Un viaje inesperado

Capítulo 107 - Una eternidad para dudar: Una esperanza en un sueño

Grace O’Malley y Diego de la Vega desaparecieron un 20 de abril de 1693.
Pero el mundo no se detuvo por ellos. Nunca lo hace. Por nadie. Sin excepción.

Los siglos avanzaron como mareas implacables. Las velas dieron paso al hierro, el hierro al humo, y el humo a la electricidad que acabó venciendo a la oscuridad. Las rutas del mar no se olvidaron pero quedaron relegadas, mientras otras, invisibles, empezaron a dibujarse en el aire. Las palabras cambiaron de forma, los juramentos perdieron peso y los nombres que antes inspiraban orgullo y esperanza acabaron convertidos en polvo dentro de libros que ya nadie abría, ni se detenía a leer.

Las ciudades crecieron tanto que se quedaron sin espacio y empezaron a crecer hacia el cielo, verticales, imponentes; devorando campos y ríos, extinguiendo especies, cambiando el orden natural del mundo, asfixiando a la madre que todo lo sostenía. Las fronteras se movieron como arena bajo los pies, y los hombres se mataron entre ellos para determinar quien lo decidiría. Al final, las manos vencedoras, llenas de joyas y manchadas de sangre inocente, se repartieron la tierra como si fuera un botín de guerra. Reyes cayeron, dioses fueron cuestionados, y el ser humano aprendió a creer más en las máquinas que en los milagros. El ruido sustituyó al silencio, la espera a la prisa, y el mundo se volvió rápido, voraz, insaciable.

Y aun así, Grace y Diego no fueron olvidados.
Seguían siendo recordados por aquellos que jamás dejaban a nadie atrás.
Por los que aún seguían en pie, con el dolor dentro del corazón permaneciendo…
Intacto, imperecedero, eterno.

Aquella mañana en que Yara - ahora conocida como Luisa - se incorporó en la cama con el ceño fruncido, tras una noche rota y sin descanso, el calendario marcaba 20 de abril de 2025.

Habían pasado 3 siglos.
Había luchado durante 332 años.
Habían pasado 3.984 meses.
Había seguido durante 17.321 semanas.

121.270 días sin volver a abrazarla.
2.910.240 horas sin volver a oír su voz.

Un tiempo inconcebible. Demasiado largo para cualquier alma humana. Suficiente para olvidar rostros, para diluir amores, para que la memoria se vuelva una sombra traicionera.

Suficiente para darse por vencido.
Pero no para ellos.

Juntos, habían visto al mundo reinventarse una y otra vez. Habían tomado nuevos nombres, adoptado nuevas costumbres, vestido innumerables máscaras, interpretado demasiados papeles. Habían caminado entre multitudes que no sabían nada de juramentos antiguos ni de familias forjadas en el fuego de la batalla. Se habían adaptado, mezclado, escondido. Pero jamás habían cedido. Jamás habían olvidado.

Yara se levantó de la cama con un movimiento seco, como quien responde a una llamada que nunca dejó de sonar. No hubo dudas, lo había escuchado. No hubo lamentos, lo presentía, esta vez de verdad. Se vistió con rapidez, manos firmes, gestos precisos, el cuerpo obedeciendo a una voluntad que el tiempo no había conseguido erosionar. Abrió la puerta y salió a la calle como había salido tantas veces antes: sin mirar atrás.
No seguía adelante por una promesa sellada con sangre. No por un juramento pronunciado bajo un cielo eterno. Seguía porque no sabía detenerse. Y porque después de siglos de búsqueda, de caminos equivocados, de derrotas silenciosas y esperanzas aplazadas, algo había cambiado.

No era una certeza racional. No era una ruta mapeada por satélites, ni estudios científicos guardados en bibliotecas, ni pruebas irrefutables salidas de laboratorios. Era algo más antiguo y más salvaje. Algo olvidado por el hombre que embriagado por el mito del progreso, dejó de escuchar a los ancestros.

Yara lo sentía…

Un pulso bajo la piel.
Un latido obstinado en el pecho.
Un susurro que no provenía del mundo de los vivos.

Los Santos se lo habían murmurado en sueños.
No con palabras, sino con imágenes.
No con respuestas, sino con verdades.

Era ella. Esta vez, estaba segura.
Lo palpaba, lo saboreaba, lo sentía en lo más profundo de su ser.
Ava Walker era la elegida…

La portadora del fuego, la que podría reclamar el Vorial Shardeth.
La que llevaría de nuevo a Grace a su hogar.

Apretó los puños al caminar, su mirada se volvió profunda, su sonrisa desafiante. El mundo podía cambiar de rostro mil veces si quisiera, pero ella seguiría siendo la misma. Porque hay voluntades que no envejecen, amores que no aceptan la ausencia, y destinos que, por mucho que se oculten, siempre acaban siendo alcanzados.

Yara empujó la puerta del Fish and R.I.P.S. con el mismo gesto con el que había cruzado mares y siglos: sin pedir permiso. A aquella hora temprana de la mañana, el local no rugía como de costumbre. El caos habitual dormía todavía. En su lugar había una calma espesa, casi respetuosa. Una cuadrilla de obreros del muelle ocupaba una de las mesas largas, botas manchadas de barro y cemento, manos grandes rodeando tazas de café humeante. Hablaban poco, como quien guarda fuerzas para una dura jornada. Más allá, junto al ventanal, un par de ancianos estiraban el tiempo con dos tazas de té ya vacías, mirando la calle como si el mundo fuera un río que ya no les pertenecía, pero que aún disfrutaban contemplar.

El olor a aceite caliente, a pan tostado y a madrugada se mezclaba con el rumor bajo de la música. Bhagirath - al que hora todos llamaban Arjun - fue el primero en verla. Alzó la cabeza desde detrás del mostrador y sus ojos se abrieron lo justo para delatar la urgencia. Giró apenas el rostro hacia la cocina y lanzó una sola palabra, seca, cargada de historia.
  • ¡Vihaan!
El efecto fue inmediato al escuchar su nombre. Ravi salió de la cocina a toda prisa, la serenidad habitual evaporándose en un parpadeo. En su lugar apareció algo más antiguo, más peligroso. Ira contenida. Antes de que nadie pudiera reparar en el movimiento, levantó la tabla de madera que ocultaba la entrada tras la barra, agarró a Yara de la muñeca con firmeza y la arrastró hacia el interior. La madera volvió a su sitio. La cocina los engulló con su calor y su ruido apagado.

Vihaan bajó la voz, pero no la tensión.
  • ¿Pero qué demonios te pasa, Yara? - escupió entre dientes - Quedamos en que nada de vernos durante el día, quedamos en que no dejaríamos que nos vieran juntos… Sabes perfectamente los problemas que nos puede traer sí…
Yara se soltó de un tirón, los ojos encendidos.
  • Ya estamos en problemas, Vihaan - replicó sin titubear - ¿Qué más da uno más? Si he venido es porque tengo algo muy importante que decirte.
  • ¿Tanto que no podías esperar hasta esta noche?
  • ¡Sí joder!
Él pasó una mano por su rostro, intentando recomponerse. El ceño seguía fruncido, la mandíbula tensa, la otra mano en la cintura, los ojos inmensamente abiertos. Sumamente molesto por la insensatez que la yoruba acababa de cometer.

Y es que los problemas no eran pocos. En realidad nunca lo habían sido para las Víboras Rojas. Pero a medida que el mundo avanzaba todo empeoraba. Los enemigos de la libertad se hacían cada vez más poderosos, cada vez tenían más control sobre el alma humana, cada vez era más difícil vivir al margen de la ley.

Los que juraron encontrar a Grace, se vieron obligados a existir en clandestinidad, cosidos a identidades falsas como a una segunda piel que había que cambiar cada pocas décadas. Nombres inventados, documentos falsificados, historias creadas con el cuidado de quien miente para sobrevivir. Mudanzas discretas en mitad de la noche. Desapariciones calculadas sin dejar huella. Encuentros furtivos amparados por la noche y el silencio. Aprendieron demasiado pronto que quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar era una sentencia. Ya no bastaba con saquear un almacén de la Compañía de las Indias Orientales, huir hacía el puerto, desplegar velas y desaparecer en el océano. No en ese mundo.

Vihaan recordó entonces la llamada del día anterior de su hijo, que aún resonaba como un mal presagio. La voz de Maverick, normalmente firme, igual que la de su madre, había sonado esta vez inquieta. Habían llegado a Bristol a bordo del Redhead, un pequeño barco pesquero que les servía de tapadera. Maverick esperaba junto a Yrsa y Bum-Bum, atracados en los muelles; siempre atentos y preparados por si debían huir rápido. La llamada sirvió para comunicar lo que tantas veces había sucedido anteriormente, los agentes portuarios empezaban a hacer demasiadas preguntas. Preguntas que no nacían de la curiosidad, sino del hábito. De los formularios que debían hacer. De las bases de datos que debían comprobar. Profesionales que hacían preguntas por inercia, pero que se clavaban como anzuelos y no soltaban jamás.

Todos sabían el peligro al que se enfrentaban sí eran descubiertos. Sobretodo después de lo ocurrido durante lo que los periódicos británicos llamaron el Invierno del Descontento. Una huelga minera que duró un año entero, uno de los conflictos más crudos del siglo XX.

El conflicto no fue solo una huelga laboral, sino una rebelión masiva de las comunidades mineras contra el gobierno de Margaret Thatcher y el cierre proyectado de veinte pozos de carbón, lo que suponía la pérdida de veinte mil empleos. Para los mineros de Yorkshire, Durham y Gales, eso no era una estadística económica; era una sentencia de muerte para sus comunidades. El conflicto alcanzó su punto máximo en la Batalla de Orgreave, en junio de 1984, donde miles de mineros se enfrentaron en campo abierto contra cargas de la policía montada. Fue un escenario de violencia física intensa, con "puños alzados" y barricadas improvisadas. El Invierno del Descontento, simbolizó la última gran resistencia del sindicalismo industrial frente al neoliberalismo en Europa. La derrota de los mineros tras un año de huelga marcó el fin de una era de poder obrero, dejando una huella imborrable de desindustrialización y trauma social en el norte de Inglaterra y Gales.

Ellos estuvieron allí, luchando codo con codo con los sublevados, plantando cara una vez más a la autoridad y a la tiranía. Y todos fueron fichados, casi por accidente, durante uno de esos tantos momentos de rebeldía en los que el mundo ardía en llamas. Manifestaciones, disturbios, protestas que luego acabarían en libros de historia con fechas subrayadas. Ellos habían estado allí. Siempre estaban cuando el mundo estallaba, no solo por convicción y camaradería, sino también porque entendían que si querían encontrar al portador del fuego debían buscar donde la llama se prendía.

Estuvieron en el Levantamiento de los Seis Días, en Seúl, Corea del Sur, en el 1987. Obreros y estudiantes tomaron las calles para derrocar la dictadura militar. Hubo feroces luchas callejeras con cócteles molotov contra gases lacrimógenos.

Estuvieron en el “Bogotazo”, en Bogotá, Colombia, en el 1948. Tras el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, el pueblo se alzó en una revuelta masiva, destruyendo el centro de la ciudad en una lucha callejera sin precedentes.

Estuvieron en La Comuna de París, Francia, en el 1871. El primer gobierno obrero de la historia. Los trabajadores tomaron el control de la ciudad, levantaron barricadas y quemaron los símbolos del orden monárquico y burgués.

Estuvieron en La Rebelión de los Tejedores de Lyon, Francia, en el 1831. Los Canuts tomaron la ciudad bajo el lema "Vivir trabajando o morir combatiendo". Fue una de las primeras revueltas puramente obreras contra la explotación industrial.

Estuvieron en La Masacre de Peterloo, Manchester, Inglaterra, en el 1819. 60,000 trabajadores textiles y sus familias marcharon para exigir representación política y el fin del hambre. La caballería cargó contra ellos con sables, provocando una carnicería.

Estuvieron en los Motines de "Bread or Blood” al Este de Inglaterra, en 1816. Tras las Guerras Napoleónicas, obreros agrícolas hambrientos se alzaron con puños y horcas, quemando graneros y enfrentándose al ejército bajo banderas que decían "Pan o Sangre".

Estuvieron en todas y cada una de las veces en que el hombre dijo basta y decidió desafiar al poder. No se perdieron ni una sola. Ni una. Allí donde el mundo rugía, ellos acudían. Allí donde las calles ardían bajo las botas y los gritos, ellos combatían. Allí donde la voz se negaba a callar, donde el miedo no bastaba para someter, donde la dignidad levantaba barricadas, ellos estaban.

No como héroes.
No como líderes.
Sino como parte del pulso.

Cuando las fábricas se detenían y las manos alzadas exigían pan y futuro, estaban allí. Cuando los estudiantes llenaban las plazas y el aire se volvía irrespirable de consignas y gases, estaban allí. Cuando los pueblos se cansaban de agachar la cabeza, cuando la rabia se volvía colectiva y hermosa, ellos se mezclaban, luchaban, caían, se levantaban. Siempre con un ojo puesto en la revuelta… y el otro buscando el fuego que habían perdido.

Porque mientras el mundo se rompía una y otra vez, ellos seguían buscando. No importaba la causa concreta. No importaba la bandera ni el idioma. Importaba el gesto. El instante exacto en el que alguien decidía no obedecer más. Allí podía estar ella. Allí podía latir el mismo fuego que ardía en el pecho de Grace. Y por eso acudían. Siempre lo hacían. Fueron huelga y barricada. Fueron manifestación y fuga. Fueron piedra lanzada con rabia y mano tendida al caído. Cambiaron de nombre, de rostro, de oficio. Se camuflaron entre obreros, estudiantes, marineros, migrantes. Se hicieron invisibles para sobrevivir y visibles solo cuando era necesario golpear.

Durante siglos funcionó.
Hasta aquel maldito día: Junio de 1984.
Cuando por primera vez, alguien los vio de verdad.

En algún despacho gris, sin ventanas o con una que daba a ninguna parte, un burócrata cansado levantó la vista de un montón de papeles y decidió hacer bien su trabajo. Una cámara hizo clic. Un rostro quedó atrapado en celuloide. Luego otro. Y otro más.

Nombres falsos, sí.
Pero escritos.
Archivados.

Dedos entintados presionaron papel.
Huellas dactilares.
Identidades fijadas.
Datos cruzados.

El mundo moderno extendiendo sus redes con paciencia infinita.

No hubo épica en ese instante.
No hubo gritos ni explosiones.
Solo formularios. Carpetas. Sellos.

Y, sin saberlo, aquel despacho gris había hecho algo que ni ejércitos ni dioses habían logrado jamás. Había puesto una jaula alrededor de los eternos. Mientras la policía no rascara demasiado, la tapadera aguantaba. Pero si alguien tiraba del hilo correcto, si cruzaban datos, si comparaban archivos antiguos con imágenes nuevas… entonces todo se vendría abajo. Porque el verdadero problema no era una multa, ni un interrogatorio, ni siquiera la cárcel. El verdadero problema era el tiempo. O, mejor dicho, la ausencia de él.

¿Cómo explicas que después de cuarenta años vivo, tu cuerpo no haya envejecido? ¿Cómo justificas que aparezcas en fotografías separadas por décadas con el mismo rostro, la misma mirada, la misma edad? ¿Cómo huyes en un mundo donde ya no basta con cambiar de nombre?

Antes era más fácil. El mundo olvidaba. La gente moría. Los registros ardían. Ahora había fotos, huellas dactilares, ADN. Archivos que no desaparecen. Máquinas que no olvidan. Algoritmos que atan cabos sin cansarse. La eternidad, en la era digital, había dejado de ser una ventaja para convertirse en una condena. Y si alguien llegaba a descubrirlo… no habría rincón del mundo donde esconderse. Ser eternos nunca había sido una virtud, sino que se lo preguntaran a Bum-Bum; que después de más de trescientos años, seguía siendo un niño. Un cuerpo detenido en el tiempo, una mente cargada de siglos, más anciano que el más anciano de los mortales. Pero igual de pequeño a cuando se lo encontraron en medio del mar, a la deriva sobre ese tablón chamuscado.

En un mundo de cámaras, de controles, de miradas que no olvidan, uno debía ser precavido. Y toda precaución era poca. Por eso Vihaan había sido claro. Por eso la regla era simple y férrea. Nada de verse durante el día. Nada de llamar la atención. Nada de errores. Porque no solo se jugaban su libertad, ni el secreto que los mantenía con vida. Se jugaban no encontrar a Grace. Si eran expuestos, ya no habría huida posible.
  • Está bien, di…¿Por qué demonios has venido?
Yara no respondió de inmediato. Dio un paso hacia él. Luego otro. Le agarró los hombros con ambas manos, como había hecho tantas veces, siglos atrás, después de una batalla, antes de una decisión sin retorno. Su voz fue un susurro, pero cayó como un trueno.
  • Es ella…
Vihaan se quedó inmóvil. Algo en su expresión se quebró. La ira se deshizo, sustituida por una incredulidad afilada.
  • ¿Cómo lo sabes? - preguntó, casi sin aire.
Yara sonrió. No fue una sonrisa alegre. Fue la sonrisa de quien ha esperado demasiado tiempo para volver a sentir esperanza.
  • Los Santos me han hablado, Vi - dijo con una calma aterradora - Esta noche, mientras dormía…
Sus ojos brillaban con una certeza que no admitía réplica.
  • La hemos encontrado… por fin, la hemos encontrado…
Vihaan no creyó a Yara. No al principio. Y no fue por desconfianza. Jamás habría dudado de su palabra, ni de su fe, ni de esa conexión salvaje y antigua que la unía a sus Santos. La había visto hacer demasiadas cosas imposibles como para dudar. Tampoco porque hubiera perdido la esperanza; esa había muerto y renacido tantas veces en su pecho que ya no sabía vivir sin ella. No fue por eso. No creyó porque… los fracasos pesan, y el peso de tantos años acaba hundiéndose en el alma como plomo. Habían pasado demasiadas veces por ese mismo umbral. Demasiadas madrugadas con el corazón en vilo. Demasiadas certezas que luego se deshacían como sal en el agua. El escepticismo no era una traición: era una cicatriz imborrable.

Desde el mismo día en que juraron encontrar a Grace, supieron que solo existía un modo de hacerlo. Seguir el viento era imposible, su carrera era inalcanzable y su terreno, infinito. El mundo, esta vez, fue demasiado grande incluso para ellos. Fue Vihaan quien lo dijo en voz alta cuando nadie se atrevía. La única solución era encontrar de nuevo a Kamara. Debían volver a pedir un deseo. Y debían aceptar, una vez más, su condena.

El viaje que los había unido a todos debía repetirse. Pero para llegar a su destino había un paso previo. Uno esencial. Antes debían recuperar el objeto que lo hacía todo posible: el Vorial Shardeth. Pues sin él, encontrar al Dios Mono, hubiera sido como buscar a Grace: localizar una aguja diminuta en un pajar inmenso. Así que se pusieron en marcha, sin pensarlo dos veces. Se hicieron con un navío, reunieron de nuevo una tripulación. Alzaron velas con determinación. Volvieron a una cubierta que crujía como los viejos recuerdos, se echaron a un mar que no los había olvidado; y pusieron rumbo al Antártico, al fin del mundo, donde el hielo devora hasta los pensamientos. Pero esta vez esperaron.

Esperaron a que Maverick y Dante cumplieran dieciocho primaveras. No estaban dispuestos a condenar otra vez alguien a una eternidad infantil. Vihaan se resistió al principio, pues no quería ese destino para su hijo. Sabía lo que significaba la eternidad. Sabía lo que costaba llevarla sobre la espalda. Pero el poder que otorgaba su paternidad no sirvió de nada, y menos con Maverick. Digno hijo de la capitana Grace O’Malley, tenía el mismo fuego en la sangre, la misma terquedad indomable, el mismo impulso temerario que rozaba lo suicida.

Maverick sabía que encontrarla llevaría más tiempo del que su cuerpo mortal podría soportar. Le confesó a su padre que necesitaba conocerla. Deseaba hablar con ella. Sentir su presencia, aunque fuera una sola vez; y Vihaan no tuvo la fuerza ni el valor para negárselo. No podía luchar contra esa voluntad. No podía arrebatarle ese derecho.

Drake e Isabela, en cambio, se negaron. Se opusieron a la condena de la eternidad. Decidieron vivir una vida mortal. Amarse, envejecer y morir juntos. Eligieron el tiempo limitado como acto de rebeldía y amor. En aquel tramo del viaje se bajaron del barco, no se presentaron ante Irdi Ruthon’en, el Portador de Calamidades. Pero ese no fue el final, pues no abandonaron a la familia. Esperaron en Svalbard, hogar de Yrsa, hasta que su familia volviera de las profundidades de la tierra. Siguieron navegando con ellos, libres y fieros. Luchando y sangrando hasta que se hicieron viejos. Hasta que se consumieron. Hasta que la muerte los reclamó con suavidad y reconocimiento. Dante continuó el legado de sus padres, por amor y memoria. Junto a sus cuatro hermanos navegó y luchó con la tripulación del Red Viper. Algunos cayeron en batalla con el rostro alzado y los puños apretados, otros se apagaron con los años bajo el cielo estrellado y el vaivén del mar. Como debía ser, como padre y madre hubieran querido que vivieran, libres y orgullosos.

Los que siguieron rumbo al Ártico llegaron al centro de la tierra por segunda vez. Aibori volvió a Shar Keleth. Se reunió con su madre, con su sangre, con su origen. Y allí, bajo la mirada de la diosa, se casó con Cortés. Fue la primera vez que un hombre pisó el templo sagrado en tierra Amazona. La celebración duró semanas; hubieron risas, música, fuego y alcohol en cantidades obscenas. Un respiro en medio del camino, que todos agradecieron.

Pero cuando volvieron a encontrarse con el Portador de Calamidades, algo cambió.

Sufrieron de nuevo el mismo trance que les mostró principio y fin, origen y final. Y al despertar todos supieron que aquel Dios hastiado les había concedió el castigo eterno. Pero esta vez, se opuso a entregar su poder. El Vorial Shardeth se les fue denegado. Aquel inmenso Dios cansado, sentado en su gigantesco trono, dijo que solo se lo entregaría a la portadora del fuego.

Tuvieron que irse, no les quedó más opción. Lo hicieron maldiciendo de nuevo a los dioses y asumiendo que habían esperado diecisiete años para nada. Al regresar a la superficie, los ánimos estaban rotos. El Vorial Shardeth no era solo la llave para encontrar a Kamara: sin él, hallar al siguiente portador del fuego era imposible.

Diecisiete años perdidos. Diecisiete años de fe desgarrada.
Lo que no sabían aún era que ese tiempo no significaba nada, en comparación a cuánto tardarían realmente en llegar a su destino.

Viajaron por todo el mundo. Por mar, por tierra y, más tarde, por aire. De ciudad en ciudad. De reino en reino. De país en país. Escuchando. Observando. Mezclándose. Cuando el mundo avanzó y la comunicación cruzó distancias imposibles, se separaron. Abarcaron más terreno. Pasaron años sin verse, comunicándose con mensajes en clave, desde cabinas telefónicas, usando móviles de prepago… voces eternas susurradas en la noche. Y cuando creían detectar un rastro del fuego en alguna alma, se infiltraban en su vida. Se inmiscuían. Se entrelazaban como actores perfectos: Amigos, compañeros de trabajo, camareros, conductores de autobús… Lo que hiciera falta.

Era más que duro.
Era una misión imposible.

Y aun así, lo intentaron una y otra vez.

Muchas veces creyeron haberlo encontrado.
Muchas veces estuvieron cerca.
Y muchas veces todo se torció.

Siempre algo fallaba.

Y ahora, justo aquella mañana…
En el día del aniversario de la perdida de Grace.
Tres siglos y más de tres décadas después.

Yara estaba frente a él, de nuevo. Con una luz en los ojos que Vihaan no veía desde hacía muchísimo tiempo.

332 años…
Por eso no creyó. No al principio.

Porque creer de nuevo significaba volver a abrir una herida que jamás había terminado de cerrar.
  • No me crees, ¿Verdad? - preguntó Yara.
  • No es cuestión de creer o no, es solo que… - Vihaan apoyó su espalda contra la pared, se sentía mareado, agotado - ¿Cuantas veces hemos pasado por esto?
Yara se detuvo frente a él, tan cerca que Vihaan pudo sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela húmeda de la ropa. Durante un instante no dijo nada. Solo lo miró, con esa mezcla peligrosa de certeza y cansancio antiguo que llevaba siglos acumulándose en su mirada.
  • Esta vez es distinto - dijo al fin, con la voz baja, contenida - Lo sé.
Vihaan negó con la cabeza, se alejó de ella, y se apoyó con ambas manos en la mesa de acero de la cocina. El metal estaba frío, anclándolo a algo real, tangible. Inspiró despacio, como si el aire pesara más de lo normal.
  • Has dicho eso tantas veces esas palabras… - respondió - que ya no tienen sentido.
Yara negó con la cabeza, se acercó a él y se detuvo a su lado. El suelo crujió levemente bajo sus botas.
  • Escúchame… - Se llevó una mano al pecho - Es la primera vez en muchos, muchísimos años, que los Santos me hablan. No en sueños rotos. No en susurros confusos. Me hablaron claro, Vi.
Él alzó la vista, pero no para buscar esperanza, sino para protegerse de ella.
  • ¿Y si no son los Santos, Yara? - dijo con suavidad, casi con miedo - ¿Y si es solo tu corazón? Llevas siglos deseando oírlo. Necesitas creerlo tanto que tu mente se lo inventa.
El silencio cayó entre ambos, espeso. Yara no se ofendió. No se apartó. Al contrario, alzó lentamente la mano y le acarició la mejilla. Sus dedos eran firmes, reales, anclados al presente. Luego le levantó la barbilla obligándolo a mirarla.
  • Hicimos una promesa, Vihaan - dijo con una calma feroz - Dijimos que seguiríamos. Pasara lo que pasara.
Los ojos de Vihaan se empañaron de algo que no era llanto, sino desgaste. Bajó la cabeza un segundo, como si el peso de los siglos se le hubiera caído encima de golpe, y luego volvió a mirarla.
  • Lo sé - admitió - No me he rendido. Nunca lo he hecho. Pero después de tres siglos… - tragó saliva - debes permitirme dudar… entiéndelo al menos.
Yara retiró la mano, pero no dio un paso atrás. Su voz se endureció, no por crueldad, sino por urgencia.
  • No hay tiempo para dudar. Sabes que no nos lo podemos permitir.
Vihaan dejó escapar una risa breve, rota, una media sonrisa cargada de amargura.
  • No hay tiempo… - repitió - Qué ironía más cruel…
Ella no sonrió. No esta vez.
  • Sé que los problemas te abruman - dijo - Entiendo que estés pesimista. Yo también lo estoy muchas veces. Pero esta vez… debes creerme.
Vihaan se apartó un poco, caminó unos pasos, se pasó la mano por el cabello. La cocina le parecía demasiado pequeña para todo lo que llevaba dentro.
  • Yara, no podemos esperar más - dijo, volviéndose hacia ella - Si descubren que el Redhead está registrado a un nombre falso, si tiran un poco más del hilo… puede ser nuestro final. ¡Debemos irnos ya!
Ella no vaciló ni un segundo.
  • Entonces no perdamos más tiempo - respondió - ¡Hagamos la prueba!
Vihaan se giró en seco.
  • ¡Ni hablar!
  • ¡Es la única manera!
  • ¡He dicho que no! - contestó alzando un poco la voz, con un destello de ira - Juramos no volver a hacerlo… Ya viste lo que pasó la última vez. Casi matamos a ese muchacho.
El nombre no hizo falta. Ambos lo recordaban: la piel quemada, el miedo en sus ojos. El alma incorrecta rodeada por las llamas. Yara bajó la mirada un instante… pero solo un instante. Cuando volvió a alzarla, su determinación era absoluta.
  • Entonces contémosle la verdad - dijo - Porque te prometo que esta vez no saldrá huyendo como aquel hombrecillo de Berlín, ni pensará que estamos locos como aquel contrabandista australiano, ni nos intentará disparar como aquella loca rusa… ¿Te acuerdas?
Vihaan no pudo evitar sonreír. Fue apenas un gesto, una grieta en el cansancio. Claro que se acordaba. ¿Cómo olvidar a la rusa?

Ocurrió hacía mucho tiempo ya, en uno de esos momentos en que el mundo parecía a punto de romperse en dos. Las calles estaban llenas de humo, de consignas gritadas con la garganta rota, de botas golpeando el suelo helado. Estaban en una ciudad del este, aún bajo el yugo de los zares, cuando la palabra revolución se susurraba como una blasfemia y se gritaba como una plegaria. Las fábricas vomitaban obreros exhaustos, las manos ennegrecidas, los ojos encendidos de rabia y esperanza. Se habían infiltrado en su vida, como hacían siempre. Haciéndose pasar por camaradas, estudiantes, revolucionarios. Una noche silenciosa a las afueras de un pueblo solitario, vigilaban desde un campanario los movimientos de las tropas enemigas; cuando Yara, impaciente como siempre, le confesó que aquella historia que Ren le había contado era verdadera. La rusa la miró con incredulidad; era pequeña, nerviosa, con el pelo recogido a tirones y un abrigo demasiado fino para aquel invierno interminable. Llevaba panfletos cosidos al forro y un revólver oxidado escondido en el cinturón. Había visto morir a demasiados como para creer en milagros. Se rio de ellos, insinuando que habían bebido demasiado vodka.
  • ¡Yrsa, ven! - dijo de repente la Yoruba.
Cuando la rusa vio aparecer a la gigante nórdica y al oso polar a su lado como un perro bien domesticado; al principio rió. Una risa breve, histérica. Luego retrocedió un paso. Después otro.
  • No… no - murmuró, santiguándose con torpeza - ¿Qué está pasando aquí?
Sacó el arma con manos temblorosas, apuntándoles como quien ahuyenta a una pesadilla.
  • ¡Baba Yagá! - gritó de pronto, con la voz rota por el pánico - ¡Baba Yagá! ¡Engendros del bosque, demonios antiguos!
Empezó a disparar como una loca, gritando maldiciones antiguas y nombres de espíritus que nadie había invocado en siglos. Las balas silbaron sobre sus cabezas y ya no hubo tiempo para convencer a nadie de nada: salieron corriendo, bajando las escaleras del campanario a saltos, resbalando sobre la nieve sucia del pueblo, empujándose entre ellos mientras huían. Fue entonces cuando Ren tuvo la peor - y más ridícula - de las suertes. Un fogonazo, un quejido indignado y un salto digno de un gato asustado.
  • ¡Me ha dado! - aulló, llevándose la mano al trasero mientras corría - ¡Por todos los dioses, me ha dado en el culo! ¡Me arde el culo! ¡Me arde el culo!
No fue grave, apenas un roce, más humillante que peligroso, pero durante años aquel disparo se convirtió en leyenda interna. Cada vez que la historia salía a relucir, alguien recordaba que habían sobrevivido a revoluciones, dioses y condenas eternas… pero que a Ren le ardía el culo por culpa de una revolucionaria rusa furiosa apuntando al lugar menos heroico posible.
  • Esta vez no habrá error. Esta vez… es ella, Vi. Lo sé…
Vihaan la miró largo rato. Y en sus ojos no había rendición, pero sí algo mucho más peligroso.
La tentación de volver a creer.
  • De acuerdo… - dijo asintiendo - Avisa a Ren, yo llamaré a Halcón para que avise a los demás.
La habitación del geriátrico permanecía en penumbra, iluminada apenas por la luz gris de la mañana que se filtraba a través de las cortinas mal cerradas. Olía a desinfectante y a tiempo detenido. Liam estaba sentado en su silla de ruedas, con una manta sobre las piernas y el teléfono apoyado contra la oreja. Su rostro, surcado de arrugas cuidadosamente ensayadas, no dejaba entrever la agitación que le recorría por dentro.
  • No, aún no ha llegado… ¿por qué? - dijo, con un tono cansado que no era del todo fingido.
Guardó silencio, escuchando. Sus dedos se tensaron sobre el reposabrazos
  • ¿Cómo dices?… - preguntó después, despacio, como si necesitara confirmar lo que acababa de oír.
No era sordera lo que le hacía pedir que repitieran. Era incredulidad. Quizás miedo.
  • ¿Estás segura de eso?… - Su voz bajó un grado - ¿Completamente segura?
Algo cambió en su expresión. Las arrugas dejaron de ser un disfraz y pasaron a ser trincheras. Liam se inclinó hacia delante, inquieto, y por un instante sus pies buscaron el suelo con la intención absurda de levantarse, olvidando su papel, olvidando la fragilidad y la edad que debía representar.
  • ¿Y cómo demonios lo hago? - susurró con urgencia - ¿Se lo cuento directamente? Va a pensar que soy un viejo de verdad… que estoy demente.
Se enmudeció de golpe. Sus dedos pulsaron el botón con decisión. La llamada se cortó. Liam ocultó el teléfono de prepago bajo su muslo y respiró hondo. Durante unos segundos se quedó inmóvil, mirando un punto indefinido a través del ventanal, como si allí estuviera escrita una respuesta que llevaba siglos evitando leer. Entonces, desde el pasillo, se escucharon pasos ligeros. Una voz conocida, viva, atravesó el umbral antes que su dueña.
  • ¡¿Cómo está mi escritor favorito?!
Liam alzó la vista justo cuando Ava aparecía por la puerta. Y en ese gesto, breve e imperceptible, tuvo que recomponerse por completo… como si acabara de despertar de una vida demasiado larga.
  • ¿Y esa cara de perro apaleado? - rió Ava al verlo.
Se acercó a la cama, donde el desayuno seguía intacto. La enfermera sonrió con resignación.
  • Con esta mierda de desayuno yo tendría la misma cara… - se acercó a él con una bolsa de papel grasienta - Anda, toma. Te he traído… ¿cómo demonios se llamaba? Bueno, los gofres esos que tanto te gustan.
Liam abrió la bolsa con cuidado, como si aquel gesto tuviera algo de ritual, y sonrió al instante.
  • Gracias Ava… y su nombre es stroopwafel - dijo con calma - El dulce de los pobres, lo llaman. Los inventaron los panaderos para aprovechar las sobras: migas de galleta, masa que no servía para nada, unidas con un sirope de caramelo espeso y prensadas en una plancha de gofres. Ingredientes reciclados, baratos. Durante mucho tiempo fue lo único dulce a lo que podía aspirar la clase obrera.
  • Madre mía… - se burló ella mientras estiraba las sábanas y hacía la cama con movimientos rápidos y enérgicos - Podrías también escribir un libro de repostería. ¿De dónde sacas toda esa información?
Liam alzó la vista hacia ella, con esa media sonrisa que nunca terminaba de explicarse del todo.
  • He vivido mucho… - respondió - Y además, cuando eres viejo, el tiempo pasa lento… te da margen para leer sobre cualquier cosa.
Ella lo miró de reojo, con una sonrisa ladeada, mientras mordía el desayuno inesperado. Aun con el dulce caliente entre las manos, Liam parecía lejos. Sonreía, sí, pero era una sonrisa cansada, de esas que no alcanzan a tocar los ojos. Ava lo notó mientras apartaba la bandeja del desayuno y la dejaba fuera en el pasillo. Pensó que debía de ser terrible pasar los últimos días así, rodeado de paredes blancas y horarios estrictos, sin nadie que pronunciara tu nombre con verdadera familiaridad. Solo el mar al fondo, siempre ahí, pero separado por un cristal frío, como una promesa que no se puede cumplir. No lo pensó demasiado. Se inclinó hacia él, hasta que su boca rozó casi su oreja, y le susurró algo con una conspiración alegre en la voz.
  • Pero no está permitido que… - empezó a decir él, en un hilo de voz.
  • ¡Calla! - rió ella - ¿Qué más da lo que está permitido? - Sus ojos se encendieron un segundo - Saltémonos las normas, como lo hacen los personajes de tu libro. Hoy tú y yo nos convertiremos en tripulantes del Red Viper. Así que… ¡Hemano! ¡Al abordaje!
Liam la miró, sorprendido, y durante un instante olvidó incluso fingir ser un anciano frágil. Ella ya estaba moviéndose: se puso detrás de él y lo acercó a la puerta, comprobó el pasillo con una mirada rápida y cómplice, y empujó la silla de ruedas con decisión. Salieron como quien no quiere la cosa. Una esquina, un ascensor tomado en el momento justo, una puerta de servicio que Ava conocía bien. Cada tramo era una pequeña victoria. El corazón le latía rápido, no por miedo, sino por esa emoción infantil de estar haciendo algo prohibido y justo al mismo tiempo. Nadie los vio. Nadie preguntó. El mundo, por una vez, miró hacia otro lado. Y de pronto, el aire cambió.

El olor a sal, a algas y a hierro húmedo les golpeó el rostro cuando alcanzaron los muelles. El sonido lejano de las gaviotas, el crujido de las cuerdas de amarre tensas contra la madera, el rumor constante del agua chocando contra los cascos de los barcos. Ava empujaba la silla despacio ahora, sin prisa, dejando que Liam lo absorbiera todo. El viejo cerró los ojos un instante. El viento le agitó el pelo canoso y, por primera vez en mucho tiempo, respiró hondo. No había paredes. No había cristal. Solo el mar extendiéndose frente a ellos, inmenso y vivo.

Ava lo detuvo enfrente a una barandilla y se apoyó a su lado.
  • ¿Ves? - dijo en voz baja contemplando el horizonte - Mucho mejor que mirar el mundo desde una ventana.
Él no dijo nada. Sonrió, con una sonrisa distinta, profunda, peligrosa incluso. La misma que había tenido, siglos atrás, cuando aún no fingía ser otra persona. Y durante ese paseo robado, entre barcos y salitre, no fue un anciano en una silla de ruedas… fue, una vez más, lo que siempre había sido, un tripulante del Red Viper.

Mientras Ava Walker contemplaba el mar, imaginando qué maravillas aguardarían más allá del horizonte, el anciano la observaba a ella. El viento hacía ondear sus rizos rojizos; su perfil era firme, la mirada profunda, la sonrisa endiabladamente hermosa. Y, por un instante, creyó estar viendo a su capitana. Fue apenas un latido del tiempo, un fragmento minúsculo y suspendido en la eternidad, pero la certeza lo atravesó con una claridad brutal: Yara no se equivocaba. De algún modo imposible, la habían encontrado.

Recordó la primera vez que vio a Grace, hace siglos, en aquella taberna de Tortuga, cuando la espiaba bajo el yugo de la Mano Negra. La mujer que le había cambiado la vida. La que lo liberó de sus cadenas. La capitana a la que decidió seguir pensando en volver a su hogar y terminó encontrándolo a su lado, compartiendo el mismo destino.
  • Ava… - murmuró sin apartar la mirada de ella - Tengo que contarte algo.
  • ¿El qué? - respondió ella, sus ojos todavía fijos en el mar.
  • Mi nombre no es Liam - dijo, sin titubeos - En realidad es… Joris van Leeuwen. Aunque mi familia me llama Ren.
Hizo una pequeña pausa, sintiendo que el pulso se le aceleraba.
  • Y el libro que te he leído, no es una novela. Es una crónica… ¡Es real!
Continuará…
 
Jolín, vaya lío de nombres, pero bueno, parece que el gran reencuentro está muy cerca de producirse y está vez para siempre.
jajajajaja creo que estás igual de perdido que la pobre Ava Walker, compañero.
¿Que demonios está pasando aquí?
¿Quien es quien?

El conocimiento es una llama que, antes de iluminar, primero nos quema...

Como dijo el loco de Nieztsche: "En el camino de la verdad, el que la busca debe estar dispuesto a perder el suelo bajo sus pies"
O como dijo Platón: "Podemos perdonar fácilmente a un niño que tiene miedo de la oscuridad; la verdadera tragedia de la vida es cuando los hombres tienen miedo de la luz"

¿Estará dispuesta Ava?
¿Temerá a la luz?

Lo sabremos en el siguiente capítulo... :ROFLMAO:

Un abrazo enorme!
 
jajajajaja creo que estás igual de perdido que la pobre Ava Walker, compañero.
¿Que demonios está pasando aquí?
¿Quien es quien?

El conocimiento es una llama que, antes de iluminar, primero nos quema...

Como dijo el loco de Nieztsche: "En el camino de la verdad, el que la busca debe estar dispuesto a perder el suelo bajo sus pies"
O como dijo Platón: "Podemos perdonar fácilmente a un niño que tiene miedo de la oscuridad; la verdadera tragedia de la vida es cuando los hombres tienen miedo de la luz"

¿Estará dispuesta Ava?
¿Temerá a la luz?

Lo sabremos en el siguiente capítulo... :ROFLMAO:

Un abrazo enorme!
Yo era más de Locke y Hume. 😁
 
Yo creo que Ava, en el momento que le ha dicho que el relato es una crónica real, ha atado cabos con Yara-Luisa y los indues del Fish and RIPS.
Que pena que Drake e Isabela se bajarán de la historia.

Espectacular el giro que le distes a la historia. Maestro total.
 
Yo creo que Ava, en el momento que le ha dicho que el relato es una crónica real, ha atado cabos con Yara-Luisa y los indues del Fish and RIPS.
Que pena que Drake e Isabela se bajarán de la historia.

Espectacular el giro que le distes a la historia. Maestro total.
Me he querido meter en su piel, imaginando que haría yo si me encontrara en su situación.
Ayer escribí un capítulo y lo borré entero porque no me convencía nada, jajaja.
¿Será Ava capaz de asumir su destino?
¿Aceptará que debe dejarlo todo atrás, su gente, su barrio, su vida... y pasar a formar parte de la tripulación?
Lo veremos muy pronto... :ROFLMAO:

Por otro lado quería que algunos personajes no quisieran la condena de la eternidad.
Con la intención de dejar claro que no es una bendición, sino una condena.
Por los extremos que siempre están en el libro.
¿De que sirve vivir si no mueres?
La vida da sentido a la muerte...
Y la muerte da sentido a la vida.

Como casi todos de los importantes ya eran eternos, me quedaban pocas opciones.
Por lo menos vivieron y murieron como habían deseado: libres y juntos.

Y como siempre, gracias por las palabras!!!
Voy a darle el ultimo repaso al nuevo capitulo y lo subo en breves.

Un abrazo enorme!
 
Capítulo 108 - ¡La píldora roja!: El ‘flechazo’ de Ava

La carcajada de Ava Walker estalló en los muelles, limpia, sonora, imposible de contener. Rebotó contra el agua oscura y las grúas oxidadas antes de disiparse en el aire salado. Luego se giró para mirarlo. Ren lo supo al instante: lo observaba como se mira a un viejo entrañable al que la imaginación se le ha ido de paseo sin billete de vuelta.
  • No hablo en broma… Soy Ren, el cartógrafo que se unió al Red Viper en Tortuga….
  • Ya… y yo soy la mismísima Grace O’Malley, ¡No te jode! - le espetó, negando con la cabeza, aún sonriendo - No digas bobadas Liam, anda.
  • ¡Hablo en serio, maldita sea!
  • ¡¿Ah, sí?! - arqueó una ceja - Demuéstralo, a ver.
Ren no dudó. Pensó rápido. Abrió la palma de la mano, escupió sin pudor y, con la otra, agarró la manta que cubría sus rodillas. Se frotó con fuerza, sin delicadeza, hasta que la pintura artificial que ocultaba sus secretos, comenzó a borrarse. Hasta que la verdad de la tinta reapareció bajo la mentira del maquillaje. Después alzó la mano, firme, para que ella pudiera verla. Ava distinguió entonces los tatuajes en las yemas de sus dedos.

En el pulgar, la corona de Gregor Malvaric, el Rey Negro
En el índice, la pluma oscura de Drake, el Cuervo del Caribe.
En el corazón, el colmillo ensangrentado de Montoya, el Lobo de las Antillas.
En el anular, la boca sellada de Leclair, el Silencio de los Mares.
Y en el meñique, el evangelio abierto de Silas Grimm, el Predicador.

Las marcas del ‘Ojo’ que un día fue, del hombre que había sido señalado por los Cinco de Tortuga. Pero Ava no se dejó impresionar. Ni un ápice.
  • Bonitos tatuajes - rió, burlona - Yo también tengo unos cuantos… ¡Mira!
Se bajó la chaqueta y la ropa de enfermera con un gesto despreocupado, dejando al descubierto el hombro. Allí, ladrando con furia eterna, un lobo tatuado enseñaba los dientes. Ava no dejó de reír, pero Ren no se ofendió. Al contrario, se armó de valor y se puso en pie. La risa de la enfermera murió de golpe. Se le erizó la piel desnuda del hombro, pero no a causa de la brisa marina. Por un segundo, solo uno, no pensó en bromas ni en historias absurdas. Pensó en el peso del cuerpo que acababa de levantarse sin ayuda. En la firmeza imposible de aquellas piernas. Pero la realidad regresó, brusca, como una ola.
  • Haz el favor de sentarte, Liam… - dijo, adelantándose, tratando de empujarlo de vuelta a la silla - Ya está bien de bromas. ¡Vamos! Ahora mismo volvemos a la residencia.
Su voz era profesional. Casi severa. Pero sus manos temblaban. Su corazón empezó a golpearle el pecho con violencia. No era miedo, no todavía. Era la presión brutal de todo lo que podía romperse en un segundo: el anciano cayendo al suelo, el crujido seco de un hueso viejo, la sirena de una ambulancia cortando los muelles; la llamada obligatoria a una familia que no conocía, la mirada helada de su supervisor, la palabra negligencia flotando en un despacho blanco. Vio su contrato arder, su sueldo evaporarse, las facturas amontonándose sobre la mesa de la cocina. El alquiler. La luz. El gas. Todo pendiendo de un hilo.

Intentó moverlo, imponerse por la fuerza de su juventud, pero no pudo. Era como empujar una roca anclada a la tierra. Como si aquel cuerpo frágil hubiese olvidado de pronto su propia mentira. Como si ese hombre se hubiera metido tan hondo en su papel que no solo lo creyera, sino que lo fuera. Y con el nombre de Ren recuperado, también hubiese regresado la fuerza, la juventud, la gravedad de alguien que no pertenece a una silla de ruedas.
  • No soy Liam. No soy un maldito anciano, Ava Walker - dijo él, con una convicción que no admitía réplica, negándose a sentarse - Para un segundo y escúchame, por favor.
Ella lo miró, con los ojos brillantes, al borde del estallido.
  • ¡¿Tú sabes la que me va a caer si se enteran de que te ha pasado algo?!
  • Nadie se va a enterar de nada - respondió con una calma inquietante - En cuanto llames al número de contacto que aparece en mi ficha, saltará un buzón. Una mujer muy risueña te pedirá que dejes un mensaje… y aunque lo hagas mil veces, nadie contestará jamás.
  • ¡¿Pero qué demonios estás diciendo?! ¡Joder! ¡Siéntate ya!
Ren negó despacio con la cabeza, los ojos medio cerrados, como quien lamenta la ceguera ajena.
  • Lo que intento decirte es que todo es una farsa… Llevamos vigilándote casi dos años enteros. Y ha llegado el momento de que sepas la verdad.
  • ¿Vigilando…? - la palabra le supo a hierro - ¿Quien me vigila? ¿Qué verdad?¿Pero qué locuras dices?… Tengo que llamar a la residencia… Creo que te está dando algo, una embolia o cualquier mierda de esas…
Sacó el móvil con manos torpes, el pulgar temblándole sobre la pantalla. No llegó a desbloquearlo. Ren se lo arrancó de los dedos con un gesto rápido, preciso. Un gesto que no pertenecía a un anciano. Dio un paso al frente y lanzó el teléfono al aire. El móvil describió un arco perfecto antes de caer al agua. Un “plof” sordo. Una ondulación breve. Y luego nada. Solo la superficie oscura de la desembocadura del Avon tragándose su reflejo.

Ava se quedó inmóvil. Miró el lugar donde había desaparecido su teléfono como si pudiera volver a salir a flote. Como si aquello no acabara de ocurrir.
  • ¡Me cago en Dios! - exclamó primero, incrédula. Luego alzó la voz aún más, temblando de rabia - ¿¡Pero qué cojones haces, viejo loco!? ¿¡Es que has perdido el maldito juicio!?
El viento del mar pasó entre los dos, sin permiso.
Ren no retrocedió. No pidió perdón.
Se puso tenso, atento a todo lo que les rodeaba.
La mirada afilada de un mentiroso, de un superviviente.
Los reflejos de un gato acostumbrado a huir, la urgencia de un fugitivo.

Los gritos de Ava habían cortado el aire tranquilo de los muelles de Bristol como cuchillas. Un par de transeúntes se giraron. Un obrero dejó de comer su sandwich. Una mujer mayor frunció el ceño, dudando si intervenir. Las miradas empezaron a clavarse en ellos, curiosas, alertas. Demasiadas miradas. Y el cartógrafo lo supo al instante: se le estaba yendo de las manos. El pulso le martilleó en las sienes y actuó sin pensar demasiado, guiado por el instinto. Se inclinó hacia la silla de ruedas, cogió su teléfono escondido bajo la manta y, con la otra mano, atrapó la muñeca de Ava. No con violencia brutal, pero sí con una firmeza imposible de romper.
  • ¡¿Qué haces?! - gritó ella, forcejeando - ¡Estás loco!
Ren echó a andar. Primero rápido. Luego más rápido. Ava se resistía, clavando los talones, retorciéndose, intentando soltarse mientras seguía gritando, buscando la atención de todo aquel que estuviera cerca. Él apretó los dientes y aceleró aún más, tirando de ella hacia una calle lateral, lejos del paseo abierto. El teléfono vibró en su mano. Una llamada entrante. La aceptó sin reducir el paso.
  • ¿Se lo has contado ya? - la voz de Yara al otro lado, sonó firme, alerta, urgente.
  • ¿Dónde estáis? - escupió Ren, sin aliento.
  • Wong, Cortés y Aibori van de camino al muelle…
Un grito especialmente agudo atravesó el auricular.
  • ¡¿Esa que grita es Ava?! - preguntó Yara, de inmediato.
  • ¡Sí, joder!
  • ¡¿Pero qué demonios está pasando?!
Ren lanzó una mirada atrás. Un par de adolescentes los observaban ya con demasiada atención. Uno de ellos sacaba el móvil del bolsillo, mientras el otro le susurraba cerca de la oreja.
  • ¡Lo de siempre, maldita sea! - gruñó - ¡Necesito ayuda!
Hubo un segundo de silencio. Luego la voz de ella, sonó más baja, más dura.
  • Estamos atando los últimos cabos sueltos. Ve hacia el Redhead. No pierdas tiempo…
Ren colgó. Apretó aún más la muñeca de ella y torció bruscamente hacia un callejón estrecho, húmedo, donde el eco de los pasos ahogaba los gritos. Las miradas quedaron atrás, pero el terror ya se había encendido. Y Ava, arrastrada entre sombras, empezaba a comprender que aquello no era la locura de un viejo. Era un secuestro.

Y de repente el caos estalló. Empujada por el miedo más primitivo, se lanzó contra su secuestrador y le hincó los dientes en el brazo. No pensó. No midió. Mordió con rabia, con pánico, con todo lo que llevaba acumulado en el pecho, como el lobo que llevaba tatuado en su hombro. Ren gritó un alarido seco, sorprendido, casi animal. Sintió el dolor punzante, la presión de los dientes atravesando piel y músculo, la marca inmediata quedando grabada como un sello.

Soltó su muñeca y ella no lo dudó. Corrió como no lo había hecho nunca. El corazón desbocado, la respiración rota, los pensamientos hechos añicos. El callejón se estrechó en un túnel de adoquines húmedos, paredes sucias y grafitis borrosos. Al fondo vio una calle ancha, pero Bristol se había vuelto irreconocible, hostil, vacía.

Las calles estaban desiertas.
Era media mañana: La gente trabajaba. No había turistas.
¿Quién demonios iría de turismo a Bristol?

Escuchaba a su espalda el sonido de las botas golpeando el suelo, persiguiéndola; la voz de un anciano que había perdido la cabeza, ordenando que se detuviera. La luz se filtraba por el final del túnel; y entonces lo vio, como un ángel guardián que aparece en el momento exacto, una cara conocida, un milagro del cielo.
  • ¡Sr. Chan! ¡Ayuda! - gritó esperanzada.
Pensó que no podía haberse encontrado a nadie mejor. Un maestro de las artes marciales le venía como anillo al dedo, en ese justo momento. Pero rápidamente su esperanza se partió en su interior. Había algo en su mirada, en su expresión que no era normal. Cuando el anciano a sus espaldas gritó, entonces confirmó que su arrendador no estaba allí enviado por Dios para salvarla. Sino para detenerla.
  • ¡Detenla Wong! - gritó Ren con urgencia.
Ava se frenó en seco, pálida, sudorosa, el corazón a punto de estallar. Ren la alcanzó en apenas dos zancadas. Ella alzó los puños, pero apenas tuvo tiempo de pelear. Un brazo se cerró alrededor de su cuello, firme, preciso, cortándole el aliento sin asfixiarla del todo. La otra mano le atrapó la muñeca y la retorció por detrás con un gesto técnico, aprendido en otros tiempos, en otras peleas, en otras huidas.
  • ¡SOCORRO! - gritó Ava, aterrorizada - ¡SOCORRO! ¡AYUDA!
El Sr. Chan se acercó rápidamente y le tapó la boca, los gritos enmudecieron de golpe, el eco se perdió entre los edificios. Nadie respondió. Nadie apareció. Solo el silencio industrial de una ciudad que seguía hacia adelante, imparable, ciega, muda.

Ava entró en pánico.
No entendía nada.
Nada tenía sentido.

Aquello ya no era miedo: era una pesadilla. De esas que nacen del subconsciente, absurdas y crueles. De esas que te despiertan sudando, con el corazón a punto de romperte las costillas. Pero esta vez no despertaba. Seguía allí. Sentía la mano en su boca, el dolor en su brazo, el aliento caliente en su oreja.
  • Por favor… - susurró Ren, la voz rota, urgente, contenida - ¡Cálmate!
Ella sollozaba, temblando, el cuerpo rígido como una cuerda a punto de partirse.
  • No queremos hacerte daño - continuó él, bajando aún más la voz, casi una plegaria - Solo… queremos enseñarte una cosa.
Ava respiraba a trompicones, atrapada, el mundo girando a una velocidad endiablada bajo sus pies.
  • Si cuando lo veas… - Ren se detuvo un instante, cogiendo aire - aún sigues sin creerme… te prometo que te dejaremos ir. Y jamás volverás a vernos.
El silencio volvió a caer sobre los adoquines.
Denso. Irreal.

Por detrás del Sr. Chan, otra cara conocida emergió dentro del túnel. Ava la reconoció incluso antes de entenderlo: el abrigo oscuro, el paso decidido, la silueta recta. Era Irene y a su lado, casi corriendo, Antonio. Por un mísero segundo - un instante tan frágil como un hilo - la esperanza volvió a encenderse en su pecho.
  • ¡¿Pero os habéis vuelto locos o qué demonios os pasa?! - bramó Irene, acelerando el paso - ¡Soltadla ahora mismo!
Todo ocurrió rápido. Irene se lanzó sin dudarlo, empujó a Ren con el hombro, con una fuerza que no parecía corresponderse con su cuerpo, y consiguió arrancar a Ava de aquel agarre. Wong simplemente se apartó, alzando las manos en señal de rendición. La gaditana la rodeó con ambos brazos, firme, protectora, colocándose a su lado como un muro.

Walker temblaba. De rabia, de miedo, de pura incomprensión.
  • ¡Llama a la policía, Irene! - gritó, aferrándose a ella - ¡Rápido! ¡No sé qué querían hacer conmigo, pero han intentado secuestrarme!
  • Tranquilízate, por favor - le dijo Irene con el ceño fruncido.
  • ¡¿Que me tranquilice?! - bufó Ava - ¡¿Y si querían violarme?!
Ren dio un paso al frente, la expresión desencajada.
  • ¡¿Violarte?! - escupió, incrédulo - ¡¿Pero qué demonios dices?!
Antes de que pudiera acercarse más, Wong apoyó una mano abierta en su pecho. No fue brusco. No hizo falta. El gesto bastó. Una orden silenciosa y Ren se detuvo. Antonio avanzó entonces, encarando al cartógrafo con los ojos encendidos.
  • ¡¿Esta es tu brillante idea de contarle la verdad, maldito holandés?!
  • ¡Se puso como una loca, Cortés! - respondió Ren al instante, a la defensiva - ¡Empezó a gritar en mitad de la calle. Actué por instinto!
Ava los miró a ambos, el corazón martilleándole las sienes.
  • ¿Cortés? - murmuró, totalmente perdida - ¿Qué coño pasa aquí?
Wong intervino con calma quirúrgica.
  • No es momento de discutir, amigos. Hay que volver al Redhead, ahora…
Y entonces Ava lo entendió. No del todo.
No el cómo ni el porqué. Pero lo esencial sí.

Se conocían. Todos.
Liam, el señor Chan, Antonio, Irene.

El refugio que habían sido los brazos de su vecina se transformó de golpe en otra cosa.
No violento. No hostil. Pero cerrado… Una jaula amable.
Ava intentó zafarse. Se revolvió. Empujó.
Pero Irene no la soltó.
  • Ava - dijo ella, con una firmeza que no admitía réplica - Escúchame con atención. Es importante que vengas con nosotros. Debes ver algo…
Le sostuvo la cara, obligándola a mirarla.
  • Yo te protegeré, te doy mi palabra que nada te sucederá.
Ava alzó la cabeza despacio. Estaba pálida. Asustada hasta los huesos. Pero en los ojos de aquella mujer no había mentira. Ni locura. Ni amenaza. Solo verdad.
  • ¿Qué… qué está pasando aquí, Irene? - balbuceó - No entiendo nada, estoy asustada…
Su vecina sonrió. No con burla. No con crueldad. Sino con una serenidad antigua, profunda. El porte no solo de una mujer, sino de una guerrera indomable que había sangrado en mil batallas. Que había perdido lo que más quería en el mundo, y aún así seguía en pie, firme y obstinada.
  • No debes temer nada - dijo suavemente. Y entonces añadió, como quien al fin deja caer el último velo - Y no me llamo Irene, preciosa…
Ava sintió la mano firme de Irene apartando sus rizos rebeldes de su rostro. Al mismo tiempo que el mundo daba vueltas y el suelo se deshacía bajo sus pies.
  • Mi nombre es Aibori.
Walker empalideció aún más. No fue una palidez común, no la de quien pasa miedo o frío, sino algo más profundo, casi antinatural. Su piel pareció volverse casi translúcida, como si el pigmento de su piel hubiera decidido esconderse en algún lugar remoto de su cuerpo. Los labios se le entreabrieron apenas, pero no salió ningún sonido.

Clavó los ojos en Irene o Aibori. No pestañeó.
Un segundo. Dos. Tres.
El tiempo dejó de comportarse como debía.

Luego su mirada empezó a moverse, de uno en uno, recorriéndolos, analizándolos, intentando entender que demonios estaba pasando. Liam o Ren permanecía callado, con los hombros caídos. El Sr. Chang o Wong, inmóvil, sereno como una estatua antigua. Antonio o Cortés, con esa media sonrisa peligrosa que no encajaba con ninguna normalidad conocida.

Primero pensó: “Están locos, han perdido todos la cabeza”
Después: “Quizás es una broma. Una muy elaborada. De mal gusto”

Pero entonces volvió a mirarles a los ojos y algo no encajaba con ninguna de esas explicaciones. No se apartaban de ella. No buscaban ver su reacción. No esperaban risas ni incredulidad. Había allí una verdad desnuda, incómoda, imposible… pero sólida. Como un puñetazo directo al mentón que llega de repente: no puedes ignorarlo aunque no sepas de dónde ha salido.

El miedo no desapareció. Seguía allí, tenso, alerta, sintiéndose una cervatilla rodeada de lobos. Pero junto a él nació otra cosa: Una genuina e insondable curiosidad. Aibori aflojó un poco el agarre, sin soltarla del todo. Atenta. Preparada por si intentaba huir de nuevo. Pero esta vez no lo hizo, se quedó quieta, sumida en un silencio expectante. Respirando rápido, pero sin luchar. Ren, entonces, al verla más calmada, dio un paso al frente, despacio, la cabeza gacha, como un muchacho al que acaban de pillar en una travesura.
  • Siento haberte asustado… - dijo con voz grave - Y siento si te he hecho daño. No era mi intención.
Ava no respondió, las preguntas se agolpaban en su mente, pero su boca era incapaz de pronunciarlas. Cortés chasqueó la lengua, impaciente, con una carcajada baja.
  • Ya habrá tiempo para disculpas, holandés.
Se inclinó un poco hacia ella, buscándole los ojos. Su sonrisa era fiera y divertida a la vez. Como la de alguien a punto de prender fuego al mundo por pura diversión.
  • Dime, pelirroja… - preguntó - ¿estás preparada?
  • ¿Preparada para qué? - dijo ella tragando saliva.
Cortés asintió lentamente, saboreando el instante, como quien se dispone a pronunciar una verdad largamente esperada.
  • ¡Para tomar la pastilla roja!
Ava se quedó en silencio. Aquella respuesta la descolocó por completo. No supo que decir. Aibori, en cambio, alzó los ojos al cielo y negó despacio con la cabeza, aunque no pudo evitar que una sonrisa sincera le curvara los labios. Ya se lo había advertido: aquello era una estupidez. Pero lo amaba con una devoción tan profunda que le concedía, de vez en cuando, sus pequeños momentos de gloria.

Con el paso del tiempo, Cortés se había convertido en un devorador compulsivo de ciencia ficción. Todo empezó un 30 de Octubre en 1938, cuando estaban siguiendo una pista en Nueva York. Estuvieron allí… cuando Orson Welles retransmitió el programa radiofónico: La Guerra de los Mundos. Aunque se advirtió que era ficción al inicio y durante el programa, muchos oyentes que sintonizaron tarde creyeron que una invasión marciana real estaba ocurriendo en Grover's Mill, Nueva Jersey. Esto provocó escenas de pánico, carreteras colapsadas y llamadas masivas a la policía. La genialidad - y el problema - fue que Welles utilizó un formato de boletines informativos de última hora que interrumpían una supuesta programación musical de orquesta. Aquello impactó tanto al español que desde ese día se entregó en cuerpo y alma a ese género. Le daba igual el formato: cómics, novelas, películas, series, animación… Todo lo que caía en sus manos, lo devoraba. Se sabía diálogos enteros de memoria, los recitaba como otros rezaban salmos.

La miró entonces con calma, y su voz cambió. Se volvió grave, pausada, casi solemne, evocando sin pudor a uno de sus personajes favoritos: Morpheo de la película Matrix.
  • Te explicaré por qué estás aquí… Estás aquí porque sabes algo. Aunque no sepas qué es, aunque no puedas expresarlo con palabras… Lo has sentido toda tu vida. Algo no funciona en el mundo. No sabes qué es, pero ahí está… como una astilla clavada en tu mente, enloqueciéndote poco a poco… Esa sensación te ha traído hasta mí. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?
Ava buscó la mirada de Aibori, completamente perdida, pero solo encontró en ella una sonrisa serena, cargada de un amor inexplicable y de una certeza inquietante de que nada podía interrumpir aquel momento.
  • Sinceramente… no tengo ni la más mínima idea - respondió al fin.
Cortés inclinó ligeramente la cabeza.
  • ¿Te gustaría realmente saber lo que es? - continuó, ciñéndose al diálogo original, tranquilo, casi hipnótico - Matrix nos rodea. Está por todas partes. Incluso ahora, en esta misma habitación… Puedes verla cuando miras por la ventana o cuando enciendes la televisión. Puedes sentirla cuando vas a trabajar, cuando vas a la iglesia, cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad.
  • ¿Qué verdad? - preguntó Ava, sin saber que aquella era la respuesta correcta. La pregunta que decía Neo en la película. La que hizo el Elegido.
Cortés sonrió, incapaz de ocultar su felicidad, aunque enseguida recuperó la compostura.
  • Que eres una esclava, Ava Walker. Igual que los demás, naciste en cautiverio. Naciste en una prisión que no puedes saborear, ni oler, ni tocar. Una prisión para tu mente - hizo una pausa larga. El silencio pesó como una losa - Por desgracia - añadió al fin - no se puede explicar lo que es Matrix. Solo puedes comprenderla cuando la ves con tus propios ojos.
Buscó algo en los bolsillos de su chaqueta. Sacó ambas manos, los puños cerrados, y las sostuvo frente a Ava. Wong lo observaba maravillado. Había visto aquella película innumerables veces y, siendo sincero, Cortés lo estaba haciendo mejor que Laurence Fishburne, el actor original.
  • Esta es tu última oportunidad - dijo con voz grave - Después ya no podrás echarte atrás.
Abrió la mano derecha, mostrando una píldora.
  • Si tomas la pastilla azul… fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte - Sin darle tiempo a reaccionar, abrió la izquierda y dejó ver la otra - Si tomas la roja, te quedarás en el País de las Maravillas… y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
Ava frunció el ceño, observando ambas palmas abiertas. Y entonces cayó en la cuenta.
  • Espera un segundo - dijo alzando la cabeza para mirarlo a los ojos - Esto es de… Matrix, ¿verdad?
  • Escoge la maldita píldora roja - exclamó Ren, nervioso - Y terminemos de una vez, por favor.
  • Vamos hermano… - sonrió Wong - ¡Admítelo! Lo está haciendo genial.
Y, de pronto, Ava olvidó el miedo, la tensión, la ansiedad que le atenazaba el pecho desde hacía tanto rato. Aunque pareciera imposible, sonrió. Cortés lo había logrado, la relajó. Ese era su don más poderoso. Convertir los momentos límite en algo soportable. Hacer reír cuando todo empujaba a llorar. Aligerar la carga de los corazones convulsos y desesperados. Ava recordó que en la película el protagonista escogía la pastilla roja. Y sin pensarlo demasiado, estiró la mano para tomarla, pero Cortés habló antes de que sus dedos la rozaran.
  • ¡Recuerda! Lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más.
Ava tomó la píldora y se la llevó a la boca, fingiendo que se la tragaba. Aceptó la oferta de aquel Morpheo hispánico, de sonrisa burlona y mirada antigua. Y aunque podría pensarse que todo aquello no era más que una broma, un juego, una forma absurda de aliviar tensiones… en realidad era algo mucho más profundo. Cortés no lo había hecho al azar.

Si hubiera escogido la otra pastilla, habría simbolizado la elección de permanecer en una ignorancia feliz, en la conformidad con el sistema establecido. La pastilla azul representaba aceptar la persistencia de la ilusión: vivir en una realidad cómoda y falsa antes que enfrentar una verdad dolorosa. Habría significado elegir la seguridad frente a la libertad. Lo conocido - aunque fuera mentira - antes que el riesgo de lo auténtico. Mantener el Statu Quo. No cuestionar nada. Olvidar. Pues la pastilla azul era la mentira reconfortante.

Pero Ava Walker escogió la roja.

Quizá por seguirle el juego.
Quizá por ceñirse al guión.
Quizá sin comprender del todo el peso de aquella decisión.

Pero la escogió.

El rojo de la verdad.
El rojo de la libertad.
El rojo del fuego.

Eligió el despertar y la autenticidad. El fin de la ilusión y el inicio de una vida real. Eligió salir de la caverna de Platón y mirar el mundo sin sombras. Optó por el conocimiento, por la verdad incómoda, por la curiosidad que quema y no deja dormir.

Escogió la rebelión frente a la obediencia.
La libertad frente a la esclavitud mental.
El riesgo frente a la comodidad.

Eligió el peligro, la incertidumbre y el compromiso de afrontar las consecuencias de saber.
Eligio salir de Matrix y, al hacerlo, dejó atrás para siempre la seguridad de lo conocido.

Escogió el camino que debía escoger el Elegido, y esta vez no hablamos de Neo.
Tomó la píldora que de seguro hubiera escogido Grace O’Malley.
El sendero de la hija del fuego, de la elegida por la llama eterna.

Caminaron en dirección al puerto, de nuevo, dejando atrás las calles oscuras y estrechas como quien abandona una piel vieja. El aire salino comenzó a mezclarse con el olor del gasóleo y las algas húmedas, y el sonido lejano de las olas acariciando los barcos, marcó el ritmo de sus pasos. Ava caminaba al lado de Aibori, cogidas de la mano. No sabía en qué momento había aceptado aquel contacto, pero no le resultaba extraño. Al contrario: le daba una calma inesperada, como si aquel gesto sencillo fuera un ancla. Sentía aún el pulso acelerado, los restos del miedo latiéndole en el pecho, la sensación de no comprender nada, pero ya no estaba a punto de huir. Iba alerta, sí, como un animal que avanza por territorio desconocido… pero ya no se sentía en peligro.

Unos metros por delante, Wong, Cortés y Ren avanzaban a buen paso, discutiendo con un tono que no tenía nada de hostil. Parecían tres viejos amigos que se reencontraban después de demasiado tiempo.
  • Tendrías que haberte encargado tú - refunfuñó Ren - Está claro que se te da mejor soltar discursos. Tienes más don de gentes…
Cortés soltó una carcajada.
  • Sin duda, hermano - admitió sin rastro de modestia - Tú siempre has sido mejor escribiendo que hablando. Te pones nervioso, te aceleras… y luego pasan estas cosas.
  • Cuando dices estas cosas... - replicó Ren - ¿Te refieres a intentos fallidos de violación?
  • Creo que a eso se refiere… - rió Wong, negando con la cabeza - Pero oye, al menos ha funcionado. Más o menos.
Ren resopló, aunque en sus labios se dibujó una sonrisa cansada.
  • Maldito español… - murmuró - Siempre tan teatral.
  • ¡Y tú siempre tan dramático! - le devolvió Cortés, dándole una palmada en el hombro - Por eso te queremos, holandés.
La discusión siguió entre risas y pullas, con la naturalidad de quienes se conocen demasiado bien como para tomarse demasiado en serio. Ava los observó un instante más y luego desvió la vista hacia Aibori. Caminaba erguida, tranquila, con la mirada fija al frente, como si nada de aquello fuera improvisado.
  • ¿A dónde vamos? - preguntó en voz baja.
Aibori no la miró. No aflojó la mano. Su respuesta fue sencilla, firme.
  • A que conozcas a los demás.
Y mientras el mar comenzaba a desplegarse ante ellas, con las siluetas de los barcos recortadas contra el cielo, Ava sintió que estaba cruzando algo más que una distancia física. Estaba entrando, sin saberlo aún, en su destino.

El RedHead esperaba en el puerto como un viejo guerrero que se niega a desaparecer. Su casco, pintado de un rojo intenso que empezaba a mostrar marcas de óxido y golpes de incontables años de servicio, brillaba con el reflejo tenue del sol entre las nubes bajas. El nombre no era casual: lo habían llamado así en honor a su capitana, en honor a la melena rojiza de Grace, que aunque ausente físicamente, seguía, de algún modo invisible pero firme, comandando cada rincón del navío. Era un barco pesquero pequeño, moderno en materiales, pero con un aspecto castigado por los años, por las tormentas, por las colisiones y las jornadas interminables en el mar. Su cubierta de acero mostraba abolladuras y raspaduras, las barandillas estaban arañadas y remendadas, y el motor roncaba con un sonido grave que parecía contar historias antiguas y de resistencia. Parecía que en cualquier momento podría ceder, hundirse en las aguas, pero se mantenía a flote con un orgullo extraño, obstinado, como si desafiar al mar fuera su único propósito.

Ava lo contempló y, sin apenas pensarlo, lo comparó con ellos: personas que había conocido tiempo atrás, aunque ahora parecían tan desconocidas. Como ellos, aquel castigado barco pesquero no era lo que aparentaba ser: a simple vista, pequeño y maltrecho; pero por dentro, lleno de secretos, fuerza y lealtad inquebrantable. Cada golpe en el casco, cada cicatriz de batalla, parecía decirle que allí dentro había vida y un corazón dispuesto a resistir cualquier tormenta. Y quizá, pensó, eso era lo que hacía grande al RedHead y a quienes decían tripularlo.

Wong avanzaba primero por el muelle estrecho, entre barcos amarrados, cabos húmedos y el olor metálico del agua. Al llegar a la altura del RedHead, se llevó dos dedos a los labios y lanzó tres silbidos cortos, secos, precisos. No eran un saludo: eran una contraseña. Una señal aprendida a base de años y reconocida sin margen de error. Durante un segundo no ocurrió nada. Luego, desde la cubierta, alguien apareció. Y fue entonces cuando...

Ava Walker se enamoró.

No fue un flechazo infantil ni una fantasía romántica. Ella no era así. Nunca lo había sido. No se enamoraba de primeras impresiones ni de rostros bonitos. A ella la conquistaban las conversaciones largas, la ironía inteligente, la locura compartida a deshoras. El físico, hasta ese instante, había sido un detalle secundario, casi irrelevante. Pero ahora, sus piernas temblaron sin pedir permiso. Y sus ojos se quedaron anclados en él, como si acabara de ver algo que no encajaba con la realidad. El muchacho estaba en cubierta, sin camiseta, como si el frío de Bristol no tuviera poder alguno sobre su piel. Era alto, de cuerpo trabajado no por gimnasios sino por mareas, turnos interminables y esfuerzo necesario. Los músculos se marcaban con naturalidad, sin ostentación, cubiertos aún por restos de grasa de motor y sudor. Su piel estaba surcada de cicatrices, viejas y nuevas, mapas de una vida que no se explicaba con palabras, sino viviéndola a su lado.

Tenía una barba espesa, maltratada por el mar; el cabello rizado, revoltoso, indomable, herencia directa de su madre. Pero de un color oscuro carbón intenso, herencia de su padre. La piel bronceada, salpicada de pecas, el semblante descarado de alguien criado entre olas y peligros; como sus padres. Pero en su rostro había algo más. Algo que cortó la respiración de Ava, su mirada… En sus ojos oscuros y profundos, había un cruce evidente: la intensidad serena de Vihaan, mezclada con el fuego salvaje de Grace. Era como si ambos se hubieran encontrado en sus iris. Haciéndolo especialmente hermoso, sí. Pero no de un modo limpio o perfecto. Hermoso como lo es una amanecer visto desde mar abierto, como una tormenta violenta imposible de domar. Era como si pudieras hundirte en sus brazos y descansar tranquila, arropada por la paz y la seguridad de un hogar y al mismo tiempo, reventar una cama en mil pedazos tras una noche loca de sexo y furia. Ava tragó saliva. Sintió cómo el estómago se le encogía y cómo una risa nerviosa amenazaba con escapársele sin permiso. Aquello no tenía sentido. Nada de aquello tenía sentido… y aun así, su cuerpo reaccionó antes que su razón, traicionándola con una claridad insultante.

El muchacho apoyó los antebrazos en la barandilla y sonrió al verlos llegar, una sonrisa ladeada, segura, como si el mundo entero fuera suyo. Ella pensó, fugazmente, que si aquello era una prueba más de que su vida había dejado de ser normal… iba a necesitar mucho autocontrol para sobrevivir a los encantos del RedHead.

Aibori siguió andando, sosteniendo aún la mano de Ava, pero al dar un paso y medio se detuvo.
  • ¿Estás bien? - preguntó al verla inmóvil en mitad del muelle. No obtuvo respuesta. Frunció el ceño y se colocó frente a ella - ¿Ava? ¿Me estás escuchando?
Walker no parpadeaba. Tenía los ojos abiertos de par en par, claros, brillantes, clavados en un único punto. Los labios, enrojecidos y húmedos, ligeramente entreabiertos. El pecho subía y bajaba con una respiración acelerada que no lograba disimular. Era como si alguien le hubiera lanzado un hechizo antiguo, de esos que no duelen pero te roban la voluntad durante unos segundos eternos. Aibori siguió la dirección de su mirada. Y entonces lo entendió todo.

Maverick.

Soltó una risa suave, resignada, casi cariñosa. No era la primera vez. En realidad, había sucedido una y otra vez, durante los últimos tres siglos, en cada puerto, en cada ciudad donde habían atracado. Mujeres distintas, épocas distintas, miradas idénticas. No lo hacía queriendo. Era simplemente su don. Del mismo modo que Cortés podía arrancar una sonrisa incluso a un condenado a la horca, Maverick robaba corazones sin proponérselo, con una mezcla imposible de fuego, tierra, herencia y magnetismo.

La amazona volvió a mirar a Ava y le acarició suavemente la mejilla, sacándola poco a poco del trance.
  • No te hagas ilusiones, preciosa - dijo con una sonrisa franca, casi fraternal - Es un alma libre. No es mal chico, pero como mujer te lo advierto antes de que sucumbas… te romperá el corazón.
Ava suspiró. Ya era demasiado tarde para consejos.
  • ¡¿Ha llegado tu padre?! - preguntó Wong en voz baja, asegurándose antes de que no hubiera nadie cerca.
Puso un pie en la escalera metálica del barco. Maverick se inclinó desde la cubierta y le tendió un brazo firme, ayudándolo a subir con naturalidad.
  • ¡Aún no! - respondió - Pero ya está todo listo para partir. Yrsa se ha ocupado de los agentes de aduanas esta mañana, no tendremos problemas.
  • ¿Encargarse? - preguntó Ren al subir tras Wong, preocupado y la desconfianza tatuada en la cara.
  • No de ese modo, holandés - rió Maverick, dandole unas palmadas en la espalda - No te preocupes… digamos que se están echando una buena siesta.
Aibori negó con la cabeza, divertida, mientras ayudaba a Ava a subir a bordo que, aún con el pulso acelerado, daba el primer paso dentro del RedHead sin saber muy bien en qué momento exacto su vida había cambiado… pero con una extraña certeza de que ya no había marcha atrás.
  • ¿Es ella? - preguntó Maverick al verla.
La voz llegó limpia, sin asperezas, pero cuando él alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Ava, algo se quebró. No fue un impacto violento. No hubo trueno ni relámpago. Fue peor: fue silencioso. Ava sintió que aquella mirada la atravesaba, como si no se detuviera en su rostro ni en su cuerpo, como si ignorara por completo la piel que todos usamos como armadura. Maverick no la miraba desde fuera. La miraba desde dentro, como quien reconoce una llama antes incluso de que prenda.

Y en ese instante, todo cambió.

No supo decir qué. No hubo palabras, ni imágenes, ni recuerdos concretos. Solo una sensación nueva, casi imperceptible, nacida de ningún lugar reconocible… y, aun así, tan real que dolía. Un tirón profundo en el pecho. Un latido fuera de ritmo. La certeza absurda, innegable, de que si él diera media vuelta y caminara hacia el fin del mundo, ella lo seguiría.

No por obediencia.
No por sumisión.
No por deseo ciego.

Sino por la idea, tan simple como aterradora, de que aquel era el camino.
Era el correcto.

Dos segundos bastaron. No más. Dos segundos de una mirada sostenida en el viento eterno, para que Ava Walker y Maverick quedaran entrelazados por algo que escapaba a la comprensión humana, a la lógica, a la evidencia científica, a los cálculos que habían convertido el mundo moderno en un lugar frío y mensurable.

En él habitaba el legado de su madre.
El rugido que encendía corazones.
La presencia que empujaba a las almas a avanzar cuando el miedo pedía rendición.
La determinación absoluta, ajena a la duda, capaz de arrastrar consigo a quienes caminaran a su lado… hacia la victoria o hacia el abismo.

En el habitaba el latido del fuego, y Ava, aunque aún no lo supiera… era fuego también.
Y una llama alimentando a otra llama no hacen más que desatar un incendio.

El muelle desapareció. El acero del barco, el olor a sal, las voces de los demás, todo se disolvió como una pintura bajo la lluvia. El mundo físico se volvió distante, irrelevante, y en su lugar se abrió otro, antiguo y feroz, un territorio que no obedecía al tiempo ni a las leyes modernas.

Ava sintió el vértigo.
No hacia delante.
Hacia atrás.

Como si cruzara un umbral invisible, retrocediendo más allá del presente, más allá de las certezas del ahora, dejando atrás el mundo que conocía - ordenado, racional, domesticado - para adentrarse en uno primitivo, vasto, indomable.

El mundo de las promesas imposibles.
De las tripulaciones condenadas.
De los juramentos que no se rompen ni con el paso lento de los siglos.

Sin saberlo del todo, Ava Walker acababa de dar el primer paso.
Y el mar, eterno testigo, pareció contener la respiración.

Lo supo con una certeza tan pura y cristalina que no dejaba espacio para el miedo.
Estaba dispuesta… decidida… Lo dejaría todo por amor.

No el amor tibio de una cama compartida, ni el de las caricias furtivas, ni el del sudor y la costumbre. No ese amor que se desgasta con las mañanas y se mide en promesas pequeñas.

No… Era otro.

El amor puro y feroz.
El que no entiende de relojes ni de distancias.

El que no se quiebra con la separación ni se marchita con los años.
El amor que no se elige: te elige.

Aquel que se instala en el pecho como una verdad antigua y ya no se va jamás. El que no puede olvidarse porque no pertenece a la memoria, sino al alma. El amor profundo y salvaje que no pide permiso, que no negocia, que no se explica. El que llega sin aviso, el que arrasa sin medir, el que aprieta el pecho y nubla la mente… y solo bastaron dos míseros segundos de una mirada compartida, para que Ava supiera que estaba dispuesta a soltar todo lo que había construido durante años: las rutinas, los miedos, las certezas, el esfuerzo. Supo que la vida que había llamado hogar podía quedarse atrás sin rencor, sin nostalgia. Porque había algo más grande esperándola: la locura del amor.

La de quien desafía al mundo sin pedir garantías.
La de quien saltaría de un acantilado sin saber si hay agua abajo.
La de quien no teme morir, porque por fin ha aprendido a vivir.

Y mientras el mar respiraba a su alrededor, entendió que el amor verdadero no promete seguridad, sino libertad. No ofrece refugio, sino vértigo. No salva… despierta. Y ella, sin saber cómo ni por qué, ya había decidido saltar.

Ya lo dijo Tierde, Reina de las Amazonas, en aquellas aguas termales donde el vapor ascendía como un presagio y las palabras pesaban más que el acero. Delante de Grace y de sus hermanas de armas explicó que la vida no avanzaba en línea recta, que no marchaba hacia delante como una flecha lanzada al azar, sino que giraba sobre sí misma, como un círculo eterno.

Todo regresa. Todo se repite.
Todo encuentra de nuevo su origen en un bucle sin fin.
Y allí, en aquel muelle húmedo y miserable de Bristol, el tiempo volvió a cerrarse sobre sí mismo.

Los ojos de Ava eran exactamente los mismos que había vestido Vihaan aquel día, tantos y tantos años atrás, cuando vio por primera vez a Grace O’Malley. La misma mezcla de asombro y certeza. El mismo temblor silencioso en el pecho. La misma intuición imposible de explicar que anunciaba el fin de una vida conocida y el comienzo de otra; una verdadera.

El mismo muelle decadente.
La misma ciudad de cielo plomizo y gris.
La misma promesa muda suspendida en una mirada.

Tres siglos habían pasado… El círculo se había cerrado.
Y, sin que nadie pudiera evitarlo, acababa de volver a empezar.
  • Yara está segura… - sonrió Aibori sin apartar la mirada de ella - Pronto sabremos si ella… también lo está.
Continuará…
 
Ahora mismo estoy un poco perdido.
Se supone que Ava es Grace y Maverick es Vihaan o que?.
No no... siento si no lo he dejado claro. :cry:
La idea sigue igual, Ava es Ava, Grace es Grace, cada cual es quien es.

En el próximo capitulo se entiende mejor...
No quiero decir nada para no hacerte spoilers...

Solo diré que cada cual es quien le toca ser... ya esta, jajaja
Un abrazo!
 
No no... siento si no lo he dejado claro. :cry:
La idea sigue igual, Ava es Ava, Grace es Grace, cada cual es quien es.

En el próximo capitulo se entiende mejor...
No quiero decir nada para no hacerte spoilers...

Solo diré que cada cual es quien le toca ser... ya esta, jajaja
Un abrazo!
Es que son tantas ganas de que vuelvan a estar juntos...
 
Es que son tantas ganas de que vuelvan a estar juntos...
Te entiendo, porque siento exactamente lo mismo jaja.
Y aunque ya empiezo a verlo, a imaginarlo... no quiero llegar aún :ROFLMAO:
Por hacer una analogía burda, es como cuando estas a punto de llegar al orgasmo y lo detienes.
Quieres llegar, quieres sentirlo, pero te resistes... porque después del éxtasis, sabes que todo se termina.

En breves subo nuevo capítulo....
Un abrazo!
 
Te entiendo, porque siento exactamente lo mismo jaja.
Y aunque ya empiezo a verlo, a imaginarlo... no quiero llegar aún :ROFLMAO:
Por hacer una analogía burda, es como cuando estas a punto de llegar al orgasmo y lo detienes.
Quieres llegar, quieres sentirlo, pero te resistes... porque después del éxtasis, sabes que todo se termina.

En breves subo nuevo capítulo....
Un abrazo!
Lo malo es llegar antes que tú pareja y dejarla con las ganas.
Que de esas historias hay muchas por aquí y son la excusa para la infidelidad.
 
Capítulo 109 - Dime Ava Walker… ¿Temes a la muerte?

Mientras el mundo entero parecía suspendido en aquella mirada eléctrica, un torbellino de dos piernas sacudió la cubierta del RedHead. No se elevaba demasiados palmos del suelo. Vestía ropas ligeras, una túnica azul índigo traída de un lugar lejano, de una cultura ancestral perdida entre arenas que ya no figuraban en los mapas. El rostro cubierto por un tagelmust de algodón dejaba ver apenas unos ojos rápidos, incisivos. La piel expuesta era oscura, marcada por cicatrices antiguas y quemaduras mal curadas. Sus pasos eran nerviosos, cortos, como si nunca caminara: como si danzara empujado por el viento. Su presencia la misma voz del desierto.

La irrupción fue tan súbita y feroz que rompió el hechizo que mantenía a Ava clavada a los ojos de Maverick. Observo a aquel niño plantarse frente a ella, erguido, con la barbilla alta y la mirada firme, sin pestañear. La examinó de arriba abajo una vez. Luego, con una calma inquietante, comenzó a rodearla despacio. Le tomó la mano y la alzó, girándola como quien inspecciona una herramienta usada; apretó un dedo, después otro, frunciendo el ceño. Se agachó para darle un golpecito seco en la tibia, luego en la rodilla, escuchando el sonido como si fuera madera hueca. Se alzó y pellizcó la piel de su muslo, la soltó con desagrado. Incluso la empujó suavemente de la cintura para comprobar si perdía el equilibrio.
  • ¡Ittakat! - murmuró frunciendo el ceño.
Se puso de puntillas, acercó la oreja a su pecho durante un segundo, luego dio dos palmadas secas en la boca de su estomago, esperando una reacción o escuchar una respuesta. Ava permanecía quieta, siguiendo cada movimiento suyo con una mezcla de desconcierto y diversión, una sonrisa torcida creciendo sin permiso en sus labios.
  • Ava… te presento a Aksil - dijo Aibori, sin perder la sonrisa - Aunque tú lo conocerás como Bum-Bum.
Ella alzó la cabeza, la miró a punto de decir algo, pero el pequeño se le adelantó.
  • Demasiado flaca - sentenció sin mirarla - Demasiado blanda… no aguantará ni dos semanas en el mar.
  • Yara dijo que… - intentó intervenir Ren.
  • Da igual lo que diga mi madre - lo cortó - Puede que sea la elegida… No lo niego. Pero ¡No ha nacido para el mar!
Ava y Bum-Bum se miraron entonces de nuevo. Ella, incapaz de borrar la sonrisa. Él, con los brazos en jarra, el pie izquierdo golpeando la cubierta con nerviosismo. Murmuró algo entre dientes en su lengua natal, palabras rápidas y secas, como arena levantada por el viento golpeando piel desnuda. Un rezo, una maldición, o quizá ambas cosas a la vez. Finalmente gruñó, resignado.
  • No será fácil… - dijo entre dientes - Hay mucho trabajo por hacer y tendremos que esforzarnos como nunca. Pero…
Le lanzó una última mirada crítica, ladeando la cabeza.
  • Creo que sí, algo podremos hacer…
De repente, Ava sintió algo trepar con una rapidez imposible desde su tobillo hasta el hombro. Un roce ligero, uñas diminutas aferrándose a su abrigo, un peso vivo y nervioso. Se giró de golpe y, al encontrarse con una sonrisa llena de dientes enmarcada por una cara peluda, dio un brinco violento acompañado de un grito ahogado. El pequeño simio respondió con una protesta feroz, una catarata de chillidos salvajes que resonaron por la cubierta. Aibori chasqueó la lengua, seca y autoritaria. El mono saltó hacia ella de nuevo, plantándose entre sus brazos con el lomo erizado, mirando a Ava ofendido, como si hubiera sido ella quien hubiera cometido la falta.
  • Y este pequeño granuja es Gipsy - rió Aibori, acariciándole el mentón - El más diminuto y hábil de los ladrones… ¿verdad, chiquitín?
Gipsy se retorció de placer bajo sus dedos, emitiendo pequeños gorjeos satisfechos, orgulloso y posesivo. Ava los miró a ambos sin saber si reír o salir corriendo de nuevo. Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa. La historia que Liam - o Ren, ya ni siquiera estaba segura de eso - le había contado comenzaba a tomar forma ante sus ojos. Como si aquellos personajes, tan libres y tan rebeldes, que él había creado nunca hubieran aceptado vivir encerrados entre papel y tinta. Como si hubieran desgarrado las páginas para hacerse carne, hueso y aliento.

Demasiados estímulos. Demasiadas verdades golpeando a la vez.
Y, sin embargo, lo que sentía no era rechazo, sino vértigo.
Un vértigo delicioso.

Aunque no sabía aún que aquello solo acababa de empezar.

La puerta que daba acceso a la cabina del puesto de mando, se abrió entonces con un crujido grave. Ava alzó la vista y la siguió alzando, más y más aún… mientras sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas. La mujer que apareció en cubierta era tan alta que tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza con el marco. Al incorporarse, pareció eclipsar el poco sol que lograba filtrarse entre las nubes perpetuas de Bristol. Su sola presencia robaba aire al entorno. Era un portento físico, una fuerza indomable de la naturaleza.

El cabello rubio, casi blanco, caía en una trenza gruesa sobre su hombro. El rostro, duro y sereno, estaba surcado por tatuajes antiguos, líneas y símbolos que parecían narrar guerras pasadas y dioses olvidados. Sus brazos, desnudos, llenos también de tatuajes, eran pura fuerza contenida, marcados por músculos firmes y cicatrices que no pedían explicación. Cada paso que daba resonaba en la cubierta como un tambor antiguo, grave, ritual.

Se detuvo frente a Ava, observándola desde arriba y le tendió la mano. Ella bajó la mirada hasta esa mano enorme, consciente - con una certeza casi animal - de que podría haberle tomado el cráneo y hacerlo añicos con un solo movimiento. Pero no había amenaza en ella, no esta vez. Solo poder. Un poder tan evidente que resultaba imposible ignorarlo.

Lo supo al instante… Era ella.
La nórdica.
La guerrera.
La hija predilecta de Svalbard.

No podía ser otra…
Yrsa Kaldhamarr, la Osa del Norte.
Su personaje favorito tomando vida enfrente de ella.
  • Bienvenida a bordo, Ava Walker - dijo con seguridad - Me presento, mi nombre es…
  • ¿Y… Yrsa? - balbuceó ella, incapaz de apartar la mirada.
La gigante sonrió y asintió despacio. Ava alzó la mano, temblorosa, y cuando su piel rozó la de Yrsa, el mundo se le vino encima como una marea antigua. Sintió el mar y la sal incrustada en la piel, el frío de los fiordos que corta los pulmones, el hielo inquebrantable del norte. Sintió el metal golpeado furioso contra la forja, el sudor y la sangre de la guerra, el silencio previo a la embestida. La mano inmensa se cerró sobre la suya con una firmeza tranquila, sin imponerse, y en ese gesto Ava supo - sin poder razonarlo - que, al lado de aquella mujer, era invencible. Que no existía enemigo capaz de hacerle frente. Que junto a Yrsa podía desafiarlo todo y vencer al mundo entero.

Cuando ya estaba a punto de ceder, cuando el salto al precipicio parecía consumado; cuando el suelo se acercaba a su encuentro con la velocidad de lo inevitable, a punto de despertarla, a punto de convencerla de que todo era real - que Ren no mentía, que aquella historia no era una novela sino una crónica olvidada por el tiempo -, algo enorme se movió en la cubierta.

Entonces dejó de caer…
Y fue empujada, violentamente y sin remedio, hacia la verdad.

Un oso polar apareció entre las sombras del barco. Su cuerpo blanco era una montaña viva, marcada por el viento y la escarcha. Avanzó con una calma que resultaba aún más aterradora que un rugido, las garras resonando con un sonido sordo sobre el metal del RedHead. Se acercó a Yrsa y se frotó contra sus piernas con una familiaridad imposible, como si aquel coloso del Ártico no fuera más que una extensión de su voluntad. Luego se detuvo frente a Ava. El hocico enorme descendió despacio, olfateándola. Ava contuvo la respiración. No por valentía, sino porque su cuerpo se negó a obedecerla. Pues así debía sentirse cualquier ser humano ante un depredador absoluto: pequeño, frágil, consciente de lo ridícula que es la idea de huir.

El oso volvió a aspirar su olor. Y entonces, contra toda lógica, se frotó contra ella. No con brusquedad. No con hambre. Lo hizo con cariño. Tranquilo. Casi torpe, como un perro faldero que busca atención. Ava soltó el aire de golpe, el corazón desbocado, sin atreverse aún a moverse. Yrsa rió, una risa profunda, franca, y sin soltar la mano de Ava, apoyó la otra sobre la cabeza gigantesca del animal, acariciándolo entre las orejas.
  • Parece que le has caído bien a Gláfur - dijo, orgullosa.
Ava tragó saliva, mirando al oso, luego a Yrsa, luego al oso otra vez… y comprendió que ya no había vuelta atrás. Se estampó contra el suelo brutalmente y la verdad estalló como una explosión sin control alguno. No la había alcanzado con palabras ni promesas. Había llegado con el peso de una mano, el aliento de un depredador y la certeza brutal de que el mundo era mucho más grande, más salvaje y más misterioso; de lo que jamás habría imaginado.
  • Es cierto… - murmuró sin poder cerrar la boca - Sois reales… Pero… ¿cómo es posible? ¿Y qué pinto yo en todo esto? ¿Por qué me habéis traído aquí?
Un silbido cortó el aire, seco, preciso. Era idéntico al que Wong había lanzado antes, una llamada que no admitía réplica. Las miradas se separaron, las manos se soltaron, las respuestas murieron antes de nacer. Algo invisible los había puesto en marcha. Todos se dirigieron hacia la popa como si una cuerda invisible tirara de ellos. Y Ava los siguió… sin pensar, por pura inercia, como si siempre hubiera sido una más de ellos.

En el muelle, avanzando con paso firme, apareció Cortés. Su silueta imponía respeto incluso desde la distancia, pero no venía solo. Ava se hizo espacio, escurriéndose entre los cuerpos para ver mejor, el corazón golpeándole las costillas, y entonces los vio. Caminaban alineados, sin prisa, sin duda. Arjun, Ravi y Luisa, con bolsas de mano colgadas al hombro, no demasiado llenas, como quien solo se lleva lo imprescindible cuando sabe que no habrá regreso. Cerrando el grupo, Talon, con la mirada fija a sus espaldas, atento a todo y a nada, como si el mundo entero pudiera atacarlo desde cualquier ángulo. Y sin que nadie se lo explicara, Ava lo comprendió.

Arjun era Bhagirath. El bigote espeso, el turbante perfectamente colocado, las manos ágiles y precisas. Las mismas manos que había escuchado mil veces por boca de Ren: manejando cuchillos, especias y fuego en una cocina que olía a hogar incluso en mitad del inmenso mar.

Ravi no podía ser otro que Vihaan. La calma en su forma de andar, la presencia paciente que parecía capaz de sostener a cualquiera cuando todo se derrumbaba, y la herida en el ojo, visible incluso desde lejos, como una cicatriz del destino que no necesitaba presentación. Y Talon, no podía ser otro que Halcón, el vigía. No había duda. La postura, la mirada tensa, el parche, su único ojo afilado que parecía medir distancias imposibles. El ojo más certero sobre la faz de la tierra, incluso ahora, atrapado en otra identidad que fingía ser.

Y Luisa…
Ava sintió un vuelco en el pecho.

Luisa, su compañera de piso, la de las risas desbordadas y la energía imposible de contener, era Yara. La piel tostada por un sol que no pertenecían a ese cielo, la presencia indomable. El collar con aquel diente plateado brilló un segundo al moverse, y el recuerdo la golpeó con una violencia inesperada: Modisquitos. El hombre al que amó. El hombre que perdió. El pasado regresando en forma de metal y memoria. Un amuleto para no olvidar lo que un día tuvo que dejar atrás.

Las revelaciones la atravesaban una tras otra, rápidas y certeras, como flechas disparadas por un cazador que jamás fallaba. No rozaban. No dudaban. Iban directas al centro de su alma. No había escapatoria posible. El cuento se había hecho realidad. Las leyendas del Red Viper caminaban sobre el muelle de Bristol, respiraban, cargaban bolsas de mano dispuestos a seguir su camino, dispuestos a cumplir su promesa… y lo hacían con la mirada al frente del que nunca se ha rendido jamás. Ava se rindió, por fin. Aceptó que era cierto. Y, aun así, la pregunta seguía allí, clavada en su interior como una espina que no dejaba de doler.

¿Qué demonios hacía ella allí?
¿Por qué le estaban revelando aquella verdad?
¿Qué querían de ella?
¿Por qué ella?

Uno a uno empezaron a subir a bordo y el RedHead despertó de golpe.

No fue un arranque brusco, ni una orden gritaba al viento. Fue algo mucho más inquietante: un movimiento orgánico, preciso, como si el barco mismo hubiera decidido partir y los cuerpos a bordo no fueran más que la extensión de su voluntad. Ava lo contempló todo paralizada.

Cortés fue el primero en moverse. Sin decir una palabra, soltó el último cabo de proa con un gesto seco, experto. La cuerda cayó sobre el muelle con un golpe sordo, húmedo. A la vez, Bhagirath liberó la amarra de popa, enrollándola con rapidez y dejándola en su soporte, sin nudos innecesarios, sin un solo movimiento de más. Maverick ya estaba en la sala de control. Giró la llave, activó los sistemas eléctricos, y el murmullo grave del generador recorrió el casco metálico como un latido profundo. Las luces de navegación parpadearon una vez, dos, y quedaron fijas. Vivas.

Yrsa avanzó hasta el centro de la cubierta, abriendo válvulas, comprobando indicadores con una sola mirada. No leía números: los sentía. Aksil - Bum-Bum - apareció y desapareció entre piernas y escaleras, cerrando escotillas, asegurando compartimentos, golpeando aquí y allá con los nudillos, escuchando la respuesta del barco como un doctor ausculta un pecho antes de una operación. Wong y Vihaan ajustaron defensas, retirándolas del costado con movimientos sincronizados, rápidos, exactos. Halcón, desde la borda, vigilaba el muelle, los ángulos muertos, los reflejos del agua en las cristaleras de los edificios, por si algo - o alguien - decidía interponerse en la partida.

Todo sucedía a la vez. Todo encajaba.
No hubo órdenes. No hubo miradas de confirmación.

Cada uno sabía qué hacer. No porque lo hubieran aprendido, sino porque lo llevaban grabado en los huesos. Era más que rutina, más que oficio. Lo hacían como quien respira. Como quien camina sin pensar dónde colocar el pie. Como si llevaran siglos navegando juntos.

Maverick empujó suavemente las palancas. Los motores respondieron con un rugido contenido, poderoso. El RedHead se separó del muelle apenas unos centímetros, luego un poco más, y el agua comenzó a deslizarse bajo el casco con un susurro grave y constante. Ava sintió el vaivén del mar antes incluso de comprender que estaban avanzando. El suelo vibró bajo sus botas. El mundo dejó de estar quieto. Se agarró a la barandilla con ambas manos cuando el barco giró lentamente sobre sí mismo, obediente, elegante. El viento sopló con más fuerza, colándose entre su cabello, llenándole los pulmones de sal y humedad. La proa encaró la desembocadura del puerto, firme, decidida, como una flecha apuntando al corazón del océano.

Rumbo fijado.
Alta mar.
El vértigo regresó.

Delante, el horizonte se abría inmenso, cargado de promesas, de historias aún no escritas. Detrás… detrás quedaba todo lo demás. Su vida. Su ciudad. Su nombre dicho por bocas que ahora parecían lejanas. Su identidad, cuidadosamente construida durante años, resquebrajándose con cada centímetro que se alejaba de la tierra.

Giró la cabeza.
Por un segundo estuvo a punto de gritar.
De pedir que pararan el barco.
De exigir que la dejaran bajar.

Cuando la partida se volvió real, las dudas le inundaron el alma como agua helada entrando por una grieta invisible. No sabía si estaba preparada. No sabía qué demonios hacía allí.

¿A dónde vamos?
¿Cuándo volveremos?
¿Volveremos, acaso?

¿Por qué yo?
¿Por qué me llevan con ellos?

El RedHead avanzó sin responder. Y Yemayá, la diosa del mar, paciente y eterna, abrió sus inmensos brazos, dispuesta a abrazar a sus hijos, que por fin, volvían a casa. Mientras la silueta del muelle se hacía cada vez más pequeña, los ojos de Bum-Bum permanecían clavados en la novata. No parpadeaban. No juzgaban. Medían lo que habitaba dentro de ella. Yara se acercó a él y se puso en cuclillas, quedando a su altura.
  • Conozco demasiado bien esa mirada, hijo… - sonrió, sin apartar los ojos de Ava - Crees que no es ella, ¿verdad?
  • Solo mírala, madre - murmuró Bum-Bum - Está a punto de rendirse… y apenas hemos empezado.
Yara dejó escapar una carcajada suave, cálida, mientras le descolocaba el turbante con un gesto casi maternal. Él gruñó entre dientes, quejándose como siempre, fiel a su naturaleza.
  • Nunca es fácil soltar - dijo ella al incorporarse - Y menos cuando no sabes por qué lo haces.
Se acercó a Maverick, que seguía a los mandos del RedHead y le susurró algo al oído. Él asintió en silencio. Entonces Yara caminó hacia Ava. No necesitaba oír sus preguntas. No necesitaba que pronunciara sus dudas, pues ya las conocía. Las veía en la rigidez de sus hombros, tensos como si cargaran un peso invisible. En la forma en que sus dedos se aferraban a la barandilla, blancos, crispados. En su mandíbula apretada, en los labios entreabiertos que no se decidían a hablar ni a callar. En la mirada que saltaba del horizonte al pasado, ida y vuelta, como un animal atrapado buscando una salida. Yara sabía leer los pensamientos antes de que la voz hablara. Sabía cómo se encoge el pecho cuando el alma se resiste. Cómo la respiración se vuelve superficial cuando el miedo no quiere ser nombrado. Llevaba viva demasiado tiempo como para no entender ese lenguaje silencioso. Había visto demasiadas veces la duda como para no reconocerla. Por eso se acercó.

Pero no para convencerla.
No para empujarla.

Aún quedaba tiempo para que Ava Walker se bajara del barco. No demasiado, el mar se acercaba irremediablemente, pero sí el suficiente. Había llegado el momento, el instante justo en el que una decisión puede tomarse sin ser una huida. El momento sagrado en el que alguien elige, de verdad. Porque nunca obligaban a nadie. No solo por su manera de entender la vida, por esa fe inquebrantable en la libertad y en su lucha por defenderla. Sino por algo mucho más profundo.

Si Ava era la elegida, debía portar el Vorial Shardeth.
Y el hallador de destinos no obedecía órdenes, ni amenazas, ni cadenas ajenas.
Solo llevaba a quien lo empuñaba allí donde su alma deseaba llegar.

De nada servía arrastrarla.
De nada servía imponerle el camino.

Tenía que quererlo.
Desear encontrarla.

Tenía que querer terminar la historia de aquel libro que aún seguía incompleto.
Tenía que elegir, por su propia voluntad, escribir su última página.

Ava Walker debía aceptar su destino.
  • La primera vez que vi a Grace - dijo con suavidad, apoyándose en la barra metálica a su lado, con la mirada fija en cómo la tierra se alejaba - fue en esta misma ciudad…
Ava giró despacio para contemplarla. Un brillo extraño relucía en los ojos de Yara. Allí convivían el amor - profundo, irrompible - y una tristeza antigua, cargada durante demasiado tiempo. La yoruba continuó hablando.
  • Bristol ha cambiado mucho, desde entonces - sonrió - tanto que apenas logro reconocerlo. Y aunque no guarde demasiados buenos recuerdos… siempre le estaré agradecida al destino por haberme traído un día hasta aquí. Porque…
  • Aquí la conociste, ¿verdad? - preguntó Ava, sin apartar la mirada de ella.
  • Así es… aquí conocí a mi hermana.
Yara se giró hacia ella y, con un gesto delicado, apartó un mechón rebelde de su rostro, colocándolo tras su oreja. El recuerdo volvió al instante, la misma sensación otra vez.
  • Y ahora, al verte a ti… - sonrió observando su rostro - es como si la volviera a ver de nuevo.
Walker no respondió. Se limitó a mirarla, profundamente, esperando.
Sintiendo la caricia suave de su mano en la mejilla.
  • No es solo por tu pelo, ni por tus pecas… ni por lo torpe que eres, ni tu irónico y estúpido humor inglés…
Las dos rieron. El viento se llevó sus carcajadas, las dispersó sobre el mar, haciéndolas eternas.
  • Es algo más profundo - continuó Yara - Veo la misma fuerza de ella en ti. Como si una parte de su alma descansara dentro de tu pecho. Lo supe en el mismo instante en que te encontré… y decidí entrar en tu vida.
  • ¿Por qué mentiste? - preguntó Ava - ¿Por qué no viniste y me contaste la verdad desde el principio, en lugar de hacerte pasar por alguien que no eres?
  • Solo te mentí en mi nombre. La Luisa que has conocido es la Yara que ahora ves… nada más. Y si no te conté nada al principio es porque la vida nos ha enseñado que hay verdades que deben llegar poco a poco. Imagínate que te hubiera parado un día por la calle y te hubiera dicho que soy inmortal…
  • Te habría dado un puñetazo y habría salido corriendo… quizás, incluso, hubiera llamado a la maldita policía.
Volvieron a reír. Una risa suave, cargada de ternura y de momentos compartidos.
Con nombres distintos, sí. Pero reales.

Ava se acercó, alargó la mano y tomó la suya.
  • ¿Por qué?
Una pregunta simple.
Dos palabras. Seis letras.
Sencilla en apariencia. Fácil de formular, fácil de contestar.
Difícil de aceptar.
  • ¿Recuerdas cuando Grace se reencontró con Diego después de tanto tiempo?
  • Sí, claro… cuando iban tras el poder del Mulakaboko. En África.
  • Así es… - Yara apoyó una mano sobre la suya - ¿Recuerdas lo que él dijo sobre los elegidos de los dioses?
  • Más o menos… - sonrió Ava - Algo sobre almas destinadas a un elemento. Guardianes enviados a la tierra para proteger su poder…
Yara apretó un poco más sus manos. Estaba preparada para decírselo… y al mismo tiempo aterrada ante la posibilidad de perderla. Se acercó tanto que Ava pudo sentir su corazón, latiendo con una fuerza que jamás había experimentado. No era miedo. No era duda. Era el peso de la verdad. Maverick redujo la velocidad del barco, virando lentamente hacia la costa. El RedHead obedeció sin protestar, como si también comprendiera que aquel era el instante decisivo. Había llegado el momento. Una elección debía ser tomada. Una respuesta llevaba demasiado tiempo esperando ser pronunciada. Si Ava se negaba, la dejarían en tierra. Y volverían a empezar. Siempre lo hacían.

Pero si aceptaba… si estaba lo suficientemente loca como para embarcarse con ellos hasta los límites del mundo conocido, entonces podrían cumplir su promesa. Su juramento. Aquello por lo que seguían en pie después de tres siglos.
  • Ava, debes entender que… - pronunció Yara, con la voz firme y rota a la vez - tú eres la elegida del fuego.
Ava guardó silencio apenas un segundo. Luego, de pronto, empezó a reír.
  • Venga ya… - negó con la cabeza - Deja de bromear. Eso no es posible.
  • No estoy bromeando - La voz de Yara no vaciló - Obatalá me lo mostró anoche, mientras dormía. Eres tú. Lo sé. Debes aceptar tu destino. Debes recuperar el Vorial Shardeth y…
Ava se apartó de repente. Retrocedió un paso, más que escéptica, aterrorizada, negando con la cabeza. Al ver la tierra firme tan cerca, sintió el impulso irrefrenable de abandonar aquel barco. Aquello era demasiado. Incluso después de haber aceptado que todo era real, que aquella historia no era una novela ni una farsa. No quería un destino impuesto por dioses antiguos. Era libre o eso creía. Y quería seguir siéndolo. No quería verse arrastrada hacia un futuro de peligros, desafiando a la muerte día tras día. Y aunque sentía respeto - incluso admiración- por aquella tripulación de guerreros eternos, no quería el yugo de la eternidad.

Quería vivir su vida.
Una vida mortal.
Entre su gente.
Con los errores y las decisiones que ella misma eligiera.
  • No puedo hacerlo Luí… perdón - corrigió Ava - Yara… Siento decepcionarte, pero…
  • No me decepcionas - contestó Yara - Es tu vida, es tu decisión.
El silencio se hizo presente, y Walker vio en su rostro la decepción que negaba sentir. Sentía un pesar profundo al dejarlos atrás, entendía que llevaban esperando aquel momento desde hacía demasiado tiempo, entendía la frustración que podían sentir por su renuncia. Pero no podía hacerlo. Se sentía ligada a su vida actual, le gustaba, no era gran cosa, pero era suya. Y eso le bastaba. No podía embarcarse en el RedHead, dejarlo todo atrás y entregar su vida a la causa de otros. Ella tenía sus propios planes, su propio camino trazado, su mente y su alma enfocada en sus aspiraciones, sus propios deseos, su propio destino.

El barco se detuvo.
  • Lo siento… - volvió a decir Ava con la cabeza gacha - Pero no puedo…
Le soltó la mano con rapidez, con la imperante necesidad de salir corriendo. Pero Yara la detuvo un momento, no para insistirle, no para convencerla. Solo la abrazó, en silencio, con firmeza, entre sus brazos.
  • ¿Nos volveremos a ver? - preguntó Ava, con los ojos vidriosos.
  • Quizás… algún día - sonrió Yara, esforzándose por conseguirlo - El mundo da muchas vueltas…
  • Adiós Yara…
  • Adiós Ava - contestó la yoruba besándole la frente.
Ava se separó de ella, le sostuvo la mirada unos instantes y se alejó lentamente. Pasó una pierna por encima de la borda, dispuesta a bajar. La desembocadura del Avon estaba tranquila. Solo deseaba sentir tierra firme de nuevo. Un lugar seguro, estable. Volver a su casa, su hogar. Su sitio en el mundo. Pero antes de poder mover la otra pierna, una mano la detuvo. Ava alzó la cabeza. Y se encontró con aquella cicatriz. Con aquellos ojos oscuros. Con aquella sonrisa serena y acogedora.
  • Lo siento… - dijo ella de nuevo, con un hilo de voz - No puedo hacerlo…
  • No vamos a obligarte a nada que no quieras hacer - respondió él, firme y solemne - No es nuestro modo de hacer las cosas… Solo necesito decirte algo antes de que te vayas.
  • ¿El qué?
  • Cuando Yara me dijo que eras la guardiana del fuego, reconozco que dudé. Pero ahora… al tenerte enfrente de mí, lo sé. Eres tú, no hay duda… - Se tocó el corazón con la palma de la mano - Lo siento aquí dentro, profundo y verdadero. Por eso necesito que entiendas que aunque no quieras aceptarlo, este es tu destino, Ava… ¿por qué huyes de él?
  • No me he subido a este barco para luchar por un destino impuesto. No huyo: me niego a aceptarlo. Quiero vivir tranquila… No luchar por causas que no he elegido. Lo siento Ravi - dijo por costumbre - pero no estoy preparada…
  • No me llamo Ravi… mi nombre es Vihaan Suryanarayanaman.
Ava no pudo evitar sonreír al escuchar aquella palabra que parecía un trabalenguas.
  • ¿No había un apellido más corto, o qué? - preguntó de pronto.
  • Seguramente sí… - sonrió él - pero ninguno de ellos tiene tanto estilo ¿No crees?
Ava le devolvió la sonrisa con una media mueca. La mano de él seguía sujetando la suya; no la retenía. No la forzaba. Simplemente le recordaba que su lugar no estaba en tierra firme, sino allí, a su lado… al lado de todos ellos. El silencio se volvió denso. Uno a uno se acercaron, expectantes. Wong, triste con el viento jugando entre sus cabellos. Bum-Bum clavando su mirada, analizándola. Yrsa seria, con los brazos cruzados. Bhagirath, siempre inquebrantable, esperando tranquilamente.
  • Llevamos siglos buscándote… Tanto tiempo que ya no puedo… - intentó decir Vihaan.
  • No insistas, por favor - le interrumpió ella - No soy ella… No soy Grace.
  • Nadie te pide que lo seas. Solo que entiendas que tu destino no es morir en esta maldita ciudad gris y decadente…
Cortés dio unos pasos hacía ella, su sonrisa burlona y descarada permanente en su rostro.
  • ¡Tu destino es luchar a nuestro lado, pelirroja!… ¡Con el fuego ardiendo en los ojos y los rayos saliéndote por el culo!
Las carcajadas estallaron en la cubierta. Incluso Ava, pese a todo, no pudo evitar reír.
  • Eres Ava Walker - continuó Vihaan - Y veo en ti el mismo incendio que rugía en ella. El mismo que nos empujó a desafiar a la tiranía, a surcar los mares, a nunca rendirnos… Has nacido para luchar como una mujer libre. Y lo eres. Dime… ¿qué harías sin libertad?
A Ava le costaba respirar. El miedo seguía allí. El vértigo también.
  • Dime que lo harás… - insitió Vihaan - que lucharás a nuestro lado…
  • No… - susurró ella - Bajaré de este barco, viviré lo que tenga que vivir, y moriré tranquila más tarde que pronto, o al menos eso espero. Lo siento, Vihaan, pero no puedo… Lo siento por todos.
Sin decir nada más, cruzó la otra pierna, se aferró a la barandilla y descendió. El agua del mar le cubrió hasta las rodillas. Dio unos pasos hasta llegar a la arena húmeda, sin mirar atrás.

Entonces una voz la detuvo.

No fue la voz cálida de Yara.
No fue el susurro sereno de Vihaan.
Ni la blasfemia divertida de Cortés.

Fue el rugido del que nació en mitad de la tormenta.
  • ¡Si luchas, puede que mueras! - gritó Maverick - ¡Huye y vivirás! Un tiempo, al menos…
Ava se giró al instante. Su voz la envolvió, la abrazó; entró por sus tímpanos y bloqueó sus músculos. Detuvo su respiración, la frenó en seco. Lo vio allí arriba: salvaje, libre, hermoso. Un poder que trascendía cualquier belleza mundana. El espíritu indomable de quien jamás se detiene, del que nada teme, del que muere orgulloso por nunca haberse rendido.

Algo despertó de nuevo en su interior. Aquella sensación imposible de explicar, la misma que acababa de sentir apenas hace unos minutos, al verlo aparecer en cubierta. La certeza brutal de que su lugar estaba a su lado. De que su destino debía correr junto al suyo. Era irracional, era una locura, pero lo sentía tan profundamente cierto, que era innegable.
  • Y cuando mueras en tu lecho, dentro de muchos años - continuó Maverick - ¿No estarías dispuesta a cambiar todos los días desde hoy hasta entonces por una oportunidad, ¡Solo una maldita oportunidad! De volver aquí, en este justo momento, a luchar y morir por tu libertad?
Saltó del barco, avanzó decidido, clavando los pies en la arena. El torso desnudo, las cicatrices vivas, presentes, como si aún sangraran. Se detuvo frente a ella y apoyó una mano firme sobre su hombro.
  • Puede que, si vienes con nosotros, pierdas la vida, Ava Walker - dijo con una calma que no admitía réplica - Pero jamás te arrebatarán la libertad de vivir como se debe vivir. Es cierto… no podemos ofrecerte un futuro seguro… lo que te ofrecemos es algo infinitamente más poderoso.
Ava lo miró, a un suspiro de ceder. Se perdía en sus ojos, en aquellos pozos oscuros que la atraían como una polilla a la llama. Él se acercó aún más, sin pedir permiso, con la certeza tranquila de quien no necesita imponer nada.
  • Lo que te ofrezco - continuó - son atardeceres en playas imposibles de olvidar, horizontes incendiados por el oro cobrizo del sol que ahogan las palabras y atrapan el corazón. Te ofrezco noches en las que la luna reclama el trono que le pertenece y el cielo se derrama en estrellas sobre las olas del mar. Te ofrezco la calidez de una familia, el amor de una hoguera compartida, el beso hermoso de la libertad y la felicidad de ser tú misma… sin cadenas, sin órdenes, sin tener que arrodillarte ante nadie. Te ofrezco vivir sabiendo que el mundo no está hecho para ser conquistado, sino recorrido.
Se inclinó un poco más, lo justo para que cada palabra le llegara como un latido. Los labios cerca de los suyos, sus cabellos danzando con los de ella.
  • Te ofrezco verlo todo, conocerlo todo, amarlo todo… Descubrir misterios que ningún otro ser humano ha desvelado jamás. Contemplar una belleza que ni el más grande de los poetas sería capaz de nombrar, sentir que tu vida es tuya y de nadie más. Tu mundo es cálido, es reconfortante… pero es pequeño, Ava. Ahí fuera existen maravillas que te están esperando. Y sobre ese barco - añadió, señalando al RedHead - tienes algo aún más valioso que la promesa: la certeza de que podrás alcanzarlas.
Ella tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para contenerse. Maverick poseía el rostro de un ser angelical, sus palabras eran las de un poeta, su alma la libertad. Pero la terquedad de Ava se alzó como un puño cerrado contra el viento. La cordura le exigió resistirse; el miedo la sujetó con más fuerza que aquella mano, impidiéndole hacer lo único que deseaba en aquel momento: saltar a sus brazos y besarlo hasta que el mundo se apagara y sus cuerpos se disolvieran en polvo.
  • No dudo de que tu camino sea el correcto - dijo al fin - Pero es tu camino, Maverick.
    Entiendo que quieras encontrar a tu madre, devolverla a casa… y créeme, admiro tu voluntad; y deseo de corazón… que algún día lo consigas. Pero ese no es mi camino. Es el vuestro.
  • Si tanto lo deseas, sube al barco, ¡maldita sea! ¡Sin tu ayuda nos será imposible lograrlo!
  • Hay más elegidos - sonrió ella, apoyando una mano sobre su hombro - Y estoy convencida de que lo encontraréis… al indicado. Pero no soy yo. Lo siento.
Se puso de puntillas y dejó un beso en su mejilla. Breve. Húmedo. Definitivo.
Luego se dio la vuelta dispuesta a emprender el camino de regreso a casa.
  • ¡Ava! - gritó Yara desde la cubierta.
Ella se giró justo a tiempo para ver cómo la yoruba le lanzaba una mochila. La atrapó al vuelo sin dejar de mirarla.
  • ¡Es tu ropa! Cogí algunas cosas de tu armario antes de salir esta mañana - sonrió con tristeza - ¡Cuídate, amiga! Te echaré de menos.
Ava no pudo responder. Ni asentir. Solo se dio la vuelta y siguió andando, los ojos pidiéndole llorar, el corazón en un puño, la respiración acelerada. A su espalda todos permanecieron inmóviles, observando cómo se alejaba. Maverick cerró los puños con violencia, los dientes apretados por la rabia. Dio un paso al frente. Si no quería venir, la obligaría. No podía dejarla marchar ahora, no cuando estaban tan cerca. Pero antes de dar un segundo paso, una mano firme se apoyó en su hombro. Maverick se giró. Vihaan lo miraba directamente a los ojos, negando despacio con la cabeza. Tranquilo. Demasiado tranquilo.
  • Pero, padre… - vociferó - No podemos dejarla marchar. Sin ella no podremos…
  • Seguiremos, hijo - le cortó Vihaan, dándole unas palmadas suaves en la espalda - Como siempre hemos hecho. No podemos obligar a nadie a hacer lo que no desea. Nunca ha funcionado así… y lo sabes.
Aquellas palabras, dichas con calma y calidez, bastaron para que la furia de Maverick se apagara un poco. No desapareció, pero comprendió - como tantas e innumerables otras veces atrás - que su padre tenía razón. Siempre al tenía.
  • Vamos - añadió Vihaan, sin perder más tiempo - Volvamos al barco. Debemos partir.
Ava cruzó de nuevo la desembocadura del Avon, esta vez con el mar a la espalda, retirándose a regañadientes, dejando al descubierto playas largas y frías, de arena húmeda y compacta. No había nadie. Solo el viento, el graznido lejano de alguna gaviota y sus propias pisadas, que se borraban casi al instante, como si el mundo insistiera en que nada dejara huella para siempre.

Caminó despacio al principio. Luego con paso firme. El frío le mordía los tobillos mojados, pero no le importaba. Alcanzó el paseo marítimo, el asfalto, el terreno conocido. Dejó atrás el olor a sal y algas y volvió a respirar ciudad: metal, gasolina, humedad vieja. Las calles se desplegaron ante ella como un mapa aprendido de memoria. Los grafitis de Stokes Croft la saludaron como viejos amigos: colores violentos, consignas rotas, arte nacido de la rabia y la libertad. Bristol. Su Bristol. La ciudad que conocía como la palma de su mano. Y aunque su andar era ligero, nada en el mundo pesaba más, en esos instantes, que su propia cabeza.

Aquel día había empezado como cualquier otro. Un turno más. Un desayuno malo. Una broma irónica. Y había terminado con un barco, una promesa, un salto al vacío que no se atrevió a dar. El vértigo fue disipándose poco a poco, como la resaca tras una noche demasiado larga. Pero en su lugar apareció algo distinto. Una extraña sensación de aplomo. De haber elegido mal. De haber dicho ‘no’, cuando debía decir lo contrario. Y eso… dolía. Sentía que los había traicionado. Que les había fallado. Y no entendía por qué. Apenas los conocía. O eso se decía a sí misma para convencerse. Pero al mismo tiempo seguían siendo Arjun, Ravi, Talon, Luisa, Liam, Chan, Irene, Antonio. Los nombres cotidianos. Las sonrisas compartidas. Las pequeñas mentiras que ahora sabía que no lo eran tanto. No eran quienes decían ser… y aun así, eran ellos. Y de algún modo imposible, los quería.

Dentro de ella, una voz gritaba con desesperación.
La voz de su corazón. De su alma. Del destino.

Vuelve.
Ayúdales.
Sacrifícate.
Enamórate.
Arriesga.
Déjalo todo.
Lánzate al vacío.

Era una voz salvaje, antigua, que no entiende de facturas, de normalidad, de cotidianidad, ni de mañanas laborales grises y fines de semana rebeldes. Era la voz que empuja a saltar sin mirar abajo. De atreverse a lanzarse a lo desconocido.

Pero había otra voz. Más baja. Más fría.
La voz de la razón. Del instinto. De lo humano.

No es tu lucha.
No es tu camino.
Tu vida está aquí.
En Bristol.
En Stokes Croft.
No te arriesgues.
Sigue tu propia senda.
Vive la vida que has elegido.

Y Ava Walker siguió caminando. No porque fuera una cobarde. No porque no creyera en ellos. Ni tampoco porque no los quisiera. Sino porque tenía miedo. Y el miedo - ese viejo tirano silencioso - muchas veces es más fuerte que el amor, más fuerte que los sueños, más fuerte incluso que el propio destino. El miedo fue, es y será el principal enemigo de la libertad, pero… desgraciadamente no era el único.

Desde que Grace y Diego desaparecieron, el mundo siguió girando, indiferente, puntual en su rutina. Siempre lo hacía. Nunca se detenía, sin excepción. Y junto a ese mundo que no espera a nadie, los eternos continuaron su marcha. No se detuvieron. Nunca lo habían hecho. Avanzaron hacia su destino cambiando de piel, de nombres, de rostros. Aprendiendo idiomas nuevos, olvidando acentos antiguos, enterrando identidades como quien deja ofrendas en tumbas sin nombre. Pero no lo hicieron solos.

Podrían pasar años. Siglos. Eternidades enteras.
El círculo podía cerrarse una y otra vez, infinito, perfecto en su crueldad y aun así, algo los seguiría por siempre… La sombra de Hong Long.

Porque si existen quienes luchan por la libertad, deben existir quienes la devoran.
Si hay luz, debe haber oscuridad. Si hay resistencia, debe haber opresión. Si hay quienes rompen cadenas, habrá siempre manos dispuestas a forjarlas de nuevo. El Dragón nunca murió. Su sombra jamás se extinguió. Sus cabezas eran infinitas y cuando una caía, otra tomaba el mando al instante. El enemigo aprendió lo mismo que los eternos: a adaptarse, a evolucionar, a esconderse a plena vista. Sus temibles Shen Dú ya no vestían de negro ni deslizaban dagas envenenadas entre costillas desprevenidas. Ahora llevaban trajes impecables, gafas de sol que ocultaban miradas vacías y pistolas con silenciadores que no dejaban rastro ni ruido. Pagaban por información. Utilizaban la tecnología a su favor. Eliminaban obstáculos con la misma frialdad con la que siglos atrás degollaban en oscuros callejones.

El Dragón Rojo seguía ahí. Observando… Esperando…
Siguiendo cada paso mal dado, cada error cometido, cada pista dejada.

Seguía ahí… Hambriento, como siempre, de poder.
La ambición convenciéndolo que aquel poder le pertenecía por derecho.

Y no descansaría. Ni ahora. Ni nunca.
Hasta recuperarlo.

Ava se detuvo frente a una cabina telefónica y marcó el número del trabajo. Dijo que no se encontraba bien. Su voz sonó convincente incluso para ella misma. Luego emprendió el camino de vuelta a casa, ensayando mentalmente las excusas que tendría que dar cuando alguien preguntara por el paciente ausente, por el anciano que no figuraba en ningún informe. Abrió el portal de su calle, subió las escaleras hasta el tercer piso y, al llegar a su apartamento, notó que la puerta estaba entreabierta. No le dio importancia. Pensó que Yara se la dejaría abierta al salir corriendo y al recordarla, sonrió con tristeza. Entró, cerró tras de sí, dejó caer la mochila al suelo y se dejó abrazar por el sofá, hundiéndose como si el cuerpo ya no pudiera sostenerse más por si solo. Apoyó la nuca en el respaldo, la mirada clavada en el techo. La duda regresó, insistente.

¿Y si corría ahora mismo hasta la playa? Quizá aún los encontraría allí. Quizá todavía estaba a tiempo. Negó con la cabeza, al instante, una sonrisa cansada asomándole a los labios ante la idea. Una estupidez, se dijo a si misma. La seguridad de lo conocido volvió a envolverla, pesada pero firme, como un ancla. Entonces sintió el frío. El agua en los zapatos empapados. Se los quitó sin cuidado, dejándolos tirados sobre el suelo, y pensó en la promesa simple de una ducha caliente, en el consuelo humilde de un té humeante entre las manos. Recogió los restos de la cena compartida con Yara la noche anterior. El recuerdo, de nuevo, le apretó el pecho.

Se puso en pie. Pero no llegó a dar un solo paso más. Se quedó paralizada, los ojos abiertos de par en par, el aire atrapado en la garganta.
  • ¿Quién eres? - preguntó, con la voz quebrada, al hombre que la observaba desde la penumbra con una sonrisa ladeada - ¿Qué haces en mi casa?
La figura no se movió. La sonrisa no se borró.
  • He venido a por ti… Ava Walker - susurró el Verdugo - Tienes algo que me pertenece.
Continuará…
 
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