crónica de una traición 4
Noemí cumplía doce años y, dentro de poco, comenzaría la educación secundaria. Natalia, en su derrotero, había profundizado todas las diferencias que, con el tiempo, se fueron produciendo entre nosotros: salía a cualquier hora, volvía a cualquier hora; ya no bastaba un fin de semana al mes fuera de casa, ahora eran dos y hasta tres veces. Esto llevaba ya mucho tiempo. Si esto seguía así, iba a ser mejor que lo dejáramos.
…
Estamos preparando la fiesta de quince años para Noemí; esta será una buena ocasión para realizar, con Natalia, una actividad en común. Desde que le planteé la separación, no quiso aceptarla y me pidió un tiempo para cambiar, y vaya si lo hizo. Dejó la empresa, donde tenía un cargo importante, y junto con dos amigas y excompañeras de estudios crearon una agencia de consultoría, análisis estadístico, encuestas, censo, relevamiento, marketing y consumo. Les está yendo bien. Natalia a través de los años y, por su actividad en el grupo, llegó a estar en contacto con el mundo empresarial. Esto le facilitó poder vender los productos de la agencia a distintas y numerosas empresas. Pero ahora está más ocupada que antes. El cambio es que parte de su tiempo libre lo pasa conmigo y nuestra hija. Nunca dejó de ser cariñosa conmigo. El problema es que yo, en ese momento, era poco receptivo.
Cuando le dije que sospechaba que tenía algún amorío, no reaccionó, pero se notó en sus gestos que acusó el golpe. Está claro que lo ha tenido. La amo y la he amado siempre, y, por nuestra hija, es que no he seguido con la idea del divorcio, pero mi corazón ya no responde como antes. Llamé a Tamara para invitarla a la fiesta de cumpleaños de Noemí. Me preguntó si Natalia estaba de acuerdo con su presencia en el evento. Le dije que no le había consultado, pero, a estas alturas, ya no acepto imposiciones. He aceptado siempre sus decisiones; ya es hora de que ella acepte las mías. De todas maneras, la pica contigo ya no existe. Ella te aprecia y siempre pregunta por ti. La fiesta de quince de Noemí se celebró en las instalaciones de un exclusivo salón de eventos y la asistencia fue numerosa, especialmente los amigos y compañeros de Noemí, además de los amigos, compañeros y familiares de nosotros, sus padres.
…
Hubo dos momentos que Ignacio tuvo que presenciar. Vio a Natalia hablando acaloradamente con Demetrio y, cuando vio esa escena por segunda vez, ocurrida en un lugar apartado de las instalaciones, tuvo que tranquilizarse y pensar. Salió al exterior, buscó un lugar apartado en el jardín y comenzó a beber tratando de serenarse. Lo que vio confirmaba sus sospechas: el amante era Demetrio. Aquella conversación con Tamara, cuando le contó que Demetrio iba a buscar a su puta al aeroparque, tenía tantas coincidencias que era imposible no dudar. Pero la amaba, y eso implicaba confiar, no suponer; acompañar, no controlar; apoyar, no desentenderse. Después de serenarse y, ante la confirmación de su sospecha por lo que había visto, lo llevó a pensar: ¿Cuánto tiempo hace que viene ocurriendo esto? Se dijo para sí: hace bastante que lo nuestro dejó de ser lo que era y ya, definitivamente, no lo volverá a ser. El mundo de Ignacio giraba alrededor de su hija y, por la felicidad de ella, iba a dejar que todo fluyera hacia donde el destino lo determinara. “Lo único que tengo es mi hija, y por ella lo daré todo, sacrificaré todo”, pensaba Ignacio.
...
Hacía bastante tiempo que Natalia no salía de viaje. Solo a lugares cercanos, muy de vez en cuando, y volvía en el mismo día. Casi no salía a tomar copas con sus amigas; si lo hacía, era en casa: ellas venían a visitarla. Los fines de semana llevaba a Noemí a las fiestas vespertinas para adolescentes y la iba a buscar. Algún sábado o viernes le pedía a Ignacio para ir a cenar, tomar algunas copas y reunirse con amigos. Jamás aceptaba bailar con nadie que no fuera Ignacio.
Ignacio sabía que todo era producto de su culpa. Se decía a sí mismo: “Las cosas que debe haber hecho”. Con el tiempo, Ignacio, por algunos “detalles", sospechaba lo que pasaba cuando él tenía que viajar. Solo cada seis meses viajaba y volvía al otro día. El resto del tiempo era esa cotidianidad de clausura que había adoptado Natalia. No quería elucubrar nada; estaba resignado.
La fiesta estaba en toda su intensidad cuando Natalia se sentó donde estaba Ignacio.
—Te estuve buscando por todos lados. Si no me avisa un amigo de Noemí que te vio aquí, todavía andaría dando vueltas.
—¿Terminaste de discutir con Demetrio?
—Me estaba contando que están en trámite de divorcio. Ese matrimonio hace tiempo que no va más.
Ignacio hacía tiempo que no hablaba de ese tema con Tamara, pero aprovechó para meter cizaña.
—Tamara me contó que anda revolcándose con una puta y parece que hace bastante tiempo.
Las semi penumbras del jardín no permitieron ver los colores de Natalia inundar su rostro.
—De todas maneras, ese tipo de conversación no da para una discusión.
—Me reprochó haberme retirado de la empresa, entonces le dije: entre la empresa y mi matrimonio no tuve mucho que pensar.
Lo tomó de la mano y le dijo:
—Vamos a divertirnos con los chicos; es la fiesta de quince de nuestra hija. Hagamos que todo sea alegría y felicidad. Ella se lo merece.
Ignacio
Cuando entré al salón, hice un repaso visual de la concurrencia. Las instalaciones eran amplias, pero la concurrencia era importante. Vi a Demetrio bebiendo en la barra y, cuando miré para la pista buscando a Noemí y su pandilla de atorrantitos, vi a Tamara a los saltos y a las carcajadas entre la pibada. Me acerqué, la abracé y le di un inmenso beso en la frente. Ella respondió de igual manera en mi mejilla, nos tomamos de la mano y empezamos a saltar junto con los chicos. No pasó mucho tiempo cuando Natalia se sumó al desenfrenado baile. Todo era jarana. Natalia me abrazó para que saltáramos juntos. Saltar abrazados estaba siendo incómodo; cuando logré separarme, vi sus ojos llenos de lágrimas. Le pregunté si estaba bien. Noemí, que observaba de cerca, se arrimó. Ella abrazó a su hija y, con el otro brazo, se aferró con fuerza a mi espalda y dijo algo que me conmovió: “Cómo quisiera que este instante fuera toda la eternidad, que el universo se detuviera en este momento y permaneciera así por siempre jamás. como estamos ahora. Los quiero tanto. Unos chicos amigos de Noemí vinieron por ella y se fueron a seguir la fiesta con los demás críos.
Natalia se quedó aferrada a mí, con su rostro hundido en mi pecho. Después de un rato me tomó de la mano; caminamos hasta unos sillones en un sector alejado del bullicio de la fiesta. Me invitó a sentarme; también lo hizo ella. Me abrazó, posó su cabeza sobre mi pecho, y no podría calcular el tiempo que estuvimos en esa posición. No podía entender lo que le ocurría a Natalia. Tuvo que pasar mucho tiempo y unas cuantas amarguras, broncas, resentimientos, desencuentros y situaciones desgraciadas para conocer la crueldad de lo que estaba sucediendo.
...
Estaba desconcertado. Hace tiempo que Natalia, desde que abandonó la empresa para gestar su nuevo emprendimiento, vivía enfocada en su trabajo y nuestro hogar. Pero mi corazón desalentado, no respondía a los gestos de esta nueva Natalia, a pesar de haberme conmovido con sus palabras y gestos el día de la fiesta de quince de nuestra hija. Las heridas de las mentiras y los engaños no cierran, por más voluntad que quieras ponerle.
Los días y las semanas fueron discurriendo en la rutina de siempre. Yo había adquirido el hábito de desentenderme de las cosas de Natalia. Ella no ponía ninguna objeción al respecto, pero en sus gestos, sus pocas palabras y sus eternos silencios eran un claro indicio de constricción. Me preguntaba si alguna vez, pudiendo superar todas estas desavenencias, la volvería a amar como antes. No encontraba la respuesta a esa pregunta. Ella seguía siendo una mujer bellísima.
Tamara
Me di cuenta muy tarde de que Demetrio vivió a la sombra de Ignacio en todo: el promedio escolar más alto, el coche más caro, los juegos electrónicos más sofisticados.
La familia de Demetrio tenía buenos ingresos (profesionales ambos), pero los padres de Ignacio tenían comercios y unas cuantas propiedades, de lo cual Ignacio jamás se ufanó.
El inexplicable resentimiento de alguien que lo tenía todo para destacarse y ser un triunfador. No le faltaba inteligencia, talento, enjundia. En un primer momento creí que algo sucedió, posiblemente en la niñez de estos dos pibes; pero se me ocurrió pensar que fue en la adolescencia o en la temprana juventud. Vivieron en el mismo barrio, fueron a las mismas escuelas (primaria y secundaria) y después, en distintas carreras, pero en la misma universidad. Aquello de que, cuando a Demetrio le gustaba una chica, ésta estaba muerta por Ignacio, también debe haber ocurrido a la inversa. Una de todas estas situaciones produjo esa herida, que en el caso de Demetrio, nunca dejó de sangrar.
Demetrio, un tipo extrovertido con un perfil de vencedor. Un gran seductor. Mis tres hijos son una clara prueba de haber sido seducida por él. Al poco tiempo de hacerse cargo de la supervisión de algunas empresas, en el área tecnológica, comenzó a tener resultados altamente satisfactorios.
Fue cuando comenzó su juego de seducción. Me sentí muy atraída por él. Mi padre, que veía en él a un enjundioso ejecutivo, cuando se enteró de que estábamos saliendo, no paró hasta verme casada con Demetrio.
Todos estos acontecimientos lo llevaron a hacerse cargo de la gerencia de esa parte del grupo.
Cuando se sintió firme en su cargo y con una fuerte ascendencia sobre muchos accionistas y directivos de la empresa, su conducta cambió. Ya no necesitaba ser el marido de la hija del director. Creo que ahí apareció el verdadero Demetrio.
En un principio lo tomé como esas cosas que cada tanto pasan, hasta que se volvió rutina. No necesité seguirlo ni hacerlo investigar para darme cuenta de que tenía, no una amante, sino otra vida.
Yo quedé asombrada de mí misma. Debí sentirme pésimo, dolorida, angustiada. No, nada de eso. Entre el seductor y la hija del director, se debió haber cultivado algo que afianzara la relación. Pero nada quedó de aquel deseo por un hombre atractivo, seductor, y el morbo de cogerse a la hija del jefe. Él no hizo nada por llegar a más, y creo que yo tampoco.
Cuando me enteré de quién era la amante, lloré con todo el desconsuelo. Ignacio siempre estuvo en mi corazón; quedé destrozada. Con toda la sutileza intenté hacerle saber a Ignacio sobre la infidelidad de Natalia. Me dio a entender que sabía de los amoríos de su mujer. Pero su prioridad, lo más importante, era la estabilidad emocional y familiar de Noemí.
Ignacio
Las tres agencias que tenía en el interior del país las visitaba cada dos meses o cuando las circunstancias lo determinaban. Todas estaban en capitales de provincias, a las que llegaba en vuelos regulares, salvo una, a la que llegaba en vuelo regular, pero, por cuestiones de horarios e itinerarios de vuelos, para regresar, tenía que esperar hasta las doce horas del día siguiente. Luego, algunas horas de viaje y estaba en casa. Los demás días que viajaba para visitar las otras agencias, iba y volvía en el día.
En resumidas cuentas: a las agencias las visitaba cada seis meses. Personas de mi entorno inmediato en la agencia viajaban, por cuestiones operativas, con mayor asiduidad.
Todo lo demás se hacía por la web.
El negocio se había expandido, no así mi horario laboral. Había delegado la responsabilidad en otras personas. Así pude ocuparme del cuidado de Noemí, por el largo tiempo que su madre le daba a la empresa o, por lo menos, es lo que me decía.
Cuando nos casamos, nos fuimos a vivir a la vieja casona que compraron mis padres, en un viejo barrio de calles empedradas, arboladas con álamos carolinos, encinos y jacarandas. La casona contaba con amplios dormitorios y dependencias, jardines, huerta, amplio comedor y, mi debilidad: un fresco sótano con bodega, fiambrera para que se curen y estacionen embutidos, jamones, bondiolas y quesos. Tres toneles con vino Cabernet, Malbec, Merlot, y una estantería de los mejores vinos envasados.
Separado de la bodega, por una hermética puerta, un recinto como parte del sótano que, para mantenerse aireado e iluminado, contaba con ventiluces de altura que daban a la parte baja de los muros exteriores de la vivienda donde comienza una pequeña vereda que circunda la edificación y la separa de los jardines.
Con mesas, sillas, banquetas y otros enseres, era el lugar donde, en más de una ocasión, he invitado a degustar fiambres y vinos, antes de cenar o almorzar, a los amigos y también algún cliente a quien he querido agasajar, por cuestiones comerciales y de negocios.
Había firmado un acuerdo con un importante empresario para prestar nuestros servicios de asesoramiento comercial, financiero, auditorías y gestión administrativa.
Para celebrar el acuerdo, lo invité a cenar a mi casa. Llamé al chef que siempre contrato para estas ocasiones; viene con todos los ingredientes, elementos e implementos para preparar una buena cena gourmet. Hace algunos meses, me llegó, como todos los años, una caja de seis botellas de una bodega muy exclusiva. Un vino que se produce en forma limitada y por encargo. Este vino lo tengo para acontecimientos muy especiales, como sería este caso. Para el consumo habitual preferimos trasegar vino de los toneles y, Natalia, cada tanto, prefiere como maridaje para determinadas comidas algún vino Chablis o Chardonnay.
Mientras el chef contratado terminaba de preparar y dar el toque final a la cena, invité al empresario y a su esposa, y juntos con Natalia bajamos para hacerle conocer y probar nuestros fiambres, quesos y vinos. Le di a elegir los fiambres y quesos con los que completamos una tabla. Quiso beber Malbec del tonel; trasegamos y nos sentamos a disfrutar, en el recinto del sótano, de una exquisita entrada de fiambres y quesos con vino Malbec, a la espera de que nos llamaran para cenar.
Cuando el chef nos convocó, presentó una mesa con exquisita decoración y buen gusto. Pedí permiso y bajé a la bodega a buscar una botella de ese vino tan exclusivo. Al abrir la caja, la coloqué sobre una tarima y, al igual que otras veces, la caja estaba abierta y le faltaban dos botellas.
Sé que Natalia y sus amigas no son afectas a estos vinos. Otra vez la sombra de ese canalla invadiendo mi tranquilidad.
¡Ay, Natalia! Mucha vida de hogar de constricción, pero cuando tenés un resquicio te enfiestas con esa larva.
…
Noemí cumplía diecisiete años, una edad muy especial para una niña. Ella no quería una fiesta de tipo familiar para su cumpleaños; prefería reunirse con amigos en una disco.
—No quiero viejos con cara de amargados en mi fiesta.
—Yo, tu madre, Tamara y algunos más que conocés no somos así.
—Sí, pero somos chicas entre diecisiete y diecinueve años y no queremos que esos viejos nos estén mirando el culo.
—¿Vos creés que los pibes de tu edad no van a hacer lo mismo?
—Sí, es lo que esperamos que hagan —dijo entre risas
—Vamos a hacer una cosa: alquilamos un local, servicio de lunch, torta, brindis y bebidas toda la noche. Las invitaciones las entregás vos.
—¡Siii! Papi, ¡te quiero!
La fiesta se realizó en un salón para eventos donde la concurrencia, esencialmente adolescente, contaba con la sutil, pero atenta, supervisión de los que somos familiares, amigos directos y algunos padres de los amigos y compañeros de escuela de Noemí. La idea era que, cuando detectábamos algún joven sacado, avisábamos a sus amigos y compañeros para que éstos pudieran serenar al que pudiera estar pasando líneas no aceptables. Nada sucedió que pueda ser destacado.
Pero sí hubo un evento indeseable...
Fue cuando Demetrio llegó borracho, intentando saludar a su ahijada. Noemí corrió a saludarlo, besarlo y, de paso, pedirle que se serene. Vestido totalmente desalineado, caminaba con dificultad; estaba dando un espectáculo deplorable. Tamara, que no había parado de sacarle fotos, se acercó y le dijo:
—Si no te vas ya, el lunes muestro estas fotos en la reunión de directorio, y se te acaba el poco apoyo que te queda. Te voy a poner de patitas en la calle, hijo de mil puta.
Gerardo y Matías, padres de compañeros de Noemí, que nos conocemos desde que nuestros niños eran pequeños, trataban de contenerme. Les agradecí el gesto y les dije:
—No se preocupen, no voy a arruinar la fiesta de mi hija por este hijo de puta.
Me quedé pensando: este reventado, por el mero hecho de cogerse a mi mujer, se cree con derecho a venir a joderle la fiesta a mi hija y a provocarme.
Después de un rato, Noemí me preguntó por su madre. No supe qué responder. Tamara se arrimó para decirme que Carmen, amiga de Natalia y madrina de Noemí, la llevó a la guardia de una clínica para que le administraran un sedante. Estaba con un fuerte ataque de nervios. Pensé: seguro que se sintió responsable por lo que ocurrió.
...
Al año siguiente, Noemí ingresó a la universidad. Estaba de novia con un chico de su misma facultad, que estaba cursando el último tramo de su carrera en biología. Promediando el año lectivo, todo transcurría con absoluta normalidad. La muchacha estaba muy entusiasmada con sus estudios. Su novio era unos pocos años mayor que ella. Después de clase y de estudiar, salían a reunirse con amigos y, los fines de semana, a divertirse, como corresponde a jóvenes de esa edad.
Noemí sufrió una descompensación mientras estaba en clase. Ignacio, al ser notificado, acudió de inmediato a la universidad. La habían trasladado al Hospital de Clínicas, dependiente de la facultad de medicina.
Le comunicaron que se encontraba estable, pero habría que realizarle algunos estudios para determinar, con mayor precisión la dolencia sufrida.
Durante esa mañana le hicieron extracción de sangre para laboratorio, ecografía y otros estudios que permitieran dar un diagnóstico adecuado.
Le pidieron a Ignacio una muestra de sangre.
—No creemos que sea necesario, pero si tenemos que consultar algún tema genético, no lo tendríamos que estar citando y, en caso de ser necesario, nos ayudaría a ganar tiempo.
Ignacio preguntó si iban a necesitar una muestra de su madre:
—Ella está con un grupo de colaboradores en una empresa en el sur del GBA y recién regresa esta noche.
El laboratorista le dijo que, si realmente fuera necesario, la citarían:
—Solo que, al encontrarse usted aquí, le sacamos una muestra, y si mañana, cuando termine el período de observación, viene su esposa para acompañar a Noemí, para cuando le den el alta, le pedimos una muestra a ella también. Los estudios estarán listos dentro de dos días y, en ese momento, sabremos si son necesarios estos análisis.
No hizo falta esperar hasta el otro día. Esa misma tarde le dieron el alta a Noemí y le indicaron que regresara dentro de dos días.
Las alarmas fueron un tanto exageradas. Era solo un embarazo. La chica, por pudor, no había dado toda la información, y eso produjo cierta imprecisión en el diagnóstico.
Natalia, que acompañó a su hija, sintió un gran alivio al escuchar la noticia y le preguntó a Noemí, sin tener en cuenta lo difícil que es, para un padre, hablar de esas cosas con su hija:
—¿Cómo no tomaste las debidas precauciones?
Pasaron algunos días. Un amigo que estudia biología y está haciendo las prácticas en los laboratorios llamó a Noemí para informarle de una cuestión extraña:
—Tu ADN no coincide con el de tu padre.
Continuará