Un viaje inesperado

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Capítulo 103 - Hijo de la libertad: El español que domó al viento
  • … Y tú no eres Bishnu.
El anciano no se sobresaltó. No se ofendió. No retrocedió.
Al contrario. Sonrió. Una sonrisa lenta, profunda, cargada de siglos.
  • Si no soy quien aparento ser - dijo con voz suave, casi curiosa - dime entonces, muchacho… ¿quién soy?
El aire alrededor de ambos empezó a moverse, apenas un suspiro inquieto que levantó ceniza del fuego y meció las pieles colgadas de las paredes. Diego no dudó.
  • Eres el viento.
Bishnu cerró los ojos un instante, como quien saborea un recuerdo largamente esperado. Luego asintió despacio, complacido.
  • Sí… - murmuró - Eso soy… El viento.
La cabaña tembló levemente. El fuego chisporroteó con violencia. Una corriente helada se coló por las rendijas de la madera.
  • Algunos me llamaron Éolo, señor de los cielos errantes - continuó, mientras su voz parecía multiplicarse - Otros me conocieron como Bóreas, el aliento del norte que quiebra huesos y voluntades. En tierras antiguas fui Vayu, el que sostiene la vida en cada respiración. En oriente me temieron como Fūjin, el demonio que libera las tormentas. Para los pueblos del sol fui Ehécatl, el que empuja al mundo a moverse. Y antes incluso de que hubiera nombres… fui simplemente el que no se deja atrapar.
El aire se volvió más denso, más feroz. Las paredes crujieron. El fuego se alzó en espiral. La puerta que daba acceso se abrió de par en par, golpeando la marea con violencia, toda la cabaña empezó a gemir como si fuera a desmoronarse bajo una fuerza invisible.

El anciano abrió los ojos. Ya no había humanidad en ellos.
  • Y ahora… - dijo, mientras su figura comenzaba a desdibujarse, fundiéndose con las corrientes invisibles - debes demostrar si eres digno de mi poder.
El viento rugió. No como una tormenta lejana, sino como una bestia despertando al fin. Las conversaciones habían terminado. Los disfraces habían caído. La prueba acababa de comenzar.

El refugió cayó ante la fuerza de un vendaval. No fue una ráfaga amable ni un susurro que refresca la piel sudorosa en una tarde de verano. Fue la furia del cielo desatada, la respiración salvaje del mundo cuando decide recordarle al hombre lo pequeño que es. El viento rugió como una bestia antigua, hambrienta, arrancando las maderas de la cabaña una a una, astillándolas en el aire antes de arrojarlas contra la noche. El techo gemía mientras desaparecía en la infinita noche, las pieles volaban como aves heridas, el fuego se retorcía, alzando chispas que eran devoradas al instante por el torbellino.

El caos reinó por completo. Grace se aferró a una viga con los dientes apretados, el fuego latiéndole bajo la piel, inútil ante aquella fuerza sin rostro. Vihaan clavó los pies en el suelo como si quisiera fundirse con la tierra misma, los músculos tensos, luchando por no ser arrancado del mundo. Yara cayó de rodillas, una mano hundida en el barro, la otra buscando algo sólido a lo que aferrarse, mientras el aire le arrancaba la piel acuosa, disolviéndola. Bhagirath rugía palabras que el viento destrozaba antes de que pudieran existir, Aibori clavó las espadas en el suelo, aferrándose con toda la fuerza de sus brazos y Yrsa, con los ojos encendidos, reía a carcajadas, sosteniéndose como si aquel infierno fuese un desafío digno de ser afrontado.

Y en medio de todo… Diego.

El español permanecía en pie. El Mulakaboko respiraba entre sus manos como lo único estable en mitad del desastre, firme, anclado, desafiando al propio vendaval. A su alrededor, el aire giraba con violencia, pero no lo tocaba. No se atrevía. Diego alzó la mirada. Y el viento se la devolvió.

Bishnu ya no era Bishnu. Su cuerpo se deshacía y se recomponía en cada ráfaga. Era hombre y mujer, niño y anciana, rostro joven y piel marcada por siglos. Sus facciones cambiaban sin cesar, imposibles de fijar, como si intentar recordarlas fuera un error. En un parpadeo era sonrisa, al siguiente abismo. Era presencia y ausencia. Todo y nada. El viento lo atravesaba y, al mismo tiempo, nacía de él.

Demasiado libre para permanecer atado a un nombre.
Demasiado indomable para obedecer una forma.
Demasiado impredecible para prometer estabilidad.

El huracán giró con más fuerza, sediento de destrucción, celebrando su propia existencia. Las paredes cedieron. La cabaña dejó de ser refugio para convertirse en recuerdo. Y allí, frente a frente, el hijo del viento y el viento mismo se midieron sin palabras. De repente, Yara perdió el agarre. Sus dedos resbalaron, y en un parpadeo su cuerpo fue arrancado del mundo, tragado por el vendaval y escupido hacia el frío y oscuro bosque. Su grito apenas nació antes de ser despedazado por el viento.
  • ¡Yara, Noooooo! - rugió Grace.
La furia y el terror se mezclaron en su voz, y en ese alarido perdió también la fuerza que la anclaba. El viento la atrapó como a una muñeca de trapo y la elevó sin piedad. En ese instante Grace escuchó las palabras que arrastraba el aire y entonces enmudeció, supo que había llegado el momento. Diego, con la respiración agitada y el corazón a punto de estallar, se lanzó hacia ella. Estiró el brazo, rozó su piel… pero no consiguió agarrarla, el aire se interpuso entre ambos como una muralla viva. Vihaan, sin temer por su vida, se lanzó hacía ella en un acto desesperado. La llegó a sujetar por la muñeca y sus ojos se encontraron dentro del epicentro de aquel huracán.
  • ¡Cuida de ellos, mi amor! - exclamó Grace antes de salir despedida - ¡Dile a Maverick que lo quiero y por favor… no me olvides jamás!
  • ¡¿Por qué dices eso?! - gritó Vihaan intentando retenerla con todas sus fuerzas.
  • ¡Te amo Vihaan y siempre te amaré!
Grace no dijo nada más. Solo sonrió y lo miró con un amor que le atravesó el corazón de par en par. Diego se quedó paralizado, los ojos abiertos hasta el límite. Sin comprender porqué ella había dicho aquellas palabras. Una ráfaga directa, consciente y cruel, los separó y Grace desapareció en la profunda noche. El huracán rugió con más fuerza, como si celebrara su victoria, y uno a uno: Vihaan, Aibori, Bhagirath, Yrsa… todos fueron arrancados del suelo y arrojados a la oscuridad, dispersos como hojas en la noche.

La cabaña, o más bien lo poco que quedaba de ella, quedó vacía.
Solo Diego permanecía en pie.
  • ¡¿Por qué lo has hecho?! - gritó, con la voz desgarrada, antes de que sus palabras se disolvieran en aquel vendaval imparable.
El viento respondió con una sonrisa. Su rostro cambió, adoptando ahora el aspecto de Kāmara, el mismo que los había visitado mientras navegaban en las profundas aguas del Pacífico. Pero aquella sonrisa no era simpática ni amable. Era provocación pura. El gesto insolente de un niño inconsciente, incapaz de medir el daño que causa, empujado únicamente por el placer de un juego tan brutal como divertido.
  • ¡¿Qué te importan a ti?! - rió el Dios Mono - ¡Tú no eres como ellos!
Su rostro mutó de nuevo. Ahora era Elektra. La mujer que Diego había amado. Sus ojos ardían con una burla cruel, su voz acariciaba y hería al mismo tiempo.
  • Debes dejarlos atrás - continuó entre carcajadas - tu alma no ha nacido para amar. Tu alma es libre… así que deja de aferrarte a esa ilusión. ¡Abraza el todo!
Se inclinó hacia él, omnipresente, inevitable. Ahora con el rostro de su madre: la hábil tejedora, la mujer de manos firmes y espalda cansada que había criado a nueve hijos.
  • Huye como el viento, hijo mío. Nada puede detenerte…
El vendaval rugió de nuevo, y esta vez cambió de naturaleza. Ya no empujaba. Cortaba. El aire se volvió afilado, invisible y letal, como si mil cuchillas giraran al unísono alrededor de Diego. Cada ráfaga le abría la piel, le arrancaba el aliento, le mordía los músculos. Sintió cómo la sangre brotaba en líneas finas, cómo el frío se colaba en su carne como un veneno antiguo. No había golpe, no había impacto: era una violencia precisa, cruel, quirúrgica.

Diego gritó… pero el viento se tragó su voz. El Mulakaboko vibró entre sus manos, resistiendo con él, anclándolo al mundo. Diego hincó los pies en la tierra que aún quedaba, clavándolos como raíces desesperadas, mientras su cuerpo era empujado hacia atrás una y otra vez. Cada fibra de su ser le suplicaba que soltara. Que cediera. Que dejara de luchar. No era solo cansancio físico. Era algo más profundo. El viento no solo desgarraba su cuerpo, desgarraba su espíritu. Se colaba dentro de él, empujando recuerdos fuera de su mente, matando deseos de su interior, extinguiendo impulsos que no sabía ni que existían. Le mostraba la promesa de la huida: horizontes sin nombre, caminos sin final, la dulzura de no pertenecer a nada ni a nadie. La libertad absoluta. El descanso eterno de no elegir nunca más.

Su alma quería irse. Lo deseaba con una fuerza terrible.
Dejarse arrastrar. Desaparecer. Convertirse en ráfaga, en eco, en nada.

Durante un instante - solo uno - Diego aflojó los dedos. Y entonces lo sintió. Algo que no era viento. Algo denso, pesado, casi torpe, pero firme. Un ancla imposible en un mundo de corrientes. No sabía de dónde venía. No tenía nombre. No era memoria ni promesa. Era una certeza muda, primitiva, que no hablaba… pero ordenaba. Quédate, le decía una y otra vez. Aguanta, le susurraba al oído.

Diego rugió, lo hizo con los dientes apretados y el alma hecha pedazos. Volvió a aferrarse al Mulakaboko con una furia desesperada. Sus manos sangraban, los músculos ardían, los huesos crujían bajo la presión invisible. Cada segundo era una batalla. Cada respiración, una traición a lo que el viento esperaba de él.
  • No… - jadeó - No me arrastrarás.
El viento rió, un sonido inmenso, burlón, que atravesó el bosque como un trueno horizontal.
Pero Diego no cedió. Desobedecía a su esencia. Desafiaba su naturaleza. Traicionaba al propio viento que lo había engendrado. Porque ser hijo del viento no significaba obedecerlo. Significaba seguir ciegamente a lo que dictara su corazón, única y exclusivamente. Ser libre no era sencillo, jamás había sido un camino fácil y llano. Era un sendero lleno de peligros y dificultades, uno que solamente los más fuertes y tercos podía recorrer. Y Diego entendió, en medio del dolor y la sangre, una verdad que ardió más fuerte que cualquier ráfaga: nadie podía obligarlo a partir. Nadie podía empujarlo hacia su destino como a una hoja muerta.

Si algún día se marchaba…
Si algún día se perdía en lo desconocido…
Si algún día se convertía en viento…

Sería porque él lo habría decidido.
Pues esa es la auténtica libertad.
  • ¿Crees que puedes controlarte? - preguntó el viento, ahora sin rostro ni forma, pero omnipresente - ¿Crees que decides tu rumbo? ¿Que tu voluntad significa algo frente a mi poder? ¿De verdad eres tan ingenuo?
Diego no pudo responder. No por falta de palabras, sino porque la violencia del aire se las arrancaba de la boca antes de nacer. Cada ráfaga golpeaba su cuerpo como un juicio final. Sentía los músculos a punto de ceder, los huesos suplicando descanso. Bastaría un solo suspiro, una mínima rendija de rendición, para que fuera arrastrado y se perdiera para siempre. No lo sabía con certeza. Lo sentía. Sabía que, si se soltaba, no habría regreso posible.
  • Si de verdad eres hijo mío - insistió el Viento, envolviéndolo por completo - ¿por qué te resistes a tu propia naturaleza? No eres memoria: eres destino. No eres hogar: eres errante. No eres familia: eres libertad. Deja de luchar contra ti mismo y acepta lo que eres de una vez.
Entonces, De la Vega gritó. Supo, en el mismo instante de hacerlo, que aquel desafío tendría un precio. Que al alzar la voz se exponía a ser arrancado del mundo. Pero no pudo contenerse. Necesitaba decirlo. Necesitaba reafirmarse. Porque aunque hijo del viento… era mucho más que eso: era libre. Su alma no pertenecía a nadie. Su voz debía ser escuchada, su decisión respetada.
  • ¡Tienes razón! - rugió, mientras sentía cómo sus pies se despegaban del suelo - ¡Soy memoria, porque no olvido a quienes dejé atrás! ¡Soy hogar, porque amo a mi familia! ¡Y soy familia, porque amo tener un hogar!
Un silencio imposible precedió a la respuesta.
  • Entonces… no eres mi hijo.
El viento rugió. La furia se desató con una violencia aún mayor. Diego fue arrancado del suelo firme, elevado y sacudido como un juguete, girando sin control, golpeado con furia, confundido entre las corrientes, arrojado una y otra vez hacia el vacío. Pero el español también rugió, y su grito no fue de miedo, sino de voluntad pura.
  • ¡Sí lo soy, maestro! - bramó - ¡Pero no aceptas que sea mejor que tú!
  • ¡¿Cómo has dicho, insolente mortal?! - tronó el viento, enfurecido.
  • ¡Soy memoria, sí… pero también soy destino!, ¡Soy hogar, por supuesto que lo soy, y mi hogar es el mundo entero!, ¡Tengo familia, y me siento orgulloso de ella, porque aman la libertad tanto como yo la amo!
El viento no mostró piedad. Arrastró a Diego por el bosque como una hoja seca, su cuerpo golpeando ramas y troncos, su piel sangrando por cortes imposibles, llena de moretones por los golpes que se daba constantemente. La risa del huracán se burlaba de él, profunda y cruel, reverberando entre los árboles. Cada ráfaga lo sacudía, lo lanzaba, lo hacía girar, mientras sus palabras penetraban en su mente como cuchillas.
  • Quien ama no puede ser libre… - susurraba el viento, escalofriante - La memoria, el hogar, la familia… solo son anclas que te retienen, cadenas que te alejan de lo único que vale la pena en tu vida.
Diego sintió cómo el mundo desaparecía. Atravesó el bosque, se lo llevó hacía el norte, más allá de toda civilización, más allá del fin del mundo. Tuvo la misma sensación que experimentó al subirse a lomo de Sombragrís por primera vez, solo que ahora era peor: no había tierra bajo sus pies, no había cielo sobre su cabeza, solo un vacío infinito, un empuje constante hacia ningún lugar. Su cuerpo era una marioneta en manos de la furia del aire, su alma desbordada por aquella voluntad divina e impuesta, a la que no quería ser sometido. El viento parecía decidido a borrarlo del todo, a romperlo y dejarlo flotando en la nada, hasta que su memoria, sus raíces, su historia, su nombre… se desvaneciesen para siempre jamás. Y justo cuando todo parecía perdido, una idea brilló dentro de él. Una chispa de fuerza, de voluntad, un ancla que no podía romperse.
  • ¡Sombragrís! - gritó con todas sus fuerzas.
Bajó el Mulakaboko contra el hielo y lo hundió en la tierra, clavado como un faro de determinación, deteniéndose en seco y el señor de todos los caballos respondió al instante. Su relincho atravesó la tormenta, potente y resonante, y en un instante Diego se vio nuevamente sobre su lomo. El viento rugió, furioso, incapaz de comprender que algo más rápido, más decidido, lo desafiaba. Se lanzó contra ellos con todo su poder, pero la presencia de Sombragrís, firme y majestuosa, lo detuvo. Por primera vez, el huracán se encontró con un rival que no podía arrastrar. Por primera vez, Diego plantó cara a la fuerza que lo había querido consumir. El viento rugió, estalló en furia y confusión, y en ese instante el mundo tembló, consciente de que la batalla que se libraba no era solo por la furia de un Dios antiguo, sino también de la voluntad de un mortal que se negaba a ser borrado de la faz de la tierra.
  • ¡Qué maldita criatura es esta! - rugió una voz que era la comunión de mil voces, resonando entre el páramo y el cielo, un estruendo que helaba la sangre.
Diego alzó la vista. Por encima del firmamento se erguía un gigante de aire y frío, no era de carne ni hueso, era etéreo, con un rostro iracundo y un poder inconmensurable. Pero él no tembló. Acarició la crin de Sombragrís y le susurró algo al oído. El viento, curioso y entrometido, llevó las palabras hasta sus oídos. Y al escuchar aquella voz mortal, llena de desafío y voluntad, la furia del huracán se encendió aún más. Alzó los brazos y los dejó caer con brutalidad. El golpe retumbó como un martillo divino, el gigante estrelló ambos brazos contra la tierra. La destrucción fue abismal: la tierra partida, piedras gigantescas convertidas en simple polvo, árboles milenarios arrancados de raíz. Pero Diego y Sombragrís ya estaban fuera de su alcance, se detuvieron lejos del impacto, con la cabeza erguida y la mirada fija.
  • ¡Su nombre es Sombragrís y es tu hijo también! - rugió Diego, con la furia de todos los vientos concentrada en su voz - ¡Igual que yo!
  • ¡¿Qué me importan a mí mis hijos?! - contestó el gigante, con una voz que sacudía la tierra y el cielo.
El gigante se convirtió en huracán y se abalanzó sobre ellos con una rapidez imposible de igualar, pero esta vez ni Diego ni Sombragrís huyeron. Se plantaron firmes, desafiantes, y salieron disparados hacia él con un rugido que rivalizaba con la tormenta misma. Diego alzó el Mulakaboko y, al llegar a la altura del enorme tobillo del gigante, golpeó con toda su fuerza, pasando por debajo de sus piernas. El gigante se tambaleó. No porque el golpe le hiciera daño, pues apenas fue un rasguño, sino porque por primera vez alguien lo había alcanzado. Un escalofrío recorrió su cuerpo sin fronteras. Su rostro no era de miedo, sino de diversión y asombro. Un mortal había conseguido lo imposible: tocar el viento.
  • Reconozco que eres rápido… - dijo con tranquilidad tenebrosa, y en un instante fugaz su gigantesca forma se redujo hasta convertirse en un guepardo de las nieves, ágil y veloz - Pero si tan rápido eres… vamos a ver si logras alcanzarme.
El páramo helado se extendía ante ellos como un océano inmóvil de escarcha, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. El viento aullaba entre los riscos y la nieve crujía bajo el peso de la tormenta que se gestaba en el horizonte. Diego se aferraba al Mulakaboko, su bastón vibrando con la energía contenida, mientras Sombragrís clavaba sus cascos en la tierra congelada, firme y majestuoso, como si conociera cada centímetro de aquel mundo inhóspito.

El frío mordía la piel, y la respiración formaba nubes que se perdían en la inmensidad blanca. El silencio era absoluto, pesado, casi eléctrico, como si la tierra misma contuviera la respiración antes de un cataclismo. El viento parecía retenerse, expectante, como un tigre acechando a su presa, como un enorme titán conteniendo el aliento antes de soplar. Cada músculo de Diego estaba tenso, cada fibra de Sombragrís preparada para el estallido inevitable.

Y entonces, en un parpadeo, el aire se onduló y el guepardo se desvaneció, hecho de pura velocidad y furia, sus contornos apenas perceptibles entre la escarcha que giraba a su alrededor. El viento que lo acompañaba era más frío que el hielo, más violento que cualquier tormenta que Diego hubiera sentido, y sin embargo, su mirada se mantuvo firme.
  • ¡Vamos, compañero! - gritó, su voz cortando el frio con determinación - ¡Demostrémosle a ese cretino de qué somos capaces!
Sombragrís relinchó, y como si entendiera cada palabra, se lanzó hacia adelante. La nieve voló en ráfagas heladas mientras el caballo rompía el silencio del páramo con su furia descontrolada, su crin danzando como un estandarte tejido de viento. Diego se inclinó hasta quedar tumbado sobre él, sintiendo cómo la fuerza de su hermano equino se fusionaba con la suya. El aire se tensó, la calma antes de la tempestad se volvió un rugido frenético e insoportable, y en ese instante, ambos supieron que el momento de la confrontación había llegado. No era solo un duelo de velocidad, ni de fuerza, era un choque de voluntades, de destinos, un enfrentamiento donde el mundo entero parecía detenerse para contemplar quién dominaría: la furia indomable de un Dios o el hijo del viento y su legendario corcel.

El guepardo, en su inalcanzable carrera, no necesitaba mirar hacia atrás. Durante milenios nadie había logrado seguirle el ritmo, nadie había sido lo suficientemente idiota como para competir contra el Dios del viento. Sus patas etéreas apenas rozaban la tierra, el aire se partía a su paso, y su orgullo era tan sólido como las montañas que atravesaba. Hasta que, en un instante imposible, su mirada llena de seguridad, cambió. Diego y Sombragrís no estaban detrás, no estaban en algún punto lejano de su carrera imposible de igualar. Estaban delante de él.

Al principio fue un destello de incredulidad; luego, algo más profundo brotó en él: un respeto innegable. Un respeto que nunca había sentido en toda su existencia. Sus ojos, fieros como huracanes y claros como los cielos abiertos, se encontraron con los del español. Sin detenerse, sin perder la velocidad que desafiaba toda lógica, por primera vez en toda la eternidad, el viento se sintió superado, pues iba a la estela de alguien. Pero no hubo furia esta vez. Sino una sonrisa sincera, y la divertida convicción de que aceptaría aquel desafío.

Apretó los colmillos, como si quisiera fundirlos con el aire, su piel grisácea se erizó, su enorme cola se tensó y aumentó la velocidad hasta llegar a rozar sus propios límites. Ambos lo hicieron, en realidad, y la tierra tembló bajo ellos, incapaz de contenerlos. Juntos surcaron valles profundos, con la niebla levantándose en remolinos a su paso. Montañas que habían resistido siglos de viento y lluvia parecían doblarse ante su furia descontrolada. Ríos y lagos se extendían como espejos infinitos, reflejando por un mísero instante, la carrera imposible que los tres protagonizaban.

El Reino Medio se abrió ante ellos, ciudades y campos desapareciendo en un suspiro, pero no se detuvieron. Siguieron corriendo hacía el oeste y luego cruzaron el viejo continente entero, sus bosques, castillos, acantilados, desfiladeros… toda aquella basta extension de terreno, cruzada en cuestión de segundos. Cada golpe de Sombragrís y cada zancada del guepardo de las nieves dejaban atrás siglos de historia, haciéndolos sentir como dioses sobre el mundo, sin perder ni un segundo la voluntad que los impulsaba a seguir corriendo. Cuando alcanzaron las costas de Francia, el mar se abrió ante ellos. Las olas rugieron y los vientos marinos se sumaron a la danza, pero ni el límite de la tierra solida lograron frenarlos. Sombragrís, musculoso y majestuoso, saltó de un acantilado y al caer sobre el inmenso mar, siguió corriendo. Surcaba las olas heladas con la certeza de que nada podía detenerlo; Diego, firme sobre su lomo, sentía cada latido del mundo, cada ráfaga de viento como un aliado. Y el guepardo, el Dios del viento, reía como si todo fuera un juego… disputándose el primer puesto, pero respetando la fuerza y la determinación de quienes lo seguían de cerca.

A veces uno iba en cabeza, otras detrás, casi siempre al mismo ritmo, en un equilibrio imposible. La velocidad era tal que las estaciones se mezclaban, un instante de calor, otro de frio. El sol y la luna se fundían en un cielo que no pertenecía a ningún lugar. Había inmensidad y había vértigo, pero no miedo. Ninguno pensaba en detenerse. Sabían que la victoria no estaba en cruzar la meta, porque no había meta. Solo podía ganar quien no se rindiera primero, quien se mantuviera en pie y en control hasta el último aliento. Y en esa verdad simple y brutal, los tres existían: el hombre, el señor de los caballos, y el Dios del viento.

El mundo entero se convertía en un tapiz de luz, velocidad y furia. Y aún así, seguían adelante. Sin pausa. Sin límites. Sin esperas. La carrera no era solo velocidad; era voluntad, era desafío, era el espíritu de la libertad desbordando los confines del mundo. Volaron una y otra vez sobre toda su superficie, cruzando continentes, océanos y cielos, dando vueltas sin fin, sin detenerse. La carrera era un diálogo silencioso entre dos voluntades indomables. Diego y Sombragrís habían comprendido algo que el viento, por mucho que rugiera, aún ignoraba: que la verdadera fuerza no está en huir, sino en aceptar a dónde perteneces. El Dios del viento, ahora se mantenía delante, imbatible, jugueteando con la velocidad que le pertenecía por derecho, retando a Diego con cada giro, cada remolino de aire, cada ráfaga que cortaba el mundo como un filo. Pero Diego, firme sobre Sombragrís, comprendió que no debía seguir la lógica del desafío; debía mostrarle algo más profundo: que hay libertad incluso en lo que se elige retener, en lo que se ama y se protege.

Revolvieron los cielos, cruzaron el Mediterráneo y las montañas de Asia, los valles inmensos de América y las densas selvas de África, la nieve de los polos y los desiertos ardientes, siempre a la misma velocidad. Miles de ciudades aparecían y desaparecían bajo sus patas y zancadas, testigos mudos de una carrera que había roto los límites de la realidad. Cada vuelta alrededor del mundo era una declaración: no hay territorio que el viento no pueda recorrer, pero tampoco poseer si se niega a comprender que los lazos, los hogares y la memoria también albergan su poder. Diego, con la respiración firme y los ojos clavados en aquel flujo incansable, gritó sobre el rugido del viento.
  • ¡Puedes correr todo lo que quieras, maestro! - su voz se mezcló con la tormenta - Pero el mundo es tu límite, y ese límite es tu hogar. ¡Por mucho que huyas, aquí es donde perteneces!
El viento pareció detenerse por un instante, como si nunca antes alguien le hubiera hablado así. La velocidad continuaba, los cuerpos atravesando el mundo, pero había algo distinto: ya no era solo huida y desafío; había reconocimiento. Diego no luchaba contra él por poder o velocidad, sino por demostrar que libertad y pertenencia podían coexistir. Que uno podía ser indomable, como el viento, y aún así tener raíces en aquello que ama, en aquello que elige proteger.

Sombragrís, imponente y constante, surcaba el mundo con la fuerza de quien sabe que su hogar es donde su jinete confía en llegar. Y Diego, alzando el Mulakaboko, dejaba que cada giro, cada salto, cada carrera alrededor del mundo fuera una lección silenciosa: que incluso el viento más salvaje puede reconocer límites y valorarlos, y que la libertad verdadera no es la ausencia de ataduras, sino la capacidad de elegir dónde y con quién existir.

El Dios del viento, por primera vez en su eternidad, se sintió contenido, no por imposición, sino por convicción. Y en aquel instante, entre el caos de la velocidad y la furia de la carrera, entendió que aunque su esencia era arrastrar, podía envolver y podía abrazar también. Supo que jamás podría arrebatar aquello que Diego había decidido proteger: su hogar, su mundo, su vínculo inquebrantable. Pues aquel humano tenía algo poderoso que él no podía poseer: Memoria.

El viento rugió una vez más, una ola de fuerza pura que parecía querer borrar todo a su paso. Pero ya no era un desafío vacío; había aprendido a escuchar. Diego y Sombragrís se mantenían firmes, veloces, incansables, mostrando con cada vuelta al mundo que la libertad no significa huir, sino elegir dónde estar. Y entonces, algo cambió. La furia del huracán dejó de ser hostil. Sus ráfagas ya no arrancaban ramas ni hacían tambalear la tierra; se movían a su lado, acompasadas con su respiración, respetando su ritmo, su decisión. El viento, el Dios de la velocidad, el eterno indomable, comprendió por primera vez que la verdadera fuerza no está en arrastrar, sino en reconocer. Reconocer que alguien puede amar sin dejar de ser libre. Que los lazos no son cadenas, sino alas que nos sostienen.

Diego alzó el Mulakaboko, el resplandor del bastón reflejando un mundo que giraba bajo ellos sin control, y gritó, no por desafío, sino por orgullo.
  • ¡Somos libres! ¡Y nada ni nadie podrá arrebatarnos eso, Sombragrís! ¡Corre hermano, corre como el viento!
Y el mismo viento pareció asentir, en una risa benevolente que recorrió montañas, ríos y océanos. Su voz se escuchó como un eco lejano: “¡Tu eres mi hijo! ¡Yo te reconozco!” Sus corrientes abrazaron a Diego y a Sombragrís, envolviéndolos sin oprimirlos, protegiéndolos sin contenerlos. Ya no eran rivales, sino compañeros de la eternidad, cada uno respetando la fuerza del otro.

Desde aquel momento, cada carrera alrededor del mundo, cada giro sobre los continentes y mares, fue un acto de armonía: la libertad más absoluta coexistiendo con la pertenencia más firme. Diego comprendió que, aunque Sombragrís y él pudieran correr a la velocidad de los dioses, siempre tendrían un hogar en el mundo, que eligieron proteger, y donde podrían volver cuando estuviera cansados. Y el viento, aunque seguía siendo salvaje e impredecible, había aprendido a respetar esa elección. Había comprendido que él también tenía un hogar: el mundo entero. Y desde ese momento, la eternidad pareció entonces un lugar más habitable, más hermoso. Por primera vez, reconoció que un humano era digno de su poder. Pues le había demostrado, que a su modo, era libre como él. No se sometió a su deseo, no se dejó arrastrar por su corriente. Simplemente siguió su propia ráfaga, su propio camino. Donde otros se hubieran sometido, él se mantuvo firme y decidido. No era hijo suyo por obedecerlo, ni tampoco por llevarle la contraria. Era su hijo porqué era libre de decidir, incluso sabiendo que su decisión podía ofender a su propia esencia.

Diego sonrió sin miedo, pues lo supo al momento: había vencido, no al viento, sino a la ilusión de que libertad y amor son incompatibles. Y al hacerlo, ambos, hombre y viento, descubrieron un nuevo horizonte de poder y paz.

Sin anunciarlo, se detuvieron de golpe.

No hubo derrape, ni desaceleración, ni aviso alguno. La velocidad absoluta se quebró como un cristal y el mundo quedó suspendido en un silencio imposible. El páramo donde se encontraban era inhóspito, un lugar que no pertenecía a ningún mapa: tierra blanquecina, cuarteada por el frío, columnas de roca negra emergiendo como huesos antiguos, un cielo inmóvil donde las nubes parecían haber olvidado cómo avanzar. No había aves, ni árboles, ni rastro alguno de vida. Solo espacio. Solo inmensidad sin fronteras. Solo la nada más agreste.

Sombragrís resopló, clavando las pezuñas en el suelo. Diego desmontó con cuidado, aún con el pulso vibrándole en los huesos. Frente a él, el guepardo de viento se detuvo también… y comenzó a deshacerse. Las formas se sucedieron sin orden: bestia, anciano, mujer, niño, tormenta, vacío. Hasta que finalmente quedó una silueta humana, hecha de aire condensado, sin edad ni rasgos definidos. No había furia en él. Tampoco burla. Solo una quietud solemne, casi respetuosa.
  • Has corrido más allá de lo que yo esperaba - dijo el Viento, sin levantar la voz. Aun así, sus palabras resonaron en todas direcciones - No por rapidez… sino por negarte a huir.
Diego apoyó el Mulakaboko contra el suelo. El bastón vibraba, impaciente, como si reconociera el lugar.
  • No corro para escapar - respondió - Corro porque elegir avanzar también es una forma de quedarse.
El Viento lo observó largo rato. No con ojos, sino con atención absoluta.
  • Yo fui creado para no detenerme - dijo - Para no recordar. Para no pertenecer. Durante eras confundí eso con libertad… y desprecié todo lo que pesara. Nombres. Rostros. Promesas…
Una ráfaga suave recorrió el páramo, levantando polvo blanco.
  • Pero tú… - continuó - tú corriste conmigo llevando peso. Memoria. Amor. Vínculos. Y aun así no fui capaz de dejarte atrás.
Diego no respondió. No hacía falta. El Viento dio un paso al frente. Por primera vez, parecía… inclinarse.
  • No eres mi reflejo - admitió - Eres mi evolución.
Alzó una mano hecha de corrientes invisibles y la posó sobre el Mulakaboko. El mundo tembló. No con violencia, sino con reconocimiento. El aire se arremolinó en torno a Diego, atravesándolo sin herirlo, entrando en su pecho, en su sangre, en su aliento. Sintió vértigo. Sintió expansión. Sintió que todas las direcciones eran posibles a la vez.
  • No te entrego mi poder - dijo el Viento - Te lo devuelvo. Porque siempre fue tuyo… solo que ahora sabrás como sostenerlo.
El bastón ardió con una luz clara, etérea, cambiante. No era fuego. No era agua. No era tierra. Era movimiento puro. Camino sin senda. Horizonte eterno. Diego apretó los dedos alrededor del Mulakaboko y comprendió. No era un dios. No era un elegido. Era un punto de equilibrio imposible. El cuarto elemento, aquel al que todos llamarían el Errante.

Aquel que no conocía límites porque había aprendido a elegirlos. Aquel que no conocía jaulas porque jamás permitió que el mundo se las construyera. El hijo del viento… y algo más. La pura esencia de la libertad que decide quedarse. El Viento sonrió - si es que algo así puede hacerlo - y comenzó a disiparse, fundiéndose con el cielo inmóvil.
  • Corre cuando quieras - susurró - Pero vuelve cuando lo desees. Pues ahora lo entiendo, hijo mío… El mundo, ahora también es mi hogar.
Diego permaneció allí, solo, con Sombragrís a su lado y el Mulakaboko vibrando suavemente entre sus manos. El aire se movió a su alrededor… y por primera vez, lo obedeció. Al principio fue un gesto torpe, casi tímido. Alzó la mano y el viento respondió con un susurro, como si preguntara “¿así te parece bien?”. Diego rió, incrédulo, y giró la muñeca. El susurro se convirtió en un remolino claro que levantó polvo y escarcha, danzando a su alrededor como una serpiente viva. Sombragrís relinchó divertido y, sin miedo alguno, se lanzó contra aquel juego invisible, atravesando las corrientes, saltando, girando sobre sí mismo mientras su crin se agitaba como una llama de sombra. Diego siguió probando su poder. Abrió los brazos y el aire se expandió desde su pecho, formando espirales, columnas suaves que ascendían y descendían a su voluntad. El frío se apartó, el páramo respiró. Creó brisas cálidas, luego ráfagas juguetonas, luego un vendaval breve que levantó piedras sin dañarlas, solo para dejarlas caer con delicadeza. Cada gesto era una carcajada, cada carcajada una victoria infantil. Reía como un niño que acaba de descubrir que puede volar… aunque aún no se atreva a despegar del todo.

Pero entonces… algo se quebró.
La risa murió en su garganta.
El viento se detuvo.

Diego se quedó rígido, los dedos aún alzados, el Mulakaboko temblando con una inquietud distinta. No estaba solo. En la lejanía, sobre la tierra blanca y muda, una figura femenina emergió lentamente, como si el propio paisaje la hubiera escupido fuera de sí. Diego parpadeó, se frotó los ojos con incredulidad.

No podía ser.
Y sin embargo… lo era.
Ella estaba allí.

Imposible. Absolutamente imposible.
A no ser que…
  • ¡Capitanaaaaaa! - gritó Aibori, con la voz desgarrada por el frío y la urgencia.
  • ¡Graceeeeee! ¡¿Dónde estás?! - clamó Yara a su lado, girando sobre sí misma, como si el bosque pudiera responderle.
Vihaan llegó corriendo hasta ellas, el pecho subiendo y bajando con dificultad, el miedo sin disimulo en los ojos.
  • ¿La habéis encontrado? - preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
  • Nada… - dijo Yara, acercándose para tomarle el rostro entre las manos - Pero no te preocupes, Vihaan. No puede estar muy lejos.
Él asintió, pero el gesto fue mecánico. No estaba convencido. Algo, muy dentro, le decía que Grace no estaba allí. No como lo estaban los demás. No en ese lugar. Las palabras que le había dicho antes de ser arrastrada por el viento, aún seguían resonando en su corazón. Desde distintos puntos del bosque llegaban las voces de Bhagirath y Yrsa, firmes, incansables, rastreando cada rincón. Cerca de él, Yara y Aibori seguían gritando, rebuscando, sin perder la esperanza de encontrarla. Incluso Gipsy recorría los árboles, olfateando con desesperación. Vihaan no dijo nada más. Se arrodilló. Apoyó ambas manos en la tierra húmeda y helada. Cerró los ojos. Respiró despacio. Y escuchó. La vida respondió de inmediato. Sintió el latido profundo del suelo, las raíces entrelazadas como venas antiguas, los insectos ocultos bajo la nieve, pequeños corazones palpitando en silencio. Sintió a los animales lejanos, alertas, respirando el miedo que aún flotaba en el aire. Sintió el bosque entero… vivo, presente, tangible.

Pero no la sintió a ella.
No hubo eco.
No hubo huella.
No hubo calor.

Grace O’Malley no estaba sobre esa tierra.
Vihaan abrió los ojos despacio, con el alma encogida.
  • No está aquí… - murmuró, más para sí mismo que para los demás.
Y en algún lugar imposible, más allá del mapa, más allá del viento… Diego acababa de comprender exactamente lo mismo.
Grace surgió de la nada, como si el propio páramo la hubiera exhalado tras siglos de silencio.

Aquel lugar no pertenecía al mundo de los hombres. Era un vacío antiguo, una cicatriz abierta en la piel de la creación, donde el viento había borrado cualquier rastro de vida y el tiempo había olvidado avanzar. Nadie había caminado jamás por aquella tierra desnuda… y, quizá, nadie volvería a hacerlo.

Ella avanzó despacio.

Sus cabellos rojizos, encendidos como brasas vivas, flotaban alrededor de su rostro al compás de una brisa suave que parecía reverenciarla. Grace no era solo fuego: era historia, sangre, batallas ganadas y perdidas. El contraste con la palidez infinita del páramo la convertía en una visión imposible, casi irreal, como un ángel caído que hubiera elegido caminar en lugar de volar.

Su andar era lento, pero no dudoso. Cada paso estaba cargado de decisión, de una voluntad forjada a golpes de pérdida y resistencia.
No había miedo en su postura. Tampoco esperanza. Solo determinación. El fuego que ardía en su interior no buscaba arrasar… era un fuego cansado, constante, condenado a no apagarse jamás.

Su rostro era bello, sí, pero no de una belleza frágil o complaciente. Era la belleza de lo que ha sobrevivido a todo. De lo que ha sido roto y, aun así, sigue en pie. Sus ojos, firmes y directos, miraban el mundo sin ilusión alguna, endurecidos por una vida que jamás le concedió tregua. En ellos habitaba una lástima antigua, no por los demás, sino por sí misma… por la condena que cargaba a la espalda, por el precio de seguir ardiendo cuando otros pudieron descansar.

Grace O’Malley caminaba como quien sabe que no hay redención al final del sendero. Como quien acepta su destino sin inclinar la cabeza. Y en aquel lugar olvidado por los dioses, donde ni el tiempo se atrevía a respirar, su figura no parecía una intrusa. Parecía, más bien, la única que realmente pertenecía a ese mundo desolado.

Diego empezó a avanzar hacia ella, paso a paso, seguido por Sombragrís, que - por extraño que pudiera parecer - caminaba esta vez con una calma reverencial, como si comprendiera la gravedad de aquel instante. No había prisa. No había huida. Todo en aquel lugar parecía susurrar lo mismo: un final, una despedida, un adiós inevitable aunque aún no pronunciado.

El Errante, el hijo del viento.
La Furiosa, la hija del fuego.

Diego de la Vega.
Grace O’Malley.

Maestro, padre y mentor.
Alumna, hija y aprendiz.

Dos almas encontradas por la voluntad del destino. Dos espíritus salvajes e indómitos, nacidos para amar la libertad y defenderla a cualquier precio. Dos intrépidos aventureros que se atrevieron a pedir un deseo al viento… y aquel dios, en su inmenso y caprichoso poder, decidió concedérselo.

Porque los dioses conocían bien los deseos de los mortales.
Y también conocían las condenas que siempre debían caminar junto a ellos.

Su voluntad era ambigua, fracturada por la eternidad. Para ellos, los humanos no eran más que instantes fugaces, juguetes frágiles con los que entretener el paso infinito del tiempo. No actuaban por maldad; simplemente obedecían a su propia esencia. Daban y arrebataban en el mismo gesto. Engendraban y destruían con idéntica naturalidad. Creaban vida y la segaban sin remordimiento alguno. Quizá la mente humana jamás podría comprenderlo, pero para un inmortal todo debía mantenerse en equilibrio. Una balanza perfecta. Un orden que jamás debía inclinarse demasiado hacia un lado u otro.

Muchos años atrás, Bishnu había pedido comprenderlo todo. Quiso descifrar cada lengua, cada dialecto, cada susurro del mundo. Sus oídos se abrieron a todas las voces: entendió el habla de todos los hombres, los cantos olvidados de los pueblos antiguos, incluso los gruñidos y lamentos de los animales. Pero, al mismo tiempo, fue condenado a no poder expresarse con claridad. Su voz nunca sería del todo suya. Kāmara creyó que así el equilibrio se mantendría intacto.

Diego, por su parte, pidió libertad. El deseo más antiguo de la alma humana. Y le fue concedido. Pudo navegar donde quiso, surcar mares sin nombre, vivir sin patria, sin rumbo y sin bandera. El infinito se abrió ante él: el firmamento como techo, el océano como manto, el viento como respiración. Pero también fue condenado. Nunca podría alejarse demasiado del mar. Aquel inmenso azul que siempre había simbolizado su libertad se convirtió también en su límite. De nuevo, Kāmara creyó justo entregar y arrebatar al mismo tiempo.

Y ahora… ahora era el turno de Grace. La única mortal que no había pedido nada para sí misma.
La única que, con una bondad casi insoportable, había deseado que el propio viento encontrase su hogar. Diego lo comprendió al instante. El viento lo había encontrado. Había aceptado que su hogar era el mundo entero, que no podía huir de él, que esa era la frontera capaz de contenerlo. El deseo había sido cumplido. Pero todo deseo tenía un precio. Y ahora, Grace debía pagar su condena.

Diego avanzó un paso más, el corazón encogido por una certeza que aún no se atrevía a nombrar. ¿Qué castigo podía reservar Kāmara para la mujer que había pedido un hogar? ¿Qué destino aguardaba a aquella que había ofrecido su deseo no por ambición, sino por amor?

El viento callaba.
Y en ese silencio, Diego comprendió…
La respuesta estaba a punto de revelarse, y él, con los ojos llenos de lágrimas…

No estaba preparado para escucharla.

Continuará…
 
Capítulo 104 - Un adiós doloroso: Una promesa por cumplir
  • Hola, pequeña - sonrió Diego, abriendo los brazos.
Grace se acercó y permitió que él la envolviera. Se aferró a su pecho y ocultó el rostro allí, como si en ese gesto pudiera suspender el tiempo. En aquel instante tomó una decisión silenciosa: no se separaría de él. No todavía. No hasta el final de los días, porque sabía - con una certeza dolorosa - que aquel abrazo era una despedida. No lo soltaba porque no tuviera fuerzas para marcharse, sino porque no tenía el coraje suficiente para mirarlo a los ojos.

Era demasiado doloroso.

Diego aún no había escuchado en palabras lo que ya intuía en lo más profundo de su corazón. Conocía a Grace como un padre conoce a su hija. Y la amaba del mismo modo. No había sangre compartida, no había semilla ni linaje, pero sí un vínculo forjado en algo más poderoso y honesto: la elección mutua. La amaba con una sinceridad tan brutal que dolía en lo más hondo del pecho.
  • Esto es un adiós, ¿verdad? - preguntó, aun sabiendo la respuesta.
Ella empezó a llorar. No con rabia ni desesperación, sino con una calma extraña, profunda, casi resignada. Diego, incapaz de hacer otra cosa, besó su frente y la apretó con más fuerza contra su pecho. El viento los rodeó entonces, protegiéndolos del frío abrasador que barría aquel páramo desolado, como si incluso el mundo entendiera que ese instante debía quedar a salvo.

Él guardó silencio. No quiso darle consejos, no esta vez. Había aprendido que lo único verdaderamente valioso en esta vida era mirar y aprender con tus propios ojos. Que los caminos marcados solían ser callejones sin salida y que, a veces, uno debía caminar solo. Había oscuridad en la ignorancia, sí, pero era necesario avanzar palpándola, con cuidado de no perderse… pero sin detenerse. La vida era eso: caer en percepciones, creer en apariencias. Y cuando por fin destruías todas y cada una de ellas, cuando te liberabas por completo, todo empeoraba. Pues era entonces cuando alcanzabas la libertad, cuando te separabas y llegabas al borde del rebaño. Cuando el miedo a que los lobos te devoraran dejaba de ser una idea y se volvía real. Sin quererlo, llegabas al límite de tu cuerpo, de tu mente, y siempre pagabas un precio: un error irreparable, una herida que no cicatrizaría, una calamidad que te acompañaría por siempre.

Pero Diego lo sabía mejor que nadie: el camino más corto no siempre es el más recto, y el camino más concurrido no siempre es el más correcto. Las suposiciones debían atravesarse. Los rumores, comprobarse. Había que caminar incluso hacia aquello que asustaba. Supo entonces que Grace escuchaba la llamada de los lugares más oscuros. Y por eso lloraba. Su hija dejaba escapar las penas a través de las lágrimas, una vez más. Pero esta vez no lo hacía con la furia del que lucha, sino con la serenidad del vencido. De quien sabe que ha perdido… y que seguirá perdiendo, una y otra vez, hasta la eternidad.

Grace no podía hablar. No podía decir adiós. Era esa su gran debilidad, el único punto frágil en un alma poderosa e indomable. Ante ella se alzaba un futuro incierto, vasto, lleno de cosas por descubrir, sí… pero también un futuro en el que no quería decidir y pronunciar un hasta nunca. No quería perder aquel instante, aunque sabía - con una certeza cruel - que estaba condenada a desaparecer. Y ahora, justo antes de dar el primer paso, la niebla de lo desconocido podía palparse, espesa, asfixiante. Grace deseaba perder el hilo en una pergamino de sueños. La realidad ya no le interesaba; incluso la luz le resultaba hiriente. Los rostros de quienes había amado y perdido se agolpaban en su mente, deformados por un mar de dudas.

Ya no quería pensar.
Ni siquiera luchar.

Solo quería fundirse en aquel abrazo y escuchar el viento. ¿Dónde estaba la libertad de no tener que escoger? Ella quería quedarse allí. Vivir como antes. Al margen de cualquier camino. Ver pasar el tiempo sin reclamarlo, cerca del mar, sin promesas ni destinos. Solo eso. Nada más.
Fundirse en aquel abrazo y escuchar el viento.
  • Sé que no es fácil decir adiós, pequeña - susurró Diego, con las lágrimas deslizándose sin pudor por su rostro - Pero debes comprender que nada lo es en esta vida. Y, desde luego… menos para nosotros. Los lazos que has creado, aquellos que forjaste con cada alma que caminó a tu lado, son eternos. Nudos antiguos que nada ni nadie podrá desatar jamás. Pero eso no significa que siempre puedas sostenerlos entre tus brazos. Siempre llega este momento, mi amor. Y aunque se haga esperar… cuando llega, siempre es demasiado pronto… siempre lo es.
Grace lo apretó con desesperación. Sus dedos se hundieron en su ropa como los de un náufrago aferrándose al último tablón en medio del océano. Su cuerpo temblaba.
  • No puedo, Diego… no estoy preparada…
  • Lo sé, cariño… yo tampoco lo estoy - respondió él, quebrándose, llorando como nunca antes había llorado - Pero hay destinos que son inevitables. Futuros que no se pueden torcer, por mucho que duelan.
  • No lo entiendo… - su voz era apenas un hilo - Yo no pedí un deseo para mí. Quise ser honesta, quise ser justa. Pedí que el viento tuviera lo mismo que yo tenía. Y ahora que lo ha encontrado… me lo arrebata. ¡No es justo!
Diego cerró los ojos, apoyando la frente sobre su cabello.
  • No hay justicia en este mundo, pequeña - dijo al fin, con una tristeza antigua - Solo insensatos como nosotros dos que dedican toda su vida a perseguirla, a intentar recomponerla con las manos desnudas y agrietadas por la sal del mar. La justicia es una utopía: un anhelo necesario, sí… pero imposible de alcanzar.
El viento sopló a su alrededor, no como un vendaval, sino como un lamento.
  • Pero… - Grace balbuceaba. La resignación empezaba a asentarse en su voz, sí, pero bajo ella ardía una furia que jamás se extinguiría del todo. Un fuego eterno, orgulloso, incapaz de rendirse incluso cuando sabía que no había victoria posible - Pero… no… no puedo aceptarlo. Debe haber una solución, Diego. Debe existir otra opción. No puede acabar todo así, no ahora. Tengo una familia - su voz se quebró - He encontrado mi lugar en el mundo. Tengo un hogar, un hombre al que amo, un hijo al que cuidar y abrazar… ¿Por qué, Diego? - susurró al borde de la desesperación - ¿Por qué los dioses me castigan?
El silencio se abrió paso entre ambos como una herida. Grace alzó lentamente el rostro, y cuando sus miradas se encontraron, el mundo pareció detenerse. Las lágrimas corrían sin vergüenza por sus mejillas, arrastrando consigo años de lucha, de pérdida, de amor ganado a pulso. Diego levantó una mano temblorosa y la apoyó con suavidad en su mejilla, limpiándole una lágrima con el pulgar, como había hecho tantas veces cuando aún era una niña que fingía no tenerle miedo a nada. Su contacto era cálido, protector, desesperadamente humano.

En aquella mirada estaba todo: el orgullo, la tristeza, la despedida. El amor que no pide permiso y la aceptación del fin que llega siempre demasiado pronto. Grace cerró los ojos un instante, apoyando la frente contra la de él, respirando su presencia como quien memoriza el aire antes de ahogarse. Diego la sostuvo con infinita delicadeza, como si temiera que un gesto de más pudiera romperla, como si aquel instante fuera frágil y sagrado a la vez. El viento pasó a su alrededor en un susurro contenido, respetuoso, como si incluso él comprendiera que ese adiós no debía ser interrumpido. Era tierno. Era insoportablemente doloroso. Y ambos lo sabían: aquel momento no volvería jamás.
  • Recuerdo cuando eras pequeña - sonrió Diego lleno de ternura - Recuerdo verte cada mañana en aquel sucio y podrido muelle lleno de miseria. Eras una llama chiquita aún, un torbellino de ilusión que desentonaba con aquel mundo gris y apagado. Corrías y gritabas cada vez que subías a cubierta, con ese impulso vital que se contagiaba en todos nosotros como pólvora encendida. Tu simple presencia iluminaba el día, pequeña… ¿Recuerdas a Fred y a Will?
  • Sí… - rió ella entre lagrimas - Siempre se quejaban de que gritaba mucho y no paraba nunca quieta. Will era más comprensivo, pero Fred siempre me daba collejas y me regañaba…
  • Cierto… - contestó él recordando a sus hermanos perdidos - Pero luego, al atardecer, cuando volvíamos al puerto, él siempre se quedaba en la popa, vigilando que nada te pasara y llegaras sana y a salvo a casa… Te amaba Grace, con una locura que he visto en los corazones de todos aquellos que te han conocido.
  • Lo siento Diego… murieron por mi culpa - masculló ella mirándolo directamente a los ojos, para luego bajar la cabeza de nuevo, arrepentida por sus decisiones.
  • Eso no es cierto… Y no lo es por dos razones, mi amor. Primero de todo ellos murieron libres, pues nadie les obligó a seguirte, lo hicieron por amor, con el mismo amor que tu entrabas en batalla al lado de tus hombres, dispuesta a morir a su lado. Y segundo por que no han muerto… no mientras yo me encargue de que sean recordados.
  • ¿Que más da recordar, si ya no puedes abrazarlos?
Diego guardó silencio un instante. No fue una pausa vacía, sino una de esas que pesan, que se llenan de recuerdos y nombres que ya no responden a su llamada. Inspiró despacio, como si el aire le doliera al entrar, y apoyó la mano en su barbilla, alzándola de nuevo.
  • Importa más de lo que crees, pequeña - dijo al fin, con la voz rota pero firme - Porque el abrazo es del cuerpo… y el cuerpo se va. Pero la memoria es del alma, y ella no muere nunca.
Separó apenas el rostro para mirarla, obligándola a sostenerle la mirada.
  • Mientras los recuerde, Fred seguirá gruñendo desde la popa y Will seguirá sonriendo con esa calma suya. Vivirán en cada decisión que tome, en cada vez que proteja a los míos, en cada momento en que elija no rendirme. No caminan detrás de mi… caminan conmigo, a mi lado. Y están ahora aquí, no solo ellos, sino todos los que dejamos en el camino.
Le acarició el cabello con infinita suavidad.
  • Los abrazo cuando digo su nombre sin miedo. Cuando cuento su historia. Cuando no permito que el mundo los olvide y el tiempo los borre. Eso, Grace, es una forma de amor que ni la muerte puede arrebatar.
Esbozó una sonrisa triste, llena de orgullo.
  • Y aunque uno muera, desaparezca o se pierda para siempre en este inmenso mundo… mientras alguien recuerde… nadie se ha ido del todo.
Grace lo miró un instante que pareció durar una eternidad. Buscó algo en su zurrón y sacó el Vorial Shadeth. Lo sostuvo en sus manos, mirándolo por última vez y se lo entregó a Diego.
  • Entonces… prométeme que también me recordarás a mí.
Diego no parpadeó, le sostuvo la mirada, como si quisiera guardar aquel momento en su memoria. Agarró la brújula y la cerro en su puño.
  • ¿Cuál es tu condena, pequeña? - preguntó él temiendo la respuesta - No puede ser la muerte, pues los dioses estarían desequilibrando la balanza…
  • No… - contestó Grace secamente - No es la muerte, Diego. Es algo peor.
Grace respiró hondo. El páramo parecía contener el aliento con ella, como si incluso el mundo intuyera que lo que iba a revelarse no admitía interrupciones. Ella había pedido un hogar para Kāmara. No pidió gloria, ni poder, ni eternidad. Ni tan solo pidió algo para ella misma. Solo deseó un lugar donde el viento pudiera descansar sin dejar de ser lo que era. Un mundo que no lo expulsara, que no lo obligara a huir sin cesar, que no lo confundiera haciéndolo creer que el hogar era una cadena.

Quiso para él aquello que los mortales anhelan sin saber nombrarlo: pertenencia.
Aquello que ella había comprendido, después de muchos años, era lo más importante.
Incluso más que la libertad que siempre había perseguido con tanta vehemencia.

Y los dioses escucharon. Siempre lo hacían. Pero los dioses no conceden sin equilibrar. No conocen la misericordia, solo la balanza. Para ellos, cada deseo es una fuerza que inclina el universo, y toda inclinación exige un contrapeso.

Dar y arrebatar no es crueldad: es su naturaleza.
La condena de Grace fue tan simple que resultaba insoportable.
Ella pidió hogar, y al hacerlo jamás podría regresar al suyo.

No a aquel sótano putrefacto que fue la casa de su infancia, no a los muelles grises de Bristol donde aprendió a sobrevivir. No al mar que la había criado, ni a la cubierta que había sido su reino. Si no a los brazos que la esperaban después de cada batalla, a las voces que pronunciaban su nombre con amor, a las canciones alrededor de una hoguera en playas perdidas, a las carcajadas, a las peleas, a los abrazos, al amor de los suyos.

Podría caminar el mundo entero, por siempre, surcar tierras vírgenes, ver horizontes que ningún ojo humano contemplaría jamás… pero nunca podría volver a Vihaan, a Maverick, a Yara, a Bahgirath, a Bum-Bum, a Isabela, a Drake, a Yrsa, a Aibori, a Cortés… a ninguno de ellos. Cada paso sería avance. Nunca retorno. El hogar existiría siempre ante ella como una idea, como un recuerdo intacto, como una costa reconocible desde la distancia. Podría verlo, soñarlo, añorarlo… pero jamás tocarlo de nuevo. Sería extranjera incluso en los lugares que había amado con todo su ser.

No le arrebataron la vida. Eso habría sido misericordioso.
Le arrebataron el regreso.

Ella pidió una hoguera cálida, llena de voces y risas, de amor y compañía, para el Dios del Viento.
Y ese mismo Dios la condenó a ser precisamente eso… viento.
Pasajera perpetua.
Errante sin elección.

Y esa pérdida, silenciosa y eterna, era una herida que no sangraba… pero que jamás cicatrizaría.

Diego la escuchó en absoluto silencio. Cuando ella terminó de hablar, abrió la palma de su mano donde sujetaba el Vorial Shardeth y lo contempló sin pestañear. Podía sentir su calor, la llama eterna que aguardaba en su humilde interior, viva, paciente. Luego desvió la mirada hacia el Mulakaboko, que ingrávido y sin ser sujetado permanecía erguido a su lado, cambiando de forma, fluyendo como el viento que lo imbuía de poder. Y por último fijó sus ojos en Grace. Al hacerlo, una sensación lo envolvió por completo. No era como mirarla a ella, sino como mirarse a sí mismo reflejado en otro cuerpo, en otra historia. Comprendió entonces que eran espejos exactos, almas unidas por algo más profundo e inseparable que el destino.

Eran idénticos.

Dos espíritus libres como el viento, incapaces de aceptar cadenas. Pero también marcados por el fuego: por la calidez de un hogar, por la llama que ardía en lo más hondo de sus corazones. Diego pensó que el peso que cargaba Grace - aquella condena divina que ahora la empujaba hacia la libertad más solitaria - no era tan distinto del suyo. Recordó a Elektra. Su mujer. Su amor. El dolor de los siglos buscándola sin poder sentir de nuevo su abrazo, su calor.

La eterna errancia disfrazada de elección.
Disfrazada de libertad.

Y entonces la verdad se abrió paso en su interior con la claridad de un amanecer. No estaba preparado para decir adiós. Pero no era solo eso. Iba mucho más allá. Si Grace, si su pequeña, si su hija, debía recorrer el mundo sin poder regresar jamás a un hogar… él no permitiría que lo hiciera sola. Ahora que el viento habitaba en su interior, no existía sendero que no pudiera seguir, ni frontera que pudiera detenerlo. Solo él podía caminar a su lado sin perderla. Solo él podía convertir aquella condena en algo soportable.

Diego sostuvo el Vorial Shardeth y se lo ofreció de nuevo, dando un paso hacia ella. Ella lo cogió sin comprender porqué lo hacía y lo guardó en uno de los bolsillos de su casaca. El viento, dócil como nunca antes, se arremolinó a su alrededor sin herir, sin empujar, como si también quisiera escuchar.

Diego no habló de sacrificio.
No habló de deber.

Habló desde el lugar más hondo y profundo de su corazón…
Donde no existen las palabras grandilocuentes ni las promesas huecas.
Habló desde la eternidad, desde el amor más humano, desde el abismo del alma.
  • No caminarás sola - dijo al fin, con la voz rota y firme al mismo tiempo - Ni ahora. Ni nunca.
Grace alzó los ojos, sorprendida, como si aquella posibilidad no hubiera existido hasta ese instante.
  • Si el destino te niega un regreso - continuó Diego - entonces el mundo será tu hogar. Y si tu condena es avanzar sin volver la vista atrás… yo avanzaré contigo. No como tu guardián, ni como tu maestro, ni como tu padre… Lo haré compartiendo el peso que cargas, caminaré a tu lado, compartiendo tu dolor cuando las piernas flaqueen.
El Mulakaboko vibró, reconociendo la verdad de aquellas palabras.
  • He pasado siglos huyendo de las cadenas, creyendo que la libertad era no pertenecer a nada - sonrió con tristeza - Y he aprendido demasiado tarde que la mayor libertad es elegir quedarse… incluso cuando todo empuja a partir. Si tu hogar ya no puede ser un lugar, entonces lo seré yo mientras respire. Y cuando yo no esté, lo será el recuerdo de que nunca estuviste sola.
Se acercó un poco más, acariciando sus mejillas llenas de lágrimas saladas.
  • Caminaremos hasta que el mundo se acabe, pequeña. Y si no se acaba nunca… mejor aún. Pues tendremos todo el tiempo del universo para seguir recorriéndolo juntos.
El viento susurró alrededor de ambos, no como un dios, sino como un testigo. Y por primera vez desde que los dioses impusieron su balanza, aquella condena pareció un poco menos cruel.

Grace se quebró. Las lágrimas brotaron sin aviso, sin orden, desbordándose como un río que ya no distingue entre pena y alivio. Lloró con el cuerpo entero, con los hombros temblando, con el pecho convulso, incapaz de articular una sola palabra. Era imposible saber si aquel llanto nacía de la tristeza o de la felicidad, porque ambas se habían entrelazado hasta volverse indistinguibles. Solo sabía una cosa: el mañana, hacía apenas unos instantes tan oscuro y afilado, ya no parecía un abismo sin fondo.

El dolor no había desaparecido. Seguía ahí, vivo, punzante. Pero ahora era más liviano. Más soportable. Como si el destino hubiera puesto una mano firme sobre su espalda y le hubiera dicho, sin palabras, que no tenía que cargarlo sola. Comprendió entonces una verdad sencilla y brutal: cualquier camino, incluso el más cruel, es distinto cuando no se recorre en soledad.

Aun así, su amor por Diego era demasiado grande. Tan inmenso que dolía. Y por eso mismo no quería arrastrarlo a ese destino. No quería convertirlo en prisionero de una condena que no le pertenecía. Lo necesitaba con una urgencia que la asustaba, sabía que sin él no sería capaz de afrontarlo… pero lo amaba demasiado como para permitir que sufriera lo mismo que ella. Con la voz rota, entre sollozos, logró decírselo. Le suplicó que no lo hiciera. Que no se sacrificara. Que no se perdiera con ella. Pero Diego no la dejó terminar.
  • Ya te dejé sola una vez - dijo con una calma cargada de siglos - Ya cometí ese error… y no lo repetiré jamás.
Grace negó con la cabeza, desesperada, insistiendo, luchando contra la idea incluso mientras deseaba aferrarse a ella con todas sus fuerzas. Pero Diego la sujetó por los brazos, con una convicción suave pero inquebrantable. Sus manos eran firmes, reales, ancladas al presente.

La miró sonriendo, con esa sonrisa cansada y luminosa a la vez.
  • Quieras o no, iré contigo, pequeña.
Y entonces, Grace se rindió. Se fundieron en un abrazo lleno de lágrimas sinceras y brutales, de esas que no buscan consuelo porque ya lo han encontrado. Se aferraron el uno al otro como si el mundo pudiera desaparecer en cualquier instante y solo quedara aquel contacto, aquel vínculo imposible de romper. En ese momento, Sombragrís se acercó despacio y metió la cabeza entre ambos, empujando con suavidad, reclamando su parte de aquel instante. Un gesto torpe y entrañable que rompió la tensión como una carcajada inesperada. Diego alzó la cabeza, aún con los ojos húmedos, y rió.
  • Creo que no estaremos solos… pues alguien más quiere venir con nosotros.
Grace rió con él, entre lágrimas, acariciando el cuello del majestuoso señor de todos los caballos. Y por primera vez desde que el viento había dictado su sentencia, el futuro no pareció una condena… sino un camino compartido.

Con un simple gesto de cabeza, Diego le indicó a Grace que subiera al lomo de Sombragrís. La ayudó a hacerlo con ambas manos, con la misma delicadeza con la que uno sostiene algo irremplazable. En ese movimiento, sin que ninguno de los dos se dieran cuenta, el Vorial Shardeth resbaló de su bolsillo. Al tocar el suelo, su calor inmenso desgarró el hielo. La superficie blanca se abrió como una herida silenciosa y la reliquia descendió, hundiéndose en las entrañas del mundo. Bajó hasta lo más hondo del corazón de la tierra, regresando a casa. A su hogar. Al único lugar al que siempre había pertenecido.

Diego se inclinó hacia la oreja del caballo y le susurró algo que solo ellos dos comprendieron. Sombragrís relinchó al instante, vibrante, ilusionado, reconociendo en esas palabras la promesa de una nueva carrera. Clavó la mirada en el horizonte, más allá del fin, más allá de las nubes, y su cuerpo esbelto y poderoso empezó a palpitar con una fuerza inconmensurable, como si el mundo entero se preparara para ceder bajo sus cascos. El Errante sonrió. Acarició el hocico del caballo con un gesto grácil y alegre, y de un salto fluido montó detrás de Grace. Con una mano se aferró a la crin; con la otra rodeó su cintura, protegiéndola, asegurándose de que no cayera jamás. Grace se volvió para mirarlo. Las lágrimas seguían ahí, suspendidas en sus pestañas, pero una sonrisa brotó en sus labios: sincera, limpia, eterna.
  • ¿Hacia dónde vamos? - preguntó con la voz de aquella niña que soñaba con surcar todos los mares y convertirse en la capitana pirata más temida del mundo.
  • Hacia donde queramos, pequeña…
Y sin más, desaparecieron.

Dejaron todo atrás: amigos, familia, amores, hijos, hogar.
No porque no los amaran.
No porque los hubieran olvidado.
Sino porque no existía otro camino posible.

Su recuerdo viviría siempre en sus almas.
El amor no se apagaría jamás.
El lazo seguiría siendo indestructible.
Pero no volverían a abrazarlos.

Era duro, sí.
Doloroso, por supuesto.
Pero así debía ser.

Mientras Sombragrís corría, fundiéndose con la inmensidad de aquel blanco resplandeciente, mientras su velocidad los arrancaba de la realidad y los perdía en la vastedad del todo, el Mulakaboko quedó atrás. Permaneció unos instantes inmóvil, erguido en medio del frío glacial. Luego, como una ráfaga de viento nerviosa e impredecible, alzó el vuelo y se perdió de nuevo en la inmensidad del mundo.

Grace y Diego lo sintieron al instante. El poder divino que había habitado en ellos desde que salieron vivos y enteros de los Templos comenzó a desvanecerse. No fue un abandono violento ni cruel. Fue la sensación de algo que se desprende lentamente, como el sudor que abandona la piel tras un esfuerzo extremo. Una fuerza ancestral que se retiraba con respeto, dejando atrás no un vacío… sino la certeza de haber sido dignos.

Y siguieron adelante.
Corrieron a la velocidad del viento, hacía el infinito.
Dos almas condenadas a ser libres.

Pero no fueron los únicos que percibieron aquella ausencia.

Lejos, muy lejos de ellos, Yara, Bhagirath y los demás continuaban buscando sin descanso. Los gritos se superponían unos a otros, rompiendo el silencio del bosque helado. La urgencia crecía con cada segundo, densa, asfixiante. Solo uno de ellos se había detenido. Solo uno había abandonado la búsqueda. Solo uno había perdido la esperanza.

Vihaan se sentó sobre una piedra, el cuerpo vencido por un peso que no era físico. Una de sus manos acariciaba distraídamente el ámbar del Bandr Fylkis, el Lazo del Clan, que pendía de su cuello. No sabía cómo explicarlo, no podía razonarlo… pero lo supo al instante. Grace se había ido. Y esta vez, con una claridad insoportable, entendió que lo había hecho para no volver jamás.

De pronto, el colgante se deslizó de su cuello. Vihaan intentó sujetarlo por puro reflejo, pero su peso era imposible, como si contuviera en su interior toda la masa de la tierra. Lo soltó al instante, incapaz de sostenerlo. Y al caer al suelo, el collar se fundió con la tierra húmeda y fría, desapareciendo sin dejar rastro. En ese mismo instante, algo se rompió dentro de él. La tierra dejó de hablarle. La vida bajo sus pies enmudeció. Sabía que seguía allí, aquella fuerza primigenia y ancestral, estaba presente, intacta… pero ya no podía susurrarle, ya no podía responderle. El vínculo se había cerrado roto.
  • ¡¿Qué demonios está pasando?! - la voz de Yara estalló cargada de terror - ¡Vihaaaan! ¡Vihaaaan!
Él alzó la cabeza lentamente, todavía intentando comprender lo que acababa de perder. Yara emergió del bosque con los ojos desorbitados y los pasos torpes, llevándose las manos al pecho con desesperación, como si buscara algo que ya no estaba.
  • ¡Ha desaparecido, Vihaan! - exclamó al llegar hasta él - ¡El Ekó! ¡Se ha convertido en agua… y se ha ido!
Yara cayó de rodillas frente a él. Apoyó las manos sobre sus muslos y lo miró fijamente, suplicando una respuesta que no existía. En sus ojos solo encontró el mismo vacío, la misma incomprensión que se había instalado en su alma. Bhagirath, Yrsa y Aibori acudieron al instante al escuchar los gritos. Se reunieron a su alrededor, en silencio, sin entender, sintiendo que algo demasiado doloroso acababa de suceder. Gipsy llegó el último. Trepó por la espalda de Yara y se acurrucó en su hombro, buscando refugio en el calor de su mejilla. Vihaan lo observó con una paciencia rota. El pequeño capuchino lloraba, sentía su ausencia también y en ese instante, lo comprendió todo.
  • Se acabó… - murmuró con el corazón desgarrado - Se han ido…
Pero ellos tampoco fueron los únicos que percibieron aquella ausencia.

En el Templo de la Montaña Arcoíris, la noche había descendido con una suavidad casi piadosa. Bajo su techo antiguo, la calma se extendía como un manto protector. Los cuerpos descansaban alrededor del fuego, envueltos en el calor amable de las llamas y en la certeza, rara y preciosa, de estar a salvo. Dormían juntos, respirando al mismo ritmo, como si sus sueños se hubieran entrelazado en un solo latido. Era una familia reunida en silencio, en comunión, abandonada por unas horas al descanso sincero que solo existe cuando no hay huida ni miedo inmediato. El crepitar del fuego marcaba el tiempo. Afuera, el viento apenas se atrevía a rozar las piedras sagradas del templo. Todo parecía en equilibrio. Todos estaban tranquilos.

Todos, salvo uno.

Lao Hé permanecía de pie, inmóvil, bajo el cielo estrellado. La noche era fría, cortante, y sin embargo él no se cubría. Sus ojos, profundos y cansados, estaban clavados en el firmamento, como si buscara entre las constelaciones una respuesta que se le resistía desde hacía siglos. Su mano huesuda recorría lentamente la longitud de su barba blanca, un gesto inconsciente, antiguo como los inviernos que cargaba a la espalda, cargado de pensamientos que no necesitaban palabras.

Entonces lo sintió.

No fue un golpe ni un estallido. Fue un vacío.
Una ausencia precisa, imposible de confundir.

La misión había fracasado.
Una vez más.

El equilibrio no había sido restituido. El mundo seguiría condenado a oscilar sobre el abismo, a sufrir, a resquebrajarse lentamente bajo el peso de fuerzas que nunca terminaban de reconciliarse. Lao Hé cerró los ojos un instante, como si aquel conocimiento pesara demasiado incluso para su espíritu. Después desvió la mirada. Esta vez no al cielo, sino a sus propios pies. Al suelo antiguo que lo sostenía, a la tierra firme que seguía obedecía leyes incomprensibles. Y fue entonces cuando la tristeza lo atravesó de verdad, profunda y silenciosa. Porque esta vez… esta vez habían estado cerca. Terriblemente cerca.

La voluntad humana había rozado lo imposible. Había desafiado al designio divino con una pureza que no se veía desde hacía generaciones. Lao Hé frunció el ceño, confundido. No sentía la amarga familiaridad del fracaso absoluto. Aquello era distinto. Más sutil. Más doloroso. No era una derrota impuesta por los dioses, ni por el fracaso mortal… era otra cosa.

Era una renuncia.

Lo comprendía en su corazón sin poder explicarlo con la mente. Algo había sido ofrecido y retirado al mismo tiempo. Algo había sido elegido… y abandonado. No por incapacidad, no por miedo, sino por otra cosa. No sabía que era aún. Aunque era sabio y anciano… lo acabaría descubriendo más pronto que tarde. Esta vez la misión no había fracasado por ambición, ni por egoísmo, ni por temor… Sino por amor, por lealtad, por una verdad demasiado humana para ser contenida en los antiguos designios.
  • ¿Por qué…? - pensó, sin formular la pregunta en voz alta - ¿Por qué habían renunciado, cuando estaban tan cerca de cambiarlo todo?
El fuego siguió ardiendo.
El viento siguió suspirando.
El agua siguió fluyendo.
La tierra soportando.
Y el Eter esperando.

Y bajo el cielo infinito, Lao Hé permaneció en silencio, sabiendo que aquella noche, una vez más, el mundo había elegido seguir siendo mundo. Y así seguiría, incompleto, inestable, incontrolable. No porque faltara valor. No porque faltara sacrificio. Sino porque, por una vez en la historia de la humanidad, el amor pesó más que el destino.

Salvar a la humanidad habría sido posible. El equilibrio, tan frágil como eterno, estuvo al alcance de una sola decisión. Bastaba con que Diego recogiera el Vorial Shardeth, regresara junto a los demás y liberara al éter. Bastaba con que aceptara, una vez más, el papel que los dioses habían escrito para él hacía siglos. El mundo habría respirado aliviado. Las fuerzas primigenias habrían sido restituidas. El orden, recompuesto.

Pero el precio a pagar era demasiado alto.
Porque hacerlo significaba dejar a Grace atrás.

Ella no había roto nada. No había fallado. No había huido. Tan solo era su destino. El viento la había condenado con una crueldad tan simple como perfecta: jamás podría regresar a su hogar. Condenada a avanzar eternamente, a caminar sin retorno. A vivir sin raíces. Y Diego lo supo en lo más profundo de su ser: si la dejaba marchar sola, aquella condena sería insoportable. No era el exilio lo que la destruiría, sino la ausencia. Y él ya había cometido ese error una vez.

Siglos atrás había elegido el deber. Había elegido la misión, el equilibrio, la eternidad sin rostro. Y había perdido a Elektra. Había vivido desde entonces como un eco, persiguiendo un propósito que jamás logró llenar el vacío que dejó su ausencia. Aquella herida nunca cerró. Solo aprendió a sangrar en silencio. Pero esta vez, no. Diego comprendió, en un autentico y salvaje acto de rebeldía, que no debía seguir la voluntad de los dioses, sino desobedecerlos. No deseaba salvar al mundo, sino salvar a quien amaba. Renunció al destino que llevaba siglos persiguiendo. Renunció a la redención, al poder, a la promesa de equilibrio.

Renunció a todo… por una sola persona.
Y lo hizo por amor. Y en esa elección, el universo tembló.

No fue Grace quien condenó la misión. Fue Diego quien la soltó.
No fue una derrota. Fue una decisión.

El mundo seguiría herido, sí. Seguiría tambaleándose, buscando un equilibrio que quizás nunca llegaría. Pero en algún lugar, más allá de los mapas y de los dioses, dos almas caminarían juntas. Y ese amor - humano, imperfecto, feroz - sería la prueba irrefutable de que incluso el destino puede ser vencido.

Porque hay fuerzas más antiguas que los dioses.
Más poderosas que el éter.
Más errantes que el viento.
Más furiosas que el fuego.
Más hermosas que el mar.
Más firmes que la tierra.

Y una de ellas es no abandonar a quien amas.

Ese fue el verdadero final de la misión.
No fue un fracaso. Fue una elección.

Una renuncia tan absoluta, tan pura, tan irrefutable…
que ni siquiera los Dioses, en sus reinos celestiales, se atrevieron a condenarla.

Continuará…
 
Menuda bajona me está dando el final del relato.
Por lo visto te ha dado por separarlos a todos.
Estos 2 últimos capítulos han sido muy tristes.
Espero que a pesar de todo y como sea vuelvan a estar juntos.
 
Que conste que el relato me está encantando, pero a mí que me gustan los finales felices, esto se está complicando mucho
Grace no puede volver y aunque esté con Diego, ella debería estar con su familia y amigos.
Vihaan ha desaparecido tragado por la tierra y ya veremos que pasa con los demás.
Espero que al final se arreglen las cosas y estén todos juntos.
 
Que conste que el relato me está encantando, pero a mí que me gustan los finales felices, esto se está complicando mucho
Grace no puede volver y aunque esté con Diego, ella debería estar con su familia y amigos.
Vihaan ha desaparecido tragado por la tierra y ya veremos que pasa con los demás.
Espero que al final se arreglen las cosas y estén todos juntos.
¡Esto no ha terminado, compañero!

¿Que es lo que siempre decimos los tripulantes del Red Viper?

¡NADIE SE QUEDA ATRÁS!

🏴‍☠️ ✊ 🏴‍☠️
 
Joer, vaya capitulitos llevamos!!. Estoy con Carlos, estos dos últimos están siendo tristísimos. La condena de Grace me la esperaba, pero pensaba que se apiadaría al ser uno de los elegidos, pero está visto que los dioses siempre están por joder, pero en esta ocasión, se han boicoteado ellos solos, a no ser que no estén interesados en el equilibrio del mundo para alcanzar la paz.

El relato es impresionante. Como comenté al principio, me recordaba los libros de Emilio Salgari que leía de pequeño mezclado con One Piece y los capítulos de las pruebas me han recordado a unos libros de Matilde Asensi. Conclusión, magnífico relato.
 
Joer, vaya capitulitos llevamos!!. Estoy con Carlos, estos dos últimos están siendo tristísimos. La condena de Grace me la esperaba, pero pensaba que se apiadaría al ser uno de los elegidos, pero está visto que los dioses siempre están por joder, pero en esta ocasión, se han boicoteado ellos solos, a no ser que no estén interesados en el equilibrio del mundo para alcanzar la paz.

El relato es impresionante. Como comenté al principio, me recordaba los libros de Emilio Salgari que leía de pequeño mezclado con One Piece y los capítulos de las pruebas me han recordado a unos libros de Matilde Asensi. Conclusión, magnífico relato.
¡Mil gracias por el comentario!
Para mí es un orgullo personal saber que te gusta, de corazón.

Se que he entrado en una espiral de tristeza y melancolía...
Creo que mi alma está como el tiempo en mi tierra, cielo encapotado y todo el maldito día lloviendo, jajajaja.

Personalmente, creo que los Dioses nos miran desde el firmamento y se ríen de los mortales.
Para ellos solo somos eso: puro entretenimiento para divertirlos.
Somos "La que se avecina" de la Tele Celestial, jajajaja.

De nuevo muchísimas gracias por los comentarios...
¡En breves dejo capítulo nuevo!

Recta final, compañeros...
 
Capítulo 105 - ¡Seguiremos!: Un juramento inquebrantable
  • ¿Cuánto hace ya? - preguntó Isabela en voz baja.
  • Si no he perdido la cuenta… - Drake se tomó un instante antes de responder, como si medir el tiempo doliera - Hoy hará tres meses justos, mi amor. Quizá algún día más.
Isabela terminó de cubrir a Maverick con una manta envejecida por los años y las intemperies. Lo acomodó con una ternura casi ritual, como si aquel gesto pudiera protegerlo de todo lo que no alcanzaban a comprender. Luego se incorporó despacio y contempló a las dos criaturas dormidas sobre el lecho de paja. Maverick y Dante reposaban uno junto al otro, respirando al unísono, ajenos al peso del mundo, a la espera, al silencio cargado de presagios que se extendía más allá de los muros del templo.
  • ¿Y por qué no han vuelto, aún? - preguntó de nuevo Isabela, con una grieta apenas perceptible en la voz - Y si…
Drake se acercó y la rodeó con los brazos, evitando que siguiera hablando. Apoyó la barbilla sobre su cabeza y la sostuvo entre sus brazos con una delicadeza infinita, como si temiera romper algo frágil e invisible.
  • No te preocupes, ¿de acuerdo? - susurró - Volverán. Estoy seguro de ello… No hay que perder la esperanza.
En la Montaña Arcoíris, el tiempo parecía haberse detenido en una espera interminable. Nadie pronunciaba en voz alta aquello que todos pensaban, pero el temor se deslizaba entre ellos como una sombra persistente. Para combatirlo, para no dejar que la incertidumbre les devorara el ánimo, todos se mantuvieron ocupados. Ayudaban a Lao Hé en todo cuanto podían. No solo por gratitud - porque el anciano les había abierto las puertas de su hogar sin pedir nada a cambio - sino porque el trabajo era un ancla, una forma de no perderse en la marea de pensamientos.

Aquel atardecer que pronto sería una inmensa noche cerrada, Cortés cargaba agua desde el manantial cercano, sus pasos firmes sobre la piedra húmeda, como si cada cubo transportado fuera una promesa de resistencia. Wong reparaba los tejados y los viejos muros del templo, ajustando maderas, reforzando vigas, devolviendo solidez a aquello que el tiempo había ido desgastando. Ren, silencioso y constante, limpiaba los senderos, ponía orden en los altares, encendió el fuego al anochecer y lo mantendría vivo hasta la noche, como si aquel calor fuera lo único que aún los mantenía unidos.

Todos encontraban una tarea. Todos buscaban una excusa para moverse, para no detenerse, para no mirar demasiado lejos. Porque cuando el cuerpo se cansaba, la mente descansaba un poco. Y mientras las manos trabajaban, el corazón podía seguir esperando sin romperse. Así transcurrían los días en la Montaña Arcoíris: entre gestos sencillos, silencios compartidos y una esperanza obstinada que se negaba a morir del todo, luchando contra la eterna espera que, lenta y cruel, se alargaba un poco más cada día.

El único que no trabajaba era Halcón. No por holgazanería ni desdén, sino porque dentro de aquella montaña, rodeada de muros de piedra y silencio, su don perdía sentido. Su único ojo - capaz de ver lo que ningún otro alcanzaba - no podía desplegar allí su verdadero potencial. Por eso decidió esperar fuera, junto al arco mágico que concedía acceso al Templo. Allí donde el horizonte se abría sin pudor, donde el aire corría libre y la distancia dejaba de ser un límite. Allí sí podía ser útil. Lao Hé insistió varias veces en que no era necesario, en que si sus amigos regresaban él lo sabría antes que nadie. Pero el vigía no escuchó. Nunca lo hacía cuando la intuición hablaba más alto que las palabras. Pasó días y noches en completa soledad, del mismo modo en que lo había hecho antaño, cuando surcaba los mares encaramado al mástil del Red Viper, viviendo en aquella cofa donde todo podía contemplarse y nada escapaba a su mirada. El tiempo no era un enemigo para él, sino un viejo conocido. La quietud, su aliada.

Con el ojo atento a la ribera del Yangtsé, entre las Tres Gargantas, vigilaba sin pestañear, como si el mundo entero pudiera cambiar de pronto entre una respiración y la siguiente. No perdía detalle. No se permitía distracciones. Al igual que los demás, esperaba el regreso de sus compañeros. Y como todos ellos, afrontaba aquella espera del único modo que sabía hacerlo: permaneciendo firme, atento y leal. Sosteniendo la vigilia como quien sostiene una promesa.

Las horas pasaban lentas allí arriba. Pero no afectaban al tuerto. Él estaba hecho a la vigilia, a no rendirse ni al sueño ni al tedio. Mucho menos ahora, cuando su ojo ya no debía buscar velas enemigas en el horizonte ni perfilar puertos prometidos entre la bruma. Ahora aguardaba algo distinto. Mucho más importante.

Esperaba a los suyos. A sus hermanos de armas. A la capitana que lo había devuelto al mar, que lo había arrancado de una vida marchita para entregarle otra hecha de libertad y sal, de viento en la cara y horizontes abiertos. La mujer que le había recordado quién era y para qué había nacido.

Y entonces ocurrió. Sin aviso alguno. Sin trompetas que anunciaran su llegada. Sin cielos desgarrados ni vientos caprichosos. Sin que el mundo pareciera concederle a aquel instante la solemnidad que merecía. Aparecieron en la distancia, caminando. A pie. Cansados. Cubiertos de polvo y fatiga, con el peso del camino todavía adherido a los hombros. El tiempo se detuvo en el pecho de Halcón. Se puso en pie de un salto. El cuenco de arroz frío resbaló de sus manos y se hizo añicos contra la piedra, pero él no lo oyó. Ya estaba avanzando hacia el borde del acantilado, alzando la mano en un acto reflejo, como siempre hacía para proteger su ojo del sol cegador.

Afinó la mirada. No necesitó confirmación alguna. Eran ellos. No esperó a contarlos. No aguardó a verlos llegar del todo. No descendió la montaña para recibirlos. Halcón era un vigía. No por oficio ni por costumbre, sino por esencia. Se giró y echó a correr hacia el Templo, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra. Sus pasos resonaban urgentes, impulsados por una certeza imposible de contener. Como siempre había hecho, iba a dar la voz de alarma. Pero esta vez no gritaría con todos sus pulmones: ¡Tierra a la vista!. Esta vez, el mensaje era otro. Más profundo. Más urgente.
  • ¡Eh, Wong! - gritó Cortés desde abajo, con las manos en jarras y el cuello torcido hacia el cielo - Si te caes desde ahí arriba, avisa antes, ¿eh? Así me da tiempo a apartarme… o a coger una sábana y fingir que intento salvar tu pálido trasero.
Wong ni siquiera se dignó a mirarlo. Estaba agachado sobre el tejado del templo, reemplazando con paciencia milimétrica una teja resquebrajada, como si el mundo entero dependiera de aquel gesto.
  • Si vas a ayudarme, español - respondió sin alzar la voz - que sea para sujetar la escalera y no dar voces como un gorrino en celo. Y luego pásame las tejas. Las buenas, no las rotas. Usa los ojos…
  • A la orden, capitán - contestó Cortés llevándose dos dedos a la sien en un saludo exagerado - Escalera firme, tejas sanas y silencio reverencial… ¡Lo he entendido!
Wong resopló, pero una sonrisa le cruzó el rostro de oreja a oreja, mientras seguía ajustando las tejas.
  • Y cuidado al subir… El bambú es resistente, pero uno ha de ser delicado.
  • Tranquilo - replicó Cortés acariciándose la barriga - Esta dieta a base de arroz y té, han conseguido lo que yo jamás había logrado. Han dejado mi enorme barriga en los mínimos…
Se agachó para recoger las tejas, sin perder la sonrisa, cuando algo captó su atención. Por la angosta entrada del templo apareció Halcón. Corría. O algo parecido a correr. Su camisa estaba abierta y manchada de tierra, la barriga asomando sin pudor mientras agitaba los brazos como un molino descompuesto. Avanzaba torpemente, casi tropezando consigo mismo, con los ojos desorbitados y la respiración rota.
  • ¡Ya vienen! - gritaba - ¡Ya están aquí!
Cortés dejó caer la teja al suelo, y se rompió en mil pedazos.
  • ¿Pero qué…?
  • ¡YA VIENEN! - repitió Halcón, la voz quebrada entre la risa y el llanto.
No hizo falta nada más. El templo estalló en movimiento. Manos que soltaron herramientas. Cestos que rodaron por el suelo. Conversaciones interrumpidas, corazones acelerados. Ren apareció desde el interior del Templo a una velocidad imposible. Wong descendió del tejado de un salto sorprendentemente ágil. Isabela sujetando a los dos niños, los ojos abiertos, las lágrimas gestándose en sus ojos. Cortés avanzó hacia Halcón con una carcajada nerviosa, abriéndole los brazos.
  • ¡¿Lo dices de verdad?! ¡¿Estás seguro?!
  • ¡Mi ojo no miente, Ronco! ¡Jamás lo ha hecho!
Bum-Bum y Glafúr salieron del pequeño estanque donde se estaban bañando. Drake irrumpió con los ojos brillantes, su sonrisa torcida, la barbilla alzada. Los abrazos se dieron sin orden ni permiso, risas mezcladas con sollozos, golpes amistosos en la espalda, palabras atropelladas.
Todos celebraban su inminente llegada, sin medida, sin control. Todos deseaban abrazarlos de nuevo, sentir su calor, escuchar su voz, pronunciar sus nombres.
  • ¡Maldita sea! - exclamó Halcón de repente - ¡No tenemos ron!
  • ¡Esto es una tragedia! - añadió Cortés sin poder parar de reír - El reencuentro más importante de nuestras vidas y sobrios como monjes.
En medio de aquel caos luminoso, Lao Hé avanzó despacio. Su bastón marcaba el ritmo de sus pasos, sereno, inalterable. Observó los rostros, las sonrisas, las lágrimas. Luego alzó la mirada hacia Halcón y asintió con calma.
  • Guardo algo de sake… - dijo con amabilidad - Wong, hijo… ¿Harías el favor de traerlo? Lo guardo en la alacena.
Las palabras cayeron como una bendición. El anciano sonrió. No una sonrisa amplia, sino profunda. En su interior, sintió el eco de la familia que se reunía de nuevo, de los que regresaban cansados y de los que esperaban ansiosos. El maestro lo supo entonces, al notar la presencia de los viajeros. La familia no estaba completa, pero si unida. Unida aún por lazos invisibles, por promesas que no necesitaban ser dichas. El fuego dentro del templo crepitó. La Montaña Arcoíris pareció respirar después de meses de tensión silenciosa. Y aunque faltaran almas, y algunos abrazos ya no pudieran darse, la alegría era real, honesta, suficiente.

Habían vuelto.

La expectación se volvió casi insoportable. Nadie hablaba ya. El único ruido eran las respiraciones agitadas, el agua de la cascada y la botella de sake que corría de mano en mano. Todos miraban la entrada del templo, aquel estrecho agujero abierto en la roca viva de la montaña, como si de él fuera a brotar el propio destino. El aire parecía suspendido, denso, cargado de respiraciones contenidas y corazones acelerados. Incluso el fuego del templo crepitaba con cautela, como si también aguardara.

Entonces, una sombra emergió. Todos contuvieron la respiración, los ojos se abrieron de par en par. Vihaan fue el primero en aparecer. Apenas logró incorporarse tras salir del angosto paso cuando la avalancha humana cayó sobre él. No tuvo tiempo de prepararse para la embestida. Brazos lo rodearon, manos lo zarandearon, voces gritaban su nombre desde todas partes. Palmadas brutales en la espalda casi lo derribaron de nuevo al suelo, besos húmedos se estrellaron contra sus mejillas, risas y llantos se mezclaron sin pudor alguno.
  • ¡Estás vivo, astrónomo!
  • ¡Pensé que no volverías!
  • ¡Mírate, sigues entero de una pieza!
Vihaan reía y lloraba al mismo tiempo, sin poder responder, sin necesidad de hacerlo. El simple hecho de estar allí, de sentir aquel caos desordenado y sincero, ya era respuesta suficiente. Bhagirath y Yrsa surgieron a continuación… y no corrieron mejor suerte. Apenas pusieron un pie fuera cuando fueron atrapados por la misma marea imparable de cuerpos, abrazos y gritos. Yrsa, enorme como una montaña, desapareció bajo un enjambre de brazos, Bhagirath soltó una carcajada profunda antes de ser empujado de un lado a otro como un muñeco de trapo. Luego apareció Aibori. No llegó ni a estirarse del todo cuando Cortés se lanzó sobre ella como un proyectil humano.
  • ¡Estás aquí, mi amor! ¡Por fin has vuelto! - repetía mientras la cubría de besos desordenados, ardientes, casi desesperados.
La abrazó con una posesividad descarada, rodeándola con ambos brazos, girándola sobre sí misma.
  • ¡Eh, eh! - protestó Halcón - ¡Deja algo para los demás!
  • ¡Ni hablar, tuerto! - replicó Cortés sin soltarla - Esta mujer es mía, la he esperado demasiado.
Aibori reía, lloraba, le golpeaba el pecho sin verdadera fuerza, incapaz - y sin ganas - de escapar. Y entonces apareció Yara. Sonreía, sí. Sonreía al verlos, al comprobar que estaban allí, vivos, juntos. Pero en su rostro habitaba algo más. Una tristeza honda, silenciosa, que no gritaba ni se desbordaba. Sus ojos no buscaban entre la multitud… pues lo que necesitaba abrazar no lo iba a encontrar en aquella montaña. De repente Bum-Bum dio un salto y ella lo agarró en el aire, fue el único momento en que Yara rió de verdad, lo estrujó con tanto ímpetu que el niño perdió el aliento. Al mismo instante, Gláfur corrió hacía Yrsa, apartó a todos los brazos que la rodeaban y se abalanzó sobre ella, reclamándola para él, tirándola al suelo y revolcándose por la tierra húmeda de la montaña. Las risas estallaron de nuevo, el caos se multiplicó. Incluso Lao Hé, desde una distancia prudencial rió maravillado al ver mujer y bestia en aquel abrazo imposible de amor salvaje.

Vihaan, aún envuelto en abrazos, alzó el rostro. Y la vio. Isabela estaba entre la multitud, sosteniendo a Dante contra su pecho. El niño dormía, ajeno al tumulto, seguro en aquel refugio maternal. Sus miradas se cruzaron. No hicieron falta palabras. Isabela lo supo al instante. Bajó la cabeza. Un gesto mínimo. Definitivo. Vihaan sintió cómo algo se quebraba dentro de él. Bajó también la mirada, incapaz de respirar. Entonces lo vio. Agarrado a la firme mano de la italiana, Maverick estaba de pie, tambaleándose sobre sus pequeñas piernas, chupándose un dedo con gesto concentrado. Le pareció enorme. Demasiado grande. Había crecido una barbaridad en su ausencia. Vihaan se soltó de los últimos brazos que aún lo retenían y se lanzó hacia él.
  • Pequeño… - murmuró, sus ojos inundados en lágrimas.
El niño dio un paso atrás, asustado al principio. Aquel rostro barbudo, aquella emoción desbordada, no le resultaban familiares. Pero entonces ocurrió algo más profundo que la memoria. Algo antiguo. Quizás fue el olor. Quizás el abrazo. Quizás el latido del corazón contra su oído. Maverick dejó de chuparse el dedo y se aferró a él. A su padre. Ambos lloraron. No de tristeza. Sino de felicidad pura y sin defensa. Isabela, rota en lágrimas, se arrodilló junto a ellos. Apoyó una mano temblorosa en el hombro de Vihaan, lo miró con los ojos inundados y formuló, al fin, la pregunta que ya ardía en el aire, y que todos empezaban a preguntarse.
  • Vihaan… - susurró - ¿dónde están Diego y Grace?
Y el silencio cayó sobre la familia como una marea helada.

Vihaan tardó unos segundos en hablar. Cuando lo hizo, su voz fue baja, firme, devastadoramente serena. Dijo que Grace no iba a volver. Ni ella… ni Diego. El efecto fue inmediato. Todos se acercaron a la vez, como empujados por una misma ola de incredulidad. Surgieron preguntas sin orden, sin forma, atropelladas por la urgencia y el miedo. ¿Dónde estaban? ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué no habían regresado con ellos? ¿Cuándo irían a buscarlos?

Pero Vihaan se dio cuenta entonces de algo terrible: no sabía qué decir. No porque no conociera la respuesta. La conocía demasiado bien. El problema era otro. No sabía cómo decirlo sin romperlos por dentro. No sabía cómo poner palabras a algo que a él mismo le había arrancado el aliento, cómo explicar una ausencia que no era una pérdida común, sino un vacío definitivo. No quería hacerles sentir ese mismo hueco en el pecho, ese peso mudo que no se va ni al respirar.

Apretó a Maverick contra sí. El niño seguía chupándose el dedo, más tranquilo ya, apoyando la cabeza en el hombro de su padre, ajeno a la fractura que se abría en aquel lugar. Vihaan se puso en pie con él en brazos. Al hacerlo, el gesto fue tan natural como solemne, como si aquel pequeño peso le diera el anclaje necesario para no venirse abajo.

Los miró a todos. Uno a uno. Y finalmente bajó la mirada.

Entonces habló. Contó el último tramo del viaje.
La cabaña perdida en mitad de ninguna parte.
El viento. Las últimas palabras dichas por Grace.
La sensación de que algo se le escapaba de las manos.
La posterior búsqueda infructuosa.
La desaparición de los objetos místicos.
La ausencia de Diego y Grace.

No adornó nada. No exageró nada. Dejó que los hechos hablaran por sí solos, aunque cada frase le arrancara algo por dentro. Cuando terminó, el silencio volvió a instalarse entre ellos, espeso y cargado. Cortés fue el primero en romperlo. Sin soltar a Aibori, con un brazo rodeándole la cintura como si necesitara sentir algo firme, dio un paso al frente.
  • ¿Pues a que esperamos? Pongámonos en marcha - dijo, con esa determinación alegre y feroz que nunca lo abandonaba - Donde estén, iremos ahora mismo a buscarlos.
Vihaan alzó la vista. Esbozó una media sonrisa cansada, casi triste. Negó con la cabeza despacio. Quiso hablar. Pero las palabras no salieron. Fue Yara quien dio un paso al frente entonces. Sostenía a Bum-Bum contra su pecho. El pequeño estaba inusualmente quieto, como si incluso él percibiera la gravedad del momento. Yara aclaró la voz. Cuando habló, sus palabras salieron ásperas, cargadas de una tristeza madura, sin rabia, sin dramatismo. Una tristeza que había tenido tiempo de asentarse.
  • Ha sido un largo camino de vuelta - dijo - Y hemos tenido demasiado tiempo para pensar.
Levantó la mirada, recorriendo los rostros de su familia.
  • Hemos llegado a la conclusión que Grace no puede volver a casa - continuó - Esa es la condena que le impuso Kāmara. Y creemos que Diego decidió acompañarla, para que no estuviera sola…
Algunos negaron con la cabeza. Otros fruncieron el ceño. Nadie habló.
  • No sabemos si es verdad - añadió Yara - Nadie puede asegurarlo. Pero… - se llevó una mano al pecho - algo aquí dentro me dice que lo es.
El silencio que siguió no fue de incomprensión. Fue de aceptación lenta y dolorosa.
Porque todos, en lo más profundo, empezaban a sentir lo mismo.

Grace era más que una capitana, más que una amiga, más que una hermana, más incluso que familia. Era el fuego alrededor del cual todos habían aprendido a reunirse. La llama indómita que los había obligado a levantarse cuando las fuerzas flaqueaban, el rugido que los había empujado hacia adelante en las horas más oscuras, la chispa furiosa que los había conducido a la victoria una y otra vez. Y ahora que sabían - con una certeza que dolía como una herida abierta - que aquel fuego se había extinguido, todos se sintieron huérfanos. Brasas sin aliento. Restos incandescentes que, privados de su llama, empezaban a enfriarse lentamente hasta convertirse en ceniza. Como si la ausencia de la luz que Grace O’Malley había sido para ellos los empujara, sin remedio, hacia una oscuridad más honda y más cruel que cualquier noche conocida.

Lao Hé se acercó entonces. No pronunció palabra. No hizo falta. Inclinó levemente la cabeza, ofreciendo su respeto y su silencio, acompañándolos en aquel instante de amor perdido y desolación compartida. Su presencia era un bálsamo antiguo, una forma de decir que el dolor también tenía un lugar legítimo en el equilibrio del mundo.

Halcón, abatido, con el ojo apagado y la voz rota, murmuró:
  • ¿Y ahora qué vamos a hacer…? Hemos perdido a nuestra capitana.
La pregunta quedó suspendida en el aire, pesada, a punto de quebrarlo todo. Entonces, justo cuando el ánimo colectivo estaba a punto de desmoronarse, una voz se alzó.

Vihaan dio un paso al frente.

Alzó el mentón con orgullo contenido. El corazón hecho añicos, sí, pero la voluntad intacta. El vacío anidando en su alma, pero la lealtad aún firme como una raíz profunda. Era el mismo que había portado el Bandr Fylkis, el Lazo del Clan. El que había sostenido a aquella familia sin alzar la voz, sin reclamar jamás reconocimiento alguno. El que había perdido su poder… pero no su propósito.

Clavó los pies en la tierra. Y, en ese gesto sencillo y antiguo, reclamó lo único que seguía vivo.
  • ¡Seguiremos! - dijo Vihaan con orgullo, las lágrimas surcando su rostro sin restarle un ápice de firmeza - ¡Si Grace no puede volver a casa… entonces su casa irá hasta ella!
Yrsa alzó la cabeza. Y en ese instante lo sintió: la llama no se había extinguido. Seguía allí, viva, agazapada bajo las cenizas. Dio un paso al frente, los puños cerrados, la espalda recta. Se plantó ante Vihaan y lo miró a los ojos con una fiereza imposible de medir.
  • ¡Sí! - rugió, como una osa de hielo despertada de su letargo - ¡Nosotros seguir! Con la misma fuerza que capitana enseñar. Con rugido feroz… y con fuego de sus cabellos.
Aibori se desprendió con suavidad del abrazo de Cortés y avanzó hasta situarse junto a ellos. El viento agitó su melena, y en sus ojos ardían dos llamas de pura determinación.
  • ¡Seguiremos! - afirmó - Con la añoranza siempre en el horizonte, con canciones alrededor de la hoguera, con la lucha eterna que nos mantiene vivos.
Bhagirath se acercó sin decir palabra. Apoyó una mano en el hombro de Vihaan. Sus miradas se cruzaron y ambos asintieron en silencio.
  • Seguiremos - dijo con seguridad - Con la rebeldía que ella desbordaba, con las palabras que encendían el ánimo, con los sueños de libertad que nos legó.
Cortés se abrió paso entre el grupo, reclamando su lugar. Los observó a todos con calma, una sonrisa desafiante dibujada en el rostro, de esas que nacen cuando el miedo ya no tiene poder.
  • ¡Seguiremos! - declaró - Con todo lo que la capitana construyó. Con la vieja bandera pirata de una tripulación clandestina que nunca se rindió.
Halcón se unió a ellos, erguido pese al dolor, con el ojo encendido por una convicción renovada.
  • Seguiremos, compañeros - dijo - Con el mismo coraje, la misma ilusión y la misma terquedad con la que la capitana nos guió.
Uno a uno fueron acercándose a Vihaan. Y a medida que el círculo se cerraba, él lo sintió con claridad: la llama seguía viva. No era un recuerdo. No era un eco. Era fuego verdadero. Las brasas no se habían apagado; renacían lentamente, como un ave fénix demasiado hermoso para aceptar la muerte.
  • ¡Seguiremos! - exclamó Ren al unirse - Con la misma pasión, fieles a ese rugido que jamás olvidaremos. Camino a la victoria seguimos… y seguiremos.
  • Con las estrellas que aún brillan - sonrió Isabela, acercándose - Con los recuerdos que nos guían, con un cielo entero lleno de noche…
  • ¡Seguiremos! - afirmó Wong con convicción - Con la emoción del primer día, con la gente que aún la ama, con el esfuerzo compartido.
  • ¡Seguiremos! - sonrió Drake - Con las batallas cotidianas, con las guerras de siempre, con el antiguo compromiso que nos mantiene unidos.
En aquel instante todos comprendieron la verdad: Grace O’Malley no se había ido.
Mientras ellos siguieran avanzando, siguieran luchando, siguieran juntos… su fuego caminaría con ellos.

Y entonces, cuando todos se reunieron alrededor de Vihaan, ocurrió algo maravilloso. No hubo relámpagos ni señales grandilocuentes. El mundo no se detuvo, el cielo no habló. Pero Lao Hé, paciente y silencioso como las montañas que lo habían visto envejecer, lo sintió con absoluta claridad. Algo había cambiado. Algo había nacido allí mismo, en aquel círculo imperfecto de hombres y mujeres heridos, cansados, pero irrompibles.

No era magia.
No era destino.
Era unión.

Una fuerza invisible empezó a tejerse entre ellos, como un pulso antiguo que latía al unísono. Coraje, valentía, amor, pérdida, esperanza: todo convivía sin anularse. No negaban el dolor ni huían del miedo; lo sostenían juntos. Y en ese acto sencillo y brutal, lo transformaban en algo más grande. Lao Hé comprendió entonces que aquello superaba cualquier designio divino. No era rebeldía ciega ni desafío arrogante. Era algo más profundo, más primario. La negativa absoluta a aceptar un final impuesto. La certeza íntima de que ningún dios, por eterno que fuera, podía dictar el límite del amor humano.

Aquellos corazones no luchaban contra el destino: lo desbordaban.

Eran la fuerza que empuja a cruzar mares sin mapa.
La que hace levantarse cuando todo ordena caer.
La que convierte la pérdida en juramento y el dolor en camino.

Eran fuego. No el que destruye sin sentido, sino el que calienta, el que guía, el que ilumina en la noche más cerrada. Un fuego indómito, feroz, imposible de domesticar. Y ese amor - salvaje, visceral, absoluto - era su arma más poderosa. Un sentimiento tan hondo que no conocía rendición. Tan puro que ningún equilibrio divino podía sofocarlo. Tan fuerte que ni siquiera los dioses, con toda su eternidad, podrían detenerlo.

El maestro bajó la mirada y sonrió con tristeza… y con esperanza.
Por primera vez en mucho tiempo, comprendió que quizá el mundo no necesitaba ser salvado.
Quizá solo necesitaba recordar cómo amar de nuevo.

Vihaan estaba roto y, al mismo tiempo, entero. Las lágrimas le corrían libres por el rostro mientras una risa breve, casi incrédula, se le escapaba entre sollozos. El cansancio le pesaba en los huesos, pero no en la voluntad. Había caminado demasiado, perdido demasiado… y aun así estaba listo para partir de nuevo. Se sostuvo en pie por pura convicción, por ese impulso extraño que solo aparece cuando ya no queda nada que perder.

Los miró a todos.
Los sintió cerca.
Eran fuego. Eran Familia.
Pero faltaba alguien.

Alzó la vista por encima del círculo y la vio. Yara estaba apartada, sola. Bum-Bum se había escurrido de sus brazos sin que ella lo pudiera retener y se había unido al grupo, como si hubiera comprendido que algo se estaba forjando allí, algo que exigía su presencia. La yoruba, en cambio, permanecía con la cabeza agachada, los hombros vencidos, el cuerpo descompuesto por un dolor demasiado grande para contenerlo.

La pérdida de Grace - de su hermana, de la única persona de la que juró no separarse jamás - la había quebrado por dentro. Se le habían muerto los futuros compartidos: envejecer juntas, discutir con furia, reconciliarse entre risas, caer una al lado de la otra cuando llegara el final. Todo eso se había disuelto en un instante cruel. Ya no habría más abrazos repentinos, ni carcajadas desbordadas, ni silencios cómodos compartidos al borde del abismo.

Era demasiado…
Demasiado definitivo.

Vihaan la vio y comprendió. Y entonces alzó la voz.
  • ¡Seguiremos! - rugió, con el pecho abierto y el corazón sangrando - ¡Con todo lo que Grace defendió, con una sonrisa en los labios y un fuego bajo el pecho! Lo haremos con el mismo coraje, con la misma ilusión, con la misma pasión. Fieles a ese rugido que nunca olvidaremos… ¡Camino a la victoria, seguimos y seguiremos!
Las palabras atravesaron el aire como una promesa antigua.

Yara las escuchó. Pero no respondió. Avanzó despacio, como si cada paso le pesara una vida entera. El círculo se abrió para dejarla pasar, sin prisa, sin urgencia, con un respeto solemne. Y se cerro a su espalda, acuñándola, abrazándola, obligándola a no separarse. Cuando estuvo rodeada por los suyos, Yara se detuvo. Cerró los ojos. Inspiró hondo, como si quisiera llenar el vacío que Grace había dejado dentro de ella, como si el aire pudiera devolverle algo de lo perdido. Y entonces cantó.

Su voz brotó grave y profunda, nacida de un lugar anterior al dolor. No era un lamento, ni una despedida: era un canto de raíz, antiguo como la tierra y el mar. Una melodía cargada de memoria y viento, de amor y duelo entrelazados. Cantó por su hermana ausente, por la sangre elegida, por las promesas que no mueren aunque los cuerpos se separen. El mundo pareció callar para escucharla. Y en aquel canto, roto y hermoso, todos supieron que Grace no se había ido del todo. Que vivía en cada uno de ellos. Que mientras siguieran avanzando, mientras siguieran ardiendo, ninguna ausencia sería definitiva.

“Adiós a los que se quedan y a los que se van también.
Adiós a los que enterramos y a los que seguimos en pie.

Esta es la albada del viento, la albada del que se fue.
Que quiso volver un día, pero eso no pudo ser.

Las albadas de mi tierra, se entonan por la mañana.
Para animar a sus humildes gentes, a afrontar la jornada.

Alzaos compañeros, que ya ha llegado la hora
de tener en nuestras manos, lo que un día nos arrebataron.

Esta albada que yo canto, es una albada guerrera
que lucha porque regresen, los que dejaron su tierra”

Vihaan avanzó un paso y la sujetó del cuello con una mano, no para hacerle daño, sino para anclarla al mundo. Sus dedos, firmes y temblorosos a la vez, la obligaron a alzar el rostro. La empujó suavemente hasta unir su frente con la de ella. Piel contra piel. Aliento contra aliento. El dolor compartido respirando en el mismo espacio. Sus ojos se encontraron y no parpadearon.
En aquel silencio denso, algo nació: Una promesa.

Entonces habló con una seguridad que no provenía de la esperanza, sino de la decisión.
  • La encontraremos… Da igual cuánto tardemos, cuánto sangremos, cuánto nos cueste el camino. No es un deseo. Es el destino que nosotros mismos estamos forjando. Y Yara… tú debes ser parte de ello. Tienes que serlo.
Ella asintió, rota. Las lágrimas le caían sin control, libres, violentas, como si su cuerpo ya no supiera contener nada más. Vihaan la sostuvo con más fuerza, casi con rabia, como si pudiera impedir que se deshiciera entre sus manos.
  • ¡Dilo en voz alta! ¡Necesito oírlo! - exigió - ¡Todos necesitamos oírlo!
Necesitaba escuchar su voz. Que aquel compromiso no quedara en el aire, que se clavara en la carne y en la memoria. El grupo reaccionó como un solo cuerpo. Voces que se alzaron unas sobre otras, urgentes, suplicantes, feroces.
  • ¡Dilo Hermana!
  • ¡Vamos Yara, dilo de una vez!
  • ¡Queremos oírlo Yara!
Todos reclamaban su voz, todos necesitaban oír el mismo juramento.
Y entonces Yara estalló. Un rugido ancestral brotó de su pecho, desgarrado y salvaje.
  • ¡Juro que encontraré a Grace. Lo juro por los santos, por los vivos y por los muertos, por todo aquello que aún tiene nombre y por lo que ya no lo tiene!
Sacó un cuchillo del cinturón sin dudarlo y se rajó el brazo. El gesto fue limpio, decidido. La sangre brotó caliente, resbalando por su piel hasta caer en la palma abierta de su mano. Aquel rojo no era dolor: era verdad.
  • ¡Esta sangre es mi juramento! ¡No descansaré hasta traerla de vuelta. Y si miento, si flaqueo un solo instante, si traiciono esta promesa, que los santos me arrebaten la vida en este mismo instante!
Nadie habló. Todos la miraron. La sangre cayendo, marcando el suelo, sellando el aire. Vihaan le arrancó el cuchillo de la mano sin suavidad, con el mismo brazo que sostenía a su hijo; y sin apartar la mirada, se cortó también. Su sangre se mezcló con la de ella. Luego apoyó su mano con fiereza sobre la suya, palma contra palma, herida contra herida.
  • ¡Y yo iré a tu lado hermana! ¡Hasta el final!
Uno a uno, los demás avanzaron. El cuchillo pasó de mano en mano, los cortes atravesaron la piel sin vacilar, sin miedo. Mano sobre mano. Sangre sobre sangre. Un círculo cerrado por la carne y la voluntad. Cada corte era una renuncia al descanso. Cada gota, un paso más hacia lo imposible.

No era un pacto.
Era una condena elegida.
Una promesa eterna bajo el cielo eterno.

No descansarían.
No se rendirían.
No olvidarían.

Hasta encontrarla.
Hasta abrazarla de nuevo.
Hasta reunir, otra vez, a la familia.

Aibori los observó en silencio. En sus rostros reconoció algo familiar, algo que no se aprende ni se hereda: se despierta. Era el mismo espíritu guerrero de las Amazonas que la habían visto crecer, el mismo pulso salvaje que se le había grabado en la sangre desde niña. No era solo orgullo. Era un latido feroz en las venas, un temblor que recorría el cuerpo y apretaba el corazón hasta doler. Las lágrimas brotaron de sus ojos. No de miedo. No de dolor. Eran lágrimas nacidas del reconocimiento. De saberse reflejada en ellos, de encontrarse en casa tan lejos de su hogar. De comprender que aquella familia improvisada, rota y rebelde, compartía la misma fuerza guerrera en su interior.

La primera amazona de la historia en llorar… y lo hacía por amor al combate compartido.
Una risa brutal, insolente, desafiante, le nació en los labios.
  • Decidme, hermanos… - preguntó con voz firme - ¿Quién de vosotros teme a la muerte?
El silencio fue la única respuesta. Se miraron unos a otros, sin bajar la cabeza, sin esquivar la pregunta. Porque aquel juramento ya estaba hecho. Desde el primer día que se unieron al Red Viper. Desde el primer día que la capitana Grace O’Malley se cruzó en sus vidas y prometieron seguirla hasta el final del mundo o hasta lo más profundo del infierno. Entonces Cortés empezó a reír. Primero fue una sonrisa baja, casi incrédula. Luego creció, se desbordó, se volvió carcajada, se volvió contagiosa. Una risa de loco. De condenado feliz. De una alma que ya no espera salvación alguna y, por eso mismo, es libre. Y en ese instante todos lo siguieron, todos rieron, todos lo supieron.

No habría descanso alguno.
No habría tregua posible.
No existiría cadena capaz de retenerlos.

Avanzarían aunque el cuerpo se rompiera, aunque el mundo se cerrara sobre ellos, aunque los dioses les dieran la espalda.

No dudarían ni un instante.
No mirarían jamás atrás.
No se permitirían el lujo del descanso.

Pues ese era el legado que Grace O’Malley les había dejado:

¡No existe rendición posible, hermanos!
¡Se lucha de frente, con el corazón ardiendo y el alma abierta!
¡Y si este es nuestro destino, moriremos luchando!
¡Con el acero desnudo y los dientes apretando!

¡Seguiremos, sí!
¡Lo haremos de la única manera que sabemos!
¡Con la frente alzada y los puños apretados!
¡Con la mirada vacía y la garganta ardiendo!
¡En medio de la tormenta y en la noche más oscura!
¡Sin miedo en nuestros corazones!
¡Sin rendirnos jamás!


¡Juntos!

Aquella era la verdad que los había unido. Una familia nacida del desafío, forjada en la pérdida, alimentada por la terquedad y el amor feroz por los suyos.
  • Eran rebeldes. Libertarios. Salvajes e Indómitos… - dijo Liam leyendo el cuaderno sobre sus manos - ¡Nadie temía a la muerte! Nadie que fuera digno de pisar la cubierta del Red Viper lo tenía. Y como su capitana había rugido sin descanso, una y otra vez, tenaz y obstinada como solo ella podía serlo: ¡Nadie! ¡Jamás! ¡Se queda atrás!
El silencio reinaba en la pequeña habitación blanquecina. La luz del atardecer se filtraba a través de la gran cristalera que daba a los muelles, dibujando reflejos cálidos sobre las paredes y el suelo. Ava, sentada junto al anciano, se secó las lágrimas que todavía brillaban en sus ojos y esbozó una sonrisa suave, casi tímida.
  • Es precioso, Liam… - susurró - Posiblemente la historia más bonita que jamás haya escuchado.
Se incorporó con cuidado, dejando la silla en su sitio, y comenzó a recorrer la habitación con la calma y la precisión de quien conoce cada rincón de su trabajo. Reordenó la camilla, acomodó las sábanas, ajustó la almohada del paciente y revisó los utensilios médicos, cada gesto impregnado de atención y delicadeza. Cada movimiento parecía un pequeño ritual, un cuidado silencioso que hablaba más que las palabras. Encendió la radio, dejando que la música flotara suavemente por la habitación. Sabía que a él le gustaba.
  • Deberías pensar en publicarlo… creo que le podría gustar a mucha gente - dijo, apoyando una mano en el hombro de él con suavidad, su sonrisa cálida y alentadora - Yo podría ayudarte a hacerlo si quisieras…
  • ¿Ya te vas? - preguntó él, cerrando el cuaderno y dejándolo con mimo sobre sus rodillas.
Ella asintió con delicadeza y empujó la silla de ruedas hacia el ventanal. Sabía que a él le gustaba quedarse allí, mirando el mar hasta que la noche confundía las olas con el cielo. Cuando las estrellas y la luna brillaban en ambos lados sin saber de donde surgían y donde se reflejaban.
  • Sí, compañero. Ya ha terminado mi turno… - y rápidamente añadió con alegría - Pero mañana nos volveremos a ver, ¿de acuerdo?
Liam sonrió, y ella se inclinó para darle un breve beso en la mejilla antes de caminar lentamente hacia la puerta. Pero antes de salir, se giró, frunciendo ligeramente el ceño, curiosa y traviesa.
  • Supongo que la historia no termina así… ¿verdad?
  • No tengo nada más escrito - respondió Liam, con una sonrisa tranquila.
Ella se quedó un instante, apoyando la barbilla en su mano derecha mientras meditaba.
  • Pues deberías escribir más… Vihaan debe encontrar a Grace. ¡No puede acabar así! La familia debe reunirse de nuevo, Yara debe volver a abrazar a su hermana y Maverick sentir el calor de su madre… - levantó un dedo, firme y decidida, con una sonrisa que parecía no conocer límites - Así que prométeme que acabarás tu libro.
  • Está bieeeen… me lo pensaré - rió Liam, desviando la mirada al mar, tranquilo y pensativo.
  • Así me gusta… ¡Hasta mañana! - exclamó Ava, antes de desaparecer por la puerta, dejando la luz del atardecer abrazando la habitación y el murmullo lejano del puerto como testigos de aquella historia que se prolongaba más allá de las páginas escritas.
Ava entró en el vestuario, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco. Con movimientos rápidos y precisos comenzó a despojarse de su uniforme de enfermera, doblando la bata y colocándola sobre la percha, mientras el pantalón y la camisa seguían el mismo ritual. Sus dedos eran ágiles, acostumbrados a la rutina, y sus movimientos parecían marcar un pequeño baile de eficiencia y energía contenida. Su cabello pelirrojo caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y su rostro, salpicado de pecas, era un retrato vivo de su herencia irlandesa, con la piel clara que parecía brillar bajo la luz blanca del vestuario. Se calzó sus pantalones de mezclilla y una camiseta negra con el logo de los Ramones, ajustándose la chaqueta después mientras se miraba fugazmente en el espejo, revisando que todo estuviera en su sitio.

Cerró la taquilla con un golpe firme, colocó los cascos inalámbricos sobre sus orejas y la música estalló en su mundo. Guitarras veloces y desafinadas rasgaban el aire, la batería golpeaba con furia constante y la voz desgarrada del cantante de aquel grupo punk galés, que acababa de descubrir, rugió con ira y pasión. Sus ojos brillaron y una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios. Se colgó la mochila sobre los hombros, ajustándola con destreza, y con un saludo rápido a Jane, la recepcionista de la residencia, se dirigió a la salida. Las calles sucias y pintarrajeadas de Bristol la recibieron, y ella avanzó con paso decidido, impulsada por la música, la energía y la certeza de que cada día, por rutinario que pareciera, tenía la capacidad de transformarse en una pequeña revolución personal.

Y tú… querido lector. Seguramente te estés preguntando lo mismo que todos.
¡¿Quien malditos demonios era Ava Walker?!

Continuará…
 
Nos vas a hacer sufrir hasta él último capítulo.
Lo acepto si al final reúnes a Grace con sus amigos y su familia.
Jajajajajaja es verdad...
Pero yo también sufro eh! Que quede claro!
Aquí remamos todos :ROFLMAO:

Dos capítulos quedan, a lo sumo tres o cuatro... pero no más.
El desenlace asoma por el horizonte, y hacía el vamos, con la frente alzada y la libertad por bandera. 🏴‍☠️✊🏴‍☠️
 
Capítulo 106 - ¿Quien eres Ava Walker?

Ava avanzaba por las calles de Bristol, y la ciudad la envolvía con su carácter único, rebelde y lleno de historias que se filtraban por cada grieta de sus adoquines. Las casas de ladrillo rojo se alternaban con antiguos almacenes industriales reconvertidos en bares, talleres y galerías de arte; los callejones estaban adornados con grafitis que contaban historias de lucha, resistencia y creatividad desenfrenada. No era solo arte, era un manifiesto: Bristol era un lugar que se negaba a callar, que encontraba belleza en lo que otros descartaban.

Cruzó por enfrente del M Shed, el museo que guardaba la memoria de la ciudad. Que recordaba muelles cargados de siglos de comercio, luchas obreras, historias de marineros y trabajadores que habían hecho de Bristol un puerto de vida y rebeldía. Recordaba que la ciudad había sido un centro de resistencia contra la esclavitud, un lugar de revolución industrial, y más tarde un hervidero de movimientos culturales y musicales que habían sacudido Inglaterra entera. Cada ladrillo, cada pared, parecía respirar esa mezcla de historia y desafío.

Mientras caminaba, sus ojos se posaban en los grafitis más famosos, los de Banksy; que habían convertido a Bristol en un referente mundial del arte callejero. Guerreros invisibles, niñas con globos, críticas políticas y sociales que retaban al poder, que recordaban a todos que aquí la voz del pueblo tenía fuerza y que los límites que marcaban las leyes solo existían para ser saltados y desobedecidos. Los murales competían con los carteles de conciertos de punk y ska, con las pegatinas de colectivos que luchaban por derechos sociales, con las puertas pintadas de colores imposibles en antiguos almacenes que habían sido okupados y reconvertidos en centros comunitarios para la gente del barrio. La ciudad era un mosaico de historia, resistencia y cultura, un lugar donde la creatividad se mezclaba con la rebeldía y la supervivencia.

Ahora andaba por Narrow Quay, por el centro, los barcos anclados en los muelles de la ciudad reflejándose en el agua, sintiendo que cada paso la conectaba con siglos de historias de lucha y libertad. El viento traía consigo un olor a mar, a pintura fresca y a Guinnes bien tirada. Bristol no era solo una ciudad: era una declaración, un grito que se levantaba desde las calles y los muelles, y Ava lo sentía en cada fibra de su cuerpo mientras avanzaba, decidida, como si formara parte de esa eterna resistencia.

Siguió su camino sin rumbo fijo, dejándose llevar por el pulso nervioso de la ciudad. Le gustaba siempre perderse un poco antes de llegar a casa, redescubriéndola cada día un poco más. Observando sus cambios, su evolución constante, su flujo incesante.

Llegó a Stokes Croft, el barrio donde vivía y donde Bristol mostraba los dientes sin pudor. Allí no había fachadas amables ni promesas turísticas: había cicatrices. Tiendas independientes resistiendo a las franquicias, bares con las persianas cubiertas de carteles contra el racismo, contra el capitalismo voraz, contra el olvido. Stokes Croft siempre había sido eso: un barrio que se defendía a sí mismo, una comunidad unidad, un lugar donde la gentrificación nunca entró sin pelea, donde las calles habían ardido en protestas y disturbios cuando alguien intentó domesticarlo.

Las paredes hablaban. Literalmente. Murales gigantes denunciaban abusos policiales, desigualdad, guerras lejanas decididas por hombres que jamás empuñarían un arma. Bristol llevaba décadas usando el arte como arma: desde los colectivos de graffiti de los ochenta hasta la explosión del street art que la convirtió en un referente mundial. Aquí pintar un muro no era vandalismo, era tomar la palabra a la fuerza.

Ava bajó el ritmo al acercarse a una pared especialmente cargada. Un grafiti enorme, directo, sin adornos innecesarios. Letras negras, ásperas, casi gritadas con rabia.

¡¡¡DECIBEL!!!

Y debajo, en trazos más irregulares:
Raise your voice Silence is obedience

El mensaje no pedía permiso. Exigía ruido. Exigía presencia. Exigía no bajar la cabeza.

Se detuvo. Se quitó un auricular y dejó que la ciudad sonara por sí sola: el tráfico lejano, una sirena policial, risas en los pubs, una guitarra mal afinada en algún portal. Pensó que aquel muro era Bristol condensada en una palabra. Decibelios, volumen. “Alza la voz. El silencio es obediencia”

Sacó el móvil y encuadró la pared con cuidado, buscando que entraran también las grietas del ladrillo, los restos de carteles arrancados, la farola oxidada a un lado. Hizo la foto. Luego otra. Eligió la mejor. Abrió el chat y se la envió a Lucía.

“Bienvenida a Bristol. Aquí las paredes gritan más que la gente. Este sitio te va a encantar”

Guardó el móvil en el bolsillo y sonrió, satisfecha. Lucía era su compañera de piso, una chica joven y alegre, llegada del caribe. Llevaba poco tiempo en la ciudad, todavía lo miraba todo con ojos nuevos, y Ava sabía que aquel grafiti le hablaría de su nuevo hogar mejor que ella. Porque Bristol no se explicaba: se sentía. Y a veces, como ahora, se gritaba a pleno pulmón desde un muro cualquiera, en mitad de una calle que jamás había aprendido a obedecer.
  • ¡Eh, pelirrojaaaa!
El grito la pilló por sorpresa. Giró la cabeza de golpe, alerta, pero no vio a nadie. Solo cuando avanzó unos metros distinguió, muy a lo lejos, un brazo alzándose por encima de la gente, saludándola con desgana. Reconoció el rostro al instante. Apretó el paso, cruzó la calle sin mirar - un coche pitó, alguien la insultó - y llegó hasta él.
  • ¿Qué dices, Talon? - preguntó, dándole dos besos rápidos, cargados de costumbre.
  • ¡Nada nuevo, la verdad! - sonrió él - Descansando un poco antes de que empiece el caos.
  • ¡Es curioso que siempre que te veo, estes justo tomándote un descanso!
  • ¡¿Que pasa aquí?! ¡¿Eres mi maldita madre o qué?!
Ava soltó una carcajada. Talon trabajaba sirviendo copas en el The Dispossessed, su pub preferido de toda la ciudad. El nombre lo decía todo: Los desposeídos. Un refugio levantado en honor a las comunidades que habían luchado, generación tras generación, contra las malas condiciones de vida, contra la expulsión silenciosa que traía la gentrificación disfrazada de progreso. Un bar perfecto para aquel barrio donde nadie pedía disculpas por existir.

Talon era parte del mobiliario de Stokes Croft, casi una reliquia viva, una leyenda del barrio. Un hombre mayor, curtido como cuero viejo, con el cuerpo cubierto de tatuajes hasta donde la piel se lo permitía. Incluso la calva lucía tinta descolorida: símbolos anarquistas, nombres de bares desaparecidos, fechas que no explicaba a nadie. Llevaba un parche negro cubriéndole el ojo izquierdo, y cada vez que alguien le preguntaba cómo lo había perdido, contaba una historia distinta.

Una noche decía que fue en una pelea con la policía durante una huelga portuaria. Otra, que una vieja de la parte alta de la ciudad le lanzó un bastonazo directo al alma. Otra más, que se lo arrancó una exmujer con un tenedor por llegar borracho a casa. Y a veces, cuando estaba especialmente inspirado, juraba que la diosa Calipso se lo había arrebatado porque, en su infinita y divina sabiduría, creyó que con un solo ojo le bastaba. A Ava le caía bien precisamente por eso. Por no tomarse nada demasiado en serio. Era un bebedor empedernido, un pendenciero de bar, un fumador compulsivo que siempre olía a tabaco rancio y cerveza derramada. Pero también era alegre, hospitalario, incapaz de negarte un trago o una charla aunque no te conociera de nada.
  • No hay descanso para los pubs en esta maldita ciudad, ¿verdad? - dijo Ava, mirándolo de arriba abajo.
  • Demasiados borrachos por metro cuadrado, nena - respondió Talon - Demasiados problemas de los que escapar.
Los dos rieron. Talon sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de su chaleco y le ofreció uno. Ava negó con la cabeza, amable pero firme.
  • ¡Paso!
  • Más para mí - gruñó él.
Encendió otro cigarro sin haber apagado del todo el anterior y se apoyó contra la pared, cubierta de pintadas, consignas políticas y carteles medio arrancados. El humo subía lento, mezclándose con el olor húmedo de la calle.
  • ¿Vas a pasarte esta noche o qué?
  • No puedo… mañana trabajo - sonrió Ava, reanudando el paso.
Talon alzó la voz, exagerado, teatral, como si quisiera que lo oyeran hasta los pijos de Londres. Se giró hacía ella que ya se alejaba, plantado en medio de la calle como si fuera suya.
  • ¡¿Y qué cojones importa eso?! ¡Espabila, pecosa! ¡Que la vida es demasiado corta para estar pensando todo el día en el trabajo!
  • ¡Eso díselo a las facturas, tuerto!
  • ¡Vete a la mierda, niñata!
  • ¡Tus muertos, calvo!
Las risas estallaron entre insultos, sinceras y sin malicia. Ava le sacó la lengua, levantando la mano con el dedo anular alzado al viento, sin dejar de caminar. Talon respondió con un saludo torcido, el cigarro colgándole de los labios, riendo solo. Ella siguió su camino con una sonrisa ancha, ligera. Sonreía por encuentros así. Por esa forma bruta y honesta de quererse. Por formar parte de aquella ciudad indomable, de su comunidad, de sus calles pintadas, de su gente rota y luminosa, de una historia escrita a base de resistencia, sarcasmo y orgullo. Bristol no era fácil. Pero era su hogar.

De pronto, el móvil vibró en su bolsillo. En la pantalla apareció el nombre de Luisa.
  • ¿Qué pasa, compi?
  • Acabo de ver tu foto…
  • ¿Y qué?
  • Muy guapo. Me encanta el arte callejero.
  • Pues este viernes te vienes conmigo y te enseño unos cuantos más.
  • ¡Genial!
  • Oye… - Ava dudó un segundo - ¿queda algo de comida?
  • Espera un momento…
Al otro lado del teléfono se escucharon pasos descalzos sobre el suelo, el roce de una puerta al abrirse y el gemido cansado del frigorífico. Hubo un silencio breve, casi solemne.
  • Estamos secas… - dijo Luisa al fin - ¿Quieres que baje a comprar algo?
  • No te preocupes - sonrió Ava - Estoy llegando a casa. Me paro por el Fish and R.I.P.S y compro algo.
  • ¿Otra vez pescado frito y patatas?
  • Es lo que hay, compi. Bienvenida a Inglaterra.
Luisa suspiró al otro lado, pero no sonó derrotada. Solo cansada de que los ingleses no tuvieran cultura culinaria.
  • Esto va a terminar pronto. En cuanto encuentre trabajo, yo me ocuparé de llenar la nevera y cocinar.
  • Deseando estoy que llegue ese día…
  • ¡Lo vas a flipar!
  • Eso espero… - Ava miró la calle al girar la esquina - Nos vemos en un momento, guapa.
  • Un beso, preciosa.
La llamada se cortó. Ava guardó el móvil y siguió caminando, con el paso ligero y la cabeza llena de ruido amable: música punk, olor a sal, promesas pequeñas pero firmes. No era el futuro soñado, no todavía. Pero era un presente compartido. Y a veces, con eso bastaba.

El Fish and R.I.P.S. ocupaba un local estrecho, encajado entre dos edificios de ladrillo ennegrecido por el tiempo y el humo. Como si se hubiera abierto paso a base de meter codos. Antes había sido uno más. Un fish and chips cualquiera, de esos que se confunden entre sí hasta perder su propia identidad. Lo llevaban dos hombres llegados desde la India unos años atrás, empujados por la misma promesa que había empujado a tantos otros inmigrantes antes: trabajar duro, aguantar lo que hiciera falta y, con suerte, construir algo que mereciera llamarse futuro.

Al principio no fue fácil. El barrio no perdona la tibieza. Vendían lo mismo que todos, con el mismo cartel azul gastado, las mismas letras impersonales, el mismo olor a aceite reciclado mil veces. Pasaban días enteros sin que entrara nadie. Aun así, ellos sonreían. Siempre sonreían. Aprendían nombres, acentos, bromas locales. Se esforzaban por ser parte de algo que todavía no sabía si los aceptaría.

Ava empezó a ir por pura costumbre. Porque estaba cerca de casa. Porque el pescado era honesto y las patatas abundantes. Porque aquellos dos tipos eran amables sin resultar serviles. Con el tiempo empezó a quedarse a charlar, a enseñarles fotos de los grafitis de la calle, a reírse del aspecto del local comparado con el resto del barrio. Y un día, casi sin darle importancia, soltó la idea.
  • Aquí el problema no es la comida - les dijo - Es que no entendéis donde estáis.
Les habló del barrio, de su historia de puños cerrados y dientes apretados, de la música que salía de cada sótano, del ruido, de la rabia y del humor negro. Les habló de la muerte como broma, como desafío, como identidad. De tachar Chips y escribir R.I.P.S. De cambiar los azules tristes por negros profundos y rojos violentos. De convertir aquel local en algo que no pidiera permiso.

Ellos se miraron. Dudaron. Y luego, contra todo pronóstico, le hicieron caso. Cerraron unos días. Pintaron. Colgaron calaveras con crestas, esqueletos bailando, pegatinas arrancadas de farolas, carteles de conciertos imposibles. Subieron la música hasta que el suelo vibró. El olor a aceite siguió ahí, pero ahora venía acompañado de cerveza derramada y sudor. Cuando reabrieron, ya no eran un negocio intentando sobrevivir: eran parte del barrio.

Desde entonces el Fish and R.I.P.S. estaba siempre lleno. Punks comiendo de pie en la calle, los perros sueltos, las risas ásperas, las voces demasiado altas. La cerveza corría sin tregua. Rastas llenando el ambiente con el olor siempre reconocible de la hierva recién fumada. Los coches patrulla reducían la velocidad al pasar, observando sin intervenir, como si supieran que aquello no era un problema, sino un aviso para que siguieran su camino sin tocar las pelotas.

Siempre había jaleo. Siempre había música. Siempre había vida. Y siempre que Ava entraba, los dos propietarios levantaban la vista y sonreían con una alegría sincera, agradecida. Porque gracias a ella aquel lugar ya no luchaba por encajar: había encontrado su sitio. Porque ella no solo era una clienta. Era familia.
  • ¡Avaaaa! - sonrió uno de los propietarios al verla, alzando la voz por encima del ruido de guitarras y conversaciones cruzadas.
  • ¡Buenas tardes, Arjun! ¿Cómo va el día?
  • ¡A todo trapo como siempre! - respondió el hindú, orgulloso, sin dejar de mover las manos.
Arjun era un hombre bajito y de espalda ancha, con una barriga prominente que parecía adelantarse siempre a sus pasos, como si tuviera prisa por llegar antes que él a cualquier sitio. Su bigote, espeso y exagerado, se retorcía en las puntas con una elegancia casi teatral, la cabeza siempre cubierta por un turbante digno de un villano de opereta o de un antiguo maharaj venido a menos. Siempre llevaba una sonrisa instalada en el rostro, no forzada, no servil, sino genuina, de esas que nacen de quien ha aprendido a resistir sin perder la alegría. Pero cuando se metía dentro de la cocina era otra cosa: un huracán. Tenía una habilidad para cocinar que no conocía rival, un instinto casi sobrenatural para el punto exacto del pescado, el crujido perfecto del rebozado, el equilibrio sagrado entre grasa y sal. Allí dentro, Arjun no servía comida: repartía consuelo a una velocidad endiablada.
  • ¿Dónde está Ravi? - preguntó Ava, abriéndose paso entre el gentío, saludando a varias personas, hasta llegar al mostrador; esquivando codos, risas y una cresta verde fosforito.
  • Lo tengo dentro, esclavizado - respondió Arjun levantado la ceja - ¿Quieres que lo llame?
Ella se ruborizó, negando con la cabeza, y se sentó en un taburete vacío y desconchado. Sin pedir confirmación, el hindú abrió una cerveza rubia, fría, con un golpe seco, y la dejó en la barra frente a ella. Ava alzó la botella en un brindis silencioso y dio un trago largo, mientras él seguía trabajando sin parar, gritando pedidos, sacando cestas llenas de patatas de la freidora, riéndose con los clientes como si llevara toda la vida allí.

De repente, una cabeza asomó por la puerta de la cocina, empujando la cortina grasienta con el dorso de la mano.
  • ¡Hey, Ava! ¡¿Cómo estás, preciosa?!
  • ¡Buenas, Ravi! - sonrió tímidamente ella al verlo - ¡Resistiendo como siempre!
  • ¡Así me gusta! - asintió él, alzando el puño izquierdo - ¡Siempre en pie de lucha!
Ava respondió al gesto alzando el puño también, su sonrisa amplia y cómplice, mientras Ravi desaparecía de nuevo entre el vapor y el ruido de la cocina. Aquella consigna era suya. Se la había enseñado ella, una frase heredada de las calles, de las pancartas y de los cánticos que habían marcado la historia de Bristol: desde el boicot a los autobuses de 1963, cuando la ciudad se negó a aceptar la segregación disfrazada de ley, hasta las protestas de Kill the Bill en 2021, cuando miles de cuerpos salieron a decir que no, que ya bastaba. Ravi la había hecho suya como si siempre le hubiera pertenecido, como si hubiera nacido con ella grabada en el pecho.

Lo adoraba. No solo por su carácter tranquilo y firme, sino por algo más difícil de expresar en voz alta. Ravi era joven, moreno, con el cabello largo, oscuro y liso, siempre sorprendentemente bien peinado para alguien que pasaba el día entre freidoras y humo. Tenía una presencia serena, casi magnética, como si el caos del local no lograra rozarlo del todo. Su mirada era luminosa, profunda, de esas que parecen escuchar incluso cuando guardan silencio. Y su sonrisa… su sonrisa era sincera, calmada, sin alardes, como un refugio inesperado.

Había una cicatriz que Ava no podía dejar de mirar cada vez que él aparecía: nacía por encima de su ceja derecha y descendía hasta perderse en la mejilla, una línea imperfecta, antigua, cargada de historia. Ava juraría que su ojo derecho era de cristal; a veces, según cómo le daba la luz, parecía inmóvil, muerto. Nunca encontraba el momento adecuado para preguntárselo. Tal vez porque algunas preguntas, si se formulan, rompen el hechizo. Lo encontraba atractivo. Mucho. Pero no por lo que decía - porque Ravi hablaba poco, lo justo - sino por lo que callaba. Por la sensación de que bajo aquella calma había vivido cosas que no necesitaban ser contadas. Un hombre joven, guapo y misterioso, con un pasado escondido detrás de una cicatriz y una sonrisa que no pedía explicaciones.
  • ¿Te pongo lo de siempre? - preguntó Arjun arrancándola de sus pensamientos.
  • Sí, pero ponme dos.
  • Uiiii… - Arjun arqueó las cejas y una sonrisa juguetona apareció bajo el bigote - ¿Tienes visita esta noche o qué?
  • Qué entrometido eres, bigotón - rió ella - Pero no… La comida es para mi compañera de piso.
  • Ah, sí, ya recuerdo… ¿Cómo le va?
  • Adaptándose…
  • Bueno - dijo Arjun con una convicción tranquila - si está contigo, seguro que le va bien.
  • No seas pelota y ponme más patatas - replicó Ava divertida - que la última vez casi ni las huelo.
Arjun soltó una carcajada profunda, de esas que nacen del pecho, y negó con la cabeza mientras cargaba el envase de cartón hasta arriba.
  • Hoy no te vas a quejar, pelirroja. Hoy saldrás rodando.
La música subió un poco más, alguien golpeó la barra al ritmo de la batería, y durante un instante, entre el olor a aceite caliente, cerveza, gritos y sudor, el Fish and R.I.P.S. volvió a latir como lo que era: un refugio ruidoso para los que nunca encajaron en silencio. Ava dejó un par de billetes y unas monedas de propina sobre la barra manchada de sal y grasa, empujándolos con dos dedos.
  • Cuídate, Arjun - dijo alzando la voz por encima de la música.
  • ¡Y tú también, encanto! - respondió él sin dejar de freír - ¡Nos vemos pronto!
Ella sonrió, apuró la cerveza de dos tragos largos, sintiendo el amargor frío recorrerle la garganta como un pequeño ritual de despedida. Dejó la botella vacía, alzó la mano a modo de saludo final y se abrió paso entre el gentío. Hombros rozándose, risas, olor a aceite caliente, cuero viejo y saludos rápidos. Un empujón amable por aquí, una disculpa por allá. El Fish and R.I.P.S latía como un corazón desbocado, y ella formaba parte de ese latido.

Empujó la puerta y salió de nuevo a la calle. El aire de Bristol la recibió húmedo y frío, con ese olor a río, ladrillo mojado y gasolina que nunca se iba del todo. Se colocó bien los auriculares, subió el volumen hasta que las guitarras le rugieron directamente en el cráneo y echó a andar. Paso rápido. Mirada al frente. El mundo pasando a los lados como un decorado conocido. Las calles estaban vivas incluso al anochecer: persianas a medio bajar, luces de pubs encendiéndose, bicicletas encadenadas a farolas cubiertas de pegatinas, un mural nuevo que aún olía a pintura fresca. Ava caminaba como quien pertenece a un lugar sin necesidad de pensarlo. No era un día extraordinario. No había gestas ni revelaciones. Pero había vínculos. Había rostros conocidos. Había música, trabajo, risas compartidas y promesas pequeñas que se repetían solas: mañana más, mañana mejor. Un día cualquiera. Y, sin embargo, especial.

Llegó a la puerta de su edificio, una construcción antigua de ladrillo oscuro, con el portero automático lleno de nombres tachados y escritos de nuevo. Se descolgó la mochila, bajó un poco la música y empezó a rebuscar entre libros, cables y papeles arrugados buscando las llaves. Fue entonces cuando la puerta se abrió desde dentro. El chirrido metálico la hizo alzar la vista de golpe. El corazón le dio un pequeño salto al verlo, ese instante exacto en el que el mundo parece contener la respiración, justo antes de seguir girando.
  • ¡Buenas tardes, señor Chan! - saludó Ava con una sonrisa torcida, recordando de repente que le debía algo.
  • Buenas tardes, señorita Walker - respondió el hombre, inclinando levemente la cabeza.
  • Sé que aún le debo el alquiler del mes pasado, pero le prometo que en cuanto cobre…
El arrendador levantó ambas manos con calma, como si estuviera apaciguando el aire.
  • No se preocupe por eso… no hay ningún problema.
  • Lo siento de veras - insistió ella - Desde los últimos recortes del gobierno, no me pagan al día en el trabajo y no tengo nada ahorrado…
  • De verdad que no hay problema, señorita - repitió él con una serenidad inquebrantable - Usted es una buena inquilina. Sé que pagará cuando pueda.
  • Se lo agradezco de corazón…
  • No se merecen.
El señor Chan se hizo a un lado y la invitó a pasar con un gesto elegante y casi ceremonial. Ava, sin pensarlo, hizo una pequeña reverencia automática, como si ella también hubiera nacido en Hong Kong. El asiático soltó una carcajada suave, discreta, y se despidió con un movimiento de cabeza antes de salir y cerrar la puerta tras de sí. Ava se quedó un segundo quieta en el recibidor, revisando si tenía correo en el buzón, escuchando cómo sus pasos se alejaban por la acera. Pensó que era, sin lugar a dudas, el primer propietario decente que había conocido en toda su vida. El señor Chan jamás reclamaba el alquiler. Nunca. No había notas amenazantes bajo la puerta, ni llamadas incómodas, ni miradas de reproche en las escaleras. Siempre sonreía. Siempre. Una sonrisa tranquila, sin grietas, como si nada pudiera alterarla.

Eso sí, su aliento apestaba a sake de una forma tan constante que Ava llegó a pensar que aquel hombre llevaba años sin probar una sola gota de agua. Sake al amanecer, sake al atardecer, sake como un viejo compañero silencioso que no pedía explicaciones.

Llevaba un gimnasio a dos calles de allí, un local pequeño y austero, con las paredes desnudas y el suelo gastado por décadas de pasos descalzos. Allí daba clases de artes marciales a los chavales del barrio. Muchachos difíciles, rotos algunos, furiosos otros, hijos de calles duras y noches largas. Chan los recibía a todos por igual. Les enseñaba a caer y a levantarse, a respirar cuando el mundo apretaba, a canalizar la rabia en disciplina. Les hablaba del esfuerzo, del respeto, del cuerpo como templo y de la mente como refugio. Les enseñaba a meditar, a escuchar el silencio, a no dejarse arrastrar por los vicios ni por las trampas fáciles de la calle. Era un hombre de bien. De los que no alzan la voz ni necesitan imponerse. De los que sostienen el mundo sin que nadie se dé cuenta.

Ava subió las escaleras con la mochila colgándole de un hombro y una sonrisa pequeña, sincera, dibujada en los labios. En ciudades como Bristol, pensó, la resistencia no siempre gritaba. A veces simplemente sonreía… y dejaba pasar. Llegó a la puerta de su apartamento justo cuando la de enfrente se abrió de par en par.
  • Buenas tardes, pelirroja… - dijo una voz ronca, arrastrada y alegre - ¿Cómo te trata este lluvioso… triste… y típicamente… británico jueves?
Ava sonrió al reconocer aquel tono inconfundible. Giró la cabeza mientras introducía la llave en la cerradura.
  • No te acostumbras, ¿verdad, vecino?
  • ¿Quién demonios podría acostumbrarse, preciosa? - bufó él, alzando los brazos - Cuando Dios creó Inglaterra se olvidó del sol. De verdad, no entiendo cómo puedes sonreír con el cielo tan encapotado.
  • Yo nací bajo este cielo, Antonio - replicó ella con calma - No conozco otro.
Él rió con ganas, negando con la cabeza, como si aquella respuesta fuera una herejía adorable. Ava le devolvió la sonrisa, ya empujando la puerta con el hombro.
  • Pues eso no lo voy a permitir… Este verano te vienes conmigo y con mi mujer a Cádiz - anunció él, señalando al techo como si pudiera invocar el sol - Vas a ver lo que es un cielo de verdad y una playa como Dios manda.
Antes de que Ava pudiera responder, una mujer de cabellos negros y con una belleza indomable, asomó por detrás de él, apoyando el antebrazo en el marco de la puerta.
  • Hola, Ava. ¿Cómo estás, maja?
  • Hola, Irene… - respondió ella - Bien, como siempre. Con ganas de llegar a casa, descalzarme y tirarme en el sofá. ¿Y tú?
  • Bien también. Íbamos a dar una vuelta antes de cenar.
Antonio se giró hacia su mujer justo cuando ella cerraba la puerta del apartamento.
  • Le estaba diciendo a Ava que este verano podría venirse con nosotros a Cádiz… - empezó de nuevo, encadenando palabras sin respirar - Porque ella nunca a salido de Bristol, y allí el sol no es como aquí, allí es un sol de verdad, y la comida, y el mar, y el pescado, y los atardeceres… - se giró de nuevo hacia ella - Tú imagínate Ava, sentada frente al Mediterráneo con una cervezita fría acariciando tu garganta, con ese calorcito y sin esta humedad que se te mete en los huesos…
Irene lo escuchó apenas unos segundos antes de darse cuenta. Vio cómo Ava asentía con educación, con la sonrisa cansada de quien solo desea cerrar la puerta y desaparecer en su refugio. Sin perder la compostura, le dio a Antonio un codazo suave pero certero en las costillas, empujándolo con cariño.
  • Antonio, no seas pesado - le dijo sonriendo - La chica acaba de llegar de trabajar.
  • ¡Pero si solo estaba explicando…!
  • Explicando Cádiz como si fueras un guía turístico - lo cortó ella, divertida - ¡Venga, anda!
Se despidieron entre risas y promesas vagas de cervezas futuras. Ava los observó alejarse por el pasillo, discutiendo en voz baja, él gesticulando sin parar, ella caminando recta y firme, tirando suavemente de su brazo para que avanzara. Eran una pareja extraña: Antonio, risueño, alocado, imposible de silenciar; Irene, severa en apariencia, medida y sólida. Y sin embargo, encajaban a la perfección, como dos piezas opuestas que solo juntas tenían sentido. Ava cerró la puerta tras de sí, aún sonriendo. En aquel edificio viejo y destartalado, incluso los pasillos parecían llenos de vida.

Su piso era pequeño y humilde, como ella misma y como muchas de las casas encajadas en los barrios viejos de Bristol. Un tercer piso sin ascensor, techos bajos, paredes que habían conocido demasiadas capas de pintura y demasiadas historias. El suelo de madera crujía al caminar, no por abandono, sino por edad. Había carteles descoloridos de conciertos pegados con cinta, una estantería torcida llena de libros subrayados y tazas desparejadas, plantas que sobrevivían a base de lluvia inglesa y buena intención. Desde las paredes llegaban las voces de los vecinos y desde las ventanas entraba la luz gris de la tarde, tamizada por edificios de ladrillo oscuro y chimeneas antiguas, testigos mudos de una ciudad obrera que nunca se rindió.

Sonaba música. Alegre, caribeña, con percusiones vivas y una voz que invitaba al movimiento sin pedir permiso. Ava avanzó hasta la cocina abierta, dejando la mochila en una silla y apoyando la bolsa del Fish and R.I.P.S. sobre la encimera. El olor a fritura y sal llenó el aire al instante. No tuvo tiempo de llamarla. Una mano firme le rodeó la cintura. Otra le atrapó la muñeca. En un movimiento rápido y juguetón la hicieron girar sobre sí misma.
  • Eh… - alcanzó a decir, sorprendida.
Luisa apareció frente a ella, cantando con dulzura la letra de la canción, sonriendo como si el mundo fuera un lugar fácil y cálido. La atrajo hacia sí sin esfuerzo y la invitó a bailar con un balanceo natural de caderas. Ava soltó una carcajada y se dejó llevar.

Eran la noche y el día. Ava, blanca y pecosa, flaca, pelirroja hasta la médula. Sus movimientos eran torpes, eléctricos, acostumbrados más a saltar que a fluir; a sacudir la melena con rabia más que a seducir. Luisa, en cambio, estaba tostada por el sol, de curvas endiabladas y cabellos negros como la noche cerrada. Se movía con una sensualidad innata, cada gesto medido y suave, como si la música naciera en su cintura y se deslizara por todo su cuerpo. Tan seductora que incluso Ava - heterosexual convencida, o eso creía - sentía que podía cambiar de acera en cualquier momento, sin previo aviso.
  • Mírate - rió Ava, intentando imitar uno de sus giros y fallando estrepitosamente - Joder, lo haces tan fácil que pareces una bailarina profesional.
  • Y tú pareces un espantapájaros electrocutado - rió Luisa sin dejar de moverse - Pero uno muy mono, eso sí.
  • ¡Oye! Que vengo cansada. Y mojada. Y con olor a pescado frito.
  • ¡No te ofendas! Si precisamente tu forma de bailar es parte de tu encanto británico - le guiñó un ojo - ¡Ven aquí!
Luisa la tomó de las manos y la obligó a seguir el ritmo. Ava resopló, se perdió, se rindió y acabó riendo a carcajadas.
  • Te juro que un día voy a aprender a moverme como tú.
  • No - negó Luisa - Tú tienes que moverte como tú eres. Desordenada, caótica… auténtica.
  • ¡Vaya discurso te ha quedado!
  • Es que bailando me pongo filosófica…
Giraron una alrededor de la otra, chocaron hombros, se pisaron sin querer. La música seguía sonando, viva, luminosa, llenando cada rincón del piso.
  • ¿Has traído comida? - preguntó Luisa de pronto, sin dejar de moverse.
  • Dos raciones grandes. Porque alguien aquí come como si hubiera pasado hambre en otra vida.
  • ¡Bendita seas, Walker! - sonrió, sujetándola de las mejillas y dandole un beso en la frente.
Siguieron bailando unos minutos más, riendo, cantando mal, hasta que el cansancio y el olor a fritura se impusieron. Ava pensó que su casa no era gran cosa. Pero en ese instante, con la música, el baile improvisado y aquella energía compartida, le pareció el lugar más hermoso del mundo. Se separó de su compañera de piso, diciendo que no podía más y se fue directa al dormitorio y, sin ceremonias, se deshizo de la ropa del día. Se enfundó unos pantalones amplios, una camiseta vieja de algodón suave y agujereada. Se recogió el pelo aún húmedo en un moño descuidado. Se descalzó, y ya cómoda, volvió al salón arrastrando los pies, como quien por fin baja la guardia. Luisa ya había repartido la comida sobre la mesa baja, improvisando platos con servilletas y una botella de vino barato a medias.

Se dejaron caer en el sofá de cualquier manera: Ava medio tumbada, con las piernas cruzadas sobre el respaldo; Luisa sentada de lado, ocupando más espacio del necesario, como si el mundo siempre le perteneciera un poco. Comieron sin prisa y sin normas. Con la boca llena, hablando de tonterías, del trabajo que aún no llegaba, de gente rara que habían visto en la calle, de planes que probablemente no cumplirían. Reían mascando, se atragantaban de tanto reír, se daban golpes suaves en el brazo cuando una decía alguna barbaridad en el peor momento posible.

Luisa había llegado hacía relativamente poco a su vida, y aun así Ava tenía la sensación extraña y reconfortante de conocerla desde siempre. Con ella todo fluía sin esfuerzo. Era fácil. Dinámico. Se picaban, se discutían por cualquier estupidez, por el último trozo de comida, por quién había puesto la música tan alta… y al segundo siguiente estaban otra vez riendo, como si la pelea no hubiera existido jamás.

En un gesto distraído, Ava reparó en el colgante que Luisa llevaba al cuello. Alargó la mano y lo sujetó con cuidado, acercándolo a la luz. Era un diente de metal, atrapado por una fina cuerda de cuero, gastada por el uso.
  • ¿Y esto? - preguntó con curiosidad sincera.
Ava no retiró la mano. Luisa sostuvo el amuleto un instante, lo observó en silencio y luego lo acercó a sus labios. Lo besó con los ojos cerrados, despacio, como si aquel gesto guardara un significado antiguo.
  • Para no olvidar - dijo Luisa, con un tono nostálgico, cargado de amor y de algo más hondo que no necesitaba explicación.
Ava abrió los ojos y, de inmediato, rompió la solemnidad con una risa clara.
  • ¿El qué? - dijo con tono burlón - ¿Qué estas a dieta? Porqué se te está poniendo el culo como el Memorial Stadium.
  • De tan irónica pareces imbécil - contestó Luisa alzando las cejas.
  • Soy Británica - corrigió Ava - Es distinto, mi amor.
Rieron otra vez, sin contención, mientras la música seguía sonando de fondo y la comida desaparecía poco a poco. La noche avanzaba lenta al otro lado de la ventana, gris y encapotada como casi todas las noches inglesas. Y allí, en aquel piso pequeño y lleno de vida, el tiempo parecía haberse detenido solo para dejarles reír un poco más.

El cansancio llegó sin avisar, como siempre. No fue un golpe, sino una rendición suave. Apagaron la música, recogieron lo justo y, casi por inercia, acabaron las dos en el diminuto cuarto de baño, compartiendo espejo como tantas otras noches. Luisa se cepillaba los dientes con entusiasmo exagerado, la boca llena de espuma, cuando habló sin pensar demasiado.
  • ¿Y qué tal el curro hoy? - preguntó, vocalizando mal, con el cepillo dentro de la boca.
Ava la miró a través del espejo mientras contestaba.
  • Bien… - dijo - Liam me ha leído el último capítulo de su libro.
Luisa alzó las cejas, interesada de inmediato. Aquella historia de piratas y batallas navales, de leyendas y destinos; llevaba meses colándose en casa a través de Ava, fragmento a fragmento, como una visita constante.
  • ¿Ah, sí? - escupió en la pila - ¿Y… cómo acaba?
Ava se encogió de hombros mientras se cepillaba, pensativa.
  • No acaba bien. Hay renuncias, sacrificios. Amor del que duele. Ya sabes… Grace y Diego desaparecidos, y los demás jurando que los encontrarían…
Luisa frunció el ceño, apoyando una mano en el lavabo.
  • Eso no es un mal final - dijo - En todo caso es un final incompleto. Yo creo que si la tripulación decide ir en busca de ella… entonces sí termina bien.
Ava se enjuagó la boca, dejó el cepillo en su sitio y negó despacio con la cabeza.
  • No me gustan los finales abiertos - admitió mientras escupía - Me gustaría saber si Vihaan y los demás llegan a encontrar a Grace. Si de verdad la traen de vuelta.
Luisa le pasó la toalla de mano, observándola con una media sonrisa cargada de intención.
  • A veces los finales felices no llegan solos… - sonrió - Hay que salir a buscarlos.
Ava la miró, confundida.
  • ¿A qué te refieres?
Pero Luisa ya salía del baño. Antes de desaparecer por el pasillo, se giró, le guiñó un ojo y lanzó la frase como quien deja caer una cerilla encendida.
  • Si ese anciano no ha terminado el libro… termínalo tú.
Le lanzó un beso al aire y se perdió en su habitación. Ava se quedó un segundo inmóvil. Luego, sin darle más vueltas, colgó la toalla en su sitio, apagó la luz y se fue a su cuarto. Se metió en la cama, acomodándose bajo las sábanas, y antes de cerrar los ojos comprobó el despertador.
“Un día más”, pensó. Mañana era viernes. Y, por fin, llegaba el fin de semana.

Incluso una ciudad tan caótica como Bristol tenía derecho al descanso. La noche había reclamado cada esquina, cada tejado húmedo, cada calle estrecha empapada por la fina lluvia que no cesaba ni un solo instante. Bajo su manto oscuro, el mundo parecía contener la respiración. El silencio se adueñó de todo, roto solo por el maullido áspero de algún gato callejero y el paso torpe de algún borracho tardío que regresaba a casa hablando solo y dando eses.

Ava dormía plácidamente. El cuerpo rendido, la respiración lenta y profunda, el rostro relajado. El cabello pelirrojo se desparramaba sobre la almohada como una llama apagada. Nada la perturbaba. El despertador digital, sobre la mesilla, marcaba las tres de la madrugada. Los números azules fosforescentes brillaban en la oscuridad como un ojo artificial que nunca parpadea. Entonces, una sombra se detuvo junto al marco de la puerta de su habitación.

No hizo ruido. No se movió. Permaneció allí, quieta, observándola durante un largo instante. Como si midiera su respiración. Como si memorizara aquel rostro dormido. No hubo urgencia, ni duda. Solo una presencia silenciosa, pesada, consciente.

Finalmente, la sombra se retiró. Con la misma delicadeza con la que había llegado, cruzó el pasillo, abrió la puerta del piso y la cerró sin que el mecanismo del cerrojo emitiera un solo chasquido. Afuera, en el rellano, dio dos golpes secos con el puño cerrado en la puerta de enfrente. Una señal breve. Precisa. Dos sombras más emergieron del interior, rápidas, compactas. No intercambiaron palabras. No hacía falta. Al final del pasillo, antes de la escalera, una cuarta sombra ya los esperaba. Descendieron juntos. Salieron a la calle.

Caminaban deprisa, pero sin correr. Pegados a los edificios, atentos a los reflejos en los cristales, a los sonidos lejanos. Bristol dormía, ajena a su paso. Eran cinco cuerpos sin rostro, tragados por la noche, avanzando como una sola voluntad.

Al llegar al Fish and R.I.P.S., una quinta sombra aguardaba en la puerta. La abrió sin decir nada.
Desde el interior escapó una bocanada de humo denso, cargado de grasa, cerveza y algo más difícil de nombrar. Los dejó pasar uno a uno y cerró tras ellos. La persiana metálica descendió lentamente, rechinando apenas, hasta quedar a unos centímetros del suelo. La quinta sombra se quedó afuera, se apoyó contra la pared, encendió un cigarro y se quedó allí, inmóvil, vigilando la calle a ambos lados.

La ciudad seguía dormida. Pero algo secreto, en algún lugar bajo su piel de ladrillo y asfalto, acababa de ponerse en marcha.
  • ¿A qué viene tanta urgencia?
La voz rompió el silencio espeso del local como una navaja lenta. Tranquila, grave, sin rastro de sorpresa. Quien preguntó se quitó el chubasquero empapado y lo dejó caer sobre una silla metálica. El agua resbaló hasta el suelo formando un pequeño charco oscuro. El pelo negro aún húmedo, la mirada cansada, afilada, el diente plateado colgado de su cuello reluciendo como un embrujo. Caminó hasta el mostrador y dio dos golpes secos con el puño sobre el mármol recién limpiado, un gesto automático, aprendido, casi ritual.

Antes de que nadie contestara, y mientras las otras sombras se sentaban en los taburetes, una botella de cerveza apareció desde el otro lado. Se abrió con un chasquido limpio, perfecto, y una mano la hizo deslizar sobre la superficie pulida como si supiera exactamente a dónde iba. El puño que la había pedido se abrió y la atrapó al vuelo sin mirarla siquiera. La alzó y bebió un largo trago, dejando que el frío le quemara la garganta. Entonces, una segunda sombra avanzó desde la penumbra detrás del mostrador. Se apoyó en la barra, la luz blanquecina del neón de la cocina recortando su perfil. La cicatriz del ojo parecía más marcada bajo aquel brillo sucio. La calma seguía ahí, pero había algo más en su expresión: urgencia contenida, tensión vieja, angustia reconocible.
  • Maverick ha llamado. Tenemos problemas, Yara… - murmuró Ravi sin parpadear.
Luisa bajó la botella, se limpió los labios húmedos con el dorso de la mano y esbozó una sonrisa ladeada, cansada, casi resignada.
  • ¿Más? ¿De verdad?
Alzó la mirada y la clavó en la suya, directa, sin rodeos. En ese instante ya no había disfraces, ni nombres prestados, ni vidas paralelas. Solo lo que siempre habían sido.
  • Dime, Vihaan - añadió, con la voz firme, áspera - ¿Qué demonios ha pasado ahora?
La música seguía sonando de fondo, baja, distorsionada. Era música de otros tiempos, de otra época. Afuera, Bristol dormía tranquilo. Dentro, bajo las luz mortecina y el olor a cerveza rancia… Algo antiguo volvía a despertarse. Una familia, unida por siglos de batallas, volvía a reunirse en clandestinidad, preparados para afrontar cualquier reto que el destino les hubiera preparado esta vez.

Continuará...
 
¡Arriad las velas y llenad las jarras, malditos! ☠️🏴‍☠️

Que este fin de año nos pille con el ron en la mano, la mirada fija en el horizonte y el corazón más libre que el viento. Que se hundan los miedos, que las promesas rotas queden en el fondo del mar y que el nuevo año llegue cargado de botín, de historias que merezcan ser cantadas y de batallas que valga la pena librar.

Brindo por los que nunca se rindieron, por los que navegan contra la corriente, por las tripulaciones que se eligen como familia y por los locos que aún creen en mapas imposibles y fuegos que no se apagan.

Que el próximo amanecer nos encuentre vivos, indómitos y con el mentón en alto.
Buen viento, buena mar… y feliz año nuevo, piratas. 🏴‍☠️🔥
 
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