Capítulo 110 - ¡DESTINO!
Creemos que elegir es un acto de soberanía. Lo llamamos con orgullo: libre albedrío, legado de la fe cristiana; como si ponerle nombre bastara para hacerlo real.
Creemos que sostenemos las riendas de nuestra vida, que el destino nos pertenece, que nadie - ni nada - puede decidir por nosotros. Una muestra más de lo ingenuos que somos.
Nos repetimos, una y otra vez, que nuestra existencia depende únicamente de nuestros pasos, de nuestras decisiones, de nuestra voluntad. Que somos dueños del rumbo, arquitectos del porvenir, amos de nuestro vida y nuestro final. Pero la verdad es otra. Y duele. Duele porque desmantela la mentira más hermosa que nos contamos para poder seguir adelante.
No controlamos absolutamente nada.
Vivimos bajo la ilusión del mando, convencidos de que cada elección nos acerca o nos aleja de un futuro que creemos modelar con las manos. Nos miramos al espejo y vemos a un aguerrido capitán; decidido, seguro ante el timón que marca nuestro rumbo. Pero en realidad, no somos más que un navío empujado por las olas ambiguas y traicioneras del mar.
Somos el hilo, nunca el telar.
Somos la flecha disparada, no el arco que decide el blanco.
Somos la nota, no la partitura.
Somos el paso, no el camino.
Somos la página escrita, no la mano que escribe.
Somos el eco, no la voz que lo pronuncia.
Somos el fuego que arde, no la chispa que lo enciende.
Somos el dado lanzado, no la mano que lo arroja.
Somos la sombra en movimiento, no la luz que la proyecta.
Somos la respuesta, no la pregunta.
Somos el sueño que ocurre, no quien decide soñar.
Somos consecuencia, no causa.
Porque el destino no pregunta, no negocia, no necesita nuestro consentimiento.
Él observa, espera. Paciente e inmutable. Nos contempla mientras intentamos huir de él una y otra vez, mientras gastamos la vida entera fingiendo que escapamos. Y aguarda, sereno, hasta que un día - si llega - dejamos de ser tan arrogantes como para creernos dueños de lo que siempre le ha pertenecido.
Mientras luchamos contra viento y marea, mientras algunos se rebelan hasta la extenuación y otros hasta la muerte, él sigue tejiendo en silencio. No se apresura, pues no se equivoca jamás. Nosotros nos debatimos entre el miedo y el deseo, entre lo que queremos ser y lo que estamos destinados a ser. Y aun dándole la espalda hasta el último día, aun negándolo con cada latido, acabaremos donde él ha decidido que acabemos. Porque ese es el único desenlace verdaderamente ineludible, el que nos recuerda lo insignificantes que somos.
La vida nunca ha sido un camino recto. Es un laberinto de bifurcaciones, de sendas que se abren ante nosotros como promesas. Y al verlas creemos que elegir izquierda o derecha nos hace libres. Que somos forjadores del futuro, que decidimos el rumbo. Pero esa libertad es una ilusión delicada, casi piadosa, creada para que no enloquezcamos al comprender la verdad.
La simple y cruda verdad, que existen fuerzas que no se detienen ante una negativa. Hilos que, por mucho que se estiren, siempre conducen al mismo nudo. Puedes huir. Puedes esconderte. Puedes construir una rutina, una identidad, un sitio en el mundo al que llamar hogar. Puedes repetir una mentira, tantas veces, hasta convencerte de que ese es tu camino. Pero no lo es pues nunca lo ha sido. Puedes resistirte hasta el último aliento, arañar el suelo con las uñas, gritarle al cielo. Pero si el destino ha escrito tu nombre en la historia, si te ha señalado, si las Nornas han tejido tu senda, acabará encontrándote.
Siempre lo hace. Tarde o temprano: Siempre te encuentra.
¿Te parece injusto?
¿Lo llamarías tiranía?
¿Crees que digo una mentira?
Permíteme decirte algo, estimado lector: no lo es.
No hay justicia en este mundo. Solo resistencia.
No hay juicio en la voluntad de los dioses. Solo naturaleza.
No hay verdad ni mentira. Solo destino.
Ava Walker creyó elegir. Como creemos todos. Pensó que al dar la espalda al mar, al barco, a las voces que la llamaban por su nombre verdadero, estaba reclamando su vida. Pensó que seguir su propio camino la hacía libre. Que al regresar a Bristol, a sus calles húmedas y conocidas, a la seguridad de lo cotidiano, recuperaba el control. Pero el destino no se ofende cuando lo niegan. No se enfurece. No persigue con prisas. El destino es paciente. Sabe esperar. Porque comprende algo que nosotros olvidamos con demasiada facilidad: que a veces el camino que elegimos, no es más que el rodeo más largo hacia aquello que ya está escrito.
Y cuando llega, a veces, no empuja de frente. Lo hace cuando estás cansado. Cuando bajas la guardia. Cuando crees haber llegado, por fin, a un lugar seguro. Empuja cuando el ruido del mundo se apaga y te quedas solo con tus pensamientos. Cuando confundes refugio con hogar. Cuando te convences de que has escapado. Y entonces, sin verlo venir, aparece de golpe.
A veces lo hace con el rostro de un amigo, con una mano tendida, con una promesa de libertad. Otras no. Otras llega sin aviso, sin misericordia, sin máscaras amables. A veces no llama a la puerta: la deja entreabierta. A veces no viene a salvarte, sino a reclamarte. Y algunas veces - como acababa de ocurrir - no llega de la mano de un aliado, sino de un Verdugo.
Ahí, frente a lo inevitable, Ava comenzó a comprender. No con palabras, no con lógica, sino con ese escalofrío profundo que recorre el cuerpo cuando una verdad demasiado grande se instala en el pecho. Comprendió que no había traicionado a nadie al marcharse. Que no había sido cobarde. Que simplemente había sido humana. Y que el miedo, por más legítimo que sea, nunca ha sido un escudo contra lo que está destinado a suceder.
Porque esta es la verdad más cruel y, al mismo tiempo, la más honesta de todas:
No elegimos cuándo empieza nuestra historia.
Solo elegimos cuándo dejamos de huir de ella.
Ava preguntó con miedo, y la respuesta la aterrorizó aún más. Su voz salió temblorosa, ardiente, cargada de pánico. La de aquel desconocido fue todo lo contrario: firme, contenida, glacial. Una voz que no dudaba porque no necesitaba hacerlo. Pero esta vez no hubo revelaciones en un muelle ni verdades susurradas con amabilidad. No hubo explicaciones pacientes ni tiempo para aceptar lo inevitable. No hubo promesas ni resignación. Lo que ocurrió fue más simple. Más sucio. Más humano. Más violento.
Manos esposadas a la espalda. Un pañuelo apretado contra la boca, robándole el aire y la voz.
Una bolsa de tela cerrándose sobre su cabeza, tragándose la luz. Ava fue empujada. Arrastrada. Su cuerpo dejó de pertenecerle en el mismo instante en que la sacaron de su hogar, la bajaron por las escaleras y la obligaron a entrar en un coche. El mundo se redujo a un golpe seco de puerta y al arranque de un motor. Fue trasladada a un lugar que no podía ver, ni nombrar, ni imaginar. En completo silencio. En una oscuridad absoluta. Sus sentidos, privados de todo lo demás, se aferraron a lo poco que quedaba: el zumbido constante del vehículo avanzando, el olor limpio, casi quirúrgico, de la tapicería nueva, la suavidad engañosa del asiento bajo sus piernas, y el tacto áspero, implacable, del metal clavándose en sus muñecas. Sentía el movimiento. Sentía la distancia crecer. Sentía, con una certeza helada, que esta vez sí… estaba siendo secuestrada.
Pero esta vez, no eran aliados arrancándola de una vida cómoda para mostrarle una verdad más grande. No eran inmortales hablándole de libertad, de destino o de elección. Esta vez no había épica. No había promesas. Las palabras del Verdugo regresaron, claras, afiladas, imposibles de olvidar: “Tienes algo que me pertenece”. Esta vez la querían para usarla. Y Ava Walker lo comprendió al instante. Aquellos desconocidos buscaban lo mismo que Yara, Vihaan, Maverick… Pero no para protegerlo. No para honrarlo. No para salvarlo. Por eso, esta vez, no se preguntó ¿Por qué yo? Esa pregunta ya estaba contestada. La única que importaba ahora, la única que heló su sangre, fue otra: ¿Para qué?
El terror de Ava aún vibraba en el aire cuando el coche desapareció al final de la calle, tragado por la ciudad a plena luz del día, como si nunca hubiera existido. Bristol recuperó su pulso normal, indiferente, cruelmente cotidiano. Pero no todos los ojos miraban hacia otro lado. En la boca de un callejón estrecho, donde la débil luz llegaba rota y cansada, un pequeño grupo de personas permanecían atentas, fundidas con las sombras. No hablaron. No necesitaron hacerlo. Habían visto lo suficiente para saber que sucedía. De repente una voz firme, baja, cargada de autoridad, rompió el silencio.
- ¡Síguelos! Que no te vean y mantén la llamada abierta, debemos saber adónde se la llevan.
Una cabeza asintió, llevando un casco de cristales tintados, sin una sola palabra. Al instante, el rugido contenido de una motocicleta se encendió, y la silueta del motorista se deslizó junto al vehículo, devorada por el tráfico. La misma voz volvió a hablar, tensa ahora, afilada como una hoja.
- ¿Estás seguro de que son ellos?
Hubo una breve pausa. Entonces respondió una segunda voz, grave, cansada, la de alguien que había visto demasiado para dudar. Su único ojo, el que todo lo veía, no había fallado, no se equivocaba, jamás lo hacía.
- Sí… y no solo los Shen Dú. Esta vez el Dragón se ha dignado a mostrarse.
Un gruñido lleno de furia surgió desde las sombras del callejón.
- ¡Maldito bastardo… - rugió la tercera voz - ¿Cómo se ha enterado?!
La respuesta llegó serena, peligrosa en su calma. La cuarta voz no temblaba; nunca lo hacía.
- La sombra del Dragón es larga… y oscura. Siempre lo ha sido y siempre lo será.
Entonces todos giraron la cabeza al unísono. Al otro lado de la calle, casi invisible entre coches aparcados, otra figura humana forzaba la puerta de un vehículo con la precisión de quien ha hecho eso demasiadas veces. Entró dentro, manipulando los cables bajo el volante y el motor despertó con un susurro. Un solo toque de claxon. Seco. Convenido. No hizo falta nada más.
Cruzaron la calle sin hacer ruido, uno al lado del otro, como espectros. Se deslizaron dentro del coche y cerraron las puertas con la misma sincronía con la que otros respiran. El vehículo arrancó y avanzó decidido e implacable. Un mismo propósito en sus corazones, una misma voluntad compartida; no lo iban a permitir. Iban a salvar a Ava Walker de las manos de un tirano. Y creo que no hace falta deciros quiénes eran. Pues todos lo sabéis. Eran los de siempre, los que nunca se rendían, los que nunca desfallecían, los que nunca giraban la vista…
Los que nunca, jamás de los jamases, dejaban a nadie atrás.
Esta vez, la testarudez de Maverick se había impuesto al resto. Su negativa a marcharse, su instinto de lucha, había vencido a la prudencia. No se alejaron de Bristol. Se quedaron. Y gracias a esa decisión, arriesgada sí, pero necesaria… Ava aún tenía una oportunidad.
Aunque… ¿Fue realmente una decisión humana?
¿O fue el destino, una vez más, moviendo los hilos?
- ¡Han girado al sur, dirección City Road! - informó Wong, con la voz baja y tensa, mientras la moto se deslizaba entre el tráfico.
- Bien… Vamos para allá. Y que no te vean - ordenó Yara desde el coche, los ojos fijos al frente.
Wong obedeció sin responder. Se mantuvo a la distancia justa: lo bastante cerca para no perderlos, lo bastante lejos para seguir siendo una sombra más entre los coches. Cada cambio de carril, cada giro, cada acelerón del vehículo que llevaba a Ava era narrado en tiempo real. Su voz era un hilo constante, una brújula invisible que guiaba al resto desde la distancia.
Cuando el asfalto se abrió y la A38 se desplegó ante él, los primeros carteles del aeropuerto emergieron como presagios oscuros en la gran autopista. Wong lo comprendió al instante, tragó saliva y lo comunicó rápidamente.
- Van hacia el aeropuerto - dijo Yara al escucharlo sin despegar el teléfono de su oreja, como si aquel destino fuera una sentencia.
- Hay que evitarlo. ¡Como sea! - Cortés apretó los dientes tras el volante. Sus nudillos se volvieron blancos, su pié apretó más el acelerador - Si sube a ese avión, la perderemos…
Desde el asiento trasero, Vihaan no esperó más. Le arrebató el teléfono a Yara con un gesto seco, la mirada encendida por una certeza antigua.
- ¡W! - exclamó - Tienes que detenerlos. Haz lo que sea necesario.
No hubo duda al otro lado.
Wong abrió gas. La moto rugió, no como una máquina, sino como una bestia liberada. El sonido vibró en su pecho al mismo ritmo que su corazón, rápido, furioso, vivo. El viento le azotó el cuerpo mientras sorteaba dos coches con una precisión casi suicida. La carretera se estrechó, el margen de error desapareció. Delante, el coche. Demasiado cerca ya para fallar.
Soltó una mano del manillar. El mundo pareció ralentizarse durante una fracción de segundo. Introdujo la mano libre bajo la chaqueta, sus dedos rodearon el metal frío, familiar. Un gesto limpio. Ensayado mil veces. Apuntó y disparó. La bala fue un susurro, ahogado por el rugido de la autopista. Preciso. Quirúrgico. La rueda trasera derecha reventó al instante.
Dentro del coche, el volante vibró con violencia. El vehículo dio un bandazo brusco. Un par de pitidos insistentes, blasfemias e insultos provenientes de los coches que compartían asfalto. El Shen Dú que conducía se hizo con el control del vehículo con maestría.
- ¡¿Qué demonios sucede?! - vocifero Hong Long desde el asiento trasero, su voz afilada, contenida… peligrosa.
El Shen Dú en el asiento del copiloto miró por el retrovisor. Nada. Solo luces, asfalto, carretera. Bajó la ventanilla, sacó la cabeza y miró hacía atrás, una mano en su pistola, el viento cortándole la nuca.
Wong ya estaba más atrás, desacelerando. Mezclándose entre el tráfico, utilizándolo como un escondite improvisado. Dentro del coche, Hong Long miró su reloj con impaciencia, midiendo el tiempo como si fuera un enemigo más. No podían permitirse errores. Pero aún tenía tiempo para coger aquel vuelo, así que dio la orden y llamó por teléfono.
El coche se escoró hacia el arcén y terminó deteniéndose, resignado, herido. Wong exhaló despacio, deteniéndose lo suficientemente lejos para no ser visto. Aún había tiempo, también para ellos. Rápidamente escondió la moto entre unos árboles pegados a un campo de golf.
- Estoy cerca de Woodspring… el club de campo - susurró Wong por el teléfono, con la sudor pegada al cuerpo mientras subía la pendiente de nuevo a la autopista.
- ¿Los ves? - preguntó Vihaan al otro lado de la línea.
- Sí… se han detenido en el arcén. Están cambiando la rueda.
- ¿Hay policía?
Wong avanzaba despacio por el margen de la autopista, ocultándose tras los quitamiedos, medio agachado, respirando al ritmo del asfalto.
- No, de momento… - iba a decir algo más cuando se detuvo en seco - ¡Espera!
- ¿Qué sucede? - la voz de Vihaan se tensó al instante.
Dos vehículos más aparecieron y se detuvieron en el arcén, uno detrás del otro. Negros. Grandes. Demasiado silenciosos. Cristales tintados, carrocería blindada. Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo y descendieron varios hombres con trajes oscuros y gafas de sol, movimientos sincronizados, miradas que barrían el entorno con método. Manos cerca del interior de la chaqueta. Profesionales.
- No están solos, V… - murmuró Wong - Han llegado refuerzos.
- ¡Maldita sea! - escupió Vihaan - Entretenlos. Que no huyan. Estamos a punto de llegar.
Wong se sacó el casco y cortó la llamada, exhaló despacio, pensó rápido. Como siempre.
Los contó sin mover la cabeza: Trece hombres. Armados. Entrenados. Shen Dú, sin duda. No eran simples ejecutores. Aquello era un equipo de extracción. En otro tiempo habría sonreído. Trece hombres no eran demasiados para él, cuando la lucha era cuerpo a cuerpo, cuando la destreza y el entrenamiento decidían quién seguía respirando. Pero los tiempos habían cambiado. Ahora ganaba el que llevaba más balas encima, no el que sabía pelear mejor. Así que descartó la violencia y eligió su mejor arma después de sus artes marciales: el disfraz.
Se deslizó hacia una zona de tierra húmeda junto al arcén. Se arrodilló sin dudarlo. Hundió las manos en el barro y se lo untó por la cara, el cuello, las mejillas, como si fuera una máscara grotesca. Se quitó la chaqueta y la lanzó lejos, rasgó la manga de su camiseta con un tirón seco, luego el bajo del pantalón. Se quitó las zapatillas y los calcetines, revolvió el pelo hasta convertirlo en un nido salvaje, indomable. Sacó de su bolsillo una petaca plateada y vertió el alcohol sobre su cuerpo, como si fuera perfume. Y por último agarró un palo del suelo, y encorvó la espalda. En segundos dejó de ser un motorista. Se convirtió en otra cosa.
Arrancó un trozo de tela de la parte inferior de su camiseta y se lo ató alrededor de la cabeza, sucio, mal colocado. Se puso en pie y empezó a caminar con pasos torpes, exagerados, arrastrando un pie. Bajó la mirada. Encogió los hombros. Respiró como quien lleva demasiado tiempo respirando polvo y abandono. Cuando volvió a asomarse, ya no era una amenaza.
Era un pordiosero más al borde de la carretera. Uno de esos a los que nadie mira dos veces. Uno de esos que existen, pero no importan.
Al verlo aparecer, los hombres de negro no le dedicaron más que un vistazo fugaz. No vieron peligro. No vieron valor. No vieron nada. Wong se apoyó en el quitamiedos, fingiendo buscar algo en el suelo, mientras observaba cada gesto, cada posición, cada arma oculta. Y es que a veces, para ganar una pelea, no hace falta ser un guerrero. A veces, basta con engañar a tu rival.
- ¡Menudo reventón! - farfulló Wong, acercándose con paso torpe, exageradamente torcido - ¿Necesitan ayuda, señores?
La reacción fue inmediata y precisa, casi mecánica. Hong Long no dijo una palabra. No le hizo falta. Un leve gesto de cabeza, apenas un parpadeo del Dragón… y el mundo se reorganizó a su alrededor. Ocho hombres se interpusieron entre su amo y aquel saco de pulgas que olía a licor y mala vida. Dos continuaron cambiando la rueda con una eficacia quirúrgica. Otros dos cerraron filas junto al Dragón, formando un muro humano. El último abrió la puerta del primer coche y sacó a Ava. Wong no cambió el gesto. Ni una ceja alzada. Ni una mirada de más. Fingió desinterés, como si la joven esposada no fuera más que una silueta borrosa en el rabillo del ojo. Pero por dentro, su mente trabajaba a la velocidad del rayo. Lo entendió todo en milésimas de segundo. La rueda pinchada ya no importaba, aquello solo había sido una pausa. Hong Long cambiaba de vehículo, dispuesto a seguir su camino. Era hora de el Plan B. Siempre había un plan B, y C y D y Fe. Sobretodo fe.
Iban a seguir hacia el aeropuerto y había que impedirlo… el tiempo se agotaba. El disfraz le había servido para acercarse. Para estar allí. Para entretenerlos. Pero ya no bastaba. Wong cruzó el quitamiedos con un movimiento fluido, casi descuidado… y en el mismo instante, los ocho hombres le cerraron el paso como una compuerta de acero.
- ¿Dónde vas, saco de mierda? - escupió uno, con una sonrisa torcida, cargada de desprecio - Vuelve por donde has venido antes de que acabes peor de lo que estás…
Wong alzó la vista lentamente. Aquel hombre trajeado indicándole que iba armado. Los otro siete mirándolo con desprecio y asco. Todos juntos, cerca unos de otros… Y sonrió. No fue una sonrisa amable. Tampoco arrogante. Fue la sonrisa serena de alguien que acaba de confirmar lo que ya preveía: La seguridad del que se cree superior.
“Error número uno”, pensó el maestro: “Despreciar a tu rival”
A esa distancia, la superación numérica no servían de nada. Las armas de fuego eran inútiles. Los trajes caros, un estorbo para el cuerpo. El asfalto, el arcén, los coches, el espacio reducido… todo jugaba a su favor. Ahora estaban en su terreno. Wong dejó caer un poco los hombros, balanceó el cuerpo como si apenas se mantuviera en pie. Un borracho más. Un despojo humano. Un error del sistema. Pero entonces, sus pies se asentaron en el suelo y el mundo pareció contener la respiración. Porque había empezado a sonar su canción, la del Puño Borracho que deseaba volver a bailar. Y una vez más, iba a demostrar que no importaba cuántos hombres enviara Hong Long, ni cuántas armas llevaran encima: cuando la distancia se cierra, cuando el caos manda, cuando el combate es cuerpo contra cuerpo… nadie vence al que ha hecho del desequilibrio su arma y del error ajeno, su victoria.
Wong dio un paso al frente… y se dejó caer.
Literalmente.
Su cuerpo perdió la vertical como si las piernas ya no le obedecieran. Tropezó, se tambaleó, casi besó el asfalto. Los Shen Dú rieron con desprecio. Fue un error que no llegaron a comprender. Porque en el instante en que uno de ellos avanzó para empujarlo, el mundo se rompió. Pues el Puño Borracho no imita la debilidad: la usa en su favor. Wong giró sobre sí mismo con un movimiento imposible, la cadera suelta, la espalda arqueada, y su codo salió disparado como un látigo. Impactó bajo la clavícula del primer hombre. El golpe no sonó fuerte. No era necesario. El aire abandonó sus pulmones de golpe y cayó de rodillas, boqueando, derrotado antes de tocar el suelo. El segundo intentó agarrarlo. Wong se deslizó bajo su brazo como agua derramada, le pisó el empeine y, apoyándose en su propio desequilibrio, lanzó una patada corta al costado. Precisa. Cruel. El cuerpo salió despedido contra el quitamiedos y quedó inconsciente antes de caer. El tercero sacó una pistola que nunca llegó a apuntar. Wong avanzó dando tumbos, como si no supiera dónde estaba, y de repente se dejó caer hacia delante. En la caída, su talón describió un arco ascendente que impactó directamente en la muñeca armada. El arma voló. El siguiente movimiento fue una palma abierta al esternón. El sonido fue seco. El hombre se desplomó, respirando a trompicones, con los ojos en blanco.
Los otros cinco ya no reían. Atacaron a la vez.
“Error número dos”, pensó el maestro: “Sucumbir a la ira”
Wong giró, se apoyó en uno para golpear a otro. Usó cuerpos como escudos, impulsos como armas. Un cabezazo preciso partió una ceja. Un golpe con el dorso de la mano en la garganta apagó un grito. Una patada giratoria, baja y rápida, barrió dos piernas a la vez, los cuerpos cayendo al suelo como sacos. Uno intentó rodearlo por la espalda. Wong se dejó caer hacia atrás, casi sentándose en el aire, impulsando con ambos pies a la vez. El impacto en el pecho fue brutal. El hombre salió despedido y quedó inmóvil. Wong lo remató con un codazo en la sien.
En menos de un parpadeo, ocho hombres yacían en el asfalto. Respiraban. Algunos no. Pero ninguno volvería a levantarse. Los dos que cambiaban la rueda se lanzaron al combate. Duraron todavía menos. Wong avanzó tambaleándose, fingiendo cansancio. Cuando el primero lanzó un puñetazo torpe, Wong atrapó su muñeca, giró sobre su propio eje y le clavó el codo en el costado. Un crujido sordo. El hombre cayó inconsciente antes de comprender qué había pasado. El último intentó huir. Wong le dio dos pasos de ventaja. Luego, una patada directa al hueco poplíteo. La rodilla cedió. El hombre cayó gritando. Un golpe limpio en la sien lo apagó para siempre. Y luego… solo el silencio.
Hong Long, con los ojos abiertos de par en par, reaccionó por puro instinto. Empujó a Ava dentro del coche, cerró la puerta de un portazo y gritó una orden que nadie llegó a cumplir. El Shen Dú que quedaba en pie, sacó su arma, el rostro desencajado. Apuntó a Wong. El dedo comenzó a apretar el gatillo… No llegó a terminar su misión.
“Error número tres”, sonrió el maestro: “Olvidar lo que ocurre a tu espalda”
Un coche apareció por la carretera como un proyectil. Sin frenar. Sin dudar. Wong alzó la vista. No reconoció el coche, pero si a sus ocupantes. Reconoció la forma de llegar. La forma de entrar en combate, rugiendo, suicidas, sin miedo, sin temor alguno. La misma furia loca y salvaje que los había mantenido vivos hasta ese momento. El impacto fue brutal. Se empotró contra el vehículo donde habían subido a Ava, con un estruendo ensordecedor. Metal contra metal. Cristales volando. El Shen Dú murió al instante, atrapado entre hierros retorcidos. El silencio volvió, roto solo por el motor humeante.
La caballería había llegado.
Justo en el momento preciso.
Hong Long se levantó del suelo, el rostro lleno de sangre, la piel atravesada por los cristales. Escupió una maldición y llevó la mano al arma.
No llegó a terminar la frase. Un brazo cayó del cielo como un relámpago, seco y fulminante. Sus muñecas fueron golpeadas en el aire, la pistola salió despedida y rodó por el asfalto con un tintineo hueco. El Dragón alzó la vista, sorprendido, y lo último que alcanzó a ver fue un rostro femenino suspendido sobre él: bello como una diosa antigua, feroz como la guerra misma.
La amazona no dudó. Su rodilla subió como un martillo y se estrelló contra sus pelotas. El grito murió antes de nacer. Hong Long cayó de rodillas, el aliento arrancado de cuajo, los ojos desorbitados por el dolor. Aibori apretó los dientes. Sus pupilas ardían como dos llamas incandescentes. Con un gesto fluido, casi ceremonial, sacó el cuchillo oculto en su cinturón. El acero brilló un instante bajo el cielo gris. No hubo palabras, ni discursos. No hubo promesas de venganza ni tiempo para maldiciones. El corte en la garganta fue limpio, rápido, como si no mereciera la más mínima atención. La sangre brotó sin pudor, oscura y espesa, deslizándose por el arcén como una ofrenda a la Diosa. El cuerpo se desplomó sin dignidad. Una cabeza más cortada. Una más en la cuenta interminable. No era la primera. No sería la última. Y aquel cuchillo, paciente y leal, volvería a esperar. Siempre esperaba. Siempre hambriento por seguir derramando la sangre de sus enemigos.
Mientras tanto, Cortés y Vihaan ya estaban junto al coche. Abrieron la puerta trasera y sacaron a Ava con cuidado, como si temieran romperla. Le quitaron la capucha, desataron la venda de su boca, liberaron sus manos esposadas. Ava respiró hondo, desorientada, un moretón violáceo asomando en su frente por el impacto. Pero estaba viva y eso bastaba.
Yara levantó el teléfono y marcó sin apartar la vista de la carretera.
- ¿Dónde, Wong? - preguntó con rapidez.
Él tardó unos segundos en responder. Alzó la vista, entrecerró los ojos, intentando situarse. Aunque ya no pisara el Reino Medio, aunque aquella no fuera su tierra natal, Bristol era suya también. La conocía como se conocen las cicatrices: sin mirarlas. Ese había sido siempre su don. Leer el terreno, trazar mapas invisibles, detectar salidas seguras, refugios cercanos, comisarías que evitar, callejones donde descansar. Un guía no deja nunca de serlo, esté en China, o al otro lado del mundo.
- ¡Portishead! - dijo al fin, señalando al norte - Es el puerto más cercano. Unas dos horas a paso rápido, quizás la mitad si vamos corriendo.
Yara asintió y transmitió la orden a Maverick. El RedHead debía moverse. Entonces, un silbido cortó el aire como un disparo.
- ¡Viene la pasma! - confirmó Halcón, bajándose de la moto.
El aviso llegó antes que las sirenas. Siempre era así. Su don no fallaba jamás. Seguramente algún conductor anónimo, camino de ningún sitio, había dado la alerta. Los perros del amo se acercaban, dispuestos a cazarlos. Pero no hubo pánico. Solo movimiento.
Cruzaron el quitamiedos y descendieron hacia el campo sin mirar atrás, rápidos, silenciosos, como sombras entrenadas para desaparecer. Yara y Aibori se quedaron unos segundos más. De una mochila sacaron un pequeño bidón y comenzaron a esparcir un líquido color ámbar sobre los coches destrozados… y sobre los cuerpos inconscientes de los Shen Dú. Justo, uno de ellos despertó. Aturdido. Confuso. Apenas tuvo tiempo de enfocar la mirada. Lo último que vio fue la sonrisa de Yara y el destello del mechero encendiéndose.
- ¡Saluda a tus hermanos cuando llegues al infierno, bastardo!
Lanzó el encendedor al suelo. Las llamas estallaron con un rugido voraz, devorándolo todo: metal, carne, secretos. Otro invento de Bum-Bum. Y como todos los suyos, mejorado con el paso del tiempo. Cuando las sirenas empezaron a escucharse de verdad, ya no quedaba nadie allí. Solo fuego, humo… y el caos desatado.
La huella de su paso por el mundo.
Lo único que siempre dejaban atrás.
Ava recuperaba la consciencia a trompicones, como si regresara desde un sueño demasiado profundo. Vihaan y Cortés la sostenían por los brazos, firmes, arrastrándola casi sin que sus pies tocaran el suelo. Delante, abriendo camino, avanzaba Wong, silencioso y preciso, cortando el sendero como una hoja afilada. A su lado iba Yara, decidida, la mirada clavada en el horizonte. Más atrás, Aibori seguía el ritmo sin decir palabra, el rostro tenso, los ojos fijos al frente. Ava giró la cabeza y lo vio: Halcón cerrando la marcha, la escopeta apoyada contra el pecho, atento, vigilante. Un ojo siempre un movimiento por delante del peligro, la boca lista para lanzar la advertencia antes de que el mundo se rompiera.
- ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó, desorientada.
- Te han encontrado - respondió Vihaan sin frenar, sino apretando el paso.
- ¿Quién? - insistió ella, tratando de acompasarse a la marcha.
- Hong Long, pelirroja - escupió Cortés - Ese bastardo ha intentado secuestrarte.
- ¿Por qué?
El español soltó una risa seca, sin humor.
- ¿Para qué va a ser? Para usarte. Te necesita para lo único que mueve su corazón podrido: hacerse con los objetos místicos. Para tener poder. Para ejercer Control. Para convertirse en dueño y amo del mundo.
Ava tragó saliva.
- ¿Y ahora qué haremos? ¿A dónde vamos?
- Al único lugar seguro - dijo Vihaan, sin girarse - Al RedHead.
- Hacia el mar… - añadió Cortés, y por un instante sonrió de verdad, como si ya pudiera oler la sal y escuchar el vaivén de las olas.
Ava sintió cómo el nudo regresaba a su estómago. El vértigo. El golpe del destino, cruel y certero, como una bofetada sin cariño. Había intentado huir de todo aquello y ahora, sin remedio, volvía a ser empujada hacia el mismo abismo. Pensó en negarse otra vez. En escapar. En soltarse y correr. Pero algo empezó a crecer en su interior. Una idea absurda. Una locura. Y, sin embargo, cada vez más fuerte y certera.
El miedo, la incertidumbre, la razón misma empezaron a ceder ante tal impacto de veracidad. Comprendió, de algún modo, que por mucho que diera la espalda a ese mundo que asomaba en el horizonte, jamás podría huir de él. Como si todas sus decisiones, todos los caminos que había elegido condujeran siempre al mismo punto. Y entonces, antes de que pudiera seguir hundiéndose en ese pensamiento, la voz de Yara la atravesó como un latigazo.
- ¡Deja de pelear contra ello y acéptalo de una vez!
Ava alzó la mirada, sobresaltada. Vio en sus ojos el espíritu mismo del mar, inmenso, inestable, inconmensurablemente poderoso.
- Puedes correr… - continuó Yara, sin detenerse - Puedes esconderte, puedes mentirte toda tu vida, negar lo que eres… Pero el destino no se cansa, Ava. Te alcanzará. Siempre lo hace.
El corazón de Ava empezó a latir con fuerza, demasiado rápido.
- Yo no quiero esto - susurró - No puedo…
- ¡Claro que puedes! - le cortó Yara, deteniéndose de pronto.
Los demás siguieron andando, sin aminorar. Yara esperó hasta quedarse al lado de Ava. Cortés se apartó dejando que ella la sostuviera y se puso al final de la expedición, al lado de Halcón, protegiendo la retaguardia, asegurándose de que nadie los siguiera. Yara pasó un brazo por debajo del suyo, la otra mano se alzó despacio, con una suavidad inesperada que contrastaba directamente con la determinación de su mirada, y apartó con cuidado el cabello de su frente. Examinó la herida, pasando los dedos con delicadeza.
- No es grave - murmuró - Tienes una buena cabezota…
Ava respiraba agitadamente.
- Tengo miedo, Yara - admitió, la voz rota.
Ella sostuvo su mirada, firme, absoluta. Profunda como un océano.
- El miedo es lo que nos hace seguir vivos, amiga… pero no es una señal para huir - dijo sin apartar la mirada de sus ojos - Es la prueba de que sigues viva y lista. Pues estás a punto de cruzar algo importante, algo que no entiendes y quizás llegues a entender jamás. Pero no cruzarás ese umbral tu sola, ¡porque nunca lo estarás! - Se inclinó un poco más, bajando la voz - Iremos contigo. Pelearemos contigo. Lucharemos y sangraremos contigo… y si hemos de morir, lo haremos a tu lado. ¡Juntos!
Ava sintió cómo esas palabras se clavaban en su pecho.
- Ha llegado el momento, Ava Walker - continuó Yara - El momento que dejes de huir de lo que estás destinada a ser. Aunque te aterrorice. Aunque te duela. Aunque creas que no es justo… Es así como debe ser. ¡Deja atrás la mentira que fuiste y acepta la maldita verdad de una vez! ¡Eres parte de esta tripulación y tu camino es navegar libre hacia el horizonte!
El pánico la sacudió por última vez… pero no cediendo. Ava lo venció, lo derrotó, lo aplastó. Cerró los ojos un segundo y cuando los abrió, algo había cambiado. El temblor seguía ahí, sí, pero ya no la dominaba. Asintió despacio, abrazando la locura, lo ilógico, el caos, la llama, el fuego, el abismo…
- De acuerdo - dijo con firmeza - No huiré más.
Vihaan apretó su brazo con orgullo, haciéndola sentir estable sobre la tierra.
- Quien sigue al horizonte, su sombra ha de perder; mas gana en los abismos lo que teme saber - murmuró casi para sí mismo.
Aibori se giró y asintió con firmeza, dejando claro que lucharía a su lado sin dudarlo, hasta el último aliento, hasta el fin de la eternidad. Wong sonrió y siguió avanzando sin mirar atrás, como si siempre hubiera sabido cuál sería su decisión. Cortés alzó el puño, y blasfemó a todo pulmón, desafiando una vez más a un mundo que jamás podría doblegarlo. Halcón le dio la bienvenida a la familia, sin dejar de controlar todo lo que sucedía a su alrededor. Yara le dio un beso en la frente y susurró algo en un idioma antiguo, de otra época, de otro mundo; palabras con sabor a mar y secretos olvidados. Ava, por su lado, siguió andando, no se había detenido, ya no solo en aquella huida bajo el sol del atardecer, sino desde que nació. Pero sintió, después de decir aquellas palabras, que dio su primer paso sobre el mundo. Y luego el siguiente. Como si lo descubriera por primera vez.
Se lanzó al vacío. Junto a ellos. Junto a los rebeldes. Junto aquella familia de locos que no conocían la palabra rendición. Comprendió que no daba el paso por valentía. Lo hacía porque huir la había agotado más que cualquier batalla. Porque vivir con miedo, mirando hacia otro lado, encogiendo su alma para que cupiera en un rincón seguro, era otra forma de morir lentamente. Y porque, aunque se había repetido mil veces que aquel mundo no era el suyo, ya había cruzado demasiadas líneas como para fingir que aún estaba fuera. Algunas veces, el destino tiene cierta ironía en la manera de mostrarnos el camino correcto, el que debemos seguir. En este caso, no fueron ni Yara, ni Vihaan, ni Cortés, ni Ren quien lograron convencerla. Sino que fue, justamente el enemigo, quien la empujó a aceptar que no había marcha atrás. Fue Hong Long quien le dio el empujón que necesitaba, para aceptar su destino de una vez por todas.
Ava decidió, en ese mismo instante, ayudarlos a encontrar a Grace, sabiendo que no era un favor. Era una deuda que no sabía cuándo había contraído, pero que pesaba como si hubiera nacido con ella. No conocía a esa mujer, y aun así la sentía cercana, como se siente a alguien que aún no has visto pero que sabes que existe. Luego estaba Maverick. Ese vínculo irracional, incómodo, imposible de explicar. Era más que amor, que admiración, que fe ciega. Era la certeza de que él representaba una puerta abierta cuando todo lo demás habían sido muros. La idea de una vida sin fronteras, sin nombres impuestos, sin rutas trazadas por otros. No una vida fácil, sino una vida auténtica. Y esa promesa - la de ser libre incluso en medio del caos - se había instalado en ella como una semilla, creciendo en silencio mientras fingía no escucharla. Pero, por encima de todo, Ava entendió algo más profundo. Algo que no venía de palabras ni de razones.
Aceptó lo que siempre había sido.
No una elegida. No una heroína.
Aceptó su fuego interior.
El mismo fuego que no pide permiso. El que vence a la oscuridad no por justicia, sino por naturaleza. El que calienta el alma cuando todo está tranquilo y, al mismo tiempo, arde sin control cuando todo parece perdido. El que quema el mundo cuando es necesario, lo reduce a cenizas y deja espacio para que algo nuevo pueda nacer. Ese fuego había sido el que, sin que ella lo supiera, la había llevado a hacer de Stokes Croft su hogar. El mismo fuego que había convertido su barrio, con el paso del tiempo, en una comunidad en pie de guerra, incapaz de arrodillarse ante un progreso disfrazado de esclavitud. El mismo fuego que había levantado en pie de guerra a miles de almas en el pasado, sin miedo y dispuestos a desafiar a la tiranía. El mismo fuego que ahora había consumido su miedo, no borrándolo, sino atravesándolo, transformándolo, iluminando su camino. Consumiéndola y haciéndola renacer de sus cenizas.
Y al aceptarlo, también se rindió ante su destino. Comprendiendo entonces que aquel era el único camino posible. Que ella no era más que una mota de arena a merced del mar. Y, sin embargo, el mar que la intentaba borrar, al mismo tiempo, la reclamaba como propia. El destino era inmenso, brutal, indiferente… y había pronunciado su nombre. No como un honor, sino como su derecho. Y mientras, las piernas de Ava aún temblaban, su corazón latía con una furia nueva, salvaje. El miedo seguía allí, porque nunca desaparece del todo. Pero ya no la paralizaba.
Porque también entendió otra verdad irrefutable: ¡No caminaría jamás sola!
Y así, sin más certezas que aquellas, Ava Walker aceptó su destino. Dejó de resistirse. Dejó de huir. Y se lanzó al vacío. Y al hacerlo, Vihaan la sujetó con fuerza. No como quien retiene, sino como quien ancla. Como una raíz hundida en tierra firme, imposible de arrancar incluso cuando el mundo se quiebra. Sus ojos oscuros, antiguos y serenos, permanecieron fijos en el horizonte, allí donde el destino se confundía con el mar. Y con la voz gastada por los años, pero intacta en su verdad, pronunció de nuevo el juramento eterno, ese que no se borra con el tiempo ni se disuelve con el viento.
- ¡Seguiremos! - exclamó con orgullo.
La palabra no cayó al suelo. Ardió en el aire. Y entonces, como si todos lo hubieran sabido desde siempre, acudieron a la llamada del elegido de la tierra, del portador del lazo del clan. Una fuerza invisible los unió, alineando voluntades, corazones y cicatrices. Alzaron la voz al unísono… y esta vez, la de Ava rugió con ellos.
- ¡Lo haremos de la única manera que sabemos! - afirmó Yara, con la convicción de quien jamás ha retrocedido.
- ¡Con la frente alzada y los puños apretados! - respondió Aibori, firme como acero templado.
- ¡Con la mirada vacía y la garganta ardiendo! - rugió Cortés, desafiante, como si escupiera al mundo su negativa a rendirse.
- ¡En medio de la tormenta y en la noche más oscura! - sonrió Wong, rebelde, con el brillo del caos danzando en los ojos.
- ¡Sin miedo en nuestros corazones! - exclamó Halcón, seguro, vigilante, eterno centinela.
Ava los observó. Uno a uno. Como si los viera por primera vez… y como si los hubiera conocido desde siempre. Sintió el peso de las cadenas que aún llevaba dentro, invisibles pero reales. El miedo. La duda. La vieja costumbre de huir.
Y entonces, sin pensarlo dos veces, las rompió.
- ¡Sin rendirnos jamás! - rugió.
La frase estalló como un trueno. No fue una promesa. Fue una sentencia. El mundo podía arder, los dioses podían callar, el destino podía apretar los hilos cuanto quisiera… porque ellos seguirían avanzando. Así cerró un capítulo de su vida y se entregó al siguiente:
Con el eco de un juramento grabado en la eterna noche, retumbando en su corazón.
Con la libertad por bandera y el horizonte como condena, gritando a pleno pulmón.
Con el fuego ardiendo en su interior, fiero e indomable.
Caminando junto a los suyos. De donde jamás se separaría.
Y por primera vez, después de tres largos y pesados siglos…
La promesa estaba a punto de cumplirse.
La condena de Grace O’Malley se iba a romper.
Pues si la capitana no podía regresar a su hogar, el hogar regresaría hasta ella.
Continuará…