Capítulo 108 - ¡La píldora roja!: El ‘flechazo’ de Ava
La carcajada de Ava Walker estalló en los muelles, limpia, sonora, imposible de contener. Rebotó contra el agua oscura y las grúas oxidadas antes de disiparse en el aire salado. Luego se giró para mirarlo. Ren lo supo al instante: lo observaba como se mira a un viejo entrañable al que la imaginación se le ha ido de paseo sin billete de vuelta.
- No hablo en broma… Soy Ren, el cartógrafo que se unió al Red Viper en Tortuga….
- Ya… y yo soy la mismísima Grace O’Malley, ¡No te jode! - le espetó, negando con la cabeza, aún sonriendo - No digas bobadas Liam, anda.
- ¡Hablo en serio, maldita sea!
- ¡¿Ah, sí?! - arqueó una ceja - Demuéstralo, a ver.
Ren no dudó. Pensó rápido. Abrió la palma de la mano, escupió sin pudor y, con la otra, agarró la manta que cubría sus rodillas. Se frotó con fuerza, sin delicadeza, hasta que la pintura artificial que ocultaba sus secretos, comenzó a borrarse. Hasta que la verdad de la tinta reapareció bajo la mentira del maquillaje. Después alzó la mano, firme, para que ella pudiera verla. Ava distinguió entonces los tatuajes en las yemas de sus dedos.
En el pulgar, la corona de Gregor Malvaric, el Rey Negro
En el índice, la pluma oscura de Drake, el Cuervo del Caribe.
En el corazón, el colmillo ensangrentado de Montoya, el Lobo de las Antillas.
En el anular, la boca sellada de Leclair, el Silencio de los Mares.
Y en el meñique, el evangelio abierto de Silas Grimm, el Predicador.
Las marcas del ‘Ojo’ que un día fue, del hombre que había sido señalado por los Cinco de Tortuga. Pero Ava no se dejó impresionar. Ni un ápice.
- Bonitos tatuajes - rió, burlona - Yo también tengo unos cuantos… ¡Mira!
Se bajó la chaqueta y la ropa de enfermera con un gesto despreocupado, dejando al descubierto el hombro. Allí, ladrando con furia eterna, un lobo tatuado enseñaba los dientes. Ava no dejó de reír, pero Ren no se ofendió. Al contrario, se armó de valor y se puso en pie. La risa de la enfermera murió de golpe. Se le erizó la piel desnuda del hombro, pero no a causa de la brisa marina. Por un segundo, solo uno, no pensó en bromas ni en historias absurdas. Pensó en el peso del cuerpo que acababa de levantarse sin ayuda. En la firmeza imposible de aquellas piernas. Pero la realidad regresó, brusca, como una ola.
- Haz el favor de sentarte, Liam… - dijo, adelantándose, tratando de empujarlo de vuelta a la silla - Ya está bien de bromas. ¡Vamos! Ahora mismo volvemos a la residencia.
Su voz era profesional. Casi severa. Pero sus manos temblaban. Su corazón empezó a golpearle el pecho con violencia. No era miedo, no todavía. Era la presión brutal de todo lo que podía romperse en un segundo: el anciano cayendo al suelo, el crujido seco de un hueso viejo, la sirena de una ambulancia cortando los muelles; la llamada obligatoria a una familia que no conocía, la mirada helada de su supervisor, la palabra negligencia flotando en un despacho blanco. Vio su contrato arder, su sueldo evaporarse, las facturas amontonándose sobre la mesa de la cocina. El alquiler. La luz. El gas. Todo pendiendo de un hilo.
Intentó moverlo, imponerse por la fuerza de su juventud, pero no pudo. Era como empujar una roca anclada a la tierra. Como si aquel cuerpo frágil hubiese olvidado de pronto su propia mentira. Como si ese hombre se hubiera metido tan hondo en su papel que no solo lo creyera, sino que lo fuera. Y con el nombre de Ren recuperado, también hubiese regresado la fuerza, la juventud, la gravedad de alguien que no pertenece a una silla de ruedas.
- No soy Liam. No soy un maldito anciano, Ava Walker - dijo él, con una convicción que no admitía réplica, negándose a sentarse - Para un segundo y escúchame, por favor.
Ella lo miró, con los ojos brillantes, al borde del estallido.
- ¡¿Tú sabes la que me va a caer si se enteran de que te ha pasado algo?!
- Nadie se va a enterar de nada - respondió con una calma inquietante - En cuanto llames al número de contacto que aparece en mi ficha, saltará un buzón. Una mujer muy risueña te pedirá que dejes un mensaje… y aunque lo hagas mil veces, nadie contestará jamás.
- ¡¿Pero qué demonios estás diciendo?! ¡Joder! ¡Siéntate ya!
Ren negó despacio con la cabeza, los ojos medio cerrados, como quien lamenta la ceguera ajena.
- Lo que intento decirte es que todo es una farsa… Llevamos vigilándote casi dos años enteros. Y ha llegado el momento de que sepas la verdad.
- ¿Vigilando…? - la palabra le supo a hierro - ¿Quien me vigila? ¿Qué verdad?¿Pero qué locuras dices?… Tengo que llamar a la residencia… Creo que te está dando algo, una embolia o cualquier mierda de esas…
Sacó el móvil con manos torpes, el pulgar temblándole sobre la pantalla. No llegó a desbloquearlo. Ren se lo arrancó de los dedos con un gesto rápido, preciso. Un gesto que no pertenecía a un anciano. Dio un paso al frente y lanzó el teléfono al aire. El móvil describió un arco perfecto antes de caer al agua. Un “plof” sordo. Una ondulación breve. Y luego nada. Solo la superficie oscura de la desembocadura del Avon tragándose su reflejo.
Ava se quedó inmóvil. Miró el lugar donde había desaparecido su teléfono como si pudiera volver a salir a flote. Como si aquello no acabara de ocurrir.
- ¡Me cago en Dios! - exclamó primero, incrédula. Luego alzó la voz aún más, temblando de rabia - ¿¡Pero qué cojones haces, viejo loco!? ¿¡Es que has perdido el maldito juicio!?
El viento del mar pasó entre los dos, sin permiso.
Ren no retrocedió. No pidió perdón.
Se puso tenso, atento a todo lo que les rodeaba.
La mirada afilada de un mentiroso, de un superviviente.
Los reflejos de un gato acostumbrado a huir, la urgencia de un fugitivo.
Los gritos de Ava habían cortado el aire tranquilo de los muelles de Bristol como cuchillas. Un par de transeúntes se giraron. Un obrero dejó de comer su sandwich. Una mujer mayor frunció el ceño, dudando si intervenir. Las miradas empezaron a clavarse en ellos, curiosas, alertas. Demasiadas miradas. Y el cartógrafo lo supo al instante: se le estaba yendo de las manos. El pulso le martilleó en las sienes y actuó sin pensar demasiado, guiado por el instinto. Se inclinó hacia la silla de ruedas, cogió su teléfono escondido bajo la manta y, con la otra mano, atrapó la muñeca de Ava. No con violencia brutal, pero sí con una firmeza imposible de romper.
- ¡¿Qué haces?! - gritó ella, forcejeando - ¡Estás loco!
Ren echó a andar. Primero rápido. Luego más rápido. Ava se resistía, clavando los talones, retorciéndose, intentando soltarse mientras seguía gritando, buscando la atención de todo aquel que estuviera cerca. Él apretó los dientes y aceleró aún más, tirando de ella hacia una calle lateral, lejos del paseo abierto. El teléfono vibró en su mano. Una llamada entrante. La aceptó sin reducir el paso.
- ¿Se lo has contado ya? - la voz de Yara al otro lado, sonó firme, alerta, urgente.
- ¿Dónde estáis? - escupió Ren, sin aliento.
- Wong, Cortés y Aibori van de camino al muelle…
Un grito especialmente agudo atravesó el auricular.
- ¡¿Esa que grita es Ava?! - preguntó Yara, de inmediato.
- ¡Sí, joder!
- ¡¿Pero qué demonios está pasando?!
Ren lanzó una mirada atrás. Un par de adolescentes los observaban ya con demasiada atención. Uno de ellos sacaba el móvil del bolsillo, mientras el otro le susurraba cerca de la oreja.
- ¡Lo de siempre, maldita sea! - gruñó - ¡Necesito ayuda!
Hubo un segundo de silencio. Luego la voz de ella, sonó más baja, más dura.
- Estamos atando los últimos cabos sueltos. Ve hacia el Redhead. No pierdas tiempo…
Ren colgó. Apretó aún más la muñeca de ella y torció bruscamente hacia un callejón estrecho, húmedo, donde el eco de los pasos ahogaba los gritos. Las miradas quedaron atrás, pero el terror ya se había encendido. Y Ava, arrastrada entre sombras, empezaba a comprender que aquello no era la locura de un viejo. Era un secuestro.
Y de repente el caos estalló. Empujada por el miedo más primitivo, se lanzó contra su secuestrador y le hincó los dientes en el brazo. No pensó. No midió. Mordió con rabia, con pánico, con todo lo que llevaba acumulado en el pecho, como el lobo que llevaba tatuado en su hombro. Ren gritó un alarido seco, sorprendido, casi animal. Sintió el dolor punzante, la presión de los dientes atravesando piel y músculo, la marca inmediata quedando grabada como un sello.
Soltó su muñeca y ella no lo dudó. Corrió como no lo había hecho nunca. El corazón desbocado, la respiración rota, los pensamientos hechos añicos. El callejón se estrechó en un túnel de adoquines húmedos, paredes sucias y grafitis borrosos. Al fondo vio una calle ancha, pero Bristol se había vuelto irreconocible, hostil, vacía.
Las calles estaban desiertas.
Era media mañana: La gente trabajaba. No había turistas.
¿Quién demonios iría de turismo a Bristol?
Escuchaba a su espalda el sonido de las botas golpeando el suelo, persiguiéndola; la voz de un anciano que había perdido la cabeza, ordenando que se detuviera. La luz se filtraba por el final del túnel; y entonces lo vio, como un ángel guardián que aparece en el momento exacto, una cara conocida, un milagro del cielo.
- ¡Sr. Chan! ¡Ayuda! - gritó esperanzada.
Pensó que no podía haberse encontrado a nadie mejor. Un maestro de las artes marciales le venía como anillo al dedo, en ese justo momento. Pero rápidamente su esperanza se partió en su interior. Había algo en su mirada, en su expresión que no era normal. Cuando el anciano a sus espaldas gritó, entonces confirmó que su arrendador no estaba allí enviado por Dios para salvarla. Sino para detenerla.
- ¡Detenla Wong! - gritó Ren con urgencia.
Ava se frenó en seco, pálida, sudorosa, el corazón a punto de estallar. Ren la alcanzó en apenas dos zancadas. Ella alzó los puños, pero apenas tuvo tiempo de pelear. Un brazo se cerró alrededor de su cuello, firme, preciso, cortándole el aliento sin asfixiarla del todo. La otra mano le atrapó la muñeca y la retorció por detrás con un gesto técnico, aprendido en otros tiempos, en otras peleas, en otras huidas.
- ¡SOCORRO! - gritó Ava, aterrorizada - ¡SOCORRO! ¡AYUDA!
El Sr. Chan se acercó rápidamente y le tapó la boca, los gritos enmudecieron de golpe, el eco se perdió entre los edificios. Nadie respondió. Nadie apareció. Solo el silencio industrial de una ciudad que seguía hacia adelante, imparable, ciega, muda.
Ava entró en pánico.
No entendía nada.
Nada tenía sentido.
Aquello ya no era miedo: era una pesadilla. De esas que nacen del subconsciente, absurdas y crueles. De esas que te despiertan sudando, con el corazón a punto de romperte las costillas. Pero esta vez no despertaba. Seguía allí. Sentía la mano en su boca, el dolor en su brazo, el aliento caliente en su oreja.
- Por favor… - susurró Ren, la voz rota, urgente, contenida - ¡Cálmate!
Ella sollozaba, temblando, el cuerpo rígido como una cuerda a punto de partirse.
- No queremos hacerte daño - continuó él, bajando aún más la voz, casi una plegaria - Solo… queremos enseñarte una cosa.
Ava respiraba a trompicones, atrapada, el mundo girando a una velocidad endiablada bajo sus pies.
- Si cuando lo veas… - Ren se detuvo un instante, cogiendo aire - aún sigues sin creerme… te prometo que te dejaremos ir. Y jamás volverás a vernos.
El silencio volvió a caer sobre los adoquines.
Denso. Irreal.
Por detrás del Sr. Chan, otra cara conocida emergió dentro del túnel. Ava la reconoció incluso antes de entenderlo: el abrigo oscuro, el paso decidido, la silueta recta. Era Irene y a su lado, casi corriendo, Antonio. Por un mísero segundo - un instante tan frágil como un hilo - la esperanza volvió a encenderse en su pecho.
- ¡¿Pero os habéis vuelto locos o qué demonios os pasa?! - bramó Irene, acelerando el paso - ¡Soltadla ahora mismo!
Todo ocurrió rápido. Irene se lanzó sin dudarlo, empujó a Ren con el hombro, con una fuerza que no parecía corresponderse con su cuerpo, y consiguió arrancar a Ava de aquel agarre. Wong simplemente se apartó, alzando las manos en señal de rendición. La gaditana la rodeó con ambos brazos, firme, protectora, colocándose a su lado como un muro.
Walker temblaba. De rabia, de miedo, de pura incomprensión.
- ¡Llama a la policía, Irene! - gritó, aferrándose a ella - ¡Rápido! ¡No sé qué querían hacer conmigo, pero han intentado secuestrarme!
- Tranquilízate, por favor - le dijo Irene con el ceño fruncido.
- ¡¿Que me tranquilice?! - bufó Ava - ¡¿Y si querían violarme?!
Ren dio un paso al frente, la expresión desencajada.
- ¡¿Violarte?! - escupió, incrédulo - ¡¿Pero qué demonios dices?!
Antes de que pudiera acercarse más, Wong apoyó una mano abierta en su pecho. No fue brusco. No hizo falta. El gesto bastó. Una orden silenciosa y Ren se detuvo. Antonio avanzó entonces, encarando al cartógrafo con los ojos encendidos.
- ¡¿Esta es tu brillante idea de contarle la verdad, maldito holandés?!
- ¡Se puso como una loca, Cortés! - respondió Ren al instante, a la defensiva - ¡Empezó a gritar en mitad de la calle. Actué por instinto!
Ava los miró a ambos, el corazón martilleándole las sienes.
- ¿Cortés? - murmuró, totalmente perdida - ¿Qué coño pasa aquí?
Wong intervino con calma quirúrgica.
- No es momento de discutir, amigos. Hay que volver al Redhead, ahora…
Y entonces Ava lo entendió. No del todo.
No el cómo ni el porqué. Pero lo esencial sí.
Se conocían. Todos.
Liam, el señor Chan, Antonio, Irene.
El refugio que habían sido los brazos de su vecina se transformó de golpe en otra cosa.
No violento. No hostil. Pero cerrado… Una jaula amable.
Ava intentó zafarse. Se revolvió. Empujó.
Pero Irene no la soltó.
- Ava - dijo ella, con una firmeza que no admitía réplica - Escúchame con atención. Es importante que vengas con nosotros. Debes ver algo…
Le sostuvo la cara, obligándola a mirarla.
- Yo te protegeré, te doy mi palabra que nada te sucederá.
Ava alzó la cabeza despacio. Estaba pálida. Asustada hasta los huesos. Pero en los ojos de aquella mujer no había mentira. Ni locura. Ni amenaza. Solo verdad.
- ¿Qué… qué está pasando aquí, Irene? - balbuceó - No entiendo nada, estoy asustada…
Su vecina sonrió. No con burla. No con crueldad. Sino con una serenidad antigua, profunda. El porte no solo de una mujer, sino de una guerrera indomable que había sangrado en mil batallas. Que había perdido lo que más quería en el mundo, y aún así seguía en pie, firme y obstinada.
- No debes temer nada - dijo suavemente. Y entonces añadió, como quien al fin deja caer el último velo - Y no me llamo Irene, preciosa…
Ava sintió la mano firme de Irene apartando sus rizos rebeldes de su rostro. Al mismo tiempo que el mundo daba vueltas y el suelo se deshacía bajo sus pies.
Walker empalideció aún más. No fue una palidez común, no la de quien pasa miedo o frío, sino algo más profundo, casi antinatural. Su piel pareció volverse casi translúcida, como si el pigmento de su piel hubiera decidido esconderse en algún lugar remoto de su cuerpo. Los labios se le entreabrieron apenas, pero no salió ningún sonido.
Clavó los ojos en Irene o Aibori. No pestañeó.
Un segundo. Dos. Tres.
El tiempo dejó de comportarse como debía.
Luego su mirada empezó a moverse, de uno en uno, recorriéndolos, analizándolos, intentando entender que demonios estaba pasando. Liam o Ren permanecía callado, con los hombros caídos. El Sr. Chang o Wong, inmóvil, sereno como una estatua antigua. Antonio o Cortés, con esa media sonrisa peligrosa que no encajaba con ninguna normalidad conocida.
Primero pensó: “Están locos, han perdido todos la cabeza”
Después: “Quizás es una broma. Una muy elaborada. De mal gusto”
Pero entonces volvió a mirarles a los ojos y algo no encajaba con ninguna de esas explicaciones. No se apartaban de ella. No buscaban ver su reacción. No esperaban risas ni incredulidad. Había allí una verdad desnuda, incómoda, imposible… pero sólida. Como un puñetazo directo al mentón que llega de repente: no puedes ignorarlo aunque no sepas de dónde ha salido.
El miedo no desapareció. Seguía allí, tenso, alerta, sintiéndose una cervatilla rodeada de lobos. Pero junto a él nació otra cosa: Una genuina e insondable curiosidad. Aibori aflojó un poco el agarre, sin soltarla del todo. Atenta. Preparada por si intentaba huir de nuevo. Pero esta vez no lo hizo, se quedó quieta, sumida en un silencio expectante. Respirando rápido, pero sin luchar. Ren, entonces, al verla más calmada, dio un paso al frente, despacio, la cabeza gacha, como un muchacho al que acaban de pillar en una travesura.
- Siento haberte asustado… - dijo con voz grave - Y siento si te he hecho daño. No era mi intención.
Ava no respondió, las preguntas se agolpaban en su mente, pero su boca era incapaz de pronunciarlas. Cortés chasqueó la lengua, impaciente, con una carcajada baja.
- Ya habrá tiempo para disculpas, holandés.
Se inclinó un poco hacia ella, buscándole los ojos. Su sonrisa era fiera y divertida a la vez. Como la de alguien a punto de prender fuego al mundo por pura diversión.
- Dime, pelirroja… - preguntó - ¿estás preparada?
- ¿Preparada para qué? - dijo ella tragando saliva.
Cortés asintió lentamente, saboreando el instante, como quien se dispone a pronunciar una verdad largamente esperada.
- ¡Para tomar la pastilla roja!
Ava se quedó en silencio. Aquella respuesta la descolocó por completo. No supo que decir. Aibori, en cambio, alzó los ojos al cielo y negó despacio con la cabeza, aunque no pudo evitar que una sonrisa sincera le curvara los labios. Ya se lo había advertido: aquello era una estupidez. Pero lo amaba con una devoción tan profunda que le concedía, de vez en cuando, sus pequeños momentos de gloria.
Con el paso del tiempo, Cortés se había convertido en un devorador compulsivo de ciencia ficción. Todo empezó un 30 de Octubre en 1938, cuando estaban siguiendo una pista en Nueva York. Estuvieron allí… cuando Orson Welles retransmitió el programa radiofónico: La Guerra de los Mundos. Aunque se advirtió que era ficción al inicio y durante el programa, muchos oyentes que sintonizaron tarde creyeron que una invasión marciana real estaba ocurriendo en Grover's Mill, Nueva Jersey. Esto provocó escenas de pánico, carreteras colapsadas y llamadas masivas a la policía. La genialidad - y el problema - fue que Welles utilizó un formato de boletines informativos de última hora que interrumpían una supuesta programación musical de orquesta. Aquello impactó tanto al español que desde ese día se entregó en cuerpo y alma a ese género. Le daba igual el formato: cómics, novelas, películas, series, animación… Todo lo que caía en sus manos, lo devoraba. Se sabía diálogos enteros de memoria, los recitaba como otros rezaban salmos.
La miró entonces con calma, y su voz cambió. Se volvió grave, pausada, casi solemne, evocando sin pudor a uno de sus personajes favoritos: Morpheo de la película Matrix.
- Te explicaré por qué estás aquí… Estás aquí porque sabes algo. Aunque no sepas qué es, aunque no puedas expresarlo con palabras… Lo has sentido toda tu vida. Algo no funciona en el mundo. No sabes qué es, pero ahí está… como una astilla clavada en tu mente, enloqueciéndote poco a poco… Esa sensación te ha traído hasta mí. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?
Ava buscó la mirada de Aibori, completamente perdida, pero solo encontró en ella una sonrisa serena, cargada de un amor inexplicable y de una certeza inquietante de que nada podía interrumpir aquel momento.
- Sinceramente… no tengo ni la más mínima idea - respondió al fin.
Cortés inclinó ligeramente la cabeza.
- ¿Te gustaría realmente saber lo que es? - continuó, ciñéndose al diálogo original, tranquilo, casi hipnótico - Matrix nos rodea. Está por todas partes. Incluso ahora, en esta misma habitación… Puedes verla cuando miras por la ventana o cuando enciendes la televisión. Puedes sentirla cuando vas a trabajar, cuando vas a la iglesia, cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad.
- ¿Qué verdad? - preguntó Ava, sin saber que aquella era la respuesta correcta. La pregunta que decía Neo en la película. La que hizo el Elegido.
Cortés sonrió, incapaz de ocultar su felicidad, aunque enseguida recuperó la compostura.
- Que eres una esclava, Ava Walker. Igual que los demás, naciste en cautiverio. Naciste en una prisión que no puedes saborear, ni oler, ni tocar. Una prisión para tu mente - hizo una pausa larga. El silencio pesó como una losa - Por desgracia - añadió al fin - no se puede explicar lo que es Matrix. Solo puedes comprenderla cuando la ves con tus propios ojos.
Buscó algo en los bolsillos de su chaqueta. Sacó ambas manos, los puños cerrados, y las sostuvo frente a Ava. Wong lo observaba maravillado. Había visto aquella película innumerables veces y, siendo sincero, Cortés lo estaba haciendo mejor que Laurence Fishburne, el actor original.
- Esta es tu última oportunidad - dijo con voz grave - Después ya no podrás echarte atrás.
Abrió la mano derecha, mostrando una píldora.
- Si tomas la pastilla azul… fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte - Sin darle tiempo a reaccionar, abrió la izquierda y dejó ver la otra - Si tomas la roja, te quedarás en el País de las Maravillas… y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
Ava frunció el ceño, observando ambas palmas abiertas. Y entonces cayó en la cuenta.
- Espera un segundo - dijo alzando la cabeza para mirarlo a los ojos - Esto es de… Matrix, ¿verdad?
- Escoge la maldita píldora roja - exclamó Ren, nervioso - Y terminemos de una vez, por favor.
- Vamos hermano… - sonrió Wong - ¡Admítelo! Lo está haciendo genial.
Y, de pronto, Ava olvidó el miedo, la tensión, la ansiedad que le atenazaba el pecho desde hacía tanto rato. Aunque pareciera imposible, sonrió. Cortés lo había logrado, la relajó. Ese era su don más poderoso. Convertir los momentos límite en algo soportable. Hacer reír cuando todo empujaba a llorar. Aligerar la carga de los corazones convulsos y desesperados. Ava recordó que en la película el protagonista escogía la pastilla roja. Y sin pensarlo demasiado, estiró la mano para tomarla, pero Cortés habló antes de que sus dedos la rozaran.
- ¡Recuerda! Lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más.
Ava tomó la píldora y se la llevó a la boca, fingiendo que se la tragaba. Aceptó la oferta de aquel Morpheo hispánico, de sonrisa burlona y mirada antigua. Y aunque podría pensarse que todo aquello no era más que una broma, un juego, una forma absurda de aliviar tensiones… en realidad era algo mucho más profundo. Cortés no lo había hecho al azar.
Si hubiera escogido la otra pastilla, habría simbolizado la elección de permanecer en una ignorancia feliz, en la conformidad con el sistema establecido. La pastilla azul representaba aceptar la persistencia de la ilusión: vivir en una realidad cómoda y falsa antes que enfrentar una verdad dolorosa. Habría significado elegir la seguridad frente a la libertad. Lo conocido - aunque fuera mentira - antes que el riesgo de lo auténtico. Mantener el Statu Quo. No cuestionar nada. Olvidar. Pues la pastilla azul era la mentira reconfortante.
Pero Ava Walker escogió la roja.
Quizá por seguirle el juego.
Quizá por ceñirse al guión.
Quizá sin comprender del todo el peso de aquella decisión.
Pero la escogió.
El rojo de la verdad.
El rojo de la libertad.
El rojo del fuego.
Eligió el despertar y la autenticidad. El fin de la ilusión y el inicio de una vida real. Eligió salir de la caverna de Platón y mirar el mundo sin sombras. Optó por el conocimiento, por la verdad incómoda, por la curiosidad que quema y no deja dormir.
Escogió la rebelión frente a la obediencia.
La libertad frente a la esclavitud mental.
El riesgo frente a la comodidad.
Eligió el peligro, la incertidumbre y el compromiso de afrontar las consecuencias de saber.
Eligio salir de Matrix y, al hacerlo, dejó atrás para siempre la seguridad de lo conocido.
Escogió el camino que debía escoger el Elegido, y esta vez no hablamos de Neo.
Tomó la píldora que de seguro hubiera escogido Grace O’Malley.
El sendero de la hija del fuego, de la elegida por la llama eterna.
Caminaron en dirección al puerto, de nuevo, dejando atrás las calles oscuras y estrechas como quien abandona una piel vieja. El aire salino comenzó a mezclarse con el olor del gasóleo y las algas húmedas, y el sonido lejano de las olas acariciando los barcos, marcó el ritmo de sus pasos. Ava caminaba al lado de Aibori, cogidas de la mano. No sabía en qué momento había aceptado aquel contacto, pero no le resultaba extraño. Al contrario: le daba una calma inesperada, como si aquel gesto sencillo fuera un ancla. Sentía aún el pulso acelerado, los restos del miedo latiéndole en el pecho, la sensación de no comprender nada, pero ya no estaba a punto de huir. Iba alerta, sí, como un animal que avanza por territorio desconocido… pero ya no se sentía en peligro.
Unos metros por delante, Wong, Cortés y Ren avanzaban a buen paso, discutiendo con un tono que no tenía nada de hostil. Parecían tres viejos amigos que se reencontraban después de demasiado tiempo.
- Tendrías que haberte encargado tú - refunfuñó Ren - Está claro que se te da mejor soltar discursos. Tienes más don de gentes…
Cortés soltó una carcajada.
- Sin duda, hermano - admitió sin rastro de modestia - Tú siempre has sido mejor escribiendo que hablando. Te pones nervioso, te aceleras… y luego pasan estas cosas.
- Cuando dices estas cosas... - replicó Ren - ¿Te refieres a intentos fallidos de violación?
- Creo que a eso se refiere… - rió Wong, negando con la cabeza - Pero oye, al menos ha funcionado. Más o menos.
Ren resopló, aunque en sus labios se dibujó una sonrisa cansada.
- Maldito español… - murmuró - Siempre tan teatral.
- ¡Y tú siempre tan dramático! - le devolvió Cortés, dándole una palmada en el hombro - Por eso te queremos, holandés.
La discusión siguió entre risas y pullas, con la naturalidad de quienes se conocen demasiado bien como para tomarse demasiado en serio. Ava los observó un instante más y luego desvió la vista hacia Aibori. Caminaba erguida, tranquila, con la mirada fija al frente, como si nada de aquello fuera improvisado.
- ¿A dónde vamos? - preguntó en voz baja.
Aibori no la miró. No aflojó la mano. Su respuesta fue sencilla, firme.
- A que conozcas a los demás.
Y mientras el mar comenzaba a desplegarse ante ellas, con las siluetas de los barcos recortadas contra el cielo, Ava sintió que estaba cruzando algo más que una distancia física. Estaba entrando, sin saberlo aún, en su destino.
El RedHead esperaba en el puerto como un viejo guerrero que se niega a desaparecer. Su casco, pintado de un rojo intenso que empezaba a mostrar marcas de óxido y golpes de incontables años de servicio, brillaba con el reflejo tenue del sol entre las nubes bajas. El nombre no era casual: lo habían llamado así en honor a su capitana, en honor a la melena rojiza de Grace, que aunque ausente físicamente, seguía, de algún modo invisible pero firme, comandando cada rincón del navío. Era un barco pesquero pequeño, moderno en materiales, pero con un aspecto castigado por los años, por las tormentas, por las colisiones y las jornadas interminables en el mar. Su cubierta de acero mostraba abolladuras y raspaduras, las barandillas estaban arañadas y remendadas, y el motor roncaba con un sonido grave que parecía contar historias antiguas y de resistencia. Parecía que en cualquier momento podría ceder, hundirse en las aguas, pero se mantenía a flote con un orgullo extraño, obstinado, como si desafiar al mar fuera su único propósito.
Ava lo contempló y, sin apenas pensarlo, lo comparó con ellos: personas que había conocido tiempo atrás, aunque ahora parecían tan desconocidas. Como ellos, aquel castigado barco pesquero no era lo que aparentaba ser: a simple vista, pequeño y maltrecho; pero por dentro, lleno de secretos, fuerza y lealtad inquebrantable. Cada golpe en el casco, cada cicatriz de batalla, parecía decirle que allí dentro había vida y un corazón dispuesto a resistir cualquier tormenta. Y quizá, pensó, eso era lo que hacía grande al RedHead y a quienes decían tripularlo.
Wong avanzaba primero por el muelle estrecho, entre barcos amarrados, cabos húmedos y el olor metálico del agua. Al llegar a la altura del RedHead, se llevó dos dedos a los labios y lanzó tres silbidos cortos, secos, precisos. No eran un saludo: eran una contraseña. Una señal aprendida a base de años y reconocida sin margen de error. Durante un segundo no ocurrió nada. Luego, desde la cubierta, alguien apareció. Y fue entonces cuando...
Ava Walker se enamoró.
No fue un flechazo infantil ni una fantasía romántica. Ella no era así. Nunca lo había sido. No se enamoraba de primeras impresiones ni de rostros bonitos. A ella la conquistaban las conversaciones largas, la ironía inteligente, la locura compartida a deshoras. El físico, hasta ese instante, había sido un detalle secundario, casi irrelevante. Pero ahora, sus piernas temblaron sin pedir permiso. Y sus ojos se quedaron anclados en él, como si acabara de ver algo que no encajaba con la realidad. El muchacho estaba en cubierta, sin camiseta, como si el frío de Bristol no tuviera poder alguno sobre su piel. Era alto, de cuerpo trabajado no por gimnasios sino por mareas, turnos interminables y esfuerzo necesario. Los músculos se marcaban con naturalidad, sin ostentación, cubiertos aún por restos de grasa de motor y sudor. Su piel estaba surcada de cicatrices, viejas y nuevas, mapas de una vida que no se explicaba con palabras, sino viviéndola a su lado.
Tenía una barba espesa, maltratada por el mar; el cabello rizado, revoltoso, indomable, herencia directa de su madre. Pero de un color oscuro carbón intenso, herencia de su padre. La piel bronceada, salpicada de pecas, el semblante descarado de alguien criado entre olas y peligros; como sus padres. Pero en su rostro había algo más. Algo que cortó la respiración de Ava, su mirada… En sus ojos oscuros y profundos, había un cruce evidente: la intensidad serena de Vihaan, mezclada con el fuego salvaje de Grace. Era como si ambos se hubieran encontrado en sus iris. Haciéndolo especialmente hermoso, sí. Pero no de un modo limpio o perfecto. Hermoso como lo es una amanecer visto desde mar abierto, como una tormenta violenta imposible de domar. Era como si pudieras hundirte en sus brazos y descansar tranquila, arropada por la paz y la seguridad de un hogar y al mismo tiempo, reventar una cama en mil pedazos tras una noche loca de sexo y furia. Ava tragó saliva. Sintió cómo el estómago se le encogía y cómo una risa nerviosa amenazaba con escapársele sin permiso. Aquello no tenía sentido. Nada de aquello tenía sentido… y aun así, su cuerpo reaccionó antes que su razón, traicionándola con una claridad insultante.
El muchacho apoyó los antebrazos en la barandilla y sonrió al verlos llegar, una sonrisa ladeada, segura, como si el mundo entero fuera suyo. Ella pensó, fugazmente, que si aquello era una prueba más de que su vida había dejado de ser normal… iba a necesitar mucho autocontrol para sobrevivir a los encantos del RedHead.
Aibori siguió andando, sosteniendo aún la mano de Ava, pero al dar un paso y medio se detuvo.
- ¿Estás bien? - preguntó al verla inmóvil en mitad del muelle. No obtuvo respuesta. Frunció el ceño y se colocó frente a ella - ¿Ava? ¿Me estás escuchando?
Walker no parpadeaba. Tenía los ojos abiertos de par en par, claros, brillantes, clavados en un único punto. Los labios, enrojecidos y húmedos, ligeramente entreabiertos. El pecho subía y bajaba con una respiración acelerada que no lograba disimular. Era como si alguien le hubiera lanzado un hechizo antiguo, de esos que no duelen pero te roban la voluntad durante unos segundos eternos. Aibori siguió la dirección de su mirada. Y entonces lo entendió todo.
Maverick.
Soltó una risa suave, resignada, casi cariñosa. No era la primera vez. En realidad, había sucedido una y otra vez, durante los últimos tres siglos, en cada puerto, en cada ciudad donde habían atracado. Mujeres distintas, épocas distintas, miradas idénticas. No lo hacía queriendo. Era simplemente su don. Del mismo modo que Cortés podía arrancar una sonrisa incluso a un condenado a la horca, Maverick robaba corazones sin proponérselo, con una mezcla imposible de fuego, tierra, herencia y magnetismo.
La amazona volvió a mirar a Ava y le acarició suavemente la mejilla, sacándola poco a poco del trance.
- No te hagas ilusiones, preciosa - dijo con una sonrisa franca, casi fraternal - Es un alma libre. No es mal chico, pero como mujer te lo advierto antes de que sucumbas… te romperá el corazón.
Ava suspiró. Ya era demasiado tarde para consejos.
- ¡¿Ha llegado tu padre?! - preguntó Wong en voz baja, asegurándose antes de que no hubiera nadie cerca.
Puso un pie en la escalera metálica del barco. Maverick se inclinó desde la cubierta y le tendió un brazo firme, ayudándolo a subir con naturalidad.
- ¡Aún no! - respondió - Pero ya está todo listo para partir. Yrsa se ha ocupado de los agentes de aduanas esta mañana, no tendremos problemas.
- ¿Encargarse? - preguntó Ren al subir tras Wong, preocupado y la desconfianza tatuada en la cara.
- No de ese modo, holandés - rió Maverick, dandole unas palmadas en la espalda - No te preocupes… digamos que se están echando una buena siesta.
Aibori negó con la cabeza, divertida, mientras ayudaba a Ava a subir a bordo que, aún con el pulso acelerado, daba el primer paso dentro del RedHead sin saber muy bien en qué momento exacto su vida había cambiado… pero con una extraña certeza de que ya no había marcha atrás.
- ¿Es ella? - preguntó Maverick al verla.
La voz llegó limpia, sin asperezas, pero cuando él alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Ava, algo se quebró. No fue un impacto violento. No hubo trueno ni relámpago. Fue peor: fue silencioso. Ava sintió que aquella mirada la atravesaba, como si no se detuviera en su rostro ni en su cuerpo, como si ignorara por completo la piel que todos usamos como armadura. Maverick no la miraba desde fuera. La miraba desde dentro, como quien reconoce una llama antes incluso de que prenda.
Y en ese instante, todo cambió.
No supo decir qué. No hubo palabras, ni imágenes, ni recuerdos concretos. Solo una sensación nueva, casi imperceptible, nacida de ningún lugar reconocible… y, aun así, tan real que dolía. Un tirón profundo en el pecho. Un latido fuera de ritmo. La certeza absurda, innegable, de que si él diera media vuelta y caminara hacia el fin del mundo, ella lo seguiría.
No por obediencia.
No por sumisión.
No por deseo ciego.
Sino por la idea, tan simple como aterradora, de que aquel era el camino.
Era el correcto.
Dos segundos bastaron. No más. Dos segundos de una mirada sostenida en el viento eterno, para que Ava Walker y Maverick quedaran entrelazados por algo que escapaba a la comprensión humana, a la lógica, a la evidencia científica, a los cálculos que habían convertido el mundo moderno en un lugar frío y mensurable.
En él habitaba el legado de su madre.
El rugido que encendía corazones.
La presencia que empujaba a las almas a avanzar cuando el miedo pedía rendición.
La determinación absoluta, ajena a la duda, capaz de arrastrar consigo a quienes caminaran a su lado… hacia la victoria o hacia el abismo.
En el habitaba el latido del fuego, y Ava, aunque aún no lo supiera… era fuego también.
Y una llama alimentando a otra llama no hacen más que desatar un incendio.
El muelle desapareció. El acero del barco, el olor a sal, las voces de los demás, todo se disolvió como una pintura bajo la lluvia. El mundo físico se volvió distante, irrelevante, y en su lugar se abrió otro, antiguo y feroz, un territorio que no obedecía al tiempo ni a las leyes modernas.
Ava sintió el vértigo.
No hacia delante.
Hacia atrás.
Como si cruzara un umbral invisible, retrocediendo más allá del presente, más allá de las certezas del ahora, dejando atrás el mundo que conocía - ordenado, racional, domesticado - para adentrarse en uno primitivo, vasto, indomable.
El mundo de las promesas imposibles.
De las tripulaciones condenadas.
De los juramentos que no se rompen ni con el paso lento de los siglos.
Sin saberlo del todo, Ava Walker acababa de dar el primer paso.
Y el mar, eterno testigo, pareció contener la respiración.
Lo supo con una certeza tan pura y cristalina que no dejaba espacio para el miedo.
Estaba dispuesta… decidida… Lo dejaría todo por amor.
No el amor tibio de una cama compartida, ni el de las caricias furtivas, ni el del sudor y la costumbre. No ese amor que se desgasta con las mañanas y se mide en promesas pequeñas.
No… Era otro.
El amor puro y feroz.
El que no entiende de relojes ni de distancias.
El que no se quiebra con la separación ni se marchita con los años.
El amor que no se elige:
te elige.
Aquel que se instala en el pecho como una verdad antigua y ya no se va jamás. El que no puede olvidarse porque no pertenece a la memoria, sino al alma. El amor profundo y salvaje que no pide permiso, que no negocia, que no se explica. El que llega sin aviso, el que arrasa sin medir, el que aprieta el pecho y nubla la mente… y solo bastaron dos míseros segundos de una mirada compartida, para que Ava supiera que estaba dispuesta a soltar todo lo que había construido durante años: las rutinas, los miedos, las certezas, el esfuerzo. Supo que la vida que había llamado hogar podía quedarse atrás sin rencor, sin nostalgia. Porque había algo más grande esperándola: la locura del amor.
La de quien desafía al mundo sin pedir garantías.
La de quien saltaría de un acantilado sin saber si hay agua abajo.
La de quien no teme morir, porque por fin ha aprendido a vivir.
Y mientras el mar respiraba a su alrededor, entendió que el amor verdadero no promete seguridad, sino libertad. No ofrece refugio, sino vértigo. No salva… despierta. Y ella, sin saber cómo ni por qué, ya había decidido saltar.
Ya lo dijo Tierde, Reina de las Amazonas, en aquellas aguas termales donde el vapor ascendía como un presagio y las palabras pesaban más que el acero. Delante de Grace y de sus hermanas de armas explicó que la vida no avanzaba en línea recta, que no marchaba hacia delante como una flecha lanzada al azar, sino que giraba sobre sí misma, como un círculo eterno.
Todo regresa. Todo se repite.
Todo encuentra de nuevo su origen en un bucle sin fin.
Y allí, en aquel muelle húmedo y miserable de Bristol, el tiempo volvió a cerrarse sobre sí mismo.
Los ojos de Ava eran exactamente los mismos que había vestido Vihaan aquel día, tantos y tantos años atrás, cuando vio por primera vez a Grace O’Malley. La misma mezcla de asombro y certeza. El mismo temblor silencioso en el pecho. La misma intuición imposible de explicar que anunciaba el fin de una vida conocida y el comienzo de otra; una verdadera.
El mismo muelle decadente.
La misma ciudad de cielo plomizo y gris.
La misma promesa muda suspendida en una mirada.
Tres siglos habían pasado… El círculo se había cerrado.
Y, sin que nadie pudiera evitarlo, acababa de volver a empezar.
- Yara está segura… - sonrió Aibori sin apartar la mirada de ella - Pronto sabremos si ella… también lo está.
Continuará…