Crónica de una traición

No sé si estoy equivocado, pero en este relato todos parecen que han hecho cosas malas y los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos.
Ni siquiera tengo nada claro que Natalia haya sido infiel con Demetrio y sea más que Tamara, que está enamorada de Ignacio, se lo haya hecho ver.
Aunque no lo tengo claro.
 
Natalia

Nací en un barrio de gente trabajadora. Mi padre trabajaba como conductor en una empresa de transporte (camionero), un trabajador de buenos ingresos que me permitió ir a una escuela de gestión privada (bilingüe), donde cursé primaria y secundaria. Cuando terminé el secundario decidí que quería estudiar en la universidad. Todavía no tenía claro qué carrera quería estudiar. No quería terminar como mi madre, perito mercantil, por cuatro pesos, llevando las carpetas laborales y haciendo de secretaría en un estudio contable

Cuando llegué a la gran ciudad, lo primero que conseguí fue un puesto de repositora en un súper. Con algo de dinero que me dieron mis viejos, alquilé una pieza en una pensión. Me dijeron que, con una tecnicatura en relaciones públicas y sabiendo inglés, podría ingresar como secretaria en alguna empresa importante y tener los ingresos necesarios para los estudios universitarios.
Para pagar el curso de relaciones públicas conseguí trabajar, los fines de semana, en la barra de un bar hasta las cinco de la mañana. A las ocho tenía que entrar a trabajar en el super.

Estaba reventada, entre los dos trabajos y el estudio me dormía parada.
Por mi carácter un tanto extrovertido y mi manera amable de ser, trabajando en el bar de Martín, me convertí en “la Nati”. En esa barra conocí a personas con las que, con el tiempo, formaron parte de mis afectos, fundamentalmente mi querida Carmen, amiga y confidente.
El domingo de esa semana me tocaba tomarme franco. Trabajé el sábado hasta las dieciséis en el súper, me dormí una buena siesta, dejé los estudios para el domingo y, esa noche, me arreglé bien. La barra del bar era un buen lugar de levante y hacía mucho que no estaba con un tipo. El cuerpo me lo pedía.

Esa noche apareció un tipo con cierto atractivo; no estaba mal. Pero lo que sobresalía era su mirada. No sus ojos, era su mirada lo que impactaba. Hablaba con calma, sereno, correcto y amable, pero daba la sensación de que te estaba dando una orden a la cual era imposible ignorar. A las cinco de la madrugada, cuando salí del bar, me estaba esperando. Me llamó. Sin preguntar, subí a su auto. Me llevó a un departamento. Hice todo lo que me pidió. Me excitaba acatar sus órdenes, que no eran tales; él pedía, y yo se lo concedía. Así estuvimos hasta el mediodía. Fuimos a almorzar a un restaurante de San Fernando y después me invitó a navegar en su velero. Ahí, en el medio del río, volvimo a tener sexo.

Cuando cayó la tarde, me acercó hasta la pensión donde me alojaba. Cuando nos íbamos a despedir, se acercó, me abrazó y me dio un beso muy apasionado. Mientras me acariciaba, repitió una vez más lo que me dijo durante todo el tiempo que estuvimos juntos: “Qué hermosa eres”. Por momentos tuve la sensación de que le recordaba a alguien. Después lo tomé como algo que se me debe haber ocurrido. Era solo un tipo que apenas conocía, con el que la pasé fantástico, paseando y cogiendo en un velero. Andá a saber si lo vuelvo a ver.

Mientras me duchaba, recordando lo vivido durante todas esas horas, me surgió una extraña duda: desconocía tener ese perfil sumiso. Tampoco el tipo era una máquina de producir orgasmos. Era algunos años mayor que yo, que en ese momento tenía diecinueve años, y él entre ocho o diez años más. Hasta que estuve con él, siempre había salido con chicos de mi edad, a lo sumo un par de años más. La comparación lo favorecía. Lo que sobresalía era su personalidad, su carácter, su mirada, su manera de hablar.

Con el tiempo me di cuenta de que no era sumisión. Sencillamente, estaba subyugada por un tipo que, por su experiencia y el saber manejarse con las mujeres, me tenía un tanto obnubilada. El tipo me sacaba todo tipo de ventaja, pero eso lo supe unos cuantos años después, cuando ya no había forma de arreglar nada.

Habían pasado unos cuantos días. No llamó, ni ese fin de semana ni tampoco apareció por el bar. Me dije: “pájaro que comió voló”. Debe haber conseguido otra para entretenerse.
Después de más de dos semanas me llamó y lo hizo varias veces para quedar.
Le dije que a mí me gustaría poder estar con él, porque lo había pasado bien; pero, entre el super, los estudios y el trabajo en el bar, no tengo posibilidad material de hacerlo. Le dije que recién iba a tener franco el martes de la semana siguiente, que tengo franco en el super, pero tengo que asistir a clase. Me respondió: justo ese martes tengo que viajar. Le dije: hasta que tenga franco un domingo, va a ser difícil concretar.
Una noche de esa semana que, no puedo precisar el día, a la salida del colegio, donde estaba cursando la tecnicatura, vestido de elegante sport, me estaba esperando. Era realmente atractivo. Me acerqué para darle un pico. Me tomó de las mejillas con ambas manos y me besó, como si hiciera años que no nos veíamos. Me dijo:
—Tenés una hora
—Esta mañana me levanté a las seis de la mañana para poder repasar unos apuntes, desayuné a las apurada, entré a trabajar en el super a las ocho, trabajé hasta las cuatro de la tarde, llegué a la pensión, me duché, tomé la merienda mientras terminaba de repasar los apuntes, me cambié, me vine para acá y recién salgo y vos me pedís una hora. Me desnudas, me pones en una cama y en cuanto asiente la cabeza en la almohada, en un minuto y medio, estoy dormida. Vas a coger con una bolsa.
Soltó una carcajada y me dijo:
—No es eso lo que quiero. Vení que te muestro algo y después te acerco hasta la pensión.
No hicimos más de diez cuadras desde donde estábamos, se detuvo frente a un edificio, no muy alto, subimos hasta el cuatro piso, ingresamos al departamento; cómodo, amplio, bien decorado, buena luz y ventilación. Me miró y me dijo
—¿Te gusta?
—Claro, por supuesto ¿quien pudiera?
—Si te gusta podes venirte a vivir aquí. Estos son los recibos. El departamento está alquilado a tu nombre, En esta tarjeta de débito tenés depositado el monto de tu sueldo en el super y esta es la tarjeta de crédito. Saque una tarjeta a mi nombre para poder darte esta extensión. No te pido moderación sino consideración. Mañana, si querés, ya no tenes que ir a trabajar. Acá tenes los catálogos para que elijas la carrera y, dentro de unos meses, puedas iniciar las clases en esta universidad privada.
Me dijo que el dinero que no iba a percibir por mi trabajo en el bar, se lo había dado a Martín, el dueño del bar, quien me dio todos tus datos, para que figurara como empleada y pudiera tener obra social.
—Yo lo único que tengo que hacer, es ¿ser tu puta?
—¡Bueno! yo no lo vería así.
¡Pero yo sí!, le dije y me lo cogí ahí mismo.

El tipo se llama Demetrio, casado, tres hijos, es ingeniero, gerente en el área tecnológica del holding del grupo socsturb, cuyo director y principal accionista es su suegro.
Todo estos gastos, para él, debe ser un vuelto. Lo que no sabía, era lo caro que todo esto iba a ser para mí.
La coyuntura de ese momento no me permitió ver el costo que iba a tener todo esto.
Dedicarme solo a estudiar me permitió adelantar el curso de tecnicatura y mientras esperaba el inicio del ciclo lectivo del año siguiente, para comenzar la carrera de sociología, hice algunos cursos de capacitación en relaciones públicas, también pulir y perfeccionar mi inglés.

Mirábamos muchas películas, videos porno y poníamos en práctica todo lo que veíamos. Me llamó la atención que, de todo lo que veíamos, lo único que nunca practicamos fue hacer tríos. Le tiré la lengua, y me dijo: “Si te veo en brazos de otro no te voy a hacer nada, porque no sabría cómo hacerlo, pero estoy seguro de que me moriría”. Me lo comí a besos.

Soy una mujer muy sexual me gusta el sexo y me encantaba jugar a ser su puta que, de hecho, lo era. Digo jugar porque dada mi condición humilde no podía evitar sentirme agradecida por todo lo que estaba viviendo y, digámoslo, me hizo conocer un mundo que desconocía en el que yo andaba a tientas y alucinaba: restaurantes donde nunca pensé poder estar, ropas de marcas, perfumes carísimos. Era su puta, pero puta cara.

Voy a decirlo por primera vez y lo voy a repetir varias veces: que pendeja pelotuda.
Había pasado ya un tiempo y me dijo: “Más adelante vas a tener que estar con otro tipo. Va a ser necesario juntar los recursos, divorciarme y mandar al diablo a mi sueño. Poder irme a vivir contigo, que es lo único que me interesa”.

No pude evitar ilusionarme: ser la pareja de un ingeniero con su propio emprendimiento y que yo, de alguna manera, lo hubiera ayudado a lograrlo, era algo que excedía cualquier expectativa que hubiera llegado a imaginar.
A partir de ese día todo fue planificar para cuando llegara el momento adecuado. Hasta hice un curso de histrionismo, para que no se me note lo forzado que podría ser, transitar algunas circunstancias.
Algo que me llamó la atención, con el tiempo y cierta rutina, fue la disminución en la frecuencia en su demanda de sexo. Demetrio me dijo: “Tengo que cumplir con vos y en casa también. Hasta que todo no esté determinado y encaminado, no puedo andar dando pasos en falso, porque se arruinarían nuestros planes y se frustrarían nuestros sueños”.


Cuando le pregunté: cómo era que íbamos a hacer para que nos juntemos con esa fortuna que tú dices, sólo por el simple hecho de levantarme un tipo, convivir con él y que todo suceda. Me dijo: en la medida que todo se vaya desarrollando, te voy a ir instruyendo de cuál será el próximo pasó, porque este, no es un camino recto hacia un destino determinado. En cuanto, conforme se vayan cumpliendo determinados presupuestos, van a ir surgiendo cuáles serán las acciones a seguir. Si querés retirarte estás en todo tu derecho pero, si estás decidida a seguir, vas a tener que confiar en mí.

Me prometió y le hice prometer de no realizar nada ilegal. Levantarse a un tipo, convivir con él y despues pedir el divorcio, no es ilegal, podrá ser inmoral, me dijo, pero ilegal no.
Si el tipo es un poderoso hombre de negocios, le dije, te aseguro, porque así lo demuestran las estadísticas y las crónicas faranduleras que, cuando le pida el divorcio, me va a largar con una mano atrás y otra adelante. Este caso no pasa por ahí, me dijo.

Conversamos sobre la cuestión estética, sobre lo que se aproximara, al perfil de mujer que le atraía a nuestro objetivo. Me trajo una serie de fotos de chicas que habían salido con él. Había una que se parecía bastante a mí. Recordé aquella sensación que tuve cuando me besaba, de que le recordaba a alguien. Pero estábamos hablando de los gustos de otra persona. Decidimos trabajar sobre la foto de la chica que se me parecía. Demetrio, que decía haberla conocido, me puso al tanto de ademanes, modos de caminar y distintos gestos. Tratando de tener un parecido sin ser idéntico, trabajamos en ese aspecto. ¡Qué pendeja pelotuda! ¿Cómo que lo conoció a través de su mujer? Le conocí las novias que tuvo, y hasta en los mínimos detalles, me pedía que, al emular a aquella chica, lo practicara con él.
Me sentí bien con Demetrio. Mientras cursaba sociología, nos veíamos poco, pero nos poníamos al día los fines de semana en el velero. Mientras me daba clase de timonel y de sexo a la deriva, que consistia en: hacia donde iba el velero, cuando se la mamaba, estando él agarrado del timón.

La fecha para el abordaje del objetivo estaba próxima. Tenía todo preparado y predispuesto. Había transcurrido una importante cantidad de tiempo entrenando mi mente para conquistar a un tipo.
Aquí, es necesario hacer un apartado.
Como lo expresé al comienzo. Nací y crecí en un barrio humilde de gente trabajadora a las que, sin que falte lo esencial, nunca les sobra nada. Los códigos en esos barrios y más, tratándose de un pueblo, suelen ser más rígidos qué en las grandes ciudades. Con los años transcurridos y, viendo todo desde una distancia de tiempo, que importa toda una vida, veo a aquella jovencita que fui y me viene la duda filosófica de no saber qué fue primero, el huevo o la gallina. No sé si las minitas nos colgábamos de los chicos porque eran misóginos, prepotentes, pendenciero y malotes o los chicos, eran misóginos, prepotentes, pendenciero y malotes, porque así, a las minitas, nos gustaban los chicos.
Todos los chicos, que no reunían esas características, los veíamos como tontos, raritos o mariquitas y por ende, pasible de recibir el escarnio público y, lo aplicábamos con saña.
Yo, a estas alturas, era una boluda de veintitrés años, pero muchas de esas cosas, en forma inconsciente, todavía rondaban mis percepciones. Me tenía que levantar a un tipo que, si no era tonto, era raro. Marica, creo que no. Tenía la percepción, no razonada, de que estaba bien joder a un tipo así.

Llegó la noche del evento donde debía llevar a cabo la conquista. Demetrio me había dicho que el objetivo era amigo de su mujer y, por ende, conocido de él. Cuando llegó a la mesa, estaba todo preparado para que se sentara a mi lado. Cuando lo vi, me di cuenta de que era de la misma edad de Demetrio y algo me pasó: me sentí atraída por ese tal Ignacio. Sentí un alivio: lo iba a hacer con un tipo bueno que me gustaba.

Para mi desgracia lo supe mucho tiempo después, pero esa misma noche, me enamoré de Ignacio. No podría haber fingido como lo hice durante tanto tiempo sin haberlo estado.

Al poco tiempo de haber iniciado la relación, Ignacio, me pidió de vivir juntos y Demetrio, estaba más impaciente que Ignacio para que lo hiciera. Esto aceleraba los tiempos para sus planes, que yo creía que eran nuestros planes. Puse de pretexto hacerlo cuando termine mi carrera en la universidad.

Ignacio me recordó aquella mentira de que Carmen estaba gestionando mi ingreso a la empresa. Le dije que se había complicado. Ignacio habló con Tamara, hija del director y esposa de Demetrio, e ingresé a la empresa. Demetrio no quería que entrara. Esto le complicó las cosas, pero con gran habilidad supo aprovechar la situación.
Trabajar en la empresa era una forma de estar con Ignacio y cerca de Demetrio, pero hasta que no me recibí, no me fui con Ignacio, con quien me sentía tan bien. Quería tener mi título. Si se iba todo al carajo, tendría mi título, que es para lo que vine a la gran ciudad.

Entré a la empresa en la oficina de personal. Por circunstancias que no vienen al caso explicarlas, me tocó enfrentar algunos conflictos que se fueron presentando en algunos sectores de algunas de las empresas del grupo. Lo hice aceptablemente bien.
Para entender de qué se trataba es necesario aclarar que, los temas salariales y condiciones laborales los resuelve la empresa con los sindicatos.
Los y las trabajadoras eran gente de mi mismo origen social. Hay algunos códigos que son comunes a la idiosincrasia de grupos sociales, no importa qué tan distantes estén unos de otros. Esto lo conocía por haberlo estudiado. Por mi origen y pertenencia, conocía esos códigos y pude aplicarlos. Con la gestión y la resolución de los problemas que se generaron, me gané la consideración de mis jefes.
No pude evitar pensar que la designación para estar al frente en la resolución de todos estos conflictos, siendo tan joven y recién llegada, estaba la mano de Demetrio. Ahora, visto a la distancia, el cretino apostó a mi fracaso para que abandonara la empresa.
Por ser quien soy y, por pertenencia, tenía la condición innata para poder tener una buena comunicación con los trabajadores. Supe auscultar los motivos de sus demandas. En un informe, con datos, precisiones y puntos de vista; les hice saber a mis jefes que, los encargados de sección y de sector, en las distintas líneas de producción, en su totalidad, son personas técnicamente muy capacitadas; pero, algunos carecen de liderazgo o capacidad para manejar al personal y, en muchas ocasiones, terminan tiranizando a los trabajadores y generando conflictos donde no lo debería haber.
El informe llegó al directorio. Se hicieron los relevamientos, los estudios y se tomaron las decisiones que sugerí en el escrito. No sé cómo fue, pero, sin tener nada que ver con la oficina, al pie del mismo apareció la firma de Demetrio, y todo el mérito y las felicitaciones fueron para él. Me lo vendió como parte de la estrategia de nuestro plan, un escalón más en la meta de desprenderse de su esposa y su suegro. Yo tenía veintitrés años. ¡Qué pendeja pelotuda!

Trabajo, universidad y el corazón en estado de confusión crónica. Seguía viviendo sola. Con Ignacio nos veíamos los fines de semana, que no eran tal. Los viernes me iba a buscar a la salida de la facultad y me quedaba con él hasta el domingo a la mañana. Le decía que me iba a estudiar a la casa de una amiga. La realidad es que me iba a navegar y coger con Demetrio, a quien veía todos los días. Algún día de la semana venía conmigo al departamento, que ya había averiguado que era de su propiedad. Me dije a mí misma: en la próxima jugada que hagas, si vas a necesitar mi complicidad, lo vas a tener que poner a mi nombre, y así ocurrió

Cuando me recibí de socióloga, los compañeros y jefes de la oficina de personal pidieron un catering y, en el comedor de la empresa, celebramos a lo grande con mis compañeros. Hasta Tamara se acercó para brindar y felicitarme. Demás está decir que Demetrio, ante la sorpresa de su esposa, recibió las felicitaciones de un par de ejecutivos por haber acercado a la empresa una empleada tan eficiente. Y yo en las nubes pensando en ser pareja de un ingeniero con emprendimiento propio. Estaba tan embalada con eso que no pude ver nada más.

Al poco tiempo nos casamos y me fui a vivir con Ignacio. No habían pasado tres meses cuando Demetrio, me pidió quedar embarazada de él. Vendí mi dignidad, mi felicidad, el amor de un hombre maravilloso por un puto y sucio departamento y una quimera estúpida.
La instrucción que me dio Demetrio fue que no hablara con Ignacio de él. Le dije: ¿no era amigo de tu mujer? No hablábamos de vos porque no se daba la conversación, le dije.
Ignacio suponía que yo a Demetrio lo conocía de la empresa, y no teníamos mucho para hablar de él. Con el tiempo supe que Ignacio era amigo de Tamara pero también lo era de él.
El embarazo lo llevé trabajando hasta que ya no podía más. La carga laboral era inmensa e intensa. Un día pasó Tamara y me vio trabajando con esa panza; Al rato llegó la orden para que me retirara con licencia por maternidad, y no regresaría hasta tres meses después de haber tenido el parto. Cuando me estaba retirando apareció Demetrio, diciéndome que había hablado con Tamara para que ella viera que no podía seguir, por más que faltara para iniciar el período de licencia por maternidad que establece la ley.
Tamara cuando me vio en el estado en que estaba. Ella misma tomó la decisión. El muy hijo de puta usaba su influencia para que, en la oficina de personal me asignaron tareas y viajes que excedían lo que correspondía.

Demetrio, durante mucho tiempo, trató de mantenerme alejada de Ignacio. Su plan era irse a vivir conmigo sin dejar su cargo de gerente, y yo seguiría siendo su puta, quitándole la hija a Ignacio. Por todo esto es que, desde que me casé, tuve una carga laboral que no tenía cuando vivía sola; Llegaba a casa destruida. Después del parto, cuando me reintegré a la empresa, me encontré con la novedad de que me habían asignado al departamento de estadística, dependiente de la gerencia de Demetrio. Me inventaba viajes para salir a navegar

Mi vida era una completa mentira que afectaba a dos víctimas inocentes: mi hija y mi amado Ignacio.

Cuando Noemí cumplió cuatro años, Demetrio, me propuso dejar a Ignacio escupirle en la cara que Noemí no era su hija, denunciarlo por maltrato familiar y que jamás pueda volver a verme a mí ni a mi hija.

No necesité sumar tanto para llegar a la cuenta de que, desde aquel sábado a la noche en la barra del bar de Martín y mi parecido con esa chica —que nunca supe quién era—, todo era una maniobra diabólica de este cerdo en contra de Ignacio. Lo que le salió mal fue el inmenso amor que llegué a sentir por Ignacio.

A partir de ese día viví con la amenaza de que me delatara ante Ignacio, haciéndole saber que Noemí no era su hija.
Después que me ordenó que dejara a Ignacio le pedí tiempo para acomodar las cosas. Me fui a investigar, no solo la estadísticas de producción, sino también los costos de las tecnológicas y bingo, estaba más sucio qué una papa. A partir de ese momento tuvimos un pacto: tú no hablas y yo tampoco.

Noemí cumplió doce años cuando renuncié a la empresa. Todas las idas y vueltas que tuve que campear con este hijo de puta dejaron mi relación con Ignacio totalmente tocada. No dejé que me volviera a tocar y como castigo, me hacía trabajar cantidades de horas. Me alteró los horarios entraba a cualquier hora y dejaba de trabajar también a cualquier hora. Me hacía viajar casi todos los fines de semanas.

Estaba convencida que, en algún momento Ignacio iba a saber la verdad y la ira en el corazón de un hombre bueno puede ser terrible. No sabía que podía pasar con mi hija, necesitaba mi independencia económica. La idea de la agencia nació de esa circunstancia. Toda esta carga horaria y laboral eran recursos para llevar adelante mi proyecto al que habia que agregar la propiedad del departamento que le saque al maldito. El único paño de lágrimas que tenía era mi querida Carmen, que conoció toda mi historia, hasta el último detalle, con el maldito sátrapa.
Cuando mi niña cumplió quince años, él se había independizado de su mujer y su suegro. Tenía el suficiente respaldo de directivos y accionistas. En la misma fiesta de mi niña, para mi desgracia, me dijo: los delitos cometidos ya habían prescripto para la justicia y, dentro de la firma, tenía el suficiente apoyo interno para que una denuncia mía no tuviera ninguna consecuencia. Discutiendo, le dije que no iba a quedar bien parado cuando haga la denuncia de acoso y abuso sexual. “Tengo fotos y videos hechos por vos, de cuando nos encamábamos. Tú eras mi jefe y tuve que dejar la empresa por tu culpa”, le dije —que dicho sea de paso, fue lo que realmente ocurrió para salvar mi matrimonio.

Me fui para ver si todo estaba bien en la fiesta.
Al rato me lo crucé en un pasillo del salon y, habiendo salido del estupor que le produjo mi amenaza de denuncia, me paró para decirme que tenía los recibos del alquiler de la casa y puedo demostrar que nos conocíamos de antes. Le respondí: los recibos están a nombre de una empresa off shore ¿vas a blanquear que son tuyas? Agregó que si vamos a la confrontación tú pierdes más que yo, mi divorcio con tamara ya esta en tramite y puedo tener algún inconveniente en la empresa que tendrán que salir a respaldarme, si yo caigo, la mancha le queda a ellos.

Entonces le dije: sí, Pero despues de un escándalo así el apoyo interno que tenés ahora sé te va a evaporar. Cuánto tiempo piensas que va a demorar Tamara para pegarte una patada en en culo como marido y como gerente.
Salí buscando a Ignacio. Necesitaba estar cerca de él y Noemí. Ellos eran todo lo que tenía. Cuando los abracé quise que ese momento fuera toda la eternidad.
Al poco tiempo, Tamara —a la que siempre admiré y respeté, pero Demetrio nunca dejó que me acercara— asumió como presidenta del directorio del grupo. A partir de ahí, las cosas le empezaron a ir mal. Demetrio me volvió a amenazar, y yo reiteré mi amenaza. Si él cumplía su amenaza y yo la mía, él se quedaba en la calle y yo perdía a Ignacio. Él tenía los recursos de sus estafas y podía salir adelante. Yo perdía a Ignacio. Él recuerdo de aquella chica tan parecida a mí y, el odio a Ignacio, era lo que lo motivaba a este enfermo. Quedamos con Demetrio en que, cada vez que Ignacio viajaba y regresaba, al otro día —eso ocurría cada seis meses—, venía a casa, le preparaba la comida, cenábamos juntos, tomábamos del vino más caro de la bodega de Ignacio, me cogía. en nuestra cama matrimonial y se iba. Yo estaba destrozada, llorando sin consuelo, pensando en el engaño, la mentira y la traición con las que condenaba al hombre que amaba con toda mi alma.

Continuará
 
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Todo se hubiera resuelto hablando con Ignacio y asumiendo las consecuencias, pero entiendo su miedo a perderle.
Aunque al principio me caía fatal Natalia, ahora entiendo su difícil postura.
Creo que al final terminarán juntos Natalia e Ignacio.
Pero es que lo de que la hija no es de él, es lo que complica mucho las cosas.
Lo que no sé es que papel puede jugar Tamara, que también está enamorada de él.
 
Falta de ética de principios y de dignidad: Estas tres características serían perfectamente atribuibles a Natalia.
Natalia es una trepa sin escrúpulos, capaz de hacer cualquier cosa para prosperar. El plan de Demetrio hubiera tirado para atrás a cualquier persona con algún valor moral o una pizca de conciencia.
Atribuir su proceder a sus orígenes humildes, no es más que una excusa para exculparse de su vileza.
Lo de enamorarse de Ignacio, no ha sido más que un accidente, un imponderable de esos que te ocurren en la vida. Pero no olvidemos, que su objetivo era cumplir el plan del psicópata de Demetrio, sin preocuparle en absoluto el sufrimiento de su víctima.
Patricia y Demetrio, tal para cuál... Dios los cría y ellos se juntan.
No dudo que después de todo, Natalia acabe sufriendo, pero no se puede uno revolcar en el fango, y salir después limpio e impoluto.
No me da lastima Natalia, sólo está sufriendo las consecuencias de sus actos.
Nada de lo que ha hecho, es atribuible a su inocencia, a su inexperiencia o a sus orígenes humildes. Vendió su alma al diablo, y éste siempre vuelve a cobrar la deuda.
 
Natalia

Nací en un barrio de gente trabajadora. Mi padre trabajaba como conductor en una empresa de transporte (camionero), un trabajador de buenos ingresos que me permitió ir a una escuela de gestión privada (bilingüe), donde cursé primaria y secundaria. Cuando terminé el secundario decidí que quería estudiar en la universidad. Todavía no tenía claro qué carrera quería estudiar. No quería terminar como mi madre, perito mercantil, por cuatro pesos, llevando las carpetas laborales y haciendo de secretaría en un estudio contable

Cuando llegué a la gran ciudad, lo primero que conseguí fue un puesto de repositora en un súper. Con algo de dinero que me dieron mis viejos, alquilé una pieza en una pensión. Me dijeron que, con una tecnicatura en relaciones públicas y sabiendo inglés, podría ingresar como secretaria en alguna empresa importante y tener los ingresos necesarios para los estudios universitarios.
Para pagar el curso de relaciones públicas conseguí trabajar, los fines de semana, en la barra de un bar hasta las cinco de la mañana. A las ocho tenía que entrar a trabajar en el super.

Estaba reventada, entre los dos trabajos y el estudio me dormía parada.
Por mi carácter un tanto extrovertido y mi manera amable de ser, trabajando en el bar de Martín, me convertí en “la Nati”. En esa barra conocí a personas con las que, con el tiempo, formaron parte de mis afectos, fundamentalmente mi querida Carmen, amiga y confidente.
El domingo de esa semana me tocaba tomarme franco. Trabajé el sábado hasta las dieciséis en el súper, me dormí una buena siesta, dejé los estudios para el domingo y, esa noche, me arreglé bien. La barra del bar era un buen lugar de levante y hacía mucho que no estaba con un tipo. El cuerpo me lo pedía.

Esa noche apareció un tipo con cierto atractivo; no estaba mal. Pero lo que sobresalía era su mirada. No sus ojos, era su mirada lo que impactaba. Hablaba con calma, sereno, correcto y amable, pero daba la sensación de que te estaba dando una orden a la cual era imposible ignorar. A las cinco de la madrugada, cuando salí del bar, me estaba esperando. Me llamó. Sin preguntar, subí a su auto. Me llevó a un departamento. Hice todo lo que me pidió. Me excitaba acatar sus órdenes, que no eran tales; él pedía, y yo se lo concedía. Así estuvimos hasta el mediodía. Fuimos a almorzar a un restaurante de San Fernando y después me invitó a navegar en su velero. Ahí, en el medio del río, volvimo a tener sexo.

Cuando cayó la tarde, me acercó hasta la pensión donde me alojaba. Cuando nos íbamos a despedir, se acercó, me abrazó y me dio un beso muy apasionado. Mientras me acariciaba, repitió una vez más lo que me dijo durante todo el tiempo que estuvimos juntos: “Qué hermosa eres”. Por momentos tuve la sensación de que le recordaba a alguien. Después lo tomé como algo que se me debe haber ocurrido. Era solo un tipo que apenas conocía, con el que la pasé fantástico, paseando y cogiendo en un velero. Andá a saber si lo vuelvo a ver.

Mientras me duchaba, recordando lo vivido durante todas esas horas, me surgió una extraña duda: desconocía tener ese perfil sumiso. Tampoco el tipo era una máquina de producir orgasmos. Era algunos años mayor que yo, que en ese momento tenía diecinueve años, y él entre ocho o diez años más. Hasta que estuve con él, siempre había salido con chicos de mi edad, a lo sumo un par de años más. La comparación lo favorecía. Lo que sobresalía era su personalidad, su carácter, su mirada, su manera de hablar.

Con el tiempo me di cuenta de que no era sumisión. Sencillamente, estaba subyugada por un tipo que, por su experiencia y el saber manejarse con las mujeres, me tenía un tanto obnubilada. El tipo me sacaba todo tipo de ventaja, pero eso lo supe unos cuantos años después, cuando ya no había forma de arreglar nada.

Habían pasado unos cuantos días. No llamó, ni ese fin de semana ni tampoco apareció por el bar. Me dije: “pájaro que comió voló”. Debe haber conseguido otra para entretenerse.
Después de más de dos semanas me llamó y lo hizo varias veces para quedar.
Le dije que a mí me gustaría poder estar con él, porque lo había pasado bien; pero, entre el super, los estudios y el trabajo en el bar, no tengo posibilidad material de hacerlo. Le dije que recién iba a tener franco el martes de la semana siguiente, que tengo franco en el super, pero tengo que asistir a clase. Me respondió: justo ese martes tengo que viajar. Le dije: hasta que tenga franco un domingo, va a ser difícil concretar.
Una noche de esa semana que, no puedo precisar el día, a la salida del colegio, donde estaba cursando la tecnicatura, vestido de elegante sport, me estaba esperando. Era realmente atractivo. Me acerqué para darle un pico. Me tomó de las mejillas con ambas manos y me besó, como si hiciera años que no nos veíamos. Me dijo:
—Tenés una hora
—Esta mañana me levanté a las seis de la mañana para poder repasar unos apuntes, desayuné a las apurada, entré a trabajar en el super a las ocho, trabajé hasta las cuatro de la tarde, llegué a la pensión, me duché, tomé la merienda mientras terminaba de repasar los apuntes, me cambié, me vine para acá y recién salgo y vos me pedís una hora. Me desnudas, me pones en una cama y en cuanto asiente la cabeza en la almohada, en un minuto y medio, estoy dormida. Vas a coger con una bolsa.
Soltó una carcajada y me dijo:
—No es eso lo que quiero. Vení que te muestro algo y después te acerco hasta la pensión.
No hicimos más de diez cuadras desde donde estábamos, se detuvo frente a un edificio, no muy alto, subimos hasta el cuatro piso, ingresamos al departamento; cómodo, amplio, bien decorado, buena luz y ventilación. Me miró y me dijo
—¿Te gusta?
—Claro, por supuesto ¿quien pudiera?
—Si te gusta podes venirte a vivir aquí. Estos son los recibos. El departamento está alquilado a tu nombre, En esta tarjeta de débito tenés depositado el monto de tu sueldo en el super y esta es la tarjeta de crédito. Saque una tarjeta a mi nombre para poder darte esta extensión. No te pido moderación sino consideración. Mañana, si querés, ya no tenes que ir a trabajar. Acá tenes los catálogos para que elijas la carrera y, dentro de unos meses, puedas iniciar las clases en esta universidad privada.
Me dijo que el dinero que no iba a percibir por mi trabajo en el bar, se lo había dado a Martín, el dueño del bar, quien me dio todos tus datos, para que figurara como empleada y pudiera tener obra social.
—Yo lo único que tengo que hacer, es ¿ser tu puta?
—¡Bueno! yo no lo vería así.
¡Pero yo sí!, le dije y me lo cogí ahí mismo.

El tipo se llama Demetrio, casado, tres hijos, es ingeniero, gerente en el área tecnológica del holding del grupo socsturb, cuyo director y principal accionista es su suegro.
Todo estos gastos, para él, debe ser un vuelto. Lo que no sabía, era lo caro que todo esto iba a ser para mí.
La coyuntura de ese momento no me permitió ver el costo que iba a tener todo esto.
Dedicarme solo a estudiar me permitió adelantar el curso de tecnicatura y mientras esperaba el inicio del ciclo lectivo del año siguiente, para comenzar la carrera de sociología, hice algunos cursos de capacitación en relaciones públicas, también pulir y perfeccionar mi inglés.

Mirábamos muchas películas, videos porno y poníamos en práctica todo lo que veíamos. Me llamó la atención que, de todo lo que veíamos, lo único que nunca practicamos fue hacer tríos. Le tiré la lengua, y me dijo: “Si te veo en brazos de otro no te voy a hacer nada, porque no sabría cómo hacerlo, pero estoy seguro de que me moriría”. Me lo comí a besos.

Soy una mujer muy sexual me gusta el sexo y me encantaba jugar a ser su puta que, de hecho, lo era. Digo jugar porque dada mi condición humilde no podía evitar sentirme agradecida por todo lo que estaba viviendo y, digámoslo, me hizo conocer un mundo que desconocía en el que yo andaba a tientas y alucinaba: restaurantes donde nunca pensé poder estar, ropas de marcas, perfumes carísimos. Era su puta, pero puta cara.

Voy a decirlo por primera vez y lo voy a repetir varias veces: que pendeja pelotuda.
Había pasado ya un tiempo y me dijo: “Más adelante vas a tener que estar con otro tipo. Va a ser necesario juntar los recursos, divorciarme y mandar al diablo a mi sueño. Poder irme a vivir contigo, que es lo único que me interesa”.

No pude evitar ilusionarme: ser la pareja de un ingeniero con su propio emprendimiento y que yo, de alguna manera, lo hubiera ayudado a lograrlo, era algo que excedía cualquier expectativa que hubiera llegado a imaginar.
A partir de ese día todo fue planificar para cuando llegara el momento adecuado. Hasta hice un curso de histrionismo, para que no se me note lo forzado que podría ser, transitar algunas circunstancias.
Algo que me llamó la atención, con el tiempo y cierta rutina, fue la disminución en la frecuencia en su demanda de sexo. Demetrio me dijo: “Tengo que cumplir con vos y en casa también. Hasta que todo no esté determinado y encaminado, no puedo andar dando pasos en falso, porque se arruinarían nuestros planes y se frustrarían nuestros sueños”.


Cuando le pregunté: cómo era que íbamos a hacer para que nos juntemos con esa fortuna que tú dices, sólo por el simple hecho de levantarme un tipo, convivir con él y que todo suceda. Me dijo: en la medida que todo se vaya desarrollando, te voy a ir instruyendo de cuál será el próximo pasó, porque este, no es un camino recto hacia un destino determinado. En cuanto, conforme se vayan cumpliendo determinados presupuestos, van a ir surgiendo cuáles serán las acciones a seguir. Si querés retirarte estás en todo tu derecho pero, si estás decidida a seguir, vas a tener que confiar en mí.

Me prometió y le hice prometer de no realizar nada ilegal. Levantarse a un tipo, convivir con él y despues pedir el divorcio, no es ilegal, podrá ser inmoral, me dijo, pero ilegal no.
Si el tipo es un poderoso hombre de negocios, le dije, te aseguro, porque así lo demuestran las estadísticas y las crónicas faranduleras que, cuando le pida el divorcio, me va a largar con una mano atrás y otra adelante. Este caso no pasa por ahí, me dijo.

Conversamos sobre la cuestión estética, sobre lo que se aproximara, al perfil de mujer que le atraía a nuestro objetivo. Me trajo una serie de fotos de chicas que habían salido con él. Había una que se parecía bastante a mí. Recordé aquella sensación que tuve cuando me besaba, de que le recordaba a alguien. Pero estábamos hablando de los gustos de otra persona. Decidimos trabajar sobre la foto de la chica que se me parecía. Demetrio, que decía haberla conocido, me puso al tanto de ademanes, modos de caminar y distintos gestos. Tratando de tener un parecido sin ser idéntico, trabajamos en ese aspecto. ¡Qué pendeja pelotuda! ¿Cómo que lo conoció a través de su mujer? Le conocí las novias que tuvo, y hasta en los mínimos detalles, me pedía que, al emular a aquella chica, lo practicara con él.
Me sentí bien con Demetrio. Mientras cursaba sociología, nos veíamos poco, pero nos poníamos al día los fines de semana en el velero. Mientras me daba clase de timonel y de sexo a la deriva, que consistia en: hacia donde iba el velero, cuando se la mamaba, estando él agarrado del timón.

La fecha para el abordaje del objetivo estaba próxima. Tenía todo preparado y predispuesto. Había transcurrido una importante cantidad de tiempo entrenando mi mente para conquistar a un tipo.
Aquí, es necesario hacer un apartado.
Como lo expresé al comienzo. Nací y crecí en un barrio humilde de gente trabajadora a las que, sin que falte lo esencial, nunca les sobra nada. Los códigos en esos barrios y más, tratándose de un pueblo, suelen ser más rígidos qué en las grandes ciudades. Con los años transcurridos y, viendo todo desde una distancia de tiempo, que importa toda una vida, veo a aquella jovencita que fui y me viene la duda filosófica de no saber qué fue primero, el huevo o la gallina. No sé si las minitas nos colgábamos de los chicos porque eran misóginos, prepotentes, pendenciero y malotes o los chicos, eran misóginos, prepotentes, pendenciero y malotes, porque así, a las minitas, nos gustaban los chicos.
Todos los chicos, que no reunían esas características, los veíamos como tontos, raritos o mariquitas y por ende, pasible de recibir el escarnio público y, lo aplicábamos con saña.
Yo, a estas alturas, era una boluda de veintitrés años, pero muchas de esas cosas, en forma inconsciente, todavía rondaban mis percepciones. Me tenía que levantar a un tipo que, si no era tonto, era raro. Marica, creo que no. Tenía la percepción, no razonada, de que estaba bien joder a un tipo así.

Llegó la noche del evento donde debía llevar a cabo la conquista. Demetrio me había dicho que el objetivo era amigo de su mujer y, por ende, conocido de él. Cuando llegó a la mesa, estaba todo preparado para que se sentara a mi lado. Cuando lo vi, me di cuenta de que era de la misma edad de Demetrio y algo me pasó: me sentí atraída por ese tal Ignacio. Sentí un alivio: lo iba a hacer con un tipo bueno que me gustaba.

Para mi desgracia lo supe mucho tiempo después, pero esa misma noche, me enamoré de Ignacio. No podría haber fingido como lo hice durante tanto tiempo sin haberlo estado.

Al poco tiempo de haber iniciado la relación, Ignacio, me pidió de vivir juntos y Demetrio, estaba más impaciente que Ignacio para que lo hiciera. Esto aceleraba los tiempos para sus planes, que yo creía que eran nuestros planes. Puse de pretexto hacerlo cuando termine mi carrera en la universidad.

Ignacio me recordó aquella mentira de que Carmen estaba gestionando mi ingreso a la empresa. Le dije que se había complicado. Ignacio habló con Tamara, hija del director y esposa de Demetrio, e ingresé a la empresa. Demetrio no quería que entrara. Esto le complicó las cosas, pero con gran habilidad supo aprovechar la situación.
Trabajar en la empresa era una forma de estar con Ignacio y cerca de Demetrio, pero hasta que no me recibí, no me fui con Ignacio, con quien me sentía tan bien. Quería tener mi título. Si se iba todo al carajo, tendría mi título, que es para lo que vine a la gran ciudad.

Entré a la empresa en la oficina de personal. Por circunstancias que no vienen al caso explicarlas, me tocó enfrentar algunos conflictos que se fueron presentando en algunos sectores de algunas de las empresas del grupo. Lo hice aceptablemente bien.
Para entender de qué se trataba es necesario aclarar que, los temas salariales y condiciones laborales los resuelve la empresa con los sindicatos.
Los y las trabajadoras eran gente de mi mismo origen social. Hay algunos códigos que son comunes a la idiosincrasia de grupos sociales, no importa qué tan distantes estén unos de otros. Esto lo conocía por haberlo estudiado. Por mi origen y pertenencia, conocía esos códigos y pude aplicarlos. Con la gestión y la resolución de los problemas que se generaron, me gané la consideración de mis jefes.
No pude evitar pensar que la designación para estar al frente en la resolución de todos estos conflictos, siendo tan joven y recién llegada, estaba la mano de Demetrio. Ahora, visto a la distancia, el cretino apostó a mi fracaso para que abandonara la empresa.
Por ser quien soy y, por pertenencia, tenía la condición innata para poder tener una buena comunicación con los trabajadores. Supe auscultar los motivos de sus demandas. En un informe, con datos, precisiones y puntos de vista; les hice saber a mis jefes que, los encargados de sección y de sector, en las distintas líneas de producción, en su totalidad, son personas técnicamente muy capacitadas; pero, algunos carecen de liderazgo o capacidad para manejar al personal y, en muchas ocasiones, terminan tiranizando a los trabajadores y generando conflictos donde no lo debería haber.
El informe llegó al directorio. Se hicieron los relevamientos, los estudios y se tomaron las decisiones que sugerí en el escrito. No sé cómo fue, pero, sin tener nada que ver con la oficina, al pie del mismo apareció la firma de Demetrio, y todo el mérito y las felicitaciones fueron para él. Me lo vendió como parte de la estrategia de nuestro plan, un escalón más en la meta de desprenderse de su esposa y su suegro. Yo tenía veintitrés años. ¡Qué pendeja pelotuda!

Trabajo, universidad y el corazón en estado de confusión crónica. Seguía viviendo sola. Con Ignacio nos veíamos los fines de semana, que no eran tal. Los viernes me iba a buscar a la salida de la facultad y me quedaba con él hasta el domingo a la mañana. Le decía que me iba a estudiar a la casa de una amiga. La realidad es que me iba a navegar y coger con Demetrio, a quien veía todos los días. Algún día de la semana venía conmigo al departamento, que ya había averiguado que era de su propiedad. Me dije a mí misma: en la próxima jugada que hagas, si vas a necesitar mi complicidad, lo vas a tener que poner a mi nombre, y así ocurrió

Cuando me recibí de socióloga, los compañeros y jefes de la oficina de personal pidieron un catering y, en el comedor de la empresa, celebramos a lo grande con mis compañeros. Hasta Tamara se acercó para brindar y felicitarme. Demás está decir que Demetrio, ante la sorpresa de su esposa, recibió las felicitaciones de un par de ejecutivos por haber acercado a la empresa una empleada tan eficiente. Y yo en las nubes pensando en ser pareja de un ingeniero con emprendimiento propio. Estaba tan embalada con eso que no pude ver nada más.

Al poco tiempo nos casamos y me fui a vivir con Ignacio. No habían pasado tres meses cuando Demetrio, me pidió quedar embarazada de él. Vendí mi dignidad, mi felicidad, el amor de un hombre maravilloso por un puto y sucio departamento y una quimera estúpida.
La instrucción que me dio Demetrio fue que no hablara con Ignacio de él. Le dije: ¿no era amigo de tu mujer? No hablábamos de vos porque no se daba la conversación, le dije.
Ignacio suponía que yo a Demetrio lo conocía de la empresa, y no teníamos mucho para hablar de él. Con el tiempo supe que Ignacio era amigo de Tamara pero también lo era de él.
El embarazo lo llevé trabajando hasta que ya no podía más. La carga laboral era inmensa e intensa. Un día pasó Tamara y me vio trabajando con esa panza; Al rato llegó la orden para que me retirara con licencia por maternidad, y no regresaría hasta tres meses después de haber tenido el parto. Cuando me estaba retirando apareció Demetrio, diciéndome que había hablado con Tamara para que ella viera que no podía seguir, por más que faltara para iniciar el período de licencia por maternidad que establece la ley.
Tamara cuando me vio en el estado en que estaba. Ella misma tomó la decisión. El muy hijo de puta usaba su influencia para que, en la oficina de personal me asignaron tareas y viajes que excedían lo que correspondía.

Demetrio, durante mucho tiempo, trató de mantenerme alejada de Ignacio. Su plan era irse a vivir conmigo sin dejar su cargo de gerente, y yo seguiría siendo su puta, quitándole la hija a Ignacio. Por todo esto es que, desde que me casé, tuve una carga laboral que no tenía cuando vivía sola; Llegaba a casa destruida. Después del parto, cuando me reintegré a la empresa, me encontré con la novedad de que me habían asignado al departamento de estadística, dependiente de la gerencia de Demetrio. Me inventaba viajes para salir a navegar

Mi vida era una completa mentira que afectaba a dos víctimas inocentes: mi hija y mi amado Ignacio.

Cuando Noemí cumplió cuatro años, Demetrio, me propuso dejar a Ignacio escupirle en la cara que Noemí no era su hija, denunciarlo por maltrato familiar y que jamás pueda volver a verme a mí ni a mi hija.

No necesité sumar tanto para llegar a la cuenta de que, desde aquel sábado a la noche en la barra del bar de Martín y mi parecido con esa chica —que nunca supe quién era—, todo era una maniobra diabólica de este cerdo en contra de Ignacio. Lo que le salió mal fue el inmenso amor que llegué a sentir por Ignacio.

A partir de ese día viví con la amenaza de que me delatara ante Ignacio, haciéndole saber que Noemí no era su hija.
Después que me ordenó que dejara a Ignacio le pedí tiempo para acomodar las cosas. Me fui a investigar, no solo la estadísticas de producción, sino también los costos de las tecnológicas y bingo, estaba más sucio qué una papa. A partir de ese momento tuvimos un pacto: tú no hablas y yo tampoco.

Noemí cumplió doce años cuando renuncié a la empresa. Todas las idas y vueltas que tuve que campear con este hijo de puta dejaron mi relación con Ignacio totalmente tocada. No dejé que me volviera a tocar y como castigo, me hacía trabajar cantidades de horas. Me alteró los horarios entraba a cualquier hora y dejaba de trabajar también a cualquier hora. Me hacía viajar casi todos los fines de semanas.

Estaba convencida que, en algún momento Ignacio iba a saber la verdad y la ira en el corazón de un hombre bueno puede ser terrible. No sabía que podía pasar con mi hija, necesitaba mi independencia económica. La idea de la agencia nació de esa circunstancia. Toda esta carga horaria y laboral eran recursos para llevar adelante mi proyecto al que habia que agregar la propiedad del departamento que le saque al maldito. El único paño de lágrimas que tenía era mi querida Carmen, que conoció toda mi historia, hasta el último detalle, con el maldito sátrapa.
Cuando mi niña cumplió quince años, él se había independizado de su mujer y su suegro. Tenía el suficiente respaldo de directivos y accionistas. En la misma fiesta de mi niña, para mi desgracia, me dijo: los delitos cometidos ya habían prescripto para la justicia y, dentro de la firma, tenía el suficiente apoyo interno para que una denuncia mía no tuviera ninguna consecuencia. Discutiendo, le dije que no iba a quedar bien parado cuando haga la denuncia de acoso y abuso sexual. “Tengo fotos y videos hechos por vos, de cuando nos encamábamos. Tú eras mi jefe y tuve que dejar la empresa por tu culpa”, le dije —que dicho sea de paso, fue lo que realmente ocurrió para salvar mi matrimonio.

Me fui para ver si todo estaba bien en la fiesta.
Al rato me lo crucé en un pasillo del salon y, habiendo salido del estupor que le produjo mi amenaza de denuncia, me paró para decirme que tenía los recibos del alquiler de la casa y puedo demostrar que nos conocíamos de antes. Le respondí: los recibos están a nombre de una empresa off shore ¿vas a blanquear que son tuyas? Agregó que si vamos a la confrontación tú pierdes más que yo, mi divorcio con tamara ya esta en tramite y puedo tener algún inconveniente en la empresa que tendrán que salir a respaldarme, si yo caigo, la mancha le queda a ellos.

Entonces le dije: sí, Pero despues de un escándalo así el apoyo interno que tenés ahora sé te va a evaporar. Cuánto tiempo piensas que va a demorar Tamara para pegarte una patada en en culo como marido y como gerente.
Salí buscando a Ignacio. Necesitaba estar cerca de él y Noemí. Ellos eran todo lo que tenía. Cuando los abracé quise que ese momento fuera toda la eternidad.
Al poco tiempo, Tamara —a la que siempre admiré y respeté, pero Demetrio nunca dejó que me acercara— asumió como presidenta del directorio del grupo. A partir de ahí, las cosas le empezaron a ir mal. Demetrio me volvió a amenazar, y yo reiteré mi amenaza. Si él cumplía su amenaza y yo la mía, él se quedaba en la calle y yo perdía a Ignacio. Él tenía los recursos de sus estafas y podía salir adelante. Yo perdía a Ignacio. Él recuerdo de aquella chica tan parecida a mí y, el odio a Ignacio, era lo que lo motivaba a este enfermo. Quedamos con Demetrio en que, cada vez que Ignacio viajaba y regresaba, al otro día —eso ocurría cada seis meses—, venía a casa, le preparaba la comida, cenábamos juntos, tomábamos del vino más caro de la bodega de Ignacio, me cogía. en nuestra cama matrimonial y se iba. Yo estaba destrozada, llorando sin consuelo, pensando en el engaño, la mentira y la traición con las que condenaba al hombre que amaba con toda mi alma.

Continuará
Qué pena que tenga que esperar un poquito para seguir leyendo, jejej... Pero que sepas que aunque sea mordiéndome las uñas, te esperaré.

Un besazo.- Crisina
 
Si se me permite voy a romper una lanza por Natalia. A ella le excitba ser la puta de Demetrio, quien supo manejarla con una vida que ella nunca pensó que podría llegar alcanzar. Tenía 19 años cuando lo conoció. Venía de un pueblo, donde los usos y costumbres estaban muy alejados de lo que eran en la gran ciudad. Nunca se menciona la palabras "inocentes" pero se desprende su inexperiencia e inmadurez —Qué pendeja pelotuda—
Lo repite muchas veces. Su inserción con los jóvenes de su pueblo no era la más recomendable: tenía la percepción no razonada qué joder a un tipo "tonto o raro" estaba bien.
"Jugaba a ser su puta, digo jugaba, porqué sentía agradecimiento por todo lo que recibía" Restaurantes exclusivos, ropa de marca, perfumes carisimos, departamento, universidad privada paga, tarjeta de crédito y sueldo. La hija de un camionero. Cuando tuvo la madurez necesaria intentó salir, pero ya era tarde.
 
Todo se hubiera resuelto hablando con Ignacio y asumiendo las consecuencias, pero entiendo su miedo a perderle.
Aunque al principio me caía fatal Natalia, ahora entiendo su difícil postura.
Creo que al final terminarán juntos Natalia e Ignacio.
Pero es que lo de que la hija no es de él, es lo que complica mucho las cosas.
Lo que no sé es que papel puede jugar Tamara, que también está enamorada de él.
No creo que se pueda perdonar algo asi. Desde el principio, lo busco porque Demetrio se lo dijo, ni siquiera es que ella se intereso por el. Y a partir de ahi, fueron años de mentiras tras mentiras. Como se puede perdonar algo asi. No digo una venganza ni nada mas alla de eso, pero volver a ser pareja me parece una locura total.
 
Pero yo hay una cosa que me preguntó.
Si Tamara está enamorada de Ignacio, porque no va a por el, ahora que está libre?
 
Si se me permite voy a romper una lanza por Natalia. A ella le excitba ser la puta de Demetrio, quien supo manejarla con una vida que ella nunca pensó que podría llegar alcanzar. Tenía 19 años cuando lo conoció. Venía de un pueblo, donde los usos y costumbres estaban muy alejados de lo que eran en la gran ciudad. Nunca se menciona la palabras "inocentes" pero se desprende su inexperiencia e inmadurez —Qué pendeja pelotuda—
Lo repite muchas veces. Su inserción con los jóvenes de su pueblo no era la más recomendable: tenía la percepción no razonada qué joder a un tipo "tonto o raro" estaba bien.
"Jugaba a ser su puta, digo jugaba, porqué sentía agradecimiento por todo lo que recibía" Restaurantes exclusivos, ropa de marca, perfumes carisimos, departamento, universidad privada paga, tarjeta de crédito y sueldo. La hija de un camionero. Cuando tuvo la madurez necesaria intentó salir, pero ya era tarde.
No sé de qué pueblo sería Natalia, pero son todos una panda de HDP 🤭🤭
Lo que aduce Natalia para dar razones a su comportamiento, es lo que en mi tierra llamamos " excusas de mal pagador ".
Ella misma lo dice: se convirtió en la amante mantenida de un tipo que le prometió todo, a cambio de rebasar todos los límites de la decencia, y ella lo aceptó sabiendo lo que hacía.
Qué le dirá a Ignacio?
-Me comporté contigo durante veinte años, como una víbora traicionera y mentirosa... Pero te quiero 🥰🥰-
Creo que Natalia y yo, nunca seremos amigos 🤭🤭🤭
 
@chabomperdido2 te consulto por algo que no me queda claro. Cuanto pasa entre que entera de que no es su hija y que hace lo que hace en el barco? Y cuanto hasta que vuelven a encontrarse? Me costo mucho ubicarme en las fechas, porque de golpe avanzan muchos años juntos hasta que sucede otra cosa.
 
@chabomperdido2 te consulto por algo que no me queda claro. Cuanto pasa entre que entera de que no es su hija y que hace lo que hace en el barco? Y cuanto hasta que vuelven a encontrarse? Me costo mucho ubicarme en las fechas, porque de golpe avanzan muchos años juntos hasta que sucede otra cosa.
Ignacio se entera, a través de Noemí, sobre su no paternidad cuando se hicieron los análisis. Al tiempo Ignacio simula el viaje y se producen los hechos de la costa del Río. Entre este hecho y la recuperación de Natalia Noemí se caso tuvo un primer hijo y luego otro. Ignacio se mudó a Barselona y se deduce que han transcurrido algunos años.
 
Capítulo 7

Tamara, presidenta del directorio y principal accionista del grupo Socstur, volvía de un viaje como integrante de una comitiva oficial. Como empresaria, fue invitada con la misión de intentar lograr algún acuerdo comercial con empresarios de ese país.
Volvía con buenas noticias para sus socios y accionistas. Antes de embarcarse de regreso, le hicieron saber que el vuelo haría una escala técnica por algunas horas en Barcelona.

Antes de abordar la nave que la regresaría a su país, llamó a Ignacio para avisarle que, como consecuencia de la escala técnica, iba a estar por algunas horas varada, por así decirlo, en el aeropuerto de Barcelona. Al tener disponible ese tiempo, le hizo saber que le gustaría poder saludarlo.

Cuando Tamara llegó a la sala VIP, Ignacio ya la estaba esperando. Después de afectuosos y efusivos saludos, estuvieron un largo rato poniéndose al día sobre sus actividades, especialmente por parte de Tamara, al frente del grupo y todas las vicisitudes por las que tenía que atravesar. Ignacio le recordó que se había preparado toda la vida para este presente y estaba seguro de que lo estaba disfrutando. Ella le recordó que, en este recorrido, le hubiera gustado estar mejor acompañada. Lo miró a los ojos y le dijo:

—Hay veces que los deseos y las necesidades no van por el mismo camino.
Él le tomó las manos y respondió:

—Tú no podías renunciar a este destino y, en ese devenir, lo nuestro hubiera sido una frustración. Hoy no sería posible esta hermosa amistad que tenemos.

Luego llegó lo inevitable: hablar de Demetrio y Natalia. Comenzó Tamara haciendo un raconto de los hechos posteriores a lo ocurrido en la casilla del monte lindero a la costa del Río de la Plata.

—Las consecuencias fueron para mis hijos, de tener que ver a su padre en ese estado. Tuvieron que abstenerse de denunciarte para que no se ventilara lo ocurrido durante años. Su imagen, en la empresa, iba a quedar más deteriorada de lo que ya estaba. Desde que asumí el cargo de presidenta en el directorio del grupo, fui maniobrando para dejar en evidencia todas sus patrañas. Su otrora ascendencia sobre una buena parte de directores y accionistas había quedado menguada. Si no lo dejé fuera de la empresa, fue por nuestros hijos.

—¿Tus hijos estaban al tanto de lo ocurrido?
—Hubiera preferido evitarlo. Era imposible explicar lo que pasó sin dar todos los detalles. No los culpes; él es su padre.
—Lo entiendo, pero en este momento estoy pensando en mi hija.
—Sí, he tratado de explicarles cómo reaccionó Noemí. Me dijeron que no es lo mismo. Les hice saber que, cuando tengan que ocupar cargos importantes dentro del grupo, van a tener que hacer un curso de perspectiva de género.
—Jajaja. Me gustaría ver eso.

—¿Te acuerdas de Noemí?
—Sí, mi hija.
—¿Alguna chica con ese nombre?
—Sí, una amiga del ciclo básico.
—¡Amiga! ¿Nada más?
—Sí, amiga mía y de Demetrio. Era muy bonita y guapa.
—¿Nada más que amiga?
—Sí. Ella tenía una relación más cercana con Demetrio que conmigo. ¿A qué viene el recuerdo de esa chica?
—¿No pasó nada contigo y esa muchacha?
—Sí, recuerdo que se estaba viendo con un tipo casado que era de su pueblo y quedó embarazada. Yo tenía unos ahorros y le pagué la operación en una buena clínica. Tuve que explicarles a mis padres la situación. Entonces la llevé a mi casa y allí hizo el posoperatorio. Cuando estuvo en condiciones de viajar, la llevé a su pueblo. Después no supe más nada. Acuérdate bien que, para esa época, nosotros ya habíamos empezado a tener algunas citas. Ella estaba más cercana a Demetrio; pero, cuando le sucedió ese problema, se acercó a mí porque sabía que Demetrio estaba colado con ella y no quiso romper su corazón.
—Esa chica hoy es enfermera, está casada con un médico y tiene dos hijos.
—¡Qué bueno! Al final pudo salir adelante. ¿Lo supo Demetrio?
—No, a él le llegó la versión de que tú la embarazaste, la largaste a la buena de Dios y el aborto lo hizo en condiciones precarias por una supuesta matrona y murió en una mugrosa sala de operaciones.
—¡Qué pelotudo! No le quise dar mucha información porque iba a tener que decirle lo que pasó en realidad y no quería bajonearlo. De haber sabido que él tenía esa información, le hubiera inventado algún camelo y lo hubiera llevado a visitar a la chica.
—Yo creo que se quedó con esa versión para justificar y justificarse de ir en contra tuya. Toda su adolescencia y parte de su juventud vivió a tu sombra. Envidiaba todo lo que tú eras y hacías.
—Algo de eso le gritó Natalia en la casilla. Se ha convertido en una larva.
—¡Bueno! Ahora no puede mostrarse distinto a lo que siempre fue: un pobre hombre, humanamente mediocre. Lo tenía todo para destacarse. Desperdició su vida buscando una estúpida venganza.
—Por algo que no ocurrió, cometió la peor de todas las felonías: traicionar a un buen amigo.
—He tenido unas cuantas decepciones en la vida, pero Demetrio supera todas. ¿Natalia? También, pero en los sentimientos juegan otras miradas y sensaciones.
—Sigo: cuando Natalia, durante el embarazo, se dio cuenta de su amor por ti, él ya no pudo seguir manipulandola. Natalia empezó a ponerle peros y él la presionó. La acosó para lograr que ella le concediera tener relaciones con él, bajo la amenaza de decirte que Noemí era hija de él. El trato fue: una vez por semana y un fin de semana cada mes.
—Qué reventado hijo de mil puta.
—Cuando Noemí cumplió cuatro años, el muy canalla comprendió que era el momento cúlmine para su añorada venganza, que a esa altura nada tenía que ver con aquella chica. Obligó a Natalia a que te denunciara por maltrato familiar, te escupiera en la cara que Noemí era hija de él. Que te dejara y que nunca más tú pudieras volver a verla, ni a ella ni a Noemí. Si no acataba lo que le estaba ordenando que hiciera, él se iba a encargar de que tú te enteraras, que la iba a despedir de la empresa y se iba a encargar de quitarle a la niña.
—En ese momento habría sido un golpe letal para mí. Estaba muy enamorado de Natalia y la niña era mi vida. No sé qué hubiera hecho.
—Natalia sabía que era imposible quitarle a la niña, porque además era tu hija, y menos condenarla a la pobreza. Ella era una gran y talentosa profesional. Demetrio debería dar alguna explicación sobre su despido. Natalia era una profesional de prestigio en la empresa. Su miedo era el daño que esto te causaría y, además, perderte a ti. Eso la destrozaría.
—¿Nada de eso ocurrió? ¿Qué es lo que pasó?
—Cuando Natalia vino de su pueblo con la intención de ingresar a la universidad, le habían comentado que, con conocimientos de relaciones públicas y su dominio del idioma inglés, iba a poder conseguir un trabajo de secretaria en alguna firma importante y, con esos ingresos, iniciar una carrera universitaria. Alquiló una pieza en una pensión, consiguió un trabajo de repositora en un súper y, para poder pagar la tecnicatura en relaciones públicas, los fines de semana trabajaba en la barra de un bar.
Debió haber sido en esta circunstancia y contexto que Demetrio conoció a Natalia, seguramente atraído por el parecido de esta con Noemí, aquella muchacha de la que hablamos. Ahí comenzó a pergeñar toda esta locura.
Natalia, que entre el súper, la barra del bar y la tecnicatura, cuando se descuidaba se quedaba dormida de pie, se encontró de pronto con un tipo que le puso un departamento totalmente amoblado y decorado. Para que no trabajara más, le pagó un sueldo muy por encima de lo que cobraba en los dos trabajos, tarjetas de crédito y débito, y la cuota de la universidad.

—Ahora que lo dices, no me había dado cuenta de ese detalle, son muy parecidas; pero sus personalidades, eran muy distintas. Debe ser por eso que no reparé en el parecido, además del tiempo transcurrido. Sí, tenían un cierto parecido con Noemí. Bellísimas las dos.
—Natalia, según su amiga Carmen le contó al investigador, ya venía teniendo una relación con él. No lo hacían cuando querían, sino cuando ella podía, y eso era nunca.
Antes, los hombres con una posición económica importante tenían a su querida, que por lo general era una francesa con media docena de perros. Ahora la semántica ha perdido sutileza; se llaman putas.

Natalia disfrutaba del sexo con él, lo hacían sin que Demetrio le diera nada a cambio. Según le cuenta a su amiga, Natalia nunca había estado con un tipo con ocho años más que ella y con el rodado que en materia de mujeres tenía Demetrio. La convirtió en sumisa. Le excitaba obedecer sus demandas (de todo tipo). Fue arcilla en manos de ese patán.

Él contó conque tú te enamorarías y, dado el dominio que él tenía sobre ella, pensaba utilizarla para joderte la vida. Lo que nunca pudo suponer fue que ella se enamoraría de ti. Eso debe haber sido letal. Tenía toda una ingeniería diseñada para destruirte y el factor principal de su dispositivo se le pasó al bando enemigo. Al margen del daño ocasionado, para él esto fue una derrota.

—Por lo menos, en los primeros tiempos no podría haber convivido tanto sin que se le note el acting. Era amorosa, dulce y la felicidad se le notaba en el brillo de sus ojos, y yo la amaba con locura.
—Y ella te amaba y aún lo sigue haciendo. Sigo: ella pensó que, por ser el yerno del director y principal accionista de un grupo económico importante, todo el dinero que gastaba en ella era un vuelto para él. Pero cuando estuvo trabajando en la empresa —por eso él no la quería ahí—, se dio cuenta de que él podía gastar lo que quisiera, pero de su cuenta personal, y dedujo que esa cuenta, por sus ingresos de gerente, no podría ser de tal magnitud para cubrir los gastos que él tenía. Si ese dinero salía de alguna cuenta de la empresa, debía presentar constancia de gasto. Al tiempo supo que el departamento era de él, más todas las demás pertenencias que exhibía y que nos eran ocultadas a nosotros, su familia. Natalia se dio cuenta del origen espurio de esa riqueza.

Inmediatamente lo unió con la tapadera que tenía con el antiguo encargado del departamento de estadística. No te voy a explicar a vos lo brillante que es. Le pidió un tiempo para cumplir con lo que él le pedía. Se recorrió las tecnológicas con el fin de hacer estadística de producción y, una vez en los archivos, empezó a estudiar costos y descubrió sobreprecios y desvíos de activos por goteo, pero de modo permanente, a cuentas offshore que, con el tiempo, se transformaron en una verdadera fortuna. Natalia reunió todas las pruebas de este desfalco y le dijo: tú no hablas, yo tampoco.

—He notado que has tomado como referencia los cumpleaños de Noemí, lo que me permite, cronológicamente, establecer que, entre los seis y los doce años de nuestra hija, fue cuando llegabas a cualquier hora. Casi todos los fines de semana tenías que viajar, hasta que le pedí el divorcio, entonces renunció a la empresa.
—Ella, después de ese pacto de "tú no hablas, yo tampoco", comenzó con sus amigas a diseñar el nuevo emprendimiento. Necesitaba juntar recursos. Demetrio la tiranizaba todo el tiempo, haciéndole trabajar hasta tarde y mandándola de viaje todas las semanas. Ella agachaba la cabeza y cumplía todo lo que Demetrio le obligaba a hacer: eran horas extras y viáticos que acumulaba para lo que hizo después, renunciar e iniciar su propio emprendimiento.

Sabía que la mentira, en algún momento, iba a salir a la luz, y no sabía cuál sería tu reacción ni qué pasaría con su hija. La agencia era un respaldo económico para cualquier eventualidad.
No voy a justificar lo que hiciste cuando los llevaste a la casilla, más los cinco días deambulando por el...

—Está bien, serénate. Si alguien tiene que llorar, soy yo, que no sé cómo me estoy aguantando.
—Ella pudo haber desaparecido con su hija y olvidarse de todo, o pudo haberte contado todo lo ocurrido y seguir con su vida sin inconvenientes, dejando desnudo a Demetrio. Pero no pudo, porque todo eso era destruirte, y te amaba con locura. Es por eso que todo ha sido tan injusto con una mujer de origen humilde que se agarró de una estúpida quimera, manipulada por un psicópata hijo de puta.

A lo largo de la conversación, Tamara puso al tanto de todo lo que pasó y está pasando en la vida de Natalia. Al final, cuando ya era el momento de embarcarse, le dijo:

—¿No te parece que esa mujer ya sufrió demasiado? No olvides que te ama y no para de llorar por ti y por su hija.

Se despidieron afectuosamente.
Desde la escalinata del avión se giró y vio a Ignacio saludando desde el exterior. A pesar de la distancia, que no permitía una buena visión, Tamara juraría que él estaba llorando. Pensó: "No solo Natalia llora por amor".

...

Noemí supo que aquella tarde, de hace algún tiempo, Ignacio, su padre, había ido a saludar a Tamara, que estaba de paso. Lo recuerda porque, después de esa tarde, su padre cambió. Se volvió triste, taciturno y hablaba poco. Le preguntó en más de una oportunidad y no logró sacarle nada. Le mandó un largo email a Tamara queriendo saber qué se habló y qué pasó esa tarde. La respuesta fue: Ignacio no ha dejado de amar a tu madre. Déjalo partir, o mejor dicho, ayúdalo a partir. Tu madre jamás dejó de amarlo, y él aún la ama. Solo quiero decirte que tú fuiste víctima, pero la víctima que más sufrió y más perdió, por toda esta locura desatada por Demetrio, fue tu madre.

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Noemí decidió adelantar el viaje que tenían previsto con su esposo para visitar a los padres de él y que sus niños puedan estar un tiempo con sus abuelos.
Le envió un email a Tamara para hacerle saber de su viaje y expresar su deseo de conversar con ella para saber qué se habló con su padre, ya que eso parecía haber marcado un cambio tan drástico en su estado de ánimo. Quería que le contara todo lo que sabía de la historia de su madre.

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Ignacio

Cuando me despedí de Tamara, una terrible desazón invadió mi corazón y mi alma. Conocer esa parte de la historia de Natalia fue un golpe letal. Me conmovió el calvario que tuvo que sufrir por su amor hacia mí, por culpa de ese psicópata hijo de puta.
Tamara me dice que Natalia llora porque me ama. También yo he llorado y lloro, como lo estoy haciendo ahora, porque nunca dejé de amarla, pero no la perdoné. Me hizo vivir toda una vida de engaños y mentiras. Después de lo que me contó Tamara, me quedó claro: su amor no fue un engaños ni una mentira.

Siempre me pesó la cruz de lo sucedido en la casilla. Más de un año de tratamiento y un largo tiempo para su recuperación definitiva. Solo quise darles un susto, como un pequeño resarcimiento por el daño y el dolor causado. Siempre pensé que ese padecimiento era producto de su culpa y me reproché por lo sucedido. Cuando me contaron que estaba bien, me tranquilicé y me puse feliz.

Pero ahora, al saber lo que ocurrió, pienso en los cinco días deambulando aturdida por mi supuesta muerte, con pérdida de consciencia y a punto de fallecer por deshidratación, y con su bellísimo rostro desfigurado e infectado por picaduras de mosquitos y todo tipo de insectos, siendo tan víctima como lo fui yo.
No creo que pueda algún día superar esta culpa, este dolor de haber sido tan cruel con alguien que no se lo merecía.

Me ama, al igual que yo a ella, pero así como no la he perdonado, difícilmente ella me perdone.

Conocer lo vivido por Natalia me ha sumido en la angustia; el dolor y la culpa me han quitado la serenidad del espíritu. Estoy agobiado y emocionalmente abatido.
Desde que llegué a esta amada tierra, me acerqué a la colonia argentina, que es numerosa y está integrada al quehacer de la vida comunitaria. No tardé demasiado en entablar amistad con personas nacidas y criadas en esta bella geografía y, por supuesto, he tenido algunas relaciones con distintas mujeres, pero ninguna ha sido duradera. El fantasma de Natalia estaba siempre presente.

Pero ahora conozco la crónica de una traición, por parte de un tipo al que consideraba un buen amigo, al que siempre ayudé, no solo con dinero. Era de meterse en todo tipo de quilombos, y muchas veces tuve que sacar la cara por él. Fuimos compinches y cómplices en mil trastadas y trampas para cogernos alguna minita.

Sabíamos competir para ver quién de los dos levantaba alguna minita; a veces ganaba yo, otras veces él.
Cuando se recibió de ingeniero, estuvo trabajando en distintas empresas, hasta que un día me pidió que hablara con Vicente Sturba para que le dieran un puesto en algunas empresas del grupo. Así lo hice, y entró con un claro objetivo: Tamara.
Podría haber esperado un golpe así de cualquiera, menos de él.

Noemí

Al descender en Ezeiza, nos estaban esperando los padres de Ángel, que, cuando vieron a los niños, lloraban de felicidad.
Ni bien llegamos a la casa de mis suegros, bajamos los equipajes mientras los niños jugaban con sus abuelos. Nos habían preparado un dormitorio para nosotros y otro para los niños. Ese día no salimos de la cómoda casa de mis suegros, pero yo aproveché para llamar a Tamara y comunicarle que ya habíamos llegado y estábamos todos bien. Me preguntó por papá, y le dije que, dentro de su tristeza, estaba bien, que en estos últimos días había comenzado a salir a ver algunos partidos con amigos, argentinos y catalanes, todos hinchas del Barça.

Tamara me invitó para el día siguiente a almorzar en su despacho; ahí nadie nos molestaría.

Cuando ingresé al edificio del grupo para dirigirme al despacho de la que, desde mi infancia, fue la tía Tami, en el recorrido me crucé con algunos empleados que fueron compañeros de mi madre. Algunos, a pesar de los cambios en mi aspecto, lograron reconocerme por mi gran parecido a mi madre y se acercaron para saludarme. Hacía muchísimos años que mi madre no trabajaba más en este lugar; sin embargo, se la recordaba como una buena persona, solvente, capacitada y solidaria. Me preguntaban cómo estaba y me dejaron saludos para ella. Obviamente, nadie estaba al tanto de los sucesos ocurridos con mi madre.

Tamara me estaba esperando en un muy coqueto y pequeño comedor, en un apartado de su despacho. Nos saludamos con gran afecto y cariño, al tiempo que un camarero ingresaba con un carrito y, en él, el almuerzo: unas exquisitas ensaladas con distintos condimentos y aderezos, acompañadas por un vino chardonnay que disfruté.



Durante el almuerzo comentaron cómo iba la vida, tanto la de Tamara como la de Noemí. Esta le mostró fotos de sus hijos con su esposo, habló de su profesión de microbióloga y también mencionaron a Ignacio.

Tamara comenzó una larga y detallada conversación sobre todo lo que sabía de la vida de su madre. Indignación, angustia, tristeza y mucho dolor mostraron, en distintos momentos, los semblantes en el rostro de Noemí, quien interrumpió con llantos en algunos pasajes de la exposición de Tamara.

Cuando se enteró de lo ocurrido en la casilla y los cinco días vagando inconsciente por el monte, a punto de fallecer, el dolor fue desgarrador.
Cuando descendió del taxi que la condujo hacia la casa de sus suegros, corrió a los brazos de Ángel y descargó en llanto todo su dolor en el pecho de su amado esposo, balbuceando algo así como: "Pobrecita, pobrecita”



La reunión la programó Tamara, y fue en la vieja casona donde creció Noemí y donde Natalia vivió los más amorosos días de su vida. Abrazos, llantos y múltiples pedidos de perdón por parte de ambas. Cuando pudieron separarse, Natalia se acercó a donde estaba Ángel, lo abrazó, lo besó amorosamente y se arrodilló para abrazar a sus pequeños nietos.

En ese instante vivió la sensación más sublime que haya sentido jamás, y otra vez ese deseo de eternidad para ese momento, sintiendo, como aquella vez, en su alma, su corazón y su sangre, la belleza de la vida recorriendo todo su ser, y un torrente de lágrimas inundando su rostro.

Soñó tantas veces con recomponer su relación con Noemí y poder abrazar a sus nietos que no podía dejar de besar a su hija y a los pequeños.
La emoción, las lágrimas, un torrente de sensaciones le daban la ilusión de mirar la vida desde la alegría. Aquella sensación de renacer, que sintió en medio de sus padecimientos, comenzó a tener sentido al tener en sus brazos a esos dos ángeles que le devolvían las más dulces de sus sonrisas y las más bellas de las palabras cuando los escuchó decir: "Abuela Nati".

El universo no se va a detener, y la eternidad, si no es amor, solo es olvido. Lo que se detendrá será este momento, que quedará inmóvil e imborrable en su corazón, en su mente y en su sangre, y no habrá eternidad de olvido que pueda con él, porque lo único eterno que no es olvido es el amor, y ella amó con fallas, con errores, sí, como todo lo humano.



Esa noche cenaron, y cada uno contó cómo era su actualidad. No faltaron comentarios y anécdotas referidas al día a día en la cotidianidad de cada uno.
Ella no preguntó, su hija no lo mencionó; pero, en cada palabra, en cada gesto, en cada sonrisa, pero, fundamentalmente, en cada lágrima, estaba la presencia de Ignacio, rondándolo todo.

Continuará
 
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