- Y ¿cómo te recibió Rafael?
Lola se sorprende al oír la voz de su hijo. Mientras le ha relatado esta parte de la historia ha permanecido mudo, en silencio, asimilando cada detalle, cada palabra, cada gesto de ella. Tan en silencio que ha llegado a olvidarse de que estaba ahí y lo ha contado como si fuera para ella misma, sin medir nada, dando todos los detalles, en una conversación como nunca hasta entonces había tenido ni con su hijo, ni con nadie.
Ayer la llamó y le anunció que iría a visitarla. Tal y como había pronosticado Miguel, era ya inevitable que se tuviera que enfrentar a la disyuntiva. Había tensado demasiado la cuerda y ahora se preguntaba si en su afán por proteger a su hijo no había hecho mal. No se puede proteger a nadie de la verdad, esta al final te alcanza y a veces lo único que consigues es que te pille indefenso. No sabe si eso es lo que ha pasado con Julen, ha estado absorta en su historia y no se ha fijado en el efecto que cada una de sus palabras hacía en su hijo. Pero está dispuesta a agarrarse a la esperanza de que la entienda y de que también la perdone, porque quizás ella buscó la opción más cómoda con la excusa de protegerlo. Es posible que Lola también evitara enfrentarse a sus actos ante la única persona que realmente le importaba en esta vida, ante la única cuyo juicio le podía hacer daño. Ahora tendrá que enfrentarse a ese juicio, pero para eso debe terminar la historia, esa historia que también pertenece a su hijo y que él devora ensimismado, atento porque quizás no se creía que su madre realmente fuera a contarle la verdad con tanto detalle.
Cuando llegó esta mañana no las tenía todas consigo. Ella le había dicho que respondería todas sus preguntas, que estaba de acuerdo en que por fin tuvieran esa conversación que le debía, pero que por favor no trajera a Marisa, que eso quedaba solo entre ellos dos. Julen pareció contrariado.
- Entre mi novia y yo no hay secretos - le contestó en forma de puya dolorosa.
Pero ella no quería allí a aquella niña, no en ese momento en que se tendría que desnudar ante su hijo.
- Me parece bien. Tú puedes luego relatarle todo lo que yo te diga, si eso es lo que deseas, pero esta conversación es entre nosotros dos. Si quieres que te lo cuente todo necesito estar a solas contigo.
Y allí estaba, haciendo por fin la primera pregunta. No le pasa desapercibido que él ya no se refiere a Rafael como su padre, sino sólo como Rafael.
- ¿Que como me recibió? Pues encontré a un hombre que parecía haber envejecido. Tenía alguna cana, ojeras, cara de cansado, como si llevara una semana sin dormir, pero allí estaba: de pie en el andén, diría que incluso en el mismo sitio donde me despidió, como si no se hubiera movido de ahí en todo este tiempo. Se había arreglado y llevaba uno de sus trajes que a mí tanto me gustaban, pero parecía bailar dentro, se le notaba más fatigado que incómodo. No me hizo ninguna pregunta, se limitó a dejarse a abrazar y cuando le pregunté cómo estaba simplemente me dijo:
- Vámonos a casa.
- No quiso saber nada de lo que yo había hecho en la costa, con cuántos hombres había estado, si alguno me había gustado… no me inquirió absolutamente nada. Yo traté de recuperar la normalidad, de ser su mujer como siempre, de atenderle, estar pendiente constantemente de él, pero la primera semana apenas despegaba los labios y contestaba a todo con monosílabos. Poco a poco conseguimos recuperar una cierta apariencia de normalidad, también en los sentimientos.
>> Yo me acercaba a él todas las noches, lo abrazaba, lo acariciaba, pero él no respondía. Hubieron de transcurrir varios días hasta que me devolviera los besos, hasta que fuera él, el que buscara también mi contacto, el que me envolviera con sus brazos.
Una nube cruza por la cara de Lola. Los recuerdos duelen. No obstante, se recupera y continúa explicando a su hijo la historia.
- Pasaron las semanas y me llevé un gran disgusto, un gran revés. Todo aquello no había servido de nada. Me llegó la regla y pude confirmar que no estaba embarazada. Cuando se lo dije a Rafael, casi aguantando el llanto, lo vi torcer el gesto con dolor. Aquello significaba que había que volver a repetir, pasar otra vez por lo mismo, pero tu padre… ¡sí, tu Padre! porque así lo consideraba yo al ponerse de mi lado y al consentir todo aquello, me consoló. Buscó palabras de ánimo, pero fueron sobre todo sus abrazos y sus besos los que hicieron que yo no me viniera abajo. Me vio tan afectada que debió pensar que me hundiría y que al hundirme me perdería para siempre, de modo que reaccionó. Esa noche hicimos el amor. Llevábamos muchos días sin tener sexo y yo me sentí extraña al principio, pero luego me negué a abandonarme al dolor y a la frustración, me negué a comportarme como me había comportado con aquellos hombres con los que había mantenido sexo, dejándome penetrar y evadiéndome del acto. Me forcé a buscar placer, me obligué a hacerlo disfrutar. No fue el mejor sexo que habíamos tenido, pero fue un reencuentro y fue sanador. Volvimos a ser una pareja normal.
<< Pero los días pasaban y había que tomar una decisión. El siguiente mes nos lo tomamos de descanso para pensar y para tranquilizarnos, y al otro yo le dije que quería planificar un nuevo viaje. Quizás sería mejor para no estar tanto tiempo separados, que me quedara en casa para poder reencontrarnos cada día. Podría organizarlo para ir a Madrid, pero él se negaba, supongo que con buen criterio.
- Tiene que ser algo que podamos dejar de lado una vez que ocurra y eso en Madrid, por muy grande que sea, no está garantizado. Quiero que hagas todo lo que tengas que hacer y puedas olvidarte después, sin que el pasado nos alcance. Tiene que ser algo que quede enterrado, bien enterrado lejos de aquí.
Lola sonríe con amargura.
- Entonces todavía creíamos que esto no nos pasaría factura, que sería tan sencillo como guardarlo en un cofre, echarle la llave y tirarlo al mar donde nunca nadie lo encontraría. Nuestras decisiones siempre nos acompañan - añade melancólica y quedándose un rato abstraída, mascullando penas pasadas y presentes.
- En fin - continúa cuando se repone – quizás, hijo mío, tú sepas hacerlo mejor, por eso te cuento todo esto. Lo cierto en es que en aquel momento me ayudó mucho que tu padre adoptara un papel más activo. Me sentí comprendida, acompañada, aunque no le gustaba, aunque le dolía, me sentía querida por él porque sabía que todo aquello lo hacía para no perderme, tan importante era yo en su vida. Su actitud en esos días y en los que siguieron me ayudó mucho, porque yo no sabía si sería capaz de perdonarme a mí misma si él no hacía.
Lola mira a su hijo. Sus ojos se iluminan un momento contemplándolo.
- Había esperanza – dice muy despacio sonriéndole.
- Así que dos meses después aterrizaba de nuevo en Málaga. Esta vez tomé un avión desde Madrid. No me gustaba volar, pero no quería hacer otro largo e interminable viaje en tren. Elegí el mismo hotel. Me pareció mejor ir a lo conocido. Habían cambiado al recepcionista y apenas reconocí a casi nadie del servicio. Tampoco es que me hubiera fijado mucho en sus caras y si alguien se acordaba de mí, no pareció indicarlo. Supongo que pasaba tanta gente por allí que incluso una chica como yo, joven y guapa, sería olvidada a las pocas semanas.
<< El único que si me reconoció y que se mostró contento y alegre de verme de nuevo fue Pablo, el camarero del chiringuito.
- Hombre, doña Lola ¿usted por aquí? ¿Qué pasa? ¿Que echaba de menos mis espetos y mis combinados?
- Claro que sí, Pablo. Anda, ponme una cerveza de esas que tiras tan bien y unas sardinitas, ya que lo dices.
Lola se detiene un momento. Preocupada, mira a su hijo: si lo que sucedió en el primer viaje le ha podido afectar, en el segundo todavía tiene cosas que contar, cosas más preocupantes y delicadas. Lo ve sereno y decide que no es momento de echarse atrás. Si se va a sincerar debe continuar. Lo hará hasta donde ella vea que es necesario.
Lola rememora todo, hasta los más mínimos detalles que cree recordar, pero no todo se transforma en palabras. Hay cosas que no considera necesarias, detalles que no aportan más conocimiento a la historia y que se guarda. Es necesario que su hijo sepa pero no que resulte más afectado de lo necesario. A partir de este momento cuida más lo que sale por su boca.
Recuerda aquel mediodía en la playa, con la presencia de Pablo, aquel camarero de piel rendida por el sol y por mil azares que él no cuenta, pero que lleva escritos en sus cicatrices. Un tipo patibulario que, sin embargo, es el mejor en su oficio y por algún motivo le tranquiliza tener cerca. Hombre de sonrisa fácil, moreno, fibroso, muy delgado, tatuaje de legionario en el antebrazo y el mejor camarero que la haya atendido nunca. No le pregunta qué hace de nuevo allí, se limita a atenderla, a contarle un par de chistes que la hacen reír y esperar que sea ella la que le pida lo que le tenga que pedir, ya sea un calmante en forma de licor para la ansiedad, comida para satisfacer el apetito, un chascarrillo que la haga reír o simplemente un oído que la escuche.
Se permite pensar, divertida, si no sería un buen candidato. Pero enseguida rechaza la idea, su mismo estómago protesta provocándole un pequeño mareo. No por su aspecto, ni por su condición, sino porque ha establecido un vínculo con él de amistad y por tanto eso lo excluye totalmente. No quiere empañar uno de los pocos buenos recuerdos que tiene de Málaga.
Da buena cuenta de la comida y se relaja tomando de postre un vino dulce frio, mientras mira la espuma de las olas vestir la orilla de plata. Esta vez se sorprende más tranquila, con menos nervios, planificando mejor. De la misma manera que Rafael, una vez pasado el dolor inicial, asume y se muestra activo para acabar con aquello cuanto antes, ella decide hacer igual. Si su marido ha superado lo que a ningún marido se le puede pedir y ha demostrado estar de su parte, Lola tiene que hacer lo mismo: endurecerse, ser práctica y salirse con la suya para conseguir su objetivo y poner fin a esta situación.
Ha consultado al especialista y ha leído revistas sobre el tema. En su caso es capaz de prever con bastante exactitud sus días fértiles. Ahora también sabe que todo depende, no solo del número de veces que copulan, sino también de la cantidad de semen, de la concentración de espermatozoides que haya en él y de lo activos que estos sean. Pero eso no puede preverlo sin una analítica, así que tiene que confiar en tener sexo todos los días que pueda, repitiendo cuando más veces mejor. Que esté tranquila y relajada también es un factor que puede influir, así como que sea capaz de llegar al orgasmo. Las contracciones del cuello del útero y de la vagina cuando una mujer orgasma, facilitan el camino de los espermatozoides hacia el óvulo atrayéndolos. Eso ha leído. Pero ¿cómo puede ella llegar al orgasmo en una situación así? ¿No sería una traición a su marido? Como si esto no fuera ya suficiente traición, aunque él esté de acuerdo.
Decide que hará todo lo que tenga que hacer para facilitar la concepción. No hay nada peor que tener que repetir esto una y otra vez. No se imagina a sí misma durante todo un año haciendo esto. Rafael no lo soportaría y ella tampoco, así que pondrá todo su parte. No sabe en qué tendrá que pensar ni cómo podrá hacerlo para sentirse lo suficientemente excitada como para llegar al orgasmo, pero pondrá empeño.
Decide que empezará de nuevo por el Airport buscando extranjeros. El último día antes de irse le habían dejado una nota en recepción. Fue el hombre casado con el que mantuvo relaciones en la playa. Como quiera que sea había averiguado cuál era su habitación. Seguramente dejando una buena propina. En la nota estaba su teléfono para que lo llamara.
- Puedo viajar - le explicaba - y me gustaría volver a verte.
No es esa la situación que ella quiere aunque decidirá sobre la marcha que candidatos selecciona y cuáles no. Tampoco va a volver sin haber tenido sexo con nadie, pero en caso de poder elegir, seguirá el plan original. De la misma forma que ese tipo tuvo acceso a su número de habitación, quién sabe si con una propina más grande no hubiera podido acceder a sus datos personales. A partir de ahora, a la vez que se vuelve más promiscua y atrevida en sus propuestas para garantizarse a un buen candidato en la cama, también extremará las precauciones.
Esa noche se viste y se arregla como las otras veces: en esa combinación de hermosura y clase, de atrevimiento pero con distinción que la caracteriza. Sin embargo, la primera excursión no resulta bien. El Airport está menos concurrido de lo que ella recordaba en la última ocasión. Poco extranjero, muchas parejas y los hombres que acuden solos resultan ser malos candidatos. Aquellos cuyo aspecto le repele o cuyas formas le provocan rechazo, son los únicos que se acercan espantando a los dos o tres únicos candidatos que considera viables, que al verla sola y provocativa en aquel sitio, confunden sus intenciones creyéndola una mujer de la vida. El único al que se atreve a entrarle, ya decepcionada y aburrida, la rechaza con una mirada y un gesto casi soez. No demuestra ser muy inteligente. Todo fachada por fuera pero por dentro un asco de celebro y de perjuicios. Todavía le queda mucho recorrido a España para que una mujer pueda salir sola sin que la miren como una cualquiera.
Enfadada, decide volverse al hotel. Pide una botella de champán y se bebe media en la habitación, sola, simplemente observando la luna sobre un cielo despejado reflejarse en el mar. No le gusta haber perdido una noche pero puede trastocar su enfado en descanso y tranquilidad. Debe serenarse y centrarse en lo que ha venido a hacer, aceptando que a pesar de su decisión y de su físico habrá veces que las cosas no salgan bien. La noche siguiente prueba de nuevo suerte e insiste en el Airport.
La prisa o quizás el miedo a fracasar de nuevo (porque el ambiente esa noche no parece muy diferente de la anterior) la empujan a aceptar que la invite un rubio ya maduro. Parece simpático y agradable pero está algo pasado de copas y no parece atinar muy bien con la forma correcta de tratarla. Físicamente le da un aprobado, no mucho más. En condiciones normales no se iría con alguien tan achispado que incluso en alguna ocasión se le traba la lengua, pero la urgencia la empuja a no desaprovechar oportunidades. Cuando llegan a su hotel la cosa empeora. En la cama el hombre se amodorra y el premio de su cuerpo lozano y envuelto en cara lencería no parece suficiente para mantenerlo espabilado. Lola ha calculado mal. Ese tipo ha bebido más de lo que parecía y aunque pone interés, parece que su cuerpo lo que le pide es más sueño que sexo. Intenta penetrarla pero la tiene flácida. Ella lo tumba boca arriba y hace algo que hasta ahora no había hecho más que con Rafael: le succiona el miembro. Durante un rato, en una combinación entre masturbación y mamada, se lo trabaja hasta que consigue que la tenga del todo erecta y entonces se sube sobre él.
- Preservativo….- murmura el hombre con los ojos cerrados.
Debe esperar que ella lleve alguno porque no hace ningún esfuerzo por levantarse y buscar en su habitación. Lola lo ignora y sigue cabalgándolo. El hombre no existe, se deja hacer. Se limita a dejarse follar y emitir un jadeo ronco, interrumpido alguna que otra vez por un eructo alcohólico. Lola recuerda que el orgasmo propio favorece la concepción y trata de concentrarse. El panorama no es muy prometedor: va a necesitar mucha imaginación y mucho estómago. Cierra los ojos a su vez y se imagina que está con su marido de vuelta, ya embarazada. Nunca más tendrá que acostarse con otro hombre y ambos lo celebran follando intensamente, contentos y perdonándose todo, para luego echar esos días al baúl del olvido definitivo. Al principio le funciona, pero la evocación de su marido hace que se le vuelva a bajar la libido. Su mente enseguida se lo imagina solo, durmiendo en su cama, dando vueltas y despertándose sobresaltado, mientras ella a casi setecientos kilómetros copula con un desconocido medio borracho.
- Prueba con otra cosa – se dice Lola - ¿qué cosas te excitan, en qué piensas cuando te masturbas?
Hay algo que le viene a la cabeza, algo lo que llevaba mucho tiempo sin recordar. Tal vez años. Ella era muy jovencita. Aún no había trabajado de camarera pero sí en espectáculos de la noche. Cabaret y variedades. Recuerda un pequeño espectáculo musical en un local de la noche de Madrid, en La Cava Baja, donde acudía gente con posibles de la ciudad y también turistas. Ella no cantaba, simplemente formaba parte de un grupo de baile que hacía algo parecido a un espectáculo de claqué, con pantalones muy cortos, zapatos de tacón y traje de frac con palomita. Un pequeño toque americano como introducción a otros números más nacionales. Uno de ellos era un guitarrista y cantante que tocaba ritmos aflamencados y rumbas. Se hizo muy popular en aquella época e incluso grabó varios discos. Moreno, con unos ojos oscuros que te miraban y taladraban, manos delicadas pero fuertes que tocaban la guitarra de una forma que a ella la hipnotizaba. Cuando tocaba de pie, hacía unos movimientos que provocaban en Lola lo mismo que en las chicas americanas cuando veían a Elvis Presley. Golpes de cadera y pubis que movía de un lado a otro con muslos poderosos. Hombros y bíceps bien formados. No tenía mucha pinta de hacer deporte ni de llevar una vida muy sana, se ve que lo suyo era genético. Tenía una constitución física envidiable, guapo y agitanado, una combinación que a ella le atraía mucho. La voz desagarrada y rota, siempre con un cigarro, muchas veces incluso cuando tocaba, envuelto en humo en el aire cargado del local, con una mata de pelo negro largo que le caía hasta los hombros.
Durante un tiempo fue su amor platónico aunque apenas se dirigieron la palabra. Ella era casi una niña. Él no la miraba como una mujer y Lola no se atrevía a hablarle. Fue después, un par de años más tarde, cuando tras estar un tiempo desaparecido de los escenarios en Madrid grabando disco y haciendo gira por el resto de España, volvió a tocar en la capital. Pero entonces ella ya tenía la mayoría de edad y algo más de experiencia en locales y vida nocturna. Consiguió reunir dinero para la entrada y aguardó cola de la puerta del sitio donde actuaba. Esperó allí en una calurosa tarde de verano hasta que abrieron las puertas. Justo un poco antes, él recorrió la cola con su guitarra, saludando y firmando autógrafos. Y ahí estaba Lola, todavía con sus sueños de quinceañera. Para entonces ya había visto más de lo que a una señorita de su edad le correspondía ver, pero aún seguía siendo virgen. Y todavía era capaz de esperar a su príncipe azul pensando que la vida podía ser maravillosa. Quizás ese sea uno de sus defectos, que no deja de creer en los milagros a pesar de que la vida se empeña en enseñarla. Pero bueno, aquella tarde el milagro sucedió. Rodolfo, que así se llamaba el tipo, la reconoció. Le pareció increíble que se acordara de ella, una chica entre cientos de las que habría conocido o con las que había compartido local, pero así fue. Se paró a saludarla, le dio dos besos y le preguntó si iba a ver el espectáculo. Ella admitió que sí, que había ido solo por él, que había estado ahorrando para la entrada. Entonces la cogió de la mano y la pasó por la puerta de acceso como si fuera su acompañante. No le costó nada entrar.
- Ahora lo vas a ver gratis - le dijo.
El tipo tenía una memoria prodigiosa. Se acordaba también de su madre. Le preguntó por ella y luego se dirigió al camerino (la actuación empezaba pronto), haciéndole una seña para que lo siguiera.
Lola no podía creer lo amable que estaba siendo con ella. Antes de entrar, le dijo al encargado del local que reservaran asiento en primera fila y luego pasaron al interior. El camerino era un hueco muy pequeñito, poco menos que una habitación. Desenfundó su guitarra y la preparó.
- Primero es ella – le aclaró – me da de comer.
Después ofreció un refresco a Lola mientras él bebía agua. Hablaba de su carrera y de lo que había estado haciendo esos dos años. Ella lo escuchaba embelesada. En un momento dado dijo que se tenía que vestir. No había biombo y preguntó si no le importaba. Ella contestó que no, sin ser muy consciente de nada, todo por seguir ahí con él unos minutos más. Entonces se quedó en calzoncillos, unos sleeps ajustados. Lola recuerda su cuerpo moreno, cubierto de vello, sus pezones (que por lo que sea le llamaron muchísimo la atención), su sonrisa, el cuerpo alto, prieto y macizo, sus manos grandes pero a la vez delicadas y precisas en cada gesto que hacían.
Cuando fue a ponerse el mono con el que actuaba, azul, repleto de lentejuelas a la espalda y con un escote en forma de v que le dejaba el pecho al aire, miró la hora y vio que todavía quedaban diez minutos para empezar, así que dijo que esperaría un poco más porque pegaba muchísimo calor.
- Unos minutos menos de tostadero vienen bien - comentó.
No sabe si fue premeditado o no. Está convencida de que sí. Él ya no la veía como la chiquilla aquella a la que apenas prestaba atención dos años antes, sino que veía a una mujer, a una jovencita en plena floración. Lo notó en su mirada, había cambiado. Había un punto de lubricidad, de atracción animal. Intentaba mantener las formas pero la miraba con deseo. Deseo que se materializó poco a poco en una erección de la que Lola fue muy consciente. De hecho, apenas podía apartar la mirada del paquete que había crecido y donde se marcaba un gran pene.
Él seguía como si nada, se mostraba amable con ella pero había una tensión entre ambos que se podía cortar con un cuchillo. A Lola no le había pasado nunca con ningún hombre, al menos estando él presente. Otra cosa eran los sueños húmedos de cama que su imaginación le proporcionaba, pero estar delante de un tipo casi desnudo y sentirse agitada, era algo nuevo para ella que no acertaba muy bien cómo comportarse, ni que tenía que decir, ni sí debía provocarle o mandarle alguna señal. Por mucho que aquel hombre le gustara era incapaz de ofrecerse así sin más, no estaba preparada. Ahora, sin duda, lo hubiera hecho. Ya de mayor no le cabe ninguna duda que habría tenido sexo con él allí mismo, que le había dado su virginidad, lo habría incluso esperado después para pasar la noche entera con él. Pero en aquel momento solo era una chica inexperta y confusa, incapaz de controlar sus emociones, ni siquiera de identificarlas.
De repente unos toques en la puerta rompieron el encanto y la magia:
- ¡Cinco minutos! - Gritó alguien. Y Rodolfo se puso el mono se miró al espejo, se atusó el pelo, cogió su guitarra y salió con Lola, llevándola de la mano, para dejarla sentada en una silla en primera fila antes de subir al escenario.
Apenas disfrutó de la música, se pasó todo el concierto inquieta, revolviéndose en el asiento con un sofoco y un picor que le recorría el cuerpo, notando sus bragas mojadas, sus pechos sensibles y su mente confusa. Cuando acabó la actuación ya no pudo acceder a él. Eran muchas las fans que querían un autógrafo, una foto o un beso. Se limitó a saludarlo en la distancia mientras él le decía adiós con la mano y le tiraba un beso. Después se marchó. Esa noche fue la primera vez que se masturbó pensando en él.
¿Debería haberse esperado? ¿Debería haber intentado quedar con él? muchas veces se ha hecho estas preguntas porque a partir de ahí ya no volvió a verle. Cuando reunió fuerzas y decisión para sacar de nuevo una entrada resulta que ya había terminado sus conciertos en Madrid. Imposible localizarlo. Supo que actuaba en otros sitios de España pero ella no podía viajar. Estuvo mucho tiempo lamentándose de no haberse quedado esa noche, de no haber intentado contactar con él de nuevo, de haber aprovechado esos minutos de intimidad que tuvo para deslizarle un papel con su dirección, con su teléfono, con el lugar donde podía encontrarla si él quería. No, no estaba preparada esa noche todavía para tener sexo, pero lo hubiera estado si él hubiese querido.
La decadencia del cantante fue rápida: en apenas un año sus discos parecían haber quedado anticuados y sus fans habían encontrado nuevos referentes. Su éxito fue como una estrella fugaz. Volvió al anonimato, a estar oculto, a hacerse invisible entre los miles de cantantes de feria o de espectáculo donde era imposible encontrarlo. Ese recuerdo la ha perseguido mucho tiempo y ahora ha conseguido que su mente se desvíe. Se imagina que en vez de aquel hombre borracho, tumbado y poco participativo, a quien tiene debajo es aquel tipo moreno y agitanado, que es ella la que toma la iniciativa pero el otro lo mira con ojos lúcidos, despiertos y lúbricos, como la miró aquella vez en el camerino mientras el bulto se formaba en su entrepierna. Se lo supone sorprendido mientras ella le arranca el slip y libera un miembro grueso y largo, con el glande descapullado asomando fuera del pellejo. Gordo como una seta. Ella se sienta encima y se lo introduce. Es Lola la que se lo folla con ganas hasta el fondo, sintiendo su vagina llena de verga. Combina el recuerdo con una vez que estuvieron comiendo ella y Rafael en las afueras del pueblo, en una venta donde tenían caballos. El dueño les enseñó las cuadras y pudieron ver a un potro montar una yegua. Esa verga grande, animal, penetrando sin consideración, sabiendo que la naturaleza había diseñado a la yegua para soportarlo, ese empuje, esa descarga brutal… todo esto se mezcla en su cabeza y consigue elevarla y aislarla del mundo, hasta que con sus dedos consigue llegar al orgasmo.
Recupera el sentido de donde está y ve que el hombre la mira asombrado, casi tan asombrado con ella como consigo misma al ver que se derrama dentro sin poder evitarlo. Se mantiene erguida y sudorosa, con el corazón desbocado, notando como su clítoris y su vagina siguen irradiando calambres y calor, contrayéndose en pequeños espasmos. Su mente todavía está en otro mundo, está en el mundo de los sueños donde nada es pecado, donde no hay traiciones ni cuernos, donde no hay actos desesperados para conseguir ser madre. Es consciente de que está sintiendo placer, un placer que no busca, que no desea, pero que pese a todo llega. Quizás del individuo que menos esperaba porque es el que menos le ha gustado de todos, pero es que tampoco es mérito suyo, es mérito de ella misma, de su imaginación y de su capacidad para desconectar. Lola no desea repetir, no le va a dar más oportunidades a aquel tipo que, por otro lado, tampoco parece muy dispuesto a volver a cumplir con ella. Lo deja de lado, dormido y roncando. Espera unos minutos más solo para asegurarse y luego se viste y se marcha. Cuando llega al hotel hace la llamada a su marido, ese escueto intercambio de palabras en clave para indicar que hoy si ha cumplido su propósito y que ha regresado sana y salva.