LÍOS DE FAMILIA III
Después de todo lo ocurrido en el fondo algo me molestaba. No quería compartirlo. No quería que mi hermana entrara en esto. Yo quería ser el único. El favorito. El que recibía toda su leche, toda su atención, toda su brutalidad.
A la mañana siguiente mi madre se fue temprano al médico. Mi hermana todavía dormía en la cama (se había dado la vuelta y ahora tenía las piernas abiertas, con las bragas mojadas marcándosele perfectamente). Yo bajé a la cocina con el culo todavía palpitando y lleno. Mi padre estaba allí, solo, con el pantalón de chándal y una sonrisa de depredador mientras se preparaba el café.
Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura y le metí la mano directamente dentro del pantalón, cogiéndole la polla semierecta.
—Papá… tenemos que hablar —le dije bajito, pero firme, mientras empezaba a pajearlo despacio.
Él soltó una risita grave y me miró por encima del hombro.
—¿Hablar? ¿Ahora que tengo la polla en tu mano? ¿Qué pasa, chaval? ¿No te gustó lo de anoche? Te corríste como un puto sin ni siquiera tocarte.
—Me gustó… mucho —contesté, apretándole los huevos con la otra mano—. Me encanta que me folles así, que me uses, que me llenes… pero lo de mi hermana… no lo tengo tan claro, papá. No quiero que te la folles. No quiero que la toques. Ni que yo se la meta. No quiero compartirte con ella.
Mi padre se giró despacio, me cogió la cara con una mano y me miró a los ojos. Su polla ya estaba dura del todo en mi puño.
—¿Estás celoso, hijo? —preguntó con voz ronca, casi divertida—. ¿Mi puto favorito tiene miedo de que su hermana le quite el puesto?
—Sí —admití sin vergüenza, mirándolo fijamente mientras le pajeaba más rápido—. Quiero ser tu único hijo favorito. Quiero que toda tu leche sea para mí. Quiero que me folles a mí solo, que me destroces el culo a mí solo, que me llames “tu putita” a mí solo. Que me despiertes metiéndomela, que me folles en el garaje, en la ducha, donde sea… pero solo a mí. Me daría mucho morbo que nos folláramos a alguien juntos… una tía cualquiera, una vecina, quien sea… pero no a mi hermana. Ella no. No quiero que entre en esto. Quiero seguir siendo yo el que te pone más cachondo, el que te hace correrte como un toro, el que recibe todo tu vicio.
Mi padre se quedó callado un segundo, respirando pesado. Luego me empujó contra la encimera, me bajó los pantalones de un tirón y me metió dos dedos en el culo todavía lleno de su leche de anoche.
—Joder… sigues chorreando de mí —gruñó—. Escucha, chaval… me pone muy cachondo que seas tan posesivo. Me encanta que quieras ser el único. Pero anoche vi cómo te ponías cuando tenías los dedos en su coño. Y sé que te correrías como nunca si te follo a ti mientras yo le como el coño a ella… o viceversa.
Pero si tú no quieres… si de verdad no quieres que toque a tu hermana… entonces no la tocaré. Por ahora.
Metió un tercer dedo, abriéndome mientras me hablaba al oído.
—Pero tú vas a compensarme, ¿entendido? Esta misma tarde, cuando tu madre y tu hermana salgan a comprar, te voy a atar a la cama y te voy a follar durante dos horas seguidas sin sacarla ni un segundo. Te voy a llenar tantas veces que vas a perder la cuenta. Y vas a gritar que eres mi hijo favorito, que nadie te reemplaza, que tu culo es solo mío. ¿Lo harás?
—Sí, papá… lo haré —gemí, empujando el culo contra sus dedos—. Soy tu puto favorito. Siempre. Solo yo.
Mi padre sacó los dedos, se los chupó y luego me dio una palmada fuerte en el culo.
—Bien. Entonces hoy follamos tú y yo solos, como siempre. Y mañana… ya veremos si cambias de idea o si de verdad quieres que busquemos a otra zorra para follárnosla juntos mientras tú sigues siendo el número uno.
Se acercó a mi oreja y susurró la última frase con voz de puro macho:
—Pero que sepas que, si algún día me dejas, voy a destrozar ese culito de tu hermana delante de ti… solo para que veas lo que te pierdes por ser tan celoso.
Y se fue a la ducha silbando, dejándome con la polla dura, el culo abierto y la certeza de que, por ahora, seguía siendo su único hijo favorito.
Mi madre y mi hermana salieron a comprar ropa y “hablar de cosas de chicas” alrededor de las cinco de la tarde. Nada más oír la puerta cerrarse, mi padre bajó las escaleras con paso pesado, ya solo con el pantalón de chándal gris y una sonrisa de macho cabrón que me puso la piel de gallina.
Me miró de arriba abajo, me señaló con el dedo y dijo con esa voz grave que me volvía loco:
—Arriba. A tu habitación. Ahora. Y quítate toda la ropa antes de que yo llegue. Quiero encontrarte desnudo, a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa y las manos en la nuca. ¿Entendido, hijo favorito?
—Sí, papá… —contesté, con la voz ya temblorosa de anticipación y de ese morbo posesivo que me quemaba por dentro.
Subí corriendo, me arranqué la ropa como si me quemara y me puse exactamente como me había ordenado: rodillas abiertas, espalda arqueada, culo bien ofrecido, manos entrelazadas detrás de la cabeza. El corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho.
Oía sus pasos subiendo las escaleras, lentos, deliberados. Cuando entró en la habitación, cerró la puerta con llave y se quedó un momento mirándome sin decir nada. Solo respiraba pesado.
—Joder… mira qué puto más perfecto eres —murmuró finalmente, acercándose. Me pasó una mano grande y callosa por la espalda, bajando hasta las nalgas, y me dio una palmada fuerte que resonó en toda la habitación—. Este culo es solo mío. Nadie más lo toca. Ni tu hermana, ni nadie. ¿Me oyes?
—Sí, papá… solo tuyo —gemí, empujando el culo hacia atrás contra su mano.
Se rio bajito, satisfecho. Abrió el cajón de mi mesilla y sacó dos corbatas: una negra y una roja. Me ató las muñecas juntas por delante del cuerpo y luego las aseguró al cabecero de la cama, estirándome los brazos. Después me separó más las rodillas y me ató cada tobillo a los postes de los pies de la cama con la otra corbata, dejándome completamente inmovilizado, abierto, vulnerable.
—Dos horas, chaval —dijo mientras se bajaba el pantalón y su polla saltaba fuera, ya dura como una barra de hierro, gorda, venosa, con el capullo brillante de precum y ese olor a macho que me volvía loco—. Dos putas horas sin sacarla. Te voy a follar tan lento y tan profundo al principio que vas a suplicar que acelere… y luego tan fuerte que vas a llorar pidiendo que pare. Y en todo momento vas a repetir que eres mi hijo favorito, que nadie te reemplaza, que tu culo es el único que quiero destrozar.
Se escupió en la mano, se lubricó la polla y se colocó detrás de mí. Sentí la cabeza gruesa presionando mi agujero todavía sensible de la noche anterior. Empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos pesados chocaron contra los míos y su barriga peluda se pegó a mi espalda.
—Ahhh… joder, papá… qué gorda la tienes hoy… —gemí, apretando los dientes.
Él se quedó quieto dentro de mí, respirando contra mi nuca, y empezó a hablarme bajito, con esa voz ronca que me hacía temblar:
—¿Te acuerdas de cuando eras pequeño y te decía que algún día serías un hombre de verdad? Pues ya lo eres, cabrón. Pero eres MI hombre. Mi puta personal. Mi hijo favorito. Nadie más va a sentir esto. Ni tu hermana, ni ninguna otra. Solo tú vas a recibir toda mi leche, todos mis huevos cargados, todos mis insultos guarrísimos. ¿Lo entiendes?
—Sí, papá… solo yo… soy tu puto favorito… —jadeé, moviendo el culo en círculos alrededor de su polla.
Empezó a moverse. Lentísimo. Sacándola casi hasta el capullo y volviéndola a meter entera, muy despacio, haciendo que sintiera cada vena, cada centímetro. Cada embestida duraba casi diez segundos. Me volvía loco.
—Dime cuánto te gusta ser el único —gruñó, mordiéndome el hombro.
—Me encanta… me encanta ser el único que te pone así de duro… el único que te hace gruñir como un animal… el único al que le llenas el culo hasta que rebosa… —contesté entre gemidos, sudando ya.
Aceleró un poco, pero todavía controlado. Diez minutos así, lento y profundo, hasta que empecé a suplicar.
—Papá… por favor… más fuerte… no puedo más… fóllame como el salvaje que eres…
Se rio, me cogió del pelo y tiró mi cabeza hacia atrás.
—¿Ya suplicas? Solo llevamos quince minutos, zorra. Todavía quedan una hora y cuarenta y cinco. Ahora te voy a dar lo que pides.
Y cambió el ritmo. Embestidas brutales, rápidas, haciendo que la cama crujiera como si se fuera a romper. El sonido de sus huevos chocando contra mi culo llenaba la habitación: ¡plap! ¡plap! ¡plap! Cada golpe me sacaba un gemido ronco.
—¡Sí! ¡Así, papá! ¡Rómpeme el culo! ¡Soy tu hijo favorito y quiero que me destroces solo a mí! —grité, tirando de las ataduras.
—Repítelo —ordenó, dándome una cachetada fuerte en la nalga derecha.
—¡Soy tu hijo favorito! ¡Nadie más! ¡Mi culo es solo para ti! ¡Lléname de leche, papá! ¡Quiero ser el único que te haga correrte como un toro!
Cambió de posición. Me desató los tobillos, me giró boca arriba sin sacarla, me levantó las piernas y se las puso sobre sus hombros. Ahora me follaba cara a cara, mirándome a los ojos mientras sudaba y gruñía.
—Quiero verte la cara cuando te corras sin tocarte —me dijo, acelerando otra vez—. Quiero que te corras solo con mi polla dentro, pensando que soy solo tuyo.
Embestía tan fuerte que el cabecero golpeaba la pared. Yo ya no podía más. El placer era brutal.
—Papá… me corro… ¡me corrooo! —gemí, y sin tocarme exploté. Chorros espesos de mi leche me salpicaron el pecho, la cara, hasta la barbilla.
—Buen chico… —gruñó él, sin parar—.
Ahora te voy a llenar por primera vez de las dos horas.
Se corrió dentro con un rugido largo y grave. Sentí cada chorro caliente, espeso, disparándose profundo. Siguió follándome mientras se corría, ordeñando hasta la última gota, pero no paró.
Sacó la polla solo un segundo para darme la vuelta otra vez, me puso de lado, me levantó una pierna y volvió a clavármela. Segunda ronda. Más lenta esta vez, pero profunda, hablándome todo el rato:
—Dime que aunque un día te proponga follarme a una vecina contigo… tú seguirás siendo el número uno. Dime que me dejarás usar a otra solo para que los dos nos pongamos más cachondos y luego vuelvas a ser tú el que recibe toda mi leche.
—Sí, papá… te dejaré… pero solo para ponerte más bruto conmigo después… pero yo sigo siendo tu favorito… el único que quieres de verdad… —jadeé, ya con lágrimas de placer en los ojos.
Y así pasaron las dos horas. Me folló en cuatro posiciones diferentes. Me corrió tres veces dentro. Me hizo correrme otras dos sin tocarme. Me insultó, me alabó, me hizo repetir cien veces que era su hijo favorito, que nadie me reemplazaba, que mi culo era sagrado para él.
Cuando por fin terminó, me desató, me giró boca arriba y se tumbó encima de mí, todavía con la polla semierecta dentro. Me besó en la boca, sucio y profundo, y me susurró:
—Buen chico. Has demostrado que eres el favorito. Por ahora, tu hermana queda fuera. Pero si algún día quieres que nos follemos a una tía cualquiera juntos… solo dilo. Mientras tanto… este culo es mío y solo mío.
Se quedó dentro unos minutos más, respirando pesado, y luego se levantó.
—Límpiate. Tu madre y tu hermana vuelven en media hora. Y esta noche…te voy a despertar a las tres otra vez para recordarte quién es el amo aquí.