Capítulo 103 - Hijo de la libertad: El español que domó al viento
El anciano no se sobresaltó. No se ofendió. No retrocedió.
Al contrario. Sonrió. Una sonrisa lenta, profunda, cargada de siglos.
- Si no soy quien aparento ser - dijo con voz suave, casi curiosa - dime entonces, muchacho… ¿quién soy?
El aire alrededor de ambos empezó a moverse, apenas un suspiro inquieto que levantó ceniza del fuego y meció las pieles colgadas de las paredes. Diego no dudó.
Bishnu cerró los ojos un instante, como quien saborea un recuerdo largamente esperado. Luego asintió despacio, complacido.
- Sí… - murmuró - Eso soy… El viento.
La cabaña tembló levemente. El fuego chisporroteó con violencia. Una corriente helada se coló por las rendijas de la madera.
- Algunos me llamaron Éolo, señor de los cielos errantes - continuó, mientras su voz parecía multiplicarse - Otros me conocieron como Bóreas, el aliento del norte que quiebra huesos y voluntades. En tierras antiguas fui Vayu, el que sostiene la vida en cada respiración. En oriente me temieron como Fūjin, el demonio que libera las tormentas. Para los pueblos del sol fui Ehécatl, el que empuja al mundo a moverse. Y antes incluso de que hubiera nombres… fui simplemente el que no se deja atrapar.
El aire se volvió más denso, más feroz. Las paredes crujieron. El fuego se alzó en espiral. La puerta que daba acceso se abrió de par en par, golpeando la marea con violencia, toda la cabaña empezó a gemir como si fuera a desmoronarse bajo una fuerza invisible.
El anciano abrió los ojos. Ya no había humanidad en ellos.
- Y ahora… - dijo, mientras su figura comenzaba a desdibujarse, fundiéndose con las corrientes invisibles - debes demostrar si eres digno de mi poder.
El viento rugió. No como una tormenta lejana, sino como una bestia despertando al fin. Las conversaciones habían terminado. Los disfraces habían caído. La prueba acababa de comenzar.
El refugió cayó ante la fuerza de un vendaval. No fue una ráfaga amable ni un susurro que refresca la piel sudorosa en una tarde de verano. Fue la furia del cielo desatada, la respiración salvaje del mundo cuando decide recordarle al hombre lo pequeño que es. El viento rugió como una bestia antigua, hambrienta, arrancando las maderas de la cabaña una a una, astillándolas en el aire antes de arrojarlas contra la noche. El techo gemía mientras desaparecía en la infinita noche, las pieles volaban como aves heridas, el fuego se retorcía, alzando chispas que eran devoradas al instante por el torbellino.
El caos reinó por completo. Grace se aferró a una viga con los dientes apretados, el fuego latiéndole bajo la piel, inútil ante aquella fuerza sin rostro. Vihaan clavó los pies en el suelo como si quisiera fundirse con la tierra misma, los músculos tensos, luchando por no ser arrancado del mundo. Yara cayó de rodillas, una mano hundida en el barro, la otra buscando algo sólido a lo que aferrarse, mientras el aire le arrancaba la piel acuosa, disolviéndola. Bhagirath rugía palabras que el viento destrozaba antes de que pudieran existir, Aibori clavó las espadas en el suelo, aferrándose con toda la fuerza de sus brazos y Yrsa, con los ojos encendidos, reía a carcajadas, sosteniéndose como si aquel infierno fuese un desafío digno de ser afrontado.
Y en medio de todo… Diego.
El español permanecía en pie. El Mulakaboko respiraba entre sus manos como lo único estable en mitad del desastre, firme, anclado, desafiando al propio vendaval. A su alrededor, el aire giraba con violencia, pero no lo tocaba. No se atrevía. Diego alzó la mirada. Y el viento se la devolvió.
Bishnu ya no era Bishnu. Su cuerpo se deshacía y se recomponía en cada ráfaga. Era hombre y mujer, niño y anciana, rostro joven y piel marcada por siglos. Sus facciones cambiaban sin cesar, imposibles de fijar, como si intentar recordarlas fuera un error. En un parpadeo era sonrisa, al siguiente abismo. Era presencia y ausencia. Todo y nada. El viento lo atravesaba y, al mismo tiempo, nacía de él.
Demasiado libre para permanecer atado a un nombre.
Demasiado indomable para obedecer una forma.
Demasiado impredecible para prometer estabilidad.
El huracán giró con más fuerza, sediento de destrucción, celebrando su propia existencia. Las paredes cedieron. La cabaña dejó de ser refugio para convertirse en recuerdo. Y allí, frente a frente, el hijo del viento y el viento mismo se midieron sin palabras. De repente, Yara perdió el agarre. Sus dedos resbalaron, y en un parpadeo su cuerpo fue arrancado del mundo, tragado por el vendaval y escupido hacia el frío y oscuro bosque. Su grito apenas nació antes de ser despedazado por el viento.
- ¡Yara, Noooooo! - rugió Grace.
La furia y el terror se mezclaron en su voz, y en ese alarido perdió también la fuerza que la anclaba. El viento la atrapó como a una muñeca de trapo y la elevó sin piedad. En ese instante Grace escuchó las palabras que arrastraba el aire y entonces enmudeció, supo que había llegado el momento. Diego, con la respiración agitada y el corazón a punto de estallar, se lanzó hacia ella. Estiró el brazo, rozó su piel… pero no consiguió agarrarla, el aire se interpuso entre ambos como una muralla viva. Vihaan, sin temer por su vida, se lanzó hacía ella en un acto desesperado. La llegó a sujetar por la muñeca y sus ojos se encontraron dentro del epicentro de aquel huracán.
- ¡Cuida de ellos, mi amor! - exclamó Grace antes de salir despedida - ¡Dile a Maverick que lo quiero y por favor… no me olvides jamás!
- ¡¿Por qué dices eso?! - gritó Vihaan intentando retenerla con todas sus fuerzas.
- ¡Te amo Vihaan y siempre te amaré!
Grace no dijo nada más. Solo sonrió y lo miró con un amor que le atravesó el corazón de par en par. Diego se quedó paralizado, los ojos abiertos hasta el límite. Sin comprender porqué ella había dicho aquellas palabras. Una ráfaga directa, consciente y cruel, los separó y Grace desapareció en la profunda noche. El huracán rugió con más fuerza, como si celebrara su victoria, y uno a uno: Vihaan, Aibori, Bhagirath, Yrsa… todos fueron arrancados del suelo y arrojados a la oscuridad, dispersos como hojas en la noche.
La cabaña, o más bien lo poco que quedaba de ella, quedó vacía.
Solo Diego permanecía en pie.
- ¡¿Por qué lo has hecho?! - gritó, con la voz desgarrada, antes de que sus palabras se disolvieran en aquel vendaval imparable.
El viento respondió con una sonrisa. Su rostro cambió, adoptando ahora el aspecto de Kāmara, el mismo que los había visitado mientras navegaban en las profundas aguas del Pacífico. Pero aquella sonrisa no era simpática ni amable. Era provocación pura. El gesto insolente de un niño inconsciente, incapaz de medir el daño que causa, empujado únicamente por el placer de un juego tan brutal como divertido.
- ¡¿Qué te importan a ti?! - rió el Dios Mono - ¡Tú no eres como ellos!
Su rostro mutó de nuevo. Ahora era Elektra. La mujer que Diego había amado. Sus ojos ardían con una burla cruel, su voz acariciaba y hería al mismo tiempo.
- Debes dejarlos atrás - continuó entre carcajadas - tu alma no ha nacido para amar. Tu alma es libre… así que deja de aferrarte a esa ilusión. ¡Abraza el todo!
Se inclinó hacia él, omnipresente, inevitable. Ahora con el rostro de su madre: la hábil tejedora, la mujer de manos firmes y espalda cansada que había criado a nueve hijos.
- Huye como el viento, hijo mío. Nada puede detenerte…
El vendaval rugió de nuevo, y esta vez cambió de naturaleza. Ya no empujaba. Cortaba. El aire se volvió afilado, invisible y letal, como si mil cuchillas giraran al unísono alrededor de Diego. Cada ráfaga le abría la piel, le arrancaba el aliento, le mordía los músculos. Sintió cómo la sangre brotaba en líneas finas, cómo el frío se colaba en su carne como un veneno antiguo. No había golpe, no había impacto: era una violencia precisa, cruel, quirúrgica.
Diego gritó… pero el viento se tragó su voz. El Mulakaboko vibró entre sus manos, resistiendo con él, anclándolo al mundo. Diego hincó los pies en la tierra que aún quedaba, clavándolos como raíces desesperadas, mientras su cuerpo era empujado hacia atrás una y otra vez. Cada fibra de su ser le suplicaba que soltara. Que cediera. Que dejara de luchar. No era solo cansancio físico. Era algo más profundo. El viento no solo desgarraba su cuerpo, desgarraba su espíritu. Se colaba dentro de él, empujando recuerdos fuera de su mente, matando deseos de su interior, extinguiendo impulsos que no sabía ni que existían. Le mostraba la promesa de la huida: horizontes sin nombre, caminos sin final, la dulzura de no pertenecer a nada ni a nadie. La libertad absoluta. El descanso eterno de no elegir nunca más.
Su alma quería irse. Lo deseaba con una fuerza terrible.
Dejarse arrastrar. Desaparecer. Convertirse en ráfaga, en eco, en nada.
Durante un instante - solo uno - Diego aflojó los dedos. Y entonces lo sintió. Algo que no era viento. Algo denso, pesado, casi torpe, pero firme. Un ancla imposible en un mundo de corrientes. No sabía de dónde venía. No tenía nombre. No era memoria ni promesa. Era una certeza muda, primitiva, que no hablaba… pero ordenaba. Quédate, le decía una y otra vez. Aguanta, le susurraba al oído.
Diego rugió, lo hizo con los dientes apretados y el alma hecha pedazos. Volvió a aferrarse al Mulakaboko con una furia desesperada. Sus manos sangraban, los músculos ardían, los huesos crujían bajo la presión invisible. Cada segundo era una batalla. Cada respiración, una traición a lo que el viento esperaba de él.
- No… - jadeó - No me arrastrarás.
El viento rió, un sonido inmenso, burlón, que atravesó el bosque como un trueno horizontal.
Pero Diego no cedió. Desobedecía a su esencia. Desafiaba su naturaleza. Traicionaba al propio viento que lo había engendrado. Porque ser hijo del viento no significaba obedecerlo. Significaba seguir ciegamente a lo que dictara su corazón, única y exclusivamente. Ser libre no era sencillo, jamás había sido un camino fácil y llano. Era un sendero lleno de peligros y dificultades, uno que solamente los más fuertes y tercos podía recorrer. Y Diego entendió, en medio del dolor y la sangre, una verdad que ardió más fuerte que cualquier ráfaga: nadie podía obligarlo a partir. Nadie podía empujarlo hacia su destino como a una hoja muerta.
Si algún día se marchaba…
Si algún día se perdía en lo desconocido…
Si algún día se convertía en viento…
Sería porque él lo habría decidido.
Pues esa es la auténtica libertad.
- ¿Crees que puedes controlarte? - preguntó el viento, ahora sin rostro ni forma, pero omnipresente - ¿Crees que decides tu rumbo? ¿Que tu voluntad significa algo frente a mi poder? ¿De verdad eres tan ingenuo?
Diego no pudo responder. No por falta de palabras, sino porque la violencia del aire se las arrancaba de la boca antes de nacer. Cada ráfaga golpeaba su cuerpo como un juicio final. Sentía los músculos a punto de ceder, los huesos suplicando descanso. Bastaría un solo suspiro, una mínima rendija de rendición, para que fuera arrastrado y se perdiera para siempre. No lo sabía con certeza. Lo sentía. Sabía que, si se soltaba, no habría regreso posible.
- Si de verdad eres hijo mío - insistió el Viento, envolviéndolo por completo - ¿por qué te resistes a tu propia naturaleza? No eres memoria: eres destino. No eres hogar: eres errante. No eres familia: eres libertad. Deja de luchar contra ti mismo y acepta lo que eres de una vez.
Entonces, De la Vega gritó. Supo, en el mismo instante de hacerlo, que aquel desafío tendría un precio. Que al alzar la voz se exponía a ser arrancado del mundo. Pero no pudo contenerse. Necesitaba decirlo. Necesitaba reafirmarse. Porque aunque hijo del viento… era mucho más que eso: era libre. Su alma no pertenecía a nadie. Su voz debía ser escuchada, su decisión respetada.
- ¡Tienes razón! - rugió, mientras sentía cómo sus pies se despegaban del suelo - ¡Soy memoria, porque no olvido a quienes dejé atrás! ¡Soy hogar, porque amo a mi familia! ¡Y soy familia, porque amo tener un hogar!
Un silencio imposible precedió a la respuesta.
- Entonces… no eres mi hijo.
El viento rugió. La furia se desató con una violencia aún mayor. Diego fue arrancado del suelo firme, elevado y sacudido como un juguete, girando sin control, golpeado con furia, confundido entre las corrientes, arrojado una y otra vez hacia el vacío. Pero el español también rugió, y su grito no fue de miedo, sino de voluntad pura.
- ¡Sí lo soy, maestro! - bramó - ¡Pero no aceptas que sea mejor que tú!
- ¡¿Cómo has dicho, insolente mortal?! - tronó el viento, enfurecido.
- ¡Soy memoria, sí… pero también soy destino!, ¡Soy hogar, por supuesto que lo soy, y mi hogar es el mundo entero!, ¡Tengo familia, y me siento orgulloso de ella, porque aman la libertad tanto como yo la amo!
El viento no mostró piedad. Arrastró a Diego por el bosque como una hoja seca, su cuerpo golpeando ramas y troncos, su piel sangrando por cortes imposibles, llena de moretones por los golpes que se daba constantemente. La risa del huracán se burlaba de él, profunda y cruel, reverberando entre los árboles. Cada ráfaga lo sacudía, lo lanzaba, lo hacía girar, mientras sus palabras penetraban en su mente como cuchillas.
- Quien ama no puede ser libre… - susurraba el viento, escalofriante - La memoria, el hogar, la familia… solo son anclas que te retienen, cadenas que te alejan de lo único que vale la pena en tu vida.
Diego sintió cómo el mundo desaparecía. Atravesó el bosque, se lo llevó hacía el norte, más allá de toda civilización, más allá del fin del mundo. Tuvo la misma sensación que experimentó al subirse a lomo de Sombragrís por primera vez, solo que ahora era peor: no había tierra bajo sus pies, no había cielo sobre su cabeza, solo un vacío infinito, un empuje constante hacia ningún lugar. Su cuerpo era una marioneta en manos de la furia del aire, su alma desbordada por aquella voluntad divina e impuesta, a la que no quería ser sometido. El viento parecía decidido a borrarlo del todo, a romperlo y dejarlo flotando en la nada, hasta que su memoria, sus raíces, su historia, su nombre… se desvaneciesen para siempre jamás. Y justo cuando todo parecía perdido, una idea brilló dentro de él. Una chispa de fuerza, de voluntad, un ancla que no podía romperse.
- ¡Sombragrís! - gritó con todas sus fuerzas.
Bajó el Mulakaboko contra el hielo y lo hundió en la tierra, clavado como un faro de determinación, deteniéndose en seco y el señor de todos los caballos respondió al instante. Su relincho atravesó la tormenta, potente y resonante, y en un instante Diego se vio nuevamente sobre su lomo. El viento rugió, furioso, incapaz de comprender que algo más rápido, más decidido, lo desafiaba. Se lanzó contra ellos con todo su poder, pero la presencia de Sombragrís, firme y majestuosa, lo detuvo. Por primera vez, el huracán se encontró con un rival que no podía arrastrar. Por primera vez, Diego plantó cara a la fuerza que lo había querido consumir. El viento rugió, estalló en furia y confusión, y en ese instante el mundo tembló, consciente de que la batalla que se libraba no era solo por la furia de un Dios antiguo, sino también de la voluntad de un mortal que se negaba a ser borrado de la faz de la tierra.
- ¡Qué maldita criatura es esta! - rugió una voz que era la comunión de mil voces, resonando entre el páramo y el cielo, un estruendo que helaba la sangre.
Diego alzó la vista. Por encima del firmamento se erguía un gigante de aire y frío, no era de carne ni hueso, era etéreo, con un rostro iracundo y un poder inconmensurable. Pero él no tembló. Acarició la crin de Sombragrís y le susurró algo al oído. El viento, curioso y entrometido, llevó las palabras hasta sus oídos. Y al escuchar aquella voz mortal, llena de desafío y voluntad, la furia del huracán se encendió aún más. Alzó los brazos y los dejó caer con brutalidad. El golpe retumbó como un martillo divino, el gigante estrelló ambos brazos contra la tierra. La destrucción fue abismal: la tierra partida, piedras gigantescas convertidas en simple polvo, árboles milenarios arrancados de raíz. Pero Diego y Sombragrís ya estaban fuera de su alcance, se detuvieron lejos del impacto, con la cabeza erguida y la mirada fija.
- ¡Su nombre es Sombragrís y es tu hijo también! - rugió Diego, con la furia de todos los vientos concentrada en su voz - ¡Igual que yo!
- ¡¿Qué me importan a mí mis hijos?! - contestó el gigante, con una voz que sacudía la tierra y el cielo.
El gigante se convirtió en huracán y se abalanzó sobre ellos con una rapidez imposible de igualar, pero esta vez ni Diego ni Sombragrís huyeron. Se plantaron firmes, desafiantes, y salieron disparados hacia él con un rugido que rivalizaba con la tormenta misma. Diego alzó el Mulakaboko y, al llegar a la altura del enorme tobillo del gigante, golpeó con toda su fuerza, pasando por debajo de sus piernas. El gigante se tambaleó. No porque el golpe le hiciera daño, pues apenas fue un rasguño, sino porque por primera vez alguien lo había alcanzado. Un escalofrío recorrió su cuerpo sin fronteras. Su rostro no era de miedo, sino de diversión y asombro. Un mortal había conseguido lo imposible: tocar el viento.
- Reconozco que eres rápido… - dijo con tranquilidad tenebrosa, y en un instante fugaz su gigantesca forma se redujo hasta convertirse en un guepardo de las nieves, ágil y veloz - Pero si tan rápido eres… vamos a ver si logras alcanzarme.
El páramo helado se extendía ante ellos como un océano inmóvil de escarcha, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. El viento aullaba entre los riscos y la nieve crujía bajo el peso de la tormenta que se gestaba en el horizonte. Diego se aferraba al Mulakaboko, su bastón vibrando con la energía contenida, mientras Sombragrís clavaba sus cascos en la tierra congelada, firme y majestuoso, como si conociera cada centímetro de aquel mundo inhóspito.
El frío mordía la piel, y la respiración formaba nubes que se perdían en la inmensidad blanca. El silencio era absoluto, pesado, casi eléctrico, como si la tierra misma contuviera la respiración antes de un cataclismo. El viento parecía retenerse, expectante, como un tigre acechando a su presa, como un enorme titán conteniendo el aliento antes de soplar. Cada músculo de Diego estaba tenso, cada fibra de Sombragrís preparada para el estallido inevitable.
Y entonces, en un parpadeo, el aire se onduló y el guepardo se desvaneció, hecho de pura velocidad y furia, sus contornos apenas perceptibles entre la escarcha que giraba a su alrededor. El viento que lo acompañaba era más frío que el hielo, más violento que cualquier tormenta que Diego hubiera sentido, y sin embargo, su mirada se mantuvo firme.
- ¡Vamos, compañero! - gritó, su voz cortando el frio con determinación - ¡Demostrémosle a ese cretino de qué somos capaces!
Sombragrís relinchó, y como si entendiera cada palabra, se lanzó hacia adelante. La nieve voló en ráfagas heladas mientras el caballo rompía el silencio del páramo con su furia descontrolada, su crin danzando como un estandarte tejido de viento. Diego se inclinó hasta quedar tumbado sobre él, sintiendo cómo la fuerza de su hermano equino se fusionaba con la suya. El aire se tensó, la calma antes de la tempestad se volvió un rugido frenético e insoportable, y en ese instante, ambos supieron que el momento de la confrontación había llegado. No era solo un duelo de velocidad, ni de fuerza, era un choque de voluntades, de destinos, un enfrentamiento donde el mundo entero parecía detenerse para contemplar quién dominaría: la furia indomable de un Dios o el hijo del viento y su legendario corcel.
El guepardo, en su inalcanzable carrera, no necesitaba mirar hacia atrás. Durante milenios nadie había logrado seguirle el ritmo, nadie había sido lo suficientemente idiota como para competir contra el Dios del viento. Sus patas etéreas apenas rozaban la tierra, el aire se partía a su paso, y su orgullo era tan sólido como las montañas que atravesaba. Hasta que, en un instante imposible, su mirada llena de seguridad, cambió. Diego y Sombragrís no estaban detrás, no estaban en algún punto lejano de su carrera imposible de igualar. Estaban delante de él.
Al principio fue un destello de incredulidad; luego, algo más profundo brotó en él: un respeto innegable. Un respeto que nunca había sentido en toda su existencia. Sus ojos, fieros como huracanes y claros como los cielos abiertos, se encontraron con los del español. Sin detenerse, sin perder la velocidad que desafiaba toda lógica, por primera vez en toda la eternidad, el viento se sintió superado, pues iba a la estela de alguien. Pero no hubo furia esta vez. Sino una sonrisa sincera, y la divertida convicción de que aceptaría aquel desafío.
Apretó los colmillos, como si quisiera fundirlos con el aire, su piel grisácea se erizó, su enorme cola se tensó y aumentó la velocidad hasta llegar a rozar sus propios límites. Ambos lo hicieron, en realidad, y la tierra tembló bajo ellos, incapaz de contenerlos. Juntos surcaron valles profundos, con la niebla levantándose en remolinos a su paso. Montañas que habían resistido siglos de viento y lluvia parecían doblarse ante su furia descontrolada. Ríos y lagos se extendían como espejos infinitos, reflejando por un mísero instante, la carrera imposible que los tres protagonizaban.
El Reino Medio se abrió ante ellos, ciudades y campos desapareciendo en un suspiro, pero no se detuvieron. Siguieron corriendo hacía el oeste y luego cruzaron el viejo continente entero, sus bosques, castillos, acantilados, desfiladeros… toda aquella basta extension de terreno, cruzada en cuestión de segundos. Cada golpe de Sombragrís y cada zancada del guepardo de las nieves dejaban atrás siglos de historia, haciéndolos sentir como dioses sobre el mundo, sin perder ni un segundo la voluntad que los impulsaba a seguir corriendo. Cuando alcanzaron las costas de Francia, el mar se abrió ante ellos. Las olas rugieron y los vientos marinos se sumaron a la danza, pero ni el límite de la tierra solida lograron frenarlos. Sombragrís, musculoso y majestuoso, saltó de un acantilado y al caer sobre el inmenso mar, siguió corriendo. Surcaba las olas heladas con la certeza de que nada podía detenerlo; Diego, firme sobre su lomo, sentía cada latido del mundo, cada ráfaga de viento como un aliado. Y el guepardo, el Dios del viento, reía como si todo fuera un juego… disputándose el primer puesto, pero respetando la fuerza y la determinación de quienes lo seguían de cerca.
A veces uno iba en cabeza, otras detrás, casi siempre al mismo ritmo, en un equilibrio imposible. La velocidad era tal que las estaciones se mezclaban, un instante de calor, otro de frio. El sol y la luna se fundían en un cielo que no pertenecía a ningún lugar. Había inmensidad y había vértigo, pero no miedo. Ninguno pensaba en detenerse. Sabían que la victoria no estaba en cruzar la meta, porque no había meta. Solo podía ganar quien no se rindiera primero, quien se mantuviera en pie y en control hasta el último aliento. Y en esa verdad simple y brutal, los tres existían: el hombre, el señor de los caballos, y el Dios del viento.
El mundo entero se convertía en un tapiz de luz, velocidad y furia. Y aún así, seguían adelante. Sin pausa. Sin límites. Sin esperas. La carrera no era solo velocidad; era voluntad, era desafío, era el espíritu de la libertad desbordando los confines del mundo. Volaron una y otra vez sobre toda su superficie, cruzando continentes, océanos y cielos, dando vueltas sin fin, sin detenerse. La carrera era un diálogo silencioso entre dos voluntades indomables. Diego y Sombragrís habían comprendido algo que el viento, por mucho que rugiera, aún ignoraba: que la verdadera fuerza no está en huir, sino en aceptar a dónde perteneces. El Dios del viento, ahora se mantenía delante, imbatible, jugueteando con la velocidad que le pertenecía por derecho, retando a Diego con cada giro, cada remolino de aire, cada ráfaga que cortaba el mundo como un filo. Pero Diego, firme sobre Sombragrís, comprendió que no debía seguir la lógica del desafío; debía mostrarle algo más profundo: que hay libertad incluso en lo que se elige retener, en lo que se ama y se protege.
Revolvieron los cielos, cruzaron el Mediterráneo y las montañas de Asia, los valles inmensos de América y las densas selvas de África, la nieve de los polos y los desiertos ardientes, siempre a la misma velocidad. Miles de ciudades aparecían y desaparecían bajo sus patas y zancadas, testigos mudos de una carrera que había roto los límites de la realidad. Cada vuelta alrededor del mundo era una declaración: no hay territorio que el viento no pueda recorrer, pero tampoco poseer si se niega a comprender que los lazos, los hogares y la memoria también albergan su poder. Diego, con la respiración firme y los ojos clavados en aquel flujo incansable, gritó sobre el rugido del viento.
- ¡Puedes correr todo lo que quieras, maestro! - su voz se mezcló con la tormenta - Pero el mundo es tu límite, y ese límite es tu hogar. ¡Por mucho que huyas, aquí es donde perteneces!
El viento pareció detenerse por un instante, como si nunca antes alguien le hubiera hablado así. La velocidad continuaba, los cuerpos atravesando el mundo, pero había algo distinto: ya no era solo huida y desafío; había reconocimiento. Diego no luchaba contra él por poder o velocidad, sino por demostrar que libertad y pertenencia podían coexistir. Que uno podía ser indomable, como el viento, y aún así tener raíces en aquello que ama, en aquello que elige proteger.
Sombragrís, imponente y constante, surcaba el mundo con la fuerza de quien sabe que su hogar es donde su jinete confía en llegar. Y Diego, alzando el Mulakaboko, dejaba que cada giro, cada salto, cada carrera alrededor del mundo fuera una lección silenciosa: que incluso el viento más salvaje puede reconocer límites y valorarlos, y que la libertad verdadera no es la ausencia de ataduras, sino la capacidad de elegir dónde y con quién existir.
El Dios del viento, por primera vez en su eternidad, se sintió contenido, no por imposición, sino por convicción. Y en aquel instante, entre el caos de la velocidad y la furia de la carrera, entendió que aunque su esencia era arrastrar, podía envolver y podía abrazar también. Supo que jamás podría arrebatar aquello que Diego había decidido proteger: su hogar, su mundo, su vínculo inquebrantable. Pues aquel humano tenía algo poderoso que él no podía poseer: Memoria.
El viento rugió una vez más, una ola de fuerza pura que parecía querer borrar todo a su paso. Pero ya no era un desafío vacío; había aprendido a escuchar. Diego y Sombragrís se mantenían firmes, veloces, incansables, mostrando con cada vuelta al mundo que la libertad no significa huir, sino elegir dónde estar. Y entonces, algo cambió. La furia del huracán dejó de ser hostil. Sus ráfagas ya no arrancaban ramas ni hacían tambalear la tierra; se movían a su lado, acompasadas con su respiración, respetando su ritmo, su decisión. El viento, el Dios de la velocidad, el eterno indomable, comprendió por primera vez que la verdadera fuerza no está en arrastrar, sino en reconocer. Reconocer que alguien puede amar sin dejar de ser libre. Que los lazos no son cadenas, sino alas que nos sostienen.
Diego alzó el Mulakaboko, el resplandor del bastón reflejando un mundo que giraba bajo ellos sin control, y gritó, no por desafío, sino por orgullo.
- ¡Somos libres! ¡Y nada ni nadie podrá arrebatarnos eso, Sombragrís! ¡Corre hermano, corre como el viento!
Y el mismo viento pareció asentir, en una risa benevolente que recorrió montañas, ríos y océanos. Su voz se escuchó como un eco lejano: “¡Tu eres mi hijo! ¡Yo te reconozco!” Sus corrientes abrazaron a Diego y a Sombragrís, envolviéndolos sin oprimirlos, protegiéndolos sin contenerlos. Ya no eran rivales, sino compañeros de la eternidad, cada uno respetando la fuerza del otro.
Desde aquel momento, cada carrera alrededor del mundo, cada giro sobre los continentes y mares, fue un acto de armonía: la libertad más absoluta coexistiendo con la pertenencia más firme. Diego comprendió que, aunque Sombragrís y él pudieran correr a la velocidad de los dioses, siempre tendrían un hogar en el mundo, que eligieron proteger, y donde podrían volver cuando estuviera cansados. Y el viento, aunque seguía siendo salvaje e impredecible, había aprendido a respetar esa elección. Había comprendido que él también tenía un hogar: el mundo entero. Y desde ese momento, la eternidad pareció entonces un lugar más habitable, más hermoso. Por primera vez, reconoció que un humano era digno de su poder. Pues le había demostrado, que a su modo, era libre como él. No se sometió a su deseo, no se dejó arrastrar por su corriente. Simplemente siguió su propia ráfaga, su propio camino. Donde otros se hubieran sometido, él se mantuvo firme y decidido. No era hijo suyo por obedecerlo, ni tampoco por llevarle la contraria. Era su hijo porqué era libre de decidir, incluso sabiendo que su decisión podía ofender a su propia esencia.
Diego sonrió sin miedo, pues lo supo al momento: había vencido, no al viento, sino a la ilusión de que libertad y amor son incompatibles. Y al hacerlo, ambos, hombre y viento, descubrieron un nuevo horizonte de poder y paz.
Sin anunciarlo, se detuvieron de golpe.
No hubo derrape, ni desaceleración, ni aviso alguno. La velocidad absoluta se quebró como un cristal y el mundo quedó suspendido en un silencio imposible. El páramo donde se encontraban era inhóspito, un lugar que no pertenecía a ningún mapa: tierra blanquecina, cuarteada por el frío, columnas de roca negra emergiendo como huesos antiguos, un cielo inmóvil donde las nubes parecían haber olvidado cómo avanzar. No había aves, ni árboles, ni rastro alguno de vida. Solo espacio. Solo inmensidad sin fronteras. Solo la nada más agreste.
Sombragrís resopló, clavando las pezuñas en el suelo. Diego desmontó con cuidado, aún con el pulso vibrándole en los huesos. Frente a él, el guepardo de viento se detuvo también… y comenzó a deshacerse. Las formas se sucedieron sin orden: bestia, anciano, mujer, niño, tormenta, vacío. Hasta que finalmente quedó una silueta humana, hecha de aire condensado, sin edad ni rasgos definidos. No había furia en él. Tampoco burla. Solo una quietud solemne, casi respetuosa.
- Has corrido más allá de lo que yo esperaba - dijo el Viento, sin levantar la voz. Aun así, sus palabras resonaron en todas direcciones - No por rapidez… sino por negarte a huir.
Diego apoyó el Mulakaboko contra el suelo. El bastón vibraba, impaciente, como si reconociera el lugar.
- No corro para escapar - respondió - Corro porque elegir avanzar también es una forma de quedarse.
El Viento lo observó largo rato. No con ojos, sino con atención absoluta.
- Yo fui creado para no detenerme - dijo - Para no recordar. Para no pertenecer. Durante eras confundí eso con libertad… y desprecié todo lo que pesara. Nombres. Rostros. Promesas…
Una ráfaga suave recorrió el páramo, levantando polvo blanco.
- Pero tú… - continuó - tú corriste conmigo llevando peso. Memoria. Amor. Vínculos. Y aun así no fui capaz de dejarte atrás.
Diego no respondió. No hacía falta. El Viento dio un paso al frente. Por primera vez, parecía… inclinarse.
- No eres mi reflejo - admitió - Eres mi evolución.
Alzó una mano hecha de corrientes invisibles y la posó sobre el Mulakaboko. El mundo tembló. No con violencia, sino con reconocimiento. El aire se arremolinó en torno a Diego, atravesándolo sin herirlo, entrando en su pecho, en su sangre, en su aliento. Sintió vértigo. Sintió expansión. Sintió que todas las direcciones eran posibles a la vez.
- No te entrego mi poder - dijo el Viento - Te lo devuelvo. Porque siempre fue tuyo… solo que ahora sabrás como sostenerlo.
El bastón ardió con una luz clara, etérea, cambiante. No era fuego. No era agua. No era tierra. Era movimiento puro. Camino sin senda. Horizonte eterno. Diego apretó los dedos alrededor del Mulakaboko y comprendió. No era un dios. No era un elegido. Era un punto de equilibrio imposible. El cuarto elemento, aquel al que todos llamarían el Errante.
Aquel que no conocía límites porque había aprendido a elegirlos. Aquel que no conocía jaulas porque jamás permitió que el mundo se las construyera. El hijo del viento… y algo más. La pura esencia de la libertad que decide quedarse. El Viento sonrió - si es que algo así puede hacerlo - y comenzó a disiparse, fundiéndose con el cielo inmóvil.
- Corre cuando quieras - susurró - Pero vuelve cuando lo desees. Pues ahora lo entiendo, hijo mío… El mundo, ahora también es mi hogar.
Diego permaneció allí, solo, con Sombragrís a su lado y el Mulakaboko vibrando suavemente entre sus manos. El aire se movió a su alrededor… y por primera vez, lo obedeció. Al principio fue un gesto torpe, casi tímido. Alzó la mano y el viento respondió con un susurro, como si preguntara “¿así te parece bien?”. Diego rió, incrédulo, y giró la muñeca. El susurro se convirtió en un remolino claro que levantó polvo y escarcha, danzando a su alrededor como una serpiente viva. Sombragrís relinchó divertido y, sin miedo alguno, se lanzó contra aquel juego invisible, atravesando las corrientes, saltando, girando sobre sí mismo mientras su crin se agitaba como una llama de sombra. Diego siguió probando su poder. Abrió los brazos y el aire se expandió desde su pecho, formando espirales, columnas suaves que ascendían y descendían a su voluntad. El frío se apartó, el páramo respiró. Creó brisas cálidas, luego ráfagas juguetonas, luego un vendaval breve que levantó piedras sin dañarlas, solo para dejarlas caer con delicadeza. Cada gesto era una carcajada, cada carcajada una victoria infantil. Reía como un niño que acaba de descubrir que puede volar… aunque aún no se atreva a despegar del todo.
Pero entonces… algo se quebró.
La risa murió en su garganta.
El viento se detuvo.
Diego se quedó rígido, los dedos aún alzados, el Mulakaboko temblando con una inquietud distinta. No estaba solo. En la lejanía, sobre la tierra blanca y muda, una figura femenina emergió lentamente, como si el propio paisaje la hubiera escupido fuera de sí. Diego parpadeó, se frotó los ojos con incredulidad.
No podía ser.
Y sin embargo… lo era.
Ella estaba allí.
Imposible. Absolutamente imposible.
A no ser que…
- ¡Capitanaaaaaa! - gritó Aibori, con la voz desgarrada por el frío y la urgencia.
- ¡Graceeeeee! ¡¿Dónde estás?! - clamó Yara a su lado, girando sobre sí misma, como si el bosque pudiera responderle.
Vihaan llegó corriendo hasta ellas, el pecho subiendo y bajando con dificultad, el miedo sin disimulo en los ojos.
- ¿La habéis encontrado? - preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
- Nada… - dijo Yara, acercándose para tomarle el rostro entre las manos - Pero no te preocupes, Vihaan. No puede estar muy lejos.
Él asintió, pero el gesto fue mecánico. No estaba convencido. Algo, muy dentro, le decía que Grace no estaba allí. No como lo estaban los demás. No en ese lugar. Las palabras que le había dicho antes de ser arrastrada por el viento, aún seguían resonando en su corazón. Desde distintos puntos del bosque llegaban las voces de Bhagirath y Yrsa, firmes, incansables, rastreando cada rincón. Cerca de él, Yara y Aibori seguían gritando, rebuscando, sin perder la esperanza de encontrarla. Incluso Gipsy recorría los árboles, olfateando con desesperación. Vihaan no dijo nada más. Se arrodilló. Apoyó ambas manos en la tierra húmeda y helada. Cerró los ojos. Respiró despacio. Y escuchó. La vida respondió de inmediato. Sintió el latido profundo del suelo, las raíces entrelazadas como venas antiguas, los insectos ocultos bajo la nieve, pequeños corazones palpitando en silencio. Sintió a los animales lejanos, alertas, respirando el miedo que aún flotaba en el aire. Sintió el bosque entero… vivo, presente, tangible.
Pero no la sintió a ella.
No hubo eco.
No hubo huella.
No hubo calor.
Grace O’Malley no estaba sobre esa tierra.
Vihaan abrió los ojos despacio, con el alma encogida.
- No está aquí… - murmuró, más para sí mismo que para los demás.
Y en algún lugar imposible, más allá del mapa, más allá del viento… Diego acababa de comprender exactamente lo mismo.
Grace surgió de la nada, como si el propio páramo la hubiera exhalado tras siglos de silencio.
Aquel lugar no pertenecía al mundo de los hombres. Era un vacío antiguo, una cicatriz abierta en la piel de la creación, donde el viento había borrado cualquier rastro de vida y el tiempo había olvidado avanzar. Nadie había caminado jamás por aquella tierra desnuda… y, quizá, nadie volvería a hacerlo.
Ella avanzó despacio.
Sus cabellos rojizos, encendidos como brasas vivas, flotaban alrededor de su rostro al compás de una brisa suave que parecía reverenciarla. Grace no era solo fuego: era historia, sangre, batallas ganadas y perdidas. El contraste con la palidez infinita del páramo la convertía en una visión imposible, casi irreal, como un ángel caído que hubiera elegido caminar en lugar de volar.
Su andar era lento, pero no dudoso. Cada paso estaba cargado de decisión, de una voluntad forjada a golpes de pérdida y resistencia.
No había miedo en su postura. Tampoco esperanza. Solo determinación. El fuego que ardía en su interior no buscaba arrasar… era un fuego cansado, constante, condenado a no apagarse jamás.
Su rostro era bello, sí, pero no de una belleza frágil o complaciente. Era la belleza de lo que ha sobrevivido a todo. De lo que ha sido roto y, aun así, sigue en pie. Sus ojos, firmes y directos, miraban el mundo sin ilusión alguna, endurecidos por una vida que jamás le concedió tregua. En ellos habitaba una lástima antigua, no por los demás, sino por sí misma… por la condena que cargaba a la espalda, por el precio de seguir ardiendo cuando otros pudieron descansar.
Grace O’Malley caminaba como quien sabe que no hay redención al final del sendero. Como quien acepta su destino sin inclinar la cabeza. Y en aquel lugar olvidado por los dioses, donde ni el tiempo se atrevía a respirar, su figura no parecía una intrusa. Parecía, más bien, la única que realmente pertenecía a ese mundo desolado.
Diego empezó a avanzar hacia ella, paso a paso, seguido por Sombragrís, que - por extraño que pudiera parecer - caminaba esta vez con una calma reverencial, como si comprendiera la gravedad de aquel instante. No había prisa. No había huida. Todo en aquel lugar parecía susurrar lo mismo: un final, una despedida, un adiós inevitable aunque aún no pronunciado.
El Errante, el hijo del viento.
La Furiosa, la hija del fuego.
Diego de la Vega.
Grace O’Malley.
Maestro, padre y mentor.
Alumna, hija y aprendiz.
Dos almas encontradas por la voluntad del destino. Dos espíritus salvajes e indómitos, nacidos para amar la libertad y defenderla a cualquier precio. Dos intrépidos aventureros que se atrevieron a pedir un deseo al viento… y aquel dios, en su inmenso y caprichoso poder, decidió concedérselo.
Porque los dioses conocían bien los deseos de los mortales.
Y también conocían las condenas que siempre debían caminar junto a ellos.
Su voluntad era ambigua, fracturada por la eternidad. Para ellos, los humanos no eran más que instantes fugaces, juguetes frágiles con los que entretener el paso infinito del tiempo. No actuaban por maldad; simplemente obedecían a su propia esencia. Daban y arrebataban en el mismo gesto. Engendraban y destruían con idéntica naturalidad. Creaban vida y la segaban sin remordimiento alguno. Quizá la mente humana jamás podría comprenderlo, pero para un inmortal todo debía mantenerse en equilibrio. Una balanza perfecta. Un orden que jamás debía inclinarse demasiado hacia un lado u otro.
Muchos años atrás, Bishnu había pedido comprenderlo todo. Quiso descifrar cada lengua, cada dialecto, cada susurro del mundo. Sus oídos se abrieron a todas las voces: entendió el habla de todos los hombres, los cantos olvidados de los pueblos antiguos, incluso los gruñidos y lamentos de los animales. Pero, al mismo tiempo, fue condenado a no poder expresarse con claridad. Su voz nunca sería del todo suya. Kāmara creyó que así el equilibrio se mantendría intacto.
Diego, por su parte, pidió libertad. El deseo más antiguo de la alma humana. Y le fue concedido. Pudo navegar donde quiso, surcar mares sin nombre, vivir sin patria, sin rumbo y sin bandera. El infinito se abrió ante él: el firmamento como techo, el océano como manto, el viento como respiración. Pero también fue condenado. Nunca podría alejarse demasiado del mar. Aquel inmenso azul que siempre había simbolizado su libertad se convirtió también en su límite. De nuevo, Kāmara creyó justo entregar y arrebatar al mismo tiempo.
Y ahora… ahora era el turno de Grace. La única mortal que no había pedido nada para sí misma.
La única que, con una bondad casi insoportable, había deseado que el propio viento encontrase su hogar. Diego lo comprendió al instante. El viento lo había encontrado. Había aceptado que su hogar era el mundo entero, que no podía huir de él, que esa era la frontera capaz de contenerlo. El deseo había sido cumplido. Pero todo deseo tenía un precio. Y ahora, Grace debía pagar su condena.
Diego avanzó un paso más, el corazón encogido por una certeza que aún no se atrevía a nombrar. ¿Qué castigo podía reservar Kāmara para la mujer que había pedido un hogar? ¿Qué destino aguardaba a aquella que había ofrecido su deseo no por ambición, sino por amor?
El viento callaba.
Y en ese silencio, Diego comprendió…
La respuesta estaba a punto de revelarse, y él, con los ojos llenos de lágrimas…
No estaba preparado para escucharla.
Continuará…