23
La Semana Santa había llegado casi sin enterarme y creo que era normal, porque después de la noche en la que Paula gemía masturbándose, nada había sido lo mismo. Solo podía machacármela cada dos por tres y su mera presencia hacía que se me pusiera dura al instante.
Menos mal que nuestro padre vino a por nosotros para llevarnos al pueblo, si no hubiera ido todo el trayecto en el autobús a su lado y con una erección monstruosa.
La verdad era que tampoco me encontraba muy bien, era como si todo ese asunto me chupara la sangre y la energía se fuera con cada corrida. Fueron muchas… demasiadas pajas delante de ese ordenador con las fotos de Paula. Estaba, literalmente, loco por ella.
―¡Mis niños! ―anunció mi madre nada más salimos del coche. Nos estaba esperando fuera y me dio un abrazo tan fuerte que me espachurró sus senos― ¿Qué tal, fue muy pesado el viaje?
―Nada, apenas un rato. En coche es más rápido ―contesté viendo pasar a Paula con su maleta y entrando en casa.
―Cariño, espera. ―mi hermana se detuvo ante la voz de su progenitora― ¿Os ha comentado, papá? ―ella se puso a nuestro lado y preguntó.
―¿El qué?
―Pues no… no se ha acordado… ―Emilio entró en la casa casi pasando de nosotros tres― Nada, que tenemos previsto un viaje familiar. ¿Os acordáis de Gonzalo? Estuvo en la última boda. ―ambos nos miramos y negamos a la par― Bueno, da lo mismo, es un amigo de vuestro padre y nos ha invitado a pasar las vacaciones en su casa de Sevilla.
―¿Qué pintamos nosotros en Sevilla, mamá? ―preguntó mi hermana con toda la razón del mundo.
―Lo hacemos por tu padre. Nos invitó a pasar unos días a toda la familia en una casa que se ha construido. Vuestro padre aceptó y no le vamos a decir que no…
―¿Él aceptaría si fuera al revés? ―mi madre me miró tras un gran suspiro― Seguro que no movería ni un dedo si le digo que un amigo mío nos ha invitado…
―David… ya… suficiente. Os aviso de que tenemos que ir y ya está, ¿bien? ―miró hacia atrás, quizá buscando a papá― Gonzalo ha conseguido grandes contratos en Abu Dabi y bueno… vuestro padre también ha aceptado con la previsión de que igual puede caerle algo también a él.
―Unas vacaciones de negocios… ―no oculté mi desagrado y creo que Paula sentía lo mismo pese a que no lo expresase― ¡Fabuloso, mamá…! Seguro que tú tampoco quieres ir.
―Hay que ir… ―esas tres palabras fueron claras, a ella tampoco le apetecía.
―Si no queda otra… ―Paula se dio la vuelta y antes de entrar en casa, comentó― ¿No es necesario ni deshacer la maleta, verdad? ―Belén le respondió con un gesto de su testa.
―¡Qué maravilla, mamá…! ―solté de manera irónica una vez que mi hermana desapareció.
―Entiéndelo, David, son cosas familiares.
―No, mamá… Son temas de papá y cada vez me gusta menos que la familia tenga que estar siempre pendiente de sus cosas. ―ella se puso seria y rápido me cogió del antebrazo para que me callara.
―Ya está, David. Si no lo haces por él… ¿Lo harás por mí?
Suspiré con claridad, mirando hacia el suelo donde solo podía observar esos pies con las uñas pintadas de celeste dentro de unas bonitas sandalias. Alcé la vista para contemplar la media sonrisa de mi madre, que buscaba mi complicidad con esos ojos tan azules como los de mi hermana… no era capaz de negarle nada.
―Por ti, lo que sea…
****
Decir que aquello era una casa se quedaba corto, porque cuando llegamos y pasamos su cerca, lo que vimos fue una mansión. Se trataba de una casa modular inmensa, con un jardín que seguro que se contaba en hectáreas, una piscina y dos coches de última gama aparcados fuera.
El interior era igual de sorprendente, con un gimnasio, un zona con jacuzzi e incluso una sala de cine en miniatura que me pareció una locura. Sí, nosotros teníamos dinero, una casa grande y vivíamos de buena manera en el pueblo, pero lo que poseía Gonzalo era otro nivel.
Nos hizo un tour por su casa junto a su flamante esposa Carmen, una sevillana que rondaba según sus propias palabras, entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años de edad. Si la casa era increíble, tengo que puntualizar que su mujer no se quedaba rezagada.
A la par que nos mostraba la casa, yo solo me podía fijar en aquella mujer que bien podría haber sido en su juventud modelo o presentadora de televisión, era una pasada. La típica frase de que tras un gran hombre, siempre hay una gran mujer, era toda una obviedad con ella delante, puesto que… superaba a su marido en cualquier aspecto.
―¿Te gusta la piscina, David? ―me preguntó Carmen cuando me paré a contemplarla, puesto que se parecía mucho a la de mi pueblo.
Alcé la mirada para observar su rostro sin apenas una arruga que delatase su edad. Sus gafas de sol tapaban sus ojos de color verdoso que resplandecían y con un poco de elevación en sus tacones, prácticamente era de mi altura.
―Es muy bonita… ―pude decir algo cortado. Pese a que estaba acostumbrado a la belleza de Paula, ese fruto maduro era toda una exageración.
―Vamos con los demás, que hay muchas más cosas, ¿quieres ver tu cuarto?
―Bien…
Al darse la vuelta la acompañé con el resto, metiéndonos en casa para ir en busca de esas habitaciones de las que hablaba. Por supuesto, no perdí oportunidad de observar su trasero, que se mantenía firme sobre unas piernas duras que estaba seguro que modelaría en el gimnasio de su casa. “¡Ojalá, Sofía acabé así con su edad…!”, me dije a mi mismo relamiéndome del gusto.
Nos llevaron al ala de invitados, semejante a esas películas de época victoriana donde las casas parecen ciudades. Aquella zona era pequeña, con cuatro habitaciones separadas y un baño en un pasillo decorado con cuadros. Me alucinó al entrar, porque prácticamente… era más grande que la habitación donde dormía.
Una vez dejamos las maletas en nuestros respectivos cuartos, salimos a la terraza que tenían delante de la piscina, mientras un mayordomo, sirviente o como le queráis llamar, nos apuntaba lo que íbamos a tomar.
La conversación la monopolizaron los dos hombres y las chicas se pusieron a hablar de ciertos peinados que me hicieron desconectar. Estaba pendiente del móvil y tratando de no reírme al escuchar a Emilio, porque se notaba que le comía la envidia al ver el pedazo casoplón que gastaba su amigo.
―David… ―era la voz de Carmen, que me sonreía al lado de mi madre― Mira, por allí viene tu novia.
―¿Qué? ―por un momento giré la cabeza esperando ver a Sofía, pero eso era imposible, porque mi madre sonreía con cierta malicia y Carmen, no conocía a mi pareja.
―¡Valeria!
Mis ojos toparon con una moto que había parado y de donde se bajaba alguien embutido en ropajes de motero que bien podrían ser de cuero. Por la silueta era evidente que se trataba de una chica y lo evidenció cuando se quitó el casco y una melena ondulada del mismo color de su madre voló por los aires.
Carmen saludaba desde la lejanía con una mano, al tiempo que un seno se mecía de lado a lado. Aproveché el instante para mirarla, pero fue un error, porque cuando alcé la vista, tanto Paula como mi madre… me pillaron.
No dijeron nada para no dejarme en mal lugar, solamente me agarré a la silla y admiré a esa mujer que se acercaba a nosotros con una sonrisa que casi le llegaba de una oreja a otra.
―Digo que es tu novia, porque es lo que decía ella cuando era pequeñita ―comentó Carmen, a la cual no volví a mirar para que ninguna de las otras dos me pillase―. En casa repetía que se iba a casar contigo cuando fuerais mayores. Gonzalo y yo siempre nos reíamos…
―Pues… no recuerdo mucho…
Con ese paso tan decidido y poderoso, se aproximó a la terraza con el casco en la mano. Por supuesto, Valeria era hija de Gonzalo y Carmen, y saludó a su padre nada más llegar a su lado con un beso sonoro.
―Hola, familia ―anunció cuando estuvo a nuestro lado.
Al tenerla tan cerca, algún que otro flash de mi infancia acudió a mí. No éramos nada más que niños de siete u ocho años jugando y nos llevábamos tan bien, que el tema de novios habría salido para copiar a nuestros padres; no obstante, no me hubiera importado casarme con semejante mujer.
Giró el cuello hasta poner su cabeza en mi dirección y, gracias al sol frío de aquella mañana, el color de sus ojos, igualito a los de su madre, centellearon como si tuvieran estrellas en el interior. No borraba la sonrisa, que nacía de una inmensa boca que me pareció de lo más morbosa.
―¿Qué tal, chicos? ¿Dos besos, no? ―al primero que le cayeron, fue a mi padre.
Después pasó por las dos chicas, comentando lo guapas que estaban todas, y eso era cierto, porque no solo eran las jovencitas, las adultas también eran unas bellezas. Cuando llegó mi momento, me puse en pie, oliendo su fragancia luego de que una suave brisa le meciera el cabello.
―David, me alegro de verte…
Puse mi mano en su estrecha cintura, coronada por un par de pechos medianos que no había heredado de las tetazas de su madre. Sus labios explotaron contra mi mejilla, muy cerca de mi boca, casi en la comisura, donde permanecieron por un segundo en el que detuvo el tiempo.
―Yo también me alegro ―contesté de manera automática.
―Bueno, chicos ―volvió a decirnos a todos con su marcado acento sevillano―, voy a ir a darme una ducha y más tarde, si tenéis algún plan, me apunto. ―Valeria acabó por darse la vuelta para mostrarme un culo que rivalizaba con el de Sofía.
―Luego te aviso ―respondió su madre acariciándole el vientre.
Ella se dio la vuelta, sin borrar su alegre gesto del rostro y haciendo bailar su cabello de un lado a otro. Se paró delante de mí, que apenas estaba separado del resto por un mísero metro y, colocando la mano en mi pecho, me dijo con total confianza.
―¿Tú también te apuntas? ―no esperó la respuesta, sino que me guiñó el ojo y se largó dentro de su casa.
La niñata de dieciocho años me había calentado de mala manera, haciéndome olvidar a mi novia, a Paula y a cualquier otra mujer que estuviera a mi alrededor. Valeria no era como las demás, no se trataba de una chica… sino que era una verdadera leona imposible de domar.
Me encantaba y… ¡Dios…! Me había enamorado de ella al primer vistazo.
****
Dentro de un rato iríamos a comer, dejándonos con tiempo justo para poder ducharnos y vestirnos de manera apropiada y no con el chándal sudado que llevaba desde nuestra salida del pueblo. Quise acercarme un poco a mi hermana, hablar con ella y tener la oportunidad de conversar sobre algún tema. Claro… me encantaría que fuera sobre la lencería que le compré, pero eso… debía esperar.
Apenas pude estar con ella, porque mi padre estuvo tratando temas de arquitectura demasiado aburridos mientras Paula asentía en silencio. Me escudé en mi madre, paseando un rato por el jardín y observando esas maravillosas esculturas creadas con los arbustos.
―Es precioso… ―comentó mamá mientras sus tacones crujían con las piedras sueltas.
―No te lo puedo negar. ¿Te gustaría tener una casa así? ―Belén se retiró el cabello moreno del rostro y se cruzó de brazos.
―No… ―no lo dijo muy convencida― Estoy bien en mi casa, creo que a tu padre le gustaría mucho más.
―A papá le gustaría trabajar todos los días de la semana y, si tuviera esta casa, solo la usaría para chulearse delante de sus amigos.
―¡Dios, David…! ―exclamó. Me imaginaba que iba a reprenderme, pero… se rio― ¡No puedes ser más distinto a tu padre, es increíble! ―alcé los hombros sin saber qué contestar a eso― Nunca te gustó estudiar arquitectura, ¿cierto?
―Sí me gusta… ―a una madre no se le puede mentir.
―¿Cierto?
―No… No es cierto… ―negué con la cabeza y ella se anudó de mi brazo. Con ese vestido granate brillaba con luz propia; era la viva imagen de una Paula futura.
―Si decides estudiar otra cosa, te apoyaré en tu decisión, solo quiero que lo sepas. ―aquello me llegó, porque no me imaginaba a mamá contradiciendo a Emilio.
―No creo, me gusta acabar lo que empiezo, pero… muchas gracias, mamá. Eres la mejor. ―la di un beso en su mejilla y ella me palpó la cara con gusto de que, ese cariño, no acabase jamás.
Nos dimos la vuelta visto la hora que era, de camino a un comedor donde los platos nos esperaban para devorarlos. Antes de entrar, caminando por la calzada llana donde mi madre podía andar mejor, me preguntó con cierta intimidad.
―¿Cuándo voy a conocer a Sofía?
―¡Mamá…! ―me quejé con cierta vergüenza, no habíamos hablado de ella de manera profunda.
―Solo lo pregunto, me gustaría conocer al nuevo miembro de la familia.
―De momento, no es para tanto. ¿Quién sabe cómo puede acabar la cosa? ―eso era cierto, no sabía lo que me depararía el futuro, aunque yo quería estar con ella.
―Según lo que me contó Paula la última vez, la cosa va muy bien, dice que la quieres mucho.
―¡Con que mi hermana va contando cositas, eh…!
Ella se paró delante de la puerta y me sonrió plenamente, me encantaba verla así, porque con mi padre parecía más seca y aburrida. Le puse las manos en los hombros y la di un abrazo porque sentí que lo necesitaba, cuando ella me agarró con fuerza por la espalda, supe que había hecho bien.
―Te quiero… ―le susurré a su pelo moreno por donde se escondían algunas canas.
―Y yo, mi amor.
Al separarnos, observé que el azul de sus ojos resplandecía con verdadera alegría y que su rostro casi brillaba con luz propia. Di un paso para irme, pero ella me detuvo en el umbral de la puerta, con los demás sentados a la mesa y los platos empezando a servirse.
―Oye… No sé si lo de Sofía será muy serio… ―se venía una broma, lo presentía― Mucho has mirado a Carmen. No será que te gustan las frutas más maduras, ¿verdad?
―¡Por favor, mamá! ―se rio sin ninguna oposición y escapé de su lado sumido en una vergüenza infinita.
Me senté al lado de mi hermana, que llevaba una camiseta muy bonita con un escote en uve que no dejaba ver nada más que la silueta de sus dos pechos. No le eché un vistazo, suficiente vergüenza había pasado ya con mi madre para que Paula me pillara en esas; sin embargo, según tomé asiento, se inclinó para decirme.
―¡Qué…! Tendrás que cerrar un poco la boca. ―comprenderla era imposible y la miré para que me lo aclarara― ¿La próxima vez que estés al lado de Valeria, quieres un pañuelo para que no se te caiga la baba?
―¡Eres boba… igual que mamá! ¡Qué graciosas…! ―me quejé abiertamente y ella soltó una risa nasal.
Comimos entre conversaciones monopolizadas por los adultos, dejando detalles de la vida de los más jóvenes. Mi padre se llenó de orgullo al hablar de las buenas notas de Paula y el gran futuro que la esperaba, mientras mi madre apuntillaba que yo también estudiaba lo mismo.
Valeria misma fue la que contó que estaba estudiando medicina y que esperaba ir fuera del país a cursar algún que otro año. Eso quedaba lejos para mí, pero me entretenía demasiado su conversación porque me tenía hipnotizado.
Continué admirándola, ensimismado por sus gestos, su habla con el peculiar acento, incluso cómo se movía, con esas muñecas llenas de pulseras y que sonaban con cada gesto. Era increíble, una jodida belleza que estaba claro que había sacado lo mejor de su madre. “¡Solo le faltan las tetas de Carmen!”, brotó un pensamiento desde el interior de mi alma.
―Ahora, podéis descansar un rato y después damos un paseo por la zona o vamos a la ciudad, lo que queráis ―comentó Gonzalo.
―Pues después de la cena, me puedo llevar a Paula y a David a tomar unas copitas por Sevilla. ¿Qué os parece? ―lo preguntó a sus padres, no a nosotros.
―¡Fabuloso! ―exclamó Carmen con un aplauso que bamboleó sus pechos.
―No te molestes ―añadió Paula con su mejor sonrisa―. No pasa nada, estamos bien aquí.
―¡Qué sí, tía! ―alzó la mano y sus pulseras sonaron en el aire― Ya he quedado con mis amigos. Vamos, tomamos algo y nos volvemos ―insistió la niñata del pelazo rubio.
―Bueno… por mí… ―titubeé y rápidamente sentí la mala leche de mi hermana cayendo sobre mí. Solo faltó que me diera una patada bajo la mesa, pero no sentí nada, solo esos ojos que se me clavaban en el cuello.
―Pues luego nos vemos…
****
Pasé la tarde hablando con Sofía, relatándole con detalle mi viaje mientras paseaba por el largo pasillo. Le hablé de la tremenda casa en la que me encontraba, le conté quienes eran Gonzalo y Carmen, pero… no dije nada de Valeria y lo buena que estaba. Ella nunca fue celosa, aunque… mejor prevenir.
―David… ―la voz de mi hermana me hizo girarme y me la encontré debajo del marco de su habitación, justo cuando colgué la llamada con Sofía.
―Hola, Paula… ¿Ya se te ha pasado el cabreo?
―¿Y eso?
―Por lo de antes, ¿es que no tenías ganas de salir? ―pregunté después de verla actuar así en la comida.
―Cero ganas. Es que ninguna. ―antes de pedirle un motivo, ella me lo dio― Ya sabes que lo de salir ya no me llama tanto la atención y menos con una cría de dieciocho años y sus amigos.
―No me esperaba esa animadversión hacia Valeria.
―No la tengo. ―sí que la tenía, se le notaba en ese tono de niñata repelente que se le ponía― El que seguro que no tiene ninguna pega eres tú, ¿verdad? No has parado de mirarla desde que hemos llegado.
―¡Guau! ―aquello sí que me sorprendió, porque daba la impresión de estar cabreada― ¡Tiempo muerto, Pau! La he mirado como a cualquier otra, nada más.
―¡Ya…, seguro…! No me engañas, David. Lo que tiene pinta es que ella piensa lo mismo de ti, porque la he pillado mirándote bastantes veces.
―¿¡En serio!? ―no me lo creía, era imposible, pero parecía cierto. Paula no solía mentirme y eso… me calentó bastante.
―Recuerda que tienes novia…
―¡Buuuf…! Qué momento de hermana mayor plasta ―se lo recriminé con ganas, porque esa actitud no me gustaba nada―. Quédate en casa si quieres, pero yo voy a salir con Valeria. Es una chica maja y me apetece divertirme. Ten claro que no voy a engañar a Sofía, no soy como Fernando…
Eso no lo debería haber dicho, pero cuando a uno le calientan el hocico, es muy probable que suelte mierda que no debe. Paula se quedó en silencio, sin parpadear y mirándome fijamente como si estuviera a punto de decirme la mayor burrada del mundo. No obstante, no comentó nada sobre eso.
―Tranquilo, que voy a salir con vosotros, solo para que no te pases cuando estés borracho y no hagas tonterías. ¿Es lo que siempre decían papá y mamá, verdad? Tengo que cuidarte.
―Me cuido solo, Paula…
Volteé la vista sin querer mirarla, porque esa acusación me fastidió bastante. No porque no fuera a suceder, creo que en verdad me dolió porque fue capaz de ver mi cara y saber que en una mala… igual podía follarme a esa chica sin pensar en Sofía.
―¿Sabes lo que te pasa, Paula?
―A ver, dime…
―Que te molesta no ser el centro de atención, ¡eso es lo que te jode realmente!
―¡Imbécil…! ―lo murmuró con cierta rabia― Todos sois iguales.
―Yo no ―apuntillé sin decir el nombre de Fernando, no era necesario.
Se quedó en la puerta, con esa boca apretada al máximo hasta que sus labios se convirtieron en una fina línea blanca. Me imaginaba que la discusión se habría terminado y la tendría enfadada para el resto del día, pero no fue así.
―Bueno… que me da igual lo que hagas, es tu vida, no la mía ―añadió parando el combate―. Voy a ir un rato al jacuzzi, me dijo Carmen que lo podía usar.
―Bien…
Mi orgullo no me hizo decirle nada, aunque me moría de ganas por preguntarle si podía acompañarla. Antes de hacer nada, me giré, sentándome en la cama y mirando a esos ojos que eran los más bonitos de la existencia.
―Voy a hablar con Fernando y después, sobre las siete… estaré allí.
―¿A las siete…? ¿Es una invitación para que vaya contigo? ―pregunté con cierta timidez, porque la conversación había cambiado de tono drásticamente.
―Haz lo que quieras…
―Pues igual me paso… ya veré.
Me quedé tirado en la cama, meditando acerca de todo lo que estaba pasando en aquella mansión. Volví a darme la vuelta, igual que si pudiera ver a Paula todavía allí apoyada, pero no estaba; sin embargo, todavía quedaba una cosa en el aire.
¿Mi hermana estaba celosa?
Lo dudaba, era imposible, la autoestima de Paula debía estar por las nubes. Era preciosa, lista y una chica más popular que ninguna otra en la universidad. ¿Qué más necesitaba? Valeria solo era una muchacha como ella de guapa, tan inteligente y… con más dinero. ¿Quizá la viera como una rival?
Tuve que dejar todo eso a un lado, porque la mera idea de poder dar celos a mi hermana me erizaba la piel.
A las siete en punto, salí en busca del jacuzzi, que debía estar en un cuarto cercano a la piscina. Sí, me perdí en una ocasión, pero cuando escuché el burbujeo de la máquina, me adentré en el lugar indicado.
Me encontré a Paula de frente, con los brazos en cruz y dentro de un jacuzzi que burbujeaba alocadamente. Su albornoz estaba colgado en una percha y, con el pelo recogido en un bonito moño, sus ojos se veían a la perfección.
Era la viva imagen de una mujer fatal, la oda que todo pintor le gustaría lograr perpetuar en un lienzo. Un saludo seco nació de su boca y, con calma, fui hasta donde ella quitándome la ropa.
Portaba el mismo bikini negro que le vi aquel día en la piscina y me pareció que incluso estaba más bella que aquel día. Aquello era imposible, porque la había visto infinidad de veces en la playa y la piscina, pero teniéndola allí sentada en el jacuzzi con sus pechos siendo acariciados por el agua… me pareció sublime.
―Al final has venido… ―murmuró ella por encima del sonido de las burbujas.
―Sí… ―respondí como si no me importara mucho― No tenía nada que hacer. Me estaba aburriendo y decidí pasar el rato aquí, no me acordaba de que ibas a estar.
―Ya… Claro…
Quedamos en silencio, con el vaho rodeándonos por completo y sabiendo que no entraría nadie en aquel lugar, casi como si lo hubiera cerrado nada más entrar.
Mis ojos cayeron por inercia, buscando eso que tanto me gustaba. Los senos de mi hermana estaban allí, tan jugosos como de costumbre con los inconfundibles pezones notándose tras una tela que era odiosa.
No me corté, porque hacerlo era una tontería y eso conllevó a que la polla se me pusiera más dura que una espada toledana. Menos mal que no se me veía, pero me di cuenta de que estaba aprisionado, porque en cualquier momento debería irme y… se notaría la dureza de mi polla sobre el fino bañador.
―Igual viene Valeria ―mentí―. Le he comentado que venía aquí y tal vez se apuntaba.
―Muy bien. ―le jodía una cantidad hablar de ella, se le notaba demasiado.
―Es maja, Paula, no seas tan borde, es joven y solo quiere pasárselo bien.
―No quiero hablar de esa… ―quitó la vista de mí rostro, pero no me ocultó sus pechos.
―¿De esa? ¿¡Has dicho de esa!? ―solté una clara carcajada― ¡Joder, Pau! Te estás pasando, no te ha hecho nada.
―Pero no me da buena espina, ¿vale?, solo es eso, nada más. Simplemente, creo que no es una tía de fiar, seguro que esta noche intenta algo contigo…
―Mira, dudo mucho que eso suceda, no he visto que yo le atraiga. ―la verdad era que sí que me había dado cuenta de ciertas señales―. Pero si se me pone a tiro… Ten muy claro que no pienso engañar a Sofía…
―Valeria fue antes “tu novia”… ―entrecomilló con los dedos y estuve a punto de reírme, pero no era el mejor momento―, ¿no te apetece llamarla y que le deje mi sitio en el jacuzzi?
―Para nada ―fui directo porque eso era lo que pensaba―. Prefiero estar contigo.
Era cierto, Valeria podía estar tan buena como ella, ser una diosa que habitaba el mismo olimpo que Paula, sin embargo…, no era ella.
Mi hermana me miró por un instante muy breve, en el que noté el rubor corriendo por sus mejillas hasta dejarlas más rojas que antes. El calor había hecho lo suyo, subiéndola la temperatura, pero yo… había rematado el trabajo.
Se mantuvo en un silencio tenso por unos cuantos minutos, en los que mi polla no bajó ni un mísero milímetro, sino que creció con más violencia tratando de desgarrar la tela de ese bañador tan bonito que me compró mi madre.
El agua continuaba a la altura de los pechos de Paula, burbujeando sobre aquellas mamas como si no fueran capaces de ascender por ella. Era normal, taparlas era un pecado penado por la ley, ¡qué digo! Por la propia existencia. Sus tetas siempre deberían estar visibles, al menos… para mí.
―¿Sabes que eres el tío más tonto que conozco? ―siguió sin mirarme y eso no me gustaba, quería ver lo que me tenían que decir sus preciosos ojos azules.
―Puede ser, al fin y al cabo, es lo que suelen ser los hermanos menores. Lo que sí me gusta es una cosa… ―por fin me miró con ese azul tan penetrante y aguardó por mis palabras― Adoro ser el que más de algo, sobre todo, viniendo de ti.
―¡Bobo…!
Suspiró levemente, muy agradada por lo que le había dicho. Se dejó caer un poco, permitiendo que sus pechos quedaran a flote y colocando el cuello sobre el respaldo. Estaba para levantarme y meter la polla entre sus dos flotadores, pero me contuve, porque aquello solo me traería una bronca sideral.
Era curioso, porque podía ver claramente que le gustaban mis halagos, que todo piropo lo encajaba de maravilla, incluso parecía querer provocarme para que la mirase; sin embargo, se retraía a la hora de la verdad.
Teniéndola al lado, percibía que de lo que más gozaba Paula era de calentar a su hermano pequeño. Deseaba hacerme entrar en erupción para luego detenerme y empezaba a estar seguro de que ese era su juego favorito.
―Esto es una delicia, podría acostumbrarme a tener uno en casa ―comentó con los ojos cerrados.
―Seguro que si se lo comentas a papá, te pone uno…
―Se lo tendríamos que pedir los dos, así hacemos más fuerza. ―bufé en claro desacuerdo.
―Si se lo pido yo, no lo pone en toda su vida…
―No seas tan duro con él, también te aprecia.
Quité la vista, porque estaba demasiado cómodo con ella y no quería hablar de eso. Lo que me faltaba era pensar en mi padre mientras el pene estaba tan duro como una piedra y tenía a semejante diosa a mi lado en un jacuzzi.
No obstante, me quedó un regusto amargo en la boca y preferí irme a tener que pedirle cambiar de tema. Sabía que Paula le daría la razón, ya que siempre fue su ojito derecho y yo… no podría hacerla cambiar de opinión.
―Voy a la ducha.
―No te vayas todavía, estamos bien. ―negué con la mano, pero ella tampoco hizo mucho por detenerme.
―Será lo mejor, que aquí con el calor… al final voy a acabar más arrugado que una pasa. ―mi pene no decía lo mismo― ¿Seguro que vas a salir hoy a la noche?
―Creo que sí, no te voy a dejar solo con ella. Tengo que cuidarte… ―me salió una media sonrisa y, de la misma, me levanté sin reparar en nada.
Me alcé sobre mis piernas, dejando que el agua solo me tapara de las rodillas hacia abajo. Entonces, me di cuenta de algo que era muy evidente y Paula… también.
El bañador se me pegó a la piel, corriendo por este miles de gotas de agua que resbalaban hasta regresar al jacuzzi. Lo importante no era lo mojado que estaba, sino que mi erección se notaba como si estuviera desnudo.
Sentí que los ojos azules de mi hermana se me clavaban y admiraban con decisión el miembro que iba desde el centro hasta mi muslo izquierdo. Por un poco no se me sale del bañador y, al darme cuenta de que Paula me lo estaba mirando, me excité demasiado.
Me quedé parado dentro del agua, con mi polla igual que una roca y a un metro de la cara de Paula. Ella mantuvo la visión en aquel lugar por tres segundos que me parecieron los mejores de mi vida y preparé mi boca para decirle algo.
Debía ser ingenioso, un comentario que la hiciera desear quitarme el bañador y metérsela en la boca hasta ahogarse. Mi corazón palpitó con ganas, haciendo llegar mucha más sangre a un tronco que estaba a punto de partirse.
Mi mente corrió como loca durante esos instantes, imaginándome a Paula cabalgándome en aquel lugar y metiéndosela a cuatro patas mientras las gotas de agua salpicaban todo. Me hubiera dado lo mismo que entrase mi madre, Valeria, los dos hombres o la mismísima Carmen, a la que sin duda hubiera invitado a unirse a la fiesta.
―David… ―fue mi chica favorita la que habló primero y, con la garganta seca, acabó por decir― ¿No te ibas?
―Sí… será lo mejor… ―dije con mis manos en la cintura y mi polla en dirección a la cara de mi hermana, le pregunté―. ¿Te vas a quedar otro rato aquí?
―Sí, voy a relajarme un poco ―murmuró Paula.
Estaba tensionada y yo era evidente que también. Logré mover las piernas y mi cabeza me dijo que Paula se iba a masturbar después de ver mi coloso, no tenía ninguna duda de que lo haría igual que cuando le regalé su conjunto de lencería.
Cogí una toalla, poniéndomela en los hombros y enfundándome las chancletas para no resbalar, no era el mejor momento para morir desnucado por un resbalón, ¡qué vergüenza ver mi cadáver tan empalmado!
―Paula… ―comenté antes de abrir la puerta. El cuerpo me lo pedía y, pese a que no sabía muy bien si le agradaría o no, le añadí de manera sutil― Relájate mucho, ¿vale?
―¡Idiota!
La observé por última vez, con las manos debajo del agua y los bíceps al lado de sus pechos, uniéndolos de manera involuntaria. Mis ojos escanearon ese bikini negro, imaginándome cómo sería sin él, porque era lo único que me quedaba por descubrir: Paula desnuda.
Su cara no estaba seria como en otras ocasiones, sino que se la veía tensa, algo agarrotada por la situación que estaba viviendo. Lo mejor era abandonar el cuarto y ofrecerle esa soledad que tanto necesitaba, porque cuando cerré la puerta… supe con toda seguridad que Paula se iba a masturbar.
Y eso todavía me puso más cachondo antes de la cena.