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La carne es débil y si es "trémula" más aún.PARTE 3
Capítulo 13
Mayo, 2012
Escuché voces en la cocina y ya no me pude dormir. No eran ni las nueve y Fernando y Mónica estaban desayunando. Los fines de semana me levantaba enfadado, rabioso y, sobre todo, muy excitado.
Me molestaba la presencia del marido de Mónica en el chalet, pues eso suponía que no podía estar con ella a solas, encontrármela en la cocina y sobar su culo, como si fuera mi chica, pegarme a sus glúteos y hacer que se me pusiera dura con tan solo entrar en contacto con ella; follármela en cualquier lugar de la casa sin importarnos la hora, solo para satisfacer nuestros instintos más primarios, que afloraban de manera constante.
Cuando estaba Fernando por casa, tenía que controlarme, a veces pasaba al lado de su mujer y me apetecía dejar la mano suelta para acariciar su culo con disimulo, pero tenía ese miedo constante de cometer un mínimo error y que él pudiera pillarnos. De momento, estaba claro que no sospechaba nada y me trataba con el mismo cariño de siempre, pero solo podía pensar en meter la polla dentro de su mujer; por ello, esos fines de semana, en los que estaba presente, me molestaba verlo por allí, pero a la vez me ponía muy cachondo, porque sabía que a la más mínima que nos dejara solos o se descuidara, como cuando se echaba la siesta en el salón, yo iba a aprovechar para follarme a Mónica.
Aquella mañana de sábado me levanté especialmente cachondo, me los encontré en el jardín desayunando, les saludé con un «buenos días» y no quise interrumpir su momento íntimo. Salí a correr una hora, pero ni aun así calmé la tensión que me invadió al despertarme. Subí al baño de arriba, me pegué una ducha y después desayuné tranquilamente yo solo en el jardín.
Al entrar en la cocina, Mónica estaba fregando y escuché a Fernando trasteando en el garaje. Me situé detrás de ella y dejé la taza en el fregadero, momento que aproveché para pegar mi polla a su culo.
―Hoy me he levantado con muchas ganas de follarte ―le susurré al oído.
―Para, Adrián, Fernando está por…
―Ya sé que está en el garaje, tranquila…, venga, vamos arriba y deja que te la meta… ―insistí frotándome de arriba abajo, incrustándome entre sus glúteos.
Apoyó las manos en el fregadero y cerró los ojos, se le escapó un pequeño gemido y tragó saliva. Mónica estaba igual que yo. O incluso más caliente.
―Noooo…, espérate, joder, quizás luego, si se duerme la siesta…
―¿Ah, sí?, ¿y vas a dejar que te folle mientras tu maridito está en el sofá? ―murmuré besuqueando su cuello.
―¡Eres un cabrón!
―Ya no puedes controlarte, ahora eres mía, Mónica, puedo hacer contigo lo que quiera…, y eso me encanta…
―Vale, para ya ―dijo en bajito, en una especie de suspiro, echando la mano hacia atrás para palparme el paquete, para después separarse de mí.
Unos minutos más tarde apareció Fernando en la cocina, yo hice como que ayudaba a Mónica a recoger y traté de disimular mi erección para que no se notara.
―Hoy tengo la mañana atareada, quería arreglar lo de la valla y poner bien el toldo ―nos anunció Fernando, que se había puesto su chándal viejo de hacer chapuzas por casa.
―Vaya, yo que te iba a pedir que si luego podíamos dar una vuelta con el coche y hacer unas prácticas, como acabo de aprobar el carnet…, ya sabes que ahora es muy importante conducir para que no se me olvide lo que he aprendido en la autoescuela…
―Ah, eeeh, eeeh… ―tartamudeó Fernando. La verdad es que era tan buena persona que no tenía ninguna duda de que era capaz de dejar de hacer lo que tenía pensado para acompañarme.
―No te preocupes, bajo yo con él y así aprovechamos para comprar cuatro cosillas en el súper y también para lavar tu coche ―intervino Mónica.
Al pobre Fernando se le iluminó la cara. Le parecía perfecto el plan que le acababa de proponer su mujer, y yo, al escuchar las palabras de Mónica, todavía me puse más cachondo.
―¿En serio no te importa? ―preguntó él.
―Claro que no, que hoy que te veo con ganas de hacer cosas por casa, no te vamos a dar facilidades para que te puedas librar ―bromeó su mujer dándole un piquito en los labios delante de mí.
―Ah, guay ―dije―, pues me preparo y en cuanto quieras nos vamos, yo también quería comprar algo de comida… ―Después salí de la cocina y subí nervioso por las escaleras hasta la habitación.
Esperé a Mónica en el pasillo de la planta alta y un minuto más tarde volví a escuchar a su marido en el garaje preparando las herramientas necesarias. Ella subió despacio, sabiendo que la estaba esperando allí, y se echó el dedo en la boca para que no hiciera ruido.
―Sssssh, vale, Adrián, vístete y nos vamos…
―¿Dónde quieres ir tú…?
―A ningún sitio, a comprar y volvemos rápido.
―¿Seguro? ―pregunté soltando la cuerda de mi chándal, para luego bajarlo lo justo hasta que mi polla salió despedida.
―Vale ya, paraaa… ―me pidió llegando hasta mí mientras se mordía los labios. Le echó una ojeada a la escalera y se puso delante apoyando una mano en mi hombro―. Aquí, no, Adrián, te lo pido por favor…
―Pues vamos a tu dormitorio, todavía no me has dejado follarte en tu cama…, y sabes que tarde o temprano eso va a pasar…
Me agarró la polla sin decirme nada y nos fundimos en un beso con lengua. Mónica tenía la boca llena de saliva, y eso todavía me ponía más cerdo, porque significaba que aquella MILF se encontraba muy cachonda. Más de lo que pensaba.
Y allí estaba la muy cabrona, comiéndome la boca y sacudiéndome la polla mientras su marido, ajeno a lo que pasaba en la planta alta de su chalet, se preparaba para hacer unas chapucillas en el patio.
Jadeaba a la vez que me masturbaba con fuerza, ya era adicta a mi polla y no podía separarse de ella. A pesar de que Fernando estaba en casa, su mujer y yo seguimos comiéndonos la boca por lo menos otro minuto más. Esta vez fue Mónica la que puso un poco de cordura y se separó de mí, pero sin dejar de mirármela.
Bajó la mano y me acarició los huevos, mordiéndose los labios, y volvió a emitir otro gemidito.
―Vale ya, tenemos que irnos, mmmm… ―me pidió.
―¿No prefieres que te folle ahora?, mira cómo me tienes, y seguro que si meto la mano por dentro de esos pantaloncitos de chándal gris, me voy a encontrar algo muy mojado, ¿verdad?… Hoy voy a ser bueno, pero otro día te follaré en esa camita que está ahí, ¿la ves?, sí, efectivamente, esa en la que te acuestas con tu marido… ―afirmé acercándome a su oído―. Y tú me terminarás suplicando que siga, que no me detenga hasta que me corra dentro…, joder, puedo ver tu cara y ya te estás derritiendo solo con pensarlo ―dije acariciando su coño por encima del chándal.
―No, eso no ―me pidió negando con la cabeza―. Eso no, Adrián, quedamos en que íbamos a respetar…
―Yo no voy a respetar nada, no puedo, es que te tengo delante y me dan ganas de follarte con todas mis ganas cada minuto… Te voy a destrozar en tu cama de matrimonio y me voy a correr como un animal dentro de ti, y tú pondrás la mano en mi culo para no dejarme escapar…, ¿quieres que te folle ahora?
―Noooo…
―¿Y por qué sigues aquí conmigo?, ¿y por qué no dejas de mirarme?, ¿has visto lo cachondo que me tienes?, estoy empalmadísimo, mira cómo apunta hacia el techo sin tan siquiera tocármela… Solo tendría que desabrocharte ese nudito de la cintura, darte la vuelta, bajarte un poco el pantalón y metértela; podría hacerlo…, y tú no me lo impedirías…
Avancé un paso y Mónica retrocedió hasta que se topó con el marco de la puerta. Yo seguí hasta que llegué a rozar en su entrepierna con mi erecto pene y ella me agarró la polla al verse acorralada.
―Si quieres, córrete ―suspiró comenzando a pajearme apresuradamente―, no me importa, pero…, por favor, no me…
Tiré del nudo de su chándal y sin ningún esfuerzo conseguí soltárselo. Mónica negaba con la cabeza y gimoteaba con la boca abierta «no, no, no, por favor», pero seguía aferrada a mi polla y me la meneaba de manera muy sensual, con un perfecto giro de muñeca cuando llegaba hasta el capullo.
―¡Córrete, por favor!
Metí las manos por dentro de su pantalón, le sobé el culazo a dos manos por encima de las braguitas blancas y le ordené que se diera la vuelta. Ella me miró suplicante. Su cuerpo había comenzado a temblar y yo le apreté los glúteos con ganas.
―He dicho que te des la vuelta ―Le comí el cuello un par de segundos y luego mordisqueé el lóbulo de su oreja―. Ahora te voy a follar…
Se le escapó un gemido cuando escuchó esas palabras y se giró apoyando las manos en el marco, para después sacar el culo hacia fuera. Ya era mía. No me dio ni tiempo a bajarle los pantalones, pues escuchamos un ruido en la parte de abajo y aquello nos hizo reaccionar. Me guardé la polla a toda velocidad y Mónica se metió en su habitación, cerrando la puerta sin mirar hacia atrás.
Había sido una falsa alarma, porque Fernando no subió a la habitación, pero ya lo dejamos correr, nos cambiamos de ropa y bajamos a comprar y lavar el coche. La estuve esperando unos minutos en la cocina, porque yo me cambié antes que ella y ayudé a su marido a llevar unas herramientas hasta el jardín.
Mónica apareció con un vaquero viejo, sudadera y un moño mal hecho, como si no quisiera ponerse nada atractiva, pero a mí me dio igual, yo seguía con unas ganas increíbles de follármela. Nos subimos en el coche de Fernando y me dejó conducir a mí. Esos, quizás, fueron los únicos momentos en los que no pensé en meter la polla en cualquier agujero del cuerpo de Mónica, me acababa de sacar el carnet y necesitaba estar muy concentrado, pues todavía no tenía automatizado lo de conducir, y en unos minutos llegamos hasta el centro comercial donde estaba el supermercado.
En cuanto paré el coche, acaricié uno de los muslos de Mónica y ella me retiró la mano.
―Ahora no hagas nada, aquí seguro que nos encontramos con algún conocido, así que, Adrián, te lo digo muy en serio…
―No te creas que se me ha olvidado lo de antes, me debes un puto orgasmo y lo quiero antes de comer…, así que tú verás cómo te las apañas…
―Vamos a comprar, cada uno por su lado y luego nos encontramos en la caja, ¿con cuarenta y cinco minutos tienes? ―me preguntó cambiando de tema.
―Con eso me sobra para hacer que te corras dos veces…
En el súper nos dividimos y cada uno hizo su compra, aunque nos cruzamos por el pasillo en repetidas ocasiones, incluso hubo un rato en que me quedé detrás de ella, a una distancia prudencial, sin que se diera cuenta para mirarla descaradamente.
¡Me ponía cachondo solo con ver cómo movía ese culazo al andar!
Como me había indicado Mónica, quedamos en la caja y salimos juntos hasta el coche. Fuera estaba el túnel de autolavado y, antes de meterlo, estuvimos sacudiendo un poco las alfombrillas y limpiando el polvo por dentro. Se me fue la mano un par de veces a su trasero, pero Mónica me regañó y, viendo que me estaba poniendo muy pesado, decidió dar por terminada la mini limpieza de interior.
Después nos situamos en la cola del túnel y teníamos unos siete coches por delante. Yo ya estaba que me subía por las paredes y le advertí a Mónica que me iba a sacar la polla.
―Ni se te ocurra…
―¿Por qué?, no puede vernos nadie.
―No, aquí no, Adrián…
Pero ella sabía cuándo decía las cosas en serio y a mis diecinueve años no podía controlar el calentón que llevaba encima. Estiré el brazo y acaricié su coño por encima de los vaqueros. Mónica miró por la ventanilla y se dejó hacer avergonzada, sin atreverse a girarse hacia mí.
―Antes, cuando te has cambiado de ropa en tu habitación, ¿tenías mojadas las braguitas?, y quiero que me digas la verdad…
―Para, Adrián, aaaaah ―gimoteó intentando apartar mi mano sin mucho entusiasmo.
―¿Y por qué no me detienes tú…?
―Está bien, pero al menos espérate a entrar en el túnel, allí haré que te corras ―dijo palpándome el paquete.
―Desabróchate el pantalón, quiero comprobar lo cachonda que estás.
―Adrián, para, aaaaah, aaaaah, deja de hacerme eso, mmmmm…
―Solo va a ser un poco, desabróchate el vaquero.
Se soltó el pantalón y se quedó expectante a ver qué es lo que iba a hacer. Me encantaba tenerla despatarrada en el coche de su marido mientras me sobaba la polla. Ahora sí me miraba a los ojos, con la boca abierta, su respiración se había agitado y ya había puesto esa carita de zorra que me excitaba tanto.
Conocía tan bien a Mónica que sabía que, en cuanto comenzaba a temblar, era porque ya estaba fuera de control.
Y le metí el dedo por el elástico de las braguitas y rocé su pubis. Ya solo teníamos cuatro coches por delante y muy despacito me deslicé hasta alcanzar su coño. Como me había imaginado, estaba empapado; y con el dedo corazón y la palma de la mano hacia su cuerpo traté de introducírselo un par de centímetros. Ella me apretó la polla con rabia, sin meneármela, y yo enseguida saqué el dedo y se lo pasé por la nariz.
―Seguro que hueles a zorra, estás que te derrites… ―Y traté de meterle el dedo en la boca para que me lo lamiera, aunque ella se resistió.
―Para, tenemos que controlarnos, Adrián ―me pidió soltándome la polla―. No podemos seguir así, joder… ¡Uf, qué calor hace aquí! ―resopló abriendo la ventanilla.
―Tienes razón, lo siento ―Y con un rápido movimiento me la saqué, dejándola extendida encima de mi vientre.
―¡¡¿Qué haces?!!, ¡¡¿estás loco?!!, anda, guárdatela, idiota…
―No pienso hacer eso…
―Ya nos va a tocar.
―Todavía tenemos tres por delante, nos quedan cinco minutitos para jugar…
―Adri, te estás pasando.
―Es que me tienes durísimo ―afirmé sacudiéndomela delante de ella.
―Te van a ver, ¡para!
Tiré de la camiseta y me cubrí la polla con ella, Mónica miró hacia abajo y esa visión de mi dura verga marcándose a través de la tela hizo que se volviera a morder los labios.
―¡Tócamela!, solo unos segundos, por favor, lo estás deseando…
―No.
―Venga, solo unos segundos y te prometo que ya paro…
―Unos segundos y te la guardas, eh…
―Sí, claro.
Estiró el brazo izquierdo y me agarró la polla por encima de la camiseta, miró nerviosa hacia los lados, como si alguien pudiera descubrir nuestro morboso juego, y luego me pegó unas cuantas sacudidas, aplastándomela contra mi propio cuerpo.
―Uf, joder, Mónica, ¡qué cachondo me tienes hoy!
Ahora el que coló la mano en su vaquero desabrochado, en un rápido movimiento, fui yo; y ella negó con la cabeza y se le escapó otro gemido.
―Aaaaah, aaaaah, Adrián, noooo, aaaaah, nooooo…
Esta vez no se lo tuve que pedir y ella misma metió la mano por debajo de mi camiseta y me agarró la polla directamente. Nos estábamos masturbando a la vez, y nos miramos a los ojos sacudiendo las caderas y deseándonos más que nunca.
Allí no podíamos hacer nada más. Solo pajearnos de la manera más discreta posible.
Pasó otro coche al lavadero y solo teníamos uno delante. El coño de Mónica ya rezumaba fluidos a lo bestia y a mí no me quedaba mucho para correrme. El chico que trabajaba limpiando los coches nos miró con la pistola de agua y notó que algo raro sucedía entre nosotros, aunque ya estaba tan cachondo que me dio igual. Mónica ni se enteró de que nos había descubierto y yo no le dije nada; me encantaba que el chico la viera así, abierta de piernas y sacudiéndome la polla por debajo de la camiseta.
―Ya nos va a tocar… ―tuve que avisar a Mónica para que se recompusiera.
Saqué la mano de su coño a toda velocidad y, cuando abrí la ventanilla para decirle al chico el tipo de lavado que quería y pagarle, tenía la polla fuera del pantalón, pero cubierta con la tela de la camiseta. Mónica, avergonzada, trató de abrocharse el botón de su vaquero, aunque ya era tarde.
Y por fin pasamos al túnel de lavado. No podía esperar más y en cuanto salió el primer chorro de jabón, cubriendo los cristales, me incliné sobre Mónica y le comí la boca en un muerdo rápido.
―Venga, haz que me corra ―la apremié volviendo a mi sitio y descubriendo mi polla.
Mónica se soltó el cinturón y se acercó a mí, se giró en el asiento, quedándose apoyada solo con el hombro, y me apartó la camiseta para agarrarme la polla con la mano derecha. Y con las tres primeras sacudidas tan duras y secas, ya me di cuenta de que no me iba a dejar escapar hasta que me derramara.
¡Qué manera de pajearme!
―¡Uf, qué rico!
Posó sus labios en mi cuello y empezó a darme besitos cortos a la vez que me ronroneaba en el oído. Su mano subía y bajaba firme por todo mi tronco y, amparados por la espuma del túnel de lavado, se apremió en destrozármela, pero sin aumentar la velocidad. Y la muy cabrona sonrió sabiendo que iba a conseguir su objetivo.
―La tienes durísima, mmmmm, me encanta… ―me susurró en la oreja.
―Me voy a correr, joder, joder ―exclamé tensando las caderas y levantando el culo.
―No manches nada, eh… ―me dijo―. Venga, no te resistas más, córrete…
―Mónica, Mónica…
Me agarró por el pelo y tiró de mi cabeza para acercarme a su cara, luego me incrustó la lengua hasta el fondo de la boca y aquello me hizo explotar definitivamente. Mi polla se puso más dura todavía y Mónica se apartó un par de centímetros para pasarme su lengua por el labio inferior y después el superior, en un gesto muy erótico. Me tapó la polla con la camiseta, aceleró un pelín y ocurrió lo inevitable.
¡La muy puta hizo que me corriera dentro del coche de su marido!
―Aaaah, aaaaah…
―Eso es, córrete, córrete, muy bien, córrete…
El coche salió medio minuto más tarde del túnel de lavado, había quedado reluciente y yo satisfecho del pajote que me acababa de hacer Mónica, que ya se estaba limpiando la mano con un pañuelo de papel.
―Esto no va a quedar así, eh ―le aseguré recorriendo con mi dedo su coño varias veces―. Esta tarde te voy a follar, me da igual si Fernando está en casa o no, cuando se eche la siesta me la vas a chupar en el pasillo y luego te voy a tener que tapar la boca para que no chilles… Quiero que te corras con mi polla dentro.
―Anda, aparca ahí y límpiate…
―Mira cómo la tengo, todavía no se me ha bajado…
Y Mónica me palpó la polla por encima de la camiseta con una sonrisa lasciva. Luego se acomodó el cinto y esperó paciente a que terminara de limpiarme antes de volver a casa…
Capítulo 14
Agosto, 2022
El sol me daba en la cara y me quedé medio dormido escuchando el chapoteo de los bañistas en la piscina.
―¡Ey, que te has quedado sobado! ―Sentí que Sergio me zarandeaba del brazo.
―Sí, sí ―Me incorporé somnoliento con una buena sudada encima.
―¡Qué facilidad tienes para dormirte!, qué envidia me das, no llevamos ni cinco minutos y ya estás frito.
―Todavía no me he acostumbrado al horario, estoy con la resaca de Ibiza.
―Ya me ha contado mi hermana esta mañana lo de las vacaciones. Dime que no ha exagerado ni un ápice, Elvira y la modelo italiana en topless todo el día y que en la playa hasta hizo desnudo integral, ¿en serio le viste el coño a esa tía?, te has puesto las botas, cabronazo…
«No solo eso, vi cómo se comían enteritas, cómo se frotaban los coños enganchando sus piernas e incluso contemplé a la italiana bañando la cara de nuestra mejor amiga».
Recordar eso hizo que me empalmara casi de inmediato. Con lo tranquilo que estaba yo en la piscina. Sergio me miraba impaciente para que le contestara, pero yo no tenía muchas ganas de hablar, pues solo podía pensar en Mónica y en el encuentro que íbamos a tener al día siguiente.
Por la mañana me había llamado al móvil y me dio una dirección para que la pusiera en el buscador. Al parecer, allí había un hotel modernito, en las afueras de la ciudad, y en coche se tardaba apenas diez minutos. De construcción reciente, se anunciaba en grandes carteles y en las RRSS como un sitio especialmente discreto para encuentros esporádicos.
Que Mónica me hubiera citado en un lugar tan peculiar me sonaba extraño, pero supongo que así pasaríamos desapercibidos y que también tendrían alguna manera de hacer el pago sin que quedara ninguna constancia, pues pude leer que era un tipo de hotel en el que podías alquilar las habitaciones por horas, y que ese tipo de lugares se utilizaban no solo para encuentros sexuales, sino también para reuniones o cuando alguien está de paso durante un viaje, para poder descansar un rato.
―Adri…, ¿te encuentras bien?, estás como ausente, tío…
―Sí, sí, perdona, y no, no te ha engañado nada tu hermana, allí han estado toda la semana con las putas tetas al aire…
―¡¡Joder!!, vamos, que te has puesto ciego, aunque a Elvira ya se las tenías muy vistas…, mmmmm, reconozco que en la universidad me sacaron muchas pajas esas tetas, y ahora está el triple de buena. Y la italiana, ufffff, ¿en serio le viste el coño?
―Sí, muchos días…
―No habrá fotos de eso, ¿no?
―Nos hicimos algunas con ellas, pero ahí no se ve nada…, son normales…
―Me las tienes que enseñar, tío, a ver si para otro año nos invitan también a nosotros, la verdad es que no me importaría pasar unos días en esa casa; ya me dijo Sofía que era enorme y tenía unas cuantas habitaciones libres… Cuando vea a Elvira se lo dejaré caer, como el que no quiere la cosa…
―Claro ―dije con poco entusiasmo y menos ganas de seguir hablando―. Voy a darme un bañito para estrenar la piscina.
―Espera, que voy contigo.
Era la primera vez que utilizaba la piscina de la urbanización. Me gustaba porque, aunque no era muy grande, estaba rodeada de jardines, una pista de pádel y todavía no había demasiada gente; y pocos chiquillos, la mayoría eran como nosotros, parejitas rondando los treinta que se acababan de comprar su primera vivienda.
―Aprovecha, porque seguro que dentro de unos años esto estará plagado de niños correteando por todas partes ―dijo Sergio como si pudiera leerme el pensamiento.
Nos picamos unos largos y a media tarde, cuando salimos del agua, nos encontramos a Laura en la toalla. No creo que le hiciera mucha gracia verme allí después de lo que había pasado en la casa rural, todavía seguía muy distante conmigo, pero tendría que acostumbrarse porque no solo íbamos a ser vecinos toda la vida, es que, en cuanto me casara con Sofía, también pasaría a ser mi cuñada oficialmente e incluso nuestros hijos, en un futuro, llevarían la misma sangre.
No es que fuera especialmente provocativa, tampoco iba a sorprenderme a estas alturas después de lo que había visto en Ibiza, pero me gustó ver a Laura con un simple biquini blanco. Me llamaba la atención el cuerpo tan pequeñito y armonioso que tenía, todo muy bien puesto, en su sitio, y es que Laura no era de las que solía visitar el gimnasio, y su rutina física se limitaba a salir a andar una hora a buen ritmo, cuatro o cinco días a la semana.
Un ratito más tarde apareció Sofía, que había alargado la siesta un poco más de lo habitual, lo que hizo que me relajara, pues no me apetecía estar solo con el reciente matrimonio y menos después de lo que sucedió entre Laura y yo. Mi chica sí que llamaba más la atención en la piscina con su voluptuoso cuerpo y sobre todo con esas enormes tetazas que amenazaban con desbordar la tela de su biquini negro.
Por la noche preferimos cenar en nuestra nueva casa, solos, a pesar de la insistencia de Sergio en que compartiéramos mesa los cuatro. Es verdad que en el piso apenas teníamos un sofá, una tele colgada de la pared, una mesita, dos sillas en la cocina y un colchón en el suelo de la habitación, pero con eso nos apañábamos de momento.
―Me ha sabido mal decirle que no a mi hermano…
―Que se vaya acostumbrando, que por vivir al lado no vamos a estar cenando o comiendo todos los días con ellos…
―Sí, claro, además hoy me apetecía… ―susurró Sofía tanteándome el paquete una vez que terminamos de cenar.
―¿Tienes ganas?
―Muchísimas…
―Mmmm, me encanta lo cachonda que estás estos días…, veo que te sigue durando el calentón desde que estuvimos en Ibiza.
―Ya sabes que el calor me pone mucho…
―Eso debe ser…
―Venga, vamos a la cama, que se nos hace un poco tarde y mañana hay que trabajar…
Y esa noche terminé follándome a Sofía en el enorme colchón. Era muy morboso follar así en el suelo y me encantó embestir a mi chica en un simple misionero, haciendo bambolear sus pechos, hasta que me corrí dentro de ella. Antes de irse a casa de sus padres, se despidió de mí desde la puerta, haciendo planes para el día siguiente, pero yo iba a estar muy ocupado.
Tenía la cita con Mónica a media tarde.
―Mañana vengo a la piscina también, intentaré venir más pronto… ―me dijo Sofía.
―No, es que mañana tenía que…, eh, bueno, que iba a ir al gimnasio, y tampoco quiero ir muy pronto con todo el calor.
―Pues, si no estás aquí, no me paso…, me voy a casa de mis padres directamente después de salir del curro.
―Vale, cuando salga te llamo y hablamos…
Luego se marchó y pasé la noche solo, como de costumbre. Ese día agradecí haber follado con Sofía, porque eso hizo que durmiera mucho mejor y no pensara tanto en el encuentro con Mónica, pero al día siguiente ya me levanté con esa sensación de nervios en el estómago. La mañana se me hizo eterna y, nada más comer, bajé a la piscina a pegarme un baño yo solo, antes de que Sergio me llamara.
Preparé la bolsa del gimnasio, me pegué una ducha y, con bermudas, camiseta y unas deportivas, cogí el coche hasta el extraño complejo hotelero situado a las afueras. Mónica me estaba esperando aparcada y al verme se subió rápido en mi coche.
―Entra por esa puerta ―me ordenó dándome una tarjeta para que la fuera pasando por los distintos lectores.
Metí el coche en una especie de parking privado individual, que estaba por una carretera a mano izquierda y llevaba directamente a la habitación. Más privado imposible, solo podías cruzarte con alguien si ibas en el coche al entrar o al salir del complejo hotelero, el resto del tiempo disfrutabas de una intimidad total.
La habitación era muy fría y moderno, casi de lujo, con una imponente cama en el centro y las paredes pintadas de blanco sin adornos. Todo minimalista.
Con el asunto de aparcar el coche y buscar nuestra habitación, ni tan siquiera me había fijado en Mónica. Esta vez no llevaba ropa deportiva, como yo, sino que se había puesto una mini falda vaquera que le llegaba por la mitad del muslo, una camiseta blanca de tirantes y zapatos veraniegos con cuña. Me ponía mucho que se hubiera recogido el pelo en una coleta, lo que le daba un aire más juvenil. Y sin tiempo que perder, sacó el ordenador de su funda.
Se sentó en la cama, se puso el portátil entre las piernas y la faldita se le subió unos centímetros, lo que hizo que me mostrara parte de sus muslos. Desde mi posición, allí de pie, delante de ella, fue una imagen muy potente; y me quedé contemplándola como un pasmarote. Me fijé en ella más detenidamente, en las arrugas de su cara, en sus tonificados brazos, en sus fibradas piernas… mientras Mónica rebuscaba las fotos en su ordenador. Ni tan siquiera se atrevió a levantar la mirada y me apremió para que me pusiera a su lado.
―Tenemos una hora exacta.
No me dio tiempo ni a contestar, porque enseguida comenzó a ponerme fotos del niño desde los cuatro años, justo en el punto en el que habíamos terminado el anterior encuentro. Analizando la situación desde fuera, todo era muy extraño: los dos en ese moderno hotel, escondidos como una pareja de amantes en esa habitación, con una enorme cama blanca en el centro, puesta allí con un solo propósito.
Follar.
Y nosotros sentados al borde, viendo fotos del niño mientras Mónica me contaba cosas de mi supuesto hijo. Aunque se notaba lo nerviosa que estaba. Su voz no era firme, no era esa mujer segura de sí misma que me acogió en su casa cuando era un simple estudiante. Ahora, la MILF intentaba concentrarse en la pantalla del ordenador para no pensar en que se encontraba en una habitación, a solas, con el universitario con el que había estado follando tres meses.
Pero esa tensión sexual, a pesar de estar hablando de algo tan tierno como nuestro hijo, se notaba en el ambiente. Yo atendía a lo que me contaba, sin quitar la vista del ordenador, aunque también estaba muy nervioso, sentado a su lado, echando de vez en cuando una mirada furtiva a sus piernas. La primera vez no me pilló, ni la segunda, ni la tercera…, así hasta que se dio cuenta de que llegó un momento en el que me encontraba casi tan pendiente de sus muslos como de la pantalla del portátil.
A pesar de la pillada no me dijo nada y siguió explicándome las fotos, abriendo una carpeta tras otra de celebraciones, de viajes… y yo comencé a pensar por qué se habría puesto Mónica esa minifalda vaquera. Es verdad que hacía mucho calor en pleno mes de agosto, pero ella tenía muchas faldas largas de esas ibicencas blancas o de varios colores, y justo el día que había quedado conmigo no podía llevar menos ropa.
La miré a la cara mientras seguía hablando y me fijé en ella, en el pelo recogido en una coleta, parecía que tenía unas ligeras gotas de sudor que perlaban su frente y el cuello. Ella se giró y volvió a sorprenderme, pero, en vez de regañarme por no estar pendiente de lo que me contaba, bajó la cabeza ruborizada y se colocó los caracolillos del pelo que se le habían encrespado por el sudor.
Su respiración todavía se volvió más agitada y durante unos segundos comenzó a balbucear, sin poder soltar ninguna frase inteligible, susurrando.
―¿Te encuentras bien, Mónica?
―Sí, lo siento, es que hace demasiado calor en esta habitación…
―Tienes razón, es un puto horno, espera, que enciendo el aire.
Se quedó sentada en la cama, abanicándose con la mano, y cuando encendí el aire acondicionado me senté de nuevo a su lado.
―¿Mejor? ―pregunté al llegarnos el primer chorro de frío.
―Sí, un poquito mejor, ¿te importaría traerme un poco de agua?
―Claro que no…
―Creo que debes pasar la tarjeta por el lector del frigo.
―Ah, vale…
Al pasar la tarjeta negra que Mónica me había dado se abrió la neverita y saqué dos botellas de agua.
―Es una tarjeta de recarga, tiene saldo de sobra ―me dijo Mónica al ver que dudaba sobre cómo íbamos a pagar esas consumiciones.
Le di la botellita de agua fría y Mónica le pegó un buen trago, todavía nos faltaba media hora y tuve serias dudas de si ella sería capaz de continuar. Cada vez la veía más nerviosa y me preguntó si me importaba coger a mí el ordenador, pues le estaba dando demasiado calor en las piernas.
―Sin problema…
Y ahora fui yo el que comenzó a pasar las fotos de Iker, en la carpeta de los seis años de edad. El portátil desprendía bastante temperatura y el hecho de liberarse de ese fuego que achicharraba sus muslos desnudos pareció tranquilizar a Mónica, que con dos tragos más de agua recuperó la respiración pausada.
La muy cabrona cruzó el muslo izquierdo sobre el derecho y con el dedo apuntó a la pantalla para irme contando detallitos de cada foto: dónde la habían hecho, fechas, quiénes eran los que salían…, pero ahora el que se puso de los nervios fui yo, al ver esa pierna, casi desnuda, delante de mis narices.
Mi erección fue casi instantánea, a la par que vergonzosa, pues no la pude disimular de ninguna manera y, de repente, un enorme bulto se levantó disparado justo donde terminaba el ordenador. Me removí inquieto en la cama y Mónica volvió a balbucear al comprobar lo que acababa de provocar.
Quizás no lo había hecho a propósito, o quizás sí, pero yo aguanté de manera estoica, escuchando sus explicaciones cuando las volvió a retomar unos segundos más tarde. Se me volvió a ir la mirada a sus piernas, y más cuando frotó de manera nerviosa un muslo por encima del otro, en un movimiento que le salió de manera espontánea, o eso pensé yo.
Seguí pasando las fotos, pero ya solo tenía ojos para sus piernazas. Comencé a tener mucho calor y, lejos de bajarse el empalme que llevaba, se me puso más dura todavía. No lo podía remediar y estuve a punto de decirle algo a Mónica sobre lo guapa que había venido a la cita.
No sabía si me estaba provocando y era lo que pretendía o es que me quería poner cachondo. Tenía que andarme con mucho ojo, pues ya me lo había dejado bien claro: a la primera insinuación o salida de tono, ella cogería el ordenador y nos olvidaríamos de esos encuentros para siempre; así que me aguanté las ganas de decirle lo cachondo que me ponía y seguí pasando fotos del chico mientras Mónica apuntaba a la pantalla con el dedo para darme explicaciones.
Cuando ya solo quedaban quince minutos para la hora, Mónica descruzó las piernas y miró el reloj como si de repente tuviera prisa. Me ponía muy nervioso tenerla así, a mi lado, en una habitación de hotel mientras teníamos esa cita clandestina. Yo estaba convencido de que entre nosotros podía volver a surgir esa pasión que se encontraba latente, pero ella ya parecía haber desconectado el modo sexy y se ciñó a hablar de nuestro hijo sin darme pie a nada.
Cinco minutos antes de que se cumpliera el tiempo, me pidió ir recogiendo. Yo seguía con una importante erección bajo el pantalón corto y le pasé el portátil para que lo guardara en su funda.
―¿Te está pareciendo bien esto? ―me preguntó Mónica mientras se ponía de pie.
―Eh, ¿perdona?, no entiendo lo que me quieres decir…
―Me dijiste que querías conocer cómo era Iker, lo que hacía, lo que le gustaba…
―Sí, sí, claro, y la verdad es que te lo agradezco mucho.
―Esto no está siendo fácil para mí, como comprenderás. Sinceramente, hubiera preferido que te desentendieras de Iker, no pensé que quisieras saber nada de él…
―¿Estás enfadada o he hecho algo que te haya molestado?
―No…, pero no sé qué estamos haciendo.
―¿Ahora tienes dudas?, yo creí que te parecía bien que al menos conociera al chico…
―Ya hemos visto fotos hasta los seis años, otro día terminamos hasta la fecha actual y después…, no sé, quizás no sea buena idea lo de seguir viéndonos…, así, a escondidas, me sabe fatal por Fernando y luego me siento muy mal conmigo misma. Es como si lo estuviera engañando de nuevo, me están viniendo a la cabeza demasiados recuerdos… Y sí, ahora me arrepiento de haberte dicho lo de Iker.
―Siento escuchar eso. Yo no te lo pedí, Mónica.
―Lo mejor sería cortar esto de raíz, antes de que te encariñes con el niño y en un futuro quieras tener un acercamiento con él, eso destrozaría a Fernando…
―Ya te dije que no iba a hacerlo, puedes estar tranquila, que Iker jamás sabrá que yo soy su padre, salvo que se lo digáis vosotros; y eso, ufff, me pondría en una situación muy comprometida, no creo que le hiciera mucha gracia a mi pareja el hecho de saber que tengo un hijo y no haberle dicho nada. Sofía tiene mucho carácter y es mejor que no se entere. Yo prefiero que quede entre tú y yo.
―¿Cuánto tiempo?, ¿vamos a estar viéndonos a escondidas toda la vida ocultándoselo a nuestras parejas?
―Tampoco es que vayan a ser encuentros muy regulares, podríamos vernos una vez al año o así y hablar un poco de él y ya está… Tampoco te pido tanto. Quizás incluso podría colaborar económicamente, si te parece bien…
―No…, bueno, vamos a dejarlo aquí, Adrián, cuando pase el verano quedamos otra vez y ya veremos lo que hacemos…
―Vale, me parece bien. Y muchas gracias por todo, Mónica.
Salimos juntos en mi coche y me pidió que aparcara frente al suyo para bajarse y montarse rápido, sin llamar la atención. Antes le eché una última ojeada a sus piernas y a su culo y me fui para casa con una extraña sensación de malestar.
Había sido una cita muy contradictoria. Mónica había venido con una minifalda vaquera y camiseta blanca de tirantes, en un look que había conseguido excitarme de verdad. Y ese cruce de piernas, en el que parecía insinuarse, me puso cachondo del todo, pero al final del encuentro, ella tuvo un ataque de moralidad y me trasmitió sus dudas acerca de seguir viéndonos.
Yo desde luego que también tenía mucha incertidumbre con lo que estaba haciendo, pero esos minutos en los que tuve a Mónica sentada a mi lado, mostrándome sus muslos de manera indecorosa, habían provocado en mi estómago unos nervios y una sensación que creí olvidados.
Y esa adrenalina que se te dispara, encendiendo tu fuego interno, es adictiva. Ya lo creo que lo es. Notas el calor recorriendo tu cuerpo, las pulsaciones se te disparan, te saliva la boca, se te encoge el estómago, te tiemblan las manos y la polla se pone a mil. Te dan ganas de ponerle la mano en el muslo y mirarla fijamente, esperando que ella te corresponda.
La chispa se prendería en unas centésimas y ya no habría vuelta atrás. Yo conocía en la intimidad a Mónica, sabía cómo era y cómo se dejaba arrastrar cuando el deseo la consumía las putas entrañas. Y eso no se puede cambiar con el paso de los años, por mucho que ahora tratara de aparentar otra cosa.
Quizás lo mejor era olvidarse de Mónica. Ya bastante había metido la pata en los últimos meses con lo de Elvira y Laura; y ahora, con la aparición de Iker, debía reconducir toda esa vorágine en la que se estaba convirtiendo mi vida.
Sin embargo, al entrar en casa no podía dejar de pensar en Mónica. Seguía nervioso y muy tenso, pero lo que más me preocupaba era el estado exagerado de excitación en el que encontraba. Otra vez esa sensación, ese sentimiento, ese fuego que solo ella podía provocarme.
El corazón me palpitaba con fuerza en el pecho y yo estaba convencido de que Mónica había llegado a casa en el mismo estado que yo. La suerte para nosotros es que íbamos a vernos de manera muy esporádica, pero también era verdad que lo que había pasado entre nosotros seguía ahí, latente, y que en cualquier momento podría encenderse esa mecha.
Podía ser una mirada, un roce, una palabra… Y si eso sucedía, Mónica y yo sacaríamos todo lo que llevábamos años guardándonos dentro.
Y me asustaba, joder, ya lo creo que me asustaba fantasear con eso…, pues lo que parecía imposible, con cada encuentro con ella lo veía más cerca, más real. La única duda que tenía era si realmente queríamos hacerlo o no. Si lo pensábamos racionalmente por las dos partes, era una locura. Yo llevaba muchos años con Sofía, nos acabábamos de comprar una casa y en menos de un año nos casábamos a lo grande en un bodorrio que ya habíamos comenzado a organizar; y Mónica ahora tenía una familia, Fernando le había perdonado el affaire que tuvo conmigo y ya no era esa mujer solitaria, frágil y encerrada en sí misma que había conocido cuando fui su inquilino.
Pero a veces lo racional no puede contener lo pasional. Y Mónica y yo sabíamos lo que pasaba cuando le dábamos rienda a nuestros instintos más primarios, ya habían pasado muchos años, pero esas cosas no se olvidan.
Jamás.
Mónica puede ir de mujer fiel todo lo que ella quiera, pero que va a tener sexo salvaje con Adrián en el próximo encuentro está clarísimo.
Por otra parte me parece tremendamente egoísta que no quiera que Iker sepa quién es su verdadero Padre, aunque es verdad que eso puede complicar las cosas.
Quizás lo más sensato es que no se vean más y seguir con sus vidas, pero está cantado lo que va a pasar.
Pues yo creo que tiene derecho a saber quien es su Padre y si yo fuera Adrián, no me des entendería de él e incluso luchaba si no por si custodia, si por estar en la vida del niño.Sinceramente espero que, por la salud mental de todos los implicados, el niño no sepa nunca de quién fue el esperma con el que se creó; no digo su padre, porque su padre a todos los efectos es el marido de Mónica que es quien lleva ejerciendo como tal desde su nacimiento; no quisiera estar en la piel de ese hombre.
Pues yo creo que tiene derecho a saber quien es su Padre y si yo fuera Adrián, no me des entendería de él e incluso luchaba si no por si custodia, si por estar en la vida del niño.
No creo que ninguno de nosotros en su situación renuncie a ver a su propio hijo.
Además es absolutamente lamentable que Mónica se lo haya ocultado a Adrián.
Esto que dices es una bomba en racimo, no son solo Adrián y Mónica, está ese niño que ha crecido idolatrando al que cree su padre, está la novia de Adrián que no sabe nada de la historia con Mónica y que está a punto de casarse…Vamos a analizarlo bien.
Tú tienes un affaire con esta mujer y se acaba porque no llevaba a ningún lado. Vale, eso me parece bien.
Pero Mónica actúa muy mal ocultando la verdad a Adrián. Tú le dices que el hijo es de él y ya que el decida que hacer. Pero eso de ocultarlo y 10 años después decírselo, me parece muy mal
Y aquí Adrián tiene que asumir las consecuencias y no renunciar a ver con asiduidad a su propio hijo. Así que se lo dices a Sofía y no tiene porqué afectar a tu relación, porque fue anterior a estar con ella.
No,no. Si yo no digo que tengan sexo, para nada.Esto que dices es una bomba en racimo, no son solo Adrián y Mónica, está ese niño que ha crecido idolatrando al que cree su padre, está la novia de Adrián que no sabe nada de la historia con Mónica y que está a punto de casarse…
Que Adri y Mónica quieren pegar unos polvos?? Me parece perfecto, pero que no hagan daño a los de alrededor.
Cómo he dicho antes, el problema es que Mónica se lo debió decir antes de que naciera.No hablo de que en un futuro cuando ese niño sea adulto lo sepa, pero ahora, teniendo cuantos? 4-7 años??
Eso destrozaría al niño totalmente.
Cómo he dicho antes, el problema es que Mónica se lo debió decir antes de que naciera.
Ahora ya es tarde .
La necesito como el beber.Se echa de menos una continuación...![]()
Gracias David!Capítulo 16
Mayo, 2023
(8 meses más tarde)
Los preparativos de la boda absorbían la mayoría de nuestro tiempo. Es agotador organizar un evento así, y más con una chica como Sofía, que lo quería todo de una determinada manera para que ese día saliera perfecto.
Mi vida se había normalizado en los últimos meses, cosa que agradecía, y llevaba una buena temporada sin tener noticias de Mónica. En diciembre volvimos a vernos en el mismo hotel y tuvimos un encuentro más frío y distante que el anterior. Quizás solo habían sido imaginaciones mías cuando Mónica se presentó en mini falda y con esa camiseta de tirantes en agosto, pero desde luego que en esta tercera cita no me dio pie a nada.
Estuvimos viendo fotos del niño y poco más, aunque no pudimos finalizar hasta llegar a la época actual y dejamos pendiente el último año, en el que Iker había hecho la comunión y un viaje a Eurodisney como regalo. Quedamos en vernos antes del verano y de la boda; y una vez que finalizáramos con todas las fotos, ya hablaríamos de cuál sería el siguiente paso.
Con Laura poco a poco habíamos ido recuperando la relación y ya no se mostraba tan tímida y callada cuando quedábamos con los amigos o en parejitas. Lo que pasó en la casa rural quizás fue la mayor estupidez de mi vida, y aunque reconozco que Laura me daba su morbo y antes de la boda, había fantaseado muchas veces con follármela, ahora era quizás la única cosa de la que me arrepentía, pero ya no podía dar marcha atrás en el tiempo.
Me había acostado con la mujer de mi mejor amigo y lo más probable es que los dos nos lleváramos ese secreto a la tumba.
Y a veces haces unos planes y la vida te organiza los suyos propios. Y eso fue lo que le pasó a Elvira. Recibí una llamada suya y me contó que a su madre le habían detectado un cáncer de pulmón. Yo sé el apego que ella tiene por su madre, pues es prácticamente su única familia, y aquella noticia fue un mazazo para Elvira.
Se vino de urgencia en el primer vuelo que pilló y yo me ofrecí a buscarla, casi de madrugada, al aeropuerto. Estuvimos tomando un café y poniéndonos al día, y le dije que podía contar conmigo para cualquier cosa. Elvira me comentó que tenía pensado quedarse al lado de su madre y que durante la semana iban a estar de médicos prácticamente a diario.
―Teletrabajaré desde aquí, pero bueno, he delegado la mayor parte del curro en una chica de plena confianza…, ahora lo importante es estar con mi madre, a ver qué se puede hacer ―me confesó una cabizbaja Elvira, que lucía unas buenas ojeras.
Unos días más tarde, me llamó y quedamos para comer a la salida del trabajo. Me estaba esperando en la cafetería en la que había quedado otras veces con Mónica y elegimos un japonés que no quedaba muy lejos. Si cuando vino, Elvira no tenía el mejor aspecto del mundo, cuatro días más tarde todavía estaba peor, y es que las noticias sobre la salud de su madre no eran nada buenas.
―Tiene un cáncer de pulmón bastante avanzado y quieren empezar con la quimioterapia ya… La he llevado a una clínica privada para una segunda opinión y tampoco me han dado muchas esperanzas, así que nos esperan unas semanas muy duras, a ver qué tal aguanta la quimio. Encima, es una paciente malísima y se queja por todo…
―Ya lo siento, Elvira, cualquier cosa que necesites, sabes que puedes contar conmigo.
―Lo sé, y me conformo con saber que estás ahí y que en cuanto te llamo no pones ninguna pega a que quedemos, supongo que ahora estaréis muy liados con la boda y tal…
―Bueno, no tanto, es Sofía la que se está encargando de casi todo, yo voy haciendo cositas en el piso, dejándolo listo para cuando Sofi se venga a vivir…
―Todavía no lo he visto, por cierto.
―Pues cuando quieras, mira, la próxima vez cocino yo y te vienes a casa a comer…, si hace bueno, nos podemos tumbar en la terraza a tomar el sol mientras hablamos y tomamos una cervecita…
―Ese plan me parece perfecto.
Dicho y hecho. Su madre empezó a darse quimio casi de inmediato y Elvira y yo estuvimos quedando con bastante frecuencia, viéndonos dos o tres veces por semana. Me di cuenta de que ella se pasaba la mayor parte del tiempo entre hospitales y cuidando a su madre, lógico, pero que luego le venía muy bien verse conmigo para desconectar y yo no le podía fallar en ese momento.
Una tarde que había quedado con ella, me llamó Sofía, que tenía que acompañarla y llevarla junto a mi suegra a un centro comercial para el tema de un vestido, y, cuando le dije que ya tenía planes con Elvira, no le sentó nada bien.
A mí tampoco me gustó que se enfadara por eso e incluso mi chica me recriminó que últimamente estaba pasando demasiado tiempo con mi amiga, lo que todavía me molestó más, ese estúpido ataque de celos un mes y medio antes de nuestra boda.
Y para colmo, Mónica me llamó una mañana al trabajo. Parecía que se habían conjurado entre todas para terminar con la tranquilidad de la que había disfrutado los últimos meses.
―Teníamos pendiente el último encuentro, ¿qué día te viene bien? ―me preguntó Mónica.
―Martes o jueves por la tarde, cuando quieras…
―De acuerdo, mañana te llamo sobre esta hora y te confirmo.
―Perfecto.
―Venga, hasta luego.
―Adiós, Mónica.
Fue una llamada breve y concisa. Y a la mañana siguiente lo mismo, me dijo día y hora y quedamos en el discreto hotel de las otras veces.
Después de esa cita, ya no teníamos nada previsto, vendría mi boda, pasaría todo el verano y no era nada descabellado que, según lo que habláramos en ese encuentro, Mónica y yo dejáramos de vernos en el futuro.
Mayo, 2012
Ese domingo me apetecía quedarme en casa. Había salido un bonito día primaveral y Fernando y Mónica me invitaron a que comiera con ellos en el jardín. Me levanté prontito a estudiar, salí a correr a mediodía y, al llegar con toda la sudada encima, me encontré a Mónica en la cocina, con una sudadera ancha y pantalón gris de chándal.
Los domingos me despertaba con una increíble sensación de euforia, sabiendo que Fernando tenía que irse a trabajar toda la semana fuera y yo me quedaría a solas con su mujer en el chalet, pero también era verdad que me excitaba mucho esa situación de meterle mano a Mónica, o incluso follármela, mientras él estaba por casa.
Y al verla allí en la cocina, entré con la camiseta de correr completamente empapada y me la quité, la metí en la lavadora y me quedé con el torso desnudo. Di un trago de agua y Mónica se sorprendió al verme así.
―Pero ¿qué haces? ―preguntó echándome una mirada lasciva, deteniéndose en mis abdominales―. Fernando está en el jardín, preparando la comida…
―Lo sé… ―Y me acerqué a ella, palmeando con suavidad su culo.
―Aquí no, ya te lo he dicho muchas veces, vete a pegarte una ducha, podría venir en cualquier momento.
―¿Y por qué me miras así?
―No te miro de ninguna manera.
―Joder, ya lo creo que sí, estás temblando…, te mueres de ganas por tocarme ―dije cogiendo su mano y pasándomela por el pecho y la tableta.
―No, para, solo tenemos que esperar unas horas hasta que se vaya, no sigas ―me pidió dejando la yema de sus dedos apoyada en mi cuerpo, como si le dieran ganas de desabrocharme el pantalón.
―¡Uf, qué cachonda estás, Mónica!, ¿te gusta tocarme así de sudado?
Ella negó con la cabeza y dejó sus dedos recorriendo mis abdominales. Su marido podría haber entrado en la cocina en ese momento, pero Mónica ya hacía tiempo que no podía resistirse a la locura que estábamos cometiendo.
Unos segundos más tarde, despertó del trance en el que se encontraba y me rogó que, por favor, saliera de la cocina.
―Está bien, pero esta tarde quiero follarte antes de que tu marido se vaya…, ayer no pudimos hacer nada y estoy que me subo por las paredes ―dije mostrándole el bulto que se me marcaba bajo los pantalones cortos de deporte.
―¿Y no puedes esperar?, creo que hoy va a irse sobre las siete…
―Me da igual, y claro que podría esperarme, pero me da mucho morbo follarte mientras él está por casa…
―Eso ya lo hiciste, no podemos arriesgarnos tanto.
―Sí, pero quiero repetirlo… y tú también…, puedo verlo en tus ojos, te mojas enterita solo con pensarlo… ―Y tiré del elástico de mi pantalón corto para que mi polla saliera despedida―. Puedes tocarla si quieres, sé que la echas de menos después de un día y medio…
Sin decir ni una palabra salió de la cocina y al llegar al salón comprobó que su marido seguía en el patio. Volvió a toda velocidad y se dirigió a mí, me agarró la polla y me pegó un par de sacudidas con la respiración agitada.
―Sube a ducharte ya…, ahora me voy a ir con Fernando a echarle una mano…
―¿Y no prefieres subir conmigo?
―No…
―Está bien, pero después de comer voy a follarte…
―Vale, ya, Adrián, por favor, sal de aquí, tápate eso y vístete…
Me guardé la polla en los pantalones y salimos de la cocina a la vez. En la ducha no pude evitar recordar lo que acababa de suceder y me la estuve meneando pensando en Mónica, en la manera en la que me miraba, en cómo me tocaba los abdominales, en cómo me acariciaba, en esa caída de ojos lujuriosa, tratando de hacerse la digna en todo momento, pero con el corazón latiéndole a mil pulsaciones y las braguitas blancas empapadas.
Así era Mónica.
Yo le había prometido que después de comer me la iba a follar y ella ya estaría pensando en eso a cada instante.
Al final no me corrí en la ducha, pues quería estar cerdísimo hasta que llegara el momento de atacar a Mónica. La comida fue un éxito, como siempre que cocinaba Fernando, que era todo un artista preparando manjares al aire libre, esta vez, una estupenda parrillada de chuletillas de cordero.
Una de las veces que su marido se levantó y nos dejó solos en la mesa, me chupé los dedos para limpiarlos mirando fijamente a Mónica e hice que se ruborizara con tan solo ese gesto.
Después llegó el momento de recoger y fregar todo, y de eso nos encargamos Mónica y yo, mientras Fernando se tomaba un descafeinado en el jardín. Cuando terminó, apareció por la cocina, llevó la tacita para que la limpiáramos y nos dijo que se iba a echar un rato la siesta en el sofá. Siempre lo hacía, pues le gustaba viajar descansado por la tarde. Y en cuanto nos dejó solos, Mónica negó con la cabeza, suplicándome con la mirada, sabiendo mis intenciones.
Me porté bien con ella y no hice ni dije nada hasta que terminamos de recoger. Dejé el trapo de cocina en una silla y, con las mangas de la sudadera arremangadas, le dije a Mónica que fuera a echar un vistazo al salón, que yo la esperaba allí.
―No vamos a hacer nada, y menos en la cocina ―susurró acercándose a mí.
―Vete a ver si se ha dormido…
Y con la polla ya bien dura me quedé esperando a que Mónica regresara. Cinco minutos después, me sorprendió que todavía no lo hubiera hecho, y en calcetines, para no hacer ruido, me acerqué despacio al salón.
Mónica estaba sentada en un pequeño sofá, y al lado, en el grande de tres plazas, su marido dormía plácidamente la siesta con la tele encendida a un volumen muy bajito. Al verme, negó con la cabeza y yo entendí que Fernando todavía estaba despierto. Le hice un gesto con la mano para que se acercara, pero ella volvió a decir que no.
Regresé a la cocina y cogí el móvil. Ya llevaba un buen calentón encima y no se me ocurrió otra cosa que mandarle un whatsapp.
Adrián 15:34
Te estoy esperando, ¿no se ha dormido?
Mónica 15:34
Sí, pero no voy a ir
Adrián 15:34
La tengo dura y me la acabo de sacar…, antes no te has podido resistir a tocármela
Mónica 15:35
Vale ya, espérate a la noche
Adrián 15:36
No puedo, ni tú tampoco. Quiero follarte ahora.
Miré el móvil ansioso, deseando que llegara su respuesta, pero Mónica dejó que pasaran otros tres minutos sin escribirme. Cuando ya iba a desistir, la vi entrando con prisa en la cocina.
―No podemos seguir haciendo esto, Adrián…
―Lo sé ―dije bajándome el pantalón y sacándome la polla―. Antes te he dicho una pequeña mentirijilla, todavía no la tenía fuera…
Fui hacia ella y la apreté con fuerza por el culo para pegarla contra mi cuerpo. Me lancé ansioso a su boca y nos fundimos en un morreo agresivo en medio de la cocina. Mónica se separó de mí y en una especie de jadeo me suplicó que lo dejara estar hasta la noche. Entonces me besó el cuello y me agarró la polla.
―Tenemos que parar ―susurró comenzando a meneármela.
―¿Dónde quieres que te folle?
―Aaaaah, Adrián, Aaaah ―gimió cuando metí las dos manos por dentro de su chándal y las braguitas para sobarle el culo.
―Dime, dónde…
―Por favor…, aaaah, aaaah…
―Me tienes cerdísimo, ven aquí, zorra. ―Y la empujé contra la mesa de la cocina, tirando del pantalón de chándal hasta descubrir sus glúteos.
―¿Qué… qué haces? ―tartamudeó muy nerviosa.
―No te muevas ―la ordené mientras salía hasta la puerta de la cocina para comprobar que su marido seguía dormido―. ¡Voy a follarte aquí mismo!
―No, noooo, por favor, aaaaah, por favor, Adrián, aaaaah…
Pero ya era tarde, le había metido la polla entre las piernas y con cada golpecito que le daba en el coño la hacía gemir.
―Vamos arriba ―me pidió sin cambiar de posición, ofreciéndome su culo desnudo.
―No, he pensando que mejor voy a follarte aquí, me encanta que tu marido esté ahí dormido y esa adrenalina de que nos pueda pillar… todavía me pone más cachondo ―Y de un golpe de cadera, no se lo hice desear más y la penetré.
―Aaaaaah, aaaaaah…
Tampoco podíamos montar un escándalo y me la follé de manera suave, con movimientos amplios, sacando y metiendo toda la polla hasta los huevos, pero deteniendo el movimiento final, sin poder impactar mi pubis contra sus glúteos para no hacer ruido.
―Joder, Mónica, después quiero follarte en la piscina durante horas y que esta noche duermas en mi cama…
―Aaaah, aaaaah, Adrián…
―¿Te gusta la idea?
―Me vas a volver loca, aaaaah…, aaaah.
―¿Quieres que pare?
Y ella estiró el brazo hacia atrás, apretando sus dedos sobre mi culo y empujándome contra su cuerpo.
―Venga, termina…, aaaah, aaaah…
―Vale, pero con una condición.
―¿Qué quieres?
―Que después no te duches, y te vuelvas a subir las braguitas, quédate con mi corrida dentro hasta que se vaya tu marido por la tarde, ¿vale?
―Vamos, córrete…
―¿Te parece bien lo que te he dicho?
―Sí, aaaaah, síííííí…, aaaaah…, vale, aaaah…
―Está bien…
Aceleré los golpes de cadera, sin poder embestirla, sujetándola firme mientras ella me seguía clavando los dedos en el culo y, unos segundos después, eyaculé dentro, inclinándome en su espalda y girando su cuello para ver la cara de placer que ponía.
―Aaaaaah, aaaaah, me estoy corriendo, aaaaaah, qué rico, aaaaaah…, me estoy corriendo dentro de ti, Mónica…
Me separé deprisa y al sacar la polla varias gotas de semen comenzaron a desbordarse. Yo mismo le subí las braguitas y el pantalón de chándal.
―No puedes ducharte, eh…, quiero que lleves mi semen pegado al coño toda la tarde… y ahora puedes volver con tu marido al salón a esperar a que se despierte de la siesta…
―Adrián…
―¿Qué…?
―Nada, da igual.
―Me encanta dejarte así de cachonda, ¿quieres que luego te folle en la piscina?
―Sí…
―¿Y pasar la noche conmigo en mi cama?
―Adrián ―murmuró todavía de espaldas a mí y con la cabeza agachada.
―Anda, vuelve con tu marido… Ya sé que ahora te apetecería subir a la habitación y hacerte un dedo hasta correrte, siento haber durado tan poco, pero me ha puesto muy cachondo follarte en la cocina… con Fernando ahí al lado… Luego te lo recompensaré, te lo prometo, pero, eso sí, antes tienes que ponérmela dura con una buena mamada…
El jueves, a las siete, asistí puntual a la cita con Mónica. Ella me estaba esperando dentro del coche. Aparqué el mío a su lado y entró directa desde su asiento de conductora hasta el mío de copiloto, con un simple «hola». Después me dirigí a la puerta de acceso y ella me dio la tarjeta negra para que la pasara por el lector.
Todo de manera muy secreta y clandestina. En cuanto la veía, me ponía de los nervios, y en un par de minutos ya estábamos dentro del complejo hotelero otra vez.
Mónica y yo solos. Nuestra cuarta cita.
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