Monchito74
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Tiene toda la pinta que la fotógrafa también se enrolla con ella
A ver qué nos depara el próximo capítulo.....
A ver qué nos depara el próximo capítulo.....
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....?!?!!?!?!LA PLAYA
Llegué a casa pasadas las tres de la mañana con una cogorza de campeonato, de esas que te pillan desprevenido y te dejan idiota. Gema seguía despierta, sentada en la cama con la tele encendida en mute. En cuanto crucé la puerta del dormitorio y me vio la cara, se le encendió la mecha.
—¿Te parece normal? ¿TE PARECE NORMAL llegar a estas horas oliendo a cubata barato sabiendo de dónde vengo yo esta tarde?
—Gema, joder, espera que…
—Ni espera ni hostias. Llevo toda la tarde con un calentón de cojones, posando medio en pelotas para ti, imaginándome cómo te lo iba a contar cuando llegara a casa… y tú apareces hecho mierda, sin pilas para nada.
—Coño, que esta gente me ha liado y…
—¡Que no! —me cortó alzando la voz—. Al final, como siempre, me lo he tenido que quitar yo sola. Otra vez.
Me quedé callado, intentando procesar. Ella siguió, cada vez más cabreada,
—Pues que sepas que casi me follo a un tío hoy mismo. Un desconocido. Me vio haciendo las fotos, se le puso dura al instante y se la meneó delante de mí sin quitarme ojo. Y yo… yo con unas ganas locas de dejarle que me la metiera, ¿sabes? y vuelvo a casa y tu no estas.
—¿Qué me estás contando, Gema?
—Lo que oyes. Tenía que habérmelo follado allí en medio del taller. Tenía una pollon… y yo con el coño empapado. Pero no, pensé en ti. En mi maridito perfecto. Y ahora llegas tú borracho perdido. Eres un gilipollas.
—Para, para… que me estás volviendo loco con esto.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Loco? Si te pusiera ahora mismo la mano encima notarías que sigo mojada. Pero no te la mereces. Hoy no.
Se dio la vuelta, apagó la tele de un manotazo y señaló el pasillo.
—Duerme en el sofá. Y mañana, playita. A ver si alguien me mira cómo se debe.
Me desperté con el olor a café y un martillo pilón dentro de la cabeza. Gema ya estaba vestida para la playa, de pie en el salón con el bolso preparado y cara de mala leche contenida.
—Venga, señorito. A preparar las cosas que nos vamos.
No abrí la boca. Me metí en la ducha, me puse el bañador y bajé. Entonces la vi de verdad.
Llevaba el bikini blanco. Ese, el microscópico que solo saca cuando vamos a playas medio perdidas, de las que la gente va sin complejos o directamente en pelotas, a playas exhibicionistas o nudistas, nunca tuve claro cuál era la diferencia entre ambas cosas. La parte de arriba apenas tapa los pezones; la braguita… más bien un hilito que se pierde entre las nalgas desde el primer segundo. Pero lo peor (o lo mejor, según se mire) es lo que pasa cuando se moja, como no tiene forro, el tejido se vuelve prácticamente transparente. Se le transparentan los pezones rosados, todo el contorno del coño, todo. Es como si se quedara desnuda con una excusa de tela encima.
Me quedé mirándola fijo, sin disimulo.
—¿Qué? ¿No te gusta o qué?
—No es eso… Es que… ¿vas a ir así? ¿Con esta gente?
—Con este o con el que me salga del coño. ¿Algún problema?
Tragué saliva. No tenía fuerzas para discutir. Ella se puso un pareo de gasa fina, casi transparente también, se lo anudó a la cadera con desgana y se dirigió a la puerta.
—¿Cuántos vamos? —preguntó de repente, sin mirarme.
—Siete. Las tres parejas de siempre… y Pepe, que viene solo.
Se giró despacio, con una media sonrisa peligrosa.
—Pepe… Qué casualidad. A lo mejor hoy le toca mirar de cerca, lo que ya se imagina cuando ve mis fotos. O a lo mejor le toca más que mirar. Porque tú, hoy, te vas a quedar calladito viendo cómo otros sí me comen con los ojos… y a lo mejor con algo más.
Abrió la puerta y salió al rellano. Antes de cerrar, volvió la cabeza.
—Y si te portas bien… igual luego te dejo oler lo que quede.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Me quedé allí plantado, con el pulso en la garganta y una mezcla jodida de resaca, celos y excitación que no sabía dónde meter.
Recogí las cosas de la playa como un autómata, nevera, sombrilla, neverita portátil, toallas, el flotador hinchable que siempre sobra, la bolsa con la comida y el carbón para la barbacoa… Todo lo metí en el maletero mientras Gema esperaba en el asiento del copiloto sin decir ni media palabra. Puso su playlist favorita —reggaetón lento, bachata sensual, esa mierda que sube la temperatura sin preguntar— y apenas me dirigió la mirada en todo el trayecto. Solo algún “gira por aquí” o “más despacio, que vas como un loco” con voz de mala hostia contenida. Yo conducía con la resaca todavía latiéndome en las sienes, el sol pegando fuerte en el parabrisas, y cada kilómetro se me hacía un infierno silencioso.
La cala que habíamos elegido hacía frontera con la playa nudista de siempre. Las dos zonas separadas por un montón de rocas grandes, irregulares, de esas que parecen puestas ahí a propósito para que la gente cruce si le da la gana. Al fondo de la nudista se veía el chiringuito con su techo de paja, mesas de madera y desde lejos se apreciaba gente en pelotas tomando cervezas y riendo como si el mundo no tuviera problemas. Nuestra cala era más “familiar”, pero el límite era tan difuso que bastaba con andar veinte metros para que las toallas desaparecieran y las normas también.
Llegamos los últimos, cómo no. Aparqué en la zona de grava que hacía de parking improvisado, abrí el maletero y empecé a sacar trastos. Gema cogió solo su bolso playero, la toalla enrollada y el pareo, y se fue andando hacia donde ya estaban los demás sin decir ni “ayúdame” ni “gracias”.
—Venga, espabila —me soltó por encima del hombro—. Que no soy tu mula.
Me quedé allí descargando solo, sudando la gota gorda, mientras veía cómo se alejaba con ese contoneo que sabía que era para mí… y para quien quisiera mirar.
Cuando por fin llegué arrastrando todo, ya estaba tumbada boca abajo en su toalla, charlando animadamente con las otras tres mujeres. Las risas llegaban hasta la barbacoa. Los tíos —Pepe incluido— estaban liados clavando sombrillas y montando la parrilla portátil, sudando y soltando chistes malos para disimular que no paraban de mirar de reojo hacia las chicas.
Me acerqué y solté las cosas con un golpe sordo. Laura, la más cotilla del grupo, me vio y soltó una risita.
—No veas, Javi… Cómo está Gema últimamente, ¿eh? Se come el mundo la tía. Mira qué cuerpo, qué cara de “me la suda todo”. Está en otro nivel.
—Si, que está en otro nivel Laura.
—Y para colmo mira como viene, tenía que estar prohibido, que luego no se con quien enfadarme si con ella o con mi marido.
Gema levantó la vista justo entonces. Me clavó los ojos un segundo, desafiante, con esa media sonrisa que me ponía los nervios de punta y la polla tiesa al mismo tiempo. Luego desvió la mirada despacio, muy despacio, hacia Pepe, que en ese momento se estaba quitando la camiseta y dejaba ver el torso bronceado, los abdominales marcados de gimnasio y esa sonrisa de sobrado que siempre pone cuando sabe que le están mirando.
Sin apartar los ojos de él, Gema alzó la voz con tono juguetón y alto para que todos la oyeran,
—¿Quién se viene al agua conmigo?
Lo dijo mirando directamente a Pepe, como si el resto fuéramos muebles. Las chicas soltaron risitas cómplices, alguna dio un codazo a su pareja. Pepe levantó la cabeza, sonrió de lado y tiró la camiseta a un lado sin pensarlo dos veces.
—yo me apunto —dijo tranquilo, como si fuera lo más normal del mundo—. Que hace un calor de cojones.
Gema se incorporó despacio, se quitó el pareo de gasa con un movimiento lento y deliberado, dejando que cayera a sus pies como si fuera una cortina abriéndose. El bikini blanco brillaba bajo el sol, tan pequeño que parecía pintado sobre la piel. La parte de arriba apenas contenía los pezones, la braguita… más bien un hilito que se perdía entre las nalgas desde el primer paso. Se giró un instante hacia mí —solo un instante— con una mirada que decía clarito, “míralo bien, porque hoy no es para ti”. Luego caminó hacia el agua contoneándose, el trasero moviéndose con cada pisada en la arena caliente.
Pepe la siguió a pocos metros, sin prisa, disfrutando de las vistas sin disimulo.
Yo me quedé allí plantado junto a la barbacoa a medio montar, con el olor a carbón y protector solar metido en la nariz, viendo cómo se metían en el mar juntos. El agua les llegaba a la cintura y Gema se giró hacia él, riendo, salpicándole agua con las manos. El bikini empezó a transparentarse casi al instante, los pezones rosados se marcaban perfectamente, el contorno del coño se intuía sin esfuerzo bajo la tela empapada. Pepe no quitaba ojo, se acercó un poco más, le dijo algo al oído y los dos rieron bajito.
Desde las toallas, Marta me dio un codazo suave.
—Tranquilo, Javi…, pero vaya trajecito de baño que se me a traído Gema. ¿Estáis bien?
—Si, solo tonterías de casa.
—Tranquilo, Javi…, pero vaya trajecito de baño que se me traído Gema. ¿Estais bien?.
—Pues noto a Gema con otro brillo, como muy desbocada.
Me senté en la arena con una cerveza que ni recordaba haber abierto, el pulso latiéndome en la garganta, una mezcla jodida de resaca, celos que quemaban y una excitación que no sabía dónde meter. Gema se sumergió un poco, salió empapada y se pasó las manos por el pelo, arqueando la espalda de forma que todo el grupo —y especialmente yo— tuviera una vista perfecta de su cuerpo mojado, casi desnudo bajo ese bikini inútil.
Pepe se acercó más. Le puso una mano en la cintura un segundo, como para “ayudarla” a mantener el equilibrio con una ola. Ella no se apartó. Al contrario, se pegó un poco más a él, le susurró algo y los dos volvieron a reír.
Desde la perspectiva de Pepe
Joder, qué bien sienta el sol en la espalda cuando te quitas la camiseta y notas que todas las miradas se te clavan un segundo. Sobre todo, la de ella.
Llegué temprano, como siempre. Me gusta ser de los primeros, clavar la sombrilla, montar la barbacoa, poner cara de “yo controlo esto” mientras los demás van apareciendo con resaca o con niños. Hoy no había niños, solo parejas y yo, el soltero eterno que todos invitan “por si acaso”. Por si hace falta alguien que anime, que ponga música, que coja el coche si alguien se pasa con las cervezas… o por si hace falta alguien que mire lo que los maridos no miran.
Y entonces llegó Gema.
No llegó con Javi. Llegó sola, con ese bolso playero colgando del hombro y el pareo de gasa que no tapa una mierda. Se quitó las gafas de sol, miró alrededor como si estuviera evaluando el terreno, y se tumbó justo en el centro del corro de chicas. Las otras tres se giraron hacia ella como imanes. Risitas, codazos, “tía, estás cañón”, “¿de dónde has sacado ese bikini?”. Ella sonreía de lado, esa sonrisa que no es inocente ni un poco, y contestaba cosas como “pues del armario… esperando el momento adecuado”.
Yo la vi desde la sombrilla, martillo en mano, clavando el palo como si mi vida dependiera de ello. Cada vez que se movía, el pareo se abría un poco más. El bikini blanco era ridículamente pequeño. Tan pequeño que me pregunte a que venia aquella exhibición.
Cuando por fin llegó Javi, arrastrando media casa en bolsas y neveras, Gema ni se levantó a ayudarle. Se quedó tumbada boca abajo, con la cabeza girada hacia nosotras, charlando. Yo fingí que ajustaba la parrilla, pero no podía dejar de mirarla de reojo. El culo se le marcaba perfecto bajo esa tela mínima, y cuando se incorporó un poco para beber agua, la curva de los pechos se escapó un segundo del triángulo del bikini. Joder. Tuve que girarme hacia el carbón para que no se me notara la erección incipiente.
Entonces Laura soltó aquello de “No veas, Javi… Cómo está Gema últimamente, ¿eh? Se come el mundo la tía. Mira qué cuerpo, qué cara de “me la suda todo”. Está en otro nivel.”. Y Gema me miró. Directo. A los ojos. Sin disimulo. Fue un segundo, pero fue como si me hubiera tocado. Luego desvió la mirada hacia mí —hacia mí— y gritó con esa voz juguetona que pone cuando sabe que está ganando:
—¿Quién se viene al agua conmigo?
No lo dudé ni medio segundo.
—Yo me apunto —dije, quitándome la camiseta de un tirón—. Que hace un calor de cojones.
Me acerqué caminando despacio, disfrutando de cada paso. Ella se levantó, dejó caer el pareo como si fuera un trapo viejo y empezó a andar hacia el mar. El hilito de la tanga se perdía entre las nalgas. Cada movimiento era una provocación calculada. Yo la seguía a tres metros, viendo cómo el sol le rebotaba en la piel bronceada, cómo el bikini se le pegaba un poco más con cada pisada en la arena caliente.
Cuando entramos en el agua, el primer chapuzón fue eléctrico. El agua fría contrastaba con el calor que llevaba dentro. Ella se giró hacia mí, riendo, y me salpicó. Me acerqué. El bikini ya estaba mojado y empezaba a transparentarse. Los pezones rosados se marcaban como si no hubiera tela. El contorno del coño se intuía perfectamente. Me miró a los ojos mientras se pasaba las manos por el pelo, arqueando la espalda, poniéndome todo delante sin pudor.
—Hace calor, ¿eh? —me dijo bajito, con esa voz ronca que pone cuando está cachonda.
—Mucho —contesté, acercándome un paso más—. Demasiado.
Le puse la mano en la cintura un segundo, solo para “estabilizarla” con una ola. No se apartó. Al contrario, se pegó un poco más, lo justo para que notara que estaba duro. Me rozó con la cadera, disimulando con otro salpicón y una risa.
Desde la orilla se oían las voces de los demás, pero aquí dentro del agua éramos solo nosotros dos. Ella se sumergió un segundo, salió pegada a mí, el pecho rozándome el torso. Me miró de cerca, los labios entreabiertos.
—¿Sabes qué es lo que más me pone? —susurró, casi rozándome la oreja—. Saber que Javi está mirando… y que no puede hacer nada.
Tragué saliva. La mano que tenía en su cintura bajó un centímetro, rozando el borde de la braguita.
—¿Y tú qué vas a hacer al respecto? —le pregunté, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella sonrió, esa sonrisa peligrosa.
—Depende… de lo valiente que seas tú.
Se separó despacio, nadando un par de metros hacia atrás, pero sin quitarme los ojos de encima. El bikini transparente, el agua goteándole por el cuerpo, el sol pegando fuerte… Era una puta tentación andante.
Volví a mirar hacia la playa. Javi estaba sentado en la arena, cerveza en mano, mirando fijo. No sé si estaba cabreado, excitado o las dos cosas a la vez. Pero yo sí sabía una cosa, Gema estaba hoy por tocarle los huevos a Javi.
Desde la perspectiva de Gema
Me encanta esta sensación, el sol quemándome la piel, la arena caliente bajo la toalla, las miradas de las chicas clavadas en mí como si fuera la protagonista de una película que ellas solo pueden ver desde la butaca. Y sobre todo, la mirada de Javi. Esa que llega tarde, cargada de resaca y de arrepentimiento, y que se queda fija en mí como si no supiera si quiere matarme o follarme aquí mismo delante de todos.
Ayer por la noche me dejó con un calentón brutal. Toda la tarde posando en aquel garaje, con el aire rozándome el coño mojado, imaginándome cómo se le pondría dura cuando le contara. Y llega él borracho perdido, sin ganas, sin pilas. Así que me lo quité yo sola, pensando en él… y pensando también en lo que pasaría si algún día decidiera no pensar en él.
Hoy es el día de cobrármelo.
Me tumbo boca abajo para que el sol me dore el culo, el bikini blanco tan pequeño que apenas tapa nada. Sé que se me ve todo cuando me muevo, el hilito desapareciendo entre las nalgas, los pechos aplastados contra la toalla dejando escapar los laterales. Las chicas no paran de hablar de mí.
—Joder, Gema, estás tremenda. ¿Qué te has hecho?
—Nada… solo dejar de aguantar gilipolleces —les contesto con una sonrisa lenta.
Y entonces llega Javi, sudado, cargado de trastos, con cara de no haber dormido en el sofá lo suficiente. Lo miro un segundo, solo para que note que lo estoy midiendo. Que lo estoy juzgando. Luego desvío los ojos hacia Pepe.
Pepe, que lleva toda la mañana quitándose la camiseta cada dos por tres, flexionando abdominales sin disimulo, poniéndose crema en los hombros como si estuviera en un casting. Pepe, que siempre me ha mirado y que tuvo la conversación con mi marido, el que le pregunto si éramos una pareja abierta. Pepe, que hoy va a ser mi herramienta perfecta.
Me incorporo despacio, dejo que el pareo caiga al suelo como si fuera una declaración de guerra. El bikini se me pega un poco a la piel por el sudor. Siento los pezones endurecidos rozando la tela fina. Levanto la voz, alta y clara, para que todos me oigan,
—¿Quién se viene al agua conmigo?
No miro a Javi. Miro a Pepe. Directo a los ojos. Y veo cómo se le ilumina la cara, cómo tira la camiseta sin pensarlo, cómo camina hacia mí con esa seguridad de quien sabe que ha ganado la partida antes de empezar.
Camino hacia el mar sin prisa. Cada paso es calculado, cadera a un lado, luego al otro, dejando que el hilito de la tanga se hunda más entre las nalgas. Siento sus ojos en mi espalda. Siento los de Javi también, clavados desde la toalla, quemándome la nuca.
Entro en el agua. Está fría al principio, me pone la piel de gallina, me endurece más los pezones. Me mojo entera de golpe, salgo empapada y me paso las manos por el pelo, arqueando la espalda. Sé lo que está pasando, el bikini blanco se ha convertido en nada. Se transparenta todo. Los pezones rosados se marcan como si estuviera desnuda. El coño se intuye perfectamente, los labios hinchados por el calentón de anoche y de esta mañana. Pepe está a dos pasos, mirándome sin disimulo.
Se acerca. Me pone la mano en la cintura. No es un roce inocente. Es posesivo. Yo no me aparto. Al contrario, me pego un poco más, dejo que note cómo estoy de mojada. Le rozo con la cadera, disimulando con una risa y un salpicón.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —le susurro al oído, casi rozándole el lóbulo con los labios.
Él traga saliva. Está duro, lo noto contra mi muslo cuando la ola nos empuja.
—Dímelo —contesta con voz ronca.
—Que Javi está mirando y sufriendo. Que sabe que podría pararlo… y que no lo va a hacer. Porque le jode.
Pepe suelta una risa baja, peligrosa. Su mano baja un centímetro más, rozando el borde de la braguita.
—¿Y tú qué quieres, Gema?
Lo miro a los ojos. Sonrío despacio.
—Quiero que me toques. Quiero que Javi lo vea. Quiero que se muera de celos… y que luego, cuando volvamos a la toalla, me mire como si fuera la única mujer del mundo. Y quiero que entienda que, si vuelve a dejarme colgada con un calentón, la próxima vez no me voy a conformar con que me miren.
Me separo un poco, nado hacia atrás, pero sin dejar de mirarlo. El agua me gotea por el cuerpo, el bikini pegado como una segunda piel inútil. Desde aquí veo a Javi en la arena cerveza en la mano, mirada fija, mandíbula apretada. No sé si está furioso o cachondo perdido. Probablemente las dos cosas.
Y eso… eso me pone más que nada.
Porque hoy no soy la que espera. Hoy soy la que decide.
Los amigos desde la orilla
La playa entera parecía haberse dado cuenta de que algo estaba cambiando en el aire, como cuando una ola grande se acerca y todo el mundo se calla un segundo antes de que rompa.
Desde las toallas, el grupo observaba sin disimulo. Las tres parejas y Pepe formaban un semicírculo improvisado alrededor de la barbacoa humeante, pero nadie prestaba atención real al carbón ni a las pinzas. Todos los ojos —unos más disimulados que otros— seguían el vaivén en el agua.
Javi estaba sentado en la arena, con las rodillas flexionadas y una cerveza que ya se había calentado en la mano. Miraba fijo hacia el mar, la mandíbula apretada, los nudillos blancos alrededor del botellín. No parpadeaba. Cada vez que Gema reía o se pegaba un poco más a Pepe, su pecho subía y bajaba más rápido, como si estuviera conteniendo la respiración.
Laura, tumbada de lado con las gafas de sol puestas, le dio un codazo suave a su novio Marcos.
—Mira cómo se le está poniendo la cara… Pobre Javi. Creo que hoy se le va a romper algo por dentro.
Marcos soltó una risa baja, sin quitar ojo al agua.
—O se le va a poner tiesa del todo. No sé qué es peor.
Al lado, Marta y su pareja Carlos estaban más callados, pero no menos atentos. Marta se mordía el labio inferior, cruzada de piernas, el pareo abierto dejando ver el bikini rojo que llevaba. Carlos, de pie fingiendo ajustar la sombrilla, no paraba de mirar hacia el mar cada tres segundos.
—Joder… ese bikini blanco mojado es ilegal —murmuró Carlos, más para sí mismo que para los demás.
Marta le dio un manotazo en la pierna.
—Cállate, no entiendo cómo se puede ser tan guarra y el marido aquí al lado mirando. Y Para colmo luego me toca a mí aguantarte cachondo todo el día por culpa de otra. Murmuro en el oído de Carlos
Pero ella también miraba. Y sonreía de lado, como si estuviera disfrutando del espectáculo tanto como del morbo que generaba en su propia pareja.
En el agua, la escena seguía escalando a cámara lenta. Gema y Pepe estaban ya a la altura del pecho, el agua les llegaba justo por debajo de los hombros con las olas. Ella se había girado de espaldas a la playa, de cara a él, y le hablaba bajito, muy cerca. Pepe tenía una mano en su cadera, la otra rozando apenas la superficie del agua, pero los dedos se veían inquietos, como si estuvieran decidiendo hasta dónde llegar. Gema se reía, echaba la cabeza hacia atrás, dejaba que el agua le corriera por el cuello y los pechos. El bikini era ya un fantasma, transparente, inútil, marcando cada detalle. Los pezones duros, el triángulo inferior pegado al coño hinchado, todo a la vista para quien quisiera fijarse.
Desde la toalla, Laura rompió el silencio otra vez, en voz baja pero lo suficientemente alta para que Javi la oyera.
—No veas cómo se lo está montando… Pepe no debe de estar pasándolo mal, ¿eh? Y tu mujer lo sabe. ¿Esto te parece bien Javi?, porque ya conocemos a Pepe que no perdona.
—Es una mujer adulta, para tomar sus decisiones- Fue lo único que se me ocurrió decir.
—Coño Javi!!! Y tan adulta... hay veces que no os entiendo.
Javi no contestó. Solo tragó saliva. La cerveza temblaba un poco en su mano.
De repente, Gema se sumergió. Desapareció bajo el agua un segundo. Salió pegada a Pepe, el cuerpo rozándole el torso, las manos de él ahora en su cintura con más decisión. Ella le susurró algo al oído, él sonrió, esa sonrisa de ganador, y bajó la cabeza un instante como si fuera a besarla. No lo hizo… todavía. Pero el gesto fue suficiente para que en la playa se oyera un “joder” colectivo, casi inaudible.
Marta se incorporó un poco más.
—Hostia… ¿Pero esto no es normal?
Carlos se rascó la nuca, nervioso pero excitado.
—Marta, mejor no te metas donde no te llaman.
Javi por fin habló, voz ronca, sin apartar la vista del agua.
—No va a pasar nada. Gema solo está… cabreada. Es una forma de joderme.
Laura soltó una carcajada suave.
—Claro, Javi. Y por eso tu y el otro tenenis la polla como un tronco debajo del bañador.
Se nota desde aquí.
Él se puso rojo hasta las orejas, pero no negó nada. Solo apretó más el botellín.
En el mar, Gema se separó un metro de Pepe, nadó hacia atrás con una gracia felina, pero sin romper el contacto visual. Se pasó las manos por el pelo empapado, arqueó la espalda otra vez —un movimiento que hizo que sus pechos subieran y el bikini se tensara al límite—, y gritó hacia la playa, alto y claro, con esa voz que mezclaba desafío y diversión,
—¿Alguien más se anima? ¡El agua está buenísima!
Fue como si hubiera lanzado una granada. Las risas estallaron en las toallas. Marcos se levantó de golpe.
—Venga, yo voy. Que no se diga que soy un muermo.
Laura le tiró la chancla.
—¡Ni se te ocurra, cabrón!
Pero todos sabían que la tarde ya no tenía vuelta atrás. El grupo entero estaba cargado: celos, morbo, risas nerviosas, miradas cruzadas. La barbacoa seguía humeando olvidada. Las cervezas se calentaban. Y en el centro de todo, Gema flotaba en el agua como una reina que acababa de declarar la guerra… y que sabía que iba a ganar.
La playa ya no era solo una playa. Era un tablero. Y todos estaban jugando.
La decisión fue casi simultánea, Marcos se levantó de un salto, quitándose la camiseta con un gesto teatral, y Carlos lo siguió sin pensarlo dos veces. Laura y Marta se miraron, rieron y se pusieron en pie también, sacudiéndose la arena de las piernas.
—Venga, que nos quedamos aquí como abuelas —dijo Laura, tirando de la mano de Marcos—. Al agua todos.
Javi apenas se movió unos metros, para volver a sentarse en la orilla de la playa, con las rodillas flexionadas y los brazos apoyados en ellas. La cerveza ya estaba caliente y olvidada a su lado. Miraba fijo al mar, pero no se levantó. Nadie le dijo nada, simplemente lo dejaron allí, como si el grupo hubiera aceptado tácitamente que hoy él no jugaba.
En el agua, el ambiente cambió en cuanto llegaron los demás. Las olas eran suaves, el agua tibia por el sol de media tarde. Empezaron a salpicarse, a reír, a empujarse como críos. Alguien propuso el clásico juego de las “guerras de gallos”, las mujeres subidas a hombros de los hombres, intentando tirarse unas a otras al agua.
Laura se subió rápido a Marcos, rodeándole el cuello con los muslos, riendo a carcajadas mientras él la sujetaba por las piernas. Marta hizo lo mismo con Carlos, aunque con menos gracia y más nervios. Y entonces Gema, sin dudarlo ni un segundo, miró a Pepe.
—Ven aquí —le dijo, con esa voz baja y juguetona que solo usaba cuando quería algo concreto.
Pepe se acercó nadando despacio, se puso de espaldas y flexionó las rodillas. Gema se impulsó hacia arriba con un salto elegante, le rodeó el cuello con los muslos y se acomodó sobre sus hombros. No fue un movimiento inocente. Se colocó justo donde el cuello se une con los hombros, pero un poco más adelante de lo necesario. El coño, apenas cubierto por esa tela blanca empapada y transparente, quedó pegado contra la nuca de Pepe. Él lo notó al instante: la presión caliente, húmeda, el roce directo de los labios hinchados contra su piel. Soltó un “joder” entre dientes que solo ella oyó, y apretó las manos en los muslos de Gema para sujetarla… aunque no hacía falta. Ella no se iba a caer.
El juego empezó. Gema y Laura se empujaron primero, riendo, gritando, tirándose del pelo mojado. Marta se unió, intentando derribar a Laura, pero sin mucha fuerza. Cada vez que Gema se inclinaba hacia delante para empujar, su coño se deslizaba un poco más arriba por el cuello de Pepe, rozándole la barbilla. Él inclinaba la cabeza hacia atrás disimuladamente, buscando más contacto. Ella lo notaba y apretaba los muslos un poco más, como si quisiera asfixiarlo de placer.
Desde la orilla, Javi lo veía todo. Veía cómo el cuerpo de su mujer se movía encima de otro hombre, cómo los muslos se abrían y cerraban alrededor del cuello de Pepe, cómo la tela del bikini se había convertido en nada y dejaba ver el rosado brillante cada vez que ella se inclinaba. Veía las manos de Pepe sujetando esos muslos con más fuerza de la necesaria, los dedos hundiéndose en la carne. Veía las risas, los gritos, el juego… y sentía que el estómago se le retorcía en un nudo de celos, rabia y una erección dolorosa que no podía disimular ni sentado.
Las mujeres se empujaron un rato más, hasta que Laura consiguió tirar a Marta al agua con un grito triunfal. Gema y Pepe resistieron más tiempo, pero al final ella se dejó caer hacia atrás con dramatismo, deslizándose por la espalda de Pepe hasta meterse en el agua. Al salir, se pegó un segundo a él por detrás, rozándole la espalda con los pechos, y le susurró algo al oído que le hizo sonreír de lado.
Luego, uno a uno, fueron saliendo del agua. Goteando, riendo, sacudiéndose el pelo. Gema fue la última en llegar a la toalla. Caminó despacio, el bikini pegado al cuerpo como una segunda piel inútil, los pezones marcados, el coño dibujado en negativo bajo la tela transparente. Se tumbó boca arriba junto a las otras mujeres, sin mirar a Javi ni una sola vez.
Las chicas se agruparon en corro, toallas juntas, voces bajas pero cargadas de morbo. Laura fue la primera en romper el hielo.
—Hostia, Gema… ¿qué coño ha sido eso? —susurró, con una sonrisa enorme—. Le has puesto el coño en la cara al pobre Pepe. Literalmente.
Marta se tapó la boca para no reírse fuerte.
—Se le veía la cara de “no me lo creo”… y luego de “quiero más”. Joder, tía, ¿estás loca?
Gema se estiró como un gato, arqueando la espalda para que el sol le secara la piel.
—¿Loca? No. Cabreada. Y cachonda. —Bajó la voz aún más—. Anoche me dejó colgada con un calentón de la hostia. Hoy que se joda.
Laura miró de reojo hacia Javi, que seguía sentado en la orilla, solo, mirando al horizonte.
—¿Y él? Está ahí plantado como un pasmarote. ¿No te da pena?
Gema se encogió de hombros, pero sus ojos brillaron con algo entre crueldad y excitación.
—Pena no. Morbo sí. Que mire. Que vea lo que se pierde cuando me deja esperando. Y que luego, cuando volvamos a casa, me suplique que le deje tocar lo que Pepe ha estado oliendo todo el rato.
Marta soltó una risita nerviosa.
—¿Y Pepe? Porque ese no se va a conformar con oler, guapa. Se le notaba la polla tiesa debajo del agua.
Gema sonrió despacio, mirando hacia donde Pepe estaba ahora, secándose con la toalla y echándole miradas disimuladas.
—Pepe… Pepe ya veremos. O si Javi no se atreve a impedirlo.
—Coño Gema que los vas a echar a pelear.
—Tranquila Marta, que no va a pasar nada.
Las tres se quedaron calladas un segundo, procesando. Luego Laura murmuró,
—Joder… esto se va a poner interesante.
Y las tres volvieron a mirar hacia Javi, que seguía inmóvil en la orilla, con la mirada perdida en el mar… pero con los puños apretados en la arena.
El sol seguía cayendo a plomo, pero el verdadero calor estaba en las voces bajas, en las risitas contenidas y en las miradas que se cruzaban entre ellas. Gema se tumbó boca arriba, apoyada en los codos, dejando que el bikini mojado se secara lentamente sobre su piel. La tela blanca, ahora casi inexistente, se pegaba como una segunda epidermis transparente, los pezones rosados perfectamente delineados, el monte de Venus hinchado y los labios mayores marcados en relieve, como si alguien hubiera dibujado su coño con un rotulador fino.
Laura fue la primera en romper el hielo, bajando la voz pero sin poder disimular la excitación.
—Joder, Gema… ese bikini ya podías haberte cortado algo. Se te ve todo. Todo. Cuando has salido del agua he tenido que mirar dos veces para asegurarme de que no ibas en pelotas.
Marta asintió rápido, mordiéndose el labio inferior mientras echaba un vistazo disimulado hacia los hombres, que fingían estar ocupados con la barbacoa, pero no paraban de lanzar miradas hacia ellas.
—Es que no tapa una mierda cuando se moja. Se te transparentan los pezones como si llevaras celofán. Y abajo… tía, se te marca el coño entero. Los labios, el clítoris… todo. Mis ojos se han ido solos.
Gema sonrió despacio, estirándose como si estuviera posando para una foto invisible. Arqueó un poco la espalda, haciendo que el bikini se tensara aún más y el relieve se acentuara.
—Ese era el plan —dijo con voz ronca y tranquila—. Que se viera. Que se viera bien. Anoche me dejó con un calentón que me quemaba por dentro y hoy… hoy me toca a mí decidir quién mira y quién toca.
—Mira a tu marido… está pasándolo fatal. Tiene la cara de quien acaba de descubrir que su mujer es la protagonista de una peli porno y él es el extra que mira desde el fondo.
Marta se tapó la boca para no reírse fuerte, pero los ojos le brillaban.
—Y no es el único. Mi Carlos no para de ajustarse el bañador cada dos minutos. Creo que lleva media hora intentando disimular la erección. Cada vez que te mueves, se le va la mirada. Y Marcos… uf. Laura, tu novio te va a follar esta noche pensando en el culo de Gema, te lo juro.
Laura se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.
—Que lo haga. Total, yo también estoy mojada desde que os he visto en el agua. Sobre todo, cuando te has subido a Pepe y le has puesto el coño justo en la nuca. Joder, Gema… eso ha sido descarado. Se le ha puesto la cara de «no me lo creo» y luego de «dame más». Creo que ha estado a punto de girar la cabeza y lamerte ahí mismo.
Gema se pasó la lengua por los labios, mirando hacia Pepe, que ahora estaba de pie junto a la nevera sacando cervezas, pero echándole miradas cada pocos segundos.
—Pues que mire. Que huela. Que se muera de ganas. Y que Javi lo vea todo. Quiero que entienda que, si me deja colgada otra vez, no voy a quedarme esperando. Voy a buscar quien sí me quite el calentón… y delante de él si hace falta.
Las tres se quedaron calladas un segundo, procesando la crudeza de las palabras.
Luego Marta murmuró, casi en un susurro:
—Nuestros maridos están sufriendo de cojones ahora mismo. Javi parece que va a explotar. Y los nuestros… están igual de jodidos. Entre el bikini ese que no tapa nada y el numerito del agua… van a llegar a casa con los huevos como melones.
Laura miró a Gema directamente a los ojos.
—¿Y tú? ¿Hasta dónde vas a llevar esto?
Gema se incorporó un poco más, dejando que el bikini se deslizara un milímetro hacia abajo, exponiendo aún más el borde del monte de Venus.
—Hasta donde haga falta para que aprenda la lección. Y si Pepe se atreve a dar el paso… pues que lo dé. Delante de todos. Delante de Javi. Que vea cómo otro hombre pretende de mi lo que el no me da.
Las risitas volvieron, nerviosas pero cargadas de morbo. Las tres volvieron a mirar hacia los hombres, Javi inmóvil en la orilla, Pepe sirviendo cervezas con una media sonrisa permanente, Marcos y Carlos fingiendo interés en el carbón, pero con la mirada clavada en el corro de mujeres.
Gema se incorporó de golpe en la toalla, sacudiéndose un poco de arena del estómago y mirando hacia el fondo de la playa con una expresión caprichosa.
—Me apetece un mojito. De los del chiringuito de allá al fondo. Me han dicho que los hacen de muerte.
Las chicas la miraron con una mezcla de diversión y complicidad. Laura alzó una ceja.
—¿Del chiringuito nudista? Eso implica cruzar toda la zona de rocas y pasar por donde la gente va en pelotas.
Gema se encogió de hombros, ya poniéndose en pie.
—Pues sí. ¿Y qué? Me apetece. Además… a lo mejor me refresco un poco más.
Se giró hacia el grupo de hombres, que fingían estar concentrados en la barbacoa, y alzó la voz con ese tono juguetón que ya todos conocían demasiado bien.
—Voy a por un mojito. ¿Alguien se apunta?
Pepe levantó la cabeza al instante, dejó las pinzas en la parrilla y se limpió las manos en el bañador.
—Voy yo. No vas a ir sola por ahí con ese bikini.
Gema sonrió de lado, sin mirarlo directamente a los ojos, pero dejando claro que era justo lo que esperaba.
—Venga, pues.
Se pusieron en marcha. Ella delante, él detrás a un par de pasos. Cruzaron la línea invisible de las rocas grandes que separaban las dos zonas. Al otro lado, la playa nudista se extendía tranquila, cuerpos de todas las edades y formas tumbados al sol, sin toallas ni complejos, el chiringuito al fondo con su techo de paja y música suave sonando.
Javi los vio alejarse desde la orilla. No dijo nada. Solo apretó la mandíbula y clavó la vista en la arena.
Pasaron casi cuarenta minutos. Demasiado para un par de mojitos.
Cuando regresaron, Gema llevaba un vaso alto con hielo y menta flotando, sorbiendo por la pajita con calma exagerada. Pepe caminaba a su lado, con una cerveza en la mano y una sonrisa satisfecha que no disimulaba. Se sentaron en las toallas como si nada.
Javi no aguantó más. Se acercó, voz baja pero tensa.
—¿Por qué habéis tardado tanto?
—¿Qué coño ha pasado ahí de verdad?
Gema giró la cabeza hacia él, muy despacio. Sus labios casi rozaron la oreja de Javi cuando respondió, también en susurro, voz baja y ronca, como si estuviera contándole un secreto prohibido.
—Nada que no te merezcas, cariño. Fuimos al chiringuito. Pedimos los mojitos en la barra. Pepe me preguntó si hacía nudismo. Le dije que solo contigo… y ahora en alguna foto que subo. Me soltó que mis fotos de ********* le vuelven loco, que se las mira una y otra vez. Me dijo que si me atrevía a quitarme el bikini ahí mismo, ya que estábamos en la zona nudista.
Hizo una pausa, dejando que el silencio se llenara con el latido acelerado de Javi.
—Le contesté que si no tenía bastante con lo que se veía ya. Y él… me miró de arriba abajo, con esa sonrisa de sobrado, y dijo, «Tienes razón… si estás así con ese bikini que no tapa nada, qué menos que te lo quites y me enseñes lo que hay debajo de verdad».
Javi tragó saliva. Su respiración era entrecortada.
—¿Y… lo hiciste?
Gema sonrió despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Bajó aún más la voz, casi un murmullo íntimo y cruel.
—No. No me lo quité. Todavía lo llevo puesto, ¿no lo ves? —Se pasó una mano por el estómago, rozando el borde de la braguita transparente—. Pero me lo pensé. Mucho. Me imaginé quitándomelo entero ahí, en la barra, delante de él y de quien pasara. Dejar que viera todo, los pezones, el coño, el culo…Como lo hizo el tipo del taller. Y que él se quitara el bañador también. Porque me dijo que lo haría, para estar en igualdad. Y joder… cuando me lo imaginé, se me puso durísimo el clítoris. Se me mojó más que con el agua del mar.
Javi cerró los ojos un segundo, como si le doliera oírlo.
—¿Y él… se quitó?
Gema se lamió los labios despacio.
—Sí. Se bajó el bañador. Y me enseñó la polla. Enorme, Javi. Gruesa, larga, venosa… tiesa como una piedra en cuanto me vio tan cerca. Nos quedamos ahí un rato, bebiendo mojitos, charlando como si nada, él con la polla al aire y yo con el bikini pegado, transparente, dejando ver todo. La gente pasaba y ni se inmutaba. Normal allí.
Javi abrió los ojos. Tenía la mandíbula apretada, los puños cerrados en la arena.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a volver a por otro mojito?
Gema se incorporó un poco sobre los codos, mirándolo fijamente. Su voz seguía siendo un susurro, pero ahora con un filo juguetón.
—Me apetece otro, sí. Mucho. Y si voy… igual esta vez sí me lo quito. Igual le dejo que me vea entera. Igual dejo que me mire todo el rato que quiera. O igual dejo que me toque un poco… solo un poco. Para ver si es verdad que tiene huevos o solo habla.
Hizo una pausa, rozó con la punta del dedo el muslo de Javi.
—¿Quieres que vaya? ¿O prefieres que me quede aquí… y que tú me quites el calentón que me ha dejado verlo?
Javi no contestó de inmediato. Solo respiraba fuerte, mirando el bikini transparente, el cuerpo de su mujer todavía húmedo, todavía ofreciendo todo sin dar nada.
Gema se tumbó de nuevo, cerró los ojos y murmuró, casi para sí misma:
—Decídete rápido, amor. Porque si no… me levanto y voy. Y esta vez no prometo volver con el bikini puesto.
Al final, Marta sacó una baraja de cartas de su bolso playero, como si necesitáramos un salvavidas para bajar la tensión que flotaba en el aire.
—Venga, jugamos al mentiroso o al póker —dijo, repartiendo con rapidez—. Algo para que no nos comamos entre nosotros.
Todos reímos, agradecidos por la distracción. Las risas sonaron sinceras, aunque un poco forzadas en algunos casos. Nos sentamos en corro sobre las toallas, las cervezas volvieron a circular, y por un rato el ambiente se distendió de verdad. Gema participaba, reía con las chicas, pero sus ojos seguían yendo y viniendo hacia Pepe cada pocos minutos, como si tuviera un imán invisible tirando de ella.
En un momento, entre mano y mano, soltó la idea con esa naturalidad que ponía cuando quería provocar sin parecer que lo hacía:
—Y si jugáramos en la playa nudista de al lado… el que perdiera se quitaba una prenda. O todo lo que llevara puesto.
La broma cayó como una bomba suave. Todos reímos otra vez, más alto, más nerviosos. Marcos soltó un “joder, sí, eso sería épico”, Laura puso los ojos en blanco pero se mordió el labio, Carlos carraspeó y miró al suelo. Javi forzó una sonrisa, pero se le notaba que le había sentado como un puñetazo en el estómago. Pepe, en cambio, solo sonrió de lado, mirándola fijamente.
—Igual la próxima —dijo él, con voz tranquila—.
Y ahí quedó la cosa, flotando como una promesa que nadie sabía si iba a cumplirse.
Pero entonces Pepe se levantó de golpe, sacudiéndose la arena de las manos.
—Joder, nos hemos quedado sin hielo. La nevera está en las últimas. Me acerco a la gasolinera que hay en la carretera, a un par de kilómetros. ¿Gema te apuntas?
Gema saltó como un resorte. Ni lo pensó.
—Venga, te acompaño.
Ni cogió el pareo, solo las chanclas, ni siquiera se molestó en ponerse algo encima del bikini blanco que seguía siendo básicamente nada mojado. Se levantó descalza, con la piel todavía brillante de agua y sudor, y se puso al lado de Pepe como si fuera lo más normal del mundo.
—Volvemos enseguida —le dijo a nadie en concreto, y se fueron.
Los vieron alejarse por el camino de arena que salía de la cala hacia la carretera, ella contoneándose con cada paso, el hilito de la tanga desapareciendo entre las nalgas, él caminando a su lado con esa calma de quien sabe que ha ganado la partida.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. Luego cuarenta.
Una hora y media después volvieron.
Pepe llevaba una bolsa de hielo en una mano y dos cervezas frías en la otra. Gema traía el pelo algo más revuelto, los labios más rojos de lo normal, y una sonrisa de satisfacción que no intentaba disimular. El bikini seguía en su sitio, ajustado.
Cuando se sentaron, el grupo entero se quedó en silencio un segundo. Luego empezaron las preguntas, primero en broma, luego con un filo más serio.
Marcos fue el primero,
—Joder, ¿qué coño habéis hecho? Una hora y media para comprar hielo en una gasolinera que está a dos kilómetros…
Laura soltó una risita nerviosa.
—Seguro que han tenido que buscarla bien… o han encontrado otra cosa por el camino.
Pepe se encogió de hombros, abriendo una cerveza.
—Había cola en la caja. Y luego nos paramos un rato a charlar. Nada más.
Gema solo dijo una frase, necesito un baño y se fue al agua contoneándose.
Entonces Carlos se acercó a Javi, que seguía sentado en la misma posición desde hacía horas, con la mirada perdida en el mar.
—Oye, colega… ¿de qué va esto? ¿No le vas a decir nada a Pepe? ¿Ni a tu mujer? Porque esto ya no es broma, ¿eh?
Javi tragó saliva. Tenía la voz ronca cuando respondió, casi en un murmullo.
—No sé qué decirles. Si le digo algo… igual se lo toma como un reto. Y si no digo nada… pues ya veis.
Marta, que estaba cerca, soltó un bufido bajo.
—Pues decide algo, Javi. Porque tu mujer se está comiendo el mundo delante de tus narices y tú estás ahí sentado como si te hubieran dado un mazazo en la cabeza.
Gema volvió de darse su baño, otra vez con todo mojado y dejando a la vista un coño que parecía más hinchado de lo normal y unos pezones gordos que pedían comerlos a bocados.
Las mujeres volvieron a su corro, cuchicheando otra vez. Se oían fragmentos:
—…seguro que se la ha chupado en el coche…
—…o se la ha metido en el baño de la gasolinera…
—…mira cómo tiene los labios hinchados…
—…y él con esa cara de “me la ha mamado y me ha encantado”…
Gema las oyó, claro. Giró la cabeza un segundo hacia ellas y sonrió, sin decir nada. Luego miró a Javi directamente, por primera vez en toda la tarde con algo parecido a ternura mezclada con desafío.
—Tranquilo, amor —le dijo en voz baja, solo para él—. Todavía no ha pasado nada, solo hemos estado charlando en el coche un rato, sobre las fotos y esas cosas.
Y me volví a levantar para sentarme en la orilla del mar mirando al infinito.
La tarde ya se había vuelto espesa, con el sol empezando a teñir todo de naranja y el mar más tranquilo, como si supiera que la tormenta estaba dentro del grupo y no en el agua.
Las mujeres seguían en su corro, pero ahora las risas eran más contenidas, más miradas de reojo. Los hombres fingían seguir con la barbacoa y las cervezas, pero el ambiente era de esos en los que todo el mundo espera que alguien diga algo definitivo… o que explote.
Marta, que hasta entonces había sido la más callada del trío, se levantó de su toalla y se acercó despacio a Javi. Él seguía sentado en la orilla, un poco apartado, con las rodillas flexionadas y los ojos fijos en el horizonte, como si mirara el mar pudiera borrar lo que acababa de pasar. Marta se agachó a su lado, se sentó en la arena y habló en voz baja, casi maternal, aunque con un filo de preocupación real.
—Javi… ¿estáis seguros de lo que estáis haciendo?
No conteste de inmediato. Solo trague saliva y siguió mirando al agua.
Marta suspiró, se pasó la mano por el pelo mojado y continuó, más suave pero sin rodeos.
—No seré yo quien se meta en vuestra vida, eh. Cada pareja tiene sus reglas, sus juegos, lo que les pone o lo que les jode. Pero… entre las fotitos del Insta de Gema y ahora esto… no sé, tío. Esas fotos que sube ya son bastante… provocativas. Medio en pelotas en sitios públicos, poses que invitan a mirar, comentarios que se pasan de la raya. Y ahora lo de la gasolinera, lo del chiringuito, el numerito con Pepe… parece que estáis subiendo la apuesta muy rápido. Y tú estás aquí sentado, sin decir ni pío.
Hizo una pausa, miró hacia donde Gema estaba tumbada boca arriba, charlando con Laura y riendo como si nada, el bikini todavía transparente marcando todo.
—¿Esto es un juego consensuado? ¿O es que ella va por libre y tú… no sabes cómo pararlo? Porque si es lo segundo, igual te estás haciendo daño, Javi. Y si es lo primero… pues oye, disfrutad. Pero parece que no lo estás disfrutando.
Javi por fin giró la cabeza hacia ella. Tenía los ojos enrojecidos, no de llorar, sino de contención pura. La voz le salió ronca, casi rota.
—No lo sé, Marta. De verdad que no lo sé. Al principio era morbo, era caliente verla así, saber que otros la miraban y que volvía a casa conmigo. Pero ahora… ahora parece que ya no vuelve del todo a casa. O que cuando vuelve, trae algo que no es solo para mí.
Marta asintió despacio, sin juzgar.
—Pues habla con ella. Antes de que cruce otra línea que ya no se pueda borrar. Porque si sigues callado, ella va a interpretar que te da igual… o peor, que te gusta que siga. Y si te gusta de verdad, genial. Pero si no… para antes de que os haga daño de verdad.
Javi miró hacia Gema otra vez. Ella, como si sintiera la conversación, giró la cabeza y le sostuvo la mirada un segundo. No sonrió. No desafió. Solo lo miró, con una mezcla de ternura y algo más oscuro, como diciendo “tú decides cuándo acaba esto”.
Marta se levantó, le dio una palmada suave en el hombro.
—Piénsalo, Javi. Y si necesitas hablar… aquí estamos. Aunque sea para decirte que te están tomando el pelo.
Se alejó de vuelta al corro de mujeres. Gema no preguntó nada cuando Marta se sentó, pero las tres se miraron y siguieron cuchicheando en voz más baja. Javi se quedó allí, solo otra vez, con el mar lamiéndole los pies y una decisión que cada minuto pesaba más.
La despedida del grupo fue rápida y algo forzada, como si todos quisieran largarse antes de que la tensión estallara del todo. Las toallas se recogieron en silencio, las neveras se cargaron con golpes secos, y se intercambiaron besos en la mejilla y “nos vemos pronto” que sonaban a mentira piadosa. Marcos y Laura se fueron primero en su coche, Carlos y Marta poco después. Pepe se quedó rezagado, ayudando a cargar la última bolsa en el maletero de Javi mientras Gema se despedía de las chicas con abrazos rápidos y sonrisas que escondían mucho más de lo que decían.
Cuando el grupo se dispersó, Gema miró hacia Pepe, que ya tenía las llaves del todoterreno en la mano y se dirigía hacia donde había aparcado su coche, un poco más apartado, en la zona de grava al final de la cala. El todoterreno de Pepe estaba medio oculto detrás de unas dunas bajas y unos pinos, fuera de la vista directa de la playa principal. La luz del atardecer lo convertía todo en sombras alargadas, y el viento traía el rumor del mar, amortiguando cualquier sonido que pudiera escaparse.
—Voy a despedirme de Pepe —le dijo Gema a Javi en voz baja, casi casual—. No tardo.
Javi la miró fijamente, con la mandíbula apretada.
—No tardes.
Ella no contestó. Solo se ajustó el pareo de gasa alrededor de la cintura —más por costumbre que por cubrir algo— y caminó descalza hacia el todoterreno. El sol ya estaba bajo, tiñendo todo de un naranja rojizo que hacía que su piel bronceada y el bikini blanco parecieran brillar. Cada paso en la arena dejaba una huella ligera, y el pareo se movía con el viento, revelando flashes de su cuerpo que ya todos conocían demasiado bien.
Pepe estaba apoyado en la puerta del conductor, con los brazos cruzados y una media sonrisa que no se quitaba desde que habían vuelto de la gasolinera. Cuando Gema llegó a su altura, se separó un poco del coche y la miró de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose un segundo de más en el contorno de sus pechos bajo la tela transparente.
—Gracias por lo de antes —dijo él, voz baja, ronca por el sol y las cervezas. Las palabras eran deliberadamente vagas: “lo de antes” podía ser el viaje a la gasolinera, la compra del hielo… o cualquier otra cosa que hubiera ocurrido en ese parking apartado.
Gema se acercó más, hasta quedar a un palmo. El viento movió el pareo y dejó ver un segundo el hilito de la tanga desapareciendo entre las nalgas. Ella inclinó la cabeza ligeramente, como si midiera cada palabra.
—No ha sido nada… o casi nada —respondió ella, con esa sonrisa lenta que dejaba todo abierto—.
Pepe soltó una risa baja, casi un suspiro, y descruzó los brazos. Extendió una mano como para tocarle el brazo, pero se detuvo a medio camino, rozando apenas el aire entre ellos.
—murmuró—. Si hubiéramos tenido… un poco más de tiempo…
Dejó la frase colgando, sin completar. Sus ojos bajaron al pecho de ella, donde los pezones seguían marcados bajo la tela transparente. No dijo para qué “un poco más de tiempo”. No hizo falta. El silencio lo llenaba todo: ¿para hablar? ¿para un beso? ¿para algo que explicara por qué el pelo de Gema estaba un poco más revuelto al volver, y por qué Pepe se había ajustado el bañador con tanta discreción al regresar?
Gema se mordió el labio inferior un instante, luego se inclinó hacia él. Le puso una mano plana en el pecho, justo sobre el corazón, sintiendo cómo latía fuerte. El contacto era eléctrico, pero inocente a simple vista.
—Hoy no —susurró—. Pero… ya sabes.
Pepe le cubrió la mano con la suya, la apretó un poco contra su torso, y el gesto duró un segundo de más.
—Sé muchas cosas ahora —dijo él, con voz apenas audible—. Y tú también.
Ella levantó la vista hacia él, los ojos brillantes bajo la luz crepuscular.
—Entonces guárdatelas. Por si acaso.
Se acercó más, hasta que sus labios casi rozaron los de él. No se besaron. Solo se quedaron ahí, respirando el mismo aire caliente, oliendo a crema solar, sal y sudor. Pepe bajó la mano despacio por la cintura de Gema, rozando el borde del pareo, deslizando los dedos por la piel desnuda de su cadera. Ella no se apartó. Al contrario. se pegó un poco más, dejando que notara el calor que todavía le quedaba entre las piernas desde la gasolinera.
Pepe inclinó la cabeza, rozó con los labios la oreja de Gema. El roce fue tan leve que podía haber sido accidental… o deliberado.
—¿Segura de que no quieres… quedarte un rato? —preguntó en un susurro—. Aquí no nos ve nadie.
Gema soltó una risa suave, casi un gemido contenido, y se separó apenas un centímetro, dejando que su aliento le rozara la mejilla.
—Hoy no… pero ya sabes que no es por falta de ganas.
Pepe le dio un beso suave en la comisura de la boca —casi un roce, pero lo suficientemente largo como para que quedara duda, ¿un beso inocente de despedida? ¿O el remanente de uno más profundo, más húmedo, que había sucedido en el parking?—. Luego se separó apenas un centímetro.
—No me olvidaré de esto —dijo él—. Ni tú.
Gema sonrió, sin añadir nada más. Se separó despacio, dio media vuelta y caminó de regreso hacia donde Javi la esperaba junto al coche. No miró atrás. Su paso era relajado, pero con un contoneo sutil que podía ser solo cansancio de la playa… o el de alguien que acababa de cruzar una línea invisible, o que había estado a punto de cruzarla. Pepe se quedó apoyado en la puerta, viéndola alejarse, con la respiración un poco más pesada y una sonrisa que no decía nada concreto… pero que lo decía todo y nada a la vez. Se pasó la mano por los labios, se ajustó el bañador con disimulo —podía ser solo para acomodarse… o para disimular una erección reciente, o el rastro húmedo de algo más— y luego abrió la puerta del todoterreno.
Cuando Gema llegó al lado de Javi, él ya tenía la puerta del copiloto abierta para ella. No preguntó nada sobre la despedida. Solo entró en el coche, arrancó y salió del parking sin mirar atrás.
Pero en el retrovisor, Javi vio cómo Pepe se quedaba allí plantado un segundo más, mirando hacia ellos… o más bien hacia ella. Y la forma en que se quedó inmóvil, con la mano todavía en la puerta, como si estuviera decidiendo si subir o volver a llamarla, dejó claro que algo había pasado… o había estado a punto de pasar. O quizás solo había sido un juego de miradas y roces que nunca cruzó la línea.
La duda quedó flotando en el aire caliente de la tarde que ya se convertía en noche, como un secreto que nadie confirmaría... ni negaría.
Durante los primeros kilómetros solo se oyó el ruido del asfalto y la radio en volumen bajo, alguna canción pop que ninguno de los dos escuchaba de verdad. Javi conducía con las manos apretadas al volante, los nudillos blancos. Gema miraba por la ventanilla, el perfil iluminado intermitentemente por los faros de los coches que venían de frente.
Al final, Javi no aguantó más. Bajó el volumen de la radio de un golpe seco.
—Cuéntamelo.
Gema giró la cabeza despacio, como si la pregunta le hubiera pillado por sorpresa, aunque la estuviera esperando desde hacía horas.
—¿Contarte qué?
—No me jodas, Gema. Lo de la gasolinera. Lo del chiringuito. Lo que sea que haya pasado. Llevas toda la tarde con esa cara de “sé algo que tú no sabes”. Y yo aquí, como un gilipollas, sin decir nada delante de los demás. Pero ahora estamos solos. Así que cuéntamelo.
Ella soltó una risa corta, amarga.
—¿Y qué quieres que te cuente exactamente? ¿Quieres detalles? ¿Quieres saber si me ha tocado? ¿Si me ha besado? ¿Si me ha metido mano en el coche?
Javi pisó el freno un poco más fuerte de lo necesario en una curva. El coche se balanceó.
—No me hagas esto. Solo dime la verdad. ¿Qué ha pasado?
Gema se giró del todo hacia él, apoyando la espalda en la puerta del copiloto. El pareo se abrió un poco, dejando ver el triángulo inferior del bikini pegado a la piel.
—¿La verdad? La verdad es que hemos ido a la gasolinera. Había cola, sí. Luego nos hemos parado un rato en el parking de atrás, donde no había cámaras. Hemos hablado. Mucho. Me ha dicho que le pongo cachondo desde hace meses, que cada foto que subo al Insta se la guarda, que se la menea pensando en mí. Me ha dicho que el bikini que llevo hoy es una tortura para él. Y yo… yo le he dicho que a mí también me pone verlo así, con la polla dura debajo del bañador, intentando disimular delante de todos.
Javi tragó saliva. La carretera se volvió borrosa un segundo.
—¿Y luego?
Gema se encogió de hombros.
—Luego, nada.
Javi soltó un bufido, mitad rabia, mitad dolor.
—¿Te lo has follado?
Ella lo miró fijamente, sin pestañear.
—No. No me lo he follado. Ya te lo he dicho.
El silencio se hizo espeso. Javi respiraba fuerte por la nariz. El coche seguía avanzando, pero parecía que no se movían.
—¿Y eso es todo? —pregunte al final, voz ronca.
Gema sonrió despacio, cruel.
—¿Qué quieres que te diga, Javi? ¿O es que es lo que te gustaría que hubiese pasado?
Javi dio un volantazo brusco y aparcó en un arcén desierto, bajo una farola que parpadeaba. Apagó el motor. El silencio absoluto del campo se metió en el coche.
—No me hagas esto —susurró.
—Cuéntamelo de una vez. Todo. No me mientas. ¿Qué ha pasado entre vosotros? ¿Qué ha pasado de verdad?
Gema giró la cabeza despacio, lo miró con una mezcla de cansancio y hartazgo.
—Javi… ya te lo dije. Fuimos, compramos el hielo, hablamos un rato en el parking de atrás. Ha intentado besarme. No ha pasado nada más.
Él negó con la cabeza, como si no quisiera oírlo.
—No me creo que solo eso. Has tardado una hora y media. Una puta hora y media para comprar hielo. Y vuelves con el pelo revuelto, los labios hinchados, esa cara de “me he corrido y me ha encantado”. Dime la verdad. ¿Te lo has follado? ¿Se la has chupado? Dime algo, coño.
Gema se inclinó hacia él, le puso una mano en el muslo, muy cerca de la entrepierna. Notó que estaba duro a pesar de todo.
—No me jodas. No me creo que te hayas parado ahí. Tú no te paras nunca cuando estás así. Siempre vas más lejos. Siempre.
Gema se giró hacia él de golpe, los ojos encendidos, la voz subiendo de tono por primera vez en todo el trayecto.
—¿Sabes qué? Estoy harta de esto. Harta de que cada vez que hago algo que te pone celoso, te pones pesado, me acorralas y me obligas a contarte cosas que no han pasado solo para que te quedes tranquilo. ¿Quieres que te diga que le he comido la polla? ¿Que me la he metido hasta la garganta y me he tragado todo? ¿Que me lo he follado en el asiento trasero, con las piernas abiertas y él embistiéndome como un loco hasta corrernos los dos? ¿Eso es lo que quieres oír? ¿Eso es lo que te gusta?
Javi tragó saliva, pero no apartó la vista de la carretera.
—No… yo solo quiero la verdad.
Gema soltó una risa amarga, casi cruel.
—La verdad es que no ha pasado nada más. Pero parece que la verdad no te vale. Parece que lo que te pone de verdad es imaginarte lo peor. Imaginarme de rodillas chupándosela, o montada encima, gimiendo su nombre. Eso es lo que te pone duro ahora mismo, ¿verdad? Porque estás tieso, Javi. Lo noto aunque no te toque. Te pones celoso, te cabreas, me acosas a preguntas… y al final se te pone como una piedra pensando en que otro me haya follado.
Hizo una pausa, respirando fuerte.
—Pues si eso es lo que quieres, te lo digo, sí, le he comido la polla. Me la he metido entera, hasta que me ha llenado la boca y se ha corrido dentro. Luego me ha puesto a cuatro patas y me ha follado hasta hacerme gritar. ¿Contento? ¿Ahora te quedas tranquilo? ¿O quieres que te invente más detalles para que te corras en los pantalones sin tocarte?
Javi no contestó. Solo respiraba pesado, los ojos fijos en la carretera, pero la erección se marcaba claramente bajo el bañador. Gema lo vio y soltó un suspiro largo, mezcla de rabia y cansancio.
—Mira… si lo que necesitas es que te mienta para ponerte cachondo, dímelo claro. Pero no me sigas preguntando lo mismo una y otra vez esperando que te diga lo que no ha pasado. Porque si sigues así, un día de estos voy a hacer lo que imaginas… solo para que dejes de darme la lata.
Se giró hacia la ventanilla otra vez, cruzada de brazos. El silencio volvió, pero ahora era diferente: cargado, eléctrico, como si la discusión hubiera abierto una puerta que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.
Ella suspiró, como si estuviera decidiendo hasta dónde llegar esa noche. Se inclinó un poco más hacia él, apoyando el codo en la consola central, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro íntimo y cruel.
—Vale. Te lo cuento todo. En el parking… saqué el móvil. Le enseñé fotos. No las de *********, Javi. Esas ya las conoce, se las mira todas las noches según me dijo. Le enseñé las que no están publicadas. Las fuertes. Las que solo subo a la carpeta privada, las que te mando a ti cuando estoy cachonda y sola… o las que me hago para mí misma.
Javi sintió cómo el estómago se le contraía. Mantuvo los ojos fijos en la carretera, pero la mandíbula se le tensó tanto que crujió.
—¿Qué fotos?
Gema se lamió los labios despacio, recordando el momento.
—¿Eres tonto? Pues las fotos coño, las que tenemos para nosotros dos. Las de aquella tarde con Laura. Tengo varias en las que estoy en cuclillas, abierta de piernas, el coño empapado y brillante, los labios separados con los dedos. Le enseñé una donde se me ve el clítoris hinchado, rojo, como si estuviera a punto de correrme solo de mirarme. Otra en la que estoy de espaldas, inclinada, con el culo en pompa. Y luego… las más fuertes. Las que me hice anoche, después de que me dejaras colgada. Estoy tumbada en la cama, las piernas abiertas al máximo, metiéndome el consolador grueso que tenemos guardado, el que dices que es “demasiado grande para mí”. Se me ve la cara de placer, los ojos cerrados, la boca abierta gimiendo. Y en otra… me corro de verdad, el chorro salpicando la sábana, el consolador dentro hasta la mitad.
Hizo una pausa, dejando que las imágenes se instalaran en la cabeza de Javi como veneno lento.
—Pepe se quedó mirando la pantalla con la polla tiesa como una barra de hierro. Me dijo que nunca había visto nada tan guarro y tan bonito a la vez. Que le entraron ganas de follarme allí mismo, en el asiento trasero, con el móvil todavía en la mano para grabar cómo me la metía. Pero no lo hicimos. Solo se tocó un poco mientras yo le enseñaba más fotos. Y yo… yo me limité a mirar. A disfrutar de verlo perder el control por mi culpa.
Javi dio un golpe seco al volante con la palma abierta. El claxon sonó un instante, rompiendo el silencio de la noche.
—¿Por qué le enseñaste eso? ¿Por qué a él?
Gema lo miró fijamente, sin un ápice de arrepentimiento.
—Porque tú no estabas. Porque anoche me dejaste con el coño ardiendo y ni siquiera te molestaste en follarme. Porque quería que alguien viera lo que tú das por sentado. Quería que alguien se muriera de ganas por mí… y que tú lo supieras. Que supieras que esas fotos que guardas como un tesoro ya no son solo tuyas. Que Pepe las tiene ahora en su cabeza. Que se las va a recordar esta noche, y mañana, y pasado. Igual que tú.
El coche entró en una recta larga. Javi redujo la velocidad sin darse cuenta, como si quisiera alargar el trayecto para no llegar a casa y tener que enfrentar lo que venía después.
—¿Y ahora qué? —preguntó al fin, voz casi inaudible.
Gema se encogió de hombros, pero su mano subió por el muslo de él hasta rozarle la entrepierna. Notó la erección dura, dolorosa, traicionera.
—Ahora llegamos a casa. Y tú decides. O me follas como si quisieras borrarme a Pepe de encima, con rabia, con celos, hasta que me corra gritando tu nombre… o me dejas ir al baño, me meto el móvil y le mando alguna de esas fotos a él ahora mismo. O igual le mando un audio gimiendo mientras me toco pensando en su pollón. Tú eliges, amor.
Javi no contestó. Solo pisó el acelerador un poco más. La casa ya se veía al fondo de la calle. Las luces del salón encendidas, como si esperaran el desenlace de una película que ninguno de los dos sabía cómo terminar.
La discusión no había acabado. Solo se había pospuesto hasta que cerraran la puerta detrás de ellos.
El portazo resonó en toda la casa como un trueno seco. Gema ni se molestó en encender la luz del salón, solo dejó caer el bolso de playa con un golpe sordo y se quitó el pareo de un tirón, dejándolo hecho un ovillo en el suelo. El bikini blanco estaba hecho mierda, empapado, transparente, con la tela pegada al coño como si fuera pintura, marcando los labios hinchados y el clítoris que se adivinaba tieso debajo. No se quitó nada más. Se quedó allí plantada, de pie en medio del salón a oscuras, con los brazos cruzados y la mirada desafiante.
Javi cerró la puerta del salón con el pestillo. No dijo ni una palabra. Avanzó como un animal, la agarró por el cuello con una mano —no apretando, pero sí marcando territorio— y la estampó contra la pared. El impacto le sacó el aire a Gema en un jadeo corto y ronco. Con la otra mano le arrancó el sujetador del bikini de un tirón brutal; los triángulos volaron por los aires y los pezones rosados, duros como piedras, quedaron expuestos al aire frío. Javi los atrapó con la boca, succionando con fuerza, mordiendo el pezón hasta que ella soltó un grito ahogado que era mitad dolor, mitad placer.
—Eres una puta —gruñó contra su piel, la voz ronca y rota—. Una puta que se ha dejado meter mano por otro delante de mis narices, y Marta ha digo que eras una guarra.
—¿Si? Y eso te ha puesto??? Como si ella fuera una santa, chicos cuernos que lleva Carlos.
—Joder otra guarra, mia que sois putas.
—Si le tiras un poco seguro que te la follas, o prefieres que me la folle yo mientras tu miras??.
Gema soltó una risa baja, entrecortada, mientras le clavaba las uñas en la nuca.
—Y tú un cornudo que se pone como una piedra imaginándolo.
Javi le bajó la braguita de un tirón salvaje; la tela fina se rasgó por un lado y cayó al suelo hecha jirones. Metió tres dedos de golpe dentro de ella sin preámbulos. Estaba chorreando, el coño caliente y abierto, resbaladizo como si llevara horas esperando esto. Gema se arqueó contra la pared, las piernas temblando, un gemido largo escapándosele mientras él bombeaba los dedos con violencia, curvándolos para golpear ese punto que la volvía loca.
—¿Te has corrido así con él? —preguntó Javi, mordiéndole el cuello hasta dejar marca—. ¿Te ha metido los dedos y te has corrido gritando su nombre?
Gema le agarró la polla por encima del bañador, apretando con fuerza.
—No… pero me lo imagino. Me imagino su pollón abriéndome, llenándome hasta el fondo, corriéndose dentro mientras tú miras como un gilipollas. Y me pone tanto que me mojo más.
Javi la giró de golpe, la puso de cara a la pared, le separó las piernas con la rodilla y se bajó el bañador de un tirón. Su polla salió tiesa, venosa, pero de tamaño estandar. Se la frotó entre las nalgas, rozando el ano, el coño, el clítoris, sin entrar todavía. Le tiró del pelo hacia atrás con fuerza, obligándola a arquear la espalda.
—Dime que te lo imaginas. Dime que te pone que otro te folle.
Gema empujó las caderas hacia atrás, buscando la polla.
—Sí… me lo imagino todo el rato. Me imagino de rodillas chupándosela hasta que me llena la boca de leche. Me imagino a cuatro patas, con él embistiéndome el culo mientras tú miras y te haces una paja. Me imagino que se corre dentro . Y me corro solo de pensarlo, Javi. Me corro pensando en ser tu puta delante de él.
Javi no aguantó más. La penetró de una embestida brutal, hasta los huevos. Gema gritó, las palmas abiertas contra la pared, las uñas arañando el yeso. Él la folló con rabia pura, embestidas profundas, rápidas, salvajes, cada golpe haciendo que sus tetas rebotaran contra la pared. Le agarró las caderas con tanta fuerza que le dejaría marcas moradas. Le metió un dedo en el culo sin avisar, bombeando al mismo tiempo que la polla en el coño.
—Eres mía —gruñó entre dientes, mordiéndole el hombro—. Aunque te hayas dejado tocar… aunque le hayas enseñado fotos guarras… aunque te hayas corrido pensando en su polla… sigues siendo mía, joder.
Gema seguia sin correrse, pero temblando entera, el coño apretándolo como un puño, chorros calientes salpicando los muslos de los dos. Gritó su nombre, pero entre los gemidos se coló un “Pepe…” bajito, casi inaudible, solo para joderlo más. Javi lo oyó y se volvió loco. La folló aún más fuerte, más profundo, hasta que se corrió dentro con un rugido animal, llenándola hasta que la leche le goteaba por las piernas y caía al suelo en charquitos.
Se quedaron así un momento, jadeando, pegados a la pared. Javi salió despacio, la giró con cuidado y la besó con violencia, mordiendo el labio hasta que sangró un poco. Luego la levantó en brazos, la llevó al sofá y la tiró boca arriba. Se arrodilló entre sus piernas, le abrió los muslos de golpe y metió su cabeza allí.
—Mírame —ordenó—. Mírame mientras te lo cómo, sabiendo que te has imaginado a otro dentro.
Gema le clavó las uñas en la espalda, arañando hasta dejar surcos rojos.
—Sí… me lo imagino… y me pone… me pone que te vuelva loco… que te corras dentro pensando en que otro me ha usado…
Javi aceleró otra vez, follándola con la lengua dura tanto como podia, hasta que ella se corrio gritando, él gruñendo su nombre como si fuera una maldición y una oración al mismo tiempo.
Cuando terminaron, se quedaron tirados en el sofá, sudados, jadeantes, con el semen y los fluidos mezclados goteando por todas partes. Gema le acarició la mejilla con el dorso de la mano, todavía temblando.
—¿Ves? Te pone. Todo esto te pone de cojones.
Amén sr daya,ya no solo es el zorreo,es la falta continua de respeto hacia el.Jajajajaja, se avecinan unos señores cuernos importantes, de esos de 14 puntas como mínimo, y no se por que, pero me da no van a ser consensuados aunque luego el los asuma.
Ya ha liberado a la "zorra" que lleva dentro, y al final, siempre siempre, la cabra tira al monte.
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Me interesa lo del trauma de identidad.. y lo de no tener control en lo q pasa...? Respecto a....?Son cuernos soportamos, sacas pecho y dices que son consentidos y un rol en parwja, pwro lomcierto es que nacen de un trauma de identidad, te humillas para dar significado al dolor que sientes, por que la otra opción es saber que no tienes el mas minimo control de lo que pasa, asi que mascara y a ocultar todo lo malo que te pasa, hasta que el sistema peta
Amén sr daya,ya no solo es el zorreo,es la falta continua de respeto hacia el.
Es cierto que los clichés (mal follador,el comienza el juego...)pesan mucho,pero es cierto que ella se ha portado en la playa como una auténtica perra.


Respecto a lo que sucede en la parwja, el ya no participa de un juego en comun, la actitud de ella está orillando y arrebatado control sobre la sexualidad de el, despreciando y justificando su propio comportamiento autónomo, la sexualidad es una de las piezas de.identidad de una persona, aspectos clave como confianza, auto imagen, y respeto y amor propio estan ligadas a este tipo de situacionesMe interesa lo del trauma de identidad.. y lo de no tener control en lo q pasa...? Respecto a....?
Cuando sigues amigo?!Cuando la miro, a veces todavía me cuesta creer que sea mía.
Tiene treinta y cinco años y los lleva con una especie de descaro natural, como si el tiempo se hubiera olvidado de tocarla por completo. El pelo castaño claro, luminoso, de ese tono suave y cálido que se vuelve casi rubio cuando le da la luz de la tarde, con reflejos dorados que bailan según cómo se mueva. Los ojos verdes, grandes, ligeramente rasgados, con esa mirada que puede ser dulce un segundo y peligrosa al siguiente. Pero lo que realmente me desarma es su boca: labios carnosos, bien dibujados, el inferior más lleno y jugoso, siempre con un brillo natural que me hace querer morderlo cada vez que se humedece el labio sin darse cuenta o cuando me dedica esa sonrisa lenta que sabe perfectamente lo que provoca.
Su cuerpo es otra cosa. Joder, su cuerpo es una declaración constante.
Caderas anchas y generosas que marcan un reloj de arena perfecto, cintura suave pero definida, y luego esos muslos… muslos generosos y fuertes, llenos, redondeados, de los que se tensan con cada paso y parecen capaces de sostenerlo todo. Cuando camina, se nota cómo la carne firme se mueve con poder, y eso hace que su culo se eleve todavía más. Porque el culo es respingón, casi grande, redondo, alto, insolente; sube hacia arriba y hacia fuera como si desafiara la gravedad, y gracias a esos muslos tan potentes se marca con una presencia imposible de ignorar.
Y los pechos… sus pechos son medianos pero absolutamente perfectos en su forma y colocación. Altos, firmes, con esa redondez natural que no necesita sostén para mantenerse erguidos. Tienen una curva suave y llena que termina en unos pezones pequeños y rosados que se marcan con facilidad cuando hay frío o cuando algo la excita. Lo que más me vuelve loco es ese canal profundo y perfecto que se forma entre ellos, ese surco tentador que parece hecho para perderse en él. A Gema le encanta asomarlo, enseñarlo sin ser demasiado evidente pero tampoco discreta: escotes en V generosos, camisetas con cuello amplio que se abren cuando se inclina, blusas con botones estratégicamente desabrochados uno o dos de más. Cuando se mueve, cuando respira, cuando se agacha a recoger algo del suelo… ese canal aparece y desaparece, invitando a la mirada sin pedir perdón. Y ella lo sabe. Lo sabe perfectamente.
Cuando sale a la calle, todo se multiplica. Es una fuente constante de miradas, discretas e indiscretas, de esas que la siguen sin disimulo desde que pone un pie fuera de casa. Le encanta vestir para mostrar su figura: tacones altos que estilizan aún más esas piernas y hacen que los muslos y el culo se eleven con cada paso, pantalones ajustados, faldas lápiz o leggings que no dejan nada a la imaginación, y siempre algún escote que deja asomar justo ese valle entre sus pechos. Camina con esa seguridad natural, el tacón resonando en la acera, y el mundo parece ralentizarse a su alrededor. Hombres y mujeres giran la cabeza, algunos con disimulo, otros sin ningún pudor. Ella lo nota, claro que lo nota, pero no cambia el ritmo; solo sonríe un poco más, como si supiera que es parte del paisaje que regala cada vez que decide salir.
Y luego estoy yo....
Tengo cuarenta años recién cumplidos y, la verdad, me siento cómodo en mi propia piel tal como está. Mi pelo es castaño oscuro, todavía abundante, sin entradas ni pérdidas que me preocupen; lo llevo con un corte normal, sencillo, un poco revuelto en las puntas porque por las mañanas me limito a pasarme la mano y listo. No soy de gimnasio desde hace muchos años, así que mi cuerpo es normal, ni flaco ni gordo, con esa suavidad que traen las tardes largas de sofá, series, alguna cerveza y los pequeños arreglos que me invento por casa. Tengo las manos grandes, dedos cuadrados, y casi siempre las llevo limpias pero con ese toque de quien pasa mucho tiempo manipulando cosas. Me pongo camisetas básicas desgastadas, vaqueros cómodos y zapatillas que ya conocen cada rincón del piso. Soy un hombre de interior, de los que disfrutan más con un destornillador en la mano que posando delante de un espejo.
Llevamos cinco años juntos y, la verdad, la relación es de las buenas, de las que se construyen con calma pero con ganas. Yo soy funcionario, con mis horarios fijos y mi estabilidad que a veces me hace sentir un poco predecible. Ella ya era dueña de su cafetería cuando la conocí: un local pequeño pero suyo, lleno de aroma a café recién molido y de gente que volvía por ella más que por el café.
Era —y sigue siendo— de sonrisa fácil, simpática y dicharachera. De esas personas que entran en un sitio y, sin proponérselo, la energía cambia: saluda a todo el mundo por su nombre, hace un comentario gracioso que saca risas al instante, y siempre tiene una palabra amable o un chiste a punto.
Estaba soltera entonces, y le encantaba su vida: las clases de salsa dos o tres veces por semana, el sudor, la música, el roce de cuerpos ajenos en la pista. Los fines de semana salía con sus amigas, se ponía esos vestidos ceñidos que bailaban con ella, tacones altísimos, y se dejaba llevar hasta las tantas. Disfrutaba de lo aprendido en clase, de sentirse deseada, de ser el centro de la pista sin esfuerzo… y todo eso lo hacía con esa naturalidad suya, con esa risa que le sale desde los ojos y que contagia a cualquiera.
Yo la conocí justo en esa época, cuando todavía tenía esa energía de quien no necesita a nadie para brillar… y sin embargo, poco a poco, elegimos estar juntos.
Nuestra vida pasa por ser normal. De esa normalidad que, con el tiempo, se convierte en un lujo silencioso. Horarios que encajan sin esfuerzo, cenas improvisadas en casa o decididas a última hora fuera, fines de semana que se reparten entre la calma de una serie compartida, una cerveza lenta, o la excusa perfecta para salir a perdernos entre calles, bares y conversaciones que se alargan más de la cuenta. Todo funciona. Todo fluye.
Pero dentro de esa rutina cuidada hay un pequeño ritual que es solo mío, y que me gusta más de lo que suelo admitir.
r a la cafetería.
Me siento en la mesa del fondo, la de siempre, pido un café solo y me quedo ahí, observándola. Verla atender, moverse entre las mesas con esa gracia natural que tiene, es uno de mis placeres secretos. No lleva delantal, nunca lo ha necesitado; la cafetería es pequeña y ella prefiere moverse libre, sin nada que le estorbe. Así que la veo tal como va vestida ese día, y cada día es un espectáculo distinto.
Hoy, por ejemplo, lleva unos vaqueros pitillo negros que se pegan a esos muslos generosos y fuertes como una segunda piel, marcando cada curva cuando se agacha a recoger una taza o camina rápido hacia la máquina de café. Arriba, una blusa blanca de algodón ligera, con el primer botón desabrochado (o el segundo, según el día), dejando asomar justo ese canal profundo y perfecto entre sus pechos. Cuando se inclina para servir, la tela se abre un poco más y el surco se hace evidente, tentador, sin ser vulgar. El pelo castaño claro recogido en una coleta alta que se mueve con cada giro, dejando ver el cuello y esa piel suave que me vuelve loco. Tacones bajos pero elegantes, de esos que hacen clic-clac en el suelo de baldosa y que estilizan aún más las piernas.
Es simpática con todo el mundo, dicharachera como siempre, soltando bromas rápidas, preguntando por la familia, riéndose con las ocurrencias de los clientes habituales. Pero yo lo veo todo desde mi rincón: cómo los hombres, sobre todo los hombres, pierden la mirada un segundo de más. Cuando se inclina para dejar el café en la mesa, cuando cruza los brazos bajo el pecho y ese valle entre sus pechos se profundiza, cuando se gira y los vaqueros marcan el contorno de los muslos y el culo se eleva con esa insolencia natural… ahí están. Algunos disimulan mejor, otros ni lo intentan. Una mirada rápida al escote, otra al movimiento de las caderas cuando pasa de largo, un vistazo más largo cuando se estira para alcanzar algo de la estantería alta y la blusa se tensa justo donde tiene que tensarse.
Ella lo nota, claro. Siempre lo nota. Pero no cambia nada: sigue sonriendo, sigue charlando, sigue siendo la misma Gema que ilumina el local entero. A veces me mira desde la barra, me guiña un ojo con complicidad o me manda un beso volado mientras atiende a otro cliente, y yo me quedo ahí, con el café enfriándose en la taza, sintiendo esa mezcla rara de orgullo, celos suaves y un deseo que no se apaga nunca.
Porque al final del día, cuando cierra la persiana y volvemos a casa juntos, soy yo el que la tiene. El que la ve quitarse los zapatos, soltarse la coleta y el pelo caerle por la espalda, desabrochar esa blusa despacio mientras me mira con esa sonrisa lenta que sabe que me deshace. El que la toca, el que la besa, el que se pierde en ese cuerpo que tanto miran los demás pero que solo a mí me pertenece.
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