Capítulo 15
Según mis cuentas, debía faltar más o menos una semana para que Beatriz entrara de nuevo en sus días fértiles. De momento no había recibido ningún mensaje de Hans, o quizás estaba esperando para decírmelo directamente en persona.
Y es que, a mediados de septiembre, Beatriz y Hans habían organizado una fiesta en su mansión para despedir el verano. No era una reunión estrictamente familiar, pues, aunque asistieron muchos primos y tíos de Cayetana, el matrimonio también había invitado a unos cuantos amigos personales. Solo había un requisito para asistir.
Vestir de blanco.
Sí, podía decirse que era un encuentro rollo ibicenco, y al dejar el coche en el parking me invadió un sentimiento extraño. Era imposible no pensar en que las dos últimas veces que había visitado esa casa fueron para eyacular dentro de la anfitriona y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando tocamos el timbre y esperamos a que vinieran a abrir.
Sonia, la asistente personal de la casa, salió a recibirnos. No fuimos de los primeros en llegar, pero tampoco de los últimos. Dentro ya estaban unos cuantos Beguer y otras personas que no conocía, y, en cuanto nos vieron, Hans y Beatriz vinieron a saludarnos.
Me puse muy nervioso al ver a la prima de mi novia. Tenía que controlar esos temblores involuntarios para no llamar la atención y me quedé mirando a Beatriz, con ese vestido blanco veraniego de falda larga que llegaba hasta el suelo. Adornaba sus brazos con múltiples pulseras y adornos; en el cuello también se había puesto el típico collar que venden en la playa y llevaba el pelo recogido en una coleta.
Simple, guapísima, con la cara lavada, sin ningún tipo de maquillaje y elegante a más no poder. Lo mismo que Cayetana, que había elegido un vestido parecido. El que me sorprendió fue Hans. Acostumbrado a verle siempre de negro riguroso, se presentó con un pantalón largo y camisa de lino de color blanco para no desentonar en la fiesta.
―Hola, parejita ―nos dijo con su acento alemán y después fue Beatriz la que nos dio dos besos, pero enseguida se disculpó con nosotros y fue a saludar a una pareja de amigos que acababa de llegar. Estaba claro que le incomodaba demasiado estar conmigo y con Cayetana.
Y, como siempre, llegaron tarde Marta y Álex. Ella con un vestido corto de color blanco bastante vulgar y él con un pantalón corto y una camiseta del Jack and Jones. Eran tal para cual. Ya habían pasado un par de semanas desde lo de la piscina y Marta seguía molesta conmigo. Estuvo muy seca al darme los dos besos de rigor y su novio me estrechó la mano.
Un rato más tarde, con la fiesta ya avanzada, me encontré a Marta hablando con Hans en el jardín. Estaban apartados del resto y se notaba buen rollo entre ellos. El alemán no paraba de sonreír y le dio un fuerte abrazo a mi cuñada. Luego caminaron juntos, agarrados de la cintura, y se acercaron al improvisado bar que habían montado junto a la piscina.
Me encontraba solo en el jardín con un refresco en la mano. Había perdido de vista a Cayetana, que estaría charlando con alguno de sus primos, cuando noté que alguien se me acercaba por la espalda.
―¡Ey, tío! ―dijo Álex.
No había vuelto a verlo desde el fin de semana en las piscinas naturales y le correspondí el saludo con un golpe en el hombro. Estuvimos charlando de cosas banales; de fútbol, de su moto y de repente y sin venir mucho a cuento me sacó el tema de las fotos que me había mandado.
―Así que te gustaron las fotos que hice, ¿eh?
―Sí, estaban muy bien, aunque debes tener más cuidado, se te coló una privada de Marta. Menos mal que me la mandaste a mí y la borré… Podría haber caído en otras manos y…
―No, no se me coló, te la mandé porque quise, tío…
―¿Y Marta estaba de acuerdo con eso?
―Ella no tiene por qué saberlo. Estas son cosas que se hacen entre colegas. Hoy por ti y mañana por mí…
―¿Sabes que es un delito mandar fotos íntimas de tu pareja sin su consentimiento?
La cara de Álex cambió de golpe y se le borró su sonrisa de «colocado» casi al instante.
―Ey, ¿qué dices?, ¿estás de broma?
―No, es delito difundir ese tipo de contenido, así que ten mucho cuidado, te podrías buscar un buen lío si lo haces habitualmente con tus amigos y Marta se entera…
―No le digas nada, tío. Yo solo quería… Pensé que tú y yo podríamos…, no sé, cambiarnos fotos…
Y al girarme vi a Hans solo en una de las puertas de acceso a la casa. Me estaba mirando fijamente y me hizo un gesto con la mano para que me acercara.
―Perdona ―me disculpé con Álex y le dejé con la palabra en la boca.
Antes de llegar a su altura comenzó a andar y Hans hizo que le siguiera hasta llegar a la escalera. Subimos juntos y al pasar por la habitación en la que tenía los encuentros con Beatriz sentí una punzada de placer en la boca del estómago. Acompañé a Hans hasta su despacho y me hizo pasar. Cerró la puerta y esta vez se quedó de pie.
―Dentro de cinco días Beatriz entrará en sus días más fértiles del ciclo y nos gustaría que vinieras el miércoles, jueves y viernes, los tres días seguidos, ¿te parece bien?
―Sí, claro, ya sabía que más o menos era por estas fechas…
―Te haré un ingreso de 9000 euros.
―Muchas gracias.
―¿Sobre qué hora te viene bien?
―Un poco tarde, por si salgo con Cayetana… En principio el miércoles vendré sobre las once de la noche, ¿vale?
―De acuerdo. Pues en eso quedamos. ―Y abrió la puerta para no demorar mucho más el encuentro.
Llegamos hasta la escalera y antes de bajar le pregunté si me podía quedar unos minutos allí. Me gustaba ver la panorámica del inmenso salón y a los invitados desde arriba, y Hans me dijo que sin ningún problema.
Pude ver a Cayetana hablando con dos de sus primas y al otro lado a Beatriz, charlando risueña con una pareja de amigos, que no conocía. Solo faltaban cinco días para volver a estar con ella, lo que ya me tenía bastante alterado, y, al ver allí a todos los Beguer juntos, imaginé qué sucedería si alguien se enterara de lo que Hans, Beatriz y yo estábamos haciendo.
Si aquello trascendía públicamente sería un golpe muy duro para los Beguer. Provocaría una implosión desde dentro que terminaría con ese núcleo familiar tan unido. Eso seguro. El novio de Caye acostándose con Beatriz, para dejarla embarazada. Esa noticia tendría consecuencias impredecibles y sería devastador para todos, sobre todo para Cayetana.
Y eso me aterraba.
Era lo que más quería del mundo y al verla desde arriba, con su apariencia tan frágil, me dio pena por ella. En ese momento podría haberlo dejado. No estaba obligado a seguir con aquello. Ya había probado las mieles de estar con Beatriz y saldría de todo ese lío sin ninguna consecuencia, con 6000 euros más en la cuenta y habiendo penetrado a la prima de mi novia.
¿Qué más podía pedir?
No podía engañarme a mí mismo, nunca me ha faltado el dinero en casa, mis padres han currado como cabrones, siempre han tenido una buena posición económica, y que me llegara una cantidad tan alta era un aliciente también. A nadie le amarga un dulce, como se suele decir, pero sobre todo hacía esto por un motivo.
Lujuria.
Sí, me invadía la lujuria. La que me provocaba una mujer como Beatriz Beguer. Era imposible haber estado con ella en esa habitación tan solo una vez y no querer repetir la experiencia. No había podido dejar de pensar en ella en todo el mes y deseaba que llegara otra vez el momento de quedarnos a solas y volver a penetrarla.
La idea con la que comenzamos era masturbarme y justo cuando fuera a eyacular metérsela para correrme dentro; pero ya en ese segundo encuentro las reglas habían cambiado y Beatriz había permitido que la embistiera unas cuantas veces antes de hacerlo. Hasta me pareció que se le escapaba un pequeño gemido, por lo que ya no veía nada descabellado que en un futuro, incluso, pudiera hacerla disfrutar.
Esas eran mis intenciones. Follarme a Beatriz. Follármela bien. Que jadeara, me acariciara y me morreara mientras la embestía como un salvaje. Fantaseaba con besar su boca, entrelazar nuestras lenguas, acariciar sus pechos, hacerlo en distintas posturas y que ella me pidiera cada día ir un poquito más lejos. Que se llegara a olvidar de por qué estábamos quedando y que también se abandonara a la lujuria.
Entonces Beatriz miró hacia arriba y me vio allí, junto a la escalera. Fueron dos segundos en los que cruzamos la mirada y me invadió una sensación de euforia increíble.
¿Cómo era posible que aquella mujer me diera tanto morbo?
Mientras bajaba me encontré de frente con Martita en mitad de la escalera. Me estaba esperando y se quedó callada frente a mí con los brazos en jarra.
―¿Qué pasa, Marta?
―¿Es que no piensas decirme nada?
―¿Nada de qué…?
―¿Y todavía me lo preguntas?, de lo que pasó en el coche…, es que ni te has disculpado…
―Mira, Marta, no estoy para tonterías.
―¡Me has decepcionado! Pensé que eras diferente, y al final eres igual que todos, ¿o es que vas a negar lo que hiciste?
―Shhh, baja la voz, joder, aquí puede escucharnos cualquiera, acompáñame… ―Di media vuelta y subí de nuevo por las escaleras. No miré hacia atrás, pero estaba convencido de que Marta me seguía los pasos.
No tenía muchas ganas de que me montara un numerito delante de toda la familia y yo veía a mi cuñada muy capaz de hacerlo. Siempre había que hacer lo que ella dijera y no le gustaba que le llevaran la contraria. Si no zanjaba ese asunto de inmediato, podía verme en un buen lío.
―A ver, ¿qué es lo que hice?, porque creo recordar que fuiste tú la que me cogiste la mano y la pusiste bajo tu falda…
―¿Yoooo?, sí, como siempre, soy yo la culpable. Cayetana y tú sois los perfectitos…, ¿o es que ahora vas a negar que me metiste el dedo?
―Shhh, habla más bajo por favor, no grites… Yo no quería hacerlo, yo no, eeeeeh ―balbuceé.
―Esto no puedes negarlo, ¿no?
―Lo provocaste tú, pero si ni tan siquiera llevabas ropa interior, ¡lo tenías todo planeado! Te sentaste encima de mí y subiste la pierna en el asiento…
―Me metes el puto dedo en el coño y todavía dices que fue por mi culpa…
Viendo que la conversación no iba a ningún sitio, y que lo único que podía lograr era que Marta pusiera el grito en el cielo, al final me di cuenta de que mi única escapatoria era darle la razón y se saliera con la suya, como siempre. Solo así se quedaría satisfecha.
―Mira, Marta, me caes fenomenal, eres una tía de puta madre. Siempre hemos tenido muy buen rollo entre nosotros y me gustaría seguir teniéndolo… Siento mucho lo que pasó en el coche, de verdad, quizás malinterpreté tu actitud. Tampoco era nada fácil para mí, el espacio era reducido, hacía mucho calor y tenerte encima, botando sobre mi cuerpo, puede que me equivocara, pero moviste la cadera y pensé… No sé ni lo que pensé., Perdona, intenté no tocarte...…, tienes que creerme…
Esas palabras parecieron tranquilizar a Marta y su gesto cambió de repente, ya que sus facciones se serenaron. Pasó de estar enfadada a mirarme con ternura en un segundo. Ya estaba contenta. Me había hecho confesar y pedir perdón por algo de lo que yo no tuve ninguna culpa. O casi ninguna.
―Acepto tus disculpas, Jorge…
―Lo mejor es que este malentendido quede entre nosotros, ¿te parece?
―¿Quieres que tengamos secretitos? ―bromeó con voz de zorra―. No creo que le hiciera mucha gracia a mi hermana…
―Por eso, al final no pasó nada, y sabes que soy buen tío…
―Porque me caes bien, si no… Está bien, guardaré el secreto.
Bastante tenía con lo de Beatriz como para verme también implicado en esta tontería con Marta, así que respiré aliviado cuando comprobé que mi cuñada parecía dispuesta a olvidarse de lo que pasó en el coche. Seguramente, en un par de semanas ya la iba a tener otra vez tonteando conmigo a la menor oportunidad que tuviera.
―Eres un idiota ―dijo al pasar a mi lado, tocando con su dedo índice la punta de mi nariz.
Luego bajó por la escalera y me dejó otra vez solo en la planta alta. Entonces me fijé en que Cayetana me estaba mirando e hizo un gesto con la mano para que fuera con ella.
―¿De qué hablabas con Marta? ―me preguntó.
―De nada, de una tontería… ―Negué con la cabeza.
―Pues cuéntamelo.
―No, que no quiero que te enfades. Otra de sus «niñatadas». Desde la casa rural parecía enfadada conmigo, así que le he preguntado si estaba todo bien y me ha dicho que si un día le hablé mal a su novio en la habitación, al día siguiente que si la eché a ella cuando regresamos de fiesta el sábado; bueno, que no es nada… ¡Marta y sus gilipolleces, capítulo 1234! ¡Qué te voy a contar que no sepas!
―¡En fin! Sí, casi mejor no haberlo sabido.
―Ya te dije que era una tontería. ―Agarré su cintura y le di un besito en el cuello―. Por cierto, uf, hoy estás irresistible con ese vestido. No sé si voy a poder controlarme luego ―murmuré en su oído.
―Creo que no te va a quedar más remedio.
―He traído el coche. Podríamos, no sé…
Cayetana abrió los ojos como platos y me miró fijamente.
―¡Jorge!, ya sabes que no…
―¡Joder, Caye!, el verano se termina y va a ser nuestra última noche juntos. La semana que viene ya empiezas la universidad.
―¡No insistas, por favor!
Me jodía un montón que Cayetana no quisiera hacer nada en el coche. Me lo había repetido un millón de veces, que eso era de chonis y guarras y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. La noche había sido especialmente tensa para mí y necesitaba desahogarme. Entre lo de Marta y la nueva cita que iba a tener con su prima en cinco días, habían sido demasiadas emociones y era mi última oportunidad de correrme antes de reservarme para Beatriz.
Sobre las dos de la mañana se terminó la fiesta. Aguantamos hasta el final y los anfitriones se quedaron en la puerta de su mansión para irnos despidiendo de uno en uno. Mi saludo con Hans fue muy formal y después le di dos besos a su mujer. A pesar de haber estado con ella dos veces en su dormitorio, me seguía intimidando su presencia, y con tan solo aspirar su perfume ya me provocaba un deseo irresistible.
Salí de la mansión con unas ganas terribles de volver en poquitos días y acerqué a Cayetana a su casa en mi coche. No podía dejar a mi novia a las puertas de su chalet y marcharme como si nada sin intentarlo por última vez. No solo era lo excitado que me encontraba, es que mi novia estaba realmente atractiva con el vestido blanco y veía en sus ojos ese brillo que se le ponía cuando también estaba cachonda.
Acaricié una pierna y me incliné sobre ella, buscando su boca. Cayetana me correspondió el beso, pero en la puerta de la casa de sus padres mi chica no iba a morrearse conmigo como me habría gustado.
―¿Vamos a un sitio más tranquilo?, porfa, Caye, quiero estar contigo un poquito más…
Ella negó con la cabeza y se quitó el cinturón.
―¿Otra vez, Jorge? Te lo he dicho muchas veces que en el coche…
―Solo van a ser unos besos y… Bueno, estoy tan excitado que no voy a aguantar casi nada. ¡Me apetece mucho terminar!, por favor. ―Y volví a posar una mano en su pierna.
―Jorge, no me lo pongas más difícil…
―Mira, Caye, eso que piensas de que enrollarse en el coche es de chonis es una tontería. Lo hacen muchas parejas, la mayoría, al final, cuando no se tiene otro sitio y las ganas aprietan, ufff… y no insistiría si no viera que a ti también te apetece. No me digas que no… ―Y me acerqué a su boca buscando otro beso.
―Sí, claro que quiero estar contigo, pero…
―¿No hay ningún sitio en la urbanización donde pueda aparcar y estemos tranquilos sin llamar mucho la atención?
―No, no sé…, quizás por la zona de las pistas ―titubeó Cayetana que parecía ceder un poco a mis pretensiones.
―Van a ser diez minutillos, nada más…, venga, Caye. ―Y acaricié su muslo por encima de la tela―. ¡Hoy estás increíble con ese vestido blanco! Me tienes muy excitado ―aseguré tratando de coger su mano para llevarla hasta mi paquete.
―¡Aquí no, Jorge!, para…
Arranqué el coche y Cayetana se abrochó de nuevo el cinturón de seguridad. Fue tan rápido que no le di ni tiempo a protestar.
―¿Por dónde se va a esas pistas?
―Tira hasta el final y en la rotonda, en vez de salir a la ronda, coge la carretera de la derecha…; luego ya te indico…
En cinco minutos estábamos allí. Dejamos el coche en el parking. No había nadie más a esas horas y apagué el motor y las luces. A lo lejos nos pareció ver a un señor paseando al perro y eso inquietó a Cayetana, que todavía no estaba segura de todo aquello.
―¡Podrían pillarnos! Aquí me conoce la gente y, no sé, si pasara algún coche de la policía…
―No estamos haciendo nada malo y a estas horas no creo que venga nadie… Además, te aseguro que va a ser rápido, Caye ―afirmé quitándome el cinturón y soltando el suyo también―. Anda, ven aquí…
Me pareció extraña la facilidad con la que que había convencido a Cayetana para enrollarme con ella en el coche. Es verdad que en los últimos meses su cambio respecto al sexo había sido considerable, pero mi novia tenía una opinión muy mala con lo de tener sexo en el coche y ahora allí estaba, inclinada sobre mí, buscando mi boca para darme un morreo.
Yo conocía bien a mi chica y sé que lo que le gusta es estar en un sitio tranquilo y que nadie nos pueda molestar, aunque por cómo gimoteaba mientras nos comíamos la boca era fácil adivinar que ella también estaba bastante excitada. Y sin más previos bajó las manos y me sacó la polla.
¡Cayetana me iba a hacer una paja!
―¡Date prisa, eh! ―me advirtió justo cuando comenzaba a sacudírmela besando a la vez mi sensible cuello.
―Aaaaaah, Caye, joder, más despacio o vas a hacer que me corra en menos de un minuto…
―Dijiste que iba a ser rápido, ¿no?
―Sí, pero no pensé que tanto, aaaaah ―jadeé intentando subir su vestido para acariciarle el culo por encima de las braguitas.
Me concedió eso al menos y Cayetana fue buena conmigo, disminuyendo un poco el ritmo frenético al que había comenzado a machacarme la polla.
―Mmmmmm, ¡qué rico!, no sé por qué no hemos hecho esto antes…
―Porque esto es de chonis ―me gimoteó en el oído sacando la lengua para rozarme el lóbulo de la oreja.
―¿Ah, sí?
―Sí, y de guarras…
―¡Uf!, pues ahora lo estás haciendo tú…, ¿te sientes un poco choni?
―Eres un idiota, ¡ey!, ¿qué haces? ―protestó cuando mi mano se coló bajo sus braguitas.
―Nada, yo también quiero que tú disfrutes un poquito…
Decidido avancé con mis dedos hasta su ano y comencé a hacer circulitos alrededor de su pequeño agujero. Yo sabía que a Cayetana le encantaba eso, pero quería que lo deseara. ¡Me daba mucho morbo meterle un dedo por el culo en el coche allí aparcados, en medio de la nada!
―No me has contestado, ¿te sientes como una choni?
―Aaaaah, Jorge, aquí noooo, aaaaaah…, ¡no hagas eso!
―¿Y por qué mueves las caderas?, ¿es que no quieres que te lo meta?
―Aaaaah, aaaaah…
―Mmmmm, ¡qué bien ha entrado!, ¿quieres un poquito más?
―Aaaaaah, Jorge, aaaaah, aaaaah…
Medio dedo ya estaba dentro del cuerpo de mi chica y empujé con suavidad, hasta que se lo incrusté hasta el fondo. El gemido posterior y la tensión de caderas de Cayetana me indicó que le había gustado. Apretó su puño en mi polla y desaceleró cada vez más la velocidad a la que me pajeaba.
―Ya está todo dentro ―suspiré y comencé a follarme su estrecho culo, sacando el dedo despacio y volviéndolo a meter.
―Aaaaah, aaaaah…, aaaaah, ¡qué rico!
―Quieres más, ¿eh?
―Venga, termina, por favor, aaaaah, aaaaah…
―¿En serio quieres que acabe ya?, no lo parece…
―¡Aaaaah, aaaaaah! ―Y ella misma se mordió el puño de la mano que tenía libre.
―¿Quieres correrte?
―Aaaaaah, aaaaaah, así no puedo…
―Pues ponte encima de mí… ¡y muévete!
―No, noooo, eso no, termina ya, aaaah… ―Bajó su puño con un golpe seco hasta mis huevos y reanudó la paja.
―Mmmm, joder, Caye, ¡vas a hacer que me corra! ―exclamé yo también acelerando el dedo que entraba y salía de su esfínter.
―Sí, sííííííí, ¡hazlo! ―gimió moviendo las caderas para facilitar mi penetración anal.
―¡Diossss, qué bueno, Caye!, te estoy metiendo el dedo por el culo en el coche como a una vulgar zorra… y me encanta…
―¡¡¡¿Quééééé?!!!
―Que estás dejando que te meta el dedito y creo que te pone muy cachonda sentirte como una guarra.
―Aaaaaah, aaaaaah…
―Tienes unas ganas locas de correrte…, joderrrrrr, más despacio, aaaaaah, más despacio. ―Pero Cayetana ya no estaba por la labor de dejarme escapar y había puesto la velocidad de crucero para hacerme explotar en unos pocos segundos.
―¡Córrete, córrete ya!
―¿Quieres que te la dé?
―Sííííí, dámela, Jorge, ¡dámela toda!
―¡¡¡¡Vamos, guarra, no pares ahora, vamosssss!!!!
―Aaaaaah, aaaaaaah, sigueeeee, sigueeeee, creo que yo también me voy a venir. ―Y vi que Cayetana bajaba una mano para meterla por debajo del vestido y se frotó el coño sobre sus braguitas.
Lo nunca visto. ¡Cayetana haciéndose un puto dedo delante de mí!
Esa imagen me hizo correrme al momento, lo que desencadenó también su orgasmo y llegamos al clímax los dos a la vez.
―¡¡¡AAAAAH, AAAAAAH, AAAAAH, SÍÍÍÍÍÍ, CÓRRETE, ESO ES, CÓRRETE!!! ―chilló Cayetana con un movimiento descontrolado de cadera mientras mi polla disparaba semen sobre mi propio estómago.
Fue un momento mágico. Acojonante. Nos olvidamos de que estábamos en el coche solos, en medio de la nada, y con los cristales empañados nuestros cuerpos temblaron al unísono en un intenso orgasmo perfectamente sincronizado.
Me la siguió meneando aunque de mi polla ya no saliera ni una gota más, jadeando en mi cuello como si aquello le hubiera sabido a poco. Dejó de masturbarse y destensó los glúteos para que pudiera sacar mi dedo de su culo. Después coló la mano con la que me pajeaba por debajo de la camiseta y se limpió en mi abdomen.
Tenía un brillo especial en los ojos. Buscó mi boca y me dio un beso con lengua antes de volver a su sitio.
―Llévame a casa ―murmuró en un tono casi imperceptible, agachando la cabeza y alisando la falda de su vestido.
―Caye, ¿estás bien?
―Sí.
―No tienes por qué avergonzarte ―dije limpiándome con un pañuelo mi camiseta empapada por mi propio semen―. ¡Ha sido la hostia ver cómo te tocas, uffff!
―Habla bien…
―La leche, ja, ja, ja, ¿mejor?, no me digas que no… Me gusta mucho esta nueva Cayetana, que disfrutes así, que te dejes llevar, sin esos estúpidos prejuicios de si esto está mal o no. No hay nada de malo en lo que hacemos…
―Perdona.
―No tengo nada que perdonarte…, ¡lo de hoy ha sido increíble!, cortito, pero muy intenso, tanto que creo que los dos nos hemos quedado con ganas de más. ―Me acerqué a ella y le di un pico en los labios.
Después dejé a Cayetana en casa de sus padres y llegué a la mía todavía más caliente, como si no me acabara de correr.
Mi cuerpo no paraba de temblar y no podía dejar de pensar en Beatriz. Ni en Cayetana. Ni en Marta. Las tres me excitaban, cada una a su manera. De pie, sobre la taza del váter aspiré el olor que emanaba del dedo que acababa de tener metido en el culo de mi novia. Abrí el ********* y puse una foto del culazo de Martita a toda pantalla y me pasé la lengua por los labios, fantaseando con el encuentro que iba a tener con Beatriz en cinco días.
Apenas tuve que esforzarme para correrme de nuevo en unos pocos segundos. Solo así conseguí rebajar pulsaciones y me tumbé en la cama, saboreando lo que se me avecinaba en las próximas semanas…
PARTE 3