Fantasías sexuales de las españolas 2º parte

Espero que coja a este miserable monstruo y que pague todas las atrocidades que ha cometido.
Estoy seguro que lo va a cazar.
Por otra parte la única relación que veo entre Esther y el , es que le salve de las garras de ese monstruo.
 

Esther​


Esther vuelve de nuevo a casa altas horas de la madrugada. Hoy es sábado y el Sweet Queen ha cerrado muy tarde. Aferrada al cuerpo de Maxím, ella nota cada vez que la chica tensa los músculos mientras cabalga la moto, sintiendo incluso cuando da gas con un giro de muñeca. Los dos cuerpos responden como uno solo a cada salto de la moto y vibran al unísono con el golpeteo del motor.


El aire fresco de la madrugada recorre sus muslos y se mete por debajo de su minifalda. Le gusta desde primer día ir así, cuando sabe que tiene posibilidades acabar volviendo en moto con la camarera. Es una especie de provocación y de desafío para su nueva amiga, que no puede evitar llevar la mano a su pierna y hacerle una leve caricia en el muslo antes de arrancar. Esther la tolera, igual que ha aprendido a apreciar a otros detalles sin sentirse molesta. Como que el beso de despedida sea en los labios y no la mejilla.


Se siente especialmente excitada. Como muchas de las noches y todas aquellas en las que visita el bar, ya sea sola o en compañía de Montse, hoy va a caer una gran paja. Pero en esta ocasión sucede algo. Maxím pasa de largo el desvío que lleva hacia su barrio y por el contrario toma dirección a la playa. A estas horas está solitaria y más en la zona a la que ella se dirige, cercana a un espigón. Para allí la moto, junto a unos bloques de hormigón que van avanzando por la arena hasta introducirse en el mar.


La brisa se ha vuelto húmeda y el chocar de las olas contra la piedra acentúa la sensación de frío. Y sin embargo Esther nota que está ardiendo.


- ¿Qué hacemos aquí? - pregunta con voz temblorosa casi temiendo la respuesta, pero a la vez deseándola.


Maxim la toma por detrás del cuello con su mano y acerca los labios a las suyos, sellándolos en un beso jugoso y tibio, en esta ocasión con lengua. A Esther le cuesta respirar, se atraganta con la saliva, pero aguanta y no permite que se separe. Inconscientemente, las manos de la chica se van a su cintura y acaba apretándose contra el duro cuerpo de la camarera, hasta que puede percibir cada uno de sus músculos. Es como si ella fuera la espuma del mar, ligera, voluble y fresca, que va a estrellarse contra el duro hormigón de las escolleras, abrazándolo, envolviéndolo y adaptándose a su forma. El romper de las olas cercanas refuerza esta sensación, provocando que Esther empiece a mojarse internamente.


Maxím la empuja y la hace apoyarse contra la moto, le separa las piernas y su mano bucea por debajo de la minifalda. El contacto con su coño es áspero, aparta la braga sin miramientos y un dedo recorre su raja de arriba abajo. Ella se siente confundida aunque su cuerpo reacciona positivamente volviendo a mojarse y erizando toda la piel, su mente rechaza la caricia. Maxím continúa imperturbable, le baja el escote liberando sus pechos que recorre con la boca y la mano libre.


- No, no, no – suspira aunque cada vez más bajito y con menos convicción. Finalmente le empuja con las manos y trata de separarse del abrazo de su amiga - No soy lesbiana – murmura.


- Vas a gastar la frase, chica - le responde con una sonrisa Maxim.


<< Bueno, pues si no eres lesbiana tengo algo para ti que igual si te gusta - Abre el maletero de su moto y saca de una pequeña bolsa de tela una cosa oscura, que colocan frente a sus ojos: un dildo con forma de pene, simulando perfectamente su forma. Negro y grande, el caucho brilla con los reflejos de las luces de la avenida cercana, a pesar de que están en la penumbra.


<< ¿Quieres que juguemos entonces a chicos y chicas? Te prometo que tu heterosexualidad no se verá afectada.


La muchacha está como hipnotizada, no puede apartar los ojos de la forma fálica, grande, brillante, negra… su sexo empieza a palpitar como si la estuviera llamando. Se sorprende a sí misma diciendo una guarrada impropia de ella.


- ¡Métemela!


Maxim desenrolla las correas. Esther no se había fijado que el falo negro iba acoplado a un arnés. Se lo coloca con soltura, casi con gracia. Tiene práctica y eso la pone muy burra. La toma por los hombros y la obliga a agacharse. Le introduce el gigantesco glande en la boca obligándola a lamer. Le cuesta hacerlo con toda la boca llena de aquello. El solo pensamiento de que se lo va a meter en la vagina, hace que se estremezca de miedo y de placer.


De repente tira de ella hacia arriba, la gira y la apoya sobre la motocicleta. Queda con el culo hacia arriba, ofrecida en aquel rincón apartado y oscuro. Todo se confabula para hacer que el morbo le haga hervir la sangre. Maxim levanta la faldita y le baja las bragas. Ella nota el gigantesco pollón presionando entre sus muslos, está tan mojada que a pesar de todo entra sin demasiado esfuerzo. Aquello la recorre abriéndose paso por su carne sin que le duela, por el contrario empieza a notar contracciones, como si su matriz o sus ovarios quisieran atraer aquel gigantesco pene a lo más hondo de la vagina.


Nota los dedos fuertes de Maxim agarrándose a sus caderas y como empieza a follarla con dureza, igual que lo haría un chico alterado ante el espectáculo de una joven puesta en pompa para él. Con cada embestida se moja más, oye el chapoteo de su sexo que se confunde con las olas rompiendo en el espigón.


-Maxim, Maxim, no pares por favor - le pide, como si ella tuviera alguna intención de hacerlo. Por el contrario intensifica sus acometidas hasta que Esther tiene un orgasmo brutal…


¡Piip piip piiiiiiiip piiiiiiiiiiiiiip!


- ¡Mierda! – exclama Esther dando un salto de la cama. Son la siete de la mañana y el trabajo espera a seis paradas de metro. Joder, en todo lo mejor del sueño, se lamenta. Era tan vivido que aún puede notar como cierto placer la recorre. Se toca entre las piernas y retira los dedos manchados de flujo. Su coñito reacciona, la llama hinchándose de sangre el clítoris y emitiendo pequeñas contracciones su vagina ¿Hay tiempo para hacerse un dedo? Pues mira, aunque tenga que correr luego, pero no puede quedarse así. Su mano vuelve al coñito y su mente al momento en que orgasma en aquella apartada playa, poseída por Maxim.
 

Calalberche​


Miguel Calalberche está en el archivo de la jefatura. Conectarse desde el ordenador allí, dentro en red corporativa, le permite consultar un mayor número de expedientes que desde casa o desde su despacho. Especialmente aquellos que no están catalogados y no responden a las entradas de los buscadores. Cuando tiene tiempo y también con mucha frecuencia fuera de su jornada laboral, pasa en ese lugar ratos que se convierten en horas, rebuscando en los contenedores, que es como allí llaman a los archivos no indexados ni organizados, al cajón de sastre donde van todos aquellos casos y sospechosos sin catalogar. Su esperanza es encontrar algún material, alguna pista, algún indicio que hasta ahora hayan pasado por alto y que demuestre que el Chata sigue vivo y activo.


La investigación de sus asesinatos en Málaga, después de tantos años, está archivada. Los expertos creen que debe haber muerto porque un asesino serial de ese tipo es difícil que se detenga. Si no ha habido más noticias suyas es porque está fuera del país o porque algo le impide matar. Además (y en esto Miguel tiene que darle la razón a sus superiores y a los expertos), es tremendamente difícil vivir hoy bajo una identidad falsa. Casi veinte años sin que nadie lo reconozca, sin una pista, sin que aparezcan sus huellas en ningún delito, viviendo bajo una identidad falsa sin que esta cante…


Pero él está convencido de que sigue ahí y además ha vuelto a actuar. Hace diez años una víctima en Madrid, apuñalada y ahorcada. Esta vez literalmente. Le habían pasado un lazo por la garganta y la habían empujado por el hueco de las escaleras donde quedó colgando. El vientre abierto y las vísceras suspendidas en el aire, como si fuera un macabro carillón dando las últimas notas de la vida que se le escapaba veloz.


Vio las fotos y aquello parecía una puta escena de Seven o del Silencio de los Corderos. Parece que todo fue improvisado pero el cuadro le quedó espléndido, obra maestra a la que no le faltó ni un detalle. Enseguida supo que era él. Varios años después, volvía a salir el monstruo a cazar. Que fuera en Madrid tenía toda su lógica ¿dónde mejor que esconderse que en la mayor ciudad española? Así que era eso, había permanecido oculto todo este tiempo.


Llamó a los compañeros de Madrid pero su genuina intención de ayudar fue malinterpretada. Demasiada publicidad y demasiadas presiones para rebajar el sensacionalismo y la alarma generada por un caso tan extremo y grotesco. Lo último que interesaba, es que apareciera un inspector del caso del destripador de las Veredillas anunciando su reaparición en la capital.


Lo cierto es que la investigación no pudo aportar ningún dato que lo relacionara. Es más, la única huella que pudieron encontrar, bastante deteriorada, no coincidía con las que tenían del Chata. Suficiente para darle carpetazo a su teoría. Pero Miguel sabe que no, que aquello no fue un crimen aislado. Ninguna prueba definitiva, pero juntando los detalles, todo parecía gritarle que su fantasma había reaparecido. Y el grito fue más alto y claro cuando un año después encontraron otro cadáver.


En el parque de la Casa de Campo, junto a una valla. Una chica joven, sentada con las piernas extendidas, sin ropa interior y con signos de haber sido violada con un objeto romo. Dos cuchilladas en el pubis y un alambre alrededor del cuello, sujeto a un palo detrás de uno de los listones metálicos de la cerca, a modo de improvisado garrote vil.


Demasiado claro para ignorarlo. Y sin embargo una vez más, aquello paso desapercibido entre el maremágnum de delitos de la capital. No era un caso tan espectacular como el anterior y además, se trataba de una de las chicas que ejercía la prostitución junto al lago de la Casa de Campo. Una muchacha rumana a quien nadie reclamó, proveniente de la trata de blancas de las mafias. Carne de cañón cuyo asesinato era fácil justificar por algún ajuste de cuentas, algún cliente loco o simplemente, como ejemplo para las demás por haber sacado los pies del tiesto. Y una vez más, las pocas pruebas no parecían ayudarlo, el suelo estaba embarrado y las huellas del atacante eran claras: no coincidía el número de pie con el del Chata, era bastante menor.


Ninguna relación con los otros asesinatos, dictaminaron los jefes, aunque esta vez, Miguel Calalberche no se quedó quieto. Pidió el traslado a Madrid sin pensárselo dos veces. Sin novia ni esposa, con la familia en el pueblo y sin nada que lo retuviera en Málaga, comenzó de nuevo la caza de su fantasma. Y allí sigue dos años después, acechando sombras, rebuscando información entre los contenedores, peinando cada agresión que se denuncia. Solitario y entregado a la causa, como un caballero templario combatiendo a los sarracenos. Esperando que su fantasma se muestre, que cometa un error, que de una pista que le permita ponerse en marcha.


Entre tanto aprende, acumula experiencia y ha sido propuesto para un par de ascensos. Algún día, cuando todo termine, volverá a Málaga, posiblemente con un cargo de Comisario. Entonces podrá cerrar el círculo.
 
Mucho me temo que este monstruo va a acechar a Esther o su círculo de amigas y aquí es donde se va a ver la conexión entre los dos personajes.
Solo espero que Miguel coga a este miserable y tenga un final muy cruel, que es lo que se merece.
 

Claudia​


Míralo, lleva dos horas conectado, revisando la base de datos sin levantar la cabeza del PC. Se pasa las horas muertas. Miguel Calalberche, un tío raro donde los haya para la mayoría de la gente del cuerpo pero no para mí. Yo lo conozco bien, o eso creo.


Me llamo Claudia Armendáriz y soy ingeniera informática de sistemas en la Unidad Central de Información de la Policía. Gestiono el sistema informático de consulta de expedientes y archivos y conozco a Miguel desde antes que llegara a Madrid. Recibí una llamada suya interesándose por el caso de Flor, la mujer asesinada en Legazpi hace unos años, la que quedó colgada del hueco de las escaleras.


En ese momento el expediente no era consultable porque se estaba investigando, así que le denegué el acceso. Mi sorpresa fue mayúscula cuando un año después, le vi aparecer por aquí como inspector de homicidios residente. Entonces sí tenía ya acceso al caso aunque estaba prácticamente cerrado por falta de sospechosos. Se pegó aquí una semana entera consultándolo y cuando acabó, continuó viniendo y pasando horas frente al terminal, devorando todo aquello que podría interesarle, un día tras otro hasta hoy. Me preguntó cómo podía consultar todos los casos referentes a un tipo concreto de asesinatos, con un perfil de mujer joven, pero yo lo tuve que desilusionar, porque los casos más antiguos no estaban indexados y no se podía hacer un patrón de búsqueda concreto. Con los nuevos que iban llegando sí.


Todos en el cuerpo conocen su fijación y su teoría de que el destripador de las Veredillas sigue vivo y actuando. Y también que esta es su principal motivación e impulso. Muchos lo consideran un friki obsesionado pero yo creo que he llegado a entenderlo. Demasiado bien quizá. Me acuesto con él desde hace dos años. Pasa aquí tantas horas que era inevitable que acabáramos intimando. Como en todos los trabajos, cuando compartes casi más tiempo con tus compañeros que con tu familia, al final o los amas o los odias, y yo acabé convirtiendo a Miguel en mi amante.


Estoy casada, con una hija adolescente y veinte años de matrimonio a mis espaldas. Mi marido y yo tenemos una relación cómoda, sin grandes discusiones, la vida bastante resuelta y un par de aventuras extramatrimoniales por su parte que él niega, claro, pero que yo doy por seguras, de algo me ha tenido que servir trabajar para la policía: sé cómo pillar a un infractor. Posiblemente, hay alguna más, pero renuncié a seguir investigando ¿para qué? Se porta bien conmigo, quiere a su hija y cumple en casa y con la familia, motivo suficiente para que hasta ahora no me haya planteado romper esa vida que, como decía al principio, resulta cómoda. Y también está nuestra hija, claro, que se encuentra en una edad muy complicada para darle el disgusto de ponerla frente a la realidad de que el matrimonio de sus padres ya es una cuestión de costumbre y no de amor.


Así que íbamos 2 - 0 con el partido a su favor hasta que apareció por aquí Miguel. Un tipo callado, serio y raro. Al principio yo también caí en el tópico, pero muchas horas de verlo aquí y 10.000 cafés de máquina después, resulta que en el fondo es buena persona. Eso sí, con una meta (o una fijación que dirían otros), pero por lo demás buen tío. Buen compañero, trabajador, nada de un pelota ni un trepa de los que tanto abundan por estos lares y honesto hasta decir basta. Ciertamente, está convencido de que José Marchena anda por ahí suelto y sigue matando y considera su responsabilidad detenerlo. Cada víctima de las antiguas o de las posibles nuevas pesa en su conciencia.


Y es un hombre que sabe escuchar, que no juzga, que no te mira rara, que sabe ver a la mujer que hay detrás del gesto enfurruñado y las gafas de pasta, porque tengo que reconocer que yo no soy ni una belleza, ni una hembra de trato fácil. La falta de emoción de los últimos años me ha vuelto irritable y antipática, pero él nunca me ha mirado como me miran los demás. A pesar de todo, ha sido amable conmigo, inasequible al desaliento y estando solo como está y sin relacionarse demasiado en Madrid, puso sus ojos en mis curvas. Demasiado caballero y demasiado tímido para tener una mala palabra o un mal gesto conmigo, pero alegrándose cada vez que me veía y ¡qué queréis que os diga! eso le da satisfacción a una que tan necesitada está de poner un poco de emoción en su aburrida vida. Así que me deje querer y cuanto más me dejaba, más me gustaba Miguel, hasta que un día pasó lo que tenía que pasar: empecé a remontar el partido con mi marido marcándole un gol por toda la escuadra.


Fue una de esas tardes que Miguel se quedaba aquí después de acabar su jornada y que, yo, prácticamente lo tenía que echar del archivo. A veces nos tomábamos un café fuera y yo conseguía que desconectara de su fijación, hablándole de mi matrimonio, de mi vida y consiguiendo que él me contara cosas de la suya. Esa tarde lo lleve a su casa en mi coche y cuando iba a bajar le pregunté yo misma si podía subir. Con todo mi papo, a estas alturas ya no está una para esperar que los tíos se lancen, vaya a ser que se pase el tren y te quedes como una gilipollas en el andén viéndolo irse. Él se limitó a asentir con la cabeza y quince minutos después, estábamos follando en su cama como dos adolescentes. No recordaba cuándo fue la última vez que eche un polvo con tantas ganas. Fue el primero de muchos y aunque Miguel era un poco torpe al principio, supongo que por su timidez y la falta de costumbre, luego conseguí que además de ponerle ganas, le pusiera técnica, de forma que cuanto el primer arrebato pasional pasó, los apetitos no aflojaron y ahora tengo un amante experto, volcado en mí, que me da lo que yo quiero en la cama y la estabilidad y el cariño que necesito fuera.


En un sitio como este, rodeados de ojos perspicaces y profesionales del chisme y de la delación, me parece increíble que hayamos conseguido mantenerlo en secreto. En casa, el idiota de mi marido se alegra de que yo haya recuperado el buen humor y haya suavizado mi carácter, pensando que es mérito suyo, sin haber hecho nada distinto de lo que hacía hasta ahora. Así que la vida familiar cómoda y fácil continúa, el problema es que he probado lo bueno y ya no sé vivir sin ello, por el contrario, cada día aspiro a más. La semana que por lo que sea no puedo estar con Miguel recupero mi mal genio y me siento frustrada.


Pero esta no es una de estas semanas, todo lo contrario, no solo hemos podido tener dos encuentros hasta el viernes, sino que este fin de semana mi marido tiene un evento de pesca con sus amigos y es probable que el sábado, pueda colocar a mi hija y pasar todo el día con Miguel.


Por cierto, tengo un par de informaciones que salieron a la luz el otro día a raíz del rastreo de unos expedientes antiguos. Desde aquí coordinamos un poco la información para toda España, por lo cual cada vez que llega algo interesante de algún sitio, yo se lo pasó a Miguel. No creo que le sea de utilidad, son dos casos que tienen toda la pinta de ser violencia de género y no de un asesino serial, pero por si las moscas. El me agradece enormemente cada vez que le pongo cualquier cosa que pueda ser una pista en sus manos. Y yo deseo tener contento a Miguel.


 
Bueno, pues ya tenemos otro personaje y me ha caído bien.
Si no es feliz con su marido y si con Miguel debería divorciarse aunque es difícil con un hijo por medio.
 

Elena Barrientos​


Me llamo Elena Barrientos. Tengo el poder de ver las fantasías de los demás. No de adivinar (esto no es un juego de cartas ni el timo de la bola de cristal), yo las veo, puedo leer la mente. Muchos piensan que es un don pero en realidad es una maldición. Yo no pedí ser así. Solo puedo leer aquello relacionado con los deseos más ocultos, lo que nuestra mente guarda para que los demás no vean. A veces lo esconden tan profundo que ni siquiera ellos mismos son capaces de verlo. Pero yo sí.


No siempre ha sido de esta manera. Hasta casi los dieciocho era capaz de percibir, de intuir cuando una persona tenía pensamientos de los que se avergonzaba. Pero no podía leerlos. Con esa edad me violaron. Ahí cambió todo. Podría decir que aquel acto brutal me cambió, que arruinó mi existencia, pero solo lo segundo es verdad. Y un poco a medias, porque he aprendido a convivir con ello y también conmigo misma después de todo lo que vino. Es un delicado equilibrio en el que tengo que dejar un poco de lado mi conciencia, pero de alguna forma lo he conseguido.


Yo era muy joven, pero no tanto como no para no percibir que atraía a los hombres y también cuando algunos de ellos me miraban con lascivia y deseo. Nada extraño para cualquier chica avispada pero yo tenía un don, como ya te he dicho. A veces, esos pensamientos sucios iban acompañados de algo oscuro y más siniestro. Entonces me era difícil distinguir la capacidad de cada persona para echar el freno, donde acababa la fantasía y empezaba la posibilidad real de llevarla a cabo. Era una criatura y todavía no había entrenado mi capacidad de ver, de leer en las mentes todo lo relacionado con los apetitos clandestinos.


Sabía (o creía saber) que algo no estaba bien en las cabezas de algunas personas, pero no sabía el qué, ni tampoco si eran capaces de controlarlo. Me crie en el barrio de las Veredillas en Málaga, un suburbio de la capital donde unos pocos miles de vecinos trataban de sobrevivir al desempleo, a la miseria y a la necesidad que arrastraba el primero. La mayoría eran honestos a su manera pero allí donde hay penuria, donde se lleva la gente al límite, hay quien acaba cruzando la frontera. De estos, muchos vuelven convertidos en criminales y algunos en monstruos. Allí donde hay desventura, hay abandono; donde impera la fuerza bruta no hay lugar donde esconderse para los más débiles.


De modo que cuando sentí aquellos ojos posarse sobre mí, pude percibir el deseo pero también cierta maldad. Nada que no hubiera visto antes, por eso no reaccioné a tiempo. Era un cazador y de los que tenían experiencia. Pudo distinguir mis dudas y actuó rápidamente, sin darme tiempo a reaccionar. Se ofreció a acercarme a casa, pero ante mi negativa a subir a su furgoneta, actuó con brutalidad y con contundencia, amenazándome con mil horrores si no colaboraba, acompañando las amenazas de golpes y de la caricia fría y dura de una hoja de navaja. Lo suficiente para dejarme en shock e incapaz de reaccionar. La voluntad escapó de mi cuerpo que quedó inerte y sometido. Tan desconectado de mí que me hice mis necesidades encima. Me había sorprendido en un pasaje, un atajo entre solares vacíos y escombreras que me ahorraba camino y que solíamos utilizar los jóvenes del barrio. De allí, por una pista de tierra y dando tumbos, me llevó a las afueras, subiendo por parcelaciones hacia el monte del pantano.


Me tuvo secuestrada en el campo, dentro una casucha de labranza, lo que a mí me pareció una eternidad, aunque al final (según la policía) solo fue un día. Había perdido la noción del tiempo. Mi mente se negaba asumir aquella realidad de dolor, de asco, de miedo y simplemente se aisló. Solo pude reaccionar cuando el monstruo dejó de estar presente. Solo cuando se marchó, pude recobrar algo de dominio de mí misma y huir de aquel lugar. No me resultó difícil a pesar de que me había dejado atada. Nunca sabré se fue torpeza o negligencia suya, o si me estaba perdonando la vida con aquellos nudos mal hechos, quizás solo con intención de retrasarme lo suficiente para que le diera tiempo a poner tierra de por medio.


De lo que si fui dolorosamente consciente fue de lo que deje atrás en aquella asquerosa chabola. Cualquier rastro de inocencia, de virtud, de confianza, de capacidad para amar desaparecieron de mi vida. Y más aún cuando me encontré el reproche mudo mi madre y de parte de mi familia. Al parecer, yo tenía parte de la culpa de lo que había sucedido. La desgracia traía aparejada la atención y el señalamiento y más en un barrio pobre y duro que no estaba preparado para la solidaridad.


La sospecha de que de alguna forma yo había podido provocar la agresión por mi actitud, se cernía sobre mí, ya sabéis ¿Cómo de corto era tu vestido? ¿Por qué no gritaste? Podías haberte resistido más ¿Qué hacías tu por allí sola?


Lo que hacía era lo mismo que cualquier muchacha de mi edad, tratar de llamar la atención del chico que me gustaba, Jaime, el hermano la Mari, una chica de mi instituto. Un chaval guapo, coqueto, de los que van de chulitos pero bien arreglados, con pelo rubio y mirada de ídolo pop, de esas que te observan desde el poster que cuelgas en tu habitación y te derrites. Era delgado pero atlético y tenía gracia moviéndose, cierta elegancia y clase que lo distinguía de los clásicos machitos brutos de la zona. Jaimito le apodaban, como el protagonista de los chistes antiguos y pasados de moda, lo cual no era del todo malo. Los peores motes siempre señalaban con crueldad cualquier defecto o problema que arrastraras, como para que no te olvidaras o quizá para hacer sentir mejor al resto de desgraciados que te lo gritaban. Típico de mi barrio, en las Veredillas no se perdonaba la debilidad ni la desgracia ajena. Bien pronto lo sabría yo. Así que Jaimito tampoco era un mal sobrenombre, aunque a él le jodía que lo llamaran así porque lo aniñaban. A mí me llamaban la Eleni, aunque él siempre utilizaba Elena y yo me moría cuando lo oía pronunciar mi nombre como si se refiriera a una mujer adulta.


Me sacaba dos años, tenía ya la mayoría de edad y eso le daba un plus de interés. No me gustaban los niñatos, ni los adolescentes inmaduros (y para mí, todos los de mi edad lo eran). No sé el número de masturbaciones que pude hacerme en su honor. Hasta que me enamoré solo me tocaba de vez en cuando, pero desde el momento en que me fijé en él, me acariciaba a diario imaginando cualquier situación compartida con mi amor platónico.


Me monté la película en mi cabeza, no sé si me entiendes. La fantasía de una chica tímida y enamorada no suele ir pareja a la realidad. Te montas tu rollo y eres feliz soñando despierta, hasta que viene la vida y te da una patada en todo el coño para espabilarte y ponerte en tu sitio. Para devolverte a la puta miseria de las Veredillas. Lo cierto es que él era consciente de que me gustaba, y si no, ahí estaba la alcahueta de su hermana para señalarme, como la rubita tonta a la que se le caía la baba al verlo pasar. Sea como sea, Jaime me sonreía, a nadie le amarga un dulce ni que lo miren con buenos ojos. Yo percibía que esa sonrisa era limpia, desprovista de maldad y con eso me bastaba para animarme a pensar en algo más profundo.


Lógicamente, yo no era la única que lo pretendía, siempre había varias mosconas a su alrededor, la mayoría dispuestas a darle todo lo que pidiera para atraparlo. Ese era mi mayor temor, que otra se me adelantara. Una más adulta, más mujer, más descarada, que le abriera sus piernas y lo atrapara entre ellas. Que lo hiciera verme solo como a una cría y me lo arrebatara. De modo que urdí un plan, loco como todos los de las adolescentes enceladas. Me vestiría de mujer, enseñaría mis encantos, tomaría la iniciativa de acercarme y por fin hablarle. Haría que dejara de contemplarme como una adolescente inocente e indecisa y me viera como una hembra, su hembra. Estaba dispuesta a todo, a darle lo que él quisiera tomar de mí, de todas formas lo estaba deseando. En las Veredillas pocas chicas llegaban vírgenes a la mayoría de edad y yo tenía claro que si era con Jaime, no tenía sentido esperar. Cien veces me había pajeado soñando ese momento. Y tenía claro que lo haría a pelo. Debía ser así para su goce y el mío, al menos la primera vez. Deliraba solo de imaginármelo derramándose en mi interior, dejándome preñada incluso, eso lo ataría para siempre a mí. Nada me importaba.


Me puse una minifalda, mis piernas depiladas y zapatos a juego, sin mucho tacón porque no quería llegar dando traspiés y con ellos llenos de polvo, camiseta ajustada, pelo rizado con moldeador y labios rojos. Camino de la tienda donde trabajaba iba ensayando mis frases, lo que le diría con la excusa de entrarle y exhibirme, de forzar una cita para tomarnos un refresco. Cualquier cosa con tal de quedarme sola con él y poder ofrecerme a sus caricias. Yo era una chica mona y virgen, tenía muy buen tipo, demasiado para que un muchacho joven esquivara una invitación como esa. Si me aceptaba entre sus brazos, estaba segura que repetiría, que ya sería mío.


Todas estas mierdas iba pensando y no me di cuenta del vehículo que se situaba a mi lado. Hasta que el Chata no asomó la cabeza por la ventanilla, no supe de quien se trataba. Lo conocía, todos en el barrio sabían quién era el chatarrero, pero nadie me había contado que lo habían metido en la cárcel ni por qué. No tardé ni dos segundos en percibir el mal. De forma confusa como ya te he dicho al principio, pero dudé, mi cabeza estaba con Jaime, y eso me condenó porque el monstruo fue rápido.


A veces pienso que debería haberme callado. Haberme lavado en una acequia y robado un vestido con el que simular que nada había sucedido, solo una travesura de chica que se escapa y luego vuelve a casa. Quizás habría podido engañarnos a todos, incluso a Jaime. Nadie me habría cuestionado, nadie me habría degradado con su lastima, ni tampoco estaría señalada con el estigma de la violación. Pero ahora sé que sería tarea inútil. Los signos de violencia eran claros y en mi cara llevaba reflejado el ultraje cometido. Estaba en shock y no podía pensar. Solo quería echarme en brazos de alguien que me dijera que todo iría bien. No lo encontré. Solo incomprensión, asco y culpa.


Luego supe que había atacado a otras dos chicas, pero fuera de las Veredillas. Por allí no volvió a pisar, todo el mundo lo conocía y no hubiera durado ni un minuto. Mi barrio no da segundas oportunidades, a veces ni primeras.


Tardé en reaccionar, pero a los pocos días reuní la fuerza para salir de nuevo a la calle. Solo una cosa me importaba, ver a Jaime. Quería que me abrazara, que me dijera que yo seguía siendo la misma, que nada de lo que había pasado importaba. Ni si quiera había llegado a estar un minuto a solas con él, ni a tener una conversación de más de cinco minutos, y todo mi plan se había venido abajo ¿Qué le diría ahora? ¿Qué le podía ofrecer? No sabía qué hacer, solo que tenía que verlo, explicarle que eso me pasó mientras iba a buscarlo, que me había vestido solo para él, que no pretendía provocar al monstruo ni a nadie…


Cuando llegué a la tienda lo encontré despachando. Su hermana también estaba. Me quede rígida, las palabras no salían, solo quería abrazarlo pero algo me lo impidió. Ahora mi percepción se había agudizado. Como si la agresión me hubiese hecho saltar a otro nivel superior de consciencia, como si hubiese desbloqueado todas las barreras que aun contenían “mi don”.


Vi rechazo. No pena, ni dolor, ni rabia por lo que me habían hecho… lo primero que sintió aquel desgraciado fue repulsa. Yo le molestaba en la tienda. Mi presencia evocaba algo tan crudo y tan sórdido que le hacía sentirse incómodo ¿Qué hace ésta aquí? parecía preguntarse, igual que el resto de clientas, lo mismo que su hermana. No era bienvenida.


¿Dónde estaban las sonrisas con que me cautivaba? ¿Dónde las poses y los gestos que me animaban a dar el paso de acercarme a él? ¿Qué había sucedido con ese aire electrizante que nos envolvía cuando coincidíamos aunque no hablásemos más que para saludarnos? De repente me sentí sucia y ultrajada, mucho más que cuando el Chata me robó la virginidad en aquella sucia caseta. El barro, el polvo y el semen de aquella bestia se podían limpiar, pero la mancha que dejó en mí no. No en Las Veredillas. Lo supe en ese preciso instante, siempre seria la chica que violó José Marchena. Allí ningún muchacho me querría.


Me di la vuelta y sin llegar a decir nada, salí por la puerta. Espere hasta el último momento que Jaime me llamara, que me detuviera, que me preguntara al menos que quería, pero solo me llegó una sensación de alivio. El muy cabrón se alegraba de que me fuera. Todos respiraron tranquilos cuando, llorando, me fui para mi casa.
 
Deseé con todas mis fuerzas que alguien atrapara a ese malnacido y que no fuera la policía. Que cometiera el error de aparecer por el barrio, que alguien lo reconociera y que lo dejaran muerto de una paliza. Desee poder ir a escupir a su cadáver tirado en la acera y mancharme mis zapatos nuevos con su sangre. Ese monstruo me había arruinado la vida, me había separado de Jaime incluso antes de empezar a estar con él y me había arrebatado algo precioso, algo que jamás podría darle ya a ningún chico, a ningún amante. Me había dejado marcada para siempre.


Pero mis ruegos no fueron escuchados, todo lo contrario. Se oía que el monstruo seguía violando, estaba en la calle suelto y haciéndole a otras chicas lo mismo que a mí.


¿Sabes? hay un momento en la vida en el que te das cuenta que estás sola. Normalmente lo intuyes, pero juegas a la ficción de que, como tienes familia, vecinos, conocidos, quizá amigos, crees que no, que hay alguien que te acompaña y te apoya. Pero basta con que la desgracia caiga sobre ti para que te des cuenta que todo es mentira. Una vez que estás marcada todos se alejan como los piojos del jabón.


Yo fui plenamente consciente en ese momento, ahí supe que nadie iba a hacer justicia por mí ni por ninguna de las chicas violadas, que la policía no estaba poniendo el empeño del todo necesario para pillar al Chata. Pasé horas encerrada en mi cuarto, sin querer pisar la calle, mascullando venganza y convenciéndome de que lo que no hiciera yo, no lo haría nadie. Las pocas veces que salí a la calle lo hice armada. No iba a dejar que ningún otro jamás, volviera a ponerme la mano encima. Al principio con un cuchillo de cocina que escondía entre mi ropa, luego con un revólver. Era de un novio de mi hermana. Ella no tuvo buen tino nunca para los chicos y siempre acababa enrollada con lo mejorcito del barrio. El que no pasaba droga andaba dando palos por ahí. A uno de ellos, el último con el que estuvo, le salió por fin un juicio que tenía aplazado por robo. Como tenía antecedentes le cayeron tres años y antes de entrar en prisión, le entregó el revólver a mi hermana, diciéndole que lo escondiera hasta que él saliera.


Yo la acompañe porque no quería tenerlo en casa. Lo ocultó en un hueco de una casa abandonada, liado en un trapo, con una caja de munición. No queríamos líos y nos olvidamos de aquello, de hecho, mi hermana se olvidó también del novio: en cuanto estuvo varios meses sin poder verlo regularmente se encamó con otro de igual o parecida calaña. Así que una mañana me pasé por la casa en ruinas, busqué el hueco que habíamos dejado con una madera y unos plásticos tapado y allí estaba todavía el revólver. Me alegré porque yo no sabía nada de armas, pero era un revólver pequeño y manejable, de los que no se encasquillan y tampoco hay que seguir un libro de instrucciones para saber cómo hay que cargarlos. En la calle lo llevaba siempre conmigo. A veces dormía con él bajo la almohada, sentía el bulto duro del acero y eso me permitía conciliar el sueño.


Cuando estaba sola en mi cuarto, en el que pasaba la mayor parte del tiempo sin hacer nada, a veces lo empuñaba y apuntaba hacia la puerta del armario. Imaginaba que el Chata estaba allí. Disparaba sin dudar, sin pensármelo ni un instante, varias veces hasta hacer correr el tambor vacío una vuelta completa... clic clic clic clic, así sonaba mi venganza.


Había pasado casi un mes de todo y de repente se me ocurrió. Con frecuencia me costaba mantener el bloqueo en mi mente de todo lo sucedido y algún detalle se filtraba, como una puñalada rápida al corazón que me dejaba sin aliento. Veía al Chata sobre mí jadeando y echándome su pestilente aliento. Escuchaba las gallinas andar alrededor de la caseta mientras él me violentaba. Veía mi mano roja tras pasármela por la cara después de recibir un bofetón que me hacía sangrar por la nariz. Me oía a misma gritar como si fuera otra persona.


Y una de esas veces algo vino a mí. Fue como una revelación. En el brazo del Chata, una pequeña pulsera con un cordel de cuero hecha de pequeñas conchas. Todas blancas con estrías marrones. Yo había visto antes esas conchas. Sabía dónde encontrarlas. El Chata vendía esas pulseras que el mismo fabricaba, normalmente dejaba un puñado en las tiendas de chucherías y golosinas del barrio. Algunas niñas las compraban y se repartía el beneficio con los tenderos. En la tienda de Jaime las tenían. Y yo sabía de dónde sacaba las pequeñas almejas.


Una pequeña cantera en las afueras. Y junto a ella unas instalaciones abandonadas. Una antigua factoría conservera que en su día cerró y dejo plagada de esqueletos de edificios la zona.


Yo había jugado allí, era terreno donde abundaban las cuevas y los sótanos abandonados que los chicos, de vez en cuando, exploraban y recorrían. Recordé que en uno de aquellos sótanos había varios sacos con esas almejitas. Exactamente iguales, habíamos jugado con ellas y luego las había reconocido en las pulseras que vendía el Chata.


¿Podría ser que…? ¿A nadie se le había ocurrido que pudiera estar escondido en aquella zona?


Estuve un día entero obsesionada y pensé incluso en ir a la policía. Pero finalmente lo descarté. No quería que lo detuvieran, para mí solo había una forma de hacerle pagar. Solo existía una manera de evitar volver a encontrármelo años después en la calle. Solo había una forma de hacer justicia y también de dejar de temer. Nadie, ni en las fuerzas de orden público ni en el barrio (a tenor de experiencia en la tienda de Jaime), e incluso en mi familia, era fiable. Nadie haría eso por mí. De modo que al día siguiente salí temprano, después de una noche entera en vela, justo con el amanecer. Hazlo tú Elena, me repetía. Tú puedes, tú debes. Créeme si te digo que el miedo y la incertidumbre casi me hacen volver. Temblaba mientras me acercaba a golpe de bicicleta a aquel lugar. El sitio me parecía tan evidente y tan perfecto para esconderse que supuse que la policía tenía que haberlo batido, aunque también era consciente que existían cientos de lugares como ese en Málaga y a lo largo de la costa.


No me atreví a entrar ni a recorrer las dependencias sola, mi cuerpo todavía temblaba, pero me quedé allí, en una loma entre unos arbustos, sentada en el suelo y aferrando la pistola. De alguna forma mi intuición parecía reforzarse. Algo siniestro flotaba en aquel lugar. Un hálito maligno que podía percibir, que casi podía respirar. Estuve allí un par de horas y de repente observe que algo se movía, una sombra parda pegada a la pared, con movimientos lentos se acercaba a uno de los agujeros que poblaban como cráteres el patio, entre las ruinas.


Supe que era él al instante ¿De qué pozo inmundo había salido? Le vi tumbarse y meter una botella en el charco de agua. El monstruo necesitaba beber. Debía tener su guarida bien disimulada, como buen chatarrero seguro que conocía aquellas ruinas metro a metro. Sin duda era él, el que se había llevado las tuberías o cables de cobre, cada hierro o cada pedazo de plomo que pudiera quedar por allí para venderlo. Así descubrió los sacos con las conchas y seguramente también descubrió la madriguera dónde se escondía ahora.


Una furia ciega y sorda desplazó cualquier temor que pudiera sentir. Mi primer impulso fue correr hacia él y vaciarle todo el tambor encima. Pero me contuve, mi mente en ese momento, curiosamente, cuanto más rabia sentía, más fría y analítica se volvía. Solo conseguiría prevenirlo y gastar un cargador inútilmente. A esa distancia, un revólver no conseguiría acertarle salvo de pura casualidad.


Con una helada determinación, continúe por la pequeña colina sin perderlo de vista hasta situarme casi a sus espaldas. Pasado un rato vi que se levantaba y volvía con una botella llena en la mano. Atravesó un edificio y salió al otro lado dirigiéndose a un rincón, donde removió unos cartones polvorientos. Los había pegado a la tapa de una arqueta. Al levantar el trozo de metal, los cartones se levantaron con él.


Desapareció en el agujero dejando caer con cuidado la tapa disimulada por su cobertura de cartón, hierbas y ramas. El muy cabrón había encontrado el escondite perfecto. Si la policía hubiera usado perros, todavía, pero si no, podías pasar por encima cien veces sin darte cuenta que ahí estaba la entrada a su madriguera.


Avancé con cuidado: no sabía a donde podía conducir aquello ni tampoco si tenía otra entrada. No estaba dispuesta a dejarme sorprender nunca más. El edificio más cercano era el que acababa de cruzar él. No tenía lógica que si estaba comunicado, la entrada la hiciera por el patio donde podía ser visto. Me acerque con mucho cuidado a dónde le había visto desaparecer. Costaba reconocer dónde estaba exactamente la trampilla, el tío lo había disimulado muy bien. Aquello tenía pinta de ser un aljibe o un pozo. Yo había estado antes en el patio explorando con mis amigos y habíamos visto varios agujeros con escalas mohosas de hierro que acababan en una sala con motores viejos, posiblemente bombas para impulsar agua, combustible o lo que quiera que fuera. Este no debía ser muy diferente. No me atreví a levantar la tapa pero imaginé un hoyo oscuro, de unos 4 o 5 metros de profundidad y con una cavidad en un lateral donde la rata habría montado su madriguera. No se me ocurría ningún sitio con el que pudiera comunicar aquel agujero.


Me dirigí al edificio que había atravesado. La planta baja estaba despejada, llena de cascotes y mugre, pero ninguna abertura o trampilla. Subí la escalera al piso superior, igual de destartalado, con las ventanas sin marco y las paredes llenas de desconchones y manchas de humedad. Me asomé y tenía una vista perfecta del solar y de la trampilla. Allí pasé un largo rato cavilando y observando desde arriba, tratando de trazar un plan. Mientras lo hacía, esquivaba la pregunta fundamental: ¿realmente estaba dispuesta a apretar el gatillo? ¿Qué pasaría si me situaba de nuevo frente aquel monstruo y flaqueaba? No quería ni imaginar lo que sucedería si caía en sus manos, en un lugar apartado y solitario cómo aquel.


Mi mente funcionaba a toda pastilla. Desde allí arriba tenía una visión perfecta y podía intentar dispararle cuando cruzara ¿Sería suficientemente preciso el revólver? ¿Si fallaba podría correr y poner distancia? O peor aún me pregunté ¿quién decía que no estuviera también armado? Esa posibilidad que hasta ahora no había contemplado, me hizo estremecer. No tenía miedo a enfrentarme al monstruo, ni siquiera me echaba para atrás la posibilidad de que me matara, pero sí que me hiriera y pudiera quedar a su merced. Y sobre todo, dale una oportunidad de escaparse. Tenía que acercarme más, tomarlo por sorpresa y dispararle a quemarropa.


¿Y si esperaba dentro del cuarto a que entrara? Era una opción. Pero ¿y si cogía otro camino y se iba en otra dirección esta vez?


Estuve casi una hora y media dándole vueltas al asunto, cavilando posibilidades, trazando planes en mi cabeza. Tenía que acercarme lo suficiente el en el momento en que estuviera más expuesto y con más dificultad para reaccionar. Concluí que debía ser cuando saliera del pozo, cuando estuviera apartando la tapa, con las manos ocupadas aupándose para salir.


Al final di con la solución. A unos pocos metros del pozo había un resto de muro de lo que parecía una especie de caseta derruida. Estaba entre él y la pared, posiblemente el último sitio al que miraría el Chata cuando asomara la cabeza. Si me quedaba allí recostada, esos 50 cm de ladrillo serían suficientes para ocultarme a su vista y cuando estuviera incorporándose, en apenas tres pasos, podía situarme a su lado y encañonarlo antes de que pudiera reaccionar.


Decidir bajar a inspeccionar. Llegué al muro, estaba todavía más cerca de lo que parecía, incluso podría disparar desde allí. Si no me temblaba el pulso haría blanco sin demasiada dificultad. Me tendí y comprobé que quedaba totalmente cubierta a la vista. Si me situaba en un extremo podía ver a través de los ladrillos rotos. Sí, ese sería el sitio. Monté guardia una hora más, tirada al sol pero finalmente decidí que me iría. No podía permanecer allí toda la tarde, me echarían de menos en casa y con los antecedentes que tenía pondrían en planta a toda la policía malagueña para buscarme. Supuse que el Chata saldría por la noche, igual que las ratas, aprovechando las calles vacías y la oscuridad. Entonces decidí buscar y una excusa, la que fuera, y ese atardecer sería yo la que saliera cazar.


Pero justo cuando estaba a punto de irme oí un ruido. Me revolví contra el muro y asomé la cabeza solo lo justo para ver que de nuevo la trampilla se abría. Una cabeza asomaba y miraba en dirección al edificio y a la colina donde yo me había escondido al principio. Todo se precipitó en un instante.


Justo cuando el cuerpo se aupaba subiendo la rodilla y poniendo un pie en el borde del pozo, me levanté de un salto y bordeando el muro me acerqué en cuatro o cinco pasos hasta quedar a dos metros. Fui sigilosa pero no lo suficiente. El Chata se giró y quedó frente a mí. Bizqueaba tratando de enfocarme, seguramente estaba deslumbrado por la luz del sol, intentando acostumbrar los ojos después de la oscuridad del agujero.


- ¿Qué pasa hijoputa? ¿Si no voy con minifalda y pintada no me reconoces?


Enfoco la vista y ahora sí, un destello de reconocimiento brillo en su mirada. No le di tiempo a más, solo quería que supiera que era yo, pero no estaba dispuesta a darle ninguna oportunidad. Levanté el brazo que empuñaba el revólver y apunté al pecho.


Recordé a mi primo, que se había alistado de militar a la Legión y nos contaba historias en sus permisos. Cómo se mata a un centinela sin hacer ruido, cómo se dispara un fusil de ráfagas, cómo hay que tirar con una pistola… Jamás pensé que nada de eso me sería útil, para mí eran simples batallitas de jóvenes llenos de testosterona tratando de impresionar a chicas jovencitas. Pero en aquel momento su consejo me vino raudo y nítido a la mente: con una pistola corta si quieres avisar dispara al aire, nunca a la persona porque no sabes cómo se puede desviar el tiro. Un simple gesto, un simple movimiento de muñeca y el aviso te puede salir caro, puedes hacer sangre sin querer. Si por el contrario quieres matar, no apuntes a la cabeza. Si fallas el primer tiro y él se mueve rápido quizás no tengas una segunda oportunidad. Hay que disparar siempre a bulto, al pecho, da igual que no aciertes en el corazón la primera, con que le metas un balazo es suficiente para dejarlo tirado. Y entonces ya tienes tiempo de apuntar mejor. Y eso hice yo: apuntar al pecho y vaciar el cargador.


El Chata solo pudo decir “espera” y levantar a la vez su mano en un gesto para que me detuviera.


- ¡Ni lo sueñes cabrón!


Esta vez mi venganza sí que sonó fuerte: seis estampidos liberadores que me provocaron una descarga de adrenalina brutal. Lo más parecido a un orgasmo que he sentido nunca. Pensé que era imposible que nadie me hubiera oído, que en unos minutos todo se llenaría de policía y curiosos, pero allí nadie apareció. Me acerqué al Chata que estaba inmóvil y caído de espaldas. Pude contar cuatro impactos, uno de ellos creo que en el corazón, seguramente el que lo mato. Le di una patada y la cabeza giró con los ojos abiertos y vacíos. Había matado, era una asesina, pero en ese momento me sentía extrañamente en paz después del subidón al disparar. Por primera vez en paz desde que ese criminal me había violado. Y algo peor. Sentía satisfacción y placer, había disfrutado haciéndolo.


De repente fue consciente de donde estaba. No sabía si alguien había oído los disparos pero había que poner tierra de por medio. Arrastré como pude el cadáver hasta el borde del pozo, lanzándolo dentro de cabeza y esperando que se partiera el cuello, por si acaso, solo por si acaso. Aterrizó en el fondo con un ruido sordo. Me asomé y lo vi allí en una postura imposible, a unos cinco metros de profundidad. Puse la tapa simulada, esparciendo con los pies tierra sobre las manchas de sangre y me marché de allí lo más rápido que pude.
 
Si no me equivoco, el Chata es el fantasma que perseguia Miguel, así que va a ser un alivio para el
No se si estoy es tiempo pasado o actual, pero lo cierto es que el monstruo es ya historia y no me da ninguna pena.
 
Pues esto se supone que paso hace algunos años, así que se complica la historia.
Porque si como parece Elena mato al Chata, que tanto persigue Miguel, hay un asesino en serie suelto y no sabemos quien puede ser.
 

Esther​


Esther se ríe de las ocurrencias de Montse. Le acaba de decir que oficialmente es ya una asidua del Sweet Queen: una lesbiana honorífica. Cuando han llegado a la barra, Maxim, sin que tuviera que decirle nada, le ha puesto su Coronita con limón y que la camarera te sirva sin que le hayas pedido nada, allí significa su graduación como clienta habitual.


- Le gustas ¿lo sabes?


Esther suelta una risita nerviosa que la delata. Sigue sin verse como una lesbiana pero el tema la excita sin duda. Por eso vuelve una y otra vez al pub.


- Sí, sí que lo sabes, aunque te hagas la modosita.


Esa noche el ambiente está bastante caldeado. Las copas y los chupitos adornan la barra y las mesas y el aire está electrizado, cargado de deseo, de proposiciones no dichas que vuelan a lomos de miradas descaradas.


Las chicas juegan al despiste, pero las dos no pueden evitar el subidón que les provoca ser de las más jovencitas del local y estar en el punto de mira de la parroquia. Les entran algunas mujeres y ellas las esquivan amablemente, con tacto y la práctica que ya les da la experiencia de unas cuantas noches y unas muchas copas en el Sweet Queen.


Sube el volumen de la música y de las conversaciones se pasa al baile y al contacto físico. Esther asiste a algunas escenas muy subidas y nota como el calor también prende en ella. Se les va la mano con la bebida y participan de la euforia, aunque no de los juegos que ven a su alrededor. Una hora y media después Montse toca retirada.


- Yo me piro ya que mañana hay que currar y estamos bebiendo más de la cuenta. No va a haber quién me saque de la cama.


- Me voy contigo


- ¿Esta noche no esperas a que cierre Maxim? - pregunta pícara.


- No, estoy igual que tú. Lo más prudente para evitar un resacón es tirar para casa ahora que estamos a tiempo.


Se despiden de Maxim quién ese momento está bastante atareada y salen afuera agradeciendo la brisa fresca.


- Venga que te acerco a casa - dice Montse que hoy se ha llevado el coche.


Por el camino las dos ríen, todavía les dura la euforia.


- Bueno ¿al final qué? ¿Te pasas a nuestra acera o sigues de hetero?


- Creo que continuaré en mi lado de la calle.


- ¿No sientes ni siquiera curiosidad?


Esther sonríe y agacha la cabeza un poco apurada.


- ¿Si? ¿Eso es que sí?


- Bueno, vale, un poco sí que me pone el tema, pero es solo eso que tú has dicho: curiosidad.


Montse aparca junto a la casa, en un vado que por la noche está vacío. Apaga el motor del coche y quita las luces. El interior del vehículo se sume en la oscuridad.


- ¿Quieres probar?


- ¿Probar que? no seas tonta…


- ¡Venga tía! vamos a darnos un beso.


- Estás loca.


- Lo estás deseando…


- ¡Que no!


- Mírame a la cara y dime que no te apetece probar a qué sabe un beso de otra mujer…


Las dos se miran en silencio unos segundos. Al final, la magia se rompe con una risita nerviosa de Esther que baja la mirada un poco apurada. Montse le levanta la barbilla y acerca los labios a los suyos. Es un beso suave, de tanteo, que se prolonga un poco esperando la reacción de la chica. Como ésta no llega, Montse se atreve a meter lengua y Esther la recibe con la suya. Bien es cierto que tímidamente al principio, pero luego el beso se prolonga y se intercambian saliva. Luego se separan para recuperar el aliento y Montse insiste. Un nuevo beso, esta vez acompañado de una caricia por encima de la blusa en el pecho. Ella se deja hacer: su pezón reacciona al contacto pero es normal, se trata de una caricia sensible y cuidadosa que provoca ese efecto independientemente del género de la persona que la hace, o eso al menos se dice la chica para justificarse. Al beso sigue otro y otro más, una mano recorre su muslo hasta su entrepierna. Otra suave caricia por encima de la braga que provoca una nueva reacción. Esther tiembla ¿De verdad está haciendo eso con su amiga? ¡Qué locura!


Unos dedos hábiles separan su braguita y recorren por debajo de la tela su sexo. Aquí, en la oscuridad del coche, las respiraciones se empiezan a entrecortar y las luces del exterior se van desenfocando. La caricia ahora es totalmente íntima, con un dedo en el interior de su vagina y el otro frotando su clítoris mientras siguen boca contra boca. Ella siente su cuerpo en tensión y espera un placer que no llega del todo. Hay algo incómodo en todo aquello, algo que le impide disfrutar. Al final la caricia se vuelve molestia a pesar del exquisito cuidado que está teniendo su amiga.


- Para, Montse, para - Pero ella continúa besándola y la mano sigue en su coño.


- Por favor Montse - dice mientras la coge de la muñeca aunque sin retirar la mano, esperando que sea ella la que dé el paso. Su amiga por fin se detiene y saca la mano de su entrepierna. Todavía le da un último beso y luego se recuesta en su asiento.


- Vale, ahora me dirás que no eres lesbiana y que no te ha gustado.


- Bueno, tampoco me has disgustado, simplemente es que creo que no me va este rollo. No sé, me he bloqueado y he empezado a sentir molestias cuando me tocabas. No sé si es normal o no. Oye, no te enfades conmigo.


- Mira que eres tonta ¿por qué me iba a enfadar? - dice Montse cogiéndole la cara y dándole un beso en la mejilla - La primera vez es normal estar confusa. Y bueno, tampoco pasa nada si no eres lesbiana o bisexual, me quedo con las ganas y ya está, pero vas a seguir siendo mi mejor amiga.


- Gracias - responde devolviéndole el beso – Bueno, pues será mejor que suba.


- Venga, que mañana a las ocho te quiero ver lista para producir.


Esther se baja del vehículo y antes de cerrar la puerta, vuelve a meter la cabeza y le dice a su amiga:


- Oye, me alegro de haber probado contigo, de que hayas sido tú. No pierdas la esperanza igual algún día...


- Anda y acuéstate que se te ha subido el alcohol a la cabeza.


- Jajajaja, hasta mañana.


Esther camina hacia su portal. Vaya nochecita, piensa, veremos a ver mañana cuando se me pase el efecto del alcohol a ver cómo digiero todo esto. Se para a la puerta del bloque y busca sus llaves. Le cuesta encontrarlas en el bolso y mientras, inquieta, mira a un lado y a otro. Hay algo que no le ha dicho su amiga. Últimamente tiene la sensación de que la observan cuándo vuelve a casa. Es una sensación extraña, posiblemente infundada, pero no puede evitar tenerla. Pasos que se detienen cuando los suyos, alguna sombra que cruza al final de la calle, seguramente chorradas, pero el caso es que está inquieta. Mira hacia atrás y ve a Montse con las luces del coche encendidas y éste arrancado en doble fila, esperando que ella entre. Le agradece el gesto moviendo la mano y lanzándole un beso. Luego sube a su apartamento deseando meterse en la cama.
 
Inquietante la parte final del capítulo.
Tengo claro que el asesino en serie le está acechando y solo espero que esté con mil ojos porque me daría mucha pena, aunque confío en que ella se va a salvar.
 

Mari​


Me gustaría decir que soy como tú, una persona normal y que me volví muy afectada por lo sucedido, que aunque fuera justo me sentía mal por haber disparado. Pero no, tú y yo no somos iguales, ya he aprendido asumir que yo soy distinta a todas las demás, a aceptar mi propia naturaleza. Así que caminé con total tranquilidad a casa, sintiéndome bien conmigo misma y respirando: me había quitado un peso de encima. Había conseguido equilibrar un poco mi mundo. Tras haber tocado fondo, me sentía impulsada de nuevo hacia la superficie. Después de todo, el que me había hecho tanto daño lo había pagado.


Esa noche pude dormir de un tirón y al día siguiente desayuné por primera vez con mucho apetito. Volví temprano a las ruinas de la factoría y vigilé largo rato desde mi atalaya, hasta que me convencí de que allí no había ningún movimiento que indicara que habían descubierto el cadáver. Finalmente me acerqué y destapé la entrada. Un olor nauseabundo subía desde el fondo, pero no soy una chica delicada. Allí abajo pude vislumbrar en la penumbra al Chata, en la misma postura que lo había dejado el día anterior. Saqué de mi bolsa unos guantes de los de fregar y una linterna que me colgué del cuello y bajé al fondo del pozo. También llevaba al cinto mi pistola pero enseguida resulto evidente que ahí, el único peligro, era el de caer mareada por el olor de toda la podredumbre acumulada en aquel agujero, que llevaba doce horas llenándose de la peste a muerto que comenzaba a emitir el cadáver.


Esta parte seguro que no te gusta pero debo entrar en los detalles ¿sabes? es que quiero que me entiendas y me conozcas bien. Ante ti no me oculto, me muestro tal y como soy. Entre tanta gente falsa eso al menos te lo debo. Porque hay mucha falsedad en el mundo ¿comprendes? Nadie lo sabe mejor que yo. Una cosa es lo que dice la cara y la boca y otra muy distinta lo que le pasa a la gente por la mente. Te sorprenderías si tú también pudieras leérsela, créeme. La gente está podrida y siempre te sorprende quién menos te lo esperas.


¿Por dónde iba? ¡Ah sí! Te iba a contar como accedí a la cueva donde estaba escondida la rata. Un pozo con un pequeño cubículo en uno de sus lados, en el que aún había una bomba herrumbrosa y llena de telarañas. Unos cartones a modo de camastro, bolsas de plástico con comida, bidones con agua, alguno vacío y otro lleno de un líquido amarillento que supuse que era orín del Chata. Seguramente meaba allí para evitar salir. Rastree por si había dinero, que finalmente encontré en el bolsillo de su pantalón. Apenas unos pocos billetes (se ve que estaba en las últimas), que no daban ni para sacar un pasaje de tren a la ciudad más cercana. Recogí todo aquello que me interesó y lo metí en una bolsa de las que encontré razonablemente limpias. Ajustándome bien los guantes de limpieza, busque y encontré una piedra redonda, un canto rodado, el más idóneo de los que había allí, en el fondo del pozo. La sopesé y después golpeé al Chata en la boca varias veces, hasta romperle todos los dientes. Con cuidado, los fui echando en otra bolsa junto con los dedos de las manos, que también le corté. Ahora está muy avanzado el tema de la identificación por ADN pero en aquella época no tanto, así que ¿para qué dar facilidades? Cuanto más tardarán en reconocerlo si lo encontraban, mejor. En menos de un mes sería una momia podrida e irreconocible.


Luego salí al aire libre, agradeciendo poder limpiar mis pulmones de aquella peste. Me entretuve en ir llevando poco a poco a la boca del agujero todos los restos que encontré por allí de gran tamaño y que pude arrastrar, como ladrillos, piedras, incluso un sillón desvencijado. Todo lo empujé por la boca. Después, me acerqué a un montón de escombros junto al que había algunas herramientas viejas, oxidadas y rotas. Rescaté una pala a la que le faltaba un trozo: se había rajado. Suficiente para mí. Comencé a escarbar lo más cerca posible del pozo, donde pude hincar el hierro. Empleé casi dos horas en cegar buena parte del hoyo y luego estuve hasta bien tarde acarreando tierra para completar mi trabajo. No conseguí llenarlo entero, cinco metros son muchos metros, pero sí lo suficiente como para dejar enterrado a aquel hijo de puta sin dientes y sin dedos. Estos, los sepulté aparte, en la colina de enfrente.


Volví a casa a media tarde. Había tratado de asearme en una fuente, pero a pesar de todo iba llena de mugre y polvo. Mi madre y mi hermana me miraron al entrar pero ninguna preguntó. Desde hacía unos días ya nadie me sonsacaba ni se extrañaba de mi comportamiento. Pareciera que a falta de capacidad de sentir empatía por mí y de encontrar alguna forma de ayudarme, habían decidido ignorarme. Quizás si me hubiera puesto histérica y dedicado a romper cosas, a estar todo el día llorando o a montar el pollo dentro o fuera de casa, habrían actuado de alguna manera. Hasta un guantazo por su parte hubiera sido bien recibido porque significaría al menos que yo era visible, que formaba parte de aquella familia y que alguien se preocupaba de que hiciera lo correcto. Pero no. Como yo me limitaba a deprimirme en silencio, lo cierto es que no molestaba y resultaba más fácil ignorarme. Todos seguían con su vida de mierda como si yo no existiera. Como si no me hubiera pasado nada.


Así que nadie preguntó de dónde venía ni porqué llevaba dos días pasando tanto tiempo fuera de casa. Ni por dónde me había arrastrado para venir oliendo a perro muerto. Esa noche volví a dormir de un tirón, no tuve ni una sola pesadilla. El sueño profundo y despreocupado de una niña. Poco a poco fui recuperando la sonrisa, sintiéndome más segura comencé a revivir. Quizá pienses que trataba de eliminar las imágenes de mi encuentro con el Chata y que en el olvido encontraba la cura, pero era todo lo contrario. Recordaba constantemente como su cuerpo se sacudía con cada disparo que lo alcanzaba, como cayó de espaldas pesadamente levantando una nube de polvo del suelo, su cara desencajada por la sorpresa. Estoy segura que murió antes de tocar el suelo, bendita puntería. Y me sentía bien. Cada vez que volvía escuchar las seis detonaciones eran seis chutes de energía que me cargaban las pilas. Experimentaba un estremecimiento de placer cuando recreaba cada golpe con la piedra en su boca, o cada corte en su mano para separarle las falanges.


Tan empoderada me sentía que un buen día decidí ir a buscar a Jaime. Ya no tenía miedo del monstruo, ni tampoco de andar por la calle, así que ¿por qué iba a tener miedo de enfrentarme al chico que me gustaba? Quería mirarlo cara a cara y ver si se repetía lo del otro día en la tienda. Tenía que hablar con él y tratar de explicarle lo que me había sucedido, decirle que era una chica valiente y que podía superarlo. Si había alguna oportunidad junto a él, si estaba dispuesto siquiera a darme una sola, tenía que saberlo. Quizás el otro día lo pillé de sorpresa pero si hablaba con él, es posible que sus sentimientos cambiaran. Ya no tenía miedo de explicarme ni de hacer el ridículo, ni siquiera tenía miedo de su posible rechazo, de perdidos al río ¿qué más me podía pasar?


Si tenía una oportunidad no la desaprovecharía quedándome en casa y si no había ninguna posibilidad, prefería saberlo ya. Lógicamente no le diría nada de lo que había hecho con mi violador, había cosas que nadie necesitaba saber. Allí me encaminé y una vez más se repitió la misma escena. Jaime despachando a una clienta y yo esperando detrás, mirándolo fijamente a los ojos, sin suplicar ni pasar vergüenza, retándolo a que estableciera contacto visual conmigo y me mostrara sus sentimientos.


Y de nuevo la decepción… Otra vez percibí desconcierto, inquietud, asco… pero, ¿Por qué? me preguntaba ¿por qué le doy asco? una sensación más leve y atenuada que la otra vez, pero ahí estaba, inconfundible, podía leer en sus ojos el deseo de que me fuera. Leí en su mente la pregunta de “¿qué hace esta otra vez aquí? me va a crear problemas…”


No llegue a hablar con él, ni falta que hizo, pero me quedé allí de pie, molestándolo con mi presencia y mirándolo fijamente como si fuera una demente. ¿Te jode que esté aquí? pues prolonguemos un poco más tu sufrimiento, capullo.


Mari se levantó y tomo la iniciativa de romper aquel mudo desafío. Me cogió del brazo y tiró de mí hacia la puerta, sacándome a la calle y preguntándome a bocajarro y de malos modos:


- ¿Qué te pasa a ti con mi hermano? ¿Qué coño quieres?


- Solo quería hablar con él: dile que salga un momento si le molesta que yo esté en la tienda.


- Lo que tengas que hablarle me lo dices y ya se lo cuento yo luego, ahora está trabajando y no puede salir.


- No hay nadie dentro.


- Te he dicho que no molestes, si quieres algo me lo explicas a mí, y si no, aire.


La miré a la cara con tranquilidad y entonces lo vi todo claro. Su malestar, su repulsa, su veneno. Sí, el veneno que había destilado con su lengua. En un momento pasaron por mi mente todas las conversaciones que había tenido con su hermano acerca de mí. Desde “a esa la tienes loca”, pasando por el “es una simplona, te puedes acostar con ella solo con chascar los dedos, no hay más que ver cómo te mira”, hasta el “si quieres diviértete pero, cuidado, no la vayas a dejar preñada que tú te mereces un mejor partido. Puedes aspirar a mucho más, no te vaya a enredar la mosquita muerta”.


Pensamientos de antes de que me sucediera aquello, hirientes y dolorosos, pero no tanto como las ideas con las que alejó a su hermano de mí después de la violación: “esta, seguro que era de las que le pagaba el Chata para acostarse con ellas. Seguramente tuvo algún rebote por no cobrar lo que le había prometido y por eso lo denunció como violador”. “Ten cuidado que igual lo que ha pasado es que se huele que está embarazada y quiere trincarte y endiñarte al niño”; “No te acerques a ella por mucho que te ofrezca”; “nada más que pensar que se la ha follado el chatarrero… sabe Dios qué cosas le ha podido pegar”.


Hay monstruos que te hacen daño físico, pero otros te lo hacen sin ni siquiera tocar tu piel. Pude leer su pensamiento y todas las barbaridades de mí que le había dicho a su hermano. Yo no entendía a que venía tanta maldad ni tanta inquina ¿Por qué la gente se comportaba así? ¿Qué le había hecho yo la Mari para envenenar a Jaime contra mí? ¿Tan poco le parecía yo para su hermano? Pude detectar soberbia, desprecio y maldad en sus pensamientos: “Lárgate de aquí Eleni y que te jodan, no te acerques a nosotros”.


Así que incluso entre los más pobres y desgraciados yo era una paria, una apestada. Me giré y me di la vuelta sin más, marchando hacia casa, pero esta vez no lloraba como la anterior. Ya no era una chica débil y acorralada por las circunstancias, a merced de los elementos. Había cogido el timón de mi vida. Eso bien lo sabía uno que ahora yacía en el fondo de un pozo cegado.


Me había cruzado con un nuevo monstruo pero ya sabía cómo defenderme. Dejé pasar un par de días mientras rumiaba mi ira y una tarde me decidí. Por la mañana había ido a visitar la cabaña donde fui violada. Estuve un buen rato paseando alrededor de ella sin decidirme a entrar. Al final lo hice. El dolor que me habían infringido allí se juntaba con el que me estaban provocando ahora. El Chata, la Mari, incluso Jaime, solo eran chimeneas de un mismo volcán relleno de maldad. Maldad, que como el humo o el agua, acaba buscando su camino para salir a la superficie. Desde entonces así lo veo yo, como si la tierra estuviera rellena de pura y simple maldad, y esta, escapara a través de determinadas personas al aire para hacernos daño, para torturarnos.


Allí de pie, en medio de la choza revuelta, me hice de nuevo fuerte frente al miedo. Y también pude observar que, al menos aparentemente, no había nadie vigilando el lugar. La policía no parecía esmerarse para tratar de localizar a José Mairena. Demasiado evidente sería que volviera a un chamizo donde no había dejado nada y que además había sido testigo de uno de sus crímenes. Pero a pesar de todo ¿tenía algo mejor que hacer la policía? ¡Menudos imbéciles!


Caminando de regreso a casa tomé mi decisión y esa tarde me aposté en el pasaje que usábamos para acortar camino, donde el Chata me había raptado. Sabía que Mari pasaba por allí, yo no había vuelto aun al instituto pero ella iba dos veces a la semana por la tarde a jugar al balonmano. Mi estrella quiso que viniera sola. No siempre era así, pero lo mismo que a mí antes, a ella ese día se le acabó la suerte.


Le salí al encuentro después de haber echado un vistazo y comprobar que estábamos solas. Ella me miro con aprensión. Pude ver su incomodidad, pero también observé que no parecía tener miedo de mí. La soberbia seguía emanando de su cuerpo, me consideraba poco menos que una mosca a la que apartar de un manotazo si se ponía pesada. Su altivez no le permitió analizar muy bien, si se hubiese mostrado más atenta, quizás se hubiera dado cuenta yo ya no era la misma, pero eso convenía a mis planes así que yo agaché los ojos como si estuviera avergonzada y hablé con un tono de voz suave.


- Mari tengo que hablar contigo, por favor.


- Oye, si es por mi hermano olvídate, lo mejor es que...


- Quería que él me ayudara pero ya veo que no puede ser. He venido para pedirte ayuda a ti.


- ¿A mí? ¿Qué quieres decir?


Como si estuviera dentro de ella, pude leer que la había dejado intrigada, así que continué:


- Quería que Jaime me acompañara a la cabaña donde me paso… donde me hicieron… eso que ya sabes.


- Dónde te violaron - dijo sin el más mínimo rastro de tacto ni compasión, como para marcar la distancia entre ella o cualquier otra chica del barrio y yo. Bajé los ojos de nuevo, ahora me asombro de la facilidad que tengo para adoptar cualquier papel, para imitar a cualquier persona, otra capacidad que hasta entonces no conocía y que también se vio potenciada. Puedo parecer lo que yo quiera, transmitir lo que me interese.


- Tengo que ir pero no me atrevo a volver sola, por eso visitaba a Jaime, porque quería pedirle que me acompañara.


- ¿Y para qué quieres ir tú allí?


- Hay dinero y joyas.


Ella me miro escéptica pero poco a poco la idea caló. La dejé rumiar en silencio, esperando que fuera Mari la que preguntara. Claro que yo jugaba con ventaja, veía claramente su mente y como ella pensaba que yo era una majadera, pero su ambición se había despertado: ¿y si yo decía la verdad? ¿Y si había dinero y oro de por medio? ¿Que tenía que perder por escucharme solo cinco minutos más?


- A ver eso del dinero, explícame.


-Durante el tiempo que me tuvo allí me golpeó. Me pegaba y me amenazaba todo el rato. Una de las veces me desmayé y cuando recobré el conocimiento me hice la dormida, intentando que me dejara de atormentar. Esperaba mi oportunidad a ver si me dejaba sola para huir. Él no se dio cuenta pero yo lo observaba. Lo vi meter un fajo de billetes en una bolsa de hule y también un puñado de objetos dorados y brillantes, estoy segura que eran joyas. Lo enterró junto a la entrada y luego salió. Yo conseguí desatarme y fue entonces cuando pude huir.


- ¿Por qué no cogiste...?


- ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Estás loca? no me hubiera quedado allí ni un segundo más. Por nada del mundo me hubiera arriesgado a que volviera y me pillara. Tenía una oportunidad de escapar de aquella mierda y no la iba a desaprovechar ¿tú que hubieras hecho?


- Lo mismo - acabo concediendo Mari.


- Aquello debe seguir allí, seguro, estoy convencida de que no ha vuelto. Seguramente la policía haya puesto vigilancia y no creo que se haya atrevido a volver.


- Han pasado muchos días...


- Violó a otras dos chicas, toda la policía de Málaga lo está buscando, estoy segura que se ha ido fuera de la provincia. Algún día volverá a recuperarlo cuando todo se calme. Pero ya no lo encontrará porque no le voy a dar esa oportunidad al muy hijo de puta. Ni tampoco voy a dejar que se lo quede la policía. Me lo debe por lo que me hizo. Y estoy dispuesta a compartirlo contigo si me acompañas.


La vi sentir temor por primera vez. No por mí, sino porque tenía miedo de que el Chata se pudiera presentar. Miedo de que rondara por allí.


- Mira, si vamos a las dos no podrá con nosotras. Si aparece corremos, no podrá pillarnos, no a las dos.


- Oye, será mejor que hablemos con mi hermano, él nos acompañará, así no vamos solas.


- Yo ya no espero más, he ido a buscar dos veces a tu hermano y no ha querido ni hablarme. Mira, déjalo, mejor voy sola. Yo ya no le tengo miedo - apuntalando mis palabras y mi súbita decisión, mostrando una nueva seguridad en mí misma, exhibí el revólver.


Mari me observó asombrada, como si no pudiera creer que yo fuera la misma persona tímida y apocada con la que había comenzado la conversación.


- Si aparece por mis muertos que lo dejo seco de un tiro.


Me giré y comencé a andar por la pista de tierra. Podía sentirla dudar desconcertada pero poco a poco, otro sentimiento me llegó cada vez más poderoso y nítido. La codicia se iba apoderando de ella. Después de todo no iba a dejar que yo me llevara un tesoro. Había hablado de un fajo de billetes y de un puñado de oro, pero es posible que en la bolsa hubiera más. O en el mismo agujero. Su mente hacía cálculos. Demasiado suculento para no aprovechar la ocasión y demasiado rápido todo, como para pararse a pensarlo mucho. No tardé casi nada en sentir sus pasos detrás de mí. Me alcanzó rápidamente y me preguntó si el arma estaba cargada.


- Claro. Toma ¿quieres llevarla tú?


Ella negó con la cabeza. “Carga tú con el arma y con los líos”, pensó.


- Vamos entonces- dije yo y continué andando, forzándola a seguirme el ritmo. Cuando llegamos a la caseta dimos un rodeo y quedamos ocultas, observándola desde unos matorrales cercanos. Igual que esa mañana, allí no había ningún movimiento, era un lugar apartado y no parecía que hubiera ningún signo de actividad, nadie vigilaba.


- Esperemos un rato hasta estar seguras - propuse.


Estábamos al sol y la caminata apresurada nos había hecho sudar. Saqué una Coca-Cola de mi mochila. Se había descongelado pero todavía estaba fría. Le ofrecí a Mari y ella no pudo resistir beberse media botella. Yo simule dar un trago más largo aunque apenas me mojé los labios.


- Voy a ver, no te muevas de aquí - le dije. Ella asintió y yo me acerqué a la chabola: abandonada, igual que por la mañana. Esperé cinco minutos y luego le hice una seña moviendo la mano en dirección a los arbustos donde se escondía. No me contestó. La llamé bajito, indicándole que se podía acercar, pero no hubo respuesta. Caminé hacia los matorrales con la mano dentro de la mochila sujetando el revólver y me la encontré inconsciente, tirada en el suelo. Le di un poco con el pie pero no reaccionaba: los potentes somníferos que había echado a la Coca-Cola habían hecho su efecto.


Rebusqué en la mochila y extraje las botas roñosas y desgastadas, las mismas que le había quitado al Chata en aquel pozo después de matarlo, luego me las calce y la arrastré hacia dentro no sin cierto esfuerzo. Le até las manos y los pies y me senté a observarla. Se encontraba en el mismo sitio que había yacido yo hacía unas semanas ¿Qué pasa? No es tan agradable cuando te toca a ti ¿verdad? Yo no puedo dejarte embarazada ni contagiarte ninguna enfermedad, pero ¿cómo se ve el tema cuando eres tú la que estás a merced de un monstruo? ¿Cómo se ven las cosas cuando eres esa tía a la que señalan por el barrio? yo también podré decir que te lo has buscado, que hacías de puta ganando un dinero extra ofreciendo tu cuerpo.


Sí, es posible que me divirtiera propagando o ayudando a propagar maldades sobre ella. Pero antes tenía una venganza que ejecutar. Otra mala persona que quitar de la circulación. De la mochila saqué un trozo de cuerda de tendedero y haciendo un lazo, lo pasé por el cuello de aquella zorra. No era lo único que llevaba en la mochila, también me traje otro recuerdo de la guarida dónde reposa el Chata: su navaja suiza, la que había utilizado para cortar la cuerda.


Apoye los pies en sus hombros y tiré con todas mis fuerzas. La respiración de la Mari se fue reduciendo hasta quedar en un silbido ronco. Tiré más y aguanté, viendo como su cara se abotargaba y se deformaba mientras sus pulmones intentaban llenarse de aire. Se retorcía como una culebra a la que le hubieras pisado la cabeza. En el último instante recuperó la consciencia, abrió los ojos y desde abajo, con los globos oculares desencajados y los dedos intentando inútilmente deshacer el abrazo del cordel en el cuello, me miró sin entender. La muy imbécil no pensaba que le pudiera tocar un día a ella, creía que todo lo malo le pasaba siempre a las mosquitas muertas y las desgraciadas como yo. Ni siquiera en el último instante pudo comprender aquella lección de vida que yo le estaba regalando, pero me reconoció, supo que era yo la que la estaba llevando a la muerte y eso me proporcionó un gran placer, algo parecido a un orgasmo. Mientras presionaba con mis piernas juntas y tiraba de la cuerda, un cosquilleo me recorría entera y su epicentro estaba entre mis piernas. Cuando dejó de patalear y quedó inerte, aflojé la presión. Mis manos estaban marcadas por el cordel y me dolían, pero no me importaba, el subidón era brutal.


Sí, ya veo como me estás mirando, no lo comprendes pero eso no importa, no quiero tu solidaridad ni tu empatía, ni tampoco busco justificarme, solo quiero que entiendas el porqué de todo esto aunque no lo compartas. Te mereces saber la verdad, es lo menos que puedo darte. Y la verdad es que me corrí como una loca, metí la mano en el pantalón por debajo de la goma elástica y casi no tuve ni que tocarme. Un rayo de placer me rasgó de arriba abajo. Creo que grite o que aullé ¿quién puede saberlo? yo no lo recuerdo muy bien, era mi primera vez y no me podía controlar. Resulta irónico ¿verdad? que alcanzara el clímax del placer en el mismo sitio donde me habían torturado y violado. O quizás fue por eso, porque allí nació una nueva Elena. La metamorfosis se había completado: de chica indecisa, boba e infantil a una mujer segura de sí misma, valiente y justiciera. De víctima a verdugo de la maldad.


Todavía me quedaba algo por hacer para completar el ritual, para cerrar el círculo. Rebusqué por los alrededores de la chabola y encontré un palo partido de escoba. La penetré con él varias veces. Ya estaba más tranquila después de mi orgasmo, pero aquello me resultó enormemente excitante, no sabría decirte exactamente por qué. Lo cierto es que cuando estoy a solas en mi cama recordar esos detalles me provoca una gran excitación, lo que aprovecho para masturbarme.


Me fui de allí y no volví jamás a ese lugar. Menudo lío se montó. Nadie se esperaba algo así y rápidamente las sospechas recayeron sobre el Chata: ¡era todo tan evidente que no coincidí con una sola persona que se planteara otra hipótesis!
 
Vaya giro de guión. Este no lo vi venir en ni tu momento.
O sea, que posiblemente la que está matando a chicas jóvenes es ella

Es una pena que sus Padres y su familia la hubieran tratado como lo han hecho y han creado un monstruo.
Me da muchísima pena Elena, porque todo esto es culpa del maltrato psicológico que le han hecho.
 

Las Pilis​


Mentiría si te dijera que no disfruté de todo aquello. Me convencí a mí misma que estaba equilibrando mi karma y con él, el de mi barrio, el de mi ciudad. Los malos estaban pagando y yo disfrutaba con ello. Quizás ahí hubiera podido cerrar mi etapa como asesina. Todo aquello era demasiado excitante e interesante para frenar en seco y olvidarme, pero tal vez lo hubiera conseguido si no hubieras sido por las Pilis. Lo cierto es que nadie había podido relacionarme con la muerte de Mari, ni con la desaparición de José Marchena. Fundamentalmente porque todos pensaba que el Chata seguía vivo y que era el asesino de la chica de las Veredillas. Es cierto que yo la conocía pero nadie me había visto hablar con ella el día que desapareció. Jaime y yo no habíamos llegado a ser novios, ni siquiera a salir juntos o a dirigirnos la palabra en los últimos días. Su propio interés en mantener la distancia conmigo jugó en su contra, nadie pudo relacionarme más allá de haber ido alguna vez a su tienda o compartir instituto con ella, pero si hubiera sido por eso, entonces hubieran tenido que sospechar de medio barrio.


Nadie me preguntó, nadie me consultó, ningún policía me entrevistó. Estaban perdidos, no tenían ni puta idea de por dónde buscar siquiera al sospechoso principal. Entonces mi madre decidió que yo tenía que retomar el instituto. O eso, o ponerme a trabajar, que ya estaba bien de hacer el vago todo el día, tenía que espabilarme.


- No estás inválida ni te han quitado un brazo ni una pierna - observó mi padre con brutal objetividad. No hay mucho tiempo en una familia pobre para dedicar a la pena ni al duelo, algo de cariño y de comprensión quizás hubiera ayudado, pero claro, eso era demasiado pedir a mi padre. A él lo habían criado entre bofetadas y jornadas de faena extenuante. Como trabajo para mí no había, me hicieron volver al instituto.


Odiaba ir. Desde el primer día todos me miraron raro. Hasta entonces había sido poco menos que invisible, lo cual me exasperaba a veces. Envidiaba a las chicas que destacaban, a las que llevaban la voz cantante, las que se llevaban a los chicos de calle. Sin embargo, ahora recibí una atención no deseada. Me sorprendía leyendo las miradas de todos los compañeros y compañeras con los que me cruzaba. Desde la pena y la lástima de la mayoría, al rechazo y la curiosidad morbosa de muchos. Ambos extremos me agobiaban. Créeme, no desees nunca saber lo que piensa la gente. Siempre te decepcionan.


Ni siquiera aquellas más cercanas, a las que podría considerar algo parecido a mis amigas, trataron de entenderme, de darme algo de apoyo. Casi podría decir que suspiraron con alivio cuando decidí incomunicarme en un rincón del patio durante el recreo. Apenas había faltado un mes y parecía que había estado un siglo alejada de todo aquello. No encajaba ya en ningún sitio.


Y hubo alguien para quién eso no pasó desapercibido: las Pilis. Todos las conocemos así aunque solo una de ellas se llama Pilar realmente. A lo largo de esta historia creo que ya ha salido a relucir que algunas chicas hacían determinadas cosas por dinero, incluso desde muy jovencitas. Pilar era una de ellas. Como siempre suele suceder, las cosas no empiezan de esa manera. Nadie se vuelve un yonki de repente, ni un atracador, ni una puta.


Todo empieza con la fiesta y el subidón que te dan las drogas hasta que dejas de controlarlas y son ellas las que te controlan a ti. También piensas que no pasa nada por dar un pequeño palo, un robo en un coche, un tirón a una señora pija o unos paquetes de cerveza de la despensa de un tendero, una pequeña propina y un subidón de adrenalina para divertirte, hasta que un día te ves disparando una recortada contra un pobre diablo, detrás de la barra de un estanco o tras el mostrador de la farmacia.


La Pili tuvo el éxito con los chicos que yo no tuve. No le faltó un chaval guapo del brazo desde prácticamente que empezó con la adolescencia. Los primeros, sin duda, por amor o quizás por el celo que provoca la química en las hormonas adolescentes. ¿A qué chica no le gusta que la quieran? ¿Quién le hace ascos al dulce sabor del sexo joven y apasionado? Y una vez roto el tabú, una vez que el sexo regalado se convierte en algo habitual ¿por qué no ir más lejos? Algunas aprenden muy pronto el poder que ejerce sobre los chicos eso que tienen entre las piernas.


De modo que aquello que empezó dando por amor y luego por placer, terminó dándolo por interés. Muchos hogares no estaban muy boyantes y desde luego, las chicas de las Veredillas no podíamos permitirnos caprichos. Aunque aquello que nosotros llamamos capricho era simple y pura necesidad en la mayoría de los hogares normales. Unos zapatos decentes, estrenar alguna vez ropa nueva, poder comprar productos de higiene femenina, tener unos pendientes que evitaran que se te cerrara el agujero de la oreja…El simple hecho de que un chico te paseara en su moto y te llevara a la playa del Palo a invitarte a un refresco era todo un lujo que casi todas ambicionábamos.


Pilar se dio cuenta de que podía tener todo eso y más. Y no precisamente trabajando. Y si además no tienes demasiados escrúpulos, y dejas de centrarte solo en aquellos que te gustan y amplias el límite de edad a hombres más mayores, no faltará quién te silbe al pasar.


Pili hacía tiempo que no iba por el instituto, sus intereses estaban en otro sitio. Básicamente, en el asiento de atrás de un coche, en cuartuchos, solares abandonados o cualquier rincón donde pudiera intercambiar sexo por favores.


Tan viejo como el mundo. Igual de antiguo que el tema de buscar la evasión rápida y placentera que provoca la droga o el alcohol, y que al final te vuelve esclava. Pili tenía un poco de todo eso pero no era muy distinta a nosotras, podía haber salido, podía haber cogido otro camino, pero ella eligió conscientemente lo sencillo, lo fácil. Eligió equivocarse. Y además arrastró a Conchi.


Conchi, moldeable y sin voluntad propia, pegada a ella como su sombra. Deseando emularla, pensando que el dinero te lo regala la vida solo por tener un cuerpo joven y apetecible. Tanto la imitaba que al final dejo de ser Conchi para que la conociéramos simplemente como la Pili 2, y de ahí, al final, el nombre de las Pilis, porque siempre iban juntas a todos lados y lo que hacía la una lo hacía la otra. Al seguirla con los ojos cerrados en todas sus movidas reforzaba su conducta. Perdieron cualquier rastro de honorabilidad que pudieran tener, y con ella, el respeto de los que las conocíamos, para luego acabar perdiéndoselo a sí mismas.


Esas dos eran como la protagonista de la canción La Negra Flor de Radio Futura. “Cuando hay más jaleo, te veo pasar”… allí donde había follón ellas estaban juntándose con lo mejorcito del barrio, fumando tabaco del bueno, manejando algún que otro billete, con ropa de marca y sin que le faltaran bebida ni costo de calidad.


Y allí se encontraba una de ellas esperándome. A la salida del instituto.


- Eleni ven, que tenemos que hablar.


- ¿Qué quieres?


- Aquí no.


Nos apartamos unos metros y cuando estuvimos a solas me preguntó a bocajarro:


- Eleni ¿tú quieres ganarte un dinerito?


- ¿Haciendo qué?


- Pasando un buen rato.


No me molesté en contestar. La mirada escéptica y dura hablaba por mí. Empezaba a intuir por dónde iba la propuesta y no me gustaba nada.


- Venga chica, no pongas esa cara: será divertido y te llevarás un dinero ¿no quieres tener unos vaqueros o unas botas como las mías?


- Si para eso tengo que abrirme de piernas, no.


- A ti ya te han abierto de piernas y bien abierta ¿Qué más te da? Sácale un poco de provecho porque otra cosa no te vas a llevar.


La fulminé con la mirada pero ella me ignoró. Demasiado estaba acostumbrada a que los reproches le resbalaran. Y siguió a lo suyo.


- No te enfades gorriona, que yo soy un poco bruta pero en el fondo lo que quiero es hacerte un favor.


- Pues ahórratelo.


- No entiendes de que va esto ¿verdad? Tú y yo ya no somos chicas normales: la gente habla. Nos va a costar mucho encontrar novio y desde luego no aquí, en el barrio, así que mientras emigramos ¿por qué no aprovecharnos? Benefíciate de la mala fama como he hecho yo.


Ahora ella era la que me taladraba con la vista. Dio una calada y echando el humo de lado me miró de arriba abajo.


- Oye, siento mucho lo que te pasó pero lo que yo te estoy proponiendo no es igual. Es gente que te trata bien. Incluso chicos guapos que te harán disfrutar. Puedes probar y luego si no te gusta...


- No necesito probar nada - le dije desabrida, casi escupiendo las palabras.


Ella me pilló el tono y esta vez sí pareció ofenderse un poco, o tal vez era simplemente que esperaba hacer negocio conmigo y le había fastidiado a los planes.


- Tú misma. Pero créeme si te digo algo, que de esto se mas que tú: los chicos son unos cabrones, eso no hace falta que te lo cuente porque tú misma lo has podido comprobar. Encontrar un tío que aquí te trate bien es un milagro, si no te la dan al principio te la dan al final. Puedes seguir siendo la pobrecita Elena y seguir preocupándote por una reputación que ya no tienes, o puedes empezar a aprovecharte tú de ellos. La Conchi y yo hacemos lo que nos da la gana, nadie nos obliga y no somos peores que aquellas que se dejan follar gratis por un novio que al final va acabar jodiéndolas igual.


Di medida vuelta y comencé a alejarme de ella: no quería seguir escuchándola.


- Si al final te decides estaré sobre las nueve en el cañaveral. He quedado con un chico, si vienes te lo presento. Te aseguro que te gustará.


Yo sería caminando sin volver la vista.


- Al final te joden Eleni, de una forma u otra te joden ¡sácale partido no seas tonta! - Fue lo último que me gritó antes de que girara la esquina y la perdiera de vista.


Esa tarde me encerré en mi cuarto sin comer. Una extraña fiebre se había apoderado de mí y me tenía revuelta. Hasta la cualquiera del barrio se pensaba mejor que yo ¿Es que acaso no veía la diferencia en que entre que te violen y que te abras de piernas al primero que llegue? Pero no, incluso la Pili se podía permitir mirarme desde arriba y levantarme la voz. El chico al que amaba había demostrado ser un perfecto capullo; su hermana una mala puta; la gente me señalaba sin que yo o hubiera hecho nada malo, solo era una víctima; y para colmo, mi familia parecía darles la razón mirándome como si estuviera loca, como si yo fuera incapaz de comprender que cuando la vida te marca, te tienes que dar por jodida y ya está.


Pues no, no estaba dispuesta: en una cosa tenía razón la Pili, y es que tendría que emigrar de aquel barrio de mierda, pero antes de irme haría una pequeña limpieza. Por culpa de tías como las Pilis había cerdos que pensaban que todas las chicas teníamos un precio. Eran un imán para los monstruos como el Chata, los atraían y luego pagábamos las que no teníamos culpa.


¿Qué mal había hecho yo para que me arrastraran a aquella infecta cabaña? Jamás había pensado en vender mi virtud, ni en entregarme a otro sino aquel a quién amara. Solo tuve la mala suerte de cruzarme en su camino, en el camino de un monstruo que venía buscando a una chica de las que regalan sus encantos, o de las que los cobran, y ese día (mira por donde), no la encontró y decidió raptarme a mí.


No se puede atraer a las alimañas habiendo ovejas sueltas. Si cebas a los lobos estos acaban haciendo presa en todo lo que se mueve. Y estás eran de las que le daban carnaza.


Tomé una decisión. Allí tumbada en la cama y mirando el techo: mientras revisaba el mapamundi que formaban los desconchones, supe que volvería a matar. Yo tenía un poder y debía emplearlo. Estaba sufriendo una metamorfosis dolorosa pero necesaria: había dejado de ser una víctima y ahora era una cazadora. Dejé de ser una de cría con la cabeza llena de pájaros, insegura y llena de miedos y ahora pisaba fuerte y con confianza. Yo decidía y ¿sabes qué? que empezó a gustarme la nueva Elena. Empecé aceptarme y pronto me gusté. Ahora yo era el lobo que había probado la sangre y ya no renunciaba a alimentarme.


Y mi alimento era eliminar el mal de mi alrededor.


Al anochecer me dirigí al cañaveral. Una idea alumbraba mi voluntad aunque todavía no le había dado forma. Pilar era un faro que atraía a lo peor de los hombres a nuestro barrio, pues bien: yo apagaría ese faro.


La muerte del Chata había eliminado al monstruo pero eso no lo sabía nadie, de la misma forma que tampoco sabía nadie por qué había muerto Mari. No podía darle publicidad sin delatarme, no podía explicar las verdaderas razones de la muerte de una, ni resolver el enigma del otro sin señalarme. Pero sin duda el castigo a Pili sí sonaría como una advertencia alta y clara para las chicas que se vendían.


Sabía que podría encontrarla en el cañaveral y si la suerte me acompañaba un poco, quizás sola. Antes, pasé por la casa abandonada donde había vuelto a esconder la pistola en otro agujero distinto, junto con las botas del Chata, una cazadora vieja verde militar que usaba y también la navaja que le había cogido. Me calcé las botas de media caña, apretando bien en el tobillo ya que me quedaban varios números más grandes, me eché la cazadora por encima y me guardé un trozo de cordel con la navaja en un bolsillo y la pistola en otro. Me colgué la mochila y salí en busca de la Pili.


No voy a tratar de explicarte a la transformación que obró en mí ese ritual y sentir sobre mis hombros las prendas del monstruo. Fue un subidón, ya no temía a los fantasmas, al contrario: los perseguía, tenía el poder y el miedo de mi parte. Era ira y fuego en movimiento. No te pido que lo entiendas, tú no eres yo. Jamás comprenderías lo que se siente, jamás entenderías mis motivos, somos distintos, tanto como lo es un tigre y su presa. Dos mundos diferentes que se encuentran pero no se comprenden.


Caminé hacia la acequia seca que conocemos como el cañaveral dando un rodeo por la parte de campo, evitando las calles y la pista de tierra que llevaba hasta ella. Se había hecho de noche y desde la muerte de Mari, el barrio se mantenía desierto a esa hora. La gente y (sobre todo las chicas), tenían todavía miedo de salir. Me sentí plena, satisfecha, porque sabía que era a mí a quién temían. El monstruo había salido a cazar de nuevo, pero era un monstruo distinto, diferente, justiciero y pletórico de su fuerza recién descubierta ¡Ahora sé cuánto me arriesgue y cuánta suerte tuve! Si me hubiera pillado la policía en esos momentos… todavía patrullaban y buscaban al Chata. Si me cogen con su chaqueta y botas hubiera acabado todo. Ahora es distinto, tengo método y experiencia además de buena suerte ¿sabes?


Bueno, como te he dicho, el cañaveral era un antiguo canal de riego seco y roto en varias partes, más allá de las últimas casas del barrio y solo llevaba agua cuando llovía. Se formaban pequeños charcos allí donde la acequia estaba quebrada y el agua se dispersaba. De día iban los chicos a jugar, a tratar de cazar ranas… de noche iban las parejitas buscando intimidad entre las cañas que allí crecían. Esa noche había una pareja, solo había alguien tan loco para aventurarse y yo sabía que era Pili.


Un coche pequeño, oscuro, con rayones a los lados y un bollo en la parte de atrás. Los cristales bajados porque era una noche un poco bochornosa, dos siluetas entrelazadas dentro, bailando una danza íntima como si fueran sombras chinescas proyectadas sobre una sábana. Me acerqué sin ser vista, ocultándome en el cañaveral que rodeaba el claro. Me percaté de que ella estaba arriba, recogido el pelo en una coleta, la barbilla levantada y sus pechos ofrecidos como el mascarón de proa de una embarcación que riela las olas.


Perdona que me ponga un poco poética, quizás ese lenguaje ahora está de más, pero es que todo era como un sueño: me veía a mí misma protagonista de en mi propia película. Entre tú y yo ya no hay mentira así que te seré sincera. Aquella visión me excitó. Por lo que veía y por lo que estaba a punto de pasar. La sangre me hervía y el cuerpo se me preparaba para matar, para alcanzar un nuevo orgasmo de placer y furia. Todavía no sabía cómo, pero sabía que esta noche habría sacrificio a la diosa de la justicia.


En un momento dado se abrió la puerta y ella salió con una minifalda enrollada alrededor de la cintura, dejando ver sus largos y delgados muslos y la mata de pelo negro entre sus piernas. Junto con ella salió un chico moreno de unos veintitantos años, con aspecto agitanado. La luz del coche quedó encendida al dejar la puerta abierta y pude comprobar que el chaval era musculoso, con unos buenos pectorales y bíceps, piel oscura y no sé si guapo, no pude verle la cara. Entre las piernas le colgaba un buen badajo que se movía a un lado y a otro, como señalando a derecha e izquierda, como buscando de nuevo acomodo en la cavidad húmeda y palpitante que acababa de abandonar. No, no era mal ejemplar, tuve que reconocer. Ella intentó hacerle una caricia con la mano, atraerlo hacia sí misma para besarlo, pero el chico, con un movimiento hosco le sujetó la mano y la volteó, abrazándola por detrás. Desde esa postura le sobo las tetas mientras ella restregaba su culo contra la polla. Un beso intenso en el cuello la hizo gemir alto y claro, sin esconderse y sin vergüenza, aunque deberían suponer que no había nadie cerca. El segundo beso se transformó en mordisco, por lo que parece, porque ella dio un grito y se fajó del abrazo mientras intentaba dale una bofetada.


- ¡Gilipollas! ¡No me muerdas que me dejas marca!


El muchacho la tomó de los brazos y la empujó contra el capó.


- No te pongas ahora chulita que sé que te gusta – entonces, la forzó a darse la vuelta y sujetándole con un brazo la espalda, con el otro maniobró su verga hasta penetrarla desde atrás.


- Despacio que me haces daño.


- Cállate zorra, no me digas ahora que me pare después de haberme calentado - dijo mientras empezaba a culear.


Apreté un puño dentro de la chaqueta aferrando el revólver cuando oír gritar a la Pili. Negros recuerdos me asaltaron y estuve a punto de plantarme allí en dos pasos y volarle la cabeza al muy bestia. Por un momento, imaginar la piel blanca de la espalda de Pili llena de sangre de aquel idiota me produjo un subidón. Me contuve unos minutos, lo justo para comprobar que la chica aguantaba las embestidas más fastidiada que dolorida. Parecía poder con aquello. Miraba hacia atrás como desafiando al pavo, amortiguando cada vez más sus grititos que hacia coincidir con cada metida de polla. Y pronto, un relámpago de lujuria pura y dura atravesó su rostro. En qué momento la molestia se fue transformando en placer es algo difícil de determinar. Hubo un punto en el que yo no tenía claro si disfrutaba o sentía fatiga, pero poco después, ya no tuve dudas. Empinaba el culo para mejorar el ángulo de penetración y sentirla mejor. Su cuerpo estaba tenso y los grititos se habían transformado de nuevo en jadeos, altos y fuertes.


- Dame, dame, dameeeee…..- exigía gimiendo con voz rota por el placer.


El chico aumentó el ritmo de sus caderas mientras resoplaba como un venado en celo. Sus brazos se tensaron al agarrarla de la cintura e imprimir más fuerza a sus pollazos, haciendo que sus bíceps formaran bola y se marcaran sus venas. Es increíble con qué nivel de detalle podía ahora absorber toda la escena. Como a cámara lenta, veía desarrollarse el encuentro entre esos dos cuerpos, jóvenes, casi animales, en una danza de sexo y morbo. Podía incluso oler sus feromonas, sus fluidos, sentir cada pestañeo de Pili cuando la verga entraba hasta el fondo, cada contracción de la verga del muchacho que anticipaba su eyaculación, cada jadeo formándose en la garganta incluso antes de ser emitido. Que quieres que te diga, yo misma estaba cachonda pérdida. Me imaginé disparándoles a ambos justo en el momento de su orgasmo y una conmoción me recorrió entera. Por un momento me tambaleé a punto de caer, tropezando con algo duro que había en el suelo. Era un trozo de hierro, un mástil de unos cincuenta centímetros, posiblemente el mango de alguna herramienta. Lo tomé y lo puse a un lado. Si no fuera porque estaban en todo su apogeo, quizás me hubiesen oído. Pero ellos estaban a lo suyo… y yo a lo mío, que en ese momento era meter la mano entre el pantalón y mi vientre y masturbarme furiosamente, mientras a todo aquel cuadro de sexo y morbo añadía unas pinceladas rojas de sangre, imaginando mi irrupción en la escena.


- No me lo eches dentro, córrete fuera – consiguió articular Pilar – fuera, cabrón ¡sácala ya! – exigió entre golpeteos secos de carne contra carne de la pelvis del chico chocando contra sus nalgas.


Por un momento pareció que no iba a obedecer porque no aflojó ni el ritmo ni la intensidad. La tenía a su merced y a pesar de todo su genio y su descaro, Pili, no podía (o quizás no quería) revolverse. Un brazo torcido en su espalda, que el hombretón sujetaba con una mano y con la otra, dejando caer su peso sobre sus omoplatos, la forzaba a mantener la postura, sometida a su fuerza bruta. Pero en el último instante, el mocetón se separó, sacando la verga y masturbándose sobre el culo de ella. Si estaba aliviada no lo demostró en ese momento. Solo se dio la vuelta y se arrodilló frente a él, esperando recibir la descarga que llegó en forma de una lluvia de semen que le puso perdida la cara y las tetas. Esperó paciente a que el torrente amainara y justo cuando él estrujaba para sacar las últimas gotas, ella le cogió los testículos y cerró la boca sobre su glande, sorbiendo con avidez. El chico se dejó hacer: los muslos fuertes plantados en el suelo, acariciando su pelo mientras ella chupaba y lamía golosa. Finalmente se separó y se puso de pie, sacudiéndose las rodillas de tierra y hojas. Todavía se exhibió un poco más, provocadora, mostrando los restos de semen en sus tetas como si fueran condecoraciones.


Me tuve que morder la lengua para no gritar: un orgasmo me sacudía y yo intentaba contenerlo para no hacer ruido ni delatarme. Mi cuerpo se sacudía entre convulsiones, fue largo, intenso… hubo un momento en que me abandoné. Hubieran podido sorprenderme y hacerme lo que hubieran querido porque no era capaz de reaccionar, solo dejarme recorrer por el placer. Al retirar la mano de mi entrepierna estaba chorreando. Un olor a sexo, mi propio sexo, me llegó hasta la nariz.


Cuando me pude recuperar vi que Pili ya estaba vestida y reñía con el chico. Había recobrado el aire chulesco y parecía encararse con él. Discutían por algo. Al final él metió la mano en el bolsillo y saco una cosa que brilló un instante: era una cadena con un colgante, parecía de plata. Ella sonrió satisfecha y la tomó con la mano sopesándola.


Luego se despidieron. Él se marchó y Pili se quedó sola, quizás esperando a otro “amigo”. Hay que reconocer que le echaba ovarios. Con un asesino suelto y ella allí de noche, expuesta a lo que viniera. Igual esta vez no iba a resultar tan fácil, me dije. No obstante, di unos pasos hacia ella, haciéndome visible. Llevaba el mango de hierro en la mano, colgando a mi costado.


- Hola Pili.


Ella se removió inquieta. Mi voz le resultaba familiar pero no mi aspecto, lo que la hizo recelar.


- ¿Quién eres?


- Soy Elena.


Me acerqué hasta que pudo reconocerme. Entonces suspiró tranquila:


- Vaya, de forma que al final te has decidido a venir… ¿De qué vas disfrazada?


- Prefiero que me confundan con un tío, no quiero más sustos. Traigo esto para defenderme – le aclaré al ver su mirada fija en el hierro.


- Así no te vas a comer una mierda chica. No vuelvas a venir con esa pinta. Hay que gustar a los hombres y una ropa provocativa es tener hecho un 80% del trabajo.


- Ya…


- ¿Me has visto con el gitano?


- Sí ¿De verdad es gitano?


- Solo medio, por parte de padre. Mira lo que me he ganado – indicó mostrándome con orgullo la cadena de plata – pesa bastante, debe valer una pasta. Y además me ha dado un buen trozo de chocolate ¿quieres que nos hagamos un peta?


- Prefiero no fumar. Estoy un poco nerviosa.


- Pues por eso, esto te relaja – dijo mientras comenzaba a liarse un porro.


- Tenias algo que proponerme ¿Era esto?


- Ya has visto que fácil es sacarse un dinerito ¿Te ha gustado el espectáculo?


- Me ha parecido interesante ¿Has disfrutado? - Pregunté contestando con otra pregunta.


- Ha estado bien, aunque esta vez no me he corrido. El Manolo es un poco bruto e impaciente. Pero hay otros que sí saben hacértelo – indicó con una sonrisa morbosa.


- Mira – continuó mientras daba una calada profunda – tenías que haberte mostrado antes. Esto era una prueba, quería verte follar con él.


- ¿Una prueba?


- Sí. No es aquí donde te quiero, haciéndome la competencia a mi o a Conchi. En el barrio nos bastamos solas y ya tenemos nuestros líos. Tampoco somos putas de esquina ¿sabes? Elegimos con quien estamos y mejor que no te entrometas.


- Entonces ¿que querías de mí?


- Mira, a veces nos invitan a fiestas. Gente de pasta que conoce el Pelao. Ya sabes, les pasa costo y otras cosas. Fue él quien nos lo propuso. Tíos que manejan, de los que te recogen en el Muelle Uno con el barco y te dan una vuelta por la costa, o te llevan a una villa bonita con piscina y jardín, champagne y coca, nada de cerveza y canutos. Echas una buena tarde y te traes un buen pico. A veces también te hacen un regalito extra. A mí una vez me dieron un reloj bueno y en otra ocasión nos trajimos unos pendientes de oro.


- ¿Son jóvenes?


-Hay de todo.


- Y ¿que piden?


Pues básicamente están hartos de pijas que ponen cara de asco para todo. Lo que quieren es una chavala apañada que le guste follar y no ponga pegas a nada. Pero no te preocupes, hay alguno un poco especialito pero la mayoría solo quieren disfrutar, no te van a pedir cosas raras ni te van a hacer daño.


- ¿Y por qué quieres que os acompañe?


- Por la variedad, chica, que no te enteras. Esa gente se aburre de ver siempre las mismas caras, tenemos que darles vidilla porque si no se buscan a otras. Chavalitas jóvenes de barrio dispuestas a dar marcha si eres generoso, abundan. Así que Conchi yo nos montamos el espectáculo pero hemos pensado que si te metemos a ti, será una novedad: las tres juntas podemos ganar bastante.


- ¿Las tres juntas? ¿tendría que...?


- Ya te acostumbrarás, solo es sexo. Simplemente nos acariciamos y jugamos un poco para ponerlos a tono, no pasa nada. Ni la Conchi ni yo somos lesbianas. Entonces ¿qué? ¿Te animas?


- Tengo que pensarlo.


- Pues no pienses mucho que este sábado tenemos guateque. Si tú no vienes buscamos otra.


- Mañana, cuando salga del instituto, te doy la respuesta.


- No te olvides de la prueba.


- ¿Qué prueba?


- No quiero movidas ni rollos una vez en faena. Nada de lloros ni de montar el espectáculo. Tengo que estar segura de ti. Tienes que gustarles, así que tengo que verte follar antes.


- ¿Por eso me citaste aquí? ¿Para que follara con el gitano?


- Me da igual aquí y con el gitano que en otro sitio y con otro. Si quieres funcionar con nosotras me tienes que demostrar que estás a la altura.


- ¿A la altura? ¿Que si yo estoy a tu altura? Jajajaa.


Hasta yo misma me estremecí con el tono de mi risa, que tenía un punto macabro como si anticipara lo que iba a suceder unos instantes después. Pilar me miró sorprendida, pareciera que por un momento hubiera atisbado quién era realmente yo, como si hubiese podido levantar por un instante la esquinita de uno de los velos que cubrían mi interior y se hubiera asomado a mi alma negra. No, no me importa definirme como un demonio, ni como una bruja, ni como una asesina… tú misma puedes llamarme lo que quieras que no me molestaré, incluso puede ser que me sienta halagada.


Como te decía, en ese momento Pilar se inquietó como si hubiera tenido un pequeño atisbo de comprensión de lo que tenía delante: el lobo bajo la piel de cordero.


- ¡Eh tranquila! - dijo – bueno, vámonos que aquí ya está todo el pescado vendido esta noche. No creo que se acerque nadie más - y empezó a caminar hacia las luces de las casas más cercanas


El primer golpe no la derrumbó pero la dejó tambaleante. Su cuerpo no llegó a caer pero su cerebro se desconectó por la fuerte sacudida y el dolor intenso. En una rápida sucesión le pegué tres o cuatro veces más, incluso mientras caía de rodillas, golpeándola las costillas y en la espalda. No pudo emitir ningún grito, solo un gemido sordo y apagado. La arrastré aún viva hasta un arbusto cercano y usando el cordel la estrangulé, apoyando el pie en el árbol y tirando de ella. Utilicé el hierro para penetrarla, tras dejarla desnuda, y luego la cubrí con la chaqueta del Marchena. Antes de irme, cogí la cadena que le habían regalado y la desplegué sobre su vientre, con el Cristo de Dalí justo en su pubis, lanzándole al cuerpo aún caliente unas últimas palabras a modo de epitafio:


- No te equivoques Pilar, tú y yo no somos iguales, de hecho no nos parecemos en nada aunque me haya excitado viéndote follar con el gitano.


Me largué de allí escabulléndome campo a través para que nadie me viera. Al día siguiente fue una conmoción cuando descubrieron su cadáver. Esta vez sí, la policía tomó el barrio, una auténtica locura, te puedes imaginar. Todo el mundo estaba convencido de que el Chata seguía suelto. Mi madre me prohibió salir a la calle y no se veía en cuanto caía la noche, a ninguna chica sola andar fuera de casa. Una vez más pasó que entrevistaron a medio barrio pero a mí me dejaron al margen. Parece que mi condición de víctima me eximía de toda sospecha.
 
Esto está siendo muy doloroso para mí.
Entiendo que la violación le haya afectado mucho y que su familia le dé la espalda también, pero no tiene derecho a hacer las atrocidades que está haciendo
Solo espero que Miguel la descubra y acabe con esta mala mujer.
 
Las Pilis (2)


Pasé una semana madurando que el trabajo estaba incompleto. Con el olor a sangre todavía impregnando mi olfato y el cuerpo pidiéndome dar otro escarmiento, debía completar la tarea con el cabo suelto que quedaba, que no era otro que Conchi, la otra Pili. El mensaje quedaría así enviado alto y claro. Pero ¿merecía Conchi morir? Ahora ya no tengo esos reparos. La misión y el placer de la caza están por encima de cualquier consideración moral. Pero entonces todavía arrastraba el lastre de cierta piedad, de algún vestigio de auto justificación, de algo de reparo a la hora de matar. Cuesta deshacerse de tu yo antiguo, no es tan fácil, aunque lo cierto es que la total ausencia de remordimientos ya me indicaba cuál era la dirección en que me encaminaba.


Decidí posponer la decisión hasta que me encontrara con ella. Lo cierto es que había desaparecido y no se la veía por ningún lado. Igual que su alter ego, la Pili, hacía ya meses que había dejado el instituto y si antes era relativamente fácil encontrártela por la calle, o en algún local del barrio socializando o pendoneando (según a quien le preguntaras), ahora llevaba varios días desaparecida. A pesar de las protestas de mi madre comencé a salir sola. Lo cierto es que el barrio era un hervidero de Policía y de vecinos que escrutaban a todo aquel, extraño o no, que resultara sospechoso.


Pero yo no. El diablo siempre escoge los mejores disfraces cuándo sale a trabajar. Hasta que no es demasiado tarde no notas el olor azufre. Así que podía moverme con total libertad evitando hacer preguntas directas pero poniendo oído, porque de todas formas no había otro tema de conversación. Al final se acaba una enterando de todos los rumores alocados, cambiantes e increíbles, que no añadían más que confusión a todo lo sucedido.


Tres tardes estuve saliendo hasta que me la crucé. Caminado con la mirada un poco perdida, parecía más desconcertada que asustada. Me acerqué a ella y le pregunté:


- Tía ¿estás bien?


Me miró con esos ojos de cabra que tenía (era un poco estrábica tenía los ojos algo saltones). Gastaba peor tipo que su amiga Pili (aunque sabía sacarse partido) y desde luego era bastante menos decidida e inteligente. Parecía una réplica del todo a cien, una versión mala y barata de la choni de barrio que había sido su amiga.


- ¿Eh? Si...


Conchi me tomo del brazo apretando muy fuerte, casi hasta hacerme daño.


- Eleni que alegría verte... Vaya palo, te has enterado ¿no?


- ¿Y quién no? ¿Hay alguien en toda Málaga que no lo sepa?


No parecía estar en la realidad. Asintió con gesto grave y luego vi cómo se descomponía su rostro y una lágrima recorría su mejilla. Empezó a moquear pero sin hacer el más mínimo intento de limpiarse la cara. Como si su cuerpo y su mente estuvieran disociados. Su cerebro parecía haberse ido de visita a otro mundo. Tras lo que parecieron un par de interminables minutos pareció volver en sí.


- ¡Qué puta mierda Elena, que puta mierda!


Me bastaron cinco minutos de charla para entender que Conchi se había quedado huérfana. Su norte y su guía había sido siempre Pili, creció a su sombra y sea como fuere que ella consideraba lo que era su vida, parecía sentirse dueña de la misma, satisfecha de sus manejos. Pero ahora, una vez caído el árbol que la cobijaba, estaba a merced de los elementos. El tema era más penoso y profundo de lo que yo pensaba: en todos estos días no había podido superar el shock y lo que es peor, se lanzó de cabeza a la corriente, dejándose llevar por la misma e incapaz de reaccionar ni de buscar un punto de salida.


- Necesito que me hagas un favor. Llégate a donde el Pelao y pídele un gramo - dijo poniéndome un puñado de billetes arrugados en la mano - No le digas que es para mí ni tampoco que me has visto, llevo todos estos días escondida.


- ¿Un gramo? ¿De coca?


- ¡No, idiota! de caballo.


Me fijé en sus brazos y entonces caí en la cuenta. Distinguí varias picaduras en cada uno de ellos.


- No me jodas Conchi...


- Lo necesito, enróllate…


- Yo no voy a ir donde el Pelado y mucho menos a comprarle caballo.


Me miro con un cansado hastío, como confirmando que el mundo conspiraba contra ella y después, se apoyó contra la pared, como si le costara mantenerse en pie.


- Oye ¿y por qué estabas escondida?


- Le debo pasta, llevo pillándole desde que mataron a Pili pero no he podido hacer dinero para pagarle. Esto es lo último que he podido juntar pero solo da para una dosis.


- ¿Y por qué no te montas una fiesta de esas a las que ibais? Pili me dijo que sacabais un buen pellizco…


- ¿Habló contigo de eso? - contestó sorprendida.


- Sí, me propuso participar.


De repente sus ojos adquirieron vida y su expresión pareció volver a conectar con la realidad.


- Oye qué buena idea ¡Joder! Pili siempre iba por delante. Esa gente apenas nos llamaba ya, parecía que se habían aburrido de nosotras.


La mente de Conchi era toda confusión. Mirar en su interior era como tratar de leer un texto con las palabras desordenadas, pero de repente todo pareció aclararse y cada pieza del puzle encajó en el lugar que le correspondía. Pude ver con claridad lo que había sucedido.


- No vuelvas a venir por aquí con esta yonki de mierda - había espetado el Pelado después de la última orgía, señalando a una colocada Conchi, que parecía más una muñeca deslavazada que la jovencita descarada y fogosa que había hecho las delicias de los clientes, subiendo la apuesta con cada nueva guarrería que practicaba.


No diré que sentí pena por ella: a estas alturas ya había empezado a darme cuenta de que yo no era capaz de ponerme del todo en el lugar de los demás, no tenía (si es que alguna vez la había tenido), capacidad de empatizar, como correspondía a la buena psicópata en que me estaba descubriendo, pero sí tuve un pequeño punto de indecisión, de duda: la Conchi parecía más víctima que culpable. Te juro que estuve a punto de perdonarle la vida, pero hubo un momento de lucidez en su celebro, atormentado por el síndrome de abstinencia, y fue como si me lo gritara a la cara. Aunque no lo dijo, pude leer perfectamente que pensaba que yo era una puta, una guarra que quería entrar en el negocio, que todo lo que se hablaba de mí era cierto y aún más. Su mente no paraba de calcular posibilidades: presentarse donde el Pelao con una nueva pareja, ofreciéndole que concertara citas para pagar su deuda, incluso ya estaba pensando en negociarlo ella, dejándome a mí al margen y ofreciéndome una cantidad bastante inferior a lo que realmente iba a cobrar. Eso le daría tiempo a recobrarse, pensaba. Una primera cita donde disimulase su adicción, en la que yo sería la novedad y me ofrecería como carnaza para que me follaran por todos sitios y en todas posiciones. Hasta dentro de diez o quince días no habría una segunda sesión, lo cual le daría tiempo a recuperarse. Y también tiempo a que con la ayuda del Pelao y un par de buenas hostias (si hacía falta), me convencieran para seguir en el negocio.


Yo, haciendo un esfuerzo por comprenderla y ella allí, vendiéndome al peso como si fuera un trozo de carne ¿Ves lo que te digo? la lástima es un lastre que no nos podemos permitir. De modo que apreté el puño y me guardé el dinero en el bolsillo.


- Espérame en el solar de la calle vieja - le indiqué. Nadie parecía haber reparado en nosotras, la conversación apenas había durado unos minutos y estábamos fuera del paso.


Encontré al Pelado en el parque de la fuente, como siempre rodeado de su camarilla, porro de María en la mano (en esta ocasión tocaba hierba en vez de chocolate) y un litro de cerveza a sus pies. Le extrañó que me acercara y mucho más aún que le pidiera un gramo. Se fijó en mis brazos y luego en mi cara. Me conocía como conocía a todo el barrio y buena parte de Málaga, era un empresario que cuidaba su negocio y le extrañó sobremanera verme allí para pillar.


- ¿Para quién es?


- Para mí.


- Que mal mientes Eleni.


- Si no me quieres vender no pasa nada, ya encontraré quien me pase.


El Pelao curvó su sonrisa de cocodrilo y emitió una breve risita.


-Toma - Dijo alargándome una pequeña bolsita con un nudo - El primero es gratis si me dices para quién es.


Le solté el puñado de billetes que me había dado Conchi.


- No me gusta deberle nada a nadie.


- Excelente filosofía. Ya sabes dónde estoy.


Me di la vuelta y me marché con la papelina.


- ¡Eh Eleni! Ya hablaremos tú y yo - me gritó.


Yo no le contesté, seguí caminando y varias veces me fui dando la vuelta por si alguien había reparado en mí o me seguía, pero parecía que todo estaba controlado. Cuando llegué a la calle vieja esperé un momento a que nadie cruzara, y entonces, me metí en el solar de la casa abandonada. En una habitación al fondo, me esperaba la Conchi con los ojos vidriosos y la mirada anhelante.


- Gracias tía, no sabes lo que te lo agradezco - me comentó mientras se cogía el antebrazo con una goma, frotándose hasta que se le marcó una vena. Calentó en una cuchara la pasta hasta que se volvió líquida y sacando una jeringuilla roñosa, aspiró la masa marrón. Vi cómo se inyectaba el chute. Estuvo quince minutos con los ojos en blanco sin responder a ningún estímulo. Cuando por fin recuperó la consciencia, su primer pensamiento fue “¿Qué hace esta zorra aquí?”. Luego, poco a poco, su mente fue recuperando la memoria.


- Eleni, tengo algo proponerte. Mira, puedes ganar mucha pasta si haces lo que yo te diga, esa gente maneja billetes y tú en tu situación, deberías aprovecharte.


- ¿Cuál es mi situación, Conchi?


- Ya sabes a lo que me refiero, no sé cuánto te pagaba el Chata, pero esto es otro nivel.


- El Chata no me pagaba nada, Conchi: me violó.


- Bueno, vale lo que tú digas, pero el caso es que puedo buscar un buen apaño que nos saque del apuro a las dos. Yo hablo con el Pelao y cierro una cita. Una noche por todo lo alto, ya verás, no nos va a faltar de nada. Esa gente sabe montar una fiesta. Eso sí, al principio, hasta que demuestras que vales para esto, no ganarás tanta pasta, pero no te preocupes que todas hemos pasado por eso: en un mes o dos, acabaras trayéndote un buen fajo de billetes para casa.


Mira tú la lista, la que manejaba… no sabía que yo iba por delante de ella tres pueblos: ¿qué me cuentas, Conchi? Mi mano rebuscó en el bolso y encontró la navaja y el par de guantes del Chata. Deslicé mi mano dentro de uno y abrí la hoja. En ese momento fue como si yo misma hubiera recibido el chute de caballo, era fuego lo que corría por mis venas y sentía una extraña sensación que ya no me era desconocida. No fue nada preparado, llegue allí sin saber el papel que iba a jugar Conchi, si el de víctima o el de indultada, pero en ese momento ya no tuve dudas. Me senté a su lado pasándole el brazo por los hombros. Ella me miró con expresión sorprendida por mi gesto solidario, aunque en el fondo pude ver como pensaba: “ya tengo en el bote a la zorra esta”. Entonces, mi brazo se cerró sobre su cuello, mi mano le tapó la boca y la otra emergió del bolso con la navaja que se enterró a la altura de su corazón, una, dos, hasta cinco veces.


Estaba demasiado débil o demasiado colocada para reaccionar. Sentí sus manos tirar de mi brazo hacia abajo débilmente, en un infructuoso intento respirar o de gritar, quizá pidiendo ayuda, aunque solo un gorgoteo salía de su garganta. Demasiado enfermiza para oponerse, una de las puñaladas debió hacer diana en el corazón, porque rápidamente perdió su fuerza y desfalleció, perdiendo el conocimiento. Las heridas eran mortales y supe que ya estaba todo hecho. Había sido rápida y eficaz y ahora tenía que salir de allí sin que nadie me viera, sin que nadie me relacionara con ella. Pero aunque el barrio estuviera lleno de patrullas y de gente a esa hora, no podía irme sin cumplir al menos una parte del ritual: le baje los pantalones y le acuchillé el coño, los muslos, el vientre, dejándola recostada contra la pared. Yo me retiré una esquina y con las manos aún manchadas de sangre me masturbé. Un placer vivo que me recordaba el que había sentido al hacer lo mismo con la Pili y con Mari. Una intensa sensación que ya se iba convirtiendo en habitual y que mi cuerpo reclamaba. Dejé allí uno de los guantes con la navaja y luego salí con cuidado, esperando un momento en que la calle estuviera desierta. Sobre el suelo quedaron las huellas de las botas del Chata, las que me había acostumbrado a calzar cuando salía a buscar mis presas.


Llegué a casa sin contratiempos. Aprendí a moverme sin destacar, sin llamar la atención. Creo que has podido comprobarlo tú misma. Intuías que alguien te seguía pero nunca me descubriste. Ni siquiera me hubieras percibido si yo no hubiese querido. Pero eso forma parte del juego, es más divertido si provoco inquietud, si avanzo una sombra para poner en tensión a mi objetivo. Resulta tan poco estimulante matar fácilmente…


Al llegar a casa vi que tenía la manga de la camiseta manchada de sangre. Era lo más evidente, aunque el pantalón de mi chándal también tenía alguna salpicadura disimulada por el color oscuro. Me quité toda la ropa y la metí en una bolsa. Luego, fui al cuarto de baño mientras mi madre me llamaba para comer.


- Que ya vooooooooy.


- Si luego está frio no protestes. Que no sé para qué me molesto. Esto parece un hotel en el que cada uno come cuando le da la gana.


Cosas de madre, ya sabes, pero yo en ese momento me miraba al espejo. No había gas porque la botella de butano o la poníamos en la cocina o en el baño, y ahora no tocaba ducharse, pero aun así decidí lavarme entera.


- ¿Pero qué haces ahora ahí?


- Ya voy mamá, que me ha venido la regla y tengo que lavarme.


- Pues no tardes.


Miré mi reflejo en el cristal, tratando de descubrir un atisbo de culpa o remordimiento en mi rostro, pero no pude encontrar ninguno. Mi sexo, rubio y con poco pelo aparecía rojizo. Restos de la sangre de la Conchi, que había dejado al tocarme. De nuevo el subidón y el latir de mis sienes, al que mi cuerpo sigue, despertándose y preparándose para el placer más animal que puedas imaginar. Solo sentimientos primarios en estado puro. Ira, furia, deseo, placer…tuve que volver a masturbarme bajo el agua fría, mientras una marea roja jugaba con mis pies y se colaba por el sumidero.
 

Jacinta.​


Tomé la determinación de huir de mi barrio. No podía seguir allí, no podía seguir matando por impulsos, no podía continuar soportando todo lo que representaba las Veredillas. Supe que aquello me destruiría. Tarde o temprano me delataría o me pillarían. Era demasiado fácil, demasiado intenso. Igual que los chicos y las chicas del barrio caían a puñados en la solución fácil de la droga, para evadirse, para tener un momento de paz, yo había caído en el vicio de matar. Solo alejándome conseguiría parar, sobrevivir.


Desde el primer momento pensé en irme a Madrid. La ciudad me atraía, no porque la conociera sino porque me había construido una imagen de ella positiva, dándole en mis sueños la categoría de punto de destino cada vez qué fantaseaba con abandonar las Veredillas y Málaga. Últimamente y sobre todo a raíz de la desilusión con Jaime, tenia de forma recurrente el sueño de que abandonaba todo aquello que me causaba daño, que me limitaba y que me largaba a Madrid y allí renacía de nuevo. Había una razón para ello y es que una hermana de mi madre vivía en la capital. A veces venía en verano a vernos y aprovechaba para pasar unos días en la costa. Siempre traía algún pequeño regalo y me trataba bien. A todos les pareció buena idea que me alejara de Málaga, ya fuera por mi propio bienestar o porque mi presencia les deprimía, causándoles desazón. No sabían cómo tratarme ni cómo ayudarme, así que el poner tierra de por medio y dejar que el problema se alejara setecientos kilómetros pareció una buena solución. El inconveniente es que no tenía dinero para el billete y mi familia no estaba para dispendios.


Intenté buscar ayuda en una ONG que trabajaba con los más desfavorecidos del barrio. Trataban de desintoxicar drogadictos, de facilitar comida y vestuario a los más pobres, de buscar trabajo a los padres de familia en paro… Allí conocí a Jacinta. Cualquiera que llegaba tenía que pasar por la asistente social y por la psicóloga. Analizaban tu caso y decidían si te podían auxiliar de alguna manera.


Yo me presente como víctima de violación y les explique que quería ir a Madrid pero no tenía dinero. La psicóloga consideró el caso lo suficientemente terrible como para tratar de darme algún tipo de ayuda, que se materializó en forma de consultas gratuitas, que como podéis imaginar, supusieron una pérdida de tiempo. Yo necesitaba dinero y choqué con Jacinta, que hacía las veces de asistente social voluntaria. Acababa de terminar la carrera y llevaba a cabo unas prácticas antes de volver a Granada, su ciudad.


No había presupuesto, me repetía una y otra vez, insistiendo en que lo mejor para mí era seguir con aquellas estúpidas consultas que no llevaban a ningún sitio. Nadie podía ayudarme desde la psicología. Ni lo necesitaba ni lo quería. Aquello empezaba a convertirse en una estúpida comedia. Se me ocurrió que si me encontraban un trabajo medio decente yo misma podría ahorrar el dinero. Me daba igual lo que tuviera que hacer: fregar, trabajar de camarera, cuidar niños o personas mayores… Jacinta me aseguró que me habían metido en el listado pero el empleo nunca llegó. Siempre llamaban a otros, pero no a mí.


Fue curioso ver la doblez de aquellas personas que se suponía que ayudaban de forma altruista. Había algunos que sí tenían buena voluntad y el trato con la desgracia ajena los había preparado para no juzgar a los demás, o al menos, hacerlo con benevolencia. Pero otros (bajo una falsa capa de solidaridad) mantenían sus prejuicios. Jacinta era de estos últimos.


Una chica bien, de buena familia en Granada. De las que no le faltó de nada, incluso le permitieron el capricho de terminar su carrera en Málaga. Enseguida pude leer su mente y vi como internamente, aquella chica que lo tenía todo a su favor, se sentía amargada y vacía. Un mal amor se le había atravesado y el rencor había hecho presa en su corazón, dejándola peor que malherida: resentida.


La muy estúpida se sentía el centro del mundo, la más desgraciada porque no entendía como a una chica como ella le podía pasar algo así. Es lo que sucede con la gente que no está acostumbrada a que la vida le dé lecciones y que la ponga en su sitio, demostrándole que, a veces, la buena cuna y el dinero no son suficientes armaduras para parar los golpes del destino.


Un primer amor mal resuelto, con infidelidad de por medio, era moneda corriente en mi barrio. Ninguna chica hubiera desesperado por ello más de un par de meses. Cuando vives en un mundo en el que te llueven ostias por todos lados, aprendes pronto a levantarte ¿Qué le hubiera sucedido entonces a aquella pija si la hubieran violado como a mí? Y sin embargo allí estaba, todo el día montando su farsa, poniendo carita de buena, de señorita de la beneficencia dando una chocolatina a un pobre en la puerta de una iglesia.


Era bien considerada por todos, incluso por la gente de mi barrio que la tenía en alta estima. Los muy imbéciles no eran capaces de ver dos dedos más allá de sus narices, pero yo sí. Yo veía el asco que en el fondo le dábamos todos; el miedo que tenía a ensuciarse solo por estar cerca nuestra; el hastío que le provocaba todo aquello, que soportaba simplemente porque era algo que debía añadir a su currículum, la pátina plateada con la que recubrir su imagen de chica bien, que no tiene miedo a remangarse para hacerse una foto al lado de un pobre.


Estaba claro que volvería por la puerta grande a Granada, lista para que su padre le buscara el mejor trabajo posible, con su reputación y credibilidad por las nubes, un auténtico partido que sin duda le permitiría encontrar el marido ideal, ya que su amor Malagueño no había podido ser.


La muy cabrona… “ya está aquí la pesada”, pensaba cuando me veía llegar. No era capaz de ver cuánto necesitaba hacer ese viaje, cómo me había maltratado la vida y lo bueno que sería para todos que yo me fuera de allí. Lo único que veía en mí era un incordio con patas, cada vez que me acercaba a su improvisada oficina en la iglesia del barrio. Y de esa forma opinaba de todos en las Veredillas.


Un día, harta de darme con una pared, le dije que yo no volvería más, que aquello era inútil y que no me estaban ayudando.


- Pero Eleni, si los encuentros con la psicóloga te vienen genial...


Me harté de tanta bobada y falsedad y le contesté desabrida, con el colmillo escupiendo veneno.


- ¿Sabes que me vendría bien? Me vendría genial saber que el que me hizo eso se pudre en el fondo de un hoyo. Esto sí me vendría genial. A todas las chicas a las que las desvirga un tío que huele a animal y a basura, que te echa el fétido aliento a borracho en la cara mientras rompe tu himen, que lo notas sobre ti mientras te destroza el ano, lo que les haría bien a todas esas chicas sería saber que alguien le ha metido un tiro en la cabeza. También me vendría bien que la gente no me señalara por la calle, ni me confundieran con lo que no soy. Me vendría bien un poquito de empatía, que mi familia hubiera cerrado filas en torno mía. Me vendría bien no pensar cosas malas que no puedes ni imaginar. Me vendría bien que no saliera el monstruo que hay en mí. Dime Jacinta: ¿alguna vez has sentido algo así?


Ella no pareció comprender lo que yo quería decirle, pero sin duda se quedó impresionada y tocada por mis palabras. Un pequeño rayo de empatía llego a su cerebro cuando se dio cuenta que había otras chicas infinitamente más desgraciadas de lo que ella pudiera ser nunca. Pero duró poco. Podía haber aceptado su error y haberse abierto a mí, haberme buscado por fin una solución o haberse implicado de verdad aunque no me la pudiera ofrecer. Pero vi que el sentimiento que la embargó era de molestia, de incomodidad, como le había pasado a la Mari cuando yo aparecí en la tienda de su hermano. Se había dado cuenta de que la sociedad no me había tratado bien y ella formaba parte de eso, y por tanto, se sentía incómoda en mi presencia, porque yo la hacía avergonzarse de sí misma.


Pero no, no rectificó ni trató por una vez de hacer el bien de verdad. Me despidió lo más pronto que pudo, quitándome de su vista desaparecía el problema, igual que pasaba conmigo en todos sitios a dónde iba.


¿Sabes? al menos esa visita tuvo algo bueno: me vine con la solución. Su molestia y vergüenza no fue lo único que percibí. Por un momento muy fugaz, la sorprendí pensando cuánto debería costar un billete para Madrid, y que poco le costaría a ella darme una pequeña parte de lo que tenía en casa, en el sobre que guardaba en su mesita de noche y dónde metía lo que le sobraba de lo que le enviaba su padre todos los meses. Ahí estaba mi solución y Jacinta iba a colaborar en ella aunque fuera de forma involuntaria.


Todos sabíamos dónde vivía: en un elegante apartamentito cerca de la calle Larios. Nadie sabía exactamente el edificio, pero me bastó con irme allí a la hora que suponía que ella volvía a casa y al tercer día la vi pasar. Solo tuve que seguirla hasta verla desaparecer en un portal. En el segundo piso se encendió una luz y al poco alguien corrió las cortinas de las ventanas. Era ella. Ya la tenía localizada. Mi mente empezó a maquinar pero al poco deseché todos los planes y sintiendo un súbito impulso me acerqué a la puerta. Comprobé la cerradura: el resbalón estaba gastado y había hueco para meter un destornillador o algo afilado. Se ve que ya lo habían forzado con anterioridad y nadie se había molestado demasiado en repararlo. Es lo que tienen los pisos de alquiler, que se descuidan las zonas comunes. Con que las cosas funcionen ya les es suficiente a caseros e inquilinos. El viejo truco de empujar con la punta de una llave por el hueco y desplazar hacia atrás el resbalón funcionó de maravilla.


En un momento me encontré dentro del portal. Subí hasta el segundo piso sin tropezarme con nadie. Había anochecido y no había mucho movimiento por las escaleras. Solo había dos pisos por rellano. Me pegué a uno y oí a una pareja discutir, gente mayor. En el otro se oían pasos apagados y había una emisora de la FM poniendo música actual.


Improvisar se me había dado muy bien hasta ahora ¿metería esta vez la pata? Mi instinto me dijo que no, que podía hacerlo siempre que no me delatara hasta tener la situación controlada. Maquiné una coartada y un plan sobre la marcha. En mi mochila llevaba cuatro metros de cordel un pequeño cortaplumas y un bote de somníferos.


Suficiente.


Llamé a la puerta y me separé un metro. Compuse cara de chica asustada y cuando Jacinta abrió, derramé un par de lágrimas que me salieron tan naturales que yo misma me acongojé.


- ¡Eleni! ¿Qué haces tú aquí?


- Ha vuelto Jacinta, lo han visto por el barrio otra vez.


- ¿Quién ha vuelto?


- El.


De repente pareció comprender. Conseguí lo que me proponía: la sola idea de que el Chata había sido visto en el barrio desvío la atención sobre lo importante, que era como coño había llegado yo a su casa y qué narices hacia allí. Pude leer su mente mientras ella se estremecía pensando que todos esos días había acudido al barrio (incluida esa mañana), y se había vuelto sola. Temía por ella, no por mí.


- No puedo volver, Jacinta, tengo mucho miedo. Sé que no estoy ya a salvo, por favor, déjame pasar la noche contigo. Te prometo que mañana me iré. Ya he conseguido el dinero para el billete, mañana me voy a la estación y salgo para Madrid.


- Pero no tienes equipaje.


- No tengo nada que transportar, me basta con llevarme mi vida lejos de aquí.


Me miró de arriba abajo y al final tomo una decisión:


- Pasa.


- Gracias, muchas gracias.


- Bueno, no hay mucho espacio…


- Me basta con que me dejes un sitio en el suelo.


- No seas tonta ¿cómo vas a dormir en el suelo? Te dejo una manta y duermes en el sofá. Iba a hacer algo de cena, un bocadillo quizás ¿quieres?


Nos hicimos unos sándwiches y nos sentamos alrededor de la mesita. Evalué la situación: Jacinta no esperaba a nadie, estábamos solas, tenía toda la noche por delante y nadie me había visto llegar. Había pues, margen para continuar con mis planes. Fui al servicio y machaqué un buen puñado de somníferos. No tardó en presentarse la oportunidad de vaciarlos en su bebida.


- ¿Tú crees de verdad que ha vuelto, Eleni? ¿No será solo un rumor? la gente habla mucho sin saber.


- Estoy segura, Jacinta, totalmente segura - le dije mientras la miraba fijamente a los ojos. Pude ver como se estremecía antes de caer de lado en el sofá, arrastrada por el profundo sopor que la invadía. Cuando despertó, estaba desnuda, atada a la cama en forma de aspa y con una mordaza bien apretada.


Fue ¿cómo diría yo? interesante ¿sabes? es la primera vez que podía hablar con una de ellas, con una de mis víctimas antes de practicarles lo que yo llamo, el ritual. No fue una conversación fructífera a pesar de que me vacié y le explique todo tan claro como te lo estoy explicando a ti ahora. Me confesé para que entendiera el por qué y también porque me apetecía hacerlo, todavía no acababa de asimilar mi transformación en toda su plenitud y pensé que eso tal vez me ayudaría también a entenderme yo misma. Pero ella estaba medio dormida, se me había ido la mano con la dosis y estaba desorientada y agobiada. Lo normal cuando te despiertas para descubrirte víctima y ves a la víctima convertida en verdugo.


Yo le hablaba pero ella lo único que intentaba era desasirse, retorciéndose, así que decidí no prolongar más aquello. Tomé un cuchillo de cocina. Con el primer corte ella intento gritar, las pupilas muy dilatadas y el cuerpo tenso. Un acceso de vómito le subió a la garganta provocándole asfixia al estar amordazada. Antes de continuar, decidí que era el momento de acabar con ella, no tenía sentido prolongar más la agonía. Usé el cordel para acabar el trabajo. Se movió mucho hasta que al final conseguí que se quedará inerte. Ahora ya podía trabajar tranquila sobre su cuerpo. Me traje una silla y me senté en ella, desnuda, a acariciarme mientras contemplaba mi obra. De nuevo estaba muy excitada y esta vez no había prisa, lo que me permitió pasar buena parte de la madrugada con ella. Luego, limpié bien todo para no dejar huellas, salvo las de las botas manchadas de sangre en el suelo.


Tuve que revolver un poco: el sobre con el dinero no estaba en el cajón, lo encontré metido en un plástico en la cocina, dentro del bidón de detergente. Había una buena cantidad, suficiente para pagarme el billete a Madrid y vivir allí dos o tres meses. Salí antes del amanecer, con cuidado de que nadie me viera.


Tardaron un par de días en encontrarla. Yo espere a que lo hicieran y con el revuelo que se formó, aproveché para decirle a mi madre que me iba a Madrid, que finalmente me habían dejado el dinero. No hubo demasiadas preguntas, como ya te he dicho antes, a todo el mundo le pareció una buena solución, suponían que yo estaba aterrada con cada nuevo asesinato. Llamé a mi tía, ella aceptó darme alojamiento y así deje Málaga para siempre: no he vuelto a ir, ni tampoco he vuelto a ver a nadie de mi familia malagueña.
 
Es imposible ser peor persona y actuar peor.
Esto está siendo muy duro de leer para mí porque en el fondo me da hasta pena está mujer, y pero supuesto no me va a dar ninguna pena el final que va a tener está mala mujer, bien entre rejas o bien muerta porque no le va a dejar otra alternativa a la policía.
Porque cogerla la van a coger y apuesto que gracias a Miguel.
 
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