Natalia
Nací en un barrio de gente trabajadora. Mi padre trabajaba como conductor en una empresa de transporte (camionero), un trabajador de buenos ingresos que me permitió ir a una escuela de gestión privada (bilingüe), donde cursé primaria y secundaria. Cuando terminé el secundario decidí que quería estudiar en la universidad. Todavía no tenía claro qué carrera quería estudiar. No quería terminar como mi madre, perito mercantil, por cuatro pesos, llevando las carpetas laborales y haciendo de secretaría en un estudio contable
Cuando llegué a la gran ciudad, lo primero que conseguí fue un puesto de repositora en un súper. Con algo de dinero que me dieron mis viejos, alquilé una pieza en una pensión. Me dijeron que, con una tecnicatura en relaciones públicas y sabiendo inglés, podría ingresar como secretaria en alguna empresa importante y tener los ingresos necesarios para los estudios universitarios.
Para pagar el curso de relaciones públicas conseguí trabajar, los fines de semana, en la barra de un bar hasta las cinco de la mañana. A las ocho tenía que entrar a trabajar en el super.
Estaba reventada, entre los dos trabajos y el estudio me dormía parada.
Por mi carácter un tanto extrovertido y mi manera amable de ser, trabajando en el bar de Martín, me convertí en “la Nati”. En esa barra conocí a personas con las que, con el tiempo, formaron parte de mis afectos, fundamentalmente mi querida Carmen, amiga y confidente.
El domingo de esa semana me tocaba tomarme franco. Trabajé el sábado hasta las dieciséis en el súper, me dormí una buena siesta, dejé los estudios para el domingo y, esa noche, me arreglé bien. La barra del bar era un buen lugar de levante y hacía mucho que no estaba con un tipo. El cuerpo me lo pedía.
Esa noche apareció un tipo con cierto atractivo; no estaba mal. Pero lo que sobresalía era su mirada. No sus ojos, era su mirada lo que impactaba. Hablaba con calma, sereno, correcto y amable, pero daba la sensación de que te estaba dando una orden a la cual era imposible ignorar. A las cinco de la madrugada, cuando salí del bar, me estaba esperando. Me llamó. Sin preguntar, subí a su auto. Me llevó a un departamento. Hice todo lo que me pidió. Me excitaba acatar sus órdenes, que no eran tales; él pedía, y yo se lo concedía. Así estuvimos hasta el mediodía. Fuimos a almorzar a un restaurante de San Fernando y después me invitó a navegar en su velero. Ahí, en el medio del río, volvimo a tener sexo.
Cuando cayó la tarde, me acercó hasta la pensión donde me alojaba. Cuando nos íbamos a despedir, se acercó, me abrazó y me dio un beso muy apasionado. Mientras me acariciaba, repitió una vez más lo que me dijo durante todo el tiempo que estuvimos juntos: “Qué hermosa eres”. Por momentos tuve la sensación de que le recordaba a alguien. Después lo tomé como algo que se me debe haber ocurrido. Era solo un tipo que apenas conocía, con el que la pasé fantástico, paseando y cogiendo en un velero. Andá a saber si lo vuelvo a ver.
Mientras me duchaba, recordando lo vivido durante todas esas horas, me surgió una extraña duda: desconocía tener ese perfil sumiso. Tampoco el tipo era una máquina de producir orgasmos. Era algunos años mayor que yo, que en ese momento tenía diecinueve años, y él entre ocho o diez años más. Hasta que estuve con él, siempre había salido con chicos de mi edad, a lo sumo un par de años más. La comparación lo favorecía. Lo que sobresalía era su personalidad, su carácter, su mirada, su manera de hablar.
Con el tiempo me di cuenta de que no era sumisión. Sencillamente, estaba subyugada por un tipo que, por su experiencia y el saber manejarse con las mujeres, me tenía un tanto obnubilada. El tipo me sacaba todo tipo de ventaja, pero eso lo supe unos cuantos años después, cuando ya no había forma de arreglar nada.
Habían pasado unos cuantos días. No llamó, ni ese fin de semana ni tampoco apareció por el bar. Me dije: “pájaro que comió voló”. Debe haber conseguido otra para entretenerse.
Después de más de dos semanas me llamó y lo hizo varias veces para quedar.
Le dije que a mí me gustaría poder estar con él, porque lo había pasado bien; pero, entre el super, los estudios y el trabajo en el bar, no tengo posibilidad material de hacerlo. Le dije que recién iba a tener franco el martes de la semana siguiente, que tengo franco en el super, pero tengo que asistir a clase. Me respondió: justo ese martes tengo que viajar. Le dije: hasta que tenga franco un domingo, va a ser difícil concretar.
Una noche de esa semana que, no puedo precisar el día, a la salida del colegio, donde estaba cursando la tecnicatura, vestido de elegante sport, me estaba esperando. Era realmente atractivo. Me acerqué para darle un pico. Me tomó de las mejillas con ambas manos y me besó, como si hiciera años que no nos veíamos. Me dijo:
—Tenés una hora
—Esta mañana me levanté a las seis de la mañana para poder repasar unos apuntes, desayuné a las apurada, entré a trabajar en el super a las ocho, trabajé hasta las cuatro de la tarde, llegué a la pensión, me duché, tomé la merienda mientras terminaba de repasar los apuntes, me cambié, me vine para acá y recién salgo y vos me pedís una hora. Me desnudas, me pones en una cama y en cuanto asiente la cabeza en la almohada, en un minuto y medio, estoy dormida. Vas a coger con una bolsa.
Soltó una carcajada y me dijo:
—No es eso lo que quiero. Vení que te muestro algo y después te acerco hasta la pensión.
No hicimos más de diez cuadras desde donde estábamos, se detuvo frente a un edificio, no muy alto, subimos hasta el cuatro piso, ingresamos al departamento; cómodo, amplio, bien decorado, buena luz y ventilación. Me miró y me dijo
—¿Te gusta?
—Claro, por supuesto ¿quien pudiera?
—Si te gusta podes venirte a vivir aquí. Estos son los recibos. El departamento está alquilado a tu nombre, En esta tarjeta de débito tenés depositado el monto de tu sueldo en el super y esta es la tarjeta de crédito. Saque una tarjeta a mi nombre para poder darte esta extensión. No te pido moderación sino consideración. Mañana, si querés, ya no tenes que ir a trabajar. Acá tenes los catálogos para que elijas la carrera y, dentro de unos meses, puedas iniciar las clases en esta universidad privada.
Me dijo que el dinero que no iba a percibir por mi trabajo en el bar, se lo había dado a Martín, el dueño del bar, quien me dio todos tus datos, para que figurara como empleada y pudiera tener obra social.
—Yo lo único que tengo que hacer, es ¿ser tu puta?
—¡Bueno! yo no lo vería así.
¡Pero yo sí!, le dije y me lo cogí ahí mismo.
…
El tipo se llama Demetrio, casado, tres hijos, es ingeniero, gerente en el área tecnológica del holding del grupo socsturb, cuyo director y principal accionista es su suegro.
Todo estos gastos, para él, debe ser un vuelto. Lo que no sabía, era lo caro que todo esto iba a ser para mí.
La coyuntura de ese momento no me permitió ver el costo que iba a tener todo esto.
Dedicarme solo a estudiar me permitió adelantar el curso de tecnicatura y mientras esperaba el inicio del ciclo lectivo del año siguiente, para comenzar la carrera de sociología, hice algunos cursos de capacitación en relaciones públicas, también pulir y perfeccionar mi inglés.
Mirábamos muchas películas, videos porno y poníamos en práctica todo lo que veíamos. Me llamó la atención que, de todo lo que veíamos, lo único que nunca practicamos fue hacer tríos. Le tiré la lengua, y me dijo: “Si te veo en brazos de otro no te voy a hacer nada, porque no sabría cómo hacerlo, pero estoy seguro de que me moriría”. Me lo comí a besos.
Soy una mujer muy sexual me gusta el sexo y me encantaba jugar a ser su puta que, de hecho, lo era. Digo jugar porque dada mi condición humilde no podía evitar sentirme agradecida por todo lo que estaba viviendo y, digámoslo, me hizo conocer un mundo que desconocía en el que yo andaba a tientas y alucinaba: restaurantes donde nunca pensé poder estar, ropas de marcas, perfumes carísimos. Era su puta, pero puta cara.
Voy a decirlo por primera vez y lo voy a repetir varias veces: que pendeja pelotuda.
Había pasado ya un tiempo y me dijo: “Más adelante vas a tener que estar con otro tipo. Va a ser necesario juntar los recursos, divorciarme y mandar al diablo a mi sueño. Poder irme a vivir contigo, que es lo único que me interesa”.
No pude evitar ilusionarme: ser la pareja de un ingeniero con su propio emprendimiento y que yo, de alguna manera, lo hubiera ayudado a lograrlo, era algo que excedía cualquier expectativa que hubiera llegado a imaginar.
A partir de ese día todo fue planificar para cuando llegara el momento adecuado. Hasta hice un curso de histrionismo, para que no se me note lo forzado que podría ser, transitar algunas circunstancias.
Algo que me llamó la atención, con el tiempo y cierta rutina, fue la disminución en la frecuencia en su demanda de sexo. Demetrio me dijo: “Tengo que cumplir con vos y en casa también. Hasta que todo no esté determinado y encaminado, no puedo andar dando pasos en falso, porque se arruinarían nuestros planes y se frustrarían nuestros sueños”.
Cuando le pregunté: cómo era que íbamos a hacer para que nos juntemos con esa fortuna que tú dices, sólo por el simple hecho de levantarme un tipo, convivir con él y que todo suceda. Me dijo: en la medida que todo se vaya desarrollando, te voy a ir instruyendo de cuál será el próximo pasó, porque este, no es un camino recto hacia un destino determinado. En cuanto, conforme se vayan cumpliendo determinados presupuestos, van a ir surgiendo cuáles serán las acciones a seguir. Si querés retirarte estás en todo tu derecho pero, si estás decidida a seguir, vas a tener que confiar en mí.
Me prometió y le hice prometer de no realizar nada ilegal. Levantarse a un tipo, convivir con él y despues pedir el divorcio, no es ilegal, podrá ser inmoral, me dijo, pero ilegal no.
Si el tipo es un poderoso hombre de negocios, le dije, te aseguro, porque así lo demuestran las estadísticas y las crónicas faranduleras que, cuando le pida el divorcio, me va a largar con una mano atrás y otra adelante. Este caso no pasa por ahí, me dijo.
Conversamos sobre la cuestión estética, sobre lo que se aproximara, al perfil de mujer que le atraía a nuestro objetivo. Me trajo una serie de fotos de chicas que habían salido con él. Había una que se parecía bastante a mí. Recordé aquella sensación que tuve cuando me besaba, de que le recordaba a alguien. Pero estábamos hablando de los gustos de otra persona. Decidimos trabajar sobre la foto de la chica que se me parecía. Demetrio, que decía haberla conocido, me puso al tanto de ademanes, modos de caminar y distintos gestos. Tratando de tener un parecido sin ser idéntico, trabajamos en ese aspecto. ¡Qué pendeja pelotuda! ¿Cómo que lo conoció a través de su mujer? Le conocí las novias que tuvo, y hasta en los mínimos detalles, me pedía que, al emular a aquella chica, lo practicara con él.
Me sentí bien con Demetrio. Mientras cursaba sociología, nos veíamos poco, pero nos poníamos al día los fines de semana en el velero. Mientras me daba clase de timonel y de sexo a la deriva, que consistia en: hacia donde iba el velero, cuando se la mamaba, estando él agarrado del timón.
La fecha para el abordaje del objetivo estaba próxima. Tenía todo preparado y predispuesto. Había transcurrido una importante cantidad de tiempo entrenando mi mente para conquistar a un tipo.
Aquí, es necesario hacer un apartado.
Como lo expresé al comienzo. Nací y crecí en un barrio humilde de gente trabajadora a las que, sin que falte lo esencial, nunca les sobra nada. Los códigos en esos barrios y más, tratándose de un pueblo, suelen ser más rígidos qué en las grandes ciudades. Con los años transcurridos y, viendo todo desde una distancia de tiempo, que importa toda una vida, veo a aquella jovencita que fui y me viene la duda filosófica de no saber qué fue primero, el huevo o la gallina. No sé si las minitas nos colgábamos de los chicos porque eran misóginos, prepotentes, pendenciero y malotes o los chicos, eran misóginos, prepotentes, pendenciero y malotes, porque así, a las minitas, nos gustaban los chicos.
Todos los chicos, que no reunían esas características, los veíamos como tontos, raritos o mariquitas y por ende, pasible de recibir el escarnio público y, lo aplicábamos con saña.
Yo, a estas alturas, era una boluda de veintitrés años, pero muchas de esas cosas, en forma inconsciente, todavía rondaban mis percepciones. Me tenía que levantar a un tipo que, si no era tonto, era raro. Marica, creo que no. Tenía la percepción, no razonada, de que estaba bien joder a un tipo así.
Llegó la noche del evento donde debía llevar a cabo la conquista. Demetrio me había dicho que el objetivo era amigo de su mujer y, por ende, conocido de él. Cuando llegó a la mesa, estaba todo preparado para que se sentara a mi lado. Cuando lo vi, me di cuenta de que era de la misma edad de Demetrio y algo me pasó: me sentí atraída por ese tal Ignacio. Sentí un alivio: lo iba a hacer con un tipo bueno que me gustaba.
Para mi desgracia lo supe mucho tiempo después, pero esa misma noche, me enamoré de Ignacio. No podría haber fingido como lo hice durante tanto tiempo sin haberlo estado.
Al poco tiempo de haber iniciado la relación, Ignacio, me pidió de vivir juntos y Demetrio, estaba más impaciente que Ignacio para que lo hiciera. Esto aceleraba los tiempos para sus planes, que yo creía que eran nuestros planes. Puse de pretexto hacerlo cuando termine mi carrera en la universidad.
Ignacio me recordó aquella mentira de que Carmen estaba gestionando mi ingreso a la empresa. Le dije que se había complicado. Ignacio habló con Tamara, hija del director y esposa de Demetrio, e ingresé a la empresa. Demetrio no quería que entrara. Esto le complicó las cosas, pero con gran habilidad supo aprovechar la situación.
Trabajar en la empresa era una forma de estar con Ignacio y cerca de Demetrio, pero hasta que no me recibí, no me fui con Ignacio, con quien me sentía tan bien. Quería tener mi título. Si se iba todo al carajo, tendría mi título, que es para lo que vine a la gran ciudad.
Entré a la empresa en la oficina de personal. Por circunstancias que no vienen al caso explicarlas, me tocó enfrentar algunos conflictos que se fueron presentando en algunos sectores de algunas de las empresas del grupo. Lo hice aceptablemente bien.
Para entender de qué se trataba es necesario aclarar que, los temas salariales y condiciones laborales los resuelve la empresa con los sindicatos.
Los y las trabajadoras eran gente de mi mismo origen social. Hay algunos códigos que son comunes a la idiosincrasia de grupos sociales, no importa qué tan distantes estén unos de otros. Esto lo conocía por haberlo estudiado. Por mi origen y pertenencia, conocía esos códigos y pude aplicarlos. Con la gestión y la resolución de los problemas que se generaron, me gané la consideración de mis jefes.
No pude evitar pensar que la designación para estar al frente en la resolución de todos estos conflictos, siendo tan joven y recién llegada, estaba la mano de Demetrio. Ahora, visto a la distancia, el cretino apostó a mi fracaso para que abandonara la empresa.
Por ser quien soy y, por pertenencia, tenía la condición innata para poder tener una buena comunicación con los trabajadores. Supe auscultar los motivos de sus demandas. En un informe, con datos, precisiones y puntos de vista; les hice saber a mis jefes que, los encargados de sección y de sector, en las distintas líneas de producción, en su totalidad, son personas técnicamente muy capacitadas; pero, algunos carecen de liderazgo o capacidad para manejar al personal y, en muchas ocasiones, terminan tiranizando a los trabajadores y generando conflictos donde no lo debería haber.
El informe llegó al directorio. Se hicieron los relevamientos, los estudios y se tomaron las decisiones que sugerí en el escrito. No sé cómo fue, pero, sin tener nada que ver con la oficina, al pie del mismo apareció la firma de Demetrio, y todo el mérito y las felicitaciones fueron para él. Me lo vendió como parte de la estrategia de nuestro plan, un escalón más en la meta de desprenderse de su esposa y su suegro. Yo tenía veintitrés años. ¡Qué pendeja pelotuda!
Trabajo, universidad y el corazón en estado de confusión crónica. Seguía viviendo sola. Con Ignacio nos veíamos los fines de semana, que no eran tal. Los viernes me iba a buscar a la salida de la facultad y me quedaba con él hasta el domingo a la mañana. Le decía que me iba a estudiar a la casa de una amiga. La realidad es que me iba a navegar y coger con Demetrio, a quien veía todos los días. Algún día de la semana venía conmigo al departamento, que ya había averiguado que era de su propiedad. Me dije a mí misma: en la próxima jugada que hagas, si vas a necesitar mi complicidad, lo vas a tener que poner a mi nombre, y así ocurrió
Cuando me recibí de socióloga, los compañeros y jefes de la oficina de personal pidieron un catering y, en el comedor de la empresa, celebramos a lo grande con mis compañeros. Hasta Tamara se acercó para brindar y felicitarme. Demás está decir que Demetrio, ante la sorpresa de su esposa, recibió las felicitaciones de un par de ejecutivos por haber acercado a la empresa una empleada tan eficiente. Y yo en las nubes pensando en ser pareja de un ingeniero con emprendimiento propio. Estaba tan embalada con eso que no pude ver nada más.
Al poco tiempo nos casamos y me fui a vivir con Ignacio. No habían pasado tres meses cuando Demetrio, me pidió quedar embarazada de él. Vendí mi dignidad, mi felicidad, el amor de un hombre maravilloso por un puto y sucio departamento y una quimera estúpida.
La instrucción que me dio Demetrio fue que no hablara con Ignacio de él. Le dije: ¿no era amigo de tu mujer? No hablábamos de vos porque no se daba la conversación, le dije.
Ignacio suponía que yo a Demetrio lo conocía de la empresa, y no teníamos mucho para hablar de él. Con el tiempo supe que Ignacio era amigo de Tamara pero también lo era de él.
El embarazo lo llevé trabajando hasta que ya no podía más. La carga laboral era inmensa e intensa. Un día pasó Tamara y me vio trabajando con esa panza; Al rato llegó la orden para que me retirara con licencia por maternidad, y no regresaría hasta tres meses después de haber tenido el parto. Cuando me estaba retirando apareció Demetrio, diciéndome que había hablado con Tamara para que ella viera que no podía seguir, por más que faltara para iniciar el período de licencia por maternidad que establece la ley.
Tamara cuando me vio en el estado en que estaba. Ella misma tomó la decisión. El muy hijo de puta usaba su influencia para que, en la oficina de personal me asignaron tareas y viajes que excedían lo que correspondía.
Demetrio, durante mucho tiempo, trató de mantenerme alejada de Ignacio. Su plan era irse a vivir conmigo sin dejar su cargo de gerente, y yo seguiría siendo su puta, quitándole la hija a Ignacio. Por todo esto es que, desde que me casé, tuve una carga laboral que no tenía cuando vivía sola; Llegaba a casa destruida. Después del parto, cuando me reintegré a la empresa, me encontré con la novedad de que me habían asignado al departamento de estadística, dependiente de la gerencia de Demetrio. Me inventaba viajes para salir a navegar
Mi vida era una completa mentira que afectaba a dos víctimas inocentes: mi hija y mi amado Ignacio.
Cuando Noemí cumplió cuatro años, Demetrio, me propuso dejar a Ignacio escupirle en la cara que Noemí no era su hija, denunciarlo por maltrato familiar y que jamás pueda volver a verme a mí ni a mi hija.
No necesité sumar tanto para llegar a la cuenta de que, desde aquel sábado a la noche en la barra del bar de Martín y mi parecido con esa chica —que nunca supe quién era—, todo era una maniobra diabólica de este cerdo en contra de Ignacio. Lo que le salió mal fue el inmenso amor que llegué a sentir por Ignacio.
A partir de ese día viví con la amenaza de que me delatara ante Ignacio, haciéndole saber que Noemí no era su hija.
Después que me ordenó que dejara a Ignacio le pedí tiempo para acomodar las cosas. Me fui a investigar, no solo la estadísticas de producción, sino también los costos de las tecnológicas y bingo, estaba más sucio qué una papa. A partir de ese momento tuvimos un pacto: tú no hablas y yo tampoco.
Noemí cumplió doce años cuando renuncié a la empresa. Todas las idas y vueltas que tuve que campear con este hijo de puta dejaron mi relación con Ignacio totalmente tocada. No dejé que me volviera a tocar y como castigo, me hacía trabajar cantidades de horas. Me alteró los horarios entraba a cualquier hora y dejaba de trabajar también a cualquier hora. Me hacía viajar casi todos los fines de semanas.
Estaba convencida que, en algún momento Ignacio iba a saber la verdad y la ira en el corazón de un hombre bueno puede ser terrible. No sabía que podía pasar con mi hija, necesitaba mi independencia económica. La idea de la agencia nació de esa circunstancia. Toda esta carga horaria y laboral eran recursos para llevar adelante mi proyecto al que habia que agregar la propiedad del departamento que le saque al maldito. El único paño de lágrimas que tenía era mi querida Carmen, que conoció toda mi historia, hasta el último detalle, con el maldito sátrapa.
Cuando mi niña cumplió quince años, él se había independizado de su mujer y su suegro. Tenía el suficiente respaldo de directivos y accionistas. En la misma fiesta de mi niña, para mi desgracia, me dijo: los delitos cometidos ya habían prescripto para la justicia y, dentro de la firma, tenía el suficiente apoyo interno para que una denuncia mía no tuviera ninguna consecuencia. Discutiendo, le dije que no iba a quedar bien parado cuando haga la denuncia de acoso y abuso sexual. “Tengo fotos y videos hechos por vos, de cuando nos encamábamos. Tú eras mi jefe y tuve que dejar la empresa por tu culpa”, le dije —que dicho sea de paso, fue lo que realmente ocurrió para salvar mi matrimonio.
Me fui para ver si todo estaba bien en la fiesta.
Al rato me lo crucé en un pasillo del salon y, habiendo salido del estupor que le produjo mi amenaza de denuncia, me paró para decirme que tenía los recibos del alquiler de la casa y puedo demostrar que nos conocíamos de antes. Le respondí: los recibos están a nombre de una empresa off shore ¿vas a blanquear que son tuyas? Agregó que si vamos a la confrontación tú pierdes más que yo, mi divorcio con tamara ya esta en tramite y puedo tener algún inconveniente en la empresa que tendrán que salir a respaldarme, si yo caigo, la mancha le queda a ellos.
Entonces le dije: sí, Pero despues de un escándalo así el apoyo interno que tenés ahora sé te va a evaporar. Cuánto tiempo piensas que va a demorar Tamara para pegarte una patada en en culo como marido y como gerente.
Salí buscando a Ignacio. Necesitaba estar cerca de él y Noemí. Ellos eran todo lo que tenía. Cuando los abracé quise que ese momento fuera toda la eternidad.
Al poco tiempo, Tamara —a la que siempre admiré y respeté, pero Demetrio nunca dejó que me acercara— asumió como presidenta del directorio del grupo. A partir de ahí, las cosas le empezaron a ir mal. Demetrio me volvió a amenazar, y yo reiteré mi amenaza. Si él cumplía su amenaza y yo la mía, él se quedaba en la calle y yo perdía a Ignacio. Él tenía los recursos de sus estafas y podía salir adelante. Yo perdía a Ignacio. Él recuerdo de aquella chica tan parecida a mí y, el odio a Ignacio, era lo que lo motivaba a este enfermo. Quedamos con Demetrio en que, cada vez que Ignacio viajaba y regresaba, al otro día —eso ocurría cada seis meses—, venía a casa, le preparaba la comida, cenábamos juntos, tomábamos del vino más caro de la bodega de Ignacio, me cogía. en nuestra cama matrimonial y se iba. Yo estaba destrozada, llorando sin consuelo, pensando en el engaño, la mentira y la traición con las que condenaba al hombre que amaba con toda mi alma.
Continuará