David Lovia
Miembro muy activo
- Desde
- 27 Jul 2023
- Mensajes
- 176
- Reputación
- 1,908
Capítulo 9
El miércoles por la tarde me pegué una paliza tremenda para dejar el piso reluciente y recogido; quería que Mónica estuviera a gusto y lo viera todo limpito. Después por la noche me costó dormir, tenía la sensación de que quedar con ella, sin decir nada, era casi como cometer una infidelidad. Íbamos a vernos a escondidas de nuestras respectivas parejas para hablar de un hijo en común del que acababa de conocer su existencia.
Antes me aseguré de que Sofía no se presentaría por sorpresa en mi casa. Era muy raro que lo hiciera entresemana, pero cualquier precaución era poca. Al salir del trabajo la llamé y le dije que iba a estar en el gimnasio y ella me contestó que se encontraba en el curro, que todavía le quedaba un ratito y que después solo tenía ganas de cenar algo rápido y meterse en la cama.
Con el horizonte despejado llegué a casa, me pegué una ducha y esperé a que llegase Mónica. A las ocho en punto sonó el timbre. Apareció con una bolsa de deporte y ropa cómoda para hacer yoga: mallas negras ajustadas, una camiseta blanca, suelta, y sudadera de capucha blanca con la cremallera desabrochada.
Pasó con un tímido «hola», no hubo nada de contacto entre nosotros, ni apretón de manos ni dos besos, y rápido ocupó una silla en la pequeña mesita del salón.
―¿Aquí mismo? ―me preguntó sacando un portátil de su bolsa―. Le he dicho a Fernando que tenía clase de yoga, a veces doy alguna particular y me desplazo a los domicilios, suelo llevar el ordenador por el tema de la música y tal, así no sospechará nada raro; pero, eso sí, solo dispongo de una hora…
―De acuerdo ―dije sentándome en la silla que estaba a su izquierda―, para empezar es más que suficiente…
Se notaba que Mónica no estaba cómoda, temblaba ligeramente y se había ruborizado sin que yo hubiera hecho el más mínimo comentario. Unas gotitas de sudor perlaban su frente y buscó las carpetas de fotos que había preparado.
―¿Estás bien?
―Sí, no te preocupes, a veces me dan estos calores, pero es normal… ―Se quitó la sudadera y la colgó en el respaldo de la silla.
―¿Quieres algo de beber?
―Agua, por favor…
Y en lo que encontraba la carpeta de fotos, me acerqué a la cocina y le dejé un vasito en la mesa.
―Bueno, pues empezamos… ―anunció cuando en la pantalla salía la imagen de Iker de recién nacido―. Esta es la primera foto que le hicimos, nació el 20 de febrero y pesó…
Durante una hora intenté olvidarme de que la mujer con la que estaba en mi piso, a solas, era con la que había mantenido una relación secreta cuando me tuvieron como inquilino. Solo ella y yo sabíamos lo que había sido convivir en su chalet durante esos meses y todas las locuras que hicimos.
Me concentré en lo que me iba contando mientras veía fotos del chico en el parque, en la guardería, sus primeros viajes… Y sí, me despertó un sentimiento muy bonito, que todavía no era un amor incondicional de padre, lógico, era muy pronto, pero a la vez también estaba muy nervioso, como ella. Ni yo mismo sabía si el motivo de haber querido quedar con Mónica era porque estaba interesado en ese chiquillo o porque quería pasar tiempo con ella a solas.
O las dos cosas.
El caso es que en el ambiente flotaba esa sensación extraña de intentar comportarnos como adultos civilizados, cuando años atrás habíamos sido unos putos salvajes. Y en el fondo eso estaba latente, porque podíamos aparentar una cosa, pero los dos conocíamos hasta dónde éramos capaces de llegar cuando se desataban nuestras más bajas pasiones.
Y eso era muy difícil pasarlo por alto. Casi imposible.
Además, nuestra relación terminó de manera muy abrupta, no fue algo que se fuera desgastando con el tiempo, no, cuando dejamos de vernos, ni tan siquiera habíamos llegado a nuestro punto más álgido. Cada semana que pasaba era más sucia, lasciva y lujuriosa que la anterior, y aquello estaba derivando en una espiral de sexo que iba ganando en atrevimiento, sin que se llegara a vislumbrar dónde se encontraba nuestro límite. Y yo estaba convencido de que Mónica jamás había disfrutado de un sexo igual.
Ni tan siquiera parecido.
Quizás a mí me pasaba lo mismo, lo de Elvira fue muy salvaje, morboso, pero no tenía esos nervios de lo prohibido, de lo tabú, de que nos pudieran pillar. Elvira y yo follábamos y a ella se le ocurrían toda clase de obscenidades, que rozaban el BDSM a veces, o incluso lo superaban; pero no era igual. Y después estuve con otras chicas hasta que conocí a Sofía, y lo mismo. Nunca disfruté de ese sexo que hace que mientras lo prácticas te coman los nervios por dentro, ese sexo con el que te dan ganas de devorar al otro a bocados, como un manjar delicioso que no quieres que se acabe, que hace que a la vez que se la metes necesites morder su hombro, apretarle las tetas, y cuando por fin te corres, todavía te sabe a poco. Necesitas más. Y te abrazas con ella, sudando, temblando, cachondos, y después se agacha y te come la polla mirándote a los ojos y luego se te pone a cuatro patas y te suplica que te la folles por detrás, que penetres ese culo que precisamente has estrenado tú y eres el único que lo ha probado.
Eso era el sexo con Mónica.
Y los dos nos quedamos con ganas de más. De mucho más.
Lo de Sofía era distinto. Quizás ha sido la única mujer de la que me he enamorado, y seguía estándolo. Nos entendíamos de maravilla en la cama. Cuando la conocí, era virgen y yo la fui moldeando a mi gusto y, además, ella no me decía que no a nada. Teníamos un gran sexo, con amor, lo que era un plus que yo nunca había sentido. Y la verdad es que eso me gustaba, era como alcanzar la plenitud.
Con Mónica nunca sentí amor, no había sentimientos hacia ella. Solo me la quería follar.
Y allí la tenía en mi salón, con la voz temblorosa, hablándome de nuestro hijo. Y yo me comporté de manera correcta, ella me lo había avisado, a la más mínima cogería el ordenador y no volvería a saber nada más del chico.
Pero su presencia me desconcertaba, seguía oliendo igual, usaba la misma fragancia, y el estar tan cerca y no poder tocarla me ponía muy nervioso. Tampoco sabía si quería hacerlo, no quería hacerle eso a Sofía otra vez, ya había metido la pata suficiente con lo de Laura como para ahora comenzar una relación con Mónica. Cuando llegó la hora exacta, cerró la tapa del ordenador y me dijo que se tenía que ir.
No nos había dado tiempo a ver todas las fotos que ella tenía preparadas, de hecho creo que nos quedamos en el cuarto cumpleaños de mi hijo, así que todavía faltaba bastante material por ver.
―Volveré a llamarte. ―Y se puso la sudadera que tenía en la silla y después se pasó su larga melena por un hombro―. Lo único que…
Se quedó callada unos segundos y le dio un trago al vaso de agua, mojando sus carnosos labios.
―¿Pasa algo?, te he molestado en…
―No, no es eso, es que, bueno, la siguiente vez preferiría quedar en otro sitio.
―¿Es que no has estado cómoda?
―No mucho, la verdad, estar aquí en tu casa, no sé…, me gustaría que nos viéramos en otro lugar más neutral…
―Como prefieras, además, tampoco íbamos a poder quedar ya aquí, espero mudarme cuanto antes, en uno o dos meses, y después me voy a vivir al lado de Sergio y Laura; así que casi mejor no vernos allí, claro. ¿Y ya has decidido dónde quedaríamos?
―No, lo tengo que pensar…
―¿Cuándo va a ser la próxima cita?
―Ahora es mala época, entre vacaciones y demás.
―Nosotros a finales de julio nos vamos a Ibiza.
―Vale, pues a la vuelta nos vemos, por ejemplo en la primera semana de agosto…, te llamo y te digo sitio y hora, pero más o menos sería como hoy…
―A ver si puedo, porque yo en verano ya no tengo horario de tarde y tendría que inventarme alguna excusa.
―Si quieres, lo dejamos para después del verano. No corre prisa.
―No, no hay problema, ya se me ocurrirá algo.
―Vale, pues entonces, hasta agosto, buscaré un sitio para quedar y te digo…
―Bien.
Metió el ordenador en una funda y después en la bolsa de deporte. El encuentro había sido breve, frío y no me gustó nada que terminara de esa manera. Ni tan siquiera se despidió de mí con dos besos y la acompañé hasta la puerta de manera educada.
―Muchas gracias por todo, me ha encantado ver las fotos del niño…
―De nada… ―contestó en un tono seco, evidenciando que aquello estaba siendo un mal trago para ella―. La primera semana de agosto me pondré en contacto contigo.
―De acuerdo.
Lo primero que hice en cuanto salió fue abrir las ventanas y ventilar el salón. No es que Mónica viniera muy perfumada, pero sí tenía una fragancia muy particular y no quería que quedara ni rastro de ella en mi casa. Sofía tenía un sexto sentido para esas cosas y era capaz de detectar olores imperceptibles para el resto, aunque viniera dentro de tres o cuatro días.
Al quedarme solo me embargó una emoción muy intensa, acababa de ver las fotos de mi hijo, pero sobre todo era por haber tenido a Mónica junto a mí. No era un sentimiento de amor o cariño, era algo más sexual. Entonces rebusqué en los cajones uno de mis discos duros y llevé el portátil al salón. De repente me apeteció recordar aquel año en el que estuve viviendo con Mónica y Fernando en su chalet.
Tenía varias carpetas de fotos; de la universidad, de las fiestas que hacíamos, en el jardín con Mónica haciendo yoga, de cuando ella nos acompañaba en las cenas en la bodega… y fui abriendo todas las carpetas para repasarlas una a una.
¡Cómo pasaba el tiempo!
La que más distinta estaba era Elvira, había ganado unos cuantos kilos, físicamente más trabajada, llevaba el pelo de otra manera y el cambio en la forma de vestir era más que evidente. Laura seguía más o menos igual, lo que más se le notaba era que se había dejado crecer el pelo para la boda y que ya no tenía tanta cara de niña. Y Mónica quizás sí que había envejecido en el rostro, pero esas arrugas de expresión en los ojos le hacían más apetecible, y me encantaba su pelo más largo y oscuro. Se había dejado crecer una melena muy atractiva.
Y entonces llegué a las fotos de la cena, la noche en que me la follé por primera vez. El vestido de Mónica era espectacular, negro con brillantina, de manga larga y falda muy corta. Cortísima. Casi se le asomaban los glúteos por debajo al final de la tela y se me vino a la cabeza el momento cuando volvimos al chalet.
¡Mónica y yo nos quedamos solos y de regreso entramos en el pub de al lado de su casa!
Llegamos de la mano hasta la barra, como si fuéramos pareja, y luego me la puso bien dura frotándose contra mí mientras bailábamos. La muy puta buscaba mi polla con cada movimiento que hacía y luego se hizo la ofendida porque bajé la mano y le sobé el culazo. Yo ya estaba que me subía por las paredes y la veía tan cachonda que le pedí bañarnos juntos al llegar a casa…
Seguro que se empapó enterita mientras le propuse meternos de madrugada y con unas copas de más, en su piscina climatizada. De primeras se negó, pero no me costó mucho convencerla para que accediera a hacerlo. Lo estaba deseando.
Y ya dentro del agua sucedió lo inevitable, casi no opuso resistencia alguna, se dejó quitar la parte de abajo del biquini y se abrió de piernas para recibir la polla dura de un universitario de diecinueve años.
Comencé a pajearme recordando el preciso momento en que rompí su «barrera» y la penetré hasta los huevos. Ese primer polvo en la piscina fue delicioso y exquisito. Y no paré de embestirla hasta que me corrí dentro, ¡y fue ella la que me pidió que lo hiciera!
Al igual que con Laura, le metí un dedo por el ojete a la vez que me la follaba y después de correrme nos dimos un beso sensual, con las respiraciones aceleradas y pasándonos la lengua por los labios mientras mi dedo seguía jugando dentro de su culo.
Aquel primer encuentro fue muy placentero, pero cuando más disfruté de Mónica fue la segunda vez que follamos, justo antes de las vacaciones de Semana Santa. La puse contra la encimera de la cocina y le comí el culo con ansia. Meter la cara entre sus dos glúteos fue la hostia y me dejó que lamiera su ano. Ese día sí pude ver lo cachonda que estaba y, además, le solté unos cuantos azotes mientras me la follaba.
Fue un polvo rápido y sucio en la cocina, embistiéndola desde atrás, hasta que me corrí dentro de ella. Y al terminar le restregué la polla entre los labios vaginales y me fijé en cómo escurría mi semen de su coño. Mónica, jadeando, se metió la mano entre las piernas y buscó mi palpitante miembro para que se la volviera a meter.
¡Incluso me lo suplicó!
Aquel día entendí que Mónica ya era mía y que en el último trimestre del curso iba a hacer con ella lo que me diera la gana. Y así fue.
Todavía tenía una carpeta especial con fotos en las que solo salía Mónica. La abrí y fueron pasando de una en una. Aceleré el ritmo de mi paja y justo cuando llegó la del vestido negro con la falda tan corta y esas botas por encima de las rodillas, me corrí encima gimoteando su nombre.
Era toda una mujerona y me ponía demasiado esa MILF. Y ahora con cincuenta y tres años todavía estaba más apetecible. Mónica era el puto morbo personificado en mujer. No había querido forzar demasiado para ser nuestro primer encuentro, pero yo notaba lo nerviosa que estaba ella, cómo temblaba… Ni tan siquiera se atrevía a mirarme a los ojos.
El corazón me palpitaba tan fuerte después de correrme que era absurdo engañarme. Me repetía a mí mismo que quería serle fiel a Sofía, que el verme a escondidas con Mónica no era una traición, que solo lo hacía por nuestro hijo, pero nada más lejos de la realidad.
Ya no podía negarlo. Estaba deseando follarme otra vez a Mónica y, además…, iba a hacer todo lo posible por conseguirlo.
El miércoles por la tarde me pegué una paliza tremenda para dejar el piso reluciente y recogido; quería que Mónica estuviera a gusto y lo viera todo limpito. Después por la noche me costó dormir, tenía la sensación de que quedar con ella, sin decir nada, era casi como cometer una infidelidad. Íbamos a vernos a escondidas de nuestras respectivas parejas para hablar de un hijo en común del que acababa de conocer su existencia.
Antes me aseguré de que Sofía no se presentaría por sorpresa en mi casa. Era muy raro que lo hiciera entresemana, pero cualquier precaución era poca. Al salir del trabajo la llamé y le dije que iba a estar en el gimnasio y ella me contestó que se encontraba en el curro, que todavía le quedaba un ratito y que después solo tenía ganas de cenar algo rápido y meterse en la cama.
Con el horizonte despejado llegué a casa, me pegué una ducha y esperé a que llegase Mónica. A las ocho en punto sonó el timbre. Apareció con una bolsa de deporte y ropa cómoda para hacer yoga: mallas negras ajustadas, una camiseta blanca, suelta, y sudadera de capucha blanca con la cremallera desabrochada.
Pasó con un tímido «hola», no hubo nada de contacto entre nosotros, ni apretón de manos ni dos besos, y rápido ocupó una silla en la pequeña mesita del salón.
―¿Aquí mismo? ―me preguntó sacando un portátil de su bolsa―. Le he dicho a Fernando que tenía clase de yoga, a veces doy alguna particular y me desplazo a los domicilios, suelo llevar el ordenador por el tema de la música y tal, así no sospechará nada raro; pero, eso sí, solo dispongo de una hora…
―De acuerdo ―dije sentándome en la silla que estaba a su izquierda―, para empezar es más que suficiente…
Se notaba que Mónica no estaba cómoda, temblaba ligeramente y se había ruborizado sin que yo hubiera hecho el más mínimo comentario. Unas gotitas de sudor perlaban su frente y buscó las carpetas de fotos que había preparado.
―¿Estás bien?
―Sí, no te preocupes, a veces me dan estos calores, pero es normal… ―Se quitó la sudadera y la colgó en el respaldo de la silla.
―¿Quieres algo de beber?
―Agua, por favor…
Y en lo que encontraba la carpeta de fotos, me acerqué a la cocina y le dejé un vasito en la mesa.
―Bueno, pues empezamos… ―anunció cuando en la pantalla salía la imagen de Iker de recién nacido―. Esta es la primera foto que le hicimos, nació el 20 de febrero y pesó…
Durante una hora intenté olvidarme de que la mujer con la que estaba en mi piso, a solas, era con la que había mantenido una relación secreta cuando me tuvieron como inquilino. Solo ella y yo sabíamos lo que había sido convivir en su chalet durante esos meses y todas las locuras que hicimos.
Me concentré en lo que me iba contando mientras veía fotos del chico en el parque, en la guardería, sus primeros viajes… Y sí, me despertó un sentimiento muy bonito, que todavía no era un amor incondicional de padre, lógico, era muy pronto, pero a la vez también estaba muy nervioso, como ella. Ni yo mismo sabía si el motivo de haber querido quedar con Mónica era porque estaba interesado en ese chiquillo o porque quería pasar tiempo con ella a solas.
O las dos cosas.
El caso es que en el ambiente flotaba esa sensación extraña de intentar comportarnos como adultos civilizados, cuando años atrás habíamos sido unos putos salvajes. Y en el fondo eso estaba latente, porque podíamos aparentar una cosa, pero los dos conocíamos hasta dónde éramos capaces de llegar cuando se desataban nuestras más bajas pasiones.
Y eso era muy difícil pasarlo por alto. Casi imposible.
Además, nuestra relación terminó de manera muy abrupta, no fue algo que se fuera desgastando con el tiempo, no, cuando dejamos de vernos, ni tan siquiera habíamos llegado a nuestro punto más álgido. Cada semana que pasaba era más sucia, lasciva y lujuriosa que la anterior, y aquello estaba derivando en una espiral de sexo que iba ganando en atrevimiento, sin que se llegara a vislumbrar dónde se encontraba nuestro límite. Y yo estaba convencido de que Mónica jamás había disfrutado de un sexo igual.
Ni tan siquiera parecido.
Quizás a mí me pasaba lo mismo, lo de Elvira fue muy salvaje, morboso, pero no tenía esos nervios de lo prohibido, de lo tabú, de que nos pudieran pillar. Elvira y yo follábamos y a ella se le ocurrían toda clase de obscenidades, que rozaban el BDSM a veces, o incluso lo superaban; pero no era igual. Y después estuve con otras chicas hasta que conocí a Sofía, y lo mismo. Nunca disfruté de ese sexo que hace que mientras lo prácticas te coman los nervios por dentro, ese sexo con el que te dan ganas de devorar al otro a bocados, como un manjar delicioso que no quieres que se acabe, que hace que a la vez que se la metes necesites morder su hombro, apretarle las tetas, y cuando por fin te corres, todavía te sabe a poco. Necesitas más. Y te abrazas con ella, sudando, temblando, cachondos, y después se agacha y te come la polla mirándote a los ojos y luego se te pone a cuatro patas y te suplica que te la folles por detrás, que penetres ese culo que precisamente has estrenado tú y eres el único que lo ha probado.
Eso era el sexo con Mónica.
Y los dos nos quedamos con ganas de más. De mucho más.
Lo de Sofía era distinto. Quizás ha sido la única mujer de la que me he enamorado, y seguía estándolo. Nos entendíamos de maravilla en la cama. Cuando la conocí, era virgen y yo la fui moldeando a mi gusto y, además, ella no me decía que no a nada. Teníamos un gran sexo, con amor, lo que era un plus que yo nunca había sentido. Y la verdad es que eso me gustaba, era como alcanzar la plenitud.
Con Mónica nunca sentí amor, no había sentimientos hacia ella. Solo me la quería follar.
Y allí la tenía en mi salón, con la voz temblorosa, hablándome de nuestro hijo. Y yo me comporté de manera correcta, ella me lo había avisado, a la más mínima cogería el ordenador y no volvería a saber nada más del chico.
Pero su presencia me desconcertaba, seguía oliendo igual, usaba la misma fragancia, y el estar tan cerca y no poder tocarla me ponía muy nervioso. Tampoco sabía si quería hacerlo, no quería hacerle eso a Sofía otra vez, ya había metido la pata suficiente con lo de Laura como para ahora comenzar una relación con Mónica. Cuando llegó la hora exacta, cerró la tapa del ordenador y me dijo que se tenía que ir.
No nos había dado tiempo a ver todas las fotos que ella tenía preparadas, de hecho creo que nos quedamos en el cuarto cumpleaños de mi hijo, así que todavía faltaba bastante material por ver.
―Volveré a llamarte. ―Y se puso la sudadera que tenía en la silla y después se pasó su larga melena por un hombro―. Lo único que…
Se quedó callada unos segundos y le dio un trago al vaso de agua, mojando sus carnosos labios.
―¿Pasa algo?, te he molestado en…
―No, no es eso, es que, bueno, la siguiente vez preferiría quedar en otro sitio.
―¿Es que no has estado cómoda?
―No mucho, la verdad, estar aquí en tu casa, no sé…, me gustaría que nos viéramos en otro lugar más neutral…
―Como prefieras, además, tampoco íbamos a poder quedar ya aquí, espero mudarme cuanto antes, en uno o dos meses, y después me voy a vivir al lado de Sergio y Laura; así que casi mejor no vernos allí, claro. ¿Y ya has decidido dónde quedaríamos?
―No, lo tengo que pensar…
―¿Cuándo va a ser la próxima cita?
―Ahora es mala época, entre vacaciones y demás.
―Nosotros a finales de julio nos vamos a Ibiza.
―Vale, pues a la vuelta nos vemos, por ejemplo en la primera semana de agosto…, te llamo y te digo sitio y hora, pero más o menos sería como hoy…
―A ver si puedo, porque yo en verano ya no tengo horario de tarde y tendría que inventarme alguna excusa.
―Si quieres, lo dejamos para después del verano. No corre prisa.
―No, no hay problema, ya se me ocurrirá algo.
―Vale, pues entonces, hasta agosto, buscaré un sitio para quedar y te digo…
―Bien.
Metió el ordenador en una funda y después en la bolsa de deporte. El encuentro había sido breve, frío y no me gustó nada que terminara de esa manera. Ni tan siquiera se despidió de mí con dos besos y la acompañé hasta la puerta de manera educada.
―Muchas gracias por todo, me ha encantado ver las fotos del niño…
―De nada… ―contestó en un tono seco, evidenciando que aquello estaba siendo un mal trago para ella―. La primera semana de agosto me pondré en contacto contigo.
―De acuerdo.
Lo primero que hice en cuanto salió fue abrir las ventanas y ventilar el salón. No es que Mónica viniera muy perfumada, pero sí tenía una fragancia muy particular y no quería que quedara ni rastro de ella en mi casa. Sofía tenía un sexto sentido para esas cosas y era capaz de detectar olores imperceptibles para el resto, aunque viniera dentro de tres o cuatro días.
Al quedarme solo me embargó una emoción muy intensa, acababa de ver las fotos de mi hijo, pero sobre todo era por haber tenido a Mónica junto a mí. No era un sentimiento de amor o cariño, era algo más sexual. Entonces rebusqué en los cajones uno de mis discos duros y llevé el portátil al salón. De repente me apeteció recordar aquel año en el que estuve viviendo con Mónica y Fernando en su chalet.
Tenía varias carpetas de fotos; de la universidad, de las fiestas que hacíamos, en el jardín con Mónica haciendo yoga, de cuando ella nos acompañaba en las cenas en la bodega… y fui abriendo todas las carpetas para repasarlas una a una.
¡Cómo pasaba el tiempo!
La que más distinta estaba era Elvira, había ganado unos cuantos kilos, físicamente más trabajada, llevaba el pelo de otra manera y el cambio en la forma de vestir era más que evidente. Laura seguía más o menos igual, lo que más se le notaba era que se había dejado crecer el pelo para la boda y que ya no tenía tanta cara de niña. Y Mónica quizás sí que había envejecido en el rostro, pero esas arrugas de expresión en los ojos le hacían más apetecible, y me encantaba su pelo más largo y oscuro. Se había dejado crecer una melena muy atractiva.
Y entonces llegué a las fotos de la cena, la noche en que me la follé por primera vez. El vestido de Mónica era espectacular, negro con brillantina, de manga larga y falda muy corta. Cortísima. Casi se le asomaban los glúteos por debajo al final de la tela y se me vino a la cabeza el momento cuando volvimos al chalet.
¡Mónica y yo nos quedamos solos y de regreso entramos en el pub de al lado de su casa!
Llegamos de la mano hasta la barra, como si fuéramos pareja, y luego me la puso bien dura frotándose contra mí mientras bailábamos. La muy puta buscaba mi polla con cada movimiento que hacía y luego se hizo la ofendida porque bajé la mano y le sobé el culazo. Yo ya estaba que me subía por las paredes y la veía tan cachonda que le pedí bañarnos juntos al llegar a casa…
Seguro que se empapó enterita mientras le propuse meternos de madrugada y con unas copas de más, en su piscina climatizada. De primeras se negó, pero no me costó mucho convencerla para que accediera a hacerlo. Lo estaba deseando.
Y ya dentro del agua sucedió lo inevitable, casi no opuso resistencia alguna, se dejó quitar la parte de abajo del biquini y se abrió de piernas para recibir la polla dura de un universitario de diecinueve años.
Comencé a pajearme recordando el preciso momento en que rompí su «barrera» y la penetré hasta los huevos. Ese primer polvo en la piscina fue delicioso y exquisito. Y no paré de embestirla hasta que me corrí dentro, ¡y fue ella la que me pidió que lo hiciera!
Al igual que con Laura, le metí un dedo por el ojete a la vez que me la follaba y después de correrme nos dimos un beso sensual, con las respiraciones aceleradas y pasándonos la lengua por los labios mientras mi dedo seguía jugando dentro de su culo.
Aquel primer encuentro fue muy placentero, pero cuando más disfruté de Mónica fue la segunda vez que follamos, justo antes de las vacaciones de Semana Santa. La puse contra la encimera de la cocina y le comí el culo con ansia. Meter la cara entre sus dos glúteos fue la hostia y me dejó que lamiera su ano. Ese día sí pude ver lo cachonda que estaba y, además, le solté unos cuantos azotes mientras me la follaba.
Fue un polvo rápido y sucio en la cocina, embistiéndola desde atrás, hasta que me corrí dentro de ella. Y al terminar le restregué la polla entre los labios vaginales y me fijé en cómo escurría mi semen de su coño. Mónica, jadeando, se metió la mano entre las piernas y buscó mi palpitante miembro para que se la volviera a meter.
¡Incluso me lo suplicó!
Aquel día entendí que Mónica ya era mía y que en el último trimestre del curso iba a hacer con ella lo que me diera la gana. Y así fue.
Todavía tenía una carpeta especial con fotos en las que solo salía Mónica. La abrí y fueron pasando de una en una. Aceleré el ritmo de mi paja y justo cuando llegó la del vestido negro con la falda tan corta y esas botas por encima de las rodillas, me corrí encima gimoteando su nombre.
Era toda una mujerona y me ponía demasiado esa MILF. Y ahora con cincuenta y tres años todavía estaba más apetecible. Mónica era el puto morbo personificado en mujer. No había querido forzar demasiado para ser nuestro primer encuentro, pero yo notaba lo nerviosa que estaba ella, cómo temblaba… Ni tan siquiera se atrevía a mirarme a los ojos.
El corazón me palpitaba tan fuerte después de correrme que era absurdo engañarme. Me repetía a mí mismo que quería serle fiel a Sofía, que el verme a escondidas con Mónica no era una traición, que solo lo hacía por nuestro hijo, pero nada más lejos de la realidad.
Ya no podía negarlo. Estaba deseando follarme otra vez a Mónica y, además…, iba a hacer todo lo posible por conseguirlo.