Fantasías sexuales de las españolas 2º parte (sección infidelidad)

Yo puedo entender que Rafael no soporte que su mujer vaya a tener un hijo con otro aunque haya sido consensuado con el, la verdad.
Ella tenía que haber sido menos egoísta y haber decidido otra forma de concebir al hijo.
Tenemos ya otros 2 candidatos, pero es muy difícil que en una sesión ya quede embarazada y todavía queda por saber cuál es la relación que hay entre Miguel y Lola más allá de ser el abogado que llevo el divorcio, porque yo creo que entre estos 2 hubo algo más
 
- Y ¿cómo te recibió Rafael?

Lola se sorprende al oír la voz de su hijo. Mientras le ha relatado esta parte de la historia ha permanecido mudo, en silencio, asimilando cada detalle, cada palabra, cada gesto de ella. Tan en silencio que ha llegado a olvidarse de que estaba ahí y lo ha contado como si fuera para ella misma, sin medir nada, dando todos los detalles, en una conversación como nunca hasta entonces había tenido ni con su hijo, ni con nadie.

Ayer la llamó y le anunció que iría a visitarla. Tal y como había pronosticado Miguel, era ya inevitable que se tuviera que enfrentar a la disyuntiva. Había tensado demasiado la cuerda y ahora se preguntaba si en su afán por proteger a su hijo no había hecho mal. No se puede proteger a nadie de la verdad, esta al final te alcanza y a veces lo único que consigues es que te pille indefenso. No sabe si eso es lo que ha pasado con Julen, ha estado absorta en su historia y no se ha fijado en el efecto que cada una de sus palabras hacía en su hijo. Pero está dispuesta a agarrarse a la esperanza de que la entienda y de que también la perdone, porque quizás ella buscó la opción más cómoda con la excusa de protegerlo. Es posible que Lola también evitara enfrentarse a sus actos ante la única persona que realmente le importaba en esta vida, ante la única cuyo juicio le podía hacer daño. Ahora tendrá que enfrentarse a ese juicio, pero para eso debe terminar la historia, esa historia que también pertenece a su hijo y que él devora ensimismado, atento porque quizás no se creía que su madre realmente fuera a contarle la verdad con tanto detalle.

Cuando llegó esta mañana no las tenía todas consigo. Ella le había dicho que respondería todas sus preguntas, que estaba de acuerdo en que por fin tuvieran esa conversación que le debía, pero que por favor no trajera a Marisa, que eso quedaba solo entre ellos dos. Julen pareció contrariado.

- Entre mi novia y yo no hay secretos - le contestó en forma de puya dolorosa.

Pero ella no quería allí a aquella niña, no en ese momento en que se tendría que desnudar ante su hijo.

- Me parece bien. Tú puedes luego relatarle todo lo que yo te diga, si eso es lo que deseas, pero esta conversación es entre nosotros dos. Si quieres que te lo cuente todo necesito estar a solas contigo.

Y allí estaba, haciendo por fin la primera pregunta. No le pasa desapercibido que él ya no se refiere a Rafael como su padre, sino sólo como Rafael.

- ¿Que como me recibió? Pues encontré a un hombre que parecía haber envejecido. Tenía alguna cana, ojeras, cara de cansado, como si llevara una semana sin dormir, pero allí estaba: de pie en el andén, diría que incluso en el mismo sitio donde me despidió, como si no se hubiera movido de ahí en todo este tiempo. Se había arreglado y llevaba uno de sus trajes que a mí tanto me gustaban, pero parecía bailar dentro, se le notaba más fatigado que incómodo. No me hizo ninguna pregunta, se limitó a dejarse a abrazar y cuando le pregunté cómo estaba simplemente me dijo:

- Vámonos a casa.

- No quiso saber nada de lo que yo había hecho en la costa, con cuántos hombres había estado, si alguno me había gustado… no me inquirió absolutamente nada. Yo traté de recuperar la normalidad, de ser su mujer como siempre, de atenderle, estar pendiente constantemente de él, pero la primera semana apenas despegaba los labios y contestaba a todo con monosílabos. Poco a poco conseguimos recuperar una cierta apariencia de normalidad, también en los sentimientos.

>> Yo me acercaba a él todas las noches, lo abrazaba, lo acariciaba, pero él no respondía. Hubieron de transcurrir varios días hasta que me devolviera los besos, hasta que fuera él, el que buscara también mi contacto, el que me envolviera con sus brazos.

Una nube cruza por la cara de Lola. Los recuerdos duelen. No obstante, se recupera y continúa explicando a su hijo la historia.

- Pasaron las semanas y me llevé un gran disgusto, un gran revés. Todo aquello no había servido de nada. Me llegó la regla y pude confirmar que no estaba embarazada. Cuando se lo dije a Rafael, casi aguantando el llanto, lo vi torcer el gesto con dolor. Aquello significaba que había que volver a repetir, pasar otra vez por lo mismo, pero tu padre… ¡sí, tu Padre! porque así lo consideraba yo al ponerse de mi lado y al consentir todo aquello, me consoló. Buscó palabras de ánimo, pero fueron sobre todo sus abrazos y sus besos los que hicieron que yo no me viniera abajo. Me vio tan afectada que debió pensar que me hundiría y que al hundirme me perdería para siempre, de modo que reaccionó. Esa noche hicimos el amor. Llevábamos muchos días sin tener sexo y yo me sentí extraña al principio, pero luego me negué a abandonarme al dolor y a la frustración, me negué a comportarme como me había comportado con aquellos hombres con los que había mantenido sexo, dejándome penetrar y evadiéndome del acto. Me forcé a buscar placer, me obligué a hacerlo disfrutar. No fue el mejor sexo que habíamos tenido, pero fue un reencuentro y fue sanador. Volvimos a ser una pareja normal.

<< Pero los días pasaban y había que tomar una decisión. El siguiente mes nos lo tomamos de descanso para pensar y para tranquilizarnos, y al otro yo le dije que quería planificar un nuevo viaje. Quizás sería mejor para no estar tanto tiempo separados, que me quedara en casa para poder reencontrarnos cada día. Podría organizarlo para ir a Madrid, pero él se negaba, supongo que con buen criterio.

- Tiene que ser algo que podamos dejar de lado una vez que ocurra y eso en Madrid, por muy grande que sea, no está garantizado. Quiero que hagas todo lo que tengas que hacer y puedas olvidarte después, sin que el pasado nos alcance. Tiene que ser algo que quede enterrado, bien enterrado lejos de aquí.

Lola sonríe con amargura.

- Entonces todavía creíamos que esto no nos pasaría factura, que sería tan sencillo como guardarlo en un cofre, echarle la llave y tirarlo al mar donde nunca nadie lo encontraría. Nuestras decisiones siempre nos acompañan - añade melancólica y quedándose un rato abstraída, mascullando penas pasadas y presentes.

- En fin - continúa cuando se repone – quizás, hijo mío, tú sepas hacerlo mejor, por eso te cuento todo esto. Lo cierto en es que en aquel momento me ayudó mucho que tu padre adoptara un papel más activo. Me sentí comprendida, acompañada, aunque no le gustaba, aunque le dolía, me sentía querida por él porque sabía que todo aquello lo hacía para no perderme, tan importante era yo en su vida. Su actitud en esos días y en los que siguieron me ayudó mucho, porque yo no sabía si sería capaz de perdonarme a mí misma si él no hacía.

Lola mira a su hijo. Sus ojos se iluminan un momento contemplándolo.

- Había esperanza – dice muy despacio sonriéndole.

- Así que dos meses después aterrizaba de nuevo en Málaga. Esta vez tomé un avión desde Madrid. No me gustaba volar, pero no quería hacer otro largo e interminable viaje en tren. Elegí el mismo hotel. Me pareció mejor ir a lo conocido. Habían cambiado al recepcionista y apenas reconocí a casi nadie del servicio. Tampoco es que me hubiera fijado mucho en sus caras y si alguien se acordaba de mí, no pareció indicarlo. Supongo que pasaba tanta gente por allí que incluso una chica como yo, joven y guapa, sería olvidada a las pocas semanas.

<< El único que si me reconoció y que se mostró contento y alegre de verme de nuevo fue Pablo, el camarero del chiringuito.

- Hombre, doña Lola ¿usted por aquí? ¿Qué pasa? ¿Que echaba de menos mis espetos y mis combinados?

- Claro que sí, Pablo. Anda, ponme una cerveza de esas que tiras tan bien y unas sardinitas, ya que lo dices.

Lola se detiene un momento. Preocupada, mira a su hijo: si lo que sucedió en el primer viaje le ha podido afectar, en el segundo todavía tiene cosas que contar, cosas más preocupantes y delicadas. Lo ve sereno y decide que no es momento de echarse atrás. Si se va a sincerar debe continuar. Lo hará hasta donde ella vea que es necesario.

Lola rememora todo, hasta los más mínimos detalles que cree recordar, pero no todo se transforma en palabras. Hay cosas que no considera necesarias, detalles que no aportan más conocimiento a la historia y que se guarda. Es necesario que su hijo sepa pero no que resulte más afectado de lo necesario. A partir de este momento cuida más lo que sale por su boca.

Recuerda aquel mediodía en la playa, con la presencia de Pablo, aquel camarero de piel rendida por el sol y por mil azares que él no cuenta, pero que lleva escritos en sus cicatrices. Un tipo patibulario que, sin embargo, es el mejor en su oficio y por algún motivo le tranquiliza tener cerca. Hombre de sonrisa fácil, moreno, fibroso, muy delgado, tatuaje de legionario en el antebrazo y el mejor camarero que la haya atendido nunca. No le pregunta qué hace de nuevo allí, se limita a atenderla, a contarle un par de chistes que la hacen reír y esperar que sea ella la que le pida lo que le tenga que pedir, ya sea un calmante en forma de licor para la ansiedad, comida para satisfacer el apetito, un chascarrillo que la haga reír o simplemente un oído que la escuche.

Se permite pensar, divertida, si no sería un buen candidato. Pero enseguida rechaza la idea, su mismo estómago protesta provocándole un pequeño mareo. No por su aspecto, ni por su condición, sino porque ha establecido un vínculo con él de amistad y por tanto eso lo excluye totalmente. No quiere empañar uno de los pocos buenos recuerdos que tiene de Málaga.

Da buena cuenta de la comida y se relaja tomando de postre un vino dulce frio, mientras mira la espuma de las olas vestir la orilla de plata. Esta vez se sorprende más tranquila, con menos nervios, planificando mejor. De la misma manera que Rafael, una vez pasado el dolor inicial, asume y se muestra activo para acabar con aquello cuanto antes, ella decide hacer igual. Si su marido ha superado lo que a ningún marido se le puede pedir y ha demostrado estar de su parte, Lola tiene que hacer lo mismo: endurecerse, ser práctica y salirse con la suya para conseguir su objetivo y poner fin a esta situación.

Ha consultado al especialista y ha leído revistas sobre el tema. En su caso es capaz de prever con bastante exactitud sus días fértiles. Ahora también sabe que todo depende, no solo del número de veces que copulan, sino también de la cantidad de semen, de la concentración de espermatozoides que haya en él y de lo activos que estos sean. Pero eso no puede preverlo sin una analítica, así que tiene que confiar en tener sexo todos los días que pueda, repitiendo cuando más veces mejor. Que esté tranquila y relajada también es un factor que puede influir, así como que sea capaz de llegar al orgasmo. Las contracciones del cuello del útero y de la vagina cuando una mujer orgasma, facilitan el camino de los espermatozoides hacia el óvulo atrayéndolos. Eso ha leído. Pero ¿cómo puede ella llegar al orgasmo en una situación así? ¿No sería una traición a su marido? Como si esto no fuera ya suficiente traición, aunque él esté de acuerdo.

Decide que hará todo lo que tenga que hacer para facilitar la concepción. No hay nada peor que tener que repetir esto una y otra vez. No se imagina a sí misma durante todo un año haciendo esto. Rafael no lo soportaría y ella tampoco, así que pondrá todo su parte. No sabe en qué tendrá que pensar ni cómo podrá hacerlo para sentirse lo suficientemente excitada como para llegar al orgasmo, pero pondrá empeño.

Decide que empezará de nuevo por el Airport buscando extranjeros. El último día antes de irse le habían dejado una nota en recepción. Fue el hombre casado con el que mantuvo relaciones en la playa. Como quiera que sea había averiguado cuál era su habitación. Seguramente dejando una buena propina. En la nota estaba su teléfono para que lo llamara.

- Puedo viajar - le explicaba - y me gustaría volver a verte.

No es esa la situación que ella quiere aunque decidirá sobre la marcha que candidatos selecciona y cuáles no. Tampoco va a volver sin haber tenido sexo con nadie, pero en caso de poder elegir, seguirá el plan original. De la misma forma que ese tipo tuvo acceso a su número de habitación, quién sabe si con una propina más grande no hubiera podido acceder a sus datos personales. A partir de ahora, a la vez que se vuelve más promiscua y atrevida en sus propuestas para garantizarse a un buen candidato en la cama, también extremará las precauciones.

Esa noche se viste y se arregla como las otras veces: en esa combinación de hermosura y clase, de atrevimiento pero con distinción que la caracteriza. Sin embargo, la primera excursión no resulta bien. El Airport está menos concurrido de lo que ella recordaba en la última ocasión. Poco extranjero, muchas parejas y los hombres que acuden solos resultan ser malos candidatos. Aquellos cuyo aspecto le repele o cuyas formas le provocan rechazo, son los únicos que se acercan espantando a los dos o tres únicos candidatos que considera viables, que al verla sola y provocativa en aquel sitio, confunden sus intenciones creyéndola una mujer de la vida. El único al que se atreve a entrarle, ya decepcionada y aburrida, la rechaza con una mirada y un gesto casi soez. No demuestra ser muy inteligente. Todo fachada por fuera pero por dentro un asco de celebro y de perjuicios. Todavía le queda mucho recorrido a España para que una mujer pueda salir sola sin que la miren como una cualquiera.

Enfadada, decide volverse al hotel. Pide una botella de champán y se bebe media en la habitación, sola, simplemente observando la luna sobre un cielo despejado reflejarse en el mar. No le gusta haber perdido una noche pero puede trastocar su enfado en descanso y tranquilidad. Debe serenarse y centrarse en lo que ha venido a hacer, aceptando que a pesar de su decisión y de su físico habrá veces que las cosas no salgan bien. La noche siguiente prueba de nuevo suerte e insiste en el Airport.

La prisa o quizás el miedo a fracasar de nuevo (porque el ambiente esa noche no parece muy diferente de la anterior) la empujan a aceptar que la invite un rubio ya maduro. Parece simpático y agradable pero está algo pasado de copas y no parece atinar muy bien con la forma correcta de tratarla. Físicamente le da un aprobado, no mucho más. En condiciones normales no se iría con alguien tan achispado que incluso en alguna ocasión se le traba la lengua, pero la urgencia la empuja a no desaprovechar oportunidades. Cuando llegan a su hotel la cosa empeora. En la cama el hombre se amodorra y el premio de su cuerpo lozano y envuelto en cara lencería no parece suficiente para mantenerlo espabilado. Lola ha calculado mal. Ese tipo ha bebido más de lo que parecía y aunque pone interés, parece que su cuerpo lo que le pide es más sueño que sexo. Intenta penetrarla pero la tiene flácida. Ella lo tumba boca arriba y hace algo que hasta ahora no había hecho más que con Rafael: le succiona el miembro. Durante un rato, en una combinación entre masturbación y mamada, se lo trabaja hasta que consigue que la tenga del todo erecta y entonces se sube sobre él.

- Preservativo….- murmura el hombre con los ojos cerrados.

Debe esperar que ella lleve alguno porque no hace ningún esfuerzo por levantarse y buscar en su habitación. Lola lo ignora y sigue cabalgándolo. El hombre no existe, se deja hacer. Se limita a dejarse follar y emitir un jadeo ronco, interrumpido alguna que otra vez por un eructo alcohólico. Lola recuerda que el orgasmo propio favorece la concepción y trata de concentrarse. El panorama no es muy prometedor: va a necesitar mucha imaginación y mucho estómago. Cierra los ojos a su vez y se imagina que está con su marido de vuelta, ya embarazada. Nunca más tendrá que acostarse con otro hombre y ambos lo celebran follando intensamente, contentos y perdonándose todo, para luego echar esos días al baúl del olvido definitivo. Al principio le funciona, pero la evocación de su marido hace que se le vuelva a bajar la libido. Su mente enseguida se lo imagina solo, durmiendo en su cama, dando vueltas y despertándose sobresaltado, mientras ella a casi setecientos kilómetros copula con un desconocido medio borracho.

- Prueba con otra cosa – se dice Lola - ¿qué cosas te excitan, en qué piensas cuando te masturbas?

Hay algo que le viene a la cabeza, algo lo que llevaba mucho tiempo sin recordar. Tal vez años. Ella era muy jovencita. Aún no había trabajado de camarera pero sí en espectáculos de la noche. Cabaret y variedades. Recuerda un pequeño espectáculo musical en un local de la noche de Madrid, en La Cava Baja, donde acudía gente con posibles de la ciudad y también turistas. Ella no cantaba, simplemente formaba parte de un grupo de baile que hacía algo parecido a un espectáculo de claqué, con pantalones muy cortos, zapatos de tacón y traje de frac con palomita. Un pequeño toque americano como introducción a otros números más nacionales. Uno de ellos era un guitarrista y cantante que tocaba ritmos aflamencados y rumbas. Se hizo muy popular en aquella época e incluso grabó varios discos. Moreno, con unos ojos oscuros que te miraban y taladraban, manos delicadas pero fuertes que tocaban la guitarra de una forma que a ella la hipnotizaba. Cuando tocaba de pie, hacía unos movimientos que provocaban en Lola lo mismo que en las chicas americanas cuando veían a Elvis Presley. Golpes de cadera y pubis que movía de un lado a otro con muslos poderosos. Hombros y bíceps bien formados. No tenía mucha pinta de hacer deporte ni de llevar una vida muy sana, se ve que lo suyo era genético. Tenía una constitución física envidiable, guapo y agitanado, una combinación que a ella le atraía mucho. La voz desagarrada y rota, siempre con un cigarro, muchas veces incluso cuando tocaba, envuelto en humo en el aire cargado del local, con una mata de pelo negro largo que le caía hasta los hombros.

Durante un tiempo fue su amor platónico aunque apenas se dirigieron la palabra. Ella era casi una niña. Él no la miraba como una mujer y Lola no se atrevía a hablarle. Fue después, un par de años más tarde, cuando tras estar un tiempo desaparecido de los escenarios en Madrid grabando disco y haciendo gira por el resto de España, volvió a tocar en la capital. Pero entonces ella ya tenía la mayoría de edad y algo más de experiencia en locales y vida nocturna. Consiguió reunir dinero para la entrada y aguardó cola de la puerta del sitio donde actuaba. Esperó allí en una calurosa tarde de verano hasta que abrieron las puertas. Justo un poco antes, él recorrió la cola con su guitarra, saludando y firmando autógrafos. Y ahí estaba Lola, todavía con sus sueños de quinceañera. Para entonces ya había visto más de lo que a una señorita de su edad le correspondía ver, pero aún seguía siendo virgen. Y todavía era capaz de esperar a su príncipe azul pensando que la vida podía ser maravillosa. Quizás ese sea uno de sus defectos, que no deja de creer en los milagros a pesar de que la vida se empeña en enseñarla. Pero bueno, aquella tarde el milagro sucedió. Rodolfo, que así se llamaba el tipo, la reconoció. Le pareció increíble que se acordara de ella, una chica entre cientos de las que habría conocido o con las que había compartido local, pero así fue. Se paró a saludarla, le dio dos besos y le preguntó si iba a ver el espectáculo. Ella admitió que sí, que había ido solo por él, que había estado ahorrando para la entrada. Entonces la cogió de la mano y la pasó por la puerta de acceso como si fuera su acompañante. No le costó nada entrar.

- Ahora lo vas a ver gratis - le dijo.

El tipo tenía una memoria prodigiosa. Se acordaba también de su madre. Le preguntó por ella y luego se dirigió al camerino (la actuación empezaba pronto), haciéndole una seña para que lo siguiera.

Lola no podía creer lo amable que estaba siendo con ella. Antes de entrar, le dijo al encargado del local que reservaran asiento en primera fila y luego pasaron al interior. El camerino era un hueco muy pequeñito, poco menos que una habitación. Desenfundó su guitarra y la preparó.

- Primero es ella – le aclaró – me da de comer.

Después ofreció un refresco a Lola mientras él bebía agua. Hablaba de su carrera y de lo que había estado haciendo esos dos años. Ella lo escuchaba embelesada. En un momento dado dijo que se tenía que vestir. No había biombo y preguntó si no le importaba. Ella contestó que no, sin ser muy consciente de nada, todo por seguir ahí con él unos minutos más. Entonces se quedó en calzoncillos, unos sleeps ajustados. Lola recuerda su cuerpo moreno, cubierto de vello, sus pezones (que por lo que sea le llamaron muchísimo la atención), su sonrisa, el cuerpo alto, prieto y macizo, sus manos grandes pero a la vez delicadas y precisas en cada gesto que hacían.

Cuando fue a ponerse el mono con el que actuaba, azul, repleto de lentejuelas a la espalda y con un escote en forma de v que le dejaba el pecho al aire, miró la hora y vio que todavía quedaban diez minutos para empezar, así que dijo que esperaría un poco más porque pegaba muchísimo calor.

- Unos minutos menos de tostadero vienen bien - comentó.

No sabe si fue premeditado o no. Está convencida de que sí. Él ya no la veía como la chiquilla aquella a la que apenas prestaba atención dos años antes, sino que veía a una mujer, a una jovencita en plena floración. Lo notó en su mirada, había cambiado. Había un punto de lubricidad, de atracción animal. Intentaba mantener las formas pero la miraba con deseo. Deseo que se materializó poco a poco en una erección de la que Lola fue muy consciente. De hecho, apenas podía apartar la mirada del paquete que había crecido y donde se marcaba un gran pene.

Él seguía como si nada, se mostraba amable con ella pero había una tensión entre ambos que se podía cortar con un cuchillo. A Lola no le había pasado nunca con ningún hombre, al menos estando él presente. Otra cosa eran los sueños húmedos de cama que su imaginación le proporcionaba, pero estar delante de un tipo casi desnudo y sentirse agitada, era algo nuevo para ella que no acertaba muy bien cómo comportarse, ni que tenía que decir, ni sí debía provocarle o mandarle alguna señal. Por mucho que aquel hombre le gustara era incapaz de ofrecerse así sin más, no estaba preparada. Ahora, sin duda, lo hubiera hecho. Ya de mayor no le cabe ninguna duda que habría tenido sexo con él allí mismo, que le había dado su virginidad, lo habría incluso esperado después para pasar la noche entera con él. Pero en aquel momento solo era una chica inexperta y confusa, incapaz de controlar sus emociones, ni siquiera de identificarlas.

De repente unos toques en la puerta rompieron el encanto y la magia:

- ¡Cinco minutos! - Gritó alguien. Y Rodolfo se puso el mono se miró al espejo, se atusó el pelo, cogió su guitarra y salió con Lola, llevándola de la mano, para dejarla sentada en una silla en primera fila antes de subir al escenario.

Apenas disfrutó de la música, se pasó todo el concierto inquieta, revolviéndose en el asiento con un sofoco y un picor que le recorría el cuerpo, notando sus bragas mojadas, sus pechos sensibles y su mente confusa. Cuando acabó la actuación ya no pudo acceder a él. Eran muchas las fans que querían un autógrafo, una foto o un beso. Se limitó a saludarlo en la distancia mientras él le decía adiós con la mano y le tiraba un beso. Después se marchó. Esa noche fue la primera vez que se masturbó pensando en él.

¿Debería haberse esperado? ¿Debería haber intentado quedar con él? muchas veces se ha hecho estas preguntas porque a partir de ahí ya no volvió a verle. Cuando reunió fuerzas y decisión para sacar de nuevo una entrada resulta que ya había terminado sus conciertos en Madrid. Imposible localizarlo. Supo que actuaba en otros sitios de España pero ella no podía viajar. Estuvo mucho tiempo lamentándose de no haberse quedado esa noche, de no haber intentado contactar con él de nuevo, de haber aprovechado esos minutos de intimidad que tuvo para deslizarle un papel con su dirección, con su teléfono, con el lugar donde podía encontrarla si él quería. No, no estaba preparada esa noche todavía para tener sexo, pero lo hubiera estado si él hubiese querido.

La decadencia del cantante fue rápida: en apenas un año sus discos parecían haber quedado anticuados y sus fans habían encontrado nuevos referentes. Su éxito fue como una estrella fugaz. Volvió al anonimato, a estar oculto, a hacerse invisible entre los miles de cantantes de feria o de espectáculo donde era imposible encontrarlo. Ese recuerdo la ha perseguido mucho tiempo y ahora ha conseguido que su mente se desvíe. Se imagina que en vez de aquel hombre borracho, tumbado y poco participativo, a quien tiene debajo es aquel tipo moreno y agitanado, que es ella la que toma la iniciativa pero el otro lo mira con ojos lúcidos, despiertos y lúbricos, como la miró aquella vez en el camerino mientras el bulto se formaba en su entrepierna. Se lo supone sorprendido mientras ella le arranca el slip y libera un miembro grueso y largo, con el glande descapullado asomando fuera del pellejo. Gordo como una seta. Ella se sienta encima y se lo introduce. Es Lola la que se lo folla con ganas hasta el fondo, sintiendo su vagina llena de verga. Combina el recuerdo con una vez que estuvieron comiendo ella y Rafael en las afueras del pueblo, en una venta donde tenían caballos. El dueño les enseñó las cuadras y pudieron ver a un potro montar una yegua. Esa verga grande, animal, penetrando sin consideración, sabiendo que la naturaleza había diseñado a la yegua para soportarlo, ese empuje, esa descarga brutal… todo esto se mezcla en su cabeza y consigue elevarla y aislarla del mundo, hasta que con sus dedos consigue llegar al orgasmo.

Recupera el sentido de donde está y ve que el hombre la mira asombrado, casi tan asombrado con ella como consigo misma al ver que se derrama dentro sin poder evitarlo. Se mantiene erguida y sudorosa, con el corazón desbocado, notando como su clítoris y su vagina siguen irradiando calambres y calor, contrayéndose en pequeños espasmos. Su mente todavía está en otro mundo, está en el mundo de los sueños donde nada es pecado, donde no hay traiciones ni cuernos, donde no hay actos desesperados para conseguir ser madre. Es consciente de que está sintiendo placer, un placer que no busca, que no desea, pero que pese a todo llega. Quizás del individuo que menos esperaba porque es el que menos le ha gustado de todos, pero es que tampoco es mérito suyo, es mérito de ella misma, de su imaginación y de su capacidad para desconectar. Lola no desea repetir, no le va a dar más oportunidades a aquel tipo que, por otro lado, tampoco parece muy dispuesto a volver a cumplir con ella. Lo deja de lado, dormido y roncando. Espera unos minutos más solo para asegurarse y luego se viste y se marcha. Cuando llega al hotel hace la llamada a su marido, ese escueto intercambio de palabras en clave para indicar que hoy si ha cumplido su propósito y que ha regresado sana y salva.
 
Esperando la continuación.
Agradecer y felicitar a Luis por sus relatos.
Me encanta la narrativa así com la proximidad y verisimilitud que destilan sus història. Los protagonistas, podrian ser perfectamente vecinos, compañeros de trabajo, conocidos, familiares....
 
Ya empiezo a dudar que en estos encuentros que ha tenido haya quedado embarazada y aquí es donde puede entrar Miguel, que no descarto que sea su verdadero Padre.
Porque Miguel debe aparecer pronto en la historia.
 
La noche siguiente prueba suerte de nuevo en el Airport, pero no consigue atraer a los hombres que le interesan. Luego va al Catamarán y se encuentra con un panorama también complicado: muy pocos hombres solos, casi todos acompañados y de los primeros, ninguno que cumpla unos mínimos requisitos. Vuelve frustrada. Con la cantidad de pesados que tenía que aguantar todas las noches cuando trabajaba… pero también la cantidad de hombres interesantes que veía. Y ahora que está dispuesta a ofrecerse, se da cuenta de que las cosas no son tan fáciles incluso para una mujer como ella, joven y guapa. Por supuesto que no faltan hombres, si hubiera querido hubiera podido llevarse a cualquiera, pero es que ella tampoco quiere un cualquiera. No por ella, que está dispuesta a hacer un sacrificio y acostarse con quien haga falta si con ello cumple sus propósitos, sino por su hijo. Quiere tener una mínima esperanza de que en el futuro no sea un imbécil ni un baboso, así que evita darle más vueltas al asunto. Esa noche se acuesta temprano y consigue dormir. Se levanta también pues temprano y descansada. De mal humor, pero despejada. La semana no está resultando como ella pensaba. Nota los signos que su cuerpo le envía referentes a que está ovulando y eso la cabrea aún más.

Mientras desayuna cavila que hay una alternativa que hasta ahora se ha resistido a explorar. Recuerda algo que le dijo Pablo la otra vez que vino. Ese mediodía se dirige a él cuando le trae su consumición.

- Pablo, me comentaste una vez algo de unas fiestas privadas que se hacían aquí.

El camarero la mira un poco perplejo. Sabe perfectamente a qué se refiere. A estas alturas no se lo hubiera ocurrido pensar que ella le iba a preguntar sobre ese tema.

- Ya le comenté precisamente eso: que son fiestas privadas. Yo solo he oído hablar, no he estado ninguna, no es fácil que te inviten. Es gente de dinero, allí no entra cualquiera.

- Y ¿qué sucede en esas fiestas?

Él la mira un poco de reojo mientras le sirve, en este caso una tónica con limón.

- Pues supongo que lo que sucede en los sitios donde hay mucha pasta y muy poca vergüenza. Que corre el alcohol, la droga y que la gente se desmadra.

- ¿En qué sentido se desmadra?

- Bueno, supongo que ya sabe a qué me refiero. Allí se entra en pareja pero los anillos se dejan en el guardarropa. Eso el que lleve pareja. Supongo que cuando la cosa se calienta hay barra libre. Y no solo de alcohol.

- ¿Es peligroso?

- No sabría decirle, con estas cosas nunca se sabe. La gente que tiene mucho dinero también se aburre mucho. Conozco una chica que contrataron, a veces también lo hacen, en esos sitios suele haber siempre más hombres que mujeres y hay que compensar, ya sabe.

- Entiendo ¿Y qué te contó la chica esa?

- Pues que fue una fiesta por todo lo alto. No repararon en gastos, poca gente y un catering de categoría, eso sí, todo muy discreto. No había más invitados que los que participaban, sin apenas camareros, ni sirvientes, ni curiosos, solo la mejor comida y bebida en abundancia y gente dispuesta a pasárselo bien. Había quien miraba, había quien se limitaba a satisfacerse sin participar, y había quien se tiraba de cabeza a la faena. Según me contó, aquello se convirtió a partir desde determinada hora en una especie de orgía romana. Ella participó, sabía a lo que iba y por lo que le pagaban. Si te contratan tienes que cumplir.

- ¿Y si vas porque quieres?

- Allí había mujeres que iban libremente, generalmente con sus parejas. A ella no le dio la impresión de que fueran molestadas u obligadas.

- ¿Tú sabrías como contactar con quién las organiza?

Pablo titubea, parece pensárselo un poco antes de contestar.

- Señora, le tengo aprecio así que mi consejo, si lo quiere tener en cuenta, es que con esas cosas hay que tener cuidado. El que sea gente de dinero y aparentemente educada no significa que no se les pueda ir la olla y, mucho menos, habiendo bebido o habiéndose metido algo. Yo no recomendaría a una mujer como usted ir sola a un sitio así, no hay garantías de que las cosas no se descontrolen.

- ¿Una mujer como yo? ¿Cómo crees que soy yo? – pregunta Lola interesada y algo divertida.

- En la playa toda una señora y en mi bar una excelente clienta, que además deja muy buenas propinas. Lo demás no me importa demasiado, salvo que usted no tenga problemas.

- Gracias Pablo, pero si a pesar de eso estuviera interesada en participar en una de esas fiestas ¿dónde debería dirigirme?

Intercambian una mirada que ella le sostiene decidida. Él se da cuenta que aquella mujer que habla poco pero que dice mucho ya ha tomado su decisión.

- Hay un bar de cócteles en el paseo, al final, junto al espigón. Se llama El Barlovento. El dueño es un tal Eduardo Fuentes. Es con él con quien contactó esta chica.

- Gracias Pablo.

- De nada, pero tenga cuidado.

Esa noche Lola cruza el umbral del Barlovento para encontrarse un garito ampulosamente decorado, con muebles que simulan ser elegantes, moqueta y un aire que pretende ser distinguido pero solo se queda en anticuado. Llama la atención a pesar de que hoy viste más discreta. La parroquia, no muy numerosa, está bastante equilibrada: casi mitad hombres y mitad mujeres. La mayoría parejas. Ella toma asiento en un sofá junto a una mesita baja, cerca de la barra. Un camarero obsequioso se apresura a servirla. Pide un combinado de ron y pone su radar en funcionamiento.

Observa a la gente. La mayoría de las personas son un poco como el local, gente con ínfulas tratando de aparentar más de lo que es. Entre ellos, desperdigados, algunos especímenes en los que sí adivina un alto poder adquisitivo y ese clasismo que destilan los ricos viejos, aquellos que no han obtenido la buena posición gracias a un golpe de fortuna o a su esfuerzo, sino más bien como condición heredada. Nadie se cree más exclusivo que aquellos que no se han trabajado lo que tienen. En todo caso no es el típico bar de paseo marítimo. Lo confirma cuando le traen el combinado junto con la nota: no son precios populares ni turísticos. El aparentar tiene un coste.

- Perdone - le dice al camarero - ¿El señor Eduardo Fuentes?

- ¿Quién pregunta?

- Me llamo Lola. No me conoce, pero estaría interesada en hablar con él. Por favor, pásele mi recado.

El camarero hace un gesto de asentimiento. Lo ve dirigirse por fuera de la barra hacia una mesa junto a la puerta. Allí, un hombre trajeado con un fino bigotillo sobre el labio, ojos vivos y cigarrillo en la mano, recibe el mensaje. Sus miradas se cruzan a través del local, esquivando volutas de humo, cabezas y peinados enlacados. Cree verlo achinar un poco los ojos, quizás sea un poco miope o quizás simplemente sea un gesto que hace cuando valora. El intercambio de miradas sigue durante varios minutos en los que Lola aprovecha para encenderse también un cigarrillo e ir apurando su copa. Finalmente, el hombre se decide, se levanta estirándose la americana y camina hacia ella con una sonrisa en la cara.

- Hola, soy Eduardo ¿en qué puedo servirla?

- Encantada, me llamo Dolores, pero por favor, llámeme Lola.

- De acuerdo, Lola.

- Hay algo de lo que me gustaría hablar con usted, Eduardo. Me gustaría informarme acerca de determinadas fiestas que se celebran por la zona. Quizás esté interesada en participar, pero me gustaría saber exactamente en qué consisten.

Eduardo tuerce el labio y frunce el entrecejo en un gesto involuntario de incomodidad. Pero rápido recupera la compostura y se pone a la defensiva.

- Dígame quién le ha facilitado mi nombre.

- Eso no importa. No se preocupe, soy una persona muy discreta. Doy discreción y también la pido para mí misma.

- Mire, no sé qué le han contado, pero yo no tengo nada que ver con esas fiestas.

- No es eso lo que me han dicho.

- Y ¿qué es exactamente lo que le han dicho?

- Pues que de vez en cuando se celebran reuniones un poco especiales. Que son para gente de alto nivel, que no te vas a encontrar allí a gente de mal vivir, maleducados o violentos. Sólo personas con clase y ganas de divertirse. Y que usted recluta gente interesada en participar. Tengo entendido que faltan mujeres elegantes y dispuestas a divertirse, supongo que en ese tipo de fiestas siempre son un déficit. Yo podría estar interesada… si las condiciones son adecuadas.

El otro la mira arriba y abajo. La valora, la escruta. Lola se deja de examinar, consciente de que su físico, su actitud y su presencia obtienen mucho más que un simple aprobado.

- Suponiendo que yo supiera algo de lo que me cuenta...

- ¿Sí?

- ¿Cuánto dinero habría que poner para que las condiciones fueran adecuadas para usted?

Ella sonríe.

- No hago esto por dinero.

Ahora sí consigue descolocar al otro, que reprime un nuevo gesto involuntario, esta vez de sorpresa.

- No es usted de la primera mujer sola que viene preguntando, pero me llama mucho la atención que sea la única que no le pone un precio. Si no lo hace por dinero ¿qué es exactamente lo que busca?

- Pues lo mismo que los hombres que acuden y que están dispuestos a pagar. Lo mismo que sus parejas. Solo diversión. No sabe usted lo aburrido que es viajar sola.

- Me hago una idea - contesta irónico.

- No le pongo precio a mi asistencia, le aseguro que estoy dispuesta a disfrutar y a hacer disfrutar, pero sí pongo condiciones.

- ¿Y cuáles serían?

- No ser la única mujer. Si llego a ese sitio y solo veo hombres me voy. Y también que se me respete. Si no me gusta lo que hay o no deseo hacer alguna cosa, me marcho y nadie me pone un dedo encima. Si en algún momento alguien me fuerza, o hay violencia, o simplemente no vuelvo a mi hotel por la mañana, puedo asegurarle que al día siguiente la ciudad va a estar patas arriba.

El otro ríe la ocurrencia.

- A mí también me han contado algo sobre esas fiestas y puedo asegurarle que no son de salvajes. Estoy seguro que disfrutaría - Sigue observándola con detenimiento - Y también estoy seguro que sería usted una gran novedad. Pero entenderá que si yo tuviera algo que ver con todo esto, mostrara mis reservas a facilitar la entrada a una completa desconocida.

- Me pongo en sus manos ¿que más necesita saber?

- Su nombre completo, quien es, a qué se dedica...

- Nada de eso es necesario para lo que nos interesa a ambos.

- Señora, todo esto es muy extraño. Entenderá la desconfianza.

- Por mi parte pasa lo mismo. Pero estoy dispuesta a darle un voto de confianza ¿No haría usted lo mismo conmigo? ¿Qué tiene que perder?

El otro sigue valorándola, estudiándola, ahora ya no físicamente, pero sí intentando leer sus pensamientos.

- Ya le he dicho que yo no tengo nada que ver con esas fiestas. Lo siento pero no puedo ayudarla.

- Bien, si cambia de idea de aquí al sábado mande recado al camarero del chiringuito que hay al lado del hotel Príncipe. Déjele una nota y él me la hará llegar.

Lola coge su bolso para pagar la consumición antes de marcharse, pero el otro la detiene.

- La copa está pagada.

- Gracias.

Ella se marcha dejándole pensativo. No necesita volver la vista atrás para saber que lo ha dejado intrigado.
 
- ¿Que va a hacer? - le pregunta Pablo.

- Pensármelo - responde ella mientras se tumba en la hamaca.

- Ya sé que usted tiene la cabeza más dura que el ancla de un petrolero, pero no le recomiendo ir sola a ese tipo de fiestas. No tenía que haberle contado nada - masculla Pablo mientras se retira hacia la barra donde varios clientes lo reclaman.

Lola se queda sola en la arena, dándole vueltas al asunto. Gafas oscuras, crema protectora, mirada perdida en un punto muy mar adentro, la piel recibe con agrado los rayos de sol calientes que el espléndido clima malagueño le regala. En realidad, no hay mucho a lo que dar vueltas: la decisión ya está tomada. Es sábado y es su última noche en Málaga. El domingo toma un avión de vuelta. La semana no se ha podido dar peor. Contaba con su experiencia y conocimiento previo y esperaba que las cosas resultaran esta vez más fáciles, pero la suerte se ha vuelto en su contra. Tras dos días más en dique seco, decidió cambiar de lugar y en los sitios nuevos que ha visitado no ha encontrado nada que le sirviera aunque fuera mínimamente. Escasez de hombres y de gente en general, no es temporada alta y no abundan los turistas. Y los pocos que había no cumplían sus expectativas. Pensó en liarse con alguien de su hotel, había visto varios candidatos que podrían resultar interesantes, pero hasta en eso tuvo mala pata. Cuando por fin se decidió resultó que sólo uno de los candidatos estaba ya en el hotel. El hombre fue simpático, agradable y conectaron tanto que ella se pensó incluso la marcha atrás. Le estaba cayendo demasiado bien. Cuando le propuso subir a la habitación el otro la miró sorprendido y se rio de una forma extraña. Se mostró caballeroso, le acarició la mano y finalmente acabó confesándole que era homosexual.

- Si seré tonta ¡tendría que haberlo supuesto! - se dijo.

Era extraño encontrar un hombre que entendiera tan bien a las mujeres y que se acoplara a la primera con ellas, que se mostrara tan detallista y cuidadoso, y que tuviera esa conversación tan fresca y alegre pero a la vez tan profunda. Solo alguien con espíritu femenino se comportaba así en aquella España de los años 70.

Después de eso, un último disparo que también le salió mal.

Eligió a alguien solo por su físico. Esta vez volvió al Airport ya cansada y aburrida de dar vueltas a tontas y locas. Hubo un hombre que le gustó. Aparentemente solo, no podía saber si estaba esperando a alguien o no. Les dio la impresión de que sí porque miraba mucho el reloj. Desesperada por conseguir su objetivo decidió adelantarse: las audaces ganan.

El tipo la verdad es que estaba muy bien, con un porte de galán clásico de Hollywood, a lo Clark Gable. Delgado, guapo, bigote roto por los bordes, peinado hacia atrás, traje impecable. En lo físico bien, en el trato formal, pero poco más. No pudo conseguir indagar nada de él porque era poco hablador y muy reservado. Constantemente la mirada como tratando de valorar si la espléndida mujer que tenía delante, era una embaucadora o el ofrecimiento que le hacía veladamente era real. Cuando al fin se decidió a probar suerte y él se mostró desnudo y sin barreras, resultó ser un tipo desagradable y engreído que quiso tratarla como a una cualquiera. Aquello le resultó tan áspero que fue incapaz de tener sexo con él. Así que lo dejó plantado a pie de cama y se marchó.

Esa mañana se había levantado aburrida y desesperada. Solo había copulado una vez y sus días fértiles se acababan. Entonces llegó Pablo con la nota que le había dejado un enviado de Eduardo. Podría ser su última oportunidad en su última noche. Está dispuesta a arriesgarse aunque su amigo camarero tiene razón. No sabe dónde se está metiendo.

El tiempo pasa rápido para ella ahora que tiene planes. Cuando quiere acordar se le ha hecho la hora de comer. Se levanta y se acerca a la barra. Espera en su esquina, la más alejada y también la más discreta, la que usa cuando quiere hablar con Pablo y hay más gente. Él se acerca.

- ¿Va a comer aquí hoy? Tengo pescaíto fresco y le puedo preparar una fritura para chuparse los dedos.

- Venga esa fritura entonces. Que me lleve buen recuerdo de aquí. Oye Pablo ¿no conocerás algún taxista de confianza que me pueda prestar un servicio esta noche?

- ¿Qué es exactamente lo que necesita?

- Que me lleve a una villa. Según esto, no debe estar muy lejos. Y que me espere hasta que acabe para traerme de vuelta. Tengo que darle algunas indicaciones para asegurarme que todo va bien. En caso contrario debe avisar a la policía ¿Conoces a alguien?

- Mi hermano Manuel.

- ¿Es taxista?

- No, qué va ¡si no sabe conducir! Es camarero. Pero puede sustituirme esta noche. Yo la acompañaré.

Ella lo mira con consideración.

- Eso es muy amable de tu parte pero igual paso toda la noche allí.

- No importa, mi hermano puede abrir mañana también. Además, bastantes noches pasé sin dormir en la Legión y también fuera de ella como para que me asuste doblar turno si fuera menester.

- ¿Seguro que puedes?

- Claro que puedo. No la voy a dejar que vaya sola a un sitio de esos.

- ¿De esos? - pregunta ella divertida.

- De esos llenos de señoritos y de pijos. Me fío menos de ellos que de cualquier quinqui malagueño. A estos por los menos los ves venir.

- Gracias Pablo, por todo.

- No hay de qué. Además, pienso cobrarle, no se piense que le va a salir gratis.

- Por supuesto.

Lola le dedica la mejor de sus sonrisas. Hace mucho que (quitando a su marido), no sonreía sinceramente a ningún hombre. Saber que Pablo la lleva y estará afuera esperándola le da seguridad y ánimo para lo que va a hacer esa noche, que no es otra cosa que dar un salto a ciegas. No sabe muy bien hacia dónde. Pero el tiempo se acaba y ya está decidido. Su principal objetivo es no tener que volver a Málaga.
 
Está historia pinta diferente.
Aquí hay un triángulo con una historia complicada entre Miguel, Lola y el Padre De Julen, que ya veremos si es su verdadero Padre.
Como abogado de su Padre, es posible que Miguel sepa que es lo que pasó y quien es el verdadero Padre de Julen.
Saldremos de dudas en próximos capítulos.
Uff voy con retraso
 
Esa noche un Seat 124 serpentea por las lomas de una localidad cercana a Torremolinos, en la falda de la sierra malagueña. La carretera está asfaltada pero tiene muchas revueltas que le levantan un poco el estómago a Lola.


- Un poco más despacio - le pide a Pablo que reduce algo la velocidad.


- Hay que ver dónde han ido a montar la fiesta esta gente. Está claro que no quieren que los molesten. Esto está donde el viento fue a dar la vuelta.


Finalmente llegan a un carril de tierra, indicado como desvío hacia finca La Malagueta. Son apenas cien metros de pista, al final de los cuales una verja da acceso a una villa con estilo modernista que se levanta cara al mar. Unas palmeras se adivinan tras la reja. Las hojas se mueven con la suave brisa que llega desde la costa, produciendo un leve murmullo al chocar entre ellas. Pablo toca la bocina y no tienen que esperar mucho hasta que alguien les abre la puerta y les señala un sitio donde aparcar.


- Te haré llegar un mensaje. Si todo va bien pondré la palabra espeto. Si pongo alguna otra cosa que no lleve esa palabra es que estoy en dificultades.


- ¿Y si no me llega a ninguna nota?


Lola levanta la cabeza. Ve un balcón con terraza tras el cual se adivina luz y gente asomándose con una copa en la mano.


- Saldré allí y te saludaré con una copa en la mano. En una hora más o menos. Si no aparezco en ese tiempo es que algo va mal.


El camarero, ahora guardaespaldas y chófer de Lola, mira hacia los dos individuos que hacen guardia en la puerta. Dos marmolillos con caras de pocos amigos y con pinta de perros de presa bien alimentados.


- Vale, en ese caso entraré a buscarla.


- No, Pablo, si las cosas ponen mal lo que tienes que hacer es irte corriendo al cuartel de la Guardia civil más cercano y pedir ayuda.


- Dudo mucho que la guardia civil entre por las bravas en una casa de estas.


- Pues entonces a la policía. Pero de nada me sirve que te hagas dar una paliza y te dejen hecho papilla - dice mientras señala con la cabeza a los dos individuos.


- Usted no me ha visto a mí cabreado. En peores tabernas me he jugado la vida.


Ella le toma la cara y le besa en una mejilla.


- Pues a ver si hoy no nos la tenemos que jugar ninguno de los dos. Sé prudente.


- Lo mismo digo señora.


Lola se dirige a la puerta y entra tras facilitar su nombre.


- ¿Podría mi acompañante esperarme dentro?


- Solo puede entrar usted. Únicamente se permite el acceso a los invitados.


Ella se gira y hace un último gesto de despedida hacia Pablo que le contesta con un movimiento de la cabeza mientras se enciende un cigarrillo, el primero de muchos esa noche. Hacen pasar a Lola a un recibidor donde la espera un conocido. Es Eduardo que la saluda con una sonrisa aprobadora.


- Hola. Está usted arrebatadora. Estoy seguro que va a causar sensación.


Amable, la guía por una escalera de servicio hasta la primera planta. Allí la conduce a una pequeña salita donde la invita a tomar asiento.


- Si le parece le explicaré cuáles son las normas que rigen este tipo de fiestas.


- Por favor.


- A veces tratamos de equilibrar a los invitados, casi siempre suele haber más hombres que mujeres, así que hoy habrá al menos un par de chicas contratadas.


A Lola no le pasa desapercibida la entonación que ha dado a la palabra “contratadas”.


- No es su caso. Usted me aseguro que no hacía esto por dinero ¿me equivoco?


- No, no se equivoca.


- Estupendo: ese es el motivo que la hayamos aceptado, usted me intriga pero es una rara avis, aquí no vienen mujeres solas normalmente. No mujeres tan jóvenes, al menos.


Eduardo se toma unos segundos antes de plantear la cuestión:


- ¿Puedo preguntarle qué es lo que busca?


- Solo diversión, nada más.


El otro la escruta con la mirada y finalmente decide creerla, no porque realmente piense que le está diciendo la verdad, o al menos toda la verdad, sino porque ya ha decidido que quiere a esa mujer en su fiesta.


- Bien, en ese caso le garantizo que aquí pueden encontrar bastante diversión. Usted es distinta, no hay más que verla, de modo que no será necesario explicarle como a las otras dos chicas que hay que saber comportarse, que no se toleran espectáculos fuera de tono ni malos modos, ni tocar nada que no sea suyo. Si alguien roba en este lugar nos aseguramos que sea la última vez que lo hace, aquí o en cualquier otro sitio.


<< Ahora entraremos a un salón donde encontrará bebida y comida, todo lo que desee y donde podrá conocer a la gente y también darse a conocer. Si necesita ir al tocador no tiene más que preguntar y alguien del servicio le indicará dónde está. Mientras esté en ese salón nadie le hará ninguna propuesta ni intentará tener contacto íntimo con usted. Verá que al fondo hay una escalera que sube al piso de arriba. Si decide subir encontrará un pasillo y una habitación a la derecha que hace de vestidor. Usted puede quitarse ahí la ropa, es amplio y hay sitio de sobra para dejar sus cosas. Le aseguro que nadie tocará nada. Dispone de toallas y albornoces. Si lo hace significará que desea tener contacto con otras personas.


- ¿Podré negarme si lo que veo no me gusta?


- Nadie obliga a nadie. Si en algún momento se siente incómoda solo tiene que volver a la habitación, vestirse y bajar de nuevo. Aquí nunca se fuerza a una mujer. Pero supongo que no ha montado todo este jaleo y ha hecho todo este viaje para quedarse tomando copas ¿verdad? Sería una gran decepción para todos…


Lola no necesita responder, se limita a sonreír, a poner esa falsa risita que tan buen resultado le daba en los lugares de ambiente cuando trabajaba.


- Esta noche todas las parejas que hay son gente de mucho nivel. Diviértase y consiga que los demás se diviertan y hará muy buenas relaciones.


- No necesito prosperar. Ni tampoco hacerme de amigos influyentes. Solo quiero sexo y discreción.


- En ese caso está en el sitio indicado. Si tiene alguna duda diríjase a alguno de mis hombres o al personal de servicio. Ellos le atenderán.


- ¿Usted no se queda?


- Estaré cerca pero esta fiesta es solo para ustedes, yo no participo.


Eduardo le tiende una bolsa. Ella la toma y saca una máscara. Es de terciopelo y está adornada. Le cubre buena parte de la cara.


- ¿Es obligatoria?


- No, no lo es: usted decide.


Ella la toma, se la pone y se mira en un espejo. Le gusta el efecto que le hace. Si hiciera aquello solo por diversión le gustaría jugar de ese modo.


Eduardo le abre la puerta y la invita a pasar al salón. Hay unas doce o trece personas. No se molesta en contarlas. Todas llevan antifaz. Charlan animadamente, algunos formando pequeños grupos, otros por parejas. Una chica en un extremo, un par de hombres están sentados en sofás apurando una copa, otro más en un balcón fumando. Recibe varias miradas de atención, unas más solapadas, otras más directas e indiscretas. Hay una chica vestida de camarera paseando una bandeja con canapés y también un barman sirviendo copas.


Decide tomar un tentempié. La noche puede ser larga y como le apetece beber, mejor que le pille con algo en el estómago.


Uno de los hombres se acerca, elegante, bien vestido, es guapo pero demasiado corpulento, más bien tirando a grueso y algo entrado en años. La saluda y mantiene una charla informal a la que se añade otra pareja. Se interesan por saber de dónde viene y cuál es su ocupación pero nadie pregunta nombres, ni lugar de residencia, ni estado civil. Nadie hace preguntas comprometidas. Su círculo se amplía con otra chica y una pareja más. Parece que ella es la novedad y ha conseguido llamar la atención. Todos parecen intuir que no está allí por dinero y eso suscita mucha curiosidad.


Al poco entra Eduardo acompañando a otra pareja, estos más jóvenes, distinguidos, con un tipo envidiable ella: pero luengo, vientre plano, grandes pechos y piernas larguísimas. La boca es dibujada, sensual… su forma de moverse y de andar denota clase y una buena educación. Él también alto, barbilla cuadrada, dientes blancos componiendo una bonita sonrisa, fuerte pero bien definido, sin pasarse, tiene el punto justo sin ser un atleta pero tampoco alguien fofo o descuidado. Como le ha sucedido a ella, acaparan las miradas cuando entran. Debe ser una de las parejas más populares porque no parecen novatos e intercambian miradas de reconocimiento con algunos de los presentes, moviéndose como si estuvieran por su casa.


- Estos ya han estado aquí más veces - especula.


- Buenas noches a todos nuestros invitados e invitadas. Es un placer tenerlos aquí de nuevo como también es un placer dar la bienvenida a los que participan por primera vez. No les voy a aburrir ni les voy a robar más tiempo del necesario explicando las reglas, puesto que ya todos las conocen. Solo decirles que tienen toda la noche por delante para divertirse. Tempus fugit. Aprovéchenla bien porque esta es una noche en la que todo está permitido hasta que salga el sol. El único límite es su imaginación y por supuesto su consentimiento. Esto es un oasis dónde todos y todas pueden satisfacer su sed. Disfrútenlo.


Eduardo toma una copa y propone un brindis. Todos levantan la suya y saludan como si estuvieran rubricando un contrato. No hay límites, salvo el consentimiento, a cambio de dejar volar la imaginación. Barra libre para todos y todas. Esos son los términos del contrato. No es mal negocio para ninguno de los que están allí, tanto para los que acuden buscando satisfacer deseos ocultos, como para los que buscan una compensación económica. Tampoco hace mal negocio ella que busca algo que los demás ni siquiera imaginan. El anfitrión sale y quedan solos con el chico y la chica de servicio. Las conversaciones se reanudan. Se hacen y deshacen corros mientras comen y beben, sobre todo esto último.


Lola se desenvuelve bien. No ha perdido su capacidad de alternar ni de manejar conversaciones de cuando era una chica de barra. A eso le añade su elegancia natural y también los modos de señora que he aprendido desde que está casada con Rafael. Los demás no dudan en reconocerla como una igual. Nota que el trato no es el mismo que les dispensan a las otras dos chicas solas que han acudido. Son correctos pero también son elitistas y cree adivinar miradas de desdén y de superioridad. Para ellos esas chicas no tienen ningún misterio. Adivinan casi enseguida que han sido contratadas, que están allí de relleno para compensar, para equilibrar, para usarlas de comodín y que nadie se quede sin su ración de sexo, para alimentar el fuego como las pastillas que se utilizan para encender la barbacoa, como las brasas que mantienen la hoguera encendida. Pero a ella no la encajan y eso la hace atractiva más allá de su belleza.


Pasan así bastantes minutos, Lola diría que una hora. Sobre la mesa, la chica de servicio deposita una bandeja donde hay pastillas y también una sustancia blanca. Ella cree reconocerla. Ha visto a gente en Madrid consumir de todo. Unos cigarros liados con boquilla complementan la oferta de estupefacientes. Hay de dos tipos. Reconoce la marihuana en uno de ellos. El otro seguramente será hachís. Su apreciación se ve ratificada cuando una de las mujeres se enciende uno y le llega el olor acre y dulzón del costo del Rif. Casi todos los presentes combinan el alcohol con algún tipo de droga. Ella rechaza el polvo y las pastillas, pero acepta uno de los cigarros. No tarda en hacerle efecto. Pronto nota un pequeño dolor de cabeza que más tarde desaparece haciendo que se eleve y parezca que anda de puntillas, como si fuera más ligera.


Hay dos parejas que desaparecen escaleras arriba. Los demás todavía esperan, intercambiando miradas, lanzando invitaciones veladas. En un bar cualquiera de los que ella trabajaba la habrían invitado ya a desaparecer en un reservado, pero allí parece que se considera de mal gusto hacer propuestas directas. Es como si esperaran a que ella se decidiera. Con las otras chicas no tienen la misma consideración. Uno de los hombres le propone subir a una y no se lo piensa. Desaparece caminando delante de él, moviendo sus curvas por la escalera, anticipándole la mercancía de la que va a disfrutar.


Lola se ha acercado a la pareja que fue la última en entrar. Parecen más jóvenes de lo que son. Cuerpo cuidado y bronceado pero sin ese efecto quemado de los que abusan del sol y la playa. Recio él y sin grasa en el abdomen. Figura esbelta ella. Más de cerca, su ojo crítico le dice que, a pesar de aparentar su misma edad, unos 30 años, deben tener en realidad la cuarentena. Son educados, se mueven con clase y son capaces de mostrar su interés por ella sin ese brillo lúbrico que han mostrado otros de los allí presentes. Está claro que les ha gustado pero también que son capaces de controlar sus instintos, que no la tratan como a mercancía. Por la conversación que mantienen parece que esperan de aquello algo más que sexo. Como si necesitaran conectar a nivel mental además de físico para proceder al intercambio carnal. O quizás sea que la están evaluando y poniendo a prueba, como si decidieran que no se acuestan con cualquiera, incluso en un sitio tan exclusivo donde nadie es cualquiera.


Sea como sea da igual porque Lola no está allí para hacer relaciones, ni para obtener favores, ni para hacer amigos. Ha venido a lo que ha venido, así que cuando la mujer le propone subir con ella y su marido a la planta de arriba no duda. Se acerca con su copa a la ventana y descorre un poco el visillo. Allí, bajo a la luz tenue de unos faroles, puede ver a Pablo escondido detrás de la brasa de un cigarrillo, apoyado en el coche. La brasa se enciende como una luciérnaga y se apaga con cada calada. Ella levanta la copa y hace una seña con la mano. El gesto que habían acordado. Lo ve asentir con la cabeza y entonces se da la vuelta y sube con la pareja por las escaleras. Es la mujer la que la toma de la mano y la acompaña.


- ¿Es tu primera vez? - le pregunta.


- Es mi primera vez aquí – responde.


Ha puesto énfasis en la palabra “aquí” como para indicar que no es una mojigata que se asuste de lo que pueda ver arriba; que no es su primera vez teniendo sexo con extraños; que tiene vida nocturna y no se acaba de caer de un guindo.


- Ven, te lo enseñaremos todo - afirma la dama desfilando escaleras arriba mientras su marido las sigue a las dos a muy corta distancia.


Entran en el vestidor, que como le había dicho Eduardo es la primera habitación que se encuentran en el pasillo. Allí ya hay ropa colgada y cuidadosamente doblada en los estantes. La mujer se deshace del vestido y queda en bragas y medias. Lola puede comprobar que, tal y como le había parecido, no lleva sostén. El cuerpo invita al deseo. Parece el de una modelo, con cintura pequeña, glúteos firmes, muslos largos, prietos y pechos grandes.


¿Qué tipo de juegos le gustarán a ella? piensa de repente Lola. Hasta ese momento no se ha planteado que quizás le gustan las mujeres y que al marido solo le guste mirar. En ese caso tendrá que rechazar la propuesta ¿Y si es con los dos?


Recuerda que en una ocasión se sintió atraída por otra chica. Harta de pelmazos y de babosos, harta de mantener a raya tantas manos que intentaban tocarla, harta de tanta propuesta indecente, ella al igual que otras, había buscado consuelo y entendimiento con sus compañeras. Con una fue algo más. Solo recuerda su nombre de guerra: “Nebraska”, como la cafetería de estilo americano. Jamás le dijo su nombre verdadero. Se hicieron muy amigas y pronto resultó evidente que a pesar de su buen tipo y de ser un buen gancho para los hombres, sus deseos y sus preferencias navegaban por otras aguas. A Lola no le van las mujeres y Nebraska la respetó. Un día, algo bebidas y al acabar la jornada, se atrevió a robarle un beso en la boca. Largo, húmedo, intenso, que Lola no rechazó. Sólo por amistad, solo por no contrariarla, solo porque quería seguir siendo su amiga. No sintió rechazo pero tampoco deseo. Fue como si le estuviera haciendo un favor a Nebraska. Favor de amiga, de esos que tampoco cuesta tanto hacer y que sabes que la van a dejar contenta.


La mujer tiende una mano hacia Lola y le acaricia con cuidado el brazo. Interpreta su silencio y su pasividad como duda, como si no estuviera del todo segura de lo que va a hacer, de modo que la anima ayudándola a desvestirse. Sin brusquedad, con movimientos que son casi caricias, la invita a despojarse de su ropa y a quedarse como ella. Acaban las dos en bragas, liguero y medias. El marido las observa recreándose en los cuerpos. No parece compararlas, solo admira la belleza distinta que cada una tiene. La mujer le toma la mano y la empuja hacia su hombre, la anima a que entre las dos le quiten la ropa. Lo hacen retirando todas las prendas, doblándolas con cuidado y dejándolas junto a la suya. El hombre es atlético, tal y como había supuesto Lola. Se ve que hace deporte y se cuida. Tiene músculos marcados, no solo los bíceps y en los muslos, también en los abdominales. Una mata de pelo oscuro le cubre, es muy velludo. El pene cabecea con una erección parcial. Su esposa le dedica una caricia y la invita a hacer lo mismo. Ella la toca y comprueba cómo responde inmediatamente adquiriendo dureza. La dama lo anima a masturbarlo mientras ella le acaricia los testículos. Una gota brillante aparece en la punta de la verga, manchando de un líquido pegajoso la mano de Lola.


- Vamos, hay sitios más tranquilos y más cómodos dentro.


A continuación, se quita las bragas y las deja puestas con cuidado encima de la ropa.


- Donde vamos no las vamos a necesitar - dice con una sonrisa. Lola la imita.


Recorren el pasillo. Hay habitaciones a los lados, un par de aseos, al final un pequeño salón con música de ambiente y otra escalera, más estrecha y empinada que asciende hacia lo que parece una buhardilla. Ellos se quedan en una habitación de las que aún no han sido ocupadas. El suelo es enmoquetado y una cama de matrimonio ocupa casi todo el espacio. Está decorada con cortinas de terciopelo rojo y la cama tiene una pequeña colcha, también roja, que retiran dejando al descubierto blancas sábanas de seda. El hombre se sitúa en el centro y ellas, una a cada lado repartiéndole sus caricias. Lola rechaza un beso en la boca pero se deja tocar los pechos, el vientre y los muslos. Las manos del hombre son suaves y hábiles y pronto es ella la que ocupa el centro de la cama. Trata de abstraerse, de no pensar qué mano es la que está introduciendo un dedo en su sexo o que boca le succiona uno de los pezones. Otra vez la imagen de su amor platónico, de su cantante en calzoncillos, otra vez trata de recuperar el sueño en que él la desvirga en el camerino. Unos dedos sabios recorren su vulva, acariciándola, pellizcándola, frotando su clítoris. Sabe que son los de la mujer: ningún hombre acaricia con esa precisión.
 
Ahora que está tumbada el alcohol hace su efecto mezclado con el hachís. Siente un ligero mareo y luego, como que se eleva poco a poco de la cama y sus sentidos se agudizan. Se deja hacer a la vez que recupera su fantasía. Tras la máscara se imagina a Rodolfo, su cantante, que ahora está sobre ella y le besa los pechos, se los aprieta, le pellizca los pezones. Sigue lamiendo despacio, recorriendo con su lengua el canal entre las tetas, su vientre y su pubis. La lengua se detiene en la parte alta de su coño, enredándose entre los labios, buscando el clítoris. Guiándose por sus movimientos y sus gemidos consigue excitarla. Su vagina reacciona mojándose. El cerebro, ayudado por la droga y el alcohol, está consiguiendo desconectar el corazón del cuerpo, aislar los sentimientos y dejar que su piel, sus pechos y su sexo reaccionen.


La mujer abandona momentáneamente la cama y la ve dirigirse a un mueble sobre el cual hay una bandeja. Toma algo y la ve acercarse. Masturba un poco su marido, le practica durante un minuto sexo oral y luego le coloca un preservativo que lubrica con gel ¡Así que era eso lo que tenía la bandejita! Pronto Lola comprobará que hay fuentes con esos artículos distribuidas por todas las habitaciones.


El hombre se sitúa entre sus piernas, le levanta las rodillas y juguetea un poco con su pene a la entrada de su vulva antes de metérsela. Todo pasa como en un sueño. De repente la tiene metida hasta el fondo, con los huevos dando en el perineo, alternando pollazos fuertes con otros más suaves y arrancándole jadeos que no sabía muy bien si clasificar como de molestia, de placer o de nervios. Intenta volver a su sueño. Se imagina a Rodolfo envuelto en el humo de su cigarrillo, con la punta de la verga asomando por encima del sleep, toda erecta y sin que le quepa dentro de la prenda. Se lo imagina sacándola y haciendo lo mismo que le están haciendo ahora. Le cuesta entrar en el sueño, la cara del hombre desdibujada por la máscara la desconcentra. A pesar de ello consigue que el placer se vaya abriendo paso, pero no acaban de culminar ninguno de los dos. De repente toma una decisión: le empuja para que salga y se remueve debajo, girándose y dándose la vuelta para levantarse a cuatro piernas. Lo invita a que la penetre en esa postura. Él lo hace agarrándola por las nalgas y dándole golpazos de cadera. El golpeteo rítmico inunda la habitación, suena a músculo contra músculo, a toques húmedos salpicados de lubricante y flujo.


Lola agacha la cabeza entre las sábanas para concentrarse. Nota que algo se introduce retorciéndose entre ella y el colchón: es la mujer que le presenta su coño para que ella lo chupe. Con cada golpe de verga, pega su cara al sexo que ya está húmedo y huele a deseo. Está cerca de su objetivo y decide no estropearlo. Tampoco tiene tanta importancia, le parece incluso menos grave jugar con una mujer que follar con un hombre estando casada, así que saca la lengua y la deja jugar sin mucha experiencia y también sin demasiadas ganas, pero todo resulta demasiado morboso como para que la mujer no empiece a sentir placer ayudándose ella misma. Hay un momento en que el goce es ya irreversible para todos. Ella lo percibe y levantando la cabeza se gira, le arranca el condón y sitúa de nuevo la polla entre sus nalgas, buscando la entrada a su vagina. El hombre parece dudar. La mujer se retuerce debajo de ella tirándola del pelo para que vuelva a continuar.


- ¡Jódeme, venga, jódeme! - insta al hombre que sigue indeciso.


Finalmente, este desliza su pene, abriéndose paso por su vagina resbaladiza con facilidad y proporcionándole ese roce distinto que da el sentir piel contra piel. De nuevo comienza a follarla y esta vez sí, el orgasmo se anuncia. Ella levanta la grupa para recibirlo mejor y él pronto se derrama en su interior.


- No te pares, no te pares - lo insta mientras siente el líquido caliente inundarla.


Es Rodolfo el que la galopa, el que la ensarta desde atrás, el que la deja embarazada… y entonces llega también al orgasmo. Mientras gime y se tensa entre contracciones de gusto, la mujer le tira de nuevo del pelo y la sumerge entre sus piernas con movimientos frenéticos. Está a punto de caramelo. Su flujo se mezcla con la saliva y las babas de Lola hasta que al final introduce la mano y se da un empujón final para conseguir su placer. Desentierra finalmente la cara, se echa de lado deshaciendo el abrazo del hombre que aún permanecía empujando dentro de ella, nota escurrirse el falo dejando un vacío en su vagina, y también siente chorrear el semen por su muslo. Se queda un rato así, con los ojos cerrados, satisfecha por haber conseguido que el hombre descargara en su interior, aunque no tan satisfecha de haber alcanzado su orgasmo ni de haberse enredado en juegos lésbicos. Pero a estas alturas ¿qué más da todo? lo único que no se puede permitir es volverse ahora atrás porque entonces no habría servido de nada todo lo que ha hecho, todo habría sido en vano.


Oye suaves pasos sobre la moqueta. Es el hombre el que aparece. No se había dado cuenta que ha salido de la habitación, ni es consciente de cuantos minutos ha pasado allí a solas con la mujer. Trae algo de comer en una bandeja y también una botella de champán de la que le sirve una copa. Ella rechaza la comida pero acepta de buen grado el licor. Bebe ávida. La mujer le acaricia el hombro y la besa en el cuello apartando con cuidado su pelo. Se remueve un poco inquieta mientras ella le susurra, chistándole para tranquilizarla, igual que si lo hiciera con una yegua nerviosa.


- ¿Eres una mujer extraña? ¿Qué haces aquí?


- Lo mismo que tú, lo mismo que todos…


- No, tú eres distinta, te entregas pero hay una disconformidad en lo que haces, vas con el freno puesto.


Lola no responde.


- Bien, no necesitas contestar ni justificarte, todo eso no es necesario en este lugar, basta con que disfrutes y hagas disfrutar, como reza nuestro lema. Pero es una lástima porque te retraes y podrías pasarlo mucho mejor. Tienes mucho potencial ¿sabes? hace mucho que no veo a nadie como tú por aquí. Podrías ser la reina de estas fiestas si te dejas ir un poco. El cielo está más cerca de lo que parece, a veces se puede tocar…


- Gracias por la invitación, pero yo no aspiro a tanto.


- Deberías. Déjanos guiarte, déjanos enseñarte, con nosotros estarás bien.


Lola trata de impermeabilizarse, se resiste a ponerse en manos de aquella pareja, se dice a sí misma que no, que no está allí para eso, pero quizás ambos caminos confluyan. No puede dejar de pensar que quizá ellos la ayuden en su objetivo.


De nuevo cuatro manos la acarician. La pareja hace un sándwich con ella. Recibe besos y caricias desde atrás y desde delante. Pronto la penetran otra vez. Está tumbada de costado y siente como el hombre la empuja desde atrás. Su esposa le acaricia el sexo y le lame los pezones desde la otra parte. Una doble caricia que la pone otra vez en tensión. Se moja. El lubricante es innecesario, todavía hay restos de semen que facilitan la penetración con un roce mínimo. Él la toma de la cintura y la obliga a subirse encima. Lo cabalga al revés mientras se besa con su mujer. Las lenguas se enredan, los pechos se aplastan uno contra otro, se rozan con los pezones una a la otra. Ella se vuelve más activa, toca a la mujer en su entrepierna, le separa los labios y le mete un dedo. La otra suspira de placer. Lo retira manchado de flujo y lo utiliza como lubricante para frotarse el clítoris. Se corre en cuanto nota la nueva descarga que la invade, apretando fuerte hacia abajo para metérsela bien honda y que el semen llegue todo lo profundo que pueda. Consigue un orgasmo intenso y prolongado, como si su cuerpo se negara a cohibirse. Está un poco cansada. Se deja caer en la cama y permite que la mujer, que reclama también su goce, se ponga encima de ella y le aplaste el coño contra la cara. Se mueve inquieta porque apenas la deja respirar. La otra lo entiende y se separa un poco, lo justo para que ella pueda utilizar la lengua. Mientras el marido las observa, ella se deja hacer hasta que descabalga, se tumba y le toma la mano a Lola llevándola a su vulva dirigiendo sus dedos al interior. Ella los mueve haciendo gancho, como ha hecho consigo misma muchas veces para masturbarse. Frota la parte de arriba de la vagina con el pulgar, mete y saca una y otra vez mientras la mujer se retuerce, culea, se convulsiona y finalmente se corre poniéndole perdida la mano que retira totalmente pringada.


Lola alarga la mano hacia la botella de champán. La han vaciado así que y se levanta se pone el albornoz.


- ¿Dónde vas?


- Necesito fumar algo y también beber: traeré otra botella.


Camina por el pasillo un poco mareada y baja las escaleras con cuidado. No se molesta en vestirse ¿para qué? la noche todavía no ha terminado.


Abajo ya no queda nadie, todos deben estar metidos en faena. Solo permanecen la chica de servicio y el barman, al que pide un combinado frío. Hace una seña a la muchacha que permanece de pie junto a las bandejas de canapés, un poco aburrida.


- ¿Podrías hacerme un favor?


- Claro señora.


- ¿Sería posible llevarle algo de comida y bebida a mi chofer?


Se acerca a la ventana y le señala el coche donde está Pablo.


- Es el que está en aquel coche.


- Sí señora, por supuesto, se lo haré llegar.


- Gracias, permíteme que…


De repente es consciente de que su bolso está arriba y que, desnuda bajo el albornoz, no tiene dinero que ofrecer como propina.


- No es necesario señora, no se preocupe - dice la chica adivinando sus intenciones.


- Muchas gracias ¿me podrías conseguir un poco de papel y un bolígrafo para dejarle una nota?


- Claro.


Lola garabatea: “Todo va bien, no te preocupes. Si deseas irte yo encontraré la forma de volver, no habrá problema en que alguien me lleve. Gracias por atenderme tan bien y por tus espetos que están riquísimos”. Cierra el papel y se lo desliza en la mano de la chica. Esta prepara un pequeño pack en el que incluye canapés, comida y una botella de vino fría. Lola se dirige a la bandeja donde todavía quedan algunos cigarros liados. Toma unos cuantos y se los da también a la chica mientras se reserva uno. Se lo fuma con parsimonia mientras se toma el combinado. Por la ventana se asoma y ve una figura acercarse al coche. Es la doncella que le lleva a Pablo todo. Ve como le entrega las provisiones y también como le hace llegar el papel. Lo lee y mira hacia la ventana. Sus miradas se cruzan. Brilla la luz de un mechero. El da unas caladas y se queda mirándola hasta que Lola desaparece de la ventana.


El combinado y el porro le hacen efecto justo cuando sube las escaleras. Siente una leve arcada, el mareo es cada vez más fuerte pero también nota como se le agudizan los sentidos, como todo se vuelve más claro y más fácil. Llega arriba dispuesta a continuar teniendo sexo. Antes pasa por uno de los baños y se echa agua en la cara. Luego, con la botella de champán agarrada, busca la habitación donde la pareja la espera. Le cuesta mantener el equilibrio, las paredes del pasillo parecen moverse y estrecharse. Tambaleándose, consigue llegar a la habitación. Es como si estuviera en el camarote de un velero en medio de la tormenta, todo se agita. Le tiende la botella al hombre y solo atina a quitarse el albornoz, dejándolo caer sobre la moqueta antes de tumbarse en la cama y agarrarse a las sábanas.


- Tranquila, tranquila - oye murmurar una voz femenina.


Poco a poco consigue asentarse. La angustia desaparece, una extraña paz la invade. Es como si pudiera salir fuera de su cuerpo, como una proyección astral desencadenada por palabras de tranquilidad que le llegan pero que no oye, por caricias que recorren su cuerpo pero que no siente. Su organismo se vacía de todo dolor, de toda vergüenza, de todo temor, pero también se vacía de voluntad. Es como una hoja volando en el viento, como una madera flotando en el mar, se deja ir…


- Quiero... - las palabras no le salen. O tal vez las imagina pero no las pronuncia. Lo intenta otra vez hasta que puede oír el sonido de su propia voz.


- Quiero que te corras dentro.


Está enredada entre dos cuerpos. Un lío de brazos, piernas, boca, sexos, pechos, músculos que se retuercen en torno a ella, que se rozan, que se acarician. Le cuesta adivinar dónde termina ella misma y donde empieza el hombre y la mujer con los que forma ahora un todo. Repite sus palabras solo para asegurarse de las ha pronunciado en voz alta.


- Quiero que te corras dentro.


Una lengua femenina acaricia su boca. Oye murmullos, percibe gestos, entre la pareja se comunican y entonces el trío gana en intensidad. Se tocan, se besan, se introducen dedos por todos los agujeros posibles, lamen, chupan…. ya no hay fronteras ni límites. Un cuerpo femenino se desgarra en un orgasmo intenso. Lola recupera un instante la percepción de la realidad para darse cuenta sorprendida, que es ella la que le ha proporcionado ese goce a la mujer que a la vez chupa el miembro de su marido. Más caricias, más besos, tiene la boca pegajosa, manchada de flujo y una lengua masculina se abre paso entre sus labios, a la vez que le separan las piernas y la penetran.


Él aguanta ahora más, después de los desahogos anteriores. Ella sin embargo se siente por primera vez libre, libre de todo, en otro mundo, en otra realidad donde no tiene que dar cuentas a nadie, ni siquiera a sí misma. Por un momento casi olvida qué es lo que la ha llevado allí y solo se concentra en el placer de ser penetrada, sin tener que imaginarse novios platónicos, ni hacer complicados equilibrios mentales para no sentirse culpable de esos pensamientos, ni de sus fantasías. Tendríamos que ser siempre libres de fantasear lo que quisiéramos sin sentirnos mal por ello, es algo íntimo que nos pertenece, que no tenemos por qué compartir con nadie, ni siquiera con nuestro esposo, piensa.


El sexo esta vez es fuerte, contundente, casi violento y despierta en ella un fuego como hacía tiempo que no sentía. El placer se acerca, nota que su coñito irradia calor y gusto. Cree oír gemir a la otra mujer y se sorprende cuando descubre que los gritos son suyos. Encoge los glúteos, deja que su vagina emita contracciones que aumentan su placer y que aprisionan el sexo del hombre. El orgasmo llega inevitable pero esta vez es sincero y deseado. No, más que deseado, reclamado. Su vientre lo reclama, sus pechos temblorosos lo reclaman, su boca tibia lo reclama, su vagina húmeda lo reclama, todo su cuerpo se mueve en comunión con el del hombre que se da perfecta cuenta del cambio obrado en ella. Cuando la oye llegar al orgasmo con un grito desgarrador y la siente temblar entre sus brazos mientras se corre, él tampoco puede evitar la eyaculación. Lo hace empujando con brusquedad mientras emite un gruñido animal. Su mujer los observa con un dedo introducido en su sexo, mirándolos con aprobación y lascivia apenas calmada por el reciente orgasmo propio.


Ahora sí, los tres quedan desmadejados en la cama. Es muy tarde, tienen sueño y el sexo y el alcohol los ha cansado por fin. Pero Lola no puede cerrar los ojos. Su mente sigue funcionando a mil por hora, su cuerpo se revela contra el cansancio, una extraña hiperactividad se apodera de ella. Es un momento extraño pero eufórico. Los deja en la cama y se levanta desnuda. Esta vez no se molesta en ponerse el albornoz y camina hacia el baño. Su vejiga está llena. Mientras orina, siente que el semen escurre fuera de su vagina. Se limpia con una toalla, se lava un poco la cara pero apenas se consigue espabilarse. Sigue como flotando en una nube. Cuando sale al pasillo se cruza con uno de los hombres. Tiene la cabeza embotada, le cuesta recordar si es uno de los que iban solos o por el contrario si tenía pareja.


Él se fija en ella, la observa con admiración. Va con el batín puesto en dirección a las escaleras, seguramente va abajo a tomar un tentempié o a por alcohol. O a visitar la bandeja esa que te coloca en un estado parecido al que ahora vive Lola. Los dos se quedan parados observándose, sin decir palabra, hasta que ella toma la iniciativa cogiéndolo de la mano y lo mete en una habitación. Ya hay otra pareja allí. Cree reconocer a una de las chicas de compañía contratadas y al hombre que no le resultó físicamente atractivo cuando los presentaron. Da igual, la habitación es grande y el suelo está enmoquetado. La chica cabalga al hombre. Ambos les dirigen una mirada y se detienen un momento para luego continuar a lo suyo.


Lola le abre el albornoz al hombre. El pene cuelga como un péndulo cabeceando de un lado a otro. Es largo y grueso y está flácido. Comienza a masturbarlo, al principio infructuosamente. Debe haber tenido actividad porque le cuesta trempar. Ella añade a la acaricia de sus dedos a la de sus labios. El pene consigue llenarse de sangre. Le cuesta abarcarlo y solo puede tener una parte en su boca. El tipo está bien dotado. Demasiado bien, piensa ella que sin embargo se las ha ingeniado para dejarle la verga resbaladiza. El tipo mira hacia el cestito donde están los preservativos e inicia un movimiento para ir a coger uno. Ella se interpone en su camino poniéndose a cuatro sobre la moqueta y muestra impúdica su culo y su sexo desde atrás, separando las piernas y agachándose exactamente igual que lo haría una perra en celo. El reclamo es burdo pero efectivo. El hombre se acerca, la acaricia y ella pega sus nalgas contra esa verga que parece una porra de policía. Al contacto se le antoja todavía más grande de lo que ve, tiene los sentidos un poco embotados y se pregunta si no estará distorsionando la realidad, pero el contacto entre sus posaderas, en sus muslos y contra sus labios vaginales le dice que no, que aquello es tan grande como parece. Pronto nota la punta intentando dilatarla y abrirse paso. Tiene la vulva muy sensible, irradia calor y también ganas y deseo. Sueña con quedar embarazada, conseguir su objetivo, pero ahora es un sueño libre y no amarrado a las consecuencias que de ello derivan, es como si no estuviera la vida real sino en una paralela, donde nada de lo que haga está mal ni puede ser cuestionado. Se siente en una nebulosa y empuja a su vez hacia atrás para conseguir meterse el pollón en su interior. Esta mojada por dentro y por fuera y eso facilita las cosas. Pronto aquella barra de carne se desliza adentro y afuera, ella tiene la impresión de que no le cabe entera, la punta da en el fondo de su vagina y cree sentirla golpear en el cuello del útero. La dilata y nota como roza por todo su interior, pero no siente molestia, al contrario, la inunda un placer que en ese momento ya no es culpable, desinhibida por todo lo que ha tomado se limita a sentir, no a pensar, y de ese modo consigue mantener la desconexión entre su cerebro y su corazón.


Más empujones, más placer. Intenta adoptar una postura que le facilite un ángulo de penetración más cómodo y placentero pero el hombre ya la maneja a su antojo. Lo ha calentado y ahora ya solo piensa en su propio goce. La toma de las nalgas y la penetra una y otra vez sin consideración, aumentando la frecuencia y el empuje hasta que finalmente se corre. En ese momento no tiene una sensación de que un gran tamaño vaya asociado a una gran cantidad de semen, de hecho, no nota que la corrida sea especial. Siente gusto, eso sí. Por un lado el interior de su vulva está como adormecido, como anestesiado; por otro siente un placer que le sube por el vientre y le llega hasta la garganta después de cruzar por su pecho. El tipo ha terminado y aun así le da otro par de embestidas, la última demasiado fuerte, haciendo que ella caiga de bruces sobre la moqueta. Cuando la verga abandona su sexo se da cuenta de lo dilatada que está y ahora sí, percibe cómo el esperma chorrea fuera de vagina.
 
Durante unos momentos se queda traspuesta como si fuera a desmayarse, pero rápidamente se recupera y está de nuevo en tensión. El hombre se limpia con el albornoz y se la queda mirando, ahí tirada, con el muslo ligeramente flexionado, su culo a la vista y coño derramando semen. Para el tipo debe ser una visión que se grabará a fuego en su retina y está segura que jamás podrá olvidar.


¿Y ella? ¿Podrá olvidar ella? eso no importa ahora, no va a romper el éxtasis que la posee y que es su mejor aliado para conseguir el objetivo que se ha planteado. Se levanta y sale de la habitación. Las imágenes bailan en su cabeza, le cuesta asentarse en el espacio, se tambalea…Las paredes parecen curvarse, el pasillo se transforma en una especie de cueva con una tenue luz al final. Lola camina hacia ella como si caminara hacia la salvación. Parece deslizarse sobre las alfombras que cubren el suelo de madera. Llega a la sala que hay al fondo donde oye una música relajada, ve copas, alguna botella tirada por el suelo y una bandeja con droga. Cree contar hasta cinco personas enredadas sobre la moqueta.


Alguna mirada le indica que su presencia no ha pasado desapercibida. Se observa a sí misma, sucia, sudorosa, un mechón pegado a la cara, húmeda por dentro y por fuera. Una extraña excitación la recorre mientras ve a los cuerpos acariciando, tocándose, penetrando, chupando. La máquina del sexo no se detiene por ella, cada uno vuelve a lo suyo y eso le agrada, no está allí para sentirse protagonista de nada. La piel se le pone de gallina a la vez que un leve mareo la hace flotar sobre la moqueta. Nota los pezones duros, un cosquilleo entre sus piernas… nunca ha tenido su vulva tan sensible, pareciera que tiene vida propia y que con esos calambres y ese palpitar placentero tratara de atraer nuevos falos que la penetren. En ese estado de gracia en el que se encuentra, en ese mundo donde todo vale, no necesita fantasear ni disociar, solo dejarse ir. En el espacio que habita en ese preciso instante no caben los remordimientos, ni la mala conciencia, solo cabe el ahora, contenido entre los muros de esa habitación y por supuesto, el objetivo final que refulge como un faro en una noche oscura.


Hay tres hombres y dos mujeres así que se acomoda entre los cuerpos, reclamando una de las vergas para sí misma. Una de las hembras está siendo penetrada en la postura del misionero, con la cabeza girada a un lado se agarra con los dedos y los labios al miembro de uno de los hombres que está arrodillado. Es esta la verga que intenta arrebatarle Lola pero ella no la suelta, se ve que es una de las mujeres casadas que disfrutan de un doble gusto, tanto por recibir de un extraño como por el morbo de estar comiéndosela a la vez a su pareja, una situación tan tabú que la rompe de gusto. Sólo con la llegada de su orgasmo afloja la presión y permite escapar el falo de su marido, que completamente lleno de saliva y escurridizo, pasa sin transición de su boca a la vagina de Lola que se abre de piernas para él. No desea preliminares ni juegos, agarra de las nalgas al hombre forzándola a golpearla fuerte y profundo.


A estas alturas todo es un picadillo de carne y deseo aliñado con morbo, donde nadie pregunta nada, solo se dejan ir. Si el hombre la nota húmeda de semen ajeno no lo dice, ni parece importarle. Como tampoco nadie parece darle importancia a que a esas alturas de la noche ningún hombre utilice preservativo, por lo menos en aquel grupo, aunque Lola sospecha que en todas las habitaciones de la parte alta de la casa sucede lo mismo. Todos han decidido confiar en el aspecto saludable de todos, y también en el control que las mujeres puedan tener de su propia fecundidad. En aquel mundo de deseo y pecado donde todo parece perfecto, no hay lugar para la duda, para el error o para las consecuencias de una imprudencia. Lola comprende que para eso paga esa gente, para tener un lugar y un espacio donde todo vale y donde deciden no preocuparse por nada, donde las reglas desaparecen y la moral no existe. Ella ahora se siente parte de todo eso. Ha encajado con la precisión de un engranaje de reloj, solo tiene que dejarse llevar. Y ese estado de euforia, de insensatez auto inducida, es el tobogán que le permite deslizarse hacia la deseada concepción.


El hombre se corre con un gemido ronco y profundo. Lola experimenta algo parecido a un orgasmo, es como un placer permanente que no se le baja, que no desaparece. Su sexo está hinchado pero no siente dolor ni molestia, está tan lubricado y mojado que nada le incomoda. Pasa a otras manos, otro cuerpo la posee, otra polla la penetra ahora a cuatro piernas. Cada golpe que la hace temblar entera, cada empujón que hace botar sus pechos atrás y adelante, es un aguijonazo de gusto. Se le vuelve a ir la cabeza, tiene algunas visiones, todo se desenfoca. Cree recordar que ha bebido, sedienta, y que alguien le ha dado una pastilla. No está segura pero todo parece estallar en colores que brillan a su alrededor, como pequeñas luces que la ciegan, que se encienden y se apagan ¿Ha tomado LSD? Ya no sabe lo que ha tomado y lo que no.


El hombre finalmente sale de ella y Lola cae sobre su vientre. Debería estar rendida pero no nota cansancio, todo lo contrario, su fuego no se sacia. No sabe si el hombre se ha corrido, supone que sí, en los dos últimos polvos tampoco es consciente de haber llegado ella misma al orgasmo, aunque ha tenido una sensación muy parecida. Su vulva es una amalgama de calambres, de gozo, tensión y humedades. La sensibilidad es brutal, nunca había experimentado nada igual. Irradia ganas, deseo que se escurre en forma de humedad, manchando sus labios, su perineo, sus muslos. El tiempo se distorsiona, no sabe si ha pasado un minuto o una hora porque todo el tiempo se contrae y se expande a la vez que sus sentidos se afilan, y no sabe muy bien distinguir lo que siente realmente de lo que imagina.


Un nuevo flash: está encima de otro individuo, lo cabalga sentada del revés mientras alguien le pega el miembro a su cara y ella lo chupa. Esta vez estalla en un orgasmo (o eso le parece) antes de que su cerebro tenga un apagón. O, mejor dicho, una desconexión con la realidad, porque su mente sigue bullendo a mil por hora.


Transcurre lo que parece una eternidad en la que ella navega en una lancha fueraborda, saltando por las olas a toda velocidad, recibiendo la espuma salada sobre su piel, con el viento en su cara y en su pelo, llenándolo de sabor a mar y arena. Cree ver ponerse el sol e intenta abrir los ojos, despertar le cuesta. Lo consigue solo parcialmente, para verse en una de las habitaciones, tendida en una cama con la primera pareja con la que estuvo. Están los tres abrazados y la dama le acaricia el pelo. Ella se deja mimar. Ahora siente un profundo cansancio. Es hora del bajón. Su cuerpo reacciona al encanto del mimo y busca el calor del cuerpo del hombre, apretando sus glúteos contra sus muslos. Nota un sabor salado en los labios. Le cuesta reconocer sus propias lágrimas surcando la cara. No trata de contenerse, hunde el rostro en los pechos de la mujer y se abraza ella. Las dos se apagan entrelazadas como si fueran solo una.


Lola sueña que es una madre que abraza a su hijo y a la vez ella misma es abrazada por una progenitora cariñosa, delicada, que le transmite todo su amor a través de contacto, piel contra piel, latido contra latido. Hasta donde recuerda, su madre siempre fue bastante despegada, se preocupó por ella, la cuidó, pero no era cariñosa. Se pregunta si alguna vez lo fue de joven, si de recién nacida la acunó con amor, si hubo en algún momento en que se conmoviera por tenerla entre sus brazos. Cae en círculos concéntricos, se siente flotar siendo hija querida y a la vez madre amorosa, todo se cierra en un bucle donde por fin la vida es perfecta.


Es un rayo de sol que se filtra a través de las gruesas cortinas el que la devuelve a la realidad. Está amaneciendo. Le duele la cabeza y tiene la boca seca. Se levanta y se estira dolorida, ya ha pasado el efecto del paracetamol en forma de humo y líquido. La mujer se despierta a su lado, está despeinada y desmaquillada, pero es guapa. Igual que ella, se ha quitado la máscara para dormir. Las dos se miran ahora sin careta, directamente a los ojos. Una súbita urgencia impulsa a Lola a irse. No tiene cuerpo para nada y sin la anestesia de los fármacos y la bebida se ve incapaz de copular una vez más. Le cuesta distinguir la realidad de lo que pasó anoche realmente y cree que es mejor así. Prefiere no ser consciente de lo que hizo ni de lo que sintió. Prefiere no plantearse preguntas, solo hay una respuesta que le interesa y esa no la sabrá hasta que no vea si le llega o no la próxima regla. Se levanta y se dirige a uno de los baños. La mujer la toma de la mano y la acompaña. No intercambian ni una sola palabra, se limita a meterse bajo la ducha y a dejar que el agua la limpie por dentro y por fuera. La mujer se ducha con ella. Permite que sus manos la recorran, la enjabonen, le quiten toda la capa de sexo y vergüenza que ha acumulado durante la noche. Se envuelven en toallas y vuelven a la habitación. Lola toma la máscara y duda un instante hasta antes de ponérsela.


- Gracias por estar ahí - le dice a la mujer.


- Gracias a ti por venir, nos ha gustado mucho conocerte ¿te veremos en otra ocasión?


- No lo sé.


- No tiene por qué ser aquí. Quizás esto ha sido demasiado fuerte para la primera vez. Si quieres contactar con nosotros solo dile a Eduardo que tienes un mensaje para Lucía. Él se ocupará de todo.


Lola asiente y le da un beso en la mejilla. Luego se pone la máscara y va hacia el vestidor. Sus cosas están donde las había dejado anoche. Se viste pero no se molesta en maquillarse. Abajo, la misma chica y el mismo Batman siguen de guardia. Le preguntan si quiere desayunar. Ella contesta que solo un zumo de naranja y un croissant relleno que deja a medio comer, el estómago no se lo admite, pero bebe tres vasos de zumo con avidez. Se asoma a la ventana y ya a la luz del día, comprueba que el 124 sigue allí. Pablo se ha negado a irse.


- ¿Podrían llevarle un café a mi chófer?


- No se preocupe señora, su chófer ya ha desayunado - le dice la chica con una sonrisa amable.


Ella se lo agradece y le tiende un billete.


- Gracias señora.


Cualquier camarero se hubiera vuelto loco con aquella propina pero la muchacha parece acostumbrada.


Lola sale al exterior. Echa muy de menos sus gafas de sol porque este la encandila, como el reflejo de la nieve a un oso recién salido de la hibernación. Pablo sale del coche. Le echa la radiografía rápida con ojo clínico. Cansada, con cara de necesitar diez horas de cama mínimo, deslumbrada y pálida pero tranquila. Sana y salva, al fin y al cabo. Le abre la puerta y ella se acomoda.


- Gracias Pablo. No tenías por qué haberte quedado toda la noche.


- Venimos dos y nos vamos dos - sentencia él por toda respuesta como si fuera lo más natural del mundo. Con la misma naturalidad que calaba bayoneta y se lanzaba contra las posiciones enemigas a una orden del mando en Sidi Ifni. Simplemente era lo que había que hacer. Para eso estaba allí. Pues aquí lo mismo.


Vuelve más lentamente, consciente de que la mujer no está para soportar un rally por aquellos caminos. No hay prisa. De vez en cuando mira por el retrovisor y la ve echada a un lado, dormitando. Ya en la carretera general acelera un poco, no mucho. Prefiere no despertar a su pasajera. Tarea inútil porque una voz ronca lo sobresalta sacándolo de sus pensamientos.


- Pablo, me gustaría saber qué piensas de mí.


- No tengo opinión, me limito a ser su chófer.


- Eso es muy amable por tu parte, pero sí tienes opinión y me gustaría conocerla.


El vacila. Ella puede leer la duda en sus ojos a través del retrovisor.


- No negaré que me extraña ver a una mujer como usted metida en estos jaleos.


- Hay algo que no te cuadra ¿verdad?


- Sí, eso es. Hay mujeres que hacen esto por dinero, otras por vicio, otras simplemente por contentar a sus maridos. Algunas de las que vi entrar anoche y que he visto salir esta mañana tienen pinta de tener una vida regalada y entiendo que quieran mantenerla, aunque para eso tengan que participar en este tipo de juegos haciendo como que a ellas también les gusta. Pero usted...


- Yo no encajo en ninguna de esas descripciones.


- No.


- Y te preguntas entonces porque lo hago.


- Usted no tiene por qué dar explicaciones a nadie de lo que hace.


- A ti me gustaría dártelas, pero no puedo. Hay un motivo y como has adivinado no es ni por dinero ni por vicio. Ojalá algún día te lo pueda explicar. Ojalá sea en tu chiringuito delante de esa sangría que tan bien preparas.


- Ojalá - repite él - Pero no tenga prisa. Yo estuve dos años en la guerra en el Sáhara y un año más de legionario en Melilla. He visto y también he hecho cosas que preferiría olvidar. No soy, como comprenderá, el más indicado para juzgar a nadie. Si se siente mejor dándome cuentas de sus motivos, adelante. Si no, no se preocupe, puedo pasar perfectamente sin ellas.


Ella le sonríe. Antes de amorrarse le pone la mano en el hombro y se lo aprieta en un gesto de complicidad. Luego se acomoda de nuevo y ya no habla más.


Lola vuelve a la realidad. Su hijo la mira con sorpresa y expectación, como animándola a terminar el relato pero a la vez temiendo la conclusión.


- Esta vez, cuando fue tu padre a recogerme al aeropuerto, las cosas fueron más fáciles. Yo me cogí de su brazo y me dejé llevar al coche. Le tomé la mano mientras conducía hacia casa. De vez en cuando me soltaba porque la necesitaba para cambiar de marcha o para sujetar el volante con las dos manos, pero luego volvía a buscar la mía. Esa noche no hicimos el amor pero dormimos abrazados. Unos días después tuve mi primera falta. Estaba muy nerviosa. Pasaron los días y seguía sin venirme la regla. Cuando me hice la prueba de embarazo dio positiva. Lloré de felicidad: tú ya estabas en camino. Los siguientes meses fuiste mi prioridad absoluta, no quería por nada del mundo perderte y seguía al pie de la letra todas las recomendaciones del médico. La gente me felicitaba a mí y a Rafael. Él lo aceptaba. No se le veía muy entusiasmado pero hizo su papel. A mí me importaba muy poco que la gente me diera la enhorabuena, nadie podía entender lo que tú significabas para mí.


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Casi enseguida se arrepiente de haber usado esta expresión.


- Bueno no quise decir eso. Tú eres nuestro hijo. Siempre lo has sido.


- ¿No sabes quién es mi padre ¿verdad? Fui concebido en una orgía...


Lola permanece en silencio, dando una dolorosa otorgación a las palabras de su hijo.


- Jamás sabré quién era mi padre.


- Es mejor así Julen. Sólo hay una persona que te deseaba y era yo. Y solo hay una persona que estuvo dispuesta a ser tu padre y fue Rafael. Los demás no cuentan. No necesitas conocer a tu verdadero padre, no necesitas decepcionarte ni hacerte daño. Tienes a alguien que siempre te ha querido y alguien que veló por ti cuando eras más vulnerable ¿No es eso suficiente? Hay hijos que desearían no tener padre. Créeme que hay hombres muy malos en el mundo.


- Y eso ¿cómo puedo saberlo? ¿Cómo puedo saber si es mejor no haber conocido a mi padre? Tendría que poder decidir ¿no te parece?


- Julen, no es posible. Jamás volví a Málaga, de eso hace muchos años y no sé la identidad de ninguna de aquellas personas. No podríamos encontrarlos y si lo hiciéramos ¿qué crees que pasaría? ¿Cómo crees que reaccionaría un hombre de ese tipo sabiendo que tiene un hijo no deseado? Sabiendo que yo...


- ¿Que tú los utilizaste? - termina la frase Julen.


Ella se acerca y le toma el brazo.


- Créeme, no necesitas saber quién es tu padre, solo necesitas saber quién eres tú y quiénes son los que te quieren. Hijo, construye tu felicidad, tu propia familia y olvida todo lo que pueda hacerte daño, deja atrás ese lastre. Céntrate en el futuro. Tú quieres a Marisa y ella te quiere a ti. Esa chica y yo no nos llevamos muy bien pero jamás me interpondré entre vosotros ¡Sé feliz, tú puedes!


Él se levanta airado. Se creía preparado para escuchar la verdad fuera cual fuera, pero ahora está tan disgustado consigo mismo como con su madre. No es capaz de asimilar que fue engendrado en una orgía.


- Adiós madre.


- Julen ¿estás bien hijo?


- Estoy perfectamente - responde con todo irónico antes de cerrar la puerta tras de sí y encaminarse a buscar a su novia.
 
Y Rafael el gran ausente, no es nadie en su historia, ella lo deja claro, es su hijo, no nuestro hijo, se empieza a entender el divorcio, cada vez un clavo en el ataúd de Rafael, un comentario que lo ignora, una decisión justificada por que es "su hijo", en fin, nada nuevo bajo el sol...
 
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