Un viaje inesperado

Es que lo estás liando tanto que te pierdes más que Espinete en un Sex Shop.
Supongo que Ava Walker es la clave para encontrar a Grace, así que supongo que los ayudará.
 
Es que lo estás liando tanto que te pierdes más que Espinete en un Sex Shop.
Supongo que Ava Walker es la clave para encontrar a Grace, así que supongo que los ayudará.
Jajaajajaj que gratuito lo de Espinete, me encanta.
Se que es un poco caótico, ya sabes que siempre me pasa lo mismo, llega el final y me pongo nervioso.
Siento que me dejo cosas en el tintero y lo quiero decir todo de golpe...
Por eso pasa que aveces muere un Jordi sin venir a cuenta, o todo da un traspiés brutal.
Pero esta vez he hilado mejor. El siguiente capítulo se llama DESTINO ya lo he terminado.
Y el último capítulo voy a empezarlo ahora mismo, cerrando el relato y dejándolo reposar en el fondo del mar.

Un abrazo!
 
Jajaajajaj que gratuito lo de Espinete, me encanta.
Se que es un poco caótico, ya sabes que siempre me pasa lo mismo, llega el final y me pongo nervioso.
Siento que me dejo cosas en el tintero y lo quiero decir todo de golpe...
Por eso pasa que aveces muere un Jordi sin venir a cuenta, o todo da un traspiés brutal.
Pero esta vez he hilado mejor. El siguiente capítulo se llama DESTINO ya lo he terminado.
Y el último capítulo voy a empezarlo ahora mismo, cerrando el relato y dejándolo reposar en el fondo del mar.

Un abrazo!
Nunca has escuchado ese dicho, te puedo contar algunos:
Estás más perdido que Espinete en un Sex Shop.
Tienes más peligro que Willy Fogg con un bonobus.
Tienes más moral que el delantero del Alcoyano, que lanzaba el córner e iba a rematarlo.
 
Bueno... acabo de terminar el último capítulo ahora mismo.
Voy a subir el penúltimo ahora, y esta misma noche dejaré el último.
Pues no puedo esperar más... jajajaja

Pensaba que cuando acabara el relato me quedaría vacío, pero al contrario... me siento feliz.
He llorado con los personajes, me he reído con ellos y hasta siento que he luchado y sangrado junto a ellos.

Es extraño como personajes ficticios, creados de la nada; que no respiran, ni se sostienen por carne y huesos... pueden llegarte tan hondo.
Supongo que es lo hermoso de escribir, dejar en cada uno de ellos una parte de tu alma...
Conseguir que se sientan reales, sentir que los aprecias, que los amas y los respetas.

Gracias de nuevo a todos los que habéis entregado vuestro valioso tiempo en leer mis locuras.
Por los que os habéis atrevido a subir a bordo y disfrutar de este viaje, tanto como lo he disfrutado yo mismo.

Un abrazo enorme!
Y nos encontraremos en un nuevo camino...
De eso estoy seguro!

🏴‍☠️ ✊ 🏴‍☠️
 
Capítulo 110 - ¡DESTINO!

Creemos que elegir es un acto de soberanía. Lo llamamos con orgullo: libre albedrío, legado de la fe cristiana; como si ponerle nombre bastara para hacerlo real.

Creemos que sostenemos las riendas de nuestra vida, que el destino nos pertenece, que nadie - ni nada - puede decidir por nosotros. Una muestra más de lo ingenuos que somos.

Nos repetimos, una y otra vez, que nuestra existencia depende únicamente de nuestros pasos, de nuestras decisiones, de nuestra voluntad. Que somos dueños del rumbo, arquitectos del porvenir, amos de nuestro vida y nuestro final. Pero la verdad es otra. Y duele. Duele porque desmantela la mentira más hermosa que nos contamos para poder seguir adelante.

No controlamos absolutamente nada.

Vivimos bajo la ilusión del mando, convencidos de que cada elección nos acerca o nos aleja de un futuro que creemos modelar con las manos. Nos miramos al espejo y vemos a un aguerrido capitán; decidido, seguro ante el timón que marca nuestro rumbo. Pero en realidad, no somos más que un navío empujado por las olas ambiguas y traicioneras del mar.

Somos el hilo, nunca el telar.
Somos la flecha disparada, no el arco que decide el blanco.
Somos la nota, no la partitura.
Somos el paso, no el camino.
Somos la página escrita, no la mano que escribe.
Somos el eco, no la voz que lo pronuncia.
Somos el fuego que arde, no la chispa que lo enciende.
Somos el dado lanzado, no la mano que lo arroja.
Somos la sombra en movimiento, no la luz que la proyecta.
Somos la respuesta, no la pregunta.
Somos el sueño que ocurre, no quien decide soñar.

Somos consecuencia, no causa.

Porque el destino no pregunta, no negocia, no necesita nuestro consentimiento.
Él observa, espera. Paciente e inmutable. Nos contempla mientras intentamos huir de él una y otra vez, mientras gastamos la vida entera fingiendo que escapamos. Y aguarda, sereno, hasta que un día - si llega - dejamos de ser tan arrogantes como para creernos dueños de lo que siempre le ha pertenecido.

Mientras luchamos contra viento y marea, mientras algunos se rebelan hasta la extenuación y otros hasta la muerte, él sigue tejiendo en silencio. No se apresura, pues no se equivoca jamás. Nosotros nos debatimos entre el miedo y el deseo, entre lo que queremos ser y lo que estamos destinados a ser. Y aun dándole la espalda hasta el último día, aun negándolo con cada latido, acabaremos donde él ha decidido que acabemos. Porque ese es el único desenlace verdaderamente ineludible, el que nos recuerda lo insignificantes que somos.

La vida nunca ha sido un camino recto. Es un laberinto de bifurcaciones, de sendas que se abren ante nosotros como promesas. Y al verlas creemos que elegir izquierda o derecha nos hace libres. Que somos forjadores del futuro, que decidimos el rumbo. Pero esa libertad es una ilusión delicada, casi piadosa, creada para que no enloquezcamos al comprender la verdad.

La simple y cruda verdad, que existen fuerzas que no se detienen ante una negativa. Hilos que, por mucho que se estiren, siempre conducen al mismo nudo. Puedes huir. Puedes esconderte. Puedes construir una rutina, una identidad, un sitio en el mundo al que llamar hogar. Puedes repetir una mentira, tantas veces, hasta convencerte de que ese es tu camino. Pero no lo es pues nunca lo ha sido. Puedes resistirte hasta el último aliento, arañar el suelo con las uñas, gritarle al cielo. Pero si el destino ha escrito tu nombre en la historia, si te ha señalado, si las Nornas han tejido tu senda, acabará encontrándote.


Siempre lo hace. Tarde o temprano: Siempre te encuentra.

¿Te parece injusto?
¿Lo llamarías tiranía?
¿Crees que digo una mentira?

Permíteme decirte algo, estimado lector: no lo es.
No hay justicia en este mundo. Solo resistencia.
No hay juicio en la voluntad de los dioses. Solo naturaleza.
No hay verdad ni mentira. Solo destino.

Ava Walker creyó elegir. Como creemos todos. Pensó que al dar la espalda al mar, al barco, a las voces que la llamaban por su nombre verdadero, estaba reclamando su vida. Pensó que seguir su propio camino la hacía libre. Que al regresar a Bristol, a sus calles húmedas y conocidas, a la seguridad de lo cotidiano, recuperaba el control. Pero el destino no se ofende cuando lo niegan. No se enfurece. No persigue con prisas. El destino es paciente. Sabe esperar. Porque comprende algo que nosotros olvidamos con demasiada facilidad: que a veces el camino que elegimos, no es más que el rodeo más largo hacia aquello que ya está escrito.

Y cuando llega, a veces, no empuja de frente. Lo hace cuando estás cansado. Cuando bajas la guardia. Cuando crees haber llegado, por fin, a un lugar seguro. Empuja cuando el ruido del mundo se apaga y te quedas solo con tus pensamientos. Cuando confundes refugio con hogar. Cuando te convences de que has escapado. Y entonces, sin verlo venir, aparece de golpe.

A veces lo hace con el rostro de un amigo, con una mano tendida, con una promesa de libertad. Otras no. Otras llega sin aviso, sin misericordia, sin máscaras amables. A veces no llama a la puerta: la deja entreabierta. A veces no viene a salvarte, sino a reclamarte. Y algunas veces - como acababa de ocurrir - no llega de la mano de un aliado, sino de un Verdugo.

Ahí, frente a lo inevitable, Ava comenzó a comprender. No con palabras, no con lógica, sino con ese escalofrío profundo que recorre el cuerpo cuando una verdad demasiado grande se instala en el pecho. Comprendió que no había traicionado a nadie al marcharse. Que no había sido cobarde. Que simplemente había sido humana. Y que el miedo, por más legítimo que sea, nunca ha sido un escudo contra lo que está destinado a suceder.

Porque esta es la verdad más cruel y, al mismo tiempo, la más honesta de todas:
No elegimos cuándo empieza nuestra historia.
Solo elegimos cuándo dejamos de huir de ella.

Ava preguntó con miedo, y la respuesta la aterrorizó aún más. Su voz salió temblorosa, ardiente, cargada de pánico. La de aquel desconocido fue todo lo contrario: firme, contenida, glacial. Una voz que no dudaba porque no necesitaba hacerlo. Pero esta vez no hubo revelaciones en un muelle ni verdades susurradas con amabilidad. No hubo explicaciones pacientes ni tiempo para aceptar lo inevitable. No hubo promesas ni resignación. Lo que ocurrió fue más simple. Más sucio. Más humano. Más violento.

Manos esposadas a la espalda. Un pañuelo apretado contra la boca, robándole el aire y la voz.
Una bolsa de tela cerrándose sobre su cabeza, tragándose la luz. Ava fue empujada. Arrastrada. Su cuerpo dejó de pertenecerle en el mismo instante en que la sacaron de su hogar, la bajaron por las escaleras y la obligaron a entrar en un coche. El mundo se redujo a un golpe seco de puerta y al arranque de un motor. Fue trasladada a un lugar que no podía ver, ni nombrar, ni imaginar. En completo silencio. En una oscuridad absoluta. Sus sentidos, privados de todo lo demás, se aferraron a lo poco que quedaba: el zumbido constante del vehículo avanzando, el olor limpio, casi quirúrgico, de la tapicería nueva, la suavidad engañosa del asiento bajo sus piernas, y el tacto áspero, implacable, del metal clavándose en sus muñecas. Sentía el movimiento. Sentía la distancia crecer. Sentía, con una certeza helada, que esta vez sí… estaba siendo secuestrada.

Pero esta vez, no eran aliados arrancándola de una vida cómoda para mostrarle una verdad más grande. No eran inmortales hablándole de libertad, de destino o de elección. Esta vez no había épica. No había promesas. Las palabras del Verdugo regresaron, claras, afiladas, imposibles de olvidar: “Tienes algo que me pertenece”. Esta vez la querían para usarla. Y Ava Walker lo comprendió al instante. Aquellos desconocidos buscaban lo mismo que Yara, Vihaan, Maverick… Pero no para protegerlo. No para honrarlo. No para salvarlo. Por eso, esta vez, no se preguntó ¿Por qué yo? Esa pregunta ya estaba contestada. La única que importaba ahora, la única que heló su sangre, fue otra: ¿Para qué?

El terror de Ava aún vibraba en el aire cuando el coche desapareció al final de la calle, tragado por la ciudad a plena luz del día, como si nunca hubiera existido. Bristol recuperó su pulso normal, indiferente, cruelmente cotidiano. Pero no todos los ojos miraban hacia otro lado. En la boca de un callejón estrecho, donde la débil luz llegaba rota y cansada, un pequeño grupo de personas permanecían atentas, fundidas con las sombras. No hablaron. No necesitaron hacerlo. Habían visto lo suficiente para saber que sucedía. De repente una voz firme, baja, cargada de autoridad, rompió el silencio.
  • ¡Síguelos! Que no te vean y mantén la llamada abierta, debemos saber adónde se la llevan.
Una cabeza asintió, llevando un casco de cristales tintados, sin una sola palabra. Al instante, el rugido contenido de una motocicleta se encendió, y la silueta del motorista se deslizó junto al vehículo, devorada por el tráfico. La misma voz volvió a hablar, tensa ahora, afilada como una hoja.
  • ¿Estás seguro de que son ellos?
Hubo una breve pausa. Entonces respondió una segunda voz, grave, cansada, la de alguien que había visto demasiado para dudar. Su único ojo, el que todo lo veía, no había fallado, no se equivocaba, jamás lo hacía.
  • Sí… y no solo los Shen Dú. Esta vez el Dragón se ha dignado a mostrarse.
Un gruñido lleno de furia surgió desde las sombras del callejón.
  • ¡Maldito bastardo… - rugió la tercera voz - ¿Cómo se ha enterado?!
La respuesta llegó serena, peligrosa en su calma. La cuarta voz no temblaba; nunca lo hacía.
  • La sombra del Dragón es larga… y oscura. Siempre lo ha sido y siempre lo será.
Entonces todos giraron la cabeza al unísono. Al otro lado de la calle, casi invisible entre coches aparcados, otra figura humana forzaba la puerta de un vehículo con la precisión de quien ha hecho eso demasiadas veces. Entró dentro, manipulando los cables bajo el volante y el motor despertó con un susurro. Un solo toque de claxon. Seco. Convenido. No hizo falta nada más.

Cruzaron la calle sin hacer ruido, uno al lado del otro, como espectros. Se deslizaron dentro del coche y cerraron las puertas con la misma sincronía con la que otros respiran. El vehículo arrancó y avanzó decidido e implacable. Un mismo propósito en sus corazones, una misma voluntad compartida; no lo iban a permitir. Iban a salvar a Ava Walker de las manos de un tirano. Y creo que no hace falta deciros quiénes eran. Pues todos lo sabéis. Eran los de siempre, los que nunca se rendían, los que nunca desfallecían, los que nunca giraban la vista…

Los que nunca, jamás de los jamases, dejaban a nadie atrás.

Esta vez, la testarudez de Maverick se había impuesto al resto. Su negativa a marcharse, su instinto de lucha, había vencido a la prudencia. No se alejaron de Bristol. Se quedaron. Y gracias a esa decisión, arriesgada sí, pero necesaria… Ava aún tenía una oportunidad.

Aunque… ¿Fue realmente una decisión humana?
¿O fue el destino, una vez más, moviendo los hilos?
  • ¡Han girado al sur, dirección City Road! - informó Wong, con la voz baja y tensa, mientras la moto se deslizaba entre el tráfico.
  • Bien… Vamos para allá. Y que no te vean - ordenó Yara desde el coche, los ojos fijos al frente.
Wong obedeció sin responder. Se mantuvo a la distancia justa: lo bastante cerca para no perderlos, lo bastante lejos para seguir siendo una sombra más entre los coches. Cada cambio de carril, cada giro, cada acelerón del vehículo que llevaba a Ava era narrado en tiempo real. Su voz era un hilo constante, una brújula invisible que guiaba al resto desde la distancia.

Cuando el asfalto se abrió y la A38 se desplegó ante él, los primeros carteles del aeropuerto emergieron como presagios oscuros en la gran autopista. Wong lo comprendió al instante, tragó saliva y lo comunicó rápidamente.
  • Van hacia el aeropuerto - dijo Yara al escucharlo sin despegar el teléfono de su oreja, como si aquel destino fuera una sentencia.
  • Hay que evitarlo. ¡Como sea! - Cortés apretó los dientes tras el volante. Sus nudillos se volvieron blancos, su pié apretó más el acelerador - Si sube a ese avión, la perderemos…
Desde el asiento trasero, Vihaan no esperó más. Le arrebató el teléfono a Yara con un gesto seco, la mirada encendida por una certeza antigua.
  • ¡W! - exclamó - Tienes que detenerlos. Haz lo que sea necesario.
No hubo duda al otro lado.
  • ¡Entendido!
Wong abrió gas. La moto rugió, no como una máquina, sino como una bestia liberada. El sonido vibró en su pecho al mismo ritmo que su corazón, rápido, furioso, vivo. El viento le azotó el cuerpo mientras sorteaba dos coches con una precisión casi suicida. La carretera se estrechó, el margen de error desapareció. Delante, el coche. Demasiado cerca ya para fallar.

Soltó una mano del manillar. El mundo pareció ralentizarse durante una fracción de segundo. Introdujo la mano libre bajo la chaqueta, sus dedos rodearon el metal frío, familiar. Un gesto limpio. Ensayado mil veces. Apuntó y disparó. La bala fue un susurro, ahogado por el rugido de la autopista. Preciso. Quirúrgico. La rueda trasera derecha reventó al instante.

Dentro del coche, el volante vibró con violencia. El vehículo dio un bandazo brusco. Un par de pitidos insistentes, blasfemias e insultos provenientes de los coches que compartían asfalto. El Shen Dú que conducía se hizo con el control del vehículo con maestría.
  • ¡¿Qué demonios sucede?! - vocifero Hong Long desde el asiento trasero, su voz afilada, contenida… peligrosa.
El Shen Dú en el asiento del copiloto miró por el retrovisor. Nada. Solo luces, asfalto, carretera. Bajó la ventanilla, sacó la cabeza y miró hacía atrás, una mano en su pistola, el viento cortándole la nuca.
  • Hemos pinchado, señor…
Wong ya estaba más atrás, desacelerando. Mezclándose entre el tráfico, utilizándolo como un escondite improvisado. Dentro del coche, Hong Long miró su reloj con impaciencia, midiendo el tiempo como si fuera un enemigo más. No podían permitirse errores. Pero aún tenía tiempo para coger aquel vuelo, así que dio la orden y llamó por teléfono.

El coche se escoró hacia el arcén y terminó deteniéndose, resignado, herido. Wong exhaló despacio, deteniéndose lo suficientemente lejos para no ser visto. Aún había tiempo, también para ellos. Rápidamente escondió la moto entre unos árboles pegados a un campo de golf.
  • Estoy cerca de Woodspring… el club de campo - susurró Wong por el teléfono, con la sudor pegada al cuerpo mientras subía la pendiente de nuevo a la autopista.
  • ¿Los ves? - preguntó Vihaan al otro lado de la línea.
  • Sí… se han detenido en el arcén. Están cambiando la rueda.
  • ¿Hay policía?
Wong avanzaba despacio por el margen de la autopista, ocultándose tras los quitamiedos, medio agachado, respirando al ritmo del asfalto.
  • No, de momento… - iba a decir algo más cuando se detuvo en seco - ¡Espera!
  • ¿Qué sucede? - la voz de Vihaan se tensó al instante.
Dos vehículos más aparecieron y se detuvieron en el arcén, uno detrás del otro. Negros. Grandes. Demasiado silenciosos. Cristales tintados, carrocería blindada. Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo y descendieron varios hombres con trajes oscuros y gafas de sol, movimientos sincronizados, miradas que barrían el entorno con método. Manos cerca del interior de la chaqueta. Profesionales.
  • No están solos, V… - murmuró Wong - Han llegado refuerzos.
  • ¡Maldita sea! - escupió Vihaan - Entretenlos. Que no huyan. Estamos a punto de llegar.
Wong se sacó el casco y cortó la llamada, exhaló despacio, pensó rápido. Como siempre.
Los contó sin mover la cabeza: Trece hombres. Armados. Entrenados. Shen Dú, sin duda. No eran simples ejecutores. Aquello era un equipo de extracción. En otro tiempo habría sonreído. Trece hombres no eran demasiados para él, cuando la lucha era cuerpo a cuerpo, cuando la destreza y el entrenamiento decidían quién seguía respirando. Pero los tiempos habían cambiado. Ahora ganaba el que llevaba más balas encima, no el que sabía pelear mejor. Así que descartó la violencia y eligió su mejor arma después de sus artes marciales: el disfraz.

Se deslizó hacia una zona de tierra húmeda junto al arcén. Se arrodilló sin dudarlo. Hundió las manos en el barro y se lo untó por la cara, el cuello, las mejillas, como si fuera una máscara grotesca. Se quitó la chaqueta y la lanzó lejos, rasgó la manga de su camiseta con un tirón seco, luego el bajo del pantalón. Se quitó las zapatillas y los calcetines, revolvió el pelo hasta convertirlo en un nido salvaje, indomable. Sacó de su bolsillo una petaca plateada y vertió el alcohol sobre su cuerpo, como si fuera perfume. Y por último agarró un palo del suelo, y encorvó la espalda. En segundos dejó de ser un motorista. Se convirtió en otra cosa.

Arrancó un trozo de tela de la parte inferior de su camiseta y se lo ató alrededor de la cabeza, sucio, mal colocado. Se puso en pie y empezó a caminar con pasos torpes, exagerados, arrastrando un pie. Bajó la mirada. Encogió los hombros. Respiró como quien lleva demasiado tiempo respirando polvo y abandono. Cuando volvió a asomarse, ya no era una amenaza.

Era un pordiosero más al borde de la carretera. Uno de esos a los que nadie mira dos veces. Uno de esos que existen, pero no importan.

Al verlo aparecer, los hombres de negro no le dedicaron más que un vistazo fugaz. No vieron peligro. No vieron valor. No vieron nada. Wong se apoyó en el quitamiedos, fingiendo buscar algo en el suelo, mientras observaba cada gesto, cada posición, cada arma oculta. Y es que a veces, para ganar una pelea, no hace falta ser un guerrero. A veces, basta con engañar a tu rival.
  • ¡Menudo reventón! - farfulló Wong, acercándose con paso torpe, exageradamente torcido - ¿Necesitan ayuda, señores?
La reacción fue inmediata y precisa, casi mecánica. Hong Long no dijo una palabra. No le hizo falta. Un leve gesto de cabeza, apenas un parpadeo del Dragón… y el mundo se reorganizó a su alrededor. Ocho hombres se interpusieron entre su amo y aquel saco de pulgas que olía a licor y mala vida. Dos continuaron cambiando la rueda con una eficacia quirúrgica. Otros dos cerraron filas junto al Dragón, formando un muro humano. El último abrió la puerta del primer coche y sacó a Ava. Wong no cambió el gesto. Ni una ceja alzada. Ni una mirada de más. Fingió desinterés, como si la joven esposada no fuera más que una silueta borrosa en el rabillo del ojo. Pero por dentro, su mente trabajaba a la velocidad del rayo. Lo entendió todo en milésimas de segundo. La rueda pinchada ya no importaba, aquello solo había sido una pausa. Hong Long cambiaba de vehículo, dispuesto a seguir su camino. Era hora de el Plan B. Siempre había un plan B, y C y D y Fe. Sobretodo fe.

Iban a seguir hacia el aeropuerto y había que impedirlo… el tiempo se agotaba. El disfraz le había servido para acercarse. Para estar allí. Para entretenerlos. Pero ya no bastaba. Wong cruzó el quitamiedos con un movimiento fluido, casi descuidado… y en el mismo instante, los ocho hombres le cerraron el paso como una compuerta de acero.
  • ¿Dónde vas, saco de mierda? - escupió uno, con una sonrisa torcida, cargada de desprecio - Vuelve por donde has venido antes de que acabes peor de lo que estás…
Wong alzó la vista lentamente. Aquel hombre trajeado indicándole que iba armado. Los otro siete mirándolo con desprecio y asco. Todos juntos, cerca unos de otros… Y sonrió. No fue una sonrisa amable. Tampoco arrogante. Fue la sonrisa serena de alguien que acaba de confirmar lo que ya preveía: La seguridad del que se cree superior.

“Error número uno”, pensó el maestro: “Despreciar a tu rival”

A esa distancia, la superación numérica no servían de nada. Las armas de fuego eran inútiles. Los trajes caros, un estorbo para el cuerpo. El asfalto, el arcén, los coches, el espacio reducido… todo jugaba a su favor. Ahora estaban en su terreno. Wong dejó caer un poco los hombros, balanceó el cuerpo como si apenas se mantuviera en pie. Un borracho más. Un despojo humano. Un error del sistema. Pero entonces, sus pies se asentaron en el suelo y el mundo pareció contener la respiración. Porque había empezado a sonar su canción, la del Puño Borracho que deseaba volver a bailar. Y una vez más, iba a demostrar que no importaba cuántos hombres enviara Hong Long, ni cuántas armas llevaran encima: cuando la distancia se cierra, cuando el caos manda, cuando el combate es cuerpo contra cuerpo… nadie vence al que ha hecho del desequilibrio su arma y del error ajeno, su victoria.

Wong dio un paso al frente… y se dejó caer.
Literalmente.

Su cuerpo perdió la vertical como si las piernas ya no le obedecieran. Tropezó, se tambaleó, casi besó el asfalto. Los Shen Dú rieron con desprecio. Fue un error que no llegaron a comprender. Porque en el instante en que uno de ellos avanzó para empujarlo, el mundo se rompió. Pues el Puño Borracho no imita la debilidad: la usa en su favor. Wong giró sobre sí mismo con un movimiento imposible, la cadera suelta, la espalda arqueada, y su codo salió disparado como un látigo. Impactó bajo la clavícula del primer hombre. El golpe no sonó fuerte. No era necesario. El aire abandonó sus pulmones de golpe y cayó de rodillas, boqueando, derrotado antes de tocar el suelo. El segundo intentó agarrarlo. Wong se deslizó bajo su brazo como agua derramada, le pisó el empeine y, apoyándose en su propio desequilibrio, lanzó una patada corta al costado. Precisa. Cruel. El cuerpo salió despedido contra el quitamiedos y quedó inconsciente antes de caer. El tercero sacó una pistola que nunca llegó a apuntar. Wong avanzó dando tumbos, como si no supiera dónde estaba, y de repente se dejó caer hacia delante. En la caída, su talón describió un arco ascendente que impactó directamente en la muñeca armada. El arma voló. El siguiente movimiento fue una palma abierta al esternón. El sonido fue seco. El hombre se desplomó, respirando a trompicones, con los ojos en blanco.

Los otros cinco ya no reían. Atacaron a la vez.
“Error número dos”, pensó el maestro: “Sucumbir a la ira”

Wong giró, se apoyó en uno para golpear a otro. Usó cuerpos como escudos, impulsos como armas. Un cabezazo preciso partió una ceja. Un golpe con el dorso de la mano en la garganta apagó un grito. Una patada giratoria, baja y rápida, barrió dos piernas a la vez, los cuerpos cayendo al suelo como sacos. Uno intentó rodearlo por la espalda. Wong se dejó caer hacia atrás, casi sentándose en el aire, impulsando con ambos pies a la vez. El impacto en el pecho fue brutal. El hombre salió despedido y quedó inmóvil. Wong lo remató con un codazo en la sien.

En menos de un parpadeo, ocho hombres yacían en el asfalto. Respiraban. Algunos no. Pero ninguno volvería a levantarse. Los dos que cambiaban la rueda se lanzaron al combate. Duraron todavía menos. Wong avanzó tambaleándose, fingiendo cansancio. Cuando el primero lanzó un puñetazo torpe, Wong atrapó su muñeca, giró sobre su propio eje y le clavó el codo en el costado. Un crujido sordo. El hombre cayó inconsciente antes de comprender qué había pasado. El último intentó huir. Wong le dio dos pasos de ventaja. Luego, una patada directa al hueco poplíteo. La rodilla cedió. El hombre cayó gritando. Un golpe limpio en la sien lo apagó para siempre. Y luego… solo el silencio.

Hong Long, con los ojos abiertos de par en par, reaccionó por puro instinto. Empujó a Ava dentro del coche, cerró la puerta de un portazo y gritó una orden que nadie llegó a cumplir. El Shen Dú que quedaba en pie, sacó su arma, el rostro desencajado. Apuntó a Wong. El dedo comenzó a apretar el gatillo… No llegó a terminar su misión.

“Error número tres”, sonrió el maestro: “Olvidar lo que ocurre a tu espalda”

Un coche apareció por la carretera como un proyectil. Sin frenar. Sin dudar. Wong alzó la vista. No reconoció el coche, pero si a sus ocupantes. Reconoció la forma de llegar. La forma de entrar en combate, rugiendo, suicidas, sin miedo, sin temor alguno. La misma furia loca y salvaje que los había mantenido vivos hasta ese momento. El impacto fue brutal. Se empotró contra el vehículo donde habían subido a Ava, con un estruendo ensordecedor. Metal contra metal. Cristales volando. El Shen Dú murió al instante, atrapado entre hierros retorcidos. El silencio volvió, roto solo por el motor humeante.

La caballería había llegado.
Justo en el momento preciso.

Hong Long se levantó del suelo, el rostro lleno de sangre, la piel atravesada por los cristales. Escupió una maldición y llevó la mano al arma.
  • Malditos hijos de puta…
No llegó a terminar la frase. Un brazo cayó del cielo como un relámpago, seco y fulminante. Sus muñecas fueron golpeadas en el aire, la pistola salió despedida y rodó por el asfalto con un tintineo hueco. El Dragón alzó la vista, sorprendido, y lo último que alcanzó a ver fue un rostro femenino suspendido sobre él: bello como una diosa antigua, feroz como la guerra misma.

La amazona no dudó. Su rodilla subió como un martillo y se estrelló contra sus pelotas. El grito murió antes de nacer. Hong Long cayó de rodillas, el aliento arrancado de cuajo, los ojos desorbitados por el dolor. Aibori apretó los dientes. Sus pupilas ardían como dos llamas incandescentes. Con un gesto fluido, casi ceremonial, sacó el cuchillo oculto en su cinturón. El acero brilló un instante bajo el cielo gris. No hubo palabras, ni discursos. No hubo promesas de venganza ni tiempo para maldiciones. El corte en la garganta fue limpio, rápido, como si no mereciera la más mínima atención. La sangre brotó sin pudor, oscura y espesa, deslizándose por el arcén como una ofrenda a la Diosa. El cuerpo se desplomó sin dignidad. Una cabeza más cortada. Una más en la cuenta interminable. No era la primera. No sería la última. Y aquel cuchillo, paciente y leal, volvería a esperar. Siempre esperaba. Siempre hambriento por seguir derramando la sangre de sus enemigos.

Mientras tanto, Cortés y Vihaan ya estaban junto al coche. Abrieron la puerta trasera y sacaron a Ava con cuidado, como si temieran romperla. Le quitaron la capucha, desataron la venda de su boca, liberaron sus manos esposadas. Ava respiró hondo, desorientada, un moretón violáceo asomando en su frente por el impacto. Pero estaba viva y eso bastaba.

Yara levantó el teléfono y marcó sin apartar la vista de la carretera.
  • ¿Dónde, Wong? - preguntó con rapidez.
Él tardó unos segundos en responder. Alzó la vista, entrecerró los ojos, intentando situarse. Aunque ya no pisara el Reino Medio, aunque aquella no fuera su tierra natal, Bristol era suya también. La conocía como se conocen las cicatrices: sin mirarlas. Ese había sido siempre su don. Leer el terreno, trazar mapas invisibles, detectar salidas seguras, refugios cercanos, comisarías que evitar, callejones donde descansar. Un guía no deja nunca de serlo, esté en China, o al otro lado del mundo.
  • ¡Portishead! - dijo al fin, señalando al norte - Es el puerto más cercano. Unas dos horas a paso rápido, quizás la mitad si vamos corriendo.
Yara asintió y transmitió la orden a Maverick. El RedHead debía moverse. Entonces, un silbido cortó el aire como un disparo.
  • ¡Viene la pasma! - confirmó Halcón, bajándose de la moto.
El aviso llegó antes que las sirenas. Siempre era así. Su don no fallaba jamás. Seguramente algún conductor anónimo, camino de ningún sitio, había dado la alerta. Los perros del amo se acercaban, dispuestos a cazarlos. Pero no hubo pánico. Solo movimiento.

Cruzaron el quitamiedos y descendieron hacia el campo sin mirar atrás, rápidos, silenciosos, como sombras entrenadas para desaparecer. Yara y Aibori se quedaron unos segundos más. De una mochila sacaron un pequeño bidón y comenzaron a esparcir un líquido color ámbar sobre los coches destrozados… y sobre los cuerpos inconscientes de los Shen Dú. Justo, uno de ellos despertó. Aturdido. Confuso. Apenas tuvo tiempo de enfocar la mirada. Lo último que vio fue la sonrisa de Yara y el destello del mechero encendiéndose.
  • ¡Saluda a tus hermanos cuando llegues al infierno, bastardo!
Lanzó el encendedor al suelo. Las llamas estallaron con un rugido voraz, devorándolo todo: metal, carne, secretos. Otro invento de Bum-Bum. Y como todos los suyos, mejorado con el paso del tiempo. Cuando las sirenas empezaron a escucharse de verdad, ya no quedaba nadie allí. Solo fuego, humo… y el caos desatado.

La huella de su paso por el mundo.
Lo único que siempre dejaban atrás.

Ava recuperaba la consciencia a trompicones, como si regresara desde un sueño demasiado profundo. Vihaan y Cortés la sostenían por los brazos, firmes, arrastrándola casi sin que sus pies tocaran el suelo. Delante, abriendo camino, avanzaba Wong, silencioso y preciso, cortando el sendero como una hoja afilada. A su lado iba Yara, decidida, la mirada clavada en el horizonte. Más atrás, Aibori seguía el ritmo sin decir palabra, el rostro tenso, los ojos fijos al frente. Ava giró la cabeza y lo vio: Halcón cerrando la marcha, la escopeta apoyada contra el pecho, atento, vigilante. Un ojo siempre un movimiento por delante del peligro, la boca lista para lanzar la advertencia antes de que el mundo se rompiera.
  • ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó, desorientada.
  • Te han encontrado - respondió Vihaan sin frenar, sino apretando el paso.
  • ¿Quién? - insistió ella, tratando de acompasarse a la marcha.
  • Hong Long, pelirroja - escupió Cortés - Ese bastardo ha intentado secuestrarte.
  • ¿Por qué?
El español soltó una risa seca, sin humor.
  • ¿Para qué va a ser? Para usarte. Te necesita para lo único que mueve su corazón podrido: hacerse con los objetos místicos. Para tener poder. Para ejercer Control. Para convertirse en dueño y amo del mundo.
Ava tragó saliva.
  • ¿Y ahora qué haremos? ¿A dónde vamos?
  • Al único lugar seguro - dijo Vihaan, sin girarse - Al RedHead.
  • Hacia el mar… - añadió Cortés, y por un instante sonrió de verdad, como si ya pudiera oler la sal y escuchar el vaivén de las olas.
Ava sintió cómo el nudo regresaba a su estómago. El vértigo. El golpe del destino, cruel y certero, como una bofetada sin cariño. Había intentado huir de todo aquello y ahora, sin remedio, volvía a ser empujada hacia el mismo abismo. Pensó en negarse otra vez. En escapar. En soltarse y correr. Pero algo empezó a crecer en su interior. Una idea absurda. Una locura. Y, sin embargo, cada vez más fuerte y certera.

El miedo, la incertidumbre, la razón misma empezaron a ceder ante tal impacto de veracidad. Comprendió, de algún modo, que por mucho que diera la espalda a ese mundo que asomaba en el horizonte, jamás podría huir de él. Como si todas sus decisiones, todos los caminos que había elegido condujeran siempre al mismo punto. Y entonces, antes de que pudiera seguir hundiéndose en ese pensamiento, la voz de Yara la atravesó como un latigazo.
  • ¡Deja de pelear contra ello y acéptalo de una vez!
Ava alzó la mirada, sobresaltada. Vio en sus ojos el espíritu mismo del mar, inmenso, inestable, inconmensurablemente poderoso.
  • Puedes correr… - continuó Yara, sin detenerse - Puedes esconderte, puedes mentirte toda tu vida, negar lo que eres… Pero el destino no se cansa, Ava. Te alcanzará. Siempre lo hace.
El corazón de Ava empezó a latir con fuerza, demasiado rápido.
  • Yo no quiero esto - susurró - No puedo…
  • ¡Claro que puedes! - le cortó Yara, deteniéndose de pronto.
Los demás siguieron andando, sin aminorar. Yara esperó hasta quedarse al lado de Ava. Cortés se apartó dejando que ella la sostuviera y se puso al final de la expedición, al lado de Halcón, protegiendo la retaguardia, asegurándose de que nadie los siguiera. Yara pasó un brazo por debajo del suyo, la otra mano se alzó despacio, con una suavidad inesperada que contrastaba directamente con la determinación de su mirada, y apartó con cuidado el cabello de su frente. Examinó la herida, pasando los dedos con delicadeza.
  • No es grave - murmuró - Tienes una buena cabezota…
Ava respiraba agitadamente.
  • Tengo miedo, Yara - admitió, la voz rota.
Ella sostuvo su mirada, firme, absoluta. Profunda como un océano.
  • El miedo es lo que nos hace seguir vivos, amiga… pero no es una señal para huir - dijo sin apartar la mirada de sus ojos - Es la prueba de que sigues viva y lista. Pues estás a punto de cruzar algo importante, algo que no entiendes y quizás llegues a entender jamás. Pero no cruzarás ese umbral tu sola, ¡porque nunca lo estarás! - Se inclinó un poco más, bajando la voz - Iremos contigo. Pelearemos contigo. Lucharemos y sangraremos contigo… y si hemos de morir, lo haremos a tu lado. ¡Juntos!
Ava sintió cómo esas palabras se clavaban en su pecho.
  • Ha llegado el momento, Ava Walker - continuó Yara - El momento que dejes de huir de lo que estás destinada a ser. Aunque te aterrorice. Aunque te duela. Aunque creas que no es justo… Es así como debe ser. ¡Deja atrás la mentira que fuiste y acepta la maldita verdad de una vez! ¡Eres parte de esta tripulación y tu camino es navegar libre hacia el horizonte!
El pánico la sacudió por última vez… pero no cediendo. Ava lo venció, lo derrotó, lo aplastó. Cerró los ojos un segundo y cuando los abrió, algo había cambiado. El temblor seguía ahí, sí, pero ya no la dominaba. Asintió despacio, abrazando la locura, lo ilógico, el caos, la llama, el fuego, el abismo…
  • De acuerdo - dijo con firmeza - No huiré más.
Vihaan apretó su brazo con orgullo, haciéndola sentir estable sobre la tierra.
  • Quien sigue al horizonte, su sombra ha de perder; mas gana en los abismos lo que teme saber - murmuró casi para sí mismo.
Aibori se giró y asintió con firmeza, dejando claro que lucharía a su lado sin dudarlo, hasta el último aliento, hasta el fin de la eternidad. Wong sonrió y siguió avanzando sin mirar atrás, como si siempre hubiera sabido cuál sería su decisión. Cortés alzó el puño, y blasfemó a todo pulmón, desafiando una vez más a un mundo que jamás podría doblegarlo. Halcón le dio la bienvenida a la familia, sin dejar de controlar todo lo que sucedía a su alrededor. Yara le dio un beso en la frente y susurró algo en un idioma antiguo, de otra época, de otro mundo; palabras con sabor a mar y secretos olvidados. Ava, por su lado, siguió andando, no se había detenido, ya no solo en aquella huida bajo el sol del atardecer, sino desde que nació. Pero sintió, después de decir aquellas palabras, que dio su primer paso sobre el mundo. Y luego el siguiente. Como si lo descubriera por primera vez.

Se lanzó al vacío. Junto a ellos. Junto a los rebeldes. Junto aquella familia de locos que no conocían la palabra rendición. Comprendió que no daba el paso por valentía. Lo hacía porque huir la había agotado más que cualquier batalla. Porque vivir con miedo, mirando hacia otro lado, encogiendo su alma para que cupiera en un rincón seguro, era otra forma de morir lentamente. Y porque, aunque se había repetido mil veces que aquel mundo no era el suyo, ya había cruzado demasiadas líneas como para fingir que aún estaba fuera. Algunas veces, el destino tiene cierta ironía en la manera de mostrarnos el camino correcto, el que debemos seguir. En este caso, no fueron ni Yara, ni Vihaan, ni Cortés, ni Ren quien lograron convencerla. Sino que fue, justamente el enemigo, quien la empujó a aceptar que no había marcha atrás. Fue Hong Long quien le dio el empujón que necesitaba, para aceptar su destino de una vez por todas.

Ava decidió, en ese mismo instante, ayudarlos a encontrar a Grace, sabiendo que no era un favor. Era una deuda que no sabía cuándo había contraído, pero que pesaba como si hubiera nacido con ella. No conocía a esa mujer, y aun así la sentía cercana, como se siente a alguien que aún no has visto pero que sabes que existe. Luego estaba Maverick. Ese vínculo irracional, incómodo, imposible de explicar. Era más que amor, que admiración, que fe ciega. Era la certeza de que él representaba una puerta abierta cuando todo lo demás habían sido muros. La idea de una vida sin fronteras, sin nombres impuestos, sin rutas trazadas por otros. No una vida fácil, sino una vida auténtica. Y esa promesa - la de ser libre incluso en medio del caos - se había instalado en ella como una semilla, creciendo en silencio mientras fingía no escucharla. Pero, por encima de todo, Ava entendió algo más profundo. Algo que no venía de palabras ni de razones.

Aceptó lo que siempre había sido.
No una elegida. No una heroína.
Aceptó su fuego interior.

El mismo fuego que no pide permiso. El que vence a la oscuridad no por justicia, sino por naturaleza. El que calienta el alma cuando todo está tranquilo y, al mismo tiempo, arde sin control cuando todo parece perdido. El que quema el mundo cuando es necesario, lo reduce a cenizas y deja espacio para que algo nuevo pueda nacer. Ese fuego había sido el que, sin que ella lo supiera, la había llevado a hacer de Stokes Croft su hogar. El mismo fuego que había convertido su barrio, con el paso del tiempo, en una comunidad en pie de guerra, incapaz de arrodillarse ante un progreso disfrazado de esclavitud. El mismo fuego que había levantado en pie de guerra a miles de almas en el pasado, sin miedo y dispuestos a desafiar a la tiranía. El mismo fuego que ahora había consumido su miedo, no borrándolo, sino atravesándolo, transformándolo, iluminando su camino. Consumiéndola y haciéndola renacer de sus cenizas.

Y al aceptarlo, también se rindió ante su destino. Comprendiendo entonces que aquel era el único camino posible. Que ella no era más que una mota de arena a merced del mar. Y, sin embargo, el mar que la intentaba borrar, al mismo tiempo, la reclamaba como propia. El destino era inmenso, brutal, indiferente… y había pronunciado su nombre. No como un honor, sino como su derecho. Y mientras, las piernas de Ava aún temblaban, su corazón latía con una furia nueva, salvaje. El miedo seguía allí, porque nunca desaparece del todo. Pero ya no la paralizaba.

Porque también entendió otra verdad irrefutable: ¡No caminaría jamás sola!

Y así, sin más certezas que aquellas, Ava Walker aceptó su destino. Dejó de resistirse. Dejó de huir. Y se lanzó al vacío. Y al hacerlo, Vihaan la sujetó con fuerza. No como quien retiene, sino como quien ancla. Como una raíz hundida en tierra firme, imposible de arrancar incluso cuando el mundo se quiebra. Sus ojos oscuros, antiguos y serenos, permanecieron fijos en el horizonte, allí donde el destino se confundía con el mar. Y con la voz gastada por los años, pero intacta en su verdad, pronunció de nuevo el juramento eterno, ese que no se borra con el tiempo ni se disuelve con el viento.
  • ¡Seguiremos! - exclamó con orgullo.
La palabra no cayó al suelo. Ardió en el aire. Y entonces, como si todos lo hubieran sabido desde siempre, acudieron a la llamada del elegido de la tierra, del portador del lazo del clan. Una fuerza invisible los unió, alineando voluntades, corazones y cicatrices. Alzaron la voz al unísono… y esta vez, la de Ava rugió con ellos.
  • ¡Lo haremos de la única manera que sabemos! - afirmó Yara, con la convicción de quien jamás ha retrocedido.
  • ¡Con la frente alzada y los puños apretados! - respondió Aibori, firme como acero templado.
  • ¡Con la mirada vacía y la garganta ardiendo! - rugió Cortés, desafiante, como si escupiera al mundo su negativa a rendirse.
  • ¡En medio de la tormenta y en la noche más oscura! - sonrió Wong, rebelde, con el brillo del caos danzando en los ojos.
  • ¡Sin miedo en nuestros corazones! - exclamó Halcón, seguro, vigilante, eterno centinela.
Ava los observó. Uno a uno. Como si los viera por primera vez… y como si los hubiera conocido desde siempre. Sintió el peso de las cadenas que aún llevaba dentro, invisibles pero reales. El miedo. La duda. La vieja costumbre de huir.

Y entonces, sin pensarlo dos veces, las rompió.
  • ¡Sin rendirnos jamás! - rugió.
La frase estalló como un trueno. No fue una promesa. Fue una sentencia. El mundo podía arder, los dioses podían callar, el destino podía apretar los hilos cuanto quisiera… porque ellos seguirían avanzando. Así cerró un capítulo de su vida y se entregó al siguiente:

Con el eco de un juramento grabado en la eterna noche, retumbando en su corazón.
Con la libertad por bandera y el horizonte como condena, gritando a pleno pulmón.
Con el fuego ardiendo en su interior, fiero e indomable.

Caminando junto a los suyos. De donde jamás se separaría.

Y por primera vez, después de tres largos y pesados siglos…
La promesa estaba a punto de cumplirse.

La condena de Grace O’Malley se iba a romper.
Pues si la capitana no podía regresar a su hogar, el hogar regresaría hasta ella.

Continuará…
 
Capítulo 111 - No hay finales… Solo principios

Las copas chocaron en el silencio de la playa, y aquel brindis quebró durante un mísero segundo el vaivén eterno de las olas muriendo sobre la arena blanquecina. A lo lejos, la fiesta continuaba sin rendición: hombres y mujeres llegados de todos los rincones del mundo celebraban el año nuevo como si fuera el último que la tierra estuviera dispuesta a concederles.

Grace dio un sorbo ligero, dejando que el champán le recorriera la lengua.
Al instante frunció el ceño.
  • No te acostumbras, ¿verdad? - rió Diego a su lado, al ver su gesto de disgusto.
  • Pueden pasar doscientos siglos más y seguirá sin gustarme - respondió ella, divertida, observando las burbujas atrapadas en la copa.
  • Es la tradición, pequeña. Es con lo que se celebra ahora…
  • Que se vayan a tomar por culo las tradiciones - bufó Grace - Lo que daría ahora mismo por un poco de Arrack de Ceilán…
  • O por una buena jarra de ron - sonrió Diego, contemplando el mar.
  • Con eso me conformaría - susurró ella, alzando la vista hacia los fuegos artificiales que estallaban sobre el océano - Una jarra de ron, una hoguera y…
No terminó la frase. El dolor se lo impidió.
Bajó la cabeza, y con ella regresaron los recuerdos.

Durante el día era fácil mantenerlos a raya: el trabajo en el barco, las tareas cotidianas, las sonrisas que debía ofrecer a los turistas que, día tras día, acudían a bucear en las aguas cristalinas de Phuket. Todo eso la mantenía a flote, lejos del pensamiento constante. Pero cuando caía la noche, cuando el mundo se aquietaba y el ruido se apagaba, las pesadillas regresaban. Tomaban forma de rostros amados, de voces queridas, de personas que ya no volvería a ver, ni a abrazar jamás.

Diego la observó en silencio. No dijo nada, pues sabía demasiado bien que le pasaba por la cabeza y lo que atormentaba su intrépido corazón. Simplemente se limitó a acercarse, a pasarle un brazo por los hombros y a dejarle un beso suave en la cabeza, como quien intenta proteger algo frágil de la marea. Así permanecieron largo rato, inmóviles, mientras el mundo celebraba a su alrededor. Y mientras el cielo se llenaba de luces, las risas estallaban y los nuevos propósitos se lanzaban al viento como promesas selladas por el destino; ellos lloraron en silencio, dejando que el mar guardara lo que ya no podía decirse en voz alta.

Era un día especial, 1 de enero de 2026.

No por el inicio de una nueva vuelta al sol, sino por el peso silencioso de los números. Porque hay cifras que no son solo cifras: son símbolos que se repiten como un eco antiguo. Cifras que susurran verdades para quienes saben escuchar. Cifras que también se repiten en este relato. Donde de algún modo, sin pensarlo, y sin haberlo planeado, el fin de esta historia, llega en el Capítulo 111.

El uno siempre ha sido el origen. El primer latido.
El instante en que algo decide existir.
Es inicio, voluntad, chispa.

El once, un uno repetido, es el umbral.
La puerta entre lo que fue y lo que puede ser.
El número que señala alineación, despertar espiritual, nuevos comienzos o caminos que vuelven a cruzarse cuando parecía imposible.

Y el ciento once, como el capítulo que cierra esta historia, no es una suma caprichosa, sino la insistencia del comienzo reclamando su lugar. Uno tras otro. Tres veces uno, tres veces el mismo llamado. Incluso aquel año 2026, tenía un significado especial. Los dígitos del año sumados entre sí: dos más cero más dos más seis sumaban diez. Y uno más cero es uno. Otra vez el mismo dígito. Alineándose con el día uno y el mes uno. Simbolizando un poderoso reinicio cósmico y el comienzo de un nuevo ciclo sobre la tierra que habitamos.

El número del ciclo completo: nacimiento, vida y transformación.
No era un final. Pues no existen finales. Solo principios.

No era magia. No era profecía inventada. Es patrón. Es ritmo. Es la misma lógica que rige las mareas, las estaciones y las historias que, aunque se separen durante siglos, terminan buscando el mismo punto de encuentro. El número uno no promete que todo será fácil. Promete algo más incómodo y más verdadero: que lo que está destinado a alinearse, lo hará, aunque deba romper primero todo lo demás.

Y, sin embargo, nada de eso les importaba lo más mínimo; ni tan siquiera pensaron en ello. Para Grace y Diego, aquel día no tenía nada de sagrado. Era solo otro amanecer más en la eternidad que los condenaba a seguir respirando sin los que faltaban. ¿Qué se celebra cuando no puedes brindar con quien amas? ¿Qué sentido tiene un año nuevo cuando el pasado sigue doliendo exactamente igual?

El tiempo, para ellos, había dejado de ser una promesa. Era solo una sucesión de días que se parecían demasiado entre sí. Pero aun así… aunque no les importara, algo había cambiado en el fluir del cosmos. Ellos no lo sabían. No lo sentían. Pero estaba allí… Era apenas una vibración mínima, casi imperceptible, como cuando el mar se retira unos centímetros más de lo habitual antes de una marea distinta. Algo se había movido. Algo había encajado en otro lugar del mundo, en otra voluntad, en otro corazón.

El destino - ese tejedor paciente que nunca se apresura - estaba a punto de revelar una verdad que no esperaban, que aún no estaban preparados para comprender. Porque hay reencuentros que no se anuncian. Solo se presentan un buen día, te sonríen, y el amor vuelve de nuevo… Desatado, imposible de contenerse como si nunca se hubiera largado.
  • Será mejor que vayamos a dormir… - susurró Diego, acariciándole el pelo - Mañana tenemos que prepararlo todo para el viernes.
  • ¿Tenemos gente para el viernes? - preguntó Grace, sorprendida.
  • Sí… una pareja de alemanes y un grupo de holandeses - contestó él, poniéndose en pie.
Le tendió la mano. Grace la aceptó y se levantó de la arena, sacudiéndose el culo con desgana antes de echar a andar a su lado, de regreso a casa… o, al menos, a ese lugar al que habían aprendido a llamar así.
  • Alemanes y holandeses… - negó con la cabeza - Van a venir con una resaca horrible.
Diego soltó una carcajada.
  • Y nosotros estaremos ahí para que no se ahoguen, pequeña.
Vivían de eso. De un pequeño negocio de submarinismo a nombre de un viejo amigo filipino, alguien de fiar, alguien que hacía las preguntas justas y hablaba más bien poco. No se harían ricos, ni de lejos. Ganaban lo suficiente para comer, para pagar el combustible del barco, para cambiar una pieza cuando algo se rompía. Lo justo para sobrevivir. Pero no les importaba, pues el mar estaba allí. Siempre. Azul, inmenso, indiferente y hermoso. Y eso, para ellos, valía más que cualquier tesoro.

La vida que llevaban era sencilla, pero exigente. Madrugones, cargar con equipo pesado, motores caprichosos que se quejaban más que un niño malcriado, turistas torpes y risas nerviosas antes de sumergirse. Días enteros respirando sal, noches de cansancio dulce y conversaciones breves, dichas con el cuerpo agotado y el alma un poco menos rota. Conocían gente de todas partes del mundo: nombres que olvidarían, acentos que se quedarían flotando en la memoria. Y en ese ir y venir constante, en ese no pertenecer del todo a ningún sitio, el mar les devolvía, a ratos, una alegría antigua que el destino se había empeñado en arrebatarles.

No siempre habían estado allí. Como todos los eternos, antes o después habían tenido que marcharse. Cambiar de nombre, de imagen pública, de historia. Moverse cuando alguien empezaba a mirar demasiado, cuando el tiempo amenazaba con delatarlos. Igual que Vihaan, que Yara, que todos los demás, aprendieron a adaptarse, a desaparecer antes de que el mundo hiciera preguntas incómodas. Pero en aquel rincón de Tailandia, de momento, habían podido detenerse. Respirar. Fingir que el mañana no importaba.

Y así seguían. Día a día. Apoyándose el uno en el otro. Sin esperanza de volver con los suyos. Sin promesas de reencuentros imposibles. Avanzando, pesara lo que pesara, porque rendirse nunca había sido una opción.

Tal vez os lo preguntéis: ¿Por qué no hicieron como los demás? ¿Por qué no partieron en busca del Vorial Shardeth, de Kamara, por qué no pedir un deseo capaz de cambiarlo todo?

Porque no habría servido de nada.

La condena de Grace no era la muerte ni el olvido. Era algo mucho más cruel: no encontrar jamás su hogar, no poder volver de nuevo. Y el destino - ese compañero implacable, paciente y meticuloso - se encargaría de que así fuera. Para siempre. Tanto Diego como ella lo sabían. Lo habían entendido con una claridad dolorosa: aunque hubieran llegado al centro de la tierra, aunque hubieran recuperado el Hallador de Destinos, aunque hubieran implorado a dioses antiguos y fuerzas olvidadas por el mundo… el resultado habría sido el mismo. Seguir errando por la faz de la tierra, siglo tras siglo, sin poder regresar jamás al lugar al que pertenecían. Comprendieron, más pronto que tarde, que no existía forma, rito ni hazaña capaz de doblegar aquello que el viento del destino había decidido escribir.

Tal vez os preguntéis: ¿Durante tres siglos no tuvieron una sola oportunidad de encontrarse? El mundo es inmenso, sí, pero trescientos años bastan para recorrerlo varias veces.

Y tenéis razón.
Pero, lamentablemente, tampoco habría servido de nada.

No existe azar capaz de vencer a los designios divinos. La condena actuaba como un imán perverso, no atrayendo, sino repeliendo. Como dos polos invertidos que, cuanto más cerca están, con más violencia se empujan para separarse. Hubo instantes suspendidos en la eternidad - durante aquella misión de rescate que parecía imposible - en los que pisaron la misma tierra, respiraron bajo el mismo cielo, se mezclaron entre la misma gente. Incluso llegaron a estar a pocos metros de distancia. A segundos de verse. A un latido de encontrarse. Pero nunca lograron estar juntos de nuevo.

El destino se encargó de impedirlo con una precisión despiadada: levantando tormentas en el instante exacto para cancelar un vuelo, sembrando retrasos para que perdieran un tren por un suspiro, interponiendo obstáculos, aparentemente arbitrarios, para que todo - incluso lo imposible - conspirara contra ellos. Todo para negarles ese encuentro. Ese abrazo. Ese beso desesperado que necesitaban con cada fragmento de su alma. Porque hay castigos que no matan. Solo enseñan, día tras día, lo que significa perderlo todo… sin poder dejar de vivir.

Grace abrió la ventana del dormitorio. Hacía calor, unos veinticuatro grados; el aire era seco, el cielo estaba limpio de nubes y el viento, inquieto, parecía más rebelde de lo habitual. Una ráfaga atravesó la pequeña habitación, moviendo las cortinas raídas y regalándole un instante de alivio, breve pero necesario.

Vivían en una cabaña humilde, levantada a pocos pasos de la playa. Madera envejecida por la sal, paredes finas que crujían por las noches y un tejado que había aprendido a resistir monzones y temporales. No había agua corriente; la sacaban de un depósito que llenaban a mano. La luz estaba pinchada de un poste cercano, un hilo de cobre robado al mundo moderno. No había comodidades ni lujos, pero sí algo imprescindible: el océano. Ese mar del que Diego jamás podía alejarse demasiado, debido a su condena y también porque en él había anclado lo poco que aún le quedaba de sí mismo. Aquel lugar en el mundo que ahora llamaban sin mucha convicción: hogar; no era demasiada cosa. Pero resistía, se mantenía en pie… como ellos, y eso bastaba para seguir respirando.

Grace se tumbó sobre la cama y apagó la luz. Dejó que la luna y las estrellas se colaran por la ventana, dibujando sombras suaves en las paredes desnudas.
  • ¿Te despierto cuando me levante o te dejo dormir un poco más? - preguntó Diego al entrar en la habitación.
  • Avísame… así te echaré una mano - respondió ella, forzando una sonrisa que apenas logró sostener.
Diego se sentó a su lado y le acarició la mejilla con los nudillos. Afuera, la celebración continuaba, ajena, distante, como si perteneciera a otro mundo. Los fuegos artificiales retumbaron en el firmamento.
  • Otro año más… - susurró él con ternura, observando el cielo iluminado.
  • Otro más… - repitió ella, desviando la mirada.
Guardaron silencio durante largo rato. Habían aprendido a habitarlo sin miedo, sin prisas por llenarlo. Después de tanto tiempo juntos, ya no necesitaban palabras para entenderse. Un gesto, una mirada, una mueca apenas perceptible bastaban para decirlo todo. A veces, el amor se sostenía precisamente ahí: en lo que no se decía.
  • No pierdas la esperanza, pequeña - murmuró Diego, jugando con sus cabellos - Estoy seguro de que esta historia no termina así…
Grace apartó la mirada.
  • No quiero tener esta conversación otra vez… - dijo con un hilo de voz - Puede que el mundo siga avanzando, que no se detenga por nada ni por nadie… pero yo me siento atrapada. Atascada. Encarcelada. No queda nada para mí, Diego. Ni siquiera la esperanza.
  • La esperanza es lo último que se pierde…
Grace cerró los ojos.
  • Y esa es, precisamente, mi mayor condena.
Le dio la espalda, fingiendo dormir, aunque ambos sabían que no lo conseguiría. Diego se inclinó y le dejó un beso suave en la mejilla.
  • Intenta descansar - susurró - Mañana lo verás todo de otro modo. Ya lo verás…
La tapó con la sábana con un gesto casi paternal y la dejó sola con sus pensamientos. El viento del mar volvió a colarse por la ventana: el mismo viento, el mismo cielo, el mismo océano. Y el mismo vacío, inmutable, habitando en lo más profundo de su alma.

Al día siguiente, se levantaron antes de que el sol terminara de desperezarse sobre el horizonte. El calor ya estaba ahí, pegajoso, instalado en la piel desde primera hora. Diego salió primero a la playa, descalzo, con la camiseta colgada del hombro; Grace tardó un poco más, recogiéndose el pelo en un nudo rápido, mecánico, como todo en aquella mañana. El pequeño muelle aún dormía. Solo el crujido de la madera bajo sus pasos y el golpeteo lento del agua contra los pilotes rompían el silencio.
  • Empiezo con el motor - dijo Diego, saltando al barco.
  • Pues yo me ocupo con las botellas - respondió Grace, sin mirarlo siquiera.
Rutina. Palabras justas. Gestos aprendidos.

Diego levantó la tapa del compartimento trasero y comprobó el aceite. Limpió la varilla con un trapo viejo, volvió a introducirla, asintió para sí. Todo en orden. Giró la llave un segundo: el motor respondió con un ronroneo grave y estable. Grace alineó las bombonas en el muelle. Una a una. Las revisó con calma: presión, válvulas, juntas. Giraba el manómetro, observaba la aguja subir, golpeaba suavemente el metal con los nudillos.
  • Esta está a doscientos diez - dijo.
  • Déjala así… - contestó Diego - Los holandeses son novatos… ya sabes lo que pasa siempre, pequeña.
Grace esbozó una sonrisa fugaz.
  • Esta vez ocúpate tu de dar la clase - añadió - No estoy de humor para repetir lo mismo doscientas veces.
  • Está bien… - respondió él - Pero a cambio, tu bajarás y yo me quedaré arriba.
Comprobaron los cierres de los chalecos, revisaron los reguladores, enjuagaron las máscaras en un cubo de agua dulce. Todo se dejó su sitio. Todo debía quedar exactamente igual que el día anterior. Como si aquel orden pudiera mantener a raya al caos que eran sus vidas.
  • ¿Las linternas? - preguntó Diego.
  • Cargadas - contestó ella - Dos de repuesto, por si acaso.
Siguieron trabajando y sin darse cuenta, llegó la hora de comer. Lo hicieron en silencio, sentados en el muelle, con los pies metidos dentro del agua y el sol recorriendo el firmamento con una calma exasperante. Al terminar volvieron al trabajo, dedicándose en cuerpo y alma hasta que el sol ya caía a plomo cuando terminaron. Entonces se sentaron un momento en la proa del pequeño barco, compartiendo un par de cervezas y contemplando aquel hermoso atardecer.
  • Mañana habrá mar tranquila - dijo Diego, mirando el cielo - Y buena visibilidad.
  • Eso dices siempre - respondió Grace en tono burlón - Y luego pasa lo que pasa.
Se quedaron en silencio, observando el reflejo del sol en el agua. Los turistas empezaban a aparecer a lo lejos, risas vivaces, voces en idiomas distintos, vacaciones, tiempo libre… El mundo seguía girando, despacio sí, pero imparable.

Por la tarde limpiaron los trajes de neopreno. Enjuagar, colgar, esperar a que secaran. Grace arregló una correa gastada con hilo grueso; Diego leía el libro de inmersiones con atención, memorizando las partes importantes como había hecho tantas veces.
  • ¿A que hora tenemos la primera inmersión? - preguntó ella secándose el sudor de la frente.
  • A las nueve - respondió él sin levantar la vista del libro.
Cuando cayó la noche, dejaron el barco, aseguraron las amarras y regresaron a la cabaña. Cenar fue un acto rápido: arroz, algo de pescado, pocas palabras. El cansancio no era físico; era antiguo. Grace salió un momento al exterior, se sentó sobre la madera de los escalones que daban acceso a la puerta. Miró el mar oscuro, inmenso, idéntico al de ayer, idéntico al de hacía cien años. Diego la observó desde la puerta, sin decir nada.

El día había pasado. Otro más.
Sin señales. Sin respuestas. Sin cambios.

La eternidad seguía intacta, inmóvil, como si nada pudiera alterarla jamás.

Y, como había ocurrido siempre, el día siguiente: 2 de enero de 2026, amaneció como un día más: rutinario, fiel a su naturaleza, un giro adicional de la Tierra, un amanecer cualquiera, sin promesas ni presagios. Grace y Diego desayunaron deprisa. Fruta cortada, café humeante, tostadas untadas con aceite y coronadas con rodajas de tomate. La radio murmuraba las noticias del día y el parte meteorológico, una voz neutra anunciando sol y mar en calma, como si eso pudiera significar algo más que lo evidente. Después se enfundaron los trajes de neopreno, se chocaron las manos - un gesto automático, heredado de cientos de jornadas iguales - y salieron hacia la playa.

Los primeros en llegar fueron los alemanes. Una pareja joven, visiblemente enamorada, atrapada aún en esa fase de la relación en la que una mirada prolongada basta para ruborizar el rostro y la piel busca a la piel con fervor, casi con urgencia. Diego los vio aparecer desde la distancia: ella rodeándole la cintura, él con el brazo sobre su hombro. Caminaban cerca de la orilla, y en cada paso reafirmaban su amor sin pudor alguno. Besos largos, labios enrojecidos, lenguas que se buscaban con prisa.
  • Míralos, pequeña - sonrió el español - No hay nada más bonito que el primer amor…
Grace, abstraída en su trabajo, alzó la cabeza. Sonrió al verlos y negó levemente, volviendo enseguida a lo que estaba haciendo.
  • Cuanto más alta es la subida… - murmuró entre dientes.
  • ¡Venga ya! - exclamó Diego entre carcajadas.
Enrolló con rapidez el trapo que llevaba en la mano y le dio un leve latigazo en la cabeza.
  • ¡No seas ceniza, maldita sea! - rió, de buen humor.
Los atendieron con amabilidad, explicándoles brevemente la ruta que seguiría el barco y el punto exacto donde realizarían la inmersión. La joven pareja pagó lo acordado y subió a la pequeña embarcación, impacientes por que todo comenzara. Mientras Diego hablaba con ellos, Grace ultimaba los detalles, comprobando una vez más que todo estuviera en su sitio.

Alzó la muñeca y observó el reloj.
  • Los holandeses llegan tarde - dijo, mirando la playa, impaciente, como solo ella sabía ser.
  • Son las nueve en punto, pequeña… Esperaremos un poco más a ver si llegan - respondió Diego, con la calma que siempre lo caracterizaba.
  • ¡De acuerdo, jefe! - exclamó Grace con ironía.
Mientras Diego mantenía conversaciones banales con la joven pareja de alemanes - comentarios ligeros, explicaciones repetidas, sonrisas automáticas - Grace permanecía sentada en la popa, de espaldas a la playa. Desde allí los observaba con impaciencia, ajena a las palabras, con la atención fija en el tiempo que parecía dilatarse a propósito.

Alzó la muñeca y volvió a mirar el reloj.
Las nueve y media.

Exhaló despacio. El gesto de incorporarse ya se estaba formando en su cuerpo, la intención clara de ponerse en pie y arrancar el motor, cuando una voz la detuvo.

Solo eso bastó para que todo cambiara.

Porque esta vez el destino no pudo hacer nada para alejarlos. Ya no existían imanes de polos opuestos empujándolos a separarse. Ya no había tormentas convocadas en el instante preciso para cancelar vuelos, ni contratiempos diseñados para hacer perder trenes, ni casualidades crueles empeñadas en impedir un reencuentro. Todo aquello había quedado atrás.

Ava Walker había cumplido con su destino, el Vorial Shardeth había sido recuperado y la condena de la eternidad había sido asumida sin temor.
Kamara había sido hallado de nuevo. Un deseo había sido pedido y el Dios del viento lo había concedido. El precio, como siempre, fue exigido. Pero ya no importaba cuál fuera ni quién hubiera de cargar con él. Porque en ese preciso instante - tras trescientos treinta y dos años, ocho meses y trece días exactos - no importaba nada más que aquella voz.

El destino dejó de separar.
Una familia se reunía de nuevo.
  • Lo siento - dijo una voz calmada - Sé que llegamos tarde, pero es que… hemos tenido un sinfín de problemas para llegar…
Grace se levantó sin girarse. Soltó un suspiro cansado y negó con la cabeza, dejando que la impaciencia aflorara un instante, a punto de recriminarles la falta de puntualidad. Pero el peso de la costumbre - y la necesidad de aquel trabajo - acalló la reprimenda. Forzó una sonrisa que aún no había nacido y, entonces, en un simple instante, en un parpadeo robado a la eternidad, el mundo pareció detenerse.

Todo sucedió de golpe.

Antes de girarse, vio frente a ella a la pareja de alemanes, entregados en cuerpo y alma a su amor joven e indomable. Se besaban sin reservas, sin medida, ajenos a todo. Lo hacían porque ya no hablaban con Diego.

Grace se detuvo y lo contempló.

Diego quieto sobre la cubierta. Inmóvil. Los ojos abiertos como platos, la boca entreabierta, desencajada. Su pecho subía y bajaba con violencia; los latidos de su corazón eran casi audibles desde donde ella estaba, golpeando con furia, como si fueran a romperle el pecho desde dentro.
  • No puede ser… - murmuró el Errante - ¿Có… cómo nos habéis en… encontrado?
Y entonces Grace vio nacer aquella sonrisa.

Una sonrisa que llevaba tanto tiempo muerta que no reconoció su regreso. No era la que había visto durante los últimos tres siglos: esa sonrisa útil, construida para ayudar, para aliviar, para hacer más llevadero el paso del tiempo y la distancia. No. Aquella era distinta. Verdadera. Amplia. Hermosa. Necesaria. La felicidad más pura y poderosa abriéndose paso a codazos y dentelladas, indómita, rebelde, incapaz de ser borrada.

Con ella llegó la esperanza.

Esa enemiga cruel y despiadada. Hundida durante siglos como un navío en el fondo del mar, convertida en un recuerdo doloroso, insufrible, anclado al alma como grilletes a los tobillos. Grace pensó en la palabra rota que acababa de salir de los labios de Diego.

“Encontrado”

Y sin poder evitarlo, sintió cómo esa palabra alzaba una bandera orgullosa, la del que ha vencido a todos sus enemigos.

“Encontrado”

Retumbó en su corazón como una tormenta en alta mar. La sacudió de arriba abajo, se coló sin permiso en sus oídos, atravesó venas, carne y huesos. Arremetió contra todos los escudos que ella había levantado para sobrevivir y los destruyó sin esfuerzo, arrasándolo todo a su paso.

De pronto sus entrañas empezaron a arder.

Algo antiguo despertaba de nuevo en su interior. Algo que jamás había olvidado, aunque lo hubiera intentado mil veces. Grace volvió a negar con la cabeza, luchando contra aquel sentimiento. No podía ser. No era posible. Creerlo, aunque fuera por un segundo, la habría destruido. La habría matado. Y mientras ella permanecía con la cabeza gacha y los puños apretados, con el alma hecha añicos y el dolor más vivo que nunca, Diego lloraba.

Lloraba como un niño pequeño. Sin control, sin pudor. Un llanto liberador, hermoso, auténtico. Tan puro que incluso la joven pareja de enamorados se detuvo para observarlo, con el rostro lleno de desconcierto, sin comprender absolutamente nada.
  • Pequeña… - susurró sin dejar de llorar - Será mejor que te des la vuelta…
  • No… - respondió Grace - No puedo…
¡Maldito dolor! ¡Maldito seas!
Era tan poderoso, sangraba tanto aquella herida invisible, que ni siquiera la capitana más temida de los siete mares podía enfrentarlo. La misma que había desafiado a nobles, a reyes y a dioses. La que había rugido con el fuego de sus cañones, la que se había lanzado a la boca del infierno una y otra vez sin mirar atrás. Ahora no era más que una muñeca rota: temblorosa, vencida, abatida.

La voz volvió a hablar a su espalda.
Calmada y serena… como tierra firme bajo los pies.
  • Grace… - dijo con suavidad - Somos nosotros… hemos vuelto.
Ella abrió los ojos de par en par.

No solo por escuchar su nombre, aquel que llevaba tanto tiempo sin ser pronunciado por voz ajena, sino porque reconoció la voz al instante. No había duda. Era él. Vihaan. Su Vihaan. Su amor. Su hombre. Un eco que había desaparecido en los recovecos del mundo hacía demasiado tiempo y que ahora regresaba intacto, cercano, real.

Entonces otra voz estalló en la playa.
No era serena ni calmada.
Era bruta, salvaje, afilada.
Impaciente. Descarada. Viva.
  • ¡Maldita seas, idiota! - rugió entre sollozos - ¡¿Por qué te quedas ahí plantada?! ¡¿Es que te has quedado sorda o qué demonios te pasa?! ¡Date la vuelta de una jodida vez y baja ahora mismo a darme un abrazo!
Las lágrimas brotaron por las mejillas de Grace, rápidas, furiosas, descontroladas. Aquella voz no podía pertenecer a nadie más. Yara. Su hermana. Los recuerdos regresaron. Pero esta vez no dolían. Eran caricias. Eran hogar. Eran verdad. Y antes de que Grace pudiera siquiera asimilar que no estaba soñando, que aquello estaba ocurriendo de verdad, una tercera voz terminó de romperla… y de liberarla.
  • Madre… - dijo, con la voz de la tormenta - No es un sueño. Estamos aquí. Lo hemos conseguido.
Aquella sola palabra bastó.

“Madre”

Grace se giró de golpe. Y lo vio. A Maverick. Ya no era el niño que había dejado atrás. Era un hombre hecho y derecho, irreconocible para cualquiera… excepto para la mujer que le dio la vida. A su lado estaban ellos. ¡Todos! Vihaan, Yara, Bhagirath, Yrsa, Aibori, Cortés, Bum-Bum, Ren, Wong, Halcón…

Y al verlos, Grace O’Malley cayó de rodillas.

Se rindió. Fue abatida.
Aquel fue el cañonazo definitivo.

No la venció ni el fuego de los cañones, ni los galeones enemigos.
No hubo batalla, ni desafío, ni rugido contra la muerte, esta vez.

Lo único capaz de vencer a la capitana…
Lo único ante lo que aquel corazón indomable, no pudo imponerse…
Fue al amor.

Diego corrió hacia ella y la sujetó antes de que tocara el suelo. La sostuvo con firmeza, levantándola con orgullo, sosteniéndola cuando se quedó sin fuerzas, como había hecho durante tantos años y como seguiría haciendo siempre. Sin pedir nada a cambio. Sin poder - ni querer - alejarse jamás de ella.

Y como debía ser, como debía suceder…
Cuando la capitana no pudo regresar a su hogar, el hogar regresó a ella.

Uno a uno avanzaron, cansados, exhaustos, con el peso de siglos en los hombros y el alma al borde de la rendición. Subieron al barco en silencio, arrastrando los pasos, como si cada tabla crujiera bajo el peso de todo lo vivido. Entonces, una sombra cruzó la arena a toda velocidad. Se adelantó a todos. Trepó por la madera, saltó sin dudar y se lanzó contra ella, aferrándose a su cuello con una urgencia desesperada. Grace lo atrapó entre sus brazos y lo contempló como si fuera un milagro imposible.
  • Pequeñín… - murmuró, incapaz de dejar de llorar.
Gipsy se apretó contra su pecho, frotándose, reclamándola, sintiendo su calor.
Y algo en Grace despertó de golpe, furioso, impetuoso, imparable.

Empezó a reír. Las risas se volvieron carcajadas.
Las carcajadas, locura. La locura, abrazos.
Los abrazos, promesas cumplidas.

El calor regresó. El amor venció.
Y el círculo se cerró.

En un día cualquiera, sin importancia para el mundo.
En un lugar perdido de un planeta que seguía girando, indiferente, eterno.
Sin propósito, sin destino, sin final…

El Red Viper renació.

No como un barco, sino como un latido antiguo que se negaba a morir. Surgió de sus propias cenizas como el Ave Fénix de las viejas leyendas: orgulloso, indómito, libre y salvaje. No porque el tiempo lo hubiera recordado, sino porque jamás consiguió vencerlo. Porque hay fuegos que no se apagan, solo esperan. Y al fin, aquello que lo había convertido en mito volvía a estar completo.

No eran velas, ni madera, ni hierro lo que lo sostenía.
Eran ellos: La tripulación. Los hermanos. La familia.

Almas marcadas por la pérdida, unidas por juramentos imposibles de romper, por promesas forjadas en la sangre y selladas en la tormenta. Cada uno con sus cicatrices, con sus sombras, con su historia… y aun así, juntos de nuevo.

Porque algunas historias no terminan.
Arden…
Se transmiten…
Y regresan…

¡Siempre regresan!

Y así es como todo terminó… estimado lector,

Ciento once capítulos nos han traído hasta aquí.
Ciento once pasos dados sin rumbo, sin promesas de victoria, sin la certeza de regresar algún día. Un Viaje Inesperado, imposible de prever, pero que aceptaste en el instante exacto en que decidiste embarcarte, junto a tus hermanos, en el Red Viper y no mirar atrás. Porque hay historias que no se eligen: simplemente llegan… y una vez lo hacen, ya no puedes soltarlas jamás.

Todo comenzó con algo tan pequeño que parecía inofensivo…
Un niño, con los ojos abiertos de asombro, escuchando una historia alrededor de una hoguera.
Una niña sin nombre, mirando el horizonte, soñando con surcar un mar que aún no sabía si la aceptaría.

Dos almas nacidas en mundos opuestos, separadas por océanos, distancias y silencios. Destinadas, en apariencia, a no cruzarse jamás. Y, sin embargo, el destino - ese viejo caprichoso que finge estar distraído mientras juega con nuestras almas - decidió lo contrario.

Se encontraron. Y al hacerlo, encendieron una chispa que acabaría convirtiéndose en leyenda.

Una leyenda que muchos negarán, como siempre ocurre. Porque la verdad incomoda, porque la libertad asusta, porque no todos están dispuestos a aceptar que el mundo puede ser algo más que jaulas bien decoradas. Pero aquellos dignos de ella, aquellos que aún conservan el fuego en el pecho, la rabia en los dientes y la voluntad en sus corazones, sabrán reconocer en esta historia una verdad pura, desnuda y esencial.

Ama como si fuera tu último día en la tierra…
Vive como crees que debes vivir…
Lucha por lo que crees justo…
¡Y no te rindas jamás!

Y cuando flaquees, cuando el firmamento se eche sobre ti con todo su peso imposible de soportar, cuando la fuerza no baste para empujar tus pasos y la voluntad se quiebre bajo el yugo de la opresión… recuerda esto, hermano: ¡No estás solo! ¡Nunca lo has estado! Se que somos pocos sí, se que estamos distanciados… pero estamos ahí, seguimos en pié. Recuerda que los tronos no duran eternamente, que un día nuestro aliento empañará su brillo, aguardando con furia nuestro día del delirio. Afila el cuchillo, a tus hijos educa pero que no olviden nunca de donde vienen, de que provienen y que sangre tienen…

Recuerda siempre: ¡No somos gente de paz, somos gente sin miedo!

Han sido ciento once capítulos de batallas imposibles y tormentas voraces…
De decisiones que nunca tuvieron una respuesta fácil, a veces ni correcta…
De sacrificios que dejaron cicatrices invisibles.
De pérdidas que ni el tiempo ni la memoria lograrán borrar jamás.

Y por eso, este final no es un cierre.
Es un homenaje.

A ellos…
A los que cayeron en batalla.
A los que dejamos atrás en el camino.
A los que la muerte reclamó porque brillaban demasiado en un mundo que castiga la luz.
A los valientes que lucharon y sangraron a nuestro lado hasta el último aliento, sin pedir nada a cambio, sin esperar recompensa.

Esta historia es su voz cuando ya no pudieron hablar.
Su huella cuando el mar borró sus pasos.
Su recuerdo cuando el mundo siguió girando como si nada hubiera ocurrido.

Y si has llegado hasta aquí, querido lector, tu también eres parte de ella.
Porque las historias verdaderas no terminan en la última página:
Viven para siempre en el corazón de aquellos locos que se niegan a olvidarlas.

Y mientras exista alguien dispuesto a alzar la frente, apretar los puños y caminar hacia la tormenta… la leyenda no morirá jamás.

Gracias por seguir la bandera de la Víbora Roja.
Gracias por no rendirte, por luchar y sangrar al lado de nuestra capitana.
Gracias por ser libre y recorrer el mundo a nuestro lado.

¡Inmenso es el horizonte, férrea nuestra convicción!
Y allí donde arda el mundo, ¡habrá un salvaje corazón!
Dispuesto a alzar el puño y gritar…

¡Se acabó!



Firmado,

Joris Van Leeuwen
4 de Enero de 2026
 
Aun que alguna vez dude, sabía que terminarían juntos, y ahora ya nadie los separa. !!!
Ha sido una historia muy bonita, con sus momentos malos, pero bien está lo que bien acaba.
 
Vaya relatazo compañero. Menudo curro tan impresionante te has pegado. Me has tenido enganchado desde el primer capítulo y navegado, batallado y sangrado junto a nuestros hermanos del Red Viper. Personalmente, me hubiera gustado un final un poco más largo, más desarrollado el encuentro de la familia. Imagino que es por las ganas de que no acabase.

Enhorabuena, maestro. Gracias por escribir y publicar.
 
Vaya relatazo compañero. Menudo curro tan impresionante te has pegado. Me has tenido enganchado desde el primer capítulo y navegado, batallado y sangrado junto a nuestros hermanos del Red Viper. Personalmente, me hubiera gustado un final un poco más largo, más desarrollado el encuentro de la familia. Imagino que es por las ganas de que no acabase.

Enhorabuena, maestro. Gracias por escribir y publicar.
Mil gracias por las palabras. De corazón.
Me alegra que te haya gustado!

La verdad que lo pensé en hacerlo más largo: los abrazos, las palabras…
Pero es lo que dices, deseaba terminarlo, y el final dejarlo más a la imaginación.

Ahora a por un nuevo melón, tengo una nueva historia en mente y algunos capitulos ya hechos.
Pero voy a darme un tiempecillo, para cambiar el chip.

Un abrazo enorme!
Y muchissimas gracias por el apoyo!
 
- ¡¡¡AVISO A TODOS LOS VALIENTES DEL RED VIPER!!! -

Utilizare este post para darme un poco de publicidad. Aunque no temáis, pues no intentaré venderos nada. Es solo a nivel informativo.
No gano nada publicando estos relatos y no me importa lo más mínimo, pues no escribo esperando una remuneración económica. Lo hago porque me apasiona y también porqué me gusta interactuar con la gente que los lee. Si os gusta lo que hago, sería un placer para mí que os pasarais por los otros para darles una oportunidad. Y si queréis, darme vuestra sincera opinión.

Actualmente he publicado tres relatos. Que por orden cronológico se llaman:

COLEGAS DE PAJAS Y SUS ARDIENTES NOVIAS - Una historia caótica y pornográfica que no necesita explicación, pues el nombre lo dice todo. Hay pajas por doquier, hay sexo a granel, lujuria, traiciones, tiroteos y muchos problemas... El combo perfecto.

PROJECT S.I.R.E.N - Una historia de ciencia ficción y sexo que se centra en un grupo de amigos adolescentes que un día se encuentran una máquina extraña capaz de controlar mentes. Hay espías, conspiraciones, líos adolescentes, amistad y hasta un pueblo entero en pie de guerra.

UN VIAJE INESPERADO - Una historia ambientada en la época dorada de la piratería. Que aunque no es un relato erótico, creo que vale la pena darle una oportunidad. Hay batallas épicas, Dioses furiosos, monstruos marinos, hermanos de armas, rebeldía, un destino imposible de eludir y el amor a la libertad como bandera.

Y en breves empezaré a subir el cuarto relato, que se llamará: EFECTOS SECUNDARIOS
En esta historia volverá el erotismo puro, combinado el sexo y las escenas más calientes, con una trama que empieza en un laboratorio farmacéutico donde por error se descubre un medicamento milagroso. Una joven pareja y su grupo de amigos, se verán envueltos en una guerra de la que no podrán escapar. Aún estoy pensando como enfocarla, llevo tan solo ocho capítulos escritos, pero apunta maneras.

Así que si tenéis tiempo y os sale de las entrepiernas, nos leemos.
Un abrazo enorme a todos y cada uno de los que os pasaís por aquí.

¡Salud y Morbo!
 
Atrás
Top Abajo