La propuesta

Llevo casi 25 años subiendo historias de manera gratuita, en diferentes foros y con varios nicks, solo por el placer de leer los comentarios de los lectores y porque me encanta escribir.

Al final, es inevitable q nos de publicidad si publicas en cualquier página, y gracias a cierta plataforma pues los últimos 4 o 5 años todos los escritores podemos monetizar nuestro trabajo, (que te aseguro q echamos muuuuchas horas), por eso me ha molestado que digas que muestro la mercancía y dejo a los lectores con la miel en los labios.

Un saludo!
Aprovecho que estas por aquí para pedirte, si es posible, que publiques en Amz Kindle tu viejo relato "Compartiendo piso con mi hermana universitaria". Me encanta. Genial escrito. Puro morbo
 
Llevo casi 25 años subiendo historias de manera gratuita, en diferentes foros y con varios nicks, solo por el placer de leer los comentarios de los lectores y porque me encanta escribir.

Al final, es inevitable q nos de publicidad si publicas en cualquier página, y gracias a cierta plataforma pues los últimos 4 o 5 años todos los escritores podemos monetizar nuestro trabajo, (que te aseguro q echamos muuuuchas horas), por eso me ha molestado que digas que muestro la mercancía y dejo a los lectores con la miel en los labios.

Un saludo!
No pretendo polemizar y, mucho menos contigo David. Creo que lo deje claro en mi post “Es muy lícito que un autor quiera obtener beneficios. Eso es muy sencillo de entender. Los beneficios son compatibles con las publicaciones en el foro. Utilizar los foros para publicitarse, mostrar la mercancía y olvidarse de ellos dejando con la miel en los labios, a mi, me parece mal no, fatal. Es mas sensato decir: es un anticipo, el resto en Am***zon”
Estoy generalizando, yo no he dado ningún nombre. Lamento que te haya molestado porque, en ningún caso, es y ha sido mi intención, molestar.
De hecho soy lector y comprador de libros. Lo único que he manifestado es mi opinión. En tu caso, está disponible el libro, en otros no y me quedo con la miel en los labios. Aquí hay autores que exponen los motivos ( no tienen porque, pero se agradece)
No me cabe ninguna duda del tiempo que hay que echarle( pronto sabréis porque lo digo).
Lo dicho lamento que te hayas sentido molesto.
Saludos
 
No pretendo polemizar y, mucho menos contigo David. Creo que lo deje claro en mi post “Es muy lícito que un autor quiera obtener beneficios. Eso es muy sencillo de entender. Los beneficios son compatibles con las publicaciones en el foro. Utilizar los foros para publicitarse, mostrar la mercancía y olvidarse de ellos dejando con la miel en los labios, a mi, me parece mal no, fatal. Es mas sensato decir: es un anticipo, el resto en Am***zon”
Estoy generalizando, yo no he dado ningún nombre. Lamento que te haya molestado porque, en ningún caso, es y ha sido mi intención, molestar.
De hecho soy lector y comprador de libros. Lo único que he manifestado es mi opinión. En tu caso, está disponible el libro, en otros no y me quedo con la miel en los labios. Aquí hay autores que exponen los motivos ( no tienen porque, pero se agradece)
No me cabe ninguna duda del tiempo que hay que echarle( pronto sabréis porque lo digo).
Lo dicho lamento que te hayas sentido molesto.
Saludos
No hay problema, a mí tampoco me gusta polemizar. Ya esta tarde continuo la historia.

Un saludo
 
Que maravilla y que buen hallazgo, lo he leído de cabo a rabo y está genial como todo lo de este autor, también he leído los comentarios y estoy como la mayoría, lleno de incertidumbres no sé todavía el giro que va a tomar está todo en el aire, solo tengo un pero que es el tal Alex creo que terminará liandola y creo que el culo y Cayetana va a tener algo que ver. Excelente relato y dar las gracias por darme este entretenimiento
 
Capítulo 15



Según mis cuentas, debía faltar más o menos una semana para que Beatriz entrara de nuevo en sus días fértiles. De momento no había recibido ningún mensaje de Hans, o quizás estaba esperando para decírmelo directamente en persona.

Y es que, a mediados de septiembre, Beatriz y Hans habían organizado una fiesta en su mansión para despedir el verano. No era una reunión estrictamente familiar, pues, aunque asistieron muchos primos y tíos de Cayetana, el matrimonio también había invitado a unos cuantos amigos personales. Solo había un requisito para asistir.

Vestir de blanco.

Sí, podía decirse que era un encuentro rollo ibicenco, y al dejar el coche en el parking me invadió un sentimiento extraño. Era imposible no pensar en que las dos últimas veces que había visitado esa casa fueron para eyacular dentro de la anfitriona y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando tocamos el timbre y esperamos a que vinieran a abrir.

Sonia, la asistente personal de la casa, salió a recibirnos. No fuimos de los primeros en llegar, pero tampoco de los últimos. Dentro ya estaban unos cuantos Beguer y otras personas que no conocía, y, en cuanto nos vieron, Hans y Beatriz vinieron a saludarnos.

Me puse muy nervioso al ver a la prima de mi novia. Tenía que controlar esos temblores involuntarios para no llamar la atención y me quedé mirando a Beatriz, con ese vestido blanco veraniego de falda larga que llegaba hasta el suelo. Adornaba sus brazos con múltiples pulseras y adornos; en el cuello también se había puesto el típico collar que venden en la playa y llevaba el pelo recogido en una coleta.

Simple, guapísima, con la cara lavada, sin ningún tipo de maquillaje y elegante a más no poder. Lo mismo que Cayetana, que había elegido un vestido parecido. El que me sorprendió fue Hans. Acostumbrado a verle siempre de negro riguroso, se presentó con un pantalón largo y camisa de lino de color blanco para no desentonar en la fiesta.

―Hola, parejita ―nos dijo con su acento alemán y después fue Beatriz la que nos dio dos besos, pero enseguida se disculpó con nosotros y fue a saludar a una pareja de amigos que acababa de llegar. Estaba claro que le incomodaba demasiado estar conmigo y con Cayetana.

Y, como siempre, llegaron tarde Marta y Álex. Ella con un vestido corto de color blanco bastante vulgar y él con un pantalón corto y una camiseta del Jack and Jones. Eran tal para cual. Ya habían pasado un par de semanas desde lo de la piscina y Marta seguía molesta conmigo. Estuvo muy seca al darme los dos besos de rigor y su novio me estrechó la mano.

Un rato más tarde, con la fiesta ya avanzada, me encontré a Marta hablando con Hans en el jardín. Estaban apartados del resto y se notaba buen rollo entre ellos. El alemán no paraba de sonreír y le dio un fuerte abrazo a mi cuñada. Luego caminaron juntos, agarrados de la cintura, y se acercaron al improvisado bar que habían montado junto a la piscina.

Me encontraba solo en el jardín con un refresco en la mano. Había perdido de vista a Cayetana, que estaría charlando con alguno de sus primos, cuando noté que alguien se me acercaba por la espalda.

―¡Ey, tío! ―dijo Álex.

No había vuelto a verlo desde el fin de semana en las piscinas naturales y le correspondí el saludo con un golpe en el hombro. Estuvimos charlando de cosas banales; de fútbol, de su moto y de repente y sin venir mucho a cuento me sacó el tema de las fotos que me había mandado.

―Así que te gustaron las fotos que hice, ¿eh?
―Sí, estaban muy bien, aunque debes tener más cuidado, se te coló una privada de Marta. Menos mal que me la mandaste a mí y la borré… Podría haber caído en otras manos y…
―No, no se me coló, te la mandé porque quise, tío…
―¿Y Marta estaba de acuerdo con eso?
―Ella no tiene por qué saberlo. Estas son cosas que se hacen entre colegas. Hoy por ti y mañana por mí…
―¿Sabes que es un delito mandar fotos íntimas de tu pareja sin su consentimiento?

La cara de Álex cambió de golpe y se le borró su sonrisa de «colocado» casi al instante.

―Ey, ¿qué dices?, ¿estás de broma?
―No, es delito difundir ese tipo de contenido, así que ten mucho cuidado, te podrías buscar un buen lío si lo haces habitualmente con tus amigos y Marta se entera…
―No le digas nada, tío. Yo solo quería… Pensé que tú y yo podríamos…, no sé, cambiarnos fotos…

Y al girarme vi a Hans solo en una de las puertas de acceso a la casa. Me estaba mirando fijamente y me hizo un gesto con la mano para que me acercara.

―Perdona ―me disculpé con Álex y le dejé con la palabra en la boca.

Antes de llegar a su altura comenzó a andar y Hans hizo que le siguiera hasta llegar a la escalera. Subimos juntos y al pasar por la habitación en la que tenía los encuentros con Beatriz sentí una punzada de placer en la boca del estómago. Acompañé a Hans hasta su despacho y me hizo pasar. Cerró la puerta y esta vez se quedó de pie.

―Dentro de cinco días Beatriz entrará en sus días más fértiles del ciclo y nos gustaría que vinieras el miércoles, jueves y viernes, los tres días seguidos, ¿te parece bien?
―Sí, claro, ya sabía que más o menos era por estas fechas…
―Te haré un ingreso de 9000 euros.
―Muchas gracias.
―¿Sobre qué hora te viene bien?
―Un poco tarde, por si salgo con Cayetana… En principio el miércoles vendré sobre las once de la noche, ¿vale?
―De acuerdo. Pues en eso quedamos. ―Y abrió la puerta para no demorar mucho más el encuentro.

Llegamos hasta la escalera y antes de bajar le pregunté si me podía quedar unos minutos allí. Me gustaba ver la panorámica del inmenso salón y a los invitados desde arriba, y Hans me dijo que sin ningún problema.

Pude ver a Cayetana hablando con dos de sus primas y al otro lado a Beatriz, charlando risueña con una pareja de amigos, que no conocía. Solo faltaban cinco días para volver a estar con ella, lo que ya me tenía bastante alterado, y, al ver allí a todos los Beguer juntos, imaginé qué sucedería si alguien se enterara de lo que Hans, Beatriz y yo estábamos haciendo.

Si aquello trascendía públicamente sería un golpe muy duro para los Beguer. Provocaría una implosión desde dentro que terminaría con ese núcleo familiar tan unido. Eso seguro. El novio de Caye acostándose con Beatriz, para dejarla embarazada. Esa noticia tendría consecuencias impredecibles y sería devastador para todos, sobre todo para Cayetana.

Y eso me aterraba.

Era lo que más quería del mundo y al verla desde arriba, con su apariencia tan frágil, me dio pena por ella. En ese momento podría haberlo dejado. No estaba obligado a seguir con aquello. Ya había probado las mieles de estar con Beatriz y saldría de todo ese lío sin ninguna consecuencia, con 6000 euros más en la cuenta y habiendo penetrado a la prima de mi novia.

¿Qué más podía pedir?

No podía engañarme a mí mismo, nunca me ha faltado el dinero en casa, mis padres han currado como cabrones, siempre han tenido una buena posición económica, y que me llegara una cantidad tan alta era un aliciente también. A nadie le amarga un dulce, como se suele decir, pero sobre todo hacía esto por un motivo.

Lujuria.

Sí, me invadía la lujuria. La que me provocaba una mujer como Beatriz Beguer. Era imposible haber estado con ella en esa habitación tan solo una vez y no querer repetir la experiencia. No había podido dejar de pensar en ella en todo el mes y deseaba que llegara otra vez el momento de quedarnos a solas y volver a penetrarla.

La idea con la que comenzamos era masturbarme y justo cuando fuera a eyacular metérsela para correrme dentro; pero ya en ese segundo encuentro las reglas habían cambiado y Beatriz había permitido que la embistiera unas cuantas veces antes de hacerlo. Hasta me pareció que se le escapaba un pequeño gemido, por lo que ya no veía nada descabellado que en un futuro, incluso, pudiera hacerla disfrutar.

Esas eran mis intenciones. Follarme a Beatriz. Follármela bien. Que jadeara, me acariciara y me morreara mientras la embestía como un salvaje. Fantaseaba con besar su boca, entrelazar nuestras lenguas, acariciar sus pechos, hacerlo en distintas posturas y que ella me pidiera cada día ir un poquito más lejos. Que se llegara a olvidar de por qué estábamos quedando y que también se abandonara a la lujuria.

Entonces Beatriz miró hacia arriba y me vio allí, junto a la escalera. Fueron dos segundos en los que cruzamos la mirada y me invadió una sensación de euforia increíble.

¿Cómo era posible que aquella mujer me diera tanto morbo?

Mientras bajaba me encontré de frente con Martita en mitad de la escalera. Me estaba esperando y se quedó callada frente a mí con los brazos en jarra.

―¿Qué pasa, Marta?
―¿Es que no piensas decirme nada?
―¿Nada de qué…?
―¿Y todavía me lo preguntas?, de lo que pasó en el coche…, es que ni te has disculpado…
―Mira, Marta, no estoy para tonterías.
―¡Me has decepcionado! Pensé que eras diferente, y al final eres igual que todos, ¿o es que vas a negar lo que hiciste?
―Shhh, baja la voz, joder, aquí puede escucharnos cualquiera, acompáñame… ―Di media vuelta y subí de nuevo por las escaleras. No miré hacia atrás, pero estaba convencido de que Marta me seguía los pasos.

No tenía muchas ganas de que me montara un numerito delante de toda la familia y yo veía a mi cuñada muy capaz de hacerlo. Siempre había que hacer lo que ella dijera y no le gustaba que le llevaran la contraria. Si no zanjaba ese asunto de inmediato, podía verme en un buen lío.

―A ver, ¿qué es lo que hice?, porque creo recordar que fuiste tú la que me cogiste la mano y la pusiste bajo tu falda…
―¿Yoooo?, sí, como siempre, soy yo la culpable. Cayetana y tú sois los perfectitos…, ¿o es que ahora vas a negar que me metiste el dedo?
―Shhh, habla más bajo por favor, no grites… Yo no quería hacerlo, yo no, eeeeeh ―balbuceé.
―Esto no puedes negarlo, ¿no?
―Lo provocaste tú, pero si ni tan siquiera llevabas ropa interior, ¡lo tenías todo planeado! Te sentaste encima de mí y subiste la pierna en el asiento…
―Me metes el puto dedo en el coño y todavía dices que fue por mi culpa…

Viendo que la conversación no iba a ningún sitio, y que lo único que podía lograr era que Marta pusiera el grito en el cielo, al final me di cuenta de que mi única escapatoria era darle la razón y se saliera con la suya, como siempre. Solo así se quedaría satisfecha.

―Mira, Marta, me caes fenomenal, eres una tía de puta madre. Siempre hemos tenido muy buen rollo entre nosotros y me gustaría seguir teniéndolo… Siento mucho lo que pasó en el coche, de verdad, quizás malinterpreté tu actitud. Tampoco era nada fácil para mí, el espacio era reducido, hacía mucho calor y tenerte encima, botando sobre mi cuerpo, puede que me equivocara, pero moviste la cadera y pensé… No sé ni lo que pensé., Perdona, intenté no tocarte...…, tienes que creerme…

Esas palabras parecieron tranquilizar a Marta y su gesto cambió de repente, ya que sus facciones se serenaron. Pasó de estar enfadada a mirarme con ternura en un segundo. Ya estaba contenta. Me había hecho confesar y pedir perdón por algo de lo que yo no tuve ninguna culpa. O casi ninguna.

―Acepto tus disculpas, Jorge…
―Lo mejor es que este malentendido quede entre nosotros, ¿te parece?
―¿Quieres que tengamos secretitos? ―bromeó con voz de zorra―. No creo que le hiciera mucha gracia a mi hermana…
―Por eso, al final no pasó nada, y sabes que soy buen tío…
―Porque me caes bien, si no… Está bien, guardaré el secreto.

Bastante tenía con lo de Beatriz como para verme también implicado en esta tontería con Marta, así que respiré aliviado cuando comprobé que mi cuñada parecía dispuesta a olvidarse de lo que pasó en el coche. Seguramente, en un par de semanas ya la iba a tener otra vez tonteando conmigo a la menor oportunidad que tuviera.

―Eres un idiota ―dijo al pasar a mi lado, tocando con su dedo índice la punta de mi nariz.

Luego bajó por la escalera y me dejó otra vez solo en la planta alta. Entonces me fijé en que Cayetana me estaba mirando e hizo un gesto con la mano para que fuera con ella.

―¿De qué hablabas con Marta? ―me preguntó.
―De nada, de una tontería… ―Negué con la cabeza.
―Pues cuéntamelo.
―No, que no quiero que te enfades. Otra de sus «niñatadas». Desde la casa rural parecía enfadada conmigo, así que le he preguntado si estaba todo bien y me ha dicho que si un día le hablé mal a su novio en la habitación, al día siguiente que si la eché a ella cuando regresamos de fiesta el sábado; bueno, que no es nada… ¡Marta y sus gilipolleces, capítulo 1234! ¡Qué te voy a contar que no sepas!
―¡En fin! Sí, casi mejor no haberlo sabido.
―Ya te dije que era una tontería. ―Agarré su cintura y le di un besito en el cuello―. Por cierto, uf, hoy estás irresistible con ese vestido. No sé si voy a poder controlarme luego ―murmuré en su oído.
―Creo que no te va a quedar más remedio.
―He traído el coche. Podríamos, no sé…

Cayetana abrió los ojos como platos y me miró fijamente.

―¡Jorge!, ya sabes que no…
―¡Joder, Caye!, el verano se termina y va a ser nuestra última noche juntos. La semana que viene ya empiezas la universidad.
―¡No insistas, por favor!

Me jodía un montón que Cayetana no quisiera hacer nada en el coche. Me lo había repetido un millón de veces, que eso era de chonis y guarras y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. La noche había sido especialmente tensa para mí y necesitaba desahogarme. Entre lo de Marta y la nueva cita que iba a tener con su prima en cinco días, habían sido demasiadas emociones y era mi última oportunidad de correrme antes de reservarme para Beatriz.

Sobre las dos de la mañana se terminó la fiesta. Aguantamos hasta el final y los anfitriones se quedaron en la puerta de su mansión para irnos despidiendo de uno en uno. Mi saludo con Hans fue muy formal y después le di dos besos a su mujer. A pesar de haber estado con ella dos veces en su dormitorio, me seguía intimidando su presencia, y con tan solo aspirar su perfume ya me provocaba un deseo irresistible.

Salí de la mansión con unas ganas terribles de volver en poquitos días y acerqué a Cayetana a su casa en mi coche. No podía dejar a mi novia a las puertas de su chalet y marcharme como si nada sin intentarlo por última vez. No solo era lo excitado que me encontraba, es que mi novia estaba realmente atractiva con el vestido blanco y veía en sus ojos ese brillo que se le ponía cuando también estaba cachonda.

Acaricié una pierna y me incliné sobre ella, buscando su boca. Cayetana me correspondió el beso, pero en la puerta de la casa de sus padres mi chica no iba a morrearse conmigo como me habría gustado.

―¿Vamos a un sitio más tranquilo?, porfa, Caye, quiero estar contigo un poquito más…

Ella negó con la cabeza y se quitó el cinturón.

―¿Otra vez, Jorge? Te lo he dicho muchas veces que en el coche…
―Solo van a ser unos besos y… Bueno, estoy tan excitado que no voy a aguantar casi nada. ¡Me apetece mucho terminar!, por favor. ―Y volví a posar una mano en su pierna.
―Jorge, no me lo pongas más difícil…
―Mira, Caye, eso que piensas de que enrollarse en el coche es de chonis es una tontería. Lo hacen muchas parejas, la mayoría, al final, cuando no se tiene otro sitio y las ganas aprietan, ufff… y no insistiría si no viera que a ti también te apetece. No me digas que no… ―Y me acerqué a su boca buscando otro beso.
―Sí, claro que quiero estar contigo, pero…
―¿No hay ningún sitio en la urbanización donde pueda aparcar y estemos tranquilos sin llamar mucho la atención?
―No, no sé…, quizás por la zona de las pistas ―titubeó Cayetana que parecía ceder un poco a mis pretensiones.
―Van a ser diez minutillos, nada más…, venga, Caye. ―Y acaricié su muslo por encima de la tela―. ¡Hoy estás increíble con ese vestido blanco! Me tienes muy excitado ―aseguré tratando de coger su mano para llevarla hasta mi paquete.
―¡Aquí no, Jorge!, para…

Arranqué el coche y Cayetana se abrochó de nuevo el cinturón de seguridad. Fue tan rápido que no le di ni tiempo a protestar.

―¿Por dónde se va a esas pistas?
―Tira hasta el final y en la rotonda, en vez de salir a la ronda, coge la carretera de la derecha…; luego ya te indico…

En cinco minutos estábamos allí. Dejamos el coche en el parking. No había nadie más a esas horas y apagué el motor y las luces. A lo lejos nos pareció ver a un señor paseando al perro y eso inquietó a Cayetana, que todavía no estaba segura de todo aquello.

―¡Podrían pillarnos! Aquí me conoce la gente y, no sé, si pasara algún coche de la policía…
―No estamos haciendo nada malo y a estas horas no creo que venga nadie… Además, te aseguro que va a ser rápido, Caye ―afirmé quitándome el cinturón y soltando el suyo también―. Anda, ven aquí…

Me pareció extraña la facilidad con la que que había convencido a Cayetana para enrollarme con ella en el coche. Es verdad que en los últimos meses su cambio respecto al sexo había sido considerable, pero mi novia tenía una opinión muy mala con lo de tener sexo en el coche y ahora allí estaba, inclinada sobre mí, buscando mi boca para darme un morreo.

Yo conocía bien a mi chica y sé que lo que le gusta es estar en un sitio tranquilo y que nadie nos pueda molestar, aunque por cómo gimoteaba mientras nos comíamos la boca era fácil adivinar que ella también estaba bastante excitada. Y sin más previos bajó las manos y me sacó la polla.

¡Cayetana me iba a hacer una paja!

―¡Date prisa, eh! ―me advirtió justo cuando comenzaba a sacudírmela besando a la vez mi sensible cuello.
―Aaaaaah, Caye, joder, más despacio o vas a hacer que me corra en menos de un minuto…
―Dijiste que iba a ser rápido, ¿no?
―Sí, pero no pensé que tanto, aaaaah ―jadeé intentando subir su vestido para acariciarle el culo por encima de las braguitas.

Me concedió eso al menos y Cayetana fue buena conmigo, disminuyendo un poco el ritmo frenético al que había comenzado a machacarme la polla.

―Mmmmmm, ¡qué rico!, no sé por qué no hemos hecho esto antes…
―Porque esto es de chonis ―me gimoteó en el oído sacando la lengua para rozarme el lóbulo de la oreja.
―¿Ah, sí?
―Sí, y de guarras…
―¡Uf!, pues ahora lo estás haciendo tú…, ¿te sientes un poco choni?
―Eres un idiota, ¡ey!, ¿qué haces? ―protestó cuando mi mano se coló bajo sus braguitas.
―Nada, yo también quiero que tú disfrutes un poquito…

Decidido avancé con mis dedos hasta su ano y comencé a hacer circulitos alrededor de su pequeño agujero. Yo sabía que a Cayetana le encantaba eso, pero quería que lo deseara. ¡Me daba mucho morbo meterle un dedo por el culo en el coche allí aparcados, en medio de la nada!

―No me has contestado, ¿te sientes como una choni?
―Aaaaah, Jorge, aquí noooo, aaaaaah…, ¡no hagas eso!
―¿Y por qué mueves las caderas?, ¿es que no quieres que te lo meta?
―Aaaaah, aaaaah…
―Mmmmm, ¡qué bien ha entrado!, ¿quieres un poquito más?
―Aaaaaah, Jorge, aaaaah, aaaaah…

Medio dedo ya estaba dentro del cuerpo de mi chica y empujé con suavidad, hasta que se lo incrusté hasta el fondo. El gemido posterior y la tensión de caderas de Cayetana me indicó que le había gustado. Apretó su puño en mi polla y desaceleró cada vez más la velocidad a la que me pajeaba.

―Ya está todo dentro ―suspiré y comencé a follarme su estrecho culo, sacando el dedo despacio y volviéndolo a meter.
―Aaaaah, aaaaah…, aaaaah, ¡qué rico!
―Quieres más, ¿eh?
―Venga, termina, por favor, aaaaah, aaaaah…
―¿En serio quieres que acabe ya?, no lo parece…
―¡Aaaaah, aaaaaah! ―Y ella misma se mordió el puño de la mano que tenía libre.
―¿Quieres correrte?
―Aaaaaah, aaaaaah, así no puedo…
―Pues ponte encima de mí… ¡y muévete!
―No, noooo, eso no, termina ya, aaaah… ―Bajó su puño con un golpe seco hasta mis huevos y reanudó la paja.
―Mmmm, joder, Caye, ¡vas a hacer que me corra! ―exclamé yo también acelerando el dedo que entraba y salía de su esfínter.
―Sí, sííííííí, ¡hazlo! ―gimió moviendo las caderas para facilitar mi penetración anal.
―¡Diossss, qué bueno, Caye!, te estoy metiendo el dedo por el culo en el coche como a una vulgar zorra… y me encanta…
―¡¡¡¿Quééééé?!!!
―Que estás dejando que te meta el dedito y creo que te pone muy cachonda sentirte como una guarra.
―Aaaaaah, aaaaaah…
―Tienes unas ganas locas de correrte…, joderrrrrr, más despacio, aaaaaah, más despacio. ―Pero Cayetana ya no estaba por la labor de dejarme escapar y había puesto la velocidad de crucero para hacerme explotar en unos pocos segundos.

―¡Córrete, córrete ya!
―¿Quieres que te la dé?
―Sííííí, dámela, Jorge, ¡dámela toda!
―¡¡¡¡Vamos, guarra, no pares ahora, vamosssss!!!!
―Aaaaaah, aaaaaaah, sigueeeee, sigueeeee, creo que yo también me voy a venir. ―Y vi que Cayetana bajaba una mano para meterla por debajo del vestido y se frotó el coño sobre sus braguitas.

Lo nunca visto. ¡Cayetana haciéndose un puto dedo delante de mí!

Esa imagen me hizo correrme al momento, lo que desencadenó también su orgasmo y llegamos al clímax los dos a la vez.

―¡¡¡AAAAAH, AAAAAAH, AAAAAH, SÍÍÍÍÍÍ, CÓRRETE, ESO ES, CÓRRETE!!! ―chilló Cayetana con un movimiento descontrolado de cadera mientras mi polla disparaba semen sobre mi propio estómago.

Fue un momento mágico. Acojonante. Nos olvidamos de que estábamos en el coche solos, en medio de la nada, y con los cristales empañados nuestros cuerpos temblaron al unísono en un intenso orgasmo perfectamente sincronizado.

Me la siguió meneando aunque de mi polla ya no saliera ni una gota más, jadeando en mi cuello como si aquello le hubiera sabido a poco. Dejó de masturbarse y destensó los glúteos para que pudiera sacar mi dedo de su culo. Después coló la mano con la que me pajeaba por debajo de la camiseta y se limpió en mi abdomen.

Tenía un brillo especial en los ojos. Buscó mi boca y me dio un beso con lengua antes de volver a su sitio.

―Llévame a casa ―murmuró en un tono casi imperceptible, agachando la cabeza y alisando la falda de su vestido.
―Caye, ¿estás bien?
―Sí.
―No tienes por qué avergonzarte ―dije limpiándome con un pañuelo mi camiseta empapada por mi propio semen―. ¡Ha sido la hostia ver cómo te tocas, uffff!
―Habla bien…
―La leche, ja, ja, ja, ¿mejor?, no me digas que no… Me gusta mucho esta nueva Cayetana, que disfrutes así, que te dejes llevar, sin esos estúpidos prejuicios de si esto está mal o no. No hay nada de malo en lo que hacemos…
―Perdona.
―No tengo nada que perdonarte…, ¡lo de hoy ha sido increíble!, cortito, pero muy intenso, tanto que creo que los dos nos hemos quedado con ganas de más. ―Me acerqué a ella y le di un pico en los labios.

Después dejé a Cayetana en casa de sus padres y llegué a la mía todavía más caliente, como si no me acabara de correr.

Mi cuerpo no paraba de temblar y no podía dejar de pensar en Beatriz. Ni en Cayetana. Ni en Marta. Las tres me excitaban, cada una a su manera. De pie, sobre la taza del váter aspiré el olor que emanaba del dedo que acababa de tener metido en el culo de mi novia. Abrí el ********* y puse una foto del culazo de Martita a toda pantalla y me pasé la lengua por los labios, fantaseando con el encuentro que iba a tener con Beatriz en cinco días.

Apenas tuve que esforzarme para correrme de nuevo en unos pocos segundos. Solo así conseguí rebajar pulsaciones y me tumbé en la cama, saboreando lo que se me avecinaba en las próximas semanas…


PARTE 3
 
Sigo sin ver futuro entre Cayetana y Jorge, no acabo de ver que sea la chica ideal para él; y a Martita cada vez la veo más niñata y alguna gorda va a montar... :sick::sick::sick::sick: Y Beatriz, no se... a ver si se queda embarazada y tal vez sea la perdición de Jorge y eso pueda crear un terremoto en medio de tan distinguida familia... :devilish::devilish::devilish::devilish::devilish::devilish::ninja::ninja::ninja::ninja::ninja::ninja:
 
PARTE 3



Capítulo 16




Los cinco días hasta el miércoles se me hicieron eternos.

El fin de semana quedamos con los amigos de Cayetana para ir a cenar, y el domingo preferí machacarme en el gimnasio y tratar de aliviar la tensión que me devoraba por dentro. El lunes, mi novia ya reanudaba la universidad y yo tenía pendiente hacer mi trabajo de grado una vez terminados mis cuatro años de carrera, así que no nos vimos nada durante la semana. Y por fin llegó el ansiado día de la cita con Beatriz.

Por la madrugada me había estado martirizando, pajeándome un buen rato antes de dormir. Así durante cuatro noches seguidas. Mi objetivo era llegar muy cachondo y con los huevos cargadísimos para el siguiente encuentro con Beatriz. Me daba igual si era con fotos de Marta, viendo porno, fantaseando con la prima de mi novia o imaginándome cómo debía ser sodomizar a Cayetana en el coche.

Cualquier cosa me valía para destrozarme la polla.

No llegaba a correrme y eso hacía que el sueño me venciera nervioso, enfadado, crispado y me levantaba con una sensación de cansancio y malestar bastante desagradable, pero a la vez excitado y deseando repetirlo en cuanto me quedara a solas en mi cuarto.

El miércoles por la mañana me llamó Cayetana. Quería que pasáramos el finde a solas en la Casona y recuperar el tiempo perdido por no habernos visto nada durante la semana; y, además, me avisó de que su prima iba a salir en el programa de Espejo Público, en Antena 3, así que, en cuanto dejé de hablar con ella, encendí la tele.

La presentadora anunciaba la entrevista en exclusiva, como la primera vez que pisaba un plató de televisión la arquitecto, blogger e influencer Beatriz Beguer, y un rato más tarde apareció la prima de mi novia con un look espectacular de vaqueros ajustados, zapatos de tacón y una blusa de color verde turquesa, cuyas ventas se dispararon unas pocas horas después solo porque ella la llevaba puesta.

¡Y por la noche yo iba a tener la polla dentro de esa mujer!

A veces me costaba creérmelo, y me tragué toda la entrevista sin pestañear, acariciándome despacio, saboreando la previa y fijándome con atención en todos los gestos de Beatriz. A media mañana me llamó Hans, que ni se imaginaría que acababa de estar masturbándome con su mujer. Primero le comenté que el viernes no iba a poder ir a su casa, así que ese mes solo tendría dos encuentros con Beatriz, y después le dije que sobre las diez de la noche me pasaría por su mansión.

Luego me arrepentí de haber quedado tan tarde, pues el día se me hizo muy largo y, cuando me desperté de la siesta, me pasé dos horas más en mi habitación sacudiéndome la polla bajo la sábana.

Cené algo ligero, ducha y para poder salir de casa tuve que decirle a mis padres que había quedado con Cayetana. Llegué puntual, como siempre. Ya era de noche y salió a recibirme Hans. Apenas hablamos nada. No hacía falta. Y enfilé directo las escaleras con el corazón latiéndome con fuerza.

Ya sabía dónde me esperaba su mujer.

Los últimos pasos por el pasillo los hacía con un estado de nervios importante, pero esa adrenalina era buena, pues sabía lo que venía a continuación. Al llegar me encontré con la puerta semiabierta, la empujé y vi a Beatriz sentada en la cama, mirando el móvil, con las piernas cruzadas y la lamparita encendida.

―Hola, Jorge ―susurró dejando el teléfono en la mesilla.

Avancé decidido hacia ella y le di dos besos, que sorprendieron a Beatriz. Era un poco ridículo saludarnos de esa manera, cuando en unos minutos tenía que eyacular dentro de su cuerpo, pero me pareció apropiado para romper un poco el hielo.

―Esta mañana te he visto en la tele, has estado genial…
―Gracias ―contestó sin muchas ganas de hablar.

Luego me fijé en su vestuario, por llamarlo de alguna forma. Llevaba el pelo suelto, camiseta de tirantes interior de color lila y unas braguitas a juego que cubría parcialmente con la toalla blanca.

Me encantaban esos segundos previos a comenzar. Se palpaba una tensión que inundaba la habitación y, aunque se notaba que Beatriz se encontraba muy incómoda por lo que iba a suceder, yo estaba empezando a conseguir que mi excitación estuviera por encima de los nervios.

Y es que esa noche estaba especialmente excitado.

Desabroché uno de mis mocasines con calma y después el otro, y los dejé juntos y colocados a los pies de la cama. Beatriz se fue recostando en el centro y yo solté el nudo de mis pantalones cortos de lino, que cayeron al suelo, y, sentado de medio lado y sin pedir permiso, me desnudé de cintura para abajo.

Para esta cita había elegido una camiseta azul marino, así estaría más cómodo, y esta vez no me dio vergüenza que Beatriz viera que ya estaba empalmado. Más bien al contrario. Me ponía muy cachondo estar así delante de ella y sin pedir permiso empuñé mi erección y me pegué un par de sacudidas.

¡Uf, estaba más caliente de lo que pensaba!

El botecito de gel lubricante reposaba sobre la colcha. Beatriz lo cogió, se lo aplicó por los dedos y se frotó unos segundos antes de introducir la mano por debajo de la toalla para extenderlo por su zona más íntima. Me fijé bien en esa operación y maldije que esa jodida toalla me privara de una de las visiones más maravillosas que pudiera tener cualquier hombre.

Pero casi con imaginármelo me daba más morbo todavía. Beatriz ya me esperaba con las piernas abiertas y las rodillas semiflexionadas y, cuando sacó la mano de debajo de la toalla, dejó los brazos en la cama, a ambos lados de su cuerpo. Me acerqué a ella, pajeándome despacio, disfrutando de esa sensación de tenerla tan dura y, mirándola fijamente, apoyé los dedos en su muslo derecho.

Ese leve contacto sorprendió a Beatriz que tensó las caderas, como si hubiera recibido un calambrazo, y me correspondió la mirada, para después volver a su posición original. Intentó intimidarme sin apartar su vista de mí, pero yo mantuve el pulso y fui acercándome a ella, exagerando el movimiento de mi mano al masturbarme para llamar su atención.

Y conseguí mi propósito.

Beatriz no pudo aguantarse y bajó la mirada para ver cómo me pajeaba ya situado entre sus piernas.

―¿Te queda mucho? ―me preguntó impaciente.
―No, creo que menos de un minuto, mmmmm…
―Está bien, ven aquí. No vamos a arriesgarnos, déjame a mí ―me pidió justo cuando me incliné sobre ella.

Sus dedos me agarraron con delicadeza la polla y la dirigió sin titubeos a la entrada de su coño. Yo solo tuve que dejarme caer y entró directa hasta los huevos. Nuestros cuerpos chocaron y se le escapó un gemido que no pudo reprimir.

Aparté la toalla y la lancé al suelo. No quería que hubiera nada entre nosotros, dejó de sujetarse las braguitas y pasó las manos a mi espalda. Entonces me detuve y Beatriz me miró sorprendida.

―¿Estás bien?, ¿pasa algo?, ¿por qué paras? ―me preguntó.
―Es que me molesta un poco el roce de la tela…
―Espera que las aparto… ―dijo tirando de sus braguitas hacia un lado.
―¿Te importaría quitártelas?

Se quedó sorprendida por mi petición y en principio pensé que se negaría al ver la cara que puso, pero, tras meditarlo unos segundos, afirmó con la cabeza.

―Está bien ―murmuró bajito.

Mi polla salió de su coño cuando me incorporé y al fijarme en su entrepierna comprobé que Beatriz estaba muy mojada. Me pegué un par de sacudidas delante de ella, para que no se me bajara ni un ápice la erección y Beatriz levantó las caderas y se sacó las braguitas con mucha clase.

¡Hasta para eso era elegante!

Y de repente allí tenía su delicado coño delante de mis narices. Depilado, empapado y con ganas de recibirme. Ni tan siquiera me preguntó si me quedaba mucho o poco para correrme y esta vez fui yo el que me la sujeté con firmeza y busqué su abertura para clavársela de nuevo. Ahora sí.

Ya no había nada entre Beatriz y yo.

Mi polla entraba y salía de ella con suavidad, sin obstáculos, y Beatriz puso las manos en la parte baja de mi espalda, esperando mi inminente corrida. Tampoco iba a aguantar mucho, entre lo excitado que había ido a la cita y que sentía el calor húmedo de su interior al follármela a pelo, era un gustazo demasiado intenso para poderlo soportar más de unos pocos segundos.

Con una embestida dura y seca hice que gimiera de nuevo y sus dedos se aferraron a mi espalda con otra acometida igual de potente. Me incliné sobre ella, mirando su preciosa cara, quería hacerla disfrutar y recrearme en esa sensación. Beatriz abrió la boca y se mordió los labios cuando mi polla se hundió en ella cinco o seis veces más.

Espaciaba mis embestidas, esperando un par de segundos entre una y otra, y después me retiraba hasta que mi capullo asomaba a puntito de salirse, para volver a entrar lanzado y decidido chocando mis huevos contra su culo.

Sus manos bajaron casi sin querer hasta que las sentí justo encima de mis glúteos. Podía haberlas subido de nuevo y ponerlas en mi espalda, pero Beatriz me agarró con fuerza y acompasó mis movimientos guiándome al mismo ritmo que ella quería.

―¡¡Aaaaah, joder, voy a correrme!! ―quise anunciarle.
―¡¡¡Síííí, aaaaah, hazlo, aaaaah, cuando quieras, aaaaaah!!!

Aceleré mis embestidas, follándomela a toda velocidad, sin dejarme nada en la reserva, dándolo todo como un puto animal hasta que sentí que mi semen ya recorría todo mi cuerpo. Los gemidos ahogados de Beatriz aceleraron mi orgasmo y se la clavé lo más profundo que pude, comenzando a temblar y soltando mi descarga en su interior.

Esa sensación de correrme en el coño de Beatriz era una puta locura, como un chute de heroína. Te vuelves un adicto en cuanto lo pruebas una vez. No podía parar de jadear. Mi cuerpo convulsionaba descontrolado y el mayor placer que hubiera experimentado jamás me transportaba a otra dimensión.

Como si mi alma se saliera de mi cuerpo y pudiera verlo todo desde un rincón privilegiado de la habitación.

Los dedos de Beatriz seguían aferrados a mis glúteos, y ella levantó también las caderas mientras me corría, buscando que mi esperma llegara lo más lejos posible y se cumpliera el milagro de la fecundación. Apoyé mi cara en su pecho, cerré los ojos y ella dejó que reposara en esa postura, acariciando mi espalda unos segundos, en lo que los dos recuperábamos las pulsaciones.

Traté de controlar la respiración, inspirando profundamente y dejando salir el aire despacio. De repente miré hacia atrás y me pareció que una sombra se movía detrás de la puerta entreabierta. Me sobresalté levemente, pero Beatriz no me dejó levantarme y me pidió que me quedara así con ella un poquito más.

Cuando volví a mirar hacia atrás, ya no había nadie. Lentamente le fui sacando la polla, volviéndome a centrar en ella. Todavía me goteaba y un hilo de semen se escurría por mi capullo hinchado y resbalaba por el tronco. Quise asegurarme de que Beatriz me la viera bien y se diera cuenta de que todavía seguía empalmado.

No se me había bajado ni un milímetro la erección.

Esa imagen debió ser impactante para ella: la polla de un chico de veintidós años, dura, palpitante, mojada, llena de venas, con el capullo morado y soltando un reguero viscoso de semen que comunicaba con su entrepierna. Estaba claro que ella no se había corrido, pero no debía faltarle mucho.

Así me lo indicaba el color de sus mejillas, el calor que desprendía, la piel de gallina y sus pezones erectos bien marcados por debajo de la camiseta de tirantes. Me encantaba verla con el pelo revuelto; e incluso con esas pintas, cuando otras parecerían unas jodidas fulanas, Beatriz seguía manteniendo su elegancia natural.

―Espera, todavía queda un poquito aquí ―dije tocando mi orificio con la yema de los dedos y acto seguido acerqué mi glande a sus labios vaginales y se la volví a meter despacio.
―Ey, Jorge, ¿qué haces? ―susurró sin cerrar las piernas.
―Ya te lo he dicho, todavía quedaba algún resto. ―Apreté y me hundí hasta el fondo de ella, para después salirme sin darle tiempo a asimilar lo que acababa de pasar, dejándola con ganas de más y totalmente confundida.

Yo mismo cogí un cojín y lo puse bajo sus caderas, haciendo que se quedara en esa postura mientras me vestía. Quería quedarme con esa instantánea en mi retina: Beatriz abierta de piernas delante de mí y con mi semen saliendo desbordado de su coño, pero ella tuvo un instante de lucidez y se inclinó para subir la toalla y taparse la entrepierna.

No hablamos nada más, tampoco hacía falta, y salí de la habitación con un simple «hasta mañana». Hans me estaba esperando abajo y entonces recordé lo que había creído ver nada más correrme. Me pareció que alguien nos espiaba detrás de la puerta y solo había tres personas en la mansión. Tenía que ser él.

Seguro.

Estuve a punto de decírselo, pero preferí callarme. Debía analizar bien las posibles situaciones de ese comportamiento tan extraño y salí de su mansión eufórico, satisfecho por lo que había pasado, pero todavía con la polla palpitante y con ganas de más.

Y es que en menos de veinticuatro horas iba a tener una nueva oportunidad de volver a correrme dentro de Beatriz…
 
Capítulo 17



Había programado la alarma a las siete de la mañana, pero se despertó media hora antes con una sudada importante. Tenía la respiración agitada y estaba extrañamente excitada, aunque no recordaba bien del todo lo que acababa de soñar.

Le apetecía estar un poco en la cama antes de pegarse una ducha para ir a la universidad y Cayetana cogió el e-book de la mesilla y se dispuso a leer unas páginas. Cinco minutos después lo cerró y lo dejó en el mismo sitio, era incapaz de concentrarse y entonces entendió el motivo.

El sueño se le presentó con nitidez y ahora podía acordarse de hasta el más mínimo detalle.

Negó con la cabeza y se tumbó bocabajo, tratando de pensar en otra cosa, pero la entrepierna le ardía y sentía un calor desmesurado en la cara interna de sus muslos. Se apretó la piel, separando sus piernas y luchó por no subir la mano y llegar hasta su coño. Notaba la humedad de sus braguitas. Las tenía tan mojadas que incluso se le habían quedado impregnadas en su cuerpo. Los pezones le molestaban al rozar con las sábanas. Estaban erectos y los sentía muy sensibles, como si estuviera a punto de tener un orgasmo.

Respiraba de manera agitada y tensó los glúteos, apretando la mano entre sus muslos. Una gota de sudor recorrió su cuello y giró la cabeza hacia el otro lado, emitiendo un pequeño gemidito. Se bajó el pantalón corto de su pijama de seda y lo dejó por las rodillas, así podía tocarse la piel de sus suaves piernas directamente y fue subiendo hasta que la parte interna de sus dos dedos índices rozaron los labios vaginales.

Se le escapó otro gemido y volvió a tensar los glúteos. No entendía por qué estaba tan cachonda. Aquel niñato le parecía un soberano imbécil, un gorrilla sin dos dedos de frente, un macarra más plano que un encefalograma. Sí, era guapo el cabrón, pero no tenía ni un puto músculo y ese aspecto desgarbado y aniñado era lo contrario de lo que a ella le gustaba; un tío con porte, educado, con clase.

La antítesis de Álex.

Y es que, además, no le gustaba nada ni le provocaba ningún tipo de atracción sexual. No entendía por qué había soñado con el novio de su hermana. En el sueño iba montada en el coche de su ex, con un vestido largo verde elegante, maquillada y un recogido en el pelo, tal y como había ido a la boda de una de sus primas años atrás, donde recibió muchos cumplidos por su belleza. Por aquel entonces, a sus dieciocho años, tenía novio, pero no era Jorge, sino un pijo que estudiaba Derecho, al que sus padres le habían comprado un Golf blanco.

Álex conducía ese coche en bermudas, con camiseta de tirantes, una cadena al cuello y gorra de béisbol. Se apartaron de la carretera y aparcó en las pistas deportivas del residencial donde ella vivía. Era de día y hacía mucho calor. El niñato se desabrochó el cinturón de seguridad y después se sacó la polla delante de ella.

Cayetana se quedó mirando ese pollón grande y depilado. Tenía pinta de estar durísimo y ella negó con la cabeza.

―No podemos, tengo que ir a la boda de mi prima o llegaré tarde…
―Solo van a ser diez minutillos ―dijo Álex.

Se clavó las uñas en los muslos y sacó el culo hacia fuera. Cerró los ojos tratando de borrar esa imagen de su cabeza, pero cuanto más se resistía, más cachonda se ponía. Le costaba hasta respirar y boqueaba acelerada. La humedad se le escapaba ya por el elástico de las braguitas blancas de algodón y le mojó los dedos, que se negaban a subir un poco más.

Humedeció los labios con su lengua y notó el sabor salado del sudor que transpiraba su cara. Podía contar con los dedos de la mano las veces que se había masturbado a sus veintiún años, y esa mañana se resistía a hacerlo, pero jamás había tenido tantas ganas de correrse.

Álex le cogió la mano y la llevó hasta su polla. Ella se dejó hacer y cerró el puño sobre el falo del niñato, que se recostó hacia atrás en el asiento, con una chulería que le repateaba y se mordió la cadena de baratija que adornaba su cuello.

―Eso es, nena, sigue un poco más, ¿te gusta mi polla, eh?, ¿o te crees que no me doy cuenta de cómo la miras?, aaaaah, ¡qué bueno!
―Venga, córrete, tengo que ir a la boda o llegaré tarde…
―¿Cuándo vas a dejar que te folle? ―le preguntó Álex.
―El día de nuestra boda podrás follarme, quiero llegar virgen al matrimonio. Tienes que esperar un poquito más y ese día lo haremos… ―le prometió Cayetana besando su cuello sin dejar de machacársela.
―Para eso queda mucho ―protestó tirando del vestido verde hacia arriba hasta desnudar sus piernas, coló el dedo entre sus braguitas y se lo metió por el culo de manera forzada―. ¿Vas a hacerme esperar tanto tiempo, guarra?

Abrió las piernas, con el culo cada vez más levantado, y se acarició el coño por encima de las braguitas. Intentó pensar en Jorge, su novio era mucho más atractivo y con él sí que se ponía cachonda de verdad.

«No me llames eso», murmuró en la oscuridad de su habitación.

―Pues chúpamela, eso sí puedes hacerlo, princesa… ―Y la cogió del cuello y tiró hacia abajo con brusquedad, hasta que el glande de Álex le golpeó en toda la cara―. Abre la boca, guarra…
―Eso no me gusta…
―Pues claro que te gusta, ¿verdad que sí? ―le preguntaba Álex al exnovio de Cayetana, que de repente apareció en el sueño, sentado en la parte de atrás de su coche―. ¿A ti te la comía bien, eh?
―Joder, me la comía de lujo… ―dijo el pijo echándose a un lado el flequillo.

Ella abrió la boca y se metió el pollón de Álex en la boca. La tenía tan grande que apenas le cabía, pero se esforzó en satisfacer a su chulo. De repente miró hacia atrás y se encontró con su ex. Tenía una sonrisa burlona y la polla en la mano mientras asistía a la mamada que le estaba haciendo a Álex.

―¿Te corrías en su boca también? ―le preguntó Álex al pijo, que ya se estaba masturbando.
―Eso no le gustaba, pero a mí me daba igual, yo lo hacía sin pedirle permiso, ¡uf, qué pasada!, después me quedaba de puta madre… ―le contestó.
―¿Y a mí me vas a dejar, princesita?, también quiero correrme en tu boca…

Notaba la humedad a través de las braguitas. Ya se frotaba entre los labios vaginales con energía. Ahogando sus gemidos en la almohada, negó con la cabeza, subió el brazo izquierdo y lo acercó a su cara. Sacó el pulgar y se lo metió en la boca, simulando que mamaba una polla mientras que con la mano derecha se acariciaba el coño.

«Aaaaaah, Borja, no lo hagas, eso no me gusta, aaaaaah», susurró Cayetana a punto de correrse.

Y de repente sintió la caliente leche de Álex inundando su boca. Ese momento en el que el esperma salía disparado hasta su garganta era demasiado excitante como para olvidarlo, y un orgasmo atravesó su cuerpo en apenas unos segundos.

La humedad de su entrepierna traspasaba las braguitas y se afanaba en meterse el pulgar lo más profundo que podía, chupándolo de manera vulgar, ya casi a cuatro patas en su cama, jadeando como una viciosa.

No podía dejar de lamer el dedo y de repente se sintió avergonzada por lo que acababa de hacer. Se dejó caer en la cama sudorosa y enseguida se incorporó y apoyó la espalda en el cabecero. Sacó de la mesilla un rosario que le había regalado su abuela y se lo acercó al pecho, que todavía temblaba con intensidad.

Cerró los ojos y comenzó a rezar.

«Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…».


 

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