió torpe. Cada intento de protegerse llegaba tarde. El suelo se manchaba de sangre nueva, más clara, más viva. Pero Nico no paraba. No iba a parar.

Aquello no era una paliza. Era una ejecución en proceso. Si nadie intervenía, el cuerpo de Gabi iba a quedarse quieto. Y Nico lo sabía. En el fondo de su mente, lo sabía perfectamente… y aun así seguía. Porque ya había cruzado esa línea una vez. Y cruzarla dos parecía, por un instante, insoportablemente fácil.

Sofi reaccionó tarde, gritando, tirando de él, golpeándolo en la espalda, suplicando sin palabras claras. Le costaba arrancarlo de encima como si estuviera soldado al cuerpo de Gabi. Se resistía, pataleaba, intentaba volver, los ojos clavados en su objetivo como un depredador frustrado. Raquel apareció de golpe, igual de sucia, igual de sudada. Y entre las dos consiguieron inmovilizarlo. Cuando por fin lo separaron, Nico quedó de rodillas, jadeando, las manos hundidas en el suelo, dejando marcas de barro y sangre sobre el parquet limpio.

Levantó la cabeza, aún temblando. Gabi no se movía. Apenas respiraba. Pero no había alivio en su rostro. No había justicia en su alma. Solo rabia casi agotada y una culpa más sucia que la tierra que aún llevaba encima. Había enterrado un cadáver. Y estaba a punto de enterrar a otro.
  • ¡¿Es que has perdido la puta cabeza?! - le gritó Sofi mientras intentaba reanimar a Gabi -. ¡¿Se puede saber qué cojones te pasa, puto idiota?!
Nico no respondió. No podía. Seguía allí, de rodillas, el torso inclinado hacia delante, las manos sobre el suelo como si pesaran toneladas. Los ojos, enrojecidos y húmedos, no se apartaban del cuerpo de Gabi. No parpadeaban. No buscaban perdón. Solo había una idea fija, densa, insistente, empujando desde dentro como un animal atrapado: acabar lo que había empezado.

La rabia no se había ido. Solo se había quedado sin salida. Lo quería muerto con una claridad que le daba miedo. No como un impulso pasajero, sino como una conclusión lógica. Seguir golpeándolo, torturarlo, hacerle el máximo daño posible tanto física como mentalmente. Por su culpa había jodido su vida, por su culpa cargaba con la muerte de un inocente, por su culpa todo se precipita hacía el abismo más oscuro. La imagen del cuchillo entrando y saliendo volvió de repente, la tierra removida a oscuras con las manos desnudas, el cuerpo sin vida enterrado en mitad de la nada. El silencio después. Todo llevaba su nombre.

Gabi respiraba con dificultad, un hilo frágil, irregular. Cada inspiración parecía un favor concedido por azar. Nico apretó la mandíbula con fuerza, conteniéndose a sí mismo como quien sujeta a un loco desde dentro.
  • Se pondrá bien - murmuró Raquel, ya a su lado, concentrada, tomándole las constantes con manos sorprendentemente firmes -. Pero necesito paños limpios, alcohol, hilo de coser y aguja.
  • La primera puerta a la derecha tienes el lavabo - dijo Sofi sin apartar los ojos de Nico -. En el segundo cajón de la izquierda está el botiquín.
Raquel levantó la vista despacio. Miró a Nico, pero no vio a un asesino. Vio a alguien roto por dentro, sostenido apenas por pura inercia.
  • Será mejor que vayas tú, Sofi - dijo con una seguridad que no admitía réplica -. Yo me quedaré con él.
Sofi negó con la cabeza al instante, tensa, protectora.
  • Ni de coña lo dejo solo con este animal…
Raquel no se movió. No alzó la voz. No discutió. Solo sostuvo la mirada.
  • Te doy mi palabra de que no lo tocará. - Hizo una pausa breve -. Vamos. Date prisa. Antes de que se infecten las heridas.
El silencio cayó como un peso sobre sus espaldas. Sofi dudó un segundo. Uno solo. Luego se puso en pie, se giró y fue hacia el baño, con pasos rápidos, casi furiosos. Raquel volvió a centrarse en Gabi, presionando su nariz, controlando la respiración de su boca. Nico seguía inmóvil. Pero algo había cambiado. No era calma. Era agotamiento. La furia empezaba a deshilacharse, dejando al descubierto lo que había debajo: Temblor, culpa, miedo. Ella no le dijo nada. No aún. Sabía que si lo hacía, si le daba permiso para existir, Nico se derrumbaría. Y ahora no podían permitírselo.

Cuando Sofi volvió con el botiquín, Raquel empezó a trabajar sin pausa y sin dudas. Como si algo dentro de ella se hubiera recolocado durante la noche y ahora supiera exactamente qué hacer. Entre las dos limpiaron la sangre espesa, presionaron donde hacía falta, cosieron lo imprescindible con manos firmes y decididas. Gabi gemía a ratos, inconsciente la mayor parte del tiempo. Lo levantaron con delicadeza y lo dejaron sobre el sofá del comedor, ladeado, cubierto con una manta. Su respiración, aunque irregular, era estable. Vivo de milagro.

Nico no se había movido. Seguía en el recibidor, de rodillas, la espalda encorvada, las manos hundidas en el suelo como si aún buscara algo que no estaba allí. Lloraba sin sonido, con espasmos que le sacudían el cuerpo entero. No había rabia ya. Solo un dolor crudo, infantil, devastador. Sofi lo observaba desde la distancia. No se acercó. No supo cómo hacerlo. No entendía nada. Aquello no encajaba con ningún mapa mental que tuviera de él. Raquel se limpió las manos en un trapo y se acercó a ella. Se quedaron juntas, de pie, observándolo llorar durante unos largos segundos.
  • ¿Qué ha pasado? - preguntó Sofi al fin, en voz baja.
Raquel respiró hondo y lo contó todo. Lo hizo sin rodeos, sin dramatismo, sin romperse y sin balbucear. Habló de la noche anterior como si enumerara hechos clínicos: la sobredosis de “Azulita”, Julián convulsionando, ella volviendo a la realidad al quedarse sin aire en los pulmones. Los gritos, el cuchillo penetrando en la carne sin piedad, la sangre salpicando por todas partes, el cuerpo sin vida tendido en el suelo. Las pruebas borradas mientras los demás seguían follando, el cadáver sacado del piso y cargado en el coche, el trayecto en completo silencio hasta la Sierra, la tierra removida antes del amanecer. No adornó nada. No suavizó nada. Tampoco pidió comprensión. Cuando terminó, el silencio fue absoluto.

Sofi tardó en reaccionar. Primero negó con la cabeza, despacio, como si lo que acabara de escuchar fuera algo absurdo o una broma de mal gusto. Luego se llevó una mano al corazón. Después se apoyó contra la pared, porque las piernas dejaron de sostenerla.
  • No… - murmuró -. No, no, no…
Volvió a mirar a Nico. Lo vio de verdad por primera vez. No como al pervertido gordito, ni al listillo encantador, ni al tipo que siempre tenía una frase idónea preparada. Vio a alguien que había cruzado algo irreversible y había vuelto pero sin saber cómo vivir con ello.
  • ¿Mató… a un… a un hombre? - susurró - ¿Lo dices en serio?
Raquel asintió con una profunda tristeza.
  • Me salvó la vida…
Automáticamente Sofi cerró los ojos con fuerza. Le temblaban los labios, las piernas, el corazón, el ama. Empezó a llorar de repente. La idea era demasiado dura para no hacerlo. El terror le entro en el cuerpo con violencia, como una losa fría.
  • Joder… - dijo al fin -. Joder, Nico…
No había juicio en su voz. Tampoco absolución. Solo una certeza nueva, brutal: nada de aquello tenía vuelta atrás. Abrió los ojos y volvió a mirarlo.
  • Tenemos un problema - añadió - Uno de los grandes…
Raquel no respondió. No hacía falta. Las dos sabían que ya no estaban hablando solo de heridas, ni de secretos, ni siquiera de un muerto. Estaban hablando del resto de sus vidas. Sofi se acercó a él aunque no dijo nada al principio. Cruzó el piso despacio, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romperlo del todo. Se arrodilló frente a Nico sin importarle la suciedad ni la sangre seca ni la tierra que aún le manchaba la ropa. Lo miró. Y entonces se le rompió el alma en mil pedazos.
  • Perdón… - susurró, y la palabra le salió inútil, pequeña -. Perdón, Nico.
Él no reaccionó. Seguía llorando con el cuerpo entero, con una desesperación que no encontraba salida. Sofi apoyó la frente en su hombro y lo abrazó. Fuerte. Como se abraza a alguien que se está hundiendo.
  • Todo irá bien… - dijo entre sollozos -. Ya lo verás… Saldremos de esta… todo irá bien…
Sabía que mentía. Lo sabía con una claridad dolorosa. Pero aun así lo repitió, como si las palabras pudieran levantar un muro contra lo inevitable. Nico empezó a balbucear, ahogándose en su propio llanto.
  • Yo… yo no quería… - le temblaba la voz, completamente rota -. Sofi, yo no… no pude hacer otra cosa… - tragó saliva, desesperado- . Raquel se estaba… se estaba… la estaba matando… se estaba quedando sin aire… yo… yo no tuve otra opción…
Intentó mirarla, pero no pudo. Apretó la cara contra su pecho como un niño perdido.
  • Lo hice por ella… te lo juro… - sollozó -. No había otra… no había otra…
Sofi lo rodeó con los brazos, apretándolo más, meciéndolo ligeramente. Lloraba con él. No por lo que había pasado, sino por lo que ya no podía deshacerse. Por la culpa que le iba a acompañar siempre. Por la vida que acababa de quebrarse sin hacer ruido.
  • Lo siento… - dijo entre lágrimas -. Lo siento, Nico… lo siento mucho…
No sabía qué más decir. No había consuelo suficiente. No había palabras que pudieran recomponer aquella alma rota. Solo pudo quedarse allí, de rodillas frente a él, sosteniéndolo mientras lloraba como si el mundo entero se le hubiera venido encima. Y de este modo, al menos durante unos minutos, breves y frágiles, Nico no estuvo solo.

Cuando Gabi despertó lo hizo lentamente, intentando poner orden en la niebla espesa de su cabeza. No recordaba nada. Solo el dolor atravesándole el cuerpo y ese sabor metálico, inconfundible, de la sangre en la boca. Se incorporó con cuidado y entonces las vio: Sofi y Raquel, sentadas a la mesa del comedor, hablando en voz baja, como si el silencio pudiera romperse. Al sentarse, se llevó la mano a la cara. El dolor fue inmediato, exagerado, casi obsceno.
  • Lo siento…
Gabi giró la cabeza bruscamente al escuchar la voz. Nico estaba sentado en el sofá, a su lado. Sostenía una taza humeante entre las manos, la cabeza gacha, la mirada perdida en algún lugar al que nadie más tenía acceso.
  • ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó.
Ellas se levantaron al mismo tiempo y acudieron a él. Raquel le examinó las heridas con rapidez; Sofi le acarició el pelo, despacio, con una sonrisa demasiado triste para ser tranquilizadora.
  • ¿Cómo te encuentras, mi vida? - le preguntó.
  • No lo sé… - respondió Gabi -. ¿Qué… qué ha pasado?
Nico empezó a llorar de nuevo, aunque ya no brotaban lágrimas. Si su tristeza hubiera sido una gastroenteritis, hacía rato que estaría vomitando bilis: no le quedaba nada dentro. Gabi lo miró sin comprender, completamente perdido.
  • ¿Por qué? - preguntó Nico de repente, clavándole la mirada -. ¿Por qué lo hiciste?
  • ¿Ha… hacer? ¿El qué? - Gabi empezó a temblar. Vio la piel de Nico cubierta de tierra, la ropa manchada de sangre seca, el dolor y la rabia mezclados en su rostro -. Me estás asustando, colega… ¿qué te ha pasado?
Nico se abalanzó sobre él y lo sujetó de la camiseta con una mano. Sofi y Raquel reaccionaron al instante, tensas, preparadas para intervenir. Pero igual que le sucedía a sus lágrimas, ya no le quedaban fuerzas. La furia se le desmoronó entre los dedos.
  • ¡Sabía que no era buena idea! ¡Lo sabía, joder! - gritó, sin dejar de llorar -. ¡Jamás debí haceros caso, sois unos putos idiotas! ¡¿Y ahora qué, Gabi?! ¡¿Qué voy a hacer ahora, dime?! ¡¿Qué cojones vamos a hacer?!
  • Yo… yo no… no sé de qué me hablas…
  • Mi vida - susurró Sofi, agarrándolo de la mano -. Ha pasado algo horrible…
Gabi la miró sin entender. Tenía la cabeza envuelta en una niebla espesa, como si alguien hubiera agitado su cerebro dentro de un frasco. Cada latido le retumbaba en la cara, en los pómulos, en la nariz vendada. Notó la mano de Raquel en su hombro, firme, profesional, como si sujetara a un paciente a punto de entrar en shock. Nico lo soltó. Sus dedos se abrieron sin fuerza y volvió a hundirse en el sofá, encorvado, con la taza temblándole entre las manos. El vapor ya se había disipado; la manzanilla estaba fría, como el cuerpo que acaba de enterrar, como todo lo demás.
  • Tú… - murmuró, sin mirarlo -. No te acuerdas de nada. Claro que no…
Gabi abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero no encontró palabras. El silencio del piso pesaba más que los gritos de antes. Sofi se sentó a su lado y le sostuvo la cara con cuidado, como si temiera que se le deshiciera entre los dedos.
  • Escúchame - dijo despacio -. No te alteres. Tienes que quedarte tranquilo.
  • ¿Tranquilo? - preguntó Gabi nervioso -. Nico parece… Parece que haya visto al puto diablo.
Nico soltó una risa seca, sin humor, que se convirtió en un espasmo en la garganta.
  • Ojalá hubiera sido eso.
Raquel intercambió una mirada rápida con Sofi. Ya no había marcha atrás. No se trataba de proteger a nadie de la verdad, sino de amortiguar la caída.
  • Anoche… - empezó Raquel, con una calma casi quirúrgica -. Anoche pasó algo muy grave. Y tiene que ver con la “Azulita”.
El nombre cayó como una piedra. Gabi sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Fragmentos sueltos intentaron encajar: el dolor, la sangre seca, la tierra incrustada en la ropa de Nico. La forma en que Sofi evitaba mirarlo directamente.
  • Nico… - dijo, muy despacio -. ¿Qué… qué hiciste?
Él levantó la cabeza por primera vez. Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados, vacíos. No había rabia ya, solo un cansancio infinito.
  • Lo que tenía que hacer - respondió abatido -. Y lo que nunca voy a poder deshacer.
Y mientras Gabi comprendía una realidad horrible, el agua caliente golpeaba la espalda de Gustavo con un ruido constante, hipnótico. Tenía la frente apoyada contra los azulejos, los ojos cerrados, dejando que el vapor le llenara los pulmones. El baño estaba empañado, el espejo completamente blanco, como si alguien hubiera borrado el reflejo del mundo. Se pasó la mano por el poco pelo que le quedaba, arrastrando el champú sin demasiada atención. Seguía intentando pensar en lo que había pasado la noche anterior, pero esta vez los recuerdos eran borrosos. Podía recordar las sensaciones, como si aún recorrieran su cuerpo: el sexo, los cuerpos, el brutal orgasmo coral… pero todo lo demás parecía difuminado, opaco, imposible de mantenerse estable en su mente. No pudo evitar sonreír al pensar en lo que acababan de hacer. Y allí, solo, bajo el sonido del agua, abrazado por el calor, en esa sensación falsa de limpieza, empezó a masturbarse. Pero incluso así, algo no encajaba. Una inquietud vaga, sin nombre, le recorría el estómago. Como cuando despiertas convencido de que has olvidado algo importante, aunque no sepas qué.

Se giró y apoyó el cuerpo contra la pared, dejando escapar el aire lentamente. Sin saber que, en ese mismo instante, una cadena de decisiones ya estaba cerrándose a su alrededor. Sin saber que aquella noche que él recordaba como un caliente sueño húmedo, había sido en realidad una pesadilla terrorífica. Sin saber, aún, que el día acababa de empezar del peor modo posible.

Bastó un mensaje con una sola palabra: “Búnker”. Nada más. Ninguna explicación, ningún contexto. Pero todos entendieron. Como si fuera un código tácito para cuando las cosas habían cruzado un límite. Los primeros en llegar fueron los mismos que ya habían compartido la desastrosa noticia en casa de Sofi y Gabi. Después apareció Gustavo, serio, sin su habitual aura de bufón de la corte. Por último, Laia, con el rostro pálido, quizás intentando adelantarse físicamente a una realidad que intuía insoportable. Los pasillos subterráneos de la Autónoma estaban en silencio aquella mañana de sábado. Un silencio limpio, académico, casi sagrado. Nada que ver con la densidad que impregnaba el laboratorio. Allí dentro no había gritos ni discusiones. Tampoco histeria. Solo una quietud pesada, empujada por la noticia contada, que ya flotaba en el aire como una sustancia tóxica.

La palabra asesinato giraba en la mente de todos. Nadie la pronunciaba. Pero estaba allí. Laia sostenía a Nico entre sus brazos. Él lloraba sin contención, con una angustia que parecía desbordarle el pecho. No era el llanto nervioso de quien teme las consecuencias. Era algo más profundo, más primario; y Gustavo no podía apartar la mirada de él. Lo que sentía no era exactamente culpa, pues la culpa es aguda, punzante. Lo suyo era más denso, más viscoso. El peso inmenso de un yunque que había sido forjado en su salón. Una certeza insoportable de que todo aquello, en alguna bifurcación del camino, había sido provocado por su mala cabeza.

Matar a alguien no es solo quitar una vida. Es alterar la arquitectura interna de quien lo hace. Y en un chico de veinte años… el impacto no es lineal, es sísmico. A los veinte, el mundo aún es una promesa. La identidad está en construcción. El futuro es una ilusión proyectada, un territorio abierto a cualquier posibilidad. Nico no era un marginal ni un desesperado; tenía una carrera brillante por delante, una mente entrenada para el análisis, para la precisión, para comprender sistemas complejos. Su vida estaba orientada hacia el progreso, hacia la creación, hacia la ciencia. Y ahora, en el núcleo de esa mente disciplinada, había una imagen que no podría borrar jamás: El cuerpo, el cuchillo, sus manos manchadas de sangre.

La primera muerte no se procesa como un dato. No se archiva. Se instala dentro como una enfermedad crónica. Un cerebro joven, todavía plástico, todavía moldeable, puede adaptarse a casi cualquier cosa. Pero eso no significa que salga indemne. La violencia extrema deja huellas en la memoria emocional, en la regulación del miedo, en la forma en que uno percibe el peligro y la responsabilidad. Puede generar disociación, insomnio crónico, hipervigilancia. Puede, incluso, romper por completo con la narrativa que uno tiene sobre sí mismo. Nico no solo había matado a un hombre. Había matado la versión de sí mismo que creía incapaz de hacerlo. Y eso es lo que lo estaba destrozando. Porque si uno descubre que es capaz de cruzar esa línea, el mundo deja de dividirse en “ellos” y “yo”. La frontera moral se vuelve difusa. La identidad se fragmenta. Y el futuro, ese futuro brillante y académico, ya no es una línea recta sino una superficie agrietada. Gustavo lo sabía, aunque no pudiera formularlo de aquel modo, pues era idiota. Pero incluso un bruto como él, comprendía que había empujado a un chico brillante a un terreno del que no se vuelve intacto. Y lo peor no era la posibilidad de la cárcel. Lo peor era que, incluso si nadie jamás descubría lo ocurrido, Nico tendría que convivir toda su vida con ese recuerdo íntimo: que en una noche concreta, bajo una presión concreta, fue capaz de matar. Y esa verdad no prescribe jamás.
  • ¿Dónde lo enterraste? - preguntó Gustavo sin alzar demasiado la voz.
  • ¡¿Qué más da eso ahora, imbécil?! - estalló Laia, sin soltar a Nico.
Tenía los ojos inyectados en rojo. Lágrimas, rabia, culpa, amor… todo comprimido en una sola mirada que parecía capaz de prender fuego al laboratorio.
  • ¡Todo esto es culpa tuya! ¿¡Me oyes!? ¡Acabas de arruinarle la vida, hijo de puta!
Sofi se acercó de inmediato, intentando sujetarla por los hombros. Gabi bajó la cabeza, la culpa mordiendo sus entrañas. No porque no tuviera argumentos - los tenía, afilados, listos para repartirse como cuchillas -, sino porque entendía que aquel no era el momento de tener razón.

Permaneció inmóvil, con la mandíbula tensa, aceptando cada insulto como quien acepta una sentencia ya dictada. Aceptaba su parte. La aceptaba entera. Pero también sabía que aquel desastre no tenía un único arquitecto. No negaba su responsabilidad. Al contrario. La asumía entera, sin matices. Sabía que había empujado la primera ficha de dominó. Sabía que había normalizado lo que nunca debió parecer normal. Si Nico decidía no volver a mirarlo a la cara en su vida, lo entendería. Si aquello le perseguía hasta el último de sus días, también.

Pero en el fondo - en ese rincón frío donde aún operaba su lógica - sabía que la culpa no era una propiedad privada. Gabi estaba de mierda hasta el cuello. Sofi también. Laia, pese a sus gritos, no era inocente. Incluso Raquel, aunque arrastrada por las circunstancias, había estado allí. Todos habían participado en mayor o menor medida en la construcción de aquel precipicio. Y, sin embargo, Gustavo no lo dijo. En cualquier otro momento lo habría hecho. Habría repartido responsabilidades con precisión quirúrgica. Habría desmontado el relato fácil del villano único. Pero esta vez no. Esta vez guardó silencio. Si necesitaban un culpable en el que volcar la rabia, él podía serlo. Si aquello ayudaba a que Nico no se rompiera del todo, cargaría con el traje del monstruo. Aun así, había algo que no lo dejaba en paz. Una idea fija, insistente, girando en su cabeza como una alarma que nadie más oía. No tenía que ver con el orgullo ni con salvar su imagen. Tenía que ver con algo más práctico. Más urgente. Más peligroso. Y no podía quitársela de encima.

Se acercó un paso.
  • Escucha, Nico… Sé que es duro, pero necesito que me digas dónde…
  • ¡CÁLLATE! - rugió Laia.
No fue un empujón. Fue un derribo. Se lanzó contra él con una violencia seca, desproporcionada. Lo agarró por el cuello y lo tiró al suelo con una fuerza que sorprendió a todos. Gustavo apenas tuvo tiempo de protegerse antes de que el primer golpe le impactara en la cara. Luego otro. Y otro. Puñetazos feroces, furiosos, cargados de impotencia. Le golpeaba el pecho, la mandíbula, el hombro. No buscaba hacer daño estratégico. Buscaba descargar. Vaciarse. Arrancarle algo.
  • ¡Es tu culpa! ¡Tu culpa! ¡TU CULPA!
Sofi intentó agarrarla por detrás, pero Laia se revolvía como un animal acorralado. Gabi se sumó, tirando de su brazo. Incluso así, seguía lanzando manotazos, rodillazos, intentando alcanzar cualquier parte del cuerpo de Gustavo. Y entonces fue Nico quien reaccionó.
  • ¡BASTA! - gritó con una voz que no le habían oído antes -. ¡Dejad de pelearos, joder! ¡Estoy hasta los cojones de tanta violencia!
Su voz quebrada, pero firme, atravesó el caos. Entre los cuatro lograron separarla. Laia pataleaba, respirando con dificultad, los ojos brillándole de un azul neón inquietante, como si aquella energía que los había llevado al paraíso la noche anterior estuviera a punto de encenderse otra vez bajo su piel, pero con otras expectativas.

Gabi ayudó a Gustavo a incorporarse. Tenía el labio abierto, la sangre resbalándole por la barbilla. Se la limpió con el dorso de la mano, sin dramatismo.
  • ¿Por qué quieres saber dónde lo enterramos? - preguntó Raquel, mirándolo con una mezcla de sospecha y cansancio.
Gustavo escupió un hilo de sangre al suelo antes de responder.
  • Ya le he jodido demasiado la vida al chaval… como para encima llevarlo a la cárcel.
Nadie contestó.
  • Nos aseguramos de que quedara bien enterrado - murmuró Raquel -. No creo que…
  • Igualmente me gustaría comprobarlo - insistió él, más bajo -. Me sentiría más seguro si… ya sabes.
Hubo un silencio breve. Solo roto por la respiración agitada de Laia.
  • Está bien. Puedo guiarte - cedió ella.
  • ¡Voy con vosotros! - añadió Gabi, sin levantar demasiado la mirada -. Iremos en mi coche.
Nadie discutió. Antes de salir, Gustavo abrió un armario del laboratorio y cogió un bidón rojo homologado y un tubo de plástico transparente. Nada extraño: el bidón lo usaban para almacenar disolventes y el tubo para trasvasar líquidos entre recipientes. Minutos después, tras despedirse, el eco de sus pasos se perdió por el pasillo subterráneo. La puerta del laboratorio se cerró con un clic seco. Dentro quedaron Laia, Sofi y Nico. El silencio que siguió no era el mismo de antes. Laia se dejó caer en una silla metálica, agotada, las manos temblándole todavía. Sofi permanecía de pie, mirando alternativamente a ambos, como si temiera que cualquiera de los dos pudiera romperse en cualquier momento. Nico se quedó en medio de la sala, inmóvil. Ya no lloraba. Pero tampoco parecía presente. Miraba el suelo pulido de la sala como si en ella estuviera proyectada la escena completa de la noche anterior. Sus manos, ahora limpias, descansaban abiertas a los lados del cuerpo. Las observaba como si no terminaran de pertenecerle. En el laboratorio solo se escuchaba el zumbido lejano de los sistemas de ventilación. Tres personas. Un secreto. Y la certeza de que, pasara lo que pasara a partir de ahora, ninguno de ellos volvería a ser el mismo.

Sabes que algo no anda bien cuando viajas en un coche en silencio. No un silencio cómodo. No ese que se da después de una discusión, cuando ya no quedan balas. Este era distinto. Denso. Un silencio que ocupaba espacio físico, que se sentaba entre los tres como un cuarto pasajero sin rostro. Gabi conducía con las manos agarrotadas al volante, los nudillos blancos, la mirada fija en la carretera como si apartarla un segundo pudiera desatar otra catástrofe. Gustavo iba de copiloto, erguido, demasiado quieto, observando el paisaje con una concentración impostada. No veía los árboles ni las curvas; veía pruebas. Pistas. Probabilidades. Errores.

Raquel iba detrás. Era ella quien guiaba.
  • Toma la próxima salida - dijo al cabo de un rato, con una voz que ya no temblaba.
No era serenidad. Era agotamiento. Cuando has llorado todo lo llorable, el cuerpo se queda sin recursos y habla como una máquina. Abandonaron la autovía y tomaron una carretera secundaria que se internaba en la sierra. El paisaje empezó a cambiar: asfalto agrietado, cunetas con hierba alta, pinos extendiéndose como una muralla verde. El cielo estaba despejado, insultantemente azul. La mañana era hermosa. Eso lo hacía peor.
  • Más adelante hay un camino de tierra - añadió Raquel.
Gabi redujo la velocidad. Las ruedas crujieron al abandonar el asfalto. El coche comenzó a vibrar levemente sobre la gravilla. El sonido era constante, hipnótico, como si la montaña estuviera masticándolos poco a poco. El lugar lo habían elegido la noche anterior en estado de shock: apartado, sin casas a la vista, lejos de senderos señalizados. Un claro pequeño entre pinos jóvenes, con el suelo agrietado y seco. Parecía suficiente. En ese momento, todo parecía suficiente con tal de terminar.
  • Es aquí - dijo Raquel al fin.
Gabi detuvo el coche. El motor se apagó, pero el silencio no se alivió. Al contrario. Sin el ruido mecánico, la realidad se impuso con más crudeza: el viento moviendo las copas, el crujido lejano de alguna rama, el zumbido casi imperceptible de insectos. Gustavo fue el primero en abrir la puerta. El aire de la sierra les golpeó el rostro, frío y limpio. Demasiado limpio para lo que había enterrado bajo esa tierra. Caminaron unos metros siguiendo a Raquel. Ella avanzaba despacio, midiendo cada paso, como si el suelo pudiera recordar. Se detuvo frente a un pequeño montículo apenas perceptible. La tierra estaba removida, más oscura que el resto, cubierta con hojas y ramas colocadas con torpeza. Gabi tragó saliva. Gustavo, en cambio se quedó mirando el montículo sin decir nada. Su mandíbula volvió a tensarse. No parecía horrorizado. Parecía evaluando. Raquel dio un paso atrás.
  • Aquí lo dejamos - susurró, casi para sí misma.
El viento pasó entre los árboles como un suspiro largo. Y por primera vez desde que habían arrancado el coche, los tres entendieron que el silencio del viaje no era lo pero. Lo peor era comprobar que el mundo seguía funcionando con absoluta normalidad. Que el sol brillaba. Que los pájaros cantaban. Que la Sierra no parecía tener ningún problema en guardar un secreto más bajo su piel. Gabi dio un paso al frente, incapaz de seguir sosteniendo aquel mutismo.
  • ¿Qué pretendes hacer?
Gustavo lo miró apenas un segundo. No había ira en sus ojos. Ni siquiera culpa. Solo una determinación fría, casi mineral, como si algo esencial se hubiera erosionado dentro de él durante aquella mañana.
  • Deberíamos haber cogido unas palas…
  • ¿Por… por qué? - preguntó Gabi.
  • ¿Para que cojones crees?… Hay que desenterrarlo.
Raquel frunció el ceño, el estómago encogido.
  • ¿Desenterrarlo? ¿Por qué?
Gustavo se agachó despacio frente al montículo, apoyando una rodilla en la tierra seca. Sus manos grandes, acostumbradas a limpiar suelos y masturbar pollas ajenas, empezaron a apartar las ramas que habían colocado con prisa la noche anterior.
  • Porque no vamos a permitir que nadie, nunca, descubra lo que Nico hizo. Hay que llevarse el cadáver y eliminar cualquier prueba…
No alzó la voz. No hacía falta. Comenzó a remover la tierra con calma, como si estuviera plantando algo en vez de desenterrándolo. La capa superficial cedió con facilidad. Estaba demasiado suelta. Demasiado reciente. La tierra estaba más fría de lo que debería. Gustavo apartó un puñado más y entonces se detuvo.
  • Pero qué cojones…
El tono ya no era firme. Era desconcierto. Pues entre los terrones húmedos, algo brillaba.

No era el reflejo del sol, era un destello propio. Un azul neón, eléctrico, imposible. Gustavo apartó más tierra con movimientos ahora menos controlados. El brillo se multiplicó. Pequeñas estructuras delicadas emergían entre la tierra removida: tallos finísimos, casi translúcidos, coronados por sombrerillos diminutos que irradiaban una luz azul intensa, con matices cian y destellos turquesa que palpitaban suavemente, como si respiraran.
  • No puede ser… - murmuró.
Mycena Neonfaucis. No uno, ni dos, sino decenas. Estaban por todas partes, brotando en racimos compactos, colonizando el suelo, trepando entre las raíces cercanas. Algunos ya habían atravesado la capa de hojas secas, asomando al mundo como pequeñas lámparas biológicas.

El azul relucía en sus superficies húmedas. Un azul distinto al de la “Azulita” en polvo. Más profundo. Más vivo. Con vetas que iban del índigo al aguamarina en un degradado hipnótico.

Gustavo escarbó con más rapidez ahora, la respiración acelerándose. La tierra cedía con facilidad. No lo habían enterrado a demasiada profundidad. Apenas medio metro. Lo justo para salir del paso. Lo justo para ocultar, no para sellar. Y entonces sus dedos tocaron tela.

Gabi y Raquel se acercaron instintivamente. Gustavo apartó el último bloque de tierra y dejó al descubierto el torso. Raquel se llevó la mano a la boca. El cuerpo no estaba pálido. No tenía el blanco ceroso de la muerte. Estaba azul. Completamente azul. La piel había adquirido un tono homogéneo, intenso, como si la sangre hubiera sido reemplazada por una tinta luminosa. No era el morado de las heridas ni el gris del cadáver. Era un azul vibrante, casi bello en su artificialidad. Y de esa piel nacían los hongos. No alrededor. Desde dentro. Pequeñas “Azulitas” perforaban la epidermis con delicadeza quirúrgica. Brotaba uno del hueco de la clavícula, otro entre las costillas, varios alineados a lo largo del abdomen como si siguieran el trazado de una cicatriz invisible. De la comisura de los labios emergía un racimo más denso, los sombrerillos abiertos como diminutas bocas luminosas.

El cuerpo era ahora sustrato.
Un terreno fértil.
Una incubadora.

Las venas bajo la piel azul parecían filamentos miceliales, extendiéndose en patrones fractales. La luz no era estática; pulsaba suavemente, sincronizada en todo el cadáver, como un organismo único. Gabi dio un paso atrás, mirando desconcertado a Raquel.
  • Esto… - dijo ella temblando - esto no… no estaba así anoche.
Raquel no podía apartar la mirada. El vértigo volvió, pero no era miedo. Era algo más profundo. La certeza de que aquello había cruzado una frontera que ya no tenía retorno. Gustavo, todavía en cuclillas, observaba con una mezcla de horror y fascinación científica.
  • La hemos alimentado - susurró -. La Azulita… el cuerpo… el suelo húmedo… esto es un cultivo perfecto.
Uno de los hongos, el más cercano al esternón, liberó una pequeña nube de esporas que brillaron un instante en el aire antes de disiparse como polvo estelar. La sierra seguía en silencio. Pero bajo sus pies, algo había empezado a crecer. Y no parecía dispuesto a quedarse enterrado. Gabi sacó el teléfono con las manos manchadas de tierra. Encuadró el cadáver, el azul palpitante, los hongos creciendo como una constelación enferma sobre la carne. Hizo la foto. El destello de la pantalla le iluminó el rostro. Empezó a escribir.
  • ¿Qué coño haces? - preguntó Gustavo, sin apartar la vista del cuerpo.
  • Mandársela a Nico. Para que nos diga qué debemos…
El manotazo no fue violento, pero sí firme. El móvil bajó de golpe.
  • Deja tranquilo a Nico. Ya suficientes quebraderos de cabeza tiene…
  • Pero necesitamos saber qué hacer. No podemos dejar que…
Gustavo negó despacio. Se puso en pie, limpiándose las manos en el pantalón.
  • Ayudadme a meterlo en el maletero, lo llevaremos al laboratorio y luego… - se sacudió la tierra de las manos - luego lo quemaremos todo.
No hubo más discusión. El cuerpo pesaba más de lo que parecía. No por la masa, sino por lo que representaba. Lo agarraron por debajo de los brazos y las piernas. La piel azulada estaba fría, pero no rígida. Los hongos se aplastaban contra sus antebrazos, desprendiendo un brillo tenue que manchaba la ropa como si fuera polvo fosforescente. Raquel apartaba la mirada cada pocos pasos, conteniendo la respiración. Gabi intentaba no pensar en que, unas horas antes, aquel hombre había estado vivo, masturbándose a su lado.

Lo arrastraron hasta el coche. El maletero se abrió con un clic seco. Dentro: una alfombrilla vieja, una manta arrugada, un gato hidráulico oxidado. Lo depositaron con cuidado absurdo, como si aún pudiera quejarse. Al cerrar, un par de hongos quedaron atrapados en el borde de goma. Uno se partió. Un líquido azulado, espeso, goteó lentamente sobre el paragolpes. Gustavo rodeó el coche y abrió el depósito de gasolina.
  • ¡Chaval! Pásame lo que cogí del laboratorio.
Gabi abrió la puerta trasera del coche y le acercó el tubo de plástico transparente. Gustavo lo introdujo en el tanque, inclinó el extremo libre hacia el bidón vacío. Se agachó y succionó. La gasolina le llegó a la boca con un golpe amargo y químico. Escupió al instante, tosiendo, pero el flujo ya había comenzado. El combustible descendía por el tubo con un burbujeo constante, llenando el bidón con un olor punzante que se mezclaba con la humedad del bosque. Cuando tuvieron suficiente, caminaron de vuelta al hoyo abierto. Gustavo empezó a rociar la tierra removida. La gasolina empapó el suelo, oscureciéndolo. Amplió el perímetro, vertiendo alrededor, sobre las hojas secas, sobre las raíces superficiales. El olor era tan fuerte que mareaba. Raquel se quedó apoyada contra el capó del coche, mirando cómo el líquido se filtraba en la tierra.
  • Hazlo - dijo Gustavo.
Gabi sacó el mechero. El chasquido sonó pequeño, insignificante. La llama tocó el suelo. Durante una fracción de segundo no pasó nada. Y luego el mundo se encendió. La gasolina prendió con un rugido seco. Una lengua de fuego naranja y blanca se extendió con violencia, abrazando la tierra, las hojas, los troncos bajos. Los hongos ardieron primero en un azul eléctrico, como si explotaran en miniaturas de luz antes de consumirse en negro. El calor golpeó sus caras. Las llamas treparon con rapidez por los arbustos cercanos. Demasiado rápido.
  • Vámonos…
Corrieron al coche. El motor rugió. Gabi miraba por el retrovisor cómo el fuego empezaba a ganar altura, alimentado por semanas de sequía. Mientras se alejaban lentamente, Gustavo - varios pasos atrás - arrastraba la suela de la bota sobre la tierra, borrando huellas de neumáticos, difuminando cualquier prueba de que hubieran estado allí. El viento cambió ligeramente. Las llamas se inclinaron y encontraron un nuevo camino. Subieron. Más y más. El crepitar se convirtió en estruendo. Al alcanzar el asfalto, Gustavo se metió en el coche y Gabi dio un acelerón, avanzando por la carretera, levantando el polvo el suelo. El olor a humo empezó a colarse por las ventanillas. En el retrovisor, una columna oscura se elevaba hacia el cielo limpio de verano.

Otro incendio en la Sierra. Uno más.
Pero esta vez no había sido un rayo, ni una colilla tirada por algún subnormal.
Había sido la amistad, buscando salvar el alma de un compañero.
O al menos… lo poco que quedaba de ella.


Como el Titanio, siendo la raíz de plata que une el hueso con la máquina, un metal que no distingue entre el golpe recibido y el golpe devuelto, esperando el calor del conflicto para recordar su forma original y reclamar su lugar entre los dioses y los monstruos. Esta historia continuará…
 
Y por cierto, en este capítulo parece claro que Laia si que ama a Nico por como ha reaccionado y como lo ha estado consolando.
Pero la cuestión es que se va a liar gorda con lo que va a salir del cuerpo de Julián con la Azulita.
 
Y por cierto, en este capítulo parece claro que Laia si que ama a Nico por como ha reaccionado y como lo ha estado consolando.
Pero la cuestión es que se va a liar gorda con lo que va a salir del cuerpo de Julián con la Azulita.
Creo que este grupo alocado de amigos con las hormonas revolucionadas, van a tener que ponerse serios.
Justo acabo de terminar ahora el capítulo 29. Y sin hacer spoilers, solo diré una cosa: La ciencia que Lena y Nico defienden a capa y espada, va a ser ridiculizada por algo mucho más poderoso y verdadero...

“Pachamama, nanakan jach'a awki, lurañataki thakhi jist’arapxita…”

Por primera vez en la historia, Madrid se les va a quedar pequeño... jajajajaja.

Un abrazote!
 
Capítulo 21. Escandio - A(Sc)etas del Onanismo

El Escandio (Sc) ocupa el vigésimo primer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del escandio con el concepto del Asceta del Placer - aquel que busca el goce absoluto de forma individual, refinada y autosuficiente -, obtenemos el retrato de una satisfacción que no necesita de otros elementos para brillar. El escandio es el primer metal de transición, una rareza plateada que existe en el límite de lo común, representando al individuo que ha decidido convertir su propio cuerpo y su propia soledad en un laboratorio de sensaciones puras.

El Asceta del Placer según el Escandio: La Soledad Incandescente

1. El Elemento de la Rareza (Individualidad Exclusiva)

Aunque el escandio no es extremadamente escaso en la tierra, aparece de forma tan dispersa que es muy difícil encontrarlo concentrado. No forma grandes depósitos; existe como una excepción en medio de otros minerales. El asceta del placer es una figura de escandio: alguien que se ha dispersado del rebaño social para concentrarse en su propio eje. Su búsqueda no es la del placer vulgar y masivo, sino una exploración individual y fragmentada. Es el buscador que entiende que el goce más elevado es aquel que se cultiva en la soledad de la propia materia, lejos de las "minas" de afecto común.

2. El Brillo de las Luces de Estadio (Intensidad Sensorial)
El uso más espectacular del escandio es en las lámparas de halogenuros metálicos, que producen una luz blanca y potente que imita la luz del sol. Es el elemento que genera la iluminación más intensa para el espectáculo. El asceta del placer no vive en una penumbra de culpa, sino en una explosión de luz sensorial. Al igual que el escandio genera una luz solar artificial en el vacío de una lámpara, este buscador utiliza su propia energía para crear momentos de incandescencia total. Es el espectáculo de un solo actor: un estallido sensorial autogenerado que brilla con la fuerza de una estrella, iluminando el estadio vacío de su propia privacidad.

3. El Refuerzo de la Estructura (Aleaciones Aeroespaciales)
El escandio se añade al aluminio para hacerlo increíblemente fuerte y resistente al calor sin añadir peso. Es lo que permite que los aviones y los bates de béisbol de alta gama aguanten presiones extremas. Este tipo de ascetismo requiere una estructura interna formidable. No es una búsqueda blanda; es una disciplina del placer que refuerza la voluntad del individuo, permitiéndole soportar las "altas temperaturas" de la pulsión sin quemarse. Es la fuerza del que se basta a sí mismo: una aleación de independencia y sensibilidad que le permite volar más alto que quienes dependen de la fricción ajena para sentir.

4. El Comienzo de la Transición (Número Atómico 21)
El escandio es el primer elemento de la serie de los metales de transición. Marca el punto donde la química se vuelve compleja y las órbitas electrónicas empiezan a llenarse de formas nuevas. El asceta del placer representa la transición hacia un nuevo paradigma del yo. Es el punto donde el individuo deja de ser un receptor pasivo de normas y empieza a llenar sus propias "órbitas" de deseo. El inicio de una complejidad donde el placer es una herramienta de autoconocimiento, una transición hacia una libertad que solo se encuentra cuando uno decide ser su propio origen y su propio destino.

5. El Compañero de las Tierras Raras (Afinidad por lo Exótico)
Históricamente, el escandio se clasifica junto a las tierras raras por sus propiedades similares. Es un elemento que siempre aspira a lo excepcional y lo poco común. Para este asceta, el placer es una "tierra rara". No se conforma con lo básico; busca el matiz, la frecuencia exacta que resuene con su sistema nervioso. Su vida es una colección de instantes escasos pero valiosos, una búsqueda estética donde cada sensación es un cristal único que no busca ser compartido, sino simplemente experimentado en su máxima pureza elemental.

Conclusión: El asceta del placer, visto a través del escandio, es la geometría de la autosuficiencia luminosa. Es el triunfo de la sensación pura sobre la dependencia emocional, un brillo blanco y potente que nace de la propia estructura. Ser escandio significa entender que el cuerpo es el único templo necesario para la iluminación, y que no hay mayor victoria que ser capaz de encender el sol dentro de uno mismo en la más absoluta y plateada soledad.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Viernes, solo una palabra, pequeña, de cinco letras, y sin embargo capaz de arrancar sonrisas y suspiros con la misma fuerza que un tiro en la sien… pero mucho más placentero, eso sí. Viernes tiene ese poder ridículo de conseguir que hasta los putos lunes parezcan remotos y casi imaginarios. Viernes huele a cerveza barata, a pizza caliente devorada frente a la tele, a risas en un bar que no entienden de responsabilidades. Es el permiso oficial del mundo para dejar de fingir ser adulto por unas horas, para hacer tonterías, para bailar como un idiota sin que nadie te mire raro o, al menos, que no te importe ni lo más mínimo.

Viernes es traicionero también, porque te promete libertad y al mismo tiempo te recuerda que la semana siguiente volverá a morderte la nuca. Pero, mientras dure, es y será el rey absoluto. Viernes puede ser una resaca épica, un plan que sale mal o una noche inolvidable; da igual. Lo único que importa es que el viernes está aquí, y eso, maldita sea, es suficiente para sentir que todo vale la pena. Sí, una palabra diminuta, casi inocente. Pero con suficiente veneno y encanto como para hacer que todos los demás días del calendario se pongan verdes de envidia.

Nico y Gabi caminaban rumbo a la casa de Gustavo con la despreocupación de dos tipos que no tenían un solo problema en el mundo, charlando de cualquier tontería que se les ocurriera: desde la mejor forma de abrir una cerveza sin abridor hasta teorías absurdas sobre por qué los gatos parecen conspirar en silencio. Pero, como casi siempre, había más de lo que mostraban. Uno escondía que se había convertido en un Caballo de Troya con una misión muy concreta en mente. El otro, que estaba jugando por su cuenta con la “Azulita”, planeando soltar la bomba en el momento justo, sin pedir permiso y cogiendo a todos por sorpresa. No había malicia en sus secretos, solo la deliciosa anticipación de dos amigos preparándose para una noche de viernes que, sin que lo supieran aún, marcaría un antes y un después en sus vidas.

Pero no eran los únicos de camino a la cueva de Gustavo. A una distancia prudencial, tres chicas nerviosas, de risas agudas y miradas conspiradoras, los seguían tratando de no ser vistas.
  • Se va a liar… - repitió Raquel como un mantra, mordiéndose el labio -. Se va a liar la de Dios y vamos a salir mal paradas.
  • Venga, vecina - rió Laia, dándole unas palmadas en la espalda -. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
  • Se me ocurren mil cosas a bote pronto…
  • ¿Cómo cuáles? - preguntó Sofi con una sonrisa traviesa a su lado.
Raquel se puso roja de golpe, incapaz de poner en palabras todas las escenas que su imaginación ya estaba proyectando.
  • ¿Qué le pasa ahora? - preguntó Sofi, buscando con la mirada a Laia.
  • Que se ha bloqueado - rió Laia, sin apartar los ojos de los chicos que caminaban unos metros más adelante.
  • ¿Y le pasa a menudo?
  • Demasiado a menudo…
Las risas contenidas rebotaban entre las calles, y el escenario estaba listo: una noche de secretos, juegos sexuales y caos inminente, donde todos parecían prepararse para lo inesperado sin saber exactamente qué les esperaba. Esta vez Gabi no se pasó de largo. Recordaba perfectamente el edificio donde vivía Gustavo, como si el trayecto se le hubiera quedado grabado en la memoria. Nico pulsó el interfono y, casi de inmediato, el zumbido seco anunció que les abrían. Entraron entre carcajadas y miradas cómplices, sin volver la vista atrás, sin una sola duda acerca lo que estaban a punto de hacer.
  • Tú primero - dijo Nico, exagerando una reverencia de caballero.
  • ¡Al lío, colega! - respondió Gabi, santiguándose con gesto teatral.
Sin poder ocultar sus nervios, avanzó hacia el ascensor para llamarlo. Nico, antes de cruzar del todo el umbral, lanzó una mirada rápida a la calle. Sabía que en algún lugar estaban ellas, aunque no las localizó. Con disimulo, acompañó la puerta para que no se cerrara del todo y, acto seguido, se reunió con su amigo como si nada extraño ocurriera.

Al verlos entrar Sofi salió del escondite dando un primer paso rapidísimo.
  • Aún no… - susurró Laia, sujetándola con firmeza por el hombro- . Espera a que cojan el ascensor.
Los nervios eran palpables, casi físicos. Las tres permanecían ocultas tras un portal cercano, observando fijamente la entrada por la que ellos acababan de desaparecer. Laia contó hasta diez en silencio, respirando hondo, imponiéndose una calma que no solía caracterizarla.
  • Ahora. Vamos… - dijo al fin, decidida.
Salieron disparadas, casi corriendo, entre risas ahogadas y miradas nerviosas. La primera en llegar al portal fue Sofi y se detuvo en seco alzando una mano. Asomó la cabeza con precaución hechando un vistazo rápido.
  • Vía libre, adelante
Las tres entraron de golpe en el rellano y cerraron la puerta tras ellas con cuidado.
  • ¿Y ahora qué? - preguntó Raquel, con el pulso desbocado.
  • Subimos y esperamos escondidas a que Nico nos abra…
  • ¿Cuánto tiempo? - preguntó Sofi mientras empezaba a subir las escaleras.
  • Ni idea, tía… jamás he estado en una paja grupal - respondió Laia siguiéndola -. No sé si se empieza nada más llegar o si hay unos protocolos que seguir…
  • ¿Protocolos? - rió Sofi -. ¿Qué putos protocolos va a haber? Se van a pajear tía, no van a recibir a un jefe de Estado.
  • ¡Yo qué sé, joder! Son cosas de tíos, no sé cómo funcionan esas movidas.
  • Se va a liar… - insistía Raquel, cada vez más nerviosa, cerrando el ascenso a la cueva de placer de Gustavo -. Se va a liar y…
  • ¡Hostia ya, Raquel! - la cortó Sofi, mosqueada -. Si no querías venir, no haber venido. Ahora estás aquí, así que asume las consecuencias de tus decisiones.
  • ¡Haya paz! - rió Laia en voz baja -. Y bajad la voz por lo que más queráis.
Cada escalón superado aceleraba el ritmo de sus corazones. Raquel se aferraba al pasamanos como si sufriera vértigo, y aunque fuera la única que lo verbalizara, las tres sentían el mismo temblor en las piernas. A mitad de camino entre el segundo y el tercer piso se detuvieron en seco. Escucharon una puerta abrirse unos pisos más arriba y la voz ronca de Gustavo dando la bienvenida a Gabi y a Nico. Luego, escucharon varias voces masculinas, risas descaradas, nervios espesos flotando en el aire.
  • ¿Pero cuántos son? - susurró Sofi, divertida.
Laia se encogió de hombros, negando con la cabeza. La puerta se cerró de nuevo y, sin pensarlo, le dio una palmada en el culo para que siguiera subiendo. Antes de llegar a la planta correcta se detuvieron y se sentaron en los escalones, tratando de recuperar el aliento y la calma. Fue entonces cuando Sofi abrió la mochila que llevaba a la espalda.
  • ¿Qué es todo eso? - preguntó Raquel con los ojos como platos.
  • Ropa… - sonrió Sofi de oreja a oreja, rebuscando dentro.
Laia empezó a desnudarse delante de ellas, sin el más mínimo pudor.
  • ¿Pe… pero qué haces?
  • Vestirme para la ocasión - respondió, bajándose los pantalones con total naturalidad.
  • Creo que esto te irá bien - dijo Sofi, sacando una falda absurdamente corta.
Laia la agarró y la sostuvo en el aire, la observó unos segundos y asintió, satisfecha.
  • ¿Te vistes así para salir de fiesta? - le preguntó con cierta ironía - Un poco atrevido, ¿no crees?
  • ¿Tú estás loca o qué? Para nada. Esto es para Gabi, para nuestros jueguecitos. Si saliera así a la calle me confundirían con una puta.
  • ¿Acaso no es lo que eres? - murmuró Laia.
Sofi se detuvo un instante y la miró, desafiante pero divertida.
  • Dilo en voz alta si tienes ovarios, zorra.
  • No hay problema, lo que digo es que eres una guarrilla.
  • Pues sí… ¿Algún problema con eso?
  • ¡Ni uno solo, amiga!
  • Venga, ponte esto también - dijo tirándole una camisa blanca - a ver cómo te queda.
Raquel, con el culo de Laia prácticamente a la altura de la cara, no daba crédito a lo que estaba viendo. Su vecina se enfundó la falda a cuadros diminuta y se anudó la camisa a la cintura, dejando un gran escote a la vista.
  • ¿Qué? ¿Cómo me queda?
  • Estás espectacular - sonrió Sofi - Pero no te olvides de las coletas… eso les pone a cien.
  • ¿Y tú qué dices, vecina? - preguntó girando hacía ella - ¿Estoy sexy o no?
  • Eeeeh… sí, sí… te queda… te queda…
Se puso roja como un tomate, incapaz de decir nada más al verla vestida de aquel modo.
  • ¿Otra vez bloqueada? - rió Sofi, centrando de nuevo su atención en la mochila.
  • Es que… no… no entiendo… no entiendo nada…
  • ¡Toma! - dijo lanzándole más ropa -. Pruébate esta, creo que es de tu talla.
Raquel la atrapó al vuelo, completamente perdida. Otra faldia a cuadros, otra camisa idéntica a la de Laia. “Uniformes”, pensó al instante. Alzó la vista, más nerviosa que nunca. Su vecina ya se había quitado los zapatos y se colocaba unas medias blancas de rejilla con una calma provocadora. Raquel no pudo evitar mirarla y tragar saliva.
  • ¿Para qué nos tenemos que disfrazar?
Las dos se miraron en silencio y estallaron en carcajadas, pidiéndose mutuamente que bajaran el tono de voz. Sofi ya se desvestía con rapidez, otro uniforme preparado sobre el escalón. Raquel entendió al instante lo que estaba sucediendo. Podía ser tímida, vergonzosa, incluso ingenua en ciertas ocasiones, pero no era idiota.
  • No tenéis intención de pillarlos por sorpresa, ¿verdad?
  • Sí… - respondió Laia al instante -. Y no.
  • ¿Por qué no me lo dijisteis?
  • ¿Decirte el qué? - sonrió Sofi de pie, ajustándose la falda.
Desde el piso de Gustavo seguían llegando voces, risas, golpes sordos. Raquel volvió a tragar saliva, los ojos clavados en la puerta. Su imaginación desbordada convirtiéndose en su peor enemiga. “¿Cuántos hombres deben haber ahí dentro?”, pensó. “¿Cuantos penes erectos al mismo tiempo?”, imaginó. Volvió a mirarlas de nuevo, a las dos. Los escotes, las faldas que apenas les tapaban el trasero, las medias por encima de las rodillas, los tacones, las coletas.
  • No puedo hacerlo - dijo de repente la moral de Raquel, dejando caer la ropa sobre los escalones como si pesara demasiado.
El silencio duró apenas un segundo.
  • ¿No puedes… - repitió Laia, acercándose a ella con una media sonrisa, mirándola fijamente - …o no quieres?
  • ¿Qué diferencia hay?
  • Si no puedes, es porque te falta valentía - respondió Sofi sin dureza, acercándose también -. Si no quieres, es simplemente porque no te apetece.
  • ¡Simple y sencillo! - añadió Laia apoyándose contra la pared.
Raquel tragó saliva por enésima vez. Sentía el pulso en las sienes, la garganta seca, el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse. Pensó en irse. Pensó en bajar corriendo las escaleras, en volver a casa, en olvidar aquella noche antes de que se descontrolara y acabara arrepintiéndose. Pero también pensó en lo que significaría marcharse, en lo que dejaría atrás, en lo que se perdería si sucumbía al miedo. Sofi se acercó un poco más. Demasiado cerca. No invadiéndola, pero sin darle espacio para esconderse.
  • Si no quieres, puedes irte cuando quieras, amiga - dijo con una calma sorprendente -. Nadie te va a obligar a hacer nada que no quieras hacer.
Raquel levantó la mirada, incapaz de darle un repaso a todo su cuerpo. Aquello era verdad, y lo sabía.
  • Ahora bien… - añadió, sacando de su escote un pequeño vial -. Si no puedes, por el motivo que sea… esto puede ayudarte a superar tus miedos.
El vial de “Azulita” brilló entre ellas como una pequeña estrella artificial. Raquel lo tomó con ambas manos, con una delicadeza casi reverencial. El azul neón iluminó sus dedos, reflejándose en sus pupilas, extendiéndose más allá de las palmas, inundándolo todo como si tuviera vida propia. Durante unos segundos no dijo nada. Pensó en el miedo y en el deseo, en lo indebido y en lo correcto. Los puso en una balanza, esperando a ver hacia donde se decantaba. Pensó, una última vez, en lo fácil que habría sido no subir aquellas escaleras. Y suspiró.
  • Sois unas hijas de puta… - murmuró, con una sonrisa nerviosa.
Sofi soltó una carcajada suave mientras ella le devolvía el vial. Raquel sintió como sus manos temblaban un poco, pero ya no dudaban. Empezó a desabrocharse los pantalones, despacio, como quien cruza un umbral del que sabe que no hay vuelta atrás. Sabía exactamente qué iba a pasar esa noche. Pero, por primera vez, decidió no huir. Mientras Laia y Sofi intentaban encajar a Raquel en aquella ropa diminuta - tirando aquí, ajustando allá, riendo nerviosas -, dentro del piso de Gustavo la noche avanzaba hacia su destino. Sin freno. Sin intención alguna de detenerse. Nadie allí estaba dispuesto a hacerlo.

Para Gabi, aquella era su primera vez, y jamás habría imaginado que todo transcurriría de aquel modo. Lo primero que lo golpeó fue la cantidad de hombres. Por todas partes. Demasiados. Unos sentados en el sofá, bebiendo y hablando como si estuvieran viendo un partido de fútbol; otros alrededor de la mesa del comedor, discutiendo de política con una vehemencia casi académica. En la cocina, un pequeño comando preparaba platos con patatas, aceitunas y aperitivos como si se tratara de una cena improvisada entre viejos amigos. En el balcón, dos tipos compartían un canuto de hierba, ajenos a todo. Allí donde miraba había alguien. Y a cada paso que daba, una mano se extendía, una sonrisa aparecía, un nombre se pronunciaba… y lo olvidaba casi al instante. Demasiados estímulos en muy pocos metros cuadrados. Gabi intentó encontrar un rincón apartado, una misión casi imposible, y cuando por fin lo logró se quedó allí quieto, rígido, como si pudiera camuflarse contra la pared igual que un camaleón asustado.
  • ¿Estás bien, chaval? - preguntó Gustavo acercándose con dos cervezas frías.
  • Gracias - respondió Gabi, aceptando una.
  • Chin chin…
Brindaron. La misma marca de cerveza. La misma duración del trago. Bajo el mismo techo. Pero en polos completamente opuestos.
  • Siempre había pensado que… - Gabi dudó, buscando las palabras - bueno, ya sabes… que esto era algo… algo poco común.
  • Te sorprende ver a tanta gente, ¿verdad?
Gabi asintió despacio, incapaz de dejar de observar cómo todos interactuaban con una naturalidad desarmante. Nico, apoyado en la pared, charlaba animadamente con un par de hombres, como lo haría cualquiera en una fiesta cualquiera.
  • Ese de ahí se llama José - dijo Gustavo señalándolo -. ¿Lo recuerdas?
  • Sí, del curro.
  • Eso es. Pues su mujer está menopáusica y no le hace ni puto caso. Dice que esto es mejor que irse de fulanas, porque, según él, no cuenta como cuernos - volvió a señalar -. El que está a su lado es Javi. Lleva tres años divorciado y, por razones evidentes, no se come una mierda desde entonces, aunque no deja de tirar ficha, el pobre. Supongo que aquí encuentra una vía de escape. El que está enfrente, el callado, creo que se llama Julián…
  • ¿Crees? - preguntó Gabi, dando un trago largo a la cerveza.
  • Sí, no habla mucho. Un tipo tímido. Viene, se la casca y se va, como el que baja a comprar el pan. Y ese que ríe de forma escandalosa se llama Andrés, aunque todos lo llamamos la “Reinona”.
  • ¿Y eso? - preguntó Gabi, genuinamente curioso.
  • ¿Por qué crees, chaval? - rió Gustavo -. Porque pierde más aceite que la furgoneta de Locomía.
  • ¿Aceptáis a gays también?
  • ¡Pues claro! Aquí se acepta a cualquiera que venga de buen rollo y traiga algo para compartir.
  • Ya veo…
  • ¡Venga, anda! - dijo Gustavo dándole una palmada en la espalda -. Te presentaré al resto. Pero antes una cosa… ¿lo has traído, verdad?
  • Por supuesto - sonrió Gabi, tocándose el bolsillo del pantalón.
  • ¡Esto va a ser la hostia, chaval! - exclamó -. ¡La puta hostia!
Y mientras las risas subían de volumen y el piso se llenaba de humo, cerveza y expectativas, la noche seguía avanzando, ciega, decidida, empujando a Gabi a mezclarse, a ser uno más. A medida que iban cayendo más cervezas, los porros cambiaban de mano y las conversaciones se volvían más fluidas, sin darse cuenta fue dejando los prejuicios de lado y acabó por sentirse como en casa. Quizá porque el ser humano funciona así. Porque compartir una misma afición - por extraña, marginal o incomprensible que parezca desde fuera - crea un hilo invisible que lo cose todo. Da igual si no sabes el apellido del otro, si jamás lo volverás a ver o si, en cualquier otro contexto, jamás habríais cruzado palabra. Hay algo más profundo que opera por debajo: el reconocimiento mutuo. Como dos desconocidos abrazándose en un gol en el último minuto, como cientos de gargantas cantando la misma letra en un concierto, como miradas cómplices que se cruzan sin necesidad de explicación, cuando una mujer hermosa pasa por enfrente de un bar. No es la cerveza, ni el humo, ni siquiera el acto en sí. Es saberse parte de algo compartido, de un territorio común donde no hace falta justificarse. Durante unas horas, todos hablaban el mismo idioma. Y en ese idioma - crudo, imperfecto, humano - Gabi descubrió que sentirse aceptado no siempre requiere entenderlo todo, solo atreverse a quedarse.

Y sin darse cuenta, empezó a mirar a Gustavo con otros ojos, no fue de golpe, sino a base de pequeñas grietas en el prejuicio. Siempre lo había encasillado como el típico hombre mayor, tosco, salido, un adicto al sexo sin demasiados escrúpulos ni sutilezas. Una caricatura fácil. Pero a medida que Gustavo lo llevaba de un grupo a otro, presentándole nombres, historias, miserias y bromas privadas, aquella imagen comenzó a desmoronarse. Lo que veía ahora era distinto. Había en él algo casi amable. Un tipo que abría su casa como quien abre un refugio en mitad del frío, consciente de que muchos de los que cruzaban esa puerta no buscaban solo placer, sino un respiro. Hombres cansados, solos, invisibles en su día a día, que allí - aunque fuera una noche a la semana - podían sentirse deseados, escuchados, parte de algo. Gustavo los conocía a todos, recordaba detalles, toleraba manías, repartía cervezas y espacio como si supiera exactamente lo que cada uno necesitaba. Era extraño, no lo negaba. Su compañero de trabajo se movía por el piso como el líder de una secta improbable, rodeado de adeptos que le seguían con una mezcla de respeto y gratitud. Y sí, todo aquello también era en beneficio propio; no se engañaba. Pero incluso así, resultaba difícil negar que había algo altruista en su forma de hacerlo. Sin discursos, sin moralinas, sin promesas falsas. Solo una norma clara, casi sagrada: buen rollo, respeto y traer algo de picar. Podía parecer absurdo, incluso grotesco desde fuera. Pero para Gabi empezó a tener sentido. Aquella casa no era solo un piso desordenado lleno de humo y cerveza: era un templo laico, imperfecto, donde nadie pedía explicaciones y todos eran bienvenidos mientras supieran convivir. Y por primera vez, Gustavo dejó de parecerle un simple estereotipo para convertirse en algo mucho más incómodo y humano: alguien que, a su manera torcida, estaba haciendo un pequeño bien al mundo.
  • … que va, que va - decía Gabi, cuatro cervezas después, hablando con un tipo llamado Toni - lo conozco hace dos semanas, ¡justo hoy! Hace dos semanas en realidad.
  • ¿Y es tu primera vez, dices?
  • Sí… bueno, estuve a punto de venir una vez, pero… surgió algo y no pude…
  • ¡ATENCIÓN!
El grito de Gustavo sacudió el piso entero. Fue la voz del líder de la manada, del maestro de ceremonias. Y todos los creyentes dejaron de hacer lo que estaban haciendo para prestarle atención al instante.
  • Creo que ya va siendo hora de que empecemos. Pues creo que ninguno de los presentes ha venido aquí para charlar de fútbol, política o economía.
Los vítores estallaron al instante, y Gabi se sorprendió a si mismo vitoreando junto a los demás. De repente notó que alguien le pasaba la mano por el hombro, era Nico. Pero no el científico, si no el de mejillas sonrojadas y mirada vidriosa.
  • Esto empieza, colega… ¿Preparado?
  • ¡Nací preparado! - sonrió Gabi brindando con él.
  • Así que… - siguió Gustavo con una sonrisa de oreja a oreja - ¡Que cada uno escoja un sitio y empezamos de una vez! ¡Vamos a darle duro!
Todos se movieron al instante como si fueran niños jugando al juego de las sillas, Gabi y Nico reían nerviosos entre empujones y peleas por coger el mejor sitio. Al final encontraron hueco en uno de los sofás y terminaron sus cervezas mientras observaban a los demás moverse nerviosos por el salón. Terminaron formando un semicírculo alrededor del televisor y Gustavo desde un sillón, al ver que todos estaban listos, lo encendió con el mando a distancia. Lo tenía todo preparado, como el que ha repetido mil veces aquel ritual. En la gran pantalla empezó a reproducirse un video porno de la actriz Sara Jay. Gabi lo reconoció al instante, había visto aquella escena mil veces. Ella vestida con un traje negro corto que dejaba ver el escote que marcaban sus enormes tetas. Los dos negros transportando trastos como si hicieran una mudanza. Y de repente, por arte de magia, todos empezaron a desnudarse a la vez, como si alguien hubiera pulsado un botón imaginario, activándolos al instante.

En un abrir y cerrar de ojos, el salón estaba lleno de cuerpos desnudos y pollas erectas. Gabi, que no se atrevía a apartar la vista del televisor, no pudo evitar desviar los ojos un instante hacía la entrepierna de su compañero. Supo en ese instante, que Dios aprieta pero no ahoga. Nico no era demasiado agraciado físicamente, y sus dotes sociales no eran - que digamos - las más hábiles del mundo, pero por otro lado iba muy - pero que muy - bien armado, sin duda. Se estremeció al tenerlo tan cerca. Sus muslos se rozaban sin querer, sus brazos se tocaban como el que comparte un reposabrazos en un cine, el olor a polla lo invadía todo, los gemidos y las muñecas golpeando la piel llegaban desde todas partes, una sinfonía que lo atrapó al instante. Sin pensarlo siquiera, empezó a masturbarse como todos los demás, empezó rígido, tenso, con esa incomodidad que no se nota en el cuerpo pero sí en la forma de mirar. Al principio observaba más de lo que debía, midiendo gestos, velocidad, gemidos. No era miedo exactamente, sino prudencia: la sensación de estar en territorio ajeno, donde cualquier paso en falso podía ser peligroso. Pero poco a poco empezó a relajarse. No porque entendiera del todo lo que ocurría, sino porque todos los demás se movían con una naturalidad tan aplastante que aquello acabó pareciendo lo más normal del mundo. Y sin darse cuenta, dejó de cuestionarlo.

De algún modo, estaba ocurriendo lo mismo que en los experimentos de conformidad de Solomon Asch, aquellos que se desarrollaron en la Universidad de Swarthmore y que demostraban hasta qué punto el ser humano es moldeable cuando el grupo aprieta.

El experimento transcurre en una sala asfixiante por el silencio. Siete sillas ocupadas, pero solo una importa: la del Sujeto Crítico. Los otros seis no están allí para dudar, sino para empujar. Son actores, engranajes de un mecanismo diseñado para erosionar la lógica. El investigador muestra dos láminas: en una hay un círculo; en la otra, un cuadrado. Luego oculta una. La respuesta es tan obvia que casi ofende: lo que todos ven es un cuadrado. Pero el primer cómplice, con una seguridad quirúrgica dice: “Círculo”. El segundo asiente sin pestañear: “Círculo”. El tercero, el cuarto, el quinto repiten la mentira, idéntica, como un eco industrial. Cuando llega el sexto y repite lo mismo, la duda se instala en el pecho del Sujeto Crítico. Surge la inseguridad, algo incluso más primitivo. Y cuando el turno le alcanza, el aire pesa. Sus ojos siguen viendo la verdad - un puto cuadrado -, pero sus oídos están saturados por el consenso del grupo. Aparece el sudor frío de la exclusión, ese pánico biológico a quedarse solo, a ser el único que camina en dirección contraria. La mente empieza a traicionar a los sentidos: ¿y si soy yo el que está equivocado? Entonces, para aliviar la presión en el pecho, para encajar, para sobrevivir socialmente, abre la boca y pronuncia la palabra que todos esperan oír: “Círculo”.

La realidad siendo derrotada por el consenso. No porque haya cambiado, sino porque resulta más cómodo negarla que enfrentarse al grupo. El sujeto cede, no tanto por estupidez como por miedo: al ridículo, a la exclusión, a confiar demasiado en sí mismo. Y Gabi, polla en mano, empezó a entenderlo sin necesidad de teorías. Nadie le había obligado a nada. Nadie le había empujado. Simplemente, todos actuaban como si aquello fuera normal y eso bastó. Como en el experimento, la presión no venía de la imposición, sino del consenso compartido. Y en ese verdad absoluta, Gabi comenzó a decirse lo mismo que el Sujeto Crítico: si todos lo ven así, quizá sea yo el que no está viendo bien.

Y mientras dejaba de ser el novato que calienta banquillo, ese al que el entrenador solo llama cuando el partido ya está decidido, Gabi saltó por fin al campo de juego con el primer equipo. De repente ya no era el nuevo, ni el raro, ni el que observa desde la esquina confundido. Era uno más. Y tan cómodo se sintió en esa ilusión recién estrenada que, por un instante, lo olvidó todo.

Hasta que la palabra le cruzó la cabeza como un latigazo: “La Azulita”. Pensó en ella de golpe y, casi por reflejo, buscó a Gustavo con la mirada. Estaba hundido en su sillón, masturbándose lentamente y observándolo fijamente, la mirada cargada de intención, marcando el ritmo de la paja con pequeños gestos de cabeza, como un director de orquesta reclamando su solo. Gabi tragó saliva. Sus pantalones, tirados de cualquier manera sobre el reposabrazos del sofá, parecían ahora demasiado lejos. Metió la mano en el bolsillo y notó el vial, frío, real, imposible de ignorar.
  • ¿Qué haces? - preguntó Nico, frunciendo el ceño.
  • Creo… creo que me han llamado - mintió Gabi, sorprendiéndose a sí mismo por lo convincente que sonó.
Y entonces Nico también lo recordó. No estaba allí como un asceta más del placer colectivo, no aquella noche. Era un Caballo de Troya, infiltrado, con una misión silenciosa que cumplir. Se puso en pie de golpe, subiéndose los calzoncillos desde los tobillos hasta la cintura con torpeza y prisa.
  • ¿Dónde vas? - preguntó Gabi, nervioso, cerrando el puño alrededor del vial.
  • ¡Me estoy meando, colega! - rió Nico, rascándose la nuca - . Siempre me pasa. Ahora vuelvo, ¿vale?
Sin más desapareció pasillo adentro, dejándolo solo con el peso de la decisión que estaba a punto de tomar, el murmullo lascivo del piso y esa sensación incómoda de estar a punto de cruzar una línea que, sin saberlo aún, iba a cambiar su vida para siempre.
  • No me lo coge… - refunfuñó Laia, colgando y volviendo a llamar por enésima vez.
  • ¡Puto Nico! Seguro que se ha olvidado de nosotras - sentenció Sofi a su lado, cruzándose de brazos.
Esperaban frente a la puerta como tres stripers contratadas para una despedida de soltero. Mientras Raquel no dejaba de bajarse la falda, tirando de ella con torpeza. Le quedaba obscenamente pequeña: la cintura le apretaba hasta dolerle, los michelines desbordaban sin misericordia y las nalgas asomaban por debajo sin ningún tipo de pudor. Se sentía desnuda y vulnerable, incluso ridícula. Pero extremadamente excitada por lo que estaba a punto de hacer. Justo cuando estaba a punto de decir algo, de romper la tensión que se respiraba en aquel rellano, la puerta del piso de Gustavo se abrió apenas un palmo.
  • Entrad, vamos… - susurró Nico -. Que esto ya ha empezado.
  • Eres el mejor, ¿lo sabes? - sonrió Laia de oreja a oreja.
  • Lo sé… - respondió él, abriendo del todo y haciéndose a un lado.
  • ¡Joder, qué putos nervios! - rió Sofi dejando la mochila caer en el suelo del recibidor.
Nico cerró la puerta tras ellas. Al girarse y verlas vestidas de aquel modo, el sudor le brotó de golpe por la frente. Su polla apunto de romper los canzoncillos.
  • ¿Pe… pero qué cojones hacéis así vestidas? - preguntó, incapaz de disimular cómo se le iba la mirada.
  • No preguntes y vuelve con los demás, anda… - le susurró Laia, acercándose lo justo para desarmarlo.
  • Pe… pero…
No pudo terminar la frase. Sofi lo empujó sin miramientos hacia el pasillo, riéndose con descaro. Entre miradas cómplices, alguna descaradamente lasciva y un cachetazo en el trasero de regalo acompañado de comentarios subidos de tono, Nico avanzó hacia el salón sin poder quitarles los ojos de encima. Creía, honestamente, que ya había visto lo más alucinante de aquella noche. Pero se equivocaba por completo. Pues al llegar al salón, lo que contempló le cortó la respiración.

La “Azulita” estaba desparramada sobre la mesita de cristal. Gabi la cortaba con una tarjeta, como si fuera cocaína, mientras un billete de cinco euros rulaba ya de mano en mano. Nico se quedó pálido, empezando a temblar. “¿De dónde la habían sacado? ¿Es que no sabían lo peligrosa que era? ¿Cómo podían consumirla así, en esas cantidades? Aquello iba directo al cerebro, sin filtros, sin red”. Quiso acercarse, detenerlos, imponerse. Pero le fue imposible. Los que tomaban su dosis se transformaban al instante. El cuerpo humano dejaba de ser un organismo para convertirse en materia prima, algo moldeable. El proceso era una coreografía de alteración biológica extrema. Permanecían de pie, convulsionando, mientras sus metabolismos eran forzados a cruzar umbrales imposibles. La piel, privada de cualquier rastro de vello, se tensaba sobre una musculatura que crecía con una densidad antinatural. Las fibras se hinchaban, se endurecían, adquiriendo una rigidez casi mineral, como si la carne estuviera mutando en blindaje vivo. La anatomía se redefinía bajo una estética de hipertrofia funcional. Las venas emergían como cables bajo una superficie lisa y tirante; los contornos perdían toda suavidad orgánica para adoptar ángulos agresivos, hercúleos. No había dolor visible, solo una metamorfosis silenciosa. La grasa desaparecía por completo, dejando al descubierto una estructura optimizada para la potencia pura. Era una evolución forzada: la transición de un organismo imperfecto a una forma física absoluta. Al final del proceso no quedaban individuos, sino estructuras de masa y fuerza que habían sacrificado la fragilidad humana a cambio de una perfección gélida e imponente.

Nico empezó a marearse al ver el tamaño de sus pollas, no es que fueran grandes, eran descomunales, obscenamente enormes. Con la advertencia aún atascada en la punta de la lengua. Se giró de forma instintiva para avisar a las chicas, para decirles que debían irse, que aquello era peligroso, que estaban jugando con algo que no entendían. Pero el aire se le escapó de los pulmones al verlas. No quedaba rastro de las mujeres que conocía. La transformación las había alcanzado con la misma brutalidad estética que a los hombres. Sus siluetas habían sido rediseñadas bajo una lógica de exceso y perfección artificial. La piel lucía pulida, casi cerámica, desprovista de cualquier imperfección cotidiana. Sus proporciones se habían alterado de forma drástica: cinturas reducidas a una estrechez imposible, pechos, culo y muslos expandidos en una hipertrofia curvilínea que desafiaba la gravedad y la anatomía natural. Lo más inquietante era la uniformidad de sus rostros. Rasgos suavizados y simetrizados hasta una belleza genérica y vacía. Labios hinchados y brillantes, entreabiertos en una expresión permanente de ausencia. Sus ojos, fijos en él, parecían observar desde una distancia infinita, como si la densidad de sus nuevos cuerpos hubiera desplazado cualquier vestigio de voluntad propia. Eran ahora monumentos a una feminidad exagerada y sintética. Armas biológicas de una presencia visual tan imponente como carente de alma.

Cuando ellas entraron en el salón, sin que Nico pudiera hacer nada para evitarlo, el encuentro no tuvo nada de humano; fue una colisión de perfección estética y sexual. Cuando ambos grupos se encontraron, no hubieron saludos ni palabras, solo el sonido del aire desplazándose por cuerpos que ahora poseían una densidad física abrumadora. Los hombres, convertidos en bloques de musculatura rígida y ángulos rectos, se erguían como columnas de piedra viva. A su lado, ellas se movían con una fluidez sintética, balanceando sus nuevas proporciones con una gracia que parecía coreografiada por una inteligencia artificial. La diferencia de sus formas - la rudeza hercúlea de ellos frente a la hipertrofia curvilínea de ellas - creaba un contraste visual absoluto, como si fueran dos modelos distintos de una misma línea de producción. Se reconocieron, pero no por el nombre, sino por la vibración del poder que emanaba de su piel pulida. Ellos se agruparon con una precisión geométrica, formando una falange de carne transformada donde el individuo había muerto, como un grupo de soldados pasando revista. Ellas desfilaron por enfrente de ellos, rozaban sus desproporcionados culos contra sus monstruosas pollas, les palpaban los huevos hinchados o acariciaban sus perfectos abdominales, los manoseaban hasta desgastarlos sin dejar a nadie fuera. Sus miradas se cruzaban, pero no había reconocimiento emocional; solo quedaba un vacío magnético. La atmósfera se volvió pesada, saturada por la presencia de esos seres que, al haber alcanzado el cénit de su transformación física, parecían esperar una orden superior para poner en marcha su nueva y devastadora naturaleza.

Nico se sintió como un insecto atrapado en una red de perfección de mármol. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando el grupo de hombres comenzó a cerrarse en un círculo perfecto, un movimiento ejecutado con una sincronía matemática que ningún humano corriente podría replicar. Ellas quedaron rodeadas por completo, sonriendo estúpidamente, mostrando sus encantos sin ningún tipo de pudor. No había roces accidentales ni ruidos de respiración agitada. Lo que se sentía era la radiación del calor que emanaba de esos cuerpos densos y el siseo casi imperceptible de su piel sintética al rozarse. Los hombres, con sus torsos expandidos como escudos de carne, formaban un muro exterior de fuerza bruta, mientras ellas, con sus siluetas de curvas imposibles y rostros de porcelana, se pusieron de rodillas con una elegancia depredadora.

Nico buscó una mirada familiar, un destello de duda o miedo en los ojos de alguno, pero solo encontró el vaciado absoluto. Era testigo de una nueva especie que compartía una misma frecuencia. La presencia de ambos grupos, ahora integrados, generaba una atmósfera de estática eléctrica; el aire parecía vibrar por la masa física acumulada en tan poco espacio. Se dio cuenta de que no era una reunión, sino una fusión. Y él, con su cuerpo natural y sus gestos desgarbados, era la única nota discordante en una habitación llena de estatuas vivientes que acababan de descubrir su propósito colectivo: “Follar como bestias”.

Cuando Laia se metió la polla inmensa de Gabi dentro la boca, Nico supo que ya era tarde para fingir que aquello no estaba ocurriendo. El aire cambió por completo. Bastó una simple mirada, una erección descocada, una electricidad densa que lo atravesó de golpe. Quiso moverse. De verdad quiso. Dar un paso al frente, alzar la voz, romper aquella locura como quien apaga un fuego antes de que el mundo entero arda. Pero su cuerpo no respondió. Dentro de él, dos voces chocaron con violencia. La primera era conocida. Clara. Fría. La voz que había aprendido a llamar conciencia. “Esto está mal. Sabes lo que es esa sustancia. Sabes lo que provoca. Sabes que no puedes permitirlo”. Era la voz de las consecuencias, de los límites, de la responsabilidad. La que hablaba en términos de daño, de peligro, de líneas que no deben cruzarse. La que le recordaba quién había sido hasta ese momento. Pero había otra. Más baja. Más antigua. Una voz que no gritaba, que susurraba. “Podría ser yo el que estuviera enfrente de Laia. ¿Y si me dejo llevar esta vez?, ¿Y si me uno a ellos?” Era la voz del deseo, del cuerpo reaccionando antes que la razón. La voz que no argumentaba, que sentía. Que le recordaba que estaba vivo, que no era ajeno a lo que veía, que aquello también lo atravesaba por dentro. No le pedía permiso; solo le mostraba la tentación de pertenecer, de dejar de ser un mero espectador.

Las dos voces no se turnaban. Se superponían. Se empujaban.
Moralidad contra deseo. Control contra abandono.

Nico notó cómo el tiempo se estiraba, cómo el momento se volvía espeso, casi irreal. Cada segundo que no actuaba inclinaba la balanza. Cada latido era una decisión que no tomaba.

Podía frenarlos. Aún podía. O podía quedarse observando. O algo peor: podía ser uno más.

Y lo más aterrador no fue darse cuenta de que no sabía qué hacer… sino descubrir que una parte de él deseaba no saberlo nunca. Ahí, inmóvil, entendió que no siempre es el miedo lo que paraliza. A veces es la certeza de que, hagas lo que hagas, ya no saldrás intacto. El aire estaba tan cargado en sus pulmones que parecía espeso. Cada respiración era un esfuerzo, cada mirada un roce invisible a su entrepierna. Lo sentía, lo sabía… estaba al borde, no de un acto, sino de una rendición. El mundo había reducido su tamaño hasta aquel salón saturado de cuerpos, calor y una promesa demasiado morbosa como para ser denegada.

Y entonces ocurrió, justo en el preciso momento. Cuando la voluntad del hombre flaqueó ante su propia naturaleza, el destino tomó el mando para esculpir en él la determinación que no se atrevía a reclamar. Al principio fue solo un espasmo. Julián - el tipo callado, el que nadie sabía bien cuándo había empezado a venir a las “fiestas” de los viernes - se quedó rígido. Un temblor seco le recorrió el cuerpo como una descarga mal dirigida. Sus pupilas se dilataron de golpe hasta inundarse de un brillo antinatural, un azul eléctrico, casi fosforescente, que no pertenecía a ningún ser vivo. Cayó de rodillas. La espuma comenzó a brotar de su boca, espesa, teñida de un cobalto sucio, mientras sus venas se marcaban bajo la piel como raíces luminosas: zafiro, índigo, turquesa enfermizo. Su cuerpo ya no obedecía; se estaba quemando desde dentro. Nico no reaccionó al principio, aún inmerso en aquel caos que era su mente; hasta que Julián empezó a gritar. No fue un grito humano. Fue un rugido roto, lleno de rabia ciega, de dolor sin lenguaje. Se levantó de un salto imposible y, sin apenas mirar, agarró a Raquel del cuello, que hasta ese momento le chupaba la polla con total dedicación. Los dedos se cerraron como tenazas. Ella simplemente rió. Lo hizo con una sonrisa vacía, los ojos vidriosos, el cuerpo aún atrapado en la distorsión de su nueva existencia. Creía que era parte del juego, una intensidad nueva, una vuelta de tuerca al delirio sexual. Pero sus rodillas empezaron a despegar del suelo.

Nico despertó de golpe. No metafóricamente. Despertó de verdad.
El mundo volvió a enfocarse con una claridad brutal.
  • ¡RAQUEL NOOOO! - gritó desesperado.
Ella ya no reía. Su piel empezó a cambiar de color, del rosado artificial a un lila oscuro, luego a un violeta muerto. El cuerpo comenzó a deshacerse de la metamorfosis: las formas exageradas colapsaron, la piel recuperó su textura real, sus ojos volvieron a ser suyos. Y al recuperar su conciencia entendió que estaba sucediendo. Agarró con sus dos manos el antebrazo robusto de Julián y empezó a gritar como un cerdo llevado al matadero. Un grito puro, animal, de alguien que entiende que se está muriendo. Nico no pensó. No había tiempo. Corrió. Como nunca lo había hecho antes. Arremetió contra él, una, dos, tres… infinitas veces. Pero no logró nada, era como golpear un muro de roca densa.

No pensó. No había tiempo. La cocina estaba a tres pasos. Cogió lo primero que encontró: un cuchillo grande, pesado, de hoja manchada de restos de comida. Volvió al salón en un segundo que le pareció eterno. Julián seguía gruñendo, babeando aquel azul lechoso, los ojos encendidos como faros defectuosos. Nico se abalanzó sobre él. El impacto fue seco. Una puñalada. Otra más. Y luego otra más. No hubo razón, no hubo reflexión. Ni tan siquiera heroicidad. Fue una reacción torpe, desesperada, salvaje. El cuchillo entraba y salía con un sonido húmedo, sordo, como si el cuerpo ya no fuera carne sino algo roto, mal ensamblado. Julián soltó a Raquel, cayendo hacia atrás, convulsionando una última vez, los colores apagándose de su piel como luces que se funden. El brillo murió en sus ojos. El cuerpo quedó quieto. Silencio.

Ella se desplomó al suelo, tosiendo, llorando, aún viva por segundos de diferencia. Nico se quedó de pie enfrente del cadáver, el cuchillo aún en la mano, respirando como si acabara de salir de una guerra. Miró alrededor. La “fiesta” seguía como si nada hubiera ocurrido. Sexo bruto y sucio, un contraste absurdo, totalmente irreal, pero tan cierto que asustaba. Pero en su interior no quedaba erotismo alguno, ni morbo, ni fantasía. Solo un alma aterrada, un cadáver en el suelo y la certeza de que algo irreversible acababa de ocurrir. El destino había intervenido por él. Y lo había hecho manchando sus manos de sangre.

Raquel se aferró a él como si el mundo fuera a derrumbarse de un momento a otro. Sus brazos temblaban, su cuerpo entero buscaba refugio en aquel pecho que aún respiraba a trompicones. Le dio las gracias entre sollozos, una y otra vez, palabras atropelladas que se perdían contra su clavícula, empapadas de lágrimas y de miedo. Nico no respondió. Seguía allí, inmóvil, como una farola en una calle por la que ya no pasa nadie. El cuchillo colgaba aún de su mano derecha. La sangre descendía en gotas espesas, marcando el suelo con un ritmo lento, casi obsceno, como un reloj que se negara a detenerse. Ella se separó apenas unos milímetros. Lo justo para poder mirarlo. Lo justo para respirar. Tenía el rostro desencajado, los labios violáceos, el pecho subiendo y bajando como si en cualquier momento fuera a salirse de su sitio. Giró la cabeza y entonces lo vio: El cadáver

El vértigo le golpeó el estómago. Las piernas le flaquearon. Aquello era real. Demasiado real. Iba a decir algo - cualquier cosa - cuando la voz de Nico la atravesó.
  • Debes ayudarme…
No hubo dramatismo. No hubo duda. Fue una frase limpia, desnuda, pronunciada con una calma que no le conocía.
  • Ayu… ¿ayudarte a… a… a qué? - balbuceó ella, aún atrapada entre el temblor y el shock.
Nico bajó la mirada. El charco oscuro se extendía bajo sus pies, reflejando fragmentos del techo, de la luz, de la noche que acababa de romperse. Supo lo que tenía que hacer sin haberlo hecho jamás. No por frialdad. No por maldad. Sino porque su mente - esa mente lógica, analítica, científica - no encontraba otra salida posible. No era una decisión moral. Era una deducción.
  • A desacéranos del cadáver y eliminar las pruebas…
Alzó los ojos de nuevo. Ya no había miedo, ni erección, ni titubeos. Solo alguien que había cruzado una línea invisible y sabía que no había marcha atrás. Raquel lo miró y por primera vez entendió que la vida que conocían acababa de morir allí mismo, sobre aquel suelo manchado, entre el sexo y el olor metálico de la sangre. No dudo ni un instante, simplemente asintió… Muy despacio.

Como el Escandio, siendo el primer paso hacia la complejidad de los metales y la luz que imita al sol en los estadios de la conciencia, un metal ligero esperando el momento de la incandescencia para demostrar que el placer, bien alineado, es la estructura más fuerte del universo. Esta Historia continuará…

Pues empieza bien la experimentación pajillera. Primera víctima de la "Iglesia del CPC" (Cristo Pajillero Continuo). Es lo que pasa cuando dos descerebrados se pones a experimentar con sustancia de las que no tienen ni puta idea. A ver como lo arreglan.
 
Capítulo 22. Titanio - ¿Víc(Ti)ma o Verdugo?

El Titanio (Ti) ocupa el vigésimo segundo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del titanio con la paradoja de ser Víctima y Verdugo al mismo tiempo, obtenemos el retrato de una simbiosis indisoluble. El titanio es el metal de la biocompatibilidad agresiva: es capaz de integrarse en la carne para salvarla, pero posee una dureza que puede desgastar el tejido vivo que lo rodea. Es el elemento que borra la línea entre lo que protege y lo que somete.

El Titanio: La Paradoja de la Estructura Dual

1. El Implante que Devora (Osteointegración y Desgaste)

El titanio es el único metal que el hueso acepta como propio, fundiéndose con él. Sin embargo, su rigidez es tan superior a la del cuerpo que, si no se ajusta con precisión, acaba fracturando el hueso sano que intenta sostener. Ser víctima y verdugo es habitar la dualidad del implante. Eres el salvador de tu propia historia (el titanio que repara), pero para sostenerte, ejerces una presión insoportable sobre tu humanidad (el verdugo que desgasta). Entendemos que muchas veces nos convertimos en verdugos de nosotros mismos precisamente para sobrevivir a nuestra condición de víctimas.

2. La Memoria de Forma (Nitinol)
Cuando el titanio se alea con el níquel, crea el Nitinol, un metal con "memoria". Puedes doblarlo, retorcerlo o golpearlo (víctima), pero al aplicarle calor, recupera su forma original con una fuerza irresistible que aparta todo lo que se cruce en su camino (verdugo). Esta es la esencia de quien ha sufrido un trauma y lo convierte en arma. El "yo-titanio" registra el golpe de la víctima, pero guarda en su estructura la orden de regresar a su estado previo. Al "calentarse", esa recuperación no es pacífica; es un acto de fuerza que ignora el daño colateral. Eres la víctima que recuerda, ejecutando la sentencia del verdugo para volver a ser quien eras.

3. El Escudo que se vuelve Espada (La Capa de Pasivación)
El titanio sobrevive porque crea una capa de óxido instantánea. Esta piel lo hace invulnerable (víctima protegida), pero es esa misma dureza la que permite que el titanio sea usado para fabricar los escalpelos más afilados y resistentes de la cirugía. Tu mecanismo de defensa es también tu capacidad de herir. La armadura que construiste para que no te hicieran más daño es la misma que ahora tiene bordes afilados que cortan a quienes intentan acercarse. Eres una víctima blindada que, por el simple hecho de existir en su fortaleza, se convierte en el verdugo de la intimidad ajena.

4. La Resistencia a la Fatiga (El Ciclo Eterno)
El titanio es famoso por su altísima resistencia a la fatiga; puede soportar millones de ciclos de tensión sin quebrarse. Ser víctima y verdugo a la vez requiere una materia que no se agote. El ciclo de "recibir y devolver" el dolor es un proceso de fatiga extrema. El titanio representa a aquel que está atrapado en el bucle: es víctima en el ciclo de tensión y verdugo en el ciclo de descarga, pero su estructura es tan fuerte que el bucle nunca se rompe. Es la condena de la invulnerabilidad: ser demasiado fuerte para dejar de sufrir, pero demasiado duro para dejar de dañar.

5. El Blanco que lo Oculta Todo (Dióxido de Titanio)
Es el pigmento que da la opacidad total. Bajo una capa de blanco de titanio, no se puede saber si el lienzo estaba roto o si la pintura original era violenta. La identidad dual se cubre con una pátina de perfección. Usamos nuestra historia de víctimas para blanquear nuestros actos de verdugos, y viceversa. El titanio es la máscara que unifica ambos rostros, permitiéndonos caminar por el mundo con una superficie impecable mientras en nuestro núcleo metálico la víctima y el verdugo luchan por el control de la misma estructura.

Conclusión: La dualidad víctima-verdugo, vista a través del titanio, es la geometría de la integración forzada. Es el reconocimiento de que la misma dureza que nos salva de la destrucción es la que nos permite destruir. Significa aceptar que somos una aleación compleja: un metal que se funde con la herida para convertirse en el arma que la protege, recordándonos que, a veces, la única forma de no ser quebrados es convertirnos en el martillo que sostiene nuestro propio mundo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


“Ding-Dong”

Sábado. Seis de la mañana. La hora exacta en la que el ruido debería estar oficialmente prohibido. Gabi roncaba a pierna suelta, atravesado en la cama como si hubiera pagado por metro cuadrado. Sofi, encajada entre su pecho y el borde del colchón, dormía con la paz de quien ha sobrevivido a una noche larga y piensa repetir.

“Ding-Dong Ding-Dong”

Sofi abrió medio milímetro el ojo izquierdo, lo justo para confirmar que seguía viva. Se acurrucó aún más contra él, buscando refugio térmico y existencial.

“Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong”
  • ¡Joder…! - murmuró Sofi levantando la cabeza de su pecho -. ¡Gabi, despierta!
“Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong Ding-Dong”
  • ¡Gabiiii! - gritó, agarrándole los mofletes y agitándoselos como si fuera plastilina humana.
  • Queeeee… - respondió él sin abrir los ojos.
  • Alguien llama a la puerta.
  • Me parece muy bien - contestó, girándose para seguir durmiendo como si aquello no fuera con él ni con la humanidad entera.
Por lo visto, el timbre no opinaba lo mismo. “DING-DONG DING-DONG DING-DONG”
Gabi se incorporó de golpe, como activado por un resorte del infierno. Salió del dormitorio hecho una furia. Sofi, desequilibrada por la súbita ausencia de cuerpo calefactor, rodó de la cama al suelo con un golpe seco. Se cagó en Dios y en la Santa Iglesia, siguiendo a trompicones a su novio con impulsos homicidas, convencida de prenderle fuego a quien fuera que esperara tras la puerta. Gabi cruzó el piso en dos zancadas, los puños cerrados, el alma abandonando el cuerpo con cada paso. Llegó a la puerta, la abrió de par en par, dispuesto a repartir justicia madrugadora.

No llegó a ver quién era. Ni a gritarle. Ni siquiera a pestañear. Un puñetazo limpio y directo a la nariz lo mandó al suelo como un saco de patatas con pijama. Se oyó un ¡Plof! seco y definitivo. Sofi apareció en el marco del pasillo justo a tiempo para verlo espatarrado en el suelo.
  • ¡¿QUÉ COJONES HACES NICO?! - gritó al verlo.
Sofi intentó interponerse, pero Nico ya estaba dentro.
Y no entró como un amigo. Entró como una catástrofe.

Estaba cubierto de tierra seca y barro húmedo, la ropa manchada, oscura, pegada al cuerpo como una segunda piel maldita. Olía a sudor frío, a noche sin dormir, a algo más profundo y animal. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de contención fallida. Los nudillos aún tenían restos de sangre bajo las uñas. No se había limpiado. No había tenido tiempo. O no había querido. Gabi seguía en el suelo, medio incorporado, con la nariz sangrando, intentando enfocar el mundo. No entendió nada antes de que Nico le cayera encima. Pues el primer golpe no fue un aviso. Fue una sentencia.

El peso de Nico lo aplastó contra el suelo y los puños empezaron a golpear una y otra vez, sin ritmo, sin técnica, sin pausa. Cara, pecho, costillas. Donde encontraban carne. Gabi gritó, intentó cubrirse, rodar, huir… fue imposible. Nico no estaba peleando: estaba descargando su rabia.

Cada golpe llevaba una idea detrás. Cada impacto, una acusación muda.
“La Azulita”, la metamorfosis, Raquel ahogándose, el cuchillo.
La tierra removida de madrugada.

Nico respiraba como un animal acorralado. Gruñía. Los dientes apretados. Los ojos hundidos y desorbitados. No veía a Gabi como su amigo; veía la causa y el origen del desastre. El error que no había sabido cortar a tiempo. Gabi empezó a perder fuerza. Los brazos dejaron de subir con precisión. La defensa se volvió torpe. Cada intento de protegerse llegaba tarde. El suelo se manchaba de sangre nueva, más clara, más viva. Pero Nico no paraba. No iba a parar.

Aquello no era una paliza. Era una ejecución en proceso. Si nadie intervenía, el cuerpo de Gabi iba a quedarse quieto. Y Nico lo sabía. En el fondo de su mente, lo sabía perfectamente… y aun así seguía. Porque ya había cruzado esa línea una vez. Y cruzarla dos parecía, por un instante, insoportablemente fácil.

Sofi reaccionó tarde, gritando, tirando de él, golpeándolo en la espalda, suplicando sin palabras claras. Le costaba arrancarlo de encima como si estuviera soldado al cuerpo de Gabi. Se resistía, pataleaba, intentaba volver, los ojos clavados en su objetivo como un depredador frustrado. Raquel apareció de golpe, igual de sucia, igual de sudada. Y entre las dos consiguieron inmovilizarlo. Cuando por fin lo separaron, Nico quedó de rodillas, jadeando, las manos hundidas en el suelo, dejando marcas de barro y sangre sobre el parquet limpio.

Levantó la cabeza, aún temblando. Gabi no se movía. Apenas respiraba. Pero no había alivio en su rostro. No había justicia en su alma. Solo rabia casi agotada y una culpa más sucia que la tierra que aún llevaba encima. Había enterrado un cadáver. Y estaba a punto de enterrar a otro.
  • ¡¿Es que has perdido la puta cabeza?! - le gritó Sofi mientras intentaba reanimar a Gabi -. ¡¿Se puede saber qué cojones te pasa, puto idiota?!
Nico no respondió. No podía. Seguía allí, de rodillas, el torso inclinado hacia delante, las manos sobre el suelo como si pesaran toneladas. Los ojos, enrojecidos y húmedos, no se apartaban del cuerpo de Gabi. No parpadeaban. No buscaban perdón. Solo había una idea fija, densa, insistente, empujando desde dentro como un animal atrapado: acabar lo que había empezado.

La rabia no se había ido. Solo se había quedado sin salida. Lo quería muerto con una claridad que le daba miedo. No como un impulso pasajero, sino como una conclusión lógica. Seguir golpeándolo, torturarlo, hacerle el máximo daño posible tanto física como mentalmente. Por su culpa había jodido su vida, por su culpa cargaba con la muerte de un inocente, por su culpa todo se precipita hacía el abismo más oscuro. La imagen del cuchillo entrando y saliendo volvió de repente, la tierra removida a oscuras con las manos desnudas, el cuerpo sin vida enterrado en mitad de la nada. El silencio después. Todo llevaba su nombre.

Gabi respiraba con dificultad, un hilo frágil, irregular. Cada inspiración parecía un favor concedido por azar. Nico apretó la mandíbula con fuerza, conteniéndose a sí mismo como quien sujeta a un loco desde dentro.
  • Se pondrá bien - murmuró Raquel, ya a su lado, concentrada, tomándole las constantes con manos sorprendentemente firmes -. Pero necesito paños limpios, alcohol, hilo de coser y aguja.
  • La primera puerta a la derecha tienes el lavabo - dijo Sofi sin apartar los ojos de Nico -. En el segundo cajón de la izquierda está el botiquín.
Raquel levantó la vista despacio. Miró a Nico, pero no vio a un asesino. Vio a alguien roto por dentro, sostenido apenas por pura inercia.
  • Será mejor que vayas tú, Sofi - dijo con una seguridad que no admitía réplica -. Yo me quedaré con él.
Sofi negó con la cabeza al instante, tensa, protectora.
  • Ni de coña lo dejo solo con este animal…
Raquel no se movió. No alzó la voz. No discutió. Solo sostuvo la mirada.
  • Te doy mi palabra de que no lo tocará. - Hizo una pausa breve -. Vamos. Date prisa. Antes de que se infecten las heridas.
El silencio cayó como un peso sobre sus espaldas. Sofi dudó un segundo. Uno solo. Luego se puso en pie, se giró y fue hacia el baño, con pasos rápidos, casi furiosos. Raquel volvió a centrarse en Gabi, presionando su nariz, controlando la respiración de su boca. Nico seguía inmóvil. Pero algo había cambiado. No era calma. Era agotamiento. La furia empezaba a deshilacharse, dejando al descubierto lo que había debajo: Temblor, culpa, miedo. Ella no le dijo nada. No aún. Sabía que si lo hacía, si le daba permiso para existir, Nico se derrumbaría. Y ahora no podían permitírselo.

Cuando Sofi volvió con el botiquín, Raquel empezó a trabajar sin pausa y sin dudas. Como si algo dentro de ella se hubiera recolocado durante la noche y ahora supiera exactamente qué hacer. Entre las dos limpiaron la sangre espesa, presionaron donde hacía falta, cosieron lo imprescindible con manos firmes y decididas. Gabi gemía a ratos, inconsciente la mayor parte del tiempo. Lo levantaron con delicadeza y lo dejaron sobre el sofá del comedor, ladeado, cubierto con una manta. Su respiración, aunque irregular, era estable. Vivo de milagro.

Nico no se había movido. Seguía en el recibidor, de rodillas, la espalda encorvada, las manos hundidas en el suelo como si aún buscara algo que no estaba allí. Lloraba sin sonido, con espasmos que le sacudían el cuerpo entero. No había rabia ya. Solo un dolor crudo, infantil, devastador. Sofi lo observaba desde la distancia. No se acercó. No supo cómo hacerlo. No entendía nada. Aquello no encajaba con ningún mapa mental que tuviera de él. Raquel se limpió las manos en un trapo y se acercó a ella. Se quedaron juntas, de pie, observándolo llorar durante unos largos segundos.
  • ¿Qué ha pasado? - preguntó Sofi al fin, en voz baja.
Raquel respiró hondo y lo contó todo. Lo hizo sin rodeos, sin dramatismo, sin romperse y sin balbucear. Habló de la noche anterior como si enumerara hechos clínicos: la sobredosis de “Azulita”, Julián convulsionando, ella volviendo a la realidad al quedarse sin aire en los pulmones. Los gritos, el cuchillo penetrando en la carne sin piedad, la sangre salpicando por todas partes, el cuerpo sin vida tendido en el suelo. Las pruebas borradas mientras los demás seguían follando, el cadáver sacado del piso y cargado en el coche, el trayecto en completo silencio hasta la Sierra, la tierra removida antes del amanecer. No adornó nada. No suavizó nada. Tampoco pidió comprensión. Cuando terminó, el silencio fue absoluto.

Sofi tardó en reaccionar. Primero negó con la cabeza, despacio, como si lo que acabara de escuchar fuera algo absurdo o una broma de mal gusto. Luego se llevó una mano al corazón. Después se apoyó contra la pared, porque las piernas dejaron de sostenerla.
  • No… - murmuró -. No, no, no…
Volvió a mirar a Nico. Lo vio de verdad por primera vez. No como al pervertido gordito, ni al listillo encantador, ni al tipo que siempre tenía una frase idónea preparada. Vio a alguien que había cruzado algo irreversible y había vuelto pero sin saber cómo vivir con ello.
  • ¿Mató… a un… a un hombre? - susurró - ¿Lo dices en serio?
Raquel asintió con una profunda tristeza.
  • Me salvó la vida…
Automáticamente Sofi cerró los ojos con fuerza. Le temblaban los labios, las piernas, el corazón, el ama. Empezó a llorar de repente. La idea era demasiado dura para no hacerlo. El terror le entro en el cuerpo con violencia, como una losa fría.
  • Joder… - dijo al fin -. Joder, Nico…
No había juicio en su voz. Tampoco absolución. Solo una certeza nueva, brutal: nada de aquello tenía vuelta atrás. Abrió los ojos y volvió a mirarlo.
  • Tenemos un problema - añadió - Uno de los grandes…
Raquel no respondió. No hacía falta. Las dos sabían que ya no estaban hablando solo de heridas, ni de secretos, ni siquiera de un muerto. Estaban hablando del resto de sus vidas. Sofi se acercó a él aunque no dijo nada al principio. Cruzó el piso despacio, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romperlo del todo. Se arrodilló frente a Nico sin importarle la suciedad ni la sangre seca ni la tierra que aún le manchaba la ropa. Lo miró. Y entonces se le rompió el alma en mil pedazos.
  • Perdón… - susurró, y la palabra le salió inútil, pequeña -. Perdón, Nico.
Él no reaccionó. Seguía llorando con el cuerpo entero, con una desesperación que no encontraba salida. Sofi apoyó la frente en su hombro y lo abrazó. Fuerte. Como se abraza a alguien que se está hundiendo.
  • Todo irá bien… - dijo entre sollozos -. Ya lo verás… Saldremos de esta… todo irá bien…
Sabía que mentía. Lo sabía con una claridad dolorosa. Pero aun así lo repitió, como si las palabras pudieran levantar un muro contra lo inevitable. Nico empezó a balbucear, ahogándose en su propio llanto.
  • Yo… yo no quería… - le temblaba la voz, completamente rota -. Sofi, yo no… no pude hacer otra cosa… - tragó saliva, desesperado- . Raquel se estaba… se estaba… la estaba matando… se estaba quedando sin aire… yo… yo no tuve otra opción…
Intentó mirarla, pero no pudo. Apretó la cara contra su pecho como un niño perdido.
  • Lo hice por ella… te lo juro… - sollozó -. No había otra… no había otra…
Sofi lo rodeó con los brazos, apretándolo más, meciéndolo ligeramente. Lloraba con él. No por lo que había pasado, sino por lo que ya no podía deshacerse. Por la culpa que le iba a acompañar siempre. Por la vida que acababa de quebrarse sin hacer ruido.
  • Lo siento… - dijo entre lágrimas -. Lo siento, Nico… lo siento mucho…
No sabía qué más decir. No había consuelo suficiente. No había palabras que pudieran recomponer aquella alma rota. Solo pudo quedarse allí, de rodillas frente a él, sosteniéndolo mientras lloraba como si el mundo entero se le hubiera venido encima. Y de este modo, al menos durante unos minutos, breves y frágiles, Nico no estuvo solo.

Cuando Gabi despertó lo hizo lentamente, intentando poner orden en la niebla espesa de su cabeza. No recordaba nada. Solo el dolor atravesándole el cuerpo y ese sabor metálico, inconfundible, de la sangre en la boca. Se incorporó con cuidado y entonces las vio: Sofi y Raquel, sentadas a la mesa del comedor, hablando en voz baja, como si el silencio pudiera romperse. Al sentarse, se llevó la mano a la cara. El dolor fue inmediato, exagerado, casi obsceno.
  • Lo siento…
Gabi giró la cabeza bruscamente al escuchar la voz. Nico estaba sentado en el sofá, a su lado. Sostenía una taza humeante entre las manos, la cabeza gacha, la mirada perdida en algún lugar al que nadie más tenía acceso.
  • ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó.
Ellas se levantaron al mismo tiempo y acudieron a él. Raquel le examinó las heridas con rapidez; Sofi le acarició el pelo, despacio, con una sonrisa demasiado triste para ser tranquilizadora.
  • ¿Cómo te encuentras, mi vida? - le preguntó.
  • No lo sé… - respondió Gabi -. ¿Qué… qué ha pasado?
Nico empezó a llorar de nuevo, aunque ya no brotaban lágrimas. Si su tristeza hubiera sido una gastroenteritis, hacía rato que estaría vomitando bilis: no le quedaba nada dentro. Gabi lo miró sin comprender, completamente perdido.
  • ¿Por qué? - preguntó Nico de repente, clavándole la mirada -. ¿Por qué lo hiciste?
  • ¿Ha… hacer? ¿El qué? - Gabi empezó a temblar. Vio la piel de Nico cubierta de tierra, la ropa manchada de sangre seca, el dolor y la rabia mezclados en su rostro -. Me estás asustando, colega… ¿qué te ha pasado?
Nico se abalanzó sobre él y lo sujetó de la camiseta con una mano. Sofi y Raquel reaccionaron al instante, tensas, preparadas para intervenir. Pero igual que le sucedía a sus lágrimas, ya no le quedaban fuerzas. La furia se le desmoronó entre los dedos.
  • ¡Sabía que no era buena idea! ¡Lo sabía, joder! - gritó, sin dejar de llorar -. ¡Jamás debí haceros caso, sois unos putos idiotas! ¡¿Y ahora qué, Gabi?! ¡¿Qué voy a hacer ahora, dime?! ¡¿Qué cojones vamos a hacer?!
  • Yo… yo no… no sé de qué me hablas…
  • Mi vida - susurró Sofi, agarrándolo de la mano -. Ha pasado algo horrible…
Gabi la miró sin entender. Tenía la cabeza envuelta en una niebla espesa, como si alguien hubiera agitado su cerebro dentro de un frasco. Cada latido le retumbaba en la cara, en los pómulos, en la nariz vendada. Notó la mano de Raquel en su hombro, firme, profesional, como si sujetara a un paciente a punto de entrar en shock. Nico lo soltó. Sus dedos se abrieron sin fuerza y volvió a hundirse en el sofá, encorvado, con la taza temblándole entre las manos. El vapor ya se había disipado; la manzanilla estaba fría, como el cuerpo que acaba de enterrar, como todo lo demás.
  • Tú… - murmuró, sin mirarlo -. No te acuerdas de nada. Claro que no…
Gabi abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero no encontró palabras. El silencio del piso pesaba más que los gritos de antes. Sofi se sentó a su lado y le sostuvo la cara con cuidado, como si temiera que se le deshiciera entre los dedos.
  • Escúchame - dijo despacio -. No te alteres. Tienes que quedarte tranquilo.
  • ¿Tranquilo? - preguntó Gabi nervioso -. Nico parece… Parece que haya visto al puto diablo.
Nico soltó una risa seca, sin humor, que se convirtió en un espasmo en la garganta.
  • Ojalá hubiera sido eso.
Raquel intercambió una mirada rápida con Sofi. Ya no había marcha atrás. No se trataba de proteger a nadie de la verdad, sino de amortiguar la caída.
  • Anoche… - empezó Raquel, con una calma casi quirúrgica -. Anoche pasó algo muy grave. Y tiene que ver con la “Azulita”.
El nombre cayó como una piedra. Gabi sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Fragmentos sueltos intentaron encajar: el dolor, la sangre seca, la tierra incrustada en la ropa de Nico. La forma en que Sofi evitaba mirarlo directamente.
  • Nico… - dijo, muy despacio -. ¿Qué… qué hiciste?
Él levantó la cabeza por primera vez. Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados, vacíos. No había rabia ya, solo un cansancio infinito.
  • Lo que tenía que hacer - respondió abatido -. Y lo que nunca voy a poder deshacer.
Y mientras Gabi comprendía una realidad horrible, el agua caliente golpeaba la espalda de Gustavo con un ruido constante, hipnótico. Tenía la frente apoyada contra los azulejos, los ojos cerrados, dejando que el vapor le llenara los pulmones. El baño estaba empañado, el espejo completamente blanco, como si alguien hubiera borrado el reflejo del mundo. Se pasó la mano por el poco pelo que le quedaba, arrastrando el champú sin demasiada atención. Seguía intentando pensar en lo que había pasado la noche anterior, pero esta vez los recuerdos eran borrosos. Podía recordar las sensaciones, como si aún recorrieran su cuerpo: el sexo, los cuerpos, el brutal orgasmo coral… pero todo lo demás parecía difuminado, opaco, imposible de mantenerse estable en su mente. No pudo evitar sonreír al pensar en lo que acababan de hacer. Y allí, solo, bajo el sonido del agua, abrazado por el calor, en esa sensación falsa de limpieza, empezó a masturbarse. Pero incluso así, algo no encajaba. Una inquietud vaga, sin nombre, le recorría el estómago. Como cuando despiertas convencido de que has olvidado algo importante, aunque no sepas qué.

Se giró y apoyó el cuerpo contra la pared, dejando escapar el aire lentamente. Sin saber que, en ese mismo instante, una cadena de decisiones ya estaba cerrándose a su alrededor. Sin saber que aquella noche que él recordaba como un caliente sueño húmedo, había sido en realidad una pesadilla terrorífica. Sin saber, aún, que el día acababa de empezar del peor modo posible.

Bastó un mensaje con una sola palabra: “Búnker”. Nada más. Ninguna explicación, ningún contexto. Pero todos entendieron. Como si fuera un código tácito para cuando las cosas habían cruzado un límite. Los primeros en llegar fueron los mismos que ya habían compartido la desastrosa noticia en casa de Sofi y Gabi. Después apareció Gustavo, serio, sin su habitual aura de bufón de la corte. Por último, Laia, con el rostro pálido, quizás intentando adelantarse físicamente a una realidad que intuía insoportable. Los pasillos subterráneos de la Autónoma estaban en silencio aquella mañana de sábado. Un silencio limpio, académico, casi sagrado. Nada que ver con la densidad que impregnaba el laboratorio. Allí dentro no había gritos ni discusiones. Tampoco histeria. Solo una quietud pesada, empujada por la noticia contada, que ya flotaba en el aire como una sustancia tóxica.

La palabra asesinato giraba en la mente de todos. Nadie la pronunciaba. Pero estaba allí. Laia sostenía a Nico entre sus brazos. Él lloraba sin contención, con una angustia que parecía desbordarle el pecho. No era el llanto nervioso de quien teme las consecuencias. Era algo más profundo, más primario; y Gustavo no podía apartar la mirada de él. Lo que sentía no era exactamente culpa, pues la culpa es aguda, punzante. Lo suyo era más denso, más viscoso. El peso inmenso de un yunque que había sido forjado en su salón. Una certeza insoportable de que todo aquello, en alguna bifurcación del camino, había sido provocado por su mala cabeza.

Matar a alguien no es solo quitar una vida. Es alterar la arquitectura interna de quien lo hace. Y en un chico de veinte años… el impacto no es lineal, es sísmico. A los veinte, el mundo aún es una promesa. La identidad está en construcción. El futuro es una ilusión proyectada, un territorio abierto a cualquier posibilidad. Nico no era un marginal ni un desesperado; tenía una carrera brillante por delante, una mente entrenada para el análisis, para la precisión, para comprender sistemas complejos. Su vida estaba orientada hacia el progreso, hacia la creación, hacia la ciencia. Y ahora, en el núcleo de esa mente disciplinada, había una imagen que no podría borrar jamás: El cuerpo, el cuchillo, sus manos manchadas de sangre.

La primera muerte no se procesa como un dato. No se archiva. Se instala dentro como una enfermedad crónica. Un cerebro joven, todavía plástico, todavía moldeable, puede adaptarse a casi cualquier cosa. Pero eso no significa que salga indemne. La violencia extrema deja huellas en la memoria emocional, en la regulación del miedo, en la forma en que uno percibe el peligro y la responsabilidad. Puede generar disociación, insomnio crónico, hipervigilancia. Puede, incluso, romper por completo con la narrativa que uno tiene sobre sí mismo. Nico no solo había matado a un hombre. Había matado la versión de sí mismo que creía incapaz de hacerlo. Y eso es lo que lo estaba destrozando. Porque si uno descubre que es capaz de cruzar esa línea, el mundo deja de dividirse en “ellos” y “yo”. La frontera moral se vuelve difusa. La identidad se fragmenta. Y el futuro, ese futuro brillante y académico, ya no es una línea recta sino una superficie agrietada. Gustavo lo sabía, aunque no pudiera formularlo de aquel modo, pues era idiota. Pero incluso un bruto como él, comprendía que había empujado a un chico brillante a un terreno del que no se vuelve intacto. Y lo peor no era la posibilidad de la cárcel. Lo peor era que, incluso si nadie jamás descubría lo ocurrido, Nico tendría que convivir toda su vida con ese recuerdo íntimo: que en una noche concreta, bajo una presión concreta, fue capaz de matar. Y esa verdad no prescribe jamás.
  • ¿Dónde lo enterraste? - preguntó Gustavo sin alzar demasiado la voz.
  • ¡¿Qué más da eso ahora, imbécil?! - estalló Laia, sin soltar a Nico.
Tenía los ojos inyectados en rojo. Lágrimas, rabia, culpa, amor… todo comprimido en una sola mirada que parecía capaz de prender fuego al laboratorio.
  • ¡Todo esto es culpa tuya! ¿¡Me oyes!? ¡Acabas de arruinarle la vida, hijo de puta!
Sofi se acercó de inmediato, intentando sujetarla por los hombros. Gabi bajó la cabeza, la culpa mordiendo sus entrañas. No porque no tuviera argumentos - los tenía, afilados, listos para repartirse como cuchillas -, sino porque entendía que aquel no era el momento de tener razón.

Permaneció inmóvil, con la mandíbula tensa, aceptando cada insulto como quien acepta una sentencia ya dictada. Aceptaba su parte. La aceptaba entera. Pero también sabía que aquel desastre no tenía un único arquitecto. No negaba su responsabilidad. Al contrario. La asumía entera, sin matices. Sabía que había empujado la primera ficha de dominó. Sabía que había normalizado lo que nunca debió parecer normal. Si Nico decidía no volver a mirarlo a la cara en su vida, lo entendería. Si aquello le perseguía hasta el último de sus días, también.

Pero en el fondo - en ese rincón frío donde aún operaba su lógica - sabía que la culpa no era una propiedad privada. Gabi estaba de mierda hasta el cuello. Sofi también. Laia, pese a sus gritos, no era inocente. Incluso Raquel, aunque arrastrada por las circunstancias, había estado allí. Todos habían participado en mayor o menor medida en la construcción de aquel precipicio. Y, sin embargo, Gustavo no lo dijo. En cualquier otro momento lo habría hecho. Habría repartido responsabilidades con precisión quirúrgica. Habría desmontado el relato fácil del villano único. Pero esta vez no. Esta vez guardó silencio. Si necesitaban un culpable en el que volcar la rabia, él podía serlo. Si aquello ayudaba a que Nico no se rompiera del todo, cargaría con el traje del monstruo. Aun así, había algo que no lo dejaba en paz. Una idea fija, insistente, girando en su cabeza como una alarma que nadie más oía. No tenía que ver con el orgullo ni con salvar su imagen. Tenía que ver con algo más práctico. Más urgente. Más peligroso. Y no podía quitársela de encima.

Se acercó un paso.
  • Escucha, Nico… Sé que es duro, pero necesito que me digas dónde…
  • ¡CÁLLATE! - rugió Laia.
No fue un empujón. Fue un derribo. Se lanzó contra él con una violencia seca, desproporcionada. Lo agarró por el cuello y lo tiró al suelo con una fuerza que sorprendió a todos. Gustavo apenas tuvo tiempo de protegerse antes de que el primer golpe le impactara en la cara. Luego otro. Y otro. Puñetazos feroces, furiosos, cargados de impotencia. Le golpeaba el pecho, la mandíbula, el hombro. No buscaba hacer daño estratégico. Buscaba descargar. Vaciarse. Arrancarle algo.
  • ¡Es tu culpa! ¡Tu culpa! ¡TU CULPA!
Sofi intentó agarrarla por detrás, pero Laia se revolvía como un animal acorralado. Gabi se sumó, tirando de su brazo. Incluso así, seguía lanzando manotazos, rodillazos, intentando alcanzar cualquier parte del cuerpo de Gustavo. Y entonces fue Nico quien reaccionó.
  • ¡BASTA! - gritó con una voz que no le habían oído antes -. ¡Dejad de pelearos, joder! ¡Estoy hasta los cojones de tanta violencia!
Su voz quebrada, pero firme, atravesó el caos. Entre los cuatro lograron separarla. Laia pataleaba, respirando con dificultad, los ojos brillándole de un azul neón inquietante, como si aquella energía que los había llevado al paraíso la noche anterior estuviera a punto de encenderse otra vez bajo su piel, pero con otras expectativas.

Gabi ayudó a Gustavo a incorporarse. Tenía el labio abierto, la sangre resbalándole por la barbilla. Se la limpió con el dorso de la mano, sin dramatismo.
  • ¿Por qué quieres saber dónde lo enterramos? - preguntó Raquel, mirándolo con una mezcla de sospecha y cansancio.
Gustavo escupió un hilo de sangre al suelo antes de responder.
  • Ya le he jodido demasiado la vida al chaval… como para encima llevarlo a la cárcel.
Nadie contestó.
  • Nos aseguramos de que quedara bien enterrado - murmuró Raquel -. No creo que…
  • Igualmente me gustaría comprobarlo - insistió él, más bajo -. Me sentiría más seguro si… ya sabes.
Hubo un silencio breve. Solo roto por la respiración agitada de Laia.
  • Está bien. Puedo guiarte - cedió ella.
  • ¡Voy con vosotros! - añadió Gabi, sin levantar demasiado la mirada -. Iremos en mi coche.
Nadie discutió. Antes de salir, Gustavo abrió un armario del laboratorio y cogió un bidón rojo homologado y un tubo de plástico transparente. Nada extraño: el bidón lo usaban para almacenar disolventes y el tubo para trasvasar líquidos entre recipientes. Minutos después, tras despedirse, el eco de sus pasos se perdió por el pasillo subterráneo. La puerta del laboratorio se cerró con un clic seco. Dentro quedaron Laia, Sofi y Nico. El silencio que siguió no era el mismo de antes. Laia se dejó caer en una silla metálica, agotada, las manos temblándole todavía. Sofi permanecía de pie, mirando alternativamente a ambos, como si temiera que cualquiera de los dos pudiera romperse en cualquier momento. Nico se quedó en medio de la sala, inmóvil. Ya no lloraba. Pero tampoco parecía presente. Miraba el suelo pulido de la sala como si en ella estuviera proyectada la escena completa de la noche anterior. Sus manos, ahora limpias, descansaban abiertas a los lados del cuerpo. Las observaba como si no terminaran de pertenecerle. En el laboratorio solo se escuchaba el zumbido lejano de los sistemas de ventilación. Tres personas. Un secreto. Y la certeza de que, pasara lo que pasara a partir de ahora, ninguno de ellos volvería a ser el mismo.

Sabes que algo no anda bien cuando viajas en un coche en silencio. No un silencio cómodo. No ese que se da después de una discusión, cuando ya no quedan balas. Este era distinto. Denso. Un silencio que ocupaba espacio físico, que se sentaba entre los tres como un cuarto pasajero sin rostro. Gabi conducía con las manos agarrotadas al volante, los nudillos blancos, la mirada fija en la carretera como si apartarla un segundo pudiera desatar otra catástrofe. Gustavo iba de copiloto, erguido, demasiado quieto, observando el paisaje con una concentración impostada. No veía los árboles ni las curvas; veía pruebas. Pistas. Probabilidades. Errores.

Raquel iba detrás. Era ella quien guiaba.
  • Toma la próxima salida - dijo al cabo de un rato, con una voz que ya no temblaba.
No era serenidad. Era agotamiento. Cuando has llorado todo lo llorable, el cuerpo se queda sin recursos y habla como una máquina. Abandonaron la autovía y tomaron una carretera secundaria que se internaba en la sierra. El paisaje empezó a cambiar: asfalto agrietado, cunetas con hierba alta, pinos extendiéndose como una muralla verde. El cielo estaba despejado, insultantemente azul. La mañana era hermosa. Eso lo hacía peor.
  • Más adelante hay un camino de tierra - añadió Raquel.
Gabi redujo la velocidad. Las ruedas crujieron al abandonar el asfalto. El coche comenzó a vibrar levemente sobre la gravilla. El sonido era constante, hipnótico, como si la montaña estuviera masticándolos poco a poco. El lugar lo habían elegido la noche anterior en estado de shock: apartado, sin casas a la vista, lejos de senderos señalizados. Un claro pequeño entre pinos jóvenes, con el suelo agrietado y seco. Parecía suficiente. En ese momento, todo parecía suficiente con tal de terminar.
  • Es aquí - dijo Raquel al fin.
Gabi detuvo el coche. El motor se apagó, pero el silencio no se alivió. Al contrario. Sin el ruido mecánico, la realidad se impuso con más crudeza: el viento moviendo las copas, el crujido lejano de alguna rama, el zumbido casi imperceptible de insectos. Gustavo fue el primero en abrir la puerta. El aire de la sierra les golpeó el rostro, frío y limpio. Demasiado limpio para lo que había enterrado bajo esa tierra. Caminaron unos metros siguiendo a Raquel. Ella avanzaba despacio, midiendo cada paso, como si el suelo pudiera recordar. Se detuvo frente a un pequeño montículo apenas perceptible. La tierra estaba removida, más oscura que el resto, cubierta con hojas y ramas colocadas con torpeza. Gabi tragó saliva. Gustavo, en cambio se quedó mirando el montículo sin decir nada. Su mandíbula volvió a tensarse. No parecía horrorizado. Parecía evaluando. Raquel dio un paso atrás.
  • Aquí lo dejamos - susurró, casi para sí misma.
El viento pasó entre los árboles como un suspiro largo. Y por primera vez desde que habían arrancado el coche, los tres entendieron que el silencio del viaje no era lo pero. Lo peor era comprobar que el mundo seguía funcionando con absoluta normalidad. Que el sol brillaba. Que los pájaros cantaban. Que la Sierra no parecía tener ningún problema en guardar un secreto más bajo su piel. Gabi dio un paso al frente, incapaz de seguir sosteniendo aquel mutismo.
  • ¿Qué pretendes hacer?
Gustavo lo miró apenas un segundo. No había ira en sus ojos. Ni siquiera culpa. Solo una determinación fría, casi mineral, como si algo esencial se hubiera erosionado dentro de él durante aquella mañana.
  • Deberíamos haber cogido unas palas…
  • ¿Por… por qué? - preguntó Gabi.
  • ¿Para que cojones crees?… Hay que desenterrarlo.
Raquel frunció el ceño, el estómago encogido.
  • ¿Desenterrarlo? ¿Por qué?
Gustavo se agachó despacio frente al montículo, apoyando una rodilla en la tierra seca. Sus manos grandes, acostumbradas a limpiar suelos y masturbar pollas ajenas, empezaron a apartar las ramas que habían colocado con prisa la noche anterior.
  • Porque no vamos a permitir que nadie, nunca, descubra lo que Nico hizo. Hay que llevarse el cadáver y eliminar cualquier prueba…
No alzó la voz. No hacía falta. Comenzó a remover la tierra con calma, como si estuviera plantando algo en vez de desenterrándolo. La capa superficial cedió con facilidad. Estaba demasiado suelta. Demasiado reciente. La tierra estaba más fría de lo que debería. Gustavo apartó un puñado más y entonces se detuvo.
  • Pero qué cojones…
El tono ya no era firme. Era desconcierto. Pues entre los terrones húmedos, algo brillaba.

No era el reflejo del sol, era un destello propio. Un azul neón, eléctrico, imposible. Gustavo apartó más tierra con movimientos ahora menos controlados. El brillo se multiplicó. Pequeñas estructuras delicadas emergían entre la tierra removida: tallos finísimos, casi translúcidos, coronados por sombrerillos diminutos que irradiaban una luz azul intensa, con matices cian y destellos turquesa que palpitaban suavemente, como si respiraran.
  • No puede ser… - murmuró.
Mycena Neonfaucis. No uno, ni dos, sino decenas. Estaban por todas partes, brotando en racimos compactos, colonizando el suelo, trepando entre las raíces cercanas. Algunos ya habían atravesado la capa de hojas secas, asomando al mundo como pequeñas lámparas biológicas.

El azul relucía en sus superficies húmedas. Un azul distinto al de la “Azulita” en polvo. Más profundo. Más vivo. Con vetas que iban del índigo al aguamarina en un degradado hipnótico.

Gustavo escarbó con más rapidez ahora, la respiración acelerándose. La tierra cedía con facilidad. No lo habían enterrado a demasiada profundidad. Apenas medio metro. Lo justo para salir del paso. Lo justo para ocultar, no para sellar. Y entonces sus dedos tocaron tela.

Gabi y Raquel se acercaron instintivamente. Gustavo apartó el último bloque de tierra y dejó al descubierto el torso. Raquel se llevó la mano a la boca. El cuerpo no estaba pálido. No tenía el blanco ceroso de la muerte. Estaba azul. Completamente azul. La piel había adquirido un tono homogéneo, intenso, como si la sangre hubiera sido reemplazada por una tinta luminosa. No era el morado de las heridas ni el gris del cadáver. Era un azul vibrante, casi bello en su artificialidad. Y de esa piel nacían los hongos. No alrededor. Desde dentro. Pequeñas “Azulitas” perforaban la epidermis con delicadeza quirúrgica. Brotaba uno del hueco de la clavícula, otro entre las costillas, varios alineados a lo largo del abdomen como si siguieran el trazado de una cicatriz invisible. De la comisura de los labios emergía un racimo más denso, los sombrerillos abiertos como diminutas bocas luminosas.

El cuerpo era ahora sustrato.
Un terreno fértil.
Una incubadora.

Las venas bajo la piel azul parecían filamentos miceliales, extendiéndose en patrones fractales. La luz no era estática; pulsaba suavemente, sincronizada en todo el cadáver, como un organismo único. Gabi dio un paso atrás, mirando desconcertado a Raquel.
  • Esto… - dijo ella temblando - esto no… no estaba así anoche.
Raquel no podía apartar la mirada. El vértigo volvió, pero no era miedo. Era algo más profundo. La certeza de que aquello había cruzado una frontera que ya no tenía retorno. Gustavo, todavía en cuclillas, observaba con una mezcla de horror y fascinación científica.
  • La hemos alimentado - susurró -. La Azulita… el cuerpo… el suelo húmedo… esto es un cultivo perfecto.
Uno de los hongos, el más cercano al esternón, liberó una pequeña nube de esporas que brillaron un instante en el aire antes de disiparse como polvo estelar. La sierra seguía en silencio. Pero bajo sus pies, algo había empezado a crecer. Y no parecía dispuesto a quedarse enterrado. Gabi sacó el teléfono con las manos manchadas de tierra. Encuadró el cadáver, el azul palpitante, los hongos creciendo como una constelación enferma sobre la carne. Hizo la foto. El destello de la pantalla le iluminó el rostro. Empezó a escribir.
  • ¿Qué coño haces? - preguntó Gustavo, sin apartar la vista del cuerpo.
  • Mandársela a Nico. Para que nos diga qué debemos…
El manotazo no fue violento, pero sí firme. El móvil bajó de golpe.
  • Deja tranquilo a Nico. Ya suficientes quebraderos de cabeza tiene…
  • Pero necesitamos saber qué hacer. No podemos dejar que…
Gustavo negó despacio. Se puso en pie, limpiándose las manos en el pantalón.
  • Ayudadme a meterlo en el maletero, lo llevaremos al laboratorio y luego… - se sacudió la tierra de las manos - luego lo quemaremos todo.
No hubo más discusión. El cuerpo pesaba más de lo que parecía. No por la masa, sino por lo que representaba. Lo agarraron por debajo de los brazos y las piernas. La piel azulada estaba fría, pero no rígida. Los hongos se aplastaban contra sus antebrazos, desprendiendo un brillo tenue que manchaba la ropa como si fuera polvo fosforescente. Raquel apartaba la mirada cada pocos pasos, conteniendo la respiración. Gabi intentaba no pensar en que, unas horas antes, aquel hombre había estado vivo, masturbándose a su lado.

Lo arrastraron hasta el coche. El maletero se abrió con un clic seco. Dentro: una alfombrilla vieja, una manta arrugada, un gato hidráulico oxidado. Lo depositaron con cuidado absurdo, como si aún pudiera quejarse. Al cerrar, un par de hongos quedaron atrapados en el borde de goma. Uno se partió. Un líquido azulado, espeso, goteó lentamente sobre el paragolpes. Gustavo rodeó el coche y abrió el depósito de gasolina.
  • ¡Chaval! Pásame lo que cogí del laboratorio.
Gabi abrió la puerta trasera del coche y le acercó el tubo de plástico transparente. Gustavo lo introdujo en el tanque, inclinó el extremo libre hacia el bidón vacío. Se agachó y succionó. La gasolina le llegó a la boca con un golpe amargo y químico. Escupió al instante, tosiendo, pero el flujo ya había comenzado. El combustible descendía por el tubo con un burbujeo constante, llenando el bidón con un olor punzante que se mezclaba con la humedad del bosque. Cuando tuvieron suficiente, caminaron de vuelta al hoyo abierto. Gustavo empezó a rociar la tierra removida. La gasolina empapó el suelo, oscureciéndolo. Amplió el perímetro, vertiendo alrededor, sobre las hojas secas, sobre las raíces superficiales. El olor era tan fuerte que mareaba. Raquel se quedó apoyada contra el capó del coche, mirando cómo el líquido se filtraba en la tierra.
  • Hazlo - dijo Gustavo.
Gabi sacó el mechero. El chasquido sonó pequeño, insignificante. La llama tocó el suelo. Durante una fracción de segundo no pasó nada. Y luego el mundo se encendió. La gasolina prendió con un rugido seco. Una lengua de fuego naranja y blanca se extendió con violencia, abrazando la tierra, las hojas, los troncos bajos. Los hongos ardieron primero en un azul eléctrico, como si explotaran en miniaturas de luz antes de consumirse en negro. El calor golpeó sus caras. Las llamas treparon con rapidez por los arbustos cercanos. Demasiado rápido.
  • Vámonos…
Corrieron al coche. El motor rugió. Gabi miraba por el retrovisor cómo el fuego empezaba a ganar altura, alimentado por semanas de sequía. Mientras se alejaban lentamente, Gustavo - varios pasos atrás - arrastraba la suela de la bota sobre la tierra, borrando huellas de neumáticos, difuminando cualquier prueba de que hubieran estado allí. El viento cambió ligeramente. Las llamas se inclinaron y encontraron un nuevo camino. Subieron. Más y más. El crepitar se convirtió en estruendo. Al alcanzar el asfalto, Gustavo se metió en el coche y Gabi dio un acelerón, avanzando por la carretera, levantando el polvo el suelo. El olor a humo empezó a colarse por las ventanillas. En el retrovisor, una columna oscura se elevaba hacia el cielo limpio de verano.

Otro incendio en la Sierra. Uno más.
Pero esta vez no había sido un rayo, ni una colilla tirada por algún subnormal.
Había sido la amistad, buscando salvar el alma de un compañero.
O al menos… lo poco que quedaba de ella.


Como el Titanio, siendo la raíz de plata que une el hueso con la máquina, un metal que no distingue entre el golpe recibido y el golpe devuelto, esperando el calor del conflicto para recordar su forma original y reclamar su lugar entre los dioses y los monstruos. Esta historia continuará…

Y como premio de consolación le prenden fuego a la sierra de Madrid. Esto va mejorando, lo próximo que será?
 
Capítulo 23. Vanadio - Una autopsia (V)isceral

El Vanadio (V) ocupa el vigésimo tercer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del Vanadio con el concepto del Descubrimiento por Error, obtenemos el retrato de una verdad que aguarda pacientemente tras el velo de la equivocación. El vanadio es el metal de la reivindicación: fue descubierto, luego descartado como un error de identificación (confundido con el cromo) y finalmente redescubierto para revelar su verdadera y colorida naturaleza. Es el elemento que demuestra que un fallo no es el final del camino, sino el prisma necesario para ver la realidad completa.

El Vanadio: La Geometría del Error Revelador

1. El Fantasma de la Confusión (El Error de Ryo/Del Río)

Andrés Manuel del Río descubrió el vanadio en México en 1801, pero los químicos europeos le convencieron de que era simplemente cromo impuro. Él aceptó el error y se retractó. Años después, se demostró que él tenía razón. El descubrimiento-vanadio comienza con un "falso error". Es ese momento en el que el mundo (o tu propia duda) te dice que lo que has encontrado es una anomalía o una equivocación. Entendemos que la verdad absoluta a menudo se disfraza de "error" para filtrar a quienes no tienen la tenacidad de volver a mirar. Aprovechar el error significa no desechar la muestra, sino cuestionar el juicio que la etiquetó como fallo.

2. La Belleza de la Oxidación Multiplicada (Vanadís)
El vanadio recibe su nombre de Vanadís, la diosa escandinava de la belleza, debido a los colores asombrosos que adoptan sus compuestos en diferentes estados de oxidación: violeta, verde, azul y amarillo. Cuando cometes un error en un experimento de vida, el vanadio te enseña a observar los "colores" del desastre. Cada estado de tu fallo revela una frecuencia distinta de la verdad. Al cambiar tu perspectiva (u oxidar tu pensamiento), el error deja de ser gris y se descompone en un espectro de soluciones. La verdad absoluta no es blanca; es una policromía que solo aparece cuando te atreves a manipular los restos de tu propia equivocación.

3. El Refuerzo por Impureza (Acero al Vanadio)
Añadir una cantidad mínima de vanadio al acero (apenas un 0.15%) elimina el oxígeno atrapado y crea una aleación infinitamente más resistente y elástica. El error de la "impureza" se convierte en la clave de la perfección estructural. El descubrimiento trascendental ocurre cuando dejas de intentar limpiar tu vida de errores y empiezas a usarlos como aleación. Ese "fallo" que creías que debilitaba tu plan es, en realidad, el catalizador que elimina la fragilidad de tu lógica. La conclusión definitiva llega cuando comprendes que la verdad no es algo que se encuentra fuera, sino algo que se forja integrando tus tropiezos para volverte irrompible.

4. La Versatilidad de la Batería (Flujo de Redox)
Las baterías de flujo de vanadio utilizan la capacidad del elemento para estar en varios estados de energía a la vez para almacenar electricidad de forma casi eterna. Aprovechar el error es entender que la energía no se pierde en la equivocación, solo cambia de estado. Un descubrimiento-vanadio es una batería de conocimiento: usas el potencial acumulado en tus fallos pasados para alimentar tu visión presente. La verdad absoluta es el flujo constante entre lo que creías saber y lo que el error te obligó a aprender.

5. El Catalizador Silencioso (V2O5)
El pentóxido de vanadio es el catalizador que permite crear ácido sulfúrico a escala industrial. No se consume en la reacción, pero sin su presencia "errática" y mediadora, la transformación no ocurriría. El error es el catalizador. No llegas a la verdad a pesar del error, sino gracias a él. El error es el puente químico que rebaja la energía de activación necesaria para el descubrimiento. La verdad absoluta se revela cuando te das cuenta de que el camino equivocado era, mecánicamente, el único camino posible para alcanzar la conclusión correcta.

Conclusión: El descubrimiento, visto a través del vanadio, es la geometría de la persistencia cromática. Es el reconocimiento de que la verdad más pura suele estar escondida en el fondo de un matraz etiquetado como "fallo". Ser vanadio significa tener la nobleza de aceptar que nos equivocamos, pero la astucia de analizar ese error hasta que nos devuelva la luz de una diosa.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¡¿Estáis locos o qué cojones os pasa?! - gritó Laia al verlos cruzar la puerta.
  • Espera un segundo, joder. Tienes que ver esto…
  • ¡Sácalo ahora mismo de aquí! ¡Hay que ser puto imbécil!
  • Pero…
  • ¡Gabi, me cago en Dios! - se acercó y bajó la voz hasta convertirla en una cuchilla -. Nico está al borde del colapso, ¿y lo único que se te ocurre es traer el cadáver del hombre que mató? ¿Eres subnormal o que coño te pasa?
  • No lo entiendes - igualó el tono de su susurro -. Tiene que ver lo que ha pasado.
Apartó la manta apenas unos centímetros. El azul impactó en las pupilas de ella.
  • Pe… pero… qué… qué…
  • Vamos - soltó Gustavo con un golpe de cabeza - A la mesa.
Lo llevaron entre los dos. Peso muerto sobre metal frío. Raquel cerró con llave tras ellos.
  • ¿Y Sofi? - preguntó nerviosa, siguiéndolos.
  • Ha ido a… a comprar… algo de… de comida - respondió Laia, todavía pálida.
El cuerpo quedó extendido bajo la luz blanca del techo. Gabi se acercó a Nico.
  • Eh, colega… - puso una mano en su hombro -. ¿Cómo estás?
  • No te va a contestar - dijo Laia, acariciándole el pelo con delicadeza - Desde que os fuisteis no ha dicho una palabra.
  • Nico… - Gabi se puso en cuclillas enfrente de él - Sé que estás hecho polvo. Y lo siento. De verdad. Ojalá no hubiera… ojalá yo no…
Nico levantó la mirada. Vacía. Como un desierto sin vida.
  • La culpa no es tuya. Es de todos.
  • Pero yo…
  • Da igual. Lo hecho, hecho está.
  • No te mereces esto… no es… no es…
  • ¿Y qué importa si es justo o no? Hice lo que tenía que hacer y se acabó.
Gabi asumió el silencio, como una sentencia de muerte. Laia se acercó un poco más.
  • No te alteres, ¿vale? - dijo con cuidado -. Han traído el cuerpo, y…
  • Sí. Ya lo he visto. Queréis destruirlo, ¿no? Podría conseguir ácido clorhídrico… o sulfúrico concentrado. Con eso y un poco de tiempo… creo que bastará.
Se puso en pie con una serenidad inquietante. Acercándose al cadáver.
  • No… no es eso… - balbuceó Gabi intentando detenerlo.
  • ¡Que cojones! - Nico dio un salto hacía atrás.
Al apartar levemente la manta que lo cubría, el azul estalló en toda la sala. Los ojos de Nico se abrieron hasta doler.
  • ¿Cómo es posible…?
  • Cuando lo desenterramos estaba así - dijo Raquel -. La “Azulita” brotaba por todas partes.
Nico retiró la tela por completo. El azul lo arrasó todo. Se ajustó las gafas y se inclinó sobre el cuerpo sin vida. El laboratorio dejó de ser un refugio. Se convirtió en una pregunta.
  • Laia, rápido. Pásame los bisturíes, las pinzas y las tijeras.
  • ¿Qué vas a hacer? - preguntó Gustavo, tenso.
Laia ya rebuscaba entre bandejas metálicas, el acero tintineando. Nico se enfundó unos guantes sin apartar la vista del cuerpo.
  • Una autopsia.
  • No creo que estés en condiciones de… - murmuró Raquel.
  • Ahora eso da igual - la cortó de golpe - Tenemos una oportunidad y no pienso desperdiciarla.
  • ¿Oportunidad? - repitió Gabi, incrédulo - ¿De qué coño hablas?
Laia volvió y le tendió el bisturí. Nico lo sostuvo un segundo en el aire.
  • Desde que empecé a estudiar la Mycena neonfaucis… - apoyó el filo en la piel azulada - esta es la primera vez que…
Titubeó apenas un latido, como si una parte de él, en su interior, lo intentara frenar. Luego hundió el metal. La carne se abrió con una resistencia húmeda, un sonido sordo, obsceno. Un corte largo, firme. Segunda vez en menos de veinticuatro horas que atravesaba aquel cuerpo.
  • …que puedo examinar un huésped desde dentro. Y tengo que hacerlo antes de que el proceso de descomposición altere demasiado el cuerpo.
Separó los bordes con las pinzas. Bajo la piel, el azul no era superficial: se ramificaba como un mapa bioluminiscente, filamentos cobalto y turquesa incrustados entre músculos y vasos sanguíneos.
  • Nico… - Gabi se cubrió boca y nariz - ¡Joder, que puto asco! ¿Es… es esto… seguro?
  • No - respondió sin emoción -. No lo es.
Señaló con la barbilla una caja abierta sobre la mesa auxiliar.
  • Mascarillas, guantes, gafas. ¡Rápido!
Laia volvió a correr y cogió un equipo.
  • ¡No solo para mí! Para todos - corrigió Nico -. Repártelas, vamos… Antes de que empiece la esporulación.
Un silencio espeso cayó sobre el “Búnker”. Solo se oían las respiración aceleradas tras el plástico y el leve crujido húmedo de algo creciendo bajo la carne. Nico no temblaba. Separó los colgajos de piel y tejido subcutáneo con las pinzas, ampliando el campo quirúrgico con una precisión que contrastaba con la precariedad del entorno. No había aspirador, ni separadores adecuados, ni luz focalizada. Solo el acero, sus manos y aquella luminiscencia azul que latía bajo la carne abierta.

Otro leve gesto de cabeza y Laia encendió la grabadora.
  • Empezamos por el estómago…
Introdujo los dedos enguantados y localizó la curvatura mayor. El órgano estaba distendido. No por gases de putrefacción, sino por otra cosa. Cortó y un líquido espeso, teñido de un azul lechoso, se derramó sobre la mesa metálica. No era sangre. Era una suspensión densa, filamentosa. Nico acercó el rostro, protegido por la mascarilla, y observó.
  • Colonización mucosa completa… invasión del epitelio gástrico… - murmuraba mientras separaba capas -. No hay necrosis convencional. Está… sustituido.
Los filamentos de Mycena neonfaucis no crecían encima del tejido: lo atravesaban, lo envolvían, lo replicaban. Como si cada célula humana hubiera sido tomada, perforada y convertida en sustrato vivo. Gabi no pudo aguantar más. El primer vómito golpeó el cubo con violencia. Ácido y bilis. El sonido hueco resonó en el laboratorio.

Nico ni se inmutó. Ascendió hacia el diafragma. Cortó inserciones. Abrió cavidad torácica con movimientos secos, pasando de científico a carnicero en cuestión de segundos, cuando la resistencia ósea lo obligó a forzar el bisturí más allá de lo debido. Sin sierra esternal, tuvo que fracturar cartílago a presión. Crujidos húmedos. Chasquidos. El pecho cedió y la sangre, ya oscurecida, se mezclaba con vetas fluorescentes.
  • Invasión sistémica - dictaminó -. No es una infección localizada. Es… total.
Apartó los pulmones. Estaban moteados de azul, alveolos colapsados por micelio compacto. Los tocó. No eran esponjosos; eran firmes, casi gomosos. Y entonces llegó al corazón. Se detuvo. El órgano no era rojo. Era un núcleo palpitante de azul eléctrico apagado, como si la bioluminiscencia hubiera quedado congelada en el instante de la muerte. Filamentos finísimos lo abrazaban por completo, trepando por las arterias coronarias, infiltrándose en el miocardio. No lo comprimían: lo integraban. Parecía un virus rodeando su célula huésped. O peor: un sistema nervioso alternativo.
  • Ha sustituido el tejido contráctil… - susurró -. No lo destruye. Lo usa.
Gabi volvió a inclinarse sobre el cubo. Laia no pudo evitar sonreír al verlo. Nico retiró las manos del tórax y alzó la vista.
  • ¡Necesito abrir el cerebro!
Nadie respondió de inmediato. Gustavo fue el primero en moverse. Rebuscó entre las cosas que habían traído días atrás, hasta localizar su vieja caja de herramientas. Regresó con un martillo y un destornillador plano, grueso, pesado. Se los tendió. Nico los observó un instante.
  • Servirá…
Colocó la cabeza del cadáver hacia el borde de la mesa. Ajustó las gafas. Introdujo la punta del destornillador en la sutura coronal, justo donde el hueso era ligeramente más fino. El primer golpe sonó seco. “Clac”. El segundo, más profundo. “Crack”. Una línea oscura se dibujó en el cráneo. Sangre y fluido azulado comenzaron a rezumar por la fisura. Nico cambió el ángulo. Golpeó otra vez, y otra, y otra más. El hueso cedió finalmente con un chasquido grotesco. Insertó los dedos bajo el fragmento fracturado y lo arrancó. El sonido fue húmedo, viscoso, como despegar algo adherido con fuerza.

Un olor nuevo inundó la sala. Dulzón. Podrido. Fúngico. Bajo la bóveda craneal, el cerebro no era gris. Era azul. No superficialmente. Cada circunvolución estaba tapizada por una red micelial compacta, brillante, como si alguien hubiera bordado el encéfalo con hilos de neón. Los surcos estaban rellenos. El tronco encefálico aparecía engrosado, invadido por una masa filamentosa que penetraba hacia la médula. Nico cortó la duramadre con cuidado, retirando la membrana que lo envolvía. La levantó despacio. Los filamentos se estiraron con ella, como raíces arrancadas de la tierra húmeda.

El silencio era absoluto, incluso el estomago de Gabi pareció comprender que debía estar callado. Nico observó el órgano transformado. Sus pupilas reflejaban el azul que emanaba.
  • Así que esto es lo que eres… - habló en voz baja, casi reverente.
Pasó la punta del bisturí por la superficie micelial, separando un filamento que reaccionó con un leve espasmo.
  • No eres tan extraña como pensaba, hija de puta…
  • ¿Que es Nico? ¿Qué has descubierto?
Él levantó la cabeza, tanto la suya como la del cadáver. Y debajo de su mascarilla se dibujó una sonrisa macabra.
  • Solo es un maldito cordyceps.
Gabi se separó del cubo donde había vomitado varias veces, temblando y con la cara pálida.
  • ¿Cordyceps? ¿De qué me suena eso?
Laia suspiró, cruzando los brazos y arqueando una ceja.
  • The Last of Us, manco. El jodido videojuego…
Nico bajó la vista del cerebro y empezó a hablar más para sí mismo que para los demás, su tono era técnico, casi clínico, pero la fascinación mezclada con el horror era palpable.
  • El cordyceps es un hongo parásito que invade el sistema nervioso de su huésped, toma el control motor, modifica patrones de comportamiento, altera impulsos y prioridades… Es un manipulador químico absoluto. Primero infiltra la hemolinfa, luego libera metabolitos que afectan los neurotransmisores. Finalmente, crea conexiones sinápticas falsas: el huésped actúa, pero no es consciente de sus acciones. Todo lo que hace está determinado por el hongo.
Hizo una breve pausa, observando cómo la luz azulada reflejaba las convoluciones cerebrales recubiertas de micelio, como si aquel “videojuego” hubiera cobrado vida de forma aterradoramente real.
  • Si lo queréis ver con vuestros propios ojos… podéis verlo en YouTube. Buscad algún video de hormigas infectadas por Ophiocordyceps unilateralis y veréis como controla su sistema nervioso central: obligando a la hormiga a abandonar la colonia, trepar hasta la altura adecuada, morder la hoja, quedarse fija y morir. Todo para que el hongo pueda desarrollarse y dispersar esporas. La hormiga no actúa por voluntad propia… está completamente subyugada.
Alzó la mirada, conectando la teoría con la experiencia de la noche anterior.
  • Esto… esto es lo que hace la Azulita. No erais vosotros, no erais Gabi, Raquel o Sofi los que actuabais con esa lujuria y esa obsesión compulsiva. Era el cordyceps. Cada impulso, cada deseo exacerbado, cada acto grotesco, no provenía de la voluntad humana… sino de la manipulación química del hongo. La Azulita os transformó en marionetas de su propio instinto de reproducción, de expansión y control.
Acercó al bisturí otra vez, casi acariciando los filamentos bioluminiscentes.
  • Lo que le pasó a Laia en el laboratorio, la hipersexualidad, la agresividad descontrolada… no era locura ni degeneración moral. Era un fenómeno biológico, puro, cruel y absoluto. Su cuerpo seguía allí, pero su cerebro estaba ocupado por otra cosa. La voluntad humana… secuestrada.
  • No puede ser… - dijo Laia con incredulidad -. Un hongo… no puede contagiar a un ser humano.
Nico giró la cabeza hacia ella, una media sonrisa dibujada en su rostro cansado.
  • ¿Eso lo sabes porque me escuchas o por la serie?
Laia soltó una carcajada, que resonó extrañamente en el laboratorio silencioso y sangriento.
  • Muy gracioso, gilipollas…
Nico negó con la cabeza y volvió a centrar su atención en el cerebro abierto frente a él.
  • Es correcto lo que dices… Es debido a que los mamíferos y las aves regulan su temperatura corporal por encima de los 37 ºC. Los hongos no pueden desarrollarse correctamente por encima de los 32 ºC. Pero, por lo visto, y por algún motivo que aún desconozco… la Mycena Neonfaucis sí puede.
Raquel frunció el ceño, con un hilo de preocupación en la voz.
  • ¿Y ahora… cuál es el siguiente paso?
Antes de que Nico pudiera responder, alguien golpeó la puerta con tres golpes secos y luego un cuarto a destiempo. Gustavo se acercó a abrir.
  • ¡Chicos solo estaba abierto el puto McDonald’s! - dijo Sofi entrando por la puerta.
Sangre. Vísceras. Intestinos. El cerebro en modo descapotable. La visión grotesca con que se encontró de repente la dejó boquiabierta. Dejó caer toda la comida al suelo, las Coca-Colas rodando por el suelo, los envases de hamburguesas aplastados y abiertos por la impresión de la escena que tenía delante.
  • ¡¿QUÉ COÑO ESTÁIS HACIENDO?! - exclamó entrando en pánico.
Gabi reaccionó al instante, lanzándose hacia ella para ponerle una mascarilla. Pero entonces algo hizo “clic” en la cabeza de Nico. Miró hacia el hielo que salía del vaso que rodaba por el suelo, entre los restos de comida, y su expresión se iluminó.
  • ¡Necesitamos hielo! - dijo con voz firme, más científica que antes -. ¡Mucho hielo en realidad! Hay que mantener el cuerpo fresco… hasta mañana.
Laia frunció el ceño.
  • ¿Por qué?
  • Mañana llega Lena - sentenció Nico - Y necesito que el cuerpo esté en perfectas condiciones.
  • Necesitaremos una bañera o un contenedor - dijo Gustavo saliendo al pasillo - Yo me ocupo, iré a ver si encuentro algo.
  • ¡Vamos, te hecho una mano! - exclamó Gabi siguiéndolo.
El laboratorio quedó en silencio un instante, con la luz azulada reflejándose en los filamentos del hongo y en los ojos de todos, mientras el plan de conservación cobraba sentido en la mente de Nico, mezclando ciencia, urgencia y un toque macabro de precisión.
  • Tú y yo iremos a por hielo - la agarró del brazo con firmeza- . Creo que te irá bien tomar el aire.
  • Pe… pero…
Pero ya era tarde. Laia la arrastraba hacia el pasillo mientras Sofi caminaba como si acabara de salir del Pasaje del Terror. Con una expresión que oscilaba entre el shock postraumático y el “creo que voy a dejar de comer carne para siempre”. Al cruzar el pasillo subterráneo de la universidad, el contraste fue obsceno: fluorescentes blancos, silencio académico, olor a desinfectante barato y Sofi, con un pequeño trozo de algo que prefería no identificar pegado a la zapatilla derecha.
  • Camina normal - susurró Laia.
  • ¿Normal? - murmuró Sofi, temblando de arriba abajo -. Acabo de ver un cerebro abierto como un puto melón.
Un par de estudiantes pasaron al fondo del corredor, riéndose por algún meme irrelevante. Sofi bajó la mirada, intentando parecer una chica cualquiera que dedica el fin de semana a sus estudios. Solo que esa chica cualquiera llevaba restos de vísceras microscópicas en el pelo y olía ligeramente a carnicería experimental. Al empujar la puerta que daba al exterior, el aire fresco le golpeó la cara. Inspiró profundo. Demasiado profundo.
  • Vale - murmuró con voz temblorosa - Hielo. Solo hielo. Nada de cadáveres. Nada de hongos que brillan. Solo… hielo.
Al quedarse solos en el laboratorio, el silencio adquirió una textura espesa, casi orgánica. Raquel necesitaba hacer algo antes de que su cabeza explotara. Cogió el cubo, lo llenó hasta la mitad, vertió un chorro generoso de lejía y empezó a pasar el mocho con movimientos mecánicos, casi militares. La sangre se abría en vetas rosadas sobre el mármol, deshaciéndose en remolinos pálidos que desaparecían por el desagüe como si nada hubiera ocurrido allí. Como si no hubieran abierto un cuerpo humano sobre esa misma mesa. Intentaba concentrarse en el gesto repetitivo: mojar, escurrir, frotar. Mojar, escurrir, frotar. Pero cada pocos segundos levantaba la cabeza. Nico seguía inclinado sobre el cadáver. Espalda recta. Pulso firme. Gafas ligeramente empañadas. Había entrado en ese estado suyo, clínico y distante, donde el mundo se reduce a tejidos, estructuras y patrones biológicos. Observaba, cortaba, apartaba con pinzas. Tomaba notas mentales.

Cuando Nico habló, por un instante, Raquel llegó a pensar que había escuchado a su cerebro pensar, como si fuera una computadora vieja emitiendo ese ruido pesado de ventiladores sobrecargados de polvo.
  • ¿Qué es lo que te preocupa?
No levantó la vista del cerebro abierto. Ella se quedó inmóvil, el mocho goteando sobre el suelo.
  • ¿Que me preocupa? - repitió con una risa seca -. Lo primero que me preocupa es cómo puedes estar tan tranquilo…
  • No estoy tranquilo.
  • Pues lo parece. Estás ahí… trabajando. Como si… como si nada hubiera pasado.
Nico se detuvo un segundo. Solo un segundo. Sus ojos se alzaron hacia ella por encima de las gafas. Cansados, enrojecidos, vacíos y faltos de sueño.
  • Esto es importante, Raquel. Y sí… me importa. No me lo quito de la cabeza ni un momento. Pero tengo que investigar. ¿Lo entiendes?
  • No, no lo entiendo. Sinceramente Nico… Parece que… que… Has matado a…
  • ¡Sé lo que hice! - la cortó, más alto de lo que pretendía -. ¡No hace falta que me lo recuerdes todo el puto rato!
El eco rebotó contra las paredes azulejadas del laboratorio. Raquel bajó la vista de inmediato. Notó el calor subiéndole a las mejillas. El mocho volvió al suelo, más lento esta vez. Él se quedó quieto, respirando hondo, como si acabara de darse cuenta de que también podía romperse en cualquier instante.
  • Perdona - dijo al fin más bajo, recuperando la compostura -. Perdona… No quería gritarte.
Volvió a inclinarse sobre el cuerpo, pero ahora sus movimientos eran apenas un poco menos precisos.
  • Pero es que no me ayudas así - continuó diciendo - Ya tendré tiempo para lamentarme y reflexionar sobre mis actos. Ahora lo que debo hacer es seguir investigando. ¿De acuerdo?
Raquel escurrió el mocho con fuerza, el agua rojiza cayendo en el cubo con un sonido espeso.
  • De acuerdo… - murmuró.
Y siguió limpiando. Mientras tanto, Nico volvió a hundirse en la carne abierta, intentando convencerse de que lo que tenía delante era solo un espécimen. No un hombre. No el resultado de una decisión tomada con urgencia. No una vida arrebatada. Solo tejido colonizado por un hongo azul. Solo ciencia. Pero cada vez que el bisturí tocaba algo demasiado humano, sus manos temblaban apenas una fracción de segundo antes de recuperar la firmeza.
  • ¿Se ha encendido la luz? - preguntó Gustavo, arrodillado detrás del congelador, con medio brazo metido en la rejilla trasera.
Gabi observó el interior unos segundos, como si esperara una señal divina.
  • Sí. Está encendido… y hace ruido - metió la mano dentro - Creo que enfría.
Gustavo soltó el cable y se incorporó con un gruñido.
  • Perfecto. Pues en marcha, chaval.
Entre los dos arrastraron el contenedor frigorífico hasta el pasillo. Las ruedas protestaban contra el suelo y el metal vibraba con un zumbido constante, como si el aparato ya supiera lo que iba a tragarse.
  • ¿Crees que cabrá dentro? - preguntó Gabi, bajando la voz.
Gustavo se detuvo un segundo, calculando con la mirada.
  • Debería. Javi, en paz descanse… no era precisamente un culturista olímpico.
Gabi esbozó una sonrisa nerviosa que murió enseguida.
  • No hables así, joder… mira que eres bruto.
  • ¿Cómo quieres que hable? - replicó Gustavo, volviendo a empujar -. ¿En pasado perfecto? Ya no tenemos ese lujo.
El congelador avanzó otro tramo.
  • Mide casi metro ochenta - insistió Gabi -. Si está rígido…
  • Pues lo doblamos un poco - cortó Gustavo, secamente -. Ahora mismo lo importante no es su comodidad.
El zumbido eléctrico de los fluorescentes llenó el silencio que siguió. Y ambos empujaron un poco más fuerte.
  • Oye, hablando de él…
  • ¿Qué pasa ahora?
Gabi no respondió al instante. Tenía la mirada fija en el suelo, pero no estaba viendo el suelo. Estaba viendo huellas. Rastros. Errores. Del mismo modo que Nico se había refugiado en la biología para no pensar en la sangre que había derramado, Gabi se había encerrado en otro manual invisible: el de criminalística básica para idiotas que creen que pueden salirse con la suya.

Nico abría estómagos buscando micelio.
Gabi repasaba mentalmente escenas del crimen.

Nico analizaba cómo el hongo colonizaba tejidos.
Gabi analizaba cómo la policía colonizaría sus coartadas.

Uno diseccionaba órganos.
El otro diseccionaba posibilidades.

Mientras Nico estudiaba la expansión de la Mycena Neonfaucis como si fuera un fenómeno puramente biológico, Gabi pensaba en la transferencia de Locard: cada contacto deja rastro. Tierra en las suelas. Fibras en el maletero. Restos de gasolina. Células epiteliales bajo las uñas del muerto. Mensajes en el móvil. Geolocalización. Cámaras en peajes. Cámaras en gasolineras. Cámaras en la entrada del campus.

Nico buscaba comprender el porqué.
Gabi intentaba anticipar el cómo los pillarían.
  • Si alguien encuentra alguna pista… - murmuró al fin Gabi, sin dejar de mirar el suelo -. O cualquier cosa…
Gustavo resopló, apoyando las manos en la tapa del congelador.
  • No van a encontrar nada, chaval - Lo dijo con una seguridad que no era arrogancia, sino cálculo - Javi vivía solo. Sin pareja, sin hijos, sin perro que le ladrara al volver a casa. Un contrato temporal aquí, otro allá. Un alquiler en un quinto sin ascensor que pagaba en efectivo. No tenía redes sociales, no tenía fotos recientes, no tenía a nadie esperando con un “¿como ha ido el día, cariño?”. Era de esos hombres que pasan por los sitios sin dejar huella.
Se encogió de hombros.
  • ¿Sabes cuándo notarán que falta? Cuando empiece a estar el buzón lleno o cuando el casero quiera cobrar el siguiente mes. Y aun así, nadie hará demasiadas preguntas. Puedes estar tranquilo.
Gabi tragó saliva.
  • Pero el coche… el móvil…
  • No tenía coche, creo… y el móvil era de prepago, ya lo he revisado. Sin llamadas entrantes, sin nadie insistiendo. ¿Rastros? - negó con la cabeza - Ahora que no está enterrado en mitad de la sierra, no debemos preocuparnos de nada.
  • Pero tenía conocidos, joder… Alguien se preguntará en algún momento…
Se detuvo en seco y se inclinó un poco hacia él, posando una mano enorme en su hombro.
  • No era un hombre al que echaran de menos, chaval. Era ruido de fondo. Y el ruido de fondo, cuando desaparece, nadie sabe exactamente cuándo dejó de sonar.
Gabi no estaba tan seguro. En su cabeza ya veía a un agente forense agachado en la sierra, señalando el suelo quemado. Incendio forestal en verano. Acelerante. Un patrón sospechoso. Un cuerpo desaparecido. Un grupo de universitarios con acceso a laboratorio, productos químicos y conocimientos suficientes para hacer algo muy estúpido.

Nico estudiaba cómo el hongo invadía el sistema nervioso. Gabi estudiaba cómo el sistema judicial invadiría sus vidas. Ambos estaban haciendo ciencia. Solo que uno buscaba respuestas en la carne abierta. Y el otro las buscaba en el miedo.
  • Tenemos que pensar en todo - añadió Gabi, más bajo -. En todo, Gustavo. No solo en… quemarlo.
Él se quedó un segundo en silencio. Luego volvió a empujar el congelador.
  • Primero que no se pudra - dijo -. Luego ya pensaremos cómo no pudrirnos nosotros.
Y siguieron avanzando por el pasillo, arrastrando frío, culpa y cálculo forense hacia el laboratorio. Cuando volvieron a reunirse, vertieron el hielo en el congelador y depositaron el cuerpo con un cuidado casi reverencial. Apenas hablaron; solo lo imprescindible, instrucciones breves que cortaban el silencio como bisturís. Laia y Sofi habían traído bebidas y algo de picar de la gasolinera y, en la misma mesa ya desinfectada - la que minutos antes había sido un altar de vísceras y sangre -, se permitieron un descanso incómodo.

Gabi estaba demasiado absorbido en su recién estrenado papel de forense como para articular palabra. Nico aprovechaba cada segundo para pasar sus anotaciones a limpio. Gustavo bebía cerveza con una tranquilidad irritante, como si estuviera en una terraza al sol. Laia y Raquel conversaban en voz baja, casi en susurros. Fue Sofi, tras observarlos uno por uno, quien formuló en voz alta la pregunta que todos evitaban.
  • Nico… tengo una duda.
  • Sí, dime… - respondió sin levantar la vista del cuaderno.
Ella vaciló antes de atreverse.
  • Si Javi… - se detuvo al pronunciar su nombre -. Si él ha acabado así… ¿nosotros también…?
  • No lo sé - contestó, concentrado -. Y no pienso abriros el cerebro para comprobarlo.
  • ¿Estás bromeando? ¿En serio?
Nico alzó la cabeza apenas un instante. No había rastro de humor en su expresión.
  • No. ¿Por qué lo preguntas?
  • Porque… ¡joder! ¿Nadie está realmente preocupado?
  • Yo sí lo estoy, mi amor - murmuró Gabi sin apartar la mirada del suelo -. Y no solo por si estamos contaminados por el cordyceps, sino por lo que nos pasará si nos descubren.
Sofi no había contemplado esa posibilidad. Sintió cómo otra losa se añadía a su mochila ya desbordada.
  • Deberíamos hacernos pruebas - dijo con determinación -. No solo nosotros. Sino todos los que hayan tenido contacto con la “Azulita”. Los de la fiesta de ayer… incluso aquel chico del metro con el que Laia…
  • Creo que se llamaba Kike - intervino ella, intentando recordar -. Pero no tengo ni idea de dónde vive. Ni siquiera sé su apellido.
  • ¡Escuchad! - Gabi se puso en pie de golpe -. ¿Y si no son solo ellos?
  • ¿A qué te refieres? - preguntó Sofi, desconcertada.
  • ¡Piensa! Nico dijo que nada de contacto físico. No solo sexo: ni besos, ni caricias, nada. ¿A cuánta gente habéis besado desde entonces? ¿A cuántos habéis dado la mano? ¿A cuántos…?
La tensión se volvió densa, casi visible. La imagen de la “Azulita” expandiéndose sin control se instaló en sus mentes: una colonia infinita de hormigas dominadas por el cordyceps. Familiares. Amigos. Compañeros de trabajo. El panadero de la esquina. Cualquiera que hubiera tocado la misma barra metálica del metro.

Antes de que el pánico terminara de incendiar la sala, Nico intervino. Y fue precisamente él - el más golpeado por todo - quien logró contener la tormenta.
  • No os alarméis antes de tiempo, hostias - dijo, mirándolos con severidad -. Hacer hipótesis sin fundamento solo nos lleva a un sitio: al caos. Y no se puede trabajar desde el caos.
Hizo una pausa breve, pero firme.
  • Tenemos que hacer pruebas. Entender cómo funciona. Qué alcance tiene. ¡Muchas cosas! Después ya veremos si toca asustarse. Ahora… paciencia. ¿Estamos?
Sofi negó con la cabeza, incapaz de serenarse.
  • ¿Quieres que tengamos paciencia después de haber visto… eso? Lo siento, Nico, pero yo no puedo. Solo puedo imaginar mi puto cerebro envenenado por ese azul de los cojones.
  • Sofi… cálmate, por favor… A ver, ¿cómo tomaste la “Azulita”?
  • ¿Cómo dices?
  • Ayer, en la fiesta. ¿Cómo la tomaste?
  • Yo… bueno, como siempre…
Nico asintió despacio, como si confirmara una hipótesis que llevaba rumiando desde hacía horas.
  • Contacto cutáneo. Absorción dérmica. Cantidades pequeñas. Aplicación superficial - se apoyó en la mesa, cruzándose de brazos - Javi no hizo eso… - Todos guardaron silencio - La esnifó. Directa a la mucosa nasal. Y de ahí, acceso prácticamente inmediato al sistema nervioso central. La cavidad nasal está a milímetros del bulbo olfatorio. Es una vía de entrada rápida al cerebro. Sin hígado. Sin metabolismo previo. Sin filtros.
Se ajustó las gafas.
  • Lo que acabamos de ver en su cerebro no es una “evolución natural” del hongo. Es una sobrecarga masiva. Una colonización acelerada del tejido neuronal. Si la Mycena Neonfaucis actúa como sospechamos, como un cordyceps adaptado, necesita controlar el sistema nervioso para modificar conducta. Pero hacerlo de forma progresiva no es lo mismo que inundar el cerebro de esporas activas en cuestión de minutos.
Gabi tragó saliva.
  • ¿Estás diciendo que se frió el cerebro?
  • Estoy diciendo que le dimos una descarga directa al encéfalo - corrigió Nico con frialdad -. Y encima en una dosis que no estaba diseñada para esa vía. Fue una sobredosis funcional. El hongo colonizó demasiado rápido, alteró los circuitos límbicos: impulso, agresividad, deseo, y perdió cualquier equilibrio. Lo que sufrió fue una respuesta descontrolada del organismo… y del parásito.
Sofi respiraba aún agitada.
  • ¿Y nosotros?
  • Vosotros - dijo, mirándolos uno por uno - lo habéis usado por vía tópica. La piel es una barrera muchísimo más efectiva. Absorción lenta. Difusión limitada. Si hay colonización, será progresiva. Y eso nos da tiempo.
  • ¿Tiempo para qué? - preguntó Gabi.
  • Para entenderlo. Para medir la carga fúngica. Para intervenir si hace falta - suspiró mientras ponía en orden sus pensamientos - No digo que no haya riesgo. Digo que no es el mismo escenario que el de Javi. Él abrió la puerta de par en par y dejó pasar una tormenta. Nosotros, si acaso, hemos dejado una rendija abierta.
El laboratorio quedó en silencio otra vez. No había consuelo, pero al menos tenían algo parecido a una esperanza. La hubo hasta que Gustavo habló.
  • Javi no fue el único que esnifó - dijo con una calma incómoda -. No lo recuerdo bien… tengo demasiadas lagunas. Pero vi al menos a un par más haciéndolo.
El aire volvió a espesarse.
  • Yo no recuerdo nada - añadió Gabi, nervioso, pasándose la mano por la frente.
Nico frunció el ceño, aún con los brazos cruzados, procesando la nueva variable.
  • En ese caso… deberíamos hacer seguimiento a todos los que estaban en la fiesta.
Notó cómo el pánico regresaba a sus caras y alzó la voz apenas un grado.
  • Solo por precaución, así que no os pongáis nerviosos. Aprovecharemos que mañana llega Lena para hacerles un chequeo.
  • No es buena idea - saltó Laia al instante.
  • Ya te dije que Lena es de fiar… - empezó Nico, agotado de repetirlo.
  • No es eso, joder - lo cortó ella -. No es buena idea meter a más gente en este embolado. Ya hemos tenido mucha suerte de que nadie recuerde nada de lo que pasó anoche. Si ahora los llamamos como si esto fuera una consulta médica, vamos a tener que responder a preguntas incómodas. Muy incómodas. ¿Lo entiendes o no?
Se miraron fijamente durante unos segundos tensos, como si midieran fuerzas sin moverse.
  • Tienes razón - acabó admitiendo Nico, con un asentimiento leve -. Pero tendremos que pensar en algo. No podemos ignorarlo.
Bajó la mirada, pensativo.
  • Quizá podamos usar la propia “Azulita” para chequearlos sin que sean conscientes…
  • ¡Claro, colega! - ironizó Gabi -. Combatir el fuego con fuego. Suena fenomenal.
  • Sí… puede ser - murmuró Nico, más para sí que para ellos -. Pero es lo que tenemos. Ya os lo he dicho: necesito a la doctora antes de dar el siguiente paso. Ahora mismo estoy… estamos dando palos de ciego.
Y esa era la verdad que más dolía: no tenían un plan.
Solo hipótesis, miedo y un cadáver enfriándose a pocos metros de distancia.

En contraposición, un futuro cadáver - pues el final es para todos igual - a miles de kilómetros de allí, en un apartamento impecable de Zúrich, la doctora Lena Baumgartner cerraba una cremallera con un gesto seco. El sonido fue limpio, definitivo, como si al menos una cosa en el mundo obedeciera a una lógica simple. La maleta estaba abierta sobre la cama, perfectamente organizada. Dos trajes oscuros, camisas planchadas con precisión casi quirúrgica, ropa interior doblada en ángulos exactos. En un compartimento rígido, su portátil, un disco duro cifrado y una carpeta con documentación que no figuraba en ningún programa oficial del congreso al que, en teoría, asistía.

Se preparaba para un viaje de negocios, sí. Por decirlo de algún modo.

Se detuvo un instante frente al escritorio y repasó por última vez la lista en su tablet. Confirmación de vuelo. Hotel. Contacto local. Material que le proporcionarían allí. Todo en orden. Siempre en orden. Pero aquella noche había algo distinto. Apoyó las manos en el borde del escritorio y respiró hondo. No era miedo; la doctora Baumgartner no funcionaba desde el miedo. Era anticipación. La sensación eléctrica de estar a punto de enfrentarse a algo que no encajaba en los manuales.

Se acercó a la ventana. La ciudad dormía bajo una capa de lluvia y luces blancas. Suiza seguía siendo predecible, estable, aburridamente segura. Le gustaba eso. Le gustaba la estabilidad térmica de los laboratorios bien financiados, los protocolos estrictos, los experimentos repetibles.

Lo que la esperaba al sur no prometía nada de eso.

Volvió a la cama, cerró la maleta y la dejó junto a la puerta. Preparó la chaqueta sobre la silla, el pasaporte encima, el billete descargado en el móvil. El despertador sonaría a las cuatro y media. Vuelo a primera hora. Llegada a media mañana. Se permitió una última revisión mental de los correos intercambiados con Nico. Entusiasmo brillante. Datos incompletos. Demasiada pasión en cada línea. Eso le preocupaba más que cualquier anomalía biológica.

Apagó la luz.

En la oscuridad, antes de acostarse, esbozó una sonrisa apenas perceptible, una curva leve que apenas rompía la serenidad de su rostro. Si la mitad de lo que le habían insinuado era cierto, aquel no sería un simple viaje académico. Sería el comienzo de algo capaz de cambiarlo todo.
Aunque, de algún modo, y aunque aún no lo supiera, todo ya había cambiado por completo. La calma suiza, la rutina meticulosa, incluso la seguridad de sus propios protocolos: nada de eso existía ya.

El mundo que conocía había comenzado a inclinarse, y ella…
Estaba en el epicentro del giro.

Como el Vanadio, siendo el rastro de color en las minas de hierro y el secreto de la elasticidad en las espadas de los reyes, un metal brillante esperando que alguien crea que es un error para, en su redescubrimiento, revelar el arcoíris oculto de la verdad. Esta historia continuará…
 
Esto se va a complicar muchísimo, porque esto es como un virus, y dado la torpeza de los señores, han contagiado a más gente seguro y se va a liar muy muy gorda.
 
Capitulo 24. Cromo - El (Cr)áneo de la discordia

El cromo (Cr) ocupa el vigésimo cuarto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del cromo con el concepto de la discordia, obtenemos el retrato de una belleza que fractura. El cromo es el metal del espectáculo y el conflicto; es la superficie que brilla con una perfección técnica tal que obliga a los demás a compararse, generando envidia, división y esa tensión cortante que solo un espejo impecable puede provocar en un mundo lleno de grietas.

La Discordia según el Cromo: El Brillo que Divide

1. El Espejo de la Vanidad (Cromatismo)

El cromo debe su nombre a la palabra griega para "color" debido a los intensos y variados matices de sus compuestos. Es el responsable del rojo de los rubíes y el verde de las esmeraldas. La discordia no suele nacer de lo feo, sino de la belleza extrema. El "cromo" en una relación es ese brillo de éxito o carisma que actúa como un prisma: descompone la luz en envidias de mil colores. Es el elemento que, por su propia naturaleza vibrante, hace que los que están a su alrededor se sientan opacos, sembrando la semilla de la discordia por el simple pecado de destacar demasiado.

2. La Coraza Incorruptible (Acero Inoxidable)
Cuando el cromo se mezcla con el hierro, crea una capa pasiva que lo hace inmune al óxido. El cromo se protege a sí mismo, pero al hacerlo, a menudo se vuelve un elemento extraño y frío dentro de la estructura. La discordia-cromo es la del individuo que se vuelve "inoxidable". Es esa persona que, para no sufrir, levanta una barrera de perfección tan dura que nadie puede tocarla. Esta autosuficiencia extrema genera fricción en el grupo; la discordia surge porque el cromo se niega a "corroerse" con los demás, prefiriendo su brillo solitario antes que la mezcla humana y vulnerable.

3. El Filo del Cromo (Dureza y Fragilidad)
El cromo es uno de los metales más duros de la tabla periódica, capaz de rayar el cuarzo, pero también es extremadamente frágil. Si intentas doblar el cromo puro, se quiebra en astillas afiladas. La discordia es una estructura de cromo: rígida y cortante. No hay flexibilidad en el conflicto cromado; no hay compromiso. Es el tipo de disputa que no se dobla, solo se rompe, dejando tras de sí fragmentos que hieren a quien intenta recoger los pedazos. Es la victoria del orgullo sobre la ductilidad.

4. El Veneno Oculto (Cromo Hexavalente)
El cromo tiene una doble cara: mientras que una forma es un nutriente esencial, otra (el cromo VI) es altamente tóxica y cancerígena. La discordia-cromo tiene una toxicidad invisible. Puede parecer un proceso industrial de "mejora" o una crítica "constructiva", pero por dentro está envenenando el entorno. Es la discordia que no hace ruido, que se filtra en el agua de las relaciones y las destruye desde el ADN, ocultando su letalidad tras un acabado metálico y elegante.

5. El Brillo del Poder (El "Chrome" de los Clásicos)
Durante décadas, el cromo fue el símbolo del estatus en los coches y rascacielos. Representa la aspiración de ser el centro de todas las miradas. La discordia surge cuando todos quieren el cromo pero solo hay espacio para un reflejo. Es la lucha por la superficie, por el reconocimiento visual. El cromo nos enseña que el deseo de ser el espejo del mundo inevitablemente termina por estrellar a los participantes entre sí, buscando un brillo que el otro ya posee.

Conclusión: La discordia, vista a través del cromo, es la geometría del reflejo cortante. Es una fuerza que embellece la superficie mientras endurece el núcleo hasta el punto de la ruptura. Ser cromo significa entender que tu brillo puede ser el origen de la división y que, a veces, la única forma de evitar la discordia es renunciar a la coraza de perfección para permitir que un poco de hierro común suavice nuestra naturaleza.

- Nicolás Quintana Villar Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Eran las 10:30 de la mañana. Gabi estaba aparcado en doble fila frente a la T2 de Barajas, encaramado sobre el capó del coche como si fuera un improvisado trono urbano. Las gafas de sol ocultaban unas ojeras que delataban noches sin dormir, y el cigarro colgando en su boca humeante, dejaba escapar el aroma de una paciencia resignada.

Esperaba a Laia, que había desaparecido entre la multitud de viajeros para recibir a la doctora suiza. Gabi observaba a los turistas. Viajando entre el desdén y la envidia. Sus caras llenas de emoción y despreocupación, cargadas de mapas, maletas y selfies interminables. Algunos reían con los ojos brillantes, otros corrían detrás de sus hijos, otros simplemente flotaban entre tiendas y cafeterías como si el mundo fuese un parque de diversiones.

Algunos llegaban, llenos de ilusión por descubrir algo nuevo. Otros partían, aprovechando los últimos minutos con multitud de recuerdos por compartir. Y él allí, en medio de todo, se sentía un intruso sarcástico en aquel cuadro coloreado: observando la alegría de otros como si fuera un noticiario absurdo sobre la vida de quienes no tenían un cadáver en el congelador, hongos imposibles corriendo por sus cerebros o una existencia caótica que lo perseguía hasta la médula.

La envidia y el desdén, como dijimos, se mezclaban en su pecho, y Gabi, con el cigarro entre los labios, pensó que aquel mundo feliz era otra burla del destino, un decorado irónico para recordarle - constantemente -, su propia tragedia.

El teléfono vibró dentro de su bolsillo. «Aún no», contestó al mensaje. «¿Cómo van los ánimos por ahí?». Esperó la respuesta de Sofi con el móvil en la mano. Pero mientras empezaba a leer las primeras palabras en la pantalla, un silbido breve y afilado lo obligó a alzar la vista.

Laia avanzaba hacia él arrastrando una maleta de ruedas con paso firme, casi marcial. A su lado caminaba la doctora. Lo primero que le sorprendió fue que no era tan mayor como Nico la había pintado. Esperaba encontrarse a una científica gris, severa, quizá con gafas colgando de una cadena. En su lugar vio a una mujer joven, alta, esbelta, y sí: rotundamente femenina. Rubia de un rubio casi blanco, limpio, nórdico. La luz de la media mañana se enredaba en su cabello como si el aeropuerto le hubiera puesto un foco propio.

Tenía la misma mirada analítica de Nico, esa forma de observar que parecía atravesar la piel y medir lo que había debajo. Pero en ella habitaba dentro de unos ojos azules tan claros que casi resultaban violentos, como hielo pulido. No eran fríos: eran precisos. Era hermosa. Muy rubia y muy hermosa. Y Gabi, no pudo evitar recordar aquel pseudoestudio absurdo que había leído una vez, que aseguraba con vehemencia: “Las rubias no son tontas; simplemente vuelven más tontos a quienes las miran”. Abrió tanto la boca al verla llegar, que se le calló el cigarro de la boca sin darse cuenta. Y, durante un segundo ridículo, confirmó la teoría.
  • Lena, he is Gabi - intervino Laia como mediadora -. She works with us at Müller & Suter Biotech.
  • ¡Oh!, nice to meet you, Gabi. My name is Lena - se presentó la doctora, tendiéndole la mano con una sonrisa luminosa -. I'm a colleague from Switzerland. Nicolas told me about you. Are you also working on the experiment with him?
  • Eeehh… nais tu mit iu… - balbuceó él, rígido como un poste telefónico.
Laia cerró el maletero con la maleta dentro y se quedó un segundo observando la escena, con una sonrisa ladeada. La postura marcial de Gabi, la voz ligeramente temblorosa, el inglés mutilado a machetazos. Sabía perfectamente que él hablaba English. No era Shakespeare, pero se defendía. Y sabía también - porque eso era ciencia empírica - lo extraordinariamente idiotas que podían volverse algunos hombres frente a una mujer hermosa.
  • Gabi works in maintenance - dijo Laia saliendo al rescate con inocencia fingida, abriéndole la puerta trasera -. We met the first day she started working, and we've been inseparable ever since.
  • Okay, I understand. He doesn't speak English, right? - preguntó Lena mientras se acomodaba en el asiento.
  • He speaks the same way I do, it's just that… well… - Laia soltó una carcajada en el asiento del copiloto - he’s a bit slow.
Las dos compartieron una risa ligera, limpia. Gabi cerró la puerta del conductor con algo más de fuerza de la necesaria y se abrochó el cinturón.
  • Vete a la mierda, Laia - rió, arrancando el motor -. Que te he entendido…
Lena apoyó los codos entre los asientos delanteros y se inclinó hacia ellos, curiosa.
  • Yo hablo poquito de español…
  • ¿Lo entiendes? - preguntó Gabi, poniendo el intermitente para salir del aparcamiento en doble fila -. ¿Y eso?
  • Entiendo mucho, pero hablar no muy bueno. Abuelo de mi padre ser de Málaga.
  • ¡Anda! Entonces tienes sangre andaluza - respondió él, ya algo más suelto.
  • Sí… pero disciplina suiza - contestó ella con una media sonrisa afilada.
  • Mala combinación - murmuró Laia divertida -. Nico va a estar encantado.
  • ¿Nicolás siempre tan serio? - preguntó Lena.
  • Siempre - respondieron los dos al unísono.
  • Eso ser bueno - rió ella -. Me gustan los retos.
Mientras el coche se incorporaba al tráfico de la M-14, la conversación empezó a fluir con una naturalidad inesperada. Lena preguntaba mucho - cómo era el laboratorio, cuánto tiempo llevaban trabajando juntos, cómo había empezado todo - pero lo hacía sin la intensidad casi obsesiva de Nico. Sus preguntas no pinchaban; abrían puertas.

Laia tuvo que reconocerlo: Lena parecía legal. De buen humor, carácter abierto, rápida con la ironía. Tenía ese tipo de inteligencia que no necesitaba imponerse porque ya llenaba el espacio. Y sí, quizá había heredado algo de España además del ADN remoto: cierta calidez en la risa, un brillo pícaro que suavizaba la precisión quirúrgica de su mirada azul. Gabi la observaba de vez en cuando por el retrovisor. Seguía siendo impresionante - alta, rubia, esa belleza nórdica que parecía tallada en hielo limpio - pero ahora, además, resultaba cercana. Peligrosamente cercana. Durante unos minutos, el trayecto fue casi normal. Tres compañeros de trabajo llevando a una colega brillante al laboratorio. Eso fue exactamente, un casi instante de normalidad.

Lena, por su parte, tuvo una mínima intuición al conocer a Laia y Gabi y lo supo a ciencia cierta en cuanto cruzó la puerta del laboratorio: aquel no era un equipo convencional. No había una estructura jerárquica, ni un grupo de investigación con protocolos claros y financiación estable. Era otra cosa. Más frágil. Más peligroso. Más humano.

Laia le resultó inesperadamente sólida. Había en ella una inteligencia práctica que no necesitaba exhibirse. Traducía tensiones antes de que estallaran, mediaba sin imponer y observaba con una ironía sutil que revelaba rapidez mental. No era científica en el sentido académico, pero comprendía los procesos, las dinámicas humanas y los silencios con una lucidez que Lena respetó al instante. Era el tipo de persona que mantiene cohesionado un grupo sin que nadie se dé cuenta de que lo está haciendo.

Gabi era otra cosa. Caótico en apariencia, impulsivo, emocional hasta la médula. Pero bajo esa torpeza casi entrañable - que Lena había notado desde el aeropuerto - había una mente que trabajaba en paralelo, en otro eje. Mientras Nico diseccionaba el mundo desde la ciencia, Gabi pensaba en emociones, en tiempos, en consecuencias, en lo que quedaría cuando todo terminara. No miraba la vida como un objeto de estudio, sino como una experiencia cruel a la que plantar cara. Lena lo observó un par de veces sin que él lo notara. Su forma de callar no era ignorancia; era cálculo. Y aunque su inglés se hubiera desmoronado ante su presencia, intuía que no era ningún idiota. Solo alguien descolocado en un escenario que no sabía cómo gestionar.

En conjunto, no formaban un equipo perfecto. Eran dos jóvenes al borde del abismo. Y quizá, precisamente por eso, encajaban con una precisión inquietante. Lena, sentada en el asiento trasero del coche, mientras conversaba y reía con sinceridad, sintió esa mezcla incómoda de vértigo y euforia que solo aparece cuando una línea ética empieza a difuminarse.

Se estaba adentrando en algo oscuro. En algo ilegal. En algo imprudente hasta lo temerario. Aquello podía dinamitar su carrera, borrar años de prestigio, convertir su nombre en una advertencia en lugar de una referencia académica. Y, sin embargo, había algo más fuerte que el miedo. La idea de una posible cura total, de un mecanismo biológico capaz de reescribir la enfermedad desde su raíz, la atraía con una intensidad casi religiosa. No era la fama. No era el reconocimiento de sus colegas. Tampoco la tentación infantil de ver su apellido en los libros de historia. Era otra cosa. Más profunda. Más peligrosa. Era la sensación de estar rozando algo que parecía milagro. Algo que desafiaba los límites racionales, fisiológicos y evolutivos que ella misma había defendido en congresos y publicaciones, tantas veces. Algo que estaba más cerca de la ciencia ficción que de la biología clásica. Y esa posibilidad - por remota que fuera - comenzaba a parecerle menos un proyecto y más una fe.

Una fe incómoda para alguien que había jurado defender el método, la prudencia, la evidencia. Pero allí estaba - era innegable -, latiendo bajo su racionalidad como un credo clandestino: si aquello funcionaba, si lograban entenderlo, no cambiarían solo un tratamiento. Cambiarían el paradigma. La medicina. La forma misma en que la humanidad entiende la enfermedad y la vida.

Y hacía demasiado tiempo que no sentía esa chispa.
Demasiado tiempo que no se sentía así de despierta.
Tan viva, tan emocionada… tan enamorada de la ciencia.

Al llegar al laboratorio, conoció al resto del equipo. Después de presentarse, los analizó rápidamente uno a uno y Raquel fue la primera que le llamó la atención. Silenciosa, metódica, con una tensión contenida bajo la piel. Sus movimientos eran limpios, eficaces, casi terapéuticos. Había algo en su manera de observar que delataba un espeso conflicto interno. No discutía, pero lo evaluaba todo. Lena identificó en ella el perfil de quien sostiene el mundo mientras los demás lo incendian.

Gustavo, en cambio, parecía el ancla terrenal. Directo, práctico, con ese humor seco que suele esconder una mente más estratégica de lo que aparenta. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía no medía el impacto. Lena lo clasificó mentalmente como el tipo de hombre que entiende las consecuencias antes que las teorías.

Sofi era diferente. Transparente. Demasiado, quizás. El miedo se le leía en la postura, en las manos inquietas, en la mirada que buscaba constantemente validación. No era débil, pensó Lena; era consciente. Y la consciencia, en situaciones límite, pesa más que la ignorancia.

Y luego estaba Nico. Con él la sensación fue inmediata y desconcertante. No era atracción en un sentido simple. Fue un reconocimiento instantáneo. Como si sus estructuras mentales compartieran el mismo esquema lógico. Cuando hablaban, no había que explicar el contexto; ambos completaban las frases del otro con una naturalidad casi matemática. Encajaban. No desde lo emocional, sino desde lo sistemático. Dos engranajes diseñados para girar juntos. En otra vida - pensó fugazmente - aquello habría sido una cena larga, una botella de vino abierta, servilletas llenas de fórmulas improvisadas y debates sobre micología hasta la madrugada.

Pero no. En lugar de una copa de Rioja había un congelador industrial. En vez de luz cálida, fluorescentes fríos. Y en el centro de la mesa, no un mantel blanco sino un cráneo abierto esperando respuestas.

Cuando sacaron el cadáver del congelador y lo colocaron bajo la luz directa, el mundo se estrechó. Las conversaciones casuales murieron ahí mismo. Lena se ajustó los guantes; Nico ya estaba concentrado. Cruzaron una mirada breve - una confirmación silenciosa - y desaparecieron. Lo que siguió no fue morbo ni temeridad. Fue método. Hipótesis en voz baja. Terminología precisa. Observaciones compartidas sin necesidad de traducción. Ella señalaba una zona invadida por la “Azulita"; él asentía y ampliaba la teoría. Él proponía una posible vía de entrada; ella contradecía con datos fisiológicos. No discutían: afinaban.

El resto del equipo quedó alrededor, como si observaran a dos dementes sumergirse en una profundidad donde nadie más podía respirar. Eran, en el fondo, como dos compositores encerrados en una sala insonorizada, escribiendo una sinfonía que nadie más podía oír.

Nico tenía algo de Robert Schumann: el ejemplo definitivo del genio atormentado. No solo por la intensidad, sino por esa grieta interior que parecía atravesarlo incluso cuando permanecía en silencio. Schumann sufría melancolía psicótica, alucinaciones auditivas; decía escuchar voces, notas que no existían, melodías que lo perseguían como espectros. Intentó arrojarse al Rin, incapaz de soportar el ruido constante de su propia mente, y acabó sus días en el manicomio de Endenich. Su música - llena de contrastes violentos, de pasajes delicados que estallan sin previo aviso en tormentas - era el mapa sonoro de una mente fragmentada.

Así trabajaba Nico. Cada hipótesis era un acorde tenso; cada disección, un movimiento dramático. Podía pasar del silencio absoluto a la obsesión frenética en cuestión de segundos. Se sumergía en el cadáver como si descendiera a un pentagrama invisible, buscando la nota equivocada que lo había cambiado todo. Había en él algo peligrosamente brillante, una mente que no sabía detenerse aunque el precio fuera su propia estabilidad. Si escuchaba voces, no eran delirios: eran teorías, conexiones, patrones que nadie más alcanzaba a oír.

Lena, en cambio, recordaba más a Erik Satie. No una locura clínica, sino una excentricidad obsesiva de otro nivel. Satie solo comía alimentos blancos - huevos, arroz, leche - como si el color pudiera contaminarlo. Poseía siete trajes idénticos de terciopelo gris y fundó su propia religión con él como único fiel. Cuando murió, encontraron en su apartamento dos pianos apilados uno sobre otro y docenas de paraguas sin estrenar. Era absurdo, meticuloso y radicalmente coherente dentro de su propia lógica.

Lena tenía esa misma coherencia interna, casi matemática. Su humor seco, su manera de formular preguntas como si cada palabra estuviera medida al milímetro, su obsesión por el orden incluso en medio del caos. Mientras Nico era tempestad y ruptura, ella era repetición minimalista, motivo insistente, estructura invisible. Donde él se dejaba arrastrar por la emoción, ella trazaba líneas rectas.

Juntos no parecían científicos analizando un fenómeno biológico. Parecían dos locos genios componiendo una obra imposible: él, desde el abismo; ella, desde una geometría excéntrica pero impecable. Y el cadáver abierto sobre la mesa no era más que el instrumento desafinado que intentaban afinar antes de que la partitura - su partitura - se les fuera definitivamente de las manos.

Que sus mentes eran brillantes no admitía discusión. Lo que sí la admitía - y con crudeza - era el tiempo. Ninguna inteligencia, por afilada que fuese, podía domar en un solo día algo que había empezado a mutar mucho antes de que ellos entendieran siquiera su naturaleza.

Las horas pasaron sin que nadie mirara el reloj. Placas, muestras, notas cruzadas, discusiones técnicas que empezaban en voz baja y terminaban en fórmulas garabateadas con rabia sobre papel manchado. Nico proponía un mecanismo de invasión neural directa; Lena lo desmontaba con precisión quirúrgica y sugería una interacción neuroquímica más lenta pero más estable. Luego intercambiaban los papeles. Avanzaban. Retrocedían. Volvían a empezar.

Era tarde cuando Lena - probablemente más consciente del desgaste físico que del intelectual - dijo basta. No como quien cierra un capítulo, sino como quien pausa una partida que sabe que continuará al día siguiente. No habían llegado a un resultado. Ni a una conclusión sólida. Solo a una constelación de hipótesis suspendidas en el aire: algunas incompatibles entre sí, otras apenas esbozadas, ninguna completamente descartada, ninguna plenamente aceptada. Posibles mecanismos de transmisión. Posibles rangos de temperatura. Posibles umbrales de toxicidad. Todo era posible. Nada era seguro. Excepto el cansancio, que empezó a pesar más que la curiosidad.

Cerraron las carpetas sin cerrarlas del todo. Limpiaron el instrumental. Ajustaron la refrigeración una vez más, casi con superstición. Y, sin necesidad de votarlo, hubo una certeza que se impuso sobre todas las demás. Podían debatir si era un cordyceps atípico o una mutación oportunista. Podían discutir si la invasión era química, térmica o estructural. Pero había algo que no admitía matices, debían dejar de usar la “Azulita” de forma recreativa.

Eso no era una hipótesis. Era una conclusión.
Silenciosa, incómoda y absolutamente firme.

Y, por supuesto, uno de ellos se negó al instante. No hizo falta que lo dijera en voz alta. Bastó con la forma en que Gustavo sostuvo la mirada de Nico cuando pronunció la palabra “prohibido”. Bastó con esa media sonrisa torcida, casi insolente, que no tenía nada de humor y mucho de desafío. No es que no estuviera de acuerdo. Es que le daba igual.

La lógica estaba ahí, desplegada sobre la mesa metálica como el propio cadáver de Javi minutos antes de ser devuelto al refrigerador: pruebas, riesgos, patrones, posibles consecuencias. Lo entendía todo. Quizás mejor que muchos. No era un ignorante ni un inconsciente. Simplemente había decidido que el precio le resultaba asumible. Aunque pareciera una decisión suicida, idiota y sin sentido. Prefería acabar como Javi - frío, muerto, abierto en canal sobre una mesa metálica bajo una luz blanca y despiadada - antes que renunciar a aquel azul neón que le abría puertas que el mundo llevaba años cerrándole en la cara.

Porque para Gustavo la “Azulita” no era solo un hongo o una droga. Era volumen en un mundo que siempre había sonado bajo. Era color en una vida que se le antojaba gris desde hacía demasiado tiempo. Era una expansión brutal de los sentidos: la piel convertida en superficie eléctrica, la sexualidad atravesándolo como si le reescribiera los huesos, el deseo amplificado hasta volverse casi místico. Cada inhalación era una ruptura de límites. Cada contacto, una revelación física. Por unas horas dejaba de ser un tipo más arrastrando errores y rutinas; se convertía en algo más grande, más intenso, más vivo.

Renunciar a eso no era, para él, una medida preventiva. Era volver a una existencia estrecha.

Y Gustavo llevaba demasiado tiempo sintiendo que el mundo le debía algo como para aceptar, sin más, que también aquello se lo arrebataran. Así que no discutió. No alzó la voz. No necesitó hacerlo. Se limitó a encogerse de hombros, abrir otra cerveza y pensar - con una calma que rozaba lo perturbador - que, si el precio de tocar el infinito era terminar convertido en sustrato azul bajo una lámpara de laboratorio, quizá tampoco era tan mal trato.
  • Bastante guapa la doctora suiza, ¿no crees? - preguntó Laia con una sonrisa traviesa, apoyada en la puerta del coche.
Nico se ruborizó al instante.
  • No… no me he fijado, la verdad.
Ella soltó una carcajada limpia y le plantó dos besos húmedos en las mejillas.
  • Ya, ya… - rió cariñosamente - Bueno, friki. Nos vemos mañana en el curro, ¿sí?
Nico asintió despacio. Se quedó mirándola mientras se subía al coche de Raquel y desaparecía entre el tráfico de la ciudad, las luces reflejándose en el parabrisas como estrellas artificiales. Y entonces, por primera vez en todo el día, el laboratorio dejó de ocuparle la cabeza.

Seguía enamorado de Laia, eso no admitía discusión. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el cristal de Bohemia no aguanta el choque térmico de un mechero Bunsen. Pero Raquel tenía algo distinto, una serenidad que le atravesaba como una corriente eléctrica silenciosa. Lena, con apenas unas horas en su vida, le despertaba una curiosidad que no era solo intelectual. Incluso Sofi, con su mezcla de dulzura y caos, le parecía peligrosamente atractiva.

Se pasó la mano por la cara, agotado. ¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Era simplemente un enamoradizo crónico? ¿Estaba buscando refugio emocional en cualquier lugar que ofreciera calor? ¿Era la “Azulita” alterando algo más que sus neurotransmisores? ¿O iba más salido que el tampón de una coja?

La última idea le arrancó una media sonrisa amarga. Quizá no era nada místico. Quizá solo era un chico de veintipocos años al que el mundo acababa de golpear con la muerte, el miedo y la culpa… y que ahora, como reacción instintiva, se aferraba a cualquier latido que le recordara que seguía vivo. El coche de Raquel ya no se veía. Y por primera vez en horas, el silencio no hablaba de cadáveres, ni de hongos, ni de fuego. Hablaba de algo mucho más confuso: el corazón.

Habían dejado a Lena en el hotel con una despedida extrañamente sobria. Nada de discursos solemnes ni advertencias innecesarias. Solo una pausa breve frente a la puerta automática, el murmullo del tráfico de fondo y, en la palma de Nico, la pequeña llave metálica del Búnker.
Se la entregó sin teatralidad, pero tampoco sin peso.
  • Por si quieres ir avanzando mañana - dijo, intentando que sonara práctico.
Pero cuando ella cerró los dedos alrededor del metal frío, ambos supieron que aquello no era solo logística. No era “por si acaso”. No era una simple cortesía académica. Era confianza. Una confianza absoluta. No le estaban dando acceso a un laboratorio; le estaban entregando el centro de su secreto, el corazón de su error, la prueba física de todo lo que podía destruirlos. Un gesto silencioso que gritaba a los cuatro vientos: eres una de los nuestros. Si caemos, caemos contigo. Lena lo entendió. Y asintió con esa media sonrisa contenida que no prometía nada, pero aceptaba todo. Después cada uno tomó su rumbo. Nico volvió al silencio cómodo y aséptico de su chalet en La Moraleja, donde la piscina iluminada parecía burlarse de la suciedad moral que llevaba encima. Laia y Raquel se dirigieron a su bloque de pisos, comentando en voz baja mientras subían en el ascensor con ese zumbido metálico que parecía más honesto que cualquier conversación de aquel caótico domingo.

Gabi, tras dejar a Sofi en casa - un beso sincero en los labios y un “no tardo nada” cargado de promesas -, condujo hasta el piso de Gustavo. El coche olía a tabaco y cansancio acumulado. El coche avanzaba a trompicones por la M-30, atrapado en ese tráfico denso de última hora que parecía no terminar nunca. Las luces rojas de los frenos dibujaban una serpiente interminable delante de ellos. Gabi llevaba una mano suelta sobre el volante y la otra apoyada en la ventanilla abierta, dejando que el humo del cigarro se escapara hacia la noche templada.
  • A ver… ¿Qué te pasa? - preguntó sin apartar la mirada de la carretera.
Gustavo miraba fijo por la ventanilla, la ciudad deslizándose como un decorado que no le interesaba.
  • Nada… - respondió secamente.
Gabi torció una media sonrisa.
  • Estás demasiado callado. Y ya he aprendido que eso… nunca es buena señal.
Hubo un silencio espeso. Un intermitente parpadeando. El sonido lejano de una sirena. De pronto, Gustavo se giró hacia él. No fue un movimiento violento, sino decidido, como alguien que ya ha tomado una postura y no piensa ceder.
  • Me jode mucho que no te importe.
  • ¿A qué te refieres?
  • A que nos prohíban el uso de la “Azulita”.
Gabi soltó el embrague con cuidado y avanzaron unos metros.
  • Es por nuestra seguridad, Gustavo…
  • Ni seguridad ni mierdas, chaval - lo cortó, clavándole la mirada -. Llega la doctora esta de los cojones y se pone a dar instrucciones como si el descubrimiento fuera suyo…
  • Bueno… nuestro tampoco lo es. En todo caso es de Nico.
Gustavo bufó, cruzándose de brazos, el gesto agrio.
  • Le ha comido la cabeza. Ese chaval no gestiona bien la emociones; ve una cara bonita y se pierde.
  • No seas crío… - negó Gabi con la cabeza - Desde el principio Nico ha intentando alejarnos de la “Azulita”, fuimos nosotros dos quienes le comimos la cabeza. ¡Joder Gustavo! ¿No te sientes culpable? Aunque solo sea mínimamente…
  • ¡Pues claro que me siento culpable, joder! No por Javi, pues apenas lo conocía. Me jode por Nico, es buen chaval y lo que ha pasado sé que le pasará factura… Pero una cosa no quita la otra. Me opongo totalmente a dejar de usarla - sentenció, mirando por la ventanilla otra vez.
Gabi sostuvo el volante unos segundos en silencio. Lo conocía. Ese tono no era rabieta. Era algo más profundo. Determinación.
  • Deberías olvidarlo. Es demasiado peligroso - dijo al fin -. Por nuestra culpa ya ha muerto una persona, hostias. ¿Es que acaso quieres terminar como Javi?
El nombre flotó dentro del coche como una mancha que nadie podía limpiar. Gustavo apretó la mandíbula.
  • Javi cometió un error, chaval. Y yo no pienso repetirlo. Dan por hecho que todos terminaremos igual, pero no es así. Muchos más esnifaron la “Azulita” el día de la fiesta… y ya me he asegurado: siguen vivos. Solo hay que tener cabeza y utilizarla bien.
El semáforo cambió a verde. Gabi arrancó.
  • Haz lo que quieras Gustavo… Pero no cuentes conmigo esta vez.
Gustavo lo miró, incrédulo.
  • ¿Te rajas? ¿En serio?
  • No es cuestión de rajarse o no… - Gabi dudó un segundo, buscando las palabras -. La vida a veces te da señales y otras veces, como ahora, te da un puñetazo en todos los dientes. Después de lo que le ha pasado a Javi, a Nico, al grupo… Sería un idiota si siguiera con esto.
  • Para ti es sencillo decir eso…
  • ¡Sencillo mis cojones! - exclamó Gabi empezando a alterarse - Puede que Nico es el que se haya manchado las manos, pero esa muerte es más culpa mía que de nadie. ¿Por qué coño dices eso?
  • Pues porqué tu lo tienes todo, chaval. Eres joven, tienes una novia que te quiere, que te desea, un futuro por delante. ¡Yo no tengo una puta mierda! - Gustavo se dio un puñetazo nervioso sobre el muslo - Antes de que la “Azulita” entrara en mi vida, me tenía que conformar con hacerme pajas con otros tipos solitarios… ¡y estoy hasta la polla!. Ahora que tengo la oportunidad de poder tener una vida sexual plena, llena de experiencias flipantes, incluso llegar a encontrar el amor…
  • ¡¿Amor?! - le cortó Gabi - ¿Crees que eso es amor de verdad? Mira… he estado dándole vueltas a todo lo que ha pasado. Y sí, lo reconozco: ha sido alucinante. En menos de un mes he probado cosas que durante años solo podía conformarme en fantasear…
Gustavo no dijo nada, pero lo conocía demasiado bien. Sabía que venía un “pero”.
  • ¿Pero…?
Gabi tragó saliva.
  • ¿Hasta qué punto era real? ¡Piénsalo un momento! ¿Era yo quien estaba viviendo eso? ¿Era yo quien lo provocaba? ¿O era la “Azulita” jugando con mi cabeza y la de los demás?
El coche se sumergió en un túnel. Durante unos segundos, solo se escuchó el rugido del motor y el eco del tráfico.
  • Porque si no era yo… - continuó Gabi, más bajo -, entonces no eran experiencias. Eran simulaciones químicas. Y no quiero eso.
Gustavo soltó una risa seca.
  • ¿Desde cuándo es importante la pureza de la experiencia? Lo que sentías era real. Tu cerebro no distingue entre “natural” y “provocado”. Si lo viviste, si lo sentiste, fue verdad.
  • ¿Como estás tan seguro de eso?
  • ¡Simplemente lo sé! - Se inclinó ligeramente hacia él -. ¿Que pasa realmente? ¿Es que ahora te da miedo descubrir hasta dónde puedes llegar?
Gabi no respondió. Al salir del túnel, la ciudad volvió a abrirse ante ellos, brillante e indiferente.
Y en el reflejo del parabrisas, durante un segundo, los dos parecían hombres distintos: uno intentando frenar antes del precipicio; el otro convencido de que lo único interesante estaba al fondo. El tráfico se había vuelto más fluido, pero dentro del coche el aire pesaba como si aún estuvieran atrapados en el túnel.
  • No es miedo… - dijo al fin, con una calma profunda -. Es que, sencillamente, no quiero llegar así.
Gustavo arqueó una ceja.
  • ¿Así cómo?
  • Aprovechándome de los demás.
  • Te has vuelto un moralista de mierda…
  • Aquí no pinta nada la moralidad… - apretó el volante con ambas manos - No quiero una vida dopada, Gustavo. No quiero experiencias que dependan de un polvo azul para existir. Si voy a sentir algo… quiero que sea mío. Que cueste si tiene que costar, que no suceda si no debe suceder, que duela si tiene que doler. Pero que sea real.
La palabra quedó suspendida entre ellos: Real.
  • No te mientas, chaval. Lo que te pasa es que estás acojonado y ya está.
Gabi negó con la cabeza. No era solo Javi. No era solo la imagen del cuerpo abierto en canal sobre el acero frío. Era todo lo demás. El efecto dominó que ya había empezado a caer y que podía arrasar con todo.
  • ¿Y si es eso que pasa?, ¡Vale! Tengo miedo, pero no solo por mí - añadió, más bajo -. También por Sofi.
Pronunciar su nombre cambió el tono de la conversación.
  • Si le pasara algo… - tragó saliva -. Si por culpa de esta mierda le ocurre algo, aunque no sea irreversible, aunque solo sea un susto… no podría soportarlo.
Gustavo lo observó en silencio. Por primera vez no había burla ni enfado en su mirada.
  • Aún no he hablado con ella - continuó Gabi -. Pero lo tengo claro. Yo me bajo aquí.
El coche giró la última esquina antes del edificio de Gustavo. Frenó despacio.
  • Lo siento… - dijo Gabi -. Entiendo tu punto de vista, de verdad. Comprendo porqué lo haces, pues hasta hace nada yo pensaba exactamente igual que tú. Pero después de lo que ha sucedido, no puedo seguir como si no hubiera pasado nada. Así que no cuentes conmigo.
Gustavo se quedó quieto unos segundos, mirando al frente.
Luego asintió, apenas perceptible.
  • ¡Yo no pienso parar! - abrió la puerta - Y me da igual quien se interponga en mi camino.
Cerró de un portazo seco y echó a andar sin mirar atrás. Gabi lo vio alejarse por el retrovisor hasta que desapareció tras la esquina. Sabía que aquello no era una amenaza, ni un calentón dicho sin pensar. Sabía que la almohada no lo haría reflexionar, que seguiría adelante, aunque fuera solo, aunque fuera peligroso, aunque se tuviera que llevar por delante a quien fuera necesario. Y mientras arrancaba de nuevo, con la ciudad extendiéndose ante él como un tablero lleno de riesgos, comprendió que esa noche no solo se habían separado por una discusión. Se habían separado en el camino.

En el fondo, la discordia entre ellos no era solo sobre la “Azulita”.
Era una confrontación de dos almas enfrentándose al vacío.

Gabi había visto el precio a pagar. Lo había olido en la sangre seca, lo había sentido en el silencio de Nico y en el cuerpo frío de Javi. Para él, la ecuación era clara: ninguna experiencia, por intensa que sea, compensa la posibilidad de sumar otra muerte a la lista. No quería cargar con más fantasmas. La seguridad no era cobardía, era supervivencia emocional. Y había algo más profundo aún: la sospecha de que todo aquello, por deslumbrante que pareciera, no es auténtico.

La “Azulita” amplificaba sensaciones, desataba impulsos, rompía límites. Pero Gabi empezaba a preguntarse si lo que vivió era realmente suyo o una versión manipulada de sí mismo. La consideraba una droga y una droga es siempre un atajo. Como una prótesis emocional. Como una felicidad prestada. Y en esa sospecha había una herida en su orgullo: si necesitaba una sustancia para sentirse vivo, entonces quizá no lo estaba tanto. Su rechazo no era solo provocado por el miedo; era una defensa a la realidad, aunque esta fuera más gris. Prefería una vida limitada pero propia que un paraíso químico que le robara la autoría de sus emociones.

Gustavo, en cambio, no huía del abismo: lo abraza. Para él, la “Azulita” no era un riesgo, era una puerta hacía una vida mejor. Una que le había mostrado un mundo que, sin ella, nunca habría tocado. Sensaciones físicas que lo hacían sentirse poderoso, deseado, expansivo. Estados mentales que lo arrancaban de una existencia que percibía como mediocre, pequeña, asfixiante. Si la alternativa era volver a esa vida apagada, ¿qué importaba el peligro? Su postura no nacía de la ignorancia del riesgo, sino de la indiferencia hacia él. La muerte no le asustaba tanto como la insignificancia. Y ahí radicaba la diferencia esencial: Gabi quería conservar lo que amaba; Gustavo quería escapar de lo que odiaba.

Uno se movía por responsabilidad y miedo a destruir lo que aún puede salvarse.
El otro por deseo y por la necesidad casi desesperada de sentirse más que lo que había sido jamás.

Seguridad frente a intensidad. Realidad frente a euforia. Culpa frente a hambre.
Ambos tenían razón desde su propio dolor. Y ambos estaban, en el fondo, intentando sobrevivir.

Cuando Gabi llegó a casa, Sofi había preparado la cena. Había velas encendidas sobre la mesa y algo humeaba todavía en los platos, pero él apenas lo miró. No tenía hambre, el estomago completamente cerrado, la cabeza convertida en un cruce de autopistas sin señalizar: culpa, decisiones a medias, renuncias que dolían más de lo que esperaba, lealtades en tensión. Todo abierto. Todo sangrando al mismo tiempo. Se desnudó sin decir absolutamente nada y se metió en la ducha. El agua cayó sobre sus hombros como una absolución que no terminaba de llegar. Apoyó la frente contra los azulejos fríos, cerró los ojos e intentó ordenar el caos, pero no lo consiguió. Sofi apareció en el baño en silencio y se sentó en el retrete, observándolo a través del cristal empañado.
  • ¿Estás bien, mi vida? - preguntó con esa mezcla de suavidad y miedo.
  • Sinceramente… - Gabi no se movió. La voz le salió amortiguada por el agua -. Estoy hecho una puta mierda. Me siento sucio. Me siento basura…
  • ¿Por qué dices eso, cariño?
  • Porque es la verdad… - Gabi empezó a llorar - Por mi culpa… Nico ha… ha matado a una persona.
La palabra “matado” quedó suspendida entre el vapor, más pesada que el agua.
  • Te perdonará, ya lo verás… Solo dale tiempo.
  • No me preocupa si algún día llega a perdonarme - respondió, apretando los dientes -. Me asusta que no pueda perdonarme a mí mismo…
Ahí estaba el núcleo del problema. No era la mirada de los demás. Era la suya propia. Sofi lo miró unos segundos más. Ya se había duchado, ya estaba limpia. Pero se levantó, se desnudó despacio y abrió la mampara. El vapor la envolvió al instante.

Entró sin dramatismo, sin buscar provocación ni consuelo físico. Se acercó por detrás y lo abrazó. Lo rodeó con los brazos y apoyó la mejilla en su espalda mojada. Sintió cómo respiraba, irregular, contenido. No dijo nada. Porque hay momentos en los que cualquier frase suena pequeña, insuficiente, casi ofensiva frente al peso de lo que se siente. Y entonces lo único que queda es el cuerpo. El calor. El contacto firme que, sin palabras, pronuncia una verdad sencilla y poderosa: “Estoy aquí. No estás solo.”

Y bajo el agua caliente, por primera vez en todo el día, Gabi dejó de sostener el mundo sobre su espalda. Al menos, no lo hizo solo. Aunque fuera durante unos segundos.
  • Todo se está yendo a la mierda… - continuó entre sollozos, con la voz rota -. Le he jodido la vida a Nico, Gustavo se ha enfadado y va por libre, existe la posibilidad de que todos acabemos como Javi… incluso, empiezo a dudar de si lo nuestro es real…
Sofi se tensó al escuchar aquello último. Fue un latigazo silencioso. Pero no lo soltó. Al contrario. Lo obligó a girarse, a enfrentarla. Le sostuvo la barbilla con los dedos mojados y lo miró fijamente, tan cerca que el vapor no podía interponerse entre ellos. Se quedaron así, desnudos, vulnerables, con el agua golpeándoles la piel y los ojos anclados el uno en el otro. Un silencio espeso, lleno de miedo e inseguridades.
  • ¿Por qué dices eso? Claro que es real…
  • ¿Cómo estás tan segura?
Sofi bajó la mirada un segundo, luego apoyó la palma sobre su propio pecho, justo donde el corazón latía acelerado, volvió a mirarlo con una certeza absoluta.
  • Lo siento aquí dentro… ¿Es que acaso tú no…?
Gabi no la dejó terminar. La besó con fuerza. No fue un beso pasional, ni urgente. Fue el beso de alguien que se ahoga y busca tierra firme. Un náufrago lanzando el ancla sin saber si habrá fondo. La abrazó como si el mundo pudiera desintegrarse en cualquier momento. Y entonces, junto a su oído, en vez de promesa, sembró una grieta.
  • ¿Y si nuestra pasión no es nuestra…? - susurró con la voz quebrada -. ¿Y si ha sido la puta “Azulita” quien la ha provocado? ¿Y si nada de esto es real?
Sofi no respondió de inmediato. Sintió cómo esa idea se deslizaba dentro de ella como agua fría. Porque no era solo una pregunta: era una amenaza a todo lo que sentía.
  • ¿Y si ahora… - continuó Gabi, llorando sin esconderse - que ya no la vamos a consumir… volvemos a ser los mismos de antes?
"Antes". La palabra cayó entre los dos como un espejo roto. Antes de la intensidad. Antes del vértigo. Antes de sentirse invencibles, brillantes, imparables. Sofi lo sostuvo con más fuerza, pero por primera vez, una mínima duda le atravesó el pecho. No sobre lo que sentía. Sino sobre cuánto de aquello era químico, cuánto era elección, cuánto era ellos. El agua siguió cayendo, constante, indiferente. Y entre el miedo a perderse y el miedo a descubrir que nunca habían sido tan extraordinarios como creían, ambos comprendieron que lo verdaderamente aterrador no era dejar la “Azulita”.

Era enfrentarse a lo que quedara cuando desapareciera.

Como el Cromo, siendo el espejo que refracta la discordia en mil colores y el filo que prefiere romperse antes que ceder. Esta historia continuará…
 
Gustavo es un tipo muy peligroso porque no está bien de la cabeza y lo va a complicar todo.
Me da la sensación de que Lana se va a sentir atraída por Nico y Laia, aunque no lo quiere reconocer, siente algo fuerte por Nico y se va a poner celosa.
 
Gabi y Sofi no deberían estar preocupados por su pasión, pues empezaron antes del desastre de la azulita. El principio fue el polvo salvaje en el coche, cuando los detuvieron. Y su amor, ese, no se pone en duda.
Gustavo es un peligro con patas, un inconsciente descerebrado, un egoísta. Si no fuera por el peligro de la propagación, le metía una sobredosis de azulita que le iban a salir setas de las orejas.
 
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Capítulo 25. Manganeso - A(Mn)esia voluntaria

El Manganeso (Mn) ocupa el vigésimo quinto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del manganeso con la amnesia - entendida como ese fenómeno donde la memoria se altera, creando falsos recuerdos o déjà vu de forma voluntaria para habitar una realidad más cómoda -, obtenemos el retrato de una mente que oxida el pasado para darle un color nuevo. El manganeso es el elemento de los mil rostros; un metal que, según cómo se combine, puede ser el pigmento más oscuro de las cuevas prehistóricas o el cristal más transparente y deslumbrante.

La Amnesia Voluntaria según el Manganeso: La Alquimia del Recuerdo

1. El Borrador del Pasado (La Decoloración del Vidrio)

Desde la antigüedad, el manganeso se conoce como "el jabón de los vidrieros". Se añade al vidrio para eliminar los tintes verdes o amarillentos causados por las impurezas, dejándolo perfectamente claro. La amnesia voluntaria actúa como el manganeso en la memoria. Es la decisión de "limpiar" el pasado de sus impurezas molestas. Usas el falso recuerdo para blanquear la historia, eliminando los tonos feos de la realidad hasta que tu biografía queda tan transparente y perfecta que parece que el dolor nunca estuvo allí.

2. El Camaleón Químico (Estados de Oxidación)
El manganeso es famoso por tener el mayor número de estados de oxidación de la tabla periódica. Puede pasar del violeta al verde, del azul al rosa, dependiendo de cómo interactúe con el entorno. Tu memoria no es un archivo estático, es una disolución de manganeso. En la amnesia voluntaria, tú eliges el estado de oxidación de tu ayer. Si un recuerdo es negro como el dióxido de manganeso, lo manipulas químicamente hasta que se vuelve rosa. Es la libertad de cambiar el color de lo que viviste para que encaje con quien quieres ser hoy.

3. El Pigmento del Origen (Pinturas Rupestres)
El manganeso fue uno de los primeros pigmentos usados por la humanidad en cuevas como Lascaux para dibujar sombras y figuras oscuras. Elegir un falso recuerdo es un acto de arte primitivo. Estás pintando en las paredes de tu cráneo una versión de la historia que es más poderosa que la real. La amnesia voluntaria no es una mentira, es una pintura rupestre: una representación simbólica de tu lucha que termina siendo más "verdadera" para ti que la fría sucesión de los hechos.

4. La Estructura que no se Dobla (Acero Hadfield)
Cuando se añade manganeso al acero en grandes cantidades, se crea una aleación que se endurece con el impacto. Cuanto más lo golpeas, más duro se vuelve. Usamos la amnesia como un blindaje. Ante los golpes de la realidad, creamos un recuerdo falso que refuerza nuestra identidad. Si la vida te dice que fallaste, tu memoria de manganeso "recuerda" que fue una retirada estratégica. Es la dureza de quien necesita creerse su propio mito para no quebrarse bajo el peso de la verdad.

5. El Motor de la Fotosíntesis (El Complejo de Evolución del Oxígeno)
El manganeso es el corazón del proceso que permite a las plantas romper la molécula de agua para liberar oxígeno. Es el elemento que permite que el sistema "respire". A veces, la única forma de seguir respirando en el presente es rompiendo el pasado. La amnesia voluntaria es ese proceso metabólico: rompes la realidad pesada para liberar el "oxígeno" de una fantasía necesaria. Es el engaño que permite la vida; el falso recuerdo que te da el aire suficiente para no asfixiarte en la culpa o el arrepentimiento.

Conclusión: La amnesia voluntaria, vista a través del manganeso, es la geometría del recuerdo maleable. Es la capacidad de actuar como el alquimista de tu propia historia, blanqueando traumas o coloreando ausencias según la necesidad del presente. Ser manganeso significa entender que la memoria es un pigmento en manos de un artista y que, a veces, la única forma de ser fuerte es recordar lo que nunca pasó.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • Está muy raro, Gavi. Me tiene muy preocupada…
  • ¿Pero que le pasa?
  • Actúa como… como el tipo ese… ¿Como se llamaba, joder? ¡Ah! Lo tengo en la punta de la lengua…
Laia se sujetó la barbilla, intentando recordar. Eran las cinco y diez de la tarde, esperaban a Nico - que había ido a mear - enfrente del edificio de Müller & Suter Biotech.
  • ¡Clive Wearing! - dijo de repente - ¡Eso es!
  • ¿Quien cojones es Clive Wearing? - preguntó Gabi soltando una calada.
  • El hombre de los siete segundos de memoria… ¿No conoces su historia?
El caso de Clive Wearing es uno de los ejemplos más extremos - y trágicos - que la ciencia conoce sobre cómo la memoria define nuestra identidad. Antes de enfermar, Wearing era un reconocido músico y director de orquesta británico. En 1985, tras contraer una encefalitis vírica que destruyó gran parte de su hipocampo - la estructura cerebral clave para consolidar recuerdo - sufrió una amnesia simultánea retrógrada y anterógrada.

Esto significa dos cosas devastadoras: no podía recordar eventos pasados antes de su enfermedad, ni podía formar recuerdos nuevos que duraran más de unos segundos. Su memoria se reiniciaba cada 7 a 30 segundos, y vivía con la sensación constante de haber “acabado de despertar” de un sueño profundo una y otra vez. Paradójicamente, algunos fragmentos muy especializados de su memoria - como tocar el piano o su amor por su esposa - permanecían intactos porque estaban codificados en lo que se denomina memoria procedimental, diferente de la memoria autobiográfica que sí había perdido.

Cuando Nico empezó a actuar como si no hubiera pasado nada - como si el asesinato de Javi, el cadáver, las consecuencias del experimento, no pesaran en su mente como deberían - Laia lo notó. No estaba ausente, ni dormido, ni esquizofrénico. Pero había algo parecido a una amnesia voluntaria: su cerebro parecía protegerse del dolor profundo reconfigurando su enfoque, casi como si decidiera “borrarse” ciertos recuerdos para sostenerse en píe.

No tenía amnesia neurológica como Wearing - no olvidaba hechos ni acciones recientes en segundos -, pero sí mostraba una especie de mecanismo defensivo psicológico. Actuaba como si el instante presente fuera más vivible si no se permitía anclarse a la carga emocional completa de lo que había hecho o visto. Era como si, ante la imposibilidad de procesar y aceptar ese trauma, su mente optara por hacerlo menos real, menos consumible, menos devastador.

En su comportamiento había algo que se parecía a esa perpetua “reinicialización” de conciencia que vivía Clive: una preferencia por la inmediatez, por lo que estaba frente a él ahora mismo, antes que por el peso acumulado del pasado doloroso. Ni Nico ni Wearing eran versiones idénticas del otro, pero ambos ejemplificaban cómo el cerebro puede modular, reprimir o reconfigurar recuerdos dolorosos cuando el peso de mantenerlos amenaza con destruir la estabilidad emocional. Así, cuando Nico volvía a su rutina como si el mundo no se hubiera fracturado, no era solo negación: era un síntoma silencioso de que su mente trataba de protegerse, de subsistir incluso cuando el pasado exigía ser confrontado.
  • ¿Crees que está enfermo? - preguntó Gabi preocupado.
  • No lo sé, aunque no lo creo o eso espero…
  • Entonces… - dijo apagando la colilla con el pie - es solo una huída hacía delante.
  • ¡Joder Gabi! Lo dices como si no fuera grabe.
  • No es eso… es solo que lo entiendo. Tiene que ser difícil afrontar algo así. Será una especie de mecanismo de defensa o algo por el estilo.
  • Sea lo que sea, creo que necesita ayuda. No es normal…
La palabra normal quedó flotando en el aire como una mosca atrapada entre las fauces azul neón de una Mycena Neonfaucis.
  • ¡¿Quién necesita ayuda?!
La voz de Nico irrumpió en la calle con una ligereza casi ofensiva. Asomó la cabeza por la puerta de cristal con el portátil bajo el brazo, el pelo alborotado y esa electricidad en la mirada que le aparecía cada vez que algo lo obsesionaba.
  • Buenas, colega, por cierto - añadió, sonriendo como si nada -. Siento haberte pedido que me acompañes al búnker, pero es que Laia no podía llevarme. Podría haber cogido el bus, pero hubiera tardado la vida y no quiero hacer esperar demasiado a Lena.
Gabi y Laia intercambiaron una mirada rápida, breve, cargada de todo lo que no se atrevían a decir en voz alta.
  • Hablábamos de… - empezó Gabi, midiendo cada sílaba.
  • De lo de ayer - lo interrumpió Nico, dándole una palmada en la espalda -. Sí, sí, ya sé. Dramático, intenso, traumático… insertad aquí el adjetivo que queráis. Pero precisamente por eso tenemos que irnos ya al búnker.
Lo dijo con una sonrisa que no encajaba en el contexto. Una sonrisa de niño el día que estrena juguete nuevo.
  • Nico… - murmuró Gabi.
  • No, escuchadme un segundo - levantó un dedo, didáctico, casi eufórico -. Anoche estuve revisando las notas. Si la hipótesis de la absorción nasal es correcta, entonces el vector de acción cambia completamente respecto al contacto cutáneo. Y si cambia el vector, cambia la toxicocinética. Eso significa que no estamos ante un compuesto inherentemente letal, sino ante un problema de administración. ¿Lo entendéis? Es un descubrimiento enorme.
Enorme. La palabra brilló en sus ojos con una intensidad casi febril.
  • Tenemos a Lena. Tenemos muestras. Tenemos un caso real que analizar… - hizo una pausa mínima, apenas un titubeo en la palabra que evitó pronunciar: cadáver -. Es una oportunidad única para entender qué demonios estamos intentando comprender.
Laia lo observaba como quien ve a alguien caminar demasiado cerca del borde de un precipicio.
  • ¿No crees que deberías… parar un poco? - preguntó con suavidad -. Procesar lo que ha pasado.
Nico frunció el ceño, genuinamente desconcertado.
  • Lo estoy procesando. Precisamente trabajando. ¿Cómo si no?
Se acercó al coche, dejó el portátil sobre el capó y empezó a hablar más rápido, encadenando ideas como si el silencio fuera un enemigo al que hubiera que derrotar a base de datos.
  • Si conseguimos aislar el mecanismo exacto, podríamos incluso revertir efectos adversos. ¿Os imagináis? Pasar de accidente a avance médico en cuestión de días. Lena flipará cuando le enseñe lo que he estructurado. Bueno, ya flipó ayer, pero hoy… hoy podemos ir mucho más allá.
Se giró hacia Gabi, cómplice.
  • ¿Vamos o qué? Quiero repetir cuanto antes la prueba con la nueva dilución. Pero esta vez controlando cada variable. Nada de improvisaciones.
Gabi sintió un nudo apretándole el estómago. Ahí estaba: no había culpa en su voz, ni temblor, ni sombra. Solo entusiasmo. Solo futuro. Como si el pasado hubiera sido archivado en una carpeta que no pensaba volver a abrir.
  • Nico… - intentó otra vez.
  • De verdad, chicos - dijo él, más suave ahora, pero igual de firme -. No podemos permitirnos quedarnos parados. Eso sí que sería peligroso.
Intentó abrir la puerta del copiloto. Gabi desbloqueó el cierre centralizado. Nico sonrió, lanzó la mochila dentro de cualquier manera y, cuando tenía medio cuerpo en el asiento, se giró hacia Laia.
  • ¿Nos vemos luego en el búnker?
  • No puedo, Nico. Ya te lo dije… tengo que quedarme con mi madre, hoy viene el doctor a hacerle visita.
  • ¡Qué pena! Pues hoy va a ser un gran día.
Cerró la puerta y se quedó dentro, moviendo la rodilla con impaciencia, esperando que Gabi arrancara. El silencio que dejó fuera no era el de la calma. Era el de algo que no encajaba. Porque mientras Nico hablaba de hipótesis y cinéticas, de variables y diluciones, había algo que no mencionaba. Algo que no tocaba. Algo que, como en el caso de Clive Wearing, parecía no existir en su presente: Javi. El cadáver. Las puñaladas. La sangre. Como si su mente hubiera decidido que ese recuerdo no era operativo. Que no servía para avanzar. Y que, por tanto, podía quedarse fuera.
  • Solo le falta silbar… - murmuró Laia, sin apartar la mirada del coche -. ¿Ves ahora lo que te decía?
  • Sí… No es normal.
Ella se acercó un poco más, bajando la voz.
  • Hay que hacer algo, Gabi. No podemos dejarlo así…
  • Estoy de acuerdo. ¿Pero qué?
  • No sé… quizá ayuda psicológica.
Gabi negó despacio.
  • Laia, piensa un poco. No podemos llevarle a un psicólogo para que cuente que ha matado a alguien…
  • Bueno, existe el secreto profesional, ¿no?
  • Sí, pero pueden romperlo si el paciente representa un peligro para sí mismo o para otros. No es seguro…
Ella apretó los labios.
  • Entonces ¿qué cojones hacemos?
Gabi se inclinó y le dio dos besos rápidos.
  • Déjame que hable con él, ¿de acuerdo?
  • Vale…
  • Y dale recuerdos a tu madre.
  • De tu parte, guapo. Y avísame si pasa cualquier cosa, ¿de acuerdo?
Laia hizo el gesto universal de llámame con la mano. Gabi respondió asintiendo y, finalmente, se metió en el coche. Dentro, Nico ya estaba tecleando algo en el portátil, completamente ajeno a la conversación que acababan de tener.
  • ¿Arrancamos? - preguntó, sonriente.
Gabi giró la llave. El motor rugió.
Y con él, algo que no debería estar funcionando tan bien.

No demasiado lejos de allí, Sofi volvía a casa andando, pero no lo hacía sola. Fani, ya recuperada de la gastroenteritis y con el color de vuelta en la cara, caminaba a su lado escuchando con atención lo que su amiga le contaba. El aire de la tarde era inusualmente fresco, y la ciudad seguía con su rutina indiferente, ajena a sus dudas.
  • Eso suena, pero que muy mal…
  • ¿El qué? - preguntó Sofi, fingiendo no entender.
  • Lo que te dijo Gabi: “¿Y si lo nuestro no es real?”… No quiero ser ceniza, pero suena fatal, churri.
  • No lo entiendes…
No, claro que no lo entendía. Porque Sofi no le había contado todo. Solo la parte digerible, la que podía pronunciarse sin que sonara a locura, a delito o a pesadilla. Y quizá por eso mismo Fani no podía ofrecerle el consejo que ella necesitaba.
  • A ver… te metes en la ducha con él, buscándolo…
  • No lo buscaba, tía. Solo quería abrazarlo.
  • Perdona, pero en mi barrio, si alguien te abraza desnudo en la ducha, solo significa una cosa.
  • No es eso, joder, es que estaba… estaba triste. Solo eso.
  • ¿Y por qué estaba triste? Si hace apenas unos días me dijiste que lo vuestro iba de fábula.
  • Es que… - Sofi se mordió la lengua, metafóricamente -. Es solo que…
Fani se detuvo en seco y la agarró del brazo. La miró fijamente, de esa manera en que solo te miran las personas que te conocen demasiado bien.
  • Aquí está pasando algo que no me cuentas…
  • No digas chorradas - sonrió Sofi, restándole peso con torpeza.
Intentó seguir andando, pero Fani no la soltó.
  • ¿Qué pasa, tía? - insistió, ahora con firmeza -. ¿Ya no confías en mí o cómo va la cosa?
  • No es eso, hostias… - Sofi bajó la mirada al suelo -. Es que no… no puedo…
  • ¿No puedes contármelo? ¿Por qué?
La mirada de Fani era la de una juez: profunda, afilada. Como si pudiera leer en sus silencios todo lo que su boca no se atrevía a pronunciar. Sofi pensó rápido, improvisando una salida.
  • Empezamos a tomar una… una droga…
Fani parpadeó.
  • ¿Cómo que una droga? - se acercó un poco más -. ¿Qué tipo de droga?
  • No recuerdo como se llama. Una… parecida a la cocaína - improvisó -. Nos hacía sentir vivos, con una intensidad que nunca antes habíamos sentido… pero… sucedió algo que…
Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
  • ¡¿Qué coño pasó? Dime!
  • Nada grave, un… un amigo acabó… acabó en el hospital y bueno… decidimos dejar de consumirla. Gabi piensa que sin la… sin aquella droga, pues que… todo volverá a nuestra vida rutinaria. Sin sexo, sin esa chispa, sin esa locura.
Fani la soltó despacio. La observó unos segundos en silencio, evaluando no solo lo que decía, sino cómo lo decía.
  • O sea - murmuró al fin -, que tu novio cree que igual no estaba enamorado de ti, sino colocado.
Sofi notó el golpe seco de la frase en el pecho.
  • No es así…
  • ¿Ah no? Porque suena exactamente a eso.
Sofi se cruzó de brazos, incómoda.
  • Él tiene miedo, ¿vale? Ha pasado algo fuerte y ahora está cuestionándolo todo.
Fani la miró con una mezcla de escepticismo y ternura. Pensó en Gabi, en ese chico que siempre parecía ir con la culpa colgada al cuello como una medalla invisible. Pensó en Sofi, que cuando se enamoraba lo hacía con todo el cuerpo, sin red de seguridad. Y pensó algo que no dijo en voz alta: que a veces el problema no es la droga, ni el miedo, ni siquiera el sexo. A veces el problema es que uno ama con vértigo y el otro con freno de mano.
  • Mira - dijo al final, más suave -. Sabes muy bien que el “pichafloja” no es santo de mi devoción y que si por mi fuera, ya habríais cortado hace siglos… Si lo vuestro solo funcionaba colocados, entonces no era tan sólido como creías. Pero si lo que sentís es de verdad, sobrevivirá a cualquier bajón químico. El amor no depende de una sustancia, depende de lo que hacéis cuando se os acaba la euforia.
Sofi la miró, insegura. Ella sostuvo su mirada y, por primera vez desde que empezó la conversación, dejó de hacer bromas. Lo que vio en los ojos de su amiga no era capricho. Era miedo real. Y entonces comprendió que aquello iba mucho más allá de una simple “fase loca”. Había algo oscuro detrás, algo que Sofi no estaba contando. Y no porque no quisiera confiar en ella, sino porque la historia, fuera cual fuese, pesaba demasiado. Fani suspiró.
  • Vale. No me lo cuentes si no puedes. Pero prométeme una cosa.
  • ¿Qué?
  • Que si esto se pone feo de verdad… me llamas. A la hora que sea. Aunque sea para que vaya a sacarte de donde estés.
Sofi asintió despacio. Y mientras reanudaban el paso, Fani no pudo evitar pensar que, fuera cual fuera esa droga, el problema no era lo que les había dado… sino lo que les había quitado. Pero ella no era de las que prometen y se quedan quietas. Mientras caminaban en silencio, aparentando haber aceptado la versión descafeinada de la historia, algo dentro de ella ya estaba trabajando. No era cotilleo. No era morbo. Era esa mezcla peligrosa de intuición y cariño feroz que solo aparece cuando alguien a quien quieres huele a peligro y no sabe - o no puede - explicarlo. Conocía a Sofi. Sabía cuándo mentía. Sabía cuándo improvisaba. Y sabía, sobre todo, cuándo estaba asustada de verdad. Y lo estaba.

No iba a quedarse esperando una llamada a las tres de la mañana, con la voz rota al otro lado del teléfono. No iba a ser la amiga que dice “avísame si pasa algo” y luego cruza los dedos. La quería demasiado para eso. Una voluntad irrefrenable de comprender qué demonios estaba ocurriendo la atravesó por completo. No por entrometida. No por curiosa. Sino por miedo. Por ese miedo frío que te recorre la espalda cuando intuyes que alguien está metido en algo que puede romperlo por dentro.

Lo tenía claro. Iba a averiguarlo. Hablaría con quien tuviera que hablar. Observaría. Ataría cabos. Preguntaría sin parecer que pregunta. Porque si su mejor amiga no podía contarle la verdad, ella encontraría la forma de rodearla hasta llegar a ella. Y así, mientras Sofi respiraba un poco más tranquila creyendo que su secreto estaba a salvo, sin saberlo había activado algo mucho más persistente que cualquier interrogatorio oficial. Había despertado a algo más terco y eficiente que la policía. Había despertado a Fani.
  • En serio, Elías… ¿dos cincuenta un café? - protestó Gustavo, revisando la factura sobre la barra del Desvío -. ¿Tú te piensas que estás en la Gran Vía o qué?
El dueño del bar ni se inmutó. Secaba vasos con la parsimonia de quien ha escuchado esa misma queja mil veces.
  • Es lo que hay, Gustavo… La luz está por las nubes, el proveedor me clava por el grano y Hacienda no perdona ni un céntimo. Si te parece, te lo cobro a precio del 98.
  • En el 98 al menos te ponían una magdalena de regalo - rezongó, palpándose los bolsillos en busca de monedas -. Esto es un bar de barrio, no una experiencia gourmet.
  • Y en el barrio también se paga alquiler - respondió Elías, encogiéndose de hombros -. Además, nadie te ha obligado a pedirlo.
Gustavo resopló. Sacó un par de billetes arrugados de diez euros y los dejó sobre la barra como si estuviera pagando una multa.
  • Róbame con cariño al menos.
Elías abrió la caja, contó el cambio con lentitud teatral y dejó las monedas frente a él.
  • Mira, te invito a los chupitos. Que hoy estoy generoso.
  • Qué detallazo - murmuró Gustavo, recogiendo las monedas y guardándoselas sin mirarlo.
En una mesa del fondo, dos jubilados discutían sobre el VAR como si les fuera la vida en ello. La máquina tragaperras lanzó una melodía estridente que nadie celebró. El bar olía a fritanga recalentada y a desinfectante barato. El de siempre. El de toda la vida.
  • Oye - añadió Elías antes de que se fuera -, hace días que no te veo con los tuyos. ¿Ya no os juntáis por aquí?
Gustavo dudó una décima de segundo.
  • Estan… liados.
  • Ya. Bueno, dales recuerdos.
  • Claro.
Se colgó la mochila al hombro y empujó la puerta. La campanilla tintineó con desgana al cerrarse tras él. El aire de la calle estaba inusualmente frío, más honesto que el del interior. Se encendió un cigarro mientras bajaba el escalón del bar, aspirando con fuerza, como si necesitara que el humo le llenara algo más que los pulmones.
  • Dos cincuenta… - masculló para sí, negando con la cabeza - Como se nota que es catalán.
Echó a andar por la acera agrietada, con paso rápido y los hombros tensos, dispuesto a llegar a casa. La tarde caía sobre el barrio con esa luz anaranjada de farola que no embellece nada, pero al menos lo hace soportable. El semáforo se puso en rojo y Gustavo frenó con desgana. Se quedó apoyado en el botón peatonal, mirando al vacío, el cigarro consumiéndose entre sus dedos. El tráfico rugía a su alrededor, pero él estaba en otra parte. Fue entonces cuando lo vio. Un cartel pegado torcidamente sobre la pared desconchada de un antiguo videoclub. Colores chillones. Letras grandes. Un cuerpo insinuado en silueta. Se acercó, casi por inercia.

“EXPOSEX – El Festival Erótico vuelve a Madrid.”

La sonrisa fue inmediata, instintiva, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de su cabeza. Hacía años que no escuchaba ese nombre. Recordó 2006, cuando conoció en persona a Celia Blanco en una firma improvisada entre flashes y empujones. Recordó el bullicio, el olor a colonia barata y plástico nuevo, los stands, las risas, la sensación eléctrica de estar en un lugar donde el deseo no se escondía detrás de eufemismos. Y recordó, por supuesto, 2007. La última edición en Madrid antes de que todo se trasladara a Barcelona, sustituido por los Premios Ninfa. Él había ido a todos. No se había perdido ni uno. Para muchos era una frikada de pajero; para él, una peregrinación. Sus ojos bajaron por el cartel. Fecha. Lugar. Precio. Invitadas principales.

Leyó los nombres. Y su felicidad no tuvo parangón.

Sara Jay, Gianna Michaels, Jada Stevens, Sophia Castello, Cherokee D’ass, Kelly Divine, Amy Andersson, Abella Danger, Ricki White, Mia Khalifa, Naomi Russell… Estaban todas, las viejas leyendas, todas aquellas actrices que lo habían acompañado durante años y años de pajas. El festival había vuelto a casa y esta vez por la puerta grande.

Sintió algo infantil, casi ridículo, pero auténtico. Una mezcla de ilusión y hambre vieja. De recuerdos de una época en la que todo era más simple: pagar la entrada, pasear entre escenarios, mirar sin culpa, dejar que el mundo fuera explícito y honesto. El semáforo se puso en verde detrás de él. Un coche pitó. Gustavo ni se inmutó al principio. Seguía mirando el cartel, como si acabara de encontrar una señal. Una promesa. Otra puerta abierta a ese universo donde el placer era directo, sin análisis, sin hipótesis, sin doctoras suizas ni cadáveres azules. Solo deseo. Sonrió de medio lado, aplastó el cigarro contra el bordillo y cruzó el paso de cebra cuando ya parpadeaba. Sacó el móvil para asegurarse una entrada, antes de que fuera demasiado tarde. De repente se detuvo, cuando la idea le cruzó la mente. Esas actrices, esas diosas del placer, ya no eran mujeres inalcanzables. No para él. Y aquel día, de repente, ya no parecía tan gris.
  • ¿Seguro que no necesitáis que me quede? No me importa, de verdad. Puedo ayudaros en lo que sea…
  • No te preocupes, colega - contestó Nico sin apartar la vista del microscopio -. Entre Lena y yo nos apañamos. Además, tampoco sabemos a qué hora vamos a terminar. Así que puedes irte, sin problema.

Gabi lo había intentado, de verdad. Varias veces. Hablar con él, buscar una grieta, una fisura en aquel muro que había levantado, en aquel entusiasmo quirúrgico. Pero Nico seguía igual que por la mañana: concentrado, eléctrico, inaccesible. Insistió un par de veces más, con distintos tonos, como si cambiar la melodía pudiera abrirle la puerta. La negativa fue clara, amable sí, pero firme. Se rindió, al menos por el momento, como quien deja un problema respirar mientras, desde la distancia, piensa en variables nuevas para enfrentarlo desde otra perspectiva.

Le dio un abrazo sincero. Nico respondió con un gesto automático, breve, más protocolario que afectivo. Después, Gabi empujó la puerta de la sala oscura donde cultivaban la Mycena Neonfaucis, para despedirse de la doctora.
  • ¡Mascarilla! - le dijo nada más cruzar el umbral.
La voz de Lena fue seca, inmediata. Él se detuvo, rebuscó en el bolsillo de la bata y se colocó la mascarilla quirúrgica cubriéndose nariz y boca. Cerró la puerta tras él con cuidado, asegurándose de que quedara bien sellada.

La sala había cambiado por completo. En apenas unos días, el cultivo había crecido de forma inquietante. Las bandejas de sustrato, alineadas en mesas metálicas, parecían ahora pequeños jardines de otro planeta. El azul no era ya un matiz: era una presencia cegadora. Un resplandor frío que pulsaba en la penumbra, como si la habitación respirara con él. Varias decenas de pequeñas setas luminiscentes emergían del compost húmedo, de la madera triturada, de la piedra, incluso de los bordes plásticos de las bandejas. Sus sombreros, translúcidos, irradiaban una luz neón suave pero constante. Algunas habían duplicado su tamaño desde la última vez que había entrado allí. “Demasiado rápido”, pensó mientras avanzaba entre las mesas. El aire era denso, húmedo, con ese olor terroso y ligeramente metálico que ya asociaba con la “Azulita”.

Lena trabajaba entre dos mesas de sustrato, tomando notas en una libreta impermeable. Llevaba guantes y una luz frontal ajustada a la cabeza, que iluminaba el micelio como si estuviera explorando una cueva. Gabi se colocó a su lado.
  • Han crecido mucho… ¿no? - murmuró, bajando la voz sin saber muy bien por qué.
Lena asintió, sin apartar la vista del cultivo.
  • Too much.
Se inclinó un poco, señalando la red blanquecina que recorría el sustrato como venas.
  • En Perú, estos hongos crecer en cuevas profundas, ambientes estables, humedad casi constante, oscuridad total, temperaturas bajas… mucho bajas. - Negó con la cabeza -. This is nonsense. Ser raro…
Rozó con una pinza una de las setas, midiendo la firmeza del tallo.
  • The temperature is wrong; they are out of their natural habitat. But… - bajó la voz, como si el hongo pudiera escucharla - they are flourishing.
Gabi observó el azul que se reflejaba en sus ojos claros.
  • ¿Por qué crees que sucede eso?
  • Two reasons: o se han adaptado… o nosotros no entender todavía qué necesitan realmente.
Guardó silencio unos segundos y luego lo miró de lado.
  • Maybe… Manco Cápac bendecir con su tupayauri…
  • ¿Cómo has dicho? - preguntó Gabi totalmente descolocado.
  • ¿Don’t you know the legend of the Ayar brothers? Nico decir que tú leer mucho.
Gabi frunció el ceño.
  • ¿Hermanos Ayar?… Me suena a examen de historia que suspendí en segundo de la E.S.O.
Lena sonrió detrás de la mascarilla; se le notó en los ojos.
  • Ser leyenda de Peru. Hablar de cuatro hermanos que emergieron de una cueva para fundar Imperio Inca. Salieron de oscuridad hacia mundo exterior. - señaló las setas -. Ellas también nacen en cuevas profundas. Y ahora están aquí… fuera de su mundo.
Se enderezó.
  • A veces leyendas hablar de migraciones. De adaptaciones. De cosas que abandonan su hábitat original… and they change history.
Gabi miró el cultivo con una sensación incómoda. El azul parecía más intenso que nunca.
Como si, efectivamente, hubiera salido de su cueva y no tuviera intención de volver.
  • ¿Puedo pedirte un favor? - preguntó de repente, cambiando de tema.
  • Sure - respondió Lena con amabilidad, apartando la vista del sustrato para mirarlo de frente.
  • Me preocupa Nico…
  • Why?
Gabi sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. En aquellos ojos azules no había juicio, pero tampoco ingenuidad. Dudó. ¿Era Lena de fiar? ¿Sabía toda la verdad o solo la versión aséptica? ¿Era ya parte del círculo o simplemente una colaboradora brillante a la que habían arrastrado demasiado lejos? Las preguntas se agolpaban, pero la presión en el pecho era más urgente.
  • ¿Sabes cómo conseguimos ese cadáver, verdad?
Lena inclinó ligeramente la cabeza.
  • Well... Nico told me... what he was able to tell.
  • ¿A qué te refieres?
  • He said the subject died from… sobredosis. Pero yo ver cuchillo entrar en cuerpo. - bajó la voz, acercándose un poco más a él -. I didn’t want to ask… por miedo a… a… ¿how you say? ¿Meter la pata?
El silencio se espesó entre las setas luminosas.
  • Mira, Lena… no sé si hago bien en decirte esto, pero…
Ella levantó una mano con suavidad.
  • Si no estar seguro, mejor no contar. I don’t want to cause any trouble.
Gabi exhaló por la nariz. Quizás tenía razón.
  • Igualmente necesito que me ayudes… Nico está pasando por un mal momento a nivel emocional. He intentado hablar con él, pero está… está encerrado. Como si hubiera puesto un muro.
  • I understand - asintió ella, seria ahora.
Gabi le cogió el bolígrafo con cuidado y, en un margen limpio de su cuaderno, escribió su número de teléfono. La letra gruesa y nerviosa contrastaba con las fórmulas y esquemas microscópicos.
  • Este es mi número. Si en cualquier momento pasara algo, o notaras algo raro… aunque sea un mínimo detalle, llámame. Me da igual la hora.
Lena miró el número, luego a él.
  • You’re a good friend, Gabriel.
La frase le golpeó más fuerte de lo que esperaba.
  • Call me, ¿ok? - insistió, ya retrocediendo hacia la puerta.
  • Don’t worry - respondió ella, con una media sonrisa tranquila.
Gabi salió de la sala oscura y cerró con cuidado. El azul quedó atrás, filtrándose por la rendija como una promesa o una amenaza. Se sacó la mascarilla y la bata, observando desde la distancia como Nico seguía trabajando sin descanso. Salió del Búnker con las manos en los bolsillos, sintiendo el eco de sus propios pasos. “Eres un buen amigo”, la frase se repetía en su cabeza, insistente, dolorosa.

Un buen amigo no se hubiera follado a Laia dos veces.
Un buen amigo no hubiera robado la “Azulita” para usarla de droga experimental.
Un buen amigo no cargaría sobre los hombros de otro la culpa de una muerte.

Se detuvo un segundo antes de subir las escaleras, apoyando la frente contra la pared fría y dándose golpes como un judío ortodoxo en el Muro de las Lamentaciones. Luego salió a la superficie y la luz del atardecer le pareció demasiado limpia para alguien como él.

“Eres un buen amigo.” Negó levemente con la cabeza mientras encendía un cigarro. “Ojalá fuera verdad.”

Cuando llegó al barrio, este lo recibió con su habitual concierto de cláxones lejanos y televisores a todo volumen tras las ventanas abiertas. Dio dos vueltas a la manzana, luego una tercera, mascullando en voz baja cada vez que veía un hueco imposible o un coche mal aparcado ocupando espacio de más. La noche caía espesa sobre los edificios, y las farolas teñían el asfalto de un amarillo cansado.
  • Venga ya… - murmuró cuando otro coche se le adelantó y le robó el sitio que llevaba esperando media hora.
Al final encontró un hueco estrecho, casi ofensivo. Maniobró con paciencia tensa, avanzando y retrocediendo hasta encajar el coche a pocos centímetros del de atrás. Apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos apoyadas en el volante, mirando al frente sin ver nada en concreto.

Llegó al bloque, subió las escaleras despacio. Al abrir la puerta, el piso estaba en silencio. Un silencio denso, de esos que no descansan, solo esperan. Se asomó al dormitorio. Sofi estaba de lado, arropada hasta los hombros. La luz tenue de la calle dibujaba el contorno de su cuerpo bajo la sábana. Gabi se quedó en el marco de la puerta, observándola en silencio. Intentó adivinar, por la cadencia de su respiración, si dormía de verdad o si fingía.

Quizá se estaba haciendo la dormida.
Y le pareció justo. Aceptable.

Él tampoco tenía fuerzas para retomar aquella conversación suspendida bajo el agua caliente de la ducha. Aquellas dudas lanzadas al aire como cuchillas: ¿Y si no es real? ¿Y si es la Azulita?

Sintió el estómago cerrado, encogido sobre sí mismo. Demasiadas ideas, demasiadas culpas, demasiados frentes abiertos. Dormir también era impensable. Así que cerró la puerta del dormitorio con cuidado y fue hasta la cocina. Sobre la encimera quedaba una botella de vino a medio terminar. La sostuvo un momento en la mano, como si evaluara la decisión, y finalmente la cogió sin servirse una copa.

Entró en el cuarto del ordenador. Se dejó caer en la silla, que crujió bajo su peso. Encendió un cigarro y, casi al mismo tiempo, pulsó el botón del ordenador. El ventilador comenzó a zumbar con ese sonido familiar, mecánico, mientras la pantalla se iluminaba poco a poco. Antes de que terminara de arrancar, se llevó la botella a los labios y dio un trago largo, directo, dejando que el vino le quemara suavemente la garganta. Pensó que quizá un poco de alcohol y un poco de entretenimiento le vendrían bien. Algo que lo sacara de sí mismo. Que apagara el ruido.

La pantalla terminó de cargar. Y entonces, como una chispa en mitad de la niebla, recordó la leyenda de la que Lena le había hablado hacía apenas unas horas. “Los Hermanos Ayar.”

Se quedó inmóvil, el cigarro consumiéndose entre sus dedos. Cuevas profundas en Perú. Oscuridad. Orígenes míticos. Hongos que crecían donde nadie miraba. Sintió un leve escalofrío. Tal vez no era casualidad que la “Azulita” naciera en entrañas de roca milenaria. Tal vez aquella historia antigua escondía algo más que folclore.

Apuró otro trago y empezó a teclear el nombre en el buscador. Y es que, a veces, cuando la realidad se vuelve insoportable, uno busca respuestas en los mitos. O, al menos, una distracción lo bastante poderosa como para no pensar en todo lo demás. El buscador respondió con fechas, nombres impronunciables, fragmentos de mitología andina. Manco Cápac, Mama Ocllo, Ayar Cachi, Ayar Uchu. Hijos del Sol. Salidos de las entrañas de la tierra, de una cueva llamada Pacaritambo. La palabra significaba, literalmente, casa del amanecer.

Gabi dio otra calada al cigarro mientras leía.

Según la leyenda, los hermanos emergieron de la oscuridad primordial para fundar un imperio. Pero no todos sobrevivieron al viaje. Hubo traiciones. Encierros en cuevas. Transformaciones en piedra. La tierra como origen y como tumba. La roca como útero y como prisión.

Las cuevas profundas. La humedad. La oscuridad absoluta.

Pensó en la “Azulita” creciendo en el búnker. En aquel azul imposible latiendo suavemente en la penumbra artificial. En lo que Lena había dicho: que en Perú solo nacían en cavernas tan hondas que la luz no existía. Ecosistemas cerrados, aislados del mundo.

Sintió un cosquilleo incómodo en la nuca.

El vino empezaba a calentarle el pecho, pero la mente seguía afilada, inquieta. Aquello debía de ser solo una forma amarga de distraerse. De no pensar en Nico, en Javi, en “lo buen amigo que era”, en Sofi fingiendo dormir. Una huida intelectual. Un mito para no mirar la realidad.

Pero cuanto más leía, más se le superponían las imágenes. La leyenda hablaba de hombres que emergían de la tierra para cambiar el mundo. De hermanos que quedaban atrás, sellados en piedra, olvidados en la oscuridad para que los demás pudieran avanzar.

El mundo en el que Gabi vivía se regía por la ciencia. Por hipótesis, pruebas, repetición de resultados. Por microscopios y toxicocinéticas. Por datos. Ese era el suelo firme bajo sus pies. Y, sin embargo, antes de la certeza empírica existía otro mundo. Uno más antiguo que cualquier laboratorio. Más poderoso que cualquier fórmula. Un mundo hecho de símbolos, de relatos transmitidos al calor del fuego, de verdades que no necesitaban demostración porque se sentían en la sangre. Un mundo donde las cuevas no eran solo formaciones geológicas, sino portales. Donde lo que nacía en la oscuridad no siempre era casualidad.

Gabi dio el último trago a la botella y dejó que el silencio del cuarto lo envolviera. Lo que había empezado como una simple distracción - una manera de no pensar en sus propios tormentos - acabó sembrando una idea incómoda. Una grieta.

Y esa grieta, todavía invisible, todavía diminuta, acabaría siendo el detonante de todo.

Como el Manganeso, siendo el jabón que limpia los espejos del tiempo y el pigmento que dibuja sombras de gloria sobre las cenizas del pasado. Esta historia continuará…
 
Seguro que con la ayuda de Laia y Gabi, Nico saldrá de este mal momento.
Aquí en estás circunstancias es donde se ven a los verdaderos amigos y cada vez parece más claro que Laia siente algo mas que amistad por Nico.
Por otra parte, mucho me temo que Fani va a ser otra que se va a meter en el.lio de la azulitam
 
Seguro que con la ayuda de Laia y Gabi, Nico saldrá de este mal momento.
Aquí en estás circunstancias es donde se ven a los verdaderos amigos y cada vez parece más claro que Laia siente algo mas que amistad por Nico.
Por otra parte, mucho me temo que Fani va a ser otra que se va a meter en el.lio de la azulitam
lo estoy pensando, pero aún no lo he decidido. Me gusta como antagonista. Aunque creo que su personalidad podría aportar mucho al grupo en cuanto a dinámicas sociales, confrontamiento, discusiones... ya veremos.
 
Gabinete y Sofi no deberían estar preocupados por su pasión, pues empezaron antes del desastre de la azulita. El principio fué el polvo salvaje en el coche, cuando los detuvieron. Y su amor, ese no se pone en duda.
Gustavo es un peligro con patas, un inconsciente descerebrado, un egoísta. Si no fuera por el peligro de la propagación, le metía una sobredosis de azulita que le iban a a salir setas de las orejas.
Gustavo se ha llevado la peor parte del dilema moral que quería que hubiera en el grupo. Es decir, surge una posibilidad: una "droga" que satisface todas tus fantasías sexuales ,que te transforma en una máquina perfecta de sexo, que desbloquea la moral y te convierte en un animal sediento de carne y fluidos... Nico y Lena son la visión científica, la racional, la que entiende el peligro y necesita explicaciones. Laia es la visión práctica, piensa en como puede utilizarla, en como puede ayudarla a salir del pozo en el que se encuentra. Gabi y Sofi son dos cosmonautas en un espacio totalmente desconocido, aprendiendo a medida que avanzan, definiendo hasta donde llegan los límites. Raquel, aún no la tengo muy definida aún. Y Gustavo representa lo que muchos harían o haríamos ante tal debate moral: sucumbir a los deseos más bajos y oscuros de nuestra alma. Por eso creo que os da rabia, jajaja.

Ahora os digo: no voy a intentar convencer a nadie, si os da rabia lo acepto.
Pero por mis cojones que lo voy a convertir en un héroe. :ROFLMAO:
Me encanta llevar la contraria, jajajaja.

No se como, ni cuando, ni como, ni por qué.
Pero puedo prometer y prometo, que el día en que enterremos a nuestro compañero Gustavo.
Todos acudiréis a su entierro... jajajajaja

Un abrazo!

P.D.: Y no acudiréis para lanzar piedras ¡eh! Lo haréis para presentar vuestro respeto jajajaja
 
Sigo pensando que Gustavo es un peligro con patas, por cierto, como piensa conseguir la azulita para seguir con sus fechorías? O tiene de lo que llevó Gavi a la fiesta?
La irrupción de Fani va a ser un generador de problemas entre Sofi y Gavi.
Nico ha bloqueado el recuerdo de lo sucedido con Javi, su cerebro, como método de defensa, lo ha llevado a la sala oscura, de donde puede que no salga nunca o que salga en el momento menos esperado. Su memoria selectiva ha decidido que ahora no es bueno ese recuerdo y lo bloquea.
 
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