Esther
- Gracias por traerme - dice Esther.
- No hay problema - responde Maxim - Siempre que te esperes a que acabe te puedo acercar a casa. Oye ¿seguro que estás bien?
- Sí, sí, ya te he dicho que posiblemente solo sea una tontería. Últimamente estoy algo sensible y me da por pensar que alguien me sigue o que puedo tener un cuento mal encuentro. No sé por qué estoy así, antes nunca había tenido miedo de andar sola.
- Pero ¿hay alguien que te haya molestado en el bar o fuera?
- No, que va…
- Oye - murmura Maxim pegándose a ella quizá un poquito más de lo debido - ¿no será qué quieres invitarme a subir y no sabes cómo decírmelo?
- Para eso no tengo que montar tanto teatro, jajajajaa…
- Bueno no sé ¿tan segura estás de que voy a aceptar?
- Pues vamos a ver ¿quieres subir a tomar una copa?
- ¿A ti te gustaría que subiera?
- Quizás.
- A mí no me puedes comprar con un quizás, nena. Ya te dije en una ocasión que no subiría hasta que no estuvieras segura.
Esther arruga un poco la nariz, haciendo un mohín que no se sabe muy bien si quiere indicar enfado o desconcierto.
- Maxim, últimamente no estoy segura de nada. Pero me siento bien a tu lado. Me atraes, de verdad que me atraes, pero no sé cómo va a responder mi cuerpo. Tengo fantasías ¿sabes? pero luego, a la hora de la verdad temo rechazarte. Ya me pasó con Montse.
- ¿Con Montse? ¡Vaya, eso sí que no lo sabía!
- No se lo hemos contado a nadie, es nuestro secreto, pero un día volviendo del pub nos enrollamos en el coche.
- ¿Y qué pasó? - pregunta Maxim divertida.
- No te rías de mí, boba.
- Venga, va: cuéntamelo.
- Bueno, digamos que fue excitante en mi mente pero hubo un momento en que empecé a sentir rechazo a lo que estábamos haciendo. Dejé de sentir placer. Sus dedos… los tenía… en fin, los tenía dentro y comencé a sentir molestias. Tuvimos que parar.
- Quizás no fue delicada…
- Te puedo asegurar que sí, que tuvo un cuidado exquisito conmigo: Montse me quiere mucho ¿sabes? Fue mi cuerpo el que se rebeló, quizás es que todavía no estoy preparada para esto. Lo curioso es que luego me masturbo como una loca pensando en lo que sucedió y tengo unos orgasmos brutales.
- ¿Conmigo también?
- ¿Cómo dices?
Maxim se pega a ella, ahora ya hay contacto, no corre el aire entre las dos.
- Te pregunto si conmigo también te masturbas.
- Desde la primera noche que te conocí – responde impulsivamente.
Maxim la toma de la cintura y la aprieta contra sí. Acerca los labios a los suyos y en el último momento deja el beso colgado en el aire. Gira la cabeza y le roza el cuello con la boca, dándole un pequeño mordisco. Esther se deja. Nota que se humedece con la caricia, el cuello es su punto débil, y también con el contacto con el cuerpo duro y musculado de la camarera.
Esther se remueve un poco inquieta, están en la puerta del bloque dónde vive y aunque es tarde y no se ve a nadie por la calle, teme que algún vecino pueda verla.
- ¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza?
- Bueno, es que la calle no me parece el mejor sitio para salir del armario - Contesta bromeando, aunque en el fondo le pone estar allí, en la puerta de su casa con Maxim metiéndole mano.
Ahora sí llega el beso con lengua, junto con dos manos que se meten entre la tela del pantalón y le agarran las nalgas, tirando de ellas hacia arriba mientras las chicas restriegan los pubis.
Esther nota como se moja. Una pegajosa humedad empapa sus bragas. Tira de Maxim hasta el portal, abre la puerta y entran, quedándose junto a ella. Se vuelven a besar y reparten caricias. La mano de la camarera se abre paso desabrochándole el pantalón y busca el sexo. Es una caricia dura, directa. El cuerpo rudo de la chica tampoco parece de mujer, es como si fuera un hombre el que le está metiendo mano. Esther va venciendo sus reparos, en esta ocasión su cuerpo sí que reacciona y su clítoris se hincha casi hasta dolerle ¡Vaya locura! Cuando la luz se apaga y el portal queda en la oscuridad, Maxim tira de ella a un rincón y le baja los pantalones hasta medio muslo tirando también de las bragas. La besa a la vez que le introduce un dedo y la masturba furiosamente. Ella empieza a gemir y a moverse buscando el contacto. Un segundo dedo en su vagina no le molesta, al contrario, se siente más llena y el roce aumenta el placer que siente. “Me está pajeando una tía”, piensa echando más leña al morbo.
Es demasiado para ella y el orgasmo le llega de súbito, casi sin avisar. Se corre de pie, hecha un sándwich entre la pared y Maxim mientras ella la besa en la boca. Es como una explosión en su sexo; el cerebro recibe una descarga brutal de endorfinas y adrenalina; las piernas le tiemblan y cree perder por un instante la conciencia. Maxim la sujeta contra ella, abrazándola e impidiendo que se tambalee.
Intenta recuperar el resuello, la cabeza contra el cuello de la chica, la boca casi en su pecho. Puede sentir el latir tranquilo de su corazón en contraste con lo acelerado del propio, que tarda todavía un rato en recuperar su ritmo normal.
- Uffffff… ¡Madre mía! - Exclama sonriendo pero todavía un poco ida, sin saber muy bien cómo continuar la conversación.
- Bueno pues parece que te has estrenado - dice Maxím mientras retira los dedos de su entrepierna y los observa de cerca, viendo como están chorreando de flujo.
Ella retira la mirada un poco avergonzada. Se separa de Maxim y trata de componerse ajustándose las bragas y subiéndose los pantalones.
- ¿Quieres que continuamos arriba?
- No sé si he tenido bastante por hoy, creo que tengo que digerirlo.
- Le das muchas vueltas a las cosas, Esther. Es solo sexo, no pasa nada. No te agobies ni pienses que a partir de ahora ya no te van a gustar los chicos.
- Es que contigo ha sido… no sé, ha sido diferente a Montse, tú pareces más...- duda si continuar la frase pero Maxim la anima.
- ¿Más…?
- Pareces más un hombre que una mujer, quizás por eso me ha gustado. No te comportas como una chica...
- Y eso te pone.
- Sí, me pone mucho – reconoce.
- ¿Entonces? ¿Continuamos en un sitio más cómodo?
- Bueno, si quieres subir...
Maxim cree detectar de nuevo la duda. Demasiado rápido todo para ella, de modo que le da un beso en los labios, suave, esta vez sin lengua.
- Hasta otro día, guapa.
- ¿Te vas?
- Te dije que no subiría hasta que no estuvieras segura del todo. No te preocupes, no tengo prisa. Merece la pena esperar… no lo hago por cualquiera ¿sabes?
Esther la ve abrir el portal y marcharse mientras le dedica una última sonrisa ¡Puff! resopla llevándose la mano al corazón. Vaya nochecita. Decide subir por las escaleras. Lo hace despacio, escalón a escalón, pensando en todo lo que acaba de suceder. Está un poco confusa pero contenta. Le ha gustado, ha sido un subidón. Y desde luego está dispuesta a repetir.
De repente se acuerda de Montse: ¿Debe decirle algo a su amiga o mejor callarse? ¿Se enfadará si se entera que ha preferido a Maxim? ¿Cómo explicarle que ella sí la hace disfrutar? Esther ha dado un primer paso de la fantasía a la realidad, pero ha tenido que ser de la mano de una chica un poco andrógina, jugando entre dos aguas. Las caricias dedicadas y sensibles de su amiga no acababan de hacerla entrar en situación. Quizás ahora que ha dado el paso, sea diferente. En cualquier caso mejor no hacer experimentos: si le está yendo bien con Maxim seguirá con ella a ver qué pasa, a ver dónde desemboca todo esto. Decide que de momento no le va a comentar nada a Montse y le pedirá a la camarera que sea discreta. Más adelante quizás… no quiere a Montse como amante sino como amiga.
Se quita la ropa y se mete en la ducha. Está sudada y con la entrepierna llena de restos de flujo. Justo antes de abrir el grifo oye el timbre de la puerta. Se pone un albornoz y sale rápido ¿quién será a esas horas? debe ser algún vecino pero ¿cuál? Con las prisas se olvida de mirar o de preguntar quién es, abre directamente.